Comer

Si uno pasea por una gran ciudad, da igual la hora del día, siempre encuentra a alguien comiendo, no el habitual desayuno, comida o cena en esas horas del día más o menos habituales, así como el tipo de ingesta. Me refiero a una comida abundante a las nueve, las once, las cuatro o las seis de la tarde. Ignoro si se trata de la comida fuerte del día o todas, de haberlas, son igual de copiosas. De eso va la cosa, hoy se come cuando uno tiene hambre, que viene a ser cuando quieres o acabas cansado de hacer lo que hasta ese momento estabas haciendo. Y no aguardas ni te entretienes hasta, nada de horarios, ni esperas a -por aquello de no comer solo-; ni te lo planteas porque estas hambriento y quieres comer ya. Nada de dejar pasar el tiempo para comer en compañía, charlar e intercambiar pareceres, incluso hacer una pequeña sobremesa antes de levantarse y volver a las ocupaciones; cero. Cada vez menos.

Puede discutirse qué es más importante a la hora de comer, si la comida o hacerlo en común, aunque más de uno aseguraría que no existe tal duda o discusión, puesto que necesitas alimentarte para seguir vivo, cómo o con quién lo hagas es otra historia. Sin embargo, todos hemos crecido reuniéndonos a la hora del desayuno, la comida o la cena, intercambiando y compartiendo algo más que alimentos, excusa -además de necesidad- por la que hablarnos, preguntarnos, dar a conocer, aprender, advertir y hasta enfadarnos. Nada del otro mundo, porque es lo que hacemos todos los días.

Aprendemos a socializarnos en las comidas familiares, a conocer, y reconocer, que no estamos solos, momentos si no divertidos si lo suficientemente esperados a la hora de contar y hablar de cualquier cosa, también enfadarnos y discutir, o reírse y no parar. Tampoco debemos olvidar que como aprendizaje comer es uno de los puntos más importantes, o al menos lo debería ser, también fastidioso y odiado, sobre todo porque hay que enseñar, depurar y pulir formas, apetencias y gustos infantiles tan básicos y egoístas como limitados; uno de los primeros pasos a la hora de ir formando al adulto capaz con el transcurso de los años de alcanzar por sí mismo, de forma autónoma y satisfactoria, una buena vida. Que muchos padres, por incompetencia, dejación de funciones o pura indiferencia hacia el futuro de sus vástagos decidan permitirles llevarse a la boca solo lo que les apetece es otra cuestión. Tal vez por ello no es extraño ver a adultos hoy presumiendo de no saber comer, o solo lo que les gusta, que viene a ser como si de pequeño solo hubieras aprendido la a y la e -las demás vocales te caían mal o directamente no te gustaban-; la conversación con semejantes portentos de la naturaleza sería completamente imposible, tal que comer sota, caballo y rey. Pero, como digo, se trata de otro tema.

Lo más probable es que en esta sociedad en la que cada hijo de vecino exige satisfacción inmediata las reuniones a la hora de comer acaben desapareciendo, así como la compañía, saber del otro, o los otros, las charlas distendidas, la disparidad de opiniones, las discusiones -porque no todos pensamos igual-, las risas, los enfados, los buenos momentos, el ¿te ha gustado? ¡qué se yo! Son tantas las cosas que pueden suceder en una comida en compañía.

Definitivamente el sistema sigue atornillándonos sin descanso, convencidos de una necesidad y unas prisas impuestas, amén de agasajarnos -y manipularnos-con una independencia que nos deja cada vez más solos. Tal vez por eso la gente anda constantemente pegada al móvil por la calle, hablando de lo que sea con quien sea, el caso es no sentirse solo después de haber comido solo porque había mucha hambre y, ya se sabe, cuando uno tiene hambre no puede esperar. Y así sucesivamente.

Esperar a otros para comer en compañía se convertirá en una antigualla, una costumbre de otro tiempo que ya no merece la pena, una pérdida de tiempo para quienes nunca tienen tiempo porque el tiempo es el enemigo principal del que hay que defenderse ocupando incluso esos segundos en los que, por debilidad -o cordura- cometemos el error de preguntemos por qué comemos a cualquier hora y siempre solos.

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Culpables

No deja de ser curioso que la empresa inmobiliaria -o lo que quiera que jurídicamente sea tal negocio- que desahució hace unos días a una anciana en Madrid se molestara, e incluso puede que ofendiera, porque alguien la llegara a considerar un fondo buitre. Ellos no, y no merecen ser insultados equiparándoles a tales y oscuros engendros económicos porque ellos solo se dedican a hacer negocios. Y puede que se tengan por honestos, con familias bien de misa dominical, como un señor cualquiera de Valladolid dedicándose a su trabajo. Como es posible que todo este meollo del desahucio se la refanfinfle, supuesto conocían perfectamente las consecuencias derivadas de su “su trabajo”. Por qué no cedieron antes de llegar a tales extremos -por escrúpulos morales, por ejemplo-, probablemente porque eso hubiera significado debilidad -ni justicia ni humanidad-, y en los negocios no puedes ceder porque de lo contrario te comen. Además, si en los negocios andas con escrúpulos, mírame allí esa anciana y ñoñeces parecidas los negocios dejan de ser negocios. Como una ONG cualquiera.

Esto me recuerda a una película de vengadores urbanos en la que la hija del protagonista es secuestrada por una organización dedicada a la trata de blancas. Tras innumerables palizas, tanto en el debe como en el haber del prota, este descubre que la muchacha, su hija, es el regalo para un jeque árabe a consumir en su lujoso yate. Entre las obligadas peripecias también descubre que la organización criminal que ha llevado a cabo el secuestro mantiene relaciones, más bien estrechas, con las más altas instancias políticas del país donde se comete el delito. Pillado con las manos en la masa el eslabón político clave, éste se excusa ante el padre por el “accidente” aclarándole que en todo ello no hay nada personal, se trata de negocios. Tras lo cual el prota le descerraja la ráfaga de turno enviándolo al otro mundo y fin. Los malos siempre pagan, a pesar de sus tretas y elaboradas triquiñuelas; prevalece la justicia y todos nos vamos contentos a casa.

Ya, pero no es lo mismo que un desahucio, dirán, pero ¿a qué se parece? Lo que ocurre es que en el caso del desahucio los malos salen ganando. Ya se sabe, los negocios.

Una cajera en un supermercado, por poner un ejemplo, es responsable de controlar y cobrar los productos que pasan por sus manos a lo largo de su jornada laboral. Al igual que un asesino a sueldo es responsable del tipo, o tipos, a los que tiene que liquidarse por cuestiones de trabajo. Los “matices” ahora no vienen a cuento, pero en ambos casos hablamos de responsables de sus actos.

Por lo mismo, son responsables los tropecientos policías desplegados para desahuciar a la anciana; ¿o ellos no son quienes para opinar -supongo que humanos si- porque solo cumplen con su obligación. Ellos a lo suyo. Como es responsable la jueza, juez o jueces por los que haya pasado el caso, y en todos los trámites sus ilustrísimas, henchidos de “justicia” vieron justo dar boleto a la anciana -en el caso de la justicia en este país el misterio es incluso más oscuro e intrincado que el de la Santísima Trinidad. En última instancia ellos también hacían su trabajo; aunque un juez tiene potestad para poner cordura allí donde la realidad la olvida o directamente desprecia. ¡Ah! eso solo sucede en las películas, como lo de matar a los malos, la vida real es otra cosa.

Como tampoco hay nada personal, ya no digo responsable -aunque sí negocio-, cuando escuchas por la calle a un desconocido comentar razonablemente a su acompañante que como dispone de dinero comprará una vivienda para después alquilarla y procurarse una lustrosa renta mensual. Prima la rentabilidad en una sociedad libre, y en definitiva nadie es responsable de las consecuencias ulteriores de sus propios actos , porque ellos no son malas personas, solo hacen lo mejor para sí mismos, o su trabajo.

En el proceso contra el oficial alemán Adolf Eichmann, celebrado en Jerusalem hace ya casi sesenta años, más o menos, el acusado esgrimió en su defensa que el solo se dedicaba a ejecutar responsablemente su trabajo administrativo, tramitando los movimientos y traslados de los prisioneros judíos. Las decisiones u objeciones morales que supuestamente debieran haberle hecho reaccionar sobre las consecuencias de lo que llevaba diariamente a cabo no le correspondían a él, sino a otras instancias a las que no tenía acceso o incluso desconocía.

Tampoco un organismo político puede poner coto a tales negocios inmobiliarios, o actitudes, o comportamientos, o derechos -llámenlos como quieran-, porque de inmediato una legión de abogados saldría de debajo de las piedras dispuestos a hacer su trabajo, y si es preciso morder y defender unos derechos particulares, y libres, que ningún gobierno mundial puede controlar, regular o directamente impedir o cercenar, ¿entonces?

Entonces, repito, ¿los culpables solo existen en la historia, las películas y la literatura? ¿Ni siquiera responsables?

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Genio y figura

Alguna vez hemos oído o nos hemos tropezado con tipos de “genio” presumiendo de él como sello de identidad, señores cabales de férrea estampa pavoneándose de una genuina autenticidad que se impone por principio silenciando de inmediato al interlocutor o interlocutores, arrobados ante semejante contemplación -incluida la consiguiente reverencia- pero que en más de una ocasión deja con un pero en la boca nunca formulado. Probablemente estábamos equivocados, pensamos, y no sabíamos entender ni apreciar lo que teníamos delante, un portento de la naturaleza que se había mantenido en pie, contra viento y marea, durante años; sin perder la compostura ni la dignidad. En fin, cosas de la vida; algunos nacen con suerte.

Individuos que pregonan, o de los que pregonan, eso del genio y figura como una especie de revoltijo de pureza e integridad, una admirativa autenticidad que en más de una ocasión esconde más miserias de la que tales portentos de la naturaleza son capaces de reconocer y asumir; no digo pedir disculpas por tal exceso de prestancia y carácter.

Si una cosa tiene pasar por este mundo, es decir, vivir, es que para todo aquel que lo hace con algo más de un dedo de frente le resulta fácil reconocer que esta vida es sobre todo cambio y una permanente adaptación, no solo en el mismo proceso de crecimiento físico y psíquico, también en lo referente al modo, o los modos, de ver situaciones y problemas, algo que el transcurso de los años va moldeando haciendo que lo que en un tiempo parecía complicado o definitivo desde una nueva perspectiva no lo sea tanto, ni siquiera llegaba a problema. Vivir conlleva la dificultad, o la experiencia, de sobrevivir a un sinnúmero de contingencias y salir de ello con la cabeza medianamente alta, sorteándolas de la mejor forma posible, o como mejor sepamos, y saliendo adelante medianamente sano, sin perder la cordura ni el respeto a los demás.

Esta vida proporciona una experiencia que, bien entendida y aceptada, además de interiorizada en todo lo que corresponde a una deseable mejora personal, deja bien claro que frente al azar y la imprevisibilidad solo vale la inteligencia y la capacidad de adaptación; también el egoísmo, pero este no es el caso, los listos, caraduras y sinvergüenzas necesitarían un grueso aparte que no me merece ningún interés. El mismo paso de los años demuestra la penosa y patética inconsistencia de dogmatismos y principios inamovibles -eso del yo soy así es una solemne tontería que pretende disimular y contener el miedo, y probablemente fracaso, que el presuntuoso lleva dentro-, todo lo contrario, se trata de aprender a valorar como corresponde temas y argumentos tan propicios, e interesantes, como la ayuda, la colaboración, el amor y la aceptación del otro como uno más, en la misma tesitura y quizás con menos valor y capacidades para sortear los problemas con un mínimo de solvencia.

Por todo ello, mantenerse en la soberbia y vana intransigencia del yo soy así, atribuible, y hasta disculpable, como carácter, personalidad y no sé cuantes cosas más, que obliga a los demás a soportar defectos reconvertidos en vanos y violentos dechados de virtud, aquello del genio y figura, no deja de ser una solemne tontería, y tales y fantasmagóricas etiquetas una soberana memez; cuando lo más inteligente sería invertir tanta fatuidad y prosopopeya en entender y respetar a los demás.

Cuánta gilipollez hemos tenido que aguantar, o aguantamos y nos queda por aguantar, con eso de la integridad, con el como Dios manda, el yo soy así de la cabeza a los pies; rancio postureo que solo conlleva carencias y vetusta intransigencia, cuando no pura ignorancia por no haber comprendido que, después de tantos años, esto de vivir no consiste en imponer e imponerse por defecto al otro con tal de disimular temores y debilidades, sino ofrecerte completamente abierto dejando que el intercambio te haga mucho mejor persona. Tanta estatuaria conductual, tan falsa como hueca, solo sirve para disfrazar los propios defectos.

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En la playa

Una de esas personas que suele monopolizar la conversación en ciertos grupos, con el característico acento de la zona y que en este caso no puedo ver, habla de un viaje a Asturias, no sé si propio o de algún amigo, y cómo el tiempo, o el tráfico, tampoco puedo oírlo bien, le hizo la puñeta chafándole el trayecto. Luego cambia a un familiar o conocido, tengo el mismo problema auditivo, que las pasó canutas debido a un cáncer más que complicado, lo que me recuerda lo azaroso de la salud y la aleatoriedad de precaverse ante lo que no muestra pauta ni previsión. Todo ello durante esas primeras horas de la tarde en las que se mezclan el solaz, la conversación y la pereza con tal de entretener un tiempo que se antoja tan placentero como eterno.

Abro los ojos y contemplo el precioso pino bajo cuya sombra nos cobijamos en la hora de la siesta, tumbados sobre un césped silvestre tan fresco como grato, también con los inevitables insectos y su proceloso e ininteligible trajín. Agradezco la magnífica existencia de este discreto árbol, el elaborado proceso de su crecimiento y los beneficios, también estéticos, que nos aporta su nimia existencia; la importancia de cada ser vivo a la que sumar su correspondiente parcela de belleza sostenida allí donde también podría no haber nada y nadie lo echaría de menos.

Algunos salen del agua quejándose de lo fría y transparente que está, rezongando pero satisfechos, la costumbre, nada arrepentidos del breve chapuzón capaz de revitalizar hasta el corazón más apagado. Saludo y me saludan echándome en cara mi facilidad para dormirme en cualquier sitio, sobre todo después de una excelente comida y cuando la bondad del reposo se impone a la alegría del baño. Es pronto, aún queda y le quedan horas al día para una par, o tres, de buenos remojones.

Una mujer, tan normal como podemos mostrarnos cada uno de nosotros, camina hacia el aparcamiento en silencio, a medio vestir después del baño, o del sol, protegida por un sombrero de paja. Se detiene a un par de metros de donde me encuentro, bajo el mismo pino que me cobija -la sombre es bien grande-, y después de echar un vistazo a su alrededor se deja caer de espaldas sobre la hierba, boca arriba, doblando las rodillas y abriendo de par en par los brazos sobre el suelo, en un gesto tan desinhibido como feliz. Intento imaginar su felicidad, la relajada decisión de dejarse caer tal cual, protegida por la sombra y entonces no pensar, o pensar solo en cosas dulces o bonitas. Permanece en la misma posición unos minutos, hasta que la sobrepasan dos hombres y una mujer cubiertos de la misma guisa de camino hacia el vehículo aparcado. Sin palabras entre ellos y probablemente conocedora del plan del día, mi eventual compañera de sombra se levanta en silencio sin pereza y los sigue abandonando su liviano y excepcional paraíso. ¿Qué le habrá llevado a expresarse de tal modo, abandonándose de forma tan relajada sobre el suelo? Qué pequeña y recóndita parece la felicidad.

Vuelvo la cabeza y veo como una pareja de… iba a decir gordos pero me parecía un insulto, pero es que están muy gordos, ella en toples, caminan hacia el agua cogidos de la mano y haciendo equilibrios para sortear las innumerables y pequeñas piedras que cubren la playa, sin soltarse. Avanzan unos metros, hasta donde al agua les cubre poco más del pecho y se encogen hasta sumergirse enteros, sin aparentemente soltarse. Caminan, dan vueltas sin separarse, hablan muy juntos y se besan enamorados y felices. Nadie más lo hace, también porque no hay mucha gente en el agua -está fría-, pero muy pocas personas suelen mostrar tal cariño en sus caricias, como si estuvieran en la intimidad más dulce, completamente ajenos al lugar. Así permanecerán mientras estén en el agua, en apenas un par de metros cuadrados, como si el tiempo ni el lugar existieran, solamente ellos. No se me ocurren más comentarios porque su sola imagen lo dice todo.

Llega más gente y extiende el mobiliario de playa pertinente dispuestos a pasar unas horas de marino esparcimiento. Por los pequeños montes de la costa que rodea la isla comienza a aparecer una especie de niebla, o bruma -son las seis de la tarde-, curiosa para quienes, como nosotros, somos visitantes por estos lares. La vemos y señalamos con atenta curiosidad, y alguien comenta que también aparece por el final de la larga playa en la que nos encontramos. ¿Niebla? ¿ahora? ¿Y si llega hasta aquí? Lo cierto es que la temperatura ha comenzado a descender -¿o solo es una impresión?-, aunque el sol siga dominando un cielo sin nubes. Pero la niebla sigue ahí, no se va, todo lo contrario, avanzando por la playa hacia nosotros. Algunos bañistas, más de sol que de agua, comienzan a levantar sus correspondientes chiringuitos. Mira, parece que viene hacia aquí. La niebla está cada vez más cerca, ya no se ve el final de la playa, y en minutos estará donde nosotros.

Si, ya está aquí, envolviéndonos por completo, no hay por qué no bañarse pero la sensación térmica, como ahora se suele decir, es bastante menor. Solo podemos vernos los más cercanos, y apenas se dibujan las siluetas de los vehículos aparcados; la orilla cada vez menos, tampoco el final del puente. Vámonos que tengo frío, dice alguien, y los demás asentimos y recogemos las cuatro cosas que teníamos esparcidas sobre la playa.

Cuando abandonamos el lugar no se ve a más de cincuenta metros. Si queremos que la tarde y el baño continúen ha de ser en otro lugar, en este parece que ha llegado el invierno. Lo pensaremos durante el trayecto.

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Abuelos (2)

Se había convertido, sin su consentimiento, en una imagen frecuente en las redes sociales debido a la manía de hijas e hijos de colgar fotografías suyas en celebraciones y cumpleaños, siempre de punta en blanco, siempre sonriente, lo que resultaba más que difícil llevando como llevaba la procesión por dentro. Y la parte más importante de la misma eran los años, muchos, muchos, tantos que todos lo celebraban cuando tocaba sumar; lo felicitaban y besaban, lo engalanaban y lo llevaban a cualquier restaurante o espacio más que decente concienzudamente decorado con ese toque infantil que tienen todas las celebraciones hoy, y una vez allí, rodeado de los suyos y de los que no lo eran, porque siempre había caras nuevas, algunas desaparecían sustituidas por otras exactamente iguales -primaba la regularidad, lo corriente, tal y como era su familia-, celebrarlo como merecía.

Él ponía al mal tiempo buena cara, que suele decirse, aunque su cara ya no estuviera para matices al margen del permanente cansancio que mostraban sus rasgos, nada importante, la misma edad que no perdona. Tampoco la sonrisa era la misma, más bien tiraba a mueca, aceptada a regañadientes con más desconsuelo que resignación; otra cosa era que, por lástima o respeto, tampoco nadie se atreviera a reconocer, todo lo contrario. El abuelo está como un camión, ¿no se le ve en la cara? Mentirosos.

Daba igual, siempre la misma historia que al abuelo había dejado de importarle hacía ya tiempo, cuando tuvo que asumir que los años son los años y es peor empeñarse en que no son, ni cuentan. Tampoco le preocupaba el trajín correspondiente a su edad, médicos, especialistas, ayudas, auxiliares, expertos, acompañantes y transportistas que, voluntariamente o previo pago, hacían todo lo posible porque su vida fuera lo más grata posible. Y el se dejaba porque, si exceptuamos la edad, vivía estupendamente, aunque la parte física hiciera tiempo que iba por su cuenta, bueno, o directamente no iba, sin que él pudiera hacer mucho por controlarla, o al menos responsabilizarse de sus propios gestos y movimientos. Se reconocía a su pesar en la máscara ante el espejo cada mañana, su rigidez, la incapacidad de variar el gesto a su antojo. No era él -se decía-, pero sí, era él repleto de años; cierto, muchos.

Pero, para variar, la cabecita le funcionaba estupendamente, y en lo que pudiera parecer un aspecto sin importancia, una manía, o una tontería, el evitaba mostrar su excelente estado al completo al exterior, en ocasiones por prudencia, otras porque le apetecía o por puro capricho. También y en parte porque no podía desprenderse de la sensación de que todo el que le hablaba o se dirigía a él dejaba ver un gesto de piedad y condescendencia que no le gustaba, redondeado con un ¡jo! ¡cómo está el abuelo! que consentía como si le estuviera hablando un imbécil, sonriendo sin querer saber.

Este año tampoco era diferente, y mientras todos comían, bebían, bailaban y se divertían, acercándose cuando correspondía para felicitarle o saludarle a voces, lo dicho, como si fuera imbécil -se repetía-, el se entretenía mirándolos tan satisfecho como desprendido, hasta indiferente ante tanta exhibición de una vitalidad que a él hacía tiempo se le había escapado. Pero sucedía que habiendo leído hacía poco sobre trasplantes e inteligencia artificial le había dado por pensar qué haría si pudiera cambiar las piezas gastadas o defectuosas de su propio cuerpo. La cabeza no porque de lo contrario no sería quien es, luego no tendría sentido el cambio, pero sí el resto del cuerpo, hasta donde pudiera, también el sexo. Qué haría entonces junto a aquellos primos que no dejaban de hacer el memo como si no hubiera mañana, bebiendo refrescos sin azúcar y alcohol sin alcohol, comiendo con las manos experimentos sintéticos derivados de infames pastas industriales y tarareando una música de primero de jardín de infancia; jóvenes y adultos sin distinción. En qué mundo se metería, si descontamos el sexo, que practicarían, aunque desconocía si follaban o se masturbaban utilizando al otro como herramienta, siempre con el móvil ensartado en las bragas, o en los calzones -y nada de a pelo porque no gastaban, les daba asco-, de que hablarían ¿habría alguien con seso entre aquellos ejemplares permanentemente insatisfechos? Por lo que oía por su cuenta y riesgo demostraban ser más bien básicos en la conversación, limitados y recurrentes, con poca imaginación y escasa curiosidad; eso sí, querían muchísimo a sus mascotas, más que cualquier otro familiar o persona (¿?). Qué difícil. Merecería la pena rejuvenecer entre tanta carne de cañón que cree que vivir es mostrarse permanentemente y hacer como que te diviertes sin desarreglarte.

¡Qué tal abuelo! ¿cómo lo lleva? ¡Qué fuerte! Por respeto decidió que no merecía la pena levantar la cabeza.

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Abuelos

Se suelen ver empujando carritos de niños con más desgana que motivación, con más pereza que indolencia, los nietos -se supone-, sin mucho convencimiento, como si la cosa no fuera con ellos, actitud del que no tiene nada mejor que hacer y no le queda más remedio que ocupar el tiempo con una actividad más bien obligada, también de ayuda, no todo van a ser imposiciones, sobre todo porque no hay muchas más alternativas con tanto tiempo libre a lo largo del día, todos los días de la semana; y al fin y al cabo la criatura que ocupa el carrito es su descendiente. Nada que ver con madres o abuelas, siempre sonrientes, atentas y hasta cantarinas, o inquietas, sin dejar de hablar a la criatura, dirigiéndole constantemente admiraciones y frases cariñosas sin preocuparles que el ocupante del carrito las entienda o sepa qué le están diciendo, que van dirigidas a ella, o él, más interesada en otear el nuevo e intrigante mundo a su alrededor. Pero lo que no olvidará será esa voz, un tono y la música a él asociada, que almacenará a buen recaudo sabiéndose protegido y a salvo en ella cuando en el futuro le apetezca o sea necesario.

Por qué empujan carritos los abuelos, asunto más bien escabroso para quienes no contemplan las demostraciones de cariño entre sus manifestaciones predilectas, tan poco dados, o aptos -mera falta de interés-, quizás para algunos tareas nada masculinas, más de mujeres, que saben del tema; además en público. Sólo por que se trata del correspondiente e inadvertido peaje automáticamente asignado por defecto, también puede que previsto y advertido con la suficiente antelación por parte de unos hijos que están más en otras cosas que en los propios; un aviso para navegantes a pagar por los mayores para que aquellos puedan salir adelante con más comodidad y, lo que es más importante, sin tantos gastos. O simplemente consiste en aprovecharse de quienes, según los mismos, no tienen nada mejor que hacer aparte de perder el tiempo. Una afirmación demasiado categórica pero que en una gran mayoría de casos no deja de ser cierta. Horas y horas desperdiciadas antes ocupadas por un trabajo a tiempo completo que en más de una ocasión se convertía en la tabla de salvación, además de una honrosa, necesaria y esforzada ocupación, mediante la que librarse del permanente jaleo y el persistente agobio en el que se transformaba el dulce hogar.

Pero ahí están, deambulando por calles y parques haciendo lo que jamás antes hicieron, ni probablemente pensaron, literalmente volcados sobre las livianas empuñaduras de los carritos, entre aburridos y asombrados, no, ni siquiera da para eso, la cuestión es que no tienen muchas excusas porque como en el fondo se aburren y tienen tanto tiempo libre. Además, se trata del nieto, es verdad que no le gusta el nombre que le han puesto -de esos tan raros- pero qué se la va a hacer, tampoco es su hijo.

De ese modo se va fraguando una forzosa compañía que levantará y consolidará un vínculo de cariño y afecto invisibles e imposibles que ninguna de las partes habrá fomentado conscientemente de forma activa, la fuerza de la costumbre. Un valor de uso sumamente efectivo que genera lazos y amor por simple contacto, aunque uno de los protagonistas tal vez no lo sienta así y solamente cumpla con lo que se supone que debe de hacer porque es quién es y está dónde y como está. Como tantas de las cosas que nos atan a los humanos, relaciones que con el tiempo se contarán como maravillosas, únicas e increíbles, dando lugar a discursos, emociones y sentimientos no siempre sabidos expresar como corresponden. Pero qué más da, tampoco hay por qué saber cómo expresar o decirlo todo, aunque se debería; tanto quien lo merece como quien lo necesita. En definitiva, los humanos somos animales de costumbres y un abuelo empujando distraído y aburrido el carrillo de su nieto o descansando en el banco de un parque mientras la criatura juega y se entretiene con otros mocosos de su edad no deja de ser un sólido valor, sobre todo para el nuevo en este mundo, sabedor de que el tipo del banco es alguien en el que puede confiar y que haría todo lo necesario por él, aunque no lo entienda; con el que siempre se sentirá contento y a salvo. Mucho más que suficiente.

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Aplicaciones

No deja de resultar curiosa, hasta intrigante, la inocencia del personal a la hora de confiar en cualquier aplicación informática gratuita ofrecida sobre todo a través de los dispositivos móviles, ya sea adjunta a una compra, objeto o aparato electrónico o como fin en sí misma.

Publicitadas con el mínimo de recursos. Ya no son necesarios modernos departamentos de márquetin y sus gastos en personal especializado, en estudios de mercado o en la confección de encuestas y evaluaciones de una posible clientela, además del diseño y la creación de propuestas más o menos atrevidas, rompedoras o incluso inteligentes. Ahora basta con una cara joven, pero tampoco hace falta que sea bonita, o que sonría. Las mujeres siguen siendo el mejor cebo, tanto por el atractivo que inevitablemente suman para ellos como por la íntima y cordial confianza que fomentan entre ellas. Basta con un pequeño discurso ante la cámara, mejor o peor dicho, sobre un fondo intrascendente o directamente anodino, sin alardes, con un lenguaje normalito -el de la gente corriente-, que no parezca elaborado y así sonar más convincente al crédulo consumidor a quien va dirigido.

Sin embargo, detrás de todo ello se puede oler una IA que jamás se muestra, dispuesta a la extracción de todo tipo de datos con los que conformar listas interminables filtradas y catalogadas por un ejército de menesterosos informáticos que invierten miles de horas frente a sus propios ordenadores dispersos por lugares casi desconocidos de África o Asia. Listas luego vendidas al mejor postor por cantidades con las que no solemos tropezarnos los mortales y corrientes. Esas son las verdaderas encuestas, realizadas en tiempo real sin el consentimiento de los encuestados, solícitos a la hora de contribuir haciendo lo que normalmente hacen. Millones de datos personales convertidos en registros con los que confeccionar futuras aplicaciones que, entonces sí, probablemente ya no sean gratuitas. Todo ello al margen del uso que hagan de aquellos las empresas y poderosos propietarios de las IIAA  a la hora de crear nuevos modelos, inventos, objetos de consumo u otras “herramientas” mucho más especializadas con las que implementar una exhaustiva minería de datos que no cesa de alimentar a una IA insaciable.

Se trata de digitalizar absolutamente todo, el día a día, mejor, el minuto a minuto de millones de voluntarios, desde la cama o la cocina a los lugares por donde pasean, o a los que viajan; los escaparates, las constantes vitales -hasta los mismísimos sueños-, las conversaciones más íntimas, con quién, el día y la hora, los temas y las alegrías o afecciones más molestas y reincidentes convenientemente monitorizadas en cuanto a frecuencias y regularidades. Vidas en directo transformadas de inmediato en datos que el usuario aporta gustosamente, sin que le preocupe dónde van o quién los revisa y acumula, sin aparente maldad por su parte, con una inocencia que roza la estupidez y una falta de atención e interés por su propia vida y la de los suyos que, para su desgracia, lo atarán de forma permanente a unos modos de vida, de hablar, comportarse y sobre todo pensar ligados a unos modelos de consumo sobre los que, a pesar de seguir siendo el indispensable soporte vital que los pone en juego, ya nunca podrá decir que son suyos y hace tiempo que dejó de tener la última palabra -lo que en última instancia seguirá creyendo. Hasta puede que sea expulsado de ellos porque ha dejado de ser rentable.

Y todo ello libre de impuestos, porque los enormes beneficios que tales ingenios suponen, millonarios para sus dueños y calderilla para el dependiente cautivo que, por ejemplo, se siente pletórico porque gana en la enésima versión del mismo juego de mierda o vende un aplique arrumbado en un rincón hace la tira de años, no aparecen por ningún lado.

En general y como decía al principio, me sorprende la mansa inocencia o ingenuidad, también simpleza, de tanta gente “disfrutando” de infinidad de aplicaciones informáticas que nada le aportan a sus exprimidas y vigiladas vidas, todo lo contrario. Y me repito la pregunta, qué hay detrás de ese permanente huir hacia adelante, de no pensar, de evitar detenerte y preguntarte qué estás haciendo o para qué. Si aquello mejora tu vida de algún modo.

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Caraduras

Como estamos en verano nos atrevemos con todo a la hora de pasar el tiempo. De ese modo tropiezo con una especie de entrevista a uno de esos rancios especímenes que se mueven entre lo patético, lo repulsivo y una chulería que no da para soberbia, palabra demasiado compleja para cerebros tan básicos.

Gente que larga sin medida -con castizo y supuestamente gracioso recochineo- cuando se lo permiten y un medio afín, con escaso material y sin mucha imaginación a la hora de rellenar páginas, les ofrece la oportunidad, como en este caso ha hecho el órgano oficial de la derecha más “progresista”, antes El país. Machotes jactándose sin recato de sus logros -siempre económicos, porque no hay más- mediante la consabida y recurrente coletilla de que ellos empezaron con una mano delante y otra detrás, haciéndose a sí mismos, como si el personal que en algún momento pueda leer sus palabras fuera completamente gilipollas, cayéndosele la baba de admiración ante sujetos tan listos y atrevidos.

El caso es que, como con este tipo, ellos mismos se creen su propia historia, lo que viene a ser más o menos normal, de lo contrario de qué ibas a hablar si en tu vida no has hecho otra cosa que aprovecharte de los demás, por lo civil o por lo criminal, en tu propio beneficio. También dando trabajo, presume, porque eso sí es solidario, otra cosa es que el trabajo que ofrece sea una mierda y pague lo mismo o menos -tal y como el fulano reconoce con total desvergüenza-; porque, claro, si pagas más ganas menos, y de ese modo nadie puede hacerse rico ni comprarse una finca con piscinas, que es de lo que se trata. Cada uno es cada uno. Y como a todo macho alfa con alzas también le gusta follar, un hombre, hombre, que se ha casado las veces que ha hecho falta con -¡ojo!- material siempre más joven que el anterior, porque hay que mejorar lo ya gastado, y qué mejor que la carne fresca. Hasta tiene hijos, y nietos, toda una proeza. También cuenta alguna desgracia importante, de las que marcan y siempre viene bien sacar a relucir para mostrarle al posible lector que él también es humano y sufre.

Tiene amigos famosos e importantes -qué curioso- porque uno se relaciona con quién haya que relacionarse para ser algo en este mundo; un mundo que, según el tipo, es puro trabajo, como él (¿?) Pero lo que no dice y pretende que el lector crea, o ni siquiera lo  pretende porque le da exactamente igual, es la parte sucia, u oscura, de su repetido y repetido trabajo; sin embargo se olvida de que todo el mundo sabe que nadie se hace rico trabajando. Aunque, repito, como el tipo cree que la gente es gilipollas ¿para qué va a cambiar de discurso? A nadie le interesa a cuántos se ha arrimado “accidentalmente”, engañado, estafado, sobornado, se ha aprovechado o directamente eliminado -siempre hablando económicamente- para lograr sus propósitos.

Que cierta prensa todavía dé cabida a energúmenos de este jaez, otro Jesús Gil sin pelos en la lengua -es cierto que algo más discreto-, mintiendo en todo lo que dice y envaneciéndose de sus posesiones no deja de ser descarada propaganda capitalista pregonada por un medio más que afín. Tipos repetidos a la hora de jactarse de que ellos no tienen nada que agradecer a nadie, directamente obviando, o despreciando, a la sociedad que le permite enriquecerse ofreciéndole los marcos y posibilidades para sus negocios, incluida, por ejemplo, una educación y sanidad mínima para sus trabajadores esclavos, porque con lo que les paga, como él mismo afirma, no tienen ni para comprarse un piso. Y cuando muera todo lo suyo quedará para sus nietos -lo que debe joderle bastante, porque después de “tanto trabajo” esos estómagos agradecidos son capaces de abandonar o vender por pura incompetencia.

En fin, un sinvergüenza que no tiene ningún empacho en soltar que lleva cotizando la tira de años y la pensión que le queda es mucho menos que una mierda. O sea, que con lo que supuestamente ha pagado en impuestos las escuelas estarían bajo los puentes y la temperatura te la tomarías poniendo la mano en el fuego; de aspirinas ni hablar -¡qué despilfarro!-, y al trabajo caminando por un camino de cabras. Así, sin ruborizarse. Y en el fondo lleva razón, porque los gilipollas somos los que pagamos impuestos para que los esclavos de este tiparraco puedan tener unos medios básicos medianamente decentes. En lo que a él respecta se trata de que cada cual mee con la suya, y él ya ha sujetado las que más le han convenido a la hora de “hacerse a sí mismo”. Es la gota que para quien no haya vomitado leyéndo y viendo su fotografía lo haga en ese momento o, en cambio, lo mire con arrobo y de inmediato vaya a comerse unos churros a sus famosas churrerías madrileñas atendidas por esclavos.

Qué verano más fresquito.

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Eclipse

Hoy en la compra me han ofrecido unas gafas para el eclipse. También.

Que yo sepa, creo que hace más de un año que se viene hablando del próximo eclipse, un fenómeno astronómico muy interesante, mucho mejor si el cielo está despejado. Por otro lado, desconozco las intenciones últimas del exceso de información sobre el tema que viene ocupando páginas y lugares, casi cada día, aunque en realidad en muchos casos no sea tal, lo de informar, digo, salvo ocupar tiempo y rellenar huecos cuando no se tiene otra cosa mejor que hacer. Siempre es bueno tener a mano algo con lo que tener pendiente al personal, y la publicidad lo agradece infinito. Peor sería que ese mismo personal se nos despistara y comenzara a hacer y pensar cosas por sí mismo, mal asunto, porque de ello puede derivarse que llegue a creerse autosuficiente y entonces buscarse la vida por su cuenta sin andar pendiente de tanta y profusa información.

Y como en el fondo se trata de hacer negocio a costa de los demás, la imaginación a la hora de ofrecer y aconsejar no tiene límites. Porque siempre está bien sacarle a la gente unos eurillos, o miles, que probablemente dilapidarían en cualquier memez con tal de entretener el tiempo. Y surgen desde supergafas, validadas y autorizadas por las autoridades competentes (¿?), a habitaciones a mil euros en la zona cero del dichoso eclipse. Y no es que un eclipse no sea algo digno de verse, pero no como si fuera el fin del mundo, o peor. Ya, se trata de un acontecimiento único, como también son únicas nuestras vidas por poder vivirlas sin tener que dejárselas gratuitamente a otros con la única intención de engordar sus cuentas corrientes.

Como dudo que tanto interesado sepa exactamente de qué se está hablando cuando hablamos de un eclipse, o que le importe; lo de la curiosidad mejor no comentarlo. Y qué más da, con estar allí cuando oscurezca y poder grabarlo, el resto sobra. Porque se trata de un momento único, repito, tal y como nos vienen anunciando desde hace ya meses, y qué mejor que ser testigo de ese momento histórico, y hasta mítico; por prosopopeya que no quede. Un fenómeno que todos se aprestarán a grabar mientras ocurre, en muchos casos tal y como sucede cuando acudes a un concierto, que en lugar de disfrutar del concierto en directo te dedicas a grabarlo para decirles a los demás que tú sí estabas allí y ellos no, porque de eso se trata; nadie de la gente que graba un concierto vuelve a ver la grabación si no es para darle en los morros a quien convenga. Al minuto siguiente de haber finalizado el fenómeno astronómico las redes sociales se inundarán de imágenes del mismo, millones, en un sinsentido global que nace y muere en sí mismo, ya que quien no haya tenido la posibilidad de verlo en directo, por las causas que fuere, sabrá dónde acudir con las mínimas garantías para disfrutar en diferido de lo que no pudo hacer en directo. Todo lo demás sobra, morralla digital fagocitada por las redes a las pocas horas. Después nada.

Recuerdo algunos eclipses vistos hace años y hace muchos años, o cómo mi abuela me contaba que en el que ella tuvo la oportunidad de ver las gallinas se encaramaron a los palos del gallinero para dormir. Entonces éramos más pardillos, no como ahora que la información nos sale por las orejas, nos atrevíamos con el sol con tan solo un cristal ahumado con un mechero. De algún eclipse tengo grabaciones, imágenes y fotografías aún guardadas. Pero entonces no teníamos ni aguantábamos a tanto experto largando sentencias sobre los momentos únicos en nuestras vidas; puede que nos recordaran cuando fue el último -ni siquiera habíamos nacido- y cuando el siguiente -que probablemente ya no estaríamos aquí. Es lo que tienen los tiempos.

Así que para quienes puedan disfruten del eclipse en directo, a pelo -con la consiguiente protección-, seguro que se trata de un momento único en sus vidas.

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Los Williams

Han pasado días desde la final del mundial de fútbol y la resaca tras la victoria estará más o menos superada, hemos vuelto a la normalidad veraniega -es un decir- y voy a retomar el fútbol, aunque solo sea como excusa.

No hace falta indagar mucho en prensa y las redes sociales para dar con los hermanos Williams y su ejemplo de integración, esfuerzo, educación y agradecimiento para llegar donde lo han hecho, un recorrido en el que sus padres son parte fundamental, ejemplo de migrantes que, para variar, sí encontraron el paraíso en el país que los acogió; es igual si por las buenas o por las malas. Como es curioso que ambos hermanos jueguen en un club de fútbol vasco orgulloso de exhibir un segregacionismo admitido sin rechistar por todo el mundo, puesto que solo permite en su equipo a chavales con DNI vasco, puros y sin mezclas, lo que deja una interesante sospecha respecto a posibles sarpullidos en trastiendas recelosas o directamente contrarias a la admisión en la plantilla de tipos como los Williams. En última instancia puede decirse que son de los nuestros porque han nacido aquí; se omite y deja a un lado lo que no interesa para la causa.

Qué pocos prejuicios en los gestos y las palabras de los Williams y cuánta sensatez a la hora de posicionarse y defender un mundo abierto en el que cabemos todos, por encima de discriminaciones y podredumbres segregacionistas. Y qué mejor ejemplo y agradecimiento por parte del mayor de los hermanos que jugar con la selección nacional de fútbol del país de sus padres -eso jamás podría hacerse en el lugar dónde viven-, derribando unas fronteras que solo interesan a quienes pretenden convertir este mundo en un caos de guaridas en las que, tan atemorizados como violentos, refugiarse contra todos lo que no sean de la misma sangre, en contra de una de las principales virtudes de la especie -la sabiduría de mezclarse y confundirse. Envilecidos miedosos y racistas.

Choca más su ejemplo porque viven en una zona del país en la que ese germen podrido del nacionalismo más absurdo e intransigente todavía sigue presente. Una zona, el País Vasco, en la que al igual que en Cataluña todavía existen energúmenos reducidos a cualquier tipo de pureza que los aleje y distinga de los demás. Y es tal la ignorancia de estos descerebrados, o el miedo y la mala leche, que en un lado se etiquetan de izquierdas y en el otro de derechas -también extremas-, cuando no dejan de ser los mismos perros con diferentes collares. Vienen a cuento estas dos zonas del país porque en ambas encapuchados o donnadies se han dedicado a golpear y pintar paredes en contra de los jugadores locales que, al igual que traidores, han decidido jugar con la selección española de fútbol. Pero con matices, mientras en Cataluña se omitían los nombres y la culpable era España, luego los jugadores son imbéciles funcionales dejándose engañar o han caído como peras maduras abducidos por el malvado nacionalismo español, en el País Vasco, en cambio, aparecían los nombres de los jugadores como traidores, pero curiosamente no el de los Williams, porque, a ver, en qué cabeza cabe que un vasco sea negro. Luego da igual si juega con Ghana, como ha hecho el mayor de ellos, allí sí porque aquellos no son vecinos a los que odiamos y en el fondo nos importan una mierda. Siempre que se queden en su tierra, claro.

Estos anónimos que se han dedicado a pintarrajear y golpear probablemente no lo han hecho por sí mismos, ni tienen edad y ni les da el seso, sino que obedecen las arengas y consignas de unos resentidos que se dicen nacionalistas, cuando no fracasados tan desvalidos como desarraigados. Retales humanos incapaces de razonar y sentir con normalidad -qué pensará esta gente del altruismo-, permanentemente agazapados entre sus envidias y miserias más sórdidas pero, y esto si es importante, con todavía ascendiente sobre ciertos estamentos sociales y políticos a los que probablemente amenazan con el fin de los tiempos si no les dejan espacio y dinero para sofocar sus frustraciones.

Que un emigrante excelentemente acogido tenga que dar lecciones de solidaridad, integración y humanidad a cuatro trastornados dedicados a catequizar a jóvenes desorientados que no tienen quien les quiera es un buen ejemplo de hasta dónde puede llegar la mierda en según qué lugares de este país. Por supuesto que no es oro todo lo que reluce, pero regresar al fango, constatar que todavía existe y ensucia todo lo que toca no es buena señal; tampoco el autoconvencimiento de que son pocos y están solos.

Quizás la única solución es que sigan viniendo más Williams, hasta el punto de permanecer y confundir toda pureza y expulsar a la prehistoria a tanto amargado incapaz de entender qué significa vivir en este mundo.

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