Adicciones

En las imágenes publicitarias de una película no sé si sobre la moda o sobre la al parecer muy interesante, altanera y despreciativa arrogancia del poder, ignoro si estrenada o a punto de estrenarse -¡ah! el cine americano y su poderosa y espectacular propaganda ideológica a la hora de abducir siervos para el sistema- una trabajadora con pinta de lista, gafas incluidas -algo importante, porque ese no es el ámbito políticamente correcto de la belleza-, derrochando eficiencia y en completo uso de su libertad, veinticuatro horas al día pendiente de los deseos de su dueña, perdón, jefa, advierte que esta última se ha encaprichado de una prenda vista en cualquier lado y que, precisamente ella, no posee -otra insolente y dolorosa punzada de ese maldito azar y su injusta aleatoriedad-; lo que significa en lenguaje del servicio y sin necesidad de palabras que la quiere para ayer. Y como en estos casos los pensamientos del ama son órdenes para sus servidoras, perdón, empleadas, ella, que dispone de un dispositivo móvil último modelo -del que nadie sabe el precio, caro, por supuesto, y tampoco a costa de qué o cuánto lo ha conseguido- manipula con destreza el artilugio y encuentra el modo de satisfacer el deseo de su señora, lo que quiere decir que inmediatamente lo exige allá donde Cristo perdió el gorro -porque hoy en día no hay lugar lo suficientemente lejano como para dejar de satisfacer los deseos de nuestros dueños-, sabedora de que lo tendrá allí mismo en cuestión de horas, qué digo, minutos si es preciso. No falta tampoco en este caso la guapa y sonriente becaria haciendo de perrillo faldero y babeando maravillada porque su superiora inmediata sea tan “lista” a la hora de satisfacer a los amos; hecho que queda puntualmente anotado como propósito de enmienda que la hará esforzarse aún más la próxima vez con tal de ponerse a la altura de su cabecilla inmediata y aspirar a un puesto más próximo a las suelas de esta última, lo que en última instancia significa más cerca del ama y señora.

Estas diligentes empleadas probablemente dediquen sus días al completo al servicio de su dueña, perdón, jefa, sin familias de interés -otros pobres diablos-, amigos, ocio o intimidad -da igual, porque si has nacido para servir tu fin en esta vida está a los pies de tus amos, de rodillas ante los que, con mejor fortuna, puso Dios en su lugar como guías y referentes para tenerte permanentemente a su disposición, es decir, durante toda tu vida, hasta que se harten de ti u otra más lista te birle el puesto por lo civil o por lo criminal.

La diestra manipulación del dispositivo móvil por parte de la estupenda y siempre activa lacaya, perdón, trabajadora, pone en movimiento a un gran número de individuos en cualquier parte del mundo que, como corresponde a sus humildes y serviciales nacimientos, viven, se reproducen y mueren con el único objetivo de estar pendientes de los amos del cotarro, sin otra cosa que hacer que atender ruegos o mamarrachadas, da igual la importancia o absurdo de los requerimientos. Un gran número de sujetos u objetos que cultivan o fabrican las fibras de la tela, la tiñen, almacenan, cortan, cosen y vuelven a almacenar si es menester, sin despistarse y dejar de atender las órdenes y consignas de otros como ellos pero con más suerte que les harán recoger, empaquetar y enviar a otro lugar lo fabricado sin que importe la distancia. Prenda que alguien recibirá en el destino y llevará a otro almacén o, como en este caso, no será necesario porque solo queda salvar la distancia hasta la meritoria y eficiente sierva del principio, perdón, empleada, que de inmediato pondrá a los pies de su queridísima ama que, con altiva displicente actitud, siempre guardando las obligadas distancias con el servicio, sin mezclas, ojeará por encima y tal vez llegue a probarse, confirmando que es de su gusto y consiguientemente está dispuesta a mostrarse con aquello colgado de su exquisito y bien cuidado cuerpo. Incluso puede que salga a la calle con ella puesta, ostentando su poder a la hora de hacer sus deseos realidad -el sueño de tantos y tantos que suspiran y trabajan a destajo y que no alcanzarían en cien vidas. Pero también puede que no le guste porque no es su estilo o ¡vaya usted a saber! ¡semejante bajeza! Por lo que la eficiente criada, perdón, trabajadora tendrá que aguantar una merecida reprimenda por no saber, qué saber, no anticiparse a los exigentes intríngulis del gusto de su señora y evitarle la vulgaridad de probarse algo que, ofensivamente, jamás fue con su estilo; ¡cómo pueden permitirse semejantes errores entre el servicio! Quizás sea momento de relevar a aquella pretenciosa y dar una oportunidad a alguna de las que, como sonrientes y dóciles corderitos, corretean a su alrededor aguardando una oportunidad para demostrar su servilismo, perdón nuevamente, su acatamiento y fidelidad.

No deja de llamarme la atención esa permanente y adictiva voluntad para humillarse de la que somos capaces los humanos.

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Cambiar

Abandonar lo que hasta ese momento es el hogar, tu casa, tu refugio, el lugar de siempre, donde uno llega cansado o derrotado y descansa, se relaja y desordena cuanto quiere, peca contra las apariencias y sí mismo sin remordimiento ni escrúpulo y quizás donde la pereza o la desidia acaban finalmente gobernando. Dejar de recorrer itinerarios que de tan familiares los consideras propios y casi puedes hacerlos con los ojos cerrados, las mismas calles, esquinas, cruces y aceras; los mismos edificios, sus ventanas, los establecimientos públicos ante los que ya no te detendrás, ni pasarás, tampoco a tomarte un café o una cerveza mientras charlas con la clientela de siempre. Y ya no verás a las mismas personas, a las que saludas sin que en muchos casos sepas nada de ellas, ni te importe, en las que tal vez confías tan solo por la frecuencia con la que os cruzáis, aunque solo sea por eso.

El espacio donde convives diariamente con quienes en principio estas unido de múltiples formas, por lazos familiares, de compromiso, amistad o por simple imposición de otro, u otros, que también consideran aquel lugar su casa y por lo tanto entienden que tienen derechos adquiridos sobre ese ámbito común.

Para llegar y ocupar a otro lugar que en principio desconoces, por otros caminos, calles, pasos de peatones y edificios distintos, otros establecimientos que los primeros días atraerán tu curiosidad, tan diferentes y a la vez tan iguales a los que acabas de dejar. También entre otra gente de la que desconoces todo, como muchos de los que abandonaste en tu antiguo hogar y sobre los que dejaste de preguntarte hace tiempo, y sin embargo ahora te preguntarás por estos desconocidos, con curiosidad incluso, su apariencia, su prisa o los vehículos que ocupan. Deteniéndote en su aspecto y mirada para la siguiente ocasión en la que te cruces con ellos, y entonces sí los reconozcas; y quién sabe qué pensamientos o premoniciones se te ocurrirán, de quién desconfiarás tan solo por esa primera impresión y en quienes ni te fijarás porque son de los que pululan por todos sitios, idénticos en su anodina presencia, se repiten da igual el lugar hacia dónde dirijas pasos y ojos.

Un lugar en principio extraño y que en el mejor de los casos quizás sabías de él, habías visitado en alguna ocasión o incluso sueles visitar con relativa frecuencia, lo que te permite, a poco que intentes forzar memoria e imaginación, visualizarlo mentalmente para saber de qué dispones, sus dimensiones y cómo has de hacerlo para habilitar entre esas paredes tu estancia, hacerlo acogedor, tu nuevo refugio, algo que en principio se antoja difícil por lo que tiene de inconveniente todo cambio, más si eres alguien tendente a lo estático y poco dado a las alteraciones espaciales y/o temporales, de estrictas rutinas, con lo que tienen de malo y de bueno, de malo por los inconvenientes y problemas que supone su pérdida y la desorientación que procuran, y de bueno porque cuando consigas organizarte con las nuevas volverás a sentirte seguro y a gusto. Pero eso será luego, cuando lo consigas, así que mejor no pensar de momento en las tareas pendientes, sino que se trata de ir poco a poco enfrentándote a ellas.

Puede que hayas de rehacer tu vida como si de una nueva vida se tratara, adaptarte y reencontrarte, sortear dudas y eliminar temores, habituarte y comenzar a sentirte “en casa” otra vez, la tuya, o al menos así lo pretendes intentando que el tiempo que tienes por delante te sea lo menos lesivo posible.

Como también es probable que para ti los lugares no tengan importancia, tampoco tu casa, un espacio que obligatoriamente ocupar porque es lo que suele, no vas a vivir en la calle o debajo de un puente; difícil si no tienes ninguno a mano. Quizás eres capaz de estar y habitar cualquier sitio porque el lugar en sí no importa, no necesitas de sillones, rincones u objetos que hacer tuyos en el sentido más íntimo de la expresión, donde refugiarte cuando vengan mal dadas, descansar o los problemas te pidan ponerte a resguardo y reflexionar; también ocultarte hasta que no tengas más remedio que volver a enfrentarte a lo que dejaste a medias o abandonaste y a tu regreso compruebes que no ha desaparecido, sigue ahí, ¿qué haces entonces?

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Quejas

A raíz de una conversación subida de tono, más bien discusión, que me cogió por sorpresa y sin tener nada que ver con el asunto, testigo involuntario de una de tantas que suceden diariamente, tuve oportunidad, posteriormente y a salvo de los contendientes, de reflexionar sobre una situación completamente ajena a mis circunstancias pero de la que he sabido o me han contado en más de una ocasión.

Se trataba de una queja en apariencia inexistente para uno de ellos. De las varias acepciones del verbo quejar alguna tiene que ver con el resentimiento o simple disconformidad respecto de hechos y situaciones que nos afectan directamente y no siempre parecen ser bien entendidas, mucho menos asumidas, en este caso por una de las partes y que motivaba la queja. Se repiten en situaciones que inevitablemente acaban derivando hacia cuestiones personales, a veces de forma muy seria, ese espinoso terreno en el que es tan fácil atascarse, simple egoísmo, incapaces de mirar un poco más allá -¡uf! si fuéramos capaces de vernos con la imparcialidad que solemos para los demás-; en fin, un tema harto complicado. Pero al parecer no es tan sencillo, llegándose a un punto de ofuscación en el que dejan de existir razones que no sean las propias, con el añadido, en cambio, de considerar a los quejosos como egoístas que solo piensan en sí mismos -en este caso, como en tantos otros, mí situación y lo que considero mi problema es lo único importante-, lo que deriva en que puedo acusar a los otros de mala fe por no ponerse en el lugar que les corresponde (¿?). En el fondo todo esto se reduce a una cuestión de respeto, algo que no todas las partes entienden por igual, o ven necesario, mucho menos indispensable.

Como felizmente vivo con mi pareja, tengo mi casa, me gusta follar y tener hijos, además de trabajar, salir y divertirme, doy por hecho que los demás han de entender y aceptar mis prioridades, mejor, necesidades; que los demás también tengan las suyas carece de relevancia ni es lo suficientemente importante. En este caso se trata de hijos y padres, por este orden, y sucede que los padres al parecer carecen de prioridades por defecto, más bien ejercen como almas perdidas que acabarían abandonadas en un rincón si no fuera porque los queridos y responsables hijos se acordaran de ellos y los requirieran según unos aprietos que en más de una ocasión son solo caprichos. Y qué mejor que ayudar a los hijos, lo de querer o no querer, apetecer o tener cosas que hacer no viene a cuento, se trata de los hijos y eso son palabras mayores, y en este caso también de nietos.

Generalmente situaciones de este tipo no suelen generar problemas porque muchos padres han asumido de antemano que, dejados ya a un lado por la vida y los demás, la única forma de hacerse presentes, lo que quiere decir útiles, consiste en estar disponibles para lo que dispongan los jóvenes, sus hijos, incluido acomodos y supuestas necesidades que en más de un caso son completas gilipolleces, muestra de un egoísmo indiferente o simple menosprecio hacia quienes, siempre según estos últimos, no hacen otra cosa en este mundo que estorbar y dar guerra. A veces he llegado a dudar de que en estas situaciones intervengan relaciones de cariño o afecto, muy poco, mal o nada mostradas o expresadas, o sencillamente nunca; se les supone, como el valor en el ejército.

No viene a cuento en este caso esa despreciable parte del mercado, como otras tantas, empeñada en hacer de la gente mayor los nuevos adolescentes, proponiendo situaciones, viajes y actividades absurdas que solo tipos muy desorientados o con el conocimiento deteriorado asumen como posibles o merecidas; hasta que la biología los pone en su exacto lugar.

Muy distinto sería que unos y otros, antes de dar lugar a tropiezos, equívocos o encontronazos motivos de quejas hablaran -¡a veces basta con tan poco!-; cuenten, compartan, expongan o soliciten, incluidas cuestiones de fuerza mayor o pertinentes, también deseos o necesidades. Y si ambas partes entienden que las circunstancias son tales y coinciden en cuanto a su obviedad, además de también escuchar y aceptar que la otra tiene las suyas, completamente diferentes, pues estupendo. Siempre será mucho mejor escuchar de la otra parte, de su propia voz, el consentimiento, al margen de supuestos, sobreentendidos o el grosero acatar por defecto, es decir, una respuesta a la pregunta o requerimiento.

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Cuba

Cuba sigue apareciendo en las noticias como tema de relleno para esos segundos antes de un cambio de tercio, una breve cortinilla que tampoco da para publicidad, tan adulterada y fastidiosa que nunca acaba de irse del todo, sino que reaparece al hilo de una nueva tropelía u otro giro de tuerca en la permanente humillación de la que es objeto por parte del vecino del norte ante la desidia e indiferencia general. Y probablemente ha desaparecido de las agendas de política internacional de la mayoría de países, más preocupados por el estrecho de Ormuz, el precio del petróleo y los absurdos altibajos que produce en las bolsas de valores de todo el mundo o los megalómanos y fascistas proyectos de los dueños de la IA. Como si en la isla caribeña no hubiera ni viviera nadie y las imágenes que vemos fueran las mismas de cada año, un bucle repetido en el que aparece la misma gente con las mismas caras de impotencia y resignación, viviendo vidas que no merecen vivirse, pero ahí siguen.

Si cualquier país europeo de medio pelo, de esos que presumen de sociedades modernas y avanzadas, con unas economías que se pretenden independientes o se autodenominan autónomas y unos servicios públicos mínimos que fingen proveer a una población indiferente a cualquier otra cosa que no sean sus propios ombligos, viniera siendo vilmente acosado y bloqueado económicamente por su vecino del norte, durante tal cantidad de décadas, probablemente haría tiempo que habría desaparecido, convertido en un erial devastado por el dinero y regido por marionetas arrodilladas a sueldo del matón de más arriba.

Por qué Cuba sigue donde sigue y está como está, aún, nada tiene que ver con una revolución fracasada, ni con la emancipación y la desesperada lucha de una población revolucionaria, ni con un gobierno más o menos corrupto, ni con la defensa de cierto tipo de ideales o valores humanos. Hay decenas de países en el mundo gobernados por corruptos mucho más violentos con su propia población que tampoco importan, como tampoco son asediados y humillados por megalómanos vecinos que se pasan la justicia internacional por el arco del triunfo; sin duda merecedores de una mayor atención internacional que presione a sus gobernantes de forma directa para que libere a su propia población, o al menos le permita vivir de forma más o menos digna.

De Cuba no se sabe mucho más, y probablemente habrá dónde informarse de forma, sino minuciosa, sí al menos fidedigna. Algo más que esos mismos rostros abandonados, o esas ciudades, calles y escenarios por los que no ha pasado el tiempo, sin que sepamos qué tiempo impera allí, qué siglo, qué año y por qué. Si tanto asedio, desprecio e inoperancia internacional solo aguarda a que la isla se derrumbe por el peso de su miseria y entonces reconvertirla en lo que fue, la sede caribeña de las mafias yanquis e internacionales desertizando terrenos y transformando a sus habitantes de ciudadanos en siervos adictos a las propinas; esa otra forma de caridad. Un soleado y podrido solar en el que lavar los enormes beneficios de una cruel  y depredadora economía al margen de la ley que probablemente mueve muchísimo más dinero que la, digamos, oficial.

Hasta entonces seguiremos viendo y oyendo cada cierto tiempo cómo la dictadura del norte recrudece la opresión e intenta hundir aún más a la población de la isla sin razones ni explicaciones, pura y violenta brutalidad. Y qué decir de soberanías nacionales y derechos de la población a tener los gobiernos que ellos mismos elijan. De qué estaré hablando. Nadie moverá un dedo, en parte por indiferencia y en parte por temor, no sea que cualquier pregunta o palabra más alta moleste al vecino del norte y entonces, como represalia, se meta conmigo, eso nunca.

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Comer

Probablemente cuando se sentaron a la mesa ninguno de los presentes imaginaba el final de aquello, si es que ese final tiene otra trascendencia que la constatación de que cada vez somos más ridículos en nuestros comportamientos públicos, menos respetuosos y más gregarios sin que en el fondo sepamos por qué, nos interese o, ya puestos, nos preocupe. Se trata de derechos, de libertad, esa moda que enaltece a catetos sin educación y consagra al cliente por el mero hecho de serlo, al tiempo que lo caricaturiza porque su insolente e infundida vanidad le impide verse a sí mismo como lo que es, una penosa marioneta fabricada, moldeada y puesta en el mercado para consumir sin descanso, dígase onerosas comilonas insulsas que te dejan hambriento, cruceros de lujo por el Antártico o patatas fritas sin patatas.

Tras los saludos y risas iniciales, los recuerdos, esa última vez, las preguntas por el trabajo y la familia tocaba refrescarse y pensar en una comanda que el camarero puso discretamente en escena porque allí cada cual iba a lo suyo. Comanda que, como ya es degradante y despreciativa costumbre, hubo que adivinar tras el consiguiente código QR que los más avispados ya tenían a disposición en sus propios dispositivos electrónicos, que no teléfonos. Mientras otros aguardaban no sabían qué, una carta, un camarero, algo o alguien que les informara de qué iba aquello, aparte y supuestamente de comer.

Se organizaron grupitos en función de los dispositivos más ágiles y panorámicos, es decir, que unos veían lo que el dedo dejaba ver, otros se esforzaban sin ver y alguno que otro desistía puesto que al final alguien le preguntaría, no por interés sino porque faltaba lo suyo y el camarero seguía aguardando.

No tardo en aparecer la estúpida pregunta con evidencia de afirmación… para compartir, ¿no? A lo que una discreta minoría accedió con inusitada rapidez, encarecidamente, como si se tratara de la única opción porque, ya puestos, no solo compartían amistad sino que también lo harían con la comida. Los hubo que no abrieron la boca, entre indiferentes, sorprendidos y expectantes, pero un par de comensales dijeron que no, ellos no compartirían, pedirían lo que les apeteciera de la carta, más les gustara o menos disgustara. Allá ellos, es su comida, pero ya les vale, pensaron algunos que no lo vieron con buenos ojos; qué se han creído, censuraron por encima del hombro sin decir palabra.

Qué decir de un situación que probablemente cualquiera ha sufrido en sus propias carnes, eso de hacer piña por obligación, como si de una excursión de colegiales se tratara. La calma duró lo que tardaron en aparecer los primeros platos y el camarero preguntar a quién correspondían. Póngalos por aquí, vamos a compartir, fue la respuesta, excepto para los ya señalados que se dispusieron a dar cuenta de lo que tenían justo ante de sus narices, y con tan buen aspecto.

Los tenedores volaban de un plato a otro, distribuyendo lo distribuible y también lo que no, de esa manera que cuando te toca menos de lo que más te apetece o las mejores piezas se las lleva otro contienes el gesto, suspiras y refunfuñas para ti -compórtate, estás compartiendo-; o lo agradeces porque en realidad no te gusta comer, eres más de guarrear, un poco empalagoso, nada te apetece y, además, todo engorda, por lo que siempre es preferible agazaparse entre el grupo para que nadie se dé cuenta de que solo comes lo que te interesa. O exigiendo a la hora de repartir, o repetir, porque de eso sí quieres, la última vez te gustó y aquí lo hacen muy bien. Todos hablaban y cruzaban palabras, tenedores y cucharas, con los consiguientes tropezones, salpicaduras al hablar y babas indetectables moviéndose de plato en plato, a lo que añadir los inevitables lamparones en el blanco mantel, por evidente torpeza o porque alguna salsa estaba poco trabada y no todos podían, ni sabían, servir sin verter.

Aunque en el fondo nadie perdía de vista a los dos antisociales deleitándose con sus platos, sin abrir la boca, precisamente porque estaban comiendo. Hubo un primer y tímido intento a continuación del previsible qué tal está y el riquísimo de la respuesta, seguido del puedo probarlo y una discreta negativa que no gustó pero no tuvo ningún comentario como reacción. Pero los platos y el placer con el que eran consumidos por sus respectivos no dejaban de llamar la atención, y mientras los compartidos se sucedían con desigual fortuna y apetito los señalados apuraban y rebañaban, les servían los segundos, tan apetecible o más que los primeros, y sus afortunados beneficiados se regodeaban ante un personal cada vez más callado y en el fondo ofendido, pendiente de ellos.

Se repitió un qué tal, ¿puedo? y la respuesta, si no directamente negativa, sí quedó clara en cuanto a su intención.

Fue transcurriendo la comida, las conversaciones decayendo y las miradas entorvándose, cesaron los intentos, fracasaron las indirectas, por lo que se convirtieron en directas, y finalmente aquello estalló, se perdió la educación y apareció la falta de respeto y los insultos. Qué pasa, amenazaban los ofendiditos, no os gusta compartir que solo lo queréis para vosotros; qué asquerosos, qué egoístas y poco amables. Para eso no haber venido. En fin, a una contestación moderada siguió una indirecta directísima y la siguiente respuesta subió aún más el tono. Aquello derivó en una falsa mayoría contra dos, también los había en silencio, sin saber qué decir y en el fondo avergonzados por lo que estaba ocurriendo. Dos insolidarios y sin deseos de compartir; dos amargados que qué se habían creído, especiales o más que nadie. Si eran incapaces de compartir mejor se hubieran quedado en casa, menudos amigos etc. etc.

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Música popular

Reconozco que acabé en aquella butaca entre escéptico y curioso, también sorprendido por un lleno que, aunque me habían advertido con anterioridad, no imaginaba; aforo completo desde hacía semanas, y creo que meses.

Un espectáculo sobre Pink Floyd, bueno, un tributo, como se dice ahora, en el que unos músicos interpretan temas de sus grupos favoritos lo más fielmente posible a los originales. Alguna que otra vez había asistido a alguno con no siempre buena impresión, no hay nada más penoso que intentar parecerte y con ello estropear lo que en versión original resuena, a la vista de lo ofrecido, inalcanzable; o quizás fuera que la calidad de los músicos era más bien floja, o el producto original, como ya he dicho, inimitable.

En mi caso Pink Floyd descansa plácidamente en mi juventud, pues hacía ya tiempo de la última revisión y reaudición de los gastados vinilos que todavía conservo; una música unida a mi crecimiento, o directamente mi propia vida, plagada de momentos en los que algunos de sus temas son el dato más importante, la referencia, la clave de recuerdos que ahí siguen, en apariencia olvidados pero todavía dispuestos a ser desempolvados fruto de alguna nostalgia provocada por una noticia, un amigo o un evocación que los mueva del sitio.

Por ello volver a escuchar la música de Pink Floyd era como regresar a un pasado sin revisar, ¿entonces? Curiosidad por la oportunidad y al mismo tiempo comprobar la calidad de los músicos, sin quitarme la mosca de la oreja a la hora de imaginar un parecido decente, muy difícil, sino imposible, según mis precavidas expectativas.

Pero desde que entré en el teatro y ocupé mi butaca el espectáculo más bien estaba en el público, en la expectante inquietud de un muestrario de lo más variopinto de espectadores sin en apariencia nada en común, o sí, la música de Pink Floyd. Imposible establecer un patrón entre los asistentes al margen de la edad, y tampoco, porque también se veían treintañeros tan emocionados como los coetáneos de sus padres que les rodeaban. En el caso de los progenitores el grupo inglés tenía sentido, en el de aquellos se me escapaba; pero en cualquier caso la emocionante esperaba que mostraban sus rostros en nada se diferenciaba.

Como luego comprobé conversando después del concierto, las posibilidades de comienzo del mismo, el tema o los temas iniciales, que yo también imaginé, coincidían en una gran mayoría, da igual a quien preguntaras y su edad, el concierto solo podía iniciarse como el comienzo de uno de sus discos, concretamente el de 1975, como así fue. Hacía más de cincuenta años. Y cuando sonaron los primeros acordes la gente no pudo evitar la emoción y aplaudió, gritó y silbó como si estuviera viendo al mismísimo grupo en directo, tal que si no hubiera transcurrido el tiempo, y nosotros con el.

El espectáculo, más que decente, se desarrolló durante más de dos horas y media sin que la gente perdiera detalle; emocionándose, tarareando en un inglés de por aquí, aplaudiendo porque le apetecía sin aguardar al final o volviéndolo a hacer cuando los primeros compases de temas, visto lo visto, muy, muy conocidos; de cada uno de los presentes, con todo lo que ello significa.

De eso va la música pop, la música popular, con las etiquetas que cada cual le cuelgue en función de determinados instrumentos, sonidos y variaciones melódicas o instrumentales. Sonidos y melodías que acaban convirtiéndose en una parte íntima, y a los hechos me remito, del acervo personal de más generaciones de las que imaginaba; unos temas y canciones que sí puede decirse que traspasaron fronteras y corazones, independientemente de la ciudad o el pueblo y, como no, del país. Sin importar que el idioma fuera el inglés, que el grupo hubiera desaparecido casi cuando algunos de los presentes no habían nacido y lo hubieran escuchado de sus padres, o de sus abuelos, sin que les pasara desapercibido, hasta el punto de hacerlo propio, parte de sus vidas. Es solo música.

Como es fácil imaginar el final fue una fiesta, tanto para el público como para los propios músicos, que agradecieron la entrega y comunión entre unos y otros desde el principio. Y las caras de los espectadores a la salida, como suele decirse, eran todo un poema, no sé si se habrían sentido tan emocionados y felices en otras ocasiones, pero, desde luego, si el aspecto final fue el que en aquellos momentos mostraban, también fueron muy, muy felices.

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Qué

Vistas las imágenes de la tierra enviadas desde la cara oculta de la luna por la reciente misión espacial norteamericana, surgen innumerables preguntas con las que acompañar su belleza, varias de difícil respuesta, o sencillamente sin ella. Algunas probablemente coincidirán con las que se hicieron los propios astronautas al contemplar desde la distancia el lugar del que provenían, incluido lo que en aquellos precisos momentos, en los que tenían puesta la vista en él, estaría sucediendo bajo ese hermoso color azul que nos identifica en la inmensidad del espacio.

Casi de inmediato recordé otras imágenes guardadas en algún sitio, también del planeta pero visto desde distancias aún mayores, y muy lejanas. Las busqué y las encontré, y las preguntas volvieron a repetirse sobre un fondo de escepticismo e incomprensión que al instante trasladé a la curiosidad de cualquier otra persona ante las mismas imágenes. Quizás las preguntas que más se repetían en mi cabeza, sin poder despegar la mirada de aquella oscura e intensa inmensidad, era el motivo de la estúpida arrogancia que caracteriza a la especie humana, así como su clamorosa falta de humildad. Que la espuria existencia de una especie tan insignificante pueda imbuir a sus especímenes de tal soberbia a la hora de considerarse el centro del universo es caso de estudio médico, si es que alguien ajeno a esta bola decidiera perder el tiempo en especies tan vulgares y ordinarias. Visto el planeta en la distancia y conocido el comportamiento y talante de la “especie dominante” el lugar sería lo más parecido a una jaula de grillos, con perdón de los grillos, porque, creo, ellos solo se dedican a estridular, nosotros, en cambio, gritamos cada vez más alto, nos insultamos y amenazamos a las primeras de cambio o nos dedicamos a destruirnos unos a otros por pura codicia; ensalzando la violencia como un orgulloso honor, una virtud de la que nos gusta jactarnos porque, según los más cretinos de todos, quienes han venido dirigiendo a su antojo sociedades y civilizaciones -por llamarlas de algún modo- hasta ahora existentes, somos los representantes de una especie superior.

Superior respecto a qué, o por qué, a la vista de las imágenes con las que comenzaba estas letras dónde está nuestra superioridad, ¿en nuestra insignificancia? ¿en nuestra capacidad para autodestruirnos? Eso sí que sería un punto álgido, el punto más alto de la estupidez humana, visto lo visto, nuestra principal característica.

Y qué decir de nuestros orgullosos y sagrados dioses, casi infinitos en su número, cada cual adaptado a las limitaciones intelectuales de sus inventores, ¿dónde quedan en tan inmenso espacio? ¿dónde arriba o abajo, lejos, cerca, dentro o fuera? Esa inmensidad, nuestra incapacidad para abarcarla y entenderla sería lo más parecido a las sagradas magnificencias de aquellos, mucho más inimaginable entonces, cuando se inventaron esos avatares dotados de todo aquello de lo que creíamos carecer, lo que no dejaba de ser la falta de reconocimiento de nuestra propia ignorancia y su modesta y humilde asunción. Dónde están la omnipotencia, la omnisciencia, la omnipresencia divinas sino en nuestra parca imaginación.

Así, ante la endémica e histórica falta de respuestas de una especie que ha conseguido lo poco que tiene a costa de grandes esfuerzos y millones de muertos -en realidad no tanto de lo qué enorgullecerse-, logrado en contra de quienes, cómodamente asentados en el poder, temían todo conocimiento porque en el fondo lo consideraban peligroso para su posición y prerrogativas, siempre queda la opción de salirse por la tangente.

Entonces, estoy equivocado porque esos cuentos e imágenes son falsos, astutos montajes del demonio para tenernos asombrados, quietos y sumisos. Dios lo sabe y por eso se compadece de nuestra incredulidad y falta de fe. Ese universo también es suyo ¿o es Él? ¿otra manifestación más de Su inmanencia? Pobres de nosotros.

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Volver

Volver a una ciudad donde ya has estado quizás carece de ese grado de novedad y sorpresa que tiene la primera vez, falta esa emoción de descubrir o sorprenderte, o cuando te encuentras, al fin, en o frente a lugares u objetos de los que ya sabías con anterioridad, incluida la inesperada decepción porque la realidad no siempre alcanza a satisfacer la expectación que uno acumulaba antes de verse y sentirse ante o precisamente allí. Nada importante porque estas cosas suelen ser de lo más normal, como también es cierto que muchos lugares carecerían de atractivo si no contuvieran o el viajero hubiera puesto previamente en ellos rastros y elementos de su educación, cultura, aficiones, desafíos o mera ilusión, que también. La realidad no es mejor ni peor porque, exceptuando el inevitable azar siempre al acecho del imprevisible vivir, se trata de un mutuo hacerse sobre el que uno mismo puede permitirse cuantos planes desee si antes asume por principio que no dejan de ser eso, planes.

También es cierto que regresar a una ciudad nunca es lo mismo porque quien lo hace no es la misma persona que lo hizo con anterioridad, el tiempo ha pasado para ambos, tanto en aquella como en el que vuelve, y no siempre el transcurso del tiempo significa obligatoriamente mejor, tampoco peor, puesto que no existen futuros preconcebidos al margen de ese presente que nos lleva al unísono de la mano. Además, puedes volver solo, por ocio o por trabajo, o con la misma o mismas personas, o con otras y otros modos o intereses, distintos objetivos; también con menos obligaciones y planes que cumplir, menos prisas y la agradable sensación de volver a ver o regresar a lugares de los que guardas buenos recuerdos. Tampoco sería un inconveniente reencontrarte donde la memoria creo una sombra, o un borrón, porque, como he dicho más arriba, quien regresa no es la misma persona; aunque es cierto que hay recuerdos, imágenes, personas, sucesos y circunstancias que nos cerraron permanentemente la puerta del regreso.

Volver a Dublín siempre es agradable, sobre todo si no se tiene un agenda que cumplir, mucho menos a la carrera, aunque tampoco la ciudad es para carreras o agendas repletas, todo lo contrario, mejor tomarse su amabilidad con calma y olvidarse de planificar porque lo que haya de ocurrir ocurrirá. No hay innumerables lugares que ver o visitar, ni agobios aparte de los inevitables que provoca un turismo exprés no siempre consciente del lugar, sobre todo para quien viaja con niños; una meteorología que obliga a precaverse por los cuatro costados y una movilidad que no necesita apenas medios de locomoción al margen de los propios pies. Mejor vivirla a pelo, pasear y disfrutar de la música, algo tan inevitable como sus incontables pubs y la cerveza. Andorrear, fisgar en cada puerta o ventana tras las que creas oír algún instrumento, o ruido, sentarte sin prisa, escuchar, charlar, ya que aunque no entre dentro de tus propósitos siempre tendrás alguien con quién porque te obligarán amablemente a hacerlo, o discutir, siempre con una cerveza en la mano, por supuesto. Y sin grandes revelaciones ni descubrimientos dejar que pase el tiempo escuchando y disfrutando del ambiente, luego, antes de recoger tus pocos trastos y salir, otear el exterior por si es más conveniente pedir otra pinta porque fuera el agua cae como si del fin del mundo se tratase. Puedes volver a preguntarte por la gente tan joven con la que tropiezas por la calle pidiendo, o por qué el incesante consumo de cerveza no hace distinción de géneros o edades, ni de cantidades; o achacar al azar o a ese inevitable vínculo que la música irlandesa tiene con todo lo tradicional la reiterativa y diaria escucha, en cualquier pub en el que comieras algo o entretuvieras el tiempo, o a cualquier músico callejero con el que te cruzaras, del antiguo Take Me Home… del desaparecido John Denver. Casi para una apuesta.

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Benditas tradiciones

Una de las fotografías que apareció en prensa con motivo de esa nueva muestra de los rancios anacronismos que adornan este país, en esta ocasión con etiqueta religiosa y ocurrido en un pueblo de glorioso pasado romano frente a los conquistadores cartagineses, mostraba un grupo de jóvenes trajeados de saldo gritando con vehemencia a las puertas de un templo religioso. Un buen material que exponer en algún museo antropológico con un pie de foto que intente explicar esos intangibles que todavía ocupan los cerebros de muchos sujetos pertenecientes al sexo masculino, refractarios respecto a una razón que, a su pesar, todavía nos sigue manteniendo vivos y coleando como especie.

La imagen ofrece una primera impresión que, sin todavía saber qué hay detrás, no deja de ser sospechosa de representar otra de esas sanas y viriles manifestaciones de hermandad de género que advierten y excluyen más de lo que invitan. Una más de las tan arraigadas tradiciones masculinas, por darle algún nombre, sustentadas a partir de la ocupación y mantenimiento de posiciones preponderantes y de poder en relación con el otro género, el femenino, tradicionalmente no apto para ellas por cuestiones nunca importantes o que vengan a cuento, mucho menos actuales, modernas, racionales o razonadas. Se habla en estos casos de emociones, socorrido argumento cuando no existen argumentos, de íntimos sentimientos inexplicables para un profano, en realidad porque no hay nada que explicar cuando se trata de imponer lo que yo quiero, o de ceremoniales instituidos y representados -e impuestos- durante años por hombres que sería muy doloroso, además de improcedente y casi sacrílego, abrir a las mujeres, esa parte de la especie que habitualmente ocupa las habitaciones de atrás. Darles acceso significaría que ellas también pueden hacerlo y sentirlo, ser iguales, pero entonces dónde quedarían ellos y sus tradicionales prerrogativas. Ni lo saben, les preocupa y, sobre todo, ni les importa.

Hay otra foto, muy diferente a la anterior pero que tiene que ver con el mismo tema, en la que un orgulloso joven, ataviado con oscuras vestiduras y símbolos religiosos, saluda a los suyos sonriente y satisfecho por los méritos que al parecer le han sido concedidos, entre ellos la renovación de esa tradicional prerrogativa masculina entre las nuevas generaciones. No hay mujeres entre las numerosas personas que aparecen en la imagen, absolutamente ninguna, pero probablemente no es nada casual, pero si tradicional, ya que al parecer y como he dicho hay aspectos de las emociones y los sentimientos masculinos para los que las mujeres ni están preparadas ni alcanzan.

Hay más fotografías relacionadas con el mismo tema en las que sí aparecen mujeres, pero en la calle, vestidas de cualquier modo, con frío, aguardando con rostros más resignados que comprensivos, como de costumbre, vencidas de antemano; sin acceso a trajes, baratos o caros, ni ropa eclesiástica de copete, esperando a que ellos decidan, cosa, repito, de las tradiciones, ese intangible rastreramente esgrimido cuando alguien no quiere abandonar un poder que hasta ahora le ha mantenido a salvo, como es el caso, de la tan promiscua como peligrosa, y hasta pecadora, mezcla de géneros.

En el fondo el tema no va de cuestiones religiosas, ni de defender o denunciar la hipocresía de unas fiestas que tienen más que ver con imaginerías locales, tanto religiosas como profanas, y con arcaicas supersticiones y tabúes de toda índole mantenidos en contra de la razón, sino de simple estrechez mental, temor e incapacidad de adaptación a las nuevas realidades que el inevitable transcurso del tiempo tarde o temprano acaba imponiendo.

En todo este esperpento las supuestas perjudicadas, las mujeres, también deberían hacérselo mirar, primero por sus pretensiones de igualdad en circunstancias y temas en los que siempre han ocupado, y ocupan, los lugares de cola -sus Vírgenes, a las que probablemente rezan y adoran, tampoco les ayudan porque para aquellos que les impiden promocionar siguen siendo lo que también dice La Biblia que son, bonitas vasijas por llenar-, su papel de servicio es todo a lo que pueden aspirar. Tampoco les vale, por ejemplo, un derecho al voto que tanto costó introducir e imponer en sociedades en las que el dominio masculino se ha defendido a capa y espada de su presencia e intromisión hasta hace bien poco. En lo referente a las tradiciones siguen sin tener hueco. Aunque si pensaran y se sintieran, al contrario que ellos, mujeres de su tiempo harían muy bien en abandonar sus santas aspiraciones, además de las correspondientes labores de servidumbre tan necesarias para endulzar la vanidad de tanto mozo engreído de su masculinidad, cediéndoles a ellos todo el mérito, si es que en estos menesteres queda algo de mérito y no mero pavoneo tan cateto como cerril.

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Habermas

No recuerdo exactamente por qué me detuve en él -hace ya mucho de eso-, o tal vez sí, su interesante y en cierto modo tan ingenua como esperanzadora propuesta de un permanente y razonado intercambio argumentativo como medio y solución, casi única, o definitiva, a la cuestión de las relaciones humanas, sobre todo políticas; una incesante “acción comunicativa” a partir y por medio de la cual, sentados unos frente a otros, sentirnos capaces de organizarnos y organizar este mundo en el que vivimos. Esos acuerdos siempre posibles a los que suelo hacer referencia cuando de llegar a resultados se trata. Sentarse a la mesa, pero no como forma de medrar en beneficio propio, sino de aportar la propia opinión, argumentarla y de algún modo estar e influir a la hora de las decisiones finales.

A partir de mi lectura y estudio de sus predecesores en la Escuela de Frankfurt, en la que el fracaso colectivo de la sociedad occidental tras las Guerras Mundiales y en cierto modo el final del proyecto de la Ilustración pesaba como una losa casi definitiva, Habermas significaba, casi en solitario, una puerta a la esperanza; cómo, sin perder los referentes, aún era posible dar una nueva oportunidad a la convivencia y organización de un presente y futuro menos desesperanzadores. Desde entonces siempre estuvo ahí, publicando y sin rehuir el intercambio ni el compromiso, fuera cual fuese la actualidad política o social que requiriera su opinión, prácticamente toda. Porque no podemos obviar lo que tenemos delante y que de un modo u otro nos pasa al lado, o por encima, principalmente porque se trata de nuestro tiempo, también nosotros, del que no podemos evadirnos porque estamos aquí, vivos.

El desgraciadamente ya no, eran muchos años, ley de vida, dicen, pero viendo y sufriendo a tanto degenerado violento haciendo del mundo el felpudo de su guarida, sin mediar palabra ni razón, el duelo es aún mayor. Quedamos un poco más solos, aunque ya sabemos cómo vivir sin que nos tengan que llevar de la mano, siempre con la palabra como única herramienta. 

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