Todavía existe una prensa “pura”, y dura, que presume de atesorar los más sagrados valores de una izquierda hoy más bien desorientada e incapaz de descender al mundo real -el de los vivos-; unos autoelegidos sin mácula encargados de difundir una realidad política, social y económica tan cruel como dolorosa para los que menos tienen -la gran mayoría de la población. Realidad que, por otra parte, es tan dolorosa y real como aquellos cuentan, en eso no les falta razón, circunstancias que, sin embargo, no les dan derecho a ningunear los gustos y aficiones de aquellos por los que hablan, por los que supuestamente luchan políticamente.
Editan una prensa tan prolija como densa, minuciosa en exceso y que desanima a todo aquel que no sea un consumado lector, amén de un militante convencido, a las pocas líneas de comenzar a leer. Ediciones sin espacio para la frivolidad o el cotilleo, tal vez viajes o gastronomía -tan de moda-, y solo al final de una larga sucesión de injusticias y corrupciones que generalmente no suelen ocupar espacio en una prensa generalista convencional que, todo hay que decirlo, cada vez se parece más a una revista del corazón que a una prensa como es debido, o al menos como en algún momento pretendieron ser, aunque sigan vendiendo que lo que ofrecen es lo que se les exige. Una verdad completamente falsa porque oculta y tergiversa más de lo que afirma.
Entre el dogma impreso de los primeros y la frivolidad impuesta y dirigida de los segundos existen infinidad de variables. Entre ellas las que incluyeran situaciones, personajes y acontecimientos públicos de los que todos sabemos, vivimos y celebramos; porque siempre es mejor encontrar una medida entre la crítica más intransigente y el simple babear de quienes presumen de tener menos cerebro que un mosquito. Se trata de leer, de la lectura, no digo literatura porque alguien se podría escandalizar creyendo que hablo de pienso para “intelectuales”. De adaptarse y saber diferenciar, de acercarse a quien menos posibilidades tiene sin imponerle algo que le haga salir corriendo tan pronto lo vea.
Es como si comparas, por ejemplo, la eliminatoria entre el Bayer y el PSG, de la pasada edición de la Copa de Europa, con un partido de las divisiones inferiores de cualquier país, en las que los jugadores ponen en juego más intenciones y ganas de mantenerse en forma que calidad futbolera. Es lo mismo y no lo es, y los que han visto o les gusta el fútbol saben a qué me refiero.
Y hablando de fútbol vuelvo a enlazar con el inicio de estas letras. Por qué a los sacerdotes de la izquierda con los que comenzaba no les parece bien que aparezca el fútbol en sus publicaciones, ahora que está tan en candelero, ni un comentario, ni una crítica sobre tal o cual partido. Imagino que se dan cuenta y entienden, otra cosa es que lo acepten, que mucha de la gente para la que dicen trabajar y preocuparse es una apasionada del fútbol, que se deja tiempo y dinero, y su vida si fuera preciso, por seguir a sus colores. E ignoro si conciben que hay generaciones de abuelos, padres e hijos para los que el fútbol es algo más que un negocio corrupto -que lo es-, que comparten e intercambian sensaciones más íntimas y sentidas que razonadas, en la mayoría de los casos inexplicables y que un gol o una victoria los une más que cualquier amor. Por qué aquellos desprecian lo que les apasiona a quienes dicen defender, por qué no bajan a la tierra e intentan empaparse, o al menos entender, ya no digo comprender, tal pasión y lo que mueve; e informan y comentan sobre fútbol ahora, cuando medio país está pendiente de él, según ellos, para su desgracia. Porque el mundo en el que viven, independientemente de la bola de cristal de su pureza, es este y sigue vivo, y esa gente a la que ignoran siente y padece, y vota, y también necesita que le echen una mano y les muestren cómo les engañan, también con el fútbol. Y no por ello hay que desdeñarlas o directamente despreciarlas por no ver más allá de sus narices. Según estos presupuestos, para qué editar periódicos, en papel o digitales, si quienes deberían leerlos no lo hacen, ni saben que existen; mientras yo insisto en colgarme medallas de dedicación, autenticidad y pureza que también nadie entiende ni escucha. Cuánto despropósito, cómo podemos ser tan estúpidos.