Despropósitos

Todavía existe una prensa “pura”, y dura, que presume de atesorar los más sagrados valores de una izquierda hoy más bien desorientada e incapaz de descender al mundo real -el de los vivos-; unos autoelegidos sin mácula encargados de difundir una realidad política, social y económica tan cruel como dolorosa para los que menos tienen -la gran mayoría de la población. Realidad que, por otra parte, es tan dolorosa y real como aquellos cuentan, en eso no les falta razón, circunstancias que, sin embargo, no les dan derecho a ningunear los gustos y aficiones de aquellos por los que hablan, por los que supuestamente luchan políticamente.

Editan una prensa tan prolija como densa, minuciosa en exceso y que desanima a todo aquel que no sea un consumado lector, amén de un militante convencido, a las pocas líneas de comenzar a leer. Ediciones sin espacio para la frivolidad o el cotilleo, tal vez viajes o gastronomía -tan de moda-, y solo al final de una larga sucesión de injusticias y corrupciones que generalmente no suelen ocupar espacio en una prensa generalista convencional que, todo hay que decirlo, cada vez se parece más a una revista del corazón que a una prensa como es debido, o al menos como en algún momento pretendieron ser, aunque sigan vendiendo que lo que ofrecen es lo que se les exige. Una verdad completamente falsa porque oculta y tergiversa más de lo que afirma.

Entre el dogma impreso de los primeros y la frivolidad impuesta y dirigida de los segundos existen infinidad de variables. Entre ellas las que incluyeran situaciones, personajes y acontecimientos públicos de los que todos sabemos, vivimos y celebramos; porque siempre es mejor encontrar una medida entre la crítica más intransigente y el simple babear de quienes presumen de tener menos cerebro que un mosquito. Se trata de leer, de la lectura, no digo literatura porque alguien se podría escandalizar creyendo que hablo de pienso para “intelectuales”. De adaptarse y saber diferenciar, de acercarse a quien menos posibilidades tiene sin imponerle algo que le haga salir corriendo tan pronto lo vea.

Es como si comparas, por ejemplo, la eliminatoria entre el Bayer y el PSG, de la pasada edición de la Copa de Europa, con un partido de las divisiones inferiores de cualquier país, en las que los jugadores ponen en juego más intenciones y ganas de mantenerse en forma que calidad futbolera. Es lo mismo y no lo es, y los que han visto o les gusta el fútbol saben a qué me refiero.

Y hablando de fútbol vuelvo a enlazar con el inicio de estas letras. Por qué a los sacerdotes de la izquierda con los que comenzaba no les parece bien que aparezca el fútbol en sus publicaciones, ahora que está tan en candelero, ni un comentario, ni una crítica sobre tal o cual partido. Imagino que se dan cuenta y entienden, otra cosa es que lo acepten, que mucha de la gente para la que dicen trabajar y preocuparse es una apasionada del fútbol, que se deja tiempo y dinero, y su vida si fuera preciso, por seguir a sus colores. E ignoro si conciben que hay generaciones de abuelos, padres e hijos para los que el fútbol es algo más que un negocio corrupto -que lo es-, que comparten e intercambian sensaciones más íntimas y sentidas que razonadas, en la mayoría de los casos inexplicables y que un gol o una victoria los une más que cualquier amor. Por qué aquellos desprecian lo que les apasiona a quienes dicen defender, por qué no bajan a la tierra e intentan empaparse, o al menos entender, ya no digo comprender, tal pasión y lo que mueve; e informan y comentan sobre fútbol ahora, cuando medio país está pendiente de él, según ellos, para su desgracia. Porque el mundo en el que viven, independientemente de la bola de cristal de su pureza, es este y sigue vivo, y esa gente a la que ignoran siente y padece, y vota, y también necesita que le echen una mano y les muestren cómo les engañan, también con el fútbol. Y no por ello hay que desdeñarlas o directamente despreciarlas por no ver más allá de sus narices. Según estos presupuestos, para qué editar periódicos, en papel o digitales, si quienes deberían leerlos no lo hacen, ni saben que existen; mientras yo insisto en colgarme medallas de dedicación, autenticidad y pureza que también nadie entiende ni escucha. Cuánto despropósito, cómo podemos ser tan estúpidos.

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Sin palabras

Como todo es tan divertido y nos gusta reírnos hace unos días asistí a una representación teatral titulada Iribarne que igual no dice mucho a muchos, sobre todo a los más jóvenes. Se trata de una sátira curiosa de un franquista tan excesivo como cutre, un soberbio energúmeno que confundía campechanía con arrastrarse ante el poder cueste lo que cueste, un tipo pagado de sí mismo y convencido de que esta vida es una cuestión de pelotas, nada que ver con la inteligencia o saber de qué puñetas va eso de vivir.

Da la casualidad que el protagonista de la obra, el señor Iribarne, fue el fundador del partido popular de la derecha española, una especie de arca repleta de  franquistas a los que entonces les empezaba a oler el culo a humo. Un saco de retales con mucha caspa y mucha mala leche que se pretendía y todavía hoy se pretende demócrata sin que ninguno de sus integrantes, da igual si de entonces o de ahora, hayan acabado de entender que democracia no significa gobierno a perpetuidad, como según ellos está mandado. Y en estas resulta que uno de los militantes del partido en cuestión, anterior presidente del gobierno y cacique local a perpetuidad, como Dios manda, hace como que escribe en prensa diciendo que los franceses de la selección francesa de fútbol no son franceses porque no son blancos como él y su dios. Un espécimen que ejerció su tarea política como presidente prácticamente igual a como lo había hecho como cacique en su tierra, su terruño, ya que esta gente cree que el mundo es como su finca pero más grande, con más gente. Naces de buena cuna, todos te aprecian -más les vale-, los pobres te sirven y doblan la cerviz en tu presencia, te adulan y, cómo no, también te votan porque, a ver, qué van a hacer sin nosotros, sin nuestra guía ejemplar. Por otra parte y volviendo a la obra de teatro, no deja de ser curioso cómo desde un escenario puede decírsele al público, directamente a la cara, que quienes nunca han tenido para comer siempre votarán a quienes les dan de comer; sin olvidar que todo lo que se cuenta sobre las tablas es estricta y documentada verdad. Ley de vida.

Precisamente por eso el cacique-presidente, un tipo que intelectualmente no llega más allá de los periódicos deportivos -como él mismo se jactaba públicamente-, no ha tenido ningún empacho en sonreír socarronamente -¡pobres! pensaría- a las reacciones a su eructo racista. No hay que olvidar que esta gente se pasa eso de lo popular por el arco del triunfo, porque en lo referente a apretar las tuercas a quienes no entienden que unos han nacido para mandar y otros para obedecer no les cabe ninguna duda, y que no le toquen las pelotas, porque por las buenas lo que quieran, pero lo de discutirme el puesto ni hablar, a ver si ahora cuatro desarrapados van a querer cambiar el mundo; lo que no hicieron los comunistas.

Y en esas estábamos cuando la selección española derrotaba a los “no franceses” en el mundial de fútbol, una selección en la que juega un muchacho de apenas diecinueve años, pero que, visto lo visto, no sé si español porque no es blanco ni católico, como Dios manda, le respondía al cacique-presidente que para él el fútbol es ejemplo de integración.

Qué más se puede decir. Y qué hacer con los vasallos disfrazados de militantes del partido fundado por el señor de la obra de teatro saliendo en defensa del troglodita de su expresidente. De vergüenza ajena, una auténtica estampida de criados prestos a arrodillarse ante el racista de su jefe. ¡Cuánta humanidad desperdiciada!

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Videntes

Lo que en principio pareció un accidente que llamaba la atención por la importancia de la víctima se ha convertido en una noticia de la prensa rosa con un interés relativo para el ciudadano de a pie, un cotilleo con el que entretener el tiempo mientras esperas en la consulta del dentista. Un señor muy rico, propietario de una marca de ropa bien conocida, fallece de una caída accidental y resulta que existen indicios de que ese desgraciado accidente quizás no fue tal, sino que detrás hay miga, como en las películas. Pues allá que va la prensa del corazón, en tropel, también la que no tiene tal órgano como motivo principal de su trabajo -aunque muchas veces llego a dudarlo-; y lo que parecía una extrañeza se convierte en el culebrón del verano. Y es que cuando hay dinero por medio el amor y el cariño son menos; la pela es la pela.

Aparecen pistas, raras, conversaciones, más indicios, sospechas -también de película-, familias guapas que ya no lo son tanto, reuniones y presuntas amenazas -aunque fueran en sueños-, y más y más. O sea, que la cosa parece que va para largo, como ocurre siempre que suenan las monedas o son el motivo principal; aunque ¿cuándo no lo son? Da igual la elegancia, la pureza y el amor que desprendan los protagonistas. Y en estas tropiezo con la imagen de una “terapeuta” que declara como testigo, o encausada, a saber, y no sé por qué me viene a la cabeza la imagen de un vidente-chamarilero, tal y como suelen aparecer en las películas del oeste; un tipo que surge de pronto, sin que importe la procedencia, o directamente misteriosa, encaramado en un carromato con una labia más que estudiada y remedios milagrosos contra prácticamente todo en lo que sean pertinentes consejos básicos barnizados de expertos, modulados en una voz tan dulce y cautivadora como empalagosa, suave y persuasiva; porque lo que en definitiva pretenden estos personajes es llenarse el bolsillo a costa de cuatro ignorantes.

Y sigues leyendo y resulta que la casta más casta de las castas catalanas, esa misma portadora de ese intangible seny que tanto respeto parece que vende, es proclive a inclinarse voluntariamente ante una moderna hechicera que les susurra al oído con voz melosa cobrando solamente en cash.

A ver, que me quieran cobrar en metálico ya es para levantar la ceja, o para mosquearse, pero que lo hagan en visitas personalísimas y delicadísimas, en la intimidad, donde se habla más cercano y no hay espabilados que puedan pararle los pies al nigromante, me suena a tomadura de pelo. Y que una burguesía tan recatada y prudente, más bien provinciana, se desviva porque una señora con pinta de echadora de cartas les aconseje en privado en cuestiones de sentido común es para suspirar antes de esbozar una ligera sonrisa, por aquello de la educación.

Tony soprano mostraba más sensatez en su consultas psiquiátricas, profesional incluido, que esta gente abriéndole la puerta a una hábil y astuta guía espiritual que probablemente vio un filón en las mezquindades y desconfianzas de gente de tan noble alcurnia. También es cierto que el dinero mejor en privado, sin airearlo, sin facturas que pueda olisquear Hacienda; ya sea un tres por ciento o transvasándolo en metálico a Andorra, también en intimidad, como solían hacer los Puyol; todo muy honorable y reservado. El dinero hace que los sentimientos y las relaciones familiares se confundan con las envidias, los celos, la incompetencia y la misma estupidez. Por lo que siempre es mejor echar mano de una desconocida que dice saber -y sin factura-, abrirle la puerta con discreción y comprobar que ella también lo entiende. Es fácil cuando la propia codicia es correspondida, y además te ofrecen un cielo en metálico que solo tienes que conservar e intentar perpetuar con tanto mimo como recato. Mucho mejor mediante un selecto y selectivo boca a boca que reblandece el cerebro tanto como la cartera.

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El paraíso

A la pregunta de qué es el cielo, el paraíso o lo que sea que cada cual crea que hay después de la muerte la primera reacción probablemente sería un gesto de sorpresa e incredulidad, una mirada de arriba abajo y, aún sin palabras, un primer pensamiento parecido a ¿de qué va este? ¿a qué viene ahora? ¿me quiere tomar el pelo? si no nos mandan directamente a hacer puñetas o nos quitan de en medio con un, lo siento, tengo prisa, ahora no es el momento. ¿Qué se habrá creído? mientras se aleja mirando hacia atrás con el rabillo del ojo para no olvidar la figura de ese impertinente. 

O sea, ninguna, cero respuestas a la cuestión, o intromisión, porque hay gente muy sentida, sobre todo en lo referente a la religión, que no está para ciertos temas porque crean más incomodidad que dudas, además de que nunca vienen a cuento ni son necesarios, ya llegará el momento y entonces será lo que tenga que ser.

Una pregunta comprometida que probablemente provoca más inquietudes que certezas, también cierta atención, o pavor. Luego, en privado y a salvo, con todas las precauciones posibles y ya puestos, quizás tocaría echar mano del manual de emergencias y tirar de dogma. Las respuestas de rigor, las que tocan, las que predican quienes saben y entienden de eso y, tal vez entonces y por lo bajini, acordarse de merecimientos, anhelos, deseos -muchos-, sueños no cumplidos, redenciones, reencuentros o promesas de felicidad eterna y descanso, también eterno. Sin que fuera nada extraño que más de uno anhelara ver al fin cumplida la venganza contra la existencia pasada, el mundo y algún que otro paisano que en vida no pudo llevarse a cabo -justicia divina, la llaman-, o el merecido castigo hacia quien, durante aquella, hizo y deshizo a su antojo sin detenerse ni le importaran las consecuencias de sus actos. No imagino qué paraíso desearan quienes, en vida, se dedicaron a hacer el mal -tal y como suena-, tipos que solo pensaron en sí mismos y cómo complacer un egoísmo autista, su santa voluntad; existencias en las que los otros, además de inconvenientes estorbos, solo eran el medio para lograr sus fines, es decir, satisfacer sus deseos. Como tampoco soy capaz de llegar a ese paraíso de los religiosos, y muy religiosos, que interpretan la religión según su sagrada vocación, siempre pura y sin sombras, o con pequeñas oscuridades a las que se le puede dar boleto con un sincero acto de contrición, sin que haya que mediar confesión alguna. Ajenos y sin responsabilidad, libres y sin cargos por voluntad divina, indiferentes a tantos que con menos suerte -esos designios insondables- no tuvieron más remedio que afrontar vidas de carencias y sufrimientos en función de sus orígenes y nacimiento -si es que en muchos casos puede decirse que eso sea vivir.

Como a qué especie de cielo o paraíso aspiran todos esos que dicen sentirse en paz consigo mismos -llenándose la boca de dicha, tan buenos y satisfechos-, exhibición de una arrogancia directamente proporcional a la indiferencia y el desprecio que muestran hacia todo lo que no sea su alma y su merecida salvación. Qué felicidad -¡no se les ve en la cara!-, nunca están para ese tipo de preguntas porque ellos saben todas las repuestas y su fe los justifica; además de no poder hacer nada porque ese no es su papel, para eso ya está El Creador.

Y me queda curiosidad por esa respuesta, sobre todo por parte de estos últimos, imagino, que mencionara directamente la causa, es decir, Dios, con el inconveniente de que ver al fin a Dios no da para más porque Dios lo es Todo, su visión llena y completa un alma que tanto trabajó y suspiró en vida por alcanzar ese momento, al fin compensada. Entonces, deseos y anhelos terrenales ya no serían necesarios porque, desde la inmortalidad, contemplarían aquel periodo material de sus almas tan imperfecto como despreciable, y sus sueños y aspiraciones tan ridículas como ignorantes. ¿¡Y ya está!?

Esta digresión, disparate o completa estupidez se me ocurre un domingo alrededor de la media noche, viendo cómo algunas personas recogen y acumulan numerosas cajas vacías, que las tiendas han dejado en la calle para la recogida de basura nocturna, con las que fabricarse pequeños socorros en los que pasar la noche junto a paredes y enormes escaparates. Precarios y accidentales “habitáculos” en los que se refugian dos, tres y hasta cuatro personas junto con sus escasos pertrechos; en el mismo centro del paraíso del consumo en este país, en una agradable noche de verano.

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Tatuajes

Hace ya años, en un bar de verano tomando unas copas charlábamos con un presidiario, no recuerdo si de permiso durante la condena o definitivamente fuera, habiéndola cumplido. A pesar del buen tiempo llevaba manga larga, no hizo falta preguntarle por qué, puesto que la conversación derivó hacia la cárcel y el ambiente, los compañeros, las reincidencias y las dificultades, una vez fuera, a la hora de volver a recuperar una vida normal, teniendo que obviar y directamente ocultar un pasado del que no se sentía muy orgulloso, y los tatuajes que la manga ocultaba eran una pista no deseada acerca de aquel. Prefería tenerlos a buen recaudo porque, sobre todo a la hora de buscar trabajo, eran un claro impedimento.

En la actualidad esto suena muy antiguo o directamente desfasado, hoy los tatuajes se han convertido en moda para una generalidad muy variopinta, adeptos por amor, también hacia sí mismos, por afición, aventura, reivindicación, timidez, vergüenza o problemas de definición personal -las dificultades de siempre a la hora de la madurez de tantas generaciones. El tatuaje te sitúa e identifica sin que tengas que abrir la boca, por si no tienes mucho que decir. Proliferan los establecimientos especializados y no tanto, pues parece que cualquiera con un curso acelerado puede pincharte con una aguja y cubrirte con tinta hasta que digas basta.

Atrás quedan aquellos puñales solitarios, los intrigantes puntos en las manos que en realidad nadie sabía qué significaban, corazones, con y sin coronas de espinas, goteando sangre -una o dos gotas-, algún que otro nombre inscrito en el susodicho corazón o los amores de madre tan limitados y equívocos como sentidos. Hoy uno puede entintarse hasta las uñas, según gustos, desafíos personales, lucha contra complicados traumas o prejuicios que se pretenden definitivos, por fidelidad o por consejo o recomendación de amigos y expertos; también como rebeldía, porque sí y puedo, como nadie o por puro aburrimiento. Mientras haya piel que manchar no existen los límites.

Los hay atrevidos que se lanzan a por todas y diseñan verdaderas composiciones que en conjunto tienen su atractivo, desconozco si la idea es por completo propia o eligen entre una amplia oferta de resultados contrastados definitivos; o simplemente a la carta. Carta que, sin embargo, parece no ofrecer muchas variaciones porque la repeticiones son casi infinitas, algunas aterradoras, lo que en cierto modo deja ver unas carencias imaginativas que descubren unas limitaciones estéticas que fomentan el más de lo mismo, en algunos casos rozando el disparate. Las mismas zonas del cuerpo e idénticas figuras y/o composiciones, los motivos prefiero no entrar en detalles porque en más de una caso las respuestas quizás fueran decepcionantes. Imagino que luego, en casa y ante el espejo, se miraran y remirarán, autoconvenciéndose si todavía quedan dudas o piropeándose por lo bien que lucen y lo interesante que se muestran, siempre según sus peculiares puntos de vista; porque también los hay amenazadores, imágenes que repelen más que atraen y fomentan todo lo contario a un acercamiento o sincera y abierta sociabilidad. El tatuaje hoy habla por uno mismo, eso me gusta pensar, porque de lo contrario sería ponerse en manos de otra moda que tarde o temprano tendrá que acabar, con lo que habrá que apechugar con él o ellos y reaprender a hablar para relacionarse con los demás. Y si se simultanean con colgajos, agresiones y perforaciones en cualquier parte del cuerpo susceptible de serlo ¡uf! Cuánto por decir, o todo lo contrario.

Y frente a los valerosos que se atreven con todo su cuerpo están, curiosamente, los más temerosos, desmotivados o desganados que prefieren ir poco a poco, como si no estuvieran convencidos o aún recelaran de lo que significa tatuarse la piel; primero en lugares más bien ocultos o reservados. Una decisión difícil porque es para siempre, hacerlos desaparecer, por el contrario, resulta algo más complicado; lo que viene a ser como a renegar de sí mismo o de lo que en cierto momento uno quiso o fue. Son tales las dudas, o la falta de convencimiento por parte de estos tímidos, y por lo tanto de decisión, que las marcas se acumulan sobre la piel como si fueran pegatinas, cada cual de su padre y de su madre, de forma desordenada e incluso caótica; en función de momentos, aficiones o amistades, que todo vale. Así que, si por casualidad te fijas no sabes cómo interpretar aquel batiburrillo de saldos que confunden más que hablarte. Como borrosos lucen sus portadores, en permanente duda entre lanzarse a la piscina de una vez por todas o ir metiéndose en el agua poco a poco, no sea que sufran un corte de digestión y sea entonces peor.

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No hay palabras

Entre vulgares y espeluznantes las imágenes no necesitan palabras, si es que uno mismo es capaz de reprimir la incredulidad ante lo que está viendo y sus inesperadas consecuencias, para, a continuación, con la misma incredulidad, sin todavía creérselo del todo, vuelve a ver porque igual se trata de un error, o un montaje hecho con IA. Porque no puede ser posible que algo así ocurra hoy.

O sí, Probablemente mi credulidad me traiciona, ya que existe el sentido común, sin que ni yo mismo sepa que puñetas quiere decir sentido común, eso que, según dicen, impediría que lo que acabo de ver llegara a producirse. Nadie es tan despistado, negado, inepto, incompetente o estúpido como para cometer semejante dislate.

Estoy hablando de las imágenes en las que una joven de veintipocos años es lanzada literalmente al vacío desde un puente por dos tipos que la sostienen sobre sus brazos. Tal cual. Intento imaginar a la joven desgraciada, tan rígida y nerviosa como excitada, con los brazos abiertos y temblando de miedo por la experiencia única que está a punto de vivir. Y con razón, porque será tan única e increíble que no saldrá viva de ella.

Vuelvo a decirme que eso no puede ser posible, que se trata de un montaje, pero no, lo encuentro en otro medio y las imágenes se repiten. Sigo sin saber qué decir, pero ahora soy incapaz de ponerme en el lugar de la mujer porque me parece tan injusto como imposible, y sería pecar de arrogante.

Pero no por ello dejo de darle vueltas. Qué nos está pasando, cómo hemos podido llegar a tales extremos. No se trata de si los tipos del puenting eran o no legales, si estaban autorizados, tenían permisos, habían pasado todos los requisitos para dedicarse a tal actividad. Si disponían de las correspondientes acreditaciones, no sé, trámites, credenciales, materiales, medidas de seguridad o lo que sea que haga falta para acometer ese tipo de aberraciones con las que atraer a personas aburridas de vivir cuando todavía no han comenzado a hacerlo. Mucho peor que lanzarte al agua cuando no sabes nadar, porque en este caso nadie te va a poder salvar en el último momento de morir estrellado, que no ahogado.

Ni siquiera vale como excusa la ingenua confianza de la desgraciada víctima. Vuelves a imaginar que antes de dar el paso preguntas acerca de la solvencia y fiabilidad de esa gente, compruebas por ti misma las mínimas medidas de seguridad atendiendo a lo que a continuación vas a permitir que hagan contigo. Y las personas de alrededor, obnubilados, embebidos, abducidos por la emoción o es que literalmente hacían de espectadores imbéciles. Con perdón, porque no se me ocurre otra cosa. En situaciones así los errores, despistes, excusas y justificaciones dejan de tener sentido. Nadie, absolutamente nadie, y digo mal, fue capaz de ver más allá. Incluidos los directamente responsables que sostienen a la mujer lanzándola al vacío; tan obtusos y ciegos estaban. Tampoco se trata de la calidad de los materiales, su adecuación a las circunstancias, las medidas de seguridad secundarias, no sé, un mínimo plan B o lo que sea que se precise en tales barbaridades.

No se me va de la cabeza la opción del montaje, porque de lo contrario me sigue pareciendo imposible. Tales descerebrados no deberían… ¿qué? Son las propias víctimas quienes horrorizadas ante el vacío de sus propias vidas necesitan con urgencia emociones que les impidan pensar, dejar a un lado la propia consciencia poniéndose en manos de cualquier irresponsable que les venda el paraíso de las emociones en la tierra. Literalmente, me repito, lanzar al vacío a una persona para que se estrelle contra el suelo. No hay palabras.

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El tren

No se me ocurre en este momento calificar la situación porque, tratando de resumir, sería una más de las que sufren los ciudadanos de a pie, en este caso los ciudadanos del ferrocarril, ese medio de transporte que facilita, dicen, el acceso allá donde se necesite -qué gran mentira- y que casi ningún político, esos otros ciudadanos encargados de que todo funcione con un mínimo de garantías -pues para eso están- utiliza, quizás porque conociendo los entresijos del medio prefieren el coche oficial o el taxi que pagan las dietas antes que aventurarse y finalmente no llegar a tiempo, o directamente no llegar.

Otra más, después de una larga jornada de trabajo y de regreso a casa a última hora del día, más harto que cansado, te paran más de media hora en medio de ningún sitio sin que nadie te informe, ya no del por qué, pero al menos el tiempo aproximado, para que quien te espera sepa a qué atenerse, o irse ya a la cama porque para aquella, o aquel, también es tarde.

Y sin embargo la gente no se altera de forma ostentosa, ni siquiera visible, aguanta con santa resignación el literal abandono con el que habitualmente castiga la compañía ferroviaria nacional a sus, como le gusta decir, clientes. Una compañía fatalmente organizada -si es que alguien en su organigrama conoce el significado  de organizar-, incompetente e insostenible que, sin embargo, paga a sus empleados de forma más que decente a costa del desprecio más olímpico hacia sus usuarios. Una compañía que siguen manteniendo un material ferroviario en estado comatoso, que desatiende toda atención o información hacia los viajeros, ni la electrónica incorporada a los vehículos, que debería funcionar por defecto y solo muestra pantallas permanentemente apagadas, y mucho menos la presencial; habituada a poner en funcionamiento trenes repletos de pasajeros sin personal que, ya no revise el correspondiente carnet o billete, sino que, llegado el caso, se atreva a informar mínima o aproximadamente de cualquier imprevisto que altere el normal funcionamiento del servicio.

Dicen, en cambio, que la alta velocidad funciona mejor -dicen- y no es cuestión de entrar en detalles escabrosos o directamente desagradables, claro, pero a costa de hundir, literalmente, los trayectos de media distancia y externalizar la totalidad de los servicios que, como compañía ferroviaria, siempre se ha encargado de atender. Son otros tiempos y el viajero, cansado de ser humillado un día sí y otro también, como de costumbre, perdió hace tiempo las ganas de reclamar, ya ni se queja en voz alta o intenta de comentar con el de al lado el abandono al que permanentemente están sujetos. Porque si después de correr como un poseso de un andén a otro porque a los autistas del puesto de mando se les ha ocurrido cambiar la vía del tren en el último momento sin preocuparse de informar a quien corresponda para que avise al viajero con tiempo suficiente, a riesgo de romperte la crisma o quedar aprisionado en alguno de los numerosos tapones que forman tantas personas con prisa de un andén a otro, y poco después te dejan tirado sin que nadie se digne a informarte de lo que sucede -por si se trata de una excepción-, ya ni siquiera sirve rezar. Por si lo dudabas de inmediato tienes la confirmación de que en aquel convoy solo van un maquinista y cientos de viajeros, y este último no tiene pensado salir de su cabina para calmar los ánimos, es más, se encargará de que la puerta esté bien cerrada para evitar inoportunas intromisiones, o tan solo explicaciones -he tenido la suerte en alguna ocasión de oír por megafonía interna cómo el maquinista informaba a los pasajeros de lo que estaba sucediendo, los motivos por lo que lo estábamos y cuánto tiempo, según sus apreciaciones, íbamos a continuar detenidos; y no fue un sueño.

Estas letras no dejan de ser una mera queja de algo que viene sucediendo casi desde siempre, ocurre que se nota más cuando el número de viajeros se multiplica casi exponencialmente y los medios disminuyen sin que nadie haga nada por solucionarlo, tampoco quienes pueden o deberían, porque están ahí para eso. Nadie reclama en toda regla, hasta colapsar el departamento correspondiente, y consiguientemente nadie mueve ficha; nos queda la feliz publicidad con la que nos vuelven a engañar a la hora de ofrecernos un servicio público que en el fondo muchos de sus trabajadores y sus mismos dirigentes nunca han entendido y sin embargo desprecian.

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Adicciones

En las imágenes publicitarias de una película no sé si sobre la moda o sobre la al parecer muy interesante, altanera y despreciativa arrogancia del poder, ignoro si estrenada o a punto de estrenarse -¡ah! el cine americano y su poderosa y espectacular propaganda ideológica a la hora de abducir siervos para el sistema- una trabajadora con pinta de lista, gafas incluidas -algo importante, porque ese no es el ámbito políticamente correcto de la belleza-, derrochando eficiencia y en completo uso de su libertad, veinticuatro horas al día pendiente de los deseos de su dueña, perdón, jefa, advierte que esta última se ha encaprichado de una prenda vista en cualquier lado y que, precisamente ella, no posee -otra insolente y dolorosa punzada de ese maldito azar y su injusta aleatoriedad-; lo que significa en lenguaje del servicio y sin necesidad de palabras que la quiere para ayer. Y como en estos casos los pensamientos del ama son órdenes para sus servidoras, perdón, empleadas, ella, que dispone de un dispositivo móvil último modelo -del que nadie sabe el precio, caro, por supuesto, y tampoco a costa de qué o cuánto lo ha conseguido- manipula con destreza el artilugio y encuentra el modo de satisfacer el deseo de su señora, lo que quiere decir que inmediatamente lo exige allá donde Cristo perdió el gorro -porque hoy en día no hay lugar lo suficientemente lejano como para dejar de satisfacer los deseos de nuestros dueños-, sabedora de que lo tendrá allí mismo en cuestión de horas, qué digo, minutos si es preciso. No falta tampoco en este caso la guapa y sonriente becaria haciendo de perrillo faldero y babeando maravillada porque su superiora inmediata sea tan “lista” a la hora de satisfacer a los amos; hecho que queda puntualmente anotado como propósito de enmienda que la hará esforzarse aún más la próxima vez con tal de ponerse a la altura de su cabecilla inmediata y aspirar a un puesto más próximo a las suelas de esta última, lo que en última instancia significa más cerca del ama y señora.

Estas diligentes empleadas probablemente dediquen sus días al completo al servicio de su dueña, perdón, jefa, sin familias de interés -otros pobres diablos-, amigos, ocio o intimidad -da igual, porque si has nacido para servir tu fin en esta vida está a los pies de tus amos, de rodillas ante los que, con mejor fortuna, puso Dios en su lugar como guías y referentes para tenerte permanentemente a su disposición, es decir, durante toda tu vida, hasta que se harten de ti u otra más lista te birle el puesto por lo civil o por lo criminal.

La diestra manipulación del dispositivo móvil por parte de la estupenda y siempre activa lacaya, perdón, trabajadora, pone en movimiento a un gran número de individuos en cualquier parte del mundo que, como corresponde a sus humildes y serviciales nacimientos, viven, se reproducen y mueren con el único objetivo de estar pendientes de los amos del cotarro, sin otra cosa que hacer que atender ruegos o mamarrachadas, da igual la importancia o absurdo de los requerimientos. Un gran número de sujetos u objetos que cultivan o fabrican las fibras de la tela, la tiñen, almacenan, cortan, cosen y vuelven a almacenar si es menester, sin despistarse y dejar de atender las órdenes y consignas de otros como ellos pero con más suerte que les harán recoger, empaquetar y enviar a otro lugar lo fabricado sin que importe la distancia. Prenda que alguien recibirá en el destino y llevará a otro almacén o, como en este caso, no será necesario porque solo queda salvar la distancia hasta la meritoria y eficiente sierva del principio, perdón, empleada, que de inmediato pondrá a los pies de su queridísima ama que, con altiva displicente actitud, siempre guardando las obligadas distancias con el servicio, sin mezclas, ojeará por encima y tal vez llegue a probarse, confirmando que es de su gusto y consiguientemente está dispuesta a mostrarse con aquello colgado de su exquisito y bien cuidado cuerpo. Incluso puede que salga a la calle con ella puesta, ostentando su poder a la hora de hacer sus deseos realidad -el sueño de tantos y tantos que suspiran y trabajan a destajo y que no alcanzarían en cien vidas. Pero también puede que no le guste porque no es su estilo o ¡vaya usted a saber! ¡semejante bajeza! Por lo que la eficiente criada, perdón, trabajadora tendrá que aguantar una merecida reprimenda por no saber, qué saber, no anticiparse a los exigentes intríngulis del gusto de su señora y evitarle la vulgaridad de probarse algo que, ofensivamente, jamás fue con su estilo; ¡cómo pueden permitirse semejantes errores entre el servicio! Quizás sea momento de relevar a aquella pretenciosa y dar una oportunidad a alguna de las que, como sonrientes y dóciles corderitos, corretean a su alrededor aguardando una oportunidad para demostrar su servilismo, perdón nuevamente, su acatamiento y fidelidad.

No deja de llamarme la atención esa permanente y adictiva voluntad para humillarse de la que somos capaces los humanos.

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Cambiar

Abandonar lo que hasta ese momento es el hogar, tu casa, tu refugio, el lugar de siempre, donde uno llega cansado o derrotado y descansa, se relaja y desordena cuanto quiere, peca contra las apariencias y sí mismo sin remordimiento ni escrúpulo y quizás donde la pereza o la desidia acaban finalmente gobernando. Dejar de recorrer itinerarios que de tan familiares los consideras propios y casi puedes hacerlos con los ojos cerrados, las mismas calles, esquinas, cruces y aceras; los mismos edificios, sus ventanas, los establecimientos públicos ante los que ya no te detendrás, ni pasarás, tampoco a tomarte un café o una cerveza mientras charlas con la clientela de siempre. Y ya no verás a las mismas personas, a las que saludas sin que en muchos casos sepas nada de ellas, ni te importe, en las que tal vez confías tan solo por la frecuencia con la que os cruzáis, aunque solo sea por eso.

El espacio donde convives diariamente con quienes en principio estas unido de múltiples formas, por lazos familiares, de compromiso, amistad o por simple imposición de otro, u otros, que también consideran aquel lugar su casa y por lo tanto entienden que tienen derechos adquiridos sobre ese ámbito común.

Para llegar y ocupar a otro lugar que en principio desconoces, por otros caminos, calles, pasos de peatones y edificios distintos, otros establecimientos que los primeros días atraerán tu curiosidad, tan diferentes y a la vez tan iguales a los que acabas de dejar. También entre otra gente de la que desconoces todo, como muchos de los que abandonaste en tu antiguo hogar y sobre los que dejaste de preguntarte hace tiempo, y sin embargo ahora te preguntarás por estos desconocidos, con curiosidad incluso, su apariencia, su prisa o los vehículos que ocupan. Deteniéndote en su aspecto y mirada para la siguiente ocasión en la que te cruces con ellos, y entonces sí los reconozcas; y quién sabe qué pensamientos o premoniciones se te ocurrirán, de quién desconfiarás tan solo por esa primera impresión y en quienes ni te fijarás porque son de los que pululan por todos sitios, idénticos en su anodina presencia, se repiten da igual el lugar hacia dónde dirijas pasos y ojos.

Un lugar en principio extraño y que en el mejor de los casos quizás sabías de él, habías visitado en alguna ocasión o incluso sueles visitar con relativa frecuencia, lo que te permite, a poco que intentes forzar memoria e imaginación, visualizarlo mentalmente para saber de qué dispones, sus dimensiones y cómo has de hacerlo para habilitar entre esas paredes tu estancia, hacerlo acogedor, tu nuevo refugio, algo que en principio se antoja difícil por lo que tiene de inconveniente todo cambio, más si eres alguien tendente a lo estático y poco dado a las alteraciones espaciales y/o temporales, de estrictas rutinas, con lo que tienen de malo y de bueno, de malo por los inconvenientes y problemas que supone su pérdida y la desorientación que procuran, y de bueno porque cuando consigas organizarte con las nuevas volverás a sentirte seguro y a gusto. Pero eso será luego, cuando lo consigas, así que mejor no pensar de momento en las tareas pendientes, sino que se trata de ir poco a poco enfrentándote a ellas.

Puede que hayas de rehacer tu vida como si de una nueva vida se tratara, adaptarte y reencontrarte, sortear dudas y eliminar temores, habituarte y comenzar a sentirte “en casa” otra vez, la tuya, o al menos así lo pretendes intentando que el tiempo que tienes por delante te sea lo menos lesivo posible.

Como también es probable que para ti los lugares no tengan importancia, tampoco tu casa, un espacio que obligatoriamente ocupar porque es lo que suele, no vas a vivir en la calle o debajo de un puente; difícil si no tienes ninguno a mano. Quizás eres capaz de estar y habitar cualquier sitio porque el lugar en sí no importa, no necesitas de sillones, rincones u objetos que hacer tuyos en el sentido más íntimo de la expresión, donde refugiarte cuando vengan mal dadas, descansar o los problemas te pidan ponerte a resguardo y reflexionar; también ocultarte hasta que no tengas más remedio que volver a enfrentarte a lo que dejaste a medias o abandonaste y a tu regreso compruebes que no ha desaparecido, sigue ahí, ¿qué haces entonces?

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Quejas

A raíz de una conversación subida de tono, más bien discusión, que me cogió por sorpresa y sin tener nada que ver con el asunto, testigo involuntario de una de tantas que suceden diariamente, tuve oportunidad, posteriormente y a salvo de los contendientes, de reflexionar sobre una situación completamente ajena a mis circunstancias pero de la que he sabido o me han contado en más de una ocasión.

Se trataba de una queja en apariencia inexistente para uno de ellos. De las varias acepciones del verbo quejar alguna tiene que ver con el resentimiento o simple disconformidad respecto de hechos y situaciones que nos afectan directamente y no siempre parecen ser bien entendidas, mucho menos asumidas, en este caso por una de las partes y que motivaba la queja. Se repiten en situaciones que inevitablemente acaban derivando hacia cuestiones personales, a veces de forma muy seria, ese espinoso terreno en el que es tan fácil atascarse, simple egoísmo, incapaces de mirar un poco más allá -¡uf! si fuéramos capaces de vernos con la imparcialidad que solemos para los demás-; en fin, un tema harto complicado. Pero al parecer no es tan sencillo, llegándose a un punto de ofuscación en el que dejan de existir razones que no sean las propias, con el añadido, en cambio, de considerar a los quejosos como egoístas que solo piensan en sí mismos -en este caso, como en tantos otros, mí situación y lo que considero mi problema es lo único importante-, lo que deriva en que puedo acusar a los otros de mala fe por no ponerse en el lugar que les corresponde (¿?). En el fondo todo esto se reduce a una cuestión de respeto, algo que no todas las partes entienden por igual, o ven necesario, mucho menos indispensable.

Como felizmente vivo con mi pareja, tengo mi casa, me gusta follar y tener hijos, además de trabajar, salir y divertirme, doy por hecho que los demás han de entender y aceptar mis prioridades, mejor, necesidades; que los demás también tengan las suyas carece de relevancia ni es lo suficientemente importante. En este caso se trata de hijos y padres, por este orden, y sucede que los padres al parecer carecen de prioridades por defecto, más bien ejercen como almas perdidas que acabarían abandonadas en un rincón si no fuera porque los queridos y responsables hijos se acordaran de ellos y los requirieran según unos aprietos que en más de una ocasión son solo caprichos. Y qué mejor que ayudar a los hijos, lo de querer o no querer, apetecer o tener cosas que hacer no viene a cuento, se trata de los hijos y eso son palabras mayores, y en este caso también de nietos.

Generalmente situaciones de este tipo no suelen generar problemas porque muchos padres han asumido de antemano que, dejados ya a un lado por la vida y los demás, la única forma de hacerse presentes, lo que quiere decir útiles, consiste en estar disponibles para lo que dispongan los jóvenes, sus hijos, incluido acomodos y supuestas necesidades que en más de un caso son completas gilipolleces, muestra de un egoísmo indiferente o simple menosprecio hacia quienes, siempre según estos últimos, no hacen otra cosa en este mundo que estorbar y dar guerra. A veces he llegado a dudar de que en estas situaciones intervengan relaciones de cariño o afecto, muy poco, mal o nada mostradas o expresadas, o sencillamente nunca; se les supone, como el valor en el ejército.

No viene a cuento en este caso esa despreciable parte del mercado, como otras tantas, empeñada en hacer de la gente mayor los nuevos adolescentes, proponiendo situaciones, viajes y actividades absurdas que solo tipos muy desorientados o con el conocimiento deteriorado asumen como posibles o merecidas; hasta que la biología los pone en su exacto lugar.

Muy distinto sería que unos y otros, antes de dar lugar a tropiezos, equívocos o encontronazos motivos de quejas hablaran -¡a veces basta con tan poco!-; cuenten, compartan, expongan o soliciten, incluidas cuestiones de fuerza mayor o pertinentes, también deseos o necesidades. Y si ambas partes entienden que las circunstancias son tales y coinciden en cuanto a su obviedad, además de también escuchar y aceptar que la otra tiene las suyas, completamente diferentes, pues estupendo. Siempre será mucho mejor escuchar de la otra parte, de su propia voz, el consentimiento, al margen de supuestos, sobreentendidos o el grosero acatar por defecto, es decir, una respuesta a la pregunta o requerimiento.

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