El tren

No se me ocurre en este momento calificar la situación porque, tratando de resumir, sería una más de las que sufren los ciudadanos de a pie, en este caso los ciudadanos del ferrocarril, ese medio de transporte que facilita, dicen, el acceso allá donde se necesite -qué gran mentira- y que casi ningún político, esos otros ciudadanos encargados de que todo funcione con un mínimo de garantías -pues para eso están- utiliza, quizás porque conociendo los entresijos del medio prefieren el coche oficial o el taxi que pagan las dietas antes que aventurarse y finalmente no llegar a tiempo, o directamente no llegar.

Otra más, después de una larga jornada de trabajo y de regreso a casa a última hora del día, más harto que cansado, te paran más de media hora en medio de ningún sitio sin que nadie te informe, ya no del por qué, pero al menos el tiempo aproximado, para que quien te espera sepa a qué atenerse, o irse ya a la cama porque para aquella, o aquel, también es tarde.

Y sin embargo la gente no se altera de forma ostentosa, ni siquiera visible, aguanta con santa resignación el literal abandono con el que habitualmente castiga la compañía ferroviaria nacional a sus, como le gusta decir, clientes. Una compañía fatalmente organizada -si es que alguien en su organigrama conoce el significado  de organizar-, incompetente e insostenible que, sin embargo, paga a sus empleados de forma más que decente a costa del desprecio más olímpico hacia sus usuarios. Una compañía que siguen manteniendo un material ferroviario en estado comatoso, que desatiende toda atención o información hacia los viajeros, ni la electrónica incorporada a los vehículos, que debería funcionar por defecto y solo muestra pantallas permanentemente apagadas, y mucho menos la presencial; habituada a poner en funcionamiento trenes repletos de pasajeros sin personal que, ya no revise el correspondiente carnet o billete, sino que, llegado el caso, se atreva a informar mínima o aproximadamente de cualquier imprevisto que altere el normal funcionamiento del servicio.

Dicen, en cambio, que la alta velocidad funciona mejor -dicen- y no es cuestión de entrar en detalles escabrosos o directamente desagradables, claro, pero a costa de hundir, literalmente, los trayectos de media distancia y externalizar la totalidad de los servicios que, como compañía ferroviaria, siempre se ha encargado de atender. Son otros tiempos y el viajero, cansado de ser humillado un día sí y otro también, como de costumbre, perdió hace tiempo las ganas de reclamar, ya ni se queja en voz alta o intenta de comentar con el de al lado el abandono al que permanentemente están sujetos. Porque si después de correr como un poseso de un andén a otro porque a los autistas del puesto de mando se les ha ocurrido cambiar la vía del tren en el último momento sin preocuparse de informar a quien corresponda para que avise al viajero con tiempo suficiente, a riesgo de romperte la crisma o quedar aprisionado en alguno de los numerosos tapones que forman tantas personas con prisa de un andén a otro, y poco después te dejan tirado sin que nadie se digne a informarte de lo que sucede -por si se trata de una excepción-, ya ni siquiera sirve rezar. Por si lo dudabas de inmediato tienes la confirmación de que en aquel convoy solo van un maquinista y cientos de viajeros, y este último no tiene pensado salir de su cabina para calmar los ánimos, es más, se encargará de que la puerta esté bien cerrada para evitar inoportunas intromisiones, o tan solo explicaciones -he tenido la suerte en alguna ocasión de oír por megafonía interna cómo el maquinista informaba a los pasajeros de lo que estaba sucediendo, los motivos por lo que lo estábamos y cuánto tiempo, según sus apreciaciones, íbamos a continuar detenidos; y no fue un sueño.

Estas letras no dejan de ser una mera queja de algo que viene sucediendo casi desde siempre, ocurre que se nota más cuando el número de viajeros se multiplica casi exponencialmente y los medios disminuyen sin que nadie haga nada por solucionarlo, tampoco quienes pueden o deberían, porque están ahí para eso. Nadie reclama en toda regla, hasta colapsar el departamento correspondiente, y consiguientemente nadie mueve ficha; nos queda la feliz publicidad con la que nos vuelven a engañar a la hora de ofrecernos un servicio público que en el fondo muchos de sus trabajadores y sus mismos dirigentes nunca han entendido y sin embargo desprecian.

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