En las imágenes publicitarias de una película no sé si sobre la moda o sobre la al parecer muy interesante, altanera y despreciativa arrogancia del poder, ignoro si estrenada o a punto de estrenarse -¡ah! el cine americano y su poderosa y espectacular propaganda ideológica a la hora de abducir siervos para el sistema- una trabajadora con pinta de lista, gafas incluidas -algo importante, porque ese no es el ámbito políticamente correcto de la belleza-, derrochando eficiencia y en completo uso de su libertad, veinticuatro horas al día pendiente de los deseos de su dueña, perdón, jefa, advierte que esta última se ha encaprichado de una prenda vista en cualquier lado y que, precisamente ella, no posee -otra insolente y dolorosa punzada de ese maldito azar y su injusta aleatoriedad-; lo que significa en lenguaje del servicio y sin necesidad de palabras que la quiere para ayer. Y como en estos casos los pensamientos del ama son órdenes para sus servidoras, perdón, empleadas, ella, que dispone de un dispositivo móvil último modelo -del que nadie sabe el precio, caro, por supuesto, y tampoco a costa de qué o cuánto lo ha conseguido- manipula con destreza el artilugio y encuentra el modo de satisfacer el deseo de su señora, lo que quiere decir que inmediatamente lo exige allá donde Cristo perdió el gorro -porque hoy en día no hay lugar lo suficientemente lejano como para dejar de satisfacer los deseos de nuestros dueños-, sabedora de que lo tendrá allí mismo en cuestión de horas, qué digo, minutos si es preciso. No falta tampoco en este caso la guapa y sonriente becaria haciendo de perrillo faldero y babeando maravillada porque su superiora inmediata sea tan “lista” a la hora de satisfacer a los amos; hecho que queda puntualmente anotado como propósito de enmienda que la hará esforzarse aún más la próxima vez con tal de ponerse a la altura de su cabecilla inmediata y aspirar a un puesto más próximo a las suelas de esta última, lo que en última instancia significa más cerca del ama y señora.
Estas diligentes empleadas probablemente dediquen sus días al completo al servicio de su dueña, perdón, jefa, sin familias de interés -otros pobres diablos-, amigos, ocio o intimidad -da igual, porque si has nacido para servir tu fin en esta vida está a los pies de tus amos, de rodillas ante los que, con mejor fortuna, puso Dios en su lugar como guías y referentes para tenerte permanentemente a su disposición, es decir, durante toda tu vida, hasta que se harten de ti u otra más lista te birle el puesto por lo civil o por lo criminal.
La diestra manipulación del dispositivo móvil por parte de la estupenda y siempre activa lacaya, perdón, trabajadora, pone en movimiento a un gran número de individuos en cualquier parte del mundo que, como corresponde a sus humildes y serviciales nacimientos, viven, se reproducen y mueren con el único objetivo de estar pendientes de los amos del cotarro, sin otra cosa que hacer que atender ruegos o mamarrachadas, da igual la importancia o absurdo de los requerimientos. Un gran número de sujetos u objetos que cultivan o fabrican las fibras de la tela, la tiñen, almacenan, cortan, cosen y vuelven a almacenar si es menester, sin despistarse y dejar de atender las órdenes y consignas de otros como ellos pero con más suerte que les harán recoger, empaquetar y enviar a otro lugar lo fabricado sin que importe la distancia. Prenda que alguien recibirá en el destino y llevará a otro almacén o, como en este caso, no será necesario porque solo queda salvar la distancia hasta la meritoria y eficiente sierva del principio, perdón, empleada, que de inmediato pondrá a los pies de su queridísima ama que, con altiva displicente actitud, siempre guardando las obligadas distancias con el servicio, sin mezclas, ojeará por encima y tal vez llegue a probarse, confirmando que es de su gusto y consiguientemente está dispuesta a mostrarse con aquello colgado de su exquisito y bien cuidado cuerpo. Incluso puede que salga a la calle con ella puesta, ostentando su poder a la hora de hacer sus deseos realidad -el sueño de tantos y tantos que suspiran y trabajan a destajo y que no alcanzarían en cien vidas. Pero también puede que no le guste porque no es su estilo o ¡vaya usted a saber! ¡semejante bajeza! Por lo que la eficiente criada, perdón, trabajadora tendrá que aguantar una merecida reprimenda por no saber, qué saber, no anticiparse a los exigentes intríngulis del gusto de su señora y evitarle la vulgaridad de probarse algo que, ofensivamente, jamás fue con su estilo; ¡cómo pueden permitirse semejantes errores entre el servicio! Quizás sea momento de relevar a aquella pretenciosa y dar una oportunidad a alguna de las que, como sonrientes y dóciles corderitos, corretean a su alrededor aguardando una oportunidad para demostrar su servilismo, perdón nuevamente, su acatamiento y fidelidad.
No deja de llamarme la atención esa permanente y adictiva voluntad para humillarse de la que somos capaces los humanos.