A raíz de una conversación subida de tono, más bien discusión, que me cogió por sorpresa y sin tener nada que ver con el asunto, testigo involuntario de una de tantas que suceden diariamente, tuve oportunidad, posteriormente y a salvo de los contendientes, de reflexionar sobre una situación completamente ajena a mis circunstancias pero de la que he sabido o me han contado en más de una ocasión.
Se trataba de una queja en apariencia inexistente para uno de ellos. De las varias acepciones del verbo quejar alguna tiene que ver con el resentimiento o simple disconformidad respecto de hechos y situaciones que nos afectan directamente y no siempre parecen ser bien entendidas, mucho menos asumidas, en este caso por una de las partes y que motivaba la queja. Se repiten en situaciones que inevitablemente acaban derivando hacia cuestiones personales, a veces de forma muy seria, ese espinoso terreno en el que es tan fácil atascarse, simple egoísmo, incapaces de mirar un poco más allá -¡uf! si fuéramos capaces de vernos con la imparcialidad que solemos para los demás-; en fin, un tema harto complicado. Pero al parecer no es tan sencillo, llegándose a un punto de ofuscación en el que dejan de existir razones que no sean las propias, con el añadido, en cambio, de considerar a los quejosos como egoístas que solo piensan en sí mismos -en este caso, como en tantos otros, mí situación y lo que considero mi problema es lo único importante-, lo que deriva en que puedo acusar a los otros de mala fe por no ponerse en el lugar que les corresponde (¿?). En el fondo todo esto se reduce a una cuestión de respeto, algo que no todas las partes entienden por igual, o ven necesario, mucho menos indispensable.
Como felizmente vivo con mi pareja, tengo mi casa, me gusta follar y tener hijos, además de trabajar, salir y divertirme, doy por hecho que los demás han de entender y aceptar mis prioridades, mejor, necesidades; que los demás también tengan las suyas carece de relevancia ni es lo suficientemente importante. En este caso se trata de hijos y padres, por este orden, y sucede que los padres al parecer carecen de prioridades por defecto, más bien ejercen como almas perdidas que acabarían abandonadas en un rincón si no fuera porque los queridos y responsables hijos se acordaran de ellos y los requirieran según unos aprietos que en más de una ocasión son solo caprichos. Y qué mejor que ayudar a los hijos, lo de querer o no querer, apetecer o tener cosas que hacer no viene a cuento, se trata de los hijos y eso son palabras mayores, y en este caso también de nietos.
Generalmente situaciones de este tipo no suelen generar problemas porque muchos padres han asumido de antemano que, dejados ya a un lado por la vida y los demás, la única forma de hacerse presentes, lo que quiere decir útiles, consiste en estar disponibles para lo que dispongan los jóvenes, sus hijos, incluido acomodos y supuestas necesidades que en más de un caso son completas gilipolleces, muestra de un egoísmo indiferente o simple menosprecio hacia quienes, siempre según estos últimos, no hacen otra cosa en este mundo que estorbar y dar guerra. A veces he llegado a dudar de que en estas situaciones intervengan relaciones de cariño o afecto, muy poco, mal o nada mostradas o expresadas, o sencillamente nunca; se les supone, como el valor en el ejército.
No viene a cuento en este caso esa despreciable parte del mercado, como otras tantas, empeñada en hacer de la gente mayor los nuevos adolescentes, proponiendo situaciones, viajes y actividades absurdas que solo tipos muy desorientados o con el conocimiento deteriorado asumen como posibles o merecidas; hasta que la biología los pone en su exacto lugar.
Muy distinto sería que unos y otros, antes de dar lugar a tropiezos, equívocos o encontronazos motivos de quejas hablaran -¡a veces basta con tan poco!-; cuenten, compartan, expongan o soliciten, incluidas cuestiones de fuerza mayor o pertinentes, también deseos o necesidades. Y si ambas partes entienden que las circunstancias son tales y coinciden en cuanto a su obviedad, además de también escuchar y aceptar que la otra tiene las suyas, completamente diferentes, pues estupendo. Siempre será mucho mejor escuchar de la otra parte, de su propia voz, el consentimiento, al margen de supuestos, sobreentendidos o el grosero acatar por defecto, es decir, una respuesta a la pregunta o requerimiento.