Hace ya años, en un bar de verano tomando unas copas charlábamos con un presidiario, no recuerdo si de permiso durante la condena o definitivamente fuera, habiéndola cumplido. A pesar del buen tiempo llevaba manga larga, no hizo falta preguntarle por qué, puesto que la conversación derivó hacia la cárcel y el ambiente, los compañeros, las reincidencias y las dificultades, una vez fuera, a la hora de volver a recuperar una vida normal, teniendo que obviar y directamente ocultar un pasado del que no se sentía muy orgulloso, y los tatuajes que la manga ocultaba eran una pista no deseada acerca de aquel. Prefería tenerlos a buen recaudo porque, sobre todo a la hora de buscar trabajo, eran un claro impedimento.
En la actualidad esto suena muy antiguo o directamente desfasado, hoy los tatuajes se han convertido en moda para una generalidad muy variopinta, adeptos por amor, también hacia sí mismos, por afición, aventura, reivindicación, timidez, vergüenza o problemas de definición personal -las dificultades de siempre a la hora de la madurez de tantas generaciones. El tatuaje te sitúa e identifica sin que tengas que abrir la boca, por si no tienes mucho que decir. Proliferan los establecimientos especializados y no tanto, pues parece que cualquiera con un curso acelerado puede pincharte con una aguja y cubrirte con tinta hasta que digas basta.
Atrás quedan aquellos puñales solitarios, los intrigantes puntos en las manos que en realidad nadie sabía qué significaban, corazones, con y sin coronas de espinas, goteando sangre -una o dos gotas-, algún que otro nombre inscrito en el susodicho corazón o los amores de madre tan limitados y equívocos como sentidos. Hoy uno puede entintarse hasta las uñas, según gustos, desafíos personales, lucha contra complicados traumas o prejuicios que se pretenden definitivos, por fidelidad o por consejo o recomendación de amigos y expertos; también como rebeldía, porque sí y puedo, como nadie o por puro aburrimiento. Mientras haya piel que manchar no existen los límites.
Los hay atrevidos que se lanzan a por todas y diseñan verdaderas composiciones que en conjunto tienen su atractivo, desconozco si la idea es por completo propia o eligen entre una amplia oferta de resultados contrastados definitivos; o simplemente a la carta. Carta que, sin embargo, parece no ofrecer muchas variaciones porque la repeticiones son casi infinitas, algunas aterradoras, lo que en cierto modo deja ver unas carencias imaginativas que descubren unas limitaciones estéticas que fomentan el más de lo mismo, en algunos casos rozando el disparate. Las mismas zonas del cuerpo e idénticas figuras y/o composiciones, los motivos prefiero no entrar en detalles porque en más de una caso las respuestas quizás fueran decepcionantes. Imagino que luego, en casa y ante el espejo, se miraran y remirarán, autoconvenciéndose si todavía quedan dudas o piropeándose por lo bien que lucen y lo interesante que se muestran, siempre según sus peculiares puntos de vista; porque también los hay amenazadores, imágenes que repelen más que atraen y fomentan todo lo contario a un acercamiento o sincera y abierta sociabilidad. El tatuaje hoy habla por uno mismo, eso me gusta pensar, porque de lo contrario sería ponerse en manos de otra moda que tarde o temprano tendrá que acabar, con lo que habrá que apechugar con él o ellos y reaprender a hablar para relacionarse con los demás. Y si se simultanean con colgajos, agresiones y perforaciones en cualquier parte del cuerpo susceptible de serlo ¡uf! Cuánto por decir, o todo lo contrario.
Y frente a los valerosos que se atreven con todo su cuerpo están, curiosamente, los más temerosos, desmotivados o desganados que prefieren ir poco a poco, como si no estuvieran convencidos o aún recelaran de lo que significa tatuarse la piel; primero en lugares más bien ocultos o reservados. Una decisión difícil porque es para siempre, hacerlos desaparecer, por el contrario, resulta algo más complicado; lo que viene a ser como a renegar de sí mismo o de lo que en cierto momento uno quiso o fue. Son tales las dudas, o la falta de convencimiento por parte de estos tímidos, y por lo tanto de decisión, que las marcas se acumulan sobre la piel como si fueran pegatinas, cada cual de su padre y de su madre, de forma desordenada e incluso caótica; en función de momentos, aficiones o amistades, que todo vale. Así que, si por casualidad te fijas no sabes cómo interpretar aquel batiburrillo de saldos que confunden más que hablarte. Como borrosos lucen sus portadores, en permanente duda entre lanzarse a la piscina de una vez por todas o ir metiéndose en el agua poco a poco, no sea que sufran un corte de digestión y sea entonces peor.