El paraíso

A la pregunta de qué es el cielo, el paraíso o lo que sea que cada cual crea que hay después de la muerte la primera reacción probablemente sería un gesto de sorpresa e incredulidad, una mirada de arriba abajo y, aún sin palabras, un primer pensamiento parecido a ¿de qué va este? ¿a qué viene ahora? ¿me quiere tomar el pelo? si no nos mandan directamente a hacer puñetas o nos quitan de en medio con un, lo siento, tengo prisa, ahora no es el momento. ¿Qué se habrá creído? mientras se aleja mirando hacia atrás con el rabillo del ojo para no olvidar la figura de ese impertinente. 

O sea, ninguna, cero respuestas a la cuestión, o intromisión, porque hay gente muy sentida, sobre todo en lo referente a la religión, que no está para ciertos temas porque crean más incomodidad que dudas, además de que nunca vienen a cuento ni son necesarios, ya llegará el momento y entonces será lo que tenga que ser.

Una pregunta comprometida que probablemente provoca más inquietudes que certezas, también cierta atención, o pavor. Luego, en privado y a salvo, con todas las precauciones posibles y ya puestos, quizás tocaría echar mano del manual de emergencias y tirar de dogma. Las respuestas de rigor, las que tocan, las que predican quienes saben y entienden de eso y, tal vez entonces y por lo bajini, acordarse de merecimientos, anhelos, deseos -muchos-, sueños no cumplidos, redenciones, reencuentros o promesas de felicidad eterna y descanso, también eterno. Sin que fuera nada extraño que más de uno anhelara ver al fin cumplida la venganza contra la existencia pasada, el mundo y algún que otro paisano que en vida no pudo llevarse a cabo -justicia divina, la llaman-, o el merecido castigo hacia quien, durante aquella, hizo y deshizo a su antojo sin detenerse ni le importaran las consecuencias de sus actos. No imagino qué paraíso desearan quienes, en vida, se dedicaron a hacer el mal -tal y como suena-, tipos que solo pensaron en sí mismos y cómo complacer un egoísmo autista, su santa voluntad; existencias en las que los otros, además de inconvenientes estorbos, solo eran el medio para lograr sus fines, es decir, satisfacer sus deseos. Como tampoco soy capaz de llegar a ese paraíso de los religiosos, y muy religiosos, que interpretan la religión según su sagrada vocación, siempre pura y sin sombras, o con pequeñas oscuridades a las que se le puede dar boleto con un sincero acto de contrición, sin que haya que mediar confesión alguna. Ajenos y sin responsabilidad, libres y sin cargos por voluntad divina, indiferentes a tantos que con menos suerte -esos designios insondables- no tuvieron más remedio que afrontar vidas de carencias y sufrimientos en función de sus orígenes y nacimiento -si es que en muchos casos puede decirse que eso sea vivir.

Como a qué especie de cielo o paraíso aspiran todos esos que dicen sentirse en paz consigo mismos -llenándose la boca de dicha, tan buenos y satisfechos-, exhibición de una arrogancia directamente proporcional a la indiferencia y el desprecio que muestran hacia todo lo que no sea su alma y su merecida salvación. Qué felicidad -¡no se les ve en la cara!-, nunca están para ese tipo de preguntas porque ellos saben todas las repuestas y su fe los justifica; además de no poder hacer nada porque ese no es su papel, para eso ya está El Creador.

Y me queda curiosidad por esa respuesta, sobre todo por parte de estos últimos, imagino, que mencionara directamente la causa, es decir, Dios, con el inconveniente de que ver al fin a Dios no da para más porque Dios lo es Todo, su visión llena y completa un alma que tanto trabajó y suspiró en vida por alcanzar ese momento, al fin compensada. Entonces, deseos y anhelos terrenales ya no serían necesarios porque, desde la inmortalidad, contemplarían aquel periodo material de sus almas tan imperfecto como despreciable, y sus sueños y aspiraciones tan ridículas como ignorantes. ¿¡Y ya está!?

Esta digresión, disparate o completa estupidez se me ocurre un domingo alrededor de la media noche, viendo cómo algunas personas recogen y acumulan numerosas cajas vacías, que las tiendas han dejado en la calle para la recogida de basura nocturna, con las que fabricarse pequeños socorros en los que pasar la noche junto a paredes y enormes escaparates. Precarios y accidentales “habitáculos” en los que se refugian dos, tres y hasta cuatro personas junto con sus escasos pertrechos; en el mismo centro del paraíso del consumo en este país, en una agradable noche de verano.

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