Videntes

Lo que en principio pareció un accidente que llamaba la atención por la importancia de la víctima se ha convertido en una noticia de la prensa rosa con un interés relativo para el ciudadano de a pie, un cotilleo con el que entretener el tiempo mientras esperas en la consulta del dentista. Un señor muy rico, propietario de una marca de ropa bien conocida, fallece de una caída accidental y resulta que existen indicios de que ese desgraciado accidente quizás no fue tal, sino que detrás hay miga, como en las películas. Pues allá que va la prensa del corazón, en tropel, también la que no tiene tal órgano como motivo principal de su trabajo -aunque muchas veces llego a dudarlo-; y lo que parecía una extrañeza se convierte en el culebrón del verano. Y es que cuando hay dinero por medio el amor y el cariño son menos; la pela es la pela.

Aparecen pistas, raras, conversaciones, más indicios, sospechas -también de película-, familias guapas que ya no lo son tanto, reuniones y presuntas amenazas -aunque fueran en sueños-, y más y más. O sea, que la cosa parece que va para largo, como ocurre siempre que suenan las monedas o son el motivo principal; aunque ¿cuándo no lo son? Da igual la elegancia, la pureza y el amor que desprendan los protagonistas. Y en estas tropiezo con la imagen de una “terapeuta” que declara como testigo, o encausada, a saber, y no sé por qué me viene a la cabeza la imagen de un vidente-chamarilero, tal y como suelen aparecer en las películas del oeste; un tipo que surge de pronto, sin que importe la procedencia, o directamente misteriosa, encaramado en un carromato con una labia más que estudiada y remedios milagrosos contra prácticamente todo en lo que sean pertinentes consejos básicos barnizados de expertos, modulados en una voz tan dulce y cautivadora como empalagosa, suave y persuasiva; porque lo que en definitiva pretenden estos personajes es llenarse el bolsillo a costa de cuatro ignorantes.

Y sigues leyendo y resulta que la casta más casta de las castas catalanas, esa misma portadora de ese intangible seny que tanto respeto parece que vende, es proclive a inclinarse voluntariamente ante una moderna hechicera que les susurra al oído con voz melosa cobrando solamente en cash.

A ver, que me quieran cobrar en metálico ya es para levantar la ceja, o para mosquearse, pero que lo hagan en visitas personalísimas y delicadísimas, en la intimidad, donde se habla más cercano y no hay espabilados que puedan pararle los pies al nigromante, me suena a tomadura de pelo. Y que una burguesía tan recatada y prudente, más bien provinciana, se desviva porque una señora con pinta de echadora de cartas les aconseje en privado en cuestiones de sentido común es para suspirar antes de esbozar una ligera sonrisa, por aquello de la educación.

Tony soprano mostraba más sensatez en su consultas psiquiátricas, profesional incluido, que esta gente abriéndole la puerta a una hábil y astuta guía espiritual que probablemente vio un filón en las mezquindades y desconfianzas de gente de tan noble alcurnia. También es cierto que el dinero mejor en privado, sin airearlo, sin facturas que pueda olisquear Hacienda; ya sea un tres por ciento o transvasándolo en metálico a Andorra, también en intimidad, como solían hacer los Puyol; todo muy honorable y reservado. El dinero hace que los sentimientos y las relaciones familiares se confundan con las envidias, los celos, la incompetencia y la misma estupidez. Por lo que siempre es mejor echar mano de una desconocida que dice saber -y sin factura-, abrirle la puerta con discreción y comprobar que ella también lo entiende. Es fácil cuando la propia codicia es correspondida, y además te ofrecen un cielo en metálico que solo tienes que conservar e intentar perpetuar con tanto mimo como recato. Mucho mejor mediante un selecto y selectivo boca a boca que reblandece el cerebro tanto como la cartera.

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