El cielo mañana

Tal y como van las cosas puede que dentro de poco, en este caso sí es cuestión de tiempo, la IA o algunos algoritmos relacionados o dependientes directamente de aquella dirigirán, controlarán -y manipularán- la reproducción en la especie humana. ¡Se lo imaginan!

Al fin será posible erradicar enfermedades derivadas o de transmisión genética que impiden llevar una vida digna a los nuevos individuos que vengan a este mundo, dándoles otra vida mejor, tanto para ellos como para sus familiares. Como se podrán elegir, también seleccionar, los rasgos y características físicas del neonato, siempre a gusto, o capricho, de los progenitores, directos e indirectos. Sexo y reproducción convivirán separados más de lo que ya lo están en la actualidad, enorme pecado y desobediencia de la voluntad divina para religiosos de toda fe y procedencia, otra muestra más de que este mundo está completamente perdido, en manos del demonio; dándose todo tipo de enfrentamientos y acusaciones entre los nuevos “dioses humanos” y una siempre beligerante e intolerante oposición religiosa -da igual la fe que practiquen- en posesión de la verdad, la única, la suya. Aunque esto último ya lo sufrimos hoy.

Se podrá elegir qué, cuándo, cuánto y cómo, en primer lugar, por supuesto, las clases más próximas o financiadoras del negocio y a continuación y como es normal según precio de mercado. Esto no deja de ser un inconveniente, puesto que irremediablemente aflorarán cuestiones de racismo y poder en cuanto a la selección, sus particularidades, o exclusividad, y disposición según para quién o quiénes; incluidas las inevitables patentes y derechos en manos de abogados de postín tan racistas y codiciosos como sus clientes. La carta puede ser ilimitada, con infinitas opciones en función del peticionario, la clase y el metálico disponible. Para quienes no puedan o encuentren dificultades para acceder, o no tengan derecho, que también, probablemente estará disponible un menú low cost básico en el que puede que también vayan incluidas -obviamente sin su consentimiento- algunas cualidades indispensables de corte eugenésico que eviten futuras molestias en cuanto a pensar o intentar subvertir de algún modo el orden establecido. Es indudable que alguien ha de ocupar los estratos inferiores, esos que viven de servir; pero al menos estos últimos se conformarán con que el descendiente sea normal, salga sano y sin defectos, pueda trabajar y luego sea lo que Dios quiera, como toda la vida.

Y pensando a largo plazo, además de enfermedades también desaparecerán muchos rasgos físicos que no es que sean mejores o peores sino que siempre han estado ahí, tanto para orgullo y pavoneo como para vergüenza, martirio y sufrimiento de sus propietarios -imaginen, infinitos. Eliminado el azar y la incertidumbre del no saber prevalecerán los requerimientos de unos preocupados progenitores ante un exigente y minucioso proceso de selección y exclusión a la carta; clientes y al tiempo propietarios, y esto no es cuestión baladí. Aunque también es cierto, y no menos importante, que la opinión del futuro poseedor de tan esmerado y potencial beneficio y su obligada aceptación no tiene por qué coincidir con las preferencias de sus interesados ascendientes. Otra fuente de problemas.

Puede que, preocupados porque el producto sea lo más normal posible y ajustado a preferencias, se pierdan o desaparezcan para siempre talentos extraordinarios, aventureros y aventuras, individuos que arrostran sin dudarlo incertidumbres y peligros porque no se gustaban a sí mismos, por temeridad o por pura por e íntima osadía; por olvidarse de problemas o, en su derecho de seres vivos, intentar cambiar, renovar, eliminar o subvertir un orden que, anterior a ellos, sin embargo no les acaba de gustar.

Como contrapartida la realidad más obvia nos llevará a parecernos aún más, cada vez más iguales, al principio en función del dinero y con el paso del tiempo la gran mayoría -si es que todavía andamos pululando por la corteza del planeta, éste permanece más o menos como hasta ahora y aún no se ha hartado mandándonos directamente a la extinción. Pero eso son otras cuestiones que ahora no vienen al caso. Las posibilidades, pues, son infinitas; menudo negocio, y esto no lo digo yo, puede que hoy en algún lugar alguien ande maquinando, haciéndosele la boca agua.

Sin embargo, tales previsiones, profecías, disparates, distopías o este mundo mañana tienen un gran inconveniente -siempre hay un pero-, es imposible sin mujeres ¡ah! ¿luego? Es lo que tienen los visionarios, generalmente hombres muy implicados con el futuro -su futuro-, tan altruistas que solo piensan en la humanidad, pero no en las mujeres, tantas o más que hombres, muchas, que todavía han de cargar con un “castigo ancestral” a la hora de un siempre imprevisible y engorroso embarazo, como del doloroso y más que comprometido parto. Por este lado las cosas siempre van a ir más despacio, o simplemente no van.

Sigue pendiente retroceder a la casilla de salida y reiniciar ese bonito invento de la humanidad en igualdad de condiciones.

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Fracaso

Si existe hoy un sensación o idea que ejemplifique las complicadas y a veces inexplicables circunstancias que condicionan nuestro día a día es la de fracaso, otro más. Quizás pueda parecer exagerado, pero no hay más que asomarse a la realidad y comprobar que entre quienes, por unas u otras razones, dirigen el cotarro nacional e internacional prima la estrechez de miras, la violencia, el discurso acusador y destructivo -más que discurso auténtico vocerío- y el odio más irracional, ni siquiera disimulado, contra todo aquel o aquello que haga sentirse a los propagadores de tales inmundicias aún más débiles y acomplejados de lo que ya son y están. A lo que añadir que ninguno de estos déspotas violentos con problemas de autoestima tendría ningún reparo, en su desproporcionada e descabellada soberbia, en quitarle la vida a cualquiera que, ya no contradecir, sino tan solo se le ocurra dudar, cuestionar o, más osado aún, argumentar algún otro discurso contrario o que ponga en evidencia las miserias y asombroso vacío del suyo -más bien resentimiento y pura codicia.

Todo el agua que lleva cayendo durante estos días, y la que probablemente caerá, no será suficiente, al contrario de lo que dice la canción, para limpiar tanta miseria, envidia y violencia como flotan en el aire. Y, bien mirado, todo esto tiene algo de inexplicable, porque no deja de ser llamativo que a nadie con cierto poder se le ocurra transmitir un discurso que hable en común, de proyectos y temas colectivos y compartidos, que los hay y muchos, o todos; que intente establecer o recuperar lazos, romper fronteras, ofrecer o compartir lo que hay -infinito-, u organizar proyectos de futuro en los que cada cual ponga algo de su parte, lo que tenga, y con ello se sienta importante. Ni a gran ni a pequeña escala, es decir, cero.

Solo se habla de lo mío y los míos, del resto, si no acatan y se suman, literalmente machacarlos. Parece que no queda nada que proponer u ofrecer, ya no digo a cambio, al menos con cierto atractivo o más o menos ilusionante para la gente. Tampoco por parte de quienes tienen o han venido ocupando el poder, y lo indecente es que ese poder ya solo es entendido y ejercido desde la propia codicia, pero siempre a partir de lo que es común. Como no hay ninguna prudencia o discreción, o cierto recato, a la hora de exhibir ese poder públicamente, ya no es necesaria aquella corrupción sibilina e inteligente, tal y como venía haciéndolo la clase política, nacional e internacional, de finales de siglo pasado y comienzo de este, principal motivo del sonoro fracaso que hoy padecemos.

Así que, denostados estos últimos por su despreciable egoísmo y en la actualidad más preocupados por mantener, y si es posible aumentar aún más, el botín de sus tropelías, van dejando paso a déspotas de toda ralea, segundones e incompetentes resentidos que ven al fin una oportunidad para pillar cacho. Y tienen prisa y están nerviosos porque igual no les dura o alguien, al fin, les pone en su sitio, es decir en la nada. Por eso, sabedores de su debilidad, del poco aprecio que se tienen a sí mismos, se atreven con todas las miserias y mentiras posibles a la hora de hacerse con lo que consideran que es suyo, además de ofrecérselo a quienes les han facilitado el acceso o les deben las luces de las que se sirven para aspirar o estar donde están. Atrincherarse es la consigna, y para ello acusar, mentir, insultar, faltar al respeto y despreciar todo lo que hasta ahora más o menos funcionaba, o directamente destruirlo dejando a continuación un erial del que probablemente será muy difícil recuperarse, pero esto último les da igual, para entonces ellos ya tendrán lo suyo y podrán ocultarse sin saber qué hacer con ello, puesto que tampoco para esto último tienen luces.

Queda el resto, la gente, la población, los ciudadanos, los habitantes de tantos y tantos lugares que asisten al espectáculo tal que ignorantes ajenos al fracaso general, que por otro lado también es el suyo, más abandonados si cabe, tan despreciados como humillados, y un muchos casos jaleando a los nuevos ganadores considerándolos erróneamente de los suyos -se trata de que ellos harían lo mismo de estar en su lugar-, de algún modo solidarios en su codicia y frustración, disfrutando viendo a caer a quienes más envidian y en el fondo siempre han temido, al fin redimidos (¿?) en su permanente orfandad de la que ahora, en conciencia seguros de ello, no saldrán nunca.

Y hay más, mudos y sin embargo solidarios en el fracaso general, tal vez expectantes y quiero pensar que todavía no derrotados.

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Derechos

Probablemente si buscáramos quién o quiénes ponen en circulación modas y tendencias que con facilidad pasan de las redes sociales a las noticias, sin serlo, además de acusaciones, denuncias y reivindicaciones, no llegaríamos a un punto o persona concreta; imposible saber en última instancia o señalar en el intrincado e intencionadamente confuso mundo de las redes sociales. Pero resulta que a partir de lo que en apariencia no tiene origen o motivo reseñable o noticiable acaba hablando todo el mundo, hasta quienes nada tienen que ver con las redes y su planificada y manipulada existencia.

Luego alguien tuvo que introducir la inexistente disputa entre jóvenes y viejos respecto a unos supuestos derechos a vivir con un mínimo de solvencia en los tiempos que corren. Una disputa que, puesta en marcha, no tiene otro objetivo que desviar el foco de atención de los puntos importantes que mueven y dirigen la sociedad, a la que se suman voluntarios y ponentes por parte de los supuestos perdedores, los más jóvenes, a la hora de tirarse los trastos a la cabeza, negados en sus derechos, atados de pies y manos y con pocas opciones a su alcance.

Aunque antes de rasgarse las vestiduras y colgarse el cartel de ofendiditos respecto a quienes, siempre según ellos, les perjudican, les están quitando el pan que merecen, deberían retroceder en el tiempo -con internet es bastante fácil- y buscar los problemas que en su momento tuvieron a quienes ahora acusan, que probablemente nunca son mejores o peores, sino los del tiempo que te toca vivir. Y si aún les parece mal que denuncien a sus propios padres por traerlos a un mundo imposible, por qué lo hicieron si sabían lo que sucedería en el futuro, porque sus papás tendrán algo que ver en que las cosas estén del modo en que están, ¿o siempre son los otros?

Otra cosa es que por el hecho de estar en este mundo nos creamos con derecho a merecer lo mejor de él, o lo que nosotros mismos consideramos que es lo mejor, siempre según nuestro particular punto de vista que, por supuesto, no va a quedarse a la zaga a la hora de pedir. Quizás muchos de los que se quejan deberían preguntar a sus progenitores por qué les educaron como si fueran, según la venenosa publicidad de Ikea, los reyes de la casa, sin advertirles que aquello era temporal y solo entre las cuatro paredes del hogar como república que la misma empresa publicitaba en los felpudos de entrada. Por qué nadie les dijo que una cosa era su casita, dónde ellos eran los tiranos reinantes a los que nada se les negaba ni nadie se oponía, y otra el mundo de ahí fuera, al que tarde o temprano tendrían que salir y enfrentarse, y desenvolverse a partir de lo aprendido en tan dulce y proteccionista hogar. Y habrá jóvenes que lo vean de otro modo, con los pies en el suelo, porque cuando vienen los problemas, que siempre los hay, ni mejores ni peores, los de tu tiempo, no puedes quedarte de brazos cruzados gritando y exigiendo lo que te mereces, porque te están ninguneando o impidiendo ser feliz, siempre según los confortables baremos del anhelado y desaparecido hogar –¡quién pudiera volver a ser niño!

Cada tiempo requiere unas formas, las que hay disponibles, también pueden inventarse, pero la solución no es acusar a quienes están socialmente al mismo nivel por no poder tener acceso a lo que, según la santa voluntad, nos corresponde por el mero hecho de estar vivos; quizás tocan otros esfuerzos para procurárselo -¡ah! el esfuerzo. Por qué acusar a quienes viven con lo que tienen y no acusar y denunciar a quienes hacen que las cosas sean como son -el mundo que nos ha tocado vivir no es una tradición ni se ha hecho solo, lo han hecho, y a conciencia, quienes mejor viven de él tal y como está. Pero para eso hay que desprenderse de las anteojeras y alzar la vista, mirar hacia arriba, a enemigos poderosos para quienes nosotros, acusadores y acusados, existimos como una gigantesca masa de consumidores a la que hay que explotar y exprimir hasta la extenuación. Ese es el verdadero culpable, o enemigo -llámesele como se quiera-, y mientras quienes están abajo no sean capaces de organizarse para enfrentarse a él y pierdan el tiempo señalándose entre ellos por cuestiones de edad, la cosa seguirán yendo estupendamente para aquellos. Si los consumidores, todos, son tan cortos como para tirarse los trastos y acusarse entre ellos, incapaces de reconocer al auténtico problema, las cosas seguirán tal cual, o incluso peor. La cuestión es saber dónde y a quién dirigir la mirada.

E, independientemente de todo ello, se nos olvida que venir a este mundo no implica garantía alguna de nada, excepto para quienes lo hacen en según qué clases y lugares, y también estos no dejan de estar sujetos a contingencias e imprevistos sobre los que es imposible reclamar, ni tiene sentido a no ser que todavía se permanezca en una mente infantil considerándose el rey, ya no de la casa, sino del propio mundo. De igual modo y echando mano de un cruel y desafortunado ejemplo, por qué ellos iban a tener más derecho a vivir que las desafortunadas víctimas del último accidente ferroviario, dónde pone que unos sí y el resto no, ¿cómo podemos ser tan estúpidos?

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Banalidades

Hace unos días tropezaba con la película, de inicios de siglo, El buen pastor, sin recordarla, ni mucho ni poco, aunque quiero imaginar que en su momento acudiría al cine para verla. Repito, no lo recordaba. Sobria, dirigida con temple y excelentemente interpretada, lo que en principio parecía un buen e interesante entretenimiento fue convirtiéndose, a medida que se desarrollaba la película, en una incomodidad que me hizo preguntarme qué hacía viendo aquella propaganda fascista. Y a continuación la duda de si, como provincianos periféricos aficionados al cine, la disfrutamos, y sufrimos, sin rechistar porque provenía del centro del mundo del espectáculo, y como tal había que tomarla, consideraciones políticas, económicas o sociales al margen; porque no te vas a poner a sacar peros y rebuscar entre la letra pequeña, también la que no aparece, cuando el producto reluce como nuevo, hecho para eso, desviando la atención hacia cuestiones que nada tienen que ver directamente con lo visto. Ganas de tocar las narices; se trata de cine, luego no nos salgamos de la linde.

La exaltación, modelo, celebración o ejemplo de cómo un individuo se dedica a tirar a la basura su propia vida al servicio de una causa con tintes sagrados que ni siquiera sabe por qué es suya, fiel, discreto y obediente como el más dócil de los criados, cínico y desconfiado de todos y todo y capaz de hundir en la más absoluta de las miserias  a su propia familia a cambio de nada al parecer era, e imagino que todavía es, algo digno de tenerse en cuenta y venderse a todo el mundo como un ejemplo de ¿integridad? ¿deber? ¿ciega fidelidad de lacayo al servicio de la aristocracia dominante? E inevitablemente hubo un momento en el que me vino a la memoria, salvando las consiguientes distancias, el nacionalsocialista Adolf Eichmann y su funcionarial y exigente diligencia en el trabajo, al fin y al cabo el medio con el que entonces se ganaba la vida.

Claro, en el caso de la película de Robert De Niro se trata de uno de los nuestros, los buenos, un sacrificado funcionario dispuesto a darlo todo por el sistema, un ejemplo, un héroe cotidiano de esos que hacen grande a un país, tal y como quiere volver a hacerlo Trump. Aunque llega un momento en el que, en la medida en la que a uno le interese, pueda y quiera saber, sobre todo en los márgenes, la diferencia entre buenos y malos se transforma en algo más que difuso, incluso llegando a invertirse; pero ni que decir tiene que al menos sabremos cuáles eran, o son, los nuestros, ¿o tampoco?

O, en definitiva, qué está bien y qué mal; hasta qué punto el trabajo que nos da de comer nos obliga con quienes nos mandan y pagan y dónde quedan los demás. Qué nos hace indiferentes y permisivos respecto a intenciones, objetivos, fraudes o directamente mentiras, no digamos posibles o futuras víctimas, como consecuencia de nuestro propio trabajo, del producto o resultado final del negocio o proyecto del que, como trabajador, uno forma parte; a lo que añadir el voluntario desconocimiento, o conocimiento, intencionalidad y responsabilidad del buen empleado dentro del entramado y su relación, más o menos directa, con los objetivos a cumplir.

Vamos a dejarlo en una película, otra más, de la que pueden obtenerse muchas más consecuencias y conclusiones de lo que se muestra en la pantalla, siempre entre el creativo y artístico candor del medio y la propaganda y manipulación más despiadada por parte de quienes, en última instancia, anticipan y se mueven unos pasos más allá del mero entretenimiento. Más importante, me parece, es esa mentalidad indiferentemente funcionarial que se ha incorporado al trabajo, cualquier trabajo, por la que el empleado, ya sea dirigente o subordinado, se despreocupa de los resultados y consecuencias de su labor -¿se pregunta en alguna ocasión qué está mal, qué es el mal?-, no importando que la manipulación, la propaganda y la mentira se conviertan en integrantes directos de ello, ya se trate de la venta de un coche, un detergente, un programa de televisión, una aseguradora o cualquier otro objeto consciente y deficientemente construido o producido; una inmensa mugre que enmierda, de arriba abajo, todo el sistema. Por eso creo que Eichmann está más vivo de lo que nos gusta creer, si es que todavía alguien lo recuerda; el solo se dedicaba a cumplir diligente y eficientemente con su trabajo, que era para lo que le pagaban.

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Final de fiestas

Otra noche festiva con frío, como todos los años, con establecimientos cerrados, quizás cansados de las fiestas, por falta de clientes o de ganas, porque no a todos les apetece abrir, que ya cuesta dinero, para aguantar a cuatro desorientados o perdidos, o directamente aburridos, que optan por un bar porque no tienen donde entretener las horas sin nada mejor que hacer, o no saben; también curiosos de paso dispuestos a echarse algo a la boca si ello les ocupa algo de su tiempo. Los pocos lugares abiertos no lucen como para echar cohetes, más bien lo contrario, por lo que el visitante va eliminando aquellos que se dejan ver casi vacíos o con alguna mesa que, en un primer vistazo, más bien parecen parroquianos sin nada mejor que hacer, charlar en un lugar conocido donde no dar explicaciones y obligatoriamente tener que consumir. Y si se hace balance del día transcurrido, la mayoría de los que han abierto sus puertas han permanecido a menos de medio gas, con más pena que gloria, luego hoy no ha sido un día que pasará a la historia, otro más. Pero el negocio es el negocio, y si uno ha decidido vivir de ello estas jornadas hay que sufrirlas por aquellas otras en las que es imposible dar abasto, corriendo y sin nunca llegar a la demanda, por lo que el servicio acaba resintiéndose, si no directamente colapsa, y las broncas, internas y externas, se multiplican; se agotan las existencias mientras el público no deja de acudir y solicitar algún hueco donde no cabe un alfiler.

Noche cerrada, pero no tan tarde como para estar ya en la cama aguardando, nerviosos, los posibles regalos por venir, para quienes todavía tengan, merezcan o crean en los regalos; también vale el intercambio comercial al uso de fechas señaladas, modas y negocios. Menos es nada. Qué decir de las sorpresas, lo que en realidad es un regalo, ese algo imprevisible e insospechado que provoca una primera e inesperada sonrisa que devuelve a primer plano lo humano que aún subsiste en nosotros.

Este año las casas adornadas son menos, en apariencia, o quizás es que ya han finiquitado las luces, pasan los días y van quedando menos ganas; el frío y la lluvia han arrasado con todo, hasta con las ilusiones. Por los lugares principales del pueblo, que tal vez en otro momento lucieron mejor, con más ambiente, y también alegría, van y vienen jóvenes de oscuro -y no es por la noche-, de un sitio a otro sin otra cosa mejor que hacer, moviéndose entre rincones más o menos abrigados donde otros colegas matan el tiempo estando, fumando, charlando o con el móvil como última y única excusa por la que no estar ya en la cama olvidados y olvidándose, quizás y en el mejor de los casos soñando con algún regalo. Siempre queda la esperanza de que la mañana del nuevo día tal vez deje alguna cosa distinta con la que enfrentar la sombría certidumbre de que será igual que la de hoy, porque de poco sirve una festividad que no la haga emocionante o diferente, y no el paso previo a una temible normalidad que les deja, si cabe, un poco peor de lo que están, puesto que el tiempo sigue su curso y ellos permanecen en el mismo lugar, haciendo las mismas cosas, o nada.

Afortunadamente el local elegido, a pesar de su fría y semivacía impresión, cuenta con alguien que, si no alegre por estar vivo y trabajando en esta triste noche previa a la Noche de Reyes, es capaz de sonreír sin nubes mientras atiende con una amabilidad que, en contraste con la oscuridad de este final del día, llama favorablemente la atención. Sonreímos, hay preguntas y las consiguientes explicaciones, aclaraciones y también recomendaciones, y lo que en principio parecían malos presagios, incluso augurios, más propios que reales, como es habitual y debido a esa mala costumbre que tienen algunos de ver la botella medio vacía, acaba convirtiéndose en un buen y agradable rato que finaliza con agradecimientos mutuos y buenos deseos. Qué mejor regalo de Reyes.

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Nuevos viejos tiempos

La música siempre ha sido un objetivo fácil a la hora de colgarle etiquetas por parte de quienes, poco o nada interesados en ella, gustan de usarla como propaganda o promoción de su parcela y los beneficios que ello puede procurarles, o directamente aprovecharse de su tirón popular para objetivos que nada tienen que ver con la música. Se suceden las etiquetas y el personal aficionado, o al que simplemente le gusta la música, encuentra ellas un recurso innecesario a la hora de clarificar sus gustos y pertenencias, no por nada en especial, o tal vez sí,  ya que de ese modo es posible crear bandas, facciones o intereses mediante los cuales marcar diferencias y/o enfrentarse a otros, con los que nunca hubo una relación, con la excusa de la música. Aunque solo se trata de música, y no de consignas ideológicas o conductuales por las que competir o partirse la cara con desconocidos.

Ahora parece ser que también existe el pop cristiano (¿?), tal y como venden los medios conservadores, que imagino debe ser algo así como si la música de las sacristías y coros de las iglesias saltara a los recintos de conciertos, adaptación torticera de temas y melodías de otros que nada tienen que ver con la religión o, ya puestos, homilías y sermones piadosos y de buena voluntad interpretados por jóvenes bien con el acompañamiento de instrumentos electrónicos. Una decisión como otra cualquiera si no fuera porque, además del evidente e irrespetuoso proselitismo religioso siempre beligerante frente otras creencias, más bien se trata de un hipócrita lavado de conciencia -un modo de compasión hecho a la medida- que evita tener que arremangarse y dedicarse a ayudar a los que lo necesitan -tal y como probablemente cantan-; un aséptico buenismo coral que la música ayuda a difundir, junto a la pulcra y liberadora alternativa a la hora de mantener las distancias y de ese modo no mancharse ni mezclarse con otros que no sean los suyos.

 No deja de resultar curioso que jóvenes, que deberían estar preguntándose por qué, cómo o cuál ha de ser su papel a la hora de renovar este maltrecho e injusto mundo, que también es el suyo, inclinen obedientes la cerviz al servicio de un estatismo religioso que solo busca perpetuar su poder. Nada de sexo, drogas y rocanrol , sino castidad, rezos y alabanzas corales dirigidas a un limbo espiritual que comienza y acaba en sus propias y verdaderas convicciones -qué peligroso y discutible concepto es la verdad. Y del ímpetu renovador de las nuevas generaciones, esas ganas de comerse el mundo, intentar darle la vuelta, o de descubrir el propio cuerpo cuando la naturaleza recién abre las puertas a sus poderosas manifestaciones sexuales nada de nada, más bien pecado, represión, intolerancia y desconfianza, o directamente desprecio, tanto hacia el propio cuerpo como hacia quienes no son de la misma cuerda, incluida la petulante arrogancia de advertir públicamente que rezan por nosotros, a pesar de todo, rogando a su dios que nos haga reconocer nuestro error y la posterior conversión al verdadero camino.

En definitiva, si de música se trata solo hay buena o mala música, el resto son ganas de marear la perdiz por simple falta de argumentos, o peor aún, una nueva cruzada buenista a tono con los tiempos -no estamos en el medievo ni está bien echar mano de espadones para reprimir, reconducir o eliminar a los herejes. Aunque quizás tampoco sea para tanto, solo se trata de buenos chicos, orgullosos de su clase y sus mayores -patrimonio, estatus, herencia, etcétera- a los que les gusta la música y ven en ella un medio para dar salida a su candoroso fervor, mostrándoles con ello el camino a los pobres, a quienes no saben o están directamente perdidos.

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Callejear

Pasear, dejarse llevar por calles atestadas en las que desembocan otras menos principales y estrechas, menos vistosas, con pocas luces y establecimientos comerciales, más oscuras pero no más tristes, por donde acortan quienes van de paso o con prisa, sin tiempo para detenerse en escaparates, porque apenas hay, en transición hacia una cita u ocupación de la que esa pequeña travesía se convierte en un atajo alejado de la muchedumbre y su indeciso deambular. Caminas dejando atrás, es probable que de regreso al hogar, a una pareja irritada rumiando una dolorosa realidad que parecen no acabar de entender, los niños en sendos carritos, por la comodidad, llorando y gritando porque quieren lo que no pueden tener, quizás nunca, en parte debido a su egoísta voluntad y en parte a las limitaciones de unos progenitores provistos de unos gorros festivos que en otro momento lucirían ridículos en sus cabezas, también ahora, obligados por la caricaturesca inutilidad de su misma concepción justificando un modelo consumista que en estas fechas se multiplica por más de mil, un plus de felicidad que para todos no es igual; para unos es, para otros son solo las fechas y los hay que se toman estos días como un interludio necesario que relaja y diluye el absurdo frenesí de la vida cotidiana, evitando de algún modo que su locura nos vuelva más locos de lo que ya lucimos. Sin embargo, apetece dejarse embobar por esa chocante felicidad callejera que te lleva, de tropiezo en tropiezo, hasta un grupo de mujeres, con tantos años como ganas de vivir, reunidas en círculo entonando canciones populares en medio de una plaza abarrotada, siempre mujeres, al parecer las únicas capaces de hacer lo que en ese momento les apetece sin tener que pedirse explicaciones a sí mismas, porque jamás veríamos a grupos de hombres hacer lo mismo, ya que eso es de… no lo sabrían explicar porque su específica educación masculina les encamina hacia otros derroteros que por desgracia siguen ignorando y parece imposible que puedan alterar, o al menos preguntarse, ¿por qué no somos capaces de reunirnos en un corro y cantar, o es necesario estar ebrio para semejantes alardes de jovialidad? Lo mismo de siempre, pensamiento que se evapora al instante, en la siguiente calle, más tranquila y oscura, donde algunas parejas jóvenes contemplan detenidas, sonrientes y curiosas, una fachada recubierta, o tapida, de lo que a medida que te aproximas compruebas que son pequeñas notas ensartadas en numerosos alambres supuestamente anclados a la pared, una cubierta de diez o veinte o centímetros de grosor, si no más, envolviendo o decorando hasta ocultarla por completo la fachada del establecimiento; y entre las miles de notas clavadas de cualquier modo, en un cartel que cuelga de su pequeña entrada, puede leerse que estás ante la tienda de los deseos, seguido de unas pocas indicaciones a la hora de rellenar tu correspondiente petición, que después ensartarás en algún alambre libre haciendo sonar a continuación una campanilla que cuelga también del dintel… No puedo leer más porque nos jóvenes copan el acceso entre risas y promesas de un futuro que para ellos se prolonga mucho más allá de estas fiestas, al menos así lo esperan, lo sienten, y no es momento de inmiscuirse por mera curiosidad, aunque una mujer solitaria que baja por la misma acera sonríe haciéndoles saber en voz alta que ella ya lo hizo y aquí sigue. Toca cruzar la calle, sonriente por invento tan simple como entrañable y la mera ocurrencia de hacerlo público, y su masiva aceptación a la hora de dar carta pública a unos deseos que, ojala más tarde que pronto, la cruda realidad suele poner en su sitio evidenciando que en el fondo siempre se trató de eso, deseos que en la mayoría de las ocasiones son a sabiendas de la imposibilidad de su realización, o en su misma concepción, pero, bueno, ¿por qué no? No existe obligación y no cuesta soñar, como nada tiene que ver con los sueños la escena con la que me tropiezo tras la siguiente esquina, bajo la austeridad de una iluminación callejera interrumpida por una ambulancia de urgencias empantanada en medio de la acera, las puertas abiertas y una mujer en traje de faena atenta a lo que ocurre en su interior, interior que se muestra a mi paso y en el que pueden distinguirse a dos compañeros atareados sobre un pecho desnudo tumbado en una camilla que probablemente no lo está pasando nada bien, o quizás sea la última vez que puede mostrarse a la atención de quienes harán todo lo posible porque la felicidad del exterior, de estos días, no lo abandone definitivamente allí de donde no se puede regresar. Y mientras sigo caminando pienso en la injusticia del precisamente a mí, por qué injusticia, solo la confirmación de que se trata de la propia vida, su aleatoria e inexplicable bondad acerca de la que nada puede hacerse porque, si se nos había olvidado, tarde o temprano llega un momento en el que esta felicidad que ahora nos lleva nos deja.

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¿Qué cine?

Con la espléndida exposición de la obra de Maruja Mallo todavía reciente no es nada conveniente cometer el desafortunado error de meterse en un cine y ver, no sé cómo llamarlo, así como también ignorar los motivos o la pertinencia del invento, la película Los domingos. Casi como un salto al vacío, pasar de una mujer y una obra exuberante, libre y moderna a caer en una especie de panfleto doctrinario sobre una adolescente bien del que pueden extraerse tantas conjeturas como dislates. Y a la evidente incomodidad ante aquello que quizás se escapa, se añaden las inevitables preguntas ¿en qué piensan las mujeres? ¿cómo hemos llegado a esto? 

Ni siquiera Nick Cave y la sorprendente interpretación de un tema suyo arregla aquello, más incertidumbre, si cabe. Mostrar otro ejemplo de requisa y manipulación torticera adecuada a los intereses doctrinarios de la iglesia católica, capaz de hacer suyo el fruto artístico de un determinado y dramático proceso creativo y convertirlo en propaganda con la que aleccionar a chicos bien. Otra prueba más del versátil y sumamente hábil gen adaptativo del poder religioso a la hora de arrimar a sus intereses cualquier producto que venga bien para alentar y motivar al rebaño.

Qué decir de la película, sobre todo si no estás iluminado por ese regalo divino que, dicen, es la fe, incluida la mirada por encima del hombro e insolente desautorización de todos aquellos que no piensan como ellos o, todo lo contrario, recelas e incluso desprecias ese ambiente dogmático y reaccionario que dejan ver los tan resplandecientes como tenebrosos rincones del poder religioso. Se me escapa la importancia, o trascendencia, de las serviles alucinaciones de una menor de edad. Da igual si la pretensión de la película es ensalzar o denunciar, ¿con qué objeto? Si al final resulta que, independientemente de edades y condicionamientos sociales, cada cual puede hacer lo que le venga en gana, ¿dónde está el interés?

Como es llamativo, o un exceso de manipulación, enfrentar “la juvenil pureza” del personaje principal y su jubiloso descubrimiento, en la casta y cristiana flor de la vida, a unos adultos tan rudimentarios como inútiles, fracasados ridículos en sus excesos, en resumen, un higiénico muestrario de los peores tópicos humanos con  el único motivo de resaltar la gozosa verdad de la protagonista que, por supuesto, se encarga de mostrar mucha más cordura y sensatez en su comportamiento que los disparatados mayores que la rodean.

Con jóvenes tan inanes como anodinos, los destellos del impagable cura guay, el hombre, de aspecto juvenil y maneras enrolladas que, sin embargo, atesora sabiduría, comprensión y una experiencia única de la vida (¿?); y la inestimable aparición de una superiora de sonrisa y ademanes beatíficos -¡qué magnífica interpretación!- fácil de reconocer para aquellos espectadores que hayan pasado durante su etapa educativa por un colegio religioso, espléndido ejemplo vivo de esa viscosa y inflexible atención -dedicación, dicen- hacia los infelices descreídos que todavía dudan o son incapaces de sentir y ser iluminados con la luz que a ella le llena por completo. 

Probablemente este tipo de artificios sean reivindicados como cine muy personal, sin otra pretensión, algo que creo es falso por innecesario. Y no puede dejarse a un lado el doctrinario que subyace, ordena y en cierto modo justifica el invento, una muestra cinematográfica del poder de una burguesía foral, nacionalista y católica ostentando y reivindicando sus valores y tradiciones -dios, patria y familia-, pura propaganda. incluido el ineludible derecho a un idioma internacionalmente asumido por un desenfocado argentino, creo, de quien uno no acaba de saber qué pinta allí.

Volviendo a Maruja Mallo y su mera existencia como referente de futuro, es histórica y socialmente decepcionante que una sociedad del siglo XXI haya de detenerse, o arrodillarse, ante las alucinaciones y el rancio narcisismo de una adolescente exhibida como símbolo de ¿los tiempos que corren? Pues que dios nos coja confesados.

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Regalos

A juzgar por el ambiente general llega un tiempo de regalos y, vayas donde vayas, la tan llamativa como agresiva publicidad del inevitable regalo asalta al paseante o al habitual en internet, y es tal la presión que el sujeto acaba cayendo en la duda de si él también tiene que regalar, bueno, primero si tiene a alguien más o menos cerca a quien regalar y si le apetece hacerlo, lo de buscar el motivo y su importancia es otra cuestión, las fiestas; tal vez porque no siempre gusta regalar a quien no hay por qué, ya se ven todos los días, y para qué. Pero llegan días de celebraciones y un regalo siempre es una muestra de alegría, acercamiento e incluso cariño, tanto en quien lo recibe como por parte de quien lo ofrece, al menos así debería de ser, puesto que en el obsequio hay un punto ineludible, e inútil, de voluntariedad que, si no condiciona, al menos introduce una interrupción en la que detenerse haciendo algo que quizás no sea habitual pero está bien llevar a cabo.

Luego está el regalo y qué es un regalo, ¡uf! Para muchos un auténtico incordio que puede llegar a problema, dolor de cabeza incluido, el desierto. Todo ello medio dispuesto o encajado con calzador en un día a día repetido en el que parece que nada cabe o nunca sucede cosa de interés; lo que faltaba, ahora tener que buscar un regalo, una ocupación más que no es opción y que obligatoriamente conlleva una decisión siempre difícil, sin alternativa, que requiere tiempo además de dedicación en lo referente al qué, cómo y lo que es más importante, cuánto.

Y no siempre se cuenta con la voluntad, además de las ganas, más bien se trata del trastorno de regalar, eso es, un trastorno, ¡qué dices! un muchos casos obligación, o sea, un fastidio para el que no se tiene tiempo ni ganas. Pero se trata de un regalo, algo bonito en principio, un motivo de alegría compartida, y si provoca una sonrisa de agradecimiento mejor que mejor. Tampoco hay que pasarse, porque si por mí fuera no harían falta regalos, cosas de niños, que son más agradecidos, por la ilusión, ya sabes, los adultos son más especiales, o pejigueras, hasta tan punto de que nunca sabes qué porque tampoco te has enterado de qué le gusta -y no voy a hacerlo precisamente ahora-, a qué se dedica, qué aficiones tiene o, mejor aún, qué necesita; al menos que el regalo sea útil, porque para regalar una memez o algo inútil o de adorno mejor déjalo estar, así no corres el riesgo de equivocarte.

Ya, ya sé que hay gente a la que le gusta regalar, qué felicidad, pues que regalen cuando y como quiera. Lo que no es entendible es que llegue una época del año, como todos los años, y haya que deshacerse los sesos en pensar un regalo, cuando siempre es mejor, si al final no tienes más remedio, preguntar qué le hace falta y ser práctico, el mejor regalo. A ver si por la tontería del regalo vamos a inundarnos de objetos inútiles respecto a los que, tras la dura e innecesaria decepción, acabas dudando si esconder en un rincón bien oscuro o arrojar directamente a la basura. Aunque también se pueden vender por internet, de ese modo les sacas un rendimiento que siempre está bien; dinero gratis.

Como no sé qué pensarán en el fondo y cómo se lo toman quienes consideran un regalo como un imprescindible intercambio comercial y regalan según quién y con vistas a, examinando a conciencia el recíproco, que ha de haber, y si compensa el gasto y tiempo invertido en el propio; con ello y en última instancia ya sabe a lo que atenerse la próxima vez. Pero cuidado, tal vez de ese regalo dependa el futuro, tanto emocional, profesional como laboral, luego mejor no despistarse y esforzarse aunque no nos guste, porque si aciertas quizás te resuelva la vida, emocional, profesional o laboralmente.

Como si no hubiera momentos para regalar durante el resto del año, que parecemos idiotas, de hecho, una de las cosas buenas de regalar es que puede hacerse en cualquier momento, sin mediar intercambio o favor previo, porque gusta y siempre es muy gratificante ver la cara del regalado cuando lo recibe sin esperárselo, lo abre o descubre; ya, o la cara de gilipollas, la mueca de no saber o la misma decepción cuando lo que aparece bajo el envoltorio no gusta, no es entendido o no se sabe qué o para qué, ¡qué voy a hacer yo con esto! Allí mismo, sin anestesia; menuda mierda.

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Luces

Vuelve un recuerdo de hace años, no sé cuántos decir, cuando amigos y compañeros de trabajo llevaban a sus hijos a la capital para ver Cortilandia, casi como una obligación navideña. Ignoro si la petición partía de los chavales o eran los propios padres, deseosos de buscar una actividad con la que complacer a sus vástagos en las largas y aburridas vacaciones navideñas, quienes provocaban el interés en estos últimos, más a lo suyo y nada preocupados por cuestiones de luces que no aparecieran en televisión, además de desconocer la posibilidad, el tiempo y día para acudir a verlas y disfrutarlas.

Se trataba de niños en vacaciones y cualquier cosa valía con tal de sacarlos de casa y tenerlos contentos. Pasear por calles iluminadas y detenerse en las propias luces del centro comercial, admirar, o no, la composición instalada en la fachada ese año, menos o más imaginativa, siempre de agradecer, los grupos y figuras que se movían al compás de las canciones y finalizar con un chocolate con churros, apenas comenzada la noche, como despedida. Hablo de niños. Lo de las luces navideñas y los adultos en la actualidad puede parecer distinto y quizás lo sea, o no. Es cierto que muchos adultos necesitan seguir considerándose niños por aquello de no perder esa ilusión que poco a poco va apagando, dicen, el inevitable crecimiento; les gusta sentirse todavía niños y hacer cosas de niños, porque aún creen que solo la infancia tiene ese punto de ingenuidad y capacidad para sorprenderse que el adulto inevitablemente pierde por el mero hecho de crecer. Siempre me ha parecido curiosa la creencia según la cual un adulto acaba invariablemente siendo estúpido y aburrido, sin ilusiones ni capacidad para imaginar, sorprenderse o disfrutar, obligado a tragar con cosas y comportamientos de adultos (¿?). Como desconozco cuáles son esas cosas exclusivas de adultos que, al parecer, hacen desaparecer lo mejor de los niños, como si todos los niños no fueran otra cosa que niños, futuros adultos con más curiosidad que patrones de rendición.

Tal vez por eso, aunque sigo sin ver la necesidad, el fenómeno de las luces navideñas ilusiona más a adultos desilusionados consigo mismos que a los propios niños. Los niños van a lo suyo, algo normal entre niños, luego, a medida que van creciendo, van modificando su atención hacia cosas y cuestiones mucho más interesantes que las de los niños, el caso es saber, y darse cuenta, de que eso sucede y actuar en consecuencia, es decir, convirtiéndose en un adulto igual de curioso e imaginativo, sin haber perdido la capacidad de sorpresa. Aunque algo tan sencillo parece difícil entender, al menos a tenor del número de adultos que no se comportan como adultos, más bien adultos infantilizados ansiosos de motivos triviales y zanahorias que perseguir en el tiempo disponible tras la condena del trabajo, si es que queda, da igual el aspecto, quién lo organice y con qué objeto.

Y van más allá que los niños, empujándose, dejándose arrastrar y apelotonándose inquietos y preocupados, hasta violentos, con tal de estar allí en el preciso momento de encender las luces -inaugurar, se dice ahora-, móviles en mano y la cabeza vacía. Y aplauden con inusitado fervor tras el encendido e iluminación de las mismas calles que vienen acogiendo su derrota durante el resto del año. ¡Cómo disfrutan los angelitos! De todo este sin sentido salen perdiendo los niños porque ya no tendrán que preocuparse por las luces, cuando quieran darse cuenta ya estará todo ocupado por los adultos e igual no encuentran hueco, y si al final lo consiguen les resultará difícil entender a tanto adulto obnubilado con la boca abierta y los ojos como platos, incluso encaramado en cualquier sitio libre, o disponible, apuntando al cielo. Tomando foto tras foto, todas exactamente iguales, bueno, diferentes por el careto, o caretos, motivo del selfi, que no en el fondo. Miles de fotografías que petarán la memoria del teléfono y no volverán a ver nunca más, en parte porque aquellos que pudieran sufrirlas ya han estado y tomado idénticas instantáneas que guardar sin que tampoco sepan para qué, ni se lo pregunten.

Son solo luces, un gasto obsceno en luces. Ya, pero aún hay más, que se lo digan a los avispados de turno con ganas de hacer dinero organizando viajes para ver las luces de ese otro lugar que, dicen, presumen de ser únicas -¿has visto los vídeos con las imágenes? Y cualquier ayuntamiento que se precie se deshace los sesos buscando las más chillonas o estrafalarias -casi como Las Vegas-; mucha luz, cuanta más mejor. Y los negocios dedicados a componer y alquilar luces proliferan y no dan abasto, lo que supone desplegar por todo el país la misma iluminación, de norte a sur y de este a oeste, en detrimento de la originalidad, para la que, como es bien sabido, se necesita alguien con imaginación, aparte de dinero porque hoy todo es caro, y no vas a poner las mismas el año que viene, que poco original, menudo fracaso…

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