Sin palabras

Como todo es tan divertido y nos gusta reírnos hace unos días asistí a una representación teatral titulada Iribarne que igual no dice mucho a muchos, sobre todo a los más jóvenes. Se trata de una sátira curiosa de un franquista tan excesivo como cutre, un soberbio energúmeno que confundía campechanía con arrastrarse ante el poder cueste lo que cueste, un tipo pagado de sí mismo y convencido de que esta vida es una cuestión de pelotas, nada que ver con la inteligencia o saber de qué puñetas va eso de vivir.

Da la casualidad que el protagonista de la obra, el señor Iribarne, fue el fundador del partido popular de la derecha española, una especie de arca repleta de  franquistas a los que entonces les empezaba a oler el culo a humo. Un saco de retales con mucha caspa y mucha mala leche que se pretendía y todavía hoy se pretende demócrata sin que ninguno de sus integrantes, da igual si de entonces o de ahora, hayan acabado de entender que democracia no significa gobierno a perpetuidad, como según ellos está mandado. Y en estas resulta que uno de los militantes del partido en cuestión, anterior presidente del gobierno y cacique local a perpetuidad, como Dios manda, hace como que escribe en prensa diciendo que los franceses de la selección francesa de fútbol no son franceses porque no son blancos como él y su dios. Un espécimen que ejerció su tarea política como presidente prácticamente igual a como lo había hecho como cacique en su tierra, su terruño, ya que esta gente cree que el mundo es como su finca pero más grande, con más gente. Naces de buena cuna, todos te aprecian -más les vale-, los pobres te sirven y doblan la cerviz en tu presencia, te adulan y, cómo no, también te votan porque, a ver, qué van a hacer sin nosotros, sin nuestra guía ejemplar. Por otra parte y volviendo a la obra de teatro, no deja de ser curioso cómo desde un escenario puede decírsele al público, directamente a la cara, que quienes nunca han tenido para comer siempre votarán a quienes les dan de comer; sin olvidar que todo lo que se cuenta sobre las tablas es estricta y documentada verdad. Ley de vida.

Precisamente por eso el cacique-presidente, un tipo que intelectualmente no llega más allá de los periódicos deportivos -como él mismo se jactaba públicamente-, no ha tenido ningún empacho en sonreír socarronamente -¡pobres! pensaría- a las reacciones a su eructo racista. No hay que olvidar que esta gente se pasa eso de lo popular por el arco del triunfo, porque en lo referente a apretar las tuercas a quienes no entienden que unos han nacido para mandar y otros para obedecer no les cabe ninguna duda, y que no le toquen las pelotas, porque por las buenas lo que quieran, pero lo de discutirme el puesto ni hablar, a ver si ahora cuatro desarrapados van a querer cambiar el mundo; lo que no hicieron los comunistas.

Y en esas estábamos cuando la selección española derrotaba a los “no franceses” en el mundial de fútbol, una selección en la que juega un muchacho de apenas diecinueve años, pero que, visto lo visto, no sé si español porque no es blanco ni católico, como Dios manda, le respondía al cacique-presidente que para él el fútbol es ejemplo de integración.

Qué más se puede decir. Y qué hacer con los vasallos disfrazados de militantes del partido fundado por el señor de la obra de teatro saliendo en defensa del troglodita de su expresidente. De vergüenza ajena, una auténtica estampida de criados prestos a arrodillarse ante el racista de su jefe. ¡Cuánta humanidad desperdiciada!

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