Paraísos

 

Recuerdo una conversación hace años en la que un conocido me contaba que él sólo iba al cine para disfrutar, para admirar personajes y situaciones que no suelen darse en la vida real, demasiado triste y dura como para meterse en una sala oscura a soportar lo mismo que acabas de dejar fuera, lo que entonces me llevó a pensar que con lo propensos que somos a refugiarnos dispersándonos cuando no sabemos qué hacer o cómo enfrentarnos a una realidad que constantemente nos supera este hombre no fuera, ni sea, la única persona que practica semejante proceder. Tan curiosa declaración de principios me hizo sonreír en un primer momento, luego no tanto, puesto que siempre he pensado que el cine es otra forma de acercarse y mostrar el mundo en el que vivimos y hacerlo con arte, ahí es precisamente dónde, creo, reside su interés. Algo parecido debe sucederle a esos otros que gustan ojear revistas donde se cotillea en la vida y aburrimiento de aristócratas, famosos y arribistas de moda -supongo que con dinero aburrirse sabe distinto- a sabiendas de que casi todo de lo que se cuenta en ellas es falso, tal vez porque ver materializadas en papel satinado tan lujosas mentiras las hace un poco reales, y mientras va pasando páginas el admirador o admiradora fantasea imaginando que su vida no es tan agobiante e inútil si puede disponer de esos minutos para envidiar a otros de su mismo aspecto tan ufanos en el reluciente comedor de su casa. También le ocurriría algo semejante a la gente que frecuentaba aquellos programas de televisión -ignoro si todavía existen- en los que famosos y gente sin ocupación definida abrían sus residencias orgullosos no sé si por mostrarlas para fomentar esa memez de la envidia sana o por negocio, más bien parecía que el dinero ganado con ello era suficiente para soportar el trasiego del montaje; aún pueden verse programas o secciones similares en algunos diarios de tirada nacional en las que los mismos de entonces y otros nuevos o más recientes, modernos o con menos glamour, se encargan de descubrir al simple ciudadano que los sueños son posibles a pesar de todo, que su desgracia no viene sola y que si ellos pudieron conseguirlo, nada se menciona de los medios ¿por qué no va a poder hacerlo él? Ignoro cuál es el mensaje que queda después de tanto ejercicio masoquista, o sí, seguir soñando vía quinielas y loterías.

Esta especie de religión terrenal y sus numerosas variantes dedicadas a generar grandes tiradas de ilusiones mediante la pública difusión de infinidad de pequeños y particulares paraísos en la tierra, generadores de multitud de relajantes, efímeras y nada peligrosas satisfacciones de andar por casa que nada tienen que ver con las magníficas glorias que ofrecen las grandes religiones para mucho más tarde, cuando ya no haya deseo, permiten a mucha gente tener a mano algo tangible que llevarse a la boca, soportar sus días y alegrarse la vista sosegando sus espíritus y suspendiendo temporal y gratamente esas vidas propias tan incómodas y fatigosamente personales. Porque no deja de resultar curiosa esa afición a fijarse en las cosas de los otros con más pelusa que admiración, siempre los objetos, lo más fácilmente accesible y que no exige conocimiento o esfuerzo, tan solo calmar el excitante e inacabable placer de poseer -el deseo más íntimo y anhelado- lo que tienen otros pero sin ser aquellos, porque en el fondo cada persona tiende a considerarse a sí misma la mejor y con las mismas o superiores capacidades, lo que sucede es que no tiene suerte; también están los que ni siquiera se consideran, lo que no sé si es peor.

Ese interés o impaciencia por desembarazarse de la propia vida dice tanto como calla, habla de una maldita resignación que a duras penas puede soportarse con un mínimo de cordura y que obliga a sobrevivir, en muchos casos en contra de la propia e íntima voluntad, condenados a ir muriendo segundo a segundo con el secreto y doloroso convencimiento de que cualquier tiempo es tiempo perdido que compromete a la obligada servidumbre de tener que gastarlo sin un por qué o para qué creíble, o al menos decentemente asumible, en constante recelo o intimidados por tener que asistir como simples espectadores a un único y mismo espectáculo que nunca satisface por completo, con más sospecha que deseo, con más envida que salud, con más angustia que verdad.

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Precisamente ahora

Precisamente ahora, cuando ya creía estar de vuelta de todo, acosada por un cuerpo que cada vez le ponía más inconvenientes y obligada a bregar con él en su contra, sin odiarlo ni castigarlo, era cuando de más tiempo disponía para detenerse y mirar alrededor y disfrutar como, al contrario de lo que alguna vez pensó, había gente a la que le gustaba sentarse y hablar, que te miraba, si no con cariño, sí escuchándote hasta cuando permanecías callada, dudando en lo que decir o dándole vueltas a si lo decías y por qué habría de interesarles a aquellos que en los peores momentos sólo te lanzaban sospechas de que se movieran al compás de alguna broma de mal gusto con la intención de, cuando menos te lo esperaras, lanzarte una pulla, descubrir una cámara oculta, y reírse de tu ingenuidad de mujer estúpida y sin experiencia que tanto te había dolido desde siempre, desde que los primeros hombres se acercaran sin pudor y con la única intención de tocar allí donde a ti no te importaba pero dónde no podías dejarlos entrar porque cada cosa requería un tiempo y un modo, que nada podía cogerse de cualquier manera y que lo primero que había que hacer fueran cuales fuesen sus intenciones era dar a entender que sabían que sabías que antes de entrar a saco hay que llamar a la puerta. Eso era todo, y últimamente, cuando no tenía nada que perder ni ofrecer se encontraba con gente que no le exigía ni le pedía nada a cambio, sino que se sentaba delante de ti y simplemente te escuchaba, preguntaba cuando dabas opción y siempre cuando estaban seguros de que habías acabado hablaban ellos, si no para volverte a preguntar si al menos para dejar pasar el tiempo a tu lado -¡contigo!-, que siempre te habías avergonzado pensando que aburrías hasta a los árboles y preferías permanecer callada por temor a perder la pata y cuando más enfadada por un estúpido orgullo que se jactaba de ocultar a los demás lo que de hermoso o interesante había en ti, a saber, como suele suceder, en ocasiones nada, el resto un exceso de cariño que nunca nadie te enseñó a poner en juego para disfrute de los que estaban a tu lado. Por eso ahora era tarde, y sin embargo sentías que no tenías prisa, que estabas viva, el teléfono sonaba y hasta en los momentos más tristes te olvidabas de ellos porque tu mano se tendía inmediatamente hasta que al otro lado alguien la recogía sin preguntar, tal y como un chiquillo da la mano a su padre o un adolescente busca en los ojos de su amigo otra cosa que no sea su propia curiosidad.

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Dos películas

Hay comparaciones odiosas y algunas otras que procuran descubrimientos curiosos y hasta sorprendentes, aunque intentar establecer comparaciones o similitudes entre dos películas no deja de ser una cuestión de gustos, opinión o de rebuscadas casualidades o coincidencias que en principio poco o nada tendrían que ver con las mismas.

Amor y Nebraska son dos películas que probablemente no tengan ningún elemento en común, dos creaciones bien distintas realizadas por autores con una idea clara de lo que debería ser el resultado final de su trabajo, el resto, lo que viene a continuación, es inventado.

Amor es, sobre todo, una película francesa. Desde el mismo título hasta el último plano es un espléndido intento de materializar una imagen mayúscula de un sentimiento mayúsculo protagonizado por actores mayúsculos. Y qué mejor para hablar de ese sentimiento tan universal e inaprensible que localizar la acción en una ciudad también universal, París, obligado fondo contra el que situar el epílogo de una profunda y prolongada relación ante la que el espectador no puede menos que permanecer en silencio, amenazado por el previsible final de una convivencia y unas vidas bendecidas con un intenso aroma que en su recta definitiva van dejando lentamente un denso poso, condenadas a un desenlace que se sospecha desolador.

Y es una película francesa porque haciendo una aventurada lectura de la misma muestra en la pantalla los últimos coletazos de una grandeur intelectual burguesa de la que tan orgullosa se ha sentido el país galo, una grandeur relegada a un papel secundario por un voraz y frenético presente que tan sólo sabe o puede ofrecer agradecimientos e incomprensión. Son los restos de una alta cultura muy querida por el alma francesa, añorante de unos buenos y tal vez mejores tiempos pasados, que en la actualidad viene quedando confinada a profesionales jubilados propietarios de un piso de renta media en el mejor París de siempre, apenas sin voz y ya casi sin voto.

Nebraska también es una película dedicada el final de la vida realizada en un país muy distinto y con unos personajes en las antípodas del matrimonio burgués centro de la película francesa. Aquí el protagonista es un tipo del que sólo puede decirse que ha sido una buena persona a la que ahora tienen que soportar familiares y amigos; este importante y concluyente cambio de verbos -soportar en lugar de convivir- sucede en una etapa de la vida en la que la amorosa y fiel convivencia francesa se transforma casi en abandono y el subsiguiente deterioro, tanto físico como psíquico, al que añadir una grotesca incomprensión y falta de ternura que deja en mueca más de un intento de sonrisa por parte del espectador. El personaje principal carece de todo pedigrí y las relaciones familiares entre una gente más bien vulgar y de escasas aspiraciones andan peleándose con los sentimientos, que afloran con dificultad, si es que pueden verse y los personajes se atreven con ellos, rozando a veces la ordinariez y la simpleza más descarnada.

Aquí no se muestran vidas excelsas ni profesionales de renombre, tampoco alta cultura, sino ese vivir tan americano que lleva incorporado un enraizado sentimiento de libertad transmitido a través del inconsciente colectivo -sentimiento que muchos estadounidenses encontrarían difícil de hacer entender a cualquier foráneo-; un sentimiento que acredita por sí sólo ese exclusivo derecho a vivir de cualquier modo en cualquier lugar, en un país donde las formas y las clases, la opinión pública o el status social equivalen a dinero, y sin él únicamente queda la decadencia o extinción de pueblos y gentes unidos hasta la muerte y alejados de un presente que se cuece en otros lugares, comidos por una soledad y una indolencia que acaba traspasando la piel de las personas e instalándose en su particular idea de la vida y el mundo.

Dos grandes películas que muestran las dos caras de un amor en el que la actualidad no tiene tiempo para entretenerse, además del alma de dos países y la decadencia de dos modos de vida. Dos películas encargadas de remarcar, con solemnidad o mediante una escueta narración desprovista de todo adorno, las dificultades que implican la convivencia y dedicación común, valorando y ensalzando de distinto modo una esencia compartida que todavía posee la capacidad para humanizarnos como personas. Dejando al espectador en el inevitable silencio que sucede a todo final, incluso el de quien imaginando también su futuro y ante el inconveniente de tener que pensar acerca de él, o jugar a decantarse por una variación, prefiere dejarlo para otro momento, se trata de cine.

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Palabras

No tenía familia ni amigos en España. Nunca había empuñado un arma. Tenía un trabajo (de mecánico), una novia (Ivy) y toda la vida por delante, pero con 22 años Jack Edwards lo arriesgó todo por luchar en una guerra que no era la suya, en un país en el que no había puesto un pie, España. Con otros jóvenes como él, algunos casi niños, abandonó Liverpool para enrolarse en las Brigadas Internacionales, el ejército de voluntarios extranjeros — 35.000, de 55 países— que apoyaron a los republicanos en la Guerra Civil. “Mi padre siempre decía que lo más importante que había hecho en su vida había sido luchar en España contra el fascismo”, explica Pete, su hijo, de 72 años, en un autobús al valle del Jarama para cumplir el último deseo de Edwards: que sus cenizas fueran esparcidas en el campo de batalla.

Este párrafo es el comienzo de una noticia aparecida en el diario El País el pasado 24 de Febrero. Pueden decirse y opinar muchas cosas acerca de ello -palabras-, se pueden dejar de decir muchas más -palabras-, obviar otras o aguantar las quejas de los que, sin ver más allá de sus narices, probablemente gritarían aquello de “más de lo mismo” como respuesta a su particular celebración de un único presente que reniega y convierte en lastre toda memoria y recuerdos que no sean los suyos -también con palabras, incluso más sucias-; y no sería de extrañar que hubiera amenazas al respecto. Pero no, no me interesa entrar al mismo y rancio trapo, no se trata de remover nada sino de esbozar algunos comentarios a partir de dos palabras, memoria y verdad. Para ello no vendría mal recordar que la memoria es la única herramienta de la que el hombre dispone para conservar y transmitir sus propios hechos, gestos y experiencias, lo que inapelablemente la convierte, con más frecuencia de la necesaria o deseada, en el objetivo de viles palabras tratando de ensuciarla de mierda interesada; siempre las palabras, ese exclusivo invento humano capaz de elevar y ennoblecer al hombre en toda su plenitud. No deja de paradójico, o triste.

Pero sobre todo me interesa de la noticia cómo alguien es capaz, era capaz entonces, de dejarlo todo para luchar por la verdad, sí, porque no creo que haya que recordar o ponerse a discutir de qué lado estaba la verdad en los años que la precedieron y durante la Segunda Guerra Mundial; con todos los peros que el diablo quiera imponer. Porque, dónde está hoy la verdad, si es que hay alguna. Si la memoria ya no significa nada o más bien la hemos convertido entre todos en una pesada e inconveniente rémora estamos inevitablemente abocados a perder la capacidad de comprendernos como personas y de reconocernos en lugares o momentos de nuestra vida, a repetir errores pasados, además de haber asumido sin rechistar que ya no hay nada común y muy poco que pueda compartirse -tampoco una verdad- y compartirnos. Hoy, los que detestan y desprestigian la memoria porque impone una pausa, un punto a partir del cual uno puede encontrarse a sí mismo o decir que empezó y al que regresar cuando duda o trata de renovar fuerzas, son los mismos encargados de vender que la verdad no existe -cada cual dispone de su verdad, que es como afirmar que no existe ninguna, luego todo el monte es orégano-; para ello ya se encargan las veinticuatro horas del día de comprimir los segundos impidiendo que las personas puedan reencontrarse en su propia memoria o reunirse en pos de una verdad, no dejando espacio ni tiempo para mirarnos a la cara y reconocernos y evitando que sepamos en qué lado estamos, si es que disponemos de alguno, qué y quienes forman o han formado parte de nuestra propia vida o cuales y quienes son los que nos sostienen o pueden sostenernos en caso de necesidad, tanto en el presente como en el futuro, tanto frente a lo malo como frente a lo bueno. Hoy es moderno o actual y necesario un hombre vacío, cual tabula rasa, ofreciendo su memoria y su corazón a la marca que le suministra el alimento que cada día se lleva a la boca u ocupa su mente, ni siquiera se trata de renegar de sí mismo porque no hay nada de lo que renegar, incluido el significado de la palabra renegar; hoy vivir es mostrarse como un recipiente permanentemente vacío listo para ser llenado o completado con infinidad de noticias, informaciones, juegos, publicidad, adminículos, entretenimientos, sucesos, actividades o expectativas tal que continentes huecos que sólo ocupan espacio, no quedando lugar para uno mismo o su memoria. Hoy no sabemos o no nos importa por qué queremos lo que queremos, por qué hacemos lo que hacemos, por qué, llegado el caso, dejaríamos todo, por qué compartiríamos el tiempo con otros para saber dónde está la verdad o para llegar a alguna verdad, hoy no hay verdades -son estorbos que frenan el funcionamiento del mercado, porque hoy todo es mercado-, solo la imperiosa y permanente obligación de mostrar un alma deshabitada y vacía de palabras.

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Violencia

Cualquier persona que viera las crudas y dolorosas imágenes del pasado jueves negro en Ucrania y después hubiera salido a la calle en este pueblo en el que vivo se hubiera quedado sorprendida al verse rodeada por furgonetas antidisturbios de la Policía Nacional listas para reprimir a unos ciudadanos que piden lo que deben como ciudadanos a los que, no olvidemos, todo gobierno democrático se debe, y no hubiera podido evitar que un escalofrío le recorriera el cuerpo de arriba abajo ante tan desmedido despliegue de potencial violencia, preguntándose indignada a continuación ¿es esta la respuesta de los que gobiernan contra los que no opinan como ellos? ¿a quienes están representando entonces? De pronto la distancia entre la Ucrania en la calle pidiendo independencia a un gobierno sostenido por una Rusia con sueños imperiales y este Alcázar de San Juan en la calle pidiendo un referéndum democrático a un gobierno municipal sostenido por enfrentamientos personales y venganzas cainitas fue mínima, y el punto en común que sobresalía por encima del resto era el de ciudadanos enfrentados a la violencia de un poder supuestamente representativo, al parecer el único medio “democrático” que algunos entienden para “dialogar” con quienes no opinan como ellos o no aceptan, no lo que ellos disponen, infelices, sino lo que desde atrás otros les imponen, porque estos gobiernos democráticos sólo son títeres, y cómo en los teatros de marionetas infantiles sólo entienden la violencia del palo como único lenguaje para vencer -porque de eso se trata, de vencer en lugar de convencer-, y cómo en los teatros infantiles ejercen de orgulloso y victorioso personaje ignorante de que su papel es una representación y él mismo un objeto que las manos de otros mueven mediante unos simples hilos.

E inevitablemente uno sigue pensando que la distancia no es un inconveniente a la hora de las semejanzas cuando se trata de ciudadanos sojuzgados por un poder al que las razones se le están quedando pequeñas o simplemente no existen, un poder abonado a un pulso unilateralmente sostenido a costa de ignorar unos cauces racionales de diálogo sustituidos por una violencia -da igual si implícita o explícita, no deja de ser violencia- que sistemáticamente amenaza, aprieta y golpea hasta que el amenazado y apaleado diga basta o caiga derrotado. Si ese es el futuro que les espera a los que nos están del lado de los poderosos sólo existen dos soluciones, agachar la cabeza y soportar humillación tras humillación por haber nacido en el lugar equivocado o utilizar la violencia contra la violencia, pero esta vez no mediante vías razonables o humanas, a quien entiende la violencia como medio para imponer sus criterios o de relación con los demás sólo puede respondérsele con violencia, directa y de frente o por detrás, a traición, ellos fueron los que primero rompieron las reglas con el invento e imposición de un sinfín de demoras, trampas e impedimentos cada vez menos legales y más excluyentes, así que tarde o temprano les llegará el momento de atemorizarse y no fiarse ni de su sombra, y vivir encerrados por miedo a salir a la calle, que es como hoy viven tanto el gobierno de Ucrania como el de Alcázar de San Juan.

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Apunte

Ahora que a Suiza le ha dado por preocuparse por la inmigración y ha decidido generosamente cerrar un poco más sus fronteras a todo aquel que no vaya con dinero por delante sería bueno construir autopistas libres de peaje con transporte gratuito desde, por ejemplo, Lampedusa o Cádiz hasta Centroeuropa -Liechtenstein y Luxemburgo incluidos- para que cualquier persona que desee mejorar su vida pueda acceder a los mercados más boyantes, es decir, llegar hasta los lugares donde la pasta parece que existe y se mueve con relativa facilidad, el trabajo -ese castigo divino- no escasea -con dinero la vida es más fácil que te sonría- y las posibilidades de asegurarse un futuro más o menos decente son mayores que en países de opereta como Italia o España.

Lo más práctico y elegante siempre será facilitar a todo aquel que se halle en esa situación el derecho a elegir y acceder donde le apetezca para intentar hacerse un hueco como mejor sepa o pueda; es tanto un derecho como un deber universal para el que no son necesarios perros ni policías, y el dinero que se gasta en ellos podría utilizarse para otras cosas. Y al paso nos callamos y trabajamos en común o nos largamos todos a Suiza a disfrutar de las montañas, el queso y los relojes -los bancos los podríamos admirar desde la calle-, siempre será más interesante que permanecer aquí soltando babas, malgastando tinta y tirándonos piedras unos a otros acusándonos con el socorrido ¡y tú más! entretenimiento de moda que ocupa el tiempo y los cerebros de progresistas, fachas, la prensa, modernos, gobierno, oposición, policía, ecologistas, izquierdistas de pro, zánganos, propietarios, curas, imbéciles, alternativos, folclóricas, el Papa, etc. -todos saben y opinan con razón pero nadie mueve el culo de su sillón, y lo que es peor, tampoco nadie hace nada inteligente desde él.

Y aunque es cierto que la culpa la tenemos todos, también es cierto que algunos pueden hacer más que otros por solucionarlo.

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Sucede

Sucede a veces que sin saber por qué miras o piensas en esa persona que sueles tener al lado o convive contigo y dudas de que sea la misma persona que siempre has creído conocer, casi como la palma de tu mano, pero ¿y si no fuera así? ¿y si estuvieras equivocado? porque en ese momento no dispones de ninguna prueba fehaciente que te asegure que esa persona es como tú la ves y la piensas, sólo hábitos, rutinas y sobreentendidos ¿qué te oculta? porque evidentemente ella no eres tú y tal vez no siempre te diga lo que hace o piensa… de pronto llegas a alarmarte porque de un manotazo decides que tales disquisiciones son totalmente infundadas. Aunque no, no se trata de un asalto en toda regla contra tus convicciones y certezas más profundas, y así, más turbado que relajado, te atreves y comienzas a imaginar qué sucedería si descubrieras que te has equivocado, que la persona más próxima a ti, o que vive contigo o con la que has decidido empezar a convivir mañana mismo en realidad no es la que siempre has creído que era, ni siquiera es la que te habría gustado porque acabas de darte cuenta, detalle tras detalle, de que está muy alejada de ti, no un poco sino en todo regla, hasta en las cosas más pequeñas, y tienes la incómoda sensación de que planeáis montar o habéis construido en común una convivencia que si te la hubieran augurado antes de producirse habrías respondido sin dudar que era completamente imposible. Pero curiosamente ese inesperado imposible es tu presente a día de la fecha y si intentas ir más allá no encuentras ni tienes nada ni nadie que pueda decirte o afirmar lo contrario, es tu vida, la que tu entorno siempre aceptó a partir de tus propias decisiones de adulto consciente, ellos ahí no tenían nada que hacer ni decir, es más, lo que habéis levantado esa otra persona y tú ahora resulta que cuesta desmontar de la noche a la mañana, no es que vaya mal, incluso todo lo contrario, lo que ocurre es que ahora te gustaría intentar reconducirlo o al menos disponer de pruebas más sólidas que te confirmen que, a pesar o en contra de estas sorprendentes y recién descubiertas revelaciones, elegiste bien, aunque ahora mismo toda tu vida te parezca casi un disparate incomprensible. De pronto todo lo que hasta hoy había funcionado, incluso en contra de ti mismo, o de vosotros mismos, aparece como secundario, porque no era lo que al menos tú querías; esa otra persona no está ahí en ese momento y no puedes preguntarle, sería su palabra, no la tuya, y temes reconocer que tampoco es necesario porque su respuesta no es importante, el problema, si puede decirse tal, lo tienes tú, ella no ayudaría con su opinión. ¡Bah! ¡qué tontería! pero no, no te convence tu nuevamente repentina y airosa salida y caes en la cuenta que desde el principio sucedieron cosas y hubo detalles que sin estar planeados o ser deseados, al menos por ti, fueron cruciales para que vuestros caminos convergieran, primero casualmente y después de forma inconscientemente voluntaria. No, la situación no mejora, al contrario, se complica, por lo que desechas tanta elucubración y vuelves a buscar en el presente común puntos de apoyo -hasta los más pequeños- que te muestren una realidad consistente que se imponga a tanto desvarío; te quedas más tranquilo, ¿seguro? Claro que sí, porque no existe una vuelta atrás ni posibilidad de rectificación, pero sí de mejora, tú también has ido cambiando, de ahí tu extrañeza, luego las valoraciones a posteriori vienen a cuento, aunque cueste aceptarlas y encajarlas en el presente -¡ah! siempre es lo que uno CREE-, por eso has de entender y aceptar que desconoces quién es la persona que te acompaña, no la tienes delante pero estás seguro de que cuando la vuelvas a ver y le mires a los ojos desecharás toda convicción y sentirás que te asomas a un umbral desconocido amueblado con tus recuerdos y creencias personales, una entidad con rostro familiar que inconscientemente has ido creando día tras día a partir de tu propia y exclusiva concepción de la realidad, el mundo y tus deseos, nada nuevo.

Así que ya lo sabes, mañana te tocará levantarte y decidir si rompes con tu vida a partir de lo que has descubierto, porque no es lo que tu querías o en algún momento quisiste, o continuas con ella a sabiendas de que tampoco ahora sabrás cómo reconducirla con acierto, tal vez no merezca la pena, o sí, tanta revelación cansa y uno no cree estar para volver a empezar -pura pereza-; bueno, déjate un margen, a ver qué pasa mañana, sólo queda seguir viviendo. ¿Qué te creías que estabas haciendo?

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El lobo

De la magistral película de Scorsese pueden destacarse muchas cosas y sin embargo quedarse con la impresión de que falta algo más que decir, porque probablemente un nuevo visionado de la misma haría que salieran a la luz más detalles, momentos pasados por alto o algún otro ¡cómo no me di cuenta! Algo normal tras caer vencido por una frenética catarata de imágenes y escenas que en más de un caso será difícil olvidar y que, sin ningún tipo de problema, podrían pasar a la misma historia del cine. Por eso hay que verla.

Pero me gustaría destacar varias cuestiones que, sin ser alguna de ellas parte o escenas de la propia película, dan para más de una reflexión que creo interesante.

Primera (localista y casposa y quizás la que menos tenga que ver con la película). Este vilipendiado y saqueado país echado a perder por la corrupción y los políticos, que no la política, y desarmado por un sucedáneo de gobierno formado por ex-seminaristas y adelantadas de acción católica adornadas con peineta y mantilla está sufriendo un deterioro social que cuesta entender, la situación es tal que si la actual cuadrilla que mangonea en la dirección del país -la misma que sigue intentando implantar una nueva ley del aborto que es la vergüenza de Europa y ha impuesto unas leyes contra las manifestaciones de la ciudadanía en la calle que recuerdan a un estado totalitario- fuera dejada a su santo albedrío a la hora de decidir e imponer el tipo de Estado de su gusto, la película de Scorsese no se podría haber visto aquí por impía, grosera, blasfema, materialista y amoral, porque muestra todo lo contrario de lo que, según ellos, debería ver una ciudadanía temerosa de Dios y obediente con sus pastores; los españoles nos habríamos quedado sin lobo porque existiría una censura en toda regla y este tipo de libelos, producto diabólico de un mundo sin fe, desorientado y materialista, no mancharían la moral infantil del catolicísimo pueblo español.

Segunda. Una de las mejores cosas que tiene la película es la fuerza salvaje de un guión llevado a la pantalla sin recato ni comedimiento en una exhibición vulgar, grosera, machista y zafia de un mundo que ni mucho menos ha pasado a mejor vida, las circunstancias actuales tal vez lo hayan relegado a la “intimidad”, no son tiempos para la ostentación, pero ni mucho menos lo han eliminado para siempre, está ahí, siempre ha estado ahí, aguardando el momento de regresar a una fiesta bestial, explosiva e irracional a costa de un nuevo expolio de más gente con memoria corta y codicia desmedida.

Y tercera (otro de los magníficos aciertos de película). Los rostros y aspecto de palurdos que gastan y venden los protagonistas y que en general también exhibe un portentoso Leonardo DiCaprio. Porque a uno le puede conformar la idea de que quienes montaron esta última y catastrófica crisis a partir de la nada fueron tipos estirados, listos y elegantes, tal que clones de Gordon Gekko, pero no, el mundo no tuvo la suerte de ser engañado por ejemplares de aspecto elegante y gusto exquisito, probablemente porque no existen, son otro de los inventos del cine, sino por catetos avispados descendientes del más puro trilero charlatán y caradura, bribones que con un par de brochazos adecentan su lengua para que el incauto de turno no se fije en otra cosa cuando, plantados en la puerta de su casa, le intentan vender y le venden un simple bolígrafo; un auténtico éxito, porque ese primo estafado que se relame embobado en su propia estupidez ha olvidado que no sabe escribir.

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Dakar

Dakar no aparecerá para quien busque un lugar llamado Dakar en el itinerario fantasma de esa especie de engendro moto-mediático que insaciablemente se repite cada año, claro, no deja de ser una etiqueta que como la de cualquier marca vendible intenta atraer a algunos o muchos al sofá, salen coches y motos, también camiones -o cualquier vehículo autopropulsado con derivados de petróleo al que se le pueda pegar un adhesivo publicitario-; pero hay otro inconveniente, usted no podrá verlo en directo porque, dicen, sucede en la otra punta del mundo, y para confirmarlo, siempre según la prensa y los medios audiovisuales, le muestran tipos solitarios conduciendo por ningún sitio motores de explosión forrados de pegatinas, u otros tipos reparándolos -luego parecen de verdad-. Como todo videojuego el invento se apoya en una escenografía bastante realista y está sujeto a ciertos riesgos reales -¡ojo!- que tratan de lustrar con una patina de fiabilidad el propio circo, y si por desgracia se producen víctimas, también reales, éstas, de pronto tan queridas como precipitadamente desconocidas, reciben sus minutos de gloria post mortem pasando automáticamente a engrosar unas estadísticas y una épica absurda carentes de todo sentido.

Sin necesidad de echarse a llorar por los tiempos en los que el Dakar se hacía terrenal y los aficionados -que supongo los habría- podían ver y tocar a sus héroes metálicos sobre ruedas, también a los tipos que los conducían, hoy tal sello es un exclusivo dinosaurio mediático obligado a reinventarse de la nada hacia la nada, porque sin prensa ni televisión el Dakar no existiría, no hay público, es sólo un videojuego cutre al que usted tampoco puede jugar, o sea, humo, ¡puf! Sin porqué, terrenal o metafísico, queda la justificación principal de tal desatino, a saber, una gigantesca campaña publicitaria que llega a cualquier parte del mundo al margen de demandas y expectación, un montaje publicitario hueco e inservible excepto para quienes se dedican a hacer caja al final a costa de una publicidad salvaje e indiscriminada que encarecerá lo suficiente como para generar pingües beneficios el helado que tanto nos gusta o el producto que, relacionado o no con el motor, adquirirá inconscientemente guiado el inocente usuario. Como no existe competición posible que pueda seguirse o con la que emocionarse la empresa vende -ni quiero imaginarme los precios- producciones enlatadas similares a aquellos Cómo se hizo tan de moda hace unos años en los que se destripaba todo el proceso de producción y realización de una película. En los Cómo se hizo del Dakar, que en este caso y por necesidades del mercado son diarios, se muestra que detrás del videojuego existen personas de carne y hueso que sufren y se fatigan, que pasan privaciones y son maltratadas por la cruel naturaleza, supongo que se me escapan algunas fibras técnicas que obligatoriamente habrá que tocar para sujetar al sufrido espectador que tropieza en su zapping diario con tanto motor y desierto sin fieras; también vienen bien para recubrir de oropel el negocio frases lapidarias, que los medios se encargan de propagar a los cuatro vientos, masticadas por tipos duros de una sola dirección a los que sólo los muy fieles reconocen, tales como “si todos llegaran a la meta esto no sería el Dakar” (?) -¿qué te creías? forastero, jo, jo, jo.

El Dakar probablemente salió pitando de Dakar porque los buenos y dóciles africanos se cansaron de ver a pasar por el patio de su casa a toda pastilla tanto tipo aburrido y sin nada que hacer, destrozando y atropellando todo lo que salía a su paso, y decidieron pedir algo a cambio, o más, nunca se sabe -¡codiciosos!-; sin respuesta que echarse a la boca y hartos de las, imagino, sucesivas demoras u occidental indiferencia por parte de los dueños del negocio, estos africanos impacientes optaron por desviarse por la tangente y amenazaron a todo quisque con lo que tuvieran más a mano, y como los cauces democráticos o económicos de pacificación no funcionaron una vez más y los peticionarios seguían con sus pies fuera del tiesto y sin dar su brazo a torcer, lo que hacía que los organizadores y publicitarios dejaran de ganar dinero, los dueños del invento decidieron unilateralmente dejar a los africanos abandonados a su irracionalidad, intransigencia y falta de gusto o progreso y emigrar a otros lugares con menos pretensiones o, visto lo sucedido, con exigencias fáciles de solucionar si los negocios se hacen bien y a tiempo, evitando errores o intangibles antes pasados por alto.

Probablemente por eso el Dakar tuvo que emigrar a Sudamérica, una zona del mundo que, como ya imaginaran, no es que ande muy boyante -no se fueron a Canadá, Rusia o Estados Unidos, donde existen grandes espacios abiertos, sería muchísimo más caro; tampoco Asia era buena idea, demasiada gente y demasiados conflictos-, negociaron unos acuerdos a largo plazo que pudieran amortizar con seguridad y vuelta a empezar, pero no podían quitar la pegatina original, no sea que la gente se perdiera y hubiera que comenzar de nuevo con otra larga campaña publicitaria de introducción. Por fin había por dónde continuar a la hora de sacar tajada de tanta engañosa necesidad de aventura de tanto menesteroso, aburrido o inadaptado impaciente por satisfacer unas ansias de notoriedad que sólo sirven para ocultar carencias, como si la vida diaria no conllevara un plus de riesgo incorporado, sobre todo para intentar, saber y poder entenderse con el de al lado, que al igual que uno siempre tiene algo que decir y le gusta que le escuchen. En la soledad de la naturaleza no hay que discutir ni aguantar a nadie, la naturaleza sencillamente se deja hacer o se aguanta y los héroes disfrutan como críos mostrando al mundo sus egoístas habilidades, eso sí, bien guardados en la seguridad de un gran aparato medico-asistencial inaccesible e inimaginable para el resto del mundo -¡toma ya!- pagado por unas empresas a las que sólo les interesa vender lo posible y lo imposible, lo vendible, invendible o inservible a costa de televidentes alucinados o sencillamente aburridos. Tampoco cuesta mucho imaginarse a pringados rascándose el bolsillo por salir en la tele e intentar dar un mordisco al melón.

Poco más, acabará la prueba, se cerrará el tenderete y comenzará el recuento de beneficios y la planificación al alza del negocio para el año que viene.

NOTA. Y por si no oliera ya suficientemente mal tal engendro moto-comercial sólo faltaba la esplendorosa torpeza de este año, en el que pasándose por el arco del triunfo cualquier simulacro de competición -hasta tal punto llega el descaro-, amañaron los vencedores por vaya usted a saber qué acuerdo suscrito entre bastidores que, por supuesto, jamás nadie se preocupará de explicar sin mentir, ni siquiera por simple vergüenza o un poco de respeto hacia los pocos incautos que todavía se tragan semejante despropósito.

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Llewyn Davis

Probablemente el público al que sólo le gusta ver cine comercial se aburrirá en Llewyn Davis, los que se lo pasan en grande entre tiros, persecuciones, explosiones y acción a tutiplén no encontrarán, ni mucho menos, nada interesante en la película; aquellos que prefieren que les cuenten una “buena historia” -siempre según su personal concepción de lo que es una buena historia- tampoco se hallarán a gusto, tampoco los entusiastas de los efectos especiales, ni los que se deleitan descerebrándose con películas complicadas que, sólo más tarde y tras una digestión relajada, te permiten ir atando tanto cabo suelto. No es una película para los que gustan del cine con mensaje, reivindicativo, solidario, difícil, alternativo o se pirran por refritos pseudocinematográficos de autor; tampoco puede verse como cine familiar, ni de aventuras para todos los públicos, épicas o futuristas. Tampoco es cine infantil. ¿Entonces? se preguntarán ustedes.

Llewyn Davis es una película que atraerá a mucha gente principalmente porque es “otra de los hermanos Cohen”, y si usted sabe por películas anteriores de esta pareja tan particular -guionista y director- imaginará  de antemano que va a asistir a una producción muy personal a la que es mejor no ponerle condiciones de partida ni suponerle expectativas que sólo puede proporcionar el visionado in situ, valen las recomendaciones si el recomendador es de fiar o tiene unos gustos que usted sabe que comparten. La misma pregunta que antes ¿entonces? ¿de qué va la película? ¿tan rara es? Ni mucho menos. Llewyn Davis es una película que cuenta la pequeña historia de un hombre pequeño que, como todos los hombres, desea encontrar su lugar en el mundo y ser reconocido por sí mismo, por lo que siente y por lo que, para bien o para mal, cree que sabe hacer mejor, en una suerte de todo o nada que implica vivir al límite a costa de mantener en alto esa especie de dignidad que a todos nos gusta creer que poseemos, aunque sólo sea por el hecho de haber nacido y tener que ocupar algún lugar en este mundo tan desagradecido. No hay mucho más, dejarse llevar por la película, emocionarse o aguardar a que pase algo más interesante, removerse en la butaca o suspirar intrigados por la siguiente escena en un ofrecerse a lo que estás viendo que no requiere nada a cambio, porque, como bien saben ustedes, hay mañanas en las que preferiríamos no levantarnos de la cama y otras en las que nos sentimos los hombres más afortunados del mundo, o al menos seguimos vivos y obligados a lustrar nuestra esperanza.

De su realización, del excelente trabajo de su protagonista y de los estupendos secundarios que dan consistencia a la cinta formen ustedes mismos su opinión, no tienen más que ir a verla.

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