Cabos sueltos

De pronto, el más aburrido de todos abrió la boca: Y todavía habrá gente que se lo crea. El comentario venía a cuento de un anuncio televisivo en el que aparecía una entusiasmadísima y joven señora armada con un limpiador de baño y un trapo gritando a la cámara que sus grifos relucían más limpios que ninguno; allí estaba, tan enormemente feliz contando su experiencia como si fuera la cosa más importante que hubiera hecho en su vida, dando a entender con ello que su paso por este mundo quedaba largamente cumplido y satisfecho. Alguien comentó que la publicidad en televisión se apoya en sesudos estudios de departamentos de marketing en los que expertos en el tema concluyen que sí, que hay mujeres que darían su vida por dejar los grifos limpísimos (¿?). De pronto me acordé del señor con sotana -o prelado-, (de esos que dedican los años de su juventud a memorizar, convencerse y aceptar que es imposible demostrar la existencia de Dios y que, en última instancia, sólo queda el clavo ardiendo de la fe, para luego ser soltados en la tierra del resto de los mortales a predicar entre ingenuos y temerosos necesitados de un pastor que los guíe… -perdón por el inciso-) recomendando un libro escrito por una infausta mano que, más o menos, venía a resumir en una consigna específica el papel de la mujer en este mundo, el de casada y sumisa (¿?).

A continuación recordé el manifiesto de los intelectuales franceses protestando contra la nueva ley que multaba o encarcelaba, no recuerdo muy bien, a las prostitutas que fueran vistas ejerciendo en la calle, a tales eminencias solo se les ocurrió encabezar su panfleto con un, si no me equivoco, “todas son nuestras putas -interesante ese nuestras, toda una declaración de principios- (¿?). Más; hace poco, en una revista de moda de un periódico de tirada nacional, aparecía una patética señora de setenta años encaramada en una motocicleta luciendo pata -de nuevo perdón, por lo de lucir- y un rostro que el temor a la muerte había destruido cruelmente mediante la cirugía estética; también había algo de texto, el pie de una fotografía dejaba caer algo así como que para aquella infeliz ponerse y sentir un vestido era lo mismo que alcanzar un orgasmo (¿?). Y por último, hace ya algo más de tiempo, otro periódico publicó en su edición en internet -desconozco si también lo hizo en la edición en papel- una noticia o reportaje en el que se venía a decir que una escuela de sexo, creo que rusa, buscaba local en España para montar una sucursal. En una de las fotografías que acompañaban a la noticia podía verse una clase repleta de señoras muy formales de todas las edades sentadas ante sus respectivos pupitres, y pegados o sujetos a la superficie de cada uno ellos unos bonitos, coloreados y generosos penes de plástico o silicona bien enhiestos sobre los que, supuestamente, las alumnas debían afanarse chupando, comiendo y lamiendo bajo la atenta mirada de instructoras que las orientaban y aconsejaban para lograr con su esfuerzo y dedicación un resultado fetén; loable tarea (¿?).

Y todo esto por un anuncio y la pregunta que surgió después ¿en qué siglo vivimos? ¿Todavía hay mujeres que sienten y se comportan, o anhelan comportarse, como lo que estos ejemplos venden? Quizás el equivocado sea yo y la cosa no tenga importancia, porque todavía no me he dado cuenta de que la cuestión no es que hoy las mujeres tengan que soportar semejante cúmulo de vejaciones, sino que algunas o muchas aceptan, practican y aspiran a tales ejemplos y prácticas sin que se les revuelvan las tripas. Disculpen, me pongo yo mismo las interrogaciones (¿?).

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

Mirando

Hablaba mirando a la ventana, o al techo, bebiendo el güisqui a pequeños sorbos y leyendo en algún sitio entre el cristal y la pintura lo que me estaba diciendo acerca del amor y la increíble suerte de aquellos que alguna vez se han sentido enamorados; hablaba de emociones a flor de piel, nerviosismo, sudores, estremecimientos, impaciencia y enfados tremendos, ascensos meteóricos en los que se tocaba el cielo y caídas vertiginosas hasta hundirse en estados depresivos desalentadores o destructivos. Llegó un momento en el que, de pronto, calló y no supe por qué, la miré, nos miramos y ninguno sonrió, era que no se le ocurría qué decir. Solucionó la papeleta con la socorrida sentencia que certifica la existencia de muchas clases de amor, porque todo el mundo habla del amor o de su idea del amor, a pesar de lo cual todavía hay muchos que siguen sin conocerlo, no lo conocieron o no coinciden con él porque sencillamente ese amor con el que sueñan no se pliega a sus intereses, sobre todo cuando hay sexo por medio, porque son dos cosas distintas, dicen, puede haber sexo sin amor y sexo con amor, depende de las personas y del sexo, o sólo sexo y de frente, cuestión de satisfacer apetencias exclusivamente personales, de poder o simple estupidez; y también existe el amor de madre, el que se impone entre adultos sin sexo, con sexo virtual o visto y amor a los animales, pero este amor no es igual, se dice del mismo modo pero no tiene nada que ver. Pero hay gente que ama más a su perro que a su mujer. Pero no es lo mismo, me interrumpió ella. Ya, pero los hay que pasan todo el día con el pobre animal, lo asedian sin piedad obligándole a su compañía mientras entretienen su aburrimiento sin nunca preguntarle al perro… Pero no es lo mismo, volvió a repetirme. Ya, me he perdido. Pero el amor se alimenta de deseos, ausencias y lealtades, y hay parejas a las que todo eso les queda muy lejos, luego no están enamorados, se soportan. Tampoco contestó. Miraba a la ventana. Lo siento por ellos. Probablemente no han conocido ni conocerán el amor. ¿Qué amor? No sé, nunca hubo pasión entre ellos, era simple deseo egoísta y manipulador, satisfacerse con quien por entonces tienes más a mano, y si funciona al final te acostumbras y te casas, da igual si es él o ella. Y ya está. Yo todavía confío en volver a enamorarme. Qué suerte. Es cuestión de buscarlo, no, hay que dejar que te encuentre. ¿Para qué? Para embarcarme de nuevo en la misma y apasionante zozobra. ¿Las mismas sensaciones que sentiste entonces? Sí. Pero ya no eres la misma persona. Pero tengo la misma fuerza ¿Tú crees? Sí. ¿Y si encuentras el amor con alguien que ama los perros? Imposible. Si no he entendido mal creo que el amor del que hablas es un sentimiento que no se puede controlar. Te enamoras sin que puedas evitarlo, pero tu amado o amada prefiere los perros, a ti también, pero con perros, o con sus padres o en un ménage à trois. Si es auténtico amor hay que sufrir, y aunque en apariencia no lo parezca al final el amor prevalece. O no. Hay personas para las que el amor lleva aparejado una serie de requisitos, no va uno a dejar todo por otro a las primeras de cambio, sus vidas… Pero vivir es enamorarse, y si te enamoras eres capaz de dejarlo todo. Siempre. O no. No te entiendo. Se hizo el silencio y ambos apuramos nuestros respectivos vasos al mismo tiempo. Ella se levantó a por más hielo y a la vuelta continuó ensimismada en la ventana. Nos servimos otra copa y yo también me puse a mirar el cristal, por si acaso. La tarde lucía gris y entonces lo vi, escrito en el aire entre el techo y la ventana, no sé si con amor o sin él pero en cuestiones de amor seguiríamos pensando y sintiendo diferente, porque además del amor, acerca del que con tanta ligereza opinábamos, coincidíamos o disentíamos, ninguno se aventuraba con el amor propio, era precisamente eso lo que estaba leyendo, del poderoso y hermético egoísmo que, con o sin nuestro consentimiento, domina con brazo de hierro todas las vidas y del que con demasiada frecuencia la gente se olvida porque gusta pensar que uno es diferente, más simpático o extrovertido, o más auténtico, no es retorcido o pasional, se preocupa por los demás, su amor por ellos es infinito, casi tanto como el que siente por su pareja, porque mi amor es… en fin, siempre el mismo ombligo.

Publicado en Relatos | Deja un comentario

Confusión

Hablar por hablar es una opción cuando no se tiene nada que hacer o decir, hablar por hablar puede ser lo que todos hacemos cuando no sabemos qué hacer o decir; también lo es cuando las circunstancias nos sitúan frente a frente, hay que pasar el rato de manera relajada o, ya puestos, cuando tratamos de enmendar nuestra insolvencia en las relaciones con los demás; hablar por hablar puede despejar el embarazo de una situación o ser una forma de capear la falta de experiencia en las situaciones más elementales, hablar por hablar puede servir para evaporar nuestros temores más íntimos y alejar el miedo a enfrentarnos a nosotros mismos, a los propios pensamientos, sin que importe la posible inconveniencia o incoherencia del discurso -siempre será más liviano que el otro, el verdadero y propio y que nos gusta menos, bien resguardado al cuidado del olvido-.

Hablar tiene o puede tener muchos más significados que el hecho mismo de intentar comunicarte con tus semejantes, no deja de ser una forma de pasar el tiempo cuando se está aburrido y uno no sabe qué hacer con sus huesos, el problema es que necesitas a otros para que te aguanten -de lo contrario te tomarían por loco-, porque, además, demasiadas veces hablar no necesariamente pretende decir o comunicar algo, en más ocasiones de las deseables hablar es un verbo que se agota en su mismo significado, si hablo, no importa lo que diga, el sonido de mi voz mantiene a los demás callados o a la expectativa -falso-, dedicados a prestarme atención o fingiendo que lo hacen, les guste o no, pero me gusta a mí porque eso quiere decir que soy yo quien lleva la voz cantante y aparentemente domina la situación, y cuando uno está interpretando el público está obligado, por principio o simple respeto, a guardar silencio; el sonido de mi voz acalla al silencio porque de lo que se trata es de que un murmullo predomine por encima de los pensamientos -sobre todos los del hablante-. Hoy nos hemos habituado a oír y oírnos sin que importe lo que decimos o nos dicen, la cuestión es no entorpecer el ruido haciendo todo lo posible para que el runrún de la cadena hablada -sentido o significado al margen- colme el tiempo sin dejar espacio para los intermedios que promueven la peligrosa reflexión, tan sólo eso, pisándonos o interrumpiéndonos si es necesario, hasta el punto de que ese hablar por hablar es ejercitado con cierta soltura y sabios visos de credibilidad por más personas de las imaginables, cuando sólo se trata de enmascarar la intención oculta de acorralar, aburrir, confundir o engañar a los otros, lo que, es cierto, también requiere paciencia y sangre fría, algo de temeridad y mucha cara dura para no desenmascararse y ofender al auditorio descubriendo el principio de todo aquello, que tienes miedo. A fin de cuentas se trata de una pugna permanente por matar el tiempo -en el sentido más crudo y cruel del verbo-, y aunque el habla haya hecho lo que actualmente somos, el presente guirigay de tantas voces interrumpiéndose sin cesar consigue falsear y que se olvide el significado de las palabras, también el principio básico en el que se basa nuestra convivencia y, en última instancia, deteriorando nuestras relaciones más elementales, permitiendo que entre tanto bullicio supuestamente comunicativo reine la confusión, porque el problema principal, que tampoco yo voy a resolver, sigue siendo el mismo, responder a la pregunta que todos deberíamos hacernos ¿de qué hablar cuando se habla?

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

Gravity

Ver en una sala de cine Gravity es un auténtico placer -quienes se han habituado al DVD para consumir cine cómodamente en su casa no disfrutarán ni saborearán la misma película-. No recuerdo dónde leí que el experto de turno corrió a Internet nada más salir de la sala donde la proyectaban para difundir a los cuatro vientos los errores científicos de Gravity, imagino que con ello se quedaría mucho más tranquilo y descansaría mucho mejor tras descubrir al mundo tanta imprecisión y atentados a la física como suele cometer el cine, menos mal que todavía hay responsables tan interesados por la verdad. Pero mi interés no se ha desviado, era una observación que en su momento me pareció curiosa -allá cada cual-, porque lo primero que tuve claro es que Gravity es una película para ver en el cine, y en 3D, y que conste que nunca me convenció el inventó, hasta ahora lo que había visto -tal vez poco-, no merecía mucho la pena, el 3D no aportaba nada, todo lo contrario, enrarecía la película, y de los guiones ni les cuento. Gravity gravita sobre un escueto guión que se sostiene solo de pié, muestra una realización física y técnica trabajosa, templada y muy calculada, hace alarde unos efectos especiales que, al margen de los errores puntillosamente científicos, que los hay, no alteran ni pierden de vista el guión, sin salidas de tono y con las justas florituras -en manos de cualquier manirroto obsesionado con los efectos especiales la película podría haber acabado en un auténtico desastre-, y además cuenta con un montaje que consigue fijar al espectador a la butaca durante la hora y media que dura la cinta; a lo que añadir unos actores protagonistas que, en consonancia con la sobriedad de la película, permanecen en un estupendo, contenido y discreto segundo plano.

Pero es que Gravity es algo más, es cine para deleite de todo aquel que le gusta el cine en una sala de cine, independientemente de autores y directores, de temas o calidades narrativas, de tendencias, obsesiones y fobias contra el cine de autor, comercial, en 3D, etc.; Gravity es buen cine en 3D para ver y disfrutar en pantalla grande, cine semejante -salvando las distancias y la experiencia cinematográfica que en la actualidad posee cualquier ciudadano, sea cinéfilo o no- al que encandiló al mundo en sus primeros años, que más allá de su calidad y buena factura permite al espectador pasar un rato estupendo que no se arrepentirá de haber vivido.

Posdata. No puedo dejar de pensar en todos aquellos que con dinero o sin él, comprando o pirateando, han huido de las salas de proyección, se han autoinflingido una de las derrotas más tristes al dejar de lado el cine en una sala de ídem, tirando voluntariamente a la basura la hermosa posibilidad de imaginar, soñar y maravillarse que sólo proporciona la pantalla grande.

Publicado en Cine | Deja un comentario

(USA) y 7. El hombre de Coney Island (y 2)

Uno de los principios fundamentales de esta “tierra de triunfadores” viene a decir, más o menos, que es el propio individuo quien con su libertad elige su futuro, aunque sea para caer destrozado al otro lado, o situarse al margen, tan al margen que puede acabar por no contar -se omiten las causas-, como el hombre del carrito, y aún así seguir afirmando que sin él la libertad de este país no existiría; no es el mejor ejemplo, pero aquí, como en la mayoría de los lugares, la gente prefiere sujetarse a reglas impuestas a las que nunca reconocerían como injustas, no se sabe o no se quiere saber. Y cómo no, cualquier cuestión, incluso la menos espinosa, se solventa con el esfuerzo, en un ganarse la vida a pulso en el que no hay tregua, llegando la lucha hasta el último rincón, el de los olvidados, con el convencimiento añadido de que también este destierro será merecido; en el peor de los casos no hay más que mirar al fracaso de otros para sentirse dueño y orgulloso del propio. Desgraciadamente ya no queda Oeste donde asentar la propia libertad, el Oeste está completo, hasta el Pacífico, y cuando uno llega a la orilla y gira la cabeza vuelve a cerciorarse de que detrás no hay espacio libre, ¿entonces? Volverlo a intentar una y otra vez, en esto el país es tan generoso como cruel, más por tradición que por convicción; y en última instancia queda el Estado -el peor enemigo- y sus subsidios y beneficios sociales, el territorio de los inútiles y fracasados, la ignominia más espantosa para quien no ha sido capaz de usar y conservar su libertad compitiendo con los demás “de igual a igual”, o lo que es lo mismo, un sálvese quien pueda en el que las condiciones de salida -en eso consiste el truco- no son las mismas para todos; nuestro homeless, curiosamente, ya está salvado. En realidad todo aquí se plantea como una apuesta, un titánica carrera en la que los que están arriba -abstenerse de preguntar cómo y por qué- se jactan de que su éxito y riqueza es algo natural nada excepcional, ellos han trabajado duro y lo han conseguido, se lo merecen, en cambio, todo aquel que espera, que cae para no volver a levantarse o pide ayuda está gritando a los cuatro vientos que no es capaz de labrarse su propio futuro, su presente es su destino, una vergüenza y humillación también naturales, esa persona ha venido a este mundo a ocupar su lugar, otro lugar, como hay vagos, maleantes, parásitos… ¿qué es el sentimiento de inferioridad sino un invento que gobernará la vida de los que son incapaces de luchar y orientar, siempre según otros, la senda de sus propios pasos? Sin embargo ¿quién es más dueño de su vida, nuestro homeless o el tipo del carrito/familia adosados, la persona que trabaja limpiando las escaleras de un rascacielos en Downtown o la que hace cola en Grimaldi un sábado por la tarde para comer una vulgar pizza, quien se hunde en los túneles del metro con una lámpara y un casco a las doce de la noche o quien permanece aburrido y limpio como el coche al que está asignado, tirados en la calle, esperando horas y horas a que su dueño se canse de especular o divertirse, o el que sentado en Dumbo contempla Manhattan como si fuera una postal sin saber si la compró o se la vendieron?

Menos mal que todavía hay opciones para congratularse porque aún es posible hacer un uso diferente de la libertad, se trataría de consumir tu libertad según tus propias condiciones, sin necesidad de extraditarse de una sociedad en la que el consumo ha llegado a convertirse en un fenómeno imparable que se multiplica a sí mismo en función de su eficiencia, da igual que hablemos de mantequilla, trabajo, ocio, esperanza, libertad o personas, nada ni nadie puede escapar; cada cual jugaría con sus propias reglas ejercitando un derecho que limitarían pero no impedirían los demás, tal y como en cierto modo sucede en el pintoresco y singular Coney Island; intentarse, no hay nada que perder, porque al fin y al cabo e independientemente del éxito o fracaso uno empieza haciendo y hace lo que en el fondo quiere ¿soy capaz? Siempre será mejor que mirar hacia otro lado o a los que están peor mientras nos lamemos nuestras propias heridas consolándonos pensando que no son tan graves como las de los vecinos, o las de ese, porque ese no es de los míos, es un homeless, yo estoy por encima de él, sus estrecheces son mayores, porque mi bocado -mi migaja- es más sabroso, pero en definitiva todos malviviendo agarrados a un miedo común que inconscientemente nos exige mantenernos juntos en y frente al fracaso, cuantos más mejor, un falso alivio que no impide que con la otra mano sostengamos una navaja amenazando nuestro gaznate, resultado de una competencia suicida ensombrecida por un temor general a la temible espada de la miseria. Tal sería la pobreza del hombre del carrito, la conclusión final, pero ¿es realmente él el pobre?

El hombre del carrito sigue alejándose y probablemente en su enferma cabeza bulla una limitada certeza, es feliz, aunque cueste creerlo, hoy también verá ponerse el sol, o no, buscará un lugar en el que cobijarse y tutear a la noche -siempre se encuentra algo que comer-, ya llegará el invierno y con él otras preocupaciones, pero hoy la brisa del mar le regala lo que a cualquier otro de los que estamos aquí, o en cualquier otro lugar, la verdad de sentirse vivo, dueño de sí mismo, porque nadie sabe qué amanecerá mañana.

Coney Island es un lugar donde cabemos todos porque es un fiel muestrario de nuestra permanente y particular locura, desde el espectador que escribe esto hasta un hipotético lector, o esos dos chavales que de espaldas a la tarde buscan un caché que probablemente no hallarán; sin que ninguno tenga más importancia que el resto, dedicados a vivir y disfrutar no como si fuera el último día de nuestras vidas, esa frustrante e inútil pugna con la muerte, sino como un día más en el que no hay que comerse obligatoriamente el mundo, ni hacer cosas extraordinarias o definitivas, ni salvar a la más guapa del guión, ni ganar un millón de dólares robados, tan sólo abrir los ojos y sentir que sigues aquí, uno más, no el mejor pero tampoco el peor, aunque algunos estén empeñados en hacérnoslo creer a cada instante; todavía hay sol y el mar sigue igual de resplandeciente, los músculos se relajan, se estiran las piernas, cierras los ojos y la vida se posa amorosamente en tus labios, no sabes si respiras pero sí que estás vivo…

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

(USA) y 7. El hombre de Coney Island (1)

A lo largo del paseo marítimo el sol y la gente comenzaban a marcharse, como la tarde, también el verano, nada extraño en Septiembre, todavía apetecía un baño o había sed para otra cerveza, o para darse una vuelta por nueve dólares en la montaña rusa, ese invento de aspecto antediluviano que parece a punto de desarmarse. Muy lejos de tendencias y glamour, o del mismo Lincoln Center, esta parte de la ciudad es otra ciudad, el mismo mundo pero con otros rostros, otros planes, otros ritmos, otros horizontes. Desde el tren elevado, de camino hacia aquí, la ciudad nunca desfallece, ni se diluye o disgrega, todo lo contrario, se va comprimiendo y abigarrando en una ininterrumpida sucesión de calles, callejones, patios de atrás, terrenos y lugares fronterizos, no existe la tierra de nadie entre tanto edificio -no muy altos- o construcción levantada de cualquier modo; carreteras y autopistas, vehículos, infinidad de vehículos, tanto circulando como aparcados o acorralados en cualquier superficie catalogada como útil a la hora de encastrar un volumen sobre cuatro ruedas, de tal modo que uno siempre se pregunta cómo lo han hecho, cómo lo han encajado entre aquellas cuatro paredes, o cómo se ordenan los autobuses escolares puerta con puerta en una especie de descampado enmarcado por muros de ladrillo sin enlucir, o los camiones de reparto, para que sea casi imposible distinguir el suelo entre ellos; también se ven pequeños jardines o parques asediados, campos de entrenamiento, algún cementerio -enorme- y muchos techos y cubiertas planas de edificios -que no tejados- bastante envejecidas, la gran mayoría pobladas de aparatos de aire acondicionado camuflados bajo las pintadas, -entonces te imaginas una competencia brutal entre individuos o bandas rivales dedicados a pintar techumbres o cualquier objeto que sobresalga por encima de su superficie, probablemente para deleitar la vista del distraído que viaja en el tren. Y tras la enorme estación llena de hierro la playa y el mar, un pequeño paseo hasta acercarse a la arena y adivinar si el agua está fría.

Te has sentado y comienzas a mirar alrededor, lo ves sin fijarte, luego te fijas, frente a ti, en el otro extremo del paseo, pero no sabes qué está haciendo, ni te preocupa, todavía con poco tiempo para que puedas juzgarlo como extraño, pero no, no es extraño, es otro homeless más, este vestido tan solo con lo que parece un pantalón corto o un bañador, tostado por el sol, su cuerpo y al parecer también su mente, moviéndose sin motivo ni orientación alrededor de sus posesiones amontonadas en un carrito de supermercado, una sombrilla, una alfombrilla… calzado con unas enormes botas de básquet que en ningún momento fueron suyas, ahora supongo que sí, risible y enternecedor, completamente solo, abandonado, también de sí mismo y a primera vista feliz; gesticula y habla consigo mismo, conversa o razona, razonamientos y gestos de mentes enfermas -según los expertos en la materia-, círculos cerrados donde hacer y deshacer al gusto. No cesa de trajinar con sus desastradas propiedades, preguntando y contestándose, alzando la vista sin ver ni mirar, volviendo a girar sobre sí mismo, empujando el carrito, vaciándolo y volviéndolo a llenar, retrocediendo, sentándose en el banco o levantándose para dirigirse a nadie, o a alguien que no existe sentado en el banco vacío; luego se pone en marcha, la marcha de su vida y obra al completo, arrastrando todas sus pertenencias, de las que a pesar de todo puede decirse que es el único dueño y protagonista, para ir dónde quiera, si, ya sé que a ningún sitio, pero hay tantos que tampoco pueden ir y se dejan la vida en no poder. Todo lo contrario que la atiborrada familia de hispanos que pasa a su lado empujando sus tesoros tras de otro carrito que porta algo más que un bebé y en el que no cabe un alfiler, bolsos, mochilas y bolsas con comida, toallas,  juguetes de playa, papa, mamá y otros dos niños agarrados a cualquier objeto o saliente del carrito, pequeños y apurados, probablemente en dirección hacia un cuchitril en el que apenas podrán rebullirse, esa es su libertad -prohibidas las sonrisas-. Nuestro homeless tampoco advierte a la pareja que discute a gritos junto a la fuente, hasta que él le quita con violencia una bolsa que ella, tras insistir en su devolución con más timidez que genio, decide abandonar en sus manos para alejarse despotricando imagino que contra todo, también contra el mundo; él, sentado en un banco, la ve alejarse sin abrir la boca, todo es normal en Coney Island.

Publicado en Viajes | Deja un comentario

(USA) 6. Central Park (o el poder bajo los árboles)

En una tarde cualquiera en un tren cualquiera la muchacha miraba embobada a los tipos con los tambores que, a lo suyo, parecían disfrutar de su pequeño concierto entre el aburrimiento y la resignación del obligado público del vagón de metro; la mirada de la espigada jovencita no podía ocultar la admiración que en ella provocaban aquellos ritmos, o tal vez fuera el aspecto de los músicos, o exclusivamente la música, suficiente para que, obviando al grupo con el que viajaba, se moviera y cabeceara con una sonrisa de oreja a oreja y unos ojos como platos que no perdían detalle. El trío seguía con su ritmo y ella a su paso, por supuesto no tenía dinero para darles cuando tocara pasar la gorra, pero a ella eso no le importaba, lo importante era su propio placer rezumando pureza más allá de las necesidades, conveniencias o escasez de medios, se movía disfrutando de la particular sabiduría de los músicos, el mundo, su mundo, era tan sólo eso, presente y música, sensaciones a flor de piel que nada tenían que ver con las esforzadas vidas del resto de los humanos, ¡qué felicidad! Luego tocaría llegar a casa y trajinar con cuestiones mucho más prosaicas y menos agradables, aquellas que tienen que ver con el vivir de los adultos, tan alejadas del placer y el disfrute, un inconveniente para todo aquel que es joven o se quedó en su juventud obsesionado con intentar no hacerse mayor, por aquello de la integridad y las cosa auténticas, en fin, algo bastante borroso para quien no quiera entenderlo.

¿Es necesario consignar que músicos callejeros y muchacha eran de color? Otra cosa, ¿es el origen o el color de la piel el motivo principal para que tantos se reúnan para bailar, cantar, hacer música, pasear, conversar y disfrutar del domingo en Central Park? ¿Tienen que ver esas reuniones y “celebraciones” con alguna cuestión étnica o social… allí, entre el gentío, los árboles, el sol, el aire libre y la ausencia de horarios, donde uno puede ser feliz olvidando o intentando olvidar… al margen de vidas y azares dejados en suspenso en otro lugar?

Son esas pequeñas cosas las que mantienen muy alto el pulso de una ciudad permanentemente sumergida en un bullicioso, complejo y fluido caos, estimulante tanto para nativos como para extranjeros, millones de vidas abandonadas a un descarnado y continuo esfuerzo y a la vez suspirando por una porción de suelo a la que no todos pueden acceder, esfuerzo en el cada cual se deja la piel sin saber si obtendrá recompensa. Sólo el poder de esas pequeñas cosas puede llevarte de la mano durante la semana y depositarte descansando al final, en un domingo de ocio, música, paseo, baile o conversación -tal y como sucede en todos los parques-… hasta que llegue el resto, que es más, otra semana y su frenético transcurrir, otro horizonte desplumado de alegrías pero plagado de planes y futuros sin futuro; una población pulverizada en millares de gotas insuflando su aliento a un sinfín de trabajos en el que la mayoría se diluye aferrada a los puestos más básicos y fundamentales de la ciudad, tan visibles como cercanos: desde oficiales de aduanas a barrenderos, desde policías a camareros o recepcionistas, desde conductores a operarios de mantenimiento, transportistas, repartidores, dependientes, empleados de empresas de seguridad o de turismo… tantos y tanto que una vez que caes en la cuenta de su número y te habitúas a verlos y sentirlos acabas preguntándote ¿por qué son tantos? ¿Qué sucedería si dieran un paso adelante y se detuvieran, la ciudad se pararía por completo, y entonces…?

Publicado en Viajes | Deja un comentario

(USA) 5. Noche

Estamos en Dumbo oyendo, viendo, sintiendo y prácticamente respirando con cada centímetro de nuestro cuerpo mientras el agua del East River muere mansa en la orilla, a nuestros pies, pero no parece agua, sino una lámina oscura salpicada de reflejos plateados sojuzgada, en una especie de condena rutinaria y predecible, por la abrumadora carga de una humedad que nos confina, también a nosotros, en contra de nuestra voluntad hasta casi convertirnos en auténticos anfibios, obligándonos a respirar por cada poro de nuestra piel; la insólita y mortecina placidez de la oscura lámina que nos separa de la isla pinta forzosa porque es impuesta sin condiciones, a todo lo que se mueve esta noche por la superficie de esta tierra, con tan solo la vista como único sentido capaz de desasirse y volar intentando alcanzar las estrellas. No tenemos otra opción, charlamos, paseamos o permanecemos quietos enfrentados a la silueta de una ciudad dibujada en negros y sombras perforadas por una infinidad de brillos y resplandores empeñados en una extenuante porfía por gobernar la noche, toda la escena contenida en la densa gelatina de una humedad que es algo más que saturación del aire, no hay gas. Manhattan y los que contemplamos su perfil desde la otra orilla, el río y el aire que nos sofoca formamos una única argamasa, casi puede decirse que a pesar de las distancias estemos definitivamente en contacto, sin “atmósfera” que nos separe; se me ocurre que esta agua no puede ser refrescante, la densidad del aire la ha despojado de sus habituales cualidades, está allí sólo como un espejo mudo e inquietante caprichosamente salpicado por millares de destellos cambiantes, vuelos indescifrables insinuando la negra superficie. Esa pesada sensación de proximidad tan difícil de describir soslaya la cesura que el río impone, si prolongáramos la mano los dedos tocarían los edificios de enfrente y nuestro oído es incapaz de distinguir matices recluido en el interior de un oscuro y sordo murmullo general que hace que aquello sea esto y esto aquello. Y entre la misma contemplación pasa un barco-fiesta o barco-disco, o barco-sala de fiestas en el que pueden distinguirse luces y gente bailando y bebiendo también al alcance de nuestras manos, protagonistas de un entusiasmo compartido que más que diferenciar un nosotros y ellos nos hace sentir que el instante y la noche son los mismos y que la única diferencia es el lugar que ocupamos en la superficie del mismo cuadro.

Publicado en Viajes | Deja un comentario

(USA) 4. Columbus Park

En un buen día en Columbus Park puedes y no puedes sentarte, por si molestas -a mí me suele suceder eso- o no debes; también puedes preguntarte por qué te vas a sentar precisamente allí, no, no es porque no existan lugares para hacerlo o no sea posible, te lo impidan o te encuentres con problemas, sino porque probablemente no hallarás ningún sitio libre donde depositar tus posaderas, y ello tras reconocer que la primera impresión es la de estar en otro mundo en el que, sin que nadie te diga absolutamente nada, parece más conveniente o mejor observar e intentar pasar desapercibido, cuestión de respeto y porque tu paso por allí será más emocionante si es discreto. Aunque parezca sorprendente Columbus Park debe albergar el mayor porcentaje de ancianos al aire libre por metro cuadrado de toda la isla, imagino que bastante más que en cualquier otro punto de Manhattan; señoras y señores mayores y muy mayores, pequeños, sonrientes o muy enfadados, charlando, descansando, viendo, leyendo, jugando a las cartas  -al mahjong, al ajedrez chino o algunos de esos juegos orientales a primera vista tan difíciles de entender-, discutiendo, cantando, bailando… bajo esa especia de pagoda oriental que forman los árboles en otoño sobre la plaza. Y si tienes suerte verás trabajando en la acera o junto a las rejas que rodean los jardines a algún zapatero o afilador de los que creías extintos, artesanos del siglo XIX, sí, como la última vez que estuviste por aquí.

Después te alejas despacio cotilleando en las tiendas de souvenirs y en los puestos callejeros de frutas, compras un coco para saborear el agua y te decepciona su sabor porque es agua, no coco; cargas con un par de cosas que nunca habrías imaginado comprar o dudas entre un masaje en los pies o en la espalda, no, mejor no, y luego, tal vez mucho más tarde u otro día cuando, sentado en algún parque o terraza, te fijes en la gente que pasa a tu lado caerás en la cuenta de que hace tiempo que no ves un anciano caminando por la calle, que no recuerdas haber visto alguno ni antes ni después de Columbus Park, lo que te obligará a preguntarte ¿por qué no se ven ancianos en Manhattan? ¿esta ciudad no admite gente mayor, tal es su ritmo o exigencias? E intentarás regresar a esa pequeña china a miles de kilómetros de China que, curiosamente, será el único lugar que recuerdes de Nueva York donde pudiste ver ancianos.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

(USA) 3. La mujer de verde

Otra mañana entre la relativa prisa para no perder el tren, casi siempre es el siguiente, y la convincente seguridad de que llegarás, no hay que sacar las cosas de quicio, siempre llegamos a tiempo. Mientras caminamos ocupando de lado a lado las anchas aceras, acariciados por la escasa brisa que se escurre entre las calles, vamos dando un repaso a los pocos planes previstos, son unas pocas manzanas y muchos árboles hasta la boca más cercana, donde enfilamos las escaleras hacia el subsuelo de la ciudad; a los pocos escalones recibimos de lleno el sopapo de la humedad que en estos días nos acosa sin tregua, aquí abajo no hay brisa ni sombra, sólo calor y más verano que dilata nuestra piel, un túnel dentro del túnel, ante lo que el cuerpo reacciona rompiendo de inmediato a sudar; vuelves a quitarte de la cabeza que regresar a la carrera a la ducha no es la solución, sería el cuento de nunca acabar, así que continúas intentando que los sucios, grises y blanco-grises de los pasillos no acorralen aún más tu voluntad, no hay escapatoria, se trata de un trámite hasta la resurrección al otro lado del río, nuevamente a la luz de la mañana. Te sientes encerrado pero todavía no agobiado, en camino, ya es algo, pruebas a distraerte con lo mucho que te gustaría hacer hoy y la escasa preocupación porque no sea, que al final el tiempo no llegue, sabes que no son necesarias las prisas, la ciudad, que se va convirtiendo poco a poco en conocida, no necesita prisas, estaba aquí antes de que tu llegaras y tampoco tiene previsto irse, no hay otro posible emplazamiento. De nuevo el lector de tarjetas, que esta vez funciona a la primera, GO; ahora viene la ligera inquietud por si ese que estás oyendo es el tuyo, tampoco sabes si va o viene, o era de paso, quizás un express, y sin darte cuenta aprietas el paso, miras hacia atrás para meter prisa a los otros y sin apenas advertirlo pasas junto a ella, con el tiempo y la atención suficiente, mínimos, para reparar en que aquel sobrio destello no estaba allí ayer, y sin embargo puedes decir que no es normal; cuando vuelves la cabeza sin tiempo para pararte confirmas que sí, has visto bien y sigue exactamente en el mismo sitio, en la misma posición, tomas una instantánea mental porque intuyes que aquello no se volverá a repetir, tal vez pase mucho tiempo, o nunca. Para cuando desciendes el siguiente tramo de escaleras te mueves casi automáticamente -otro más que se va-, pero no te importa, vuelves a girar la cabeza y desde abajo la reconoces en el mismo lugar, igual de erguida, no, no es eso, no es erguida, está ahí tal como es, ensimismada en su teléfono móvil, esbelta, elegantemente sencilla, desde el último cabello de su enorme y negro moño de trenzas africanas, más negro que el brillante y oscuro color de su piel, hasta las puntas de sus blanquísimos zapatos de tacón alto que, juntos, unidos o pegados, da igual, la soportan como si fuera un cariátide griega apuntalando su propia belleza, perfilada por un vestido de tonos verdes y amarillos, más claros y más oscuros, que colorean la tela de arriba abajo y viceversa; una hermosa y sobria estatua de carne y hueso, aún más alta y delgada, o no, ya lo dudas, absorta en su rutina, que en medio de tantas prisas, sudores y suciedad desenfoca la vista de los viajeros, no los alegra ni los perturba, los hunde más en la penuria del aquel anodino ambiente subterráneo iluminando con su sola presencia toda la parada, una efímera e imborrable imagen que para los afortunados como yo representa un canto a la exclusiva cualidad de lo eterno que sólo algunas personas consiguen transmitir con su sola presencia. Vuelves a la realidad intentando adivinar si estás en el andén correcto, Uptwon o Downtown, y cuando tu tren llega y te dejas caer en la frescura del asiento libre que te ha tocado el tran tran de la marcha va meciéndote mientras buscas en tu cabeza el reposo necesario para volver a repasar y saborear el placer que acabas de tener al alcance de la vista, intentando que no desaparezca ni el color, ni el trenzado, ni el blanco, ni el calor, ni la imagen que, probablemente habrá cobrado realidad y ya estará en movimiento hacia el mismo mundo pero, como siempre ha sido, en otro lugar.

Publicado en Viajes | Deja un comentario