Música popular

Reconozco que acabé en aquella butaca entre escéptico y curioso, también sorprendido por un lleno que, aunque me habían advertido con anterioridad, no imaginaba; aforo completo desde hacía semanas, y creo que meses.

Un espectáculo sobre Pink Floyd, bueno, un tributo, como se dice ahora, en el que unos músicos interpretan temas de sus grupos favoritos lo más fielmente posible a los originales. Alguna que otra vez había asistido a alguno con no siempre buena impresión, no hay nada más penoso que intentar parecerte y con ello estropear lo que en versión original resuena, a la vista de lo ofrecido, inalcanzable; o quizás fuera que la calidad de los músicos era más bien floja, o el producto original, como ya he dicho, inimitable.

En mi caso Pink Floyd descansa plácidamente en mi juventud, pues hacía ya tiempo de la última revisión y reaudición de los gastados vinilos que todavía conservo; una música unida a mi crecimiento, o directamente mi propia vida, plagada de momentos en los que algunos de sus temas son el dato más importante, la referencia, la clave de recuerdos que ahí siguen, en apariencia olvidados pero todavía dispuestos a ser desempolvados fruto de alguna nostalgia provocada por una noticia, un amigo o un evocación que los mueva del sitio.

Por ello volver a escuchar la música de Pink Floyd era como regresar a un pasado sin revisar, ¿entonces? Curiosidad por la oportunidad y al mismo tiempo comprobar la calidad de los músicos, sin quitarme la mosca de la oreja a la hora de imaginar un parecido decente, muy difícil, sino imposible, según mis precavidas expectativas.

Pero desde que entré en el teatro y ocupé mi butaca el espectáculo más bien estaba en el público, en la expectante inquietud de un muestrario de lo más variopinto de espectadores sin en apariencia nada en común, o sí, la música de Pink Floyd. Imposible establecer un patrón entre los asistentes al margen de la edad, y tampoco, porque también se veían treintañeros tan emocionados como los coetáneos de sus padres que les rodeaban. En el caso de los progenitores el grupo inglés tenía sentido, en el de aquellos se me escapaba; pero en cualquier caso la emocionante esperaba que mostraban sus rostros en nada se diferenciaba.

Como luego comprobé conversando después del concierto, las posibilidades de comienzo del mismo, el tema o los temas iniciales, que yo también imaginé, coincidían en una gran mayoría, da igual a quien preguntaras y su edad, el concierto solo podía iniciarse como el comienzo de uno de sus discos, concretamente el de 1975, como así fue. Hacía más de cincuenta años. Y cuando sonaron los primeros acordes la gente no pudo evitar la emoción y aplaudió, gritó y silbó como si estuviera viendo al mismísimo grupo en directo, tal que si no hubiera transcurrido el tiempo, y nosotros con el.

El espectáculo, más que decente, se desarrolló durante más de dos horas y media sin que la gente perdiera detalle; emocionándose, tarareando en un inglés de por aquí, aplaudiendo porque le apetecía sin aguardar al final o volviéndolo a hacer cuando los primeros compases de temas, visto lo visto, muy, muy conocidos; de cada uno de los presentes, con todo lo que ello significa.

De eso va la música pop, la música popular, con las etiquetas que cada cual le cuelgue en función de determinados instrumentos, sonidos y variaciones melódicas o instrumentales. Sonidos y melodías que acaban convirtiéndose en una parte íntima, y a los hechos me remito, del acervo personal de más generaciones de las que imaginaba; unos temas y canciones que sí puede decirse que traspasaron fronteras y corazones, independientemente de la ciudad o el pueblo y, como no, del país. Sin importar que el idioma fuera el inglés, que el grupo hubiera desaparecido casi cuando algunos de los presentes no habían nacido y lo hubieran escuchado de sus padres, o de sus abuelos, sin que les pasara desapercibido, hasta el punto de hacerlo propio, parte de sus vidas. Es solo música.

Como es fácil imaginar el final fue una fiesta, tanto para el público como para los propios músicos, que agradecieron la entrega y comunión entre unos y otros desde el principio. Y las caras de los espectadores a la salida, como suele decirse, eran todo un poema, no sé si se habrían sentido tan emocionados y felices en otras ocasiones, pero, desde luego, si el aspecto final fue el que en aquellos momentos mostraban, también fueron muy, muy felices.

Esta entrada fue publicada en Música. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario