En una tarde cualquiera en un tren cualquiera la muchacha miraba embobada a los tipos con los tambores que, a lo suyo, parecían disfrutar de su pequeño concierto entre el aburrimiento y la resignación del obligado público del vagón de metro; la mirada de la espigada jovencita no podía ocultar la admiración que en ella provocaban aquellos ritmos, o tal vez fuera el aspecto de los músicos, o exclusivamente la música, suficiente para que, obviando al grupo con el que viajaba, se moviera y cabeceara con una sonrisa de oreja a oreja y unos ojos como platos que no perdían detalle. El trío seguía con su ritmo y ella a su paso, por supuesto no tenía dinero para darles cuando tocara pasar la gorra, pero a ella eso no le importaba, lo importante era su propio placer rezumando pureza más allá de las necesidades, conveniencias o escasez de medios, se movía disfrutando de la particular sabiduría de los músicos, el mundo, su mundo, era tan sólo eso, presente y música, sensaciones a flor de piel que nada tenían que ver con las esforzadas vidas del resto de los humanos, ¡qué felicidad! Luego tocaría llegar a casa y trajinar con cuestiones mucho más prosaicas y menos agradables, aquellas que tienen que ver con el vivir de los adultos, tan alejadas del placer y el disfrute, un inconveniente para todo aquel que es joven o se quedó en su juventud obsesionado con intentar no hacerse mayor, por aquello de la integridad y las cosa auténticas, en fin, algo bastante borroso para quien no quiera entenderlo.
¿Es necesario consignar que músicos callejeros y muchacha eran de color? Otra cosa, ¿es el origen o el color de la piel el motivo principal para que tantos se reúnan para bailar, cantar, hacer música, pasear, conversar y disfrutar del domingo en Central Park? ¿Tienen que ver esas reuniones y “celebraciones” con alguna cuestión étnica o social… allí, entre el gentío, los árboles, el sol, el aire libre y la ausencia de horarios, donde uno puede ser feliz olvidando o intentando olvidar… al margen de vidas y azares dejados en suspenso en otro lugar?
Son esas pequeñas cosas las que mantienen muy alto el pulso de una ciudad permanentemente sumergida en un bullicioso, complejo y fluido caos, estimulante tanto para nativos como para extranjeros, millones de vidas abandonadas a un descarnado y continuo esfuerzo y a la vez suspirando por una porción de suelo a la que no todos pueden acceder, esfuerzo en el cada cual se deja la piel sin saber si obtendrá recompensa. Sólo el poder de esas pequeñas cosas puede llevarte de la mano durante la semana y depositarte descansando al final, en un domingo de ocio, música, paseo, baile o conversación -tal y como sucede en todos los parques-… hasta que llegue el resto, que es más, otra semana y su frenético transcurrir, otro horizonte desplumado de alegrías pero plagado de planes y futuros sin futuro; una población pulverizada en millares de gotas insuflando su aliento a un sinfín de trabajos en el que la mayoría se diluye aferrada a los puestos más básicos y fundamentales de la ciudad, tan visibles como cercanos: desde oficiales de aduanas a barrenderos, desde policías a camareros o recepcionistas, desde conductores a operarios de mantenimiento, transportistas, repartidores, dependientes, empleados de empresas de seguridad o de turismo… tantos y tanto que una vez que caes en la cuenta de su número y te habitúas a verlos y sentirlos acabas preguntándote ¿por qué son tantos? ¿Qué sucedería si dieran un paso adelante y se detuvieran, la ciudad se pararía por completo, y entonces…?