Sucede

Sucede a veces que sin saber por qué miras o piensas en esa persona que sueles tener al lado o convive contigo y dudas de que sea la misma persona que siempre has creído conocer, casi como la palma de tu mano, pero ¿y si no fuera así? ¿y si estuvieras equivocado? porque en ese momento no dispones de ninguna prueba fehaciente que te asegure que esa persona es como tú la ves y la piensas, sólo hábitos, rutinas y sobreentendidos ¿qué te oculta? porque evidentemente ella no eres tú y tal vez no siempre te diga lo que hace o piensa… de pronto llegas a alarmarte porque de un manotazo decides que tales disquisiciones son totalmente infundadas. Aunque no, no se trata de un asalto en toda regla contra tus convicciones y certezas más profundas, y así, más turbado que relajado, te atreves y comienzas a imaginar qué sucedería si descubrieras que te has equivocado, que la persona más próxima a ti, o que vive contigo o con la que has decidido empezar a convivir mañana mismo en realidad no es la que siempre has creído que era, ni siquiera es la que te habría gustado porque acabas de darte cuenta, detalle tras detalle, de que está muy alejada de ti, no un poco sino en todo regla, hasta en las cosas más pequeñas, y tienes la incómoda sensación de que planeáis montar o habéis construido en común una convivencia que si te la hubieran augurado antes de producirse habrías respondido sin dudar que era completamente imposible. Pero curiosamente ese inesperado imposible es tu presente a día de la fecha y si intentas ir más allá no encuentras ni tienes nada ni nadie que pueda decirte o afirmar lo contrario, es tu vida, la que tu entorno siempre aceptó a partir de tus propias decisiones de adulto consciente, ellos ahí no tenían nada que hacer ni decir, es más, lo que habéis levantado esa otra persona y tú ahora resulta que cuesta desmontar de la noche a la mañana, no es que vaya mal, incluso todo lo contrario, lo que ocurre es que ahora te gustaría intentar reconducirlo o al menos disponer de pruebas más sólidas que te confirmen que, a pesar o en contra de estas sorprendentes y recién descubiertas revelaciones, elegiste bien, aunque ahora mismo toda tu vida te parezca casi un disparate incomprensible. De pronto todo lo que hasta hoy había funcionado, incluso en contra de ti mismo, o de vosotros mismos, aparece como secundario, porque no era lo que al menos tú querías; esa otra persona no está ahí en ese momento y no puedes preguntarle, sería su palabra, no la tuya, y temes reconocer que tampoco es necesario porque su respuesta no es importante, el problema, si puede decirse tal, lo tienes tú, ella no ayudaría con su opinión. ¡Bah! ¡qué tontería! pero no, no te convence tu nuevamente repentina y airosa salida y caes en la cuenta que desde el principio sucedieron cosas y hubo detalles que sin estar planeados o ser deseados, al menos por ti, fueron cruciales para que vuestros caminos convergieran, primero casualmente y después de forma inconscientemente voluntaria. No, la situación no mejora, al contrario, se complica, por lo que desechas tanta elucubración y vuelves a buscar en el presente común puntos de apoyo -hasta los más pequeños- que te muestren una realidad consistente que se imponga a tanto desvarío; te quedas más tranquilo, ¿seguro? Claro que sí, porque no existe una vuelta atrás ni posibilidad de rectificación, pero sí de mejora, tú también has ido cambiando, de ahí tu extrañeza, luego las valoraciones a posteriori vienen a cuento, aunque cueste aceptarlas y encajarlas en el presente -¡ah! siempre es lo que uno CREE-, por eso has de entender y aceptar que desconoces quién es la persona que te acompaña, no la tienes delante pero estás seguro de que cuando la vuelvas a ver y le mires a los ojos desecharás toda convicción y sentirás que te asomas a un umbral desconocido amueblado con tus recuerdos y creencias personales, una entidad con rostro familiar que inconscientemente has ido creando día tras día a partir de tu propia y exclusiva concepción de la realidad, el mundo y tus deseos, nada nuevo.

Así que ya lo sabes, mañana te tocará levantarte y decidir si rompes con tu vida a partir de lo que has descubierto, porque no es lo que tu querías o en algún momento quisiste, o continuas con ella a sabiendas de que tampoco ahora sabrás cómo reconducirla con acierto, tal vez no merezca la pena, o sí, tanta revelación cansa y uno no cree estar para volver a empezar -pura pereza-; bueno, déjate un margen, a ver qué pasa mañana, sólo queda seguir viviendo. ¿Qué te creías que estabas haciendo?

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El lobo

De la magistral película de Scorsese pueden destacarse muchas cosas y sin embargo quedarse con la impresión de que falta algo más que decir, porque probablemente un nuevo visionado de la misma haría que salieran a la luz más detalles, momentos pasados por alto o algún otro ¡cómo no me di cuenta! Algo normal tras caer vencido por una frenética catarata de imágenes y escenas que en más de un caso será difícil olvidar y que, sin ningún tipo de problema, podrían pasar a la misma historia del cine. Por eso hay que verla.

Pero me gustaría destacar varias cuestiones que, sin ser alguna de ellas parte o escenas de la propia película, dan para más de una reflexión que creo interesante.

Primera (localista y casposa y quizás la que menos tenga que ver con la película). Este vilipendiado y saqueado país echado a perder por la corrupción y los políticos, que no la política, y desarmado por un sucedáneo de gobierno formado por ex-seminaristas y adelantadas de acción católica adornadas con peineta y mantilla está sufriendo un deterioro social que cuesta entender, la situación es tal que si la actual cuadrilla que mangonea en la dirección del país -la misma que sigue intentando implantar una nueva ley del aborto que es la vergüenza de Europa y ha impuesto unas leyes contra las manifestaciones de la ciudadanía en la calle que recuerdan a un estado totalitario- fuera dejada a su santo albedrío a la hora de decidir e imponer el tipo de Estado de su gusto, la película de Scorsese no se podría haber visto aquí por impía, grosera, blasfema, materialista y amoral, porque muestra todo lo contrario de lo que, según ellos, debería ver una ciudadanía temerosa de Dios y obediente con sus pastores; los españoles nos habríamos quedado sin lobo porque existiría una censura en toda regla y este tipo de libelos, producto diabólico de un mundo sin fe, desorientado y materialista, no mancharían la moral infantil del catolicísimo pueblo español.

Segunda. Una de las mejores cosas que tiene la película es la fuerza salvaje de un guión llevado a la pantalla sin recato ni comedimiento en una exhibición vulgar, grosera, machista y zafia de un mundo que ni mucho menos ha pasado a mejor vida, las circunstancias actuales tal vez lo hayan relegado a la “intimidad”, no son tiempos para la ostentación, pero ni mucho menos lo han eliminado para siempre, está ahí, siempre ha estado ahí, aguardando el momento de regresar a una fiesta bestial, explosiva e irracional a costa de un nuevo expolio de más gente con memoria corta y codicia desmedida.

Y tercera (otro de los magníficos aciertos de película). Los rostros y aspecto de palurdos que gastan y venden los protagonistas y que en general también exhibe un portentoso Leonardo DiCaprio. Porque a uno le puede conformar la idea de que quienes montaron esta última y catastrófica crisis a partir de la nada fueron tipos estirados, listos y elegantes, tal que clones de Gordon Gekko, pero no, el mundo no tuvo la suerte de ser engañado por ejemplares de aspecto elegante y gusto exquisito, probablemente porque no existen, son otro de los inventos del cine, sino por catetos avispados descendientes del más puro trilero charlatán y caradura, bribones que con un par de brochazos adecentan su lengua para que el incauto de turno no se fije en otra cosa cuando, plantados en la puerta de su casa, le intentan vender y le venden un simple bolígrafo; un auténtico éxito, porque ese primo estafado que se relame embobado en su propia estupidez ha olvidado que no sabe escribir.

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Dakar

Dakar no aparecerá para quien busque un lugar llamado Dakar en el itinerario fantasma de esa especie de engendro moto-mediático que insaciablemente se repite cada año, claro, no deja de ser una etiqueta que como la de cualquier marca vendible intenta atraer a algunos o muchos al sofá, salen coches y motos, también camiones -o cualquier vehículo autopropulsado con derivados de petróleo al que se le pueda pegar un adhesivo publicitario-; pero hay otro inconveniente, usted no podrá verlo en directo porque, dicen, sucede en la otra punta del mundo, y para confirmarlo, siempre según la prensa y los medios audiovisuales, le muestran tipos solitarios conduciendo por ningún sitio motores de explosión forrados de pegatinas, u otros tipos reparándolos -luego parecen de verdad-. Como todo videojuego el invento se apoya en una escenografía bastante realista y está sujeto a ciertos riesgos reales -¡ojo!- que tratan de lustrar con una patina de fiabilidad el propio circo, y si por desgracia se producen víctimas, también reales, éstas, de pronto tan queridas como precipitadamente desconocidas, reciben sus minutos de gloria post mortem pasando automáticamente a engrosar unas estadísticas y una épica absurda carentes de todo sentido.

Sin necesidad de echarse a llorar por los tiempos en los que el Dakar se hacía terrenal y los aficionados -que supongo los habría- podían ver y tocar a sus héroes metálicos sobre ruedas, también a los tipos que los conducían, hoy tal sello es un exclusivo dinosaurio mediático obligado a reinventarse de la nada hacia la nada, porque sin prensa ni televisión el Dakar no existiría, no hay público, es sólo un videojuego cutre al que usted tampoco puede jugar, o sea, humo, ¡puf! Sin porqué, terrenal o metafísico, queda la justificación principal de tal desatino, a saber, una gigantesca campaña publicitaria que llega a cualquier parte del mundo al margen de demandas y expectación, un montaje publicitario hueco e inservible excepto para quienes se dedican a hacer caja al final a costa de una publicidad salvaje e indiscriminada que encarecerá lo suficiente como para generar pingües beneficios el helado que tanto nos gusta o el producto que, relacionado o no con el motor, adquirirá inconscientemente guiado el inocente usuario. Como no existe competición posible que pueda seguirse o con la que emocionarse la empresa vende -ni quiero imaginarme los precios- producciones enlatadas similares a aquellos Cómo se hizo tan de moda hace unos años en los que se destripaba todo el proceso de producción y realización de una película. En los Cómo se hizo del Dakar, que en este caso y por necesidades del mercado son diarios, se muestra que detrás del videojuego existen personas de carne y hueso que sufren y se fatigan, que pasan privaciones y son maltratadas por la cruel naturaleza, supongo que se me escapan algunas fibras técnicas que obligatoriamente habrá que tocar para sujetar al sufrido espectador que tropieza en su zapping diario con tanto motor y desierto sin fieras; también vienen bien para recubrir de oropel el negocio frases lapidarias, que los medios se encargan de propagar a los cuatro vientos, masticadas por tipos duros de una sola dirección a los que sólo los muy fieles reconocen, tales como “si todos llegaran a la meta esto no sería el Dakar” (?) -¿qué te creías? forastero, jo, jo, jo.

El Dakar probablemente salió pitando de Dakar porque los buenos y dóciles africanos se cansaron de ver a pasar por el patio de su casa a toda pastilla tanto tipo aburrido y sin nada que hacer, destrozando y atropellando todo lo que salía a su paso, y decidieron pedir algo a cambio, o más, nunca se sabe -¡codiciosos!-; sin respuesta que echarse a la boca y hartos de las, imagino, sucesivas demoras u occidental indiferencia por parte de los dueños del negocio, estos africanos impacientes optaron por desviarse por la tangente y amenazaron a todo quisque con lo que tuvieran más a mano, y como los cauces democráticos o económicos de pacificación no funcionaron una vez más y los peticionarios seguían con sus pies fuera del tiesto y sin dar su brazo a torcer, lo que hacía que los organizadores y publicitarios dejaran de ganar dinero, los dueños del invento decidieron unilateralmente dejar a los africanos abandonados a su irracionalidad, intransigencia y falta de gusto o progreso y emigrar a otros lugares con menos pretensiones o, visto lo sucedido, con exigencias fáciles de solucionar si los negocios se hacen bien y a tiempo, evitando errores o intangibles antes pasados por alto.

Probablemente por eso el Dakar tuvo que emigrar a Sudamérica, una zona del mundo que, como ya imaginaran, no es que ande muy boyante -no se fueron a Canadá, Rusia o Estados Unidos, donde existen grandes espacios abiertos, sería muchísimo más caro; tampoco Asia era buena idea, demasiada gente y demasiados conflictos-, negociaron unos acuerdos a largo plazo que pudieran amortizar con seguridad y vuelta a empezar, pero no podían quitar la pegatina original, no sea que la gente se perdiera y hubiera que comenzar de nuevo con otra larga campaña publicitaria de introducción. Por fin había por dónde continuar a la hora de sacar tajada de tanta engañosa necesidad de aventura de tanto menesteroso, aburrido o inadaptado impaciente por satisfacer unas ansias de notoriedad que sólo sirven para ocultar carencias, como si la vida diaria no conllevara un plus de riesgo incorporado, sobre todo para intentar, saber y poder entenderse con el de al lado, que al igual que uno siempre tiene algo que decir y le gusta que le escuchen. En la soledad de la naturaleza no hay que discutir ni aguantar a nadie, la naturaleza sencillamente se deja hacer o se aguanta y los héroes disfrutan como críos mostrando al mundo sus egoístas habilidades, eso sí, bien guardados en la seguridad de un gran aparato medico-asistencial inaccesible e inimaginable para el resto del mundo -¡toma ya!- pagado por unas empresas a las que sólo les interesa vender lo posible y lo imposible, lo vendible, invendible o inservible a costa de televidentes alucinados o sencillamente aburridos. Tampoco cuesta mucho imaginarse a pringados rascándose el bolsillo por salir en la tele e intentar dar un mordisco al melón.

Poco más, acabará la prueba, se cerrará el tenderete y comenzará el recuento de beneficios y la planificación al alza del negocio para el año que viene.

NOTA. Y por si no oliera ya suficientemente mal tal engendro moto-comercial sólo faltaba la esplendorosa torpeza de este año, en el que pasándose por el arco del triunfo cualquier simulacro de competición -hasta tal punto llega el descaro-, amañaron los vencedores por vaya usted a saber qué acuerdo suscrito entre bastidores que, por supuesto, jamás nadie se preocupará de explicar sin mentir, ni siquiera por simple vergüenza o un poco de respeto hacia los pocos incautos que todavía se tragan semejante despropósito.

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Llewyn Davis

Probablemente el público al que sólo le gusta ver cine comercial se aburrirá en Llewyn Davis, los que se lo pasan en grande entre tiros, persecuciones, explosiones y acción a tutiplén no encontrarán, ni mucho menos, nada interesante en la película; aquellos que prefieren que les cuenten una “buena historia” -siempre según su personal concepción de lo que es una buena historia- tampoco se hallarán a gusto, tampoco los entusiastas de los efectos especiales, ni los que se deleitan descerebrándose con películas complicadas que, sólo más tarde y tras una digestión relajada, te permiten ir atando tanto cabo suelto. No es una película para los que gustan del cine con mensaje, reivindicativo, solidario, difícil, alternativo o se pirran por refritos pseudocinematográficos de autor; tampoco puede verse como cine familiar, ni de aventuras para todos los públicos, épicas o futuristas. Tampoco es cine infantil. ¿Entonces? se preguntarán ustedes.

Llewyn Davis es una película que atraerá a mucha gente principalmente porque es “otra de los hermanos Cohen”, y si usted sabe por películas anteriores de esta pareja tan particular -guionista y director- imaginará  de antemano que va a asistir a una producción muy personal a la que es mejor no ponerle condiciones de partida ni suponerle expectativas que sólo puede proporcionar el visionado in situ, valen las recomendaciones si el recomendador es de fiar o tiene unos gustos que usted sabe que comparten. La misma pregunta que antes ¿entonces? ¿de qué va la película? ¿tan rara es? Ni mucho menos. Llewyn Davis es una película que cuenta la pequeña historia de un hombre pequeño que, como todos los hombres, desea encontrar su lugar en el mundo y ser reconocido por sí mismo, por lo que siente y por lo que, para bien o para mal, cree que sabe hacer mejor, en una suerte de todo o nada que implica vivir al límite a costa de mantener en alto esa especie de dignidad que a todos nos gusta creer que poseemos, aunque sólo sea por el hecho de haber nacido y tener que ocupar algún lugar en este mundo tan desagradecido. No hay mucho más, dejarse llevar por la película, emocionarse o aguardar a que pase algo más interesante, removerse en la butaca o suspirar intrigados por la siguiente escena en un ofrecerse a lo que estás viendo que no requiere nada a cambio, porque, como bien saben ustedes, hay mañanas en las que preferiríamos no levantarnos de la cama y otras en las que nos sentimos los hombres más afortunados del mundo, o al menos seguimos vivos y obligados a lustrar nuestra esperanza.

De su realización, del excelente trabajo de su protagonista y de los estupendos secundarios que dan consistencia a la cinta formen ustedes mismos su opinión, no tienen más que ir a verla.

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Viejas novedades

Desgraciadamente tendemos a pensar que el mundo de mañana será mejor, porque de algo servirá al fin lo aprendido, se superarán costumbres y visiones antiguas o desfasadas, se solucionarán problemas que parecían endémicos y las nuevas generaciones, gracias a su vitalidad, sabrán dar el golpe de timón necesario para que dejen de producirse los nefastos retrocesos y tantos e incomprensibles pasos hacia atrás, la inteligencia de la juventud que viene pondrá muchas cosas en su lugar correspondiente. Pues no es cierto, la juventud que viene hace lo que le da la gana, y la cuestión que suscita su real gana es ¿saben lo que hacen y son dueños de su gana?

Todo esto viene a cuento porque uno creía superados ciertos hábitos demasiado, digamos, rígidos, reproducidos generación tras generación sin preguntar ni cuestionarse su pertinencia u obligatoriedad; algunos todavía suspiran por su pronta o definitiva eliminación, o tal vez un simple arrinconamiento en aras de una mayor espontaneidad y naturalidad en el trato y las costumbres. Suposiciones ridículas. Uno de los temas en permanente revisión es la vestimenta, en concreto su uniformidad o la obligación de repetir ciertos patrones que la mayoría encontrábamos ya aburridos en nuestra lejana juventud, cosas de gente entrada en años con poca iniciativa y escasa capacidad de renovación, resultaba curiosa la docilidad con la que las personas se enlataban en trajes y vestidos imposibles para asistir o mostrarse en determinadas situaciones sociales, algo que siempre parecía demasiado severo o caduco, o que sencillamente a algunos nos pillaba demasiado lejos, nosotros no seríamos así, nuestra libertad de hacer lo que nos viniera en gana sin perder el respeto podría con todo, hasta con las normas más vetustas y encorsetadas hacia las que nos inducían nuestros padres como algo inevitable si uno quería moverse o vivir en sociedad como una persona normal o decente, que venía a ser lo mismo. Pero estas pasadas fiestas me han vuelto a demostrar que uno puede equivocarse una y mil veces y que las sorpresas no dejan de sucederse, para peor, porque ocurre que aquello que también creía abandonado o francamente superado vuelve con un cariz revisionista, acrítico y casposo que probablemente tiene que ver con la reaccionaria vuelta de tuerca en las costumbres que está procurando esta crisis dirigida. En estas últimas y festivas noches los sobresaltos se reproducían en cualquier esquina en forma de jóvenes y menos empaquetados en americanas decimonónicas junto a jóvenes y menos encorsetadas en vestidos despampanantes -tal que sus madres- aupadas sobre altísimos tacones destroza pies pasando frío en aceras desangeladas junto a bolsas repletas de alcohol barato y refrescos comprados en el 24 horas más cercano, aguantando, tiritando o calentándose bebiendo ante la puerta de una sala de fiestas a la que tenían prohibido acceder -por ser menores de edad en parte- y porque, salvada la particular y aleatoria criba de la entrada y una vez dentro, la boca se secaba y había que regresar a la fría noche igual de trajeados y engalanadas para sorber un par de vasos de plástico antes de volver a entrar suspirando porque el reloj alcanzara cuanto antes el amanecer. Formas diferentes de divertirse, dicen.

Estos contrastes, al margen de parecer curiosos o divertidos, no dejan de ser deprimentes o grotescos, tanto da, porque, qué capacidad de reacción muestran estas criaturas si su solvencia crítica y su capacidad de enfrentarse a ciertos convencionalismos se limita a mimetizarse disfrazándose de severidad -ignoro el criterio o los objetivos- para malvivir en la orilla de la miseria frente cristaleras empañadas que cobijan en su interior a otros más afortunados en cuestiones económicas que ya comienzan a mirarlos por encima del hombro. ¿Mendigan un hueco al otro lado del cristal?

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Año Nuevo

De vuelta a casa las ganas de fiesta se habían evaporado, ya no le apetecía seguir porque no dejaba de maldecir, maldecirse, odiarse y renegar incapaz de separarse de su cabeza, preso de ella y sus condiciones, las que en todo momento le eran impuestas sin su consentimiento -cada vez estaba más convencido de ello-, su maldita cabeza, la misma que dirigía sus pasos y su vida; y volvía nuevamente hacia atrás, hacia la casualidad que le llevó en los primeros minutos del año tras aquella hermosísima mujer depositándolo en el rellano de una escalera, ante la puerta de su casa, tiranizado por un deseo al que no se sentía capaz de contener por mucho más tiempo, obligado por sus manos, que seguían necesitando más de lo que podían tocar y sin capacidad ni tiempo para saborear, en un frenesí de pasión y violencia en el que la confusión de sus sentidos era tan completa que casi estuvo a punto de verterse allí mismo, otra vez, en aquel rellano un poco descuidado, nunca habría dicho sucio porque su resplandeciente belleza  disimulaba la mugre iluminando el mundo, y si la había probablemente sería simple desatención y una agenda demasiado apretada que no dejaba tiempo para elegir con cuidado el lugar dónde habitas, y mucho menos si se habla del rellano de una escalera. Pero ahora, bastante después, sí era capaz de apreciar los detalles que antes fueran circunstancias completamente prescindibles, adornos forzosos que suelen ocupar los rincones del camino hasta la cama y que uno mismo, aún doblegado por el extravío que tanta belleza procura, se permite mecánicamente rastrear tal que referencias mínimas para saber por dónde anda, por si hay que salir por piernas.

Tanto ardor, tanta turbación, tal grado de excitación sufrió un segundo golpe, al que tampoco entonces quiso dar importancia, cuando al abrir la puerta del piso tropezó con una bolsa de basura sin cerrar que desparramó por el suelo un variado surtido de desperdicios humanos entre los que sobresalían platos a medio comer -algunos pintados con los restos de líquidos de estercolero-, colillas de cigarrillos, toallitas de maquillaje o mondaduras de alguna fruta tropical. Además, aquello olía francamente mal -un estómago más cuerdo hubiera gritado inmediatamente-, no como su supuesta propietaria, tan cautivadora como embriagadora y sugerente; de camino a lo que imaginaba sería la alcoba, hacia la que ella le tutelaba sin apartar los ojos de los suyos -sabia conocedora del terreno-, los olores comenzaron a mezclarse de igual a igual con la excitación, allí apestaba, notaba cómo se le pegaban las suelas de los zapatos al suelo y en un acto inconsciente desistió de la intención inicial de descalzarse, optando sabiamente por no hacerlo hasta llegar a la cama, supuesto destino de aquel cotarro. Volvió a tropezar, esta vez con un cubo lleno hasta el borde de un agua negra amenazante que se tambaleó a punto de derramarse, no tuvo tan mala suerte, la puerta de la alcoba se abría por fin cuando sus pantalones ya venían arrastrando por el suelo. Ella seguía sin desnudarse por completo, moviéndose lasciva con la falda arrollada en la cintura, no hacía falta más, pero cuando, dándose ágilmente la vuelta, le empujó sobre la cama no pudo advertir las tostadas que llenaban las copas de un sujetador abandonado entre el edredón desecho bajo una pila de almohadones y cojines decorados con lamparones de diversa procedencia, y cuando se sintió cara al techo, con las migas y los restos de mermelada clavándosele en la espalda, mientras ella supuestamente se quitaba las bragas, tampoco pudo evitar repasar en un rápido vistazo la estancia, no es que hubiera suciedad por descuido o constante ajetreo, comparado con aquello la leonera de la que le acusaba su madre de tener convertida su habitación cuando todavía vivía con sus padres era el baldaquino de Brunelleschi en el Vaticano; alimentos a medio comer abandonados en la cama y el suelo, botes de refresco olvidados en la mesilla de noche, cercos dejados por fluidos de los que nadie en su sano juicio querría saber en sábanas y paredes, algún condón usado y manchas sólidas de humedad más antiguas que la inquilina, y una lámpara churretosa ocupada por una bombilla mugrosa de apenas cuarenta tristes y decepcionantes vatios que convertía la habitación una guarida sojuzgada por las sombras, lo que de repente impedía distinguir el rostro de una mujer que ahora se le sentaba encima, ya sin bragas, pidiéndole más guerra.

Pero la batalla final no tuvo lugar, la aprensión y el asco que le atenazaron la garganta y la polla fueron memorables, el estómago aguantó de entrada, no vomitó, pero su polla quedó derrotada en decimas de segundo, y cuando la arcada resurgía de sus recientes cenizas, justo cuando la cara pintada de aquella estupendísima hembra descendía hasta situarse a milímetros de sus labios, no pudo evitar dar un salto apartándola con violencia hacia un lado y salir disparado hacia la puerta, pero en su desesperada huída no pudo evitar reincidir y volcar el cubo de agua sobre la madera y casi matarse al escurrirse con la basura esparcida delante de la puerta, lo que no impidió que regurgitara en el rellano la primera papilla, un primer envío, el segundo pudo ser contenido y afortunadamente detenido por el aire fresco de la calle que lo lanzó de espaldas a la pared suspirando aliviado e invadido por una placentera sensación de libertad y felicidad de la que no recordaba antecedentes.

Minutos más tarde y de vuelta a casa, hundido entre el jolgorio general por el Año Nuevo, empezaba a maldecir, su sexo volvía a pedirle guerra reprochándole la frivolidad y crueldad con la que había desperdiciado una oportunidad de oro, pero ya no se sentía capaz, maldijo más fuerte, todo por culpa de su madre, sí, su madre y la manía de la limpieza que se encargó de inculcarle desde pequeño y que nunca pensó le impediría echar el polvo de su vida, más o menos, aunque, ahora que lo pensaba, ¿te imaginas lo que tendría aquella tía entre las piernas?

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Artistas

Últimamente estaba consiguiendo un alto grado de naturalidad y franqueza en sus envíos, y aunque había gente que protestaba, sobre todo por hacerse notar -los mismos de siempre, los que suelen tomarse las cosas como ofensas personales-, en general la mayoría había aceptado y llegado a apreciar el tono auténtico y excepcional de su obra, el resultado de un firme acto de valor que por fin había acertado a la hora de encauzar su creatividad a partir de la exclusiva legitimidad de su vida diaria, un paso adelante que no todos estaban dispuestos a dar debido a un absurdo pudor que para otras cosas menos originales y hasta vulgares no era problema, ejemplos de ello los había en abundancia, todo ese sufrimiento gratuito propagado sin escrúpulos a los cuatro vientos en forma de millones y millones de fotografías espantosas, vulgares y ridículas que hacían a sus autores pavonearse como imbéciles de su propia estupidez. Que ella supiera no existían datos o referencias de ninguna otra persona que hubiera alcanzado tal grado de singularidad y valentía en sus envíos, ninguno como los suyos, tan íntimos, quizás un poco violentos o inconvenientes al principio, pero si una quería ser original y atractiva al mismo tiempo tenía que arriesgarse con lo más comprometido, que no era tal ni lo más importante, sino el lógico resultado de la puesta en juego de un indudable coraje para fotografiar lo que todo el mundo en el fondo desea pero nadie se atreve. Ya estaba bien de fotografiar y enviar filetes, flores, montañas nevadas, pescado, puestas de sol, coliflores, torres, bollitos, pasteles, bolsos, tartas, gambones, mascotas o todas esas simplezas a las que la gente suele apuntar la cámara cuando, por ejemplo, se sienta ante un plato de comida bien presentado y que no es el de todos los días, como si las cosas realmente reveladoras sólo sucedieran fuera de una. Nunca había que olvidar la valiosa intuición, esa capacidad especial, tan íntima y personal, de ver el mundo que te rodea, así como tampoco despreciar, sin engaños ni falsa modestia, la importancia del propio cuerpo, ya que el verdadero talento a la hora de ofrecer al público tu obra ha de empezar a trabajar a partir de una misma, proceso lógico que tiene que irse ampliando y mejorando.

Por todo ello sus últimas creaciones eran la consecuencia lógica de su particular proceso creativo, a las fotografías acerca de la ingesta de alimentos, aquellos primeros planos de su boca abierta y llena de comida tan impactantes y efectivos, debían seguir estas otras donde mostrar la salida por la otra parte del cuerpo de los desechos que la ingestión y posterior digestión de aquellos mismos alimentos producía y expulsaba al exterior. Y al igual que ayer las fotografías de hoy no es que prometieran ser especiales, pero eran la obligada continuación, con igual derecho a la permanencia e interés, otro elemento más del que dejar constancia, en su breve y peculiar existencia, antes de que desapareciera por el desagüe de la taza del wáter; abrió pues las piernas y apuntó hacia sus propias deposiciones, los marrones de esta mañana lucían más brillantes y llenos de matices, adornados además por decenas de pequeñas motas negras y verdes, hizo una y luego otra, después, tras comprobar con satisfacción que las imágenes eran claras y nítidas tiro de la cadena, pero antes de limpiarse decidió enviárselas a su público, seguro que también estas les gustarían, seguían siendo igual de originales, únicas, otra manifestación más de su “vis artística”, como solía contestar a sus admiradores. Continuó con las rutinas habituales post defecación, se lavó las manos cuidadosamente y volvió a preparar el teléfono para la siguiente instantánea, y cuando apagaba la luz del baño para proseguir con su día sintió como una punzada de debilidad en su impulso creativo, algo parecido a un punto muerto porque de pronto el aliento y las ideas parecían haber volado y dudaba cómo continuar con su trabajo, era como si una parte importante de ella se hubiera ido por el desagüe de la taza del wáter; retrocedió de inmediato al baño y encendió de nuevo la luz, ante el espejo aparecía su cuerpo desnudo, se giró sobre sí misma y se dobló por la cintura hasta que el origen de su última obra se convirtió en la única imagen en el espejo, suspiró aliviada, había material para rato.

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Borobia

Son las siete y media de la tarde y el templo, en una pequeña capital de provincia, viste  de gris y casi vacío, los bancos salpicados por unas veinte personas, la mayoría mujeres de edad y algún hombre también entrado en años, que inclinan la cabeza ante las palabras de un sacerdote sentado tras el altar, imagino que debido a algún impedimento o indisposición física; el anciano sermonea y conduce la ceremonia entre loas y santos, vírgenes santísimas, ascensiones a cielos excelsos e incomprensibles y profusas menciones a Dios y a su hijo Jesús como único camino para redimirse de esta dura y desagradecida vida que, para nuestro infortunio, nos ha tocado padecer a los hombres. Los feligreses rezan y cantan a las piedras de una construcción no tan antigua como las profecías y supuestas revelaciones que incansablemente difunde su representante, restos de viejas creencias erigidas sobre el temor y la ignorancia y sostenidas por una fe egoísta y maquinal, vestigios humanos sometidos a la tiranía de un absurdo oscuro e impenetrable; una gran parroquia formada por personas que en algún momento de sus vidas decidieron, en contra de todo lo humano, permanecer en la santa ignorancia y el fervor a un cielo que nadie ha visto jamás, llevando cada cual su propia existencia como si fuera una penitencia obligada a la espera de la visión de un Dios particular que probablemente no coincidiría ni siquiera en dos de ellos.

Son las siete y media de la tarde y en el observatorio astronómico de la pequeñísima población de Borobia un grupo de unas quince personas, entre niños y adultos de mediana edad, atienden en silencio al astrónomo encargado que les instruye con verbo diestro y ameno acerca de los progresos de la ciencia y de cómo gracias a la imaginación, perseverancia y trabajo de un puñado de hombres a lo largo de la historia la humanidad ha ido avanzando hasta el actual presente; cuenta también cómo las ciencias del cielo fueron poco a poco abriendo puertas a las generaciones siguientes, destronando mediante pruebas concluyentes e irrefutables a enemigos arrogantes y maliciosos y desterrando supersticiones hasta demostrar mediante evidencias científicas que el origen del hombre, cada uno de los átomos que forman su cuerpo, proviene de las estrellas -algo que suena muy, muy bonito-. El lugar es pequeño y hace frío, pero la atención general ante las maravillas y descubrimientos que sigue desgranando aquel hombre no decae, todo lo contrario, va en aumento a medida que se va aproximando el final cuando, tras sus inteligentes y certeras palabras, el guía invita a los presentes a observar a través del telescopio, uno a uno, el increíble espectáculo de las estrellas en una comunión única entre la grandiosidad del firmamento y la valerosa insignificancia del hombre aquí en la tierra.

Ambas ceremonias se mueven en universos distintos a pesar de ser simultáneas en el tiempo, la primera responde a un mundo antiguo, atrasado y trágico del que apenas ya nada puede decirse hoy y solo cabe aceptar con resignación apoyándose en la esperanza de una fe insensible.

La segunda ceremonia, en cambio, es a la vez pasado, presente y futuro, una particular celebración encargada de mostrar y constatar el enorme valor de unos hombres y, por extensión, de una humanidad que en su inmensa pequeñez ha sido y todavía es capaz de levantar la cabeza para contemplar el hermoso cielo y preguntarse sin miedo, porque lo que es y a lo que aspira también se perderá en las estrellas para crear otros mundos. El presente es de éstos, el futuro también, todavía hay esperanzas.

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No sólo fútbol

Hay cosas que con la perspectiva que proporciona el tiempo lucen mejor, desde luego el pasado sigue siendo pasado, pero sin la tensión, la ofuscación o la torpeza de entonces, o sea, puede hablarse y discutirse sobre él con más calma porque no ya no existen presiones o cuestiones espinosas, en primera persona o de rabiosa actualidad, y los más exaltados de entonces, atenuada u olvidada la euforia o la pasión, andan en otros menesteres que ocupan ahora su tiempo y ya no responden con sorna, odio o violencia; lo que no quita que para muchos sus dioses sigan siendo tales y su omnipotencia y real gana los mantenga a salvo por los siglos de los siglos de la crítica del resto de los mortales, envidiosos redomados sufriendo desde su inferioridad e incapaces de congeniar, saborear o admirar el parnaso de los elegidos. Aunque suele darse que una vez pasado el tiempo resulta que el dios o dioses no eran tales sino engañabobos que en el fondo no hicieron nada relevante por los demás, sólo aprovecharse de las circunstancias, cualidades y calidades de unos y otros, pues sin ello y sin la suerte de estar allí en el momento oportuno no habría ocurrido nada de nada de lo que hoy recordamos con admiración u orgullo. Esto viene a cuento porque hay una cosa que me interesa de los logros colectivos, ¿son el resultado de empeños exclusivamente individuales -dependen de la voluntad de uno, el líder, el más astuto o el más hábil-, o se afirman y materializan, luego también finalmente son, gracias y en exclusiva al concurso de muchos, es decir, no era necesario ningún líder, sino que fue la propia multitud la que, en una apuesta y esfuerzo común, lo consiguió, sin ella no hubiera habido nada? ¿son los logros colectivos la casual materialización de unas aspiraciones o ilusiones comunes sin fecha o simplemente eternas, en permanente espera del cerrajero que dé con la llave correcta -el sí o no-, y por lo tanto obedecen únicamente a la obsesión particular de una voluntad, digamos, perseverante o excepcional, que obliga al resto a un duro trabajo, aún en contra de sus propios y personales deseos, con el resultado final de un éxito y celebración de la voluntad general como resultado añadido?

Hablando de fútbol, pasado el tiempo en el que el Club de Fútbol Barcelona encandiló al mundo con su juego, el presente se parece más a un mar de dudas de donde emerge cierta confusión y la falta de un objetivo claro; cada vez más lejanos aquellos laureles, alabanzas y gritos de admiración, queda una resaca en la que ninguno de los presentes sabe nadar o moverse con soltura, demasiados recuerdos y nostalgia procuran erróneas rememoraciones y vanos intentos que crean tiranteces y desorientación, porque sencillamente estos tiempos no son aquellos y también toca vivirlos, y eso es más complicado cuando hay demasiadas voces intentando hablar a la vez. Evidentemente la cuestión que toca es si el éxito pasado se debió a la obsesión de un único tipo que, con voluntad de hierro y unas ideas muy claras e innegociables, utilizó y tiró del resto para alcanzar sus propios y personales objetivos -una apuesta arriesgada que al primer tropiezo o racha negativa importante podría haberse ido al garete, quizás debido al empecinamiento o nerviosismo de otros más impacientes o con propuestas distintas-, logrando finalmente que el juego colectivo de tantos buenos jugadores y otros menos sumaran para colaborar en la consecución de una única idea que en algunos o muchos casos dejaba a un lado egos y aspiraciones particulares en función de una única labor común que, afortunadamente, salió bien; pero pudo muy bien haber fracasado tal y como le sucede al tipo que muere de sed en el desierto cuando, desfallecido y agotado, se abandona a tan solo unos metros de la última duna que con tan solo remontar le hubiera mostrado la salvación en la forma de un fresco y hermoso oasis. Hay dos cosas en todo ello, la voluntad y el trabajo de una sola cabeza y, segundo -¿más o menos importante?-, la voluntaria disponibilidad del resto a aceptar, obedecer y seguir al guía cumpliendo a rajatabla todas sus exigencias -incuestionalidad de Messi incluida- , llevando a cabo sin rechistar las consignas que, como si estuvieran grabadas a fuego, dirigieron sus mentes durante el tiempo que duró aquello.

En sus mejores momentos, en la cima del éxito, Guardiola solía decir, aparentemente entre sincero y sorprendido, que no había cosa que le hiciera sentirse mejor que hacer feliz a tanta gente. Era la afirmación de un tipo que se asomaba desde la terraza de su torre de marfil, o incluso bajaba a la calle, y se sorprendía de que su obsesión y trabajo repercutiera de manera tan grata en tantas voluntades al parecer faltas de una determinación similar para encauzar y llenar sus propias vidas. Luego, ¿sin líderes no existen progresos o victorias? ¿es imposible que tantos o muchos se pongan de acuerdo por propia voluntad si no existe alguno que, ni siquiera primus inter pares, tenga claro que los demás son o han de hacer de secundarios indispensables para su causa, asumiendo éstos por iluminación divina o propia convicción un papel secundario en un proyecto que no es el suyo, aunque satisfaga algunos o muchos deseos y objetivos comunes, y que el éxito final, de lograrse, siempre se deberá a la férrea mano, brillantez, voluntad y dirección de uno sólo?

PD. El mundo es hoy un poco peor, ha muerto Nelson Mandela. ¿Qué mejor ejemplo para tales preguntas?

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De pronto

A veces es difícil decidir qué es lo que quieres cuando no dispones de tiempo para hacerlo, cuando los planes no están a mano y hay que inventar sobre la marcha, entonces los cálculos comienzan a fallar y las expectativas huyen despavoridas, salvo que puedas improvisar mientras andas pensando qué hacer aparte de esperar, porque, para empezar, estas cansado de esperar, harto de cansarte y olvidado, obligado a organizar tu vida de pronto en solitario, o frente a aquella momia, que viene a ser lo mismo. Uno y otra se miraban de reojo, con desconfianza, una novedad donde antes había gobernado la indiferencia, sin ganas ni alternativa porque el tiempo sería corto, debería ser corto, concentrados o preocupados por la siguiente etapa del viaje y las prisas, además, no había voluntad ni interés por comenzar nada que fuera a quedarse a medias; y ahora no les apetecía hablar ni preguntar quién les esperaba o por qué estaban allí, dónde iban, cuál sería el siguiente destino de sus vidas o de sus vacaciones, las que ellos mismos estaban gastando y compartiendo desde que esperaban juntos, porque, con toda seguridad, aquello tenía pinta de vacaciones, abandonados en aquel cruce desolado o dejados, porque ninguno de los dos eran de los que fuera fácil conformar y llevar a cualquier sitio, tan especiales que siempre tenían un pero más necesitado de satisfacerse. Por supuesto ya era tarde para empezar a confraternizar, o simplemente no les apetecía, ahora no, era un último recurso demasiado evidente para quienes no acostumbran a contar con ellos porque su dominio del tiempo es casi completo. Tampoco valía que estuvieran juntos y solos porque ya no querían estarlo, nunca lo quisieron, como no les había gustado, y que el autobús siguiera sin aparecer por la curva más cercana comenzaba a ser algo más que preocupante, el siguiente paso era odiarse o hacerse insoportables uno al otro, enemigos declarados desde la nada o después de tantos minutos juntos sin decidirse por alguna utilidad simplemente pasajera. Desde hacía rato estaba claro que el autobús no llegaría a tiempo porque ya no había tiempo previsto, ni siquiera tarde, el tiempo ya no era para algo o nada sino para sacarlos de allí, ambos mirando hacia el mismo lugar e intentando no tropezar para no tener que decirse algo incómodo o desafortunado, ni siquiera el socorrido cuánto tarda o ya llego tarde, su obstinación era solo comparable a su común abandono. Él, definitivamente perdido el tren que debería llevarle a la montaña y sus colegas, negado y sin perspectivas que no fueran buscarse otro medio de transporte para cuando llegara donde no era allí; y ella, también perdido para siempre el avión y sin posibilidad de otro vuelo que la regresara con sus nietos, su mundo y sus categóricos porqués, retenida a la fuerza en esta tierra tan desagradecida donde los desconocidos solo sabían hacer de desconocidos, tan distintos a los que en otro momento, sobre todo cuando era más joven, había conocido o creía haberlo hecho por la sencilla razón de que entonces ella misma se ofrecía con más claridad y menos temor de lo que lo hacía ahora, más preocupada por lo que le quedaba, que prácticamente le daba igual pero que de pronto se había convertido en una obsesión que no podía quitarse de la cabeza, durar, también es cierto que esa obsesión era ella al completo, sus veinticuatro horas de cada día de la semana, una vida obsesionada porque la obsesión la mantuviera viva otra mañana más. Cosas de anciana que aquel niñato enmochilado nunca comprendería, para él la vida era sólo futuro y como tal no tenían nada que decirse, pura coincidencia, probablemente un tarambana obsesionado por el riesgo y la aventura de tarjeta de crédito y el aburrimiento. Aburrimiento era el de aquella viejales aferrada a su maleta como si fuera el tesoro de Sierra Madre. Pero la espera continuaba y probablemente tocaba variar la estrategia e intentar un repulsivo acercamiento que remediara la amargura de no saber qué hacer, aunque eso significara ceder y, por supuesto, ninguno iba a ser el primero; cuando justo aparecía el autobús por la curva y de inmediato los dos se daban la espalda como si estuvieran allí de paso, una casualidad, pero no, no era una casualidad porque aquel no era su autobús, y los suspiros de alivio se iban oscureciendo mientras el fastidio pugnaba por impedir el paso al odio y a los segundos; imposible, venció el tiempo que los hizo girar sobre sí mismos hasta que sus ojos se encontraron en un destello de mutuo reconocimiento que no pudo durar porque el disparo que estalló a continuación se llevaba la vida de uno de los dos. El muchacho se desplomaba tan sorprendido por su inexplicable marcha como aturdido por la violencia con la que los ojos de la anciana seguían su derrota; ella vencía, volvía a estar de pie a salvo de sorpresas y escrutinios, regresaba el arma a su lugar aliviada y vencedora de las obligaciones que impone el vivir con gente que constantemente interrumpe tu delicado presente, tú, que haces lo posible por no tropezar y dejarlos en paz, hasta que de pronto llega el día que sin esperarlo o a traición, que viene a ser lo mismo, te encuentras con las antípodas en una parada que alguien inventó para joder a las personas obligándolas a hablarse.

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