Gente 2

A la hora de dar con las soluciones el analista más capaz dirige su trabajo hacia los principios más elementales, la simplicidad suele ser sumamente clarificadora. Tal premisa es válida en cualquier campo de estudio o investigación, independientemente de que la cantidad y superposición de elementos intervinientes acabe embrollando las cosas, sobre todo en lo referente a las cuestiones humanas, lo que no invalida lo anterior, todo lo contrario, sino que obliga al investigador a hilar mucho más fino para llegar a esas causas primeras, cómo se mezclan, se solapan, ocultan, imponen y suplantan unas a otras, consciente e inconscientemente.

Luego, como no podía ser de otro modo, las complicaciones están aseguradas, así como los obstáculos, la penumbra y las intrigas, ya que, miremos hacia arriba o hacia abajo, la partida se juega hasta en las plazas más pequeñas. El más ignorado de los hombres comienza el día cargando con un “estado de ánimo” -si puede decirse así- que tiene que ver tanto con sí mismo como con el exterior, el mundo que le rodea, su mundo, y en función de sus instintos y reacciones más básicas y obvias se siente capaz de llevar con mejor o peor fortuna las horas que tiene ante él. De tal estado de ánimo dependen tanto su realidad más inmediata como esa otra que gusta imaginar y con tanta facilidad se llena de sueños y esperanzas; qué porcentaje juegue cada una de ellas en su disposición delimitará un carácter que unir al resto, a millones de ellos, tanto para asentarlo como voluntad y deseo propio como para convertir la misma vida en el cautiverio de una huida hacia adelante.

Estado de ánimo, pareja, hijos, amistades, trabajo, aspiraciones, deseos, sueños, votaciones… y mucho más. Tal vez es demasiado pero es lo que hay, y pueden añadirle lo que deseen, ADSL infinito, vacaciones en las Maldivas, la independencia -de lo que nunca fue, es ni será de uno-, la república, la bandera, Call of Duty XXII, la corrupción, el Real Madrid, Beyoncé o redimirse de la pobreza a costa de la violencia; inventos, desafíos, proyectos e ilusiones impuestas desde fuera que pueden acabar maniatando y casi asesinando al inquilino, inútilmente embarcado en una frenética actividad para la que no todos están capacitados o saben llevar con buen tino, por eso muchos necesitan descansar y apalancarse en lo que consideran más cómodo, o más seguro, o más fácil, o menos complicado… o nada, cerrando incluso sus vidas a cal y canto, a veces contra sí mismos, de tal modo que llegan a asustarse con el vuelo de una mosca. Una batalla que mientras se permanece vivo jamás estará ganada. Precisamente para eso se inventó el demonio, para calmar la angustia que genera el no llegar, culpando así al maligno -que adquiere infinitas formas, según época y conveniencias- de lo que nunca debió ser, mágica acusación que exonera y finalmente obliga a conformarse con lo que no se tiene porque podría haber sido peor, y el mismo tipo se mira las manos vacías y no sabe si llorar o seguir pidiendo antes que caerse muerto, o dejarse morir sin rechistar, acojonado por los ladridos de buitres y dinosaurios pregonando a diestro y siniestro que este mundo que tenemos es el único posible, o ellos o el caos, sagrados salvadores de la nada. ¿Entonces?

Afortunadamente no hay un solo mundo, los hay infinitos, y cualquier cambio significa una puerta abierta que debería entusiasmar. Las cosas nunca tienen por qué ir a peor si somos nosotros quienes decidimos acerca de ellas, siempre podremos rectificar en función de nuestros deseos, los que más importan, los que nos hacen despertarnos cada mañana sin que nos avergüence levantarnos de la cama, confiados en tantos pequeños y grandes proyectos, individuales y colectivos, que nada tienen que ver con imperios ni delirios de grandeza, sino con realidades al alcance de la mano, porque también sabemos que a medida que ampliamos el radio de nuestra experiencia la mezcla de vidas, proyectos e ilusiones será mayor, y eso sí que es interesante, y a cuantos más podamos incluir en el mismo proyecto común mucho mejor, porque entonces aprenderemos a dejar y recibir, a aceptar, rectificar y entender, aunque no a comprender, a ayudar y a colaborar, a no dejarnos engañar y a llamar a las cosas por su nombre.

Tal es la titánica tarea, llevar adelante la propia vida además de luchar contra un paisaje de monstruos que sólo piensan en sus ombligos, llámense FMI, la patria, la extinta soberanía popular, la casta -tan de moda-, los marcianos, la tribu, los míos, etcétera. Y el campo de batalla es la política, que no los políticos, porque, en este país desde el que escribo, díganme qué elegir entre: nostálgicos de la dictadura que no merece la pena ni mencionar, una falsa derecha -“los fachas”- descendiente del franquismo que nunca fue democrática y que únicamente vela por el rey, la iglesia, sus privilegios y el Ibex35; una derecha llamada PSOE que hace tiempo olvido sus logros y orígenes y ve cómo se le hunde el suelo bajo sus pies por meterse en terrenos que no son los suyos -porque para defender a capa y espada el statu quo capitalista ya está la derecha tradicional, aunque no la española-; unos partidos nacionalistas inventados por oligarquías regionales ansiosas por heredar títulos y prebendas a costa de historias de otras épocas que sólo ofrecen el enfrentamiento con el vecino de al lado, al que ahora hay que odiar como enemigo porque no piensa igual, obligándote a seguir sus consignas o a irte de tu casa -curioso concepto de libertad el suyo. Una izquierda que se dice unida incapaz de respirar al margen del PC de toda la vida, un partido viejo que todavía no ha admitido que la gente, equivocada o no, prefiere la vía actual a la que ellos ofrecen, que en ciertas zonas del país ha perdido su perspectiva internacional y solidaria para aliarse con caciques locales y así acceder al poco dinero que necesita para vegetar, que no vivir; o partidos con nombres de última hora o nombres que han inventado un partido para hacer de jefe. O nuevos partidos que, apenas nacidos y ya olfateando el éxito, todavía han de dar los primeros pasos para autoconstituirse, para lo cual tienen que decidir qué es lo que quieren, supongo que algo más que seguir como bufones de plazas y mercados vendiendo una sospechosa y exclusiva pureza habituada a tildar de sucio burgués a todo aquel que no piense como ellos, aún perdidos en asambleas infinitas incapaces de acordar diez puntos comunes por los que empezar a trabajar y atraer a otros a su suerte, además de tener que aguantar toda la mierda que los viejos partidos van a soltar sobre ellos al ver peligrar sus sillones… lo siento, he perdido a la gente, pero ¿creen que tiene tiempo y capacidad para ilusionarse con esto?

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Gente 1

Hoy día resulta difícil estar al tanto de las novedades porque cualquier cosa puede ser novedad, según quién o qué, más difícil todavía es escarbar entre tanta supuesta novedad o información y obtener algo que merezca la pena, ya sea en lo concerniente a lo que expresamente uno desea como en lo que se refiere a la fiabilidad de lo que cada cual está dispuesto a llevarse a la boca. Y si a ello añadimos la insólita creencia de que todo quisqui tiene el derecho a decir lo que le venga en gana sin que nadie, mejor informado o con mayor conocimiento acerca, pueda ni siquiera afearle el gesto, la cosa se pierde en el horizonte. El desperdicio de tiempo puede ser inmenso. También es difícil no repetir o repetirse cuando se tiene intención de hablar o escribir acerca de algo o alguien porque ya otro habrá puesto en su punto de mira y consiguiente circulación lo que uno anda buscando, porque aquel es más rápido, en muchas ocasiones sin que le importe o simplemente le pille de paso. Pero, con todo, eso no es lo más importante, tanto en la forma como en el fondo los asuntos relacionado con las personas siempre se parecen, da igual el tiempo o el lugar, la materia prima no ha cambiado en centurias y aunque los tiempos pinten con más brillos o velocidad las cuestiones son básicamente las mismas, asuntos que tienen que ver con la sinceridad y la confianza, con el temor o la esperanza, con la pasividad, la inercia o la decisión.

Como en el resto de Europa por aquí han tenido lugar unas elecciones al Parlamento Europeo en las que se nos intentaba vender un futuro que parecía mágicamente depositado en nuestras manos, nada menos que el mañana de un continente y unas personas que cada vez se entienden menos a sí mismas y son menos protagonistas de sus propias vidas. Mentira y gorda, porque los que nos venden oportunidades semejantes son los que necesitan de nuestros votos para que las cosas permanezcan como hasta ahora. Ya lo sabíamos, lo increíble es que todavía haya gente que no mueva un dedo por evitarlo, o les crea. Y sin embargo sigue siendo cierto que mientras no desaparezca por completo el simulacro del voto cualquiera puede depositar la papeleta que al resto le gusta considerar equivocada por inconveniente, inapropiada, a destiempo o ¡vete a saber qué! ¡Ah! la sabiduría de los expertos…

Pero hete aquí que no en todos los países los ciudadanos han valorado, opinado, deseado y/o votado del mismo modo, aunque los problemas fueran los mismos, como ya dije antes, los miedos no suelen serlo, los sueños tampoco, ni las esperanzas, ni la solidaridad, sobre todo cuando se mezclan la desconfianza y el orgullo. Por eso han sido tan diferentes los resultados en países vecinos como Francia y España, doctores habrá argumentando las diferencias en cuestiones históricas, de raza o cultura, vestigios de otros tiempos que siguen de actualidad, etcétera; sin embargo y mal que les pese a algunos el presente es de los vivos, los que habitan actualmente el mundo, son, al margen de débitos pasados y responsabilidades futuras, los que deben llevar la voz cantante, son sus vidas y nadie tiene derecho a condicionarlas de ningún modo; las valoraciones, reprimendas y justificaciones siempre vienen a posteriori, sus autores juegan con ventaja pero, afortunadamente o no, juegan tarde. Así, mientras que el carácter francés se ha dejado guiar más por Asterix que por Camus, por aquí las cosas han vuelto porque nunca se fueron del todo, el Quijote sigue pesando en la condición de los nativos de esta parte del mundo, lo que, por otra parte, bien puede hacerle a uno enorgullecerse de ello.

De aquel 15-M viene este Podemos, esgrimiendo una serie de propuestas tan básicas, tan necesarias, tan universales que da vergüenza tener que reivindicarlas todavía hoy. Democracia para todos y derechos humanos, no me digan que no es para echarse a llorar. Cuestiones demasiado grandes y etéreas poco dadas a concretarse en decisiones inmediatas, que siempre son las que han de marcar el camino; creo que en primer lugar son necesarios objetivos más prosaicos, entre ellos hacer entender a muchos que deben desfilar hacia la puerta de salida, precisamente ese es uno de los mayores problemas, porque no quieren irse, no sabrían qué hacer, sólo se ven a sí mismos advirtiendo, amenazando, predicando y medrando, pobrecillos, siguen sin querer darse cuenta de que su tiempo ha pasado, resisten, podrían dedicarse a vivir y dejar vivir, ya han acumulado suficiente para hacerlo -más que muchos de nosotros-, pero no, ya están sermoneando y reprendiendo a los más asustadizos, la generalidad, haciéndoles creer que sin ellos entonces el mundo se vendría abajo. ¿Les suena?

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Toledo en tres brochazos

En la estación más que varios carísimos trenes de alta velocidad aguardan una sola dirección, Madrid-Toledo y viceversa, no sirven para otra cosa, los nuevos trenes convencionales, igual de cómodos y casi tan rápidos, no circulan hacia Toledo porque se han eliminado de un plumazo las estaciones intermedias, Aranjuez incluida; son las formas de unos gestores que, en contra del concepto de utilidad, han dilapidado irracionalmente un presupuesto hacia el que no les liga ninguna responsabilidad ni necesidad pública, obedecen la voz de su amo sin conocerlo, para lo cual y si es necesario inventan y publicitan la nada a cambio de calderilla. Esto sí que es matar mosquitos a cañonazos.

Incluso en un día normal las colas adornan las calles, algunas, no todas, y en las colas siempre hay orientales, grupos dóciles y bien pertrechados que siguen diligentemente a un guía que se hace ver por encima de sus cabezas; también hay grupos de otras nacionalidades, y grupos de españoles, antes no era tan fácil verlos. El sol comienza a apretar y la gente busca la sombra, los bares recién abiertos van llenando las terrazas y los camareros han de darse prisa para satisfacer a todos, bien, a medias o mal, según la diligencia y las ganas de apretar el paso a horas tan tempranas en un trabajo para el cual el noventa por ciento de ellos no están preparados. Es fácil ser camarero, dicen, aunque yo creo que no, el cliente no debería ser un memo al que se le exige con tal de que se calle y se le da boleto a las primeras de cambio para que deje la mesa libre, sin embargo me temo que les hacen creer que es así, la cuestión es que el tipo pague y se largue para que pase el siguiente. Una de las cosas más curiosas del trayecto hasta aquí –El Greco como motivo principal- es que hemos tenido que atravesar plazas y calles estrechas y desiertas, o callejones, algunos tan angostos que su anchura daba para poco más de una persona. Por el camino pregunté a nuestro guía a qué se debía tanto muro y ladrillo aparentemente bien conservado, tanta tapia bien alta, en la mayoría de los casos sin puertas ni ventanas al exterior. Son conventos. ¿Cómo? Todas estas tapias que venimos dejando atrás son conventos. ¿Tantos? Una gran parte de la zona antigua de Toledo está ocupada por conventos. ¿Vacíos? Casi. Son propiedades enormes habitadas en muchos casos por tres o cuatro monjas. Pero, ¿parecen muy bien conservadas? ¿quién paga el mantenimiento? ¿Debe ser caro? Imagino que el Ayuntamiento o la Comunidad -respondió el guía. No volví a preguntar, pero si han estado alguna vez en Toledo intenten hacer un recuento de la superficie que ocupan estas propiedades y luego hagan un cálculo de lo que cuesta su mantenimiento. Muchísimo. Y ni siquiera pueden utilizarse para algún fin público, son propiedad de la Iglesia y por supuesto no pagan impuestos…

De vuelta a la estación tropezamos en una plaza con una pequeña congregación de personas que parecen reclamar algo, nos pilla de paso y de paso nos enteramos de que son bibliotecarios de la Comunidad reivindicando que las bibliotecas públicas dispongan de los fondos suficientes para renovar y aumentar el número de libros de sus estanterías, además de ofrecer a los usuarios unas instalaciones decentes. Corren malos tiempos y no hay dinero, según para qué, para trenes parados sí que hay. Nos ofrecen alguna información, chapas y octavillas con sus peticiones y, antes de separarnos definitivamente, nos sorprendemos en común cuando, justo al lado, una pareja se vuelve malhumorada hacia ellos y les espeta sin mediar causa o motivo: “rojos de mierda”, nadie sabe por qué o a cuento de qué. Ellos lo encajan bien, nosotros nos quedamos pasmados y sin saber qué decir. Los perdemos de vista sin más comentarios. Nos vamos, nos espera nuestro cañón. ¡País!

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Una película española

El cine también es la solución a muchas tardes cuesta arriba, aunque moleste a algunos aficionados al mismo, por eso es el socorrido recurso a los domingos lluviosos, cuando hace frío o no hay nada mejor que hacer, independientemente de otras opciones o, peor aún, cuando llega el cansancio provocado por tanto y tan empalagoso te quiero o porque, definitivamente, no había mucho más que decir. Y el que una película española que no se revuelca en el cutrerío y la grosería más casposa, muestra sangre por los cuatro costados o trata de llamar la atención con una catástrofe apocalíptica -o en la que simplemente trabaja ese actor que sale en “la tele”, o esa actriz rubia que solo sabe hacer películas de terror-, esté llevando a tanta gente a las salas de cine costeándose de su bolsillo la entrada es algo importante, o al menos a tomar en consideración. Que Ocho apellidos vascos llene salas y siga engordando recaudaciones se debe principalmente a que no hace sino mostrarnos tal y como somos, eso sí, a pesar de la excepcionalidad del terruño de cada cual y su singularidad única en el mundo, porque ya lo sabemos y estamos hartos de oírlo, como la tierra que a uno le vio nacer ninguna -la misma historia de siempre-, y el que diga lo contrario es un capullo traicionero que intenta ofender con envidiosa malicia; por aquí seremos semejantes o parecidos, pero iguales jamás, faltaría más.

El sur, el sol, el anticiclón de las Azores, los Pirineos, los curas, los toros, las temperaturas extremas, los chistes, el gusto por la comida y la bebida, la devoción localista, la juerga y el estar mucho por la calle -llámese también el santo de turno, la virgen que toque, la romería de todos los años, la ofrenda al patrón, la sangrante conmemoración o el sentido homenaje a la patria- nos definen en todo el mundo más de lo que a algunos -no sé cuántos- nos gustaría. Tanta coincidencia nos ha hecho directos y curiosamente espontáneos, amables pero un poco secos, dados a las bravatas -en algunos casos algo fantasmas-, más incondicionales, auténticos y fieles que Dios y en general más provincianos de lo deseable; muy dados a poner los cojones encima de la mesa y aficionados a una chulería demasiado recurrente al “y tú más” y el “qué te has creído”, lo de mi pueblo sí que es de verdad, eso sí que son tradiciones, ese plato como en mi pueblo en ningún sitio, etcétera, etcétera, etcétera.

Afortunadamente el guion de la película está escrito con un lápiz y un pulso muy fino, tan fino que apenas sobresale el trazo sobre el papel -tampoco el más grueso-, incluso podría pasar desapercibida; a lo que sumar una dirección que pasea al espectador sin fatigarlo hacia un sonriente final despojado de toda pretensión superflua, no es una gran obra pero si un buen entretenimiento que permanece en una media sonrisa que lentamente se va deshaciendo en el olvido. Un guion y una dirección que sostienen la atención del espectador sorteando sin estridencias potenciales malos modos, controlando o evitando desviaciones demasiado fáciles y previsibles, eludiendo con prudencia y acierto salidas de tono innecesarias, discriminando con buen tino cualquier desproporción  en cuanto a bromas pesadas, ignorando una infinidad de posibles excesos y dejando en la estacada al chiste destemplado que aburre y empalaga cuanto toca cuando prolifera sin venir a cuento. En el fondo da igual que el tema sean los vascos o los andaluces -como si por aquí no hubiera chistes para todo el mundo-, porque cualquiera que hubiera sido el blanco elegido no habría gustado a los retratados; hay que dar por supuesto que habría faltado a la verdad, en el mundo real los protagonistas no actúan así, en la película se muestran unos estereotipos tendenciosos e insultantes etcétera, etcétera, etcétera. Tan dados como somos por aquí al rompe y rasga, más de uno habrá puesto el grito en el cielo tildando a la película de ofensiva, malintencionada, españolista y blablablá.

Por mucho que duela a algunos a este lado de los Pirineos son más las coincidencias que las diferencias entre sus pobladores, o tenemos eso claro o simplemente nos estamos equivocamos. Es necesario salir algo más del terruño, visitar otros pueblos y aprender que las diferencias son matices que en más ocasiones de las que creemos no merece la pena tener en consideración, importa más lo que nos une, lo que nos hace iguales, lo que posibilita el entendimiento antes que las siempre discutibles cuentas pendientes, muchas de ellas imaginadas o inventadas a conveniencia, fruto del miedo, la desconfianza, la vanidad o un resentimiento sin nombre ni origen conocido que suele crecer o cultivarse por intereses ajenos al presente de las cosas.

Como suelo equivocarme no me importa rectificar cuando viene a cuento, lo que no significa que pueda decir lo que me venga en gana sin tener en cuenta el lugar del que provengo y la gente que me rodea, pero al menos estoy tranquilo acerca de una cosa, no merece la pena enfrentarse al vecino de forma gratuita porque, afortunadamente, estamos obligados a vivir en común.

Algo más respecto a la película, habrá secuelas, con lo que nos podemos esperar cualquier cosa.

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Apunte

Parafraseando al inestimable DFW;

 

**¿Qué es “un español”? ¿Acaso tenemos algo importante en común, como españoles, o es solamente que resulta que vivimos todos dentro de las mismas fronteras de forma que tenemos que obedecer las mismas leyes? ¿En qué se diferencia exactamente España de otros países? ¿Acaso tiene algo extraordinario? ¿Y en qué consiste ese algo? Hablamos mucho de nuestros derechos y libertades especiales, pero ¿acaso también hay responsabilidades especiales que vengan con el hecho de ser español? Y de ser así, ¿responsabilidades para con quién?**

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Exilio

Creo que todos conocemos de oídas o tenemos algún amigo o familiar que, a la vista de las pocas oportunidades que se mueven por aquí, ha tenido que largarse de este país para intentar hacer algo profesional y laboralmente con su propia vida, cuestión esta más bien secundaria para un gobierno que, en una muestra más de cinismo, habla de las capacidades, el vigor y el empuje de nuestra ciudadanía mejor preparada, como si la cosa no tuviera que ver con la escabechina laboral y social que se traen entre manos y solamente se tratara de cuestiones personales, casi de gusto, que favorecen las relaciones con Europa y el aprendizaje de idiomas; se trata simplemente de estar a la cabeza de algo. Y se ha convertido en una autoextradición tan frecuente que ya a nadie le extraña que tanta gente tenga que hacer las maletas para intentar resolver su futuro de manera digna, cosa de los tiempos que corren, como si ello tuviera que ver con una mano divina encaprichada en zarandear a su antojo las cuestiones humanas.

Este auténtico exilio, consecuencia de una crisis ficticia pergeñada por unos intereses particulares de enriquecimiento muy reales, es bastante significativo en cuanto al futuro que se le está imponiendo a las clases menos pudientes de la sociedad, sobre todo porque está expulsando del país a una mayoría de personas con estudios universitarios y técnicos en una operación de desmantelamiento a pasos agigantados dictada por gurús de pacotilla que han decidido de antemano qué clase de ocupaciones y actividades laborales corresponden a esta parte del mapa. Y probablemente sea ir demasiado lejos -o no-, pero hace algo más de setenta y cinco años un golpe de estado perpetrado por las fuerzas más retrógradas contra un Gobierno legítimamente elegido envió lejos de nuestras fronteras a una generación de españoles educativa, cultural e intelectualmente muy bien preparada porque el nivel cultural de la población, a la hora de asumir y obedecer las reaccionarias consignas de los vencedores, debía retroceder a niveles de indigencia y analfabetismo de siglos pasados. Interesaba, tanto entonces como ahora -parece que no ha pasado el tiempo-, un vecindario obediente e ignorante, sumiso y casi amordazado, más preocupado por el acceso a las necesidades más básicas que por sus posibilidades de mejora social y cultural, excluido de lo que significa vivir con dignidad porque ha de dedicar todas sus capacidades a intentar subsistir en competencia con otros igual de necesitados, sin tiempo ni medios para exigir derechos y respeto como ciudadanos. En definitiva, el resultado final es un país de esclavos y siervos dedicados a las tareas más elementales para las que apenas es necesario un mínimo nivel educativo y/o cultural, una nueva versión -más moderna- del “que inventen ellos” que nos deja como excluidos, ni siquiera a la expectativa, sin memoria, castigados y en cruda competencia por unos sueldos cada vez más bajos y condenados a la más absoluta precariedad.

Aunque el origen de aquel exilio fuera un golpe de estado contra el poder legalmente constituido por parte de las derechas más simples y reaccionarias, que provocó una guerra civil y sumió al país en décadas de retroceso y subdesarrollo, no hace falta conocer mucha historia para advertir a simple vista que el gobierno actual, formado por las mismas facciones de entonces -en muchos casos por sus descendientes directos-, se mueve demasiado bien en este tipo de escenarios; con la excusa de lo inevitable -casi divino- se repiten las formas -no queda otro remedio-, los discursos -saldremos adelante por nuestros propios medios, a la fuerza, pero sin reconocer en qué condiciones y que lo perdido ya no se recuperará-, y se enaltece la raza patria y valía de los más capaces -frente a la opción de sentarse a rezar por si escampa, repartirse las migajas y dar las gracias a Dios por estar sanos-, dejando el solar limpio y aseado para mostrar al mundo que donde no hay no pueden crecer más desgracias.

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Comodidades

En esto de las fiestas o los viajes no todo es relativo, aunque nos guste creer que sí o nos lo parezca, no nos importe o ni siquiera tengamos la buena costumbre de fijarnos en los detalles, innecesarios cuando lo que predomina es nuestra santa voluntad, el resto simplemente acompaña, está ahí porque tiene que haber algo que amenice nuestra presencia y las ansias de satisfacer las exigencias más banales. Solemos seguir la desafortunada moda, en más ocasiones de las apropiadas, de no ver ni pensar más allá de nuestros propios intereses cuando nos movemos fuera de los lugares en los que habitualmente se desarrolla nuestro día a día, actuamos como nos apetece independientemente del lugar en el que nos hallemos sin preocuparnos del ambiente o del contexto -excepto cuando lo consideramos ofensivo o peligroso, siempre según nuestro particular concepción de las cosas, que es como decir en función de la simple y pura ignorancia, el desconocimiento o la más fatua de las indiferencias-, llevando hasta las últimas consecuencias nuestra presencia sin caer en la cuenta de que tal vez no debiéramos, no deberíamos o lo estamos haciendo rematadamente mal.

Y si, por ejemplo, esta vez toca naturaleza, así, como suena, más que respetarla, sentirla, admirarla o compartirla solemos avasallarla en toda regla intentando alcanzar el último rincón por cualquier medio, si puede ser dedicándole el menor esfuerzo posible, no vayamos a cansarnos, porque si no podemos acceder cómodamente sentados no merece la pena, y si el lugar viene precedido por algo de fama o la recompensa es gratificante -siempre según el dicen, pero no quién- exigiremos si es preciso accesos como si el mundo y la tierra hubieran de postrarse a nuestros pies, amén de resúmenes, señalizaciones, servicios, información, zonas de descanso, de avituallamiento etc. De lo contrario protestaremos como energúmenos por sentirnos discriminados y no permitírsenos disfrutar de lo que se le antoje a nuestra santa voluntad. Afortunadamente, todavía existen lugares a los que sólo puede accederse con los pies y manos propios, y en muchos casos después de ímprobos esfuerzos, pero desgraciadamente no a lomos de esas cada vez más complicadas y sofisticadas máquinas de dos ruedas que montan tipos serios y demacrados a punto del sofoco disfrazados de marciano y adornados con mil rincones donde situar estratégicamente recipientes y adminículos supuestamente imprescindibles. Puede ser que si tienes la suerte de tropezar con alguno de estos y que te dirija la palabra no tengas que maravillarte y poner cara de asombro por lo que han visto o van a disfrutar, sino que te toque sufrir el martirio de su obsesión a la hora de describirte el enorme ardor -siempre según su particular y roma concepción de lo que es esforzarse- y las gigantescas dificultades que han tenido que sortear para llegar donde quizás nunca deberían haber llegado. Cuando al día siguiente los veas durante el desayuno, concienzudos y ensimismados en una alimentación básica de guardería y ya disfrazados con esas fachosas y superespecializadas indumentarias de astronauta en la zona de descanso, pensarás ¿también duermen así? ¿no saben vestir con normalidad?

Es evidente que ni yo mismo no puedo llegar a todos sitios, mi físico es limitado, como el de todo el mundo, y los años van penalizando las propias capacidades, con lo que uno ha de ir modificando el horizonte de futuros para adaptarse a tu presente, nada más y nada menos. Por eso no voy a reclamar un ascensor al Everest -ya bastante concurrido- ni una escalera mecánica a los fondos de Palau en el Pacífico, ni me dedico a atemorizar a mis vecinos de mesa con atavíos homologados y miradas reconcentradas y desafiantes, ni voy a exigir poner el pie donde otros, mucho más preparados y probablemente también con más respeto hacia la naturaleza que yo, llegan para disfrutar, también más que yo. El placer de disfrutar no siempre tiene que ver con la violencia del desafío, el deleite de la contemplación tampoco con la vanidad de haber llegado de cualquier modo, las cosas son más sencillas. Uno se levanta, desayuna, camina, escala, vuela o admira sin necesitar martirizar al mundo y sus habitantes con las superaciones de la propia torpeza.

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Primavera

Por fin parece que los cielos vuelven a abrirse, el sol ocupa su lugar a la vista más tiempo que de costumbre, hasta ahora, y los grises vuelan lejos sin que haya espacio para más, no preocupa su vuelta, de momento no, hoy ya es primavera y no hay por qué darle más vueltas. Es tiempo de celebraciones, de fiesta y regocijo que el hombre, desde que aprendió a leer las trayectorias del sol, viene conmemorando aliviado porque al fin el frío haya quedado definitivamente atrás, el siguiente está muy lejos y ahora nadie quiere pensar en él. Los días son más grandes, los pasos se hacen más cortos para poder disfrutar mucho más del paseo, hay más pájaros que solía porque también para ellos el tiempo les ha vuelto a abrir la puerta y lo celebran con menos rincones que nosotros. Sin saber por qué a más de uno le apetece sonreír algo más que de costumbre y con aquel con el que nunca nos hemos llevado mal del todo pero al que le cuelgan más peros de los que debieran apetece saludarlo aunque no nos dirija la palabra, allá él. Incluso los problemas lucen menos oscuros con tanto sol, aunque en el fondo sepamos que no por ello van a cambiar ni a desaparecer, pero en todo problema la mirada es parte del mismo y si la mirada cambia el problema no cambia pero se muestra menos impenetrable, algo menos opresivo y más humano, lo que también invita o permite meterle mano de otro modo, o quizás darle la vuelta, o volverlo a mirar por sí algún cabo suelto permite tirar del hilo hasta deshacer tan fea y áspera madeja.

Junto a las ganas de celebración parece que no hubiera tiempo ni lugar para las caras largas o las miradas torvas, ni para echarse a llorar por algo o alguien que no sea real, aunque, ahora que lo pienso, no todo es alegría por estos lares, la Iglesia ya se encarga de ensombrecer tan buen ánimo con sus celebraciones y amenazas, sentencias y advenimientos. Hace muchos siglos algunos de la casta de sus gerifaltes con muy mal carácter y permanentemente resentidos, además de con una desconfianza supina en el mundo y una envidia corrosiva hacia el hombre feliz, como no podía ser de otro modo, decidieron que había que matar la alegría que procuraba gratis la naturaleza acotando o impidiendo que tanta y franca celebración por el cambio de estación llevara a la gente a amarse un poquito más, tal vez por eso decidieron implantar entre verdes y flores una semana trágica que disuadiera a tanto ingenuo y espontáneo desaprensivo de salir a la calle y festejar con su vecino. Y no se les ocurrió nada mejor que marcar por los siglos de los siglos a sangre y fuego el equinoccio de primavera de forma que se hiciera inolvidable, no por el júbilo que conlleva su misma llegada, sino por haberlo convertido en el centro de una simbología nefasta y agorera encargada de sofocar el ardor y la alegría que el plácido tránsito de la tierra concede mágica y gratuitamente a todo bicho viviente. Eso es la por aquí llamada Semana Santa, aunque en la actualidad, con más sabiduría de la esperada, la mayoría de la gente haya decidido tomársela a la ligera convirtiéndola en un periodo para viajar y divertirse en contra de tanto agorero sentencioso y amenazador que ve con recelo y reconcomio cómo hasta los más píos, también los más hipócritas, tienen que vender las misas y procesiones no como actos de recogimiento y penitencia, sino como si fueran una fiesta -como cualquier otra fiesta pagana- que intenta atraer a todo aquel despistado con licencia, valor y cartera para disfrutar de las alegrías por llegar de otra nueva primavera. Por eso no deja de ser curioso que en tantos lugares de este siempre conflictivo, rural y primitivo país el españolito de a pie se niegue a responder con tristeza y pesadumbre a esta semana de pasión que sólo sirve para que cuatro amargados y resentidos se dediquen a darse golpes de pecho públicamente maldiciendo al mundo y su pagana sinceridad mientras con la otra mano venden el sacrificio y muerte de un mito que ya sólo es útil si deja dinero en caja, da igual que quien lo suelte sea ignorante, ateo o foráneo; corren tiempos en los que la única forma de llegar a los demás es por el bolsillo y si ellos no vienen voluntariamente habrá que seguir condenándolos por los siglos de los siglos pero venderles lo que, si fueran sinceros y creyeran lo que predican, saben que es pecado convertir en vendible.

Pero aunque la Iglesia sea incapaz de vivir sin condenar y envidiar a medio mundo por ignorar sus santas admoniciones no dejaremos de disfrutar obviando sus amenazas, todavía estamos aquí, intentemos vivir felices.

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Apunte

De la revista Investigación y Ciencia; número de Abril de 2014. De la revista Scientific American; número de Abril de 1864.

“Una de las señales más alarmantes de los tiempos que vivimos son las increíbles y viles especulaciones que ahora infestan Wall Street, en la forma de operaciones mineras auríferas y de otra índole. Cada día nacen empresas fantasmas, construidas con “la misma materia de los sueños”. Prevenimos al público que se cuide de esos estafadores -que deben esquivarse como a tahúres-, una plaga ciudadana. Esos planes ruines se incuban y urden en el entorno de la Bolsa de Valores y están concebidos para atrapar a inocentes e incautos. Todos ellos deberían ser procesados ante un Gran Jurado y los culpables enviados a Sing-Sing.”

Sin comentarios.

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Vender

 

Ignoro cuando fue la última vez que alguien les vendió algo, me refiero a vender como actividad profesional que ejerce la persona al otro lado del mostrador, es decir, una persona que se aplicó desplegando parte o todo su arsenal de experiencia y simpatía para hacer que usted acabara con la prenda o el objeto en la bolsa atravesando la puerta de la calle; independientemente de que luego, en casa y a solas, usted fuera al fin consciente de su reciente adquisición, quizás algo alarmado porque en principio no estaba muy atraído por la compra. Es cierto que le interesaba o la quería pero podía haber pasado perfectamente sin ella o con otra distinta o de menor precio y, sin embargo, fue expertamente seducido o adulado para llevarse precisamente esa que ahora tiene en las manos, la que por supuesto no se arrepiente de haber adquirido porque le gusta y espera darle un buen uso, al menos aprovechable o satisfactorio.

Como todos sabemos la realidad del comercio actual se mueve por otros parámetros, las personas que se dedican a la venta en establecimientos, los vendedores, quienes en más de una ocasión suelen ser tomados como taimados embaucadores dedicados a colocarte lo que no quieres -entonces ¿qué haces allí?-, parecen haber pasado a mejor vida ahuyentados por los recelos y demasiadas veces el desprecio de un público que desea mirar y cotillear sin que le molesten ni interfieran en su sagrada voluntad -esa gran desconocida-, sin que nadie les pregunte ni les agobie hacia decisiones forzadas fruto de la precipitación, o que nadie más merece saber, ni siquiera quien mejor la puede guiar. Hoy día el vendedor debe pasar desapercibido con el pretexto de que ha de ser discreto en lo que respecta a hacer bien su trabajo, casi como no existir, o permanecer al margen a discreción o petición urgente del cliente. Desgraciadamente se trata de un trabajo que muy a menudo el público olvida, puesto que su objetivo principal es intentar vender algo a todo aquel que penetra en su tienda, o en la que trabaja.

Quizás el público actual prefiera meterse en vena, vía internet, cualquier producto con tan sólo pensarlo mientras le gusta creer que han sido ellos, por propia voluntad, quienes han decidido que lo necesitaban y consiguientemente lo han adquirido sin la intromisión de ninguna otra persona conocida o desconocida, amable o grosera, o con dudosas intenciones comerciales.

Se pierde otra actividad profesional, además de la especial relación que se daba entre vendedor y cliente, entre quien conocía su oficio y atendía a ese otro que llegaba interesado y sin saber, cada cual ocupando el puesto que le corresponde en la transacción.

 

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