Comer

Probablemente cuando se sentaron a la mesa ninguno de los presentes imaginaba el final de aquello, si es que ese final tiene otra trascendencia que la constatación de que cada vez somos más ridículos en nuestros comportamientos públicos, menos respetuosos y más gregarios sin que en el fondo sepamos por qué, nos interese o, ya puestos, nos preocupe. Se trata de derechos, de libertad, esa moda que enaltece a catetos sin educación y consagra al cliente por el mero hecho de serlo, al tiempo que lo caricaturiza porque su insolente e infundida vanidad le impide verse a sí mismo como lo que es, una penosa marioneta fabricada, moldeada y puesta en el mercado para consumir sin descanso, dígase onerosas comilonas insulsas que te dejan hambriento, cruceros de lujo por el Antártico o patatas fritas sin patatas.

Tras los saludos y risas iniciales, los recuerdos, esa última vez, las preguntas por el trabajo y la familia tocaba refrescarse y pensar en una comanda que el camarero puso discretamente en escena porque allí cada cual iba a lo suyo. Comanda que, como ya es degradante y despreciativa costumbre, hubo que adivinar tras el consiguiente código QR que los más avispados ya tenían a disposición en sus propios dispositivos electrónicos, que no teléfonos. Mientras otros aguardaban no sabían qué, una carta, un camarero, algo o alguien que les informara de qué iba aquello, aparte y supuestamente de comer.

Se organizaron grupitos en función de los dispositivos más ágiles y panorámicos, es decir, que unos veían lo que el dedo dejaba ver, otros se esforzaban sin ver y alguno que otro desistía puesto que al final alguien le preguntaría, no por interés sino porque faltaba lo suyo y el camarero seguía aguardando.

No tardo en aparecer la estúpida pregunta con evidencia de afirmación… para compartir, ¿no? A lo que una discreta minoría accedió con inusitada rapidez, encarecidamente, como si se tratara de la única opción porque, ya puestos, no solo compartían amistad sino que también lo harían con la comida. Los hubo que no abrieron la boca, entre indiferentes, sorprendidos y expectantes, pero un par de comensales dijeron que no, ellos no compartirían, pedirían lo que les apeteciera de la carta, más les gustara o menos disgustara. Allá ellos, es su comida, pero ya les vale, pensaron algunos que no lo vieron con buenos ojos; qué se han creído, censuraron por encima del hombro sin decir palabra.

Qué decir de un situación que probablemente cualquiera ha sufrido en sus propias carnes, eso de hacer piña por obligación, como si de una excursión de colegiales se tratara. La calma duró lo que tardaron en aparecer los primeros platos y el camarero preguntar a quién correspondían. Póngalos por aquí, vamos a compartir, fue la respuesta, excepto para los ya señalados que se dispusieron a dar cuenta de lo que tenían justo ante de sus narices, y con tan buen aspecto.

Los tenedores volaban de un plato a otro, distribuyendo lo distribuible y también lo que no, de esa manera que cuando te toca menos de lo que más te apetece o las mejores piezas se las lleva otro contienes el gesto, suspiras y refunfuñas para ti -compórtate, estás compartiendo-; o lo agradeces porque en realidad no te gusta comer, eres más de guarrear, un poco empalagoso, nada te apetece y, además, todo engorda, por lo que siempre es preferible agazaparse entre el grupo para que nadie se dé cuenta de que solo comes lo que te interesa. O exigiendo a la hora de repartir, o repetir, porque de eso sí quieres, la última vez te gustó y aquí lo hacen muy bien. Todos hablaban y cruzaban palabras, tenedores y cucharas, con los consiguientes tropezones, salpicaduras al hablar y babas indetectables moviéndose de plato en plato, a lo que añadir los inevitables lamparones en el blanco mantel, por evidente torpeza o porque alguna salsa estaba poco trabada y no todos podían, ni sabían, servir sin verter.

Aunque en el fondo nadie perdía de vista a los dos antisociales deleitándose con sus platos, sin abrir la boca, precisamente porque estaban comiendo. Hubo un primer y tímido intento a continuación del previsible qué tal está y el riquísimo de la respuesta, seguido del puedo probarlo y una discreta negativa que no gustó pero no tuvo ningún comentario como reacción. Pero los platos y el placer con el que eran consumidos por sus respectivos no dejaban de llamar la atención, y mientras los compartidos se sucedían con desigual fortuna y apetito los señalados apuraban y rebañaban, les servían los segundos, tan apetecible o más que los primeros, y sus afortunados beneficiados se regodeaban ante un personal cada vez más callado y en el fondo ofendido, pendiente de ellos.

Se repitió un qué tal, ¿puedo? y la respuesta, si no directamente negativa, sí quedó clara en cuanto a su intención.

Fue transcurriendo la comida, las conversaciones decayendo y las miradas entorvándose, cesaron los intentos, fracasaron las indirectas, por lo que se convirtieron en directas, y finalmente aquello estalló, se perdió la educación y apareció la falta de respeto y los insultos. Qué pasa, amenazaban los ofendiditos, no os gusta compartir que solo lo queréis para vosotros; qué asquerosos, qué egoístas y poco amables. Para eso no haber venido. En fin, a una contestación moderada siguió una indirecta directísima y la siguiente respuesta subió aún más el tono. Aquello derivó en una falsa mayoría contra dos, también los había en silencio, sin saber qué decir y en el fondo avergonzados por lo que estaba ocurriendo. Dos insolidarios y sin deseos de compartir; dos amargados que qué se habían creído, especiales o más que nadie. Si eran incapaces de compartir mejor se hubieran quedado en casa, menudos amigos etc. etc.

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