Confusión

Hablar por hablar es una opción cuando no se tiene nada que hacer o decir, hablar por hablar puede ser lo que todos hacemos cuando no sabemos qué hacer o decir; también lo es cuando las circunstancias nos sitúan frente a frente, hay que pasar el rato de manera relajada o, ya puestos, cuando tratamos de enmendar nuestra insolvencia en las relaciones con los demás; hablar por hablar puede despejar el embarazo de una situación o ser una forma de capear la falta de experiencia en las situaciones más elementales, hablar por hablar puede servir para evaporar nuestros temores más íntimos y alejar el miedo a enfrentarnos a nosotros mismos, a los propios pensamientos, sin que importe la posible inconveniencia o incoherencia del discurso -siempre será más liviano que el otro, el verdadero y propio y que nos gusta menos, bien resguardado al cuidado del olvido-.

Hablar tiene o puede tener muchos más significados que el hecho mismo de intentar comunicarte con tus semejantes, no deja de ser una forma de pasar el tiempo cuando se está aburrido y uno no sabe qué hacer con sus huesos, el problema es que necesitas a otros para que te aguanten -de lo contrario te tomarían por loco-, porque, además, demasiadas veces hablar no necesariamente pretende decir o comunicar algo, en más ocasiones de las deseables hablar es un verbo que se agota en su mismo significado, si hablo, no importa lo que diga, el sonido de mi voz mantiene a los demás callados o a la expectativa -falso-, dedicados a prestarme atención o fingiendo que lo hacen, les guste o no, pero me gusta a mí porque eso quiere decir que soy yo quien lleva la voz cantante y aparentemente domina la situación, y cuando uno está interpretando el público está obligado, por principio o simple respeto, a guardar silencio; el sonido de mi voz acalla al silencio porque de lo que se trata es de que un murmullo predomine por encima de los pensamientos -sobre todos los del hablante-. Hoy nos hemos habituado a oír y oírnos sin que importe lo que decimos o nos dicen, la cuestión es no entorpecer el ruido haciendo todo lo posible para que el runrún de la cadena hablada -sentido o significado al margen- colme el tiempo sin dejar espacio para los intermedios que promueven la peligrosa reflexión, tan sólo eso, pisándonos o interrumpiéndonos si es necesario, hasta el punto de que ese hablar por hablar es ejercitado con cierta soltura y sabios visos de credibilidad por más personas de las imaginables, cuando sólo se trata de enmascarar la intención oculta de acorralar, aburrir, confundir o engañar a los otros, lo que, es cierto, también requiere paciencia y sangre fría, algo de temeridad y mucha cara dura para no desenmascararse y ofender al auditorio descubriendo el principio de todo aquello, que tienes miedo. A fin de cuentas se trata de una pugna permanente por matar el tiempo -en el sentido más crudo y cruel del verbo-, y aunque el habla haya hecho lo que actualmente somos, el presente guirigay de tantas voces interrumpiéndose sin cesar consigue falsear y que se olvide el significado de las palabras, también el principio básico en el que se basa nuestra convivencia y, en última instancia, deteriorando nuestras relaciones más elementales, permitiendo que entre tanto bullicio supuestamente comunicativo reine la confusión, porque el problema principal, que tampoco yo voy a resolver, sigue siendo el mismo, responder a la pregunta que todos deberíamos hacernos ¿de qué hablar cuando se habla?

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