Viejas novedades

Desgraciadamente tendemos a pensar que el mundo de mañana será mejor, porque de algo servirá al fin lo aprendido, se superarán costumbres y visiones antiguas o desfasadas, se solucionarán problemas que parecían endémicos y las nuevas generaciones, gracias a su vitalidad, sabrán dar el golpe de timón necesario para que dejen de producirse los nefastos retrocesos y tantos e incomprensibles pasos hacia atrás, la inteligencia de la juventud que viene pondrá muchas cosas en su lugar correspondiente. Pues no es cierto, la juventud que viene hace lo que le da la gana, y la cuestión que suscita su real gana es ¿saben lo que hacen y son dueños de su gana?

Todo esto viene a cuento porque uno creía superados ciertos hábitos demasiado, digamos, rígidos, reproducidos generación tras generación sin preguntar ni cuestionarse su pertinencia u obligatoriedad; algunos todavía suspiran por su pronta o definitiva eliminación, o tal vez un simple arrinconamiento en aras de una mayor espontaneidad y naturalidad en el trato y las costumbres. Suposiciones ridículas. Uno de los temas en permanente revisión es la vestimenta, en concreto su uniformidad o la obligación de repetir ciertos patrones que la mayoría encontrábamos ya aburridos en nuestra lejana juventud, cosas de gente entrada en años con poca iniciativa y escasa capacidad de renovación, resultaba curiosa la docilidad con la que las personas se enlataban en trajes y vestidos imposibles para asistir o mostrarse en determinadas situaciones sociales, algo que siempre parecía demasiado severo o caduco, o que sencillamente a algunos nos pillaba demasiado lejos, nosotros no seríamos así, nuestra libertad de hacer lo que nos viniera en gana sin perder el respeto podría con todo, hasta con las normas más vetustas y encorsetadas hacia las que nos inducían nuestros padres como algo inevitable si uno quería moverse o vivir en sociedad como una persona normal o decente, que venía a ser lo mismo. Pero estas pasadas fiestas me han vuelto a demostrar que uno puede equivocarse una y mil veces y que las sorpresas no dejan de sucederse, para peor, porque ocurre que aquello que también creía abandonado o francamente superado vuelve con un cariz revisionista, acrítico y casposo que probablemente tiene que ver con la reaccionaria vuelta de tuerca en las costumbres que está procurando esta crisis dirigida. En estas últimas y festivas noches los sobresaltos se reproducían en cualquier esquina en forma de jóvenes y menos empaquetados en americanas decimonónicas junto a jóvenes y menos encorsetadas en vestidos despampanantes -tal que sus madres- aupadas sobre altísimos tacones destroza pies pasando frío en aceras desangeladas junto a bolsas repletas de alcohol barato y refrescos comprados en el 24 horas más cercano, aguantando, tiritando o calentándose bebiendo ante la puerta de una sala de fiestas a la que tenían prohibido acceder -por ser menores de edad en parte- y porque, salvada la particular y aleatoria criba de la entrada y una vez dentro, la boca se secaba y había que regresar a la fría noche igual de trajeados y engalanadas para sorber un par de vasos de plástico antes de volver a entrar suspirando porque el reloj alcanzara cuanto antes el amanecer. Formas diferentes de divertirse, dicen.

Estos contrastes, al margen de parecer curiosos o divertidos, no dejan de ser deprimentes o grotescos, tanto da, porque, qué capacidad de reacción muestran estas criaturas si su solvencia crítica y su capacidad de enfrentarse a ciertos convencionalismos se limita a mimetizarse disfrazándose de severidad -ignoro el criterio o los objetivos- para malvivir en la orilla de la miseria frente cristaleras empañadas que cobijan en su interior a otros más afortunados en cuestiones económicas que ya comienzan a mirarlos por encima del hombro. ¿Mendigan un hueco al otro lado del cristal?

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Año Nuevo

De vuelta a casa las ganas de fiesta se habían evaporado, ya no le apetecía seguir porque no dejaba de maldecir, maldecirse, odiarse y renegar incapaz de separarse de su cabeza, preso de ella y sus condiciones, las que en todo momento le eran impuestas sin su consentimiento -cada vez estaba más convencido de ello-, su maldita cabeza, la misma que dirigía sus pasos y su vida; y volvía nuevamente hacia atrás, hacia la casualidad que le llevó en los primeros minutos del año tras aquella hermosísima mujer depositándolo en el rellano de una escalera, ante la puerta de su casa, tiranizado por un deseo al que no se sentía capaz de contener por mucho más tiempo, obligado por sus manos, que seguían necesitando más de lo que podían tocar y sin capacidad ni tiempo para saborear, en un frenesí de pasión y violencia en el que la confusión de sus sentidos era tan completa que casi estuvo a punto de verterse allí mismo, otra vez, en aquel rellano un poco descuidado, nunca habría dicho sucio porque su resplandeciente belleza  disimulaba la mugre iluminando el mundo, y si la había probablemente sería simple desatención y una agenda demasiado apretada que no dejaba tiempo para elegir con cuidado el lugar dónde habitas, y mucho menos si se habla del rellano de una escalera. Pero ahora, bastante después, sí era capaz de apreciar los detalles que antes fueran circunstancias completamente prescindibles, adornos forzosos que suelen ocupar los rincones del camino hasta la cama y que uno mismo, aún doblegado por el extravío que tanta belleza procura, se permite mecánicamente rastrear tal que referencias mínimas para saber por dónde anda, por si hay que salir por piernas.

Tanto ardor, tanta turbación, tal grado de excitación sufrió un segundo golpe, al que tampoco entonces quiso dar importancia, cuando al abrir la puerta del piso tropezó con una bolsa de basura sin cerrar que desparramó por el suelo un variado surtido de desperdicios humanos entre los que sobresalían platos a medio comer -algunos pintados con los restos de líquidos de estercolero-, colillas de cigarrillos, toallitas de maquillaje o mondaduras de alguna fruta tropical. Además, aquello olía francamente mal -un estómago más cuerdo hubiera gritado inmediatamente-, no como su supuesta propietaria, tan cautivadora como embriagadora y sugerente; de camino a lo que imaginaba sería la alcoba, hacia la que ella le tutelaba sin apartar los ojos de los suyos -sabia conocedora del terreno-, los olores comenzaron a mezclarse de igual a igual con la excitación, allí apestaba, notaba cómo se le pegaban las suelas de los zapatos al suelo y en un acto inconsciente desistió de la intención inicial de descalzarse, optando sabiamente por no hacerlo hasta llegar a la cama, supuesto destino de aquel cotarro. Volvió a tropezar, esta vez con un cubo lleno hasta el borde de un agua negra amenazante que se tambaleó a punto de derramarse, no tuvo tan mala suerte, la puerta de la alcoba se abría por fin cuando sus pantalones ya venían arrastrando por el suelo. Ella seguía sin desnudarse por completo, moviéndose lasciva con la falda arrollada en la cintura, no hacía falta más, pero cuando, dándose ágilmente la vuelta, le empujó sobre la cama no pudo advertir las tostadas que llenaban las copas de un sujetador abandonado entre el edredón desecho bajo una pila de almohadones y cojines decorados con lamparones de diversa procedencia, y cuando se sintió cara al techo, con las migas y los restos de mermelada clavándosele en la espalda, mientras ella supuestamente se quitaba las bragas, tampoco pudo evitar repasar en un rápido vistazo la estancia, no es que hubiera suciedad por descuido o constante ajetreo, comparado con aquello la leonera de la que le acusaba su madre de tener convertida su habitación cuando todavía vivía con sus padres era el baldaquino de Brunelleschi en el Vaticano; alimentos a medio comer abandonados en la cama y el suelo, botes de refresco olvidados en la mesilla de noche, cercos dejados por fluidos de los que nadie en su sano juicio querría saber en sábanas y paredes, algún condón usado y manchas sólidas de humedad más antiguas que la inquilina, y una lámpara churretosa ocupada por una bombilla mugrosa de apenas cuarenta tristes y decepcionantes vatios que convertía la habitación una guarida sojuzgada por las sombras, lo que de repente impedía distinguir el rostro de una mujer que ahora se le sentaba encima, ya sin bragas, pidiéndole más guerra.

Pero la batalla final no tuvo lugar, la aprensión y el asco que le atenazaron la garganta y la polla fueron memorables, el estómago aguantó de entrada, no vomitó, pero su polla quedó derrotada en decimas de segundo, y cuando la arcada resurgía de sus recientes cenizas, justo cuando la cara pintada de aquella estupendísima hembra descendía hasta situarse a milímetros de sus labios, no pudo evitar dar un salto apartándola con violencia hacia un lado y salir disparado hacia la puerta, pero en su desesperada huída no pudo evitar reincidir y volcar el cubo de agua sobre la madera y casi matarse al escurrirse con la basura esparcida delante de la puerta, lo que no impidió que regurgitara en el rellano la primera papilla, un primer envío, el segundo pudo ser contenido y afortunadamente detenido por el aire fresco de la calle que lo lanzó de espaldas a la pared suspirando aliviado e invadido por una placentera sensación de libertad y felicidad de la que no recordaba antecedentes.

Minutos más tarde y de vuelta a casa, hundido entre el jolgorio general por el Año Nuevo, empezaba a maldecir, su sexo volvía a pedirle guerra reprochándole la frivolidad y crueldad con la que había desperdiciado una oportunidad de oro, pero ya no se sentía capaz, maldijo más fuerte, todo por culpa de su madre, sí, su madre y la manía de la limpieza que se encargó de inculcarle desde pequeño y que nunca pensó le impediría echar el polvo de su vida, más o menos, aunque, ahora que lo pensaba, ¿te imaginas lo que tendría aquella tía entre las piernas?

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Artistas

Últimamente estaba consiguiendo un alto grado de naturalidad y franqueza en sus envíos, y aunque había gente que protestaba, sobre todo por hacerse notar -los mismos de siempre, los que suelen tomarse las cosas como ofensas personales-, en general la mayoría había aceptado y llegado a apreciar el tono auténtico y excepcional de su obra, el resultado de un firme acto de valor que por fin había acertado a la hora de encauzar su creatividad a partir de la exclusiva legitimidad de su vida diaria, un paso adelante que no todos estaban dispuestos a dar debido a un absurdo pudor que para otras cosas menos originales y hasta vulgares no era problema, ejemplos de ello los había en abundancia, todo ese sufrimiento gratuito propagado sin escrúpulos a los cuatro vientos en forma de millones y millones de fotografías espantosas, vulgares y ridículas que hacían a sus autores pavonearse como imbéciles de su propia estupidez. Que ella supiera no existían datos o referencias de ninguna otra persona que hubiera alcanzado tal grado de singularidad y valentía en sus envíos, ninguno como los suyos, tan íntimos, quizás un poco violentos o inconvenientes al principio, pero si una quería ser original y atractiva al mismo tiempo tenía que arriesgarse con lo más comprometido, que no era tal ni lo más importante, sino el lógico resultado de la puesta en juego de un indudable coraje para fotografiar lo que todo el mundo en el fondo desea pero nadie se atreve. Ya estaba bien de fotografiar y enviar filetes, flores, montañas nevadas, pescado, puestas de sol, coliflores, torres, bollitos, pasteles, bolsos, tartas, gambones, mascotas o todas esas simplezas a las que la gente suele apuntar la cámara cuando, por ejemplo, se sienta ante un plato de comida bien presentado y que no es el de todos los días, como si las cosas realmente reveladoras sólo sucedieran fuera de una. Nunca había que olvidar la valiosa intuición, esa capacidad especial, tan íntima y personal, de ver el mundo que te rodea, así como tampoco despreciar, sin engaños ni falsa modestia, la importancia del propio cuerpo, ya que el verdadero talento a la hora de ofrecer al público tu obra ha de empezar a trabajar a partir de una misma, proceso lógico que tiene que irse ampliando y mejorando.

Por todo ello sus últimas creaciones eran la consecuencia lógica de su particular proceso creativo, a las fotografías acerca de la ingesta de alimentos, aquellos primeros planos de su boca abierta y llena de comida tan impactantes y efectivos, debían seguir estas otras donde mostrar la salida por la otra parte del cuerpo de los desechos que la ingestión y posterior digestión de aquellos mismos alimentos producía y expulsaba al exterior. Y al igual que ayer las fotografías de hoy no es que prometieran ser especiales, pero eran la obligada continuación, con igual derecho a la permanencia e interés, otro elemento más del que dejar constancia, en su breve y peculiar existencia, antes de que desapareciera por el desagüe de la taza del wáter; abrió pues las piernas y apuntó hacia sus propias deposiciones, los marrones de esta mañana lucían más brillantes y llenos de matices, adornados además por decenas de pequeñas motas negras y verdes, hizo una y luego otra, después, tras comprobar con satisfacción que las imágenes eran claras y nítidas tiro de la cadena, pero antes de limpiarse decidió enviárselas a su público, seguro que también estas les gustarían, seguían siendo igual de originales, únicas, otra manifestación más de su “vis artística”, como solía contestar a sus admiradores. Continuó con las rutinas habituales post defecación, se lavó las manos cuidadosamente y volvió a preparar el teléfono para la siguiente instantánea, y cuando apagaba la luz del baño para proseguir con su día sintió como una punzada de debilidad en su impulso creativo, algo parecido a un punto muerto porque de pronto el aliento y las ideas parecían haber volado y dudaba cómo continuar con su trabajo, era como si una parte importante de ella se hubiera ido por el desagüe de la taza del wáter; retrocedió de inmediato al baño y encendió de nuevo la luz, ante el espejo aparecía su cuerpo desnudo, se giró sobre sí misma y se dobló por la cintura hasta que el origen de su última obra se convirtió en la única imagen en el espejo, suspiró aliviada, había material para rato.

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Borobia

Son las siete y media de la tarde y el templo, en una pequeña capital de provincia, viste  de gris y casi vacío, los bancos salpicados por unas veinte personas, la mayoría mujeres de edad y algún hombre también entrado en años, que inclinan la cabeza ante las palabras de un sacerdote sentado tras el altar, imagino que debido a algún impedimento o indisposición física; el anciano sermonea y conduce la ceremonia entre loas y santos, vírgenes santísimas, ascensiones a cielos excelsos e incomprensibles y profusas menciones a Dios y a su hijo Jesús como único camino para redimirse de esta dura y desagradecida vida que, para nuestro infortunio, nos ha tocado padecer a los hombres. Los feligreses rezan y cantan a las piedras de una construcción no tan antigua como las profecías y supuestas revelaciones que incansablemente difunde su representante, restos de viejas creencias erigidas sobre el temor y la ignorancia y sostenidas por una fe egoísta y maquinal, vestigios humanos sometidos a la tiranía de un absurdo oscuro e impenetrable; una gran parroquia formada por personas que en algún momento de sus vidas decidieron, en contra de todo lo humano, permanecer en la santa ignorancia y el fervor a un cielo que nadie ha visto jamás, llevando cada cual su propia existencia como si fuera una penitencia obligada a la espera de la visión de un Dios particular que probablemente no coincidiría ni siquiera en dos de ellos.

Son las siete y media de la tarde y en el observatorio astronómico de la pequeñísima población de Borobia un grupo de unas quince personas, entre niños y adultos de mediana edad, atienden en silencio al astrónomo encargado que les instruye con verbo diestro y ameno acerca de los progresos de la ciencia y de cómo gracias a la imaginación, perseverancia y trabajo de un puñado de hombres a lo largo de la historia la humanidad ha ido avanzando hasta el actual presente; cuenta también cómo las ciencias del cielo fueron poco a poco abriendo puertas a las generaciones siguientes, destronando mediante pruebas concluyentes e irrefutables a enemigos arrogantes y maliciosos y desterrando supersticiones hasta demostrar mediante evidencias científicas que el origen del hombre, cada uno de los átomos que forman su cuerpo, proviene de las estrellas -algo que suena muy, muy bonito-. El lugar es pequeño y hace frío, pero la atención general ante las maravillas y descubrimientos que sigue desgranando aquel hombre no decae, todo lo contrario, va en aumento a medida que se va aproximando el final cuando, tras sus inteligentes y certeras palabras, el guía invita a los presentes a observar a través del telescopio, uno a uno, el increíble espectáculo de las estrellas en una comunión única entre la grandiosidad del firmamento y la valerosa insignificancia del hombre aquí en la tierra.

Ambas ceremonias se mueven en universos distintos a pesar de ser simultáneas en el tiempo, la primera responde a un mundo antiguo, atrasado y trágico del que apenas ya nada puede decirse hoy y solo cabe aceptar con resignación apoyándose en la esperanza de una fe insensible.

La segunda ceremonia, en cambio, es a la vez pasado, presente y futuro, una particular celebración encargada de mostrar y constatar el enorme valor de unos hombres y, por extensión, de una humanidad que en su inmensa pequeñez ha sido y todavía es capaz de levantar la cabeza para contemplar el hermoso cielo y preguntarse sin miedo, porque lo que es y a lo que aspira también se perderá en las estrellas para crear otros mundos. El presente es de éstos, el futuro también, todavía hay esperanzas.

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No sólo fútbol

Hay cosas que con la perspectiva que proporciona el tiempo lucen mejor, desde luego el pasado sigue siendo pasado, pero sin la tensión, la ofuscación o la torpeza de entonces, o sea, puede hablarse y discutirse sobre él con más calma porque no ya no existen presiones o cuestiones espinosas, en primera persona o de rabiosa actualidad, y los más exaltados de entonces, atenuada u olvidada la euforia o la pasión, andan en otros menesteres que ocupan ahora su tiempo y ya no responden con sorna, odio o violencia; lo que no quita que para muchos sus dioses sigan siendo tales y su omnipotencia y real gana los mantenga a salvo por los siglos de los siglos de la crítica del resto de los mortales, envidiosos redomados sufriendo desde su inferioridad e incapaces de congeniar, saborear o admirar el parnaso de los elegidos. Aunque suele darse que una vez pasado el tiempo resulta que el dios o dioses no eran tales sino engañabobos que en el fondo no hicieron nada relevante por los demás, sólo aprovecharse de las circunstancias, cualidades y calidades de unos y otros, pues sin ello y sin la suerte de estar allí en el momento oportuno no habría ocurrido nada de nada de lo que hoy recordamos con admiración u orgullo. Esto viene a cuento porque hay una cosa que me interesa de los logros colectivos, ¿son el resultado de empeños exclusivamente individuales -dependen de la voluntad de uno, el líder, el más astuto o el más hábil-, o se afirman y materializan, luego también finalmente son, gracias y en exclusiva al concurso de muchos, es decir, no era necesario ningún líder, sino que fue la propia multitud la que, en una apuesta y esfuerzo común, lo consiguió, sin ella no hubiera habido nada? ¿son los logros colectivos la casual materialización de unas aspiraciones o ilusiones comunes sin fecha o simplemente eternas, en permanente espera del cerrajero que dé con la llave correcta -el sí o no-, y por lo tanto obedecen únicamente a la obsesión particular de una voluntad, digamos, perseverante o excepcional, que obliga al resto a un duro trabajo, aún en contra de sus propios y personales deseos, con el resultado final de un éxito y celebración de la voluntad general como resultado añadido?

Hablando de fútbol, pasado el tiempo en el que el Club de Fútbol Barcelona encandiló al mundo con su juego, el presente se parece más a un mar de dudas de donde emerge cierta confusión y la falta de un objetivo claro; cada vez más lejanos aquellos laureles, alabanzas y gritos de admiración, queda una resaca en la que ninguno de los presentes sabe nadar o moverse con soltura, demasiados recuerdos y nostalgia procuran erróneas rememoraciones y vanos intentos que crean tiranteces y desorientación, porque sencillamente estos tiempos no son aquellos y también toca vivirlos, y eso es más complicado cuando hay demasiadas voces intentando hablar a la vez. Evidentemente la cuestión que toca es si el éxito pasado se debió a la obsesión de un único tipo que, con voluntad de hierro y unas ideas muy claras e innegociables, utilizó y tiró del resto para alcanzar sus propios y personales objetivos -una apuesta arriesgada que al primer tropiezo o racha negativa importante podría haberse ido al garete, quizás debido al empecinamiento o nerviosismo de otros más impacientes o con propuestas distintas-, logrando finalmente que el juego colectivo de tantos buenos jugadores y otros menos sumaran para colaborar en la consecución de una única idea que en algunos o muchos casos dejaba a un lado egos y aspiraciones particulares en función de una única labor común que, afortunadamente, salió bien; pero pudo muy bien haber fracasado tal y como le sucede al tipo que muere de sed en el desierto cuando, desfallecido y agotado, se abandona a tan solo unos metros de la última duna que con tan solo remontar le hubiera mostrado la salvación en la forma de un fresco y hermoso oasis. Hay dos cosas en todo ello, la voluntad y el trabajo de una sola cabeza y, segundo -¿más o menos importante?-, la voluntaria disponibilidad del resto a aceptar, obedecer y seguir al guía cumpliendo a rajatabla todas sus exigencias -incuestionalidad de Messi incluida- , llevando a cabo sin rechistar las consignas que, como si estuvieran grabadas a fuego, dirigieron sus mentes durante el tiempo que duró aquello.

En sus mejores momentos, en la cima del éxito, Guardiola solía decir, aparentemente entre sincero y sorprendido, que no había cosa que le hiciera sentirse mejor que hacer feliz a tanta gente. Era la afirmación de un tipo que se asomaba desde la terraza de su torre de marfil, o incluso bajaba a la calle, y se sorprendía de que su obsesión y trabajo repercutiera de manera tan grata en tantas voluntades al parecer faltas de una determinación similar para encauzar y llenar sus propias vidas. Luego, ¿sin líderes no existen progresos o victorias? ¿es imposible que tantos o muchos se pongan de acuerdo por propia voluntad si no existe alguno que, ni siquiera primus inter pares, tenga claro que los demás son o han de hacer de secundarios indispensables para su causa, asumiendo éstos por iluminación divina o propia convicción un papel secundario en un proyecto que no es el suyo, aunque satisfaga algunos o muchos deseos y objetivos comunes, y que el éxito final, de lograrse, siempre se deberá a la férrea mano, brillantez, voluntad y dirección de uno sólo?

PD. El mundo es hoy un poco peor, ha muerto Nelson Mandela. ¿Qué mejor ejemplo para tales preguntas?

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De pronto

A veces es difícil decidir qué es lo que quieres cuando no dispones de tiempo para hacerlo, cuando los planes no están a mano y hay que inventar sobre la marcha, entonces los cálculos comienzan a fallar y las expectativas huyen despavoridas, salvo que puedas improvisar mientras andas pensando qué hacer aparte de esperar, porque, para empezar, estas cansado de esperar, harto de cansarte y olvidado, obligado a organizar tu vida de pronto en solitario, o frente a aquella momia, que viene a ser lo mismo. Uno y otra se miraban de reojo, con desconfianza, una novedad donde antes había gobernado la indiferencia, sin ganas ni alternativa porque el tiempo sería corto, debería ser corto, concentrados o preocupados por la siguiente etapa del viaje y las prisas, además, no había voluntad ni interés por comenzar nada que fuera a quedarse a medias; y ahora no les apetecía hablar ni preguntar quién les esperaba o por qué estaban allí, dónde iban, cuál sería el siguiente destino de sus vidas o de sus vacaciones, las que ellos mismos estaban gastando y compartiendo desde que esperaban juntos, porque, con toda seguridad, aquello tenía pinta de vacaciones, abandonados en aquel cruce desolado o dejados, porque ninguno de los dos eran de los que fuera fácil conformar y llevar a cualquier sitio, tan especiales que siempre tenían un pero más necesitado de satisfacerse. Por supuesto ya era tarde para empezar a confraternizar, o simplemente no les apetecía, ahora no, era un último recurso demasiado evidente para quienes no acostumbran a contar con ellos porque su dominio del tiempo es casi completo. Tampoco valía que estuvieran juntos y solos porque ya no querían estarlo, nunca lo quisieron, como no les había gustado, y que el autobús siguiera sin aparecer por la curva más cercana comenzaba a ser algo más que preocupante, el siguiente paso era odiarse o hacerse insoportables uno al otro, enemigos declarados desde la nada o después de tantos minutos juntos sin decidirse por alguna utilidad simplemente pasajera. Desde hacía rato estaba claro que el autobús no llegaría a tiempo porque ya no había tiempo previsto, ni siquiera tarde, el tiempo ya no era para algo o nada sino para sacarlos de allí, ambos mirando hacia el mismo lugar e intentando no tropezar para no tener que decirse algo incómodo o desafortunado, ni siquiera el socorrido cuánto tarda o ya llego tarde, su obstinación era solo comparable a su común abandono. Él, definitivamente perdido el tren que debería llevarle a la montaña y sus colegas, negado y sin perspectivas que no fueran buscarse otro medio de transporte para cuando llegara donde no era allí; y ella, también perdido para siempre el avión y sin posibilidad de otro vuelo que la regresara con sus nietos, su mundo y sus categóricos porqués, retenida a la fuerza en esta tierra tan desagradecida donde los desconocidos solo sabían hacer de desconocidos, tan distintos a los que en otro momento, sobre todo cuando era más joven, había conocido o creía haberlo hecho por la sencilla razón de que entonces ella misma se ofrecía con más claridad y menos temor de lo que lo hacía ahora, más preocupada por lo que le quedaba, que prácticamente le daba igual pero que de pronto se había convertido en una obsesión que no podía quitarse de la cabeza, durar, también es cierto que esa obsesión era ella al completo, sus veinticuatro horas de cada día de la semana, una vida obsesionada porque la obsesión la mantuviera viva otra mañana más. Cosas de anciana que aquel niñato enmochilado nunca comprendería, para él la vida era sólo futuro y como tal no tenían nada que decirse, pura coincidencia, probablemente un tarambana obsesionado por el riesgo y la aventura de tarjeta de crédito y el aburrimiento. Aburrimiento era el de aquella viejales aferrada a su maleta como si fuera el tesoro de Sierra Madre. Pero la espera continuaba y probablemente tocaba variar la estrategia e intentar un repulsivo acercamiento que remediara la amargura de no saber qué hacer, aunque eso significara ceder y, por supuesto, ninguno iba a ser el primero; cuando justo aparecía el autobús por la curva y de inmediato los dos se daban la espalda como si estuvieran allí de paso, una casualidad, pero no, no era una casualidad porque aquel no era su autobús, y los suspiros de alivio se iban oscureciendo mientras el fastidio pugnaba por impedir el paso al odio y a los segundos; imposible, venció el tiempo que los hizo girar sobre sí mismos hasta que sus ojos se encontraron en un destello de mutuo reconocimiento que no pudo durar porque el disparo que estalló a continuación se llevaba la vida de uno de los dos. El muchacho se desplomaba tan sorprendido por su inexplicable marcha como aturdido por la violencia con la que los ojos de la anciana seguían su derrota; ella vencía, volvía a estar de pie a salvo de sorpresas y escrutinios, regresaba el arma a su lugar aliviada y vencedora de las obligaciones que impone el vivir con gente que constantemente interrumpe tu delicado presente, tú, que haces lo posible por no tropezar y dejarlos en paz, hasta que de pronto llega el día que sin esperarlo o a traición, que viene a ser lo mismo, te encuentras con las antípodas en una parada que alguien inventó para joder a las personas obligándolas a hablarse.

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Cabos sueltos

De pronto, el más aburrido de todos abrió la boca: Y todavía habrá gente que se lo crea. El comentario venía a cuento de un anuncio televisivo en el que aparecía una entusiasmadísima y joven señora armada con un limpiador de baño y un trapo gritando a la cámara que sus grifos relucían más limpios que ninguno; allí estaba, tan enormemente feliz contando su experiencia como si fuera la cosa más importante que hubiera hecho en su vida, dando a entender con ello que su paso por este mundo quedaba largamente cumplido y satisfecho. Alguien comentó que la publicidad en televisión se apoya en sesudos estudios de departamentos de marketing en los que expertos en el tema concluyen que sí, que hay mujeres que darían su vida por dejar los grifos limpísimos (¿?). De pronto me acordé del señor con sotana -o prelado-, (de esos que dedican los años de su juventud a memorizar, convencerse y aceptar que es imposible demostrar la existencia de Dios y que, en última instancia, sólo queda el clavo ardiendo de la fe, para luego ser soltados en la tierra del resto de los mortales a predicar entre ingenuos y temerosos necesitados de un pastor que los guíe… -perdón por el inciso-) recomendando un libro escrito por una infausta mano que, más o menos, venía a resumir en una consigna específica el papel de la mujer en este mundo, el de casada y sumisa (¿?).

A continuación recordé el manifiesto de los intelectuales franceses protestando contra la nueva ley que multaba o encarcelaba, no recuerdo muy bien, a las prostitutas que fueran vistas ejerciendo en la calle, a tales eminencias solo se les ocurrió encabezar su panfleto con un, si no me equivoco, “todas son nuestras putas -interesante ese nuestras, toda una declaración de principios- (¿?). Más; hace poco, en una revista de moda de un periódico de tirada nacional, aparecía una patética señora de setenta años encaramada en una motocicleta luciendo pata -de nuevo perdón, por lo de lucir- y un rostro que el temor a la muerte había destruido cruelmente mediante la cirugía estética; también había algo de texto, el pie de una fotografía dejaba caer algo así como que para aquella infeliz ponerse y sentir un vestido era lo mismo que alcanzar un orgasmo (¿?). Y por último, hace ya algo más de tiempo, otro periódico publicó en su edición en internet -desconozco si también lo hizo en la edición en papel- una noticia o reportaje en el que se venía a decir que una escuela de sexo, creo que rusa, buscaba local en España para montar una sucursal. En una de las fotografías que acompañaban a la noticia podía verse una clase repleta de señoras muy formales de todas las edades sentadas ante sus respectivos pupitres, y pegados o sujetos a la superficie de cada uno ellos unos bonitos, coloreados y generosos penes de plástico o silicona bien enhiestos sobre los que, supuestamente, las alumnas debían afanarse chupando, comiendo y lamiendo bajo la atenta mirada de instructoras que las orientaban y aconsejaban para lograr con su esfuerzo y dedicación un resultado fetén; loable tarea (¿?).

Y todo esto por un anuncio y la pregunta que surgió después ¿en qué siglo vivimos? ¿Todavía hay mujeres que sienten y se comportan, o anhelan comportarse, como lo que estos ejemplos venden? Quizás el equivocado sea yo y la cosa no tenga importancia, porque todavía no me he dado cuenta de que la cuestión no es que hoy las mujeres tengan que soportar semejante cúmulo de vejaciones, sino que algunas o muchas aceptan, practican y aspiran a tales ejemplos y prácticas sin que se les revuelvan las tripas. Disculpen, me pongo yo mismo las interrogaciones (¿?).

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Mirando

Hablaba mirando a la ventana, o al techo, bebiendo el güisqui a pequeños sorbos y leyendo en algún sitio entre el cristal y la pintura lo que me estaba diciendo acerca del amor y la increíble suerte de aquellos que alguna vez se han sentido enamorados; hablaba de emociones a flor de piel, nerviosismo, sudores, estremecimientos, impaciencia y enfados tremendos, ascensos meteóricos en los que se tocaba el cielo y caídas vertiginosas hasta hundirse en estados depresivos desalentadores o destructivos. Llegó un momento en el que, de pronto, calló y no supe por qué, la miré, nos miramos y ninguno sonrió, era que no se le ocurría qué decir. Solucionó la papeleta con la socorrida sentencia que certifica la existencia de muchas clases de amor, porque todo el mundo habla del amor o de su idea del amor, a pesar de lo cual todavía hay muchos que siguen sin conocerlo, no lo conocieron o no coinciden con él porque sencillamente ese amor con el que sueñan no se pliega a sus intereses, sobre todo cuando hay sexo por medio, porque son dos cosas distintas, dicen, puede haber sexo sin amor y sexo con amor, depende de las personas y del sexo, o sólo sexo y de frente, cuestión de satisfacer apetencias exclusivamente personales, de poder o simple estupidez; y también existe el amor de madre, el que se impone entre adultos sin sexo, con sexo virtual o visto y amor a los animales, pero este amor no es igual, se dice del mismo modo pero no tiene nada que ver. Pero hay gente que ama más a su perro que a su mujer. Pero no es lo mismo, me interrumpió ella. Ya, pero los hay que pasan todo el día con el pobre animal, lo asedian sin piedad obligándole a su compañía mientras entretienen su aburrimiento sin nunca preguntarle al perro… Pero no es lo mismo, volvió a repetirme. Ya, me he perdido. Pero el amor se alimenta de deseos, ausencias y lealtades, y hay parejas a las que todo eso les queda muy lejos, luego no están enamorados, se soportan. Tampoco contestó. Miraba a la ventana. Lo siento por ellos. Probablemente no han conocido ni conocerán el amor. ¿Qué amor? No sé, nunca hubo pasión entre ellos, era simple deseo egoísta y manipulador, satisfacerse con quien por entonces tienes más a mano, y si funciona al final te acostumbras y te casas, da igual si es él o ella. Y ya está. Yo todavía confío en volver a enamorarme. Qué suerte. Es cuestión de buscarlo, no, hay que dejar que te encuentre. ¿Para qué? Para embarcarme de nuevo en la misma y apasionante zozobra. ¿Las mismas sensaciones que sentiste entonces? Sí. Pero ya no eres la misma persona. Pero tengo la misma fuerza ¿Tú crees? Sí. ¿Y si encuentras el amor con alguien que ama los perros? Imposible. Si no he entendido mal creo que el amor del que hablas es un sentimiento que no se puede controlar. Te enamoras sin que puedas evitarlo, pero tu amado o amada prefiere los perros, a ti también, pero con perros, o con sus padres o en un ménage à trois. Si es auténtico amor hay que sufrir, y aunque en apariencia no lo parezca al final el amor prevalece. O no. Hay personas para las que el amor lleva aparejado una serie de requisitos, no va uno a dejar todo por otro a las primeras de cambio, sus vidas… Pero vivir es enamorarse, y si te enamoras eres capaz de dejarlo todo. Siempre. O no. No te entiendo. Se hizo el silencio y ambos apuramos nuestros respectivos vasos al mismo tiempo. Ella se levantó a por más hielo y a la vuelta continuó ensimismada en la ventana. Nos servimos otra copa y yo también me puse a mirar el cristal, por si acaso. La tarde lucía gris y entonces lo vi, escrito en el aire entre el techo y la ventana, no sé si con amor o sin él pero en cuestiones de amor seguiríamos pensando y sintiendo diferente, porque además del amor, acerca del que con tanta ligereza opinábamos, coincidíamos o disentíamos, ninguno se aventuraba con el amor propio, era precisamente eso lo que estaba leyendo, del poderoso y hermético egoísmo que, con o sin nuestro consentimiento, domina con brazo de hierro todas las vidas y del que con demasiada frecuencia la gente se olvida porque gusta pensar que uno es diferente, más simpático o extrovertido, o más auténtico, no es retorcido o pasional, se preocupa por los demás, su amor por ellos es infinito, casi tanto como el que siente por su pareja, porque mi amor es… en fin, siempre el mismo ombligo.

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Confusión

Hablar por hablar es una opción cuando no se tiene nada que hacer o decir, hablar por hablar puede ser lo que todos hacemos cuando no sabemos qué hacer o decir; también lo es cuando las circunstancias nos sitúan frente a frente, hay que pasar el rato de manera relajada o, ya puestos, cuando tratamos de enmendar nuestra insolvencia en las relaciones con los demás; hablar por hablar puede despejar el embarazo de una situación o ser una forma de capear la falta de experiencia en las situaciones más elementales, hablar por hablar puede servir para evaporar nuestros temores más íntimos y alejar el miedo a enfrentarnos a nosotros mismos, a los propios pensamientos, sin que importe la posible inconveniencia o incoherencia del discurso -siempre será más liviano que el otro, el verdadero y propio y que nos gusta menos, bien resguardado al cuidado del olvido-.

Hablar tiene o puede tener muchos más significados que el hecho mismo de intentar comunicarte con tus semejantes, no deja de ser una forma de pasar el tiempo cuando se está aburrido y uno no sabe qué hacer con sus huesos, el problema es que necesitas a otros para que te aguanten -de lo contrario te tomarían por loco-, porque, además, demasiadas veces hablar no necesariamente pretende decir o comunicar algo, en más ocasiones de las deseables hablar es un verbo que se agota en su mismo significado, si hablo, no importa lo que diga, el sonido de mi voz mantiene a los demás callados o a la expectativa -falso-, dedicados a prestarme atención o fingiendo que lo hacen, les guste o no, pero me gusta a mí porque eso quiere decir que soy yo quien lleva la voz cantante y aparentemente domina la situación, y cuando uno está interpretando el público está obligado, por principio o simple respeto, a guardar silencio; el sonido de mi voz acalla al silencio porque de lo que se trata es de que un murmullo predomine por encima de los pensamientos -sobre todos los del hablante-. Hoy nos hemos habituado a oír y oírnos sin que importe lo que decimos o nos dicen, la cuestión es no entorpecer el ruido haciendo todo lo posible para que el runrún de la cadena hablada -sentido o significado al margen- colme el tiempo sin dejar espacio para los intermedios que promueven la peligrosa reflexión, tan sólo eso, pisándonos o interrumpiéndonos si es necesario, hasta el punto de que ese hablar por hablar es ejercitado con cierta soltura y sabios visos de credibilidad por más personas de las imaginables, cuando sólo se trata de enmascarar la intención oculta de acorralar, aburrir, confundir o engañar a los otros, lo que, es cierto, también requiere paciencia y sangre fría, algo de temeridad y mucha cara dura para no desenmascararse y ofender al auditorio descubriendo el principio de todo aquello, que tienes miedo. A fin de cuentas se trata de una pugna permanente por matar el tiempo -en el sentido más crudo y cruel del verbo-, y aunque el habla haya hecho lo que actualmente somos, el presente guirigay de tantas voces interrumpiéndose sin cesar consigue falsear y que se olvide el significado de las palabras, también el principio básico en el que se basa nuestra convivencia y, en última instancia, deteriorando nuestras relaciones más elementales, permitiendo que entre tanto bullicio supuestamente comunicativo reine la confusión, porque el problema principal, que tampoco yo voy a resolver, sigue siendo el mismo, responder a la pregunta que todos deberíamos hacernos ¿de qué hablar cuando se habla?

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Gravity

Ver en una sala de cine Gravity es un auténtico placer -quienes se han habituado al DVD para consumir cine cómodamente en su casa no disfrutarán ni saborearán la misma película-. No recuerdo dónde leí que el experto de turno corrió a Internet nada más salir de la sala donde la proyectaban para difundir a los cuatro vientos los errores científicos de Gravity, imagino que con ello se quedaría mucho más tranquilo y descansaría mucho mejor tras descubrir al mundo tanta imprecisión y atentados a la física como suele cometer el cine, menos mal que todavía hay responsables tan interesados por la verdad. Pero mi interés no se ha desviado, era una observación que en su momento me pareció curiosa -allá cada cual-, porque lo primero que tuve claro es que Gravity es una película para ver en el cine, y en 3D, y que conste que nunca me convenció el inventó, hasta ahora lo que había visto -tal vez poco-, no merecía mucho la pena, el 3D no aportaba nada, todo lo contrario, enrarecía la película, y de los guiones ni les cuento. Gravity gravita sobre un escueto guión que se sostiene solo de pié, muestra una realización física y técnica trabajosa, templada y muy calculada, hace alarde unos efectos especiales que, al margen de los errores puntillosamente científicos, que los hay, no alteran ni pierden de vista el guión, sin salidas de tono y con las justas florituras -en manos de cualquier manirroto obsesionado con los efectos especiales la película podría haber acabado en un auténtico desastre-, y además cuenta con un montaje que consigue fijar al espectador a la butaca durante la hora y media que dura la cinta; a lo que añadir unos actores protagonistas que, en consonancia con la sobriedad de la película, permanecen en un estupendo, contenido y discreto segundo plano.

Pero es que Gravity es algo más, es cine para deleite de todo aquel que le gusta el cine en una sala de cine, independientemente de autores y directores, de temas o calidades narrativas, de tendencias, obsesiones y fobias contra el cine de autor, comercial, en 3D, etc.; Gravity es buen cine en 3D para ver y disfrutar en pantalla grande, cine semejante -salvando las distancias y la experiencia cinematográfica que en la actualidad posee cualquier ciudadano, sea cinéfilo o no- al que encandiló al mundo en sus primeros años, que más allá de su calidad y buena factura permite al espectador pasar un rato estupendo que no se arrepentirá de haber vivido.

Posdata. No puedo dejar de pensar en todos aquellos que con dinero o sin él, comprando o pirateando, han huido de las salas de proyección, se han autoinflingido una de las derrotas más tristes al dejar de lado el cine en una sala de ídem, tirando voluntariamente a la basura la hermosa posibilidad de imaginar, soñar y maravillarse que sólo proporciona la pantalla grande.

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