(USA) 2. Globalización

En esta parte de Europa y del mundo nos hemos habituado a vivir con el cuento de la globalización, me explico, la mayoría de los electrodomésticos y productos que consumimos diariamente son de origen foráneo o dependen, directa o indirectamente, de una gran multinacional europea, norteamericana o asiática, da igual si hablamos del frigorífico o de la mantequilla, del aparato de televisión o del limpiasuelos, se trata de marcas que podemos encontrar en cualquier punto del país y también en cualquier país europeo; la única diferencia entre una zona y otra son las distintas franquicias locales indispensables para engatusar la confianza del consumidor, porque, cómo no, en última instancia todas dependen de la misma corporación internacional.

A partir de esto no sería aventurado pensar que en el país más poderoso de la tierra la famosa globalización fuera mucho más que un hecho, pues no, nada más lejos de la realidad. Si Brooklyn puede considerarse Nueva York y, por lo tanto, Estados Unidos, allí las cosas se mueven de otro modo, o sea, que la moderna y universal globalización no existe. Quizás si exceptuamos las cuestiones hortofrutícolas, donde las multinacionales o, mejor dicho, la gran multinacional norteamericana, monopoliza, gestiona y distribuye a su antojo el gran huerto centroamericano, en el resto del mercado estadounidense, desde los coches hasta cualquier objeto, utensilio, limpiador o alimento de los que pueblan una casa corriente, las marcas internacionales, o lo que por aquí creemos puntales de la inevitable globalización, apenas se ven, o sencillamente no están. El mercado interior norteamericano es un mercado casi completamente cerrado al exterior, da igual si hablamos de aire acondicionado, enseres o provisiones para el hogar.

Es curioso que quien más predica y vende la globalización del comercio internacional sea quien menos la practica en su suelo, protegiendo sus fronteras como si el resto del mundo fuera el enemigo, probablemente haya mucho de eso, un provincianismo autista o despectivo hacia el exterior que explicaría semejante precariedad. En el mercado de la automoción, uno de los que más se deja ver, la penetración de las empresas asiáticas o europeas es menos que mínima, los electrodomésticos visten antiguos o francamente desfasados, con marcas locales de dudosa renovación y una duración que se antoja en constante reparación o simplemente eterna; dependiendo de la zona de la ciudad donde uno haga la compra se encontrará con marcas distintas, la mayoría locales o de la propia comarca, a lo que añadir multitud de puestos callejeros y propietarios particulares con sus propias marcas, siendo así que si cambias el lugar habitual a la hora de llenar la despensa es más que probable que no encuentres la misma mantequilla que tanto te gusta.

Más que estar a favor o en contra de este tipo de actitud, mercado o timo de la globalización, cuestión que merecería un título aparte, llama la atención la propia situación interna estadounidense y lo que ello significa en cuanto a beneficios para la industria, el comercio y el trabajo local, después de lo cual uno se pone inevitablemente a pensar por qué aquí no sucede lo mismo, por qué por estos lares las marcas locales no pueden subsistir y mueren asfixiadas por los grandes monopolios internacionales, totalmente desprotegidas por las propias legislaciones nacionales o locales. ¿De nuevo tropezamos con la política? ¿Hay que volver a hablar, y no bien, de nuestros políticos?

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(USA) 1. El autobús de Charlotte

Entre el cansancio y la ilusión tras haber cruzado el Atlántico llegamos al instante en el que comienzan a rodearte los trámites, y más trámites, las obsesiones de otros y las sospechas; esperas perdidas en aviones, accesos a aduanas con plantones, funcionariales o no, extraños turnos de trabajo y advertencias estrictas, casi amenazantes -todos callados-, nervios en los nuevos, entrega y revisión de pasaportes, comprobación ocular, otra más, preguntas que pretenden ser capciosas, inesperadas o indiscretas, tanto da, comprobaciones informáticas -también lentas-, huellas dactilares -todas-, fotografías in situ, alguna que otra pregunta más a traición y, por fin, nos vamos encontrando al otro lado del puesto; más pasillos hasta llegar a la recogida de equipajes, nueva inspección de aduanas -ésta, aburrida- y otra cinta desde donde, en esta ocasión sí, las maletas viajarán hasta destino. Más arcos y puertas detectoras, bandejas con zapatos, bolsos, cinturones, más zapatos que unir a las prisas por si se pierde el siguiente vuelo, vuelven los nervios pero con menos dudas, hasta que llega el momento de la calma, cuando finalmente desembocamos en una pequeña zona de espera enmoquetada en tonos azules; también toca esperar, pero ahora es distinto, la sensación es de completa tranquilidad. De pronto adviertes que no hay disposiciones ni filas rígidas, ni arcos ni pasaportes, todos aguardamos de cualquier modo ante la puerta de embarque, sin orden, expectantes, calmos y apelotonados, unos pocos blancos entre una multitud de gente de color esperando el autobús, el avión que nos llevara a Nueva York. Las cosas han cambiado sustancialmente porque ahora nosotros somos aquí los extraños -estamos en Charlotte, Carolina del Norte-, entre una pequeña aglomeración de fin de semana; mamás y abuelas con bolsas, carritos y niños, solitarios pegados a su ordenador, gente sin más equipaje que las manos en los bolsillos, músicos con sus instrumentos, de ida o vuelta a la Gran Manzana, que, una vez en el avión, se depositaran en cualquier sitio, siempre dejando libre la zona del habitual pasillo central, aunque una vez en el interior del aparato adviertes que casi se pueden tocar ambas ventanillas con los brazos extendidos. No hay problema… ¿Puedo sentarme aquí, es que vamos juntos…? No hay problema… Mi asiento es aquel… ¿Le importa…? Quiero hablar con… ¿Puedo? No hay problema… ¿Puedo dejar esta trompeta aquí? Poco a poco, con cierta parsimonia, hábito o prudencia nos vamos sentando casi al azar con el beneplácito de las azafatas, que sólo se incomodan y advierten con severidad cuando el pasillo no aparece despejado. El resto del vuelo es un salto refrescado con agua y publicidad de vacaciones en el Caribe o en las Maldivas. Poco que contar, tan sólo sensaciones similares a las que uno siente, si es capaz de advertirlas, en el cuarto de estar de su casa.

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Inevitable

Ignoro su relevancia final, si resultó valioso o crucial a la hora de que los señores a los que iba dirigido se decantaran por una decisión que, imagino, ya estaría tomada antes de semejante representación.

Hace poco escribí acerca de la marca España y lo que significaba por aquí, y como para muestra basta un botón, no tienen nada más que ver, si no lo han visto ya, el discurso del “relaxing cup of café con leche” de hace una semana en Buenos Aires. Además de sonreír, carcajearse sin medida o quedarse mudos de asombro o vergüenza, si saben o conocen algo del idioma inglés, con todo, no es la exposición del mismo lo más importante, tampoco la desfasada apariencia de la señora en cuestión, la grimosa ampulosidad de sus gestos, la espantosa precariedad de sus recursos oratorios, la mecánica paleta en la propia exposición y su pasmosa ignorancia, oculta tras unos buenos brochazos de provinciana arrogancia y altanería caciquil que, una vez más, sólo son torpezas de señorito de cortijo, sino, repito, el enorme gasto y esfuerzo empleados en lanzar al aire una enorme y absurda burbuja de la que no pudo obtenerse absolutamente nada de interés; da la impresión de estar escuchando a alguien que adolece de serios problemas a la hora de comunicarse o que, por otro lado, habla para un público con visibles dificultades de comprensión, dado el desmedido esfuerzo y la estridente gestualidad puestos en juego, completamente alejados de la naturalidad más convincente. Pero, y eso si es importante, es que el discurso no decía nada, era y es una recurrente perorata vacía sin tema, datos, puntos u ofrecimientos concretos a partir de los cuales un presuntamente atento auditorio -que, hay que decirlo, sólo pretende dinero- debía decantarse por una ciudad y un país para organizar la gran fiesta del deporte -también dicen-. Uno supone que, por otra parte, hubo también un discurso de la previsible nación ganadora, sin famosos, deportistas ni toreros pero sí con un sólido apoyo económico y empresarial detrás. Industrial y económicamente Japón no es España, y los tiempos que corren no dan para aventuras. La oferta española, al margen de llevar la comitiva más numerosa e inútil -gratis-, solo disponía y dispone de un único discurso y apoyo empresarial, el que con ardorosa fidelidad todavía puede obtenerse de la gran empresa nacional de siempre: “Cárnicas S.A., más de cien años haciendo chorizos”. Ese es el mismo tipo de gobernante que pretende vender la marca España.

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Elysium

Todavía se trata de acudir al cine con la intención de disfrutar, si no de una buena película, al menos de una producción medianamente decente en la que, ante todo, pueda apreciarse el buen hacer cinematográfico por encima de cualquier otra variante comercial o interesada, es decir, salvo contadas excepciones, hoy día casi una meta imposible. Eso sucede con Elysium -que probablemente pasará por las pantallas con más pena que gloria-, una cinta que teniendo de partida todas las bazas para convertirse en una muy buena película acaba desembocando en otro caro fiasco, o sea… uno más. La pregunta que inmediatamente después de verla se me ocurre es ¿por qué en tantas y tantas películas lo que en principio parece un buen guión, correcta o espléndidamente planteado, con diversas variantes y/o posibles desarrollos hacia los que la película puede deslizarse en su final, acaba frustrándose hasta quedar convertido a la media hora en un intrascendente ejercicio de rutinas y recursos previsibles, reduciéndose el conjunto en su última parte a una manida, predecible, aburrida, falsa y salvaje pelea final entre el/los bueno/s y el/los malo/s ? ¿Todavía depende del director, de sus capacidades o ausencias, de su talento o ninguno, alcanzar un buen fin, sorprendente o imprevisible, o medianamente aceptable? ¿O en cambio toda esa parafernalia de actores, directores, guionistas, técnicos, montadores y demás ralea es el obligado peaje que hay que publicitar para que la distribuidora venda otro insustancial producto industrial acorde con la supuesta bondad -o simpleza- de un público al que le gusta la comida fácil y sin sobresaltos? No hace falta decir que el cine es un espectáculo, un entretenimiento y una industria que no puede dejar de ganar dinero, pero mientras que, por ejemplo, en un partido de fútbol el resultado final depende del estado del terreno de juego, de los jugadores, del tiempo o de la mala leche que cada cual ponga en el juego a la hora de decidir la contienda, demasiadas variantes para un desenlace previsible, en la elaboración de una película el trabajo supuestamente es más paciente y calculado, con periodos de organización, creación, transformación, producción y montaje entre los que existe tiempo suficiente para cambiar, modificar o eliminar lo que parezca mal o pueda ensuciar el desenlace definitivo. Entonces, ¿por qué tantos excelentes y/o esperanzadores comienzos se despeñan en una forzada, irreal, imposible y absurda batalla final entre buenos demasiado simples y malos torpes y estúpidos? Cuando todos sabemos que el auténtico final siempre sería el contrario, ganan los malos, que han sido los más inteligentes, sin ruido ni pelea; luego nos quedamos donde estábamos. Esta pregunta ya me la he hecho muchas veces, pero no veo por qué no debo seguir haciéndomela si los resultados siguen siendo igual de desastrosos. ¿Le importa a alguien más?

Elysium cuenta con un buen reparto, con un guión más que aceptable y con una buena realización que desde el principio se encarga de desplegar una escenografía brillante y esperanzadora, argumentos que a la hora de hacer materialmente la película, es decir, de cuajar el resultado final que el publico debería disfrutar, se diluyen en la nada entre prisas injustificadas o directamente desaparecen, obviándose o eliminándose sin explicaciones elementos que parecían cruciales, simplificándose el conjunto a base de recurrencias ya vistas y situaciones más que previsibles y resultando que, a poco más de la mitad de la película, el espectador ya sabe sin ningún género de duda cómo va a acabar aquello. Bueno, pues el final es el que uno se imaginaba, a pesar de un par de sorpresas que, pudiendo, no influyen ni modifican el resultado definitivo. Lástima, tampoco esta vez pudo ser.

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Verano

Tal vez sea porque es verano, agosto y los astros coinciden, porque toca o porque, desgraciadamente, las cosas y sus protagonistas son así, o somos, puesto que nadie parece librarse. Es verano y toca sestear, la vida se ralentiza y los cerebros se desconectan admitiendo más basura de la que habitualmente solemos tragar -nunca he entendido ese tipo de desconexión-; los periódicos, malos y peores, se dedican a publicar simplezas, cualquier texto medianamente largo que tenga un punto y final -da igual su calidad y lo que cuente-, cotilleos y supuestas noticias de gente que en condiciones normales nunca serían noticia. Nadie se queja de que a la parsimonia y apatía general de una temporada se sume el dislate de, quieras o no, hacer como si no existieras, o fueras estúpido. No sé cómo la prensa no ha denunciado a la población egipcia por incordiar con sus necesidades de libertad y democracia ensuciando las bonitas sandeces del verano. Aquí ya hace tiempo que dejamos lo de la libertad y la democracia para las hemerotecas y los historiadores, porque el verano es pereza, juerga y cachondeo y porque nosotros no vamos a mover un dedo en verano para intentar arreglar nuestra propia vida -si hasta el gobierno se va de vacaciones y esto sigue funcionando, luego ¿para qué sirve el gobierno?-; la administración también se lentifica, todavía más, hasta casi detenerse -prohibido tener problemas-. Ya llegará el otoño y de pronto nos acordaremos de dónde estábamos antes del verano, retomaremos la canción, volveremos a quejarnos, reclamaremos a quien entonces toque y aguardaremos sin saber qué, pero, eso sí, el verano que habremos pasado no nos lo quita nadie. Si ninguna persona deja de respirar, dormir o comer en verano no sé por qué hemos de aparcar nuestra vida y nuestros problemas cómo si durante esta época del año esperáramos a que se resolvieran solos.

Hace cien años la medicina sólo tenía una respuesta para las dolencias sin solución médica -los antibióticos aún no habían llegado-, tiempo y reposo. Será eso.

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Conclusiones precipitadas

Hace poco me tropecé con los resultados de una de las numerosas encuestas, estudios de campo, experimentos interesados o sociología de calle de la que tanto abunda hoy día, en la que se les preguntaba a niños en edad escolar, ignoro las edades, que respondieran a la pregunta de qué querían ser cuando fueran mayores, y las respuestas se concretaban esclarecedoramente en tan sólo dos, los niños querían ser futbolistas y las niñas maestras. Esto puede no significar nada o todo lo que ustedes quieran, la persistencia de una educación y conductas machistas que creíamos desaparecidas, típica y masculina pereza mental, capacidad de sacrificio y dedicación en las niñas, egoísmo puro y duro, interés por los demás, solidaridad y deseo de ayudar, simpleza machista, sueños de fama, fanfarronería y pura codicia; la valoración del esfuerzo y la cultura basada en aquel como algo importante en la vida o el mondo y lirondo desprecio hacia la educación, ergo la única aspiración es ¡viva la virgen! la fiesta y el cachondeo. Pero, en cualquier caso, la mera diferencia entre ellos y ellas era tan significativa a la hora de valorar sus ilusiones más elementales que dan miedo y grima que el futuro de este país tenga las alas tan cortas y desmochadas -lo de desmochadas es por el desprestigio que siempre ha tenido la educación por estos lares, antes y sobre todo ahora tal y como lo fomenta el gobierno-. No sé si habría entre ellos sueños de futuros músicos, científicos, bailarines, investigadores, artistas etc., todas esas actividades tan humanas que marcan la diferencia respecto a los animales elevando al hombre al puesto que actualmente ocupa sobre la tierra.

En un mundo de hombres hecho a base de guerras el fútbol es lo más parecido a un enfrentamiento bélico sustentado por un rancio y decimonónico orgullo nacionalista que todavía subsiste, tal vez por ello los niños -asesorados probable e interesadamente por los padres, que ya andarán pensando en el dinero de su jubilación, a fin de cuentas y en los tiempos que corren un hijo no deja de ser una inversión- eligen con palmaria insulsez lo más sencillo, comenzar a patear un balón a ver si… Las niñas, entre el desapego y el desinterés por la competencia física -de la que, enfrentadas a los chicos, siempre saldrían como perdedoras- eligen, quizás también influenciadas por el monopolio de la educación infantil que actualmente ostentan las mujeres, insistir en el gobierno de las cabecitas, elección de la que ignoro qué porcentaje correspondería al sacrosanto instinto maternal; queda saber si su intención es la de, por fin, intentar darle la vuelta a la tortilla y conseguir un mundo más humano y equitativo… O inevitablemente y para justificar las elecciones hay que volver a echar mano de la pesada losa que constituyen los medios de comunicación con su imposición y mantenimiento de roles de género consumistas interesados.

Mientras escribo estas letras y a partir de diferencias tan llamativas entre las predilecciones de niños y niñas, se me ocurre que algunas o muchas de las personas homosexuales amigas y amigos nuestros o que ustedes y yo conocemos lo son por una cuestión de complejidad de género. Intento explicarme, para un hombre es más fácil relacionarse con una cabeza tan simple como la suya antes que gastar su tiempo en explorar e intentar descubrir los caminos y secretos del placer en la cabeza de una mujer -excepto si se trata de pavonearse ante los amigotes de su maestría en las lides sexuales-; y al mismo tiempo a una mujer podría serle mucho más interesante relacionarse con otra mujer que supiera de las complejidades y matices del propio sexo antes que tener que bregar con obviedades como esto es lo que hay, aquí y ahora, borrico grande ande o no ande… Me estoy riendo, no sé si por el disparate que acabo de escribir o porque, a medida que sigo pensándolo, me parece una conclusión no tan precipitada.

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Trenes en España

No hay mucho más que decir cuando por una imprudencia laboral pierden la vida casi un centenar de personas, los matices no existen, las disculpas se aceptan por educación, las justificaciones o excusas no tocan y las explicaciones, aunque tardías, se exigen, a pesar de que desgraciadamente ya no sirvan para nada.

Trabajar para una de las que hasta hace pocos años eran la misma empresa me obliga a conocer algo del tema, me refiero al reciente accidente ferroviario en Galicia, sobre el que me gustaría hacer algunos comentarios. Primero, respecto a lo que significa la responsabilidad en el puesto de trabajo. Tanto en Renfe como en Adif la responsabilidad en el puesto de trabajo es una cuestión casi sagrada -obvio, por otra parte-, ya se encargan diariamente ambas empresas de que no caiga en el olvido de todo trabajador directamente relacionado con la circulación, en función de ello se aplican y existen pruebas físicas y psíquicas, reconocimientos médicos y cursos de seguridad, reciclaje y prevención que salpican los años de trabajo de cada uno de los empleados que intervienen de un modo u otro en la circulación. Por lo que, independientemente de los medios técnicos indispensables y/o disponibles con los que cuenta actualmente el ferrocarril en España, la condición fundamental para que el sistema funcione es la responsabilidad última del trabajador encargado en su puesto de trabajo, en este caso el maquinista. Queda la posibilidad, casi remota, de un fallo del sistema, pero por experiencia me atrevería a afirmar que sin la imperiosa necesidad de tecnologías último modelo o nuevos sistemas de seguridad, que vendrán, los que actualmente están vigentes en España funcionan con una garantía cercana al ciento por ciento. En función de lo dicho y ante cualquier incidencia o accidente, por mínimo que sea, ambas empresas despliegan un ejército de técnicos, expertos, encargados, inspectores y jefecillos con funciones, origen y actividad desconocida que acuden al lugar requiriendo informes y más informes, el mismo multiplicado por las veces que sea necesario o quieran, sientan en el banquillo al trabajador convertido en delincuente y lo encausan como si se tratara de un auténtico reo; más pruebas de alcoholemia, físicas y psicotécnicas. Y sólo cuando el trabajador está lo suficientemente acorralado o acojonado tras humillación tan pertinaz, amén de limpio de polvo y paja, y no es posible colgarle el muerto ni por el derecho ni por el revés, se pasan a tener en cuenta problemas de infraestructura, señales, sistemas eléctricos, estado del material etc. como posibles causas del accidente, pero esta opción siempre es la última. Una vez delimitadas las culpas, expertos y técnicos vuelven a sus madrigueras a vegetar hasta el siguiente incidente, y de estos tipos hay muchos, se lo aseguro.

Otra cosa es la política de las empresas y sus respectivas direcciones -de la que son un buen ejemplo unos presidentes que, en lugar de guardar la necesaria prudencia a la hora de acusar remitiéndose a los resultados de la exhaustiva investigación de los hechos, no tardaron en denunciar públicamente a la prensa que el conductor era el único responsable, se pueden imaginar cómo las gastan estos tipos, para ellos los trabajadores somos, literalmente, el enemigo que impide su casi inexistente y desastrosa gestión-. Debajo de tales actitudes y comportamientos subyace un objetivo prioritario, se trata de que las actuales direcciones de Renfe y Adif están llevando a cabo un calculado desmantelamiento integral del ferrocarril en España, con unas consignas y objetivos muy específicos, cederle gratis el negocio del transporte, tanto de mercancías -ya un hecho- como de viajeros -a partir del año que viene-, a unos agentes privados de origen confuso e intenciones depredadoras con todo lo relacionado con el servicio público. En este proceso los trabajadores son el principal inconveniente, un colectivo sujeto a una serie de gastos y reivindicaciones que hay que soportar, sobrellevar e intentar liquidar con el menor costo posible; las empresas privadas ya se encargan por su parte de aleccionar a los suyos en todo lo relacionado con unas condiciones laborales a la baja, tanto económicas como en cargas y jornadas de trabajo, que en muchos casos doblan las de los trabajadores de las todavía empresas públicas.

Más. Creo que en ningún país del mundo se ha hecho tal desembolso de dinero público para renovar y modernizar la mayoría del material motor y de transporte de viajeros -además del abandono, venta y desguace de la casi totalidad del material de mercancías-, con la curiosa consecuencia de que, a los pocos años de ello, la mayor parte sigue infrautilizado o muy por debajo de su uso, ya que las respectivas direcciones no pueden ni saben darle alguna utilidad, más preocupadas en despedir, disuadir e incluso espantar a los posibles clientes y así eliminar las posibles cargas de trabajo condenando a las empresas a la inoperancia por falta de objetivos. El desatino en la gestión es tal que se dan situaciones en las que a la hora de realizar sus funciones los trabajadores se encuentran sin medios físicos suficientes ni condiciones mínimas de seguridad, desarrollando sus tareas en condiciones completamente precarias o tercermundistas -velocidades en estaciones de 5 kilómetros por hora, nula iluminación nocturna, infraestructuras en mal estado, sin mantenimiento o simplemente ruinosas-, dándose la circunstancia de que labores que podrían hacerse sin ningún problema en quince o veinte minutos se realizan en dos o tres horas, sustituyendo la seguridad y efectividad de la tarea bien hecha por una parsimonia de comprobación, cuidado extremo y miedo a la sanción que penaliza el resultado final. Cualquier cliente que tuviera que pagar el trabajo en función del tiempo empleado lo haría de dos modos, o pagando tres horas en lugar de los quince minutos -lo que sería un auténtico robo- o pagando tan solo por quince minutos, independientemente de que el tiempo invertido hayan sido tres horas. La factura refleja la segunda opción, con lo cual pueden imaginarse quien soporta el despilfarro de tiempo y dinero, el estado, ustedes, todos nosotros.

Esto, que ya se hace con las mercancías, a partir del año que viene se hará también con los viajeros, por lo que no es difícil imaginar qué significan para Renfe y Adif cuestiones como rentabilidad, fiabilidad, efectividad, buen servicio etc., nada, el objetivo principal es negar y eliminar cualquier posibilidad de buen funcionamiento y beneficio para los ciudadanos, intentando mostrar a la luz pública la ineficacia del ferrocarril público -que sin ellos, unas veces peor y otras mejor, siempre había funcionado- y la enorme factura de unos trabajadores que sólo aparecen en las columnas de gastos e incidencias. Si un empresario cualquiera se dedicara a echar y despreciar a sus propios clientes para ahorrarse gastos de inversión, gestión, mantenimiento, proveedores, atención etc., al final se quedaría con una infraestructura hueca e inoperante, a todas luces innecesaria, luego tendría que cerrar. Precisamente esa es la política de las actuales direcciones de Renfe y Adif, vaciar ambas empresas de propósito y contenido, el resto ya se lo pueden imaginar ustedes. La situación de la línea de Santiago es un ejemplo de ello, infraestructuras a medias de implantar, seguridad con condiciones -falta de presupuesto, dirán- responsabilidad del trabajador -si es posible, el único culpable-, información confusa intentando evitar la alarma social, mucho revuelo, declaraciones de sálvese quien pueda y más parches para que las cosas se vayan calmando. Después volveremos a las andadas. El futuro nos lo venderán unas empresas privadas en las que el beneficio es el motivo principal de su plan de transportes, cuestiones como creación y mantenimiento de infraestructuras, puestos de trabajo, condiciones laborales, seguridad en la circulación o beneficios para con los clientes son cuestiones más que secundarias, molestas y subsidiarias, importantes cuando pasa algo, porque hasta entonces nadie pregunta.

El propósito del ferrocarril en España pasa por su silencioso desmantelamiento, pero no por ineficiencia, sino porque no hay interés en hacer un tren viable, práctico y bonito. Hasta el próximo accidente, entonces habrá que aguantar unas semanas de preguntas, polémicas y dudas, la misma retórica e idénticos cuestionamientos, la prensa desgranará informes sin pies ni cabeza, extraerá de las víctimas toda la rentabilidad posible, venderá reportajes erróneos y pueriles, opiniones de expertos que sólo saben por aproximaciones y venderá publicidad a costa de muertos y heridos. Luego abandono y silencio.

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Príncipes

Que el simple nacimiento de un niño arme tanto revuelo es inevitable, porque la venida al mundo de un nuevo habitante siempre es importante, se trata de alguien más para celebrar y compartir, tal vez un talento único, el futuro creador de un invento esencial a partir del cual comenzará a hablarse de un antes y un después en la historia del hombre, el posible descubridor de la cura definitiva que introducirá a la humanidad en lo que pasará a denominarse una nueva era, un portento físico, un virtuoso de la música, un artista extraordinario, un cerebro prodigioso, un excelente conversador y el mejor amigo de sus amigos, un padre modelo, una máquina sexual, el próximo enemigo público número uno, una buena persona… o un príncipe…

Y ¿qué es un príncipe? Según las definiciones más comunes, el primero, superior o aventajado en algo; título de honor que dan los reyes o heredero de rey, sucesor al trono…; pero ¿cómo se puede ser el primero o superior cuando, como todo recién nacido, se es algo completamente inútil incapaz de valerse por sí mismo? ¿en qué se diferencia éste del resto? Y en cuanto a reyes o heredero de rey, más de lo mismo, ¿por qué? ¿qué es un rey? ¡ah! un monarca o soberano. Pero todavía no está del todo claro, y si continuo por la parte de soberano las cosas parecen despejarse al principio: el qué ejerce o posee la autoridad suprema e independiente; sin embargo este paso también añade más confusión, y necesariamente surgen ¿por qué? ¿quién se la ha otorgado? o ¿cómo la ha conseguido?

Desisto, las preguntas no dejan de sucederse, las respuestas se volatilizan antes de tomar forma o son prácticamente absurdas y la situación poco a poco pinta más anacrónica e irreal. Alguien más avezado que yo tendría la solución a tanta pregunta simple, “porque las cosas son así”; a lo que yo me atrevería a responder: una de las cualidades más deliciosas de los niños es que son capaces de formular las preguntas más sencillas y directas con toda la naturalidad del mundo, esas a las que adultos muy adultos, aterrados y confundidos, sólo pueden responder, “porque las cosas son así”, “ya lo entenderás cuando seas mayor”; respuestas que sólo son mentiras, incompetencia, resignación y derrota. Por eso un niño no debe ser indiscreto y preguntar, porque no tiene por qué saber y extrañarse de que el único argumento que un adulto maduro y rendido tiene a mano para la mayor parte de todo lo que es algo o forma parte de su vida es que las cosas son así.

Bienvenido sea cualquier recién nacido, aunque venga con la etiqueta de príncipe colgando del cuello para disfrute de infelices, ignorantes e interesados en ese poder soberano, lo cual no explica ni justifica su anacronismo, sobre todo en sociedades supuestamente democráticas en las que las personas viven en libertad eligiendo a sus propios gobernantes o encargados de la autoridad -que nunca es suprema- y el poder soberano. Entre iguales no hay uno por encima de otro, y mucho menos a la hora de nacer, el resto son cuentos de poderosos para idiotizar a todo simple que se deje.

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De qué hablamos

1.

Si usted posee una empresa de representación de acuerdo a la ley de la que vive y viven sus empleados -y de la que sus clientes parecen orgullosos-, y la justicia descubre que usted recibe dinero de procedencia desconocida que no aparece en la contabilidad oficial, dinero que diligentemente su tesorero reparte entre la dirección, donde no había nada surge un problema, usted está falseando datos, manteniendo una doble contabilidad y engañando a sus representados, su honorabilidad y fiabilidad quedan en entredicho.

Si tal situación no se hubiera sabido usted podría haber seguido funcionando como  siempre, favoreciendo de algún modo a sus donantes ocultos gracias a su posición en la sociedad, enriqueciéndose en la sombra y haciendo felices a sus ignorantes representados.

Pero ahora que todo el mundo conoce que su empresa obtenía dinero de forma encubierta o fraudulenta, además de repartírselo entre ustedes sin ningún temor, duda o reproche, su empresa ha dejado de ser respetada y leal con sus representados, no debería dedicarse a la representación… bueno, sí, de mafiosos como ustedes, pero entonces estaríamos hablando de otra cosa.

2.

Si una sociedad impone y hace cumplir entre sus ciudadanos una justicia común que obliga al que mal actúa a confesar su delito y a ser castigado según la ley, los dirigentes de esa misma sociedad, obviando y despreciando a jueces y justicia, no pueden dudar sistemáticamente del que confiesa haciéndole quedar por mentiroso simplemente porque es un delincuente, si esa forma de actuar se extendiera desaparecerían la justicia y la legalidad, entonces…

3.

Los que cultivan la justicia no la cultivan voluntariamente sino por impotencia de cometer injusticias. Esto lo percibiremos mejor si nos imaginamos las cosas del siguiente modo: demos tanto al justo como al injusto el poder de hacer lo que cada uno de ellos quiere, y a continuación sigámoslos para observar adónde conduce a cada uno el deseo. Entonces sorprenderemos al justo tomando el mismo camino que el injusto, movido por la codicia, lo que toda criatura persigue por naturaleza como un bien, pero que por convención es violentamente desplazado hacia el respeto a la igualdad

Platón, La República.

A propósito del Partido Popular y el “caso Bárcenas”.

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Motos

Los espectáculos deportivos son antes que nada eso, espectáculos, la mayoría de ellos poblados de jóvenes con más y menos cerebro -algunos auténticas e imberbes criaturas- jugándose el físico o la vida para negocio y enriquecimiento de patrocinadores y medios de comunicación; en el otro lado, en cada sofá del mundo, un hipotético y fracasado aspirante a campeón se regodea con las hazañas de su héroe mientras se mete entre pecho y espalda un cubo de palomitas. Este es mucho del deporte de hoy.

Hace una semanas, más o menos, uno de esos niños se cayó de la moto rompiéndose algunos huesos, fue inmediatamente operado, imagino que por personal muy cualificado y más que competente -pagaban medios y patrocinadores- y un par de días después volvió a correr entre presuntas lágrimas de dolor –dolor heroico, supongo-, engalanado además con la rastrera adulación, las pegajosas babas y los feos gritos de comentaristas lameculos, haciendo que el propio espectáculo no dejara de parecer o una fantochada de mal gusto o una mentira montada para ganar audiencia. Hay que estar muy grillado para especular consigo mismo de ese modo, ni héroe, ni gran deportista, ni gilipolleces por el estilo, una pobre criatura que no tiene a nadie que le aconseje con algo de cordura tampoco sabe donde para su mano derecha a la hora de decidir -supongo que con su irresponsabilidad le caería algo de dinero, que en definitiva es lo que contenta a gente tan simple y a patrocinadores tan codiciosos-. Los espectadores, con tal de que algo les entretenga frente a la pantalla aceptarán lo que sea, porque en el fondo no les importa lo que le suceda al tipo en cuestión, detrás hay más aguardando. Pues bien, en estos días el mismo joven se ha vuelto a caer de la misma moto y a cascarse los mismos huesos -comienzo a dudar de su pericia a la hora de conducir semejante máquina-, pero esta vez el niño, en lugar de volver a la pista y derramar más lágrimas de dolor para regodeo de babosos e intentar romperse nuevamente la crisma, ha tenido a bien permanecer en la cama, no sin advertir o aconsejar públicamente a otros más aventureros de que si por casualidad se hallaran en sus mismas circunstancias no cometieran la locura de correr inmediatamente e intentaran descansar y recuperarse de la operación hasta encontrarse en condiciones, ¡cuánta sabiduría!

Lo curioso de todo esto es que, ante la impasibilidad e indiferencia general de un público que cada vez suspira por espectáculos más vacíos y estridentes, niños como estos van y vienen como carnaza de promotores y medios de comunicación dejándose en ello, si no la vida física, sí una vida mal vivida o convertida a edad tan temprana casi en un fracaso, cuando apenas han empezado a caminar por este mundo; ¿dónde están sus padres? ¿por qué se empeñan en dilapidar las vidas de sus propios hijos obligándoles a intentar alcanzar lo que ellos no fueron capaces en las suyas? ¿Cuántas criaturas hay dispuestas a romperse la crisma por algo llamado fama y las cuatro perras que luego los buitres que les rodean les robarán sin compasión?

Si recuerdan el final de la película El show de Truman, cuando el protagonista descubre el engaño y da por concluida su representación saliendo del plató y dando fin a la emisión, al otro lado de las pantallas, después de llorar, saltar y alegrarse, los espectadores vuelven a su bocadillo mientras alguien dice con cara de aburrimiento, busca otra cosa en otro canal… este ha dejado de funcionar.

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