Qué

Vistas las imágenes de la tierra enviadas desde la cara oculta de la luna por la reciente misión espacial norteamericana, surgen innumerables preguntas con las que acompañar su belleza, varias de difícil respuesta, o sencillamente sin ella. Algunas probablemente coincidirán con las que se hicieron los propios astronautas al contemplar desde la distancia el lugar del que provenían, incluido lo que en aquellos precisos momentos, en los que tenían puesta la vista en él, estaría sucediendo bajo ese hermoso color azul que nos identifica en la inmensidad del espacio.

Casi de inmediato recordé otras imágenes guardadas en algún sitio, también del planeta pero visto desde distancias aún mayores, y muy lejanas. Las busqué y las encontré, y las preguntas volvieron a repetirse sobre un fondo de escepticismo e incomprensión que al instante trasladé a la curiosidad de cualquier otra persona ante las mismas imágenes. Quizás las preguntas que más se repetían en mi cabeza, sin poder despegar la mirada de aquella oscura e intensa inmensidad, era el motivo de la estúpida arrogancia que caracteriza a la especie humana, así como su clamorosa falta de humildad. Que la espuria existencia de una especie tan insignificante pueda imbuir a sus especímenes de tal soberbia a la hora de considerarse el centro del universo es caso de estudio médico, si es que alguien ajeno a esta bola decidiera perder el tiempo en especies tan vulgares y ordinarias. Visto el planeta en la distancia y conocido el comportamiento y talante de la “especie dominante” el lugar sería lo más parecido a una jaula de grillos, con perdón de los grillos, porque, creo, ellos solo se dedican a estridular, nosotros, en cambio, gritamos cada vez más alto, nos insultamos y amenazamos a las primeras de cambio o nos dedicamos a destruirnos unos a otros por pura codicia; ensalzando la violencia como un orgulloso honor, una virtud de la que nos gusta jactarnos porque, según los más cretinos de todos, quienes han venido dirigiendo a su antojo sociedades y civilizaciones -por llamarlas de algún modo- hasta ahora existentes, somos los representantes de una especie superior.

Superior respecto a qué, o por qué, a la vista de las imágenes con las que comenzaba estas letras dónde está nuestra superioridad, ¿en nuestra insignificancia? ¿en nuestra capacidad para autodestruirnos? Eso sí que sería un punto álgido, el punto más alto de la estupidez humana, visto lo visto, nuestra principal característica.

Y qué decir de nuestros orgullosos y sagrados dioses, casi infinitos en su número, cada cual adaptado a las limitaciones intelectuales de sus inventores, ¿dónde quedan en tan inmenso espacio? ¿dónde arriba o abajo, lejos, cerca, dentro o fuera? Esa inmensidad, nuestra incapacidad para abarcarla y entenderla sería lo más parecido a las sagradas magnificencias de aquellos, mucho más inimaginable entonces, cuando se inventaron esos avatares dotados de todo aquello de lo que creíamos carecer, lo que no dejaba de ser la falta de reconocimiento de nuestra propia ignorancia y su modesta y humilde asunción. Dónde están la omnipotencia, la omnisciencia, la omnipresencia divinas sino en nuestra parca imaginación.

Así, ante la endémica e histórica falta de respuestas de una especie que ha conseguido lo poco que tiene a costa de grandes esfuerzos y millones de muertos -en realidad no tanto de lo qué enorgullecerse-, logrado en contra de quienes, cómodamente asentados en el poder, temían todo conocimiento porque en el fondo lo consideraban peligroso para su posición y prerrogativas, siempre queda la opción de salirse por la tangente.

Entonces, estoy equivocado porque esos cuentos e imágenes son falsos, astutos montajes del demonio para tenernos asombrados, quietos y sumisos. Dios lo sabe y por eso se compadece de nuestra incredulidad y falta de fe. Ese universo también es suyo ¿o es Él? ¿otra manifestación más de Su inmanencia? Pobres de nosotros.

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