Apunte sobre Cuba

Como consecuencia de la formalización de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba y las potenciales relaciones comerciales a la vista que procuraría la nueva situación, los espacios de noticias suelen regalarnos entrevistas a ciudadanos cubanos opinando sobre su futuro y mostrarnos imágenes de calles de ciudades cubanas por las que circulan vehículos antiguos y viejos que por aquí sólo podemos ver en alguna que otra película ambientada a mediados del pasado siglo XX. Por eso no es difícil imaginar a algún visionario, aficionado o emprendedor de negocios rápidos y suculentos frotándose las manos ante la posibilidad de comprar a buen precio tales autos, venderlos directamente a cualquier caprichoso o coleccionista o revisarlos y renovarlos para después también ponerlos a la venta pero con mayor provecho. Más de uno estaría dispuesto a pagar lo que fuera con tal de presumir al volante de semejantes carrocerías motorizadas.

De algún modo ha de empezar el asalto de la isla por parte economía norteamericana -aunque probablemente sea una cuestión de hecho antes de que nos demos cuenta-; queda ver hasta qué punto los actuales dirigentes cubanos consiguen digerir o controlar el desembarco, con o sin la intervención de los restos del ejército de Batista que aguarda su hora en Miami. El negocio es el negocio y los yanquis saben bastante de eso; Cuba es un buen negocio, con coches y sin coches, con los Castro o sin los Castro. Falta saber si los cubanos, habituados a vivir de lo mejor de lo peor, están dispuestos a vender sus coches y por cuánto. O a cambio de qué.

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Malta (y 3)

Es la última mesa libre en un restaurante al que, para llegar, hemos tenido que atravesar las terrazas completamente vacías de otros dos. Numerosos camareros se mueven con diligencia y rapidez atendiendo unas mesas dónde los clientes comen y charlan a gusto. Cuando más tarde pidamos la cuenta nosotros también estaremos muy a gusto, recordando agradecidos al tipo que en la Estación Marítima, antes de la salida del transbordador, nos recomendó un lugar para comer algo difícil de encontrar. Ta’ Karolina es su nombre, en Xlendy, una minúscula población en la isla de Gozo, la otra parte más pequeña de Malta, en el centro del Mediterráneo. Después saltaremos al agua transparente desde un alto trampolín de obra construido en la entrada de la pequeña cala en la que se halla el pueblo. La tarde no puede pintar mejor y no nos defraudará. Por eso estamos en Malta.

Tras enumerar los platos de la carta -sin chuleta-, el dueño o encargado de Rubino, un pequeño y antiguo restaurante de La Valeta junto a la zona turística nos recomienda algunos de ellos; todo esto dicho en maltés, inglés o italiano. Después, cuando nos sirva el conejo nos recomendará comerlo directamente con las manos, recomendación que cumplimos gustosos porque el plato lo merece. Más tarde, cuando inevitablemente surja un principio de conversación en el que nos entenderemos a medias -mi inglés no es todo lo bueno que debiera-, el mismo señor no reaccionará cuando contestemos a su pregunta sobre nuestro lugar de procedencia, no conoce ni le suenan La Mancha o Don Quijote, a lo sumo Sevilla. No puedo evitar sorprenderme ante su ignorancia sobre el Quijote, pero creo que es mi problema. ¡Qué grande es el mundo! Luego repartiremos la tarde entre el sol y el mar, amenizándola con historias de piratas, luchas religiosas, asedios y caballeros de San Juan, hasta que nos paremos sorprendidos ante un enorme transatlántico girando sobre sí mismo en el centro del estrecho puerto antes de atracar. Desde donde estamos podemos distinguir los centenares de celdillas que abarrotan sus cubiertas, pequeños nichos repletos de hormiguitas voluntariamente encerradas sin nada que hacer. Una vez quieto el monstruo vomita mecánicamente una larga fila de insectos que suben en autobuses o se diseminan por las calles del puerto sin rumbo; hasta la cena. Al día siguiente lo veremos partir con tanta tristeza como alivio. Cuando se haya ido el puerto lucirá mucho más intrincado y bonito. Es Malta.

Ya en la laguna azul reconozco el acierto de haber acudido temprano y me atemoriza imaginar cómo lucirá un rincón tan encantador cuando el insaciable e insensible turismo de ida y vuelta lo desvientre sin piedad; será imposible distinguir el azul del fondo entre tanto arrogante yate privado y unos autobuses marítimos que vienen y van atronando la mañana con música estridente y hortera. ¿Qué impone el turismo? ¿Caerá Malta por su pendiente? Sin embargo, creo que nadie puede discutir el derecho de los nativos a vivir como mejor les parezca a costa de su territorio, a utilizarlo como deseen. ¿Por qué era mejor una colonia fenicia que griega, inglesa o que Benidorm?

Otro día tropezamos con una pequeña playa de aguas transparentes. El siguiente seguimos un camino que termina en una pequeña laguna semiescondida rodeada por pequeños cobertizos cerrados a cal y canto -un cubo de ladrillos al lado de otro, hechos y pintados de cualquier modo-, construcciones básicas que tal vez contengan la barca de turno o la precaria estancia para alguna semana de verano lejos del trabajo; sin bares, hoteles o sombrillas, sólo para el disfrute de los locales. La sobremesa sucederá en otro pequeño puerto, ante una grappa y una conversación de fondo que nunca llegas a saber si se desarrolla en maltés, inglés o en italiano.

Por todos lados hay obras de reconstrucción de fortalezas, barrios y monumentos, también de carreteras; los fondos europeos y sus inmediatos beneficios, porque el país no parece tener para mucho. El turismo de traicionero futuro, pero ¿cuál? Me lo pregunto plantado ante de uno de esos superyates horteras repleto de sofás y niquelados, esos mismos a los que la prensa más zafia gusta poner precio mientras predican sobre los millones de sus propietarios, todo ello envuelto en la más asquerosa baba. Un barco hecho para quienes desprecian el mar, un bote fantasma por el que se mueven numerosos criados que van y vienen regando y limpiando, bayeta y abrillantador en mano, maderas, cojines y metales deslumbrantes, hasta el último peldaño de la última escalerilla que desciende hasta el nivel del agua. Un barco muerto exclusivamente fabricado para permanecer amarrado provocando la envidia general. Entonces confirmo una opinión a la que venía dándole vueltas hace tiempo, al propietario o propietarios de este tipo de mamotretos nunca les gustó el mar.

Pero esta era la anécdota del viaje, nos quedan más cosas de Malta por descubrir.

 

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Malta 2

Tras los primeros contactos la población local no parece, digamos, muy expresiva o se deshace en atenciones, sus formas son más bien correctas tirando a parcas o austeras, a más de uno incluso le podrían parecer desagradables, pero, como suele suceder, el carácter es el carácter y no siempre se encuentra lo que más gustaría o simplemente se espera de antemano. Una muestra más que añadir a esa especie de resignación, fastidio o indiferencia local generalizada: caminar durante varios minutos bajo un sol de justicia hacia un monumento que deseas visitar y darte con la puerta en las narices, cosa que no tendría mucha importancia si no fuera porque antes de iniciar el camino preguntaste en un punto de información por el lugar, dónde se encontraba y cómo llegar hasta allí. Es tan poco o quizás reciente el interés hacia el visitante que en la oficina de turismo de la capital sólo pueden ofrecerte un escueto y básico plano de La Valeta; no hay nada sobre la isla, lugares de interés, carreteras, transportes u horarios, así que hasta luego, y mientras te alejas imaginas que alguien habrá reparado en ello y estará poniendo los medios para subsanarlo.

Decía en la entrada anterior que los habitantes de Malta habían decidido encomendarse a Dios por despecho hacia el mundo, luego me entero de que Malta es la nación más religiosa de Europa, aunque no hacía falta, eso puede comprobarse en cualquier esquina, mucho más cuando tropiezas con las consabidas fiestas locales y su profusa decoración, un enorme despliegue de imágenes, pinturas y decorados de cartón piedra que adornan y envuelven desde las farolas hasta las fachadas de los templos, también engalanadas con infinidad de luces ensambladas como hace años se hacía por aquí. Tampoco faltan las banderas, decenas de banderas ondeando en un sinfín de mástiles culminando un gran número de edificios; hay plazas enteras en las que cada uno de los edificios que la constituyen soporta el consiguiente mástil a la espera de la correspondiente enseña; desde la del simple consejo local hasta la identificativa de la población. También se queman fuegos artificiales antes, durante y después de los desfiles procesionales, y se hace de forma larga, pausada y ceremoniosa, sucediéndose los cohetes con una cadencia en la que varían los periodos y la intensidad de las explosiones, dando forma a una especie de rezo cansino que se prolonga y difumina a medida que pasan los minutos u horas en lo que casi parece una plegaria.

Los lugareños, siempre a lo suyo, se engalanan para asistir a las ceremonias religiosas y desfilan felices y orgullosos; aunque también se sientan en plazas, jardines o en la sociedad filatélica de turno durante la mañana, por la tarde o por la noche a jugar a lo que por aquí decimos bingo y ellos llaman tómbola. Una estancia amable que a lomos de la repetida cantinela del cantor o cantora de números devora las horas sin estridencias.

Como ceremonias parecen las reuniones de paisanos en playas minúsculas y calas escondidas para los foráneos, o al otro lado del paseo marítimo en las zonas dónde sí paran los turistas; grupos grandes y pequeños de comida, merienda o cena dispuestos a cumplir el ritual de baños de verano pertrechados con un mobiliario que recuerda a los lugares de baños de interior que durante los años sesenta y setenta se veían por aquí -bolsos, neveras, una vacilante sombra sobre cuatro palos, mesas, sillas, etc.-, hablando, comiendo y bebiendo alrededor o junto a la inevitable barbacoa animada con petróleo, combustible que procura un penetrante olor que me transportaba a las estufas de mi infancia, ingenios que suministraban un calor precario y barato además de aromatizar toda la casa con su inseparable tufo a petróleo quemado. Y, más curioso aún, grandes grupos de chavales de entre diez y dieciséis o diecisiete años -sólo chicos- compartiendo camaradería, risas y juegos al cuidado de dos o tres adultos encargados de transportarlos, poner orden y organizar bocadillos y comidas al amor de la correspondiente barbacoa también alimentada con petróleo.

Una peculiar cultura que a cualquier viajero observador puede parecerle de otra época, un pueblo que, viviendo en el siglo XXI, se deja ver como si todavía no hubiera abandonado los años del siglo anterior. Tampoco les preocupa mucho.

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Malta 1

Malta es un país, y el término país parece designar una entidad de cierta importancia o consistencia, algo serio con bandera e himno, por lo que hablar de países es hablar de cuestiones de peso, no siendo lo mismo cuando nos referimos a simples accidentes geográficos, islas, por ejemplo, porque Malta es una pequeña isla -bueno, dos-, pero con ello la cuestión no deviene más asequible o no me parece suficiente, así que trataré de ir delimitando las impresiones.

Estando uno no llega a saber del todo si está en una isla o un país, tampoco tiene mucha importancia, aunque la impresión permanezca sin querer irse por completo; como tan sólo es curioso que el avión tenga que posicionarse sobre el mar para enfilar la pista de aterrizaje y que luego, tras tomar tierra, baste con dirigirse caminando desde la nave hasta la terminal y que en menos de quince minutos uno se encuentre en la calle, equipaje incluido.

La cosa se complica cuando, ya en plena noche, hay que incorporarse al tráfico agarrado a un volante situado en el lado contrario al que se está habituado por aquí; es decir, en Malta se circula por la izquierda, lo que supone, al margen de los consiguientes cambios mentales a la hora de manipular el vehículo, vérselas con un tráfico que, sin ser salvaje, es particularmente local, quiero decir que, suponiendo que existan unas normas nacionales de tráfico, el personal parece tomarse de manera bastante peculiar la circulación vial, es cierto que sin llegar al conflicto o a la infracción permanente, lo que, resumiendo, viene a significar que o uno espabila o no se mueve del sitio. Además, es noche cerrada y las indicaciones de la carretera, cuando están o se pueden ver, no coinciden con el inglés supuesto, el hipotético destino no aparece por ningún sitio, los vehículos te adelantan por ambos lados y a las rotondas entras por el lado equivocado, a lo que sumar la curiosa coincidencia de que a ningún vehículo le funcionan los intermitentes. Paciencia y mil ojos.

La paciencia es buena porque te hace aprender, y lo que hoy te atenaza oscuro e indefinible, por no decir caótico y en apariencia insuperable, al día siguiente no es que reluzca como los chorros del oro, pero el paso por la almohada te hace ver las cosas distintas por la mañana, el problema sigue ahí pero tú ya no eres el mismo. El inglés funciona -¿en qué porcentaje Malta sigue siendo colonia británica; a pesar de ser país?-, hay algo de italiano, o mucho, depende de la zona, y el maltés es el gran desconocido. De ayer a hoy no han mejorado las condiciones de la circulación, todo lo contrario, el atasco ahora es continuo y la arbitrariedad de los conductores considerable, pero es de día; hay que salir de allí a toda costa, detenerse y recapitular, o al menos saber hacia dónde dirigirse sin que te caigas al mar.

Justo entonces comienzas a ver un país doblegado por el sol y aparentemente sin árboles pintado de marrones, tanto el campo como la ciudad, un campo en su mayor parte seco y unas poblaciones de casas antiguas con mucho techo plano, todas marrones, repito, y profusamente adornadas con miradores de madera -infinidad de miradores. Es inevitable captar una especie de inexperiencia o dejadez general para consigo mismos y el mundo por parte de los actuales pobladores; o una resignación de siglos obligada a bregar a la fuerza con influencias -buenas, malas y peores- fenicias, musulmanas, continentales o británicas sobre un fondo mediterráneo castigado por el sol y sosegado por el mar. Y por encima de todo la presencia, aunque hoy sólo sea testimonial, de los en otro tiempo poderosos caballeros de la Orden de Malta -la Orden de San Juan de Jerusalén. Una espada de Damocles que todavía pende sobre las cabezas de sus habitantes, creo que en el fondo voluntariamente ajenos a tanta historia para un lugar tan pequeño.

Probablemente el país actual sea el resultado de un merecido descanso, o simplemente cansancio, por sentirse o saberse heredero de tanta solemnidad y responsabilidad para un enclave geográfico tan minúsculo, dando la impresión de que sus habitantes han optado por encomendarse a la mano de Dios y así poder respirar al margen de las vicisitudes de este mundo y su historia. Lo que no impide que para vivir en el presente la isla necesite una urgente renovación de casas, edificios públicos y privados, calles, aceras -hacen falta aceras- y un nuevo mapa de carreteras, o una reconstrucción física completa del actual, que permita también la renovación de un parque automovilístico de otro siglo.

 

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Juego de Tronos (y 2)

En este filón de series que ahora ha descubierto la televisión hay para todos los gustos, pero partiendo de la base de que uno no puede verlas todas, so pena de no hacer otra cosa -y algunas cuestan dinero-, sólo queda elegir bien y que no te tomen el pelo. Cuentan que el guionista o guionistas de Perdidos perdieron el norte o la cabeza al no saber qué inventar con tal de alargar la serie y retener al personal, para entonces la mayoría de la audiencia tenía perdida la propia porque ignoraban o habían olvidado de qué iba aquello.

No sé si con Juego de Tronos las cosas se repetirán o irán a peor, o mejorarán, siempre es buena la esperanza cuando uno ha invertido su tiempo en ello. Aunque mucho me temo que la idea está tocada y puede que ya casi agotada, por lo que sólo queda perpetuarse a costa de lo que sea, perdón, a costa del mayor número de maldades posibles. Se trata de inventar cualquier cosa que pueda justificar el insufrible rosario de tiempos muertos que son algunos capítulos, una sucesión de imágenes en las que no sucede nada de interés o se deja caer alguna que otra información presuntamente relevante que se autodestruye en la nada a los cinco segundos, todo ello bien sazonado con unos diálogos huecos que no conducen a ningún sitio; o tocan oscuras secuencias de bajo presupuesto adornadas con relleno digital que te dejan tal cual.

Y así sucesivamente hasta llegar a un punto en el que la expectación del personal alcanza el máximo, casi a punto de estallar -en el siguiente capítulo por fin tiene que pasar algo-; si uno no ha desertado antes. Porque el telespectador adicto, siempre dispuesto a lo más sorprendente o inverosímil, no se da por vencido con facilidad, inventa y ve allí dónde nada hay y en su truculento interior desea que cualquier personaje pueda decir digo donde dijo Diego sin que nadie se rasgue las vestiduras, ¡qué satisfacción! ¡los seres humanos pueden ser tan malvados y retorcidos! Poco más, de continuar por los mismos e insulsos derroteros la serie acabará muriendo asfixiada entre disputas de seguidores, a cual más auténtico o enfebrecido, pugnando por las potenciales migajas del olvido.

No deberíamos olvidar que la visualización de una película o una serie televisiva es un fin en sí misma, es el hecho de verlas lo que las justifica, y si con ello uno ha disfrutado o se ha aburrido como una ostra; el resto, los foros, las discusiones en la Red, las opiniones de frikis y expertos inventados o de última hora, los puntos de vista y las supuestas dificultades de técnicos y demás fauna, el rodaje de escenas, las expertas opiniones sobre lo que quieren decir los personajes a cargo de psicólogos de bar o las pretenciosas y forzadas emisiones y programas traídos de cualquier modo para que la atención no decaiga nunca merecerán la pena, no ayudan, enmascaran e intentan poner allí donde no hay.

Bueno, si no tenemos nada mejor que hacer intentémoslo de nuevo, igual el próximo capítulo o temporada son la hostia en cuanto a muerte y destrucción.

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Juego de Tronos 1

Antes de escribir he de reconocer que desconozco la cantidad de gente que sigue la serie, así como el alcance de la campaña publicitaria que la televisión por satélite dedicó a la misma bastantes meses antes de la emisión de la actual temporada; tampoco si la supuesta, ansiosa y enfebrecida demanda entonces vendida era real y si se sigue con asiduidad, sea por el medio que fuere. Una vez reconocida mi ignorancia viene lo que me interesa.

Después de ocho capítulos de la nueva temporada de Juego de Tronos mis dudas se limitan a: si rebajarla a refrito patatero embutido en un envoltorio que no llega a lujo, o pestiño/serial con alarmantes perdidas de fuelle e interés, escaso de recursos y pobremente utilizados, o, lo más normal, material para consumo de frikis aburridos con mucho tiempo libre y poco o nada que hacer. Aún recuerdo a aquellas mujeres extasiadas ante la cámara contando con visible emoción o fingida ansiedad, la entrevista lo requería, los días que faltaban para la vuelta de sus héroes; daba igual lo que fueran a ofrecerle con tal de disfrutar con más muerte y destrucción. O las supuestas colas de seguidores en Sevilla deseosos de ver y tocar a los protagonistas y, a ser posible, aparecer en la serie, de lo que fuera, incluso de negro, a oscuras y de noche. España y Sevilla deberían estar orgullosas por haber sido elegidas como escenario por los dioses del mercado. Eso significa dinero, aunque, visto lo que va de temporada, el resultado es más bien para echarse a llorar.

Que una campaña publicitaria venda humo no es nada nuevo, estamos habituados, lo lamentable es que nos alimentemos de humo; o tal vez se trate de la misma y repetida mentira reproducida ad infinitum. Qué lejanas aquellas primeras temporadas en las que uno tropezaba con la serie entre escéptico y curioso, sin todavía enterarse muy bien de quién era quién. Luego descubrías que Canción de Hielo y Fuego era la saga originaria que dio origen a la serie; una historia escrita que contaba con sus correspondientes iniciados y expertos, lectores normales que la seguían con cierta fidelidad y que, si venía al caso, te hablaban de sus personajes y de su interés como seguidores, sobre todo cuando comentabas lo que estabas viendo en televisión, anunciándote que ellos ya llevaban leídos varios volúmenes con sus correspondientes anexos y aún estaba inacabada.

A veces las series me recuerdan a la literatura por entregas del siglo XIX, los grandes autores de entonces -Dickens o Dumas, por ejemplo- jugaban con el interés de los capítulos periódicos según la demanda, o simplemente la creaban en un toma y daca que imagino apasionante; tal y como se pretende hoy. Hay que decir que por entonces los medios eran mucho más limitados y la imaginación la ponía directamente el lector, un campo abierto e infinito. Pero hablamos de televisión, hablamos de imágenes, hablamos de una imaginación envasada al vacío y envuelta en papel de regalo de dudosa calidad, goloso obsequio que una vez desenvuelto se evapora sin que te des cuenta, es decir, en la actualidad una sucesión de planos y secuencias estiradas hasta el tedio e hinchadas con diálogos tan crípticos como previsibles, un correoso postergar hasta el capítulo siguiente que nunca cumple las expectativas -menos mal que el fiel seguidor siempre va un paso por delante a la hora de rizar el rizo, justificando lo injustificable y suponiendo lo que falta en la pantalla. Seamos sinceros, de vez en cuando sucede algo, porque te pueden tomar el pelo pero hasta cierto punto, la gente no es tan simple como parece. Que recuerde, algo parecido sucedía en el cine a la hora de estirar, también sin ningún miramiento, me refiero a El Hobbit. Uno leyó el libro hace bastante tiempo -nada del otro mundo- y recordaba un volumen más bien delgado del que, mágicamente, el señor Jackson ha sacado tres soporíferos largometrajes, digo soporíferos porque no aguanté el primero, los otros dos me abstuve de dormirlos. ¡Ah! de lo poco bueno que recuerdo de las películas es la voz y la exquisita pronunciación de dragón tan pedante -en la versión original.

En cualquier caso y volviendo a la serie, el único punto u objetivo reseñable y hasta discutible de la misma, el más valorado e importante para el personal, es la maldad; prima por encima de todo el mal en sus múltiples manifestaciones, a cual más disparatada y sin comparación posible, los malos han de ser tan crueles como absurdos, y más, tan irracionales como inimaginables; después nada, o si, la insaciable avidez de más mal, porque aquello sigue.

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Fútbol y otras mezquindades

Como suelen decir algunos cronistas deportivos, tan dados a las ampulosidades y a la retórica vacía, la pasada final de la Copa del Rey de fútbol ya es historia. Atrás quedaron las esperanzas y sueños de miles de aficionados tercos a la hora de reconocer la realidad más palmaria. Futbolísticamente hablando ganó el mejor porque, tanto sobre el papel como en el escenario futbolero más simple, el Barcelona está a años luz de un Bilbao que, como es vergonzosamente habitual, ha de conformarse con aquella ridícula honra de la mejor afición, la gran deportividad, la fidelidad a la tradición y otras zarandajas por el estilo aptas para conformar a tipos con el punto de vista desviado. El fútbol moderno hace tiempo que desechó tales discursos, y los que deseen conformarse o convencerse con ellos no dejan de ser nostálgicos que viven de espaldas al presente. Hoy en día el Bilbao como concepto futbolístico es una antigualla que únicamente sirve para contentar a una directiva decimonónica atascada en una fantasía nacionalista que, también, se mueve por intereses económicos -lo del etnocentrismo sobre el origen no deja de ser un recurso sin fuelle; si pudieran nacionalizarían a todo aquel que se dejara, no habría problema en encorsetar a cualquiera en un árbol genealógico envidia del mismísimo Sabino Arana. Tan íntegras intenciones y tanta pureza de sangre no pueden competir con una realidad deportiva y competitiva a escala mundial que desechó hace años principios absurdos y casi fascistas.

Y, cómo no, está la cuestión del himno nacional del país que organiza la citada competición, nuevamente pitado por una multitud de catetos que pretendían reivindicar con ello derechos y tradiciones inventadas por otros más espabilados. Ignoro cuántos de aquellos conocerían el significado de la palabra respeto. Ya lo decía Bartra, un jugador del Barcelona, en una entrevista de prensa, a muchos de los que les divierte o consideran libertad de expresión pitar al himno nacional español les molestaría -incluso llegarían a las manos- que otros pitaran o se cachondearan cuando suena Els Segadors. Lo mismo vale para los auténticos vascos. Toda esta palabrería no tiene pies ni cabeza porque afortunadamente y desde hace ya muchos años vivimos en democracia, lo que quiere decir que cada cual puede expresarse como guste y las elecciones así lo muestran, aunque para algunos o muchos retrasados con sueños dictatoriales no parece ser suficiente, desconocen que la libertad se basa en el respeto. Ya no hay lugar para opresiones ni violencias más o menos contenidas, la dictadura quedó muy atrás, pero desgraciadamente hoy las formas totalitarias son exhibidas cada día por aquellos en posesión de un artrítico pensamiento monotemático, incapaces de entender y aceptar que otros puedan pensar distinto. Como dije antes, eso también tiene un nombre: fascismo.

Lo da la tierra, y en este caso bastaba con observar los rostros del señor Más y los gerifaltes vascos sonriendo de espaldas al Rey, como los traidores, escudados en la chusma mientras sonaba el himno. Cuesta entender tan mezquinos comportamientos, no tanto cuando se dan en tipos cínicos y tramposos que sobreviven gracias al enfrentamiento; dudo que sepan hacer algo útil para los demás al margen de esa especie de política de rencores y permanente desafío cuartelero. Sin nobleza de espíritu jamás puede haber honradez política, como tampoco una mayoría iletrada y gregaria puede otorgarse ningún tipo de razón, sólo la de actuar como otro peón más que será gustosamente sacrificado a las primeras de cambio en una guerra que no van con ella.

Monárquicos, republicanos y otras hierbas deberían respetar como mínimo esta mínima democracia capaz de acogerlos en mutua convivencia, porque afortunadamente hoy tenemos un país en el que se puede vivir sin llegar a las manos, pero desgraciadamente la irrespetuosidad y el fanatismo ibérico son unos rasgos demasiado comunes, cualidades que ya se encarga de mantener y fomentar una mezquina clase política en colaboración con una prensa servil y sin criterios de veracidad.  Además, si la Copa del Rey trae consigo problemas de identidad para catalanes y vascos la solución es muy sencilla, que no la jueguen, pero eso no podría ser, la codicia de los mezquinos no lo permitiría, tendrían que disfrazarla de público e histórico ultraje, tal y como hacía el dictador.

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Apunte

De la prensa del día 2 -más o menos-… los populares pactan con CIU una enmienda a la Ley de Enjuiciamiento Criminal para evitar que prensa y televisiones emitan imágenes de implicados en corrupciones varias… de ese modo ciertas imágenes no influirían negativamente en los resultados electorales.

Por encima de diferencias y mentiras que pretenden pasar por políticas, de acaparamiento de cargos y descrédito democrático, de nacionalismos y madres patrias que sólo se creen los palurdos más ignorantes, hay algo que les une por encima del resto, la codicia y el desprecio por la población. Pregunten a quienes les votan qué grado de imbecilidad les tortura.

 

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La vida

Para Macarena, con mis más sinceras disculpas.

El tiempo de elecciones es bueno para volver a hablar de política, ese tema tan denostado que a casi nadie suele importar o simplemente se desprecia, aunque parece ser que nadie entiende de política, curiosa circunstancia, habiendo como hay tantos ignorantes en cuestiones políticas dedicados a afirmar con vehemencia, que no opinar, y a asegurar de forma categórica que el mundo y la política, o al revés, son inaccesibles e irreversibles tal cual los conocemos, o sea, ya no tienen remedio, así que ¿para qué molestarnos en hacer algo o intentar cambiar las cosas? Aceite perdido. Esa especie de sabiduría de cateto voluntario está más extendida de lo que uno pudiera desear, sobre todo porque a cada cual le gusta pensar que el mundo empieza y acaba en uno mismo, una forma como otra cualquiera de justificar la propia posición y así evitarse sinsabores y malas sensaciones; no se pudo o puede hacer más, un patético homenaje al que me quede como estoy que tiene que ver más con el aburrimiento y la pereza propias que con el mundo y los demás. Pues bien, a lo que iba, por estas fechas las conversaciones y/o discusiones políticas se dan con más facilidad porque el tema, digamos, está en el aire, siendo imposible permanecer al margen cuando alguien hace un comentario que pretende ser intrascendente sobre una noticia o un programa televisivo. El problema, el otro problema, es que por aquí no estamos muy habituados a hablar de política, a intercambiar opiniones o pareceres o explicar y justificar los nuestros ante alguien que no piense como nosotros; unos y otros tendemos a creernos enemigos políticos antes que ciudadanos de un mismo país, lo que significa que una hipotética conversación política debe acabar por aplastamiento del otro antes de que comience, para lo cual vienen bien las voces, los insultos de salida y un cierre completo del sentido del oído con tal de evitar posibles contaminaciones o cambios de opinión ante explicaciones sensatas o razonadas; porque lo mío va a misa -ya salió. En una de las últimas discusiones en la que me vi envuelto llegó un momento en el que ninguno de los que estábamos allí sabíamos o intentábamos saber de qué estaban hablando los otros -nuevamente volví a entrar al trapo a las primeras de cambio y para cuando advertí mi error ya era imposible dar marcha atrás, sólo me quedaba alzar más la voz e intentar reconducir la conversación de manera sensata buscando algún punto común, aunque, tal y como pueden imaginar, me fue imposible conseguirlo.

No sé si es necesario recordar que en la mayoría de las discusiones políticas que se dan por estos pagos, también en esta, las bases parecen estar establecidas de antemano, es decir: la política es una mierda, absolutamente todos los políticos son unos sinvergüenzas, quien pretenda meterse en política lo mismo y eso de las elecciones un montaje para que las cosas sigan como están. Con estos mimbres todo queda dicho y bien atado de antemano, luego hablar es perder el tiempo -mejor beber- y ganas de liarla. Aun así, en un hueco de la no conversación a la que me estoy refiriendo pude hacer una pregunta que pretendía crucial-¡milagro!-, entonces ¿para qué votamos? ¿quién y cómo se dirige o gobierna esto que llamamos nuestra sociedad? La vida -fue la respuesta. Imaginen cómo me quedé. En mis años, incluidos los de estudio, he aprendido muchas cosas sobre la vida, pero, que recuerde, nada de la vida como órgano o ente organizador, regidor y dispositivo de poder; ni entonces ni ahora he sabido encontrar una manifestación física o metafísica denominada vida con capacidad para ejercer con mano férrea un poder capaz de gobernar el destino de las personas por encima y/o  al margen de ellas. Pero ¿qué es la vida? -intenté apuntillar. No hubo mucho más. Pues eso… cómo son las cosas… que por mucho que lo intentemos nunca vamos a conseguir nada… ha sido así siempre… la gente que se mete en política es para robar… no hay nadie bueno… esto de discutir, como las elecciones, no sirve para nada… etc. etc.

La no conversación se fue diluyendo en una torpe irrelevancia, tan sólo balbuceos que nada decían intentando recuperar lo que ya era irrecuperable; algunos pretextos mal esbozados, reconocimiento de los posibles errores, intentos tardíos de rectificación y el tiempo que venía a apaciguar lo que nunca llegó a ser. Quedaba la vida como único punto común extrañamente inexplicado o inexplicable.

Luego, de vuelta a casa, iba pensando en esa vida tirana que nos lleva, no sé si sabiamente o como le da la gana, y ante la que nada podemos porque es imposible modificarla o alterar sus caprichosos designios. También caí en la cuenta de que esa vida era una buena excusa para justificar una inactividad bastante haragana que asume como inevitable el papel que cada cual acaba ocupando convertido en cómodo hábito; simplificando, porque nos ha tocado, dejemos de quebrarnos la cabeza. Un más vale lo malo conocido autista -algunos se conforman con tan poco y tan malo- desde el que dedicarse a juzgar con falsa suficiencia y bastante desprecio a todo aquel que al parecer no entiende eso de la vida del mismo modo y, en cambio, se esfuerza por la suya como cree, sabe o puede; pero esos siempre hacen trampa porque intentan, buscan, trabajan y nunca se dan por vencidos, aunque bastantes de ellos logren lo que para aquellos de la vida no deja de ser la enésima variante de la misma y generalizada corruptela.

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Divertimentos

Hace unas semanas me llegaba, tal y como me imagino que le habrá sucedido a mucha más gente, un pequeño vídeo acerca de la reforma educativa que me provocó algunas sonrisas y una posterior mueca de no saber muy bien qué hacer o decir. Imagino que el video también habrá provocado carcajadas, incomprensión, extrañeza o reacciones más o menos violentas según quién o por qué. Pero lo más curioso de todo ello es el regusto amargo que me dejó su visión, justo antes de la pregunta ¿y ahora qué? ¿eso es todo? ¿a eso aspiramos? ¿a reírnos de nuestras propias miserias mientras aguardamos a que el espabilado de turno invente el siguiente entretenimiento? No se trata de buscarle los tres pies al gato o hacer el borde gratis, esto último hay gente que lo hace en serio y hasta le gusta, pero no me acaban de convencer esas ocurrencias de quita y pon que pasan de un lado a otro en unos pocos días para después acabar en el cubo de la basura del olvido, y, bien pensado, ni siquiera me agrada el trabajo que conllevan -tal vez de agradecer, no lo sé. No quiero decir con ello que cada vez que alguien se ponga a pensar tenga que inventar la bombilla, pero hincarle el diente, quiero imaginar que con buena fe, a la gente más golpeada y pretender vivir o crear diversión con ello es algo demasiado socorrido, además de manido hasta el aburrimiento. ¿Dónde nos lleva entonces esto?

Al margen de la ocurrencia del tipo que confeccionó el dichoso vídeo y los objetivos que con el pretendiera, oportunismo u originalidad, es triste que quienes más puedan apreciarlo y/o valorarlo tengan que conformarse con espejismos de ese tipo en lugar de soluciones; si hasta apareció en el Huffington Post como muy recomendable. Me parece una excelente terapia reírse de uno mismo, pero cuando no puedes o no te dejan hacer por remediar tu situación y al mundo sigues sin importarle o continúa moviéndose contra ti la sonrisa, consciente o inconscientemente provocada, acaba trocándose en mueca de rabia o desconsuelo, o de clara derrota. Además, de darse esa situación en la realidad, el tipo protagonista jamás actuaría de ese modo, nadie tira a la basura su propia educación para hacer voluntariamente de cateto con tal de darle en las narices a un listillo o listilla soplapollas, no merece la pena el tiempo invertido. ¡Ah! se trata únicamente de algo divertido. Mejor inventamos divertimentos que no acaben a la semana en el cubo de la basura, no deja de ser un síntoma de resignación y simple y pura impotencia.

 

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