Alemán

La filosofía se inició en Grecia, en plazas públicas y escuelas donde, sobre todo, se hablaba acerca de lo humano y su posible origen divino, invento forzoso a falta de explicaciones más prosaicas y fáciles de ver y comprobar, aunque no de entender, todavía no dominaban la abstracción, eran otros tiempos. Con el paso de los años la filosofía se alejó de la calle para ser encerrada en cuartos cada vez más oscuros, primero con el cristianismo y su obsesión por desprestigiar todo lo que tuviera que ver con la vida en la tierra -los árabes de aquel tiempo aún disponían de algo más de luz para pensar y los judíos ya andaban obsesionados, todavía lo están, por encajar en este mundo eso de creerse el “pueblo elegido”-; luego, con el paso de los siglos, la filosofía acabó enjaulada en el centro de Europa, propiedad de unos alemanes que no tuvieron ninguna desfachatez en afirmar a los cuatro vientos que sólo se podía hacer filosofía en alemán. De hecho, el supuesto faro filosófico que ilumina -es un decir- el pasado siglo XX es el señor Martin Heidegger, un alemán burgués y conservador que pergeñó una filosofía casi esotérica completamente alejada del mundo real, solo apta para discípulos y fieles eruditos. Su principal concepto, Dasein –“ser ahí”, es la traducción que suele dársele al termino en castellano- pretendía finiquitar la filosofía enclaustrándola en un circunloquio interminable, circunstancia que, aparte del exclusivo y cerrado mundo académico, nadie más entendía o llegaba a interesarse. Pero el señor Heidegger, acabada su magna obra intelectual, no se fue de este mundo con la satisfacción de la labor cumplida, total, qué más podía hacer aquí, sino que se retiró a una cabaña en la Selva Negra para vivir aislado y así disfrutar de las pequeñas cosas tan queridas a la gente vulgar y corriente. Cuánta más honradez y humildad mostró Henry D. Thoreau en todo lo que hizo y escribió.

El Dasein por el que la primera ministra alemana, señora Merkel, no duerme ni deja dormir es el déficit, otro concepto intencionadamente oscurecido y sólo manipulable por las expertas manos de los economistas -que no científicos-, sacerdotes dedicados en cuerpo y alma a traer y llevar sus conjuros matemáticos de sus enigmáticos algoritmos al mundo real para mayor asombro y sufrimiento de la gente común. Lo malo de este concepto es que a los hechiceros de los números y economistas recalcitrantes no les basta con baquetearlo en sus tenebrosas fórmulas, sino que necesitan a la gente de la calle para hacerlo actuar y así recabar datos que nada solucionan y a nadie más que ellos interesan. Ese es el principal problema, Heidegger al menos dejaba en paz a los demás, su Dasein era exclusivo y elitista, el déficit, en cambio, no explica ni prevé nada porque, a día de hoy, nadie sabe cómo va a actuar la gente ni ha entendido que en el comportamiento humano hay algo más que fórmulas y algoritmos inventados para urdir hipótesis que pretenden augurar el futuro. La economía jamás sabrá del cómo, cuándo, dónde y por qué la gente gasta su dinero, lo único que puede hacer para parecer creíble es influir con malas artes en el día a día de las personas e intentar que su comportamiento se adecúe a sus castillos de arena; la pseudociencia económica aún no se ha dado cuenta que sólo sabe y puede hablar en pasado.

La tercera pata de este extraño experimento es una señora, también alemana, que ya ha aparecido por estas páginas, una tal Claudia Schiffer que, al margen de vivir y ser lo que es gracias y exclusivamente a su cuerpo -físico-, viene amenizándonos las esperas televisivas entre programa y programa sermoneándonos sobre unos coches baratos y los beneficios que pueden aportarnos si los adquirimos, para lo cual intenta encandilarnos con su Dasein particular y definitivo: alemán; se refiere al coche. Alabado sea el Señor. Ya no hace falta inventarse un erudito conjuro filosófico ni amenazar a la plebe con los siempre nefastos augurios de unas egoístas, estrictas y cuadriculadas creencias económicas armadas con técnicas de quita y pon, ahora es mejor abreviar, los tiempos son más fáciles; si antes no se podía hacer filosofía sino era en alemán, ahora “alemán” es el Dasein a reverenciar, sinónimo de seguridad -o Dios-, una esperanza con la que los desesperados de este mundo sueñan todas las noches. Con esta simpleza semántica se ha conseguido una efectiva apropiación de la voluntad de la gente que Heidegger no pudo lograr con su retorcida anticoncepción del hombre y el mundo, también es cierto que nunca le interesó. Quizás en su jactanciosa arrogancia a los alemanes se les haya ido la pinza, porque no creo que se haya concebido mayor memez que este presuntuoso chovinismo vendido por una señora que probablemente se mueve en las antípodas intelectuales de aquellos dioses de la filosofía. Corren tiempos más ignorantes.

Y, cómo desgraciadamente imaginarán, la última parte de este cuento pasa por el reciente accidente de aviación de una compañía aérea alemana, empresa que tenía pensado publicitar cosas sorprendentes a sus futuros pasajeros. Pero no voy a hablar de las víctimas ni de sus familiares -aunque los alemanes deberían refrenar su altivez, tomar ejemplo y aprender del señor Juan Pardo, para este hombre no hay palabras, sólo deferencia y un respeto infinito-; tampoco voy a hablar del pobre tipo y presunto causante del siniestro, una débil cabecita incrustada en la tan exigente alemanidad cultural. Me interesan todos esos alemanes atentos y concienzudos, expertos en seguridad que ocultaron, voluntaria e involuntariamente, y no supieron o quisieron enfrentarse a los problemas psicológicos de una persona con debilidades -como esa gentuza del Sur-, prefiriendo hacerla desaparecer de sus estadísticas encubriéndola antes que sacándola a la luz en la segura Alemania, un país que, por lo visto, también sabe de trapacerías, subterfugios y omisiones intencionadas cuando hay que vender a toda costa un Dasein al resto del mundo.

Y después de mezclar churras con merinas qué queda, la patética insolencia de quienes pretenden explicar el mundo según sus particulares tinieblas mentales, además de intentar imponerlas a los demás; pero si en el caso de la filosofía había que ser un iniciado dirigiéndose exclusivamente a iniciados, casi un brujo, en lo del déficit y la seguridad la cosa se complica porque desgraciadamente son necesarias víctimas que los sufran y corroboren. Pero para eso estamos los débiles e ingenuos del sur, porque sin nosotros ni el déficit ni, sobre todo, la seguridad alemana servirían para nada, ya que ni ellos mismos son capaces de hacerla respetar en su propia casa.

Por favor, un poco más de humildad y respeto hacia quienes, afortunadamente, ni piensan, ni viven ni quieren vivir como ellos.

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Ofertas

De nuevo esas pequeñas cosas y situaciones tan de por aquí que no fomentan grandes titulares de los que presumir y provocar la envidia del mundo ni llegan a las primeras páginas de política nacional -quizás por vergüenza ajena-, hechos cotidianos que dan idea del tipo de personas con las que podemos tropezarnos por estos pagos; al final y como suele decirse, las cosas acaban cayendo por su propio peso. Hace unos días leía, no recuerdo bien dónde, que en ciertos barrios de la capital, o sea, Madrid, se ofrecía jamón ibérico de pata negra a tres euros. Salvado el consiguiente escepticismo y espoleado por la osada curiosidad me puse manos a la obra con la lógica sospecha de que allí probablemente hubiera gato encerrado. Pues bien, al poco de entrar de lleno en el asunto empezaba a cundir el desánimo, y al continuar viendo y leyendo -me temo que algunas tendencias masoquistas habrá por medio- acabé por perder la poca capacidad de sorpresa que me quedaba. Nadie da duros a tres pesetas, y si el material a la venta era original, que parece ser que sí, el gato debía de andar por otro lado, como, en efecto, uno descubría a continuación. El susodicho jamón de raza y los demás productos a la venta, que también los había, provenían de tiendas y supermercados de la misma capital pero obtenidos a capricho de manera fraudulenta -imagínense, eso mismo, robados-, sin abonar la consiguiente factura al vendedor o sufrido propietario. El negocio lo llevaba una panda de, para eso sí, diligentes y organizados ciudadanos, que se dedicaba a sustraerlos de algunos establecimientos de alimentación, para lo cual disponían de una cuadrilla de señoras armadas con grandes prendas de abrigo y una profusión de bolsillos que llenaban a discreción para luego, imagino, salir por piernas del lugar; las ofertas iban desde pizzas congeladas hasta jamón ibérico cómodamente loncheado en bolsas herméticamente cerradas. A continuación, el cabecilla o gerente de la empresa, como en cualquier organización corporativa que se precie, distribuía la mercancía entre el personal de la sección de ventas, sección formada por otros empleados que, provistos de cómodas y prácticas cajas de cartón, se situaban en las aceras, ante las puertas de otros comercios de alimentación, ofreciendo a la posible la clientela los mismos productos que en el interior, como supondrán, muchísimo más baratos. Tal sociedad mercantil también contaba con su propio servicio de vigilancia y seguridad controlando calles y esquinas por si a los probos agentes del orden les daba por aparecer. Preguntados algunos de los clientes que adquirían tales mercancías, como supondrán sin factura, estos justificaban su estupenda adquisición de la forma más franca y desarmada posible, tal que ¿por qué voy a pagar más ahí dentro por una cosa que me cuesta menos de la mitad aquí en la calle?

A estas alturas el cuadro ya no era ni surrealista ni de juzgado de guardia; para un espectador cualquiera la situación vendría a ser similar a la de esos documentales de fauna salvaje en los que los cámaras se dedican a filmar sangrientas cacerías sin influir en el entorno, se trata de que la mano del hombre no se inmiscuya en el normal desarrollo de la vida salvaje. Imagino que los presuntos ladrones tampoco tendrían mucho más que decir, es comprensible su evidente preocupación por ocultarse y preservar los solidarios intereses de la manada…

Pero… ya, es normal, qué vamos a hacer, este país es así, otro ejemplo genuino de la marca España. Bueno, algunas preguntas cabrá hacerse, por ejemplo ¿puede hablarse de algún tipo de moralidad que justifique este tipo de comportamientos? ¿o la moral sólo tiene que ver con los curas? Y no me refiero a los ladrones, pobrecillos, víctimas de una sociedad tan cruel, sino a la gente que ve, acepta y compra. ¿Todavía sirve eso tan socorrido de la sociedad culpable? Entonces ¿quiénes formamos esta sociedad? ¿marcianos? ¿es este vecindario al que hay que salvar de la corrupción política que hunde al país en la mierda más absoluta? ¿aún hay gente que se extraña de la catadura de nuestros políticos?

¡Ah! otra cosa, ahora que llega la Semana Santa -celebración pseudosagrada y verbenera sin parangón- podemos pedir a los amables ladrones alguna latita de caviar o unos paquetes de ibérico más para las farras culinarias familiares, o para la comunión del niño, que también queda cerca y hay que invitar a la parentela, la empresa acepta encargos, usted los tendrá disponibles a los pocos días.

 

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Puros de sangre

Hace poco fui testigo de una especie de enfrentamiento por paulatina elevación de tonos que sin llegar a discusión protagonizaron un par de conocidos, por otra parte de acuerdo en casi todo. La cuestión tenía que ver con la pureza como requisito indispensable para cualquiera que quiera acceder a la arena política de este país. Es decir, si lo que hay no merece la pena porque, a día de hoy, no se salva nadie, ocupe el cargo que ocupe y sin que importe el lado del espectro político donde se mueva, los nuevos aspirantes deben aparecer limpios e inmaculados, porque cualquier asomo de mancha supone impepinablemente que, antes o después, el tipo en cuestión acabará metiendo la mano en la caja, y para eso con lo que hay es suficiente. Si intento dejar a un lado las personas y motivos es porque me interesa ese repentino anhelo de pureza al que se iban adhiriendo una mayoría de los presentes como único argumento para justificar sus recelos y temores a los nuevos y lo nuevo o por venir, una posición supuestamente crítica que, ante las dificultades para dar con alguien que cumpliera sus exigencias al cien por cien, amenazaba con derivar en un desprecio e indiferencia hacia la política justificado a partir de una, según los más beligerantes, inevitable e incorregible tendencia a la corrupción endémica en el hombre, lo que conminaba a zanjar cualquier conversación, ni siquiera proyecto o decisión, con un punto final que dejaba todo detenido o en suspenso, una especie de inmovilismo que nos convertía a todos en unos monigotes ineptos incapaces de gobernarse o decidir por sí mismos. Somos prisioneros de nuestras debilidades, lo que afortunadamente no quiere decir que cualquier propósito de enmienda, los esfuerzos por llegar a puntos comunes a partir de una renovada y mutua confianza o la simple voluntad de cambio por parte de las personas sean palabras huecas, aunque nuestra desafortunada experiencia nos diga lo contrario, sólo es la nuestra; y es curiosa la postura de tan solemnes y puros ciudadanos, inesperados adalides de la probidad y la honradez juzgando sin piedad a sus semejantes sin pensar en sí mismos ni preguntarse por los motivos de sus, de pronto, exigentes y purificantes condiciones; según ellos lo mejor es dejar las cosas tal y como están y que cada cual se busque la vida, posición que despide un espeso tufo reaccionario. Tampoco se les puede preguntar ni les gusta hablar de la suya

Probablemente hayan oído esa sentencia bíblica que viene a decir, más o menos, que quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Esas palabras apelan a la misma falibilidad humana, es el reconocimiento de las dificultades a las que cualquier hombre ha de enfrentarse a lo largo de su vida y la siempre complicada elección del camino correcto, amén de los apuros para sobreponerse a los momentos de debilidad. Pero el hombre no es sólo error, aunque la acumulación de los que hoy sufrimos justifique el actual desprecio hacia la totalidad de la clase política y haga de la limpieza de sangre una exigencia fundamental para cualquiera que intente acceder a ella, no obstante ¿hasta dónde hay que llegar a la hora de inmiscuirse en la intimidad de cualquiera para darle el visto bueno? Bien pensado, creo que es muy difícil o casi imposible tal pretensión de pureza, principalmente porque las cosas se complican en más ocasiones de las que quisiéramos o deseáramos y jugar con mala fe a la hora de imponer un rasero tan exigente no es tan acertado como a primera vista podría parecer; tales pretensiones pueden llevarnos, por temor a volver a equivocarnos en nuestra elección a, como ya he dicho antes, permanecer permanente quietos, o sea, tal que muertos, para beneficio de los de siempre, los mejor situados. Un ejemplo, creo que no es lo mismo utilizar un día el coche de la empresa para hacer un porte personal que defraudar, dejarse sobornar o malversar cientos de miles o millones aprovechándose de un cargo público. Estaremos de acuerdo en que a la hora de juzgar las dos faltas, que lo son en su error, habremos de utilizar raseros diferentes. Ya sé, es inevitable la generalización, pero también es cierto que no podemos plantarnos en una posición intransigente pidiendo a los demás lo que probablemente nos olvidamos de exigirnos a nosotros mismos en más ocasiones de las que creemos. ¿Existen personas cien por cien puras?

Si hoy tenemos la política y los políticos que tenemos estamos en la obligación de revisar de arriba abajo a los aspirantes, pero ¿es justo denunciar y por ello expulsar a partir de una mínima mancha porque en ella estamos seguros de atisbar al futuro defraudador, ese que a las primeras de cambio se pondrá a hacer de las suyas, o sea, más de lo mismo? ¿Justifica tan exigente condición que, dadas las dificultades para encontrar a alguien que satisfaga a todos, hemos de pasar entonces de la política y denostarla por los siglos de los siglos? ¿En qué lugar está escrito que la política no la hacen los hombres, debilidades incluidas? ¿Dónde pone que es imposible establecer medios de control político y de los políticos? ¿Justifica todo ello que debamos dejar la política en manos de cualquiera que quiera medrar a costa de nuestra santa indiferencia porque hemos decidido que político significa tipo sin escrúpulos, y con ello posar de espaldas a un sinfín de decisiones tomadas por otros que nos “obligarán” a vivir de un determinado modo a costa de nuestra justa e “inútil” pasividad? En la trifulca que motiva estas letras una de las partes estaba dispuesta a pasar por alto los pequeños errores porque consideraba que hay casos en los que no se puede juzgar a las personas por cuestiones pasadas relativamente menores. Eso no quiere decir que haya que olvidarlas. La otra parte no, sencillamente tampoco eran de fiar, pero ¿cuántos temores o qué oculta una postura tan intransigente? Y entonces ¿dónde encontraremos santos para que gobiernen?

La cosa se fue enervando en función de un único argumento que nada tenía que ver con la conversación, intentar pisar al otro a costa de elevar el volumen. Al final y como era de esperar cada cual salió por su lado y la reunión se fue al garete. ¿Qué quedó? Intransigencia, incapacidad para escuchar y entenderse y parálisis completa de toda actividad, amén de desconfianza y un temor general subyacente. Se nos olvida con demasiada frecuencia que vivir juntos significa dejar a un lado los maximalismos personales y hacer lo posible por cooperar. Estamos condenados a ponernos de acuerdo, y esto creo que ya lo he dicho antes.

 

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Borgen

Borgen es una serie danesa que se ve bastante bien porque sus personajes y situaciones son creíbles en un alto porcentaje -a veces se olvida que se trata de una ficción-, y se disfruta con un plus de expectación y un punto de incredulidad cuando inevitablemente llegamos a preguntarnos si en la vida real un político puede seguir siendo honrado y moverse permanentemente en el ojo del huracán. Borgen presenta situaciones políticas tan democráticamente reales como imposibles por aquí -es inevitable, tanto la añoranza como la comparación-, por lo que uno acaba teniendo la desagradable sensación de que nuestros políticos jamás podrían ser y comportarse de ese modo. Borgen muestra las bambalinas de un poder y una política que, si hemos de creer real, aunque sea en un mínimo porcentaje, sólo pueden darse en la propia Dinamarca o en países con similar tradición y solera democrática. Cualquier comparación política y democrática con lo que por aquí sufrimos -repito, es inevitable- se nos antoja simplemente imposible; en nuestro racial y permanente cachondeo e ignorancia democrática infestada de corrupción y acusaciones mutuas es como si habláramos de marcianos.

Debo confesar que me costó entrar en la serie, probablemente debido a mis malos usos televisivos, es decir, a un exceso de series norteamericanas que le hacen a uno habituarse, más de lo que pueda imaginar, a realizaciones, formatos y recursos dramáticos de los que luego es difícil desprenderse, y la mejor prueba para comprobarlo es enfrentarse a series de otra procedencia. A partir de Borgen se me ocurre que tal vez el público y la crítica de por aquí nos comportemos como catetos al rendirnos boquiabiertos a esas series norteamericanas sobre el poder que hablan de tipos supercorruptos y malvados imposibles a merced de retorcidos guiones que inventan una sobrecargada y casi diabólica realidad, venden un exceso consumista de maldad que acaba hartando en su calculada sinrazón.

La serie también puede verse como un curso acelerado de política democrática en la que priman los intereses públicos y una política de estado que se mueve por encima y más allá de aspiraciones particulares y partidistas, que también las hay y de todo tipo, mostrándose en general una decencia democrática y unas composturas que, repito, probablemente debido a los malos usos que se dan por esta tierra, uno puede llegar a ver con un punto de desconfianza. En cualquier caso, si los modos democráticos del país que produce la serie se asemejan, incluso por lo bajo, a los que se muestran en la pantalla, nos queda mucho camino por recorrer; y uno llega a pensar en un camino imposible. No se puede hablar ni educar en democracia cuando los políticos de tu propio país desprecian por principio la educación. Esas maneras políticas ni se huelen por estos lares, por aquí pesa demasiado un reaccionario y sagrado desprecio de clase que condiciona y mata antes de que pueda ver la luz cualquier política pública posible; aquí todavía mandan los caciques, los señoritos y la nobleza de clase bendecida por la iglesia. Y nuestra clase política está tan habituada a las mayorías absolutas para gobernar que es incapaz de sentarse y forjar una política de estado por encima de intereses sectarios, ni llegar a acuerdos de mínimos en políticas a largo plazo, ni la población entiende otra política que la del sistemático aplastar al otro, de palabra y obra, dejando como único resto un erial que cada cual mal siembra a su modo y en el que no puede crecer nada socialmente útil o relevante. Sobran hisopos y faltan demócratas de pasado decente y largo recorrido.

La serie también hace hincapié en los enormes esfuerzos de coherencia personal con los propios principios a la hora de hacer política, detalles que quizás a más de uno puedan parecerle sospechosos y pensar que tanto político honrado no puede ser normal, no existen en el mundo real -¡ah! la ignorancia y la falta de ejemplos-; tanta honestidad, tantos acuerdos interesados o de última hora poniendo coto a las ambiciones personales, supeditándolas a un presente común, que es la sociedad danesa, resultan tan atractivos como sospechosos. Nuestra triste y corta experiencia democrática sólo sabe de Pujoles, Bárcenas, Bankias, Eres etc.,  por eso confundimos y desconfiamos de lo que nunca hemos conocido; la prioritaria búsqueda política de beneficios para la nación y sus ciudadanos nos resultan de otro planeta.

Además, los proyectos y ambiciones políticas y personales, los inevitables encontronazos entre las vidas pública y privada y las vicisitudes que sufren los protagonistas a la hora intentar congeniar y compartir marcos tan opuestos son ya más que suficientes para hacer la serie interesante. Comparado con esa hipotética primera ministra las únicas opciones personales que se le recuerdan al presidente de este país fueron sermonearnos diciendo que hacía las cosas que debía hacer (¿?) -como Dios manda, que viene a ser lo mismo- y apresurarse a entregar, en persona, el Códice Calixtino sustraído de la Catedral de Santiago, eso sí, después de obedecer como buen siervo y cumplir sin rechistar las órdenes económicas en contra de la población de su país que el Banco Central Europeo le exigía.

Lo siento, quería hablar de Borgen y todavía me falta la parte correspondiente a los medios de comunicación, o esos momentos, temas y personajes tan adultos que destierran de un plumazo a la irrelevancia más completa la maniquea y bobalicona simpleza de las series norteamericanas; las comparaciones son inevitables y traicioneras y la serie sigue cada vez mejor…

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No sé

De entrada, apelaría a que todo el mundo se molestara en ver al subnormal de Mario García Montealegre, 24 añitos y natural de Talavera de la Reina (Toledo), golpeando y derribando de una patada por detrás a una mujer en un semáforo, para divertimento suyo y de los cafres de sus amigos. También apelaría a algún experto en informática para que adjuntara al vídeo el nombre del tipo y lo colgara en los lugares más visibles, para que se supiera que clase de tarados se cuecen por estas tierras; también podría adjuntar los nombres de los amigotes que grabaron tan gracioso suceso. Después de verlo, porque creo que hay que verlo para que no nos creamos eso de las generaciones de jóvenes tan preparados, uno debería echarse a llorar de impotencia, después de haberse tragado los infinitos tazones de indignación y violencia contenida que desprenden semejantes… (no sé cómo catalogarlos).

Supongo que no merece la pena hacer una entrada de esto, o si, porque ese es el país que vendemos, ahora entiendo por qué los catalanes quieren independizarse de nosotros. Desgraciadamente ese tipo de comportamientos nos señalan a todos, a mí el primero, por ser compatriota de semejante mierda andante, pero ¿qué puedo hacer? ¿qué podemos hacer? lo que pienso respecto a eso prefiero no decirlo, iría directamente a la cárcel si lo hiciera.

 

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Noche

Hay lugares públicos en los que el acceso está restringido por cuestiones de dirección o por dedicarse a ciertas actividades no a todos permitidas, o no por todos igual de apreciadas; en cambio, hay otros lugares a los que el visitante no volverá a acceder porque la última vez que lo hizo notó algo extraño en el ambiente, circunstancia que no pudo saber con certeza, fue una sensación que le hizo ver que era él quien estaba de más allí, por lo que, tal y como entró, sin darse importancia ni maldecir a nadie en particular, decidió que no habría de volver; no existía imposibilidad física, impedimento o prohibición, sino que tal vez su cabeza o sus años le delataban e incomodaban tanto como las manchas de humedad en las paredes. Sin embargo, hay otras personas que no sienten ningún pudor cuando, por gusto o capricho, deciden que precisamente aquel, o lo que es lo mismo, cualquiera, es un buen lugar para pasar un rato o, si viene al caso, horas que parecerán a los demás interminables. Entonces puede decirse que ocupan todo el local, no sólo la parte del mismo que aguanta sus posaderas, sino hasta el aire que de pronto comienza a herir los oídos de los muchos más que están allí. Suelen hablar en voz alta o muy alta y reírse por cualquier cosa, sobre todo de lo que ellos mismos dicen, y no descansan hasta que el reloj o el cansancio les tiran de la manga haciéndoles ver que desgraciadamente ha llegado la hora; arman tal revuelo con su simple estar que no pasa mucho tiempo para que comiencen a volverse cabezas ajenas, primero con cierta prudencia o disimulo, luego más descaradamente, cosa que no afecta a, en este caso, la risueña señora de pronunciadas curvas inversas que, ya puestos, cuenta como aderezo, entre otros, con un circunspecto compañero capaz de poner una nota de color con la que salpicar tanta y extrovertida alegría, sobre todo cuando, con cara de palo y remarcando las palabras hasta la pedantería y sin dejar de mirar fijamente a los ojos del camarero le espeta, tal que le estuviera leyendo su sentencia de muerte: quiero un Brugal con Coca Cola y tres cubitos, no dos ni cuatro, tres, con una rajita de limón y una rajita de naranja; a lo que el camarero, en posesión de una buena dosis de paciencia y profesionalidad, asiente sin inmutarse alejándose a continuación de la mesa con su parecer bien escondido. Curiosa situación que inevitablemente no ha pasado desapercibida provocando unos obligados puntos suspensivos en algunas de las mesas que rodean al grupo, la totalidad, que ya observan sin pudor peña tan particular, especialmente en la mesa más próxima, donde una acaramelada pareja detiene su íntimo ronroneo para mirar al curioso peticionario, no sé con qué intención, que ahora, tan campante, cambia la jeta y se pone a reírle las gracias a su estridente y, repito, pasada en curvas compañera. Breve interrupción que no impide a la amorosa pareja la vuelta a su melosa práctica, un continuo engarce de miradas, besos y arrumacos que acaban derivando hacia el género melódico cuando ella, sin dejar de mirar fijamente a “su machote”, comienza a cantarle tiernas melodías que el otro aguanta sin parpadear ni intimidarse, manteniendo firme una mirada de puro amor hacia su amada y sin dejar de ajustarse la gorra negra que adorna su pelado cráneo; mientras, ella va enlazando una música tras otra y vocalizando una cadena de besos que impactan certeros contra su embelesado apolo a pesar de un infernal ruido de fondo en el que vuelven a sobresalir las nuevas risas de la señora de las curvas, que sigue a lo suyo, entreteniendo voluntaria e involuntariamente a una concurrencia multidisciplinar que aguanta estoica hasta que se vayan o directamente los echen. Pero la mimosa pareja decide irse primero; nosotros detrás.

 

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Tópicos

Todo lo que viene sucediendo últimamente en los aledaños de la política sin ser todavía política y las innumerables opiniones que está provocando, como suele, más en contra que a favor, más en contra por lo que significa oponerse por principio -que no juzgar, cuestionar o enfrentarse con razones- entre quienes supuestamente ven amenazado su puesto y privilegios porque los nuevos vientos parecen traer bajo del brazo un asomo de cambio de una política y una economía que simplemente parece que funcionaban porque ya estaban aquí, es completamente revitalizador. Este trajín, decía, viene siendo durante estos meses lo que comúnmente llamamos nuestro día a día, algo semejante a una gran sala de espera que muchos vienen sufriendo con recelo, o temor. Mientras, aguardamos unas órdenes, leyes y plazos estipulados -entre ellos las elecciones- mediante los cuales el propio sistema se autoreproduce, lo que no quiere decir regenerarse, esto último no sucede porque muchos están convencidos de las dificultades o imposibilidad de vencer la cansina inercia del desgobierno actual, se sienten cansados e impotentes, o viejos, o más temerosos que el resto, vencidos por principio, sin, a día de hoy, ni siquiera un hueco para la esperanza. Porque eso es lo que traen los nuevos vientos, una simple esperanza -todavía sin planes u objetivos definidos-, una esperanza en la que parece caber de todo y que, sin embargo, es sentida por gobernantes y fieles como una auténtica amenaza con demasiados rostros, conocidos o hasta ahora desconocidos, provocando un más que evidente nerviosismo e incertidumbre general que, ya sólo por eso, son más que beneficiosos. Porque, aunque no lo creamos, las cosas son muy fáciles, si estamos viviendo un presente que no nos gusta o no creemos nuestro ¿qué mejor que preguntarnos por él? y ¿si uno no es feliz en él porque no le acaba de gustar qué mejor solución que intentar cambiarlo?

Este revuelo entre los sirvientes, parásitos y mantenidos del poder ante unas preguntas tan básicas y elementales es importante. Para muchos no deja de ser una sorpresa que la simple tentativa de cuestionar lo que hasta ahora se había dado por hecho arme tanto alboroto, tantas reticencias y risas flojas entre unos politicastros habituados a nuestra dócil obediencia, tipos que decían gobernar sin preguntas ni aspiraciones comunes, una continua y fatídica rutina que ellos solían llamar actualidad o presente, sin principio ni fin, bastante alejada, por ejemplo, de esos movimientos, cambios y revoluciones que pueblan la historia, esa asignatura que alguna vez estudiamos de pequeños y algunos todavía estudian y que suele hablar de épocas pasadas pobladas de personas muertas a las que es imposible preguntar y que cargan con el inconveniente de otros tiempos que, desde aquí, parece que nunca hubieran sido presente; es como si en los libros de historia se hablara de marcianos, de pueblos, guerras y revoluciones como metáforas inventadas por eruditos o manipuladores para mantenernos entretenidos o quietos a la vez que ajenos o indiferentes a nuestro propio presente, porque, curiosamente, nosotros somos incapaces de vernos como sujetos de la historia, nos resulta hasta extraño, constreñidos en nuestras pequeñas vidas individuales y enfrentados a un sin fin de carencias y dudas que nos ocultan la realidad común, aunque realidad y presente sea lo que pasa ante nuestras narices, nos califica y, sin embargo, nos estamos negando a vivir, y en estas se nos pasa el tiempo, en creer qué sin saber cómo.

Sueños y esperanzas, denuncias, realidades y presentes posibles quedan abandonados o pendientes en un limbo del que no nos atrevemos a sacarlos porque el mismo temor al cambio nos paraliza, la posibilidad de que mañana amanezca diferente es todo un incordio cuando nos hemos habituado y obligatoriamente necesitamos que mañana sea igual a hoy con tal de irnos a la cama tranquilos; y esa tranquilidad que creemos necesitar para dormir es la que desgraciadamente nos está matando cada día un poco más.

Así pues, obedientes, rezaremos para que todo permanezca tal y como hasta ahora, nos convenceremos de que, después de todo, lo poco que tenemos no está tan mal, nos consolaremos mientras llegan las elecciones y entonces, ese día, dudaremos y tal vez nos retractemos antes que ser sinceros con nosotros mismos y atrevernos de una vez por todas con nuestro presente. Tratar de no enfrentarse al presente es otra forma más de hacer presente, pero en este caso por abandono, es un vivir fingiendo que no se está del que nos gusta culpar a otros, por impotencia, miedo o indiferencia. Mañana, los libros de historia o las páginas web que muestren cómo eran los hombres a principios del siglo XXI puede que no digan nada honroso de nosotros, pero ¿a quién le importa eso hoy? mañana no estaremos aquí para responder. O tal vez seremos vistos como valientes porque fuimos capaces de cuestionar e intentar dar la vuelta a nuestro propio presente, protagonistas de él, con todo el derecho del  mundo puesto que era, es, el nuestro…

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Cloacas

Llama la atención que a un señor, independientemente de su dedicación, afinidades políticas y/o mayor o menor aparición en los permanentemente manipulados medios de comunicación nacionales, le puedan ser aireadas sin ningún pudor sus posesiones económicas -hasta el último euro- sin que ningún ciudadano decente reclame contra semejante atropello de los derechos individuales, será que ya no quedan de aquellos. Que hoy todo el mundo tenga a mano los dineros del señor Monedero, gracias al consentimiento y la corrupción imperante en los ministerios correspondientes -como si no supiéramos de ella-, y a tanto y codicioso estómago agradecido vendido a las cloacas de un poder que no tiene reparo en saltarse a la torera todas las normas con tal de desnudar a sus hipotéticos enemigos, es más que suficiente para formalizar una denuncia en toda regla y pedir la dimisión de los directamente responsables; y si el señor Monedero no lo ha hecho supongo que es porque no merece la pena hacerse la víctima y objeto de tanta calumnia o, en cambio y como suele sentenciar la simple sabiduría popular -esa pseudociencia de catetos perezosos que juzgan con los pies y critican con el estómago-, es que algo raro hay.

No me importan ni el dinero ni las formas de conseguirlo del señor Monedero, e imagino que ya supondría él de antemano con quién se jugaba los cuartos cuando inició el asalto al poder que significa Podemos, lo que no acepto es que el país se haya acostumbrado a tanta mierda sin escandalizarse, que se grite, acuse y discuta sobre cuestiones menores o secundarias y se cierre la no discusión con un perentorio y vergonzante más de lo mismo. Si todavía no hemos entendido de qué va esto mejor lo dejamos y volvemos a la puerta de la iglesia a besarle la mano al cura y al corral a cuidar las gallinas, ya llegará de fuera la caridad de quién nos necesite como consumidores. Tal y como está el patio, tirarnos piedras unos a otros por cuestiones de calderilla ajena no es muy instructivo, necesitamos otros políticos que sepan hacer política, no estos mamarrachos capaces de vender a su propia madre por un sillón.

 

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Otro invierno

Como es Enero estamos en invierno, y como es invierno hace frío, y si el invierno es invierno, invierno, hace un frío de mil demonios, y viento, y lluvia, y hiela y nieva, como en cualquier invierno que se precie. Hasta ahí todo parece fácil de entender, como también lo es que los excesos meteorológicos hagan más difícil el día a día del país y en ocasiones incluso lo interrumpan de manera drástica, o sencillamente lo detengan sin fecha.

También sabemos, o suponemos, o al menos lo imaginamos,  que hoy mucha gente de lo más normal suele ir armada con dispositivos electrónicos muy sofisticados que, comparados con los que existían, por ejemplo, hace tan solo diez o quince años, son un portento en cuanto a tecnología y comunicabilidad, y  esos dispositivos hiperconectados ofrecen o pueden ofrecer todo tipo de información al instante, lo que significa que sus felices poseedores pueden presumir de saber de lo que quieran cuando quieran.

Estamos en invierno y nos aterroriza una ola de frío amenazando con poner al país patas arriba, pues bien, todavía hay personas que, gustosamente o no, es imposible apreciarlo, se avienen con unas palabras a los requerimientos de unos medios de comunicación que dedican minutos y minutos a entretenernos, que no a informar, con lo que todos sabemos y sufrimos, que hace mucho frío, emitiendo sin descanso una y mil opiniones iguales, la mayoría banales, sobre lo que significa y cómo afecta el frío a cada cual. Y exceptuando los que asumen el invierno como lo que es o debería ser, una estación imprevisible que puede rompernos por donde menos lo esperamos, suelen repetirse esos ciudadanos cabreadísimos que sistemáticamente se quejan, enfadan, protestan, deploran o insultan a quienes, según su santa palabra, deberían estar más atentos y preocupados porque ellos sigan haciendo su vida normal, cuando y como quieran y a pesar del invierno. Los mismos que exigen con altanería y soberbia medidas de protección y seguridad más que inmediatas, personales, medios infinitos que los traten y cuiden como a niños, a capricho; unos servicios de protección civil de choque instantáneos y cariñosos, dispensadores de sal en todas las carreteras como grifos de agua corriente, un quitanieves por persona, máquinas expendedoras de sacos de arena en cada esquina por si toca inundación, helicópteros de salvamento en cada rotonda o, ya puestos, fuerzas de intervención inmediata de la ONU, a saber; sobre todo para que ellos, bien cómodos en el interior de sus seguros vehículos, no tengan que despeinarse. Pero todavía no he oído a nadie decirle a tanto ciudadano espabilado, por ejemplo, por qué no utilizó la televisión, la radio o su teléfono móvil de última generación para informarse de si la carretera, la estación, la zona o el camino de cabras por el que le apetecía circular o al que tenía intención de acceder podía ser utilizado con total normalidad; estamos en invierno.

Deberíamos ser más respetuosos con unos servicios públicos devaluados y desprestigiados que una, no sé decir si mayoría o minoría, sistemáticamente denuesta porque no están ahí para auxiliarles o atenderles a la carta, unos servicios públicos que disponen cada vez de menos dinero y recursos y que a nadie le apetece potenciar porque nadie se acuerda de ellos cuando no interesan o no hacen falta; estaría bien que nos acordáramos de ellos a la hora de pagar impuestos, no únicamente cuando llega el invierno y se comporta como invierno haciendo que nuestras egoístas vidas deban reducir el ritmo y la velocidad.

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31 de Enero

El viernes había llovido, por la mañana, por la tarde y por la noche, un día desapacible de invierno que no invitaba a soñar con que la meteorología colaborara al día siguiente. Pero la mañana del sábado, aunque ventosa, amanecía limpia, dominada por un viento que, para algún que otro romántico, soplaba con fuerza para llevarse muy lejos tanta basura, tan lejos que no le fuera posible volver. De camino a Sol un par de músicos callejeros, enfrentados al frío y contra más viento que marea, adornaban la espera con una particular versión de La vie in rose que no animaba al personal a detenerse y escuchar pero, en cambio, se ofrecía como un buen presagio de lo que podía venir. Ya media hora antes, por las calles adyacentes a Sol, la gente se movía hacia el centro no precisamente de compras, y una vez en la plaza se arremolinaba en grupos o decidía descansar frente a un escenario vacío que, en un extremo de la misma, aguardaba, música en ristre, a algunos de los protagonistas de este último día de Enero. Decidimos hacer el trayecto a la inversa, es decir, en dirección a Cibeles, y a medida que abandonábamos la plaza por Alcalá la gente no cesaba de acudir charlando y mirando en derredor, probablemente intentando calcular un número que no parecía importante; un vistazo hacia atrás no dejaba muchas esperanzas en cuanto a espacio para los que venían de frente con intención de finalizar su recorrido precisamente allí. Caminando un poco más llegamos a la pequeña pendiente que media la calle, casi en Sevilla, hasta que pudimos ver a lo lejos la plaza de Cibeles, ni un centímetro de asfalto libre, sólo una ininterrumpida multitud cabezas de todas las edades que se prolongaba hasta donde alcanzaba la vista, igual que a nuestra espalda, muchísima gente moviéndose con exasperante lentitud; algunas pancartas a lo lejos servían de referencia, tal vez del principio de la marcha o de algún grupo especialmente importante, ya habían pasado las doce del mediodía y aquello no parecía avanzar, por algunos tramos era casi imposible moverse.

Como suele ser normal en este tipo de manifestaciones cada cual las aprovecha para salir a la calle a hablar de lo suyo, dando al conjunto una variedad para todos los gustos; se veían grupos procedentes de todos los puntos del país cantando y gritando consignas locales, agrupaciones y colectivos con su particular problema a cuestas, familias al completo, los habituales y desorientados portadores de banderas republicanas, preferentistas de Bankia o decimonónicos nacionalistas catalanes con bandera incluida. Repito que no deja de ser curioso que cada cual interprete la situación a su antojo, haciendo de ella la posible solución a su problema particular, lo que me deja algunas dudas a la hora de creer o imaginar qué es lo que se entiende con este tipo de manifestaciones, la de hoy sábado en particular, es decir, la urgente necesidad de exigir una autentica regeneración política que este país tanto necesita, por encima y más allá de particularismos y asuntos más o menos personales.

A medida que nos alejábamos los huecos eran mayores, pero la calle mostraba ese tono festivo que permite e invita a caminar por el centro de una calzada sin coches rodeados de gente siempre sonriente. Armonía que desaparecía de inmediato cuando, a la altura de Neptuno, uno alzaba la vista hacia un abandonado y más gris que nunca edificio del congreso, ese lugar que supuestamente ocupan nuestros representantes, y únicamente veía una calle vacía y enjaulada, un desierto rodeado de policías. Qué magnífico ejemplo para mostrar lo que significa democracia en este país. En cualquier caso los números de esta mañana no son lo más importante, eso lo sabíamos todos, lo importante era y es, todavía, la posibilidad de poder salir y verse las caras, detenerse a hablar con cualquiera y sentir que los problemas son comunes, que aún hay esperanza, más que temor, y te dices… ojalá esto no se olvide a la hora de votar.

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