Juego de Tronos 1

Antes de escribir he de reconocer que desconozco la cantidad de gente que sigue la serie, así como el alcance de la campaña publicitaria que la televisión por satélite dedicó a la misma bastantes meses antes de la emisión de la actual temporada; tampoco si la supuesta, ansiosa y enfebrecida demanda entonces vendida era real y si se sigue con asiduidad, sea por el medio que fuere. Una vez reconocida mi ignorancia viene lo que me interesa.

Después de ocho capítulos de la nueva temporada de Juego de Tronos mis dudas se limitan a: si rebajarla a refrito patatero embutido en un envoltorio que no llega a lujo, o pestiño/serial con alarmantes perdidas de fuelle e interés, escaso de recursos y pobremente utilizados, o, lo más normal, material para consumo de frikis aburridos con mucho tiempo libre y poco o nada que hacer. Aún recuerdo a aquellas mujeres extasiadas ante la cámara contando con visible emoción o fingida ansiedad, la entrevista lo requería, los días que faltaban para la vuelta de sus héroes; daba igual lo que fueran a ofrecerle con tal de disfrutar con más muerte y destrucción. O las supuestas colas de seguidores en Sevilla deseosos de ver y tocar a los protagonistas y, a ser posible, aparecer en la serie, de lo que fuera, incluso de negro, a oscuras y de noche. España y Sevilla deberían estar orgullosas por haber sido elegidas como escenario por los dioses del mercado. Eso significa dinero, aunque, visto lo que va de temporada, el resultado es más bien para echarse a llorar.

Que una campaña publicitaria venda humo no es nada nuevo, estamos habituados, lo lamentable es que nos alimentemos de humo; o tal vez se trate de la misma y repetida mentira reproducida ad infinitum. Qué lejanas aquellas primeras temporadas en las que uno tropezaba con la serie entre escéptico y curioso, sin todavía enterarse muy bien de quién era quién. Luego descubrías que Canción de Hielo y Fuego era la saga originaria que dio origen a la serie; una historia escrita que contaba con sus correspondientes iniciados y expertos, lectores normales que la seguían con cierta fidelidad y que, si venía al caso, te hablaban de sus personajes y de su interés como seguidores, sobre todo cuando comentabas lo que estabas viendo en televisión, anunciándote que ellos ya llevaban leídos varios volúmenes con sus correspondientes anexos y aún estaba inacabada.

A veces las series me recuerdan a la literatura por entregas del siglo XIX, los grandes autores de entonces -Dickens o Dumas, por ejemplo- jugaban con el interés de los capítulos periódicos según la demanda, o simplemente la creaban en un toma y daca que imagino apasionante; tal y como se pretende hoy. Hay que decir que por entonces los medios eran mucho más limitados y la imaginación la ponía directamente el lector, un campo abierto e infinito. Pero hablamos de televisión, hablamos de imágenes, hablamos de una imaginación envasada al vacío y envuelta en papel de regalo de dudosa calidad, goloso obsequio que una vez desenvuelto se evapora sin que te des cuenta, es decir, en la actualidad una sucesión de planos y secuencias estiradas hasta el tedio e hinchadas con diálogos tan crípticos como previsibles, un correoso postergar hasta el capítulo siguiente que nunca cumple las expectativas -menos mal que el fiel seguidor siempre va un paso por delante a la hora de rizar el rizo, justificando lo injustificable y suponiendo lo que falta en la pantalla. Seamos sinceros, de vez en cuando sucede algo, porque te pueden tomar el pelo pero hasta cierto punto, la gente no es tan simple como parece. Que recuerde, algo parecido sucedía en el cine a la hora de estirar, también sin ningún miramiento, me refiero a El Hobbit. Uno leyó el libro hace bastante tiempo -nada del otro mundo- y recordaba un volumen más bien delgado del que, mágicamente, el señor Jackson ha sacado tres soporíferos largometrajes, digo soporíferos porque no aguanté el primero, los otros dos me abstuve de dormirlos. ¡Ah! de lo poco bueno que recuerdo de las películas es la voz y la exquisita pronunciación de dragón tan pedante -en la versión original.

En cualquier caso y volviendo a la serie, el único punto u objetivo reseñable y hasta discutible de la misma, el más valorado e importante para el personal, es la maldad; prima por encima de todo el mal en sus múltiples manifestaciones, a cual más disparatada y sin comparación posible, los malos han de ser tan crueles como absurdos, y más, tan irracionales como inimaginables; después nada, o si, la insaciable avidez de más mal, porque aquello sigue.

Publicado en Cine | Deja un comentario

Fútbol y otras mezquindades

Como suelen decir algunos cronistas deportivos, tan dados a las ampulosidades y a la retórica vacía, la pasada final de la Copa del Rey de fútbol ya es historia. Atrás quedaron las esperanzas y sueños de miles de aficionados tercos a la hora de reconocer la realidad más palmaria. Futbolísticamente hablando ganó el mejor porque, tanto sobre el papel como en el escenario futbolero más simple, el Barcelona está a años luz de un Bilbao que, como es vergonzosamente habitual, ha de conformarse con aquella ridícula honra de la mejor afición, la gran deportividad, la fidelidad a la tradición y otras zarandajas por el estilo aptas para conformar a tipos con el punto de vista desviado. El fútbol moderno hace tiempo que desechó tales discursos, y los que deseen conformarse o convencerse con ellos no dejan de ser nostálgicos que viven de espaldas al presente. Hoy en día el Bilbao como concepto futbolístico es una antigualla que únicamente sirve para contentar a una directiva decimonónica atascada en una fantasía nacionalista que, también, se mueve por intereses económicos -lo del etnocentrismo sobre el origen no deja de ser un recurso sin fuelle; si pudieran nacionalizarían a todo aquel que se dejara, no habría problema en encorsetar a cualquiera en un árbol genealógico envidia del mismísimo Sabino Arana. Tan íntegras intenciones y tanta pureza de sangre no pueden competir con una realidad deportiva y competitiva a escala mundial que desechó hace años principios absurdos y casi fascistas.

Y, cómo no, está la cuestión del himno nacional del país que organiza la citada competición, nuevamente pitado por una multitud de catetos que pretendían reivindicar con ello derechos y tradiciones inventadas por otros más espabilados. Ignoro cuántos de aquellos conocerían el significado de la palabra respeto. Ya lo decía Bartra, un jugador del Barcelona, en una entrevista de prensa, a muchos de los que les divierte o consideran libertad de expresión pitar al himno nacional español les molestaría -incluso llegarían a las manos- que otros pitaran o se cachondearan cuando suena Els Segadors. Lo mismo vale para los auténticos vascos. Toda esta palabrería no tiene pies ni cabeza porque afortunadamente y desde hace ya muchos años vivimos en democracia, lo que quiere decir que cada cual puede expresarse como guste y las elecciones así lo muestran, aunque para algunos o muchos retrasados con sueños dictatoriales no parece ser suficiente, desconocen que la libertad se basa en el respeto. Ya no hay lugar para opresiones ni violencias más o menos contenidas, la dictadura quedó muy atrás, pero desgraciadamente hoy las formas totalitarias son exhibidas cada día por aquellos en posesión de un artrítico pensamiento monotemático, incapaces de entender y aceptar que otros puedan pensar distinto. Como dije antes, eso también tiene un nombre: fascismo.

Lo da la tierra, y en este caso bastaba con observar los rostros del señor Más y los gerifaltes vascos sonriendo de espaldas al Rey, como los traidores, escudados en la chusma mientras sonaba el himno. Cuesta entender tan mezquinos comportamientos, no tanto cuando se dan en tipos cínicos y tramposos que sobreviven gracias al enfrentamiento; dudo que sepan hacer algo útil para los demás al margen de esa especie de política de rencores y permanente desafío cuartelero. Sin nobleza de espíritu jamás puede haber honradez política, como tampoco una mayoría iletrada y gregaria puede otorgarse ningún tipo de razón, sólo la de actuar como otro peón más que será gustosamente sacrificado a las primeras de cambio en una guerra que no van con ella.

Monárquicos, republicanos y otras hierbas deberían respetar como mínimo esta mínima democracia capaz de acogerlos en mutua convivencia, porque afortunadamente hoy tenemos un país en el que se puede vivir sin llegar a las manos, pero desgraciadamente la irrespetuosidad y el fanatismo ibérico son unos rasgos demasiado comunes, cualidades que ya se encarga de mantener y fomentar una mezquina clase política en colaboración con una prensa servil y sin criterios de veracidad.  Además, si la Copa del Rey trae consigo problemas de identidad para catalanes y vascos la solución es muy sencilla, que no la jueguen, pero eso no podría ser, la codicia de los mezquinos no lo permitiría, tendrían que disfrazarla de público e histórico ultraje, tal y como hacía el dictador.

Publicado en Política | Deja un comentario

Apunte

De la prensa del día 2 -más o menos-… los populares pactan con CIU una enmienda a la Ley de Enjuiciamiento Criminal para evitar que prensa y televisiones emitan imágenes de implicados en corrupciones varias… de ese modo ciertas imágenes no influirían negativamente en los resultados electorales.

Por encima de diferencias y mentiras que pretenden pasar por políticas, de acaparamiento de cargos y descrédito democrático, de nacionalismos y madres patrias que sólo se creen los palurdos más ignorantes, hay algo que les une por encima del resto, la codicia y el desprecio por la población. Pregunten a quienes les votan qué grado de imbecilidad les tortura.

 

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

La vida

Para Macarena, con mis más sinceras disculpas.

El tiempo de elecciones es bueno para volver a hablar de política, ese tema tan denostado que a casi nadie suele importar o simplemente se desprecia, aunque parece ser que nadie entiende de política, curiosa circunstancia, habiendo como hay tantos ignorantes en cuestiones políticas dedicados a afirmar con vehemencia, que no opinar, y a asegurar de forma categórica que el mundo y la política, o al revés, son inaccesibles e irreversibles tal cual los conocemos, o sea, ya no tienen remedio, así que ¿para qué molestarnos en hacer algo o intentar cambiar las cosas? Aceite perdido. Esa especie de sabiduría de cateto voluntario está más extendida de lo que uno pudiera desear, sobre todo porque a cada cual le gusta pensar que el mundo empieza y acaba en uno mismo, una forma como otra cualquiera de justificar la propia posición y así evitarse sinsabores y malas sensaciones; no se pudo o puede hacer más, un patético homenaje al que me quede como estoy que tiene que ver más con el aburrimiento y la pereza propias que con el mundo y los demás. Pues bien, a lo que iba, por estas fechas las conversaciones y/o discusiones políticas se dan con más facilidad porque el tema, digamos, está en el aire, siendo imposible permanecer al margen cuando alguien hace un comentario que pretende ser intrascendente sobre una noticia o un programa televisivo. El problema, el otro problema, es que por aquí no estamos muy habituados a hablar de política, a intercambiar opiniones o pareceres o explicar y justificar los nuestros ante alguien que no piense como nosotros; unos y otros tendemos a creernos enemigos políticos antes que ciudadanos de un mismo país, lo que significa que una hipotética conversación política debe acabar por aplastamiento del otro antes de que comience, para lo cual vienen bien las voces, los insultos de salida y un cierre completo del sentido del oído con tal de evitar posibles contaminaciones o cambios de opinión ante explicaciones sensatas o razonadas; porque lo mío va a misa -ya salió. En una de las últimas discusiones en la que me vi envuelto llegó un momento en el que ninguno de los que estábamos allí sabíamos o intentábamos saber de qué estaban hablando los otros -nuevamente volví a entrar al trapo a las primeras de cambio y para cuando advertí mi error ya era imposible dar marcha atrás, sólo me quedaba alzar más la voz e intentar reconducir la conversación de manera sensata buscando algún punto común, aunque, tal y como pueden imaginar, me fue imposible conseguirlo.

No sé si es necesario recordar que en la mayoría de las discusiones políticas que se dan por estos pagos, también en esta, las bases parecen estar establecidas de antemano, es decir: la política es una mierda, absolutamente todos los políticos son unos sinvergüenzas, quien pretenda meterse en política lo mismo y eso de las elecciones un montaje para que las cosas sigan como están. Con estos mimbres todo queda dicho y bien atado de antemano, luego hablar es perder el tiempo -mejor beber- y ganas de liarla. Aun así, en un hueco de la no conversación a la que me estoy refiriendo pude hacer una pregunta que pretendía crucial-¡milagro!-, entonces ¿para qué votamos? ¿quién y cómo se dirige o gobierna esto que llamamos nuestra sociedad? La vida -fue la respuesta. Imaginen cómo me quedé. En mis años, incluidos los de estudio, he aprendido muchas cosas sobre la vida, pero, que recuerde, nada de la vida como órgano o ente organizador, regidor y dispositivo de poder; ni entonces ni ahora he sabido encontrar una manifestación física o metafísica denominada vida con capacidad para ejercer con mano férrea un poder capaz de gobernar el destino de las personas por encima y/o  al margen de ellas. Pero ¿qué es la vida? -intenté apuntillar. No hubo mucho más. Pues eso… cómo son las cosas… que por mucho que lo intentemos nunca vamos a conseguir nada… ha sido así siempre… la gente que se mete en política es para robar… no hay nadie bueno… esto de discutir, como las elecciones, no sirve para nada… etc. etc.

La no conversación se fue diluyendo en una torpe irrelevancia, tan sólo balbuceos que nada decían intentando recuperar lo que ya era irrecuperable; algunos pretextos mal esbozados, reconocimiento de los posibles errores, intentos tardíos de rectificación y el tiempo que venía a apaciguar lo que nunca llegó a ser. Quedaba la vida como único punto común extrañamente inexplicado o inexplicable.

Luego, de vuelta a casa, iba pensando en esa vida tirana que nos lleva, no sé si sabiamente o como le da la gana, y ante la que nada podemos porque es imposible modificarla o alterar sus caprichosos designios. También caí en la cuenta de que esa vida era una buena excusa para justificar una inactividad bastante haragana que asume como inevitable el papel que cada cual acaba ocupando convertido en cómodo hábito; simplificando, porque nos ha tocado, dejemos de quebrarnos la cabeza. Un más vale lo malo conocido autista -algunos se conforman con tan poco y tan malo- desde el que dedicarse a juzgar con falsa suficiencia y bastante desprecio a todo aquel que al parecer no entiende eso de la vida del mismo modo y, en cambio, se esfuerza por la suya como cree, sabe o puede; pero esos siempre hacen trampa porque intentan, buscan, trabajan y nunca se dan por vencidos, aunque bastantes de ellos logren lo que para aquellos de la vida no deja de ser la enésima variante de la misma y generalizada corruptela.

Publicado en Política | Deja un comentario

Divertimentos

Hace unas semanas me llegaba, tal y como me imagino que le habrá sucedido a mucha más gente, un pequeño vídeo acerca de la reforma educativa que me provocó algunas sonrisas y una posterior mueca de no saber muy bien qué hacer o decir. Imagino que el video también habrá provocado carcajadas, incomprensión, extrañeza o reacciones más o menos violentas según quién o por qué. Pero lo más curioso de todo ello es el regusto amargo que me dejó su visión, justo antes de la pregunta ¿y ahora qué? ¿eso es todo? ¿a eso aspiramos? ¿a reírnos de nuestras propias miserias mientras aguardamos a que el espabilado de turno invente el siguiente entretenimiento? No se trata de buscarle los tres pies al gato o hacer el borde gratis, esto último hay gente que lo hace en serio y hasta le gusta, pero no me acaban de convencer esas ocurrencias de quita y pon que pasan de un lado a otro en unos pocos días para después acabar en el cubo de la basura del olvido, y, bien pensado, ni siquiera me agrada el trabajo que conllevan -tal vez de agradecer, no lo sé. No quiero decir con ello que cada vez que alguien se ponga a pensar tenga que inventar la bombilla, pero hincarle el diente, quiero imaginar que con buena fe, a la gente más golpeada y pretender vivir o crear diversión con ello es algo demasiado socorrido, además de manido hasta el aburrimiento. ¿Dónde nos lleva entonces esto?

Al margen de la ocurrencia del tipo que confeccionó el dichoso vídeo y los objetivos que con el pretendiera, oportunismo u originalidad, es triste que quienes más puedan apreciarlo y/o valorarlo tengan que conformarse con espejismos de ese tipo en lugar de soluciones; si hasta apareció en el Huffington Post como muy recomendable. Me parece una excelente terapia reírse de uno mismo, pero cuando no puedes o no te dejan hacer por remediar tu situación y al mundo sigues sin importarle o continúa moviéndose contra ti la sonrisa, consciente o inconscientemente provocada, acaba trocándose en mueca de rabia o desconsuelo, o de clara derrota. Además, de darse esa situación en la realidad, el tipo protagonista jamás actuaría de ese modo, nadie tira a la basura su propia educación para hacer voluntariamente de cateto con tal de darle en las narices a un listillo o listilla soplapollas, no merece la pena el tiempo invertido. ¡Ah! se trata únicamente de algo divertido. Mejor inventamos divertimentos que no acaben a la semana en el cubo de la basura, no deja de ser un síntoma de resignación y simple y pura impotencia.

 

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Elecciones

Ya han pasado cuatro años y para muchos no estamos mejor, todo lo contrario, aunque eso de estar mejor o peor no deja de ser una cuestión bastante particular o caprichosa que no todos comparten, a algunos quizás les ha ido bien y no tienen por qué quejarse, siempre y cuando hablemos del pueblo y no de los míos, hablemos de lo que hemos ganado todos y no de inverosímiles venganzas pendientes o de los que han tenido que largarse y fastidiarse, expulsados de dónde antes hacían y deshacían a su antojo. Se oye que el actual gobierno municipal popular -un eufemismo de bastante mal gusto- regresa con más de lo mismo, o sea, nada nuevo, neoliberalismo de barbecho a la orden; en principio ya no hay qué deshacer o a quién botar, de pronto hay dinero y el pueblo se parchea de cualquier modo, dando con ello a entender que la gente suele caer en un flagrante estado de imbecilidad que conlleva una acusada pérdida de memoria cuando llegan las elecciones, y por lo tanto es incapaz de hacer comparaciones. Solucionado el problema de quién se quedaba con el agua -el pueblo, como hasta ahora, o los Botín-, tarea para la cual los actuales descendientes del franquismo facturaron o inventaron un concejal venido de quién sabe dónde que una vez llevado a cabo el cometido para el que fue designado hizo mutis por el foro sin que a ninguno de sus correligionarios se le cayera la cara de vergüenza, el purgatorio. Para esta especie de derecha reinona no hay capacidad para más, su programa de poder simplemente es estar ahí gracias a Dios, brazo político de un catolicismo ultraortodoxo y antidemocrático que todavía reza a una única forma de ver el mundo, estrecha y pertinaz, intolerante y cargada de pías reconvenciones, vírgenes y novenas e incapaz de aceptar o compartir la plaza pública con otro dios que no sea el suyo; una arcaica perorata que con una mano sermonea sin parar mientras que con la otra mano aprieta, persigue y destierra a cualquier otro que no vea el mundo como ellos; lo del laicismo y el respeto a los demás no cabe en su pacato programa de confesionario.

Frente a los actuales mandamases, esos señores de una sola y rancia tecla, continúan al acecho los que antes llevaron las riendas del Consistorio, descendientes de antiguos socialistas representando a un grupo con mil caras que en sus largos años de desgaste de mobiliario optaron por la desafortunada opción de hacer del pueblo su cortijo, una añeja, patriótica y tradicional costumbre que, sin entrar a valorar lo que de bueno o malo dejara en nuestras calles, acabó convirtiéndose en una insoportable exigencia asumida por la población como obligado peaje de una sacramental forma de mandar que, curiosamente, ahora se dice democrática. Otra forma de trasladar al presente el santo y seña de un desagradecido país poblado de visionarios de mira corta tendentes con más facilidad de la deseada a tirar por la calle de en medio cuando -o sea, siempre- cualquiera intenta poner un punto sobre alguna i, no digamos opinar distinto o pretender llevarles la contraria. Estos socialistas de salón volvieron a organizar la pantomima de unas elecciones internas sobre las que luego se ha venido rumoreando más de lo deseable, convirtiendo la transparencia en opacidad, las posturas irreconciliables nuevamente en banderas y el acatamiento obligado como única salida a unos hipotéticos y deseables acuerdos y posturas comunes.

Aunque pueda parecer extraño hay más, si todavía existe lo que comúnmente solía llamarse izquierda por aquí tenemos multitudes, una retahíla de etiquetas y estigmas de pureza que quitan el hipo, a cada cual más justa, recta y democrática, con mejores y más dignas y necesarias propuestas y mayores derechos. Los hay con la marca ya muy descolorida de tanta desunión, también los hay de estreno -los que pueden-, algunos verdes y otros políticamente sin definir, todos exigentes y razonables hasta lo irracional, pero, en cualquier caso, su contemplación nos traslada a la penosa realidad de un páramo salpicado de solitarios, defraudados y tribus varías -a cual más genuina y leal- al parecer todavía incapaces de entender y asumir como punto de partida a la hora de trabajar las hipotéticas virtudes y las enormes trampas del sistema y recuento electoral de este país, a día de hoy inevitables. Pues ni con esas, por este yermo de proyectos en común prima el rasgarse de vestiduras antes que la voluntad y capacidad para ser capaces de sentarse y llegar a cinco puntos de acuerdo, dándose situaciones que no dejarían de ser ridículas o infantiles si antes no fueran simplemente patéticas, mostrando ante una cansada población más limitaciones que virtudes. Incluso la gente que se organizó para defender la propiedad pública del agua, animada por el discutido y discutible éxito de sus propuestas, ha apostado por hacer de su capa un sayo exigiendo trato de iguales, cuando en unas elecciones, por si no lo sabían, priman los beneficios comunes por encima de personalismos o posiciones intratables. Son incapaces de salir del mismo agujero. Pues tendremos lo mismo que hace cuatro años, o sea, nada, luego tal vez eso quiera decir que ninguno tenía mucho que aportar al gobierno de la población. Porque de eso se trata, no de elegir quién será el encargado de portar la vara de mando o de humillarse detrás de la procesión de turno, sino de hacer feliz a la gente hoy y ahora, de dejar un pueblo honrado, limpio y aseado que cada cual pueda disfrutar sin lentes de aumento.

He dejado para el final a unos tipos esperpénticos que, desengañados porque sus compañeros socialistas no los dejaban mandar, organizaron de la noche a la mañana una especie de grupo que luego dio la llave de la Alcaldía a quienes tanto habían suspirado por ella, los antiguos franquistas, apoyo que cantaron públicamente bañándose en una fuente la misma noche de las elecciones. Aquel grupo de resentidos paniaguados consiguió en un principio levantar lo que pretendían una chabola decente, pero nada más lejos, con el paso de los años aquello se convirtió en un corral de garañones ingobernables. Hoy todavía andan de un lado a otro buscando quien quiera darles de comer, sin memoria ni vergüenza, tan lúgubres como cejijuntos.

Esto es lo que por aquí se oye ante estas nuevas elecciones, las variaciones se multiplicarán según el lugar donde uno ponga la oreja y el grado de histeria del demandante, perjudicado o reclamante. Siempre la queja -también los hay que simplemente votan-, nunca la propuesta, siempre la importancia de lo mío, mis derechos, los atropellos, el no me da la gana de tanto pequeño napoleón que no entiende que cuando se habla de política se habla de cuestiones comunes, en este caso de lo que todavía es de todos, nuestro pueblo.

Publicado en Política | Deja un comentario

De hombres

Da un teléfono móvil a cada uno de los integrantes de un grupo de hombres para que a la primera oportunidad de hablar entre ellos sin una excusa o tema obligado la mayoría se disperse en distintas direcciones aparentando requerir con urgencia a quien quiera que puedan encontrar al otro lado de la línea.

Además, no hay como ser hombre y hallarse en una reunión de hombres para resignarse a las obviedades que hoy día todavía mueven a los hombres -obviedades que se vienen repitiendo generación tras generación, cómodas de usar y al parecer imposibles de evitar-; no hay como intentar introducir un par de temas dispares en una conversación entre ese mismo grupo hombres para comprobar sus dificultades a la hora de desenvolverse con una mínima solvencia -ante todo priman la cautela y el recelo, también la autoprotección y una cierta reserva vestida de silencio u oculta tras una verborrea vacía e interminable. No hay como intentar hablar de algo más que de trabajo, coches, comida y mujeres para constatar con cierto desánimo cómo piensan y sienten los hombres -¿todavía? No hay como tocar a las mujeres -¡el gran tema!- para reconocer qué padecen esos mismos hombres -lo mismo que antes, mucho antes y muchísimo antes- o de qué carecen; no hay como cambiar inopinadamente de conversación para desarmar y perder a los hombres -y enfurruscarlos o enfadarlos, sin embargo los hay que son capaces de engancharse bajo mínimos aunque no tengan ni idea de lo que se está o están diciendo ellos mismos. No hay como permanecer en silencio para hacer sentir incómodos a los hombres, como tampoco se les puede dejar hablar porque entonces escucharan menos de lo que ya lo hacen y al final tendrás que salir corriendo al no saber cómo decirles que aburren a las piedras -tarde o temprano habrá aparecido entrelineas de su autista perorata una mujer que, en última instancia, acabará ocupando el centro de sus vidas. No hay cómo no reírse o mostrarse indiferente ante las obviedades de los hombres para que te dejen a un lado o te miren como a un bicho raro; no hay como ofrecerles una novedad para comprobar la cualidad y nivel de su desconcierto y el grado de su ignorancia; no hay como permitirles hablar de sí mismos -da igual el tema en el que gusten enmarcarse- para conocer lo que no debes hacer y por dónde no debes ir. Pero nunca llegarás a saber -aunque tal vez lo imagines- por qué les cuesta tanto desprenderse de su obligado y riguroso papel de hombres.

Estas son algunas de las preguntas que se me ocurren, tal vez porque yo también soy hombre y no acabo de entender a los de mi propio género; y que de buenas a primeras no sepa dar con las respuestas no quiere decir que no las haya. Tampoco sé si son necesarias, pero están ahí, suficiente para preguntarse por qué. También es fácil advertir que los propios hombres pretenden o intentan no preocuparse por ellas, o las evitan porque les parece perder el tiempo, o les dan miedo, o les avergüenzan, o gustan imaginarse más allá, lo que no quiere decir puedan hacerlo, generalmente no, de lo contrario algo debería haber cambiado, al menos a la hora de eliminar desfasados y trasnochados patrones y modelos.

No hay como sufrir la previsibilidad de los hombres para terminar dejándolos por imposible, existen demasiadas reservas y silencios que no acaban de entender ni ellos mismos. Es más práctico y divertido dejar jugar a los hombres a hombres como si todavía fueran niños.

 

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

En la calle

Sentado en un banco un tipo solitario se dedica a hacerles gestos con la boca, supuestamente atractivos o insinuantes, a toda mujer que pasa por su lado. Un mendigo sin brazos desde los hombros y arrodillado en el suelo agita frenéticamente un gran vaso con monedas sujeto con los dientes; más adelante, a unos cien metros aproximadamente, alguien que fue un hombre completo, ahora es otro hombre de medio cuerpo -tan sólo de cintura para arriba-, también pide lo que la gente quiera dejar caer. Mientras me alejo me pregunto qué sucede con el resto de su cuerpo ¿cómo puede vivir? Y en estas pasa a junto a mí una mujer de mediana edad elegantemente vestida y de gestos concretos y decididos, protegida por unas gafas de sol y una conversación a través del teléfono móvil, que de pronto se vuelve buscando en el suelo algo que no acaba de encontrar, hasta que detrás de los pasos de una pareja que se mueve en su misma dirección recoge un papel arrugado que debió dejar caer por descuido y que guarda en la mano para, un poco más allá, tirar en una papelera. Sonrío y vuelvo a detenerme en una pareja compuesta por un tembloroso anciano vestido de traje y sin corbata acompañado del brazo por una enorme mujer sudamericana encajada en un mínimo vestido casi a punto de estallar. La mujer, más alta que el anciano, es también grande en proporciones, a lo largo y a lo ancho, pero no gruesa, lo que sucede es que su esqueleto debe de ser también enorme. Vuelvo a sonreír y sigo mi camino haciéndome prometer que debo dedicarme exclusivamente a mis cosas.

 

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Horas

En un principio el trabajo como concepto económico no existía, había que mantenerse vivo y el tiempo que a uno le había tocado marcaba el modo y las formas; si nacido rico mandar, disfrutar o pelear, si pobre intentar sobrevivir a costa de lo que fuere, y si algo se sabía hacer medianamente bien tratar de mejorar gracias al reconocimiento y a que los demás demandaran los servicios de uno; no había medios ni tiempo para las reivindicaciones personales, sólo los genios tenían nombre. Con el paso de los siglos el trabajo se fue pormenorizando y especializando y la revolución industrial lo convirtió en objetivo cuantificable a partir del cual obtener beneficios, sobre todo por parte de otros. Abuso tras abuso las personas se fueron convirtiendo en trabajadores y aparecieron las primeras reclamaciones de condiciones y tiempo de trabajo, además de la consiguiente remuneración por lo que comenzó a denominarse jornada laboral. Costó años y sangre que los propietarios y/o explotadores aceptaran que no podían disponer de las personas a su antojo, seguido de los enfrentamientos como consecuencia de las inevitables dificultades a la hora de entenderse. En algunos lugares los señores y propietarios entendieron que les era más rentable conceder a los esclavos su ansiada libertad porque con ello se ahorraban mantenimiento, alojamiento y alimentación; los esclavos intercambiaron disponer de todo al margen de su trabajo a tener que comprar todo a costa de su trabajo, había que alimentar la libertad, con lo que pasaron de trabajar y vivir mantenidos  a tener que competir con antiguos esclavos, ahora libres como ellos, por unos sueldos cada vez más bajos en unas condiciones de vida miserables.

Más tiempo y sangre costó lograr las ocho horas diarias de trabajo, pero desgraciadamente este no fue el paso definitivo a partir del cual organizar una vida más humana para todo el mundo, y si lo pareció fue momentáneamente. Hoy, en el siglo XXI, las ocho horas de trabajo van camino de parecerse a restos de otra época. ¿Quién cumple actualmente una jornada de ocho horas? Hoy nos hemos habituado a convivir con esas horas extra de más sin nombre, precio ni justificación; no hay día que pase que no oigamos de su existencia, sus condiciones y su exigencia, ese todo o nada tramposo que obliga a quien necesita un trabajo porque de lo contrario todavía seguiría en la calle. Tenemos que aguantar cínicos sermones acerca de sus falsas bondades, admitirlas como consumidores indiferentes, cabreados o aprovechados, como también hemos aprendido a darles las espalda de la mano del no sabe, no contesta; o sufrirlas, pero absolutamente nadie -creo que el adverbio se queda pequeño- ha movido o mueve un dedo en su contra. Ni siquiera son capaces de alzar la voz esos esclavos de cuello blanco con estudios, más o menos bien pagados, que aguantan aburridos en la oficina hasta que el jefe se largue de allí por no quedar en evidencia, si el jefecillo lameculos de turno se queda trabajando ¿cómo se van a ir ellos? De lo que no hablan es de que en el sueldo del jefe va incluida esa dedicación exclusiva que se cuenta por miles al final de mes, pero en el caso de los estresados empleados con sueños de grandeza esas horas son horas arrebatadas a sus propias vidas y familias en previsión de un por si acaso que probablemente nunca llegue; ¿y si cuando regrese de mear me ve sentado a la mesa cabizbajo y obediente y cae en la cuenta de que existo, igual por eso no me toca cuando llegue el siguiente recorte de personal? Transporte, servicios, comercio, hostelería etc. ¿cuánta gente hay en un día normal trabajando gratis? ¿a cuánto se pagan las horas extras, si es que alguien las paga? ¿quién las cobra? Silencio. Por principio, nadie debería estar a favor de ellas, probablemente cualquier jefezucho o explotador llorón de tres al cuarto que las exige sin medida y sin poder demostrar con números en la mano que sean necesarias e incluso vitales para la empresa -es completamente indemostrable-, bueno, si, en los beneficios limpios que se embolsan gracias a ellas.

No es aventurado afirmar que sin horas extras habría empresas que no tendrían negocio, o no existirían ¿cuántos comercios, bares y restaurantes? Justificar la violencia de su imposición sin pensar en la tropelía que tal atropello significa nos deja en evidencia, porque entonces no hablamos de empresas o negocios, sino de auténticos esclavistas que medran gracias al trabajo gratuito de sus empleados. ¿Quién puede ponerle remedio? ¿o todavía nos creemos que son imprescindibles?

De ahí a la completa disponibilidad a criterio de la empresa las veinticuatro horas del día sólo hay un paso, pero luego se cobraría exclusivamente en función de lo trabajado; la disposición permanente y el tiempo de espera quedarían a nuestro cargo. Ni como esclavos.

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

Tenorio

Sobre el Don Juan Tenorio de Juan Mayorga y Blanca Portillo.

Otra vez el Tenorio, más de lo mismo, otro de esos imponderables adosados al ideario más rancio de un país que todavía sigue respirando en la calle contra del tiempo. De nuevo ese incómodo espectáculo de ambientes tan aviesamente locales en los que la fanfarronería, “los huevos” y el desprecio hacia lo que no soy yo -nada-, se siguen admitiendo como carta de presentación. Cualquier bareto de tres al cuarto en el que dos machitos jactanciosos y sus serviles secuaces babean sobre un honor barato y sus hazañas de violentos catetos barriobajeros intentando ahogarse en deslenguado alcohol. Pero en este caso un enorme escenario consigue que las vilezas de los protagonistas se diluyan en una calmante lentitud, una austera y oscura caja de resonancia que mediante sombras y pasos medidos engulle con complaciente respeto tanta majadería y tragos chulescos entre falsos amigos de esos de toda la vida; qué grande parece el escenario, qué grande es el teatro cuando consigue alzarte de la butaca y volverte a dejar en el mismo sitio con más curiosidad que antes. ¡Pero si es el Tenorio! pero este no lo había vista antes. Es el mismo y mil veces releído verso excelentemente recitado que, salvados los primeros instantes de confusión y atropellada audición, acaba serenándose y serenándonos dispuestos a ser de nuevo sorprendidos con “aquella apartada orilla…” que cuando suena nos parece nueva, para algunos tan distinta que luego, una vez en la calle, recordaremos con satisfacción que casi no la esperábamos. Y con ella regresábamos al escenario. Las comparaciones ya no pueden ser las mismas, esos siglos de distancia en el tiempo han servido para algo, no parece que fue ayer. Como también nos lo dice esa mujer que canta preñada de vida, otro desafío que la dirección o el bendito azar han elegido para plantarle cara mediante su hermosa voz y su consistente pequeñez a tanta mentira, dolor y muerte como se vienen derramando desde el mismo escenario. Ni siquiera algunas tímidas y esporádicas risas entre el público, según qué o quién y que no acabo de compartir, logran distraerme del desarrollo de la obra; afortunadamente el teatro es de todos y todos asistimos con nuestro derecho si con él somos capaces de respetar tanto el de los demás como lo que se nos está ofreciendo.

Fue más tarde, cuando leyendo las palabras que la directora nos ofrece en el programa de mano entiendes que el teatro no puede acabar nunca, que cada generación tiene el derecho a exhibir su particular y personal buceo y/o reconocimiento de sus propias raíces, esas que sin falsos lavados de cara nos muestran tal y cómo somos, aunque no el por qué; como dice la directora, ese esperpéntico modelo que venimos arrastrando desde que tenemos memoria, ese modelo de destrucción, de crueldad, de desprecio por la vida que, por ejemplo, todavía encarnan los toros, ese chulesco y desafiante desatino que sigue parasitando el imaginario colectivo anclado en un negro y bárbaro pasado que ya ni siquiera tiene fuerza para los sepia. Pero me pierdo.

Tanta sencillez y austera maestría escenográfica no podían levantarse sólo para adornar el engaño, para contener burlas, sangre y pendencias de taberna, tiene que haber algo más, y ese algo más es el lúcido y magistral destello que reivindica la obra, el teatro y al género humano, esa soberbia escena en la que una ingenua Inés prisionera de sus hábitos y rebosante de candor y dulzura desgarra su alma y desangra su corazón ante la enésima y malvada mentira; es ella la que mediante sus pudorosos, recatados, infantiles y sinceros movimientos y ademanes rescata al público y al teatro del mal y la mentira que gobiernan el mundo diciéndonos que hay algo más que machismo, traición y chulesco desafío. Gracias a esa estupenda y breve Inés es creíble el tardío enamoramiento de Don Juan, es creíble el atónito infeliz incapaz de reconocerse a sí mismo en esa alma de pronto tan llena de amor. Seguimos allí más sorprendidos si cabe que al principio, atrapados, imaginando que aún desconocemos el final, ¡el final del Tenorio!

Y en estas han transcurrido las dos horas y media de un magnífico espectáculo -¿ya es tan tarde?- y aunque don Juan descienda al patio de butacas y pretenda echarnos de allí nosotros no queremos irnos porque seguimos estando con él, porque a pesar de todo lo entendemos y nos ha vuelto a embrujar, porque lo sentimos como nuestro aunque sigamos odiándolo, creyéndolo pero no aceptándolo. Y nosotros también nos vengaríamos de él escupiendo sobre su cadáver, sobre este pueblo todavía incapaz de reconocerse y modernizarse a la hora de repudiar y abandonar modelos que nunca debieron convertirse en ejemplos del mal que constantemente nos asiste.

Publicado en Literatura | Deja un comentario