Atavismos (y 3)

Probablemente sea un error de partida por mi parte intentar ver la caza como un atavismo más, una reliquia de otros tiempos que aún pervive por inercia dentro de determinados ámbitos y grupos sociales sin que al resto de la sociedad le preocupe la cuestión de su pertinencia. Digo esto porque tal vez el tema de la caza y todo lo que la rodea sólo sea una evidente cuestión de poder, una estrategia sin origen ni autor conocido dirigida a encauzar de forma aceptable el sex appeal que todavía poseen las armas para muchas personas; desde el arrobado gesto de admiración a la hora de sopesarlas entre las manos dejándose envolver por su tacto, al tiempo que se calibra mentalmente la potencia para cambiar el mundo inherente al propio objeto, hasta las sensaciones de autoridad y dominio sobre la vida y la muerte que conllevan su misma posesión. Es posible que esto que estoy diciendo le suene a chino a más de uno, o crea que se trata de un adorno semántico para dar consistencia a estas letras, pero ese atractivo es más real de lo que creemos y seduce a más personas de las que imaginamos; y no se trata de una mera cuestión de defensa personal. Sucede a nuestro lado, el mejor vecino quizás también sienta esa agradable sensación de poder que significa segar de un certero disparo la vida de un ser vivo -pueden adornarlo como mejor les parezca para justificarlo-; o pregunten a muchos de los jóvenes que intentan ingresar en alguno de los cuerpos de seguridad del Estado, qué porcentaje de su interés tiene que ver con la posibilidad de portar armas, de llevar “pipa”. Piensen entonces en la caza, una saludable y funcional oportunidad pública bien considerada de dar rienda suelta a unos deseos bastante íntimos que de otro modo igual traían de cabeza a sus propietarios. Todo lo demás, las socorridas cuestiones subsidiarias de conservación, cuidado de hábitats, ecologismo de salón, amor hacia los espacios abiertos y la naturaleza y todas esas zarandajas no dejan de ser negocios secundarios más o menos obligados. Es seguro que habrá por ahí tipos capaces de afirmar en voz alta y sin ningún escrúpulo que a ellos lo que realmente les gusta es matar y presumir de hacerlo, sin necesidad de hipócritas y ecológicas justificaciones.

Siempre el poder, pero no sólo el poder económico, para muchos la mejor forma, o la única, de estar en el mundo y, en cierto modo, tenerlo a tus pies; también es útil e incluso vital ese poder en apariencia menor que procura la, supongo, especial e íntima satisfacción de cortar una vida de raíz; deplorable cuando se hace gratuitamente. Estremecimiento, predisposición o anhelo que las armas permiten contentar logrando de ese modo la satisfacción y el desahogo de un apetito o de un reprimido deseo de dominio muy personal que gracias a la aseada y democrática cortesía que la caza supone es posible desviar hacia la vida salvaje; dejando indirectamente a salvo de consecuencias desagradables las complicaciones y pugnas de poder derivadas de la feroz competencia empresarial y de los enfrentamientos con empleados díscolos y reivindicativos con sus impertinentes y humillantes peticiones de derechos laborales y sociales. ¿Alguien pensó alguna vez en el significado último de esas guerras de broma entre amigos o compañeros de trabajo dándose muerte unos a otros de forma ficticia abatidos por bolas pintura? ¿Para relajarse y cohesionar el grupo? ¿De veras…? Vale, todo este asunto también puede ser una lacónica cuestión de practicar puntería.

El que está acostumbrado a las alfombras del poder se habitúa con suma facilidad a ejercerlo en cualquier otro lugar, o en todos los que encuentra a su paso, y qué mejor y más gráfica manera de ostentarlo que mediante el poder destructivo y mortal de las armas de fuego dirigidas contra cualquier animal, sobre todo contra los que ocupan la parte más alta de la pirámide depredadora en su entorno; siempre será preferible a apuntar las mismas armas contra competidores y subalternos.

 

Es cierto que a veces el azar o la casualidad ponen a tu alcance variaciones, descubrimientos y alternativas con las que no contabas al principio para el trabajo que tenías entre manos. Quizás la cuestión sea que la casualidad y el azar son propicios cuando estás metido de lleno en la tarea, entonces se encuentra de todo en cualquier sitio, o será que todo lo que se ve o se lee viene a parar a lo mismo. El caso es que antes de ponerme con la última parte de Atavismos, cuando más o menos tenía decidido por donde iban a ir los tiros, nunca mejor dicho, tropiezo en la edición on line de un diario nacional con una entrevista a un, según la cabecera del artículo, renombrado cazador profesional español al que el autor trata con servil deferencia. El tipo en cuestión, novillero en sus años mozos -no podía ser de otro modo-, comienza jactándose de que con tan solo ocho años mató a cuchillo a su primer animal salvaje -me pierdo los increíbles orgasmos que debe producir semejante faena-; eran los inicios de un héroe moderno, orgullo familiar de la raza para mayor gloria del futuro de la humanidad. Me tomé la molestia de leer la entrevista-reportaje, y como no hay nada mejor para hacerse entender que un buen ejemplo, me vino de maravilla.

Tampoco es que hubiera mucho de interés, excepto para iniciados, supongo. El tipo en cuestión venía a decir que su trabajo, y tiene cada vez más, es un trabajo por encargo y fundamentalmente consiste en ponerle las piezas “delante de los huevos” al pagano de turno; ¿los paganos? la nobleza, empresarios del IBEX 35, apellidos ilustres y directivos de multinacionales -se acuerdan del señor Blesa posando tan ufano al amor de sus víctimas; saquen sus propias conclusiones-, o en última instancia un tipo de clientes que se pueden permitir satisfacer su pasión (?). También hablaba de lo excitante que es matar un animal salvaje africano a partir de doscientos euros -traslados, alojamiento y sus honorarios aparte-, porque un venado de Europa no sirve para mucho más que para hacerse la consiguiente foto, no tiene comparación con aquello. También hablaba de señores cazadores que se dejan la pieza en el taxidermista de turno porque luego no pueden o no quieren pagar el transporte desde el taller hasta el salón de su casa. El tipo también se mostraba enfadado con esa gentecilla a la que, siguiendo modas, le ha dado por manifestarse en su contra, y soltaba perlas como ésta: “Si prohíbes la caza creas un núcleo de enfermedades: donde comen 300 animales no pueden comer 1.000; la consanguineidad se vuelve horrorosa, hijos cubriendo a sus propias madres; se convierte en un foco de enfermedades, tanto para los animales salvajes como para los domésticos.”

…

Si Dios existe debería pedir inmediatamente consejo a tipos así para evitar que la incompetente naturaleza que él creo se vaya a pique. Aunque semejante pobreza mental y esa arrogancia de cateto no merezcan la pena son, sin embargo, las mismas arrogancia y pobreza mental que alimentan el poder. Qué lejos quedan las sinceras pretensiones de Miguel Delibes, al menos él, como la persona sensata que sin duda era, no se habría atrevido con parecida insolencia.

¡Ah! se me olvidaba, con una caza sistemática bien organizada se pueden crear muchísimos puestos de trabajo, incluso hacer prosperar países enteros, enormes cotos de caza despojados de origen e historia. Bernard Mandeville en La fábula de las abejas, allá por el siglo XVIII, ya nos decía que los vicios privados hacen la prosperidad pública.

PD. Pido disculpas a los numerosos colegas de Miguel Delibes, en pensamiento y obra, que todavía patean el campo con una escopeta al hombro a la búsqueda de piezas; o de la muerte, así, como suena.

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Atavismos (2)

A día de hoy todavía sigue siendo una afirmación aceptada que el aporte de proteínas animales que procuró la caza fue fundamental en el desarrollo cerebral de nuestros antepasados, es decir, de nuestro cerebro. La caza, pues, se convirtió en una actividad vital para el crecimiento y desarrollo de los primeros grupos humanos, su estabilidad y con ella la posibilidad de dedicarse a otros quehaceres no directamente relacionados con la búsqueda de alimento. También llegaría -el exacto orden cronológico no es en este caso importante- la posibilidad de su conservación y almacenamiento junto con la domesticación de ciertos animales que en lo sucesivo evitarían las incertidumbres de la propia caza. Además, el aprendizaje y proliferación de los métodos agrícolas facilitaron la constitución de grupos cada vez mayores en lugares permanentes, lo que también hizo aumentar el número de personas que, sin dedicaciones básicas obligatorias, podían emplear su tiempo en otros menesteres. A grandes rasgos, un proceso de desarrollo exponencial que llega hasta nuestros días. Quizás hoy todavía existan pequeños grupos humanos en los que la caza preside el día a día, además de las relaciones sociales, una caza depredadora dependiente e integrada en el hábitat. Esta caza será una actividad más que prospera en el interior de un nicho ecológico en el que el hombre cumple la función de depredador último; un ecosistema natural sustancialmente diferente de la cultura exclusivamente humana fruto de la evolución.

Con el paso de los años la caza se iría convirtiendo en una actividad paralela más o menos ociosa que entretenía a grupos y/o clases sociales con tiempo y medios para su práctica. Sin embargo, también quedó como la única forma de conseguir alimento animal por parte de otros estratos sociales menos afortunados o favorecidos por el desarrollo de las mismas sociedades.

Alrededor de las actividades cinegéticas se fueron creando una serie de ilusiones silvestres que intentaban una reconciliación de borrosa justificación con unos orígenes naturales cada vez más lejanos, una especie de regreso a la naturaleza que empezaba a ser vista no como el principal enemigo del progreso humano, sino como un ámbito primigenio vital más exigente que amistoso; el sagrado lugar donde se abrió paso la evolución de la especie humana. Pero la caza también asumió el rol de convertirse en afición y deporte aristocrático de clases ociosas encantadas de interrumpir momentáneamente la frenética actividad a la que obligaban las cada vez más aceleradas sociedades modernas; una práctica lúdica que se fue adornando con toda una parafernalia de exaltaciones primitivas y supuestamente vitales inventadas por un hombre cada vez más poderoso, arrogante y jactancioso de sus falsos méritos y cínicos agradecimientos. Otra forma más de contener en tiempos de paz una violencia que se decía y aún se dice innata sobre la que gustaba y gusta filosofar etiquetándola como valor y causa de progreso de la propia especie, lo que inevitablemente lleva al ensalzamiento y justificación de unos comportamientos y astucias básicas de pronto tildadas de honorables; gestos y muecas grotescas pretendidamente auténticas alabadas como restos de unos instintos muy humanos provenientes de un pasado que ya no volvería. Quizás, cuando aún quedaba superficie terrestre por conocer o descubrir, la caza todavía incorporaba algunos atributos aventureros hacia lo desconocido y los peligros que implicaba tropezar con nuevas especies en un primer momento curiosas o amistosas y poco después de conocer a los humanos tan temerosas como el resto.

Ya no es tiempo de guerreros necesitados de una obligada y necesaria relajación que distienda su virilidad, modere su excitación y encauce democráticamente su primitivo amor a la muerte, hoy la caza es una mera hipocresía envuelta en una moderna tecnología armamentística que distancia aún más al pretencioso cazador de sus supuestos y añorados orígenes; se trata del mantenimiento de un simple y brutal afán de dominio mediante el fomento de unas destrezas depredadoras y la ostentación y exhibición de un poder mortal que se limita a una inútil acumulación de imágenes y piezas disecadas dónde depositar el polvo del tiempo.

Esa violencia gratuita ni siquiera sirve como excusa para justificar la conservación práctica de antiguas tradiciones cinegéticas en la actualidad sin sentido, no dejan de ser actividades meramente consumistas siempre sospechosas a la hora de su mantenimiento y fomento, atavismos sostenidos a la sombra del progreso que pintan mal; un consumo agresivo y depredador que en ningún caso autoriza la muerte innecesaria y gratuita de un ser vivo. Hoy, cuanto más se es ciudadano del siglo XXI menos se entienden ese tipo de actividades que van en contra de la protección y pervivencia de los hábitats naturales en un planeta que se nos está quedando pequeño y poco a poco estamos destruyendo. Hablamos de un vacío coleccionismo de muertes sin dignidad, de víctimas de supermercado, ganado de corral que jamás podrá defenderse ni mostrar su orgullo antes de morir; animales nacidos muertos, carne de postal. A la mayoría de los modernos cazadores no le interesan los esfuerzos por hacerse entender que Miguel Delibes dedicaba a sus lectores, ni tampoco transmitir su amor a la naturaleza a nadie en especial; se trata de matar animales salvajes que ya no lo son por puro y simple divertimento. La adrenalina se queda para los hospitales.

 

PD. ¿Por qué la pesca pasa como una actividad menos violenta, incluso pacífica, y mortal que la caza? ¿Por qué no hay sangre a la vista?

 

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Atavismos (1)

La entrada referida al proyecto educativo de la tauromaquia también podría haberse titulado de este otro modo: atavismos, esos comportamientos que fomentan e intentan mantener vigentes ideas y formas de pensar y vivir propias de nuestros antepasados, es decir, de otros tiempos; también hábitos, costumbres y, como gustan llamarlas algunos para concederles cierto peso o importancia, tradiciones. Hechos y situaciones en posesión de un precario sello de intocables sobre las que suele estar mal visto hablar en contra o directamente prohibido, así como cuestionar o criticar, dando por hecho que con ello se intenta afear o dudar de una supuesta popularidad o raigambre con la que aún cuentan entre la población. En general, los supuestos defensores o valedores intentan con ello hacerlas pasar como actuales por derecho propio, cuando sólo son restos de procedimientos, conductas y actuaciones más bien rancias y desfasadas cada vez más difíciles de justificar en un presente en el que se acabara abriendo paso un franco vacío social que hará más y más difícil la búsqueda de apoyos o el lugar y pertinencia de una mínima justificación. Celebraciones, situaciones, efemérides, ocupaciones y representaciones que, con más o menos ruido, tienen su muerte o desaparición prescrita de antemano; mientras, se mantienen y van pasando al mismo tiempo que muriendo poco a poco, como el número de sus favorecedores, número que irá disminuyendo hasta que llegue el tiempo en el que nadie hable sobre ellas o pregunte sorprendido por qué simplemente ya no están. Hasta entonces aguantaran cogidas por los pelos al calor de unos pocos y cada vez más descolocados defensores con los que será mejor no discutir por no meterse directamente en problemas injustificados o directamente sin sentido, minorías cada vez más aisladas que intentarán contra natura la pervivencia y mantenimiento de sus añejas aficiones antes que reconocer el destino al que inevitablemente están abocadas, su vencimiento y extinción, sencillamente porque los tiempos y las generaciones cambian y con ellas sus amores y dedicaciones. El toreo es uno de esos atavismos, y otro que últimamente aparece con demasiada frecuencia en las páginas de las noticias es la caza como placer.

Ya el fallecido Miguel Delibes tuvo en vida los consiguientes problemas a la hora de hacer entender a muchos de sus lectores los supuestos valores de la caza, a la que era un gran aficionado amén de antiguo practicante; ni siquiera echando mano de un particular amor a la naturaleza propiciado por las solitarias y prolongadas estancias en plena campiña sirviéndose de lo mínimo para mantenerse despierto y a punto lograba su objetivo; o intentando hacer partícipes a los lectores del saludable ejercicio que proporcionaban las largas caminatas en busca de piezas. Hablaba de ese sabor especial de sentirse fiel y testigo especial del largo camino del sol completando su recorrido diario, desde su espléndida salida hasta que alcanzaba el ocaso, o cómo el aire y los aromas de un mismo día van cambiando e impregnando el alma del hombre solitario; o las mil sensaciones sentidas a flor de piel tan difíciles de transmitir a quienes nunca han disfrutado de la naturaleza desde la más íntima humildad. Cómo a partir de la incierta o experta búsqueda y rastreo de la pieza, del conocimiento y predicción de sus hábitos se llegaba al reconocimiento y admiración de la misma vida abriéndose camino; del respeto y el valor de la pieza no como mero trofeo sino como parte crucial de un exclusivo nicho natural que el hombre interrumpía y profanaba de manera mortal provisto de una cada vez más efectiva y moderna tecnología. Porque el objetivo último que mueve al cazador, incluso en su sincero amor hacia la naturaleza, a su ancestral sabiduría y al respeto al que obliga a sus hijos, es la muerte violenta.

Si hay que aprender a amar la naturaleza teniendo a la muerte como fin último de nuestra aproximación a ella existe de partida un error de bulto al que tal vez no queremos enfrentamos, prefiriendo rodear y justificarlo y con él a nosotros mismos incapaces de resolver los dilemas y las evidentes contradicciones que generan nuestros propios actos.

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Cosas de niños

Hace días aparecía en alguna prensa niños disfrazados de políticos españoles actuando de políticos. No sé por qué o a quién se le ocurre la idea de disfrazar a varios niños, afortunadamente todavía alejados de la política, los políticos y sus menudencias, y situarlos en un hipotético parlamente jugando a ser mayores. Tal vez el motivo principal sea o haya sido la proximidad de la importada noche de Halloween y su festiva propensión a los sustos con sus correspondientes disfraces. Porque no hay cosa más terrorífica que disfrazar a chavales felices y ajenos a la porquería de ciertos círculos de adultos y hacerles comportarse como monstruos fingiendo dirigir la política de este país. Puede que una de las intenciones ocultas para llevar a cabo tal montaje sea la de advertir y asustar al personal con la amenaza de un futuro similar al actual. Aquí tenéis a los meapilas y chorizos de mañana, váyanse preparando porque les viene más de lo mismo, no van a tener en sus vidas un momento de descanso, les robaremos hasta el alma, hipotecas y futuras pensiones incluidas. Estos que ahora ven tan alegres e ingenuos se las gastarán igual o peor que los actuales, además, con estas prácticas absorben como esponjas y ya saben cómo ojear las noticias para tomar ejemplo de por dónde han de ir los tiros si uno pretende promocionar en política en este país.

Menos mal que los chavales parecen tomárselo con calma e incluso lo encuentran divertido, aunque puede que a alguno le llegue a ilusionar la juerga y decida tomar nota para más adelante, cuando lleguen sus años; no deja de ser una buena opción para un relativamente arriesgado futuro -basta con ser más listo que el resto- en el que ser honrado no parece suficiente. Los niños son niños, no imbéciles, por eso puede que alguno concluya para sí: si ahora estamos como dicen que estamos y a estos los adultos les siguen votando no hay por qué cambiar mañana lo que hoy funciona. El famoso que aparece en las noticias saliendo y entrando de puertas y más puertas pero libre y rico puedo ser yo. La gente olvida pronto.

Aunque puestos a caracterizar a críos de políticos, aparecerían aún más terroríficos si los disfrazáramos de Jordi Pujol, Bárcenas, Ana Mato, Julián Muñoz etc. el filón no se agota; entonces sí que pintarían terribles y amedrentadores, pero probablemente la gracia del invento se iría convirtiendo en una helada mueca de terror. Al fin y al cabo una parte de la política actual, si exceptuamos esos vientos regeneracionistas que tan rápido como vienen se van, desfila por esos barbechos. Se trata de permanecer dónde uno está mientras las cosas se mueven alrededor -las mueven otros-, es decir no moverse para salir en la foto o, si se pone a tiro, adelantarse al fotógrafo y robarle la cámara. Sacar tajada mientras unos y otros andan preguntándose qué rumbo tomará el futuro, así, para cuando llegue y los demás sigan quejándose o preguntando qué pasó, uno ya estará fuera del punto de mira; es decir, si se hace todo bien y no se cometen errores, que no te pillen.

Pero si uno se deja de semejantes tonterías y sale a la calle para preguntar a chavales de tercero o cuarto de la ESO, por ejemplo, qué piensan sobre la política y los políticos obtendrá una visión más ajustada a la realidad que esos juego de periodistas aburridos, una opinión general mucho más certera y contrastada que las dudas, risas e incomprensión de los más pequeños. Estos, un poco mayores, tienen el defecto de identificar a las primeras de cambio política con robar, sin dudas ni concesiones, coinciden en los calificativos, a cual más denostativo, y no admiten componendas, buena voluntad ni justificaciones. Corrupción, política y políticos es exactamente lo mismo. Los más lanzados incluso están deseando llegar a la edad correspondiente para echarse a las urnas y ponerse a blanquear, total, nunca les pasa nada, como está aforados nadie puede tocarles un pelo y, además, con el dinero que ya tienen pueden pagar los mejores abogados y salir libres y orondos

Esto sí que es divertido, para partirse el culo de risa como niños.

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Gastromanía

Ahora que tampoco vamos a poder comer carne, de buena o mala calidad y disponga uno de dinero o no para adquirirla, es el momento de la cocina imaginativa, es decir, más o menos lo mismo que hasta hoy, dar con la fórmula para llenar el estómago disfrazando de manera atractiva, tanto para la propia conciencia como para la vista, los elementos químicos indispensables que toda persona necesita para mantenerse en este mundo sana y feliz. Posiblemente haya llegado la hora de tantos y tantos que, dormidos o atrapados en las rutinas cárnicas de siempre -jamón y solomillo incluidos-, por fin van a poder dar rienda suelta a sus sueños alquímicos más recónditos y fabular una vida plena de desayunos, comidas y cenas sin la obligatoriedad de la envidiada y a la vez denostada carne, la misma por la que antes tal vez suspiraran y no podían ingerir -debido a problemas económicos o de salud-; ya no será necesario, el mundo de la cocina -incluidos el solomillo de algas y el jamón de saltamontes- se abre de par en par y esta vez es real.

Tanto tiempo rumiando y pensando en un buen filete o en un jamón de pata negra y de pronto resulta que si queremos vivir más años -el informe no dice de qué modo- hemos de dejarlos definitivamente de lado como si fueran veneno. ¿Qué comer entonces? ¿pescado? pero las mayores piezas, las de lomos más grandes y suculentos, llegan al plato con un alto contenido en plomo que también es tremendamente peligroso para la salud; y los pescados más pequeños vienen provistos con un gran número de raspas que incomodan bastante a la hora de saborearlos, aunque, bueno, por eso no hay que preocuparse, siempre se ha dicho que la esencia viene en frascos pequeños y el que no se conforma es porque no quiere. El marisco probablemente suba de precio, el congelado, el otro sólo es accesible a quienes disponen de más dinero que tiempo para partirlo o trocearlo; pero tampoco, porque cuando uno tiene que presumir de status es preferible no mancharse las manos y decantarse por la cocina de calidad, esa esotérica transmutación que poco o nada tiene que ver con la alimentación y sí con las misteriosas prácticas de unos señores locamente enamorados del fuego y el nitrógeno líquido; visionarios y adelantados que, por ejemplo, incapaces de preocuparse o dar con la solución para resolver el hambre en el mundo -o es que sencillamente les importa un pimiento-, decidieron que el objeto de su dedicación debía ser mucho más exclusivo y mejor apreciado por esos otros señores a los que gustan adular y agasajar con sus fórmula mágicas, poderosos de toda ralea, esos privilegiados que entre plato y plato de diseño y botella de renombre gustan discutir de porcentajes y dividendos sin saber exactamente de qué están hablando, luego, cuando se miran el bolsillo, lo entienden mejor.

Comencé hablando de carne y he acabado metido en política, o en economía, que hoy por hoy viene a ser lo mismo, ocurre en cualquier conversación cuando ésta se prolonga y los temas se van sucediendo, tarde o temprano se termina hablando de política, eso quiere decir que llevaban razón aquellos que decían que en este mundo todo es política; si uno no quiere verlo así es su problema. Aunque, visto del revés, también todo es comida, o cocina; pero hablando de política o con su práctica es posible conseguir pequeñas y grandes cosas con las que mucha más gente puede vivir de forma más sana y feliz; en cambio, con la cocina… no sé si lo han sufrido, pero no hay cosa más frustrante y aburrida, amén de mortífera, que un tipo hablando las veinticuatro horas de comida y cocina -probablemente por miedo a hablar de política, por voluntaria ignorancia o por simple estupidez. Platos y más platos, preparados, utensilios, pruebas e inventos asquerosos o imposibles y demás majaderías con las que entretener tiempo y cerebro, aunque a esas alturas la materia gris de un tipo así debe de estar completamente diluida o convertida en una espuma de egotista ignorancia. Uno cocina y come para vivir, no vive para cocinar y comer. Perdón por la vulgaridad, un experto diría saborear, o algún otro verbo más exquisito o todavía por inventar; es tal la capacidad de abstracción que procura la química de los fogones que el mundo real acaba convertido en una reducción de ombligo.

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Mamporreros

“La tauromaquia es una manifestación artística desvinculada de ideologías que forma parte de la cultura tradicional y popular. El futuro de la tauromaquia está ligado a su consideración como parte esencial del Patrimonio Histórico, Artístico, Cultural y Etnográfico de España”.

“La fiesta de los toros y los espectáculos taurinos populares están sujetos a constante evolución, sin que se puedan hacer conjeturas sobre de qué manera se adaptarán a las sensibilidades cambiantes de nuestros tiempos u otros venideros”.

Estos párrafos y otros similares acompañan y en cierto modo tratan de justificar un proyecto educativo (?) que intenta impedir que chavales de entre quince y diecisiete años con problemas de aprendizaje se salgan del redil; su objetivo es reintegrarlos a la sociedad como subalternos competentes en lugar de esforzarse por recuperarlos para que puedan labrarse un futuro como el que más; alguien ha decidido que sus limitaciones son y serán permanentes y que los quince años son una buena edad para empezar a cavar la propia tumba, y para ello lo mejor que esta sociedad puede ofrecerles es convertirse en serviciales mamporreros. La propia imprecisión de los párrafos, su retórica vacía y la incongruencia del proyecto -presentado como una especie de sugerencia a nadie dirigida- lo dice todo. Porque ya no hay forma humana de justificar el sanguinolento desaguisado que en la actualidad todavía representan las corridas de toros, una reliquia del pasado hoy en manos de una chulesca intelectualidad de puro, taberna y desfile de moda que a falta de proyectos imaginativos o socialmente útiles dedica su tiempo de ocio y negocio a sobar el lomo de unos supuestos artistas (?), los toreros -algunos hasta leen libros-, dedicados a perpetuar una brutalidad pública huera y agotada que no dice nada interesante de quienes la practican -tal vez propiciar algún estudio antropológico sobre el origen, desarrollo y manifestaciones de la crueldad en la especie humana. Los tiempos en los que el toreo podía tener alguna interpretación van quedando atrás -si no lo han hecho ya definitivamente-, hoy día la incongruencia de su existencia, y la de cualquier hipotético espectáculo que tenga como motivo la humillación pública y/o muerte de un animal vivo, cae por su propio peso, y con el paso del tiempo tales negocios quedaran en la memoria como antiguos y salvajes anacronismos similares a los gladiadores en el Imperio Romano. Criar, encerrar, acorralar, picar, acuchillar y dejar desangrar hasta la muerte a un animal, que preferiría vivir en libertad antes que sufrir semejante violencia, para divertimiento público, aparte de ser un espectáculo de nula imaginación, es un desatino de difícil calificación, ni siquiera la etiqueta de artístico con la que los más desnortados todavía intentan adornar toda la parafernalia que se mueve alrededor justifica el cruel desaguisado en el que se apoya. Hoy no tiene sentido.

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Siempre Alice

Siempre me ha sucedido a la hora de sentarme ante una película de estas características, al final acabo preguntándome si lo que he visto es lo que normalmente se entiende, o personalmente entiendo por cine. Sí es cine, puesto que el medio es el medio cinematográfico, y hay otra razón aún más poderosa, no han de ponerse límites a lo que puede exponerse en una gran pantalla, aunque ello implique tener que aguantar tanto despropósito etiquetado como cine que sólo es material de relleno montado de cualquier manera, o tragarse los delirios de grandeza de algunos tipos que oyeron por ahí eso del cine de autor y se empeñan en filmar sus fantasmas y desvaríos personales en formato de lujo.

El cine como medio ofrece la posibilidad de divulgar y popularizar documentos y creaciones específicas que ponen al alcance del público problemas y situaciones que, de otro modo, serían ignoradas o pasarían desapercibidas para una mayoría. También puede utilizarse el cine para concienciar a la gente sobre problemas de cierta importancia sufridos o sólo conocidos en círculos reducidos. Sin embargo, sigo diferenciando el cine como un trabajo que comienza y acaba en sí mismo, la película, una producción exclusiva con una historia y unos protagonistas únicos -lo que no impide que tema y personajes puedan representar o ejemplarizar cualquier situación de la vida real. Una película cuenta una historia ficticia o con visos de realidad y el espectador, olvidado de sí mismo, disfruta o sufre con ella al sentirse atrapado entre sus hilos viviendo las vicisitudes de los personajes. Viene a mi memoria un documental de hace unos años, Searching for Sugar Man, la pequeña o gran historia artística del desconocido cantante norteamericano Sixto Rodríguez, quien triunfó en Sudáfrica sin que él mismo lo supiera. En este caso, a las sorprendentes circunstancias de la historia se añadía un excelente guión que atrapaba al espectador como si se tratara de una película más; la narración de unos hechos reales estaba tan bien montada y dirigida que uno llegaba a emocionarse a medida que iban transcurriendo los minutos y descubría cada uno de los pasos que llevaron al protagonista a conocer su éxito en la otra punta del mundo. Allí era tan importante la historia como la forma de contarla.

Pero el cine es fundamentalmente contar, y Siempre Alice cuenta una historia que, según mi parecer, se parece demasiado a un documental. No pretendo entrar a valorar la importancia o actualidad del tema de la película, pero al margen de la interpretación de la protagonista -muy por encima del resto y por la que Julianne Moore recibió un Oscar- uno tiene la impresión de haber visto un documental sobre los estragos que produce la enfermedad de Alzheimer en el enfermo y el mundo que le rodea. Es cierto que la acción podría haber retratado a otros personajes con menor poder adquisitivo y situaciones personales mucho más peliagudas o conflictivas intentando hacer más sangre en el espectador; pero, en cualquier caso, creo que la cinta se parece más a una dramatización documental que una película tal y como suelo entender. Por eso me queda esa extraña sensación, la duda entre película o documental.

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Dios

El portero del Real Madrid paró el penalti y con gesto desafiante levantó el brazo al cielo gritando con cara de mala hostia: “gracias Dios”. Un tuteante agradecimiento que, en directo y a palo seco, me pareció escalofriante, un gesto jactancioso y pendenciero capaz de poner los pelos de punta al más pintado. Luego explicó a un periodista semianalfabeto que paró el penalti gracias a Dios, porque Dios siempre está con él. Imagino que todavía habrá quien piense que sólo son formas de hablar; pero dejémonos de suposiciones y frases hechas, visto y oído ese señor se cree en posesión exclusiva de un Dios personal y partidista, un ser parcial y competitivo que colabora activamente en ayudarle a ganar -y consiguientemente a su equipo-, o al menos a no perder. Desgraciadamente hay convicciones más fuertes que la voluntad de las personas. Claro, según esa férrea y obtusa forma de ver las cosas al señor portero le importaba una higa que al jugador que lanzó el penalti también se le hubiera ocurrido pedirle a Dios -¡¡al mismo Dios!!- que le ayudara a meter el balón entre los tres palos, ni se le pasó por la cabeza; estos tipos están convencidos de que la vida en este mundo es una gigantesca competición en la que el que más reza más consigue. Antiguamente se mataba con la misma convicción y fiereza por ese mismo Dios. Porque, de partida y más allá de cualquier razonamiento, el señor que tira el penalti es su enemigo, el contrario, alguien que no tiene cabida ni en su fe ni en su Dios, luego jamás podrá ser ayudado, porque él está antes, o es diferente, o se esfuerza más, tiene más fe y su Dios… ¡cómo van a tener el mismo Dios si a él le hace parar el penalti y al otro fallarlo! Pero dicen que Dios hay sólo uno y su palabra predica que todos somos hermanos y hemos de convivir en armonía y buena voluntad… pero a la hora de los penaltis las cosas cambian… en fin, un lio.

El caso es que puestos a creer en ese Dios tan particular nunca sabremos qué le hizo decantarse por el portero, tal vez que éste rezó y lo pidió con más fuerza y firmeza que el otro, o quizás es que puso en el lance pelotero más fe que el delantero; porque lo del jamón no viene al caso.

Esos tipos tan serios, arrogantes y bravucones a la hora de hablar de Dios, casi hasta para ir a mear, dan miedo. Cuando se expresan de ese modo parecen máscaras incapaces de sonreír y uno tiene la sensación de que no son ellos quienes hablan, su rostro se vuelve inexpresivo y sin luz, tal que estatuas profiriendo sentencias manipuladas o dirigidas desde un subconsciente inhumano al que parece imposible llegar o sentir cercano -ese Dios-; su fe en SU Dios está por encima de los demás y cuesta creer que alcancen a concebir un Dios universal en común con otras personas.

Pero no puedo olvidar ese clamar al cielo con mirada de killer, me produce escalofríos; imaginen las cosas de las que puede ser capaz una persona si le da por autoconvencerse de que Dios está permanentemente a su lado obnubilándole la razón y haciendo de su vida un permanente desafío en el que los demás aparecen como enemigos. Es aquello de quien no está conmigo está contra mí; de ahí a la violenta cerrazón de los miembros del Estado islámico sólo hay un paso… ¡bendita Ilustración!

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Muertos

Conversaba con mis compañeros ajeno a lo que ocurría alrededor cuando tuve que hacerme a un lado para dejar pasar y sentarse en la mesa contigua a un señor grande y bien vestido que se movía con cierta lentitud. Tras el favor seguí con lo mío, con lo nuestro. Pero a partir de ese momento no pude evitar captar partes sueltas de la conversación, en tono más bien alto o despreocupado, de la mesa de atrás, la que ocupaban el antedicho señor y un par de mujeres de las que no puedo precisar la edad. La conversación, más bien intrascendente y de circunstancias, saltaba de un sitio a otro sin mucho orden porque lo importante era la conversación en sí, el hecho de estar allí sentados hablando, viviendo, en el sentido más concreto y limpio de la palabra. En un momento determinado el tipo se puso a hablar de las dificultades, no sé si físicas o de ánimo, para salir de casa, a dar un paseo, tomarse un café o ver el sol en directo, actividades más plácidas y cordiales que el trajín diario de cualquier otra persona más o menos activa; y en esas estaba cuando no tuve más remedio que detenerme en una de las frases con las que aquel señor entretenía a sus contertulias… “cuando salgo o pensándolo en casa caigo en la cuenta de que conozco a más muertos que vivos. Tal cual, entonces hice un alto en la conversación que me concernía e intenté anotar mentalmente lo que acaba de oír; afirmación que indudablemente sólo podían venir de un tipo de bastante más edad que yo. Al margen de la incoherencia o error de la frase, “conocer a más muertos que vivos”, el sentido de la misma era claro y certero, dibujando en la imaginación del inesperado oyente una hipotética balanza de rostros e imágenes en la que el peso de lo recordado era mucho mayor, al parecer con diferencia, que los rostros y lugares del presente; sin embargo, no pude advertir si en sus palabras había un deje de pesar ensombreciéndolas o más bien una muestra de impotencia o resignación y algo de sorpresa ante lo inevitable en las cosas del vivir. Y la pregunta que surgió a continuación fue en qué modo es interesante, aceptable o merece la pena la vida para una persona en tales circunstancias; si continuar vivo se convierte en una actividad desesperada o contra reloj o, en cambio, se puede vivir de forma relajada y feliz, independientemente del interés que siga poseyendo este acelerado mundo. Supongo que el señor en cuestión tendría gente a la que ver con gusto y regularidad y con la que compartir su tiempo, con la que disfrutar de buenos momentos en compañía y ellos con él; verse y charlar o preguntarse por todo aquello que nos preguntamos cuando no se nos ocurre nada que decir pero no queremos irnos todavía. Por no hablar de la presencia de una hipotética familia que, al margen del obligado débito para con los propios, mejor o peor llevado, siempre es un lugar o refugio en el que disfrutar o solazarse cuando los tiempos no son propicios o se precisa esa compañía sin palabras que sólo los más cercanos, a pesar incluso de su inintencionada indiferencia o sus atareados presentes, pueden ofrecerte.

Con todo, cuesta imaginar esa sensación, no sé si, como he dicho antes, de impotencia, resignación o de cierta soledad a la que induce la frase que ha motivado estas letras. La ausencia de tantos a los que uno estaba habituado a saludar, a los que quería, con los que hablaba, discutía o incluso llegó a odiar y que ya no están en este mundo, han dejado de formar parte de una vida que comienza a resentirse preguntándose de forma sorprendente e ingenua por tantos huecos sin renovar. Esos muertos “conocidos” que ya son más o muchos más que los vivos que conoces. Cómo responden el cuerpo y el alma, la misma voluntad, y cómo empujan esas fuerzas que cada mañana han de hacer acopio del valor necesario para sacar los pies fuera de la cama y decirle al sol, allá voy, otro día más y aquí sigo, aunque tenga que volver a buscarme y buscar en este cada vez más raquítico presente que me gobierna y sobre el que mis pies me siguen manteniendo firme, porque todavía no es momento para despedidas.

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Agujeros

De pronto los martes y los miércoles amanecen como unos agujeros enormes a poco de comenzar la semana, largos y empinados, sin nada que los haga atractivos e interesantes, sólo la rutina que cada amanecer obliga a inclinar un poco más la cabeza y de la que ya no es posible obtener fuerzas para revelarse contra ese nuevo vacío impuesto, esa nueva vuelta de tuerca que el sistema ha puesto en funcionamiento. El pobre ciudadano físico, el cuerpo material que tiene que bregar con los días y sus horas vuelve a sentirse desorientado en la inmensa soledad de sí mismo, le falta algo a su habitual presente, una conexión que tan sólo unos meses antes aparecía activa y volvía a reactivarse por estas fechas. Obviando su elemental y dependiente constitución el ciudadano echa en falta algo que creía indispensable y que chupaba su tiempo, algo a lo que estaba conectado, o más o menos abonado, al parecer sin percatarse de ello. Harto de la crisis, los refugiados y la matraca independentista catalana que copa hasta los diarios deportivos los martes y miércoles de antes se han esfumado, ahora pintan desérticos sin fútbol, no hay “Champions”, cunde la ansiedad y se reproducen las preguntas ¿qué hacer un martes o un miércoles cualquiera con esas interminables horas de la tarde? ¿aguardar al fin de semana a que llegue la liga? Algunos ya están pensando en cómo pagar, de donde arañar otros poquitos euros -¡no es tan caro!- para poder ver unos partidos de pronto tan interesantes. Otros más listos o avispados ya andan entre aplicaciones, programas o tarjetas piratas para no perderse ninguno sin gastarse un duro. Lo de siempre. Pero no todo suena bien, corren rumores de que los partidos no pueden verse con comodidad, falla la señal, se va la imagen, las nuevas cadenas no funcionan tan bien como venden.

Más de lo mismo, ante el escaso valor acumulado de tantos días repetidos, ante las difíciles conexiones de cada cual consigo mismo, asediados o cansados de ellas e imposible de interrumpir o diferir ya que suelen ser una fuente de problemas y sinsabores más que de satisfacciones, incapaces de dedicar esfuerzos a sanearlas o renovarlas urgen las conexiones con el exterior; y para rematar la faena, las que hace unos meses no se tomaban en consideración porque estaban ahí de forma permanente ahora, convertidas en propiedades exclusivas de otros, exigen un derecho de admisión que por supuesto pasa por el inevitable pago mensual. Sin nada en el horizonte tan fácil de digerir y que deje un poso tan benigno, excepto para los más enfebrecidos, esos capaces de hacer confluir en un balón golpeado por otros aburrimiento, fracasos, venganzas, aspiraciones personales e incluso reivindicaciones históricas, aunque luego se tenga el patio propio hecho un estercolero, el fútbol es la solución. Hoy el fútbol de los fines de semana se muestra insuficiente para satisfacer las necesidades de conectarse y salir de uno mismo, se necesita fútbol toda la semana, un tema del que hablar a cualquier hora y que ocupe estas tardes de otoño que cada vez cuesta más sacar adelante porque los días van oscureciéndose poco a poco y el fresco te para en la puerta pensando si merece la pena salir a la calle; además, hay fútbol.

Con todos los equipos españoles que hay jugando por Europa no se puede permanecer de brazos cruzados o dedicarse a intentar conectarse consigo mismo y acabar deprimiéndose, tampoco merece la pena inventar algo con lo que entretenerse… y, pensándolo bien, las ofertas de las nuevas operadoras parecen interesantes, por unos pocos euros se pueden ver todos los partidos que uno quiera o pueda, la cosa no es moco de pavo y el problema se limita a decidir de dónde se quitan esos euros para el abono -y eso de que funcionan mal probablemente sea un bulo interesado-… aunque las tarjetas piratas cuestan un poco más y te ahorras los pagos mensuales… y dicen que funcionan bien…

 

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