Siempre Alice

Siempre me ha sucedido a la hora de sentarme ante una película de estas características, al final acabo preguntándome si lo que he visto es lo que normalmente se entiende, o personalmente entiendo por cine. Sí es cine, puesto que el medio es el medio cinematográfico, y hay otra razón aún más poderosa, no han de ponerse límites a lo que puede exponerse en una gran pantalla, aunque ello implique tener que aguantar tanto despropósito etiquetado como cine que sólo es material de relleno montado de cualquier manera, o tragarse los delirios de grandeza de algunos tipos que oyeron por ahí eso del cine de autor y se empeñan en filmar sus fantasmas y desvaríos personales en formato de lujo.

El cine como medio ofrece la posibilidad de divulgar y popularizar documentos y creaciones específicas que ponen al alcance del público problemas y situaciones que, de otro modo, serían ignoradas o pasarían desapercibidas para una mayoría. También puede utilizarse el cine para concienciar a la gente sobre problemas de cierta importancia sufridos o sólo conocidos en círculos reducidos. Sin embargo, sigo diferenciando el cine como un trabajo que comienza y acaba en sí mismo, la película, una producción exclusiva con una historia y unos protagonistas únicos -lo que no impide que tema y personajes puedan representar o ejemplarizar cualquier situación de la vida real. Una película cuenta una historia ficticia o con visos de realidad y el espectador, olvidado de sí mismo, disfruta o sufre con ella al sentirse atrapado entre sus hilos viviendo las vicisitudes de los personajes. Viene a mi memoria un documental de hace unos años, Searching for Sugar Man, la pequeña o gran historia artística del desconocido cantante norteamericano Sixto Rodríguez, quien triunfó en Sudáfrica sin que él mismo lo supiera. En este caso, a las sorprendentes circunstancias de la historia se añadía un excelente guión que atrapaba al espectador como si se tratara de una película más; la narración de unos hechos reales estaba tan bien montada y dirigida que uno llegaba a emocionarse a medida que iban transcurriendo los minutos y descubría cada uno de los pasos que llevaron al protagonista a conocer su éxito en la otra punta del mundo. Allí era tan importante la historia como la forma de contarla.

Pero el cine es fundamentalmente contar, y Siempre Alice cuenta una historia que, según mi parecer, se parece demasiado a un documental. No pretendo entrar a valorar la importancia o actualidad del tema de la película, pero al margen de la interpretación de la protagonista -muy por encima del resto y por la que Julianne Moore recibió un Oscar- uno tiene la impresión de haber visto un documental sobre los estragos que produce la enfermedad de Alzheimer en el enfermo y el mundo que le rodea. Es cierto que la acción podría haber retratado a otros personajes con menor poder adquisitivo y situaciones personales mucho más peliagudas o conflictivas intentando hacer más sangre en el espectador; pero, en cualquier caso, creo que la cinta se parece más a una dramatización documental que una película tal y como suelo entender. Por eso me queda esa extraña sensación, la duda entre película o documental.

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Dios

El portero del Real Madrid paró el penalti y con gesto desafiante levantó el brazo al cielo gritando con cara de mala hostia: “gracias Dios”. Un tuteante agradecimiento que, en directo y a palo seco, me pareció escalofriante, un gesto jactancioso y pendenciero capaz de poner los pelos de punta al más pintado. Luego explicó a un periodista semianalfabeto que paró el penalti gracias a Dios, porque Dios siempre está con él. Imagino que todavía habrá quien piense que sólo son formas de hablar; pero dejémonos de suposiciones y frases hechas, visto y oído ese señor se cree en posesión exclusiva de un Dios personal y partidista, un ser parcial y competitivo que colabora activamente en ayudarle a ganar -y consiguientemente a su equipo-, o al menos a no perder. Desgraciadamente hay convicciones más fuertes que la voluntad de las personas. Claro, según esa férrea y obtusa forma de ver las cosas al señor portero le importaba una higa que al jugador que lanzó el penalti también se le hubiera ocurrido pedirle a Dios -¡¡al mismo Dios!!- que le ayudara a meter el balón entre los tres palos, ni se le pasó por la cabeza; estos tipos están convencidos de que la vida en este mundo es una gigantesca competición en la que el que más reza más consigue. Antiguamente se mataba con la misma convicción y fiereza por ese mismo Dios. Porque, de partida y más allá de cualquier razonamiento, el señor que tira el penalti es su enemigo, el contrario, alguien que no tiene cabida ni en su fe ni en su Dios, luego jamás podrá ser ayudado, porque él está antes, o es diferente, o se esfuerza más, tiene más fe y su Dios… ¡cómo van a tener el mismo Dios si a él le hace parar el penalti y al otro fallarlo! Pero dicen que Dios hay sólo uno y su palabra predica que todos somos hermanos y hemos de convivir en armonía y buena voluntad… pero a la hora de los penaltis las cosas cambian… en fin, un lio.

El caso es que puestos a creer en ese Dios tan particular nunca sabremos qué le hizo decantarse por el portero, tal vez que éste rezó y lo pidió con más fuerza y firmeza que el otro, o quizás es que puso en el lance pelotero más fe que el delantero; porque lo del jamón no viene al caso.

Esos tipos tan serios, arrogantes y bravucones a la hora de hablar de Dios, casi hasta para ir a mear, dan miedo. Cuando se expresan de ese modo parecen máscaras incapaces de sonreír y uno tiene la sensación de que no son ellos quienes hablan, su rostro se vuelve inexpresivo y sin luz, tal que estatuas profiriendo sentencias manipuladas o dirigidas desde un subconsciente inhumano al que parece imposible llegar o sentir cercano -ese Dios-; su fe en SU Dios está por encima de los demás y cuesta creer que alcancen a concebir un Dios universal en común con otras personas.

Pero no puedo olvidar ese clamar al cielo con mirada de killer, me produce escalofríos; imaginen las cosas de las que puede ser capaz una persona si le da por autoconvencerse de que Dios está permanentemente a su lado obnubilándole la razón y haciendo de su vida un permanente desafío en el que los demás aparecen como enemigos. Es aquello de quien no está conmigo está contra mí; de ahí a la violenta cerrazón de los miembros del Estado islámico sólo hay un paso… ¡bendita Ilustración!

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Muertos

Conversaba con mis compañeros ajeno a lo que ocurría alrededor cuando tuve que hacerme a un lado para dejar pasar y sentarse en la mesa contigua a un señor grande y bien vestido que se movía con cierta lentitud. Tras el favor seguí con lo mío, con lo nuestro. Pero a partir de ese momento no pude evitar captar partes sueltas de la conversación, en tono más bien alto o despreocupado, de la mesa de atrás, la que ocupaban el antedicho señor y un par de mujeres de las que no puedo precisar la edad. La conversación, más bien intrascendente y de circunstancias, saltaba de un sitio a otro sin mucho orden porque lo importante era la conversación en sí, el hecho de estar allí sentados hablando, viviendo, en el sentido más concreto y limpio de la palabra. En un momento determinado el tipo se puso a hablar de las dificultades, no sé si físicas o de ánimo, para salir de casa, a dar un paseo, tomarse un café o ver el sol en directo, actividades más plácidas y cordiales que el trajín diario de cualquier otra persona más o menos activa; y en esas estaba cuando no tuve más remedio que detenerme en una de las frases con las que aquel señor entretenía a sus contertulias… “cuando salgo o pensándolo en casa caigo en la cuenta de que conozco a más muertos que vivos. Tal cual, entonces hice un alto en la conversación que me concernía e intenté anotar mentalmente lo que acaba de oír; afirmación que indudablemente sólo podían venir de un tipo de bastante más edad que yo. Al margen de la incoherencia o error de la frase, “conocer a más muertos que vivos”, el sentido de la misma era claro y certero, dibujando en la imaginación del inesperado oyente una hipotética balanza de rostros e imágenes en la que el peso de lo recordado era mucho mayor, al parecer con diferencia, que los rostros y lugares del presente; sin embargo, no pude advertir si en sus palabras había un deje de pesar ensombreciéndolas o más bien una muestra de impotencia o resignación y algo de sorpresa ante lo inevitable en las cosas del vivir. Y la pregunta que surgió a continuación fue en qué modo es interesante, aceptable o merece la pena la vida para una persona en tales circunstancias; si continuar vivo se convierte en una actividad desesperada o contra reloj o, en cambio, se puede vivir de forma relajada y feliz, independientemente del interés que siga poseyendo este acelerado mundo. Supongo que el señor en cuestión tendría gente a la que ver con gusto y regularidad y con la que compartir su tiempo, con la que disfrutar de buenos momentos en compañía y ellos con él; verse y charlar o preguntarse por todo aquello que nos preguntamos cuando no se nos ocurre nada que decir pero no queremos irnos todavía. Por no hablar de la presencia de una hipotética familia que, al margen del obligado débito para con los propios, mejor o peor llevado, siempre es un lugar o refugio en el que disfrutar o solazarse cuando los tiempos no son propicios o se precisa esa compañía sin palabras que sólo los más cercanos, a pesar incluso de su inintencionada indiferencia o sus atareados presentes, pueden ofrecerte.

Con todo, cuesta imaginar esa sensación, no sé si, como he dicho antes, de impotencia, resignación o de cierta soledad a la que induce la frase que ha motivado estas letras. La ausencia de tantos a los que uno estaba habituado a saludar, a los que quería, con los que hablaba, discutía o incluso llegó a odiar y que ya no están en este mundo, han dejado de formar parte de una vida que comienza a resentirse preguntándose de forma sorprendente e ingenua por tantos huecos sin renovar. Esos muertos “conocidos” que ya son más o muchos más que los vivos que conoces. Cómo responden el cuerpo y el alma, la misma voluntad, y cómo empujan esas fuerzas que cada mañana han de hacer acopio del valor necesario para sacar los pies fuera de la cama y decirle al sol, allá voy, otro día más y aquí sigo, aunque tenga que volver a buscarme y buscar en este cada vez más raquítico presente que me gobierna y sobre el que mis pies me siguen manteniendo firme, porque todavía no es momento para despedidas.

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Agujeros

De pronto los martes y los miércoles amanecen como unos agujeros enormes a poco de comenzar la semana, largos y empinados, sin nada que los haga atractivos e interesantes, sólo la rutina que cada amanecer obliga a inclinar un poco más la cabeza y de la que ya no es posible obtener fuerzas para revelarse contra ese nuevo vacío impuesto, esa nueva vuelta de tuerca que el sistema ha puesto en funcionamiento. El pobre ciudadano físico, el cuerpo material que tiene que bregar con los días y sus horas vuelve a sentirse desorientado en la inmensa soledad de sí mismo, le falta algo a su habitual presente, una conexión que tan sólo unos meses antes aparecía activa y volvía a reactivarse por estas fechas. Obviando su elemental y dependiente constitución el ciudadano echa en falta algo que creía indispensable y que chupaba su tiempo, algo a lo que estaba conectado, o más o menos abonado, al parecer sin percatarse de ello. Harto de la crisis, los refugiados y la matraca independentista catalana que copa hasta los diarios deportivos los martes y miércoles de antes se han esfumado, ahora pintan desérticos sin fútbol, no hay “Champions”, cunde la ansiedad y se reproducen las preguntas ¿qué hacer un martes o un miércoles cualquiera con esas interminables horas de la tarde? ¿aguardar al fin de semana a que llegue la liga? Algunos ya están pensando en cómo pagar, de donde arañar otros poquitos euros -¡no es tan caro!- para poder ver unos partidos de pronto tan interesantes. Otros más listos o avispados ya andan entre aplicaciones, programas o tarjetas piratas para no perderse ninguno sin gastarse un duro. Lo de siempre. Pero no todo suena bien, corren rumores de que los partidos no pueden verse con comodidad, falla la señal, se va la imagen, las nuevas cadenas no funcionan tan bien como venden.

Más de lo mismo, ante el escaso valor acumulado de tantos días repetidos, ante las difíciles conexiones de cada cual consigo mismo, asediados o cansados de ellas e imposible de interrumpir o diferir ya que suelen ser una fuente de problemas y sinsabores más que de satisfacciones, incapaces de dedicar esfuerzos a sanearlas o renovarlas urgen las conexiones con el exterior; y para rematar la faena, las que hace unos meses no se tomaban en consideración porque estaban ahí de forma permanente ahora, convertidas en propiedades exclusivas de otros, exigen un derecho de admisión que por supuesto pasa por el inevitable pago mensual. Sin nada en el horizonte tan fácil de digerir y que deje un poso tan benigno, excepto para los más enfebrecidos, esos capaces de hacer confluir en un balón golpeado por otros aburrimiento, fracasos, venganzas, aspiraciones personales e incluso reivindicaciones históricas, aunque luego se tenga el patio propio hecho un estercolero, el fútbol es la solución. Hoy el fútbol de los fines de semana se muestra insuficiente para satisfacer las necesidades de conectarse y salir de uno mismo, se necesita fútbol toda la semana, un tema del que hablar a cualquier hora y que ocupe estas tardes de otoño que cada vez cuesta más sacar adelante porque los días van oscureciéndose poco a poco y el fresco te para en la puerta pensando si merece la pena salir a la calle; además, hay fútbol.

Con todos los equipos españoles que hay jugando por Europa no se puede permanecer de brazos cruzados o dedicarse a intentar conectarse consigo mismo y acabar deprimiéndose, tampoco merece la pena inventar algo con lo que entretenerse… y, pensándolo bien, las ofertas de las nuevas operadoras parecen interesantes, por unos pocos euros se pueden ver todos los partidos que uno quiera o pueda, la cosa no es moco de pavo y el problema se limita a decidir de dónde se quitan esos euros para el abono -y eso de que funcionan mal probablemente sea un bulo interesado-… aunque las tarjetas piratas cuestan un poco más y te ahorras los pagos mensuales… y dicen que funcionan bien…

 

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Telenovelas

Vuelvo a tropezar con cosas y situaciones que conozco de oídas o veo de lejos y me pillan en las antípodas de mi día a día, y aunque puedo saber de ellas por amigos, conocidos o por casualidad no dejo de sorprenderme cuando me alcanzan sentado a o traición, es decir, dejo por cualquier circunstancia de hacer lo que estaba haciendo y me doy de bruces con ello. El tema es más curioso que importante; afortunadamente el mundo todavía resulta demasiado grande para llegar a todos sitios. He permanecido sentado por primera vez en esas horas de la siesta en las que el cuerpo no está para muchos trotes ante un capítulo de una telenovela que emite La 1, Acacias 38, creo que se titula, y ha sido como asistir en primera persona a una radionovela de las que, durante mi infancia, mantenían la tarde de mi madre y vecinas mientras cosían o trajinaban con las cuestiones del hogar. Aunque, claro, ellas podían hacer otras cosas mientras escuchaban la radio, pero en este caso la atención ha de ser completa, ya que las imágenes y la forma en la que están grabadas las supuestas escenas intentan no dar lugar a momentos en blanco en los que escaparse o andarse por las ramas. Sinceramente y tal vez pecando de pedante creía que esto quedaba muy atrás, que en los tiempos que corren ese tipo de programas con buenos y malos de escuela de primaria y escenografía básica de cartón-piedra estaban superados. Vuelta a la realidad. Por lo visto todavía hay personas capaces de gastar su tiempo atrapadas en tramas tan elementales, tal que las radionovelas de hace cincuenta años o los folletines semanales de hace cien o doscientos.

Mientras permanecía ante de la pantalla me preguntaba por qué esos personajes emocionalmente básicos me recordaban a las pintadas que los chavales que todavía no han llegado a la veintena suelen plantar en paredes y suelos, cosas como “tus besos pueden cambiar el eje de la tierra” o “es un regalo de la vida saber que alguien te quiere”. Pero mi pregunta tiene una fácil respuesta, aunque los tiempos parecen haber cambiado las personas seguimos hechas de la misma pasta, son idénticas las sensaciones y las mismas formas de expresarlas, hoy igual que hace cincuenta o cien años -que es la época por la que parece moverse la telenovela-; y si los chavales actuales, nuestro futuro más próximo, se expresan de ese modo es normal que esa televisión siga enganchando a la gente.

Otra cuestión es el trasfondo que colorea la serie, más difícil de captar y asumir por sus fieles seguidores y más importante para otros menesteres que tienen que ver con que nada cambie, es decir, que socialmente las cosas sigan en la actualidad como entonces, que es lo que en realidad sucede a pesar de tantos que consideran que con internet y el teléfono móvil es suficiente, además de creer que gracias a ello somos más modernos y, cosa mucha más difícil, más inteligentes.

En la serie persiste el como Dios manda, tal y como todavía sucede hoy en la mayoría de las cosas -de lo contrario nadie la vería-; los mismos ricos huecos y desdeñosos y pobres mezquinos, bonachones y resignados; los hombres adoptando comportamientos masculinos básicos y las mujeres apareciendo tan sumisas e inoperantes como en la actualidad. Luego estamos donde estábamos. Y si no se lo creen pueden consultar cualquier encuesta de las que pululan en internet sobre cómo piensa y se comporta la gente más joven.

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Whiplash (o el cine como metáfora)

Puede que para mucha gente Whiplash no sea una gran película, a pesar de contar con un Oscar en su haber, probablemente porque no dispuso de un gran presupuesto ni el guión lo necesitaba, quizás también porque, ya puestos a buscar inconvenientes para justificar el propio desinterés, se le podrían poner varios peros a sumar a un tema que quizás no guste o atraiga por ser demasiado específico; o simplemente sea que en los tiempos que corren para una mayoría carece de interés. También puede achacársele que sea una película de tan sólo un par de personajes, que haya en ella un exceso de sangre o un plus de violencia que muchos considerarían exagerado, innecesario o incluso paranoide, con malos vengativos pasados de rosca; además de mostrar algunos tópicos que harían desengancharse a más de uno antes de llegar al fondo del asunto. ¡Ah! también hay música, y a quién le guste el jazz disfrutará de ella mucho más que aquellos otros para los que la música suele ser un objeto de consumo que suena de fondo en los grandes almacenes o cuando te hacen esperar al teléfono, o se ingiere a destajo vía la inagotable y repetitiva MTV, o un entretenimiento para cuando se sale a hacer deporte, por aquello del aburrimiento. Whiplash es un drama que muestra sin estridencias técnicas o informáticas la fuerza de voluntad de un joven que siente y cree que puede hacer muy bien algo que le apasiona, hasta el punto de casi dejarse la vida en ello.

En estos tiempos acomodaticios en los que más de uno prefiere permanecer descansando por si el tren se equivoca por su lado antes que moverse en su busca o, por otro lado y si no queda más remedio, ese mismo opta por echarse en brazos del postor más cómodo y fácil, aún existe la posibilidad de vernos como humanos de voluntad invencible. Que una película muestre lo que significa el esfuerzo, la dedicación y el constante afán de mejora, y con ello el disfrute en cuerpo y alma haciendo lo que más te gusta aunque no sea económicamente rentable, es motivo más que suficiente para seguir felicitándonos por un cine que, ajeno a modas y medios técnicos, es capaz de llevar a la pantalla ejemplos de lo que afortunadamente todavía somos capaces de hacer cuando creemos en nosotros mismos; me da igual si se trata de exigir hasta el último aliento a quién intuyes que puede y tiene capacidad para darlo y lo hará con gusto, o de hundirte en una obsesión de la que, paradójicamente, luego disfrutaremos todos.

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Españoles

Hace unos días me llamó la atención un titular de un diario nacional en el que se leían unos supuestos gritos o consignas provenientes de un grupo de antitaurinos, o de alguno de sus integrantes, que con motivo de la vuelta de las corridas de toros a San Sebastián se manifestaban en la calle ante una prensa siempre dispuesta a tomar buena nota en forma de noticia de cualquier histrión que les salga al paso. La frasecita decía más o menos así: “Venís todos los putos españoles”.

Y mi primera reacción al leer semejante memez fue pensar, ahí tenemos a otro español de pura cepa. No hay nada que nos identifique más como país que el odio que somos capaces de engendrar y vociferar contra nuestros vecinos, ya sean los del pueblo de al lado o los de la comunidad colindante; una rancia tradición para la que siempre vienen bien los inevitables españoles, sempiternos culpables de miedos particulares o locales, de la pura y simple inoperancia o de una flagrante incompetencia. Es admirable la clamorosa ignorancia de la que hacen gala estos ciudadanos tan orgullosos de su terruño y sus costumbres, gente desorientada y necesitada de enemigos a los que culpar de cualquier cosa y deseosa de unirse a la primera bandería dedicada a tirar balones fuera con tal de tapar las propias carencias. Estos tipos son el mejor ejemplo de esos españoles incapaces de vivir y sentirse como ciudadanos en un mundo que, si puede o debe tener algún futuro, inevitablemente ha de ser común. Tipos dispuestos a lanzarse a la calle y gritar consignas contra todo aquello que amenace su supuesta seguridad mientras sueñan con vivir en el interior de una cárcel en la que no puedan ser invadidos por extranjeros, sobre todo por los temibles y odiados españoles.

Si echáramos la vista atrás, al final de la dictadura y primeros años de esta democracia que tan mal disfrutamos, tal vez nos sorprenderíamos de la enorme corriente de solidaridad y esperanza que por entonces circulaba entre los habitantes de este desgraciado país. Por fin nos desembarazábamos de la maldita dictadura y se abría ante nosotros una puerta común, Europa seguía ahí al lado y nos esperaba con los brazos abiertos, mirábamos a un porvenir en el que por fin podríamos sentirnos ciudadanos adultos y construir con nuestras propias manos una verdadera democracia, o al menos intentarlo, colaborando unos con otros para conseguirlo. Pues no, aquellos sueños y esperanzas de nuevos demócratas se fueron a la basura, hemos vuelto hacia atrás, o a las andadas, al natural de la península ibérica, al complejo de inferioridad, al rencor, la intolerancia y el banderismo, a culpabilizar a los que son, estaban y siguen estando donde nosotros de nuestras propias penurias. Eso sí, las cosas no se han hecho en un día, se han necesitado otros cuarenta años para romper la espontánea unión que entonces se palpaba en la calle; toda una tarea de adoctrinamiento y manipulación desde la escuela hasta conseguir que una parte de aquella ilusionada gente y sus hijos hoy supuren un odio visceral contra quienes son sus iguales, una metódica tarea de la que se han venido encargado unas camarillas de caciques regionalistas y provincianos que no han tenido pudor en abrasar la memoria común de la población volviéndola temerosa y egoísta, llegando a la mezquindad de hacer que los habitantes de este país se acusen entre ellos de derrochadores o de vivir unos a costa de otros.

Pero ninguno de estos atemorizados y violentos ciudadanos que tan pronto se echan a la calle a gritar contra los españoles exigiendo libertad para elegir se ha preocupado por hacer memoria y repasar la política nacional durante estos últimos cuarenta años, y así comprobar cómo esas mismas camarillas encargadas de sembrar la ponzoña y el odio nacionalista entre sus vasallos no tenían ningún pudor en pactar con los gobiernos de Madrid para satisfacer sus intereses particulares. Por ejemplo, nacionalistas catalanes o vascos no mostraban escrúpulo alguno en gobernar en común con los herederos de los fascistas o los nuevos socialistas a cambio de poder, dinero y la potestad de adoctrinar de forma feroz y sistemática a la población de sus propios feudos inventando falsas historias y consignas que hoy los siervos más iletrados asumen como suyas sin ningún espíritu crítico; fabricando durante estos años masas aficionadas al grito y a la violencia urgentemente necesitadas de un sagrado punto fijo en el suelo que rija sus desnortadas cabezas. Jamás ciudadanos del mundo.

¿Dónde paraban durante estos años la voluntad popular y el derecho a decidir? ¿Qué creían que votaban cada vez que se celebraban elecciones? ¿Algún ciudadano, ahora sin libertad, cuestionó o echó en cara a sus queridos representantes esos convenios interesados que firmaban con los españoles en Madrid? ¿A costa de quién se creen que viven ellos? O es que, tal y como Pablo, de pronto han visto la luz y en lugar de decirse mil veces gilipollas por haber permitido a sus representantes -¡los mismos de ahora!- hacer, deshacer y enriquecerse a su antojo sin que les importara una mierda la propia ciudadanía, han decidido mirar hacia otro lado y culpar a los españoles, el socorrido coco de siempre, de sus carencias y el deplorable estado de sus políticas locales. Claro, porque si esa política local funciona es debido exclusivamente a ellos.

En lugar de haber construido un país moderno y democrático, más que necesario después de una larga dictadura de la que una gran mayoría de la población estaba deseando salir para sentirse ciudadanos de un mundo libre, hemos vuelto a las facciones, al odio entre compatriotas, al rencor y el resentimiento, encerrados en nuestros propios miedos y sujetos a un ibérico complejo de inferioridad que nos sigue atando al pasado. Este presente es un presente común en el que no hay diferencias, simplemente porque no existen, las inventan, unos al lado de otros somos indistinguibles. Por favor, vamos a colaborar juntos, comportémonos como adultos y dejemos de culpabilizar a los españoles de nuestros propios miedos y errores.

 

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Apunte (más Grecia)

Si se lee y escucha a quienes saben mucho más que uno pueden pasar dos cosas, que se confirmen los propios errores, generalmente debidos al desconocimiento y a los juicios precipitados o en caliente, con lo que hay que volver a decirse que es mejor pensar dos veces las cosas o permanecer callado si no se sabe de lo que se está hablando o, en cambio, que se ratifiquen los peores presagios que nuestro corto entender barruntaba pero no podía confirmar entre tanta alarma y falsa información siempre interesada. Ahora que parece que el problema griego ha pasado a segundo plano -no aparece en las primeras páginas de la prensa ni en los sumarios de los informativos televisados, con lo que muchos respirarán más aliviados porque los helenos van a seguir pagando y nosotros, igual de pobres que ellos, dejaremos de sentirnos comparativa e injustamente tratados y al mismo tiempo orgullosos por aparentar más ricos y no necesitar ningún rescate público- una información más amplia y certera viene desgraciadamente a confirmar los temores de entonces, que detrás de aquellas tensas y ajetreadas semanas no había ningún interés político o económico que no fuera el de dar una lección a un país que se creyó con el derecho a pedir en los organismos europeos lo que la población había decidido en las urnas. Si los jefes de la Unión Europea permitían que unas simples elecciones nacionales cambiaran un gobierno colaboracionista y corrupto por otro que intentaría, siempre dentro de la Unión, hacer posible que la gente sufriera menos en su día a día modificando a la larga las condiciones económicas nacionales y de ese modo poder respirar, ello podía significar que cualquier otro país, vía elecciones democráticas, podría decidir lo mismo, lo que obligaría, si aquello se extendía, a corregir el actual y absurdo escenario económico para hacer una política dirigida a la población.

No hay cómo leer y escuchar cómo fue tratado el nuevo gobierno griego, el desprecio, las constantes muestras de humillación y la negación tajante y sistemática de cualquier alternativa posible, que las había, con tal de imponer una única voluntad -en este caso la alemana- y, sobre todo, no permitir que, como dije antes, ningún otro país pudiera pensar que unas elecciones son el medio adecuado para modificar las actuales condiciones económicas. ¿Les suena aquello del chivo expiatorio?

Sinceramente, no sé a quién puede interesarle pertenecer o votar a unos tipos que se largan a Bruselas a jubilarse en la política en una Unión Europea que desprecia a sus propios habitantes.

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De copas

En pueblos pequeños y más o menos grandes, como éste en el que habito, apenas existen lugares de copas porque la gente ya no sale de copas, esa actividad exclusivamente lúdica que tan solo hace unos años congregaba y/o reunía en locales creados ex profeso a una concurrencia con ganas de pasar un rato agradable y en buena compañía. Estos locales de copas no eran bares de caña y ración de calamares, sino establecimientos que ofrecían otro tipo de ambiente, generalmente nocturno, para lo cual cuidaban con cierto detalle tanto la disposición como la decoración del mismo; también ofrecían música a distinto volumen, más alto o más bajo según la hora, sin olvidar que el objetivo principal era que los clientes permanecieran allí el mayor tiempo posible cómodamente instalados. También había otros locales en los que la copa era la excusa para una música que con el paso del tiempo fue haciéndose cada vez más mecánica y ruidosa, por lo que el recinto también dejó de ser un lugar donde charlar mientras dejabas que el tiempo se diluyera como un trozo de hielo, sin prisas. No cuenta esa otra gente para la que salir de copas significa acabar rodando calle abajo repleto de alcohol, es una de las excepciones, pero no es generalizable.

Hoy por aquí ya nadie se molesta en abrir locales y decorarlos con cierto gusto. Ahora, el mismo bar de calamares de toda la vida instala cuatro luces, deja caer al azar cuatro pales y tres cubos de madera, hace desaparecer mesas y sillas y atruena el local con un ruido ininteligible que dicen música y ya tenemos un bar de copas, o sea, nada.

También es cierto que en la mayoría de los pueblos no hay ni abren lugares de copas porque el mayor empresario de la localidad, es decir, el Ayuntamiento, se viene encargando de monopolizar el negocio patrocinando indirectamente un macrolocal que engulle a la mayor parte de los jóvenes los fines de semana y las vísperas de festivo -y ahora, en verano, casi cada día-, todos juntitos en el querido “botellón”. El empresario municipal suele disponer una zona sin límites previamente acondicionada para tal fin, allí acuden peatones y vehículos particulares que con antelación se han abastecido en “mercadonas”, minitiendas y “24 horas” de alcohol barato, azúcar en refrescos y hielo para lo que dé de sí la noche. Lo preocupante del caso es que a medida que van pasando las horas el macrolocal del “botellón” acumula cada vez más clientes que multiplican exponencialmente la basura, hasta el punto de que hay un momento en el que uno ya no encuentra diferencias entre bolsas de porquería y bolsas de alcohol ocupando cualquier espacio libre, además de otros plásticos, miles de envases vacíos, vómitos, coches horteras, orines y personas, todo envuelto en un caos de ruidos que nadie escucha y a nadie parecen molestar; un cuadro negro que transmite una imagen de pobreza e ignorancia que deja a la luz lo que somos, básicos y refractarios respecto de todo lo que huela a comunidad.

Está tan bien organizado el lugar que no es extraño que cualquiera con ganas y valor para algo más encuentre sin mucha dificultad un puesto de venta de sustancias prohibidas o pastillas para flipar o ir más allá de las manos con la pareja de turno, según tenga uno el cuerpo. En fin, que el local también suele estar a la última en cuanto a proveedores. Luego, cuando la noche comience a clarear y los clientes vayan despejando la zona, convertida en un gigantesco basurero, para regresar unos a sus cuevas y la gran mayoría a amodorrarse bajo las alas de papá y mamá, la patrulla especial de limpieza a cargo de la empresa municipal dejará el lugar tan limpio como una patena para que los buenos y respetables señores del pueblo puedan dar su paseíto matutino con toda comodidad y sin sobresaltos.

Que una gran parte o la totalidad de la población joven se congregue durante esas horas nocturnas para consumir alcohol malo y peor servido con el obligado consentimiento del excelentísimo Ayuntamiento de turno es un buen ejemplo de cómo hemos hecho las cosas, habituados como estamos a vivir de espaldas a lo que no nos interesa ni nos afecta directamente. Así, una parte de la población continúa instalada en la creencia de que el mundo sigue siendo como Dios manda -porque y si es necesario el mismo Dios proveerá- y la otra renegando y huyendo de lo que odian, menosprecian o simplemente no entienden para acabar sentados en un bordillo hurgando como pordioseros en una bolsa de plástico, tragando alcohol barato vertido en vasos también de plástico y, si viene a cuento, apostando hasta caer redondos y acabar en Urgencias. Todo ello sin necesidad de locales ni decoraciones originales o atrevidas, ni atención al cliente; sin expertos camareros ni ningún barman que sepa elaborar y servir un coctel correctamente. Ir de copas hoy en muchos lugares de este país es matar el tiempo en medio de una calle repleta de mierda vestidos de domingo.

Por cierto, ¿quién o quienes habrán educado a la sucia y semianalfabeta gente del botellón?

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Del revés (Inside Out)

No es mi intención descubrir ahora una película que lleva apareciendo en los espacios dedicados al cine, escritos o no, desde su pasado estreno en el festival de Cannes; tampoco es mi intención enmendar la plana a críticos y expertos de todo tipo que han hablado o se han referido elogiosamente a ella. Pero quiero decir que lo sentiría por esa gente que no acudirá a verla porque es una película de “dibujos animados”, infausta etiqueta que para mucha gente desgraciadamente dice más, a peor, de lo que en sí mismas pretenden esas dos sencillas palabras; el despectivo y peyorativo “para niños” que cataloga negativamente y da carpetazo a productos de escaso valor para mentes adultas o presuntamente privilegiadas. Aunque a algunos puede que les suene Pixar y quizás lo asocien a otras películas que, a pesar de ser de dibujos, también les gustaron. Pero nada puede hacerse con aquellos que ven o leen dibujos y exclaman ¡puaj! ¡para niños! identificando niños con una especie de imbéciles funcionales. Si a un niño le ofreces trescientas películas igual de malas tratará de ir trescientas veces al cine porque sabe lo que le gusta, lo que ignora es lo que hay detrás, y necesitará que le enseñen y le orienten básicamente sobre el mundo de los adultos y su enfermizo egoísmo monetario -en las antípodas del egoísmo infantil-, y qué pretenden de él; de lo contrario crecerá como un niño cautivo, un potencial negocio que se hará realidad sin su consentimiento. A los causantes e interesados en ello su crecimiento y madurez intelectual les trae sin cuidado, es un futuro consumidor más del que hay que eliminar todo espíritu crítico, más claro aún, la inteligencia; el sueño de muchos productores y distribuidores cinematográficos, ganar dinero a costa de imbéciles de escaso juicio.

Aunque, claro, si el ingenuo de turno acude al cine persuadido por críticos, expertos y aficionados y de buenas a primeras se tropieza con el corto, también de Pixar, con el que atracan al espectador antes de que comience el plato principal, lo normal es que refunfuñe y maldiga a todos aquellos que, de un modo u otro, le obligaron a acudir a ese cine -que terrible mal para el mundo ha sido y es la mano podrida de Disney. Ignoro si en otras salas y en otras ciudades han tenido que sufrir o sufren el volcánico bodrio con el que traicioneramente humillan al personal atrapado en su butaca. Atragantado con esa pegajosa basura y al borde de la muerte, cualquier adulto con dos dedos de frente es normal que piense que el cine de dibujos animados es para imbéciles, y por mecánico defecto para niños, y su primera reacción será recomendar encarecidamente a hijos y niños conocidos alejarse a kilómetros de distancia de esas salas oscuras. Ese tipo de grabaciones, con canción incluida -mal traducida y peor cantada-, es la peor ofensa que se puede hacer al cine y a la infancia, material parido por publicistas sin escrúpulos y puesto en circulación por feroces distribuidores que odian a los niños y a la inteligencia que ellos ejemplifican, prefieren zoquetes de cabeza hueca que consuman imágenes como se consume bollería industrial.

Sin embargo, si uno no ha salido pitando de la sala y todavía aguanta sin saber por qué a que comience la película que ha ido a ver se sentirá mil veces recompensado, incluso entenderá eso que los críticos califican como cine infantil con guiños adultos, lo que no deja de ser un circunloquio más o menos exagerado o pedante para definir al buen cine de toda la vida, un buen guión sabia e inteligentemente llevado a la pantalla. Porque si hay que considerar Del revés como cine infantil -repito, en su versión despectiva-, no puedo imaginar cómo habría que llamar a toda la morralla de superhéroes, anillos y engendros mecánico-informáticos que inundan las pantallas vendiendo horas y horas de basura filmada para cerebros poco exigentes. Ese sí es cine imbécil dirigido a tipos perezosos a los que les cuesta enlazar dos pensamientos seguidos y prefieren autolesionarse con golpes, peleas interminables y sin sentido, resplandores que suspenden el juicio y situaciones y escenas básicamente estúpidas y previsibles ensambladas a partir de guiones de Pocoyó que prescinden de la inteligencia que se le supone a los adultos -todos esos que viven y piensan del revés. Es lo malo de hacerse adulto, que dejas de hacerte preguntas. Tanto cine volcánico consumido sin criterio ha vaciado tu paleta de colores dejando un fárrago de grises que ha engullido sin piedad hasta los más vivos colores de la infancia.

Del revés no es cine infantil, es cine ingenioso, divertido y más inteligente que mil superhéroes soltando mamporros a diestro y siniestro, cine cien por cien, el formato da igual; cualquier espectador que se precie de tal será capaz de disfrutar, reír y llorar sin que le importe y saldrá de la sala con una sonrisa de oreja a oreja que le hará ver el mundo tan hermoso como siempre ha sido, feliz a pesar de nosotros mismos, felices, que a fin de cuentas es para lo que estamos aquí, aunque otros se empeñen en lo contrario.

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