Niños de cine

Entreteniendo el tiempo con un nuevo visionado de la película de S. Spielberg Super 8, me vuelvo a quedar parado y dudando sobre algunas cuestiones que llevan bastante tiempo llamándome la atención, y son las sobrecargadas, inextricables y de algún modo inexplicables, amén de superdesordenadas, habitaciones de los niños Spielberg, además de las particulares, estridentes y algo simples familias que aparecen en sus películas, tal y como me ha vuelto a suceder con la que ha motivado estas letras. Ignoro si la intención del director, ya desde los tiempos de E. T., fuera en principio llevar a la pantalla un retazo de su infancia -la desconozco- o, por otra parte, intentara con sus abigarrados y recargados espacios infantiles ofrecer una metáfora en carne y hueso de lo que, según su parecer, debería ser una infancia vivida y disfrutada a capricho y alejada de cualquier impedimento material o económico; porque cuesta creer que con ello intentara influenciar o vender, de la mano del éxito comercial, la generalización de un excitante desenfreno consumista infantil vía masiva invasión de todo tipo de objetos. Estas cuestiones, como otras muchas, son el pesado poso que la cultura norteamericana ha ido diseminando por todo el mundo, haciendo que infinidad de chavales vean en ellas el único sueño de sus propias vidas; cuestiones nada baladíes que hoy se siguen fomentando, publicitando y vendiendo como sinónimo de una infancia feliz y, cómo no, gustando y atrayendo a niños que, sintiéndose con derecho a desarrollar en toda su plenitud su libertad -faceta de la vida que ellos todavía no entienden y suelen confundir con egoísmo-, exigen según una asediada y adoctrinada imaginación que da por hecho disponer y hacer lo que les venga en gana, al margen de pasar olímpicamente de los adultos, torearlos a su antojo y estar alerta contra cualquier aviso, consejo, regañina o reconvención dirigida hacia ellos -contraria a sus intereses por sistema-; hipotético germen de una futura frustración en su inmaculado futuro de adultos.

El cine siempre ha ido un poco más allá mostrando y a la larga imponiendo formas y actitudes que, al margen de diferencias culturales -hoy en día cada vez menores-, son rápidamente aprehendidas por los directamente interesados e incorporadas como exigencias que a partir de entonces pasarán a ser consideradas como situaciones normales en unas vidas normales. Niños que deben disponer de todo lo posible e imposible, de ello ya se encarga una abusiva, agresiva y asfixiante publicidad que dificulta o impide que los más pequeños asuman como suyas las peculiaridades de su entorno, fundamentales para su futuro devenir, y prefieran reclamar directa e inmediatamente lo que ven en cualquier pantalla.

No me resulta fácil aceptar que existan en el mundo real padres tan permisivos, diligentes y atareados moviéndose con total normalidad en una mansión, a la que cuesta llamar casa u dulce hogar, repleta de cachivaches -algunos útiles o necesarios- e invadida por unos niños autistas y cuasi salvajes dedicados a perpetrar las cosas y situaciones más inverosímiles sin ningún sentido de la moderación -sentido que parece ejemplificar una terrible amenaza castradora hacia unas supuestas y puras imaginación y creatividad infantil, presuntamente incorporadas “de fábrica” por defecto, tan desgraciadamente mal vendidas y peor entendidas.

Prefiero no hablar de los ingresos necesarios para mantener y renovar semejante nivel de consumo infantil por estos pagos, las tiendas se quedan aún hoy pequeñas… antes, o durante los años en los que se desarrolla la película, ni les cuento.

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Deporte

En estos días se está celebrando el Campeonato del Mundo de Balonmano en Qatar, un pequeño país árabe de apenas dos millones de habitantes -de los cuales aproximadamente el 85% son trabajadores extranjeros-, productor de petróleo y gas natural y extremadamente rico. Qatar, como país anfitrión, dispone de su correspondiente selección en el torneo y, por lo ocurrido hasta ahora, parece que habrá que contar con ella con vistas el resultado final. Curiosamente, la selección catarí está dirigida por un equipo técnico extranjero -más concretamente, español- y la mitad o más de los jugadores que forman el equipo proviene de otros países, nacionalizados específicamente para la ocasión; además, también han importado -a gastos pagados mientras dure el torneo- su propio público, que viste, grita y actúa como local a la hora de animar y apoyar a sus chicos, lo que parece algo más que un decir. Todo ello en un o unos modernísimos pabellones que generalmente lucen casi vacíos. ¿Por qué? ¿Para qué montar semejante pantomima? ¿Dónde están las rivalidades históricas, las banderas, las virtudes patrias, los enfrentamientos a cara de perro y toda esa parafernalia que tanto gusta pregonar a la prensa más cutre y casposa buscando enardecer a masas que, de pronto, han dejado de existir? ¿En qué han quedado las tan históricas y trascendentales guerras modernas organizadas alrededor del deporte? Negocios. Si les preguntaran a jugadores o técnicos del equipo anfitrión probablemente les contestarían que a ellos lo que realmente les gusta es el balonmano, el deporte, por eso precisamente están allí. ¿O es el dinero que reciben por defender una bandera que no deja de ser de conveniencia? Es lo que venían haciendo en las guerras de verdad los mercenarios de toda la vida, venderse al mejor postor.

En realidad, la cuestión no deja de ser anecdótica, pero es bueno que suceda, es el futuro, un mero espectáculo basado en la misma ambición y la misma codicia de siempre, o, si prefieren seguir sintiéndose románticos, imaginen que se trata de amor al deporte. ¡Ah! el deporte, pero ¿qué es el deporte? ¿hay que hablar de deporte o de competir? Demasiadas preguntas; no obstante, ya va siendo hora de que a las cosas se las llame por su nombre.

Los que se mueven alrededor del negocio callan o sonríen irónicamente cambiando de tema. Se trataba simplemente de una cuestión de dinero.

 

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Ilusiones

No es empeño en ser agorero o buscar lo peor de lo que sucede ante mis narices -eso no tiene ningún mérito porque es lo más fácil-, tal vez se trate de tendencias o actos reflejos, o un único empeño en no pasar por alto ni olvidar errores de bulto o malas y repetidas reincidencias que desgraciadamente acaban envenenando los días; un inconsciente ojo avizor ante las circunstancias y situaciones menos optimistas o claramente desafortunadas que al final acaba juzgando desfavorablemente una realidad que siempre suele dejar como última nota un poso agridulce. Creo que los momentos realmente felices son demasiado breves, a pesar de nuestro insaciable deseo por llevarlos más allá, se sienten como pequeñas e intensas punzadas que se evaporan justo después de haberlas disfrutado, si hemos sido capaces de hacerlo en su momento, aunque luego sigamos empeñados en prolongarlos más allá de lo que su propia naturaleza les permite. La felicidad como estado es otra cosa. Viene todo esto a que días atrás, paseando por Madrid como mejor puede hacerse, es decir, dejándose llevar sin prisas por calles, rincones y esquinas, me encontré con un sinfín de pequeños negocios de todo tipo y unos ilusionados propietarios de distintas procedencias, igual de esperanzados y que tras las primeras palabras se ofrecían a contarte, algunos con todo lujo de detalles, su llegada al gremio del comercio, cuándo y cómo se forjó aquella decisión, en algunos casos casi a la desesperada, sus deseos y expectativas de cara al futuro y su solicitud a la hora de poner a tu disposición su tiempo y posibilidades -también los había exquisita e inexplicablemente bordes-, preguntando y brindándote lo que estuviera en su mano por hacerte y hacerse con un cliente más merecedor de toda su atención. Es estos casos es mejor no hablar de posibles derivas o futuros, porque esa bonita y decidida voluntad, ese empeño en buscarse la vida mediante lo que cada cual considera que domina o conoce, o puede llegar a hacerlo si se empeña, en un intento por sacar el cuello a pesar de un duro presente que no regala nada, merece todo nuestro respeto. Y es emocionante alegrarse y sentirse bien por ello y ellos porque, a pesar de estos tiempos más bien negros, seguimos contando unos con otros; los demás pueden ser una solución o una alternativa válida, aunque ello implique aprender y desarrollar el arte y encantamientos del buen profesional a la hora de convencer al posible cliente, al margen del evidente interés por sí mismos. Pero ese ofrecerse para lo que vaya viniendo es una buena manera de obligarse a sonreír de partida, y creo que merece nuestra más sincera aceptación. Es su futuro y ¿por qué no va a sonreírles?

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Turing

Probablemente no haya mucho que la gente pueda decir sobre Alan Turing y huela a moda hacerlo ahora para quienes ya lo conocen por los caminos que fueron su especialidad. Y que el cine haya hecho un hueco para su historia porque toca puede resultar indiferente u ofensivo para la gente próxima a las matemáticas y teorías de la computación, tal vez recelosos de lo pasajero y de que profanos, en función de un interés oportunista por el personaje, vengan a contarles sus descubrimientos obtenidos a partir de una película basada en un texto escrito anterior, también de reciente publicación. Lo que está meridianamente claro es que ni el libro ni The Imitation Game resolverán nada ni harán justicia con su protagonista; como de costumbre es tarde, siempre es tarde cuando toca rectificar errores pasados, sobre todo para los que mueven los hilos del poder, y las excusas a destiempo no van a redimir a quién sufrió una vida de incomprensión y menosprecio por parte de quienes se decían normales, tan hipócritas que no tuvieron reparo en utilizar para sus intereses a quién de otro modo habrían escondido en el último rincón, incapaces de sentarse y escuchar a quien sólo pedía paciencia y tiempo para pensar, entender y ser entendido. Como más o menos viene a decir el protagonista de la película, si es muy difícil o casi imposible que quien habla diga exactamente lo que piensa, ¿qué significa pedirle a un ordenador que sea tan humano como una persona? Pero si usted no sabe nada de quién fue y qué significó el señor Turing y se acerca al cine para disfrutar de una película que, sin grandes despliegues cinematográficos ni efectos especiales, muestra de una forma serena y respetuosa parte del cómo y del porqué de este mundo en el que vive, sin duda ha merecido la pena el paseo. Sobria como la apariencia de su protagonista, tenaz, tensa, bien montada y curiosamente lineal como todo lo que aparentemente tiene que ver con la razón; fácil y difícil de entender, nada proclive a los golpes de efecto ni de última hora, ni por supuesto a los héroes o las grandes hazañas al uso, aunque en el fondo la vida y la historia contadas sean unas auténticas hazañas. Excelentemente interpretada por un buen reparto que consigue dar una sólida consistencia al resultado final, al fin y al cabo habla de marginados siempre necesarios, incluso puede que sea arrinconada, como sus protagonistas, o incomprendida, o quizás pueda moverse próxima a la mueca de desencanto; dramáticamente muy bien llevada, cautivadora por momentos, dolorosa incluso -siempre es tarde-, o cruel -no podía ser de otro modo. Y un protagonista que con brillante temple es capaz de  mostrar en la pantalla lo que significa la violenta concreción de una vida constreñida por un carácter y una situación que obligan a luchar no solo contra un mundo que le observa y juzga con violento recelo -siempre la violencia como medio-, sino contra sí mismo a la hora de intentar hacerse ver ante el resto sin dejar de ser uno mismo. Un protagonista que, como buen y solitario visionario, ha de enfrentar su fe en sus posibilidades a la exigente premura de una realidad que tiende a desconfiar por norma y requiere soluciones aquí y ahora -cuando nadie a la vista es capaz de obtenerlas. Cada situación merece su tiempo y el tiempo, su concepción, su tempo, no es igual para todos. El conjunto luce una sobria dirección de tonos casi sepias que traen y llevan sin dificultad al espectador de la mano de una ambientación austera pero efectiva. En definitiva, una muy buena e importante historia no tan extraña pero sí y al parecer demasiado tiempo escondida que, misteriosamente y por cuestiones de política que siempre nos costará entender, ha estado guardada demasiado tiempo para perjuicio de sus protagonistas y sorprendente descubrimiento nuestro.

Queda la inevitable pregunta, ¿por qué quienes menos lo merecen han de sufrir la venganza de nuestra perezosa incomprensión, nuestra exigente y violenta normalidad, nuestra mundanidad basada en recurrencias previsibles e incapaz de detenerse, observar y escuchar a quien, sin ser diferente, sino otro más, que afortunadamente piensa distinto, intenta decirnos que él también quiere estar en el mundo, que le gusta vivir, que ama la vida, que pide bien poco para ser feliz y no entiende nuestro empeño en negárselo por cuestiones estúpidas basadas en temores, recelos y diferencias que a la larga nos impiden entendernos a nosotros mismos? Al fin y al cabo ellos son como nosotros y sólo piden un hueco para darnos su genialidad, y para ello necesitamos paciencia, nada más, en cuanto fuéramos capaces de escuchar probablemente sabríamos mucho más del cielo.

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Polvorones

En este país la señora Rosalía Iglesias -la parienta del entrullado por “presunto” ladrón Luis Bárcenas- se permite ladrarles en su propia cara a los empleados que vigilan a su santo: “A los funcionarios quiero verlos colgados del cuello”; y esto después de incordiar vía supuestos derechos de clase adquiridos, vociferar en plan chulesco eso -tan de fachas- de que no sabían con quién estaban hablando e intentar saltarse a la torera las normas establecidas para tocarle el culo, como Dios manda, a su ilustrísimo. El mismo tipo al que el señor Rajoy daba todo su apoyo -vía e-mail- en estos tiempos tan duros.

La honorable señora Pujol miraba la dentadura, tal y como se hace con las caballerías, a cualquier bicho viviente a su servicio -léase apellidos y genealogía que demostraran sus raíces cien por cien catalanas-, y si el incauto de turno no podía exhibir una ejemplar limpieza de sangre y aparecía culpablemente manchado por algún ancestro degenerado proveniente de otra tierra que no fueran la catalana, era puesto inmediatamente de patitas en la calle. Hubiera tenido un serio conflicto consigo misma si se hubiera mirado la suya.

Un tal Ibarretxe, antiguo presidente de cortijo autonómico, presumía hace unas semanas en prensa de la diligencia, laboriosidad y honradez de los vascos en comparación con el resto de los españoles; pero lo que callaba este paniaguado y astuto señor es que sus impolutos vascos disponen para sus propios servicios públicos del doble de dinero que los desastrosos y perezosos españoles -y contribuyen muchísimo menos que el resto- gracias a unos suculentos y cicateros acuerdos económicos obtenidos a punta de pistola del gobierno de Madrid -para eso servía ETA durante el tiempo que tuvo amenazado al país reivindicando unas falsas exigencias decimonónicas por las que se dedicó a asesinar salvajemente a cualquiera que le viniera en gana.

El señor Fabra -ahora también en el trullo- se jactaba públicamente de que todas las familias de Castellón estaban en deuda con él porque había colocado -a dedo- a uno o varios miembros de cada una de ellas.

Cuando uno visita La Mezquita de Córdoba, que es el principal motivo por el que acuden a ella el cien por cien de sus visitantes, se encuentra con un folleto que únicamente habla de catedral; tal fraude lo fomenta y distribuye una poderosa, reaccionaria y antigua secta constituida por clérigos que se dicen practicantes de la religión católica, culpables del atraso histórico que sufre esta tierra, y que parasita a costa de los contribuyentes apropiándose de todo lo que puede con el consentimiento del gobierno de la nación. Estos mismos tipos que hablan de dignidad, tolerancia o vergüenza callan y/o permiten entre sus integrantes algunas de las más viles violaciones infantiles que uno pueda imaginar, la mayoría de las cuales nunca verán la luz; somos muchos los que conocemos a alguien que estuvo interno en un colegio de curas y que no quiere volver a verlos ni en pintura.

El presidente del cortijo gallego, ante unas fotografías en las que se le veía acompañando en su lancha particular, de vacaciones, dicen, a unos de los más importantes traficantes gallegos, afirma desconocer tan lucrativa faceta de su adinerado acompañante.

Hay mucho más, pero esto es solo una variada y curiosa muestra navideña de la natural chulería y el enorme desprecio que, exclusivamente para consumo propio, cultiva esta especie de jactancioso, tonto y atrasado país. Vaya donde uno vaya el tipo nativo es, en general, el mismo, parecidos los enfrentamientos e idénticas las baladronadas, da igual que hablemos de rivalidades catetas o desplantes gratuitos, entre pueblos miserables o entre ranchos autonómicos, el caso es hacerse valer a costa de despreciar al de al lado, en eso somos, todos, españoles de pura cepa. Pero sigo sin entender tanta mezquina impertinencia y folclórico rasgarse de vestiduras, porque lo primero que debería suceder es que se nos cayera la cara de vergüenza por supurar tanta bilis, por odiarnos y despreciarnos entre nosotros con semejante inquina para regocijo y cachondeo del resto del mundo. 2015 aguarda a la vuelta de la esquina aterrado.

 

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Apunte

Que un tipo jarrón -los brazos permanentemente en los bolsillos, también- con cara de periódico deportivo -de fúmbol, como dicen los personajes del genial Forges- compre un ordenador portátil para su hija -la persona  completamente ensimismada en los arcanos del teléfono móvil pegada a su lado- en una tienda de cocinas, sin más cuestiones entre él y el vendedor que ¡a mí me lo vas a decir! y ¡que sea bueno! y siendo lo único que le dice al ser angelical del celular: hay que tapar inmediatamente esto -la cámara web incorporada- para que no te espíen ni te roben, es más que una cuestión de azar, es todo un poema en basto.

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Privado (y 2)

La ambición de la cuenta llena para ser alguien en este mundo no es nueva, cambian las formas, siempre en función de los tiempos y los modos de conseguirlo, tanto para exhibirse como para exhibirse a través de. Y una de las opciones más vulgares para ello, si uno no ha nacido con libre acceso a los puentes de plata hacia el futuro o si, en cambio, decide decantarse por la variante ilegal -también vale la corrupta, tan de moda-, es el trabajo, y es ahí donde los tiempos han vuelto a reinventarse, porque lo privado no acaba en lo exclusivamente personal o particular, ahora también ha llegado al mundo del trabajo. Me explico.

Van quedando atrás las grandes empresas con sus cientos o miles de trabajadores reunidos en inmensas instalaciones, mundos más o menos cerrados dónde se daban unas relaciones laborales, sociales y personales específicas, además de establecerse unos vínculos especiales que se prolongaban más allá de las puertas del centro, alimentando infinidad de situaciones particulares en las que solían desaparecer las líneas que separaban los ámbitos particular y laboral, se mezclaban ocio y trabajo o se difuminaba la alternancia público/privado. Qué decir de las constantes negociaciones y/o luchas internas entre dirección y empleados, tanto por la porción del pastel a la que éstos tenían derecho como por las condiciones de trabajo y su mejora, no en vano cada trabajador pasaba como mínimo un tercio de su vida entre aquellos encajes laborales, de los que obtenía la estabilidad necesaria tanto para su presente como para su futuro y el de su familia, además de unos bien ganados beneficios sociales, educativos y sanitarios, también políticos. Pero hoy las luchas laborales están en vías de extinción o pasando a ser privadas porque los trabajadores tienen ahora a su alcance una mayor autonomía, el futuro del trabajo pasa por convertirse en autónomos; algo así como la libertad definitiva, pero con trampa. En esta nueva vuelta de tuerca de este principio del siglo XXI se fomentan nuevas -pero falsas- ilusiones haciendo creer a los ahora respetables ciudadanos que no hay nada mejor que la libertad de decidir cuándo, cómo y cuánto trabajar, algo así como un trabajo a la carta en el que no es necesario deliberar o compartir, tampoco depender de otra u otras personas y, ni mucho menos, repartir beneficios. Sucede que en lugar de ir en compañía de tu vecino al trabajo -el antiguo compañero-, has de competir de tú a tú con él por cada centímetro del mercado. Yo soy mi negocio.

Así, mientras el capitalismo privado a gran escala sigue controlando el mercado de las rentas y los dividendos, además de multiplicando sus beneficios simplemente especulando, la producción básica se deja en manos de los mismos trabajadores ahora felizmente convertidos en autónomos dueños de su trabajo. Aunque para estos su felicidad no luzca tan completa como en principio parece, porque, como no es difícil imaginar, su libertad de autónomos significa muchas más horas de trabajo para conseguir bastante menos que antes. Es la bendita competencia -no sólo a la hora de exhibirse-, la prueba de fuego que en esta sociedad concede el valor a una persona haciéndola merecedora de una vida auténtica. Ya no hace falta levantar y mantener unas instalaciones para una plantilla de trabajadores, ni organizar o planificar secciones, departamentos, organigramas de trabajo o jornadas laborales, ni diseñar atuendos  y condiciones de trabajo, ni crear una sección de proveedores a costa de más negociaciones, ni preocuparse de nóminas e impuestos; el empleador -el capitalista privado de siempre- ha redescubierto la libertad para el empleado ofreciéndole el uso de su tiempo como le dé la gana, es decir, para que trabaje lo que desee, se procure sus instalaciones, la gestión de su negocio, su ropa de trabajo, su medio de transporte o regatee con sus propios proveedores; también pague sus correspondientes impuestos o disfrute de sus horas y días de asueto y vacaciones cuándo, cómo y dónde le apetezca. El colmo de los beneficios privados. Lo que ocurre es que ahora su directo competidor es su antiguo compañero, que juega con sus mismas cartas y tiene los mismos objetivos, a los que dedicará, si es menester, mucho más tiempo, esfuerzo y recursos, o zancadillas, con tal de conseguir más a costa de lo que fuera, porque, y ese es el mayor éxito de lo privado, las veinticuatro horas de su vida privada son su vida laboral.

Mientras, las antiguas empresas se van reduciendo a auténticos laboratorios de gestión y manipulación del mercado en contacto directo con los gobiernos y los principales organismos económicos internacionales, aguardando cómodamente a los vencedores de las luchas fratricidas de abajo para despojarles o arrebatarles legalmente los frutos de su privada libertad, disponiendo en su propio beneficio de los royalties que deriven del esfuerzo de aquellos. ¿Han pensado en la proliferación de pequeños negocios y servicios de veinticuatro horas dedicados a todo tipo de reparaciones y trabajos? ¿o en esos 24 horas con cuatro estantes, muchos de los cuales subsisten de procurar alcohol para el botellón de los más jóvenes?

Más, ¿para qué solicita una página o publicación on line de sus visitantes o lectores opiniones, noticias, narraciones de viajes, fotografías, etcétera, sino para quedarse con las mejores y disponer de ellas a su antojo? ¿cuánto se ahorra en redactores, enviados, fotógrafos y demás si tiene a millones de individuos compitiendo por hacer que el suyo sea el trabajo seleccionado? Qué orgullo para el elegido, que de inmediato perderá los derechos -la inevitable letra pequeña-, lanzándose con más pasión si cabe por el siguiente. ¿A quién reclamar por este mercadeo si el dueño del propio trabajo y sus problemas es uno mismo? Apenas hay tiempo disponible, aparte de desconocer los medios y lugares para hacerlo. Es tiempo privado que uno se ha de quitar para… o comprar a otros, pero entonces…

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Privado (1)

Los disturbios públicos y las guerras gustan en la televisión, los videojuegos y las películas, no suelen aparecer en ningún futuro real o posible, ni próximo o lejano, es más, para el día a día la gente de por aquí se ha habituado a un trajín en el que futuro significa sobre todo una cuenta en el banco -el B no figura-, y hasta que llegue ese feliz momento vivir es apañárselas como se vaya pudiendo; consciente o inconscientemente hemos decidido acomodar las situaciones violentas o de fuerza a gran escala lejos, en otros lugares y a otras personas, de tal modo que la excepcionalidad que significa una guerra o unos disturbios más o menos generalizados no alteren ni interrumpan un presente que se prefiere privado casi en su totalidad y que, mal que bien, conlleva una serie de expectativas personales más o menos previsibles y sin grandes sorpresas -eso quiere decir, por ejemplo, que los catalanes jamás se levantarán en armas para luchar por una independencia que prefieren de salón-, cualquier cosa antes que convivir con el riesgo personal descontrolado o la amenaza de la incertidumbre.

Aclarado el matiz por cuanto elimina de un plumazo la peor de las intromisiones en millones de mundos particulares, queda esta cómoda y anodina privacidad de conveniencia y espera, requerida por principio pero también difícil de sobrellevar. Hoy es común que cada hijo de vecino exija y anteponga con estricto celo una privacidad teledirigida que poco a poco se ha ido desprendiendo de sueños comunes y mundos abiertos, recortando estrechamente su campo a lo monetario; es otro de los logros de la estupenda y desarrollada sociedad actual, haber conseguido que mucha gente identifique lo privado con el éxito económico, -en la mayoría de los casos venga como venga, sin preguntas-, y todo lo que no tenga que ver con el dinero o no se pueda conseguir con él se difumina en una indeterminación que prácticamente a nadie preocupa. Pero mientras la cuenta se llena o, para algunos, no deja de llenarse ¿qué hacer con la privacidad? ¿qué hacer para demostrar al mundo que a pesar de nuestras carencias financieras seguimos vivos? Exhibirse, los que puedan mediante objetos y la falsedad de su “exclusiva pertenencia”, el resto… a sí mismos. Y para descargar las tensiones de éstos últimos a la hora de hacerse visibles y cómo existen “los medios”, desagües liberadores a través de los cuales la gente gusta “descargarse su vida privada” con total libertad y sin filtros previos, ya sea colgando infinidad de videos e imágenes repetidas hasta la saciedad, mediante opiniones o similares, comentarios o simplemente exclamaciones sobre cualquier cosa -un hotel en ninguna parte, sobre otra opinión especializada o acerca de un asunto político o social de última hora, se sepa o no de ello-; o dejando constancia de lo propio mediante la exportación de estados de ánimo que desgraciadamente no serán ni existirán mientras no los cliquee alguien al otro lado, da igual que esté en la habitación contigua o en la otra punta del globo, y también que se trate de un PC, un portátil, una tableta o un teléfono móvil. Esta permanente y lubricante autodescarga -en algunos casos de forma obsesiva- no busca tanto contar, intercambiar, escuchar, aprender, participar o colaborar como hacerse simple y desesperadamente visible mostrándose capaz de vivir como un vivo.

Tal vez lo privado haya perdido su antigua razón de ser y el significado de la palabra deba ser redefinido, añadiendo que a la privacidad de hoy no le gusta que la escruten o le devuelvan la mirada, es o se da, y punto; porque la cuestión es ser admitido, que no aprobado, en una nube sin forma ni rostro que no pide causas ni porqués, y si no queda más remedio se inventan. Y lo peor de todo es que tal comportamiento se ha trasladado automáticamente a la vida real, en ella el cara a cara es un incordio temible. Nos han vendido lo privado como la última panacea y resulta que no sabemos para qué sirve, qué hacer con ello, cómo se manipula o en qué puede invertirse, dejándonos casi asfixiados a manos de una exasperante indefinición que, con la cuenta en buen estado, sólo encuentra consuelo en rodearse de objetos y actividades que, con cargo a nuestro bolsillo, ya se encargan, si no de solucionarla, si de posponerla permanentemente. Es otra forma de sobrellevar el miedo a la soledad de lo privado.

 

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Podemos y la mierda

Si más o menos recuerdo bien, en un capítulo de una de las últimas temporadas de The Wire un aspirante a alcalde, hablando con otro hombre en un bar sobre las posibilidades de ser buen o mal alcalde y conseguir lo mejor para tu comunidad, escuchaba con relativa indiferencia de labios del otro que el mayor o menor éxito a la hora de lograr sus propósitos dependería de los tazones de mierda que estuviera dispuesto a comerse. Al margen de la grosera franqueza del ejemplo no cabe duda de que hoy día en política son necesarias más que nunca palabras claras y concisas, propuestas meridianamente entendibles y objetivos concretos que lleguen limpios a los oídos de oyentes y posibles votantes.

Hoy, como siempre debería haber sido, es preferible un discurso franco y sin ambigüedades con el que mostrar y explicar en pocas palabras lo que se quiere y persigue -nada de hipotéticas vueltas atrás en el tiempo o proyectos desfasados, anacrónicos o sencillamente imposibles por estos pagos-, sin ambages ni rodeos especializados que casi siempre intentan confundir y evitar cuestiones comprometidas; tampoco vale tratar de evitar preguntas inconvenientes simplemente porque no interesan mientras, por otro lado, se denuncia gratuitamente el presente con la excusa de que no funciona o no es lo que dice ser, lo que equivale a acusar a sus protagonistas, todos en general, de ser unos incompetentes. No están los tiempos para aguerridos visionarios y salvapatrias en pos de un futuro liberador advirtiendo al personal con la broma de que el país que, peor o mejor, hemos construido entre todos no es nuestro auténtico país; según eso al parecer somos unos fantasmas que hemos levantado sin saber un espejismo de corrupción que nada tiene que ver con nuestra auténtica identidad, tan puros. Después también nos pueden decir que somos gilipollas.

Estas cábalas vienen a partir de la lectura de una conversación que uno de los fundadores de Podemos tuvo con los lectores de un diario nacional hace unos días, en ella el entrevistado, tras advertir previamente que sus opiniones eran a título personal -me pregunto entonces en función de qué lo entrevistaban-, aseguraba, entre otras cosas, que la agrupación que representaba no puede catalogarse ni de izquierdas, derechas o de centro, que esos términos sólo son o eran metáforas (?). Parece ser que su visión política de la sociedad es mucho más palmaria, para él y su grupo, supongo, está compuesta básicamente de ricos y pobres ¿cómo es que no nos habíamos dado cuenta? Y una parte importante de su proyecto es hacerla desaparecer tal y como ahora la conocemos, desmantelar lo que existe y alumbrar un futuro al menos más esperanzador, sin embargo, no pueden denunciar o acusar a los ciudadanos por haberla votado y permitido porque son estos mismos quienes tienen que confiar en ellos; desgraciadamente hemos venido creyendo que teníamos una democracia y en realidad no sabíamos lo que era una democracia porque jamás habíamos vivido en una democracia, por eso, como ignorantes o imbéciles redomados que somos, nuestros propios políticos nos han engañado colocándonos a traición el régimen político que ahora sufrimos. ¿Dónde estaban ellos?

Pero, en cualquier caso, bienvenidos sean los dispuestos a limpiar este país de mierda, y en el fondo no nos importan los tazones que tengan que comerse si el resultado final es una sociedad y un país más presentable que el actual -objetivo no muy complicado, visto lo que hay. El caso es que la empresa no es que sea grande o imposible, sino gigantesca, a pesar de lo cual uno espera ilusionado que Podemos no sea una colección de declaraciones grandilocuentes pero vacías, ni otro nido de elegidos con potestad para reparar de manera definitiva injusticias históricas que comenzarán a perder aceite en cuanto estén delante del monstruo -léase el capitalismo puro y duro que nos gobierna y la mierda que les va a lanzar a la cara intentando confundir al personal*-; ni otro potencial órgano destructor de perversos contubernios capitalistas que ni siquiera sabe dónde tiene la mano derecha, ni un implacable y certero desenmascarador de manipulaciones especulativas que también será finalmente derrotado por el monstruo, acabando sus integrantes desperdigados por destinos ignotos pero bien pagados. Porque si al final nos van a conformar diciendo que la culpa fue nuestra, una vez más, que fracasaron porque no confiábamos en ellos o que no pudo ser porque se enfrentaban a un engendro demasiado poderoso y con más cabezas de las que pensaban, justificando de ese modo su estupidez o inoperancia a la hora de sostenerle el pulso a la bicha, algo que todos sabíamos o imaginábamos y con lo que ellos nos volvieron a engañar al hacérnoslo creer posible o, lo que es peor, intentando vendernos una moto que tenían escondida y no estaba en el catálogo ni nos interesa… entonces, apaga y vámonos. En fin, para eso mejor dedicarse a trabajar a partir de objetivos próximos y logros posibles acordes con los tiempos y la sociedad en la que vivimos, más reales, también estaremos dispuestos  a colaborar, además de agradecidos por no habernos tomado el pelo.

Pero bueno, son solo conjeturas, vamos a empezar a limpiar la mierda.

 

 

* Merece un comentario aparte la alarmista reacción de toda una jauría de expertos, periodistas, economistas, comentaristas políticos, tertulianos y caraduras semejantes ante lo que consideran una escandalosa indefinición o no definición por parte de Podemos. Esta grey se ha echado mano rápidamente al bolsillo -su puesto, su sinecura, su rutinaria matraca política y su correspondiente remuneración- y dedicado a asustar al personal con la cantinela de que detrás de Podemos se huelen los más oscuros presagios populistas, comunistas, bolivarianos o extraterrestres, tanto les da. Andan tan apegados a su ombligo y  posición que les importa un bledo que la gente esté harta o qué pueda querer o necesitar, por eso, pensando únicamente en sí mismos, no tienen ningún rubor en gritar ¡que viene el lobo! Es curioso que nunca hayan mostrado una ira semejante a la hora de exigirles a los sinvergüenzas que nos vienen gobernando más definición en sus propuestas, más honradez en su trabajo o un mínimo cumplimiento de sus programas. Unos y otros se alimentan a costa del resto.

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Interstellar

Interstellar es una película de ciencia-ficción muy bien realizada, con unas buenas y convincentes interpretaciones, larga pero no pesada y con múltiples puntos de fuga que cualquier espectador puede sondear a su gusto hasta perderse -incluso hasta alcanzar 2001-. Hay que admitir que la jerga científica llega a ser en ocasiones tan especializada que más de uno o una gran mayoría probablemente decidan pasar página sobre la marcha y centrarse en la acción, intentando compensar lo que no se sabe, se desconoce o no se entiende con el desarrollo de los acontecimientos que se van sucediendo en la pantalla. Pero, al margen o independientemente de ello, Interstellar es una película que muestra, de principio a fin, una variedad de estereotipos humanos gobernados por un natural, instintivo, visceral, delicioso, altivo, exclusivo y común egoísmo que, en sus múltiples manifestaciones, puede hacer que cualquier espectador llegue, de un modo u otro, a identificarse o reconocerse en alguna de ellas.

Contra un fondo cuasi apocalíptico en Interstellar se exhiben una diversidad de tipos humanos en los que el egoísmo más natural e instintivo gobierna deseos, aspiraciones, debilidades más íntimas y voluntades por encima o con preferencia sobre el bien común o el beneficio de la especie; algo que, por otra parte, no cuesta mucho imaginar. El humano deseo de aventura sustentado por el acicate de una curiosidad inagotable, deseo de salir del lugar, de conocer y aprender; los deseos egoístas del amante y el atrevimiento u osadía de intentar imponerlos por encima de objetivos, logros y beneficios comunes; la imperiosa y obsesiva necesidad de saber descarnadamente abocada, no obstante, a la decepción del fracaso, fracaso que todavía se pretende e invoca única y egoístamente como propio, usurpando a los demás su conocimiento con la falsa y altanera excusa de su protección ante la decepción y la derrota. El justo egoísmo de los niños en su demoledor aquí y ahora; el egoísmo mezquino y dramático del superviviente, que no es sino pánico a la muerte; o el postrero recurso a la familia, contra viento y marea. El natural egoísmo de pensar antes en uno que en los demás, aunque sólo sea para tranquilizarnos a nosotros mismos por no dejar de pensar primero en los demás. También, como no podía ser de otro modo, el feliz, general y terminales reconocimiento y aceptación por parte de cada uno de los protagonistas de las propias debilidades y la voluntaria claudicación ante una inapelable y al fin esperanzadora causa común.

Afortunadamente y contra las tendencias del cine actual, quedan las máquinas, las únicas que, obedientes a sus creadores pero sin sus egoístas y humanas debilidades, son capaces de llevar la voluntad, la razón y la responsabilidad colectiva de sus hacedores hasta las últimas consecuencias.

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