Elecciones

Ya han pasado cuatro años y para muchos no estamos mejor, todo lo contrario, aunque eso de estar mejor o peor no deja de ser una cuestión bastante particular o caprichosa que no todos comparten, a algunos quizás les ha ido bien y no tienen por qué quejarse, siempre y cuando hablemos del pueblo y no de los míos, hablemos de lo que hemos ganado todos y no de inverosímiles venganzas pendientes o de los que han tenido que largarse y fastidiarse, expulsados de dónde antes hacían y deshacían a su antojo. Se oye que el actual gobierno municipal popular -un eufemismo de bastante mal gusto- regresa con más de lo mismo, o sea, nada nuevo, neoliberalismo de barbecho a la orden; en principio ya no hay qué deshacer o a quién botar, de pronto hay dinero y el pueblo se parchea de cualquier modo, dando con ello a entender que la gente suele caer en un flagrante estado de imbecilidad que conlleva una acusada pérdida de memoria cuando llegan las elecciones, y por lo tanto es incapaz de hacer comparaciones. Solucionado el problema de quién se quedaba con el agua -el pueblo, como hasta ahora, o los Botín-, tarea para la cual los actuales descendientes del franquismo facturaron o inventaron un concejal venido de quién sabe dónde que una vez llevado a cabo el cometido para el que fue designado hizo mutis por el foro sin que a ninguno de sus correligionarios se le cayera la cara de vergüenza, el purgatorio. Para esta especie de derecha reinona no hay capacidad para más, su programa de poder simplemente es estar ahí gracias a Dios, brazo político de un catolicismo ultraortodoxo y antidemocrático que todavía reza a una única forma de ver el mundo, estrecha y pertinaz, intolerante y cargada de pías reconvenciones, vírgenes y novenas e incapaz de aceptar o compartir la plaza pública con otro dios que no sea el suyo; una arcaica perorata que con una mano sermonea sin parar mientras que con la otra mano aprieta, persigue y destierra a cualquier otro que no vea el mundo como ellos; lo del laicismo y el respeto a los demás no cabe en su pacato programa de confesionario.

Frente a los actuales mandamases, esos señores de una sola y rancia tecla, continúan al acecho los que antes llevaron las riendas del Consistorio, descendientes de antiguos socialistas representando a un grupo con mil caras que en sus largos años de desgaste de mobiliario optaron por la desafortunada opción de hacer del pueblo su cortijo, una añeja, patriótica y tradicional costumbre que, sin entrar a valorar lo que de bueno o malo dejara en nuestras calles, acabó convirtiéndose en una insoportable exigencia asumida por la población como obligado peaje de una sacramental forma de mandar que, curiosamente, ahora se dice democrática. Otra forma de trasladar al presente el santo y seña de un desagradecido país poblado de visionarios de mira corta tendentes con más facilidad de la deseada a tirar por la calle de en medio cuando -o sea, siempre- cualquiera intenta poner un punto sobre alguna i, no digamos opinar distinto o pretender llevarles la contraria. Estos socialistas de salón volvieron a organizar la pantomima de unas elecciones internas sobre las que luego se ha venido rumoreando más de lo deseable, convirtiendo la transparencia en opacidad, las posturas irreconciliables nuevamente en banderas y el acatamiento obligado como única salida a unos hipotéticos y deseables acuerdos y posturas comunes.

Aunque pueda parecer extraño hay más, si todavía existe lo que comúnmente solía llamarse izquierda por aquí tenemos multitudes, una retahíla de etiquetas y estigmas de pureza que quitan el hipo, a cada cual más justa, recta y democrática, con mejores y más dignas y necesarias propuestas y mayores derechos. Los hay con la marca ya muy descolorida de tanta desunión, también los hay de estreno -los que pueden-, algunos verdes y otros políticamente sin definir, todos exigentes y razonables hasta lo irracional, pero, en cualquier caso, su contemplación nos traslada a la penosa realidad de un páramo salpicado de solitarios, defraudados y tribus varías -a cual más genuina y leal- al parecer todavía incapaces de entender y asumir como punto de partida a la hora de trabajar las hipotéticas virtudes y las enormes trampas del sistema y recuento electoral de este país, a día de hoy inevitables. Pues ni con esas, por este yermo de proyectos en común prima el rasgarse de vestiduras antes que la voluntad y capacidad para ser capaces de sentarse y llegar a cinco puntos de acuerdo, dándose situaciones que no dejarían de ser ridículas o infantiles si antes no fueran simplemente patéticas, mostrando ante una cansada población más limitaciones que virtudes. Incluso la gente que se organizó para defender la propiedad pública del agua, animada por el discutido y discutible éxito de sus propuestas, ha apostado por hacer de su capa un sayo exigiendo trato de iguales, cuando en unas elecciones, por si no lo sabían, priman los beneficios comunes por encima de personalismos o posiciones intratables. Son incapaces de salir del mismo agujero. Pues tendremos lo mismo que hace cuatro años, o sea, nada, luego tal vez eso quiera decir que ninguno tenía mucho que aportar al gobierno de la población. Porque de eso se trata, no de elegir quién será el encargado de portar la vara de mando o de humillarse detrás de la procesión de turno, sino de hacer feliz a la gente hoy y ahora, de dejar un pueblo honrado, limpio y aseado que cada cual pueda disfrutar sin lentes de aumento.

He dejado para el final a unos tipos esperpénticos que, desengañados porque sus compañeros socialistas no los dejaban mandar, organizaron de la noche a la mañana una especie de grupo que luego dio la llave de la Alcaldía a quienes tanto habían suspirado por ella, los antiguos franquistas, apoyo que cantaron públicamente bañándose en una fuente la misma noche de las elecciones. Aquel grupo de resentidos paniaguados consiguió en un principio levantar lo que pretendían una chabola decente, pero nada más lejos, con el paso de los años aquello se convirtió en un corral de garañones ingobernables. Hoy todavía andan de un lado a otro buscando quien quiera darles de comer, sin memoria ni vergüenza, tan lúgubres como cejijuntos.

Esto es lo que por aquí se oye ante estas nuevas elecciones, las variaciones se multiplicarán según el lugar donde uno ponga la oreja y el grado de histeria del demandante, perjudicado o reclamante. Siempre la queja -también los hay que simplemente votan-, nunca la propuesta, siempre la importancia de lo mío, mis derechos, los atropellos, el no me da la gana de tanto pequeño napoleón que no entiende que cuando se habla de política se habla de cuestiones comunes, en este caso de lo que todavía es de todos, nuestro pueblo.

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De hombres

Da un teléfono móvil a cada uno de los integrantes de un grupo de hombres para que a la primera oportunidad de hablar entre ellos sin una excusa o tema obligado la mayoría se disperse en distintas direcciones aparentando requerir con urgencia a quien quiera que puedan encontrar al otro lado de la línea.

Además, no hay como ser hombre y hallarse en una reunión de hombres para resignarse a las obviedades que hoy día todavía mueven a los hombres -obviedades que se vienen repitiendo generación tras generación, cómodas de usar y al parecer imposibles de evitar-; no hay como intentar introducir un par de temas dispares en una conversación entre ese mismo grupo hombres para comprobar sus dificultades a la hora de desenvolverse con una mínima solvencia -ante todo priman la cautela y el recelo, también la autoprotección y una cierta reserva vestida de silencio u oculta tras una verborrea vacía e interminable. No hay como intentar hablar de algo más que de trabajo, coches, comida y mujeres para constatar con cierto desánimo cómo piensan y sienten los hombres -¿todavía? No hay como tocar a las mujeres -¡el gran tema!- para reconocer qué padecen esos mismos hombres -lo mismo que antes, mucho antes y muchísimo antes- o de qué carecen; no hay como cambiar inopinadamente de conversación para desarmar y perder a los hombres -y enfurruscarlos o enfadarlos, sin embargo los hay que son capaces de engancharse bajo mínimos aunque no tengan ni idea de lo que se está o están diciendo ellos mismos. No hay como permanecer en silencio para hacer sentir incómodos a los hombres, como tampoco se les puede dejar hablar porque entonces escucharan menos de lo que ya lo hacen y al final tendrás que salir corriendo al no saber cómo decirles que aburren a las piedras -tarde o temprano habrá aparecido entrelineas de su autista perorata una mujer que, en última instancia, acabará ocupando el centro de sus vidas. No hay cómo no reírse o mostrarse indiferente ante las obviedades de los hombres para que te dejen a un lado o te miren como a un bicho raro; no hay como ofrecerles una novedad para comprobar la cualidad y nivel de su desconcierto y el grado de su ignorancia; no hay como permitirles hablar de sí mismos -da igual el tema en el que gusten enmarcarse- para conocer lo que no debes hacer y por dónde no debes ir. Pero nunca llegarás a saber -aunque tal vez lo imagines- por qué les cuesta tanto desprenderse de su obligado y riguroso papel de hombres.

Estas son algunas de las preguntas que se me ocurren, tal vez porque yo también soy hombre y no acabo de entender a los de mi propio género; y que de buenas a primeras no sepa dar con las respuestas no quiere decir que no las haya. Tampoco sé si son necesarias, pero están ahí, suficiente para preguntarse por qué. También es fácil advertir que los propios hombres pretenden o intentan no preocuparse por ellas, o las evitan porque les parece perder el tiempo, o les dan miedo, o les avergüenzan, o gustan imaginarse más allá, lo que no quiere decir puedan hacerlo, generalmente no, de lo contrario algo debería haber cambiado, al menos a la hora de eliminar desfasados y trasnochados patrones y modelos.

No hay como sufrir la previsibilidad de los hombres para terminar dejándolos por imposible, existen demasiadas reservas y silencios que no acaban de entender ni ellos mismos. Es más práctico y divertido dejar jugar a los hombres a hombres como si todavía fueran niños.

 

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En la calle

Sentado en un banco un tipo solitario se dedica a hacerles gestos con la boca, supuestamente atractivos o insinuantes, a toda mujer que pasa por su lado. Un mendigo sin brazos desde los hombros y arrodillado en el suelo agita frenéticamente un gran vaso con monedas sujeto con los dientes; más adelante, a unos cien metros aproximadamente, alguien que fue un hombre completo, ahora es otro hombre de medio cuerpo -tan sólo de cintura para arriba-, también pide lo que la gente quiera dejar caer. Mientras me alejo me pregunto qué sucede con el resto de su cuerpo ¿cómo puede vivir? Y en estas pasa a junto a mí una mujer de mediana edad elegantemente vestida y de gestos concretos y decididos, protegida por unas gafas de sol y una conversación a través del teléfono móvil, que de pronto se vuelve buscando en el suelo algo que no acaba de encontrar, hasta que detrás de los pasos de una pareja que se mueve en su misma dirección recoge un papel arrugado que debió dejar caer por descuido y que guarda en la mano para, un poco más allá, tirar en una papelera. Sonrío y vuelvo a detenerme en una pareja compuesta por un tembloroso anciano vestido de traje y sin corbata acompañado del brazo por una enorme mujer sudamericana encajada en un mínimo vestido casi a punto de estallar. La mujer, más alta que el anciano, es también grande en proporciones, a lo largo y a lo ancho, pero no gruesa, lo que sucede es que su esqueleto debe de ser también enorme. Vuelvo a sonreír y sigo mi camino haciéndome prometer que debo dedicarme exclusivamente a mis cosas.

 

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Horas

En un principio el trabajo como concepto económico no existía, había que mantenerse vivo y el tiempo que a uno le había tocado marcaba el modo y las formas; si nacido rico mandar, disfrutar o pelear, si pobre intentar sobrevivir a costa de lo que fuere, y si algo se sabía hacer medianamente bien tratar de mejorar gracias al reconocimiento y a que los demás demandaran los servicios de uno; no había medios ni tiempo para las reivindicaciones personales, sólo los genios tenían nombre. Con el paso de los siglos el trabajo se fue pormenorizando y especializando y la revolución industrial lo convirtió en objetivo cuantificable a partir del cual obtener beneficios, sobre todo por parte de otros. Abuso tras abuso las personas se fueron convirtiendo en trabajadores y aparecieron las primeras reclamaciones de condiciones y tiempo de trabajo, además de la consiguiente remuneración por lo que comenzó a denominarse jornada laboral. Costó años y sangre que los propietarios y/o explotadores aceptaran que no podían disponer de las personas a su antojo, seguido de los enfrentamientos como consecuencia de las inevitables dificultades a la hora de entenderse. En algunos lugares los señores y propietarios entendieron que les era más rentable conceder a los esclavos su ansiada libertad porque con ello se ahorraban mantenimiento, alojamiento y alimentación; los esclavos intercambiaron disponer de todo al margen de su trabajo a tener que comprar todo a costa de su trabajo, había que alimentar la libertad, con lo que pasaron de trabajar y vivir mantenidos  a tener que competir con antiguos esclavos, ahora libres como ellos, por unos sueldos cada vez más bajos en unas condiciones de vida miserables.

Más tiempo y sangre costó lograr las ocho horas diarias de trabajo, pero desgraciadamente este no fue el paso definitivo a partir del cual organizar una vida más humana para todo el mundo, y si lo pareció fue momentáneamente. Hoy, en el siglo XXI, las ocho horas de trabajo van camino de parecerse a restos de otra época. ¿Quién cumple actualmente una jornada de ocho horas? Hoy nos hemos habituado a convivir con esas horas extra de más sin nombre, precio ni justificación; no hay día que pase que no oigamos de su existencia, sus condiciones y su exigencia, ese todo o nada tramposo que obliga a quien necesita un trabajo porque de lo contrario todavía seguiría en la calle. Tenemos que aguantar cínicos sermones acerca de sus falsas bondades, admitirlas como consumidores indiferentes, cabreados o aprovechados, como también hemos aprendido a darles las espalda de la mano del no sabe, no contesta; o sufrirlas, pero absolutamente nadie -creo que el adverbio se queda pequeño- ha movido o mueve un dedo en su contra. Ni siquiera son capaces de alzar la voz esos esclavos de cuello blanco con estudios, más o menos bien pagados, que aguantan aburridos en la oficina hasta que el jefe se largue de allí por no quedar en evidencia, si el jefecillo lameculos de turno se queda trabajando ¿cómo se van a ir ellos? De lo que no hablan es de que en el sueldo del jefe va incluida esa dedicación exclusiva que se cuenta por miles al final de mes, pero en el caso de los estresados empleados con sueños de grandeza esas horas son horas arrebatadas a sus propias vidas y familias en previsión de un por si acaso que probablemente nunca llegue; ¿y si cuando regrese de mear me ve sentado a la mesa cabizbajo y obediente y cae en la cuenta de que existo, igual por eso no me toca cuando llegue el siguiente recorte de personal? Transporte, servicios, comercio, hostelería etc. ¿cuánta gente hay en un día normal trabajando gratis? ¿a cuánto se pagan las horas extras, si es que alguien las paga? ¿quién las cobra? Silencio. Por principio, nadie debería estar a favor de ellas, probablemente cualquier jefezucho o explotador llorón de tres al cuarto que las exige sin medida y sin poder demostrar con números en la mano que sean necesarias e incluso vitales para la empresa -es completamente indemostrable-, bueno, si, en los beneficios limpios que se embolsan gracias a ellas.

No es aventurado afirmar que sin horas extras habría empresas que no tendrían negocio, o no existirían ¿cuántos comercios, bares y restaurantes? Justificar la violencia de su imposición sin pensar en la tropelía que tal atropello significa nos deja en evidencia, porque entonces no hablamos de empresas o negocios, sino de auténticos esclavistas que medran gracias al trabajo gratuito de sus empleados. ¿Quién puede ponerle remedio? ¿o todavía nos creemos que son imprescindibles?

De ahí a la completa disponibilidad a criterio de la empresa las veinticuatro horas del día sólo hay un paso, pero luego se cobraría exclusivamente en función de lo trabajado; la disposición permanente y el tiempo de espera quedarían a nuestro cargo. Ni como esclavos.

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Tenorio

Sobre el Don Juan Tenorio de Juan Mayorga y Blanca Portillo.

Otra vez el Tenorio, más de lo mismo, otro de esos imponderables adosados al ideario más rancio de un país que todavía sigue respirando en la calle contra del tiempo. De nuevo ese incómodo espectáculo de ambientes tan aviesamente locales en los que la fanfarronería, “los huevos” y el desprecio hacia lo que no soy yo -nada-, se siguen admitiendo como carta de presentación. Cualquier bareto de tres al cuarto en el que dos machitos jactanciosos y sus serviles secuaces babean sobre un honor barato y sus hazañas de violentos catetos barriobajeros intentando ahogarse en deslenguado alcohol. Pero en este caso un enorme escenario consigue que las vilezas de los protagonistas se diluyan en una calmante lentitud, una austera y oscura caja de resonancia que mediante sombras y pasos medidos engulle con complaciente respeto tanta majadería y tragos chulescos entre falsos amigos de esos de toda la vida; qué grande parece el escenario, qué grande es el teatro cuando consigue alzarte de la butaca y volverte a dejar en el mismo sitio con más curiosidad que antes. ¡Pero si es el Tenorio! pero este no lo había vista antes. Es el mismo y mil veces releído verso excelentemente recitado que, salvados los primeros instantes de confusión y atropellada audición, acaba serenándose y serenándonos dispuestos a ser de nuevo sorprendidos con “aquella apartada orilla…” que cuando suena nos parece nueva, para algunos tan distinta que luego, una vez en la calle, recordaremos con satisfacción que casi no la esperábamos. Y con ella regresábamos al escenario. Las comparaciones ya no pueden ser las mismas, esos siglos de distancia en el tiempo han servido para algo, no parece que fue ayer. Como también nos lo dice esa mujer que canta preñada de vida, otro desafío que la dirección o el bendito azar han elegido para plantarle cara mediante su hermosa voz y su consistente pequeñez a tanta mentira, dolor y muerte como se vienen derramando desde el mismo escenario. Ni siquiera algunas tímidas y esporádicas risas entre el público, según qué o quién y que no acabo de compartir, logran distraerme del desarrollo de la obra; afortunadamente el teatro es de todos y todos asistimos con nuestro derecho si con él somos capaces de respetar tanto el de los demás como lo que se nos está ofreciendo.

Fue más tarde, cuando leyendo las palabras que la directora nos ofrece en el programa de mano entiendes que el teatro no puede acabar nunca, que cada generación tiene el derecho a exhibir su particular y personal buceo y/o reconocimiento de sus propias raíces, esas que sin falsos lavados de cara nos muestran tal y cómo somos, aunque no el por qué; como dice la directora, ese esperpéntico modelo que venimos arrastrando desde que tenemos memoria, ese modelo de destrucción, de crueldad, de desprecio por la vida que, por ejemplo, todavía encarnan los toros, ese chulesco y desafiante desatino que sigue parasitando el imaginario colectivo anclado en un negro y bárbaro pasado que ya ni siquiera tiene fuerza para los sepia. Pero me pierdo.

Tanta sencillez y austera maestría escenográfica no podían levantarse sólo para adornar el engaño, para contener burlas, sangre y pendencias de taberna, tiene que haber algo más, y ese algo más es el lúcido y magistral destello que reivindica la obra, el teatro y al género humano, esa soberbia escena en la que una ingenua Inés prisionera de sus hábitos y rebosante de candor y dulzura desgarra su alma y desangra su corazón ante la enésima y malvada mentira; es ella la que mediante sus pudorosos, recatados, infantiles y sinceros movimientos y ademanes rescata al público y al teatro del mal y la mentira que gobiernan el mundo diciéndonos que hay algo más que machismo, traición y chulesco desafío. Gracias a esa estupenda y breve Inés es creíble el tardío enamoramiento de Don Juan, es creíble el atónito infeliz incapaz de reconocerse a sí mismo en esa alma de pronto tan llena de amor. Seguimos allí más sorprendidos si cabe que al principio, atrapados, imaginando que aún desconocemos el final, ¡el final del Tenorio!

Y en estas han transcurrido las dos horas y media de un magnífico espectáculo -¿ya es tan tarde?- y aunque don Juan descienda al patio de butacas y pretenda echarnos de allí nosotros no queremos irnos porque seguimos estando con él, porque a pesar de todo lo entendemos y nos ha vuelto a embrujar, porque lo sentimos como nuestro aunque sigamos odiándolo, creyéndolo pero no aceptándolo. Y nosotros también nos vengaríamos de él escupiendo sobre su cadáver, sobre este pueblo todavía incapaz de reconocerse y modernizarse a la hora de repudiar y abandonar modelos que nunca debieron convertirse en ejemplos del mal que constantemente nos asiste.

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Alemán

La filosofía se inició en Grecia, en plazas públicas y escuelas donde, sobre todo, se hablaba acerca de lo humano y su posible origen divino, invento forzoso a falta de explicaciones más prosaicas y fáciles de ver y comprobar, aunque no de entender, todavía no dominaban la abstracción, eran otros tiempos. Con el paso de los años la filosofía se alejó de la calle para ser encerrada en cuartos cada vez más oscuros, primero con el cristianismo y su obsesión por desprestigiar todo lo que tuviera que ver con la vida en la tierra -los árabes de aquel tiempo aún disponían de algo más de luz para pensar y los judíos ya andaban obsesionados, todavía lo están, por encajar en este mundo eso de creerse el “pueblo elegido”-; luego, con el paso de los siglos, la filosofía acabó enjaulada en el centro de Europa, propiedad de unos alemanes que no tuvieron ninguna desfachatez en afirmar a los cuatro vientos que sólo se podía hacer filosofía en alemán. De hecho, el supuesto faro filosófico que ilumina -es un decir- el pasado siglo XX es el señor Martin Heidegger, un alemán burgués y conservador que pergeñó una filosofía casi esotérica completamente alejada del mundo real, solo apta para discípulos y fieles eruditos. Su principal concepto, Dasein –“ser ahí”, es la traducción que suele dársele al termino en castellano- pretendía finiquitar la filosofía enclaustrándola en un circunloquio interminable, circunstancia que, aparte del exclusivo y cerrado mundo académico, nadie más entendía o llegaba a interesarse. Pero el señor Heidegger, acabada su magna obra intelectual, no se fue de este mundo con la satisfacción de la labor cumplida, total, qué más podía hacer aquí, sino que se retiró a una cabaña en la Selva Negra para vivir aislado y así disfrutar de las pequeñas cosas tan queridas a la gente vulgar y corriente. Cuánta más honradez y humildad mostró Henry D. Thoreau en todo lo que hizo y escribió.

El Dasein por el que la primera ministra alemana, señora Merkel, no duerme ni deja dormir es el déficit, otro concepto intencionadamente oscurecido y sólo manipulable por las expertas manos de los economistas -que no científicos-, sacerdotes dedicados en cuerpo y alma a traer y llevar sus conjuros matemáticos de sus enigmáticos algoritmos al mundo real para mayor asombro y sufrimiento de la gente común. Lo malo de este concepto es que a los hechiceros de los números y economistas recalcitrantes no les basta con baquetearlo en sus tenebrosas fórmulas, sino que necesitan a la gente de la calle para hacerlo actuar y así recabar datos que nada solucionan y a nadie más que ellos interesan. Ese es el principal problema, Heidegger al menos dejaba en paz a los demás, su Dasein era exclusivo y elitista, el déficit, en cambio, no explica ni prevé nada porque, a día de hoy, nadie sabe cómo va a actuar la gente ni ha entendido que en el comportamiento humano hay algo más que fórmulas y algoritmos inventados para urdir hipótesis que pretenden augurar el futuro. La economía jamás sabrá del cómo, cuándo, dónde y por qué la gente gasta su dinero, lo único que puede hacer para parecer creíble es influir con malas artes en el día a día de las personas e intentar que su comportamiento se adecúe a sus castillos de arena; la pseudociencia económica aún no se ha dado cuenta que sólo sabe y puede hablar en pasado.

La tercera pata de este extraño experimento es una señora, también alemana, que ya ha aparecido por estas páginas, una tal Claudia Schiffer que, al margen de vivir y ser lo que es gracias y exclusivamente a su cuerpo -físico-, viene amenizándonos las esperas televisivas entre programa y programa sermoneándonos sobre unos coches baratos y los beneficios que pueden aportarnos si los adquirimos, para lo cual intenta encandilarnos con su Dasein particular y definitivo: alemán; se refiere al coche. Alabado sea el Señor. Ya no hace falta inventarse un erudito conjuro filosófico ni amenazar a la plebe con los siempre nefastos augurios de unas egoístas, estrictas y cuadriculadas creencias económicas armadas con técnicas de quita y pon, ahora es mejor abreviar, los tiempos son más fáciles; si antes no se podía hacer filosofía sino era en alemán, ahora “alemán” es el Dasein a reverenciar, sinónimo de seguridad -o Dios-, una esperanza con la que los desesperados de este mundo sueñan todas las noches. Con esta simpleza semántica se ha conseguido una efectiva apropiación de la voluntad de la gente que Heidegger no pudo lograr con su retorcida anticoncepción del hombre y el mundo, también es cierto que nunca le interesó. Quizás en su jactanciosa arrogancia a los alemanes se les haya ido la pinza, porque no creo que se haya concebido mayor memez que este presuntuoso chovinismo vendido por una señora que probablemente se mueve en las antípodas intelectuales de aquellos dioses de la filosofía. Corren tiempos más ignorantes.

Y, cómo desgraciadamente imaginarán, la última parte de este cuento pasa por el reciente accidente de aviación de una compañía aérea alemana, empresa que tenía pensado publicitar cosas sorprendentes a sus futuros pasajeros. Pero no voy a hablar de las víctimas ni de sus familiares -aunque los alemanes deberían refrenar su altivez, tomar ejemplo y aprender del señor Juan Pardo, para este hombre no hay palabras, sólo deferencia y un respeto infinito-; tampoco voy a hablar del pobre tipo y presunto causante del siniestro, una débil cabecita incrustada en la tan exigente alemanidad cultural. Me interesan todos esos alemanes atentos y concienzudos, expertos en seguridad que ocultaron, voluntaria e involuntariamente, y no supieron o quisieron enfrentarse a los problemas psicológicos de una persona con debilidades -como esa gentuza del Sur-, prefiriendo hacerla desaparecer de sus estadísticas encubriéndola antes que sacándola a la luz en la segura Alemania, un país que, por lo visto, también sabe de trapacerías, subterfugios y omisiones intencionadas cuando hay que vender a toda costa un Dasein al resto del mundo.

Y después de mezclar churras con merinas qué queda, la patética insolencia de quienes pretenden explicar el mundo según sus particulares tinieblas mentales, además de intentar imponerlas a los demás; pero si en el caso de la filosofía había que ser un iniciado dirigiéndose exclusivamente a iniciados, casi un brujo, en lo del déficit y la seguridad la cosa se complica porque desgraciadamente son necesarias víctimas que los sufran y corroboren. Pero para eso estamos los débiles e ingenuos del sur, porque sin nosotros ni el déficit ni, sobre todo, la seguridad alemana servirían para nada, ya que ni ellos mismos son capaces de hacerla respetar en su propia casa.

Por favor, un poco más de humildad y respeto hacia quienes, afortunadamente, ni piensan, ni viven ni quieren vivir como ellos.

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Ofertas

De nuevo esas pequeñas cosas y situaciones tan de por aquí que no fomentan grandes titulares de los que presumir y provocar la envidia del mundo ni llegan a las primeras páginas de política nacional -quizás por vergüenza ajena-, hechos cotidianos que dan idea del tipo de personas con las que podemos tropezarnos por estos pagos; al final y como suele decirse, las cosas acaban cayendo por su propio peso. Hace unos días leía, no recuerdo bien dónde, que en ciertos barrios de la capital, o sea, Madrid, se ofrecía jamón ibérico de pata negra a tres euros. Salvado el consiguiente escepticismo y espoleado por la osada curiosidad me puse manos a la obra con la lógica sospecha de que allí probablemente hubiera gato encerrado. Pues bien, al poco de entrar de lleno en el asunto empezaba a cundir el desánimo, y al continuar viendo y leyendo -me temo que algunas tendencias masoquistas habrá por medio- acabé por perder la poca capacidad de sorpresa que me quedaba. Nadie da duros a tres pesetas, y si el material a la venta era original, que parece ser que sí, el gato debía de andar por otro lado, como, en efecto, uno descubría a continuación. El susodicho jamón de raza y los demás productos a la venta, que también los había, provenían de tiendas y supermercados de la misma capital pero obtenidos a capricho de manera fraudulenta -imagínense, eso mismo, robados-, sin abonar la consiguiente factura al vendedor o sufrido propietario. El negocio lo llevaba una panda de, para eso sí, diligentes y organizados ciudadanos, que se dedicaba a sustraerlos de algunos establecimientos de alimentación, para lo cual disponían de una cuadrilla de señoras armadas con grandes prendas de abrigo y una profusión de bolsillos que llenaban a discreción para luego, imagino, salir por piernas del lugar; las ofertas iban desde pizzas congeladas hasta jamón ibérico cómodamente loncheado en bolsas herméticamente cerradas. A continuación, el cabecilla o gerente de la empresa, como en cualquier organización corporativa que se precie, distribuía la mercancía entre el personal de la sección de ventas, sección formada por otros empleados que, provistos de cómodas y prácticas cajas de cartón, se situaban en las aceras, ante las puertas de otros comercios de alimentación, ofreciendo a la posible la clientela los mismos productos que en el interior, como supondrán, muchísimo más baratos. Tal sociedad mercantil también contaba con su propio servicio de vigilancia y seguridad controlando calles y esquinas por si a los probos agentes del orden les daba por aparecer. Preguntados algunos de los clientes que adquirían tales mercancías, como supondrán sin factura, estos justificaban su estupenda adquisición de la forma más franca y desarmada posible, tal que ¿por qué voy a pagar más ahí dentro por una cosa que me cuesta menos de la mitad aquí en la calle?

A estas alturas el cuadro ya no era ni surrealista ni de juzgado de guardia; para un espectador cualquiera la situación vendría a ser similar a la de esos documentales de fauna salvaje en los que los cámaras se dedican a filmar sangrientas cacerías sin influir en el entorno, se trata de que la mano del hombre no se inmiscuya en el normal desarrollo de la vida salvaje. Imagino que los presuntos ladrones tampoco tendrían mucho más que decir, es comprensible su evidente preocupación por ocultarse y preservar los solidarios intereses de la manada…

Pero… ya, es normal, qué vamos a hacer, este país es así, otro ejemplo genuino de la marca España. Bueno, algunas preguntas cabrá hacerse, por ejemplo ¿puede hablarse de algún tipo de moralidad que justifique este tipo de comportamientos? ¿o la moral sólo tiene que ver con los curas? Y no me refiero a los ladrones, pobrecillos, víctimas de una sociedad tan cruel, sino a la gente que ve, acepta y compra. ¿Todavía sirve eso tan socorrido de la sociedad culpable? Entonces ¿quiénes formamos esta sociedad? ¿marcianos? ¿es este vecindario al que hay que salvar de la corrupción política que hunde al país en la mierda más absoluta? ¿aún hay gente que se extraña de la catadura de nuestros políticos?

¡Ah! otra cosa, ahora que llega la Semana Santa -celebración pseudosagrada y verbenera sin parangón- podemos pedir a los amables ladrones alguna latita de caviar o unos paquetes de ibérico más para las farras culinarias familiares, o para la comunión del niño, que también queda cerca y hay que invitar a la parentela, la empresa acepta encargos, usted los tendrá disponibles a los pocos días.

 

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Puros de sangre

Hace poco fui testigo de una especie de enfrentamiento por paulatina elevación de tonos que sin llegar a discusión protagonizaron un par de conocidos, por otra parte de acuerdo en casi todo. La cuestión tenía que ver con la pureza como requisito indispensable para cualquiera que quiera acceder a la arena política de este país. Es decir, si lo que hay no merece la pena porque, a día de hoy, no se salva nadie, ocupe el cargo que ocupe y sin que importe el lado del espectro político donde se mueva, los nuevos aspirantes deben aparecer limpios e inmaculados, porque cualquier asomo de mancha supone impepinablemente que, antes o después, el tipo en cuestión acabará metiendo la mano en la caja, y para eso con lo que hay es suficiente. Si intento dejar a un lado las personas y motivos es porque me interesa ese repentino anhelo de pureza al que se iban adhiriendo una mayoría de los presentes como único argumento para justificar sus recelos y temores a los nuevos y lo nuevo o por venir, una posición supuestamente crítica que, ante las dificultades para dar con alguien que cumpliera sus exigencias al cien por cien, amenazaba con derivar en un desprecio e indiferencia hacia la política justificado a partir de una, según los más beligerantes, inevitable e incorregible tendencia a la corrupción endémica en el hombre, lo que conminaba a zanjar cualquier conversación, ni siquiera proyecto o decisión, con un punto final que dejaba todo detenido o en suspenso, una especie de inmovilismo que nos convertía a todos en unos monigotes ineptos incapaces de gobernarse o decidir por sí mismos. Somos prisioneros de nuestras debilidades, lo que afortunadamente no quiere decir que cualquier propósito de enmienda, los esfuerzos por llegar a puntos comunes a partir de una renovada y mutua confianza o la simple voluntad de cambio por parte de las personas sean palabras huecas, aunque nuestra desafortunada experiencia nos diga lo contrario, sólo es la nuestra; y es curiosa la postura de tan solemnes y puros ciudadanos, inesperados adalides de la probidad y la honradez juzgando sin piedad a sus semejantes sin pensar en sí mismos ni preguntarse por los motivos de sus, de pronto, exigentes y purificantes condiciones; según ellos lo mejor es dejar las cosas tal y como están y que cada cual se busque la vida, posición que despide un espeso tufo reaccionario. Tampoco se les puede preguntar ni les gusta hablar de la suya

Probablemente hayan oído esa sentencia bíblica que viene a decir, más o menos, que quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Esas palabras apelan a la misma falibilidad humana, es el reconocimiento de las dificultades a las que cualquier hombre ha de enfrentarse a lo largo de su vida y la siempre complicada elección del camino correcto, amén de los apuros para sobreponerse a los momentos de debilidad. Pero el hombre no es sólo error, aunque la acumulación de los que hoy sufrimos justifique el actual desprecio hacia la totalidad de la clase política y haga de la limpieza de sangre una exigencia fundamental para cualquiera que intente acceder a ella, no obstante ¿hasta dónde hay que llegar a la hora de inmiscuirse en la intimidad de cualquiera para darle el visto bueno? Bien pensado, creo que es muy difícil o casi imposible tal pretensión de pureza, principalmente porque las cosas se complican en más ocasiones de las que quisiéramos o deseáramos y jugar con mala fe a la hora de imponer un rasero tan exigente no es tan acertado como a primera vista podría parecer; tales pretensiones pueden llevarnos, por temor a volver a equivocarnos en nuestra elección a, como ya he dicho antes, permanecer permanente quietos, o sea, tal que muertos, para beneficio de los de siempre, los mejor situados. Un ejemplo, creo que no es lo mismo utilizar un día el coche de la empresa para hacer un porte personal que defraudar, dejarse sobornar o malversar cientos de miles o millones aprovechándose de un cargo público. Estaremos de acuerdo en que a la hora de juzgar las dos faltas, que lo son en su error, habremos de utilizar raseros diferentes. Ya sé, es inevitable la generalización, pero también es cierto que no podemos plantarnos en una posición intransigente pidiendo a los demás lo que probablemente nos olvidamos de exigirnos a nosotros mismos en más ocasiones de las que creemos. ¿Existen personas cien por cien puras?

Si hoy tenemos la política y los políticos que tenemos estamos en la obligación de revisar de arriba abajo a los aspirantes, pero ¿es justo denunciar y por ello expulsar a partir de una mínima mancha porque en ella estamos seguros de atisbar al futuro defraudador, ese que a las primeras de cambio se pondrá a hacer de las suyas, o sea, más de lo mismo? ¿Justifica tan exigente condición que, dadas las dificultades para encontrar a alguien que satisfaga a todos, hemos de pasar entonces de la política y denostarla por los siglos de los siglos? ¿En qué lugar está escrito que la política no la hacen los hombres, debilidades incluidas? ¿Dónde pone que es imposible establecer medios de control político y de los políticos? ¿Justifica todo ello que debamos dejar la política en manos de cualquiera que quiera medrar a costa de nuestra santa indiferencia porque hemos decidido que político significa tipo sin escrúpulos, y con ello posar de espaldas a un sinfín de decisiones tomadas por otros que nos “obligarán” a vivir de un determinado modo a costa de nuestra justa e “inútil” pasividad? En la trifulca que motiva estas letras una de las partes estaba dispuesta a pasar por alto los pequeños errores porque consideraba que hay casos en los que no se puede juzgar a las personas por cuestiones pasadas relativamente menores. Eso no quiere decir que haya que olvidarlas. La otra parte no, sencillamente tampoco eran de fiar, pero ¿cuántos temores o qué oculta una postura tan intransigente? Y entonces ¿dónde encontraremos santos para que gobiernen?

La cosa se fue enervando en función de un único argumento que nada tenía que ver con la conversación, intentar pisar al otro a costa de elevar el volumen. Al final y como era de esperar cada cual salió por su lado y la reunión se fue al garete. ¿Qué quedó? Intransigencia, incapacidad para escuchar y entenderse y parálisis completa de toda actividad, amén de desconfianza y un temor general subyacente. Se nos olvida con demasiada frecuencia que vivir juntos significa dejar a un lado los maximalismos personales y hacer lo posible por cooperar. Estamos condenados a ponernos de acuerdo, y esto creo que ya lo he dicho antes.

 

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Borgen

Borgen es una serie danesa que se ve bastante bien porque sus personajes y situaciones son creíbles en un alto porcentaje -a veces se olvida que se trata de una ficción-, y se disfruta con un plus de expectación y un punto de incredulidad cuando inevitablemente llegamos a preguntarnos si en la vida real un político puede seguir siendo honrado y moverse permanentemente en el ojo del huracán. Borgen presenta situaciones políticas tan democráticamente reales como imposibles por aquí -es inevitable, tanto la añoranza como la comparación-, por lo que uno acaba teniendo la desagradable sensación de que nuestros políticos jamás podrían ser y comportarse de ese modo. Borgen muestra las bambalinas de un poder y una política que, si hemos de creer real, aunque sea en un mínimo porcentaje, sólo pueden darse en la propia Dinamarca o en países con similar tradición y solera democrática. Cualquier comparación política y democrática con lo que por aquí sufrimos -repito, es inevitable- se nos antoja simplemente imposible; en nuestro racial y permanente cachondeo e ignorancia democrática infestada de corrupción y acusaciones mutuas es como si habláramos de marcianos.

Debo confesar que me costó entrar en la serie, probablemente debido a mis malos usos televisivos, es decir, a un exceso de series norteamericanas que le hacen a uno habituarse, más de lo que pueda imaginar, a realizaciones, formatos y recursos dramáticos de los que luego es difícil desprenderse, y la mejor prueba para comprobarlo es enfrentarse a series de otra procedencia. A partir de Borgen se me ocurre que tal vez el público y la crítica de por aquí nos comportemos como catetos al rendirnos boquiabiertos a esas series norteamericanas sobre el poder que hablan de tipos supercorruptos y malvados imposibles a merced de retorcidos guiones que inventan una sobrecargada y casi diabólica realidad, venden un exceso consumista de maldad que acaba hartando en su calculada sinrazón.

La serie también puede verse como un curso acelerado de política democrática en la que priman los intereses públicos y una política de estado que se mueve por encima y más allá de aspiraciones particulares y partidistas, que también las hay y de todo tipo, mostrándose en general una decencia democrática y unas composturas que, repito, probablemente debido a los malos usos que se dan por esta tierra, uno puede llegar a ver con un punto de desconfianza. En cualquier caso, si los modos democráticos del país que produce la serie se asemejan, incluso por lo bajo, a los que se muestran en la pantalla, nos queda mucho camino por recorrer; y uno llega a pensar en un camino imposible. No se puede hablar ni educar en democracia cuando los políticos de tu propio país desprecian por principio la educación. Esas maneras políticas ni se huelen por estos lares, por aquí pesa demasiado un reaccionario y sagrado desprecio de clase que condiciona y mata antes de que pueda ver la luz cualquier política pública posible; aquí todavía mandan los caciques, los señoritos y la nobleza de clase bendecida por la iglesia. Y nuestra clase política está tan habituada a las mayorías absolutas para gobernar que es incapaz de sentarse y forjar una política de estado por encima de intereses sectarios, ni llegar a acuerdos de mínimos en políticas a largo plazo, ni la población entiende otra política que la del sistemático aplastar al otro, de palabra y obra, dejando como único resto un erial que cada cual mal siembra a su modo y en el que no puede crecer nada socialmente útil o relevante. Sobran hisopos y faltan demócratas de pasado decente y largo recorrido.

La serie también hace hincapié en los enormes esfuerzos de coherencia personal con los propios principios a la hora de hacer política, detalles que quizás a más de uno puedan parecerle sospechosos y pensar que tanto político honrado no puede ser normal, no existen en el mundo real -¡ah! la ignorancia y la falta de ejemplos-; tanta honestidad, tantos acuerdos interesados o de última hora poniendo coto a las ambiciones personales, supeditándolas a un presente común, que es la sociedad danesa, resultan tan atractivos como sospechosos. Nuestra triste y corta experiencia democrática sólo sabe de Pujoles, Bárcenas, Bankias, Eres etc.,  por eso confundimos y desconfiamos de lo que nunca hemos conocido; la prioritaria búsqueda política de beneficios para la nación y sus ciudadanos nos resultan de otro planeta.

Además, los proyectos y ambiciones políticas y personales, los inevitables encontronazos entre las vidas pública y privada y las vicisitudes que sufren los protagonistas a la hora intentar congeniar y compartir marcos tan opuestos son ya más que suficientes para hacer la serie interesante. Comparado con esa hipotética primera ministra las únicas opciones personales que se le recuerdan al presidente de este país fueron sermonearnos diciendo que hacía las cosas que debía hacer (¿?) -como Dios manda, que viene a ser lo mismo- y apresurarse a entregar, en persona, el Códice Calixtino sustraído de la Catedral de Santiago, eso sí, después de obedecer como buen siervo y cumplir sin rechistar las órdenes económicas en contra de la población de su país que el Banco Central Europeo le exigía.

Lo siento, quería hablar de Borgen y todavía me falta la parte correspondiente a los medios de comunicación, o esos momentos, temas y personajes tan adultos que destierran de un plumazo a la irrelevancia más completa la maniquea y bobalicona simpleza de las series norteamericanas; las comparaciones son inevitables y traicioneras y la serie sigue cada vez mejor…

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No sé

De entrada, apelaría a que todo el mundo se molestara en ver al subnormal de Mario García Montealegre, 24 añitos y natural de Talavera de la Reina (Toledo), golpeando y derribando de una patada por detrás a una mujer en un semáforo, para divertimento suyo y de los cafres de sus amigos. También apelaría a algún experto en informática para que adjuntara al vídeo el nombre del tipo y lo colgara en los lugares más visibles, para que se supiera que clase de tarados se cuecen por estas tierras; también podría adjuntar los nombres de los amigotes que grabaron tan gracioso suceso. Después de verlo, porque creo que hay que verlo para que no nos creamos eso de las generaciones de jóvenes tan preparados, uno debería echarse a llorar de impotencia, después de haberse tragado los infinitos tazones de indignación y violencia contenida que desprenden semejantes… (no sé cómo catalogarlos).

Supongo que no merece la pena hacer una entrada de esto, o si, porque ese es el país que vendemos, ahora entiendo por qué los catalanes quieren independizarse de nosotros. Desgraciadamente ese tipo de comportamientos nos señalan a todos, a mí el primero, por ser compatriota de semejante mierda andante, pero ¿qué puedo hacer? ¿qué podemos hacer? lo que pienso respecto a eso prefiero no decirlo, iría directamente a la cárcel si lo hiciera.

 

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