Noche

Hay lugares públicos en los que el acceso está restringido por cuestiones de dirección o por dedicarse a ciertas actividades no a todos permitidas, o no por todos igual de apreciadas; en cambio, hay otros lugares a los que el visitante no volverá a acceder porque la última vez que lo hizo notó algo extraño en el ambiente, circunstancia que no pudo saber con certeza, fue una sensación que le hizo ver que era él quien estaba de más allí, por lo que, tal y como entró, sin darse importancia ni maldecir a nadie en particular, decidió que no habría de volver; no existía imposibilidad física, impedimento o prohibición, sino que tal vez su cabeza o sus años le delataban e incomodaban tanto como las manchas de humedad en las paredes. Sin embargo, hay otras personas que no sienten ningún pudor cuando, por gusto o capricho, deciden que precisamente aquel, o lo que es lo mismo, cualquiera, es un buen lugar para pasar un rato o, si viene al caso, horas que parecerán a los demás interminables. Entonces puede decirse que ocupan todo el local, no sólo la parte del mismo que aguanta sus posaderas, sino hasta el aire que de pronto comienza a herir los oídos de los muchos más que están allí. Suelen hablar en voz alta o muy alta y reírse por cualquier cosa, sobre todo de lo que ellos mismos dicen, y no descansan hasta que el reloj o el cansancio les tiran de la manga haciéndoles ver que desgraciadamente ha llegado la hora; arman tal revuelo con su simple estar que no pasa mucho tiempo para que comiencen a volverse cabezas ajenas, primero con cierta prudencia o disimulo, luego más descaradamente, cosa que no afecta a, en este caso, la risueña señora de pronunciadas curvas inversas que, ya puestos, cuenta como aderezo, entre otros, con un circunspecto compañero capaz de poner una nota de color con la que salpicar tanta y extrovertida alegría, sobre todo cuando, con cara de palo y remarcando las palabras hasta la pedantería y sin dejar de mirar fijamente a los ojos del camarero le espeta, tal que le estuviera leyendo su sentencia de muerte: quiero un Brugal con Coca Cola y tres cubitos, no dos ni cuatro, tres, con una rajita de limón y una rajita de naranja; a lo que el camarero, en posesión de una buena dosis de paciencia y profesionalidad, asiente sin inmutarse alejándose a continuación de la mesa con su parecer bien escondido. Curiosa situación que inevitablemente no ha pasado desapercibida provocando unos obligados puntos suspensivos en algunas de las mesas que rodean al grupo, la totalidad, que ya observan sin pudor peña tan particular, especialmente en la mesa más próxima, donde una acaramelada pareja detiene su íntimo ronroneo para mirar al curioso peticionario, no sé con qué intención, que ahora, tan campante, cambia la jeta y se pone a reírle las gracias a su estridente y, repito, pasada en curvas compañera. Breve interrupción que no impide a la amorosa pareja la vuelta a su melosa práctica, un continuo engarce de miradas, besos y arrumacos que acaban derivando hacia el género melódico cuando ella, sin dejar de mirar fijamente a “su machote”, comienza a cantarle tiernas melodías que el otro aguanta sin parpadear ni intimidarse, manteniendo firme una mirada de puro amor hacia su amada y sin dejar de ajustarse la gorra negra que adorna su pelado cráneo; mientras, ella va enlazando una música tras otra y vocalizando una cadena de besos que impactan certeros contra su embelesado apolo a pesar de un infernal ruido de fondo en el que vuelven a sobresalir las nuevas risas de la señora de las curvas, que sigue a lo suyo, entreteniendo voluntaria e involuntariamente a una concurrencia multidisciplinar que aguanta estoica hasta que se vayan o directamente los echen. Pero la mimosa pareja decide irse primero; nosotros detrás.

 

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