El viernes había llovido, por la mañana, por la tarde y por la noche, un día desapacible de invierno que no invitaba a soñar con que la meteorología colaborara al día siguiente. Pero la mañana del sábado, aunque ventosa, amanecía limpia, dominada por un viento que, para algún que otro romántico, soplaba con fuerza para llevarse muy lejos tanta basura, tan lejos que no le fuera posible volver. De camino a Sol un par de músicos callejeros, enfrentados al frío y contra más viento que marea, adornaban la espera con una particular versión de La vie in rose que no animaba al personal a detenerse y escuchar pero, en cambio, se ofrecía como un buen presagio de lo que podía venir. Ya media hora antes, por las calles adyacentes a Sol, la gente se movía hacia el centro no precisamente de compras, y una vez en la plaza se arremolinaba en grupos o decidía descansar frente a un escenario vacío que, en un extremo de la misma, aguardaba, música en ristre, a algunos de los protagonistas de este último día de Enero. Decidimos hacer el trayecto a la inversa, es decir, en dirección a Cibeles, y a medida que abandonábamos la plaza por Alcalá la gente no cesaba de acudir charlando y mirando en derredor, probablemente intentando calcular un número que no parecía importante; un vistazo hacia atrás no dejaba muchas esperanzas en cuanto a espacio para los que venían de frente con intención de finalizar su recorrido precisamente allí. Caminando un poco más llegamos a la pequeña pendiente que media la calle, casi en Sevilla, hasta que pudimos ver a lo lejos la plaza de Cibeles, ni un centímetro de asfalto libre, sólo una ininterrumpida multitud cabezas de todas las edades que se prolongaba hasta donde alcanzaba la vista, igual que a nuestra espalda, muchísima gente moviéndose con exasperante lentitud; algunas pancartas a lo lejos servían de referencia, tal vez del principio de la marcha o de algún grupo especialmente importante, ya habían pasado las doce del mediodía y aquello no parecía avanzar, por algunos tramos era casi imposible moverse.
Como suele ser normal en este tipo de manifestaciones cada cual las aprovecha para salir a la calle a hablar de lo suyo, dando al conjunto una variedad para todos los gustos; se veían grupos procedentes de todos los puntos del país cantando y gritando consignas locales, agrupaciones y colectivos con su particular problema a cuestas, familias al completo, los habituales y desorientados portadores de banderas republicanas, preferentistas de Bankia o decimonónicos nacionalistas catalanes con bandera incluida. Repito que no deja de ser curioso que cada cual interprete la situación a su antojo, haciendo de ella la posible solución a su problema particular, lo que me deja algunas dudas a la hora de creer o imaginar qué es lo que se entiende con este tipo de manifestaciones, la de hoy sábado en particular, es decir, la urgente necesidad de exigir una autentica regeneración política que este país tanto necesita, por encima y más allá de particularismos y asuntos más o menos personales.
A medida que nos alejábamos los huecos eran mayores, pero la calle mostraba ese tono festivo que permite e invita a caminar por el centro de una calzada sin coches rodeados de gente siempre sonriente. Armonía que desaparecía de inmediato cuando, a la altura de Neptuno, uno alzaba la vista hacia un abandonado y más gris que nunca edificio del congreso, ese lugar que supuestamente ocupan nuestros representantes, y únicamente veía una calle vacía y enjaulada, un desierto rodeado de policías. Qué magnífico ejemplo para mostrar lo que significa democracia en este país. En cualquier caso los números de esta mañana no son lo más importante, eso lo sabíamos todos, lo importante era y es, todavía, la posibilidad de poder salir y verse las caras, detenerse a hablar con cualquiera y sentir que los problemas son comunes, que aún hay esperanza, más que temor, y te dices… ojalá esto no se olvide a la hora de votar.