Una de vaqueros

Es una película de vaqueros, de esas imposible de ver hoy en una sala comercial y mucho menos filmar -tampoco Tarantino-, sobre todo porque el personal pasa de vaqueros e indios, a pesar de la afición de la gente a hacer constantemente el indio tanto en su vida pública como privada. Y como no podía ser de otro modo es en una película de vaqueros donde uno puede apreciar en toda su crudeza la lucha a muerte entre hombres normales y corrientes poseídos por las ambiciones y los deseos que han llevado a la humanidad a lo que es y representa en la actualidad; desgraciadamente el contexto sigue pesando demasiado, se ve antiguo, claro, si uno no va más allá de las pistolas y las plumas. El hombre de Laramie es la película, y en ella un magnífico James Stewart interpreta a un hombre con un único y claro propósito, desenmascarar a los causantes directos de una matanza de hombres blancos por parte de los indios, lo que da lugar a un enfrentamiento puro y duro entre el poder desnudo y su desmedida ambición, por encima de vivos y muertos, y la voluntad de justicia de un solo hombre tras la verdad, o en cualquier caso la justicia que ponga a cada cual en su verdadero sitio. Pero, al margen del grato placer de verla de nuevo, lo que en esta ocasión anduvo rondando en mi cabeza después de la película -probablemente influido por los tiempos que corren- fue la fauna de secundarios que forman la argamasa que compacta las interpretaciones de las dos voluntades principales, no tanto los buenos -según la clásica discriminación que cualquier espectador hace a la hora de clarificar los personajes- como los malos -qué sería de cualquier buena película si no desfilaran buenos malos por sus imágenes-.

Estos malos se movían inquietos y desconfiados entre las vastas e ilimitadas ambiciones del poder y las contadas expectativas de justicia del ciudadano solitario dando o escondiendo la cara según sus confusos y rastreros intereses; rostros de pusilánimes, temerosos, resentidos y cobardes mostrando un feo catálogo de dobleces, mentiras y traiciones que a duras penas pueden sostenerse bajo la luz directa del sol porque sus valedores están habituados a sobrevivir en la semioscuridad de la medianía, temblorosos y a la expectativa, no son hombres de honor responsables de sus propios actos. Estos personajes me trajeron a la memoria algunos otros de nuestra realidad más reciente, políticos, defraudadores, trepas, lameculos y gente sin oficio ni beneficio que pululan entre las entretelas del poder -poder que desgraciadamente en la actualidad no posee un rostro identificable al que enfrentarse cara a cara con un revolver en la mano- robando, traicionando y asesinando por intermediación protegidos por el sistema y ocultos tras su propia cobardía. Porque hoy, tal y como sucede en la película, los malos no pueden ser desenmascarados y  públicamente eliminados a cara descubierta en un duelo en la calle principal en honor a la verdad y la justicia, sino que, para empeorar aún más las cosas, disponen en su beneficio de una cohorte de pistoleros de oficina y picapleitos sin escrúpulos encargados de enturbiar cuanto sea posible la escena de cualquier crimen, hasta el punto de ser prácticamente imposible dar con una prueba clara y limpia de los viles actos del asesino o traidor. Estos pistoleros y picapleitos, traidores a su propia profesión, no se encargan de impartir justicia, sino que colaboran con los cobardes para apropiarse parte del botín; en más de un caso para repartírselo a partes iguales.

En El hombre de Laramie la justicia finalmente triunfa y el rostro humano del poder, al verse sólo y vencido, cede ante su propia humanidad pidiendo ayuda y reconocimiento. Pero hoy, al carecer el poder de un rostro o rostros identificables, sus sicarios se escudan en que no existe prácticamente nadie con voz y arrestos a la hora de castigarlos, no hay una cabeza dirigente para lo bueno o para lo malo y por tanto los cobardes medran sin trabas, escrúpulos ni responsabilidades amparados en la confusión interesada y la más vergonzosa impunidad que la ausencia de gobierno provoca.

¿Se echa hoy de menos al valiente que cara a cara elimine al malo principal, eche a puntapiés a los cobardes y haga justicia? ¿Se ha convertido la justicia en un negociado de cobardes y abogaduchos empeñados contra el mundo en inventar y hacer prevalecer una mentira muy difícil o imposible de desentrañar?

Pero de lo que no cabe la menor duda es que hoy vivimos en un mundo de cobardes.

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Abandonados

Parece que ya ha pasado la fiebre informativa vaticana y las cosas vuelven a la normalidad, es cierto que se trata de una normalidad más bien crítica, pero llevamos embarcados en ella varios años sin que las cosas se aclaren ni solucionen en modo alguno, como si la intención nada oculta de sus causantes y mantenedores fuera dejar que el tiempo pase y por aburrimiento o cansancio la gente olvide todo lo que ha sucedido y ahora mismo está sucediendo, para, una vez recuperada o conseguida la nueva normalidad que traiga el olvido, seguir viviendo como si nada hubiera ocurrido. Asegurar con total rotundidad que es esto lo que en realidad está aconteciendo sólo alarmaría a los más ingenuos o estúpidos. Pero hay una cosa que me gustaría comentar a partir del espectáculo religioso que hemos padecido todos en general, religiosos o no, a cargo de unos medios informativos que venían buscando con desesperación algo más espiritual e intangible -que no dejara mancha- como lo sucedido en Roma para aparcar temporalmente una crisis que ya no les aporta tanto dinero, dando por ello una calurosa, prolija en medios y exuberante bienvenida a tan etéreo e incriticable montaje como el escenificado en el Vaticano; siempre y cuando se obvien u oculten los molestos aguafiestas y se pase de puntillas por las cuestiones más prosaicas y vulgares que con toda probabilidad oscurecen tan sospechoso y anacrónico lugar en el mundo. Viendo en las pantallas de televisión a tantos y tan fieles de aspecto más que sano atentos y expectantes al balcón de la basílica del Vaticano no dejaba de preguntarme para qué necesitaban “esas pobres almas” un guía espiritual, si andaban tan perdidos, tan necesitados de un tutor que les aconseje y para qué, pues a la vista de su envoltura invernal no tenían nada que ver con los indigentes y desgraciados golpeados, perseguidos o abandonados del mundo real; quizás sólo estaban allí sus espíritus -eso son palabras mayores-, una forma tan íntima, especial, intransferible y amarga de sentir la existencia que sin embargo no impide “sufrir” este doloroso mundo material a costa de los demás -explotando, humillando, oprimiendo, robando, esclavizando o asesinando a impuros y paganos- sin dejar por ello de sentirse espiritualmente desamparados, un materialmente satisfecho desecho espiritual sin consuelo posible en este desdichado y terrenal mundo. Tantas caras bien alimentadas y protegidas  contra el frío daban que pensar. Probablemente la mayoría tendrían sus detestables vidas materiales bien aseguradas como para disponer de tiempo para llorar de alegría, adorar y reverenciar a un pastor tan preciado. Pero ¿para qué necesitan el pastor? ¿tan desvalidos se sienten? ¿por qué, si por casualidad alguno de ellos ha leído la Biblia y para calmar el desamparo de sus atribuladas almas, no se dedican a llevar a cabo directamente en esta tierra de dolor la labor que intentó enseñarles el Cristo al que tanto dicen amar? ¿Dónde queda su amaos los unos a los otros?

Intentando evitar palabras mayores, desagradables o simplemente groseras me temo que tanto y tan buen corazón suplicante y henchido de fe mosqueaba a cualquiera que sin mucho esfuerzo se preguntara dónde paraba la justicia de toda aquella gente para con sus semejantes, ¿por qué no eran capaces de dejar de mirarse el propio ombligo y salían al mundo a ejemplificar con sus actos lo que sus rostros mentían? Tal vez la imagen del fariseo de la Biblia -muchos de ellos fingirían y tergiversarían ignorando a qué me refiero- sea una buena muestra para desenmascarar a tanto hipócrita necesitado únicamente de sentirse feliz consigo mismo celebrando a un pastor que nada hará por este mundo y que, si fuera honesto, dejaría todo lo que representa y se echaría a la calle para ayudar a los que realmente lo necesitan. ¿A qué pobres representan esos tipos de la plaza de San Pedro? Ya, a ricos pobres de espíritu.

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Vida salvaje

Hay en algunas empresas públicas -desde hace algún tiempo, e ignoro si también los sufren y en qué modo las privadas- tipejos de más o menos treinta y tantos, o cuarenta, con estudios de cualquier cosa ni muy difíciles ni muy especializados, que han accedido al puesto porque conocían a, pertenecían a, les colocó tal o pusieron la zancadilla a, con cuatro nociones básicas de gestión y ninguna experiencia o mínimo conocimiento de la labor a la que se dedica la empresa que les paga, y que suelen disponer a su antojo sin que nadie les diga que van desnudos y se les ve la correa que les sujeta el cuello y la razón. Son perros de presa adiestrados para ladrar a diestro y siniestro, y llegado el caso morder -según la voluntad o catadura del amo de turno-, a los que no les importa enmierdarse con tal de sentirse jefes sin serlo -¡ah! eso de ser jefe-, les excita, y si pueden mostrar restos de sangre mucho mejor, dan prestigio; pero que nadie les pregunte por qué, para qué o con qué fin hacen lo que hacen. A la pregunta pertinente callan o se excusan porque son incapaces de reconocerse como unos simples mandados haciendo las veces de sicarios sin armas, unos muñecos elegidos ex profeso para, sin pensar ni preguntar, hacer el trabajo sucio. En los tiempos que corren su mayor aspiración es mandar a la calle a todo empleado mayor de cincuenta años -da igual sus cualidades, efectividad y experiencia- y poner en su lugar a jóvenes de veinte que van a hacer lo mismo, cobrar menos de la mitad y pueden manipularse mejor -es textual-. Sin tener que llegar a las manos ni acordarse de los padres de estos señores, que los tendrán, es curioso que tipos que parasitan de una empresa a otra porque probablemente no dan para mucho más se apliquen con tanto fervor -en algunos casos con visible violencia- en liquidar lo que ha funcionado sin ellos y actualmente no lo hace porque no hay absolutamente nadie que sepa ni quiera hacer que funcione, no porque no haya soluciones sino porque económicamente no le interesan a sus patronos.

Lo más triste e importante de todo esto no es que los mayores de cincuenta pierdan el trabajo -con serlo de veras-, lo peor es que los más jóvenes y mucho mejor capacitados que vienen por detrás tengan que sufrir a estos sinvergüenzas y sus despropósitos por la estúpida razón de que nacieron después, enfrentándose e intentando sobrevivir a un futuro empeñado al capricho de tales fieras… aunque, ahora que caigo, esto me recuerda a los documentales de vida salvaje que a la hora de la siesta muestran cómo leones en su plenitud se dedican a irrumpir en territorios ya ocupados por otros de su especie, matar o expulsar al macho dominante -inevitablemente mayor que ellos- y devorar a sus hijos para quedarse con su parte de la sabana y todas las hembras… viene a ser más o menos lo mismo que estaba escribiendo más arriba pero, si no recuerdo mal, los leones son animales salvajes, por tanto irracionales, bestias que viven en función de unos apetitos básicos, comer y reproducirse, y nosotros los humanos presumimos de haber creado una sociedad racionalmente compleja de vida en común en la que existe un respeto mutuo universal y todos disponemos de momentos y lugares para intentar ser felices sin devorarnos unos a otros… o ¿me estoy equivocando de animal?… sin embargo, aquellas fieras humanas obedecen a leones viejos a los que profesan un miedo irracional…

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Cosas de este mundo

Escribo este blog desde Alcázar de San Juan, un pueblo grande que siempre ha pretendido ser ciudad y siempre se ha quedado en las ganas, suele suceder por estos lares porque no es el único, lo da la zona, además, en cuanto el alcalde de turno dispone de dinero se cree dueño del mundo y capaz de dar el paso que faltaba, pero luego, cuando las cosas vuelven a su cauce, romerías y procesiones. Como en todo pueblo con aspiraciones -de pueblo- sus habitantes son dados a los alardes y al todo gratis, o sea, pagado por el Ayuntamiento, pero el Consistorio no está actualmente para muchos trotes, cosa normal en los tiempos que corren. La antigua Corporación Municipal gastó y gastó por hacer que existiéramos en el mapa, y sí, había más visitantes, más hoteles, más restaurantes, más congresos, más celebraciones, en fin, más de todo, pero ahora no. El actual Ayuntamiento ha recortado sin medida, lo que podía, lo que debía y más, se han recortado hasta las ideas propias -si es que alguna vez las tuvieron-; pero no se podía dejar a la población sin nada gratis, y a alguna mente preclara se le ocurrió la brillante idea de organizar catas de vino a tutiplén -con alpiste ¿he dicho gratis?-. Cuando menos te lo esperas, toma, cata de vino al canto. Recuerdo que de pequeño solía beber vino en las comidas, eso sí, con sifón, entonces se consumía más vino que ahora, hoy al personal le ha dado por la cerveza, Mahous, similares y menos, de esas que vienen en grandes paquetes, sólo burbujas sin grado ni sabor, la cuestión es que sea barata y refresque. En las comidas se bebe cerveza -pone menos, dicen-,  en los bares y restaurantes se bebe más cerveza, y las cervezas  baratas -de las de al peso- llenan las neveras de la mayoría de los hogares. Si al personal, que ahora sale mucho menos a comer fuera, le piden en un restaurante seis euros por una botella de vino, se pone hecho un basilisco y llama a la policía municipal por intento de atraco. En fin, ese es el panorama. Pero ¿qué ocurre cuando el Ayuntamiento organiza una cata GRATUITA de vino? -¿se lo imaginan?- pues que hay tortas por apuntarse, y si alguno de los que aspiran se queda fuera se lía el consiguiente cirio del tipo ¿y ese qué se ha creído? Así que, ahora todo el mundo sabe de vino, todos entienden de vino, pero GRATIS ¡eh! Si usted siempre que ha salido a comer ha pedido vino y no se sienta en una mesa común con expertos de pacotilla, pues no sabe de vinos; si lleva desde no sabe cuando comiendo y cenando en su casa con vino embotellado pero no se deja ver en ninguna cata municipal, ya lo sabe, no tiene ni idea de vinos; si usted gasta en su casa los sacacorchos de tanto usarlos en abrir botellas pero no ha aparecido fotografiado en el periódico local cuando la última cata, como Dios manda, ¡bah! pues más de lo mismo. Después de la cata -GRATIS-, ya rellenitos y satisfechos, todo el mundo volverá a la cerveza, pero eso, y repito, que apenas tenga grado ni sepa mucho.

Cosas de este mundo.

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De Lincoln

¿Era imposible que la película de S. Spielberg consiguiera el Oscar este año? Probablemente sí, y la primera razón que se me ocurre es que S. Spielberg es Hollywood y autopremiarse no quedaría muy bien, sin embargo a la película le sobra calidad para lograr el premio. No creo que sea una novedad afirmar que a estas alturas Steven Spielberg no tiene nada que demostrar a la hora de hacer cine y, de hecho, su nombre ya es hoy historia del cine. Las cualidades del director son claramente visibles en su última creación, tanto es así que si hay algo que salva a Lincoln de ser una película corriente o intrascendente, previsible incluso -tal vez con otro director-, es su excelente manufactura –made S. Spielberg-. Su impecable realización, la seriedad y el metódico trabajo en encuadres, tomas, escenas o fotografía, el detalle a la hora de exprimir el guión en cada escena haciendo de ella un trabajo único buscando conmover y emocionar al espectador, rezuma la firma de S. Spielberg por cada uno de sus poros, y si además sumamos el excelente trabajo de Daniel Day Lewis y el de secundarios de lujo como Tommy Lee Jones no queda mucho más que añadir, pero…

El problema de Spielberg, si es que puede decirse tal, es que cuando uno se sienta ante una nueva película suya siempre le pide más, y tengo la sensación de que en el autor también existe un plus de compromiso y/o responsabilidad -no lo tengo todavía del todo claro- a la hora de elaborarlas, es como si prevaleciera un interés añadido por no hacer películas convencionales acerca de temas convencionales como el resto de los directores mortales, parece que el director se hubiera propuesto, más allá del cine, digamos, tópico o habitual, dar en cada trabajo con la película definitiva, intentar que cada cinta sea, en cierto modo, concluyente, que en ellas sólo se expongan cuestiones intemporales e universales tratadas con la magnificencia que se merecen, se descubran situaciones excepcionales y se muestren personajes capaces de sacudir los cimientos del alma humana, y como consecuencia de ello creo que en muchos de los espectadores que admiran su cine también coexiste esa “necesidad”, cuesta imaginar a S. Spielberg filmando una historia corriente de hoy día. Aunque nunca es tarde.

¿Es ese un problema del autor? ¿Es, en cambio, un problema de los espectadores? Si, por poner un ejemplo, Almodóvar, con su cine repetitivo, limitado y estridente, sólo ha dado para convertirse en el Álvarez Quintero de la democracia española, y sus admiradores así lo entienden y sólo le piden ese tipo de pasatiempo fácil, S. Spielberg, todo lo contrario, ha sembrado entre el público la impresión, o casi certeza, de poseer una renovada e inacabable capacidad para sorprendernos o maravillarnos, a pesar de su fijación con la inmortalidad y la “obligación” de facturar películas definitivas, pero si en verdad cada una de sus películas es casi perfecta en lo que concierne a su realización, pienso, sin embargo, que a veces les falta alma, un poco más de humildad a la hora de tratar los temas y diseñar los personajes -puede ser que, sencillamente, no le importe-; no creo que sea una cuestión de sensibilidad pero si de interés o capacidad a la hora de dibujar con trazos sencillos personajes normales -¿por qué no actuales?- que el público vea y sienta como normales, con sentimientos normales que parezcan tales, con los que el espectador sea capaz de identificarse y de los que obtener, a partir de su franca cotidianidad, la sensación de haber penetrado en los rincones más profundos de corazones universales.

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Urgencias

Hay gente que nunca suele esperar, tal actividad es una cuestión que no va con ellos, no lo hacen para coger un avión ni para comprar el pan, ni siquiera cuando tienen que acudir a Urgencias por una ídem. Sin embargo la mayoría de los mortales a menudo han de soportar el inconveniente de tener que esperar en muchas de sus actividades diarias y, cómo no, también cuando tienen la mala suerte de necesitar alguna urgencia hospitalaria. En estos centros de infortunio común cada cual se comporta y desnuda a su pesar sin que su razón o razones puedan evitarlo, la espera suele mostrar lo mejor y lo peor de las personas, dejando a la vista general las cualidades y manías con más celo ocultas. He aquí algunos ejemplos, entre heridos, doloridos, febriles, descompuestos o simplemente afligidos a veces se cuelan los enfermos de soledad, un dolor que se manifiesta a través de un sinfín de sufrimientos físicos, son personas que tan sólo precisan para sentirse bien que alguien les preste atención, les mire a los ojos atentamente mientras hablan y después les digan lo que quieren oír, aquello que ya suponían o imaginaban, porque necesitan demostrarse a sí mismos que siguen vivos y en este mundo; al lado se sientan los que durante su tiempo de espera se dedican a informar o martirizar -tanto da- al incauto de la silla vecina contándole con detalle sus mil desdichas, su enfermiza experiencia de enfermo, los cientos de brebajes consumidos para atender una dolencia de la que él  o ella sabe más que el médico, su íntimo y permanente tormento a la vez que razón de su existencia. Están los que sufren sentados viendo pasar el tiempo, no es que tengan mucho que hacer, pero siempre se creyeron distintos, especiales o más fuertes que los demás, no comulgaban ni sufrían como el resto de los quejosos mortales, el mundo verdadero era el suyo y el resto giraba alrededor, visiblemente nerviosos y hasta agresivos no son buenos compañeros para charlar de cualquier cosa, aunque siempre hay excepciones, sobre todo cuando la voluntad comienza a flaquear y los deseos de sinceridad hace saltar las propias defensas. También se sientan, si hay sillas libres, los que no tienen nada importante que hacer fuera de aquellas paredes y les gusta pregonar su enfado por tener que seguir haciendo nada precisamente en aquel lugar -a pesar de su estado físico-, coléricos y hasta desafiantes, con el teléfono exhausto y a punto de agotarse juzgan sin piedad a cualquiera que suelte una tontería o se atreva a equivocarse, porque precisamente él o ella no tenía que estar allí, y sigan sin entender o aceptar con qué derecho su cuerpo sí. También son de este mundo los que han decido tomarse las cosas con filosofía, no había más remedio, están en Urgencias y toca esperar, pues lo mejor es hacerlo lo más cómodamente posible, notifican a familiares y citas el repentino inconveniente, posponen con elegancia su día a día y se sientan a leer plácidamente hasta que les llegue el turno. ¿Y los perdidos? tipos con cara de no saber muy bien de qué va la cosa, que acudieron a Urgencias porque era la primera opción sin estar completamente convencidos de ello, dudosos acerca de lo suyo o de si les corresponde tal beneficio, personas que en lugar de rostro lucen una huérfana y enorme interrogación, además de un desamparo tan conmovedor que uno acaba preguntándose cómo pueden sobrevivir en este despiadado mundo. Están los más jóvenes, recién cocidos y mayores, frágiles, impacientes, traicionados en el mejor momento por su propio cuerpo y sin capacidad todavía para saberlo o reconocerlo, poseedores de un sustrato físico pero incapaces de buscarse y sentirse en él para otras cosas que no sean el martirio y los adornos, de pronto conscientes de que lo tienen en propiedad, incluida la posibilidad de ciertos, inesperados y siempre molestos desajustes, atados permanentemente al teléfono o algún otro mata ratos digital, obsesivamente atrapados en su propio aburrimiento y capaces de morir por autoabandono y acabar directamente en la morgue de no ser por sus complacientes y sacrificadas madres.

Entre profesionales que van y vienen haciendo su trabajo de mil formas posibles aguardan siempre atentos y expectantes decenas de rostros de esperantes suspirando entre el fastidio, el deseo, la esperanza, su contraria, la soltura, siempre supuesta, la prisa, nunca real, la intranquilidad, siempre cierta, el aburrimiento -también para los que toca acompañar- y la paciencia, quienes, en general y a su pesar, entienden que en un lugar de muchos alguien tiene que ser obligatoriamente el último, aunque todos en el fondo con una esperanza común, la de no ser ellos los que dejen la sala vacía tras de sí… temor siempre infundado, porque los visitantes no dejarán de aflorar continuamente a lo largo del día, las semanas, meses y años, afluencia solo interrumpida o muy lentificada cuando algún acontecimiento importante detiene el país -si, también las urgencias-, sujetas, como todo invento humano, a los vaivenes de la actualidad, porque sólo cuando la actualidad ha pasado la página más importante del momento se acuerdan el paciente y allegados de que tenían una urgencia que resolver.

¿Y qué hacen los que nunca esperan cuando, debido a esos curiosos avatares que tiene la vida, han de esperar? ¿o verse a sí mismos en Urgencias? Desesperarse y maldecir por tener que vivir en un mundo habitado por personas físicas y vulgares… luego, y lo que es peor, ellos son otro más. Ahora se dan cuenta. Mala suerte.

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A propósito del Papa

Con todo el jaleo que se viene armando alrededor del Papa y su dimisión, que nadie en la tierra puede aceptar porque no hay en la tierra nadie superior a él, nos tocará aguantar a ignorantes, necios y tertulianos ladrando sandeces a diestro y siniestro durante las siguientes semanas, eso sí, sin que nadie sepa con una mínima fiabilidad, o sencillamente no tenga puñetera idea, de qué está hablando; en este país de catetos la cuestión es crear polémica a costa de lo que sea, para cuando alguien se pregunte a qué venía tanto barullo, tal polvareda, el negocio de los de siempre ya estará hecho y finiquitado. Además, creo que a nadie le ha preocupado curiosear y entender que el todavía actual Papa siempre fue un hombre de estudio, más apegado a los libros, la pluma y los comentarios que a pasear su título por los cuatro puntos cardinales para jolgorio y éxtasis de millones de pobres almas desorientadas o simplemente perdidas, y ha sido tal su hastío al tener que sufrir en sus propias carnes las guerras, deudas, traiciones, sevicias y venganzas que se cuecen en toda diplomacia y política que no se ha sentido capaz de torear con ello y salir airoso, porque eso sin duda le habría supuesto el olvido y menosprecio de su propia integridad, tanto personal, religiosa como intelectual. De tales lodos estas consecuencias.

A lo que iba, uno de estos días tropecé con una “tertulia” televisiva de voceros y voceras trajeados/as que no decían nada interesante cuando, para mi sorpresa, la cámara se detuvo en un señor prelado de alzacuellos y negro riguroso. A una pregunta de la moderadora -o reverencia, por cómo la formuló, ya que sólo le faltó pedir perdón al reverendo por osar interrogarle, ella, una vulgar y pecadora mujer- el tipo en cuestión comenzó a disertar con esa voz dulce y atildada, preñada de placidez y sabiduría y acompañada de una permanente sonrisa de condescendencia que destilan los emisarios de la iglesia cuando se dirigen al vulgo, zanjando la cuestión en un tiempo prudente pero no escaso y sin que ninguno de los otros contertulios osará interrumpirlo, ya que todos lo miraban arrobados e iluminados por su bendita presencia, partícipes en una comunión de purísima beatitud. Para realzar la escena el realizador se encargaba de fijar la cámara de tal modo que apareciera el torso entero del jerarca, al que solo le bastó alzar las manos y darnos a ellos y nosotros la bendición. El papel del realizador a la hora de elegir la toma de la cámara era curioso porque cuando la moderadora o el resto de los tertulianos aparecían en pantalla la imagen que proyectaba el televisor era únicamente del rostro, con todas sus bilis e imperfecciones, menos en el caso del prelado, en el que parecía más importante mostrar la imagen completa, ropaje incluido, intentando enaltecer la importancia y solemnidad de las palabras del señor de la iglesia. Cuando hubo acabado el religioso el silencio todavía se mantuvo durante unos segundos antes de que alguno de los presentes empezara a decir algo -imagino que la tardanza fue debida a la necesaria reflexión ante las sabias palabras del cura.

En definitiva, que aquello tenía un tufo carpetovetónico a sacristía que daba miedo, infundía un sagrado temor que obligaba a la circunspección y el comedimiento, o más bien mostraba una sumisión y deferencia de idiotas sabedores de su insignificancia ante quien dice conocer de primera mano la palabra de Dios, la exhibición de un servilismo de ignorantes cazurros que no veía en televisión desde los tiempos de la dictadura. Tanto ladrar y ladrar, criticar sin medida, insultar a tutiplén, acusar sin base ni argumento para que luego llegue un cura y a todos esos viles solo les falte arrodillarse y rezar un avemaría.

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Otro más

Desconocía y desconozco la procedencia, el contexto y el calado del discurso improvisado de Beatriz Talegón, me es indiferente la afiliación, el matiz o la tendencia política de esta mujer pero no me cuesta imaginar la platea de dinosaurios a la que iba dirigido y que fingían escuchar aburridos, al mismo tiempo que me asquean los comentarios en voz baja que probablemente debieron producirse al oírlo, del tipo, ¡qué se ha creído esta! ¿cómo piensa que hemos conseguido lo que tenemos? O sea, más de lo mismo. Pero esta mujer es otro ejemplo más por el que no deberíamos mirar a la cara sin partírsela a ningún dirigente o empleado político o económico mundial que todavía pretenda justificar, mantener y defender el statu quo actual, es decir, la sinecura que le llena el estómago, y…

no deberíamos votar ni apoyar a nadie que haya sido parte del sistema político y económico internacional desde hace más de cinco años, si no se van a morir de vergüenza y de momento pasarlos por las armas son palabras mayores, simplemente echémoslos con las urnas.

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Señales

Lunes 04/02/2013. El ministro de Educación, José Ignacio Wert, ha señalado que se debería «inculcar a los alumnos universitarios a que no piensen sólo en estudiar lo que les apetece o a seguir las tradiciones familiares a la hora de escoger itinerario académico, sino a que piensen en términos de necesidades y de su posible empleabilidad». Wert ha indicado que en algo estará fallando el sistema universitario si la mitad de los titulados lo son en Ciencias Sociales. «Eso quiere decir que no estamos siendo eficaces a la hora de mandar señales a quienes entran en el mundo universitario», ha apuntado.

¿Lo han entendido bien? Lo ha dicho ese señor con cara de ladrillo y permanente media sonrisa -de esas que cuando uno la tiene ante sí no deja de sentir la incómoda y desagradable sensación de que el otro se estuviera riendo de tus muertos en tus propias narices-, un tipo curioso que bajo una nevada de alerta roja sería capaz de asegurar con toda firmeza y sin que le cambiara el gesto, sin parpadear ni perder la compostura, que en esos precisos momentos usted y él disfrutaban de un sol espectacular. Y tú preguntándote como un imbécil por qué cojones tienes frío y te estás quedando más blanco que la nieve. Es digno de elogio que alguien de su posición se preocupe por todos esos jóvenes que tienen que soportar pesadas tradiciones familiares de trabajo y más trabajo trabajando también ellos mismos, si esos jóvenes estuvieran atentos a las señales no pensarían trabajar como los pesados de sus padres y se dedicarían a la política, de la que cualquiera puede vivir sin necesidad de pasar por ninguna facultad, sólo haría falta relacionarse socialmente con quienes tienen dinero y únicamente exigen leal pleitesía, que les sobes el lomo cuando toque, te arrastres a su paso o les cantes y bailes cuando no haya nadie cerca para pasar el rato -las propinas pueden ser muy interesantes-; también podrían dedicarse directamente a robar o, ya puestos, inventar alguna variante de economía creativa, de esas que apuntan un gasto de diez, un ingreso de cien mil fuera de impuestos y la declaración de la renta les sale a devolver, eso sí tiene futuro, se ha venido enseñando en escuelas y facultades de fama mundial. Infórmense, infórmense.

Resulta curioso que un señor que en su momento estudio derecho -tradición familiar, supongo- no ejerza de abogado, con su buena labia, aunque le ha ido mejor con algún que otro máster en -curioso- Ciencias Sociales, lo que ha permitido patearse ofreciendo sus servicios numerosos organismos estatales -universitarios o no- relacionados con las Ciencias Sociales, fraguándose una experiencia profesional que nada tiene que ver con el derecho, eso sí, siempre a costa del erario público, me temo que sus virtudes nunca fueron bien vistas por la empresa privada, ¡qué estúpidos! Los empresarios se lo han perdido, aunque probablemente ahora que se mueve por las alfombradas estancias del poder alguien con ganas de sacar tajada del dinero público le reserve alguna consejería para cuando deje el sillón.

Pero, esta vez en serio, atentos a las señales que emite la sociedad los jóvenes podrían dedicarse a estudiar teología, ya que la iglesia a la que es tan devoto y tanto protege el señor ministro anda muy mal de pastores de almas, es necesario repoblar las parroquias, multiplicar las procesiones y romerías de rosario y mantilla y fomentar las vocaciones encargadas de dirigir a la grey, con más curas infiltrados entre la ciudadanía la obediencia y docilidad del pueblo estaría asegurada -a fin de cuentas a este mundo se viene a sufrir-, además, los curas no son nada levantiscos, cobran poco, ocupan casa junto a la parroquia, distribuyen caridad  gratis -por eso es caridad, la justicia solo la imparte Dios en el más allá- y sofocan a los revoltosos regresándolos al buen camino, el de la sumisión y la idiotez de la manada.

También se podrían dedicar los jóvenes al toreo, otro sueño del señor ministro, así se daría mucho más realce a la marca España. Aunque no sé si existen estudios homologados por la Unión Europea se podría crear en un plis-plas una Escuela Nacional de Tauromaquia y alentar a los jóvenes más reticentes a colaborar con la tradiciones más recias para así salvar a la madre patria de la humillación moderna gracias al turismo más carnicero, además de hacer crecer y multiplicar la cabaña ganadera de un animal tan exclusivo y español como el toro bravo, con sus cuernos y sus mugidos, eso haría que se construyeran muchas plazas y se fomentaran puestos de picadores, banderilleros, monosabios, apoderados, señoritos, folklóricas, palmeros etc., profesiones todas ellas muy respetables. Daríamos al público un auténtico espectáculo capaz de competir en autenticidad y reciedumbre con el fútbol que, reconozcámoslo, es un invento extranjero; así y todo se fomentaría la chulería patria, los cojones, el machismo y el honor, e indirectamente el tabaco, las moscas, la sangre y la carne de toro -que en el mundo no hay igual-, todo sea por el sagrado turismo.

La gente joven que siguiera sin ver las señales ni los avisos del gobierno y la sociedad -esos que gritan cada día que en este país la investigación no tiene ni dinero ni futuro- y se empeñaran en estudiar ciencias no sociales podrían hacerlo largándose al extranjero, -ya que aquí la marca España no contempla eso de las ciencias-, la educación científica y el esfuerzo investigador prolongado no congenian con el carácter oportunista, caradura y torero del español medio. El presente patrio demanda, además de curas y toreros, recepcionistas, camareros, crupieres, limpiadores etc., -los albañiles de momento fuera-.

Una última e inconveniente sugerencia, quizás también haría falta algún que otro periodista capaz de informar, de seguir y elaborar una noticia con criterio profesional sin venderse al segundo párrafo. Probablemente no tendríamos que avergonzarnos a costa de tantos que se dedican a copiar sin vergüenza obedeciendo sin rechistar las consignas de los propietarios y accionistas de los medios, o se tragan discursos, comparecencias y conferencias sin formular ni una sola pregunta, sin cuestionar una información, sin criticar una mentira, asisten y se van, aunque para eso no hacen falta estudios, el empresario, el conferenciante o el partido de turno enviaría a la redacción de turno el discurso correctamente empaquetado y acompañado de su correspondiente parte gráfica, listo para que el borrego del lector de turno se lo trague como si fuera la verdad. Esa es la realidad del país señor ministro.

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Cosas raras

En las páginas de política nacional de El País, entre sobornos, corruptelas, auditorías para amiguetes, prevaricaciones y querellas varias, se insertaba el pasado 25 de enero un anuncio que más o menos venía a decir así:

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Bangkok                  623 €          2363 €

Tokio                       628 €           2268 €

Maldivas                 832 €           2658 €

Bali                          763 €           2758 €

La primera pregunta que me hice cuando vi la publicidad no fue a causa de la diferencia de precios entre clases -creo que hay tipos que los consideran normales-, aunque, como son tan normales, cuando tenga un rato mire usted en su cartera y elija destino, en solitario o, si lo prefiere, en compañía de su marido o esposa -o amante-, o llévese a los niños, también ellos tienen derecho, seguramente dispondrá de un poco más de espacio que en las latas de Ryanair.

Tampoco vino la pregunta por la idoneidad de las páginas donde el anuncio aparecía situado, política nacional, ese lugar en el que es frecuente leer noticias acerca de señores que amillonan euros en Suiza sin preguntas, engordan cuentas bancarias sin saber cómo o por qué -ellos, tan elegantes, limpios y puros-, tipos habituados a congeniar con mafias varias, a las que favorecen económicamente sin darse importancia, amén de algunos ingresos de seis cifras y otras menudencias económicas, honrados señores que alquilan aeropuertos sin aviones a 3ooo euros -ignoro el tiempo- para carreras de coches etc. Que, bien visto, me parece un lugar más que apropiado para esa clase de ofertas.

Tampoco me pregunté por qué ese tipo de publicidad aparecía en un diario como El País -a fin de cuentas estamos en una sociedad de libre mercado-, antaño adalid y medio de expresión e información de la gente honrada, demócrata y progresista de este país en su enfrentamiento contra la caspa, las sobras y modos fascistas de los descendientes de la dictadura. Un periódico que en la actualidad desgraciadamente ha perdido la mayoría de su antiguo prestigio y se ha convertido en un anacronismo esquizoide del cual el mejor ejemplo es un dibujante que firma como El Roto, ese autor de dibujo feo, plano y sin imaginación que diariamente se dedica a cachondearse del personal menos pudiente con sus viñetas de ricos malvados de colmillo retorcido, recordándoles un día tras otro a los más golpeados por la crisis su inutilidad y la tremenda verdad de su único aprovechamiento social, convertirse en escoria trabajadora sin presente ni futuro; viñetas por las que cobrará sus buenos dineros, que probablemente le permitan volar a destinos como los más arriba indicados. Al dibujante, en su personal y pura moral del tipo que cada cual se apañe como pueda, no le interesa saber que el propietario de El País es un “fondo buitre” internacional inventado por la misma oligarquía financiera a la que tanto le gusta retratar en sus viñetas exprimiendo a los humillados por la crisis,  la misma gente que, para ahorrarse gastos, ha echado a la calle a la mayoría de los profesionales de más prestigio del diario, o formalizado un ERE salvaje para aclarar la redacción al son del famoso “hacer más con menos”, cuando todos sabemos que con menos se hace sencillamente menos; además de imponer una dirección que ha tirado a la basura en un tiempo record la fiabilidad y la reputación que aún le quedaban al diario, aunque todavía sigue engañando a bastantes incautos que lo compran confiados en las pocas plumas de prestigio que todavía resisten en sus páginas.

Pues no, ninguna de las anteriores fue la pregunta que primero me hice al ver el anuncio, la pregunta en cuestión fue, que si en un avión de espacio limitado donde la diferencia entre turista y business es más plástico, sushi congelado y sillones que no dejan de ser sillones, montones de diarios internacionales que dicen exactamente lo mismo, revistas del ombligo, más mantas que en una fábrica, televisión enana con mil canales e idéntica y detestable programación y demás lindezas para sibaritas de fitness y gintonic deconstruido sin alcohol exigiendo vociferantes medios y condiciones durante el vuelo para seguir buitreando como si estuvieran en sus oficinas -delicias todas ellas que, la verdad, no dejan de ser vulgares soluciones para salir del paso; porque, creo, no se trata de poner a disposición de cada cliente un avión para el solito-… decía que la pregunta fue ¿cuáles serán los auténticos placeres que marcan las diferencias en los precios?… ¿se los imaginan?

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