Entre chinos

En esta ocasión voy a hacer de mero intermediario. De un lado un tal Fernando Zhou, que resulta ser el presidente de una Asociación de Empresarios Chinos en Valencia, se explayaba con perlas como las siguientes el pasado 7 de diciembre en las páginas de El País:

 “Los medios han hecho mucho daño al hablar de mafia china. Tras la detención de Gao Ping, la policía ha entrado en naves para llevarse ropa. Se trata de mercancías que no declaran y se reparten entre ellos. Se aprovechan. A veces también pasa con el dinero.

P. ¿Está a favor del despido gratuito?

R. Sí. Así el empleado trabajaría más.

P. ¿Con el despido gratuito los empleados trabajarían más?

R. Seguro. La mentalidad cambiaria en España. Los países con muchos gastos no son competitivos.

R. Los chinos apoyan al empresario. Si el negocio no va bien, se bajan el sueldo. Y los españoles quieren que se cumplan sus derechos. España va mal. Las huelgas no valen para nada. Hay que aprender de los chinos.

Y del otro lado un reportaje de Mar Abad en el nº 35, correspondiente al mes de Diciembre, de la nada revolucionaria ni sospechosa revista Yorokobu en el que la autora habla del fotógrafo Albert Bonsfills y sus conclusiones a partir de su estancia en China el pasado año:

(Beijing) “Estuve viviendo con algunos de estos trabajadores una semana. Viven en unas condiciones horribles. No tienen ni un día de vacaciones, sus contratos son mensuales y duermen en habitaciones con seis o siete personas más”.

(Henan) “Esas localidades rurales están siendo despobladas. Las personas en edad de trabajar se van a la ciudad. No hay jóvenes. Solo hay niños y abuelos. Los padres se van a la capital y vuelven una vez al año para ver a su familia. A veces tienen que esperar hasta una semana en la estación para asegurarse de que encontrarán sitio en el tren que los lleve a casa”.

“Están muy mal pagados y no tienen seguridad social ni pensiones. Las personas de mediana edad tienen que mantener a sus hijos y a sus padres”.

(Guangzhou) “Es una de las ciudades más industrializadas del mundo. Está llena de fábricas textiles ilegales en los subterráneos de la ciudad y entre los empleados hay niños. Hay muchos talleres sin luz, desordenados y en malas condiciones”.

“…la jornada laboral es de diez horas y descansan un día a la semana. Otros, como los trabajadores de la construcción en Beijing, no tienen descanso».

“En China hay muchas ciudades fantasmas. Construyen urbes fantasmas solo por dar trabajo. Hay 64 millones de pisos vacíos. Pasear por ahí es como estar en una película… En China se fabrican 10 ciudades nuevas al año… Si, se fabrican. Esa es la palabra… Son viviendas que se construyen entre dos semanas y un mes. Hay un rascacielos de 40 pisos que fue levantado en una noche por más de 500 trabajadores”.

Probablemente el maravilloso sueño del señor Zhou sea la reencarnación de este paisaje típicamente asiático en España. Y no hablo de salarios. Ni de que en China es imposible comprar lo que se vende aquí a precios de allí, sin embargo aquí sí se puede vender, con precios de aquí, lo que allí se hace, por supuesto con salarios de allí. En fin, juzguen ustedes mismos.

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Una mala idea

Todos sabemos que el médico se dedica a curar enfermedades, el maestro a enseñar a niños y adultos, el albañil construye casas pequeñas y grandes edificios que diseña el arquitecto, el ingeniero proyecta y dirige la construcción de puertos, puentes, fábricas, carreteras, barcos o aviones, el maquinista mueve máquinas que otros inventan -incluso se inventan muchas que no necesitan maquinista-, o las conduce, también barcos; hay del mismo modo personas que se dedican a cuidar a otras haciéndoles la vida menos onerosa, más feliz incluso. Y existen otras personas que ocupan el tiempo intentando que los demás disfruten del suyo, cantan, pintan, hacen música, cine, teatro… Probablemente me olvido de muchas más que no tendrán ningún problema en saberse incluidas en este grupo, y así podíamos estar hablando bastante tiempo. Pero hay otros individuos que se mueven entre aquellas sin una función definida, facilitando la comunicación y el intercambio de proyectos e ideas o no sirviendo para absolutamente nada útil, sólo para incomodar, demorar, aconsejar, perseguir, incordiar, advertir, amenazar, sobornar o engañar a sus semejantes a cambio de sustanciosas y menos sumas de dinero, formando una gigantesca burocracia que más que facilitar el funcionamiento del mundo lo dificulta consagrada a engordar bolsas ajenas privadas de las que esperan obtener pingües beneficios. Políticos -que no política-, supervisores, gerentes, abogados, aseguradores, asesores, intermediarios, consejeros, expertos, técnicos, correveidiles y recaderos -probablemente me olvido de alguno- duchos en abstrusos papeleos que, supongo con la rara excepción de quienes entienden su propia actividad como un beneficio para la sociedad y no para ciertos particulares, anulan o lentifican hasta la exasperación cualquier proceso material o inmaterial entre las personas al tiempo que justifican su existencia de nada; una gigantesca e inútil burocracia -algo así como la Unión Europea- que más que facilitar la vida a la población está obsesionada con dificultársela hasta límites insospechados. Propongo pues la creación o invención de un único y autosuficiente programa informático cómodo de entender y manipular -es más fácil de lo que ustedes piensan- que anule y elimine a todos estos parásitos innecesarios, siendo el propio actor, albañil, ingeniero o cuidador el que durante su tiempo de trabajo informe al mismo para que su tarea conste y quede grabada, amén de facilitarle su correspondiente beneficio.

No sé cuanto ganaría o perdería la humanidad, pero seguramente todos los que se han dedicado y dedican a hundirla un poco más cada día no tendrían nada que hacer. Bueno, sí, maquinar cómo seguir parasitando.

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Publicidad

No pretendo descubrir nada nuevo ni abrir los ojos a quien no desee hacerlo para intentar conocer, comprender y juzgar el mundo en el que vivimos, un mundo que, querámoslo o no, nos incluye, contabiliza y explota sin nuestro consentimiento; en general uno a uno importamos bien poco, es un decir, significamos única y exclusivamente como sujetos de consumo, el resto no nos incumbe, las posibilidades de nuestra voluntad son limitadas y censuradas. Pero tanta evidencia, que probablemente habrá provocado más de una sonrisa de suficiencia, no debe impedir reconocer en qué nos hemos llegado a convertir y cómo se ha modificado nuestra sensibilidad, nuestra capacidad de respeto y nuestra tolerancia ante la bondad o la malicia, abandonados desorientados pero vivos en el centro de un inmenso páramo de indiferencia que en ocasiones llega a asustar por su inmenso poder para anestesiarnos dejándonos impasibles ante todo lo que sea ajeno a nosotros mismos, ni siquiera me atrevo a extenderlo a nuestro círculo más próximo. Por ejemplo, hoy somos capaces de visualizar cualquier vídeo “colgado” en Internet -ya sea en un servidor concreto, en algún medio informativo o en alguna web de medio pelo- en el que se muestre alguna catástrofe, una situación extremadamente desagradable, vejatoria, violenta, sangrienta o humillante y tragarnos tan campantes, con sólo fastidio o sin parpadear, la publicidad que probablemente antecederá al visionado que pretendemos satisfacer. Nuestro grado de atolondramiento, que no comprensión, no nos engañemos, llega hasta admitir y justificar lo “inevitable” de esa misma publicidad como intermedio obligado si queremos saciar nuestra errática curiosidad, que no información.

Tal capacidad para ingerir basura sin pestañear, criticar o renegar de ella, que poco a poco ha ido extendiéndose a todos los ámbitos de nuestras vidas, nos va impermeabilizando y moldeando mucho más insensibles y ajenos a nuestros propios principios, si es que alguna vez los tuvimos o todavía creíamos tenerlos, desfigurando nuestra ya deteriorada y pobre imagen y dejando como resto un reseco y miserable sarcasmo de nosotros mismos del que cada vez nos costará más salir.

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Respuesta a Macarena (Daños Colaterales)

¿Servidumbre? Creo que ni siquiera es eso, la servidumbre otorgaba al individuo un puesto en la sociedad de su tiempo, un hombre sabía en todo momento cuál era su lugar, mejor o peor, incluso podía tener una vida más o menos completa. También el esclavo ocupaba un lugar en la sociedad que lo dominaba. Lo que en la actualidad sucede es peor porque la mayoría de las personas no saben qué lugar ocupan en esta sociedad, se ha escrito y dicho tanto acerca de un mundo ideal en el que todos los hombres serían iguales que llegó un momento en el que el individuo, en su afán por resituarse y mejorar, perdió de vista su posición; por contra y como resultado de su extraña carrera se ha encontrado con que no ha podido alcanzar lo que él creía que era su destino y, para empeorar las cosas, el origen de dónde provenía ya no existe. El individuo actual ignora cuál es su puesto en la sociedad, no tienen dónde ir, ha perdido todas sus raíces, han desaparecido o han sido destruidas, no encuentra su pasado porque, embobado en su futuro, llegó a renegar de él y ahora se da cuenta de que también se lo han secuestrado. ¿Entonces? ¿Dónde se sitúa ese hombre en la actualidad? En un mundo que se mueve entre ficciones abstractas despojadas de cualquier referencia humana -crecimiento, desarrollo, progreso…- la cuestión para la mayoría de las personas es dónde ubicarse, porque, curiosamente, nadie parece situar a nadie por propia voluntad, sino que es “la bestia” quién pone a cada cual en su puesto, sin que tampoco ninguno sepa con certeza por qué precisamente ese es el suyo; en cualquier caso se trata de aprovechar la cuna y aspirar a ser más o menos favorecido, o intentar medrar lanzándose a una insegura y desesperada carrera sobre la que no se pueden hacer apuestas, ya se encarga la bestia de avisarnos acerca de la inutilidad de las ilusiones permanentes, hoy a la debilidad material de nuestro cuerpo le corresponde la nueva precariedad de nuestra existencia. La misma bestia también se jacta de no mostrar ninguna cabeza visible, es autosuficiente, ya que tampoco los que presumen de conocer sus engranajes consiguen dirigirla. Una máquina se puede parar y poner en funcionamiento, a la bestia nadie puede hacerle eso, absolutamente todos estamos atados a ella; la libertad del no ha desaparecido de la totalidad de sus dominios. Para los que su nacimiento haya colocado en una posición poco ventajosa resta abandonarse a una vida en permanente espera aguardando a que el engranaje deje un hueco en el que poder resituarse; en este presente potencialmente no somos personas, somos mano de obra o desempleados. Es la nueva semántica del siglo XXI. Ilusiones y deseos al margen.

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El pelo

No conozco referencias directas, ni momentos críticos o fechas cruciales, si el origen fue una reacción, una decisión, un capricho u otra nueva corriente -¡otra más!- iniciada vaya usted a saber dónde -quizás al comprobar que los almacenes estaban llenos de objetos inútiles que había que sacar a la venta como fuera-, como consecuencia o por qué algunos o muchos lo consideran una estupidez; tal vez se deba a la necesidad de marcar distancias entre antiguos y modernos, viejos frente a jóvenes, porque cuando uno alcanza cierta edad le da por reírse de las revistas pijas de los grandes diarios o de esas otras tan exclusivas de papel cuché donde, a falta de ideas, vuelven a reinventarse los mismos temas de siempre para atraer a la gente más joven, el nuevo sexo (?), ¿qué papel juega en el sexo el nuevo hombre (?)? la rabiosa actualidad del pelo corto, el futuro de la manga ranglan, el valor del fondo de armario, el paquete prieto o el tradicional nuevo estilo desenfadado (?); vender e inventar el súmmum de lo que usted quiera o el súmmum de la evolución, también humana.

Ahora está de moda, menuda tontería eso de estar de moda, bueno, a lo que iba, hoy lo guay es depilarse de arriba abajo, rasurarse hasta quedar como un bebe pero mucho más desarrollado -se lo imaginan-, quizás para verse bien ante el espejo, por delante y por detrás, por arriba y por abajo, sin molestias capilares. ¿Para qué? El por qué de la actual cruzada contra el cabello y vello humanos me deja un poco frio, o ignorante. La casi desaparición del pelo del cuerpo de los homínidos tuvo que ver en algún momento de la evolución con la vida en la sabana, un lugar demasiado cálido como para vivir envuelto en calurosas y agobiantes greñas; con el paso del tiempo el hombre desechó el pelo de casi todo su cuerpo, como aprendió a comer carne y fue poco a poco perdiendo la principal función de los molares, que hasta entonces se dedicaban a masticar hierbajos y otros especímenes verdes que crecían de la tierra. Pero eso fue entonces, lo de ahora es más difícil de concretar… la apariencia, la hermosura, la lisura, la tersura, la guapura… el desprecio. Quizás la pornografía haya tenido que ver más de lo que a primera vista pudiera parecer con eso de la depilación completa. Hoy el sexo peludo es sexo jurásico, videos o fotografías de pubis femeninos y masculinos vellosos lucen como los colores gastados de una fotografía de nuestros abuelos, solo interesan para sonreír ante ellos y comentar con aire de superioridad ¡qué viejos! En la actualidad “polvos” y “pajas” han de mostrarse en todo su esplendor, sin ninguna mata de revoltoso vello que desdore la nitidez de las imágenes, ensombrezca el pliegue más pequeño o impida la libre circulación de fluidos, no existen detalles ocultos ni puntos oscuros, en el momento de filmar ahora todo es más limpio, más transparente, más claro, más rosado, más blanco, más real. Si ese fuera el motivo de la depilación completa, una mejor imagen, probablemente no sería tan interesante, es un motivo como cualquier otro y no hay que concederle más importancia, atrás quedaron los tiempos en los que las decisiones humanas surgían de condiciones y circunstancias excepcionales, o trascendentales; en la sociedad actual cualquier tonto cree que puede hacer relojes y nadie se molesta en hacerle ver que no es cierto, cualquier idiota filma o muestra una idiotez y surgen millones de secuaces suspirando por ello, o quitándose la vida. Porque no se me ocurre otro motivo más atinado que justifique el rasuramiento general del nuevo narcisismo, o ¿es que somos tan extraordinariamente guapos que necesitamos como el aire revelarnos en todo nuestro esplendor?

Algunas historias futuristas mostraban unos humanos hiperdesarrollados con una enorme y pelada cabeza que contenía el fruto evolutivo de una inteligencia descomunal. Pero en el fondo me temo que no es la inteligencia la que ha pelado cráneo y cuerpo humanos para adaptarlos a un cerebro superinteligente, igual es que hay una parte del cerebro que, frente a la inteligencia y sus recompensas tan a largo plazo, prefiere disfrutar admirándose cada mañana ante el espejo, las cualidades ocultas -inmateriales o abstractas- no dan tanto lustre a primera vista. ¿O hay algo más?

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Daños colaterales

El propio desarrollo de las sociedades humanas fue el que promovió y extendió a partir del Mundo Moderno una enorme corriente reproductora y socializante, logrando que, a partir de la aparente necesidad de mano de obra movilizable laboral, militar y colonialmente útil, más y más personas vieran la luz de este mundo para servir fielmente al siempre alabado “progreso humano”, y de ese modo satisfacer las ambiciones y deseos de crecimiento de una élite de ricos propietarios que nuevamente redescubría que el espléndido futuro de su codicia podía no tener fin. Tan “generoso”, “desinteresado” y “universalista” interés posibilitó un crecimiento millonario de habitantes que, dirigidos y “automotivados” por las “necesidades” y “apremios” de sus descubridores, ocuparon por completo tanto la tierra conocida como desconocida, reproduciéndose ordenadamente y sin medida hasta llegar a hacer reales o culminar los mejores sueños/beneficios de sus padres putativos. Llegó un momento en el que esa misma multitud, surgida, no olvidemos, en función de una estupendas fábulas y ambiciones de acumulación dinerarias, llegó a hacer suyos afanes semejantes, siempre dentro de sus limitadas expectativas, y comenzó a creer ingenuamente que también ella podía ser dueña de sus propiedades y su futuro, es más, se atrevió a creer que el futuro era, de hecho, suyo, con lo que empezó a pedir y exigir cada vez más atribuciones a sus sorprendidos y al principio confiados tutores -comodidades, mejores condiciones de vida, derechos iguales, beneficios directos, y no tanto, deducidos del incesante acopio de sus patronos, etc.-, a lo que éstos fueron respondiendo concediéndoles cada vez un poco más sin que en ningún momento se debilitara ni corriera peligro el ordenamiento social previo -es decir, arriba y abajo, los que tienen y los que no, los que dirigen y los que obedecen…-, y sin que tampoco cayera en el olvido la premisa principal y más importante -la completa imposibilidad de igualdad entre los hombres en la tierra-, que muchos entre los ingenuos e incluso orgullosos aspirantes pronto arrinconaron y despreciaron, hasta el punto de llegar amenazar la plácida seguridad de “sus dueños”. Los anhelos de una nueva humanidad como bendita, feliz y unida muchedumbre fueron unos imprevistos daños colaterales con los que los poderosos tuvieron que bregar a cambio de que un permanente crecimiento siguiera siendo la “guía espiritual universal” del planeta. Pero la historia no podía continuar indefinidamente porque corría el peligro de extralimitarse y desafiar seriamente las jerarquías establecidas, por lo que los inventores de la actual civilización occidental, a la que todos parece que quieren pertenecer o disfrutar, dijeron basta, ya está bien de concesiones, hemos de volver las cosas a su sitio, y un idílico futuro se interrumpió en seco. Basta de derechos, basta de beneficios, basta de potenciales igualdades que promueven un peligroso y envenenado discurso que divulgaba sin rubor un hipotético e igualitario reparto de ganancias socavando peligrosamente unos cada vez menos rígidos ordenamientos sociales. Se suprime definitivamente el concepto de progreso entendido como maná benefactor para la mayoría de las personas y se vuelve, sin eufemismos, a los tiempos de la esclavitud. Hoy ya es un hecho la constitución de un millonario ejército de manos suplicantes que desesperadamente imploran una ocupación para una vida tan solo decente a cambio de casi cualquier cosa, fomentándose una nueva conciencia de masa social  moderna cada vez con menos derechos, o sin ellos ni aspiraciones. Ese es el presente de la mayoría de la humanidad, no sé si también su futuro, porque, sepan, que desde Espartaco los esclavos han sido incapaces de ponerse de acuerdo en su propio beneficio y derribar cualquier ordenamiento social preexistente. Y Espartaco, si es que existió, también fracasó, bueno, ahora es un famoso personaje del cine y la televisión bastante rentable.

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Presente y futuro

Hemos pasado de la publicidad como una forma de ofrecer a un posible o futuro comprador un producto que, sin rubor ni vergüenza, el propio fabricante afirma que es el mejor del mercado, con lo que el hipotético consumidor es considerado de antemano algo así como un imbécil funcional sin criterio ni capacidad para informarse, sólo útil en cuanto recipiente con tarjeta de crédito al que, para seguir dejando de lado a la vergüenza, se clasifica y distribuye en grupos-objetivo en función de su grado de estupidez a la hora de dedicar más o menos dinero y capacidad creativa, amén de inteligencia, y confeccionar el reclamo publicitario con el que el inexperto se sentirá identificado…

a una publicidad en la que ya no es necesario ofrecer nada para que el sujeto consuma, es decir, intente satisfacer unas necesidades perentorias inventadas e impuestas por el mismo fabricante, incrustadas hasta hacerlas pasar por propias en las tiernas mentes de los ya no consumidores, sino meros substratos físicos -cuerpos-, que en esta sociedad capitalista tan querida por todos han devenido en uno de los más frágiles y enfermizos de los que se tiene conocimiento desde que la antropología se dedica a estudiar los orígenes y evolución del género Homo, o desde que nuestros antepasados los monos se decidieron a descender de los árboles; así, en la actualidad, el mismo Homo Sapiens que ha doblegado la tierra hasta dejarla en el estado que actualmente se encuentra ya no es el fruto más o menos avanzado de una socialización salvaje y depredadora, sino un completo inválido físico poseedor de un cuerpo incapaz de llevar a cabo con normalidad las funciones más elementales de su naturaleza: incapaz de alimentarse con inteligencia, o simplemente sensatez, incapaz de digerir los alimentos con los jugos de su propio estómago; carece de músculos o fuerzas para practicar cualquier ejercicio físico que suponga un mínimo esfuerzo, no sabe cagar con normalidad, no sabe cómo curar un resfriado sin productos farmacéuticos, desconfía de sus capacidades para jugar o estudiar por lo que sistemáticamente necesita ingerir suplementos vitamínicos extras, y no soporta la mínima dolencia, con lo que su propio cuerpo irá perdiendo poco a poco su fortaleza a la hora de enfrentarse a cualquier contratiempo, por pequeño que sea, negándose a sí mismo todo dolor -el más terrible mal-, ni siquiera como simple aviso suscitado por el inevitable contacto con el exterior, generado por un esfuerzo, causado por un golpe u originado por un imprevisto, incapaz de resolverlo por sí mismo sin la ayuda de algún medicamento urgente que proteja su estupenda invalidez; convirtiéndose con el tiempo en aquel terrestre subnormal que en Wall-E vegetaba en el espacio encajado permanentemente en un sillón electrónico, con la única diferencia, negativa en este caso, de que en tal estado ya no habrá ningún futuro ni Wall-E que pueda sacarle de tal pozo de humana decrepitud.

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Un recuerdo

Son capaces de imaginar qué mundo tendríamos si las mujeres en lugar de vivir, pensar y votar como hijas, hermanas, esposas, madres, abuelas, amigas y amantes vivieran, pensaran y votaran como lo que, antes que cualquier otra cosa, son: mujer.

Además, no existiría el Papa, ni Nacho Vidal, ni Brad Pitt, ni esa persona con falda llamada Angela Merkel…

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Occidente

A la parte del mundo conocida en la actualidad como Occidente se le han achacado a lo largo de la historia multitud de guerras, agresiones, agravios, presiones e intervenciones secretas en infinidad de lugares y épocas que, sin tratar ahora, ni mucho menos, de explicar o justificar, han influido considerablemente en la actual distribución de estados en los que está repartida la población mundial. Por otra parte, en una gran mayoría de los países de la tierra hoy día puede accederse a información de primera mano acerca de lo que ocurre y cómo vive el resto del mundo, información que, en principio, no debería estar manipulada, pero que, como suele estarlo, ello no impide que cualquier ciudadano pueda consultar otras fuentes para comparar y decidir en función de sus intereses, sus creencias, sus deseos o de la misma justicia, ya que no de la verdad -asunto éste en el que es mucho más difícil ponerse de acuerdo-. Y de lo que tampoco cabe ninguna duda es que el actual sistema democrático de votaciones generales es uno de los más extendidos internacionalmente y, creo, de los más aceptados a la hora de dar cabida en cualquier sociedad a distintas formas de pensamiento y la posibilidad de su convivencia sin ningún tipo de violencia.

También es cierto que la civilización occidental es la única que ha llevado a cabo a lo largo de su historia una constante autocrítica que ha ido dejando por el camino arcaísmos, tradiciones, ideologías y opciones religiosas, políticas y sociales en las que grupos de población resultaban vejados, apartados, reprimidos o despreciados como consecuencia del dominio cultural o religioso de otros más poderosos, proceso que, contra las intenciones de todo poder, sigue permanentemente abierto. Así, puede afirmarse grosso modo que las “imperfectas sociedades” hoy vigentes en Occidente son fruto de la voluntad de sus propios ciudadanos, y en ellas puede vivir y disfrutar todo aquel que guste y acepte las condiciones que asumen y consienten los “occidentales”, individuos que, por otra parte, no aceptarían de buen grado modificar sus condiciones de vida por las de otros países de distinto ámbito cultural. Vivir no deja de ser una cuestión de voluntades.

Pero Occidente no siempre ha de ser el eterno y recurrente malo de la película, ni tiene por qué aceptar que otros intenten imponerle formas de pensar provenientes de tradiciones, ideas o dioses no considerados como suyos. Lo normal sería que si alguien quiere vivir en un país occidental encuentre las puertas abiertas si está dispuesto a llevar el modo de vida de sus habitantes, de lo contrario las  puertas seguirán abiertas para que se marche cuando quiera. Que Occidente exista tal como es hoy -económica, científica y socialmente, con todo lo que ello significa- implica un añadido extra para los gobernantes del mundo en general, añadido que tiene que ver con la información y el saber -también con el poder-, y son esos mismos gobiernos los que han de convencer a sus gobernados de que sus proyectos y políticas son las mejores y más adecuadas para sus respectivos países, pero de su capacidad para hacerlo, de su honradez y competencia no siempre tiene la culpa Occidente. Los occidentales no han de sentirse como los permanentes culpables de lo que no funciona o está mal en el mundo. A sabiendas de pecar de simplista, si en la actualidad algunos países, gobiernos, partidos, religiones o individuos intentan resolver su incompetencia, por ineptitud, comodidad, impericia o flagrante corrupción, haciendo de Occidente y su forma de vida el chivo expiatorio que oculte sus carencias y dificultades, la solución no debería ser arengar a las masas más ignorantes y ponerlas en contra de Occidente, aunque eso siempre funcione, la cuestión es: ¿qué le ofrecen esos mismos a sus compatriotas? ¿son leales y sinceros con ellos? ¿por qué no hacen autocrítica y en lugar de poner sus propias ambiciones en primer lugar se dedican a gobernar intentando adaptarse a los tiempos que corren dejando a un lado a Occidente? Por encima de grupos de presión, organismos internacionales y amenazas de cualquier tipo en este mundo todavía se puede decir no, afortunadamente.

Otra cuestión es que tu vecino está aguardando tu paso para apuñalarte por la espalda y quedarse con tu casa y tu país.

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Apunte

No se me ocurre nada lo suficientemente sonoro y contundente para denominarlo, servirían bastantes calificativos, a cual más grosero y malsonante, pero sería hacer mal uso de las palabras. De los tres términos de esta hipotética ecuación, la Iglesia de Roma, las mujeres y los fieles de aquella, no sé cual es más vil, cual más estúpido y cual más hipócrita.

Hace poco la Iglesia Católica de Roma escenificó en el Vaticano una ceremonia de santificación o investidura, da igual, no es relevante, como “doctores en la fe” de cuatro personajes que vivieron hace cientos de años. Ignoro mediante qué artimaña alguien puede ser doctor en algo tan intangible, personal, aleatorio y caprichoso como la fe y sus “particulares razones”, jamás entendidas por otros que no sean uno mismo -y tampoco- e, incluso así, difíciles de explicar a los demás por el propio sujeto en cuestión. Entre la muchedumbre semianalfabeta que poblaba la plaza de San Pedro estaban algunas de las mujeres que dirigen el partido del gobierno en España, mantilla en cabeza, que no en ristre. Mujeres que en sus vidas copulan y han copulado con quien han querido -cosa que me parece muy bien- han tenido hijos fuera del matrimonio y  viven “en pecado”, todo ello al margen y contra la religión en la que dicen creer, que no practicar. Es curioso cómo esas mujeres son capaces de estar en público sin que se les caiga la cara de vergüenza, asistiendo a una ceremonia de un espantajo de religión -cruel, reaccionaria, misógina y vengativa- que trata a los pobres y desfavorecidos con suma rudeza y desprecio, ignorando sus condiciones de vida y no haciendo nada para paliarlas o remediarlas, y al mismo tiempo lame las suelas del poder mendigando en su propio beneficio, que no en el de sus fieles; cómo nadie en su sano juicio es capaz de denunciar semejante éxtasis público de hipocresía. Y cómo millones de fieles asisten a tal aquelarre de codicia y escarnio hacia la humanidad sin sentirse engañados y repudiados, sin denunciar a sus jerarcas y exigirles en sus obras que sean consecuentes con “la verdad” que sin ninguna moralidad ellos predican.

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