Quien sabe que no sabe

Llegado hasta allí por el lugar que cada cual ocupa en este mundo de convivencias, por casualidad o por propia voluntad, se hallaba ante aquel monstruo probablemente concebido por un frustrado que, si aún seguía vivo, se odiaba a sí mismo, un tipo que, habilitado por sus estudios para practicar una actividad supuestamente beneficiosa para sus semejantes, había decidido en algún desafortunado momento, quién sabe si seducido por qué miserable parca, proyectar esa desmesurada y descosida mole que tenía enfrente, un desmán roto y deslucido, jactanciosamente gigantesco, un derroche ideado para insultar a las personas convirtiéndolas en hormigas y que otro tipo igual de estrafalario y cuadriculado decidió en una mala noche dedicar a usos hospitalarios, sí, ese era el hospital, un enorme equívoco que cuando por fin te dejaba pasar persistía en su avasallamiento abandonándote en un desangelado y hueco vestíbulo ataviado con unas puertas metálicas diseminadas al azar que parecían dar acceso a peligrosos laboratorios donde trabajaran científicos descerebrados planeando el fin del mundo, escuetamente informado por una cartelería forjada para cíclopes y vacilante ante unos desmedidos y fríos pasillos ideados para alguna especie de vehículo industrial o espacial de alguna sociedad futura, que no personas, en los que los visitantes corrían el peligro de extraviarse aislados en su absurda anchura.

Caminaba con los demás, el último, dirigidos por el más espabilado o el que más tiempo había gastado recorriendo las entrañas de aquel exabrupto arquitectónico, deambulando por escaleras y ascensores que emitían consignas metálicas, que jamás podrán confundirse con la voz de una persona, hasta que dieron, como no suele ser habitual, con una puerta de cámara frigorífica que les permitió el acceso a lo que era una habitación improvisada para derrotar, que no curar. Todavía confundido o extrañado no supo reaccionar a tiempo y se halló a sí mismo excluido en el interior de aquel habitáculo, ajeno a un espontáneo rumor de pétalos cerrándose alrededor de la enferma, preciado tesoro envuelto por un afectuoso aroma cargado de atropellados murmullos que cariñosamente cercaban a la que en ese momento dejaba de ser víctima, como todos somos o seremos algún día, prisioneros de los rigores materiales que concita la existencia misma. Sobresalía un dulce ronroneo de besos, preguntas y revoltoso cariño, recuerdos de ayer, hace tiempo o un rato junto a sinceras caricias, comentarios ingenuos o infantiles, o del tiempo, pérdidas siempre discutibles, malas direcciones, opiniones acerca del edificio -su no sé qué o fealdad-, más sonrisas, alguna poco ensayada ternura y menciones a otros más o menos lejanos que no pudieron o no quisieron acudir, todo a la vez insuflando aliento, afecto y calor al interior oculto de la flor; sin embargo, aquella especie de inesperada gestación le brindaba el tiempo necesario para echar una ojeada completa a una habitación en la que, no cabía ninguna duda, se corría el riesgo de perder la esperanza y hacerse mortal. Y llegó el momento en el que cada pétalo, o todos al mismo tiempo, comenzó a padecer las consecuencias del generoso entusiasmo de su profuso y desordenado afecto en forma de un particular aumento de grados, lo que provocó que, caprichosamente uno tras otro, fueran abriéndose descubriendo a la luz una pequeña flor en la débil frescura de toda su humana humildad, un preciado tesoro sometido a un feo, envejecido y enano sillón desechado de otras alcurnias, un delicado botón al que la intrascendente fealdad del mueble no impedía brillar con fuerza propia; allí, sentada en el centro de la habitación, la paciente -porque debía esperar- se esforzaba persiguiendo a sus inquietos ojos saltando de un lado a otro brillantes y traviesos, incapaces de permanecer quietos, agradeciendo cada sonrisa o censurando divertida alguna que otra sentencia inconveniente, admitiendo benevolentes sermones y repartiendo dulces reprimendas, dejándose acunar entre gestos amigos y cordiales o comentarios deliciosamente frívolos; olvidando resignaciones antes vacilantes que ahora perdían consistencia gracias a una fuerza obtenida de donde nunca parece haber, fortalecida por una pizca más de ilusión y mucha gratitud que no siempre es obligatorio devolver porque nos sobra, mecido todo por un tiempo que voluntariamente optaba por demorarse entre aquel jovial jaleo de cuchicheos y voces intentándose abrirse paso casi a gritos, inconscientemente irrespetuosas con el lugar, que obligaban al aire a correr ligero entre las palabras refrescando risas y miradas yendo y viniendo entre ellos con ella. Una curiosa situación que inevitablemente no dejaba de fomentar más y más cortesías, sonrisas renovadas y también más reconvenciones -el genio, dicen-, sabios consejos de andar por casa de quienes nunca aprenden -todos-, además de otras muestras de atención disfrazadas de preocupación y seguidas de una tropa de buenos deseos entre los que se colaban mentirijillas que no pretendían ser piadosas o ese guiño sin un significado preciso cazado al azar, tal vez el bondadoso desafío de alguna flor rival, una queja evaporada con tumultuosa rapidez o el propio trabajo de la desconcertante memoria. Vinieron los recuerdos hacia las inevitables ausencias, lo que facilitó al camino a alguna lágrima asomando a traición, felizmente vencida por un vuelta a empezar intentando retomar lo anterior pero que nadie recordaba qué fue, lo que fuese, o proseguir con otro propósito hecho proyecto en el que de pronto florece un mañana, el miércoles, surge una advertencia que no pretende ser crítica ni benévola, planea un vaso de agua y salta un ¡cómo llueve! distraído y frugal que acaba coloreando las paredes.

…

La tarde y el tiempo fueron pasando y como de costumbre venciendo, madurando la dulzura, sometiendo voluntades y sosegando los deseos, facilitando el reposo de la alegría y dejando que la ternura se fuese diluyendo plácidamente entre giros de cabeza, vistazos a las paredes, ojeadas a través de la ventana o encontronazos con el suelo para evitar hablar con los ojos; las manos se cruzaban ahora sin saber, desaprovechadas, el techo era mil veces repasado y la debilidad de cada una de aquellas almas pugnaba por salir para ser inmediatamente reprobada obligándose a rebuscar en sí mismas un grano más de cariño, temblonas, recelando de una siguiente vez en la que intentarían no perderse, por si aquellas paredes tan feas fueran insuficientes para hacer de salvadoras. Las risas también se fueron aturdiendo dando paso a forzadas tentativas por hacer lo que se hace cuando hacer no cuesta esfuerzo, cuando saludamos o no saludamos, según nos venga, porque el segundo siguiente, sin todavía ser, nos deja caprichosamente mudos o justificando nuestro encogimiento hacia un saludo que no es más que eso, mejores deseos. Y como el mañana se aleja porque aún están en hoy la luz comienza a volverse más mortecina y con ella la esperanza, la oscuridad va afianzándose poco a poco seduciendo con indolencia miradas y corazones y el primer chirrido sucede, apenas percibido cuando inmediata y rápidamente alguien intenta taparlo sentenciando con una tontería que no es necesario que nadie crea, hasta que llega el siguiente, o un mohín, los parpados comienzan a pesar y alguien tiene que decir que el tiempo no va a cambiar, sigue lloviendo y los ojos escuecen; por el semblante de la enferma vuelan algunas sombras, el suelo se hace más reconocible, casi familiar, ahora las miradas no se atreven a cruzarse y lo que un poco antes era brillo y alegría entre los presentes adquiere esa textura trabada y espesa tan humana, delatora de tanto que no se es capaz de expresar, ¡cuánto te quiero! ¡qué puedo hacer para que me creas! ¡por qué no puedo llevarte conmigo! Preguntas tan hermosas y valiosas como en aquellos momentos temidas, crudas o crueles, que no duele decir cuando no son completamente ciertas pero que apuñalan el alma cuando uno no se atreve a articular porque presiente que se quedarán pequeñas, sospecha de su afilada brevedad porque está empezando a faltarse a sí mismo, desconfiado, desconfiando, como le sucede entonces a él que, sin mediar excusa, sale de la habitación sin saber, incapaz de respirar aire fresco en el interior de aquel monstruo tan frío y feo, y sin pensar cómo o por qué se lanza escaleras abajo sin volver la vista atrás, ahogado en su infinita inexperiencia, torpeza compartida que también violenta a los que quedaron arriba porque nunca se sabe del todo o solo se sabe de oídas, hasta que el agua de la calle le golpea el rostro, un agua ajena e incansable que le devuelve a la terca realidad del ¿por qué? al trasiego de la gente que va y  viene con o sin paraguas, con o sin flores, ignorando si saliendo o huyendo de aquella mole llamada hospital que, en su horrenda constitución, es capaz de abrigar a su pesar flores tan delicadas como las que con tanto cariño se esfuerzan en mimar tantas y tantas personas que, en su perenne debilidad, siguen sin saber y no obstante logran amasar una dureza inmensa que jamás podrán derrotar las horrendas construcciones improvisadas por los hombres más malvados.

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De miedo

La historia sucedió, como suele ser habitual, sin que nunca nadie sospechara y sin que, tampoco nadie, cayera en la cuenta de que la corriente normalidad con la que se sucedían días, meses y años ocultaba el germen de un plan perfectamente calculado que, en el momento preciso, se encargaría de abrir la caja de los truenos para asestar un golpe de mano definitivo que cambiaría presente y futuro para siempre. Y por supuesto, si a alguien se le hubiera ocurrido sospechar, murmurar o insinuar la mínima posibilidad de que aquello fuera a sobrevenir habría sido inmediatamente tildado de fantasma o majadero, engendro retorcido que a causa de un odio inclasificable o unos prejuicios absurdos y sin fundamento era capaz de imaginar o concebir una idea tan infernal, porque ninguna persona en sus cabales, en un mundo al amparo de tan absoluta y humana rutina, daría cabida en su mente a tal disparate.

Resulta que las cosas y sucesos terrenales que procuran forma y contenido a nuestras vidas transcurren y son como son hasta que en algún momento dejan de serlo, obviamente, y aunque la muerte es algo que también está ahí, siempre que sea posible y por voluntad propia a cierta distancia, yendo y viniendo pero con los demás, en el mundo de los otros, en vivo, en las noticias o escondida por voluntaria omisión, cuando sin pedir permiso se planta a nuestro lado nos gusta pensar que es por una simple cuestión de mala suerte -no existe otra alternativa de la que echar mano con más facilidad-; llega el momento en el que la parca directamente nos toca y entonces, todo lo que parecía monótono, vivo y más o menos ordenado, comienza a descomponerse a pasos agigantados viniéndose abajo en meses, semanas o incluso días, pillándonos siempre desprevenidos. Esa rigurosa y definitiva realidad que consciente o inconscientemente nos habíamos negado a reconocer y aceptar como algo obvio y natural ahora nos pone los pelos de punta, nos confunde, subvierte nuestra repetida regularidad y nos deja con la boca abierta e incapaces de reaccionar; a continuación vienen las prisas, los intentos de recapitulación y los esfuerzos inútiles por recuperar el tiempo perdido, los ajustes de cuentas diferidos o la desesperada y baldía tarea de tratar de solucionar tantos problemas aplazados para más tarde a los que ya nunca llegaremos, la irreflexiva consternación por no poder parchear o cerrar todo lo que aguardaba con la etiqueta de pendiente y en su momento dejamos tal cual porque cuando pasábamos como normales más o menos felices preferimos arrinconar para otro momento, cualquiera menos precisamente ése en el que pensábamos en ello. Y mientras tanto nos gustaba rodearnos de sucedáneos, sustitutos, conformismos, indiferencia o mortal aburrimiento antes que sentarnos con nosotros mismos y disponer, arreglar o adornar unas vidas que se iban agostando sin pausa con nuestro ciego y privado consentimiento. Hasta que llegó la noche, una noche repetida como tantas otras en las que el planeta y su giro sin fin nos obligan a dormir sin que le importen un pimiento nuestras voluntades, embarcados como estamos en una sucesión infinita ante la que nada podemos hacer. Esa noche, iniciada aparentemente al azar en una parte cualquiera del planeta, los animales llamados de compañía, sobre todo los perros en sus múltiples variedades naturales y artificiales -¿alguien se preguntó en alguna ocasión a qué se debía tal proliferación de variedades caninas?-, cuando la mayoría de los humanos andaban vencidos por los pasajes del sueño, comenzaron a actuar de manera distinta a lo habitual y, continente por continente, país por país, casa por casa, el perro, grande o pequeño, de raza exclusiva -inventada o no- o callejero, amagado como de costumbre en su rincón habitual, se irguió sobre sus patas a la orden de una señal desconocida que de pronto se activó su cerebro, olfateó el ambiente y sin dudar un segundo se encomendó a su tarea enfilando hacia las habitaciones donde sus confiados dueños dormían su natural ausencia, situándose a los pies de la cama y saltando a continuación sobre ellas moviéndose con rapidez hacia los rostros de sus ahora desconocidos y unos minutos antes amados propietarios, víctimas al alcance de sus mandíbulas, para, sin dar tiempo a la duda o al azaroso despertar, morder y desgarrar con violenta y furiosa voracidad uno tras otro los cuellos de sus antiguos dueños hasta hacerlos desangrar, regresando a su lugar de descanso una vez seguros de que sus correspondientes humanos se hallaban bien muertos, y una vez allí esperar al siguiente mandato que el manipulador universal tuviera dispuesto antes de su vengativa llegada a la tierra.

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Apunte

Hablando de esta civilización occidental que parece ir a la cabeza del mundo, depredadora, tecnológica y económicamente, por la que todos suspiran, para bien o para mal, y en la que las novedades exclusivamente humanas se cuentan como retrocesos, no resulta difícil destapar la gran operación que a nivel mundial intenta lobotomizar la conciencia social colectiva para llevar a la humanidad a los tiempos feudales. Hoy, la primera y última palabra acerca del hombre la tienen religiones arcaicas originarias de sociedades primitivas -en algunos casos libros como la Biblia han pasado a ser referencia científica de cabecera-, y es tal el desinterés general por la educación que muchos niños creen sinceramente que en la actualidad es posible ver y admirar dinosaurios como los que salen en los documentales de “la tele”, parques temáticos donde se les puede dar de comer. La población vive desorientada suspirando por un líder que piense y actúe por todos, disipe la angustia y evite la mínima preocupación; en su tremendo despiste la gente necesita superhéroes cinematográficos que luchen por ellos contra malvados poderosos que, para evitar preguntas incómodas, preferiblemente vienen de otros mundos, se entretiene con superdioses descerebrados y caprichosos, tan humanos como simples que, como norma de conducta, gustan hacer de su capa un sayo; disfrutan con superbatallas en las que el bien y el mal -puerilmente expuestos- clarifican y certifican el más elemental sustrato moral de los espectadores, además de concentrarse a la orden en grandes eventos y “batallas” deportivas que funcionan como pegamento emocional, nacen y existen muertas porque lo que ofrecen es humo intrascendente que se evapora al segundo siguiente de hacerse visible dejando una ansiedad colectiva que se autoalimenta únicamente de expectativas siempre huecas. Como en toda contienda dirigida son los más avispados y mejor situados los que sacan tajada, dejando al resto del personal sin saber qué hacer con sus propias vidas, a qué carta quedarse o dónde refugiarse. En este caos interesado crecen las casas de apuestas y los juegos de azar -en directo u on line-, ofreciéndole al ciudadano lo único que parece tener algo de consistencia para él, el dinero fácil que promete la suerte.

Descartada la parte mayoritaria de la población, minusvalorada o tratada directamente como subnormal, hoy luchan ejércitos de mercenarios sin patria ni bandera en un campo de batalla cínicamente delimitado por todos los gobiernos y organismos internacionales que, como en la más oscura Edad Media, toman subrepticiamente partido por el bando que más y mejor llene sus bolsas.

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El gato

En una mañana en la que por fin el sol se atrevía a lucir después de tantos días espantado por la lluvia y las nubes los más atrevidos y menos se lanzaban a la calle con la sospecha todavía detrás de la oreja, un sábado de cielo azul en el que, a decir verdad, no confiábamos del todo. Sin embargo las cosas parecían más claras, allí estaba el sol, ahuyentando el frío del invierno en primavera y evaporando el agua introducida en cada grieta de la pared, una humedad que ahogaba la tierra y venía ensombreciendo desde hacía semanas cada una de las células de todo bicho viviente que, por fin, comenzaban a sentir cómo el alimento del buen tiempo regresaba y el propio cuerpo hacía circular por sí mismo un calor que creía olvidado. Allí, en la puerta de la iglesia ahora abierta, ellas entretenían la espera moviéndose con alguna dificultad elevadas a alturas estratosféricas de todos los colores, una elegante costumbre que casi siempre es el preámbulo de futuros problemas y deformaciones de los pies que darán de comer a los podólogos de mañana, zapatos comprados hacía algún tiempo y guardados con más esperanza que temor, tornado luego en desconfianza, hacia una primavera incapaz hasta hoy de lucir sus mejores galas; ellos enlatados en trajes negros y otras ordinarieces adecuadas a la ocasión, osados y satisfechos, con bolsas, cámaras y teléfonos dispuestos a fotografiar todo aquello capaz de reflejar la luz del sol, sobre todo a ellas, coquetas y sonrientes por poder lucir un vestido que el día anterior contemplaron en el armario con más tristeza que ilusión, recelando o sin esperanza de poder estrenarse adornadas con la alegría de sus colores. Los novios aún no llegaban y los curiosos que se atrevían a entrar en el templo o hurgar entre los invitados de pronto se despistaban atraídos por la inesperada llegada sin prisa de un camión y un coche de bomberos, precisamente hasta casi las mismas puertas de la iglesia, donde, a simple vista, no parecía moverse ni suceder nada que no fueran los prolegómenos de un ritual antiguo y primaveral, otra boda más para regodeo de la jerarquía eclesiástica y sus ofrecimientos y apuestas en contra de la naturaleza humana. Los bomberos, asesorados por una pareja motorizada -en otro coche- de la policía municipal, no apuntaron sus pasos y moderada prisa hacia la boda o sus invitados sino que se precipitaron hacia las altas paredes de piedra que encajonaban el río, del que una de sus orillas refrescaba los cimientos del templo. Del tímido revuelo y curiosa alarma general obtuvimos los allí  presentes la plácida confirmación de que la imprevista llegada del equipo de salvamento y/o rescate se debía a los apuros -siempre supuestos- de un gato callejero que se debatía nervioso sobre cuatro ramas peladas a pocos centímetros de una corriente veloz que amenazaba con arrastrarlo al menor descuido.

Con una determinación propia de cuerpos habituados a moverse entre minutos y segundos, o décimas de segundo -siempre urgentes-, los bomberos cortaban la estrecha y única calle paralela al río y comenzaban a prepararse para descender en busca del gato entre la expectación de invitados y curiosos que sin acuerdo previo habían decidido dejar los pormenores del reciente enlace para después. El gato, como ya he dicho, visiblemente nervioso, dudaba entre la corriente y  aquellos tipos vestidos de oscuro que de pronto habían comenzado a asomarse gesticulando y señalándole con el dedo unos metros por encima de él, probablemente tramaban algo en su contra y, como buen animal, no se imaginaba que lo que aquellas personas intentaban era salvarle del agua. Ataviado con ropa y arneses reglamentarios el más bombero de todos -madurito, delgado y musculoso, de larga melena al viento- comenzaba a descender por la pared hacia donde se hallaba atrapado el felino, pero he aquí que la supuesta víctima, unos centímetros antes de estar al alcance de su potencial salvador y, por si acaso, preguntarle el motivo de su inesperado y arriesgado descenso, decide echar a correr por un estrecho bordillo hacia el interior de un túnel por el que el río es empaquetado bajo las calles de la ciudad. El público aplaude, no sé si al gato o al bombero, y el apuesto liberador, tras intercambiar unas palabras con sus compañeros de arriba, decide desarnesarse y aventurarse río y túnel adentro por si el gato tuviera a bien detenerse, preguntar y razonar acerca de la conveniencia de dejarse salvar como doméstico antiguo por personal tan diligente como valiente. Tras unos minutos de expectante espera general… nada, el bombero regresa de la oscuridad de vacío, explicando a sus compañeros que la testarudez del gato era categórica, no quería que le salvaran -ignoro si hubo algún intercambio de pareceres entre ellos-, así que, de cualquier modo y bajo sus propia responsabilidad, el gato había optado por aventurarse en la oscuridad antes que fiarse de una mano bienhechora que tan sólo pretendía rescatarlo del peligro de las aguas y llevarlo arriba, dónde sus congéneres. Tras una breve y rutinaria espera y definitivamente fracasada la operación, el bombero ascendía hasta la altura de la calle ante la indiferencia general de un público que, de nuevo sin nada comentable o fotografiable, había vuelto a la boda porque ya el novio hacía su aparición en la plaza a bordo de un engalanado y brillante automóvil, mientras los curiosos también se iban desperdigando por las calles adyacentes buscando qué fotografiar o con qué entretenerse bajo aquel sol de sábado que, hoy sí, a tono con le estación del año, ya empezaba a picar.

Sin rescate ni celebración bomberos y policía, tras haber despejado la calle y restablecido el tráfico, volvían donde suelen. Yo, para variar, comencé a preguntarme cuanto podía costar y quién pagaría aquello. Una manía mía.

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Sevilla

Aunque a primera vista aquello parece tener un sentido o funcionar, cuando uno contempla el arrobo y silencio entre el que los pasos desfilan le queda la duda y la corta valoración de que tanto y tan aparente respeto y veneración sean únicamente eso, simple adoración. Cuesta creer que haya algo más de lo que se ve, contando con que uno ya ha decidido de antemano obviar el desfile de jerarquías y linajes sociales bien diferenciados y a la vista en cada calle y esquina, probablemente el aliento de un ferviente no se qué poblando y nutriendo los corazones de cada fiel, curioso u observador decidido a comulgar con la mayoría en una escenificación que, repito, deja más interrogantes que emociones. Ni siquiera la profusión de orgullosa altanería, de genuina superstición con ínfulas de piadosa religiosidad, casposo y arcaico inmovilismo, platas y dorados, infinitos reflejos, más negros que luces, cirios y velas para producir todo un año, flores andróginas, gritos, reconvenciones y silencios, trajes, mantones y mantillas, pasos, arrastres y deslizamientos consiguen despejar las sombras, tan reales, que inevitablemente revolotean alrededor de una mirada imparcial -la cuestión se reduce a si estás o no estás con la representación-, y si no estás qué es exactamente lo que se vende allí, ¿una curiosidad antropológica que, al margen de la exuberante profusión de medios técnicos de los que se vale la comunidad que la pone en juego, no deja de ser otra manifestación tribal de imaginería totémica de las que todavía sobreviven en este mundo? ¿A qué deidad tan pequeña, variopinta y confusa dicen adorar aquellas personas? Uno mismo, como buen incrédulo, quiere creer que Dios, para cualquier creyente que se precie de tal, es algo más que un espectáculo de luces y falsas imágenes, tal vez porque sospecha que cuando la inevitable normalidad regrese mucho de aquello, si no todo, habrá desaparecido por completo sin dejar ningún rastro en el día a día de esas mismas personas, que volverán a su condición sin que ninguna atmósfera mágica, milagrosa y ni mucho menos fraternal o solidaria les resuelva sus problemas más íntimos o dolorosos; quizás ese montaje permanezca en la memoria del turista o del simple espectador, que se felicitarán por haber asistido, confundidos, atónitos y admirados, sin entender completamente el trasfondo de aquello, imaginando que lo tiene pero que él no sabe verlo, a una rancia e inexpugnable costumbre más propia de culturas en desarrollo que de una moderna sociedad del siglo XXI.

Pero para confirmar las peores sospechas el mismo escéptico espectador no tiene más que acudir a cualquier iglesia en los días posteriores a la gloriosa celebración para darse de bruces, entre un polvoriento y curioso silencio, con un sombrío vacío, una desolada ausencia donde antes proliferaban el tremendismo, un obligado fervor y una desenfrenada pasión; un hueco enorme del que han desaparecido todo resto de calor y humanidad dejando a la vista una negrura translúcida incapaz de delatar ausencia alguna. Por eso, cuando uno se planta ante esa estructura que antes de ayer lucía como espléndido, sagrado y casi milagroso portento y sólo ve un pobre armazón de madera y hierros soportando un supuesto manto del que también llega a dudar si de excelente tela o burdo cartón piedra no teme haber sido engañado, sino que vuelve a preguntarse qué tipo de folclórica y ancestral idiosincrasia oprime a todo un pueblo durante una semana para abandonarlo el resto del año. Porque si la cuestión es poblar nuestras vidas de creencias, misticismos, sueños e ilusiones repudiando al mismo tiempo un mundo preñado de hermosas realidades, negándolas para echarse en brazos de un inconsciente colectivo religioso sobre el que nada se puede preguntar porque carece de respuestas, no deja de ser una evasión consciente a la que por propia conveniencia se prefiere alabar y vitorear con gran ceremonia porque gusta imaginar que presuntamente une almas, que no terrenales corazones, en los que desgraciadamente también inocula un odio inmisericorde.

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Una de vaqueros

Es una película de vaqueros, de esas imposible de ver hoy en una sala comercial y mucho menos filmar -tampoco Tarantino-, sobre todo porque el personal pasa de vaqueros e indios, a pesar de la afición de la gente a hacer constantemente el indio tanto en su vida pública como privada. Y como no podía ser de otro modo es en una película de vaqueros donde uno puede apreciar en toda su crudeza la lucha a muerte entre hombres normales y corrientes poseídos por las ambiciones y los deseos que han llevado a la humanidad a lo que es y representa en la actualidad; desgraciadamente el contexto sigue pesando demasiado, se ve antiguo, claro, si uno no va más allá de las pistolas y las plumas. El hombre de Laramie es la película, y en ella un magnífico James Stewart interpreta a un hombre con un único y claro propósito, desenmascarar a los causantes directos de una matanza de hombres blancos por parte de los indios, lo que da lugar a un enfrentamiento puro y duro entre el poder desnudo y su desmedida ambición, por encima de vivos y muertos, y la voluntad de justicia de un solo hombre tras la verdad, o en cualquier caso la justicia que ponga a cada cual en su verdadero sitio. Pero, al margen del grato placer de verla de nuevo, lo que en esta ocasión anduvo rondando en mi cabeza después de la película -probablemente influido por los tiempos que corren- fue la fauna de secundarios que forman la argamasa que compacta las interpretaciones de las dos voluntades principales, no tanto los buenos -según la clásica discriminación que cualquier espectador hace a la hora de clarificar los personajes- como los malos -qué sería de cualquier buena película si no desfilaran buenos malos por sus imágenes-.

Estos malos se movían inquietos y desconfiados entre las vastas e ilimitadas ambiciones del poder y las contadas expectativas de justicia del ciudadano solitario dando o escondiendo la cara según sus confusos y rastreros intereses; rostros de pusilánimes, temerosos, resentidos y cobardes mostrando un feo catálogo de dobleces, mentiras y traiciones que a duras penas pueden sostenerse bajo la luz directa del sol porque sus valedores están habituados a sobrevivir en la semioscuridad de la medianía, temblorosos y a la expectativa, no son hombres de honor responsables de sus propios actos. Estos personajes me trajeron a la memoria algunos otros de nuestra realidad más reciente, políticos, defraudadores, trepas, lameculos y gente sin oficio ni beneficio que pululan entre las entretelas del poder -poder que desgraciadamente en la actualidad no posee un rostro identificable al que enfrentarse cara a cara con un revolver en la mano- robando, traicionando y asesinando por intermediación protegidos por el sistema y ocultos tras su propia cobardía. Porque hoy, tal y como sucede en la película, los malos no pueden ser desenmascarados y  públicamente eliminados a cara descubierta en un duelo en la calle principal en honor a la verdad y la justicia, sino que, para empeorar aún más las cosas, disponen en su beneficio de una cohorte de pistoleros de oficina y picapleitos sin escrúpulos encargados de enturbiar cuanto sea posible la escena de cualquier crimen, hasta el punto de ser prácticamente imposible dar con una prueba clara y limpia de los viles actos del asesino o traidor. Estos pistoleros y picapleitos, traidores a su propia profesión, no se encargan de impartir justicia, sino que colaboran con los cobardes para apropiarse parte del botín; en más de un caso para repartírselo a partes iguales.

En El hombre de Laramie la justicia finalmente triunfa y el rostro humano del poder, al verse sólo y vencido, cede ante su propia humanidad pidiendo ayuda y reconocimiento. Pero hoy, al carecer el poder de un rostro o rostros identificables, sus sicarios se escudan en que no existe prácticamente nadie con voz y arrestos a la hora de castigarlos, no hay una cabeza dirigente para lo bueno o para lo malo y por tanto los cobardes medran sin trabas, escrúpulos ni responsabilidades amparados en la confusión interesada y la más vergonzosa impunidad que la ausencia de gobierno provoca.

¿Se echa hoy de menos al valiente que cara a cara elimine al malo principal, eche a puntapiés a los cobardes y haga justicia? ¿Se ha convertido la justicia en un negociado de cobardes y abogaduchos empeñados contra el mundo en inventar y hacer prevalecer una mentira muy difícil o imposible de desentrañar?

Pero de lo que no cabe la menor duda es que hoy vivimos en un mundo de cobardes.

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Abandonados

Parece que ya ha pasado la fiebre informativa vaticana y las cosas vuelven a la normalidad, es cierto que se trata de una normalidad más bien crítica, pero llevamos embarcados en ella varios años sin que las cosas se aclaren ni solucionen en modo alguno, como si la intención nada oculta de sus causantes y mantenedores fuera dejar que el tiempo pase y por aburrimiento o cansancio la gente olvide todo lo que ha sucedido y ahora mismo está sucediendo, para, una vez recuperada o conseguida la nueva normalidad que traiga el olvido, seguir viviendo como si nada hubiera ocurrido. Asegurar con total rotundidad que es esto lo que en realidad está aconteciendo sólo alarmaría a los más ingenuos o estúpidos. Pero hay una cosa que me gustaría comentar a partir del espectáculo religioso que hemos padecido todos en general, religiosos o no, a cargo de unos medios informativos que venían buscando con desesperación algo más espiritual e intangible -que no dejara mancha- como lo sucedido en Roma para aparcar temporalmente una crisis que ya no les aporta tanto dinero, dando por ello una calurosa, prolija en medios y exuberante bienvenida a tan etéreo e incriticable montaje como el escenificado en el Vaticano; siempre y cuando se obvien u oculten los molestos aguafiestas y se pase de puntillas por las cuestiones más prosaicas y vulgares que con toda probabilidad oscurecen tan sospechoso y anacrónico lugar en el mundo. Viendo en las pantallas de televisión a tantos y tan fieles de aspecto más que sano atentos y expectantes al balcón de la basílica del Vaticano no dejaba de preguntarme para qué necesitaban “esas pobres almas” un guía espiritual, si andaban tan perdidos, tan necesitados de un tutor que les aconseje y para qué, pues a la vista de su envoltura invernal no tenían nada que ver con los indigentes y desgraciados golpeados, perseguidos o abandonados del mundo real; quizás sólo estaban allí sus espíritus -eso son palabras mayores-, una forma tan íntima, especial, intransferible y amarga de sentir la existencia que sin embargo no impide “sufrir” este doloroso mundo material a costa de los demás -explotando, humillando, oprimiendo, robando, esclavizando o asesinando a impuros y paganos- sin dejar por ello de sentirse espiritualmente desamparados, un materialmente satisfecho desecho espiritual sin consuelo posible en este desdichado y terrenal mundo. Tantas caras bien alimentadas y protegidas  contra el frío daban que pensar. Probablemente la mayoría tendrían sus detestables vidas materiales bien aseguradas como para disponer de tiempo para llorar de alegría, adorar y reverenciar a un pastor tan preciado. Pero ¿para qué necesitan el pastor? ¿tan desvalidos se sienten? ¿por qué, si por casualidad alguno de ellos ha leído la Biblia y para calmar el desamparo de sus atribuladas almas, no se dedican a llevar a cabo directamente en esta tierra de dolor la labor que intentó enseñarles el Cristo al que tanto dicen amar? ¿Dónde queda su amaos los unos a los otros?

Intentando evitar palabras mayores, desagradables o simplemente groseras me temo que tanto y tan buen corazón suplicante y henchido de fe mosqueaba a cualquiera que sin mucho esfuerzo se preguntara dónde paraba la justicia de toda aquella gente para con sus semejantes, ¿por qué no eran capaces de dejar de mirarse el propio ombligo y salían al mundo a ejemplificar con sus actos lo que sus rostros mentían? Tal vez la imagen del fariseo de la Biblia -muchos de ellos fingirían y tergiversarían ignorando a qué me refiero- sea una buena muestra para desenmascarar a tanto hipócrita necesitado únicamente de sentirse feliz consigo mismo celebrando a un pastor que nada hará por este mundo y que, si fuera honesto, dejaría todo lo que representa y se echaría a la calle para ayudar a los que realmente lo necesitan. ¿A qué pobres representan esos tipos de la plaza de San Pedro? Ya, a ricos pobres de espíritu.

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Vida salvaje

Hay en algunas empresas públicas -desde hace algún tiempo, e ignoro si también los sufren y en qué modo las privadas- tipejos de más o menos treinta y tantos, o cuarenta, con estudios de cualquier cosa ni muy difíciles ni muy especializados, que han accedido al puesto porque conocían a, pertenecían a, les colocó tal o pusieron la zancadilla a, con cuatro nociones básicas de gestión y ninguna experiencia o mínimo conocimiento de la labor a la que se dedica la empresa que les paga, y que suelen disponer a su antojo sin que nadie les diga que van desnudos y se les ve la correa que les sujeta el cuello y la razón. Son perros de presa adiestrados para ladrar a diestro y siniestro, y llegado el caso morder -según la voluntad o catadura del amo de turno-, a los que no les importa enmierdarse con tal de sentirse jefes sin serlo -¡ah! eso de ser jefe-, les excita, y si pueden mostrar restos de sangre mucho mejor, dan prestigio; pero que nadie les pregunte por qué, para qué o con qué fin hacen lo que hacen. A la pregunta pertinente callan o se excusan porque son incapaces de reconocerse como unos simples mandados haciendo las veces de sicarios sin armas, unos muñecos elegidos ex profeso para, sin pensar ni preguntar, hacer el trabajo sucio. En los tiempos que corren su mayor aspiración es mandar a la calle a todo empleado mayor de cincuenta años -da igual sus cualidades, efectividad y experiencia- y poner en su lugar a jóvenes de veinte que van a hacer lo mismo, cobrar menos de la mitad y pueden manipularse mejor -es textual-. Sin tener que llegar a las manos ni acordarse de los padres de estos señores, que los tendrán, es curioso que tipos que parasitan de una empresa a otra porque probablemente no dan para mucho más se apliquen con tanto fervor -en algunos casos con visible violencia- en liquidar lo que ha funcionado sin ellos y actualmente no lo hace porque no hay absolutamente nadie que sepa ni quiera hacer que funcione, no porque no haya soluciones sino porque económicamente no le interesan a sus patronos.

Lo más triste e importante de todo esto no es que los mayores de cincuenta pierdan el trabajo -con serlo de veras-, lo peor es que los más jóvenes y mucho mejor capacitados que vienen por detrás tengan que sufrir a estos sinvergüenzas y sus despropósitos por la estúpida razón de que nacieron después, enfrentándose e intentando sobrevivir a un futuro empeñado al capricho de tales fieras… aunque, ahora que caigo, esto me recuerda a los documentales de vida salvaje que a la hora de la siesta muestran cómo leones en su plenitud se dedican a irrumpir en territorios ya ocupados por otros de su especie, matar o expulsar al macho dominante -inevitablemente mayor que ellos- y devorar a sus hijos para quedarse con su parte de la sabana y todas las hembras… viene a ser más o menos lo mismo que estaba escribiendo más arriba pero, si no recuerdo mal, los leones son animales salvajes, por tanto irracionales, bestias que viven en función de unos apetitos básicos, comer y reproducirse, y nosotros los humanos presumimos de haber creado una sociedad racionalmente compleja de vida en común en la que existe un respeto mutuo universal y todos disponemos de momentos y lugares para intentar ser felices sin devorarnos unos a otros… o ¿me estoy equivocando de animal?… sin embargo, aquellas fieras humanas obedecen a leones viejos a los que profesan un miedo irracional…

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Cosas de este mundo

Escribo este blog desde Alcázar de San Juan, un pueblo grande que siempre ha pretendido ser ciudad y siempre se ha quedado en las ganas, suele suceder por estos lares porque no es el único, lo da la zona, además, en cuanto el alcalde de turno dispone de dinero se cree dueño del mundo y capaz de dar el paso que faltaba, pero luego, cuando las cosas vuelven a su cauce, romerías y procesiones. Como en todo pueblo con aspiraciones -de pueblo- sus habitantes son dados a los alardes y al todo gratis, o sea, pagado por el Ayuntamiento, pero el Consistorio no está actualmente para muchos trotes, cosa normal en los tiempos que corren. La antigua Corporación Municipal gastó y gastó por hacer que existiéramos en el mapa, y sí, había más visitantes, más hoteles, más restaurantes, más congresos, más celebraciones, en fin, más de todo, pero ahora no. El actual Ayuntamiento ha recortado sin medida, lo que podía, lo que debía y más, se han recortado hasta las ideas propias -si es que alguna vez las tuvieron-; pero no se podía dejar a la población sin nada gratis, y a alguna mente preclara se le ocurrió la brillante idea de organizar catas de vino a tutiplén -con alpiste ¿he dicho gratis?-. Cuando menos te lo esperas, toma, cata de vino al canto. Recuerdo que de pequeño solía beber vino en las comidas, eso sí, con sifón, entonces se consumía más vino que ahora, hoy al personal le ha dado por la cerveza, Mahous, similares y menos, de esas que vienen en grandes paquetes, sólo burbujas sin grado ni sabor, la cuestión es que sea barata y refresque. En las comidas se bebe cerveza -pone menos, dicen-,  en los bares y restaurantes se bebe más cerveza, y las cervezas  baratas -de las de al peso- llenan las neveras de la mayoría de los hogares. Si al personal, que ahora sale mucho menos a comer fuera, le piden en un restaurante seis euros por una botella de vino, se pone hecho un basilisco y llama a la policía municipal por intento de atraco. En fin, ese es el panorama. Pero ¿qué ocurre cuando el Ayuntamiento organiza una cata GRATUITA de vino? -¿se lo imaginan?- pues que hay tortas por apuntarse, y si alguno de los que aspiran se queda fuera se lía el consiguiente cirio del tipo ¿y ese qué se ha creído? Así que, ahora todo el mundo sabe de vino, todos entienden de vino, pero GRATIS ¡eh! Si usted siempre que ha salido a comer ha pedido vino y no se sienta en una mesa común con expertos de pacotilla, pues no sabe de vinos; si lleva desde no sabe cuando comiendo y cenando en su casa con vino embotellado pero no se deja ver en ninguna cata municipal, ya lo sabe, no tiene ni idea de vinos; si usted gasta en su casa los sacacorchos de tanto usarlos en abrir botellas pero no ha aparecido fotografiado en el periódico local cuando la última cata, como Dios manda, ¡bah! pues más de lo mismo. Después de la cata -GRATIS-, ya rellenitos y satisfechos, todo el mundo volverá a la cerveza, pero eso, y repito, que apenas tenga grado ni sepa mucho.

Cosas de este mundo.

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De Lincoln

¿Era imposible que la película de S. Spielberg consiguiera el Oscar este año? Probablemente sí, y la primera razón que se me ocurre es que S. Spielberg es Hollywood y autopremiarse no quedaría muy bien, sin embargo a la película le sobra calidad para lograr el premio. No creo que sea una novedad afirmar que a estas alturas Steven Spielberg no tiene nada que demostrar a la hora de hacer cine y, de hecho, su nombre ya es hoy historia del cine. Las cualidades del director son claramente visibles en su última creación, tanto es así que si hay algo que salva a Lincoln de ser una película corriente o intrascendente, previsible incluso -tal vez con otro director-, es su excelente manufactura –made S. Spielberg-. Su impecable realización, la seriedad y el metódico trabajo en encuadres, tomas, escenas o fotografía, el detalle a la hora de exprimir el guión en cada escena haciendo de ella un trabajo único buscando conmover y emocionar al espectador, rezuma la firma de S. Spielberg por cada uno de sus poros, y si además sumamos el excelente trabajo de Daniel Day Lewis y el de secundarios de lujo como Tommy Lee Jones no queda mucho más que añadir, pero…

El problema de Spielberg, si es que puede decirse tal, es que cuando uno se sienta ante una nueva película suya siempre le pide más, y tengo la sensación de que en el autor también existe un plus de compromiso y/o responsabilidad -no lo tengo todavía del todo claro- a la hora de elaborarlas, es como si prevaleciera un interés añadido por no hacer películas convencionales acerca de temas convencionales como el resto de los directores mortales, parece que el director se hubiera propuesto, más allá del cine, digamos, tópico o habitual, dar en cada trabajo con la película definitiva, intentar que cada cinta sea, en cierto modo, concluyente, que en ellas sólo se expongan cuestiones intemporales e universales tratadas con la magnificencia que se merecen, se descubran situaciones excepcionales y se muestren personajes capaces de sacudir los cimientos del alma humana, y como consecuencia de ello creo que en muchos de los espectadores que admiran su cine también coexiste esa “necesidad”, cuesta imaginar a S. Spielberg filmando una historia corriente de hoy día. Aunque nunca es tarde.

¿Es ese un problema del autor? ¿Es, en cambio, un problema de los espectadores? Si, por poner un ejemplo, Almodóvar, con su cine repetitivo, limitado y estridente, sólo ha dado para convertirse en el Álvarez Quintero de la democracia española, y sus admiradores así lo entienden y sólo le piden ese tipo de pasatiempo fácil, S. Spielberg, todo lo contrario, ha sembrado entre el público la impresión, o casi certeza, de poseer una renovada e inacabable capacidad para sorprendernos o maravillarnos, a pesar de su fijación con la inmortalidad y la “obligación” de facturar películas definitivas, pero si en verdad cada una de sus películas es casi perfecta en lo que concierne a su realización, pienso, sin embargo, que a veces les falta alma, un poco más de humildad a la hora de tratar los temas y diseñar los personajes -puede ser que, sencillamente, no le importe-; no creo que sea una cuestión de sensibilidad pero si de interés o capacidad a la hora de dibujar con trazos sencillos personajes normales -¿por qué no actuales?- que el público vea y sienta como normales, con sentimientos normales que parezcan tales, con los que el espectador sea capaz de identificarse y de los que obtener, a partir de su franca cotidianidad, la sensación de haber penetrado en los rincones más profundos de corazones universales.

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