Dos cuestiones y una aclaración

Primero la aclaración.

Mientras en todo el mundo los estudiantes de Historia aprenden que en España (Europa) hubo una feroz y represora dictadura fascista entre los años 1939 y 1975 del pasado siglo XX -que se implantó tras un golpe de estado militar contra un gobierno democráticamente elegido y una posterior guerra civil-, ese mismo país está actualmente gobernado por un partido que nunca ha reconocido la existencia, tanto política como represiva, de tal dictadura, es más, dicho partido afirma que la dictadura no fue tal y que la democracia actual es fruto de las “bondades” de aquel sistema. Creo que todos sabemos que una dictadura no acepta otro pensamiento político diferente al de los dirigentes que la gobiernan, persiguiendo hasta la encarcelación, expulsión o muerte a quienes intentan enfrentarse a ella con ideas distintas, pues bien, los fundadores del actual partido en el gobierno son los últimos dirigentes de la dictadura, o sus hijos. Por todo ello es fácil adivinar qué entienden estos señores por democracia.

Ahora las dos cuestiones.

En las recientes concentraciones en las inmediaciones del Congreso los manifestantes no pudieron hacer lo que pensaban, rodear el Congreso, en cambio los policías sí hicieron lo que saben hacer, dar palos. Los manifestantes, con infiltrados y reventadores incluidos, no llegaron a la puerta del congreso porque en esta democracia de paletos en cuanto alguien disiente es enemigo de la patria, alborotador o radical –les ruego lean las dos primeras acepciones de esta palabra en el diccionario de la RAE-, al gobierno inmediatamente le entra el miedo y no quiere que le toquen las prebendas; para muestra las palabras del Ministro de Justicia, al que, sin un ápice de vergüenza, se le ocurrió decir que manifestarse en la calle en democracia es ir contra la democracia. Creo que al señor ministro le harían falta unas clases nocturnas para llenar el hueco democrático que padece porque, o no quiere saber o sirve a unos intereses que no son nada democráticos. Y como no podía ser de otro modo, los policías, al igual que en la pasada dictadura, siguen sin querer entender de democracia; entre sus atribuciones está la de ser expresamente adiestrados para sofocar sin pensar a todo aquel que alce la voz con razón o sin ella y, como buen gremio, gustan de hacer causa propia contra las opiniones públicas en las que se exponen formas de pensar diferentes a las de quienes les pagan -¿no les pagan los mismos ciudadanos a los que golpean?-. Probablemente algunos de ellos sí sepan diferenciar entre ciudadanos, manifestantes que quieren expresar sus opiniones, colegas y reventadores, pero no sean capaces de actuar en consecuencia, entonces ¿para quién son policías? Hace unos meses, no recuerdo en que programa y en qué cadena televisiva preguntaban a un muchacho de unos veinte años qué le gustaría ser y, de inmediato, contestó que policía. ¿Por qué? -le volvió a preguntar el entrevistador-. Porque llevan “pipa”.

Nunca he opinado acerca de esta otra cuestión porque, creo, me pilla un poco lejos, allá por el siglo XIX, pero no deja de ser curioso que el señor presidente de la Comunidad Catalana haya decidido convocar un referéndum para que sus ciudadanos decidan acerca de la libertad que, como no podía ser de otro modo, “históricamente” se merece el pueblo catalán, precisamente ahora. Pero no ha sido porque el actual gobierno de España haya vuelto a las procesiones bajo palio -como en los mejores tiempos de la dictadura-, o a imponer los toros como orgullosa y racial fiesta nacional. No, no ha sido por eso. Sin entrar en consideraciones de merecimiento, situación y otras cuestiones histórico-raciales fácilmente desempolvables cuando las urgencias particulares lo requieren, parece extraño que cuando mejor iba la economía y el dinero fluía, es cierto que sólo en una dirección, el mismo señor no saliera a la calle a pedir el mismo referéndum. O sea, que mientras había dinero y éste entraba a raudales en los bolsillos de los pocos centenares de familias que viven de la nacionalidad catalana, a pesar o en contra del resto de los ciudadanos, todo iba sobre ruedas. Ahora, cuando peor están las cosas y se ven en la obligación de más dinero para paliar los “desajustes económicos” -por llamarlos de algún modo- generados por su mala gestión no hay mejor solución que desviar la atención, tirar por la calle de en medio y sacar del baúl voluntades históricas, agravios, humillaciones más históricas aún, legitimidades y reivindicaciones anteriores a la Ilustración, derechos naturales, guerras y derrotas para crear un caldo de cultivo que probablemente llegará al extremo de exigir ADN catalán puro cien por cien a cualquier aficionado al fútbol que sea seguidor del Barça. ¿En qué siglo vivimos? Si han estado ustedes en Cataluña habrán comprobado que los catalanes son exactamente igual que el resto de los españoles, se levantan cada mañana, trabajan, disfrutan con su familia, son amables con los visitantes y sueñan con que sus hijos puedan tener un futuro mejor que el de los padres, donde decidan, en Cataluña o fuera de ella, son catalanes estén donde estén y creo que eso lo han sabido siempre, no cuando al señor presidente no le salen las cuentas.

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La despedida

Encendido el motor el vehículo se aleja lentamente mientras sus ocupantes libres retuercen la mirada hasta límites dolorosos buscando otros ojos inmóviles y recluidos que se alejan quedándose, ninguno convencido de una despedida y partida que nadie quiere pero tampoco nadie ha podido evitar. Ella permanece en pie buscándose y perdiéndose en el coche que se aleja hasta disiparse desorientada en la ausencia de palabras, su imposibilidad, sin brazo al que asirse ni mano que acariciar, sin otro intento de mirada imposible, un último beso, una retractación, una súplica, mientras su rostro va poco a poco palideciendo amordazado por la soledad más severa e incapaz de soportar una repentina e hiriente orfandad que ahonda sin piedad en su intimidad más viva hallando sólo desesperanza, sinsentido y vacío; una figura erguida en medio de ningún sitio que, cruelmente humana, se siente tan, tan impotente que, más que ejemplificar una presencia que es, muestra el más crudo escenario que no todos pueden soportar, una sombra de luz incapaz de organizar un gesto, una mueca, una lágrima, un adiós, alguna esperanza, la viva imagen de una indefensión que en esos momentos es inexistencia, un cuerpo extraño en un mundo de idas, venidas, gritos e indiferencia capaz de crear y dejar abandonada a la más terrible y humana de las soledades.

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Tema para una novela sin éxito

Las naves alienígenas aterrizaban en algún punto de la Siberia rusa alejado de los grandes núcleos de población e ignoradas sobre todo por esos guionistas norteamericanos tan dados a fabricar catástrofes y megavictorias nacionalistas intergaláxicas en las que la sufrida tierra es salvada de los marcianos de turno por héroes de aspecto corriente con rostro famoso, o vulgar, con familias normales, hijos problemáticos y trabajos sencillos, gracias a unas poderosas y recién descubiertas virtudes de amor y sacrificio y/o cualidades heroicas hasta entonces desconocidas por los propios protagonistas y ahora felizmente aprovechadas para mayor gloria de América, Dios y las distribuidoras cinematográficas a nivel mundial. Estos extraterrestres no necesitarían armas sofisticadas ni rayos superdestructores, tampoco naves gigantescas que ocultan el sol cuando aparecen lentamente por la parte superior de la pantalla dejando un ¡ohhhh! boquiabierto en las caras de los espectadores.

Los bárbaros espaciales por fin habrían conseguido dar con la fórmula para subyugar a los escuetos terrestres sin que éstos fueran capaces de advertirlo, simplemente porque, dentro de su general estupidez y narcisismo, los terrícolas son incapaces de ver al enemigo en otro lugar que no sea la pantalla del cine, entre el fragor de grandes destrucciones -Nueva York, París, Moscú, el Tad Mahal etc.- o en el estrépito de colosales y minuciosas batallas aéreas, mucho menos hablándoles en vivo o conminándoles desde las noticias económicas a entregarse obedientes en cuerpo y alma a sus taimados desmanes y calculados proyectos de conquista.

La estrategia extraterrestre consistiría en hacerse pasar por líderes de organismos financieros y comerciales mundiales y destruir el sistema económico internacional obligando a los terrestres a aceptar sus planes con la excusa de ser inevitables. A los terráqueos de a pie todo lo que no sean supernaves, hombrecillos verdes, Tim Burton y Men in Black no les suena a conquista ni ciencia ficción, como tampoco lo es si Spielberg no está detrás. Tampoco serían los extraterrestres tan estúpidos como para dejarse descubrir mediante algún signo externo que desentonara con la mayoría, alguna comida extravagante o esos alambicados sistemas de ocultación que siempre son descubiertos por casualidad y cuando menos lo esperas. A poco que fueran un poco espabilados la maniobra no necesitaría ser muy portentosa ya que, dada la descarnada simpleza del humano de a pie, bastaría con apoderarse del dinero a nivel mundial para que la generalidad de los terrícolas, tan apegados a lo material, entendieran que aquellos  tipos que acumulaban y disponían de tanto debían de ser muy listos, lo que significaba que, fieles a sus enraizados hábitos gregarios e imitativos, si conseguían emularlos con mucha suerte o lotería podrían participar de algo de su espléndida supremacía. De este modo y en unos pocos años los marcianos se apoderarían y lograrían controlar los máximos organismos económicos internacionales -el Banco Mundial, el FMI, la Organización Internacional de Comercio…- y los principales bancos mundiales imponiendo miedos y draconianas normas de subsistencia general, además de instalar a subalternos más o menos cualificados en puestos políticos, de evidente menor enjundia, con la intención de convencer a los  crédulos votantes de la inexistencia de cualquier otra posibilidad de elección. O ellos o el caos.

El asalto a las haciendas y posesiones de los terrícolas sería tan sistemático y bien diseñado que su totalidad se tragaría el cuento de las elecciones o la patraña de la imparcialidad y libertad de las bolsas de cambio, a las que acudirían prestos con sus patéticas cuatro perras, por si acaso, bajo la amenaza de un desastre económico mundial de proporciones apocalípticas, inclinadas dócilmente sus cabezas y dispuestos a acatar una a una todas las imposiciones que los alienígenas les obligarían a cumplir ocultos tras sus severos y austeros disfraces de líderes económicos mundiales. En un par de décadas el globo estaría completamente conquistado y la población habría regresado a sus orígenes forcejeando en una economía de subsistencia -familiarmente africana- además de perder todos los beneficios y progresos sociales y de igualdad que tras siglos de lucha la parte más avanzada de la humanidad había arañado a los antiguos poderes y el resto aspiraba a conseguir. El resultado final serían nuevos faraones medio desnudos teledirigidos desde el espacio tiranizando a millones de seres humanos esclavizados y sumidos otra vez en una economía del intercambio, ignorantes y supersticiosos, desconfiados, atrasados y ajenos a una pasada “edad de oro” en la que una gran mayoría de desfavorecidos casi llegó a tocar el cielo para voluntariamente ceder ante un enemigo astuto e inteligentemente pertrechado que acabó con sus necios dioses y sus estrechas esperanzas de futuro. Fin.

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Dinero (Una historia grosera)

Ignoro si esta especie de cuento servirá para que alguien saque conclusión productiva alguna, tal vez una sonrisa piadosa, quizás una exclamación de fastidio por la pérdida del tiempo invertido en leerlo o un insulto porque con lo que corre todavía haya gente que se dedica a cosas semejantes.

Imaginen que algunos de nuestros antepasados comenzaron a comerciar transportando e intercambiando productos concretos de regiones distintas alejadas tanto física como evolutivamente. Es posible que pequeños grupos organizaran caravanas para llevar y traer productos de la tierra, además de pequeñas y apreciadas manufacturas, estableciendo mercadillos que a todos satisfacían, o fletaran embarcaciones que transportasen esas mismas mercancías entre lugares mucho más alejados. El beneficio que el comerciante conseguiría por el transporte y la organización de la compraventa probablemente sería una parte de los mismos productos que gustaría almacenar como signo de fortuna. Hasta que tanta acumulación perecedera y sin interés por sí misma se convirtió en un engorro por la necesidad evidente de cada vez más espacio para conservarla y su inevitable pérdida de valor. Así que el propio comerciante tuvo la brillante idea de inventar las primeras monedas, darles una equivalencia, establecer unos precios y conseguir que fueran aceptadas en diferentes lugares alejados o desconocidos entre sí. Ahora el comerciante podía enriquecerse acumulando monedas en lugar de productos perecederos de nula rentabilidad para su actividad y modo de vida.

Fabricadas las primeras monedas -dinero-, su perfeccionamiento y aumento corrió parejo al descubrimiento de tierras y grupos humanos con ganas de salir de sus propios territorios y conocer nuevas, más que culturas, formas diferentes de vida, amén del creciente deseo del comerciante de atesorar un mayor número de aquellas. El ejemplo cundió con rapidez y la evolución del dinero como elemento de intercambio y enriquecimiento fue acelerándose. A la pasión por acumular cantidades cada vez más elevadas, que seguía teniendo el inconveniente de necesitar más y más espacio para amontonarlas, se sumo la posibilidad de invertirlas en terrenos y construcciones que no era necesario proteger con tanto celo una vez que se registraban públicamente a nombre de su propietario -otra brillante idea-. Como era de esperar el “natural” deseo de aumentar las propias posesiones obligaba a buscar más dinero que, en metálico, ya iba siendo un auténtico fastidio acopiar, coleccionar o transportar. El paso siguiente tuvo que ver con la posibilidad de seguir atesorando más y más sin los problemas de almacenamiento, y para ello nada más fácil y práctico que inventar y hacer creíble el papel moneda. Surgieron de la nada pagarés, letras, billetes etc., ligeros y, como quien dice, fáciles de archivar en cualquier sitio.

Las cosas se vinieron desarrollando más o menos de este modo hasta casi nuestros días, pero era tal la cuantía del dinero que fueron acaparando algunas personas -actividad muy lucrativa de la que nunca se saciaban- que tampoco había suficiente terreno en propiedades o lugares lo bastante seguros para llevarlas o custodiarlas. Se necesitaba con urgencia otra reforma para su cómoda manipulación y, como se imaginarán, el siguiente paso fueron las tarjetas de crédito y/o similares, el dinero material –el contante y sonante- ya no era estrictamente necesario; tampoco fue muy difícil convencer a la población de las virtudes de esta nueva “cualidad inmaterial” del dinero, o de la excitante conveniencia y honradez de unos números anotados en papel que, aunque no se correspondían en la realidad con objetos táctiles “de carne y hueso”, sin embargo tenían muchas más posibilidades comerciales, es más, mediante la invención de unas cada vez más complicadas anotaciones numéricas un supuesto propietario podía adquirir lo que deseara de forma ilimitada, la luna incluso; un dinero invisible que no a todos convencía y a algunos pillaba a la defensiva en cuanto a la credibilidad de su validez, pequeño número de irreductibles que pronto fue incorporado al redil. En poco tiempo todo el mundo manipulaba –es un decir- ese dinero de sólo números, de tal modo que, curiosamente, los que antiguamente más tenían seguían teniendo -ahora mucho más, en cantidades inimaginables- y los que nunca tuvieron permanecían tal cual. Pero eso es una cuestión que nada tiene que ver con la evolución del dinero.

Y ese es nuestro presente, en la actualidad el dinero material apenas es necesario -sólo para traficantes sin escrúpulos y desaprensivos antisociales-, mañana no existirá, funcionaremos a base de anotaciones virtuales que creeremos sirven para vivir y de las que dependeremos para ser más o menos felices. Y esas cantidades tan enormes, que no abarcaríamos ni con la imaginación, aparecerán en pantallas con un “valor real” que a la mayoría les sonará un poco a chino, aunque a nadie se le ocurriría pensar, ni mucho menos decir, que con semejante alquimia nos están permanentemente engañando. Sin necesidad ya de territorios que no se pueden abarcar con la vista ni de oscuros lugares para acumularlo, el dinero pesado y delator por fin ha conseguido alcanzar el paraíso, un cielo en el que las cifras pueden aumentar vertiginosa o mágicamente sin el lastre de las obligadas equivalencias materiales, un edén de números sin fin con un poder absoluto intangible y real donde adquirir y poseer lo que se desee sin aportar absolutamente nada material, basta con cambiar las anotaciones de una cuenta a otra. Y todos tan contentos. Pero tal facilidad, comodidad y volatilidad del dinero no ha tenido como consecuencia una mejor vida para todos en general, los que antes no tenían porque no podían acumularlo siguen sin tener, únicamente que ahora ya ni necesitan un refugio para guardarlo.

En el futuro esas cantidades astronómicas se multiplicarán en ciertas cuentas gracias a mágicos galimatías que expertos nigromantes manejarán y ya administran con gravedad de brujos ante la mirada y asentimiento general, que sigue pobre y sin entender. Es la felicidad completa, una riqueza contable escandalosa e inabarcable hasta para sus mismos propietarios. Por fin la ambición de ganar dinero, mejor, de inventar dinero, no tiene límites.

Hoy en día cualquier ciudadano de bien “entiende perfectamente” que un “emprendedor” le diga a un corro de charlatanes a comisión que tiene sin tener y por hacerlo público pase a tener diez, o veinte, cien o mil veces más, puede seguir ganando y teniendo mucho más a condición de que todos crean que tiene y nadie sepa que no tiene y si algún lince se va de la lengua y le dice, como al rey del cuento, que va desnudo -o sea, que no tiene-, sólo ha de asignarle otra cuenta en la que el espabilado pueda disponer de algo para que todos sepan que él ahora tiene sin que tampoco tenga. Y aquí paz y después gloria.

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Apunte

Sólo hay un debate económico posible -¡ojo! no confundirse ni entrar al trapo a las primeras de cambio- y no es el que trata del dinero de la sanidad, la educación o los servicios sociales, ni de las pensiones, el salario mínimo, los contratos de trabajo o el despido libre, esto es la calderilla. El auténtico debate económico debería tratar de las subvenciones públicas a los ricos y a empresas con beneficios, de las exenciones de impuestos a los mismos y a las mismas, de las especulaciones sin regulación, de las inversiones ocultas, de los paraísos fiscales, del fraude político, empresarial y profesional, de la ocultación de beneficios o de su declaración en otros lugares con menores impuestos, ¡eso sí es dinero!

Es la diferencia entre ser ciudadano de un país o de una mierda de país.

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A partir del «caballero oscuro»

La última secuela de Batman no deja de ser eso, una secuela, tal vez demasiado larga para mantenerte quieto en la butaca, con un guión con demasiados agujeros, unos malvados vocingleros a veces algo ridículos, alguna que otra pelea repetida e insustancial, antiguos personajes que ahora llegan a resultar cargantes, otros nuevos mal dibujados y una insistente y repetitiva banda sonora de Hans Zimmer que no aporta mucho más a la acción, como si también ella se contagiara de la excesiva duración de la cinta y hubiera momentos en los que únicamente parece encargada de evitar que nos adormezcamos para cuando llegue la mejor parte, probablemente demasiado tarde para volvernos a meter en la película.

Al margen de la película en sí, de sus peleas, explosiones y otras rutinas cinematográficas, hay un par de cuestiones de las que me gustaría hablar y que quizás para muchos por obvias no sean de lo más interesante, pero precisamente por eso lo son: la violencia y el miedo. De la violencia que se muestra en la película pueden obtenerse algunas observaciones que me parecen interesantes. Me refiero a la violencia que paraliza el orden establecido sin destruirlo, una violencia que tiene como feliz consecuencia detener la “inevitable progresión de los acontecimientos” sin que suceda absolutamente nada, sin que afecte a la vida de las personas y a sus quehaceres diarios. El todopoderoso, imparable y autosuficiente mercado -siempre, recuerden, siempre dirigido o manipulado (escojan el verbo que deseen) por personas- es atacado con violencia y su actividad interrumpida -al parecer la única forma de hacerlo-; los especuladores suspenden su fanfarria, dejan de ganar más dinero, se “cagan de miedo” y el mundo, sorprendentemente, no se hunde. La soberbia del poderoso de turno parece que sólo puede detenerse ante la violencia física y su ambición, que no conoce límites y se permite hacer y deshacer sin dar detalles ni entender, sin escuchar ni respetar, sin ayudar o contribuir tiene que contenerse porque la violencia implícita en la que se basa su dominio ha de enfrentarse a lo único que puede detenerla, la violencia real, la violencia de carne y hueso, la de sangre y fuego. Para cuando las cosas vuelven a funcionar la cautela aconseja un “miedo sabio” que recomienda a los tiburones permanecer quietos para seguir ganando antes que interponerse entre los nuevos dueños. Se trata de recoger los infortunados y necesarios cadáveres y volverse a repartir lo que hay con alguno más.

¿Significa eso que la violencia es el único recurso para detener el saqueo general que está causando una economía de estafadores a nivel mundial?

La otra cuestión, el miedo, se manifiesta en forma de parálisis colectiva que inmoviliza a la gente en sus casas porque nadie quiere ser el primero, exige algunas víctimas que pronto serán olvidadas y mantiene al resto a buen recaudo; miedo que también es ignorancia y desconocimiento, miedo que siempre deja el campo libre “a los malos”, a los antiguos y a los nuevos, a quienes apoyados en sus privilegiadas posiciones sin origen dirigían a su antojo y a quienes ahora quieren dirigir “por cojones”; un miedo limpio, dócil y pacífico que aclara el terreno para que los que antes controlaban el poder -o el mercado- sigan teniéndolo con mayores beneficios. Cuando la pausa se evapora todo vuelve a continuar igual. Un miedo que además es cobardía y mezquindad, envidia mal disimulada, fracaso y autocompasión y sirve para derogar la voluntad de las personas -un miedo también útil que tiene la facultad de inventar algunos breves héroes que pronto son eliminados para mayor gloria de la nada-. Ese miedo no es una causa activa, ese miedo provoca demora y omisión por abandono, porque la única amenaza importante es la que se basa en el temor a actuar, en el me escondo por si a mí me toca o qué otros se muevan o hagan mientras yo permanezco quieto aguardando los acontecimientos, si fracasan ya lo sabía, si tienen éxito, bueno, yo en el fondo estaba con ellos, pero tenía otras cosas también importantes que requerían mi atención…

¿Significa eso que nuevamente el miedo es la única piedra en la que se apoya el saqueo general que está produciendo una economía de estafadores a nivel mundial?

Y otra pregunta a partir de lo dicho ¿después de siglos de historia, todavía es la violencia la única forma de detener un desastroso y absurdo desarrollo económico que no tiene en cuenta a las personas? ¿Siempre la violencia? ¿Creemos en algo más?

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Apunte

¿Qué clase de personas son –que odio o necedad les mueve- las que, formando el gobierno de un país, se dedican a quitar lo que tienen, empobrecer y dejar morir por desatención a sus propios ciudadanos y compatriotas para que ricos extranjeros se enriquezcan aún más con ello?

Piénsenlo unos segundos en silencio… (sin asustarse).

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Juegos 2. (Obviedades)

Ahora viene lo más feo y fastidioso, o desagradable, o inconveniente, eso de lo que nadie quiere saber o hablar. ¿Después qué? ¿Después de los alabados éxitos de esos esforzados gladiadores qué? ¿Después de los incalculables, únicos y cargantes momentos históricos de pacotilla, de las tensiones y nerviosismo extremo -siempre de otros-, de los millones de gilipolleces gritadas sin vergüenza por comentaristas y expertos, de las horas perdidas frente a la pantalla del televisor, qué? Creo que si uno se pone a ello –aunque dudo que quien nunca se ha esforzado por nada pueda llegar a sentirlo-, puede imaginarse la satisfacción que a nivel personal siente el ganador por el esfuerzo finalmente recompensado, la alegría por la gratificación conseguida después de los días y el tiempo invertido, la dura necesidad de las privaciones sufridas al fin justificadas cuando el laurel corona su frente. Pero, repito, eso sólo queda para el ganador que, después, si no sabe hacer otra cosa, tendrá que rentabilizar su cuerpo buscando más éxitos que le proporcionen más, digamos… ¿dinero?

Quitando a las pocas personas que pueden y quieren asistir en directo a acontecimientos de este tipo, de las motivaciones personales para hacerlo y de su capacidad para lograr una comunión in situ con los participantes -si uno es capaz de sentir lo que supuestamente y en origen pretendía significar la palabra deporte, al margen del espectáculo que hoy nos venden-, el resto consume en la lejanía una ficción impuesta de la que nunca sabrá si puede apropiarse haciendo suya o sencillamente no le interesa, sólo es tiempo consumido que le ayuda a olvidarse de sí mismo. En un primer momento ideal puede entenderse una empatía inicial tal que un tipo en cuestión delante de la pantalla saltaría del sillón y se pondría de inmediato a hacer ejercicio, intentaría practicar alguna actividad física o acabaría jugando con un grupo de amigos o conocidos a aquello que sus cualidades mejor se lo permitieran para, poco a poco, comenzar a creer y disfrutar con lo que su cuerpo seguramente mejor agradece; pero ese no es el caso en la inmensa mayoría de las personas y situaciones. Desgraciadamente, lo normal después de lo visto es la más absoluta nada, y lo que es peor, la incómoda y ávida penuria de tener que encontrar un nuevo objeto de consumo que satisfaga una artificialmente enraizada impaciencia para dar con “otro espectáculo” que calme un desesperante, permanente e irascible estado de sitio necesitado de llenar tantas horas vacías.

O ¿qué creen que sintieron la mayoría -sí, tantos- de los que hace poco celebraron y se echaron a la calle para gritar por las victorias futboleras de “la roja”? Incluso los que en su interior se sentían al fin satisfechos y secretamente recompensados por tantos años de humillaciones y derrotas, de infancias consumidas admirando a otros siempre mejores, infinitamente mejores, ya que “los nuestros” sólo podían mostrar la mejor mediocridad e impotencia casposa de la que generaciones de compatriotas han hecho gala maniatados por interminables reyertas nacionalistas plagadas de raza e ignorancia. Nada. Un vacío insondable e insoportable que en el mejor de los casos puede que a alguno le haya hecho preguntarse por lo que estaba haciendo con su vida, qué significaban para él los éxitos de esos chicos, por qué se dejaba engañar por una selecta secta de mafiosos pregonada por una panda de facinerosos vociferantes e hipócritas que se dedican a dar consistencia y engordar lo que sólo es un enorme e insaciable espectáculo vacío que aniquila y frustra vidas enteras dejándolas atrapadas en sus miedos y carencias, insuficiencias reales inventadas e impuestas por una sociedad que antes que ciudadanos necesita consumidores desesperados que no dispongan de tiempo para pensar en sí mismos y actuar en consecuencia. Una sociedad de ciudadanos siempre nerviosos y violentos incapaces de permanecer quietos, presos a perpetuidad en las celdas de una pereza existencial que va minando y acabando poco a poco con sus almas y sus vidas. O sea, todos nosotros, y después de la reprimenda ¿con qué cara nos levantamos mañana? Pues con la misma de hoy, la única que tenemos, pero con la alegría de sabernos vivos y en posesión de nuestra voluntad.

De todo ello me gustaría excluir a los niños, los únicos que creen y viven como sienten, además de decir lo que piensan. Me gusta imaginar que todavía tienen la posibilidad de hacerse con sus vidas y destruir este engendro de “rica sociedad” que los adultos hemos creado. Además de perdonarnos.

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Elefante Blanco

“Monito”, uno de los personajes de la película, aprende, ni demasiado pronto ni demasiado tarde, que crecer significa ir abandonando cada una de las certezas que dan consistencia y seguridad a la infancia para, poco a poco, adentrarse en la inquietante jungla de las contradicciones.

Si uno puede presumir de algo sin que se la caiga la cara de vergüenza es de sus propias contradicciones, precisamente a través de ellas cualquier hombre muestra su poder, tanto para imponerse a los demás como para soportarse a sí mismo, y a la larga enderezar unas vidas más que traídas a este mundo arrojadas por unos padres inconscientes que nos obligaron a existir en parte porque nos deseaban, nunca sabremos con seguridad para qué, y en parte porque tocaba, sin, afortunadamente y en la mayoría de las ocasiones, sabernos dar lo que más necesitábamos, de cualquier modo inservible para una vida propia que sólo a nosotros nos toca sacar adelante. Son precisamente esas contradicciones, ese andar entre lo que se puede o se debe y a nuestro pesar es, entre lo que se desea, no se debe y se acaba haciendo, entre lo que amamos, no debemos permitirnos pero no dejamos marchar, o entre lo que nos dijeron que sería de otro modo y sin embargo y para nuestra desgracia nos tiene agarrados y no sabemos o queremos soltar, las que nos van ordenando para que no nos descarriemos demasiado. Respiramos detrás de miradas que nunca sabemos a ciencia cierta si son nuestras o responden por otra persona, puesto que casi nunca tenemos que enfrentarnos a ellas y solamente cuando las vemos por primera vez, quizás en una fotografía siempre indiscreta, participamos desconcertados de otra realidad, la auténtica, de la que seguimos pensando que no nos pertenece, aunque el tipo que la mantiene se parezca a nosotros y se deje identificar con el mismo nombre; pero afortunadamente siempre es tarde para rectificar y nuestra pobre mirada sigue diciendo más de lo que nosotros quisiéramos y menos de lo que nos gustaría. Contradicciones que cada mañana, cuando nuevamente nos levantamos y nos enfrentamos al espejo para preguntarnos sin querer ¿qué puñetas hacemos aquí? siguen sin resolverse, esclavos de una inercia que nos obliga a erguirnos y caminar hacia delante conscientes de que preferimos mil veces más la cama que odiamos abandonar para dejar que la luz del sol nos inunde con una realidad hecha por otros que inevitablemente será la nuestra cuando acabe el día, soportada, mantenida y defendida a nuestro pesar mañana, convertida en nuestra propia vida, un recorrido plagado de encuentros inevitables a los que tuvimos que responder sin experiencia o con malas experiencias para terminar como al principio, sin saber realmente qué hicimos, por qué lo hicimos o qué queríamos hacer. Para entonces siempre será demasiado tarde y nuestra existencia sobrevivirá representada o amarrada a una pequeña fábula con consistencia propia y temporalmente un lugar en el mundo, desgraciadamente también en el de “los malos”, los dueños de las llaves del gran almacén donde se guardan todos los retratos, que ellos voluntariamente nunca verán y nosotros nunca sabremos que teníamos. Y todo sucede sin que nos dé tiempo a darnos cuenta.

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Juegos 1

Uno ha estudiado que en la antigua Grecia existían unos “juegos” en honor de Zeus, llamados Olímpicos porque se celebraban en la ciudad de Olimpia, en los que básicamente se corría, se lanzaba, se saltaba y se luchaba, amén de recitar poesía, bailar o hacer música, todo bajo un fuerte contenido religioso y festivo. Los participantes practicaban durante todo el año en los gimnasios y eran ensalzados y admirados, pública y personalmente, por sus compatriotas en el conjunto de una celebración comunitaria motivo de alegría y comunión entre los griegos; ignoramos cuánto por encima de guerras o rencores tribales, y también dónde y cómo quedaban los inexistentes extranjeros y esclavos. Mi interés, en este caso, se centra en aspectos lúdicos colectivos.

Ahora imagínense una enorme jaula en una gran ciudad, falsamente elegida gracias a enormes cantidades de dinero dilapidadas en regalías y sobornos, en la que son encerrados cada cuatro años los mejores ejemplares de una especie -digamos la especie humana- para que coman, beban, forniquen y compitan para mayor gloria de sus satisfechos propietarios, quienes les pagan y envían. Los especímenes son lo mejor de lo mejor que existe en cada momento en la tierra rica, jóvenes especialistas adiestrados para ganar a toda costa, con riesgo incluso de sus vidas, y dar necesaria pero falsa satisfacción -mejor imaginarlo de ese modo- a otros correligionarios y compatriotas que por múltiples causas, que no viene ahora al caso analizar, decidieron en su momento maltratar y desperdiciar sus propios cuerpos con la excusa de que eran necesarios para otros menesteres no tan brillantes o esforzados -sobrevivir, aprender, trabajar, ayudar, enseñar etc.-.

Todo este montaje está organizado por un grupo de ancianos que en su momento también optaron por dejar su cuerpo a un lado y dedicarse a cultivar la codicia, que es práctica que exige menos esfuerzo físico, puede alargarse durante toda la vida y proporciona mejores dividendos -sobre todo económicos-, muchísimo mejores. Mediante una serie de negocios y o elecciones con aspecto de legalidad el grupo de ancianos pugna, apuesta, soborna, engaña o se trampean entre sí para decidir el lugar de quién tendrá la siguiente oportunidad de enriquecerse. Las enormes cantidades de dinero que se mueven en arreglos y sobornos, mantenimiento de parásitos sin oficio ni beneficio y negocios sucios es incalculable. Además, para hacer su propio provecho serio y respetable, tan solo necesitan una pequeña concesión a los millones que dejan pudrirse sus cuerpos en sus lugares de origen «para levantar de un modo más práctico el país» -es un decir-. Y es mostrarles a todos ellos mediante directísimas, cruciales y exclusivas retransmisiones televisivas -ese sí que es un gran negocio- que, en efecto, los juegos tienen lugar y los ejemplares seleccionados se muestran listos, concentrados y dispuestos a dejarse la piel por su bandera. Si la bandera que se encarga de mostrar obediente un ganador coincide con la bandera del país en el que se encuentra el aburrido televidente de turno, cualquiera -bingo-, surge milagrosamente un fuerte y maravilloso motivo de unión y satisfacción, tal que el tipo en cuestión arrellanado en su sillón siente como suyo el éxito de aquel otro del que desconoce absolutamente todo y al que le une absolutamente nada.

Pero esta feria pública de músculos y sudores, como cualquier feria de ganado, o peor, corre el peligro de ser alterada, agredida o destruida por otros envidiosos que ansían ser organizadores y enriquecerse, pero a quienes les falta la paciencia, la inteligencia y el dinero para saber y poder llevarlo a cabo y han de conformarse con hacerse notar intentando montar alborotos o incluso hipotéticos crímenes. Para proteger el negocio, que no a los participantes en el ferial, se despliega un enorme dispositivo de seguridad que en el año actual que celebramos acumula más de cuarenta mil policías y vigilantes, despliegue de misiles tierra-aire, barcos y aviones de guerra, gastos todos ellos que, ahora sí, tienen un pagano, los impuestos de los ciudadanos del país de turno. ¿Qué tipo de sociedad soporta esta esquizofrenia? No se escatima en gastos, pero, repito, no para proteger a los cobayas humanos, sino para facilitar que el negocio se cierre en redondo y los beneficios puedan sumarse a la cuenta contable de las “empresas colaboradoras”.

Posdata. ¿Por qué cada vez que hablo de este mundo ha de aparecer el dinero por medio? ¿Es un problema exclusivamente mío?

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