Disculpa

Tras escribir muchas de las entradas de este blog uno se habitúa a convivir con un molesto regusto amargo a causa del tono catastrofista que en general acaban mostrando, tal vez sea porque en ellas se cuelan demasiada inmoralidad, miseria, ricos, pobres, injusticias, delitos, humillaciones, hipocresía… dibujando una realidad que más parece un saco de mierda que una vida y un mundo dignos de ser vividos. Pero -eso sí que no me gustaría hacerlo- tampoco es cuestión de mostrar ese mismo mundo y sus vidas como un entretenido e inocente itinerario salpicado de éxitos y fracasos en el que cada cual acepta su parte diligentemente y sin rechistar, sería falsear un incierto y desgraciadamente manipulado recorrido de luces y sombras en el que, a nuestro pesar, los brillos, cuando aparecen, la mayoría de las veces son efímeros o falsos, y las sombras, cuando cualquiera tropieza con ellas, densas, turbulentas o definitivas.

¿Qué hacer pues ante tanto desconcierto y desilusión si uno mismo ya tiene suficiente tarea con intentar enfrentarse a sus propias dudas y soledades, con aspirar a ser sincero bregando contra corriente y ansiando tropezar con algo de luz que ilumine este gran agujero, además de tratar de mantener una vida medianamente decente de la que no haya que avergonzarse ni arrepentirse?

Creo que sólo queda intentar disfrutar de esos pequeños sorbos de felicidad que la propia vida, cuando parece equivocarse, pone a nuestro alcance, si es que entonces sabemos reconocerlos y atraparlos, saboreándolos como si fuera la última vez, pero no con afán concluyente ni catastrofista, sino siendo egoísta en cuerpo y alma, con los cinco sentidos y, si podemos, sabemos y somos capaces, mostrándoselos a los demás para hacerlos copartícipes de su hermosa verdad; pero sin olvidar en ningún momento que la risueña resaca del disfrute se diluirá poco a poco entre desechos con más o menos desesperanza, más crudo aún, se irá ennegreciendo poco a poco entre las fétidas brumas de una realidad que más que acogernos de frente o acunarnos se empeña en desafiarnos sin descanso convertida en nuestro peor enemigo, ¡nuestro! que ni siquiera hemos pedido vivir e intentamos hacerlo con la mejor apostura posible.

Tampoco ahora hay que callar -lo siento- que los sinvergüenzas de los malos nunca descansan en su malévola, sagrada y bendecida tarea de hacer permanentemente el mal, pero también hemos de tener presente que sin nosotros ellos no serían absolutamente nada, porque todavía podemos permitir o destruirlos… fueran cuales fuesen las consecuencias.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Los ricos también lloran

Francia ya no es lo que era en el mundo, si es que alguna vez su potestad para serlo y por tanto tiempo fue merecida, y no hay cosa que más disguste a los franceses que asumir que ya no son el centro del universo, afortunadamente, lo que provoca que a menudo se confundan con su ombligo a la hora de publicitar e intentar vender sus éxitos locales como internacionales. Y el cine es uno de esos casos. Uno, dicen, de los últimos éxitos del cine francés en Francia llegó a este país precedido de una fama que obligaba a acudir a las salas a curiosear. Intouchable es el título. Y teniendo en cuenta la diferente forma de ver cine entre los dos países y que el cine francés anda tan desorientado como el resto -prefiero no incluir como cine las memeces de Asterix y sus secuaces-, era cuestión de tomárselo con calma a la hora de ir a aplaudir fervientemente el anunciado triunfo de taquilla del país vecino.

Y, en efecto, no hubo sorpresas cuando tuve la oportunidad de ver, es cierto que con bastante retraso, la tan comentada película. La versión francesa de Los ricos también lloran me provocó más desagrado que lágrimas. No vale aquello de, ya lo sabías. Contar que un inmigrante semianalfabeto de banlieue, convertido en “negrito bueno”, puede hacer que la vida de un rico caprichoso pero desgraciadamente impedido -a consecuencia de sus caprichos, es lo que tiene el riesgo, nada que ver con el vulgar y nada espectacular riesgo de vivir-, se reincorpore a la vida recuperando la soberbia propia de las clases acomodadas no merece derramar ni una sola lágrima. En ciertos momentos la película me recordaba a aquella otra titulada La cena de los idiotas -creo que también francesa-, en la que dos ricos muy cultos, exquisitos y distinguidos invitaban a un pobre imbécil a cenar para reírse de él, pero ¡milagrosamente! el imbécil tenía algún dedo más de frente y por supuesto buen corazón, sentido común que ponía en juego para desenmascarar las payasadas y la vidas tristes pero desahogadas y aburridas de sus anfitriones, regresándolos al redil al afearles sus perversas intenciones. Moraleja: por favor no nos vuelvan a tomar el pelo con sandeces semejantes. Si el propósito es mostrar que los ricos no son todos unos sinvergüenzas, que también pueden ser desgraciados e infelices, eso no resuelve la incógnita principal, que son ricos y seguirán robando el mundo y la vida a los demás a su antojo; en los tiempos que corren ya nada puede decirse que sea casual o secundario, ni siquiera por la gracia de Dios. A los pobres solo les queda ser pobres pero honrados, y por ello aún más pobres, porque su particular e ingenuo orgullo jamás osará cuestionar el orden de las cosas, cada cual ha de asumir dócil y dignamente su papel o su cruz en este mundo. Las cosas son así. Incluso los simples saben en su desconocimiento cómo ayudar a las niñas bien maleducadas e irrespetuosas que felizmente consiguen descubrir una lucecita de cordura para momentáneamente comprender e inmediatamente después dejar de hacerlo. También los menesterosos, en su exótico y risueño candor, pueden opinar sobre la música llamada culta y ser groseramente adiestrados más allá de su supina ignorancia -¡y aprender!-, o llegar a ser artistas en un mercado del arte en el que los potentados compiten por ver quién la tiene más grande, total, son ellos quienes disponen qué es arte y qué no, los infortunados han de conformarse con acercarse a los museos para lustrarse un poco, no mucho, porque si llegan a saber lo que se cuece detrás la verdad caería por su propio peso desenmascarando el engaño, con lo que volveríamos al principio, ¿por qué? Los pobres son los ejemplos naturales que, cual parque temático o safari africano, muestran a los señores lo que es sufrir en la vida, recibiendo como pago una sonrisa de conmiseración y condescendencia, ni un punto de justicia, para después regresar a su mierda sumisos pero felices; se trata de no andar mezclando las cosas, sino de probar y corroborar que incluso en la miseria y las desgracias uno puede sacar tiempo para el cariño, el amor y la alegría, pero de ayudarse económicamente o repartir justicia distributiva, de eso nada monada.

¿Exagero? El humor ha de ser inteligente o sencillamente es mentira, una mueca hueca y vacía que tiene más de cadáver andante que de vida.

Publicado en Cine | Deja un comentario

Maneras

Lléganse a la mesa, a la orilla de una gran playa andaluza en la que un luminoso sol reparte alegría, buenos deseos, indolencia y futuro entre los pocos humanos que han decidido disfrutar demorando su tiempo en esta hermosa, radiante y noble mañana de Enero, tres personas abrigadas hasta la frente con gruesas, oscuras y anodinas prendas de invierno, dos adultos y una muchacha que no alcanzará los veinte años -a todas luces extranjeros-; sentándose de tal modo que a la joven la tengo oculta tras la espalda de ¿la madre?, de la que distingo perfectamente la delgada silueta ahora enfundada en un también oscuro jersey de cuello alto, y al hombre dispuesto justo de perfil, luciendo una barba cana y una confiada media sonrisa que no presagia nada malo. Ojean la carta del restaurante con moderado interés e intercambian lo que tal vez sean opiniones, valoraciones y alguna negativa sin palabras y sin mucha convicción respecto a lo que supuestamente van a ingerir a continuación. Cuando el camarero les saluda y solicita de ellos la posible consumición o comida el trío, sin dudas ni tardanza, se aviene a pedir sin dilación; parecen prestos y decididos a la hora de la elección, quizás un poco indiferentes, ajenos e inexpertos a la dulzura del momento y el lugar. El luce, tras despojarse de la gruesa e invernal prenda de abrigo, una sólida camisa a cuadros, pantalones de pana, calcetines negros y unas botas tan ajustadas bajo el sol que no me extrañaría que comenzaran también ellas a sudar de un momento a otro.

Aparece el camarero en una segunda envestida depositando sobre la mesa un refresco de cola de una conocida marca internacional y dos cañas -sí, han leído bien, dos cañas- de negro café, de esos que suelen elaborarse en este país que, o te destroza el estómago o te lo limpia cual enérgica lavativa. La cosa ya comienza a sonar un poco rara. Mientras el resto de las mesas bebe cerveza, refrescos o algún blanco fresquito de la tierra, estas buenas personas se lanzan al café en cantidades masivas; no obstante siguen teniendo todos mis respetos. En la tercera tanda el camarero no trae nada para la joven, enfrascada en un teléfono inteligente probablemente preñado de obviedades, recurrencias, profundas pérdidas de tiempo y aburrimiento permanentemente pospuesto que el inevitable transcurso de las horas reconvierte en tiempo invertido que simplemente no ha existido ¡qué felicidad! -¿se imaginan?-, para la señora una ración de coquinas y para el caballero una ración de gambas de Huelva -¡casi na!-. El sol sigue apretando y algunos de los sometidos a su arbitrariedad comenzamos a sufrir sus rigores, por lo que buscamos con movimientos laterales y esfuerzos varios la sombra de alguna columna o pilar de los que soportan el toldo del restaurante. El señor de las gambas ni parpadea, el cuello de la camisa sigue igual de cerrado aunque el calor para él sea el mismo que para el resto. La joven persevera en sus simplezas, la señora imagino que anda lidiando con sus coquinas y su ¡caña de café!, y cuando regreso al señor, al que miro ya sin disimulo, éste acaba de coger una gamba de la que, sin perder en ningún momento la sonrisa, secciona limpiamente la cabeza dejándola caer en el plato, desprende también la cola abandonándola en el mismo lugar, separa y tira el exoesqueleto del resto del bicho y lo engulle en exactamente dos bocados, después viene un trago de café y a continuación la siguiente, que despieza con la misma rapidez y diligencia sin osar chupar, rechupar o absorber ninguno de sus sabrosos jugos, se la echa a la boca y con masticada y media la traga sin piedad ni salero… y así sucesivamente, hasta que desaparecen gambas y café.

Tal vez a algunos de ustedes les parezca normal tal deleite culinario, a fin de cuentas cada cual se comporta y actúa como sabe o le viene en gana, pero no me negaran mi extrañeza al asombrarme que ante un mar espléndido, un sol delicioso y un mediodía para disfrutar una forma como otra cualquiera de hacerlo sea meterse en cinco minutos entre pecho y espalda una ración de gambas de Huelva y una caña de negro café. En fin, disculpen mi intromisión, pero creo que cuando uno viaja lo mejor es olvidarse un poco a sí mismo y abandonarse dejándose acariciar por los lugares, formas y costumbres de los nativos de la zona.

Publicado en Viajes | Deja un comentario

Tardes y memoria

La memoria suele ser un arma de doble filo, viene muy bien para tener siempre presente, incluso a nuestro pesar, la parte del mundo en la que nos hallamos, quiénes somos y de dónde venimos, aunque muchos se empeñen en olvidarlo e intenten convencerse a sí mismos de que el tipo frente a ellos en el espejo es una persona distinta. Mal asunto. Por otra parte la memoria también se encarga de avisarnos y desengañarnos cuando en cada nuevo año o en la repetición de una fecha concreta nos pone en guardia aburridos ante las mismas reiteraciones recicladas y repintadas para hacérnoslas tragar como novedades, más de lo mismo, más de lo que -afortunada o desagradablemente, elija lo que más le guste- ya conocemos y hemos sufrido.

En las largas tardes libres de invierno cualquier persona puede hacer o no hacer según tenga o le venga en gana, puede sentarse o dormirse, sin embargo, visto y oído, lo que no se deberían permitir son los insultos con formato de programa televisivo si por casualidad uno es sorprendido por un aparato de televisión encendido. ¿O sí? No es un consejo ni una advertencia, imagino que afortunadamente la mayoría de ustedes tendrán otras muchas cosas que hacer antes que detenerse o sentarse ante un televisor, pero, a lo que iba, hace un par de tardes, mientras leía, alguien encendió el televisor en la habitación de al lado y, supuse, se sentó tranquilamente a pasar el rato delante de la pantalla. Después de unos minutos tuve que dejar la lectura porque lo que oía al otro lado de la pared me distraía, o al menos no me permitía concentrarme en el libro. Ignoro de qué canal comercial se trataba, pero no pude evitar ponerme a pensar en la mujer que gritaba al micrófono como si fuera un bote, tal vez ignorante de que la electrónica que justificaba su medio de trabajo es mucho más efectiva que los gritos a la hora de transmitir la voz humana de un lugar a otro. La joven entrevistadora -por la voz- se derramaba sin pausa poseída por una alegría de quitamanchas saturada de obviedades festivas ridículas y desfasadas, risas y más risas sin sentido ni gracia y guiños vanos a los que ningún entrevistado respondía, toda rebosante de una energía que prácticamente a nadie contagiaba; creo que entrevistaba en una capital de provincia -tanto daba el lugar- a una serie de vendedores y propietarios de tiendas y establecimientos comerciales con vistas a las próximas fiestas navideñas; para colmo, entre entrevista y entrevista, funcionaba una nefasta coletilla que castigaba al televidente con algo así como “sonríe, es Navidad”. Las obviedades eran del tipo ¿qué hay que cenar o comer estas fiestas? ¿qué vestido o traje hay que ponerse en tal o cual gala o cotillón? ¿cómo debe usted arreglarse el pelo o las cejas? ¿por qué no compra una planta para Navidad?… ahora pasamos a la publicidad. Qué apetitosos pintan los turrones, y los dulces…  Claro, en estas fiestas, es inevitable, los gastos se disparan porque todos estamos felices y contentos… y nos queremos mucho… “Sonríe, es Navidad”.

Desgraciadamente no recuerdo cuanto tiempo anduve distraído con lo que sucedía en la habitación de al lado, pero lo cierto es que mi asombro fue en aumento cuando intenté entender a cualquier persona que estuviera ante semejante emisión en cualquier punto de este país, o en cualquier país del mundo. Y lo más cabreante de todo ello era el esfuerzo de imaginar a los dirigentes y programadores de ese tipo de cadenas televisivas refocilándose confeccionando una parrilla de emisión para… ni siquiera estúpidos, ¿tarados? ¿deficientes mentales? Lo siento, no encuentro el calificativo, me cuesta dar con el tipo de  “persona humana” -perdón- capaz de malgastar su tiempo ante semejante abominación. Porque lo peor no es que yo mismo, aburrido en casa, conecte el televisor para dejar pasar el tiempo, lo increíble es que nadie en sus cabales aguantaría ni cinco minutos ante semejante bodrio audiovisual. ¿Entonces?

Vuelvo a la memoria, a la funesta pero excitante, sabia y generosa experiencia de sentir sin pesar que el tiempo se repite o, como solemos decir, parece que no ha pasado; a la desafortunada impresión, o dudosa sabiduría, de haber confirmado los peores temores cuando el ajetreo de los años acaba acumulando más tropiezos que aciertos; a la sospechosa cordura de eso también sucedía cuando uno era más joven, cambia el medio -ahora son excesivos, agobiantes, apabullantes…- pero la intención, la irrespetuosidad y la burla, ya ni siquiera soterrada, son incluso peores, hoy ya no es necesario disimular. ¿Dónde estamos pues? ¿Seguimos reprobando y desdeñando las mismas miserias de las que nuestra memoria se avergüenza, nuestros años acabarán detestando o, vencido definitivamente el carácter, acatando sin opinión? ¿las aceptamos sin voluntad, que no voluntariamente, porque, convencidos de nuestra irrelevancia, hemos decidido -nunca sabremos cuándo fue el momento- sobrevivir humillados antes que seguir alzando la voz criticando lo que no nos parece bien? ¿aceptamos sumisos nuestra posición subsidiaria de imbéciles consumidores sin criterio ni juicio justificando como bobalicones las pésimas artes y poca profesionalidad de una ¿pobre? muchacha que sin duda sudará un montón de horas al día ocupando un puesto de trabajo infame a cambio de un sueldo de esclavo que sólo le proporciona mendrugos para llevarse a la boca?

La memoria, aunque nos duela, felizmente es para siempre, la voluntad de vivir en principio también, mañana será otro día, u otro año, qué más da, si seguimos vivos es porque de momento nadie va a ocupar nuestro lugar, luego vivamos con todas las consecuencias.

Feliz 13.

Publicado en Uncategorized | 1 comentario

Dignidad

 “¡El presidente del Tribunal Supremo! Se lo imaginan ahí en turista, pues yo voy en turista porque no puedo ir en business. Es excesivo”.

Semejante ofensa es reincidentemente sufrida, afortunadamente sin merma de su salud,  por el discreto y desdichado presidente del CGPJ de este país, aunque no se lo crean. Que mal tratamos por estos lares a nuestros tutores. Qué mal asumimos nuestra ignorancia y desvergüenza de paletos ante próceres de tamaña altura moral. Aunque, ahora que lo pienso, ¿qué imagen puede ofrecer a sus conciudadanos un señor que por encima de su trabajo exige posición y prerrogativas a costa del dinero público, acudir a inauguraciones, fastos y saraos a costa del dinero público, como atribuciones sujetas a derecho por presidir un organismo que hiberna hasta su jubilación a los primeros de la lista -que no los más capacitados, ni los más profesionales, ni los que pueden aportar su experiencia a la gente más joven, ni los que mejores servicios han prestado a la sociedad en su conjunto- según los intereses sectarios del gobierno de turno, también a costa del dinero público? ¿Qué le importan a este señor los vulgares ciudadanos, gente que se levanta cada mañana para ganarse la vida con trabajos y actividades ordinarias, como puede o le dejan? ¿En qué peldaño considera que está? ¿Qué hace por los demás? Seguramente irradiará su magnificencia y bonhomía para alumbrar y guiar el camino a los más estúpidos, los que no sabemos ver más allá de nuestras narices ni apreciar el magnífico brillo de la púrpura. ¿Cómo puede intentar explicar un tipo así su función dentro del Estado a sus vecinos -si es que tiene que molestarse en dar explicaciones-, si estos son incapaces de admirar y reverenciar la gloria?

No importa el nombre del tipo en cuestión, presidente “a dedo” del Consejo General del Poder Judicial -una corporación endogámica cerrada y alejada de la sociedad de la calle-, más bien una sinecura para enmohecerse antes de jubilarse con honores -¿recuerdan la soberbia y el talante católico-fascista del anterior presidente?- sin dar un palo al agua. ¿Qué concepto tiene un tipo así de una ciudadanía democrática? Estará firmemente convencido de que su voto en una urna vale mucho más que los del resto de votantes en cualquier elección, o será uno de esos de “usted no sabe con quién está hablando” necesitado de alfombra roja y palio para que no le perjudiquen ni el suelo ni el sol que padecemos la gente corriente; un pigmeo intelectual y moral que rumia “con su divina razón” únicamente merecimientos por SER más que el resto de los mortales que, a fin de cuentas, respiramos en este mundo porque no nos queda más remedio. Al tipo en cuestión sólo le faltó decir que un cargo como el suyo –casi por designación divina- no puede ensuciarse mezclándose ni respirando entre la plebe. Probablemente solo ingiera néctar y ambrosía, tal que los dioses del Olimpo, y crea que lluvia dorada sólo existe la suya, oro líquido, poco más o menos.

El pelaje, los ademanes y la arrogancia de estos caraduras vienen de otros tiempos, de otros regímenes, de otras cataduras, de otros merecimientos, de servidumbres ganadas a pulso a base de los lavatorios de rigor para con los sátrapas de turno, son los representantes de la obediencia ciega y nula responsabilidad civil recompensada con prebendas que santifican su bien gastada mansedumbre para con los dueños del poder. Estos tipos son “demócratas de toda la vida”, es decir, niños bien de una dictadura en la que el nacimiento y la clase eran una concesión divina, ellos ni ponían ni quitaban, acataban con beata benevolencia la sagrada voluntad de Dios certificada y santificada por sus representantes en la tierra, o sea, la iglesia en España. Sujetos así no merecen unas letras sino alguien que les muestre, de sus blandas y repulsivas manos, el siglo en el que todavía viven y los tiempos que corren, qué piensan y de qué se alimentan los habitantes de este mundo, qué es una piedra, qué un corazón sin sangre, qué una moneda, un trozo de pan, un salivazo, un desprecio, una humillación, un grito desesperado, una calumnia, un golpe, mil golpes, el esfuerzo de volver a levantarse para mirar a la cara a tipos que sólo merecen asombro, descrédito e indiferencia.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Parecidos

María Jessica -ignoro la correcta ortografía del nombre- tiraba al suelo sin misericordia una torre de peluches mientras su papá discutía con su mamá por la cantidad de helados que echaban en el carrito cuando, sin previo aviso, lloriqueó un iphone 5 y mamá interrumpió de inmediato la contienda para contestar a gritos a una amiga que le acababa de enviar una fotografía total de otra amiga común en Benidorm. A los que estábamos alrededor sólo nos faltaba el nombre de la amiga al teléfono, pero no hubo que aguardar mucho tiempo para saber que era “la Leti”, con lo cual ya todo encajaba. Viéndola gritar al ingenio celular embutida en aquel chándal de Dior abolillado, con las deportivas desabrochadas y los cordones arrastrando por el suelo “del Carrefour” cobraba sentido un mundo que algunos creen que sólo existe en las películas. El propietario del otro chándal, el marido, aprovechaba la coyuntura para doblar el número de helados que adjuntar a una gran cantidad de botecitos de Actimel, turrones de todos los sabores, polvorones, frutas glaseadas, galletas integrales, unos cincuenta botes de cerveza sin alcohol, doce botellas de cola, seis de zumo de naranja, un recipiente gigantesco de detergente líquido y un paquete de treinta y seis rollos de papel higiénico. Mi mala costumbre de fijarme en los carros de los demás y en función de la compra intentar adivinar el carácter y el tipo de vida del comprador no pudo evitar la sorpresa al ver junto al papel higiénico un volumen de las memorias del antiguo presidente del gobierno, señor Aznar. Sonreí incrédulo para preguntarme a continuación por qué, ¿qué tendrían en común los padres de María Jessica y el señor del libro? y por más que me esforcé no logré dar con la similitud, hasta que, casi vencido, me decanté por la estrecha simplicidad de ambas partes, la de la pareja con la del supuesto autor del libro, o, ahora que caigo, ¿por qué estaba al lado del papel higiénico? ¿era sólo una coincidencia?

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Entre chinos

En esta ocasión voy a hacer de mero intermediario. De un lado un tal Fernando Zhou, que resulta ser el presidente de una Asociación de Empresarios Chinos en Valencia, se explayaba con perlas como las siguientes el pasado 7 de diciembre en las páginas de El País:

 “Los medios han hecho mucho daño al hablar de mafia china. Tras la detención de Gao Ping, la policía ha entrado en naves para llevarse ropa. Se trata de mercancías que no declaran y se reparten entre ellos. Se aprovechan. A veces también pasa con el dinero.

P. ¿Está a favor del despido gratuito?

R. Sí. Así el empleado trabajaría más.

P. ¿Con el despido gratuito los empleados trabajarían más?

R. Seguro. La mentalidad cambiaria en España. Los países con muchos gastos no son competitivos.

R. Los chinos apoyan al empresario. Si el negocio no va bien, se bajan el sueldo. Y los españoles quieren que se cumplan sus derechos. España va mal. Las huelgas no valen para nada. Hay que aprender de los chinos.

Y del otro lado un reportaje de Mar Abad en el nº 35, correspondiente al mes de Diciembre, de la nada revolucionaria ni sospechosa revista Yorokobu en el que la autora habla del fotógrafo Albert Bonsfills y sus conclusiones a partir de su estancia en China el pasado año:

(Beijing) “Estuve viviendo con algunos de estos trabajadores una semana. Viven en unas condiciones horribles. No tienen ni un día de vacaciones, sus contratos son mensuales y duermen en habitaciones con seis o siete personas más”.

(Henan) “Esas localidades rurales están siendo despobladas. Las personas en edad de trabajar se van a la ciudad. No hay jóvenes. Solo hay niños y abuelos. Los padres se van a la capital y vuelven una vez al año para ver a su familia. A veces tienen que esperar hasta una semana en la estación para asegurarse de que encontrarán sitio en el tren que los lleve a casa”.

“Están muy mal pagados y no tienen seguridad social ni pensiones. Las personas de mediana edad tienen que mantener a sus hijos y a sus padres”.

(Guangzhou) “Es una de las ciudades más industrializadas del mundo. Está llena de fábricas textiles ilegales en los subterráneos de la ciudad y entre los empleados hay niños. Hay muchos talleres sin luz, desordenados y en malas condiciones”.

“…la jornada laboral es de diez horas y descansan un día a la semana. Otros, como los trabajadores de la construcción en Beijing, no tienen descanso».

“En China hay muchas ciudades fantasmas. Construyen urbes fantasmas solo por dar trabajo. Hay 64 millones de pisos vacíos. Pasear por ahí es como estar en una película… En China se fabrican 10 ciudades nuevas al año… Si, se fabrican. Esa es la palabra… Son viviendas que se construyen entre dos semanas y un mes. Hay un rascacielos de 40 pisos que fue levantado en una noche por más de 500 trabajadores”.

Probablemente el maravilloso sueño del señor Zhou sea la reencarnación de este paisaje típicamente asiático en España. Y no hablo de salarios. Ni de que en China es imposible comprar lo que se vende aquí a precios de allí, sin embargo aquí sí se puede vender, con precios de aquí, lo que allí se hace, por supuesto con salarios de allí. En fin, juzguen ustedes mismos.

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

Una mala idea

Todos sabemos que el médico se dedica a curar enfermedades, el maestro a enseñar a niños y adultos, el albañil construye casas pequeñas y grandes edificios que diseña el arquitecto, el ingeniero proyecta y dirige la construcción de puertos, puentes, fábricas, carreteras, barcos o aviones, el maquinista mueve máquinas que otros inventan -incluso se inventan muchas que no necesitan maquinista-, o las conduce, también barcos; hay del mismo modo personas que se dedican a cuidar a otras haciéndoles la vida menos onerosa, más feliz incluso. Y existen otras personas que ocupan el tiempo intentando que los demás disfruten del suyo, cantan, pintan, hacen música, cine, teatro… Probablemente me olvido de muchas más que no tendrán ningún problema en saberse incluidas en este grupo, y así podíamos estar hablando bastante tiempo. Pero hay otros individuos que se mueven entre aquellas sin una función definida, facilitando la comunicación y el intercambio de proyectos e ideas o no sirviendo para absolutamente nada útil, sólo para incomodar, demorar, aconsejar, perseguir, incordiar, advertir, amenazar, sobornar o engañar a sus semejantes a cambio de sustanciosas y menos sumas de dinero, formando una gigantesca burocracia que más que facilitar el funcionamiento del mundo lo dificulta consagrada a engordar bolsas ajenas privadas de las que esperan obtener pingües beneficios. Políticos -que no política-, supervisores, gerentes, abogados, aseguradores, asesores, intermediarios, consejeros, expertos, técnicos, correveidiles y recaderos -probablemente me olvido de alguno- duchos en abstrusos papeleos que, supongo con la rara excepción de quienes entienden su propia actividad como un beneficio para la sociedad y no para ciertos particulares, anulan o lentifican hasta la exasperación cualquier proceso material o inmaterial entre las personas al tiempo que justifican su existencia de nada; una gigantesca e inútil burocracia -algo así como la Unión Europea- que más que facilitar la vida a la población está obsesionada con dificultársela hasta límites insospechados. Propongo pues la creación o invención de un único y autosuficiente programa informático cómodo de entender y manipular -es más fácil de lo que ustedes piensan- que anule y elimine a todos estos parásitos innecesarios, siendo el propio actor, albañil, ingeniero o cuidador el que durante su tiempo de trabajo informe al mismo para que su tarea conste y quede grabada, amén de facilitarle su correspondiente beneficio.

No sé cuanto ganaría o perdería la humanidad, pero seguramente todos los que se han dedicado y dedican a hundirla un poco más cada día no tendrían nada que hacer. Bueno, sí, maquinar cómo seguir parasitando.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Publicidad

No pretendo descubrir nada nuevo ni abrir los ojos a quien no desee hacerlo para intentar conocer, comprender y juzgar el mundo en el que vivimos, un mundo que, querámoslo o no, nos incluye, contabiliza y explota sin nuestro consentimiento; en general uno a uno importamos bien poco, es un decir, significamos única y exclusivamente como sujetos de consumo, el resto no nos incumbe, las posibilidades de nuestra voluntad son limitadas y censuradas. Pero tanta evidencia, que probablemente habrá provocado más de una sonrisa de suficiencia, no debe impedir reconocer en qué nos hemos llegado a convertir y cómo se ha modificado nuestra sensibilidad, nuestra capacidad de respeto y nuestra tolerancia ante la bondad o la malicia, abandonados desorientados pero vivos en el centro de un inmenso páramo de indiferencia que en ocasiones llega a asustar por su inmenso poder para anestesiarnos dejándonos impasibles ante todo lo que sea ajeno a nosotros mismos, ni siquiera me atrevo a extenderlo a nuestro círculo más próximo. Por ejemplo, hoy somos capaces de visualizar cualquier vídeo “colgado” en Internet -ya sea en un servidor concreto, en algún medio informativo o en alguna web de medio pelo- en el que se muestre alguna catástrofe, una situación extremadamente desagradable, vejatoria, violenta, sangrienta o humillante y tragarnos tan campantes, con sólo fastidio o sin parpadear, la publicidad que probablemente antecederá al visionado que pretendemos satisfacer. Nuestro grado de atolondramiento, que no comprensión, no nos engañemos, llega hasta admitir y justificar lo “inevitable” de esa misma publicidad como intermedio obligado si queremos saciar nuestra errática curiosidad, que no información.

Tal capacidad para ingerir basura sin pestañear, criticar o renegar de ella, que poco a poco ha ido extendiéndose a todos los ámbitos de nuestras vidas, nos va impermeabilizando y moldeando mucho más insensibles y ajenos a nuestros propios principios, si es que alguna vez los tuvimos o todavía creíamos tenerlos, desfigurando nuestra ya deteriorada y pobre imagen y dejando como resto un reseco y miserable sarcasmo de nosotros mismos del que cada vez nos costará más salir.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Respuesta a Macarena (Daños Colaterales)

¿Servidumbre? Creo que ni siquiera es eso, la servidumbre otorgaba al individuo un puesto en la sociedad de su tiempo, un hombre sabía en todo momento cuál era su lugar, mejor o peor, incluso podía tener una vida más o menos completa. También el esclavo ocupaba un lugar en la sociedad que lo dominaba. Lo que en la actualidad sucede es peor porque la mayoría de las personas no saben qué lugar ocupan en esta sociedad, se ha escrito y dicho tanto acerca de un mundo ideal en el que todos los hombres serían iguales que llegó un momento en el que el individuo, en su afán por resituarse y mejorar, perdió de vista su posición; por contra y como resultado de su extraña carrera se ha encontrado con que no ha podido alcanzar lo que él creía que era su destino y, para empeorar las cosas, el origen de dónde provenía ya no existe. El individuo actual ignora cuál es su puesto en la sociedad, no tienen dónde ir, ha perdido todas sus raíces, han desaparecido o han sido destruidas, no encuentra su pasado porque, embobado en su futuro, llegó a renegar de él y ahora se da cuenta de que también se lo han secuestrado. ¿Entonces? ¿Dónde se sitúa ese hombre en la actualidad? En un mundo que se mueve entre ficciones abstractas despojadas de cualquier referencia humana -crecimiento, desarrollo, progreso…- la cuestión para la mayoría de las personas es dónde ubicarse, porque, curiosamente, nadie parece situar a nadie por propia voluntad, sino que es “la bestia” quién pone a cada cual en su puesto, sin que tampoco ninguno sepa con certeza por qué precisamente ese es el suyo; en cualquier caso se trata de aprovechar la cuna y aspirar a ser más o menos favorecido, o intentar medrar lanzándose a una insegura y desesperada carrera sobre la que no se pueden hacer apuestas, ya se encarga la bestia de avisarnos acerca de la inutilidad de las ilusiones permanentes, hoy a la debilidad material de nuestro cuerpo le corresponde la nueva precariedad de nuestra existencia. La misma bestia también se jacta de no mostrar ninguna cabeza visible, es autosuficiente, ya que tampoco los que presumen de conocer sus engranajes consiguen dirigirla. Una máquina se puede parar y poner en funcionamiento, a la bestia nadie puede hacerle eso, absolutamente todos estamos atados a ella; la libertad del no ha desaparecido de la totalidad de sus dominios. Para los que su nacimiento haya colocado en una posición poco ventajosa resta abandonarse a una vida en permanente espera aguardando a que el engranaje deje un hueco en el que poder resituarse; en este presente potencialmente no somos personas, somos mano de obra o desempleados. Es la nueva semántica del siglo XXI. Ilusiones y deseos al margen.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario