A propósito del Papa

Con todo el jaleo que se viene armando alrededor del Papa y su dimisión, que nadie en la tierra puede aceptar porque no hay en la tierra nadie superior a él, nos tocará aguantar a ignorantes, necios y tertulianos ladrando sandeces a diestro y siniestro durante las siguientes semanas, eso sí, sin que nadie sepa con una mínima fiabilidad, o sencillamente no tenga puñetera idea, de qué está hablando; en este país de catetos la cuestión es crear polémica a costa de lo que sea, para cuando alguien se pregunte a qué venía tanto barullo, tal polvareda, el negocio de los de siempre ya estará hecho y finiquitado. Además, creo que a nadie le ha preocupado curiosear y entender que el todavía actual Papa siempre fue un hombre de estudio, más apegado a los libros, la pluma y los comentarios que a pasear su título por los cuatro puntos cardinales para jolgorio y éxtasis de millones de pobres almas desorientadas o simplemente perdidas, y ha sido tal su hastío al tener que sufrir en sus propias carnes las guerras, deudas, traiciones, sevicias y venganzas que se cuecen en toda diplomacia y política que no se ha sentido capaz de torear con ello y salir airoso, porque eso sin duda le habría supuesto el olvido y menosprecio de su propia integridad, tanto personal, religiosa como intelectual. De tales lodos estas consecuencias.

A lo que iba, uno de estos días tropecé con una “tertulia” televisiva de voceros y voceras trajeados/as que no decían nada interesante cuando, para mi sorpresa, la cámara se detuvo en un señor prelado de alzacuellos y negro riguroso. A una pregunta de la moderadora -o reverencia, por cómo la formuló, ya que sólo le faltó pedir perdón al reverendo por osar interrogarle, ella, una vulgar y pecadora mujer- el tipo en cuestión comenzó a disertar con esa voz dulce y atildada, preñada de placidez y sabiduría y acompañada de una permanente sonrisa de condescendencia que destilan los emisarios de la iglesia cuando se dirigen al vulgo, zanjando la cuestión en un tiempo prudente pero no escaso y sin que ninguno de los otros contertulios osará interrumpirlo, ya que todos lo miraban arrobados e iluminados por su bendita presencia, partícipes en una comunión de purísima beatitud. Para realzar la escena el realizador se encargaba de fijar la cámara de tal modo que apareciera el torso entero del jerarca, al que solo le bastó alzar las manos y darnos a ellos y nosotros la bendición. El papel del realizador a la hora de elegir la toma de la cámara era curioso porque cuando la moderadora o el resto de los tertulianos aparecían en pantalla la imagen que proyectaba el televisor era únicamente del rostro, con todas sus bilis e imperfecciones, menos en el caso del prelado, en el que parecía más importante mostrar la imagen completa, ropaje incluido, intentando enaltecer la importancia y solemnidad de las palabras del señor de la iglesia. Cuando hubo acabado el religioso el silencio todavía se mantuvo durante unos segundos antes de que alguno de los presentes empezara a decir algo -imagino que la tardanza fue debida a la necesaria reflexión ante las sabias palabras del cura.

En definitiva, que aquello tenía un tufo carpetovetónico a sacristía que daba miedo, infundía un sagrado temor que obligaba a la circunspección y el comedimiento, o más bien mostraba una sumisión y deferencia de idiotas sabedores de su insignificancia ante quien dice conocer de primera mano la palabra de Dios, la exhibición de un servilismo de ignorantes cazurros que no veía en televisión desde los tiempos de la dictadura. Tanto ladrar y ladrar, criticar sin medida, insultar a tutiplén, acusar sin base ni argumento para que luego llegue un cura y a todos esos viles solo les falte arrodillarse y rezar un avemaría.

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Otro más

Desconocía y desconozco la procedencia, el contexto y el calado del discurso improvisado de Beatriz Talegón, me es indiferente la afiliación, el matiz o la tendencia política de esta mujer pero no me cuesta imaginar la platea de dinosaurios a la que iba dirigido y que fingían escuchar aburridos, al mismo tiempo que me asquean los comentarios en voz baja que probablemente debieron producirse al oírlo, del tipo, ¡qué se ha creído esta! ¿cómo piensa que hemos conseguido lo que tenemos? O sea, más de lo mismo. Pero esta mujer es otro ejemplo más por el que no deberíamos mirar a la cara sin partírsela a ningún dirigente o empleado político o económico mundial que todavía pretenda justificar, mantener y defender el statu quo actual, es decir, la sinecura que le llena el estómago, y…

no deberíamos votar ni apoyar a nadie que haya sido parte del sistema político y económico internacional desde hace más de cinco años, si no se van a morir de vergüenza y de momento pasarlos por las armas son palabras mayores, simplemente echémoslos con las urnas.

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Señales

Lunes 04/02/2013. El ministro de Educación, José Ignacio Wert, ha señalado que se debería «inculcar a los alumnos universitarios a que no piensen sólo en estudiar lo que les apetece o a seguir las tradiciones familiares a la hora de escoger itinerario académico, sino a que piensen en términos de necesidades y de su posible empleabilidad». Wert ha indicado que en algo estará fallando el sistema universitario si la mitad de los titulados lo son en Ciencias Sociales. «Eso quiere decir que no estamos siendo eficaces a la hora de mandar señales a quienes entran en el mundo universitario», ha apuntado.

¿Lo han entendido bien? Lo ha dicho ese señor con cara de ladrillo y permanente media sonrisa -de esas que cuando uno la tiene ante sí no deja de sentir la incómoda y desagradable sensación de que el otro se estuviera riendo de tus muertos en tus propias narices-, un tipo curioso que bajo una nevada de alerta roja sería capaz de asegurar con toda firmeza y sin que le cambiara el gesto, sin parpadear ni perder la compostura, que en esos precisos momentos usted y él disfrutaban de un sol espectacular. Y tú preguntándote como un imbécil por qué cojones tienes frío y te estás quedando más blanco que la nieve. Es digno de elogio que alguien de su posición se preocupe por todos esos jóvenes que tienen que soportar pesadas tradiciones familiares de trabajo y más trabajo trabajando también ellos mismos, si esos jóvenes estuvieran atentos a las señales no pensarían trabajar como los pesados de sus padres y se dedicarían a la política, de la que cualquiera puede vivir sin necesidad de pasar por ninguna facultad, sólo haría falta relacionarse socialmente con quienes tienen dinero y únicamente exigen leal pleitesía, que les sobes el lomo cuando toque, te arrastres a su paso o les cantes y bailes cuando no haya nadie cerca para pasar el rato -las propinas pueden ser muy interesantes-; también podrían dedicarse directamente a robar o, ya puestos, inventar alguna variante de economía creativa, de esas que apuntan un gasto de diez, un ingreso de cien mil fuera de impuestos y la declaración de la renta les sale a devolver, eso sí tiene futuro, se ha venido enseñando en escuelas y facultades de fama mundial. Infórmense, infórmense.

Resulta curioso que un señor que en su momento estudio derecho -tradición familiar, supongo- no ejerza de abogado, con su buena labia, aunque le ha ido mejor con algún que otro máster en -curioso- Ciencias Sociales, lo que ha permitido patearse ofreciendo sus servicios numerosos organismos estatales -universitarios o no- relacionados con las Ciencias Sociales, fraguándose una experiencia profesional que nada tiene que ver con el derecho, eso sí, siempre a costa del erario público, me temo que sus virtudes nunca fueron bien vistas por la empresa privada, ¡qué estúpidos! Los empresarios se lo han perdido, aunque probablemente ahora que se mueve por las alfombradas estancias del poder alguien con ganas de sacar tajada del dinero público le reserve alguna consejería para cuando deje el sillón.

Pero, esta vez en serio, atentos a las señales que emite la sociedad los jóvenes podrían dedicarse a estudiar teología, ya que la iglesia a la que es tan devoto y tanto protege el señor ministro anda muy mal de pastores de almas, es necesario repoblar las parroquias, multiplicar las procesiones y romerías de rosario y mantilla y fomentar las vocaciones encargadas de dirigir a la grey, con más curas infiltrados entre la ciudadanía la obediencia y docilidad del pueblo estaría asegurada -a fin de cuentas a este mundo se viene a sufrir-, además, los curas no son nada levantiscos, cobran poco, ocupan casa junto a la parroquia, distribuyen caridad  gratis -por eso es caridad, la justicia solo la imparte Dios en el más allá- y sofocan a los revoltosos regresándolos al buen camino, el de la sumisión y la idiotez de la manada.

También se podrían dedicar los jóvenes al toreo, otro sueño del señor ministro, así se daría mucho más realce a la marca España. Aunque no sé si existen estudios homologados por la Unión Europea se podría crear en un plis-plas una Escuela Nacional de Tauromaquia y alentar a los jóvenes más reticentes a colaborar con la tradiciones más recias para así salvar a la madre patria de la humillación moderna gracias al turismo más carnicero, además de hacer crecer y multiplicar la cabaña ganadera de un animal tan exclusivo y español como el toro bravo, con sus cuernos y sus mugidos, eso haría que se construyeran muchas plazas y se fomentaran puestos de picadores, banderilleros, monosabios, apoderados, señoritos, folklóricas, palmeros etc., profesiones todas ellas muy respetables. Daríamos al público un auténtico espectáculo capaz de competir en autenticidad y reciedumbre con el fútbol que, reconozcámoslo, es un invento extranjero; así y todo se fomentaría la chulería patria, los cojones, el machismo y el honor, e indirectamente el tabaco, las moscas, la sangre y la carne de toro -que en el mundo no hay igual-, todo sea por el sagrado turismo.

La gente joven que siguiera sin ver las señales ni los avisos del gobierno y la sociedad -esos que gritan cada día que en este país la investigación no tiene ni dinero ni futuro- y se empeñaran en estudiar ciencias no sociales podrían hacerlo largándose al extranjero, -ya que aquí la marca España no contempla eso de las ciencias-, la educación científica y el esfuerzo investigador prolongado no congenian con el carácter oportunista, caradura y torero del español medio. El presente patrio demanda, además de curas y toreros, recepcionistas, camareros, crupieres, limpiadores etc., -los albañiles de momento fuera-.

Una última e inconveniente sugerencia, quizás también haría falta algún que otro periodista capaz de informar, de seguir y elaborar una noticia con criterio profesional sin venderse al segundo párrafo. Probablemente no tendríamos que avergonzarnos a costa de tantos que se dedican a copiar sin vergüenza obedeciendo sin rechistar las consignas de los propietarios y accionistas de los medios, o se tragan discursos, comparecencias y conferencias sin formular ni una sola pregunta, sin cuestionar una información, sin criticar una mentira, asisten y se van, aunque para eso no hacen falta estudios, el empresario, el conferenciante o el partido de turno enviaría a la redacción de turno el discurso correctamente empaquetado y acompañado de su correspondiente parte gráfica, listo para que el borrego del lector de turno se lo trague como si fuera la verdad. Esa es la realidad del país señor ministro.

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Cosas raras

En las páginas de política nacional de El País, entre sobornos, corruptelas, auditorías para amiguetes, prevaricaciones y querellas varias, se insertaba el pasado 25 de enero un anuncio que más o menos venía a decir así:

Disfrutarás volando con estas OFERTAS

QATAR AIRWAYS

Vuelos desde         turista       business

Delhi                        548 €          2088 €

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Tokio                       628 €           2268 €

Maldivas                 832 €           2658 €

Bali                          763 €           2758 €

La primera pregunta que me hice cuando vi la publicidad no fue a causa de la diferencia de precios entre clases -creo que hay tipos que los consideran normales-, aunque, como son tan normales, cuando tenga un rato mire usted en su cartera y elija destino, en solitario o, si lo prefiere, en compañía de su marido o esposa -o amante-, o llévese a los niños, también ellos tienen derecho, seguramente dispondrá de un poco más de espacio que en las latas de Ryanair.

Tampoco vino la pregunta por la idoneidad de las páginas donde el anuncio aparecía situado, política nacional, ese lugar en el que es frecuente leer noticias acerca de señores que amillonan euros en Suiza sin preguntas, engordan cuentas bancarias sin saber cómo o por qué -ellos, tan elegantes, limpios y puros-, tipos habituados a congeniar con mafias varias, a las que favorecen económicamente sin darse importancia, amén de algunos ingresos de seis cifras y otras menudencias económicas, honrados señores que alquilan aeropuertos sin aviones a 3ooo euros -ignoro el tiempo- para carreras de coches etc. Que, bien visto, me parece un lugar más que apropiado para esa clase de ofertas.

Tampoco me pregunté por qué ese tipo de publicidad aparecía en un diario como El País -a fin de cuentas estamos en una sociedad de libre mercado-, antaño adalid y medio de expresión e información de la gente honrada, demócrata y progresista de este país en su enfrentamiento contra la caspa, las sobras y modos fascistas de los descendientes de la dictadura. Un periódico que en la actualidad desgraciadamente ha perdido la mayoría de su antiguo prestigio y se ha convertido en un anacronismo esquizoide del cual el mejor ejemplo es un dibujante que firma como El Roto, ese autor de dibujo feo, plano y sin imaginación que diariamente se dedica a cachondearse del personal menos pudiente con sus viñetas de ricos malvados de colmillo retorcido, recordándoles un día tras otro a los más golpeados por la crisis su inutilidad y la tremenda verdad de su único aprovechamiento social, convertirse en escoria trabajadora sin presente ni futuro; viñetas por las que cobrará sus buenos dineros, que probablemente le permitan volar a destinos como los más arriba indicados. Al dibujante, en su personal y pura moral del tipo que cada cual se apañe como pueda, no le interesa saber que el propietario de El País es un “fondo buitre” internacional inventado por la misma oligarquía financiera a la que tanto le gusta retratar en sus viñetas exprimiendo a los humillados por la crisis,  la misma gente que, para ahorrarse gastos, ha echado a la calle a la mayoría de los profesionales de más prestigio del diario, o formalizado un ERE salvaje para aclarar la redacción al son del famoso “hacer más con menos”, cuando todos sabemos que con menos se hace sencillamente menos; además de imponer una dirección que ha tirado a la basura en un tiempo record la fiabilidad y la reputación que aún le quedaban al diario, aunque todavía sigue engañando a bastantes incautos que lo compran confiados en las pocas plumas de prestigio que todavía resisten en sus páginas.

Pues no, ninguna de las anteriores fue la pregunta que primero me hice al ver el anuncio, la pregunta en cuestión fue, que si en un avión de espacio limitado donde la diferencia entre turista y business es más plástico, sushi congelado y sillones que no dejan de ser sillones, montones de diarios internacionales que dicen exactamente lo mismo, revistas del ombligo, más mantas que en una fábrica, televisión enana con mil canales e idéntica y detestable programación y demás lindezas para sibaritas de fitness y gintonic deconstruido sin alcohol exigiendo vociferantes medios y condiciones durante el vuelo para seguir buitreando como si estuvieran en sus oficinas -delicias todas ellas que, la verdad, no dejan de ser vulgares soluciones para salir del paso; porque, creo, no se trata de poner a disposición de cada cliente un avión para el solito-… decía que la pregunta fue ¿cuáles serán los auténticos placeres que marcan las diferencias en los precios?… ¿se los imaginan?

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Disculpa

Tras escribir muchas de las entradas de este blog uno se habitúa a convivir con un molesto regusto amargo a causa del tono catastrofista que en general acaban mostrando, tal vez sea porque en ellas se cuelan demasiada inmoralidad, miseria, ricos, pobres, injusticias, delitos, humillaciones, hipocresía… dibujando una realidad que más parece un saco de mierda que una vida y un mundo dignos de ser vividos. Pero -eso sí que no me gustaría hacerlo- tampoco es cuestión de mostrar ese mismo mundo y sus vidas como un entretenido e inocente itinerario salpicado de éxitos y fracasos en el que cada cual acepta su parte diligentemente y sin rechistar, sería falsear un incierto y desgraciadamente manipulado recorrido de luces y sombras en el que, a nuestro pesar, los brillos, cuando aparecen, la mayoría de las veces son efímeros o falsos, y las sombras, cuando cualquiera tropieza con ellas, densas, turbulentas o definitivas.

¿Qué hacer pues ante tanto desconcierto y desilusión si uno mismo ya tiene suficiente tarea con intentar enfrentarse a sus propias dudas y soledades, con aspirar a ser sincero bregando contra corriente y ansiando tropezar con algo de luz que ilumine este gran agujero, además de tratar de mantener una vida medianamente decente de la que no haya que avergonzarse ni arrepentirse?

Creo que sólo queda intentar disfrutar de esos pequeños sorbos de felicidad que la propia vida, cuando parece equivocarse, pone a nuestro alcance, si es que entonces sabemos reconocerlos y atraparlos, saboreándolos como si fuera la última vez, pero no con afán concluyente ni catastrofista, sino siendo egoísta en cuerpo y alma, con los cinco sentidos y, si podemos, sabemos y somos capaces, mostrándoselos a los demás para hacerlos copartícipes de su hermosa verdad; pero sin olvidar en ningún momento que la risueña resaca del disfrute se diluirá poco a poco entre desechos con más o menos desesperanza, más crudo aún, se irá ennegreciendo poco a poco entre las fétidas brumas de una realidad que más que acogernos de frente o acunarnos se empeña en desafiarnos sin descanso convertida en nuestro peor enemigo, ¡nuestro! que ni siquiera hemos pedido vivir e intentamos hacerlo con la mejor apostura posible.

Tampoco ahora hay que callar -lo siento- que los sinvergüenzas de los malos nunca descansan en su malévola, sagrada y bendecida tarea de hacer permanentemente el mal, pero también hemos de tener presente que sin nosotros ellos no serían absolutamente nada, porque todavía podemos permitir o destruirlos… fueran cuales fuesen las consecuencias.

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Los ricos también lloran

Francia ya no es lo que era en el mundo, si es que alguna vez su potestad para serlo y por tanto tiempo fue merecida, y no hay cosa que más disguste a los franceses que asumir que ya no son el centro del universo, afortunadamente, lo que provoca que a menudo se confundan con su ombligo a la hora de publicitar e intentar vender sus éxitos locales como internacionales. Y el cine es uno de esos casos. Uno, dicen, de los últimos éxitos del cine francés en Francia llegó a este país precedido de una fama que obligaba a acudir a las salas a curiosear. Intouchable es el título. Y teniendo en cuenta la diferente forma de ver cine entre los dos países y que el cine francés anda tan desorientado como el resto -prefiero no incluir como cine las memeces de Asterix y sus secuaces-, era cuestión de tomárselo con calma a la hora de ir a aplaudir fervientemente el anunciado triunfo de taquilla del país vecino.

Y, en efecto, no hubo sorpresas cuando tuve la oportunidad de ver, es cierto que con bastante retraso, la tan comentada película. La versión francesa de Los ricos también lloran me provocó más desagrado que lágrimas. No vale aquello de, ya lo sabías. Contar que un inmigrante semianalfabeto de banlieue, convertido en “negrito bueno”, puede hacer que la vida de un rico caprichoso pero desgraciadamente impedido -a consecuencia de sus caprichos, es lo que tiene el riesgo, nada que ver con el vulgar y nada espectacular riesgo de vivir-, se reincorpore a la vida recuperando la soberbia propia de las clases acomodadas no merece derramar ni una sola lágrima. En ciertos momentos la película me recordaba a aquella otra titulada La cena de los idiotas -creo que también francesa-, en la que dos ricos muy cultos, exquisitos y distinguidos invitaban a un pobre imbécil a cenar para reírse de él, pero ¡milagrosamente! el imbécil tenía algún dedo más de frente y por supuesto buen corazón, sentido común que ponía en juego para desenmascarar las payasadas y la vidas tristes pero desahogadas y aburridas de sus anfitriones, regresándolos al redil al afearles sus perversas intenciones. Moraleja: por favor no nos vuelvan a tomar el pelo con sandeces semejantes. Si el propósito es mostrar que los ricos no son todos unos sinvergüenzas, que también pueden ser desgraciados e infelices, eso no resuelve la incógnita principal, que son ricos y seguirán robando el mundo y la vida a los demás a su antojo; en los tiempos que corren ya nada puede decirse que sea casual o secundario, ni siquiera por la gracia de Dios. A los pobres solo les queda ser pobres pero honrados, y por ello aún más pobres, porque su particular e ingenuo orgullo jamás osará cuestionar el orden de las cosas, cada cual ha de asumir dócil y dignamente su papel o su cruz en este mundo. Las cosas son así. Incluso los simples saben en su desconocimiento cómo ayudar a las niñas bien maleducadas e irrespetuosas que felizmente consiguen descubrir una lucecita de cordura para momentáneamente comprender e inmediatamente después dejar de hacerlo. También los menesterosos, en su exótico y risueño candor, pueden opinar sobre la música llamada culta y ser groseramente adiestrados más allá de su supina ignorancia -¡y aprender!-, o llegar a ser artistas en un mercado del arte en el que los potentados compiten por ver quién la tiene más grande, total, son ellos quienes disponen qué es arte y qué no, los infortunados han de conformarse con acercarse a los museos para lustrarse un poco, no mucho, porque si llegan a saber lo que se cuece detrás la verdad caería por su propio peso desenmascarando el engaño, con lo que volveríamos al principio, ¿por qué? Los pobres son los ejemplos naturales que, cual parque temático o safari africano, muestran a los señores lo que es sufrir en la vida, recibiendo como pago una sonrisa de conmiseración y condescendencia, ni un punto de justicia, para después regresar a su mierda sumisos pero felices; se trata de no andar mezclando las cosas, sino de probar y corroborar que incluso en la miseria y las desgracias uno puede sacar tiempo para el cariño, el amor y la alegría, pero de ayudarse económicamente o repartir justicia distributiva, de eso nada monada.

¿Exagero? El humor ha de ser inteligente o sencillamente es mentira, una mueca hueca y vacía que tiene más de cadáver andante que de vida.

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Maneras

Lléganse a la mesa, a la orilla de una gran playa andaluza en la que un luminoso sol reparte alegría, buenos deseos, indolencia y futuro entre los pocos humanos que han decidido disfrutar demorando su tiempo en esta hermosa, radiante y noble mañana de Enero, tres personas abrigadas hasta la frente con gruesas, oscuras y anodinas prendas de invierno, dos adultos y una muchacha que no alcanzará los veinte años -a todas luces extranjeros-; sentándose de tal modo que a la joven la tengo oculta tras la espalda de ¿la madre?, de la que distingo perfectamente la delgada silueta ahora enfundada en un también oscuro jersey de cuello alto, y al hombre dispuesto justo de perfil, luciendo una barba cana y una confiada media sonrisa que no presagia nada malo. Ojean la carta del restaurante con moderado interés e intercambian lo que tal vez sean opiniones, valoraciones y alguna negativa sin palabras y sin mucha convicción respecto a lo que supuestamente van a ingerir a continuación. Cuando el camarero les saluda y solicita de ellos la posible consumición o comida el trío, sin dudas ni tardanza, se aviene a pedir sin dilación; parecen prestos y decididos a la hora de la elección, quizás un poco indiferentes, ajenos e inexpertos a la dulzura del momento y el lugar. El luce, tras despojarse de la gruesa e invernal prenda de abrigo, una sólida camisa a cuadros, pantalones de pana, calcetines negros y unas botas tan ajustadas bajo el sol que no me extrañaría que comenzaran también ellas a sudar de un momento a otro.

Aparece el camarero en una segunda envestida depositando sobre la mesa un refresco de cola de una conocida marca internacional y dos cañas -sí, han leído bien, dos cañas- de negro café, de esos que suelen elaborarse en este país que, o te destroza el estómago o te lo limpia cual enérgica lavativa. La cosa ya comienza a sonar un poco rara. Mientras el resto de las mesas bebe cerveza, refrescos o algún blanco fresquito de la tierra, estas buenas personas se lanzan al café en cantidades masivas; no obstante siguen teniendo todos mis respetos. En la tercera tanda el camarero no trae nada para la joven, enfrascada en un teléfono inteligente probablemente preñado de obviedades, recurrencias, profundas pérdidas de tiempo y aburrimiento permanentemente pospuesto que el inevitable transcurso de las horas reconvierte en tiempo invertido que simplemente no ha existido ¡qué felicidad! -¿se imaginan?-, para la señora una ración de coquinas y para el caballero una ración de gambas de Huelva -¡casi na!-. El sol sigue apretando y algunos de los sometidos a su arbitrariedad comenzamos a sufrir sus rigores, por lo que buscamos con movimientos laterales y esfuerzos varios la sombra de alguna columna o pilar de los que soportan el toldo del restaurante. El señor de las gambas ni parpadea, el cuello de la camisa sigue igual de cerrado aunque el calor para él sea el mismo que para el resto. La joven persevera en sus simplezas, la señora imagino que anda lidiando con sus coquinas y su ¡caña de café!, y cuando regreso al señor, al que miro ya sin disimulo, éste acaba de coger una gamba de la que, sin perder en ningún momento la sonrisa, secciona limpiamente la cabeza dejándola caer en el plato, desprende también la cola abandonándola en el mismo lugar, separa y tira el exoesqueleto del resto del bicho y lo engulle en exactamente dos bocados, después viene un trago de café y a continuación la siguiente, que despieza con la misma rapidez y diligencia sin osar chupar, rechupar o absorber ninguno de sus sabrosos jugos, se la echa a la boca y con masticada y media la traga sin piedad ni salero… y así sucesivamente, hasta que desaparecen gambas y café.

Tal vez a algunos de ustedes les parezca normal tal deleite culinario, a fin de cuentas cada cual se comporta y actúa como sabe o le viene en gana, pero no me negaran mi extrañeza al asombrarme que ante un mar espléndido, un sol delicioso y un mediodía para disfrutar una forma como otra cualquiera de hacerlo sea meterse en cinco minutos entre pecho y espalda una ración de gambas de Huelva y una caña de negro café. En fin, disculpen mi intromisión, pero creo que cuando uno viaja lo mejor es olvidarse un poco a sí mismo y abandonarse dejándose acariciar por los lugares, formas y costumbres de los nativos de la zona.

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Tardes y memoria

La memoria suele ser un arma de doble filo, viene muy bien para tener siempre presente, incluso a nuestro pesar, la parte del mundo en la que nos hallamos, quiénes somos y de dónde venimos, aunque muchos se empeñen en olvidarlo e intenten convencerse a sí mismos de que el tipo frente a ellos en el espejo es una persona distinta. Mal asunto. Por otra parte la memoria también se encarga de avisarnos y desengañarnos cuando en cada nuevo año o en la repetición de una fecha concreta nos pone en guardia aburridos ante las mismas reiteraciones recicladas y repintadas para hacérnoslas tragar como novedades, más de lo mismo, más de lo que -afortunada o desagradablemente, elija lo que más le guste- ya conocemos y hemos sufrido.

En las largas tardes libres de invierno cualquier persona puede hacer o no hacer según tenga o le venga en gana, puede sentarse o dormirse, sin embargo, visto y oído, lo que no se deberían permitir son los insultos con formato de programa televisivo si por casualidad uno es sorprendido por un aparato de televisión encendido. ¿O sí? No es un consejo ni una advertencia, imagino que afortunadamente la mayoría de ustedes tendrán otras muchas cosas que hacer antes que detenerse o sentarse ante un televisor, pero, a lo que iba, hace un par de tardes, mientras leía, alguien encendió el televisor en la habitación de al lado y, supuse, se sentó tranquilamente a pasar el rato delante de la pantalla. Después de unos minutos tuve que dejar la lectura porque lo que oía al otro lado de la pared me distraía, o al menos no me permitía concentrarme en el libro. Ignoro de qué canal comercial se trataba, pero no pude evitar ponerme a pensar en la mujer que gritaba al micrófono como si fuera un bote, tal vez ignorante de que la electrónica que justificaba su medio de trabajo es mucho más efectiva que los gritos a la hora de transmitir la voz humana de un lugar a otro. La joven entrevistadora -por la voz- se derramaba sin pausa poseída por una alegría de quitamanchas saturada de obviedades festivas ridículas y desfasadas, risas y más risas sin sentido ni gracia y guiños vanos a los que ningún entrevistado respondía, toda rebosante de una energía que prácticamente a nadie contagiaba; creo que entrevistaba en una capital de provincia -tanto daba el lugar- a una serie de vendedores y propietarios de tiendas y establecimientos comerciales con vistas a las próximas fiestas navideñas; para colmo, entre entrevista y entrevista, funcionaba una nefasta coletilla que castigaba al televidente con algo así como “sonríe, es Navidad”. Las obviedades eran del tipo ¿qué hay que cenar o comer estas fiestas? ¿qué vestido o traje hay que ponerse en tal o cual gala o cotillón? ¿cómo debe usted arreglarse el pelo o las cejas? ¿por qué no compra una planta para Navidad?… ahora pasamos a la publicidad. Qué apetitosos pintan los turrones, y los dulces…  Claro, en estas fiestas, es inevitable, los gastos se disparan porque todos estamos felices y contentos… y nos queremos mucho… “Sonríe, es Navidad”.

Desgraciadamente no recuerdo cuanto tiempo anduve distraído con lo que sucedía en la habitación de al lado, pero lo cierto es que mi asombro fue en aumento cuando intenté entender a cualquier persona que estuviera ante semejante emisión en cualquier punto de este país, o en cualquier país del mundo. Y lo más cabreante de todo ello era el esfuerzo de imaginar a los dirigentes y programadores de ese tipo de cadenas televisivas refocilándose confeccionando una parrilla de emisión para… ni siquiera estúpidos, ¿tarados? ¿deficientes mentales? Lo siento, no encuentro el calificativo, me cuesta dar con el tipo de  “persona humana” -perdón- capaz de malgastar su tiempo ante semejante abominación. Porque lo peor no es que yo mismo, aburrido en casa, conecte el televisor para dejar pasar el tiempo, lo increíble es que nadie en sus cabales aguantaría ni cinco minutos ante semejante bodrio audiovisual. ¿Entonces?

Vuelvo a la memoria, a la funesta pero excitante, sabia y generosa experiencia de sentir sin pesar que el tiempo se repite o, como solemos decir, parece que no ha pasado; a la desafortunada impresión, o dudosa sabiduría, de haber confirmado los peores temores cuando el ajetreo de los años acaba acumulando más tropiezos que aciertos; a la sospechosa cordura de eso también sucedía cuando uno era más joven, cambia el medio -ahora son excesivos, agobiantes, apabullantes…- pero la intención, la irrespetuosidad y la burla, ya ni siquiera soterrada, son incluso peores, hoy ya no es necesario disimular. ¿Dónde estamos pues? ¿Seguimos reprobando y desdeñando las mismas miserias de las que nuestra memoria se avergüenza, nuestros años acabarán detestando o, vencido definitivamente el carácter, acatando sin opinión? ¿las aceptamos sin voluntad, que no voluntariamente, porque, convencidos de nuestra irrelevancia, hemos decidido -nunca sabremos cuándo fue el momento- sobrevivir humillados antes que seguir alzando la voz criticando lo que no nos parece bien? ¿aceptamos sumisos nuestra posición subsidiaria de imbéciles consumidores sin criterio ni juicio justificando como bobalicones las pésimas artes y poca profesionalidad de una ¿pobre? muchacha que sin duda sudará un montón de horas al día ocupando un puesto de trabajo infame a cambio de un sueldo de esclavo que sólo le proporciona mendrugos para llevarse a la boca?

La memoria, aunque nos duela, felizmente es para siempre, la voluntad de vivir en principio también, mañana será otro día, u otro año, qué más da, si seguimos vivos es porque de momento nadie va a ocupar nuestro lugar, luego vivamos con todas las consecuencias.

Feliz 13.

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Dignidad

 “¡El presidente del Tribunal Supremo! Se lo imaginan ahí en turista, pues yo voy en turista porque no puedo ir en business. Es excesivo”.

Semejante ofensa es reincidentemente sufrida, afortunadamente sin merma de su salud,  por el discreto y desdichado presidente del CGPJ de este país, aunque no se lo crean. Que mal tratamos por estos lares a nuestros tutores. Qué mal asumimos nuestra ignorancia y desvergüenza de paletos ante próceres de tamaña altura moral. Aunque, ahora que lo pienso, ¿qué imagen puede ofrecer a sus conciudadanos un señor que por encima de su trabajo exige posición y prerrogativas a costa del dinero público, acudir a inauguraciones, fastos y saraos a costa del dinero público, como atribuciones sujetas a derecho por presidir un organismo que hiberna hasta su jubilación a los primeros de la lista -que no los más capacitados, ni los más profesionales, ni los que pueden aportar su experiencia a la gente más joven, ni los que mejores servicios han prestado a la sociedad en su conjunto- según los intereses sectarios del gobierno de turno, también a costa del dinero público? ¿Qué le importan a este señor los vulgares ciudadanos, gente que se levanta cada mañana para ganarse la vida con trabajos y actividades ordinarias, como puede o le dejan? ¿En qué peldaño considera que está? ¿Qué hace por los demás? Seguramente irradiará su magnificencia y bonhomía para alumbrar y guiar el camino a los más estúpidos, los que no sabemos ver más allá de nuestras narices ni apreciar el magnífico brillo de la púrpura. ¿Cómo puede intentar explicar un tipo así su función dentro del Estado a sus vecinos -si es que tiene que molestarse en dar explicaciones-, si estos son incapaces de admirar y reverenciar la gloria?

No importa el nombre del tipo en cuestión, presidente “a dedo” del Consejo General del Poder Judicial -una corporación endogámica cerrada y alejada de la sociedad de la calle-, más bien una sinecura para enmohecerse antes de jubilarse con honores -¿recuerdan la soberbia y el talante católico-fascista del anterior presidente?- sin dar un palo al agua. ¿Qué concepto tiene un tipo así de una ciudadanía democrática? Estará firmemente convencido de que su voto en una urna vale mucho más que los del resto de votantes en cualquier elección, o será uno de esos de “usted no sabe con quién está hablando” necesitado de alfombra roja y palio para que no le perjudiquen ni el suelo ni el sol que padecemos la gente corriente; un pigmeo intelectual y moral que rumia “con su divina razón” únicamente merecimientos por SER más que el resto de los mortales que, a fin de cuentas, respiramos en este mundo porque no nos queda más remedio. Al tipo en cuestión sólo le faltó decir que un cargo como el suyo –casi por designación divina- no puede ensuciarse mezclándose ni respirando entre la plebe. Probablemente solo ingiera néctar y ambrosía, tal que los dioses del Olimpo, y crea que lluvia dorada sólo existe la suya, oro líquido, poco más o menos.

El pelaje, los ademanes y la arrogancia de estos caraduras vienen de otros tiempos, de otros regímenes, de otras cataduras, de otros merecimientos, de servidumbres ganadas a pulso a base de los lavatorios de rigor para con los sátrapas de turno, son los representantes de la obediencia ciega y nula responsabilidad civil recompensada con prebendas que santifican su bien gastada mansedumbre para con los dueños del poder. Estos tipos son “demócratas de toda la vida”, es decir, niños bien de una dictadura en la que el nacimiento y la clase eran una concesión divina, ellos ni ponían ni quitaban, acataban con beata benevolencia la sagrada voluntad de Dios certificada y santificada por sus representantes en la tierra, o sea, la iglesia en España. Sujetos así no merecen unas letras sino alguien que les muestre, de sus blandas y repulsivas manos, el siglo en el que todavía viven y los tiempos que corren, qué piensan y de qué se alimentan los habitantes de este mundo, qué es una piedra, qué un corazón sin sangre, qué una moneda, un trozo de pan, un salivazo, un desprecio, una humillación, un grito desesperado, una calumnia, un golpe, mil golpes, el esfuerzo de volver a levantarse para mirar a la cara a tipos que sólo merecen asombro, descrédito e indiferencia.

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María Jessica -ignoro la correcta ortografía del nombre- tiraba al suelo sin misericordia una torre de peluches mientras su papá discutía con su mamá por la cantidad de helados que echaban en el carrito cuando, sin previo aviso, lloriqueó un iphone 5 y mamá interrumpió de inmediato la contienda para contestar a gritos a una amiga que le acababa de enviar una fotografía total de otra amiga común en Benidorm. A los que estábamos alrededor sólo nos faltaba el nombre de la amiga al teléfono, pero no hubo que aguardar mucho tiempo para saber que era “la Leti”, con lo cual ya todo encajaba. Viéndola gritar al ingenio celular embutida en aquel chándal de Dior abolillado, con las deportivas desabrochadas y los cordones arrastrando por el suelo “del Carrefour” cobraba sentido un mundo que algunos creen que sólo existe en las películas. El propietario del otro chándal, el marido, aprovechaba la coyuntura para doblar el número de helados que adjuntar a una gran cantidad de botecitos de Actimel, turrones de todos los sabores, polvorones, frutas glaseadas, galletas integrales, unos cincuenta botes de cerveza sin alcohol, doce botellas de cola, seis de zumo de naranja, un recipiente gigantesco de detergente líquido y un paquete de treinta y seis rollos de papel higiénico. Mi mala costumbre de fijarme en los carros de los demás y en función de la compra intentar adivinar el carácter y el tipo de vida del comprador no pudo evitar la sorpresa al ver junto al papel higiénico un volumen de las memorias del antiguo presidente del gobierno, señor Aznar. Sonreí incrédulo para preguntarme a continuación por qué, ¿qué tendrían en común los padres de María Jessica y el señor del libro? y por más que me esforcé no logré dar con la similitud, hasta que, casi vencido, me decanté por la estrecha simplicidad de ambas partes, la de la pareja con la del supuesto autor del libro, o, ahora que caigo, ¿por qué estaba al lado del papel higiénico? ¿era sólo una coincidencia?

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