Verano

Tal vez sea porque es verano, agosto y los astros coinciden, porque toca o porque, desgraciadamente, las cosas y sus protagonistas son así, o somos, puesto que nadie parece librarse. Es verano y toca sestear, la vida se ralentiza y los cerebros se desconectan admitiendo más basura de la que habitualmente solemos tragar -nunca he entendido ese tipo de desconexión-; los periódicos, malos y peores, se dedican a publicar simplezas, cualquier texto medianamente largo que tenga un punto y final -da igual su calidad y lo que cuente-, cotilleos y supuestas noticias de gente que en condiciones normales nunca serían noticia. Nadie se queja de que a la parsimonia y apatía general de una temporada se sume el dislate de, quieras o no, hacer como si no existieras, o fueras estúpido. No sé cómo la prensa no ha denunciado a la población egipcia por incordiar con sus necesidades de libertad y democracia ensuciando las bonitas sandeces del verano. Aquí ya hace tiempo que dejamos lo de la libertad y la democracia para las hemerotecas y los historiadores, porque el verano es pereza, juerga y cachondeo y porque nosotros no vamos a mover un dedo en verano para intentar arreglar nuestra propia vida -si hasta el gobierno se va de vacaciones y esto sigue funcionando, luego ¿para qué sirve el gobierno?-; la administración también se lentifica, todavía más, hasta casi detenerse -prohibido tener problemas-. Ya llegará el otoño y de pronto nos acordaremos de dónde estábamos antes del verano, retomaremos la canción, volveremos a quejarnos, reclamaremos a quien entonces toque y aguardaremos sin saber qué, pero, eso sí, el verano que habremos pasado no nos lo quita nadie. Si ninguna persona deja de respirar, dormir o comer en verano no sé por qué hemos de aparcar nuestra vida y nuestros problemas cómo si durante esta época del año esperáramos a que se resolvieran solos.

Hace cien años la medicina sólo tenía una respuesta para las dolencias sin solución médica -los antibióticos aún no habían llegado-, tiempo y reposo. Será eso.

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Conclusiones precipitadas

Hace poco me tropecé con los resultados de una de las numerosas encuestas, estudios de campo, experimentos interesados o sociología de calle de la que tanto abunda hoy día, en la que se les preguntaba a niños en edad escolar, ignoro las edades, que respondieran a la pregunta de qué querían ser cuando fueran mayores, y las respuestas se concretaban esclarecedoramente en tan sólo dos, los niños querían ser futbolistas y las niñas maestras. Esto puede no significar nada o todo lo que ustedes quieran, la persistencia de una educación y conductas machistas que creíamos desaparecidas, típica y masculina pereza mental, capacidad de sacrificio y dedicación en las niñas, egoísmo puro y duro, interés por los demás, solidaridad y deseo de ayudar, simpleza machista, sueños de fama, fanfarronería y pura codicia; la valoración del esfuerzo y la cultura basada en aquel como algo importante en la vida o el mondo y lirondo desprecio hacia la educación, ergo la única aspiración es ¡viva la virgen! la fiesta y el cachondeo. Pero, en cualquier caso, la mera diferencia entre ellos y ellas era tan significativa a la hora de valorar sus ilusiones más elementales que dan miedo y grima que el futuro de este país tenga las alas tan cortas y desmochadas -lo de desmochadas es por el desprestigio que siempre ha tenido la educación por estos lares, antes y sobre todo ahora tal y como lo fomenta el gobierno-. No sé si habría entre ellos sueños de futuros músicos, científicos, bailarines, investigadores, artistas etc., todas esas actividades tan humanas que marcan la diferencia respecto a los animales elevando al hombre al puesto que actualmente ocupa sobre la tierra.

En un mundo de hombres hecho a base de guerras el fútbol es lo más parecido a un enfrentamiento bélico sustentado por un rancio y decimonónico orgullo nacionalista que todavía subsiste, tal vez por ello los niños -asesorados probable e interesadamente por los padres, que ya andarán pensando en el dinero de su jubilación, a fin de cuentas y en los tiempos que corren un hijo no deja de ser una inversión- eligen con palmaria insulsez lo más sencillo, comenzar a patear un balón a ver si… Las niñas, entre el desapego y el desinterés por la competencia física -de la que, enfrentadas a los chicos, siempre saldrían como perdedoras- eligen, quizás también influenciadas por el monopolio de la educación infantil que actualmente ostentan las mujeres, insistir en el gobierno de las cabecitas, elección de la que ignoro qué porcentaje correspondería al sacrosanto instinto maternal; queda saber si su intención es la de, por fin, intentar darle la vuelta a la tortilla y conseguir un mundo más humano y equitativo… O inevitablemente y para justificar las elecciones hay que volver a echar mano de la pesada losa que constituyen los medios de comunicación con su imposición y mantenimiento de roles de género consumistas interesados.

Mientras escribo estas letras y a partir de diferencias tan llamativas entre las predilecciones de niños y niñas, se me ocurre que algunas o muchas de las personas homosexuales amigas y amigos nuestros o que ustedes y yo conocemos lo son por una cuestión de complejidad de género. Intento explicarme, para un hombre es más fácil relacionarse con una cabeza tan simple como la suya antes que gastar su tiempo en explorar e intentar descubrir los caminos y secretos del placer en la cabeza de una mujer -excepto si se trata de pavonearse ante los amigotes de su maestría en las lides sexuales-; y al mismo tiempo a una mujer podría serle mucho más interesante relacionarse con otra mujer que supiera de las complejidades y matices del propio sexo antes que tener que bregar con obviedades como esto es lo que hay, aquí y ahora, borrico grande ande o no ande… Me estoy riendo, no sé si por el disparate que acabo de escribir o porque, a medida que sigo pensándolo, me parece una conclusión no tan precipitada.

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Trenes en España

No hay mucho más que decir cuando por una imprudencia laboral pierden la vida casi un centenar de personas, los matices no existen, las disculpas se aceptan por educación, las justificaciones o excusas no tocan y las explicaciones, aunque tardías, se exigen, a pesar de que desgraciadamente ya no sirvan para nada.

Trabajar para una de las que hasta hace pocos años eran la misma empresa me obliga a conocer algo del tema, me refiero al reciente accidente ferroviario en Galicia, sobre el que me gustaría hacer algunos comentarios. Primero, respecto a lo que significa la responsabilidad en el puesto de trabajo. Tanto en Renfe como en Adif la responsabilidad en el puesto de trabajo es una cuestión casi sagrada -obvio, por otra parte-, ya se encargan diariamente ambas empresas de que no caiga en el olvido de todo trabajador directamente relacionado con la circulación, en función de ello se aplican y existen pruebas físicas y psíquicas, reconocimientos médicos y cursos de seguridad, reciclaje y prevención que salpican los años de trabajo de cada uno de los empleados que intervienen de un modo u otro en la circulación. Por lo que, independientemente de los medios técnicos indispensables y/o disponibles con los que cuenta actualmente el ferrocarril en España, la condición fundamental para que el sistema funcione es la responsabilidad última del trabajador encargado en su puesto de trabajo, en este caso el maquinista. Queda la posibilidad, casi remota, de un fallo del sistema, pero por experiencia me atrevería a afirmar que sin la imperiosa necesidad de tecnologías último modelo o nuevos sistemas de seguridad, que vendrán, los que actualmente están vigentes en España funcionan con una garantía cercana al ciento por ciento. En función de lo dicho y ante cualquier incidencia o accidente, por mínimo que sea, ambas empresas despliegan un ejército de técnicos, expertos, encargados, inspectores y jefecillos con funciones, origen y actividad desconocida que acuden al lugar requiriendo informes y más informes, el mismo multiplicado por las veces que sea necesario o quieran, sientan en el banquillo al trabajador convertido en delincuente y lo encausan como si se tratara de un auténtico reo; más pruebas de alcoholemia, físicas y psicotécnicas. Y sólo cuando el trabajador está lo suficientemente acorralado o acojonado tras humillación tan pertinaz, amén de limpio de polvo y paja, y no es posible colgarle el muerto ni por el derecho ni por el revés, se pasan a tener en cuenta problemas de infraestructura, señales, sistemas eléctricos, estado del material etc. como posibles causas del accidente, pero esta opción siempre es la última. Una vez delimitadas las culpas, expertos y técnicos vuelven a sus madrigueras a vegetar hasta el siguiente incidente, y de estos tipos hay muchos, se lo aseguro.

Otra cosa es la política de las empresas y sus respectivas direcciones -de la que son un buen ejemplo unos presidentes que, en lugar de guardar la necesaria prudencia a la hora de acusar remitiéndose a los resultados de la exhaustiva investigación de los hechos, no tardaron en denunciar públicamente a la prensa que el conductor era el único responsable, se pueden imaginar cómo las gastan estos tipos, para ellos los trabajadores somos, literalmente, el enemigo que impide su casi inexistente y desastrosa gestión-. Debajo de tales actitudes y comportamientos subyace un objetivo prioritario, se trata de que las actuales direcciones de Renfe y Adif están llevando a cabo un calculado desmantelamiento integral del ferrocarril en España, con unas consignas y objetivos muy específicos, cederle gratis el negocio del transporte, tanto de mercancías -ya un hecho- como de viajeros -a partir del año que viene-, a unos agentes privados de origen confuso e intenciones depredadoras con todo lo relacionado con el servicio público. En este proceso los trabajadores son el principal inconveniente, un colectivo sujeto a una serie de gastos y reivindicaciones que hay que soportar, sobrellevar e intentar liquidar con el menor costo posible; las empresas privadas ya se encargan por su parte de aleccionar a los suyos en todo lo relacionado con unas condiciones laborales a la baja, tanto económicas como en cargas y jornadas de trabajo, que en muchos casos doblan las de los trabajadores de las todavía empresas públicas.

Más. Creo que en ningún país del mundo se ha hecho tal desembolso de dinero público para renovar y modernizar la mayoría del material motor y de transporte de viajeros -además del abandono, venta y desguace de la casi totalidad del material de mercancías-, con la curiosa consecuencia de que, a los pocos años de ello, la mayor parte sigue infrautilizado o muy por debajo de su uso, ya que las respectivas direcciones no pueden ni saben darle alguna utilidad, más preocupadas en despedir, disuadir e incluso espantar a los posibles clientes y así eliminar las posibles cargas de trabajo condenando a las empresas a la inoperancia por falta de objetivos. El desatino en la gestión es tal que se dan situaciones en las que a la hora de realizar sus funciones los trabajadores se encuentran sin medios físicos suficientes ni condiciones mínimas de seguridad, desarrollando sus tareas en condiciones completamente precarias o tercermundistas -velocidades en estaciones de 5 kilómetros por hora, nula iluminación nocturna, infraestructuras en mal estado, sin mantenimiento o simplemente ruinosas-, dándose la circunstancia de que labores que podrían hacerse sin ningún problema en quince o veinte minutos se realizan en dos o tres horas, sustituyendo la seguridad y efectividad de la tarea bien hecha por una parsimonia de comprobación, cuidado extremo y miedo a la sanción que penaliza el resultado final. Cualquier cliente que tuviera que pagar el trabajo en función del tiempo empleado lo haría de dos modos, o pagando tres horas en lugar de los quince minutos -lo que sería un auténtico robo- o pagando tan solo por quince minutos, independientemente de que el tiempo invertido hayan sido tres horas. La factura refleja la segunda opción, con lo cual pueden imaginarse quien soporta el despilfarro de tiempo y dinero, el estado, ustedes, todos nosotros.

Esto, que ya se hace con las mercancías, a partir del año que viene se hará también con los viajeros, por lo que no es difícil imaginar qué significan para Renfe y Adif cuestiones como rentabilidad, fiabilidad, efectividad, buen servicio etc., nada, el objetivo principal es negar y eliminar cualquier posibilidad de buen funcionamiento y beneficio para los ciudadanos, intentando mostrar a la luz pública la ineficacia del ferrocarril público -que sin ellos, unas veces peor y otras mejor, siempre había funcionado- y la enorme factura de unos trabajadores que sólo aparecen en las columnas de gastos e incidencias. Si un empresario cualquiera se dedicara a echar y despreciar a sus propios clientes para ahorrarse gastos de inversión, gestión, mantenimiento, proveedores, atención etc., al final se quedaría con una infraestructura hueca e inoperante, a todas luces innecesaria, luego tendría que cerrar. Precisamente esa es la política de las actuales direcciones de Renfe y Adif, vaciar ambas empresas de propósito y contenido, el resto ya se lo pueden imaginar ustedes. La situación de la línea de Santiago es un ejemplo de ello, infraestructuras a medias de implantar, seguridad con condiciones -falta de presupuesto, dirán- responsabilidad del trabajador -si es posible, el único culpable-, información confusa intentando evitar la alarma social, mucho revuelo, declaraciones de sálvese quien pueda y más parches para que las cosas se vayan calmando. Después volveremos a las andadas. El futuro nos lo venderán unas empresas privadas en las que el beneficio es el motivo principal de su plan de transportes, cuestiones como creación y mantenimiento de infraestructuras, puestos de trabajo, condiciones laborales, seguridad en la circulación o beneficios para con los clientes son cuestiones más que secundarias, molestas y subsidiarias, importantes cuando pasa algo, porque hasta entonces nadie pregunta.

El propósito del ferrocarril en España pasa por su silencioso desmantelamiento, pero no por ineficiencia, sino porque no hay interés en hacer un tren viable, práctico y bonito. Hasta el próximo accidente, entonces habrá que aguantar unas semanas de preguntas, polémicas y dudas, la misma retórica e idénticos cuestionamientos, la prensa desgranará informes sin pies ni cabeza, extraerá de las víctimas toda la rentabilidad posible, venderá reportajes erróneos y pueriles, opiniones de expertos que sólo saben por aproximaciones y venderá publicidad a costa de muertos y heridos. Luego abandono y silencio.

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Príncipes

Que el simple nacimiento de un niño arme tanto revuelo es inevitable, porque la venida al mundo de un nuevo habitante siempre es importante, se trata de alguien más para celebrar y compartir, tal vez un talento único, el futuro creador de un invento esencial a partir del cual comenzará a hablarse de un antes y un después en la historia del hombre, el posible descubridor de la cura definitiva que introducirá a la humanidad en lo que pasará a denominarse una nueva era, un portento físico, un virtuoso de la música, un artista extraordinario, un cerebro prodigioso, un excelente conversador y el mejor amigo de sus amigos, un padre modelo, una máquina sexual, el próximo enemigo público número uno, una buena persona… o un príncipe…

Y ¿qué es un príncipe? Según las definiciones más comunes, el primero, superior o aventajado en algo; título de honor que dan los reyes o heredero de rey, sucesor al trono…; pero ¿cómo se puede ser el primero o superior cuando, como todo recién nacido, se es algo completamente inútil incapaz de valerse por sí mismo? ¿en qué se diferencia éste del resto? Y en cuanto a reyes o heredero de rey, más de lo mismo, ¿por qué? ¿qué es un rey? ¡ah! un monarca o soberano. Pero todavía no está del todo claro, y si continuo por la parte de soberano las cosas parecen despejarse al principio: el qué ejerce o posee la autoridad suprema e independiente; sin embargo este paso también añade más confusión, y necesariamente surgen ¿por qué? ¿quién se la ha otorgado? o ¿cómo la ha conseguido?

Desisto, las preguntas no dejan de sucederse, las respuestas se volatilizan antes de tomar forma o son prácticamente absurdas y la situación poco a poco pinta más anacrónica e irreal. Alguien más avezado que yo tendría la solución a tanta pregunta simple, “porque las cosas son así”; a lo que yo me atrevería a responder: una de las cualidades más deliciosas de los niños es que son capaces de formular las preguntas más sencillas y directas con toda la naturalidad del mundo, esas a las que adultos muy adultos, aterrados y confundidos, sólo pueden responder, “porque las cosas son así”, “ya lo entenderás cuando seas mayor”; respuestas que sólo son mentiras, incompetencia, resignación y derrota. Por eso un niño no debe ser indiscreto y preguntar, porque no tiene por qué saber y extrañarse de que el único argumento que un adulto maduro y rendido tiene a mano para la mayor parte de todo lo que es algo o forma parte de su vida es que las cosas son así.

Bienvenido sea cualquier recién nacido, aunque venga con la etiqueta de príncipe colgando del cuello para disfrute de infelices, ignorantes e interesados en ese poder soberano, lo cual no explica ni justifica su anacronismo, sobre todo en sociedades supuestamente democráticas en las que las personas viven en libertad eligiendo a sus propios gobernantes o encargados de la autoridad -que nunca es suprema- y el poder soberano. Entre iguales no hay uno por encima de otro, y mucho menos a la hora de nacer, el resto son cuentos de poderosos para idiotizar a todo simple que se deje.

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De qué hablamos

1.

Si usted posee una empresa de representación de acuerdo a la ley de la que vive y viven sus empleados -y de la que sus clientes parecen orgullosos-, y la justicia descubre que usted recibe dinero de procedencia desconocida que no aparece en la contabilidad oficial, dinero que diligentemente su tesorero reparte entre la dirección, donde no había nada surge un problema, usted está falseando datos, manteniendo una doble contabilidad y engañando a sus representados, su honorabilidad y fiabilidad quedan en entredicho.

Si tal situación no se hubiera sabido usted podría haber seguido funcionando como  siempre, favoreciendo de algún modo a sus donantes ocultos gracias a su posición en la sociedad, enriqueciéndose en la sombra y haciendo felices a sus ignorantes representados.

Pero ahora que todo el mundo conoce que su empresa obtenía dinero de forma encubierta o fraudulenta, además de repartírselo entre ustedes sin ningún temor, duda o reproche, su empresa ha dejado de ser respetada y leal con sus representados, no debería dedicarse a la representación… bueno, sí, de mafiosos como ustedes, pero entonces estaríamos hablando de otra cosa.

2.

Si una sociedad impone y hace cumplir entre sus ciudadanos una justicia común que obliga al que mal actúa a confesar su delito y a ser castigado según la ley, los dirigentes de esa misma sociedad, obviando y despreciando a jueces y justicia, no pueden dudar sistemáticamente del que confiesa haciéndole quedar por mentiroso simplemente porque es un delincuente, si esa forma de actuar se extendiera desaparecerían la justicia y la legalidad, entonces…

3.

Los que cultivan la justicia no la cultivan voluntariamente sino por impotencia de cometer injusticias. Esto lo percibiremos mejor si nos imaginamos las cosas del siguiente modo: demos tanto al justo como al injusto el poder de hacer lo que cada uno de ellos quiere, y a continuación sigámoslos para observar adónde conduce a cada uno el deseo. Entonces sorprenderemos al justo tomando el mismo camino que el injusto, movido por la codicia, lo que toda criatura persigue por naturaleza como un bien, pero que por convención es violentamente desplazado hacia el respeto a la igualdad

Platón, La República.

A propósito del Partido Popular y el “caso Bárcenas”.

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Motos

Los espectáculos deportivos son antes que nada eso, espectáculos, la mayoría de ellos poblados de jóvenes con más y menos cerebro -algunos auténticas e imberbes criaturas- jugándose el físico o la vida para negocio y enriquecimiento de patrocinadores y medios de comunicación; en el otro lado, en cada sofá del mundo, un hipotético y fracasado aspirante a campeón se regodea con las hazañas de su héroe mientras se mete entre pecho y espalda un cubo de palomitas. Este es mucho del deporte de hoy.

Hace una semanas, más o menos, uno de esos niños se cayó de la moto rompiéndose algunos huesos, fue inmediatamente operado, imagino que por personal muy cualificado y más que competente -pagaban medios y patrocinadores- y un par de días después volvió a correr entre presuntas lágrimas de dolor –dolor heroico, supongo-, engalanado además con la rastrera adulación, las pegajosas babas y los feos gritos de comentaristas lameculos, haciendo que el propio espectáculo no dejara de parecer o una fantochada de mal gusto o una mentira montada para ganar audiencia. Hay que estar muy grillado para especular consigo mismo de ese modo, ni héroe, ni gran deportista, ni gilipolleces por el estilo, una pobre criatura que no tiene a nadie que le aconseje con algo de cordura tampoco sabe donde para su mano derecha a la hora de decidir -supongo que con su irresponsabilidad le caería algo de dinero, que en definitiva es lo que contenta a gente tan simple y a patrocinadores tan codiciosos-. Los espectadores, con tal de que algo les entretenga frente a la pantalla aceptarán lo que sea, porque en el fondo no les importa lo que le suceda al tipo en cuestión, detrás hay más aguardando. Pues bien, en estos días el mismo joven se ha vuelto a caer de la misma moto y a cascarse los mismos huesos -comienzo a dudar de su pericia a la hora de conducir semejante máquina-, pero esta vez el niño, en lugar de volver a la pista y derramar más lágrimas de dolor para regodeo de babosos e intentar romperse nuevamente la crisma, ha tenido a bien permanecer en la cama, no sin advertir o aconsejar públicamente a otros más aventureros de que si por casualidad se hallaran en sus mismas circunstancias no cometieran la locura de correr inmediatamente e intentaran descansar y recuperarse de la operación hasta encontrarse en condiciones, ¡cuánta sabiduría!

Lo curioso de todo esto es que, ante la impasibilidad e indiferencia general de un público que cada vez suspira por espectáculos más vacíos y estridentes, niños como estos van y vienen como carnaza de promotores y medios de comunicación dejándose en ello, si no la vida física, sí una vida mal vivida o convertida a edad tan temprana casi en un fracaso, cuando apenas han empezado a caminar por este mundo; ¿dónde están sus padres? ¿por qué se empeñan en dilapidar las vidas de sus propios hijos obligándoles a intentar alcanzar lo que ellos no fueron capaces en las suyas? ¿Cuántas criaturas hay dispuestas a romperse la crisma por algo llamado fama y las cuatro perras que luego los buitres que les rodean les robarán sin compasión?

Si recuerdan el final de la película El show de Truman, cuando el protagonista descubre el engaño y da por concluida su representación saliendo del plató y dando fin a la emisión, al otro lado de las pantallas, después de llorar, saltar y alegrarse, los espectadores vuelven a su bocadillo mientras alguien dice con cara de aburrimiento, busca otra cosa en otro canal… este ha dejado de funcionar.

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Libertad

Sucede que en este mundo la libertad suele confundirse y adquirir un alcance que va más allá de su mismo significado, me explico, si bien la libertad es la facultad de obrar o no a la que todo hombre aspira como sujeto libre, poseedor y propietario de un cuerpo físico con el que ha de practicar y sufrir esa misma libertad, un sustrato material que impone las condiciones a una potencia física o moral -además de tener que asumir las responsabilidades derivadas de lo hecho-, suele pasar que esa libertad, desgraciadamente y con más facilidad de la deseable, acaba confundiéndose o fundiéndose con el deseo, ese impulso intangible y difícilmente medible que no gusta atenerse ni ser condicionado por ningún sustrato físico propio o ajeno, siendo así que con frecuencia el hombre pasa sin solución de continuidad de supuestamente ser protagonista y responsable de sus actos como hombre libre a intentar a toda costa dar satisfacción a sus deseos más personales y egoístas, en muchas ocasiones desmedidos, en un permanente e irreducible intento por conseguir todo lo que aquellos apetezcan, olvidando o simplemente sin que importen las propias limitaciones físicas o materiales, tampoco las que los demás imponen o cómo interfieren con su misma existencia e iguales derechos, de tal modo que más de uno habla de libertad cuando lo que pretende con ello es satisfacer sus propios deseos.

El mejor ejemplo de lo que acabo de decir es el funcionamiento de la sociedad capitalista que actualmente gobierna el mundo, dirigida por unos señores que han trocado descaradamente su legítimo derecho a la libertad por el derecho a la inmediata satisfacción de sus más ambiciosos deseos de riqueza y poder, deseos que por supuesto pretenden colmar a toda costa sin que importen las circunstancias, cualesquiera que fueran, o la misma existencia de algo o alguien que se lo impida -aunque ese alguien sea el resto del mundo-, continuamente manipulando y exigiendo con total desfachatez e incluso violencia, a la vez que denunciando impunemente la “supuesta ilegalidad” de todo impedimento que “atente contra su libertad”. Se puede extraer más ejemplos, también a nivel individual, como cuando se confunde libertad, en este caso sexual, con el desaforado deseo tan masculino de follar las veinticuatro horas del día, cuándo, cómo y con quién sea, para lo que, si es preciso, se echará mano de todos los medios al alcance para conseguirlo, físicos y químicos, aunque al final el propio cuerpo claudique o fenezca en el empeño; lo más curioso de todo ello es que “estos afortunados”, una vez muertos, no volverán a repetirlo, además de que jamás podrán disfrutar de la felicidad de saber que han muerto follando, víctimas de un deseo que destruyó su propia libertad. O la libertad del que teniendo un cuerpo limitado, por enfermedad, accidente o nacimiento -como todo el mundo-, considera que su libertad tiene que ver con su deseo de llegar donde cualquier otra persona pueda hacerlo, para lo cual y sin considerar detenidamente su particular excepcionalidad, exigirá cambios y modificaciones en su mundo, cercano y lejano, beneficios según él indispensables y legítimos para lograr aquello que si se atuviera a sus propias limitaciones, como cada cual ha de hacer con las propias, no se plantearía conseguir, exigir o martirizarse por no poder llevar a cabo.

Estas líneas no pretenden sentar ningún precedente ni decirle a nadie lo que él o ella misma no quiera entender, sino reflexionar acerca de una de tantas confusiones que en este presente tan complejo que nos ha tocado vivir nos traen de cabeza haciéndonos con frecuencia perder los papeles sea cual fuere nuestra posición en el mundo, cómo nos regala, condiciona y limita nuestro casi perfecto organismo y qué queremos decir cuando hablamos y pedimos libertad, sin que nos preocupe de lo que nos responsabiliza esa petición y en qué casos es tan sólo deseo.

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Jóvenes

Anteojeras (según el diccionario de la RAE): En las guarniciones de las caballerías de tiro, piezas de vaqueta que caen junto a los ojos del animal, para que no vean por los lados, sino de frente. Aplícase a personas.

Ello viene a cuento porque no hace mucho, en un grupo de jóvenes de veintipocos que me pillaba justo al lado, uno de ellos sacó a relucir en la conversación que no estaba bautizado, y cuál no sería la sorpresa del resto que antes que entender, tolerar y aceptar que cada persona en cuestiones tan íntimas y personales como la religión muestra y vive puntos de vista distintos en función de su conciencia, educación, lugar de nacimiento etc. -qué les voy a contar-, se extrañaron y en cierto modo alarmaron, pues no llegaban a comprender cómo sus padres no bautizaron a aquel pobre infeliz, total, qué más daba, bautizarse por aquí es algo tan importante o más que respirar, luego cada cual puede hacer lo que le venga en gana con la religión, pero ¡eso de estar sin bautizar! En fin, son jóvenes típicos de este país e ignoro su número, una especie de buen ver pero corta de entendederas, de perspectivas muy limitadas y con una visión del mundo retrógrada y provinciana, reluctantes a conceptos como democracia, tolerancia, diferencias, convivencia o conciencia personal que acarrean orgullosos una serie de cacofonías ajenas al siglo XXI, jóvenes cerebros que todavía hoy viven el mundo de los Reyes Católicos. Muestran unas anteojeras típicas de estas tierras de labranza, portan arreos de asnos.

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Chándal

Chándal: “Ropa deportiva que consta de un pantalón y una chaqueta o jersey amplios”, según la RAE, aunque luego, si sigo buscando, encuentro que la palabra proviene etimológicamente del francés chandail, jersey de los vendedores de verdura, y entonces me quedo pensando hacía dónde dirigir mis pasos.

Una epidemia general de aburrimiento -léase entretenimiento- y ocio físico asuela el llamado mundo desarrollado proporcionando la justificación suficiente para que a tanta gente le haya dado por sudar como posesos y maltratar sin piedad el propio cuerpo, una extraña fiebre que probablemente desaparezca tan rápida e inopinadamente como llegó -cuestión de modas, o sea, inventos para que el personal desempolve el poco dinero que le queda, no es cuestión de cuanto, sino de muchos-. Y de esta desesperada y absurda afición a automartirizarse -que nada tiene que ver con la cultura física- me interesa, entre la más variopinta, “indispensable” y sofisticada maquinaria y la prolija e infinita variedad de adminículos necesarios para cualquier práctica, una de las muchas prendas que cada hijo de vecino tiene que adquirir para homologarse estéticamente a la hora de practicar lo que sea. Y la gran estrella que tiraniza las vidas de tan esforzados ciudadanos es el chándal, una indumentaria que se atesora en grandes cantidades y que en más casos de los imaginables ha pasado a convertirse la prenda principal del armario; se tienen nuevos, viejos, modernos, de oferta, pasados de moda, chillones, gastados, del club de mus, regalados, del equipo favorito, del mercadillo etc., siendo usada para absolutamente cualquier cosa ¡son tan cómodos!

No creo que sea cuestión de equiparar a todos aquellos que visten chándal con verduleras, con lo que peyorativamente entraña el concepto verdulera, ¿o sí? podría resultar ofensivo -¡los hay tan caros y elegantes!-; aunque, sinceramente, soy de la opinión de que quienes se cubren con semejante prenda la mayor parte del día no muestran mucho aprecio por sí mismos, serían capaces de salir en pijama a la calle si cualquier departamento de marketing de alguna marca de renombre falto de ideas decidiera ponerlo de moda.

No obstante busco una razón para lo que quizás no la haya, pero me resisto a creerlo, tal vez sea el chándal el atuendo característico de gente con pocos recursos y menos gusto, miserable o simplemente tacaña, que persiste en su racanería a pesar de tanto mercadillo y de los millones de prendas a precios bajos y muy bajos a la venta, quien aún así no sea capaz de vestir con un poco de lustre es porque vive francamente perdido; y no merece la pena hablar de los chándal de diseño o las casi equipaciones futbolísticas que cuestan un ojo de la cara porque son originales (?), disfraces que elevan a su portador a una patética nube de jactanciosa y tribal imbecilidad. Las personas van adquiriendo poco a poco y a lo largo de su vida una cierta sabiduría o disposición -independientemente del contexto social en el que uno haya tenido la suerte o desgracia de venir al mundo, no vienen al caso situaciones extremas o extraordinarias- que las faculta y en algún modo obliga a cuidarse, arreglarse, engalanarse y mostrarse a los demás según posibilidades y criterios propios, por lo que el uso de una prenda tal, que más parece un uniforme de guardería de rápido quita y pon, pone en duda el sentido y significado que del respeto en general poseen dichos sujetos, no así el del ridículo, y más bien abona la idea de un nefasto y fácil abandonarse que tiene más que ver con la pereza y la desidia que con la comodidad propiamente dicha.

Más allá de cuestiones personales, de gusto, o de hacer lo que nos sale de ahí mismo resulta bastante penoso que adultos hechos y derechos vistan con gomas en la cintura y colores chillones -igual que bebés gigantes-, presuntamente informales o desarreglados, con cadena y perro o sin él, en el bar, viajando o de paseo, tan insulsos como felices. Existen los ejércitos, las cárceles y las celebraciones de pompa y tronío, lugares, momentos y situaciones en las que un protocolo siempre criticable obliga a los integrantes o intervinientes a vestir una serie de uniformes, amén de soportar un sinfín de formalidades, que cada cual muestra y lleva como le apetece, la supuesta representación en cierto modo obliga; pero que en pleno uso de su libertad haya personas elijan una prenda tan chabacana, anodina y ridícula -ni siquiera es la prenda principal en el deporte- para disfrazarse las veinticuatro horas del día no tiene una explicación sencilla, ¿o sí? Tiene que haber algún motivo más que la mera comodidad o la simple ausencia de gusto, tal vez pobreza de espíritu, sumisión y complejo de inferioridad, rigidez mental, falta de autoestima, mucha autocompasión y ningún sentido de la dignidad, o un desinterés y un desprecio tan grandes hacia sí mismos que de hecho enturbian o invalidan cualquier satisfacción o afición que esos tipos puedan disfrutar o manifestar públicamente. Lo que tampoco contesta a la pregunta, ¿por qué se denigran a sí mismas esas personas vistiendo ropajes tan infames?

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Aviso

Apenas quedan unos días para un nuevo solsticio de verano, una fecha astronómica inexistente pero que entre nosotros ha adquirido una relevancia especial desde que los hombres vienen habitando la superficie de este planeta. Es la celebración de la plenitud solar por excelencia, esa estrella, insignificante a nivel astronómico, que ha originado, regido, regulado y todavía mantiene en pie la vida del hombre en la tierra, extraña y mágica en un principio, asombrosa en su exactitud y a la que la paciente observación de generaciones ha conseguido arrebatarle una normalidad a través de la cual el hombre comenzó a conocerse a sí mismo, buceando en sus propios orígenes hasta hoy. Siglos y culturas han reverenciado la máxima altura del sol en cielo y celebrado con festejos, sagrados y profanos, el día más largo, el final o el principio de un nuevo ciclo, según se mire, que también se reproducía en nosotros, pero que la innegable curiosidad humana está consiguiendo alterar empezando a vivir de espaldas a él, al margen de su luz o inventando sucedáneos de ella, pero de momento no sin ella. Felicidades pues, disfrutémoslo como se merece.

Ah! les advierto contra todos esos ignorantes que ahora están velando armas para en la noche más corta dedicarse a comer, beber y aullar como salvajes llenando de mierda la poca memoria que nos queda y todo prado o playa donde sus zarpas huellen.

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