De miedo

La historia sucedió, como suele ser habitual, sin que nunca nadie sospechara y sin que, tampoco nadie, cayera en la cuenta de que la corriente normalidad con la que se sucedían días, meses y años ocultaba el germen de un plan perfectamente calculado que, en el momento preciso, se encargaría de abrir la caja de los truenos para asestar un golpe de mano definitivo que cambiaría presente y futuro para siempre. Y por supuesto, si a alguien se le hubiera ocurrido sospechar, murmurar o insinuar la mínima posibilidad de que aquello fuera a sobrevenir habría sido inmediatamente tildado de fantasma o majadero, engendro retorcido que a causa de un odio inclasificable o unos prejuicios absurdos y sin fundamento era capaz de imaginar o concebir una idea tan infernal, porque ninguna persona en sus cabales, en un mundo al amparo de tan absoluta y humana rutina, daría cabida en su mente a tal disparate.

Resulta que las cosas y sucesos terrenales que procuran forma y contenido a nuestras vidas transcurren y son como son hasta que en algún momento dejan de serlo, obviamente, y aunque la muerte es algo que también está ahí, siempre que sea posible y por voluntad propia a cierta distancia, yendo y viniendo pero con los demás, en el mundo de los otros, en vivo, en las noticias o escondida por voluntaria omisión, cuando sin pedir permiso se planta a nuestro lado nos gusta pensar que es por una simple cuestión de mala suerte -no existe otra alternativa de la que echar mano con más facilidad-; llega el momento en el que la parca directamente nos toca y entonces, todo lo que parecía monótono, vivo y más o menos ordenado, comienza a descomponerse a pasos agigantados viniéndose abajo en meses, semanas o incluso días, pillándonos siempre desprevenidos. Esa rigurosa y definitiva realidad que consciente o inconscientemente nos habíamos negado a reconocer y aceptar como algo obvio y natural ahora nos pone los pelos de punta, nos confunde, subvierte nuestra repetida regularidad y nos deja con la boca abierta e incapaces de reaccionar; a continuación vienen las prisas, los intentos de recapitulación y los esfuerzos inútiles por recuperar el tiempo perdido, los ajustes de cuentas diferidos o la desesperada y baldía tarea de tratar de solucionar tantos problemas aplazados para más tarde a los que ya nunca llegaremos, la irreflexiva consternación por no poder parchear o cerrar todo lo que aguardaba con la etiqueta de pendiente y en su momento dejamos tal cual porque cuando pasábamos como normales más o menos felices preferimos arrinconar para otro momento, cualquiera menos precisamente ése en el que pensábamos en ello. Y mientras tanto nos gustaba rodearnos de sucedáneos, sustitutos, conformismos, indiferencia o mortal aburrimiento antes que sentarnos con nosotros mismos y disponer, arreglar o adornar unas vidas que se iban agostando sin pausa con nuestro ciego y privado consentimiento. Hasta que llegó la noche, una noche repetida como tantas otras en las que el planeta y su giro sin fin nos obligan a dormir sin que le importen un pimiento nuestras voluntades, embarcados como estamos en una sucesión infinita ante la que nada podemos hacer. Esa noche, iniciada aparentemente al azar en una parte cualquiera del planeta, los animales llamados de compañía, sobre todo los perros en sus múltiples variedades naturales y artificiales -¿alguien se preguntó en alguna ocasión a qué se debía tal proliferación de variedades caninas?-, cuando la mayoría de los humanos andaban vencidos por los pasajes del sueño, comenzaron a actuar de manera distinta a lo habitual y, continente por continente, país por país, casa por casa, el perro, grande o pequeño, de raza exclusiva -inventada o no- o callejero, amagado como de costumbre en su rincón habitual, se irguió sobre sus patas a la orden de una señal desconocida que de pronto se activó su cerebro, olfateó el ambiente y sin dudar un segundo se encomendó a su tarea enfilando hacia las habitaciones donde sus confiados dueños dormían su natural ausencia, situándose a los pies de la cama y saltando a continuación sobre ellas moviéndose con rapidez hacia los rostros de sus ahora desconocidos y unos minutos antes amados propietarios, víctimas al alcance de sus mandíbulas, para, sin dar tiempo a la duda o al azaroso despertar, morder y desgarrar con violenta y furiosa voracidad uno tras otro los cuellos de sus antiguos dueños hasta hacerlos desangrar, regresando a su lugar de descanso una vez seguros de que sus correspondientes humanos se hallaban bien muertos, y una vez allí esperar al siguiente mandato que el manipulador universal tuviera dispuesto antes de su vengativa llegada a la tierra.

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Apunte

Hablando de esta civilización occidental que parece ir a la cabeza del mundo, depredadora, tecnológica y económicamente, por la que todos suspiran, para bien o para mal, y en la que las novedades exclusivamente humanas se cuentan como retrocesos, no resulta difícil destapar la gran operación que a nivel mundial intenta lobotomizar la conciencia social colectiva para llevar a la humanidad a los tiempos feudales. Hoy, la primera y última palabra acerca del hombre la tienen religiones arcaicas originarias de sociedades primitivas -en algunos casos libros como la Biblia han pasado a ser referencia científica de cabecera-, y es tal el desinterés general por la educación que muchos niños creen sinceramente que en la actualidad es posible ver y admirar dinosaurios como los que salen en los documentales de “la tele”, parques temáticos donde se les puede dar de comer. La población vive desorientada suspirando por un líder que piense y actúe por todos, disipe la angustia y evite la mínima preocupación; en su tremendo despiste la gente necesita superhéroes cinematográficos que luchen por ellos contra malvados poderosos que, para evitar preguntas incómodas, preferiblemente vienen de otros mundos, se entretiene con superdioses descerebrados y caprichosos, tan humanos como simples que, como norma de conducta, gustan hacer de su capa un sayo; disfrutan con superbatallas en las que el bien y el mal -puerilmente expuestos- clarifican y certifican el más elemental sustrato moral de los espectadores, además de concentrarse a la orden en grandes eventos y “batallas” deportivas que funcionan como pegamento emocional, nacen y existen muertas porque lo que ofrecen es humo intrascendente que se evapora al segundo siguiente de hacerse visible dejando una ansiedad colectiva que se autoalimenta únicamente de expectativas siempre huecas. Como en toda contienda dirigida son los más avispados y mejor situados los que sacan tajada, dejando al resto del personal sin saber qué hacer con sus propias vidas, a qué carta quedarse o dónde refugiarse. En este caos interesado crecen las casas de apuestas y los juegos de azar -en directo u on line-, ofreciéndole al ciudadano lo único que parece tener algo de consistencia para él, el dinero fácil que promete la suerte.

Descartada la parte mayoritaria de la población, minusvalorada o tratada directamente como subnormal, hoy luchan ejércitos de mercenarios sin patria ni bandera en un campo de batalla cínicamente delimitado por todos los gobiernos y organismos internacionales que, como en la más oscura Edad Media, toman subrepticiamente partido por el bando que más y mejor llene sus bolsas.

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El gato

En una mañana en la que por fin el sol se atrevía a lucir después de tantos días espantado por la lluvia y las nubes los más atrevidos y menos se lanzaban a la calle con la sospecha todavía detrás de la oreja, un sábado de cielo azul en el que, a decir verdad, no confiábamos del todo. Sin embargo las cosas parecían más claras, allí estaba el sol, ahuyentando el frío del invierno en primavera y evaporando el agua introducida en cada grieta de la pared, una humedad que ahogaba la tierra y venía ensombreciendo desde hacía semanas cada una de las células de todo bicho viviente que, por fin, comenzaban a sentir cómo el alimento del buen tiempo regresaba y el propio cuerpo hacía circular por sí mismo un calor que creía olvidado. Allí, en la puerta de la iglesia ahora abierta, ellas entretenían la espera moviéndose con alguna dificultad elevadas a alturas estratosféricas de todos los colores, una elegante costumbre que casi siempre es el preámbulo de futuros problemas y deformaciones de los pies que darán de comer a los podólogos de mañana, zapatos comprados hacía algún tiempo y guardados con más esperanza que temor, tornado luego en desconfianza, hacia una primavera incapaz hasta hoy de lucir sus mejores galas; ellos enlatados en trajes negros y otras ordinarieces adecuadas a la ocasión, osados y satisfechos, con bolsas, cámaras y teléfonos dispuestos a fotografiar todo aquello capaz de reflejar la luz del sol, sobre todo a ellas, coquetas y sonrientes por poder lucir un vestido que el día anterior contemplaron en el armario con más tristeza que ilusión, recelando o sin esperanza de poder estrenarse adornadas con la alegría de sus colores. Los novios aún no llegaban y los curiosos que se atrevían a entrar en el templo o hurgar entre los invitados de pronto se despistaban atraídos por la inesperada llegada sin prisa de un camión y un coche de bomberos, precisamente hasta casi las mismas puertas de la iglesia, donde, a simple vista, no parecía moverse ni suceder nada que no fueran los prolegómenos de un ritual antiguo y primaveral, otra boda más para regodeo de la jerarquía eclesiástica y sus ofrecimientos y apuestas en contra de la naturaleza humana. Los bomberos, asesorados por una pareja motorizada -en otro coche- de la policía municipal, no apuntaron sus pasos y moderada prisa hacia la boda o sus invitados sino que se precipitaron hacia las altas paredes de piedra que encajonaban el río, del que una de sus orillas refrescaba los cimientos del templo. Del tímido revuelo y curiosa alarma general obtuvimos los allí  presentes la plácida confirmación de que la imprevista llegada del equipo de salvamento y/o rescate se debía a los apuros -siempre supuestos- de un gato callejero que se debatía nervioso sobre cuatro ramas peladas a pocos centímetros de una corriente veloz que amenazaba con arrastrarlo al menor descuido.

Con una determinación propia de cuerpos habituados a moverse entre minutos y segundos, o décimas de segundo -siempre urgentes-, los bomberos cortaban la estrecha y única calle paralela al río y comenzaban a prepararse para descender en busca del gato entre la expectación de invitados y curiosos que sin acuerdo previo habían decidido dejar los pormenores del reciente enlace para después. El gato, como ya he dicho, visiblemente nervioso, dudaba entre la corriente y  aquellos tipos vestidos de oscuro que de pronto habían comenzado a asomarse gesticulando y señalándole con el dedo unos metros por encima de él, probablemente tramaban algo en su contra y, como buen animal, no se imaginaba que lo que aquellas personas intentaban era salvarle del agua. Ataviado con ropa y arneses reglamentarios el más bombero de todos -madurito, delgado y musculoso, de larga melena al viento- comenzaba a descender por la pared hacia donde se hallaba atrapado el felino, pero he aquí que la supuesta víctima, unos centímetros antes de estar al alcance de su potencial salvador y, por si acaso, preguntarle el motivo de su inesperado y arriesgado descenso, decide echar a correr por un estrecho bordillo hacia el interior de un túnel por el que el río es empaquetado bajo las calles de la ciudad. El público aplaude, no sé si al gato o al bombero, y el apuesto liberador, tras intercambiar unas palabras con sus compañeros de arriba, decide desarnesarse y aventurarse río y túnel adentro por si el gato tuviera a bien detenerse, preguntar y razonar acerca de la conveniencia de dejarse salvar como doméstico antiguo por personal tan diligente como valiente. Tras unos minutos de expectante espera general… nada, el bombero regresa de la oscuridad de vacío, explicando a sus compañeros que la testarudez del gato era categórica, no quería que le salvaran -ignoro si hubo algún intercambio de pareceres entre ellos-, así que, de cualquier modo y bajo sus propia responsabilidad, el gato había optado por aventurarse en la oscuridad antes que fiarse de una mano bienhechora que tan sólo pretendía rescatarlo del peligro de las aguas y llevarlo arriba, dónde sus congéneres. Tras una breve y rutinaria espera y definitivamente fracasada la operación, el bombero ascendía hasta la altura de la calle ante la indiferencia general de un público que, de nuevo sin nada comentable o fotografiable, había vuelto a la boda porque ya el novio hacía su aparición en la plaza a bordo de un engalanado y brillante automóvil, mientras los curiosos también se iban desperdigando por las calles adyacentes buscando qué fotografiar o con qué entretenerse bajo aquel sol de sábado que, hoy sí, a tono con le estación del año, ya empezaba a picar.

Sin rescate ni celebración bomberos y policía, tras haber despejado la calle y restablecido el tráfico, volvían donde suelen. Yo, para variar, comencé a preguntarme cuanto podía costar y quién pagaría aquello. Una manía mía.

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Sevilla

Aunque a primera vista aquello parece tener un sentido o funcionar, cuando uno contempla el arrobo y silencio entre el que los pasos desfilan le queda la duda y la corta valoración de que tanto y tan aparente respeto y veneración sean únicamente eso, simple adoración. Cuesta creer que haya algo más de lo que se ve, contando con que uno ya ha decidido de antemano obviar el desfile de jerarquías y linajes sociales bien diferenciados y a la vista en cada calle y esquina, probablemente el aliento de un ferviente no se qué poblando y nutriendo los corazones de cada fiel, curioso u observador decidido a comulgar con la mayoría en una escenificación que, repito, deja más interrogantes que emociones. Ni siquiera la profusión de orgullosa altanería, de genuina superstición con ínfulas de piadosa religiosidad, casposo y arcaico inmovilismo, platas y dorados, infinitos reflejos, más negros que luces, cirios y velas para producir todo un año, flores andróginas, gritos, reconvenciones y silencios, trajes, mantones y mantillas, pasos, arrastres y deslizamientos consiguen despejar las sombras, tan reales, que inevitablemente revolotean alrededor de una mirada imparcial -la cuestión se reduce a si estás o no estás con la representación-, y si no estás qué es exactamente lo que se vende allí, ¿una curiosidad antropológica que, al margen de la exuberante profusión de medios técnicos de los que se vale la comunidad que la pone en juego, no deja de ser otra manifestación tribal de imaginería totémica de las que todavía sobreviven en este mundo? ¿A qué deidad tan pequeña, variopinta y confusa dicen adorar aquellas personas? Uno mismo, como buen incrédulo, quiere creer que Dios, para cualquier creyente que se precie de tal, es algo más que un espectáculo de luces y falsas imágenes, tal vez porque sospecha que cuando la inevitable normalidad regrese mucho de aquello, si no todo, habrá desaparecido por completo sin dejar ningún rastro en el día a día de esas mismas personas, que volverán a su condición sin que ninguna atmósfera mágica, milagrosa y ni mucho menos fraternal o solidaria les resuelva sus problemas más íntimos o dolorosos; quizás ese montaje permanezca en la memoria del turista o del simple espectador, que se felicitarán por haber asistido, confundidos, atónitos y admirados, sin entender completamente el trasfondo de aquello, imaginando que lo tiene pero que él no sabe verlo, a una rancia e inexpugnable costumbre más propia de culturas en desarrollo que de una moderna sociedad del siglo XXI.

Pero para confirmar las peores sospechas el mismo escéptico espectador no tiene más que acudir a cualquier iglesia en los días posteriores a la gloriosa celebración para darse de bruces, entre un polvoriento y curioso silencio, con un sombrío vacío, una desolada ausencia donde antes proliferaban el tremendismo, un obligado fervor y una desenfrenada pasión; un hueco enorme del que han desaparecido todo resto de calor y humanidad dejando a la vista una negrura translúcida incapaz de delatar ausencia alguna. Por eso, cuando uno se planta ante esa estructura que antes de ayer lucía como espléndido, sagrado y casi milagroso portento y sólo ve un pobre armazón de madera y hierros soportando un supuesto manto del que también llega a dudar si de excelente tela o burdo cartón piedra no teme haber sido engañado, sino que vuelve a preguntarse qué tipo de folclórica y ancestral idiosincrasia oprime a todo un pueblo durante una semana para abandonarlo el resto del año. Porque si la cuestión es poblar nuestras vidas de creencias, misticismos, sueños e ilusiones repudiando al mismo tiempo un mundo preñado de hermosas realidades, negándolas para echarse en brazos de un inconsciente colectivo religioso sobre el que nada se puede preguntar porque carece de respuestas, no deja de ser una evasión consciente a la que por propia conveniencia se prefiere alabar y vitorear con gran ceremonia porque gusta imaginar que presuntamente une almas, que no terrenales corazones, en los que desgraciadamente también inocula un odio inmisericorde.

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Una de vaqueros

Es una película de vaqueros, de esas imposible de ver hoy en una sala comercial y mucho menos filmar -tampoco Tarantino-, sobre todo porque el personal pasa de vaqueros e indios, a pesar de la afición de la gente a hacer constantemente el indio tanto en su vida pública como privada. Y como no podía ser de otro modo es en una película de vaqueros donde uno puede apreciar en toda su crudeza la lucha a muerte entre hombres normales y corrientes poseídos por las ambiciones y los deseos que han llevado a la humanidad a lo que es y representa en la actualidad; desgraciadamente el contexto sigue pesando demasiado, se ve antiguo, claro, si uno no va más allá de las pistolas y las plumas. El hombre de Laramie es la película, y en ella un magnífico James Stewart interpreta a un hombre con un único y claro propósito, desenmascarar a los causantes directos de una matanza de hombres blancos por parte de los indios, lo que da lugar a un enfrentamiento puro y duro entre el poder desnudo y su desmedida ambición, por encima de vivos y muertos, y la voluntad de justicia de un solo hombre tras la verdad, o en cualquier caso la justicia que ponga a cada cual en su verdadero sitio. Pero, al margen del grato placer de verla de nuevo, lo que en esta ocasión anduvo rondando en mi cabeza después de la película -probablemente influido por los tiempos que corren- fue la fauna de secundarios que forman la argamasa que compacta las interpretaciones de las dos voluntades principales, no tanto los buenos -según la clásica discriminación que cualquier espectador hace a la hora de clarificar los personajes- como los malos -qué sería de cualquier buena película si no desfilaran buenos malos por sus imágenes-.

Estos malos se movían inquietos y desconfiados entre las vastas e ilimitadas ambiciones del poder y las contadas expectativas de justicia del ciudadano solitario dando o escondiendo la cara según sus confusos y rastreros intereses; rostros de pusilánimes, temerosos, resentidos y cobardes mostrando un feo catálogo de dobleces, mentiras y traiciones que a duras penas pueden sostenerse bajo la luz directa del sol porque sus valedores están habituados a sobrevivir en la semioscuridad de la medianía, temblorosos y a la expectativa, no son hombres de honor responsables de sus propios actos. Estos personajes me trajeron a la memoria algunos otros de nuestra realidad más reciente, políticos, defraudadores, trepas, lameculos y gente sin oficio ni beneficio que pululan entre las entretelas del poder -poder que desgraciadamente en la actualidad no posee un rostro identificable al que enfrentarse cara a cara con un revolver en la mano- robando, traicionando y asesinando por intermediación protegidos por el sistema y ocultos tras su propia cobardía. Porque hoy, tal y como sucede en la película, los malos no pueden ser desenmascarados y  públicamente eliminados a cara descubierta en un duelo en la calle principal en honor a la verdad y la justicia, sino que, para empeorar aún más las cosas, disponen en su beneficio de una cohorte de pistoleros de oficina y picapleitos sin escrúpulos encargados de enturbiar cuanto sea posible la escena de cualquier crimen, hasta el punto de ser prácticamente imposible dar con una prueba clara y limpia de los viles actos del asesino o traidor. Estos pistoleros y picapleitos, traidores a su propia profesión, no se encargan de impartir justicia, sino que colaboran con los cobardes para apropiarse parte del botín; en más de un caso para repartírselo a partes iguales.

En El hombre de Laramie la justicia finalmente triunfa y el rostro humano del poder, al verse sólo y vencido, cede ante su propia humanidad pidiendo ayuda y reconocimiento. Pero hoy, al carecer el poder de un rostro o rostros identificables, sus sicarios se escudan en que no existe prácticamente nadie con voz y arrestos a la hora de castigarlos, no hay una cabeza dirigente para lo bueno o para lo malo y por tanto los cobardes medran sin trabas, escrúpulos ni responsabilidades amparados en la confusión interesada y la más vergonzosa impunidad que la ausencia de gobierno provoca.

¿Se echa hoy de menos al valiente que cara a cara elimine al malo principal, eche a puntapiés a los cobardes y haga justicia? ¿Se ha convertido la justicia en un negociado de cobardes y abogaduchos empeñados contra el mundo en inventar y hacer prevalecer una mentira muy difícil o imposible de desentrañar?

Pero de lo que no cabe la menor duda es que hoy vivimos en un mundo de cobardes.

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Abandonados

Parece que ya ha pasado la fiebre informativa vaticana y las cosas vuelven a la normalidad, es cierto que se trata de una normalidad más bien crítica, pero llevamos embarcados en ella varios años sin que las cosas se aclaren ni solucionen en modo alguno, como si la intención nada oculta de sus causantes y mantenedores fuera dejar que el tiempo pase y por aburrimiento o cansancio la gente olvide todo lo que ha sucedido y ahora mismo está sucediendo, para, una vez recuperada o conseguida la nueva normalidad que traiga el olvido, seguir viviendo como si nada hubiera ocurrido. Asegurar con total rotundidad que es esto lo que en realidad está aconteciendo sólo alarmaría a los más ingenuos o estúpidos. Pero hay una cosa que me gustaría comentar a partir del espectáculo religioso que hemos padecido todos en general, religiosos o no, a cargo de unos medios informativos que venían buscando con desesperación algo más espiritual e intangible -que no dejara mancha- como lo sucedido en Roma para aparcar temporalmente una crisis que ya no les aporta tanto dinero, dando por ello una calurosa, prolija en medios y exuberante bienvenida a tan etéreo e incriticable montaje como el escenificado en el Vaticano; siempre y cuando se obvien u oculten los molestos aguafiestas y se pase de puntillas por las cuestiones más prosaicas y vulgares que con toda probabilidad oscurecen tan sospechoso y anacrónico lugar en el mundo. Viendo en las pantallas de televisión a tantos y tan fieles de aspecto más que sano atentos y expectantes al balcón de la basílica del Vaticano no dejaba de preguntarme para qué necesitaban “esas pobres almas” un guía espiritual, si andaban tan perdidos, tan necesitados de un tutor que les aconseje y para qué, pues a la vista de su envoltura invernal no tenían nada que ver con los indigentes y desgraciados golpeados, perseguidos o abandonados del mundo real; quizás sólo estaban allí sus espíritus -eso son palabras mayores-, una forma tan íntima, especial, intransferible y amarga de sentir la existencia que sin embargo no impide “sufrir” este doloroso mundo material a costa de los demás -explotando, humillando, oprimiendo, robando, esclavizando o asesinando a impuros y paganos- sin dejar por ello de sentirse espiritualmente desamparados, un materialmente satisfecho desecho espiritual sin consuelo posible en este desdichado y terrenal mundo. Tantas caras bien alimentadas y protegidas  contra el frío daban que pensar. Probablemente la mayoría tendrían sus detestables vidas materiales bien aseguradas como para disponer de tiempo para llorar de alegría, adorar y reverenciar a un pastor tan preciado. Pero ¿para qué necesitan el pastor? ¿tan desvalidos se sienten? ¿por qué, si por casualidad alguno de ellos ha leído la Biblia y para calmar el desamparo de sus atribuladas almas, no se dedican a llevar a cabo directamente en esta tierra de dolor la labor que intentó enseñarles el Cristo al que tanto dicen amar? ¿Dónde queda su amaos los unos a los otros?

Intentando evitar palabras mayores, desagradables o simplemente groseras me temo que tanto y tan buen corazón suplicante y henchido de fe mosqueaba a cualquiera que sin mucho esfuerzo se preguntara dónde paraba la justicia de toda aquella gente para con sus semejantes, ¿por qué no eran capaces de dejar de mirarse el propio ombligo y salían al mundo a ejemplificar con sus actos lo que sus rostros mentían? Tal vez la imagen del fariseo de la Biblia -muchos de ellos fingirían y tergiversarían ignorando a qué me refiero- sea una buena muestra para desenmascarar a tanto hipócrita necesitado únicamente de sentirse feliz consigo mismo celebrando a un pastor que nada hará por este mundo y que, si fuera honesto, dejaría todo lo que representa y se echaría a la calle para ayudar a los que realmente lo necesitan. ¿A qué pobres representan esos tipos de la plaza de San Pedro? Ya, a ricos pobres de espíritu.

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Vida salvaje

Hay en algunas empresas públicas -desde hace algún tiempo, e ignoro si también los sufren y en qué modo las privadas- tipejos de más o menos treinta y tantos, o cuarenta, con estudios de cualquier cosa ni muy difíciles ni muy especializados, que han accedido al puesto porque conocían a, pertenecían a, les colocó tal o pusieron la zancadilla a, con cuatro nociones básicas de gestión y ninguna experiencia o mínimo conocimiento de la labor a la que se dedica la empresa que les paga, y que suelen disponer a su antojo sin que nadie les diga que van desnudos y se les ve la correa que les sujeta el cuello y la razón. Son perros de presa adiestrados para ladrar a diestro y siniestro, y llegado el caso morder -según la voluntad o catadura del amo de turno-, a los que no les importa enmierdarse con tal de sentirse jefes sin serlo -¡ah! eso de ser jefe-, les excita, y si pueden mostrar restos de sangre mucho mejor, dan prestigio; pero que nadie les pregunte por qué, para qué o con qué fin hacen lo que hacen. A la pregunta pertinente callan o se excusan porque son incapaces de reconocerse como unos simples mandados haciendo las veces de sicarios sin armas, unos muñecos elegidos ex profeso para, sin pensar ni preguntar, hacer el trabajo sucio. En los tiempos que corren su mayor aspiración es mandar a la calle a todo empleado mayor de cincuenta años -da igual sus cualidades, efectividad y experiencia- y poner en su lugar a jóvenes de veinte que van a hacer lo mismo, cobrar menos de la mitad y pueden manipularse mejor -es textual-. Sin tener que llegar a las manos ni acordarse de los padres de estos señores, que los tendrán, es curioso que tipos que parasitan de una empresa a otra porque probablemente no dan para mucho más se apliquen con tanto fervor -en algunos casos con visible violencia- en liquidar lo que ha funcionado sin ellos y actualmente no lo hace porque no hay absolutamente nadie que sepa ni quiera hacer que funcione, no porque no haya soluciones sino porque económicamente no le interesan a sus patronos.

Lo más triste e importante de todo esto no es que los mayores de cincuenta pierdan el trabajo -con serlo de veras-, lo peor es que los más jóvenes y mucho mejor capacitados que vienen por detrás tengan que sufrir a estos sinvergüenzas y sus despropósitos por la estúpida razón de que nacieron después, enfrentándose e intentando sobrevivir a un futuro empeñado al capricho de tales fieras… aunque, ahora que caigo, esto me recuerda a los documentales de vida salvaje que a la hora de la siesta muestran cómo leones en su plenitud se dedican a irrumpir en territorios ya ocupados por otros de su especie, matar o expulsar al macho dominante -inevitablemente mayor que ellos- y devorar a sus hijos para quedarse con su parte de la sabana y todas las hembras… viene a ser más o menos lo mismo que estaba escribiendo más arriba pero, si no recuerdo mal, los leones son animales salvajes, por tanto irracionales, bestias que viven en función de unos apetitos básicos, comer y reproducirse, y nosotros los humanos presumimos de haber creado una sociedad racionalmente compleja de vida en común en la que existe un respeto mutuo universal y todos disponemos de momentos y lugares para intentar ser felices sin devorarnos unos a otros… o ¿me estoy equivocando de animal?… sin embargo, aquellas fieras humanas obedecen a leones viejos a los que profesan un miedo irracional…

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Cosas de este mundo

Escribo este blog desde Alcázar de San Juan, un pueblo grande que siempre ha pretendido ser ciudad y siempre se ha quedado en las ganas, suele suceder por estos lares porque no es el único, lo da la zona, además, en cuanto el alcalde de turno dispone de dinero se cree dueño del mundo y capaz de dar el paso que faltaba, pero luego, cuando las cosas vuelven a su cauce, romerías y procesiones. Como en todo pueblo con aspiraciones -de pueblo- sus habitantes son dados a los alardes y al todo gratis, o sea, pagado por el Ayuntamiento, pero el Consistorio no está actualmente para muchos trotes, cosa normal en los tiempos que corren. La antigua Corporación Municipal gastó y gastó por hacer que existiéramos en el mapa, y sí, había más visitantes, más hoteles, más restaurantes, más congresos, más celebraciones, en fin, más de todo, pero ahora no. El actual Ayuntamiento ha recortado sin medida, lo que podía, lo que debía y más, se han recortado hasta las ideas propias -si es que alguna vez las tuvieron-; pero no se podía dejar a la población sin nada gratis, y a alguna mente preclara se le ocurrió la brillante idea de organizar catas de vino a tutiplén -con alpiste ¿he dicho gratis?-. Cuando menos te lo esperas, toma, cata de vino al canto. Recuerdo que de pequeño solía beber vino en las comidas, eso sí, con sifón, entonces se consumía más vino que ahora, hoy al personal le ha dado por la cerveza, Mahous, similares y menos, de esas que vienen en grandes paquetes, sólo burbujas sin grado ni sabor, la cuestión es que sea barata y refresque. En las comidas se bebe cerveza -pone menos, dicen-,  en los bares y restaurantes se bebe más cerveza, y las cervezas  baratas -de las de al peso- llenan las neveras de la mayoría de los hogares. Si al personal, que ahora sale mucho menos a comer fuera, le piden en un restaurante seis euros por una botella de vino, se pone hecho un basilisco y llama a la policía municipal por intento de atraco. En fin, ese es el panorama. Pero ¿qué ocurre cuando el Ayuntamiento organiza una cata GRATUITA de vino? -¿se lo imaginan?- pues que hay tortas por apuntarse, y si alguno de los que aspiran se queda fuera se lía el consiguiente cirio del tipo ¿y ese qué se ha creído? Así que, ahora todo el mundo sabe de vino, todos entienden de vino, pero GRATIS ¡eh! Si usted siempre que ha salido a comer ha pedido vino y no se sienta en una mesa común con expertos de pacotilla, pues no sabe de vinos; si lleva desde no sabe cuando comiendo y cenando en su casa con vino embotellado pero no se deja ver en ninguna cata municipal, ya lo sabe, no tiene ni idea de vinos; si usted gasta en su casa los sacacorchos de tanto usarlos en abrir botellas pero no ha aparecido fotografiado en el periódico local cuando la última cata, como Dios manda, ¡bah! pues más de lo mismo. Después de la cata -GRATIS-, ya rellenitos y satisfechos, todo el mundo volverá a la cerveza, pero eso, y repito, que apenas tenga grado ni sepa mucho.

Cosas de este mundo.

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De Lincoln

¿Era imposible que la película de S. Spielberg consiguiera el Oscar este año? Probablemente sí, y la primera razón que se me ocurre es que S. Spielberg es Hollywood y autopremiarse no quedaría muy bien, sin embargo a la película le sobra calidad para lograr el premio. No creo que sea una novedad afirmar que a estas alturas Steven Spielberg no tiene nada que demostrar a la hora de hacer cine y, de hecho, su nombre ya es hoy historia del cine. Las cualidades del director son claramente visibles en su última creación, tanto es así que si hay algo que salva a Lincoln de ser una película corriente o intrascendente, previsible incluso -tal vez con otro director-, es su excelente manufactura –made S. Spielberg-. Su impecable realización, la seriedad y el metódico trabajo en encuadres, tomas, escenas o fotografía, el detalle a la hora de exprimir el guión en cada escena haciendo de ella un trabajo único buscando conmover y emocionar al espectador, rezuma la firma de S. Spielberg por cada uno de sus poros, y si además sumamos el excelente trabajo de Daniel Day Lewis y el de secundarios de lujo como Tommy Lee Jones no queda mucho más que añadir, pero…

El problema de Spielberg, si es que puede decirse tal, es que cuando uno se sienta ante una nueva película suya siempre le pide más, y tengo la sensación de que en el autor también existe un plus de compromiso y/o responsabilidad -no lo tengo todavía del todo claro- a la hora de elaborarlas, es como si prevaleciera un interés añadido por no hacer películas convencionales acerca de temas convencionales como el resto de los directores mortales, parece que el director se hubiera propuesto, más allá del cine, digamos, tópico o habitual, dar en cada trabajo con la película definitiva, intentar que cada cinta sea, en cierto modo, concluyente, que en ellas sólo se expongan cuestiones intemporales e universales tratadas con la magnificencia que se merecen, se descubran situaciones excepcionales y se muestren personajes capaces de sacudir los cimientos del alma humana, y como consecuencia de ello creo que en muchos de los espectadores que admiran su cine también coexiste esa “necesidad”, cuesta imaginar a S. Spielberg filmando una historia corriente de hoy día. Aunque nunca es tarde.

¿Es ese un problema del autor? ¿Es, en cambio, un problema de los espectadores? Si, por poner un ejemplo, Almodóvar, con su cine repetitivo, limitado y estridente, sólo ha dado para convertirse en el Álvarez Quintero de la democracia española, y sus admiradores así lo entienden y sólo le piden ese tipo de pasatiempo fácil, S. Spielberg, todo lo contrario, ha sembrado entre el público la impresión, o casi certeza, de poseer una renovada e inacabable capacidad para sorprendernos o maravillarnos, a pesar de su fijación con la inmortalidad y la “obligación” de facturar películas definitivas, pero si en verdad cada una de sus películas es casi perfecta en lo que concierne a su realización, pienso, sin embargo, que a veces les falta alma, un poco más de humildad a la hora de tratar los temas y diseñar los personajes -puede ser que, sencillamente, no le importe-; no creo que sea una cuestión de sensibilidad pero si de interés o capacidad a la hora de dibujar con trazos sencillos personajes normales -¿por qué no actuales?- que el público vea y sienta como normales, con sentimientos normales que parezcan tales, con los que el espectador sea capaz de identificarse y de los que obtener, a partir de su franca cotidianidad, la sensación de haber penetrado en los rincones más profundos de corazones universales.

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Urgencias

Hay gente que nunca suele esperar, tal actividad es una cuestión que no va con ellos, no lo hacen para coger un avión ni para comprar el pan, ni siquiera cuando tienen que acudir a Urgencias por una ídem. Sin embargo la mayoría de los mortales a menudo han de soportar el inconveniente de tener que esperar en muchas de sus actividades diarias y, cómo no, también cuando tienen la mala suerte de necesitar alguna urgencia hospitalaria. En estos centros de infortunio común cada cual se comporta y desnuda a su pesar sin que su razón o razones puedan evitarlo, la espera suele mostrar lo mejor y lo peor de las personas, dejando a la vista general las cualidades y manías con más celo ocultas. He aquí algunos ejemplos, entre heridos, doloridos, febriles, descompuestos o simplemente afligidos a veces se cuelan los enfermos de soledad, un dolor que se manifiesta a través de un sinfín de sufrimientos físicos, son personas que tan sólo precisan para sentirse bien que alguien les preste atención, les mire a los ojos atentamente mientras hablan y después les digan lo que quieren oír, aquello que ya suponían o imaginaban, porque necesitan demostrarse a sí mismos que siguen vivos y en este mundo; al lado se sientan los que durante su tiempo de espera se dedican a informar o martirizar -tanto da- al incauto de la silla vecina contándole con detalle sus mil desdichas, su enfermiza experiencia de enfermo, los cientos de brebajes consumidos para atender una dolencia de la que él  o ella sabe más que el médico, su íntimo y permanente tormento a la vez que razón de su existencia. Están los que sufren sentados viendo pasar el tiempo, no es que tengan mucho que hacer, pero siempre se creyeron distintos, especiales o más fuertes que los demás, no comulgaban ni sufrían como el resto de los quejosos mortales, el mundo verdadero era el suyo y el resto giraba alrededor, visiblemente nerviosos y hasta agresivos no son buenos compañeros para charlar de cualquier cosa, aunque siempre hay excepciones, sobre todo cuando la voluntad comienza a flaquear y los deseos de sinceridad hace saltar las propias defensas. También se sientan, si hay sillas libres, los que no tienen nada importante que hacer fuera de aquellas paredes y les gusta pregonar su enfado por tener que seguir haciendo nada precisamente en aquel lugar -a pesar de su estado físico-, coléricos y hasta desafiantes, con el teléfono exhausto y a punto de agotarse juzgan sin piedad a cualquiera que suelte una tontería o se atreva a equivocarse, porque precisamente él o ella no tenía que estar allí, y sigan sin entender o aceptar con qué derecho su cuerpo sí. También son de este mundo los que han decido tomarse las cosas con filosofía, no había más remedio, están en Urgencias y toca esperar, pues lo mejor es hacerlo lo más cómodamente posible, notifican a familiares y citas el repentino inconveniente, posponen con elegancia su día a día y se sientan a leer plácidamente hasta que les llegue el turno. ¿Y los perdidos? tipos con cara de no saber muy bien de qué va la cosa, que acudieron a Urgencias porque era la primera opción sin estar completamente convencidos de ello, dudosos acerca de lo suyo o de si les corresponde tal beneficio, personas que en lugar de rostro lucen una huérfana y enorme interrogación, además de un desamparo tan conmovedor que uno acaba preguntándose cómo pueden sobrevivir en este despiadado mundo. Están los más jóvenes, recién cocidos y mayores, frágiles, impacientes, traicionados en el mejor momento por su propio cuerpo y sin capacidad todavía para saberlo o reconocerlo, poseedores de un sustrato físico pero incapaces de buscarse y sentirse en él para otras cosas que no sean el martirio y los adornos, de pronto conscientes de que lo tienen en propiedad, incluida la posibilidad de ciertos, inesperados y siempre molestos desajustes, atados permanentemente al teléfono o algún otro mata ratos digital, obsesivamente atrapados en su propio aburrimiento y capaces de morir por autoabandono y acabar directamente en la morgue de no ser por sus complacientes y sacrificadas madres.

Entre profesionales que van y vienen haciendo su trabajo de mil formas posibles aguardan siempre atentos y expectantes decenas de rostros de esperantes suspirando entre el fastidio, el deseo, la esperanza, su contraria, la soltura, siempre supuesta, la prisa, nunca real, la intranquilidad, siempre cierta, el aburrimiento -también para los que toca acompañar- y la paciencia, quienes, en general y a su pesar, entienden que en un lugar de muchos alguien tiene que ser obligatoriamente el último, aunque todos en el fondo con una esperanza común, la de no ser ellos los que dejen la sala vacía tras de sí… temor siempre infundado, porque los visitantes no dejarán de aflorar continuamente a lo largo del día, las semanas, meses y años, afluencia solo interrumpida o muy lentificada cuando algún acontecimiento importante detiene el país -si, también las urgencias-, sujetas, como todo invento humano, a los vaivenes de la actualidad, porque sólo cuando la actualidad ha pasado la página más importante del momento se acuerdan el paciente y allegados de que tenían una urgencia que resolver.

¿Y qué hacen los que nunca esperan cuando, debido a esos curiosos avatares que tiene la vida, han de esperar? ¿o verse a sí mismos en Urgencias? Desesperarse y maldecir por tener que vivir en un mundo habitado por personas físicas y vulgares… luego, y lo que es peor, ellos son otro más. Ahora se dan cuenta. Mala suerte.

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