Libertad

Sucede que en este mundo la libertad suele confundirse y adquirir un alcance que va más allá de su mismo significado, me explico, si bien la libertad es la facultad de obrar o no a la que todo hombre aspira como sujeto libre, poseedor y propietario de un cuerpo físico con el que ha de practicar y sufrir esa misma libertad, un sustrato material que impone las condiciones a una potencia física o moral -además de tener que asumir las responsabilidades derivadas de lo hecho-, suele pasar que esa libertad, desgraciadamente y con más facilidad de la deseable, acaba confundiéndose o fundiéndose con el deseo, ese impulso intangible y difícilmente medible que no gusta atenerse ni ser condicionado por ningún sustrato físico propio o ajeno, siendo así que con frecuencia el hombre pasa sin solución de continuidad de supuestamente ser protagonista y responsable de sus actos como hombre libre a intentar a toda costa dar satisfacción a sus deseos más personales y egoístas, en muchas ocasiones desmedidos, en un permanente e irreducible intento por conseguir todo lo que aquellos apetezcan, olvidando o simplemente sin que importen las propias limitaciones físicas o materiales, tampoco las que los demás imponen o cómo interfieren con su misma existencia e iguales derechos, de tal modo que más de uno habla de libertad cuando lo que pretende con ello es satisfacer sus propios deseos.

El mejor ejemplo de lo que acabo de decir es el funcionamiento de la sociedad capitalista que actualmente gobierna el mundo, dirigida por unos señores que han trocado descaradamente su legítimo derecho a la libertad por el derecho a la inmediata satisfacción de sus más ambiciosos deseos de riqueza y poder, deseos que por supuesto pretenden colmar a toda costa sin que importen las circunstancias, cualesquiera que fueran, o la misma existencia de algo o alguien que se lo impida -aunque ese alguien sea el resto del mundo-, continuamente manipulando y exigiendo con total desfachatez e incluso violencia, a la vez que denunciando impunemente la “supuesta ilegalidad” de todo impedimento que “atente contra su libertad”. Se puede extraer más ejemplos, también a nivel individual, como cuando se confunde libertad, en este caso sexual, con el desaforado deseo tan masculino de follar las veinticuatro horas del día, cuándo, cómo y con quién sea, para lo que, si es preciso, se echará mano de todos los medios al alcance para conseguirlo, físicos y químicos, aunque al final el propio cuerpo claudique o fenezca en el empeño; lo más curioso de todo ello es que “estos afortunados”, una vez muertos, no volverán a repetirlo, además de que jamás podrán disfrutar de la felicidad de saber que han muerto follando, víctimas de un deseo que destruyó su propia libertad. O la libertad del que teniendo un cuerpo limitado, por enfermedad, accidente o nacimiento -como todo el mundo-, considera que su libertad tiene que ver con su deseo de llegar donde cualquier otra persona pueda hacerlo, para lo cual y sin considerar detenidamente su particular excepcionalidad, exigirá cambios y modificaciones en su mundo, cercano y lejano, beneficios según él indispensables y legítimos para lograr aquello que si se atuviera a sus propias limitaciones, como cada cual ha de hacer con las propias, no se plantearía conseguir, exigir o martirizarse por no poder llevar a cabo.

Estas líneas no pretenden sentar ningún precedente ni decirle a nadie lo que él o ella misma no quiera entender, sino reflexionar acerca de una de tantas confusiones que en este presente tan complejo que nos ha tocado vivir nos traen de cabeza haciéndonos con frecuencia perder los papeles sea cual fuere nuestra posición en el mundo, cómo nos regala, condiciona y limita nuestro casi perfecto organismo y qué queremos decir cuando hablamos y pedimos libertad, sin que nos preocupe de lo que nos responsabiliza esa petición y en qué casos es tan sólo deseo.

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Jóvenes

Anteojeras (según el diccionario de la RAE): En las guarniciones de las caballerías de tiro, piezas de vaqueta que caen junto a los ojos del animal, para que no vean por los lados, sino de frente. Aplícase a personas.

Ello viene a cuento porque no hace mucho, en un grupo de jóvenes de veintipocos que me pillaba justo al lado, uno de ellos sacó a relucir en la conversación que no estaba bautizado, y cuál no sería la sorpresa del resto que antes que entender, tolerar y aceptar que cada persona en cuestiones tan íntimas y personales como la religión muestra y vive puntos de vista distintos en función de su conciencia, educación, lugar de nacimiento etc. -qué les voy a contar-, se extrañaron y en cierto modo alarmaron, pues no llegaban a comprender cómo sus padres no bautizaron a aquel pobre infeliz, total, qué más daba, bautizarse por aquí es algo tan importante o más que respirar, luego cada cual puede hacer lo que le venga en gana con la religión, pero ¡eso de estar sin bautizar! En fin, son jóvenes típicos de este país e ignoro su número, una especie de buen ver pero corta de entendederas, de perspectivas muy limitadas y con una visión del mundo retrógrada y provinciana, reluctantes a conceptos como democracia, tolerancia, diferencias, convivencia o conciencia personal que acarrean orgullosos una serie de cacofonías ajenas al siglo XXI, jóvenes cerebros que todavía hoy viven el mundo de los Reyes Católicos. Muestran unas anteojeras típicas de estas tierras de labranza, portan arreos de asnos.

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Chándal

Chándal: “Ropa deportiva que consta de un pantalón y una chaqueta o jersey amplios”, según la RAE, aunque luego, si sigo buscando, encuentro que la palabra proviene etimológicamente del francés chandail, jersey de los vendedores de verdura, y entonces me quedo pensando hacía dónde dirigir mis pasos.

Una epidemia general de aburrimiento -léase entretenimiento- y ocio físico asuela el llamado mundo desarrollado proporcionando la justificación suficiente para que a tanta gente le haya dado por sudar como posesos y maltratar sin piedad el propio cuerpo, una extraña fiebre que probablemente desaparezca tan rápida e inopinadamente como llegó -cuestión de modas, o sea, inventos para que el personal desempolve el poco dinero que le queda, no es cuestión de cuanto, sino de muchos-. Y de esta desesperada y absurda afición a automartirizarse -que nada tiene que ver con la cultura física- me interesa, entre la más variopinta, “indispensable” y sofisticada maquinaria y la prolija e infinita variedad de adminículos necesarios para cualquier práctica, una de las muchas prendas que cada hijo de vecino tiene que adquirir para homologarse estéticamente a la hora de practicar lo que sea. Y la gran estrella que tiraniza las vidas de tan esforzados ciudadanos es el chándal, una indumentaria que se atesora en grandes cantidades y que en más casos de los imaginables ha pasado a convertirse la prenda principal del armario; se tienen nuevos, viejos, modernos, de oferta, pasados de moda, chillones, gastados, del club de mus, regalados, del equipo favorito, del mercadillo etc., siendo usada para absolutamente cualquier cosa ¡son tan cómodos!

No creo que sea cuestión de equiparar a todos aquellos que visten chándal con verduleras, con lo que peyorativamente entraña el concepto verdulera, ¿o sí? podría resultar ofensivo -¡los hay tan caros y elegantes!-; aunque, sinceramente, soy de la opinión de que quienes se cubren con semejante prenda la mayor parte del día no muestran mucho aprecio por sí mismos, serían capaces de salir en pijama a la calle si cualquier departamento de marketing de alguna marca de renombre falto de ideas decidiera ponerlo de moda.

No obstante busco una razón para lo que quizás no la haya, pero me resisto a creerlo, tal vez sea el chándal el atuendo característico de gente con pocos recursos y menos gusto, miserable o simplemente tacaña, que persiste en su racanería a pesar de tanto mercadillo y de los millones de prendas a precios bajos y muy bajos a la venta, quien aún así no sea capaz de vestir con un poco de lustre es porque vive francamente perdido; y no merece la pena hablar de los chándal de diseño o las casi equipaciones futbolísticas que cuestan un ojo de la cara porque son originales (?), disfraces que elevan a su portador a una patética nube de jactanciosa y tribal imbecilidad. Las personas van adquiriendo poco a poco y a lo largo de su vida una cierta sabiduría o disposición -independientemente del contexto social en el que uno haya tenido la suerte o desgracia de venir al mundo, no vienen al caso situaciones extremas o extraordinarias- que las faculta y en algún modo obliga a cuidarse, arreglarse, engalanarse y mostrarse a los demás según posibilidades y criterios propios, por lo que el uso de una prenda tal, que más parece un uniforme de guardería de rápido quita y pon, pone en duda el sentido y significado que del respeto en general poseen dichos sujetos, no así el del ridículo, y más bien abona la idea de un nefasto y fácil abandonarse que tiene más que ver con la pereza y la desidia que con la comodidad propiamente dicha.

Más allá de cuestiones personales, de gusto, o de hacer lo que nos sale de ahí mismo resulta bastante penoso que adultos hechos y derechos vistan con gomas en la cintura y colores chillones -igual que bebés gigantes-, presuntamente informales o desarreglados, con cadena y perro o sin él, en el bar, viajando o de paseo, tan insulsos como felices. Existen los ejércitos, las cárceles y las celebraciones de pompa y tronío, lugares, momentos y situaciones en las que un protocolo siempre criticable obliga a los integrantes o intervinientes a vestir una serie de uniformes, amén de soportar un sinfín de formalidades, que cada cual muestra y lleva como le apetece, la supuesta representación en cierto modo obliga; pero que en pleno uso de su libertad haya personas elijan una prenda tan chabacana, anodina y ridícula -ni siquiera es la prenda principal en el deporte- para disfrazarse las veinticuatro horas del día no tiene una explicación sencilla, ¿o sí? Tiene que haber algún motivo más que la mera comodidad o la simple ausencia de gusto, tal vez pobreza de espíritu, sumisión y complejo de inferioridad, rigidez mental, falta de autoestima, mucha autocompasión y ningún sentido de la dignidad, o un desinterés y un desprecio tan grandes hacia sí mismos que de hecho enturbian o invalidan cualquier satisfacción o afición que esos tipos puedan disfrutar o manifestar públicamente. Lo que tampoco contesta a la pregunta, ¿por qué se denigran a sí mismas esas personas vistiendo ropajes tan infames?

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Aviso

Apenas quedan unos días para un nuevo solsticio de verano, una fecha astronómica inexistente pero que entre nosotros ha adquirido una relevancia especial desde que los hombres vienen habitando la superficie de este planeta. Es la celebración de la plenitud solar por excelencia, esa estrella, insignificante a nivel astronómico, que ha originado, regido, regulado y todavía mantiene en pie la vida del hombre en la tierra, extraña y mágica en un principio, asombrosa en su exactitud y a la que la paciente observación de generaciones ha conseguido arrebatarle una normalidad a través de la cual el hombre comenzó a conocerse a sí mismo, buceando en sus propios orígenes hasta hoy. Siglos y culturas han reverenciado la máxima altura del sol en cielo y celebrado con festejos, sagrados y profanos, el día más largo, el final o el principio de un nuevo ciclo, según se mire, que también se reproducía en nosotros, pero que la innegable curiosidad humana está consiguiendo alterar empezando a vivir de espaldas a él, al margen de su luz o inventando sucedáneos de ella, pero de momento no sin ella. Felicidades pues, disfrutémoslo como se merece.

Ah! les advierto contra todos esos ignorantes que ahora están velando armas para en la noche más corta dedicarse a comer, beber y aullar como salvajes llenando de mierda la poca memoria que nos queda y todo prado o playa donde sus zarpas huellen.

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La marca

A los pánfilos siervos de Alemania que en la actualidad gobiernan este país les ha dado por inventarse memeces para intentar calmar los ánimos y entretener al personal haciendo algo, da igual qué, y como su inteligencia no se distingue por su agudeza y más bien se mueve bajo mínimos por flagrante incapacidad -menos cuando hay algo que echarse al bolsillo- o tara natural, no se les ha ocurrido mejor eructo que mortificar a los ciudadanos con una majadería tamaño extragrande, eso de la “marca España” (?), cuando deberían saber, si son algo instruidos, que la única marca España que el mundo reconoce es la que inventaron los franceses en el siglo XIX, es decir, un territorio en el sur de Europa de geografía física y humana casi africanas habitado por tipos patilludos de corta estatura, greñas negras y ceño cabreado, simples y supersticiosos, con gusto por las voces, la juerga, las bravatas y tirar de navaja, pasionales -léase reprimidos y tristes machistas-, dados a lo chulesco, al amor de madre y a los toros -ese anacronismo, colmo de la chulería, en el que se acuchilla hasta la muerte a un animal acorralado entre palmas, sudor, moscas y sangre, un suceso que causaría vergüenza ajena a cualquier tipo con sentido común y un poco de humanidad que se sintiera habitante del siglo XXI-; a los que acompañan hembras, también morenas, de rompe y rasga, definición bastante imprecisa porque no especifica si se refiere a señoras manirrotas y descuidadas o, en cambio, a ese otro tipo tan del gusto masculino de por aquí, sólo presencia y ninguna luz. Que traducido a lo políticamente correcto viene a ser, más o menos, gente primitiva, amable, obediente y con poco seso con tendencia a la fanfarronada, a lo que cabe añadir, pastoreada durante siglos por una casta sacerdotal, mantenida en el poder por una camarilla de familias de señoritos estirados y fachendosos, encargada de fomentar entre la población la credulidad, los fanatismos y la superchería con el cuento de alcanzar un paraíso irreal y desconocido a medida que se vayan muriendo…

Dirán ustedes que algo habrá cambiado la marca España desde el siglo XIX para que a los señores del gobierno, además de estar expoliando el país con paso obediente y marcial, se les haya ocurrido publicitar tamaña imbecilidad, porque en la actualidad absolutamente nadie por estos lares sabe de una marca España, qué puede significar o qué intenta vender, a no ser que sea miseria y tercermundismo.

La marca España hoy vende un país desencantado, que ya es algo, del que se ha vuelto a apoderar el mismo conservadurismo tradicionalista y reaccionario que ha venido manteniendo a la población en la más absoluta ignorancia a lo largo de la historia, y unos ciudadanos desnortados sin presente ni futuro -la más rancia religión católica está recogiendo sus buenos frutos de tal desorientación-; un futuro en el que la educación, que en cualquier otro lugar sería la piedra sobre la que construir, se halla en franco retroceso -desmontada paso a paso y sin piedad-, siendo sustituida por procesiones, rezos, sermones, fiestas y una cultura a la que gustan llamar popular y que no deja de ser más toros, fútbol y lotería. No hace falta ir más allá, la educación que se ofrece a los propios hijos es un buen ejemplo del pelaje de los tipos que se dedican a vender la marca España. Mientras que hace unos días en Italia el gobierno pedía perdón a sus jóvenes por obligarles a salir al extranjero en busca de trabajo, por estas tierras el gobierno los anima y se lo agradece, ya que van a Europa (?) -cuando aquí siempre se ha desconfiado de Europa, sonaba a Ilustración, ciencia y progreso, aunque ahora está bien porque suena a subvenciones-; menos habitantes, menos gastos en educación y menos trabajos que crear, es fácil.

Fe, resignación, sumisión, obediencia ciega, caridad, milagros, sensación de temor e inseguridad, desconfianza por falta de confianza en sí mismo, zafiedad y orgullo patrio puesto en otros a cambio de educación, dedicación, respeto, autoestima, solidaridad, colaboración, justicia, ciencia y voluntad, cualidades estas últimas que cualquier individuo que descollara artística o intelectualmente por estos pagos tenía que llevarse consigo cuando era expulsado por criticar lo que se estaba haciendo con sus conciudadanos y exigir lo mejor para ellos, como está sucediendo ahora. Normal, si tenemos en cuenta que la marca España siempre se ha nutrido de la podredumbre cocinada en el Concilio de Trento.

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Searching…

Searching for Sugar Man no es una película, quizás un documental, una impresión, un rato en el cine, un emotivo estado de ánimo, una tarde de primavera, la confirmación de que no siempre uno tiene razón, sin desconsuelo ni tristeza, ni presente, esperanza, futuro o convencimiento por lo que pudo ser y sencillamente no fue y no hay culpable por o al que señalar, ni víctima propiciatoria, ni instante final, ni sueño hacia la gloria ni vuelta a empezar, tan solo un sucederse de los días en infinito reinicio y permanente autogestión mientras haya voluntad y fuerza para mantener abiertos los ojos al mundo, serenos ante las puertas abiertas de otra mañana más invitándonos a otro primer paso que no es otro nuevo proyecto, sino el inmediato y necesario sostén que nos mantendrá en equilibrio para seguir adelante sin caer mientras sobre la marcha vamos sopesando las distancias o aquí al lado, lo más próximo, sin evidencias ni seguridades porque no importan. Importa disponer del vigor necesario para continuar sin exigencias ni débitos, de sorpresa en sorpresa, de menos y más cuando nada hay previsto, tan sólo lo que el propio camino nos va interponiendo sin que nunca sepamos cómo tomarlo adecuadamente, simplemente lo tomamos, a regañadientes o dando o no las gracias por ser nosotros los beneficiados, o los castigados; no existía ni existe un plan determinado y son quienes viven de ellos y de sus certezas ficticias a quienes el gesto se les suele congelar en una mueca que se ven obligados a mostrar sin descanso porque no saben qué hacer cuando la sensación de sentirse desnudos sin ella les impide moverse o respirar.

Hasta los créditos finales uno ha disfrutado atrapado por lo que la pantalla le ha ido brindando sin exigir nada a cambio, sorprendido y emocionado, sin intención ni tiempo para formular preguntas y sin que ello preocupe porque entiende que las respuestas no son necesarias, más preguntas y respuestas prescindibles conformando vidas y más vidas necesitadas de sucedáneos que no son vivir, sino desfilar calculando qué obtener a cambio, cuando la muerte es la única moneda que puede recompensar el breve e incierto tránsito por este mundo.

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Pero esto no es el Oeste

En los tiempos de la ocupación de Norteamérica por parte de europeos emigrados, tiempos de indios y cowboys, la mayor parte de aquellos esforzados portaba un revólver, una pistola, una escopeta o una carabina, el caso era protegerse por si venían mal dadas, lo que no dejaba de ser una forma de relacionarse con los demás cuando las cosas se salían de madre y lo normal dejaba de ser normal -con resultados desgraciadamente mortales-, también es verdad que no hacía falta que cualquiera intentara reventar la fiesta o tuviera ganas de gresca o venganza, los había con muy mal carácter que a las primeras de cambio echaban mano de los hierros y a morir por Dios y el temperamento; no había para muchas explicaciones, ya que eran bastante parcos en palabras y aceptaban, de buen o mal grado, que las armas ejercieran de únicos jueces y que el más rápido, que no siempre era el más gallito, impartiera justicia. Pero cuando no había reyertas por medio, ni ganas ni interés por pelearse la gente mataba el tiempo contando nubes o se sentaba a hablar de buen grado sirviéndose de un vocabulario más bien parco, eran tiempos en los que primaba lo básico y las luces no contaban con buenas instalaciones; o se dedicaba a beber -y emborracharse-, a jugar, a enamorarse o a rellenar los días comunes discutiendo, cantando o riendo, amén de otras actividades que ahora no vienen a cuento. Cada cual intentaba socializarse como podía intercambiando modos, pareceres y opiniones con cualquiera en cualquier cantina o saloon.

Es cierto que los tiempos han cambiado y afortunadamente nos hemos vuelto algo más civilizados -siempre es bueno contar con la esperanza-, y ahora en lugar de llevar armas permanentemente nos ajustamos teléfonos móviles, somos mucho más rápidos a la hora de desenfundar y hemos ampliado sustancialmente el número de objetivos, siendo así que hoy no hay, no enemigo que se sienta a salvo, sino amigo que pueda dormir tranquilo sin que en la casa de al lado o en el culo del mundo un conocido que no tiene a nadie que le quiera o le aguante amenace matar tus sueños contándote cuánto se está aburriendo. El pistolero era uno más, es cierto que más hábil que el resto en el manejo de las armas, pero cuando no estaba matando se dedicaba a convivir con el resto, con lo que el orbe suspiraba aliviado a salvo de su difícil carácter y mejor puntería. Actualmente el “movilero” no deja descansar ni a amigos ni a enemigos -bueno, es cierto que de momento estos últimos no son el objetivo prioritario-, los asedia e incordia constantemente para evitar suicidarse con sus bostezos, da igual que esté en una cola, en el cine, comiendo, en el teatro, en el médico, cagando o follando, nadie puede respirar seguro, tampoco él mismo, una vez que sus amigos también disponen de su número de teléfono y así devolverle las afrentas. Hoy ya no son necesarios salones donde conversar, beber mientras se charla o echar unas cartas, sino que proliferan los locales hueveras -un hueco insonorizado, un huevo cerrado- en los que “matones móviles” limpian, agilizan, actualizan y se adiestran en el uso de sus exclusivas y personales armas practicando contra el vacío el disparo de gritos y banalidades, consumiéndose atrapados en una espiral de intereses de usar y tirar que causa pavor abandonar y en la que no existen las obligaciones, solo soledad y un terror visceral a lo desconocido, a que la fuente de las novedades deje de manar y haya que enfrentarse a la parada del diablo, sin puntos suspensivos o con final desconocido.

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Juegos 2

Volvían a verse después de ninguno sabía cuántos años, aunque tampoco eran tantos ¿o sí? debido a una contingencia que a nadie agradaba pero que las costumbres, los buenos recuerdos, un cierto compromiso y los restos durmientes de la amistad que entonces fue obligan a cumplir ni en contra ni a favor de la propia voluntad; y a pesar de todo asistían con gusto y también curiosidad, además de algún intento por recuperar el tiempo perdido o cerrar definitivamente aquella deuda que luego y sin venir a cuento pasó a instalarse en la columna de pendientes. Entre aquellas paredes tan feas y tristes, aquel despliegue de marrones sucios y ya sin brillo de los que el tiempo no había tenido piedad e interrumpidos por un mobiliario sacado de una película de terror andaban de un lado a otro buscándose y evitándose entre encontradizos y sorprendidos, o francamente contentos, dejándose enredar por las novedades -que en algún caso eran muchas- cuando eran capaces de admitirlas sin menoscabo del vuelto a ver, en ocasiones y a la vista del aspecto del otro con ganas y cierta vergüenza por preguntar, por aquello de dejar pasar el tiempo mientras se observa a la pieza, y con algún interés, en muchos sincero, en otros un salir del paso, recelosos o no teniéndolas todas consigo a la hora de ser ellos los preguntados, por si acaso, aunque para otros la pregunta por venir fuera la ilusión más deseada, preguntas y más preguntas para decirles a los que se lo merecían que ella o él o sí había triunfado, las cosas le iban estupendamente y el dinero se le caía de los bolsillos. Pequeñas y mezquinas venganzas asumidas y fijadas por un resentimiento anónimo o sin objeto para los demás que el presente desconoce pero al que obligan a doblegarse llegando a convertirse en el leitmotiv de toda una vida. Y como las paredes no se movían y los minutos para buscarse se prolongaban en exceso al fin se formaba un pequeño grupo que en última instancia animaba a los más perezosos a aproximarse entre un risueño barullo de reconocimientos, saludos, preguntas y respuestas… ¿Qué tal estas? ¿Tú eras…? ¡Cómo has cambiado! ¡Qué bien se te ve! Charlaban e intercambiaban más recuerdos que realidades, en algunos casos con la previsora moderación a la que obliga la prudencia, intentando no herir a quién no le ha sonreído la fortuna o la vida ha tratado con menos consideración, por no mencionar a quien sencillamente se lo ha merecido o ganado a pulso, siendo preferible dejar algunas cosas para el postre, o saltárselas, o postergarlas para cuando el grupo se disgregue y cada cual acaba con quien mejor migas hacía o ahora hace. Hasta entonces ¿qué tal te van las cosas?

El buen ambiente y la renacida confianza gobernaban el grupo y de pronto alguien se desmarcaba dejando caer si entre los presentes alguno recordaba lo de la ardilla… en el parque… sí mujer… ¿Quién fue el que le dio con el palo y la dejó medio muerta junto a un árbol? ¿Cuánto hacía? ¿Treinta años…? Y sin tardanza aparecían los ¡Ah! ¡Sí! Ya me acuerdo… fue en el cumpleaños de… de eso no estaba tan seguro. Qué salvajes éramos. Risas. Niños, tampoco te pases… y ella era -la que reposaba de cuerpo presente en la habitación de al lado-… la reina; siempre era la reina, le gustaba organizar y repartir los papeles, adjudicar a cada cual el sitio que según ella le correspondía… Es que fue siempre así… Por eso ha pasado lo que ha pasado… Se hizo un silencio en el que la mayoría de ellos se perdió. ¿Qué había pasado? ¿Qué no sabían? María yacía muerta a pocos metros de dónde estaban reunidos y por lo visto desconocían cómo había sucedido, parecía que la versión oficial no era la que casi todos creían.

Ahora se miraban con expectación aguardando a que la camarera mayor de entonces dijera lo que hoy ella supuestamente sabía y ellos no… ¿Qué quieres decir? preguntó cualquiera. Desde que murió su marido no había levantado cabeza; nos llamábamos de vez en cuando, y aunque intuía que no me lo contaba todo, estaba en su derecho, yo me enteraba del resto en las pocas ocasiones en las que aparecía por el barrio, y fui dándome cuenta de que era lo más importante. ¿Sabíais que su marido también murió en un accidente de tráfico? Nadie dijo una palabra. Después de aquello creyó que podría con todo pero era imposible, el trabajo, sus hijas, sus padres, no sé si está bien que lo diga pero a veces pienso que el coche y el paso de cebra fue lo mejor que pudo haberle pasado, si, ya se, es un disparate lo que estoy diciendo, pero es que era incapaz de darse cuenta de lo vacía que se estaba quedando, tanto esfuerzo por llegar y estar en todos sitios y luego se te cruza un gilipollas con un móvil que no respeta un paso de cebra y te manda a tomar por culo… No sé por qué a las mujeres nos gusta creer que podemos hacernos cargo de todo, por qué hemos de arrastrar ese plus de responsabilidad que luego poco a poco nos va matando… ¿Y si le gustaba? Tampoco te pases… No era tonta. Te equivocas, sí que somos tontas, se nos va la fuerza por la boca y la vida en los demás. Tanta comprensión… Eso no es cierto… todas no somos así. Demuéstramelo… Los tíos sí que lo hacéis bien, vais a lo vuestro… tenéis algo que hacer o simplemente nunca estáis… Tampoco vale; yo… Pues serás tú el único… Al final se nos ablanda el corazón y regresamos o huimos despavoridas y con una culpa de campeonato… Siempre la misma historia, empezamos muy fuertes y luego acabamos destrozadas, desencantadas y agotadas, y sólo unas pocas disponen del tiempo suficiente para recuperarse y darse algún gusto, si antes no viene algún tarado con carnet de conducir y te manda a la mierda… me repito; un accidente, igual que le pasó a la pobre ardilla, qué curioso… que venga alguien y solucione este inconveniente, tenemos prisa…

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Juegos

Al calor del griterío colectivo en el que la mayoría de adultos y niños del país se educaron y seguían educándose los chiquillos mataban a diestro y siniestro correteando de un lado a otro del descuidado césped, moviéndose incluso al margen del caprichoso y resignado azar; los objetivos de su infantil ardor eran tanto reales como imaginarios, un extraterrestre fuera de juego o una hormiga, un árbol, una mosca o el vecino de turno que pasaba por allí en su encontradizo e descomedido zascandilear. Se esgrimían palos grandes y pequeños, todos igual de amenazadores, se cruzaban desafíos y golpes sin ton ni son, de momento sin heridos, se maltrataban las ramas y hojas más bajas de los árboles que salían al paso y se regresaba, siempre al trote, al lugar de partida para seguir repartiendo más leña. Mientras tanto las niñas, reunidas aparte, adornaban una piedra con hierbas y hojas que les traían los menos valerosos de ellos, o los más prudentes, o esos otros que prefieren el plácido, razonable y seguro pragmatismo de ellas, tal vez pensando en el futuro, o en su vejez, quién sabe, con la intención de confeccionar un trono real que la más avispada de todas ya se había apropiado, por su cuenta y riesgo y con el sumiso beneplácito de las demás que, conformadas por los siempre pertinentes caprichos del destino, se veían, con igual entusiasmo y sin menoscabo de la importancia de su merecido papel secundario, obligadas a competir entre ellas por un puesto importante en la corte: la segunda de la reina, su camarera principal, la favorita, la que le ayudaba con los vestidos, la que la peinaba… todo aderezado con más gritos y una escandalosa profusión de tacos, además de atropelladas e inconscientes adhesiones que en absoluto alteraban el, de momento, buen funcionamiento de la futura corte.

Los niños, ajenos a cualquier intento de ordenamiento, fijación, función o proyecto de partida o porvenir seguían galopando sin dejar de aporrear cualquier cosa que se dejara o se cruzara en su desnortado deambular. De pronto, a una orden o grito más alto que el resto por parte de la reina, ya en posesión de su emperifollado trono y rodeada de su corte de tímidas, pusilánimes y aduladoras, los críos se detenían momentáneamente, y sin abandonar su repertorio de gritos, berridos y cariñosos insultos se citaban para reunirse en torno a la sede de la supuesta corte, resolución que todos accedían a cumplir sin rechistar movidos por una especie de gregarismo innato que les hacía reaccionar obedientes ante los tonos más altos y perentorios. Uno o dos, reacios a la llamada de las jerarquías, se perdían maquinando un escondite o un refugio secreto por si en el futuro tenían que esconderse o planear pendencias o traiciones, o por no hacer lo que los demás. Una vez conseguido lo más parecido al silencio y tras muchos más gruñidos, insultos ceremoniales, ajustes de cuentas y tú más, la reina dictaba los mandatos generales que a partir de aquel momento debían regir el caos ecuestre de los chavales, daba a conocer sus reales intereses y la obligación de seguirlos para ser aceptados en el juego y la corte, y consiguientemente premiados; siempre y cuando ellos, a su vez, se comprometieran a cuidar y respetar su trono el botín obtenido tendría validez y el recreo podría funcionar.

Una vez finalizadas las recomendaciones la reina y su corte regresaban a las coronas, los vestidos y el ornato, y la futura descendencia, al tiempo que el resto de la tropa, al amparo de más aullidos y exclamaciones, se desperdigaba por el parque reincidiendo en su obsesión por arrasar todo lo que hallaran a su paso a la búsqueda de algún triunfo, probablemente una piedra, un objeto simplemente diferente o, si eran capaces, consiguiendo flores para adornar el trono, lo que los más valientes no aceptaban porque no iba con ellos, eran… otras cosas. Ante el desbarajuste propiciado por tal marabunta humana una ardilla distraída fue cazada al azar por un palitroque lanzado aún más al azar, con tan funestas consecuencias que el pobre animal quedó rígido en el suelo junto al tronco de un pino; inmediatamente fue rodeado a los sones de ¡le he dado! ¡no se mueve! y  ¡está muerta! apelotonando sobre sí un ejército de ojos asombrados y perplejos. La reina y su corte, alertada por los gritos y avisos de voceros  y comidillas, se presentaba ipso facto ante la víctima también sin mucho convencimiento de lo que hacer al respecto, bueno, su sentido práctico se ponía rápidamente en funcionamiento y ordenaba a la tropa, después de haber tanteado ligeramente el cuerpo del animal con el pie, por si se movía, el enterramiento sin tardanza del bicho porque eso era lo que se hacía con los muertos en la guerra. Las pocas voces apenadas o lastimeras para con el roedor eran prontamente acalladas o engullidas de forma desafiante por el grupo con la consiguiente vergüenza por parte de sus emisarios, no convenían al transcurso general de los acontecimientos. Ahora, pies y más pies se encargaban de tocar al animal evitando cualquier contacto innecesario por si todavía podía morder, y los más responsables o chivatos venían con adultos y menos para que certificaran no sé si la habilidad de sus juegos o la terrible realidad de sus limitaciones.

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Quien sabe que no sabe

Llegado hasta allí por el lugar que cada cual ocupa en este mundo de convivencias, por casualidad o por propia voluntad, se hallaba ante aquel monstruo probablemente concebido por un frustrado que, si aún seguía vivo, se odiaba a sí mismo, un tipo que, habilitado por sus estudios para practicar una actividad supuestamente beneficiosa para sus semejantes, había decidido en algún desafortunado momento, quién sabe si seducido por qué miserable parca, proyectar esa desmesurada y descosida mole que tenía enfrente, un desmán roto y deslucido, jactanciosamente gigantesco, un derroche ideado para insultar a las personas convirtiéndolas en hormigas y que otro tipo igual de estrafalario y cuadriculado decidió en una mala noche dedicar a usos hospitalarios, sí, ese era el hospital, un enorme equívoco que cuando por fin te dejaba pasar persistía en su avasallamiento abandonándote en un desangelado y hueco vestíbulo ataviado con unas puertas metálicas diseminadas al azar que parecían dar acceso a peligrosos laboratorios donde trabajaran científicos descerebrados planeando el fin del mundo, escuetamente informado por una cartelería forjada para cíclopes y vacilante ante unos desmedidos y fríos pasillos ideados para alguna especie de vehículo industrial o espacial de alguna sociedad futura, que no personas, en los que los visitantes corrían el peligro de extraviarse aislados en su absurda anchura.

Caminaba con los demás, el último, dirigidos por el más espabilado o el que más tiempo había gastado recorriendo las entrañas de aquel exabrupto arquitectónico, deambulando por escaleras y ascensores que emitían consignas metálicas, que jamás podrán confundirse con la voz de una persona, hasta que dieron, como no suele ser habitual, con una puerta de cámara frigorífica que les permitió el acceso a lo que era una habitación improvisada para derrotar, que no curar. Todavía confundido o extrañado no supo reaccionar a tiempo y se halló a sí mismo excluido en el interior de aquel habitáculo, ajeno a un espontáneo rumor de pétalos cerrándose alrededor de la enferma, preciado tesoro envuelto por un afectuoso aroma cargado de atropellados murmullos que cariñosamente cercaban a la que en ese momento dejaba de ser víctima, como todos somos o seremos algún día, prisioneros de los rigores materiales que concita la existencia misma. Sobresalía un dulce ronroneo de besos, preguntas y revoltoso cariño, recuerdos de ayer, hace tiempo o un rato junto a sinceras caricias, comentarios ingenuos o infantiles, o del tiempo, pérdidas siempre discutibles, malas direcciones, opiniones acerca del edificio -su no sé qué o fealdad-, más sonrisas, alguna poco ensayada ternura y menciones a otros más o menos lejanos que no pudieron o no quisieron acudir, todo a la vez insuflando aliento, afecto y calor al interior oculto de la flor; sin embargo, aquella especie de inesperada gestación le brindaba el tiempo necesario para echar una ojeada completa a una habitación en la que, no cabía ninguna duda, se corría el riesgo de perder la esperanza y hacerse mortal. Y llegó el momento en el que cada pétalo, o todos al mismo tiempo, comenzó a padecer las consecuencias del generoso entusiasmo de su profuso y desordenado afecto en forma de un particular aumento de grados, lo que provocó que, caprichosamente uno tras otro, fueran abriéndose descubriendo a la luz una pequeña flor en la débil frescura de toda su humana humildad, un preciado tesoro sometido a un feo, envejecido y enano sillón desechado de otras alcurnias, un delicado botón al que la intrascendente fealdad del mueble no impedía brillar con fuerza propia; allí, sentada en el centro de la habitación, la paciente -porque debía esperar- se esforzaba persiguiendo a sus inquietos ojos saltando de un lado a otro brillantes y traviesos, incapaces de permanecer quietos, agradeciendo cada sonrisa o censurando divertida alguna que otra sentencia inconveniente, admitiendo benevolentes sermones y repartiendo dulces reprimendas, dejándose acunar entre gestos amigos y cordiales o comentarios deliciosamente frívolos; olvidando resignaciones antes vacilantes que ahora perdían consistencia gracias a una fuerza obtenida de donde nunca parece haber, fortalecida por una pizca más de ilusión y mucha gratitud que no siempre es obligatorio devolver porque nos sobra, mecido todo por un tiempo que voluntariamente optaba por demorarse entre aquel jovial jaleo de cuchicheos y voces intentándose abrirse paso casi a gritos, inconscientemente irrespetuosas con el lugar, que obligaban al aire a correr ligero entre las palabras refrescando risas y miradas yendo y viniendo entre ellos con ella. Una curiosa situación que inevitablemente no dejaba de fomentar más y más cortesías, sonrisas renovadas y también más reconvenciones -el genio, dicen-, sabios consejos de andar por casa de quienes nunca aprenden -todos-, además de otras muestras de atención disfrazadas de preocupación y seguidas de una tropa de buenos deseos entre los que se colaban mentirijillas que no pretendían ser piadosas o ese guiño sin un significado preciso cazado al azar, tal vez el bondadoso desafío de alguna flor rival, una queja evaporada con tumultuosa rapidez o el propio trabajo de la desconcertante memoria. Vinieron los recuerdos hacia las inevitables ausencias, lo que facilitó al camino a alguna lágrima asomando a traición, felizmente vencida por un vuelta a empezar intentando retomar lo anterior pero que nadie recordaba qué fue, lo que fuese, o proseguir con otro propósito hecho proyecto en el que de pronto florece un mañana, el miércoles, surge una advertencia que no pretende ser crítica ni benévola, planea un vaso de agua y salta un ¡cómo llueve! distraído y frugal que acaba coloreando las paredes.

La tarde y el tiempo fueron pasando y como de costumbre venciendo, madurando la dulzura, sometiendo voluntades y sosegando los deseos, facilitando el reposo de la alegría y dejando que la ternura se fuese diluyendo plácidamente entre giros de cabeza, vistazos a las paredes, ojeadas a través de la ventana o encontronazos con el suelo para evitar hablar con los ojos; las manos se cruzaban ahora sin saber, desaprovechadas, el techo era mil veces repasado y la debilidad de cada una de aquellas almas pugnaba por salir para ser inmediatamente reprobada obligándose a rebuscar en sí mismas un grano más de cariño, temblonas, recelando de una siguiente vez en la que intentarían no perderse, por si aquellas paredes tan feas fueran insuficientes para hacer de salvadoras. Las risas también se fueron aturdiendo dando paso a forzadas tentativas por hacer lo que se hace cuando hacer no cuesta esfuerzo, cuando saludamos o no saludamos, según nos venga, porque el segundo siguiente, sin todavía ser, nos deja caprichosamente mudos o justificando nuestro encogimiento hacia un saludo que no es más que eso, mejores deseos. Y como el mañana se aleja porque aún están en hoy la luz comienza a volverse más mortecina y con ella la esperanza, la oscuridad va afianzándose poco a poco seduciendo con indolencia miradas y corazones y el primer chirrido sucede, apenas percibido cuando inmediata y rápidamente alguien intenta taparlo sentenciando con una tontería que no es necesario que nadie crea, hasta que llega el siguiente, o un mohín, los parpados comienzan a pesar y alguien tiene que decir que el tiempo no va a cambiar, sigue lloviendo y los ojos escuecen; por el semblante de la enferma vuelan algunas sombras, el suelo se hace más reconocible, casi familiar, ahora las miradas no se atreven a cruzarse y lo que un poco antes era brillo y alegría entre los presentes adquiere esa textura trabada y espesa tan humana, delatora de tanto que no se es capaz de expresar, ¡cuánto te quiero! ¡qué puedo hacer para que me creas! ¡por qué no puedo llevarte conmigo! Preguntas tan hermosas y valiosas como en aquellos momentos temidas, crudas o crueles, que no duele decir cuando no son completamente ciertas pero que apuñalan el alma cuando uno no se atreve a articular porque presiente que se quedarán pequeñas, sospecha de su afilada brevedad porque está empezando a faltarse a sí mismo, desconfiado, desconfiando, como le sucede entonces a él que, sin mediar excusa, sale de la habitación sin saber, incapaz de respirar aire fresco en el interior de aquel monstruo tan frío y feo, y sin pensar cómo o por qué se lanza escaleras abajo sin volver la vista atrás, ahogado en su infinita inexperiencia, torpeza compartida que también violenta a los que quedaron arriba porque nunca se sabe del todo o solo se sabe de oídas, hasta que el agua de la calle le golpea el rostro, un agua ajena e incansable que le devuelve a la terca realidad del ¿por qué? al trasiego de la gente que va y  viene con o sin paraguas, con o sin flores, ignorando si saliendo o huyendo de aquella mole llamada hospital que, en su horrenda constitución, es capaz de abrigar a su pesar flores tan delicadas como las que con tanto cariño se esfuerzan en mimar tantas y tantas personas que, en su perenne debilidad, siguen sin saber y no obstante logran amasar una dureza inmensa que jamás podrán derrotar las horrendas construcciones improvisadas por los hombres más malvados.

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