(USA) y 7. El hombre de Coney Island (y 2)

Uno de los principios fundamentales de esta “tierra de triunfadores” viene a decir, más o menos, que es el propio individuo quien con su libertad elige su futuro, aunque sea para caer destrozado al otro lado, o situarse al margen, tan al margen que puede acabar por no contar -se omiten las causas-, como el hombre del carrito, y aún así seguir afirmando que sin él la libertad de este país no existiría; no es el mejor ejemplo, pero aquí, como en la mayoría de los lugares, la gente prefiere sujetarse a reglas impuestas a las que nunca reconocerían como injustas, no se sabe o no se quiere saber. Y cómo no, cualquier cuestión, incluso la menos espinosa, se solventa con el esfuerzo, en un ganarse la vida a pulso en el que no hay tregua, llegando la lucha hasta el último rincón, el de los olvidados, con el convencimiento añadido de que también este destierro será merecido; en el peor de los casos no hay más que mirar al fracaso de otros para sentirse dueño y orgulloso del propio. Desgraciadamente ya no queda Oeste donde asentar la propia libertad, el Oeste está completo, hasta el Pacífico, y cuando uno llega a la orilla y gira la cabeza vuelve a cerciorarse de que detrás no hay espacio libre, ¿entonces? Volverlo a intentar una y otra vez, en esto el país es tan generoso como cruel, más por tradición que por convicción; y en última instancia queda el Estado -el peor enemigo- y sus subsidios y beneficios sociales, el territorio de los inútiles y fracasados, la ignominia más espantosa para quien no ha sido capaz de usar y conservar su libertad compitiendo con los demás “de igual a igual”, o lo que es lo mismo, un sálvese quien pueda en el que las condiciones de salida -en eso consiste el truco- no son las mismas para todos; nuestro homeless, curiosamente, ya está salvado. En realidad todo aquí se plantea como una apuesta, un titánica carrera en la que los que están arriba -abstenerse de preguntar cómo y por qué- se jactan de que su éxito y riqueza es algo natural nada excepcional, ellos han trabajado duro y lo han conseguido, se lo merecen, en cambio, todo aquel que espera, que cae para no volver a levantarse o pide ayuda está gritando a los cuatro vientos que no es capaz de labrarse su propio futuro, su presente es su destino, una vergüenza y humillación también naturales, esa persona ha venido a este mundo a ocupar su lugar, otro lugar, como hay vagos, maleantes, parásitos… ¿qué es el sentimiento de inferioridad sino un invento que gobernará la vida de los que son incapaces de luchar y orientar, siempre según otros, la senda de sus propios pasos? Sin embargo ¿quién es más dueño de su vida, nuestro homeless o el tipo del carrito/familia adosados, la persona que trabaja limpiando las escaleras de un rascacielos en Downtown o la que hace cola en Grimaldi un sábado por la tarde para comer una vulgar pizza, quien se hunde en los túneles del metro con una lámpara y un casco a las doce de la noche o quien permanece aburrido y limpio como el coche al que está asignado, tirados en la calle, esperando horas y horas a que su dueño se canse de especular o divertirse, o el que sentado en Dumbo contempla Manhattan como si fuera una postal sin saber si la compró o se la vendieron?

Menos mal que todavía hay opciones para congratularse porque aún es posible hacer un uso diferente de la libertad, se trataría de consumir tu libertad según tus propias condiciones, sin necesidad de extraditarse de una sociedad en la que el consumo ha llegado a convertirse en un fenómeno imparable que se multiplica a sí mismo en función de su eficiencia, da igual que hablemos de mantequilla, trabajo, ocio, esperanza, libertad o personas, nada ni nadie puede escapar; cada cual jugaría con sus propias reglas ejercitando un derecho que limitarían pero no impedirían los demás, tal y como en cierto modo sucede en el pintoresco y singular Coney Island; intentarse, no hay nada que perder, porque al fin y al cabo e independientemente del éxito o fracaso uno empieza haciendo y hace lo que en el fondo quiere ¿soy capaz? Siempre será mejor que mirar hacia otro lado o a los que están peor mientras nos lamemos nuestras propias heridas consolándonos pensando que no son tan graves como las de los vecinos, o las de ese, porque ese no es de los míos, es un homeless, yo estoy por encima de él, sus estrecheces son mayores, porque mi bocado -mi migaja- es más sabroso, pero en definitiva todos malviviendo agarrados a un miedo común que inconscientemente nos exige mantenernos juntos en y frente al fracaso, cuantos más mejor, un falso alivio que no impide que con la otra mano sostengamos una navaja amenazando nuestro gaznate, resultado de una competencia suicida ensombrecida por un temor general a la temible espada de la miseria. Tal sería la pobreza del hombre del carrito, la conclusión final, pero ¿es realmente él el pobre?

El hombre del carrito sigue alejándose y probablemente en su enferma cabeza bulla una limitada certeza, es feliz, aunque cueste creerlo, hoy también verá ponerse el sol, o no, buscará un lugar en el que cobijarse y tutear a la noche -siempre se encuentra algo que comer-, ya llegará el invierno y con él otras preocupaciones, pero hoy la brisa del mar le regala lo que a cualquier otro de los que estamos aquí, o en cualquier otro lugar, la verdad de sentirse vivo, dueño de sí mismo, porque nadie sabe qué amanecerá mañana.

Coney Island es un lugar donde cabemos todos porque es un fiel muestrario de nuestra permanente y particular locura, desde el espectador que escribe esto hasta un hipotético lector, o esos dos chavales que de espaldas a la tarde buscan un caché que probablemente no hallarán; sin que ninguno tenga más importancia que el resto, dedicados a vivir y disfrutar no como si fuera el último día de nuestras vidas, esa frustrante e inútil pugna con la muerte, sino como un día más en el que no hay que comerse obligatoriamente el mundo, ni hacer cosas extraordinarias o definitivas, ni salvar a la más guapa del guión, ni ganar un millón de dólares robados, tan sólo abrir los ojos y sentir que sigues aquí, uno más, no el mejor pero tampoco el peor, aunque algunos estén empeñados en hacérnoslo creer a cada instante; todavía hay sol y el mar sigue igual de resplandeciente, los músculos se relajan, se estiran las piernas, cierras los ojos y la vida se posa amorosamente en tus labios, no sabes si respiras pero sí que estás vivo…

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(USA) y 7. El hombre de Coney Island (1)

A lo largo del paseo marítimo el sol y la gente comenzaban a marcharse, como la tarde, también el verano, nada extraño en Septiembre, todavía apetecía un baño o había sed para otra cerveza, o para darse una vuelta por nueve dólares en la montaña rusa, ese invento de aspecto antediluviano que parece a punto de desarmarse. Muy lejos de tendencias y glamour, o del mismo Lincoln Center, esta parte de la ciudad es otra ciudad, el mismo mundo pero con otros rostros, otros planes, otros ritmos, otros horizontes. Desde el tren elevado, de camino hacia aquí, la ciudad nunca desfallece, ni se diluye o disgrega, todo lo contrario, se va comprimiendo y abigarrando en una ininterrumpida sucesión de calles, callejones, patios de atrás, terrenos y lugares fronterizos, no existe la tierra de nadie entre tanto edificio -no muy altos- o construcción levantada de cualquier modo; carreteras y autopistas, vehículos, infinidad de vehículos, tanto circulando como aparcados o acorralados en cualquier superficie catalogada como útil a la hora de encastrar un volumen sobre cuatro ruedas, de tal modo que uno siempre se pregunta cómo lo han hecho, cómo lo han encajado entre aquellas cuatro paredes, o cómo se ordenan los autobuses escolares puerta con puerta en una especie de descampado enmarcado por muros de ladrillo sin enlucir, o los camiones de reparto, para que sea casi imposible distinguir el suelo entre ellos; también se ven pequeños jardines o parques asediados, campos de entrenamiento, algún cementerio -enorme- y muchos techos y cubiertas planas de edificios -que no tejados- bastante envejecidas, la gran mayoría pobladas de aparatos de aire acondicionado camuflados bajo las pintadas, -entonces te imaginas una competencia brutal entre individuos o bandas rivales dedicados a pintar techumbres o cualquier objeto que sobresalga por encima de su superficie, probablemente para deleitar la vista del distraído que viaja en el tren. Y tras la enorme estación llena de hierro la playa y el mar, un pequeño paseo hasta acercarse a la arena y adivinar si el agua está fría.

Te has sentado y comienzas a mirar alrededor, lo ves sin fijarte, luego te fijas, frente a ti, en el otro extremo del paseo, pero no sabes qué está haciendo, ni te preocupa, todavía con poco tiempo para que puedas juzgarlo como extraño, pero no, no es extraño, es otro homeless más, este vestido tan solo con lo que parece un pantalón corto o un bañador, tostado por el sol, su cuerpo y al parecer también su mente, moviéndose sin motivo ni orientación alrededor de sus posesiones amontonadas en un carrito de supermercado, una sombrilla, una alfombrilla… calzado con unas enormes botas de básquet que en ningún momento fueron suyas, ahora supongo que sí, risible y enternecedor, completamente solo, abandonado, también de sí mismo y a primera vista feliz; gesticula y habla consigo mismo, conversa o razona, razonamientos y gestos de mentes enfermas -según los expertos en la materia-, círculos cerrados donde hacer y deshacer al gusto. No cesa de trajinar con sus desastradas propiedades, preguntando y contestándose, alzando la vista sin ver ni mirar, volviendo a girar sobre sí mismo, empujando el carrito, vaciándolo y volviéndolo a llenar, retrocediendo, sentándose en el banco o levantándose para dirigirse a nadie, o a alguien que no existe sentado en el banco vacío; luego se pone en marcha, la marcha de su vida y obra al completo, arrastrando todas sus pertenencias, de las que a pesar de todo puede decirse que es el único dueño y protagonista, para ir dónde quiera, si, ya sé que a ningún sitio, pero hay tantos que tampoco pueden ir y se dejan la vida en no poder. Todo lo contrario que la atiborrada familia de hispanos que pasa a su lado empujando sus tesoros tras de otro carrito que porta algo más que un bebé y en el que no cabe un alfiler, bolsos, mochilas y bolsas con comida, toallas,  juguetes de playa, papa, mamá y otros dos niños agarrados a cualquier objeto o saliente del carrito, pequeños y apurados, probablemente en dirección hacia un cuchitril en el que apenas podrán rebullirse, esa es su libertad -prohibidas las sonrisas-. Nuestro homeless tampoco advierte a la pareja que discute a gritos junto a la fuente, hasta que él le quita con violencia una bolsa que ella, tras insistir en su devolución con más timidez que genio, decide abandonar en sus manos para alejarse despotricando imagino que contra todo, también contra el mundo; él, sentado en un banco, la ve alejarse sin abrir la boca, todo es normal en Coney Island.

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(USA) 6. Central Park (o el poder bajo los árboles)

En una tarde cualquiera en un tren cualquiera la muchacha miraba embobada a los tipos con los tambores que, a lo suyo, parecían disfrutar de su pequeño concierto entre el aburrimiento y la resignación del obligado público del vagón de metro; la mirada de la espigada jovencita no podía ocultar la admiración que en ella provocaban aquellos ritmos, o tal vez fuera el aspecto de los músicos, o exclusivamente la música, suficiente para que, obviando al grupo con el que viajaba, se moviera y cabeceara con una sonrisa de oreja a oreja y unos ojos como platos que no perdían detalle. El trío seguía con su ritmo y ella a su paso, por supuesto no tenía dinero para darles cuando tocara pasar la gorra, pero a ella eso no le importaba, lo importante era su propio placer rezumando pureza más allá de las necesidades, conveniencias o escasez de medios, se movía disfrutando de la particular sabiduría de los músicos, el mundo, su mundo, era tan sólo eso, presente y música, sensaciones a flor de piel que nada tenían que ver con las esforzadas vidas del resto de los humanos, ¡qué felicidad! Luego tocaría llegar a casa y trajinar con cuestiones mucho más prosaicas y menos agradables, aquellas que tienen que ver con el vivir de los adultos, tan alejadas del placer y el disfrute, un inconveniente para todo aquel que es joven o se quedó en su juventud obsesionado con intentar no hacerse mayor, por aquello de la integridad y las cosa auténticas, en fin, algo bastante borroso para quien no quiera entenderlo.

¿Es necesario consignar que músicos callejeros y muchacha eran de color? Otra cosa, ¿es el origen o el color de la piel el motivo principal para que tantos se reúnan para bailar, cantar, hacer música, pasear, conversar y disfrutar del domingo en Central Park? ¿Tienen que ver esas reuniones y “celebraciones” con alguna cuestión étnica o social… allí, entre el gentío, los árboles, el sol, el aire libre y la ausencia de horarios, donde uno puede ser feliz olvidando o intentando olvidar… al margen de vidas y azares dejados en suspenso en otro lugar?

Son esas pequeñas cosas las que mantienen muy alto el pulso de una ciudad permanentemente sumergida en un bullicioso, complejo y fluido caos, estimulante tanto para nativos como para extranjeros, millones de vidas abandonadas a un descarnado y continuo esfuerzo y a la vez suspirando por una porción de suelo a la que no todos pueden acceder, esfuerzo en el cada cual se deja la piel sin saber si obtendrá recompensa. Sólo el poder de esas pequeñas cosas puede llevarte de la mano durante la semana y depositarte descansando al final, en un domingo de ocio, música, paseo, baile o conversación -tal y como sucede en todos los parques-… hasta que llegue el resto, que es más, otra semana y su frenético transcurrir, otro horizonte desplumado de alegrías pero plagado de planes y futuros sin futuro; una población pulverizada en millares de gotas insuflando su aliento a un sinfín de trabajos en el que la mayoría se diluye aferrada a los puestos más básicos y fundamentales de la ciudad, tan visibles como cercanos: desde oficiales de aduanas a barrenderos, desde policías a camareros o recepcionistas, desde conductores a operarios de mantenimiento, transportistas, repartidores, dependientes, empleados de empresas de seguridad o de turismo… tantos y tanto que una vez que caes en la cuenta de su número y te habitúas a verlos y sentirlos acabas preguntándote ¿por qué son tantos? ¿Qué sucedería si dieran un paso adelante y se detuvieran, la ciudad se pararía por completo, y entonces…?

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(USA) 5. Noche

Estamos en Dumbo oyendo, viendo, sintiendo y prácticamente respirando con cada centímetro de nuestro cuerpo mientras el agua del East River muere mansa en la orilla, a nuestros pies, pero no parece agua, sino una lámina oscura salpicada de reflejos plateados sojuzgada, en una especie de condena rutinaria y predecible, por la abrumadora carga de una humedad que nos confina, también a nosotros, en contra de nuestra voluntad hasta casi convertirnos en auténticos anfibios, obligándonos a respirar por cada poro de nuestra piel; la insólita y mortecina placidez de la oscura lámina que nos separa de la isla pinta forzosa porque es impuesta sin condiciones, a todo lo que se mueve esta noche por la superficie de esta tierra, con tan solo la vista como único sentido capaz de desasirse y volar intentando alcanzar las estrellas. No tenemos otra opción, charlamos, paseamos o permanecemos quietos enfrentados a la silueta de una ciudad dibujada en negros y sombras perforadas por una infinidad de brillos y resplandores empeñados en una extenuante porfía por gobernar la noche, toda la escena contenida en la densa gelatina de una humedad que es algo más que saturación del aire, no hay gas. Manhattan y los que contemplamos su perfil desde la otra orilla, el río y el aire que nos sofoca formamos una única argamasa, casi puede decirse que a pesar de las distancias estemos definitivamente en contacto, sin “atmósfera” que nos separe; se me ocurre que esta agua no puede ser refrescante, la densidad del aire la ha despojado de sus habituales cualidades, está allí sólo como un espejo mudo e inquietante caprichosamente salpicado por millares de destellos cambiantes, vuelos indescifrables insinuando la negra superficie. Esa pesada sensación de proximidad tan difícil de describir soslaya la cesura que el río impone, si prolongáramos la mano los dedos tocarían los edificios de enfrente y nuestro oído es incapaz de distinguir matices recluido en el interior de un oscuro y sordo murmullo general que hace que aquello sea esto y esto aquello. Y entre la misma contemplación pasa un barco-fiesta o barco-disco, o barco-sala de fiestas en el que pueden distinguirse luces y gente bailando y bebiendo también al alcance de nuestras manos, protagonistas de un entusiasmo compartido que más que diferenciar un nosotros y ellos nos hace sentir que el instante y la noche son los mismos y que la única diferencia es el lugar que ocupamos en la superficie del mismo cuadro.

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(USA) 4. Columbus Park

En un buen día en Columbus Park puedes y no puedes sentarte, por si molestas -a mí me suele suceder eso- o no debes; también puedes preguntarte por qué te vas a sentar precisamente allí, no, no es porque no existan lugares para hacerlo o no sea posible, te lo impidan o te encuentres con problemas, sino porque probablemente no hallarás ningún sitio libre donde depositar tus posaderas, y ello tras reconocer que la primera impresión es la de estar en otro mundo en el que, sin que nadie te diga absolutamente nada, parece más conveniente o mejor observar e intentar pasar desapercibido, cuestión de respeto y porque tu paso por allí será más emocionante si es discreto. Aunque parezca sorprendente Columbus Park debe albergar el mayor porcentaje de ancianos al aire libre por metro cuadrado de toda la isla, imagino que bastante más que en cualquier otro punto de Manhattan; señoras y señores mayores y muy mayores, pequeños, sonrientes o muy enfadados, charlando, descansando, viendo, leyendo, jugando a las cartas  -al mahjong, al ajedrez chino o algunos de esos juegos orientales a primera vista tan difíciles de entender-, discutiendo, cantando, bailando… bajo esa especia de pagoda oriental que forman los árboles en otoño sobre la plaza. Y si tienes suerte verás trabajando en la acera o junto a las rejas que rodean los jardines a algún zapatero o afilador de los que creías extintos, artesanos del siglo XIX, sí, como la última vez que estuviste por aquí.

Después te alejas despacio cotilleando en las tiendas de souvenirs y en los puestos callejeros de frutas, compras un coco para saborear el agua y te decepciona su sabor porque es agua, no coco; cargas con un par de cosas que nunca habrías imaginado comprar o dudas entre un masaje en los pies o en la espalda, no, mejor no, y luego, tal vez mucho más tarde u otro día cuando, sentado en algún parque o terraza, te fijes en la gente que pasa a tu lado caerás en la cuenta de que hace tiempo que no ves un anciano caminando por la calle, que no recuerdas haber visto alguno ni antes ni después de Columbus Park, lo que te obligará a preguntarte ¿por qué no se ven ancianos en Manhattan? ¿esta ciudad no admite gente mayor, tal es su ritmo o exigencias? E intentarás regresar a esa pequeña china a miles de kilómetros de China que, curiosamente, será el único lugar que recuerdes de Nueva York donde pudiste ver ancianos.

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(USA) 3. La mujer de verde

Otra mañana entre la relativa prisa para no perder el tren, casi siempre es el siguiente, y la convincente seguridad de que llegarás, no hay que sacar las cosas de quicio, siempre llegamos a tiempo. Mientras caminamos ocupando de lado a lado las anchas aceras, acariciados por la escasa brisa que se escurre entre las calles, vamos dando un repaso a los pocos planes previstos, son unas pocas manzanas y muchos árboles hasta la boca más cercana, donde enfilamos las escaleras hacia el subsuelo de la ciudad; a los pocos escalones recibimos de lleno el sopapo de la humedad que en estos días nos acosa sin tregua, aquí abajo no hay brisa ni sombra, sólo calor y más verano que dilata nuestra piel, un túnel dentro del túnel, ante lo que el cuerpo reacciona rompiendo de inmediato a sudar; vuelves a quitarte de la cabeza que regresar a la carrera a la ducha no es la solución, sería el cuento de nunca acabar, así que continúas intentando que los sucios, grises y blanco-grises de los pasillos no acorralen aún más tu voluntad, no hay escapatoria, se trata de un trámite hasta la resurrección al otro lado del río, nuevamente a la luz de la mañana. Te sientes encerrado pero todavía no agobiado, en camino, ya es algo, pruebas a distraerte con lo mucho que te gustaría hacer hoy y la escasa preocupación porque no sea, que al final el tiempo no llegue, sabes que no son necesarias las prisas, la ciudad, que se va convirtiendo poco a poco en conocida, no necesita prisas, estaba aquí antes de que tu llegaras y tampoco tiene previsto irse, no hay otro posible emplazamiento. De nuevo el lector de tarjetas, que esta vez funciona a la primera, GO; ahora viene la ligera inquietud por si ese que estás oyendo es el tuyo, tampoco sabes si va o viene, o era de paso, quizás un express, y sin darte cuenta aprietas el paso, miras hacia atrás para meter prisa a los otros y sin apenas advertirlo pasas junto a ella, con el tiempo y la atención suficiente, mínimos, para reparar en que aquel sobrio destello no estaba allí ayer, y sin embargo puedes decir que no es normal; cuando vuelves la cabeza sin tiempo para pararte confirmas que sí, has visto bien y sigue exactamente en el mismo sitio, en la misma posición, tomas una instantánea mental porque intuyes que aquello no se volverá a repetir, tal vez pase mucho tiempo, o nunca. Para cuando desciendes el siguiente tramo de escaleras te mueves casi automáticamente -otro más que se va-, pero no te importa, vuelves a girar la cabeza y desde abajo la reconoces en el mismo lugar, igual de erguida, no, no es eso, no es erguida, está ahí tal como es, ensimismada en su teléfono móvil, esbelta, elegantemente sencilla, desde el último cabello de su enorme y negro moño de trenzas africanas, más negro que el brillante y oscuro color de su piel, hasta las puntas de sus blanquísimos zapatos de tacón alto que, juntos, unidos o pegados, da igual, la soportan como si fuera un cariátide griega apuntalando su propia belleza, perfilada por un vestido de tonos verdes y amarillos, más claros y más oscuros, que colorean la tela de arriba abajo y viceversa; una hermosa y sobria estatua de carne y hueso, aún más alta y delgada, o no, ya lo dudas, absorta en su rutina, que en medio de tantas prisas, sudores y suciedad desenfoca la vista de los viajeros, no los alegra ni los perturba, los hunde más en la penuria del aquel anodino ambiente subterráneo iluminando con su sola presencia toda la parada, una efímera e imborrable imagen que para los afortunados como yo representa un canto a la exclusiva cualidad de lo eterno que sólo algunas personas consiguen transmitir con su sola presencia. Vuelves a la realidad intentando adivinar si estás en el andén correcto, Uptwon o Downtown, y cuando tu tren llega y te dejas caer en la frescura del asiento libre que te ha tocado el tran tran de la marcha va meciéndote mientras buscas en tu cabeza el reposo necesario para volver a repasar y saborear el placer que acabas de tener al alcance de la vista, intentando que no desaparezca ni el color, ni el trenzado, ni el blanco, ni el calor, ni la imagen que, probablemente habrá cobrado realidad y ya estará en movimiento hacia el mismo mundo pero, como siempre ha sido, en otro lugar.

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(USA) 2. Globalización

En esta parte de Europa y del mundo nos hemos habituado a vivir con el cuento de la globalización, me explico, la mayoría de los electrodomésticos y productos que consumimos diariamente son de origen foráneo o dependen, directa o indirectamente, de una gran multinacional europea, norteamericana o asiática, da igual si hablamos del frigorífico o de la mantequilla, del aparato de televisión o del limpiasuelos, se trata de marcas que podemos encontrar en cualquier punto del país y también en cualquier país europeo; la única diferencia entre una zona y otra son las distintas franquicias locales indispensables para engatusar la confianza del consumidor, porque, cómo no, en última instancia todas dependen de la misma corporación internacional.

A partir de esto no sería aventurado pensar que en el país más poderoso de la tierra la famosa globalización fuera mucho más que un hecho, pues no, nada más lejos de la realidad. Si Brooklyn puede considerarse Nueva York y, por lo tanto, Estados Unidos, allí las cosas se mueven de otro modo, o sea, que la moderna y universal globalización no existe. Quizás si exceptuamos las cuestiones hortofrutícolas, donde las multinacionales o, mejor dicho, la gran multinacional norteamericana, monopoliza, gestiona y distribuye a su antojo el gran huerto centroamericano, en el resto del mercado estadounidense, desde los coches hasta cualquier objeto, utensilio, limpiador o alimento de los que pueblan una casa corriente, las marcas internacionales, o lo que por aquí creemos puntales de la inevitable globalización, apenas se ven, o sencillamente no están. El mercado interior norteamericano es un mercado casi completamente cerrado al exterior, da igual si hablamos de aire acondicionado, enseres o provisiones para el hogar.

Es curioso que quien más predica y vende la globalización del comercio internacional sea quien menos la practica en su suelo, protegiendo sus fronteras como si el resto del mundo fuera el enemigo, probablemente haya mucho de eso, un provincianismo autista o despectivo hacia el exterior que explicaría semejante precariedad. En el mercado de la automoción, uno de los que más se deja ver, la penetración de las empresas asiáticas o europeas es menos que mínima, los electrodomésticos visten antiguos o francamente desfasados, con marcas locales de dudosa renovación y una duración que se antoja en constante reparación o simplemente eterna; dependiendo de la zona de la ciudad donde uno haga la compra se encontrará con marcas distintas, la mayoría locales o de la propia comarca, a lo que añadir multitud de puestos callejeros y propietarios particulares con sus propias marcas, siendo así que si cambias el lugar habitual a la hora de llenar la despensa es más que probable que no encuentres la misma mantequilla que tanto te gusta.

Más que estar a favor o en contra de este tipo de actitud, mercado o timo de la globalización, cuestión que merecería un título aparte, llama la atención la propia situación interna estadounidense y lo que ello significa en cuanto a beneficios para la industria, el comercio y el trabajo local, después de lo cual uno se pone inevitablemente a pensar por qué aquí no sucede lo mismo, por qué por estos lares las marcas locales no pueden subsistir y mueren asfixiadas por los grandes monopolios internacionales, totalmente desprotegidas por las propias legislaciones nacionales o locales. ¿De nuevo tropezamos con la política? ¿Hay que volver a hablar, y no bien, de nuestros políticos?

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(USA) 1. El autobús de Charlotte

Entre el cansancio y la ilusión tras haber cruzado el Atlántico llegamos al instante en el que comienzan a rodearte los trámites, y más trámites, las obsesiones de otros y las sospechas; esperas perdidas en aviones, accesos a aduanas con plantones, funcionariales o no, extraños turnos de trabajo y advertencias estrictas, casi amenazantes -todos callados-, nervios en los nuevos, entrega y revisión de pasaportes, comprobación ocular, otra más, preguntas que pretenden ser capciosas, inesperadas o indiscretas, tanto da, comprobaciones informáticas -también lentas-, huellas dactilares -todas-, fotografías in situ, alguna que otra pregunta más a traición y, por fin, nos vamos encontrando al otro lado del puesto; más pasillos hasta llegar a la recogida de equipajes, nueva inspección de aduanas -ésta, aburrida- y otra cinta desde donde, en esta ocasión sí, las maletas viajarán hasta destino. Más arcos y puertas detectoras, bandejas con zapatos, bolsos, cinturones, más zapatos que unir a las prisas por si se pierde el siguiente vuelo, vuelven los nervios pero con menos dudas, hasta que llega el momento de la calma, cuando finalmente desembocamos en una pequeña zona de espera enmoquetada en tonos azules; también toca esperar, pero ahora es distinto, la sensación es de completa tranquilidad. De pronto adviertes que no hay disposiciones ni filas rígidas, ni arcos ni pasaportes, todos aguardamos de cualquier modo ante la puerta de embarque, sin orden, expectantes, calmos y apelotonados, unos pocos blancos entre una multitud de gente de color esperando el autobús, el avión que nos llevara a Nueva York. Las cosas han cambiado sustancialmente porque ahora nosotros somos aquí los extraños -estamos en Charlotte, Carolina del Norte-, entre una pequeña aglomeración de fin de semana; mamás y abuelas con bolsas, carritos y niños, solitarios pegados a su ordenador, gente sin más equipaje que las manos en los bolsillos, músicos con sus instrumentos, de ida o vuelta a la Gran Manzana, que, una vez en el avión, se depositaran en cualquier sitio, siempre dejando libre la zona del habitual pasillo central, aunque una vez en el interior del aparato adviertes que casi se pueden tocar ambas ventanillas con los brazos extendidos. No hay problema… ¿Puedo sentarme aquí, es que vamos juntos…? No hay problema… Mi asiento es aquel… ¿Le importa…? Quiero hablar con… ¿Puedo? No hay problema… ¿Puedo dejar esta trompeta aquí? Poco a poco, con cierta parsimonia, hábito o prudencia nos vamos sentando casi al azar con el beneplácito de las azafatas, que sólo se incomodan y advierten con severidad cuando el pasillo no aparece despejado. El resto del vuelo es un salto refrescado con agua y publicidad de vacaciones en el Caribe o en las Maldivas. Poco que contar, tan sólo sensaciones similares a las que uno siente, si es capaz de advertirlas, en el cuarto de estar de su casa.

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Inevitable

Ignoro su relevancia final, si resultó valioso o crucial a la hora de que los señores a los que iba dirigido se decantaran por una decisión que, imagino, ya estaría tomada antes de semejante representación.

Hace poco escribí acerca de la marca España y lo que significaba por aquí, y como para muestra basta un botón, no tienen nada más que ver, si no lo han visto ya, el discurso del “relaxing cup of café con leche” de hace una semana en Buenos Aires. Además de sonreír, carcajearse sin medida o quedarse mudos de asombro o vergüenza, si saben o conocen algo del idioma inglés, con todo, no es la exposición del mismo lo más importante, tampoco la desfasada apariencia de la señora en cuestión, la grimosa ampulosidad de sus gestos, la espantosa precariedad de sus recursos oratorios, la mecánica paleta en la propia exposición y su pasmosa ignorancia, oculta tras unos buenos brochazos de provinciana arrogancia y altanería caciquil que, una vez más, sólo son torpezas de señorito de cortijo, sino, repito, el enorme gasto y esfuerzo empleados en lanzar al aire una enorme y absurda burbuja de la que no pudo obtenerse absolutamente nada de interés; da la impresión de estar escuchando a alguien que adolece de serios problemas a la hora de comunicarse o que, por otro lado, habla para un público con visibles dificultades de comprensión, dado el desmedido esfuerzo y la estridente gestualidad puestos en juego, completamente alejados de la naturalidad más convincente. Pero, y eso si es importante, es que el discurso no decía nada, era y es una recurrente perorata vacía sin tema, datos, puntos u ofrecimientos concretos a partir de los cuales un presuntamente atento auditorio -que, hay que decirlo, sólo pretende dinero- debía decantarse por una ciudad y un país para organizar la gran fiesta del deporte -también dicen-. Uno supone que, por otra parte, hubo también un discurso de la previsible nación ganadora, sin famosos, deportistas ni toreros pero sí con un sólido apoyo económico y empresarial detrás. Industrial y económicamente Japón no es España, y los tiempos que corren no dan para aventuras. La oferta española, al margen de llevar la comitiva más numerosa e inútil -gratis-, solo disponía y dispone de un único discurso y apoyo empresarial, el que con ardorosa fidelidad todavía puede obtenerse de la gran empresa nacional de siempre: “Cárnicas S.A., más de cien años haciendo chorizos”. Ese es el mismo tipo de gobernante que pretende vender la marca España.

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Elysium

Todavía se trata de acudir al cine con la intención de disfrutar, si no de una buena película, al menos de una producción medianamente decente en la que, ante todo, pueda apreciarse el buen hacer cinematográfico por encima de cualquier otra variante comercial o interesada, es decir, salvo contadas excepciones, hoy día casi una meta imposible. Eso sucede con Elysium -que probablemente pasará por las pantallas con más pena que gloria-, una cinta que teniendo de partida todas las bazas para convertirse en una muy buena película acaba desembocando en otro caro fiasco, o sea… uno más. La pregunta que inmediatamente después de verla se me ocurre es ¿por qué en tantas y tantas películas lo que en principio parece un buen guión, correcta o espléndidamente planteado, con diversas variantes y/o posibles desarrollos hacia los que la película puede deslizarse en su final, acaba frustrándose hasta quedar convertido a la media hora en un intrascendente ejercicio de rutinas y recursos previsibles, reduciéndose el conjunto en su última parte a una manida, predecible, aburrida, falsa y salvaje pelea final entre el/los bueno/s y el/los malo/s ? ¿Todavía depende del director, de sus capacidades o ausencias, de su talento o ninguno, alcanzar un buen fin, sorprendente o imprevisible, o medianamente aceptable? ¿O en cambio toda esa parafernalia de actores, directores, guionistas, técnicos, montadores y demás ralea es el obligado peaje que hay que publicitar para que la distribuidora venda otro insustancial producto industrial acorde con la supuesta bondad -o simpleza- de un público al que le gusta la comida fácil y sin sobresaltos? No hace falta decir que el cine es un espectáculo, un entretenimiento y una industria que no puede dejar de ganar dinero, pero mientras que, por ejemplo, en un partido de fútbol el resultado final depende del estado del terreno de juego, de los jugadores, del tiempo o de la mala leche que cada cual ponga en el juego a la hora de decidir la contienda, demasiadas variantes para un desenlace previsible, en la elaboración de una película el trabajo supuestamente es más paciente y calculado, con periodos de organización, creación, transformación, producción y montaje entre los que existe tiempo suficiente para cambiar, modificar o eliminar lo que parezca mal o pueda ensuciar el desenlace definitivo. Entonces, ¿por qué tantos excelentes y/o esperanzadores comienzos se despeñan en una forzada, irreal, imposible y absurda batalla final entre buenos demasiado simples y malos torpes y estúpidos? Cuando todos sabemos que el auténtico final siempre sería el contrario, ganan los malos, que han sido los más inteligentes, sin ruido ni pelea; luego nos quedamos donde estábamos. Esta pregunta ya me la he hecho muchas veces, pero no veo por qué no debo seguir haciéndomela si los resultados siguen siendo igual de desastrosos. ¿Le importa a alguien más?

Elysium cuenta con un buen reparto, con un guión más que aceptable y con una buena realización que desde el principio se encarga de desplegar una escenografía brillante y esperanzadora, argumentos que a la hora de hacer materialmente la película, es decir, de cuajar el resultado final que el publico debería disfrutar, se diluyen en la nada entre prisas injustificadas o directamente desaparecen, obviándose o eliminándose sin explicaciones elementos que parecían cruciales, simplificándose el conjunto a base de recurrencias ya vistas y situaciones más que previsibles y resultando que, a poco más de la mitad de la película, el espectador ya sabe sin ningún género de duda cómo va a acabar aquello. Bueno, pues el final es el que uno se imaginaba, a pesar de un par de sorpresas que, pudiendo, no influyen ni modifican el resultado definitivo. Lástima, tampoco esta vez pudo ser.

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