Esa música

Sentada en el coche comenzaba a reaccionar entre quejas y maldiciones, recriminándose por estúpida y culpando a esa bazofia, que algunos llaman música, de la situación actual del mundo; sin embargo en su enfado faltaban culpables y, poco a poco, empezaba a reconocer que, en última instancia, la cosa, si puede decirse así, se limitaba exclusivamente a ella, un despiste, un cortocircuito neuronal, a saber, con el agravante de la huida a toda prisa del local, una solución que ahora se le antojaba excesiva, no porque hubiera tenido algún problema serio -bien visto, no era para tanto; tampoco sabía lo que estaba pasando ahora allí dentro-, sino por la vergüenza y la imperiosa necesidad de un punto de sosiego y el siguiente minuto de tranquilidad en el que reconsiderar lo sucedido; una situación que, repito, todavía no sabía cómo tomarse. No había ocurrido nada trágico, créanlo, tal vez curioso. Se hallaban junto a la barra al mando de sus correspondientes copas recién servidas, el ambiente no estaba mal, tampoco era estupendo, comenzaba a mejorar, no era tarde y quedaba mucha noche por delante; hasta ahí todo bien, pero hubo un momento, un desgraciado momento, en el que su cabeza debió cambiar inopinadamente de lugar y pasó lo que pasó. Y después de aquello no podía seguir allí, sobre todo por ella misma, aunque ahora no le quedaba más remedio que reconocer que su salida por pies había sido una reacción demasiado drástica, más bien irrespetuosa. ¿La culpa de lo sucedido? La música, estaba claro, ese amasijo de ritmos y monotonías sin fin despreciativo de todo lo que tenga que ver con la melodía. No es que le apasionara especialmente la música, sus salidas nocturnas poco o nada tenían que ver con ella, se trataba del acto social en sí, la cena con los amigos y luego alargar la noche hasta que el cuerpo aguantara, charlar, divertirse y hasta bailar si venía a cuento. Pero lo que no imaginaba es que el mundo de la música que en la actualidad se impone, como si le importara a alguien, ese fárrago infame sin alma, fuera tan limitado, y si al principio no cayó en el parecido o las coincidencias no fue por nada en especial, era la música que había en el local. Como también sonaba música en el gimnasio al que acudía cuatro veces por semana para ponerse en forma, nunca le interesó el deporte, pero todas sus amigas lo hacían y ya estaba cansada de que le insistieran, tenía que relacionarse más, y al fin y al cabo ganaba más que perdía. Y entre charlas y músicas  llegó un momento, así se lo imaginaba ella ahora, en el que su cabeza debió sentirse a toda pastilla perdiendo la noción de lugar, salto va salto viene, pierna arriba pierna abajo, corriendo o en cuclilllas, mancuerna arriba mancuerna abajo, a punto de echar el bofe con el maldito body pump pero dispuesta para el próximo meneo, no fuera a quedarse atrás y consiguientemente en ridículo delante del espejo y ante personal tan distinguido; y así vino que, todavía no sabía cómo o por qué, su cabeza se anticipó al siguiente movimiento, tocaba levantar con gran brío hacia el techo el brazo derecho con el inevitable quilo de mancuerna bien sujeto en la mano, claro, pero lo que sucedió fue que levantó el brazo derecho con la copa correspondiente al ritmo de exactamente la misma música que tan sólo unas horas antes revitalizaba su cuerpo en el gimnasio empapándolo de sudor. Con lo que la totalidad del gin-tonic -¡entero! solo había dado un pequeño sorbo- fue a parar contra la cara y pecho de una apretada y redonda señora de estreno que nunca llegaría a enterarse del porqué de lo que acababa de suceder. No puede decirse que se produjera mucho revuelo porque no dio tiempo, los acompañantes de la presunta agresora, tan sorprendidos como la gimnasta a deshora, reaccionaron a tiempo y corrieron a socorrer a la confundida sin poder agarrar por poco la indiscreta raja de limón que se introdujo en el profundo surco que dejaba el negro sujetador encargado de realzar el busto y la silueta de la dama bajo un elegante traje de noche, sin embargo nada pudieron hacer con los trozos de hielo que golpearon en el pecho y mejillas de la damnificada despareciendo nadie sabe dónde. Todo sucedió tan rápido que la víctima apenas tuvo tiempo de reaccionar, sus acompañantes tampoco, ante la avalancha de disculpas que se les vino encima, entretanto, la causante había echado a correr hacia la salida más bien avergonzada por el lapsus o curioso y extraordinario traslado en el tiempo -cual transportador del Enterprise-, que acababa de sufrir; aunque no sabría si llamarlo lapsus o permuta de papeles. El caso es que su primera e instintiva reacción, antes incluso de comprobar, por juiciosa educación, las consecuencias de sus actos y excusarse, fue hacerse hueco a codazos hasta la salida del local y correr hacia su vehículo aparcado antes de que nadie pudiera echarle el lazo, encerrándose a continuación a cal y canto en él presa de un angustioso nudo en el pecho. Probablemente dentro alguien con reflejos estaría inventando una discusión más o menos acalorada para conformar a la señora y su o sus acompañantes -¡buf! vaya marrón-… el caso es que, en esas, alguien hizo un movimiento intempestivo con tan mala suerte que golpeó la mano de mi amiga haciendo que levantara el brazo de forma violenta con el resultado que ustedes han visto y sufrido… más o menos de ese modo.

Tardaban en venir, ¿qué les iba a decir?

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Del Whatsapp

El mundo del whatsapp es hoy día lo más parecido a un mundo feliz, tan espontáneo como sospechosamente pueril, no hay normas, cada cual puede escribir y escribe lo que le apetece y como le apetece que nadie osará señalarlo por cometer una equivocación -primera norma de uso: no se puede andar reconviniendo por norma al personal-; como también se puede parir un texto plagado de errores o completamente ilegible, excepto para iniciados en los mismos y solidarios fallos mecánicos y de atención -se apremia a la baja-, o rellenar cada una de las líneas del mensaje de turno con multitud de dibujitos que, supuestamente, ejemplifican mucho mejor que las palabras el estado del autor o lo que en el fondo quiere decir (?). La intrascendente jovialidad del invento, dicen, está diseñada contra agoreros y exigentes que solo conciben el mundo en una sola dirección, cuando la gente, en cambio, suele ser de ese otro modo, más así…(?), divertida, guay…(?), no sé; no se puede andar todo el día instando con cara de palo o criticando por las malas, hay que ser más… (?). Pero la sencillez en la concepción y uso del whatsapp se confunde a veces con la simpleza, y algunos de los significados más preocupantes de simple no lo son de sencillo -dígase también de aquel manso, incauto, mentecato o bobo. Y su supuesta comodidad anda demasiado próxima a la pereza, y pereza es también negligencia, tedio y flojedad, comodidad no. En fin, demasiadas preguntas sin resolver.

Hay un periodo en la educación infantil en el que los niños suelen confundir los sonidos, tienen alguna dificultad a la hora de formar las palabras y pronuncian erróneamente cuando intentan hablar, también hay métodos de ayuda durante esa etapa de aprendizaje en la que se utilizan dibujos para relacionar e identificar los objetos con las palabras y los sonidos correspondientes. En conjunto se trata de que el mundo infantil se vaya ampliando y enriqueciendo con nuevas experiencias, nuevos campos de conocimiento y consiguientemente con más palabras, gracias a lo cual el cerebro irá desarrollando exponencialmente sus capacidades, luego y si todo ha transcurrido correctamente ese mismo cerebro estará listo para poner en juego toda su potencialidad atreviéndose y descifrando mundos cada vez más complejos; del trabajo que se invierta en los niños en el jardín de infancia saldrán personas más capaces y felices… pero ¿hablábamos de niños?

 

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Sólo teatro

Aconsejado por amigos que saben más que yo del tema acudí este Julio pasado a Almagro, nuevamente, para sentarme ante otra versión o adaptación de un clásico del que sólo conocía el título y nada de la representación a la que iba a asistir. La función, mejor, el espectáculo ofrecido a partir del texto de Lope de Vega tuvo desde un principio la estimable cualidad de llegar con relativa facilidad a un público que, salvadas las reticencias o dudas iniciales, acabó disfrutando con lo que la noche deparó y al final supo reconocer y agradeció con aplausos, puesto en pie, el excelente trabajo que acabábamos de disfrutar.

El espectáculo aunaba texto -una particular versión de El Caballero de Olmedo que en lo sustancial seguía el texto original-, música, cante y baile, si, como lo están leyendo, y lo mejor de todo ello es que en ningún momento me pareció que estuviera asistiendo a un engendro pergeñado por un loco visionario sin fundamentos teatrales o por un moderno de rompe y rasga sin conocimientos, experiencia y escaso de recursos, todo lo contrario, el trabajo de creación, dirección e interpretación no dejaba lugar a sueños o disparates. Y teniendo en cuenta que particularmente sufro una bien madurada fobia contra todo lo que significa o tiene que ver con el flamenco, resultado de una infancia sometida y humillada por las emisoras radiofónicas del franquismo que nos machacaban día sí y día también con el arte y el cante más racial y genuino de aquel país tercermundista, en ningún momento sentí que necesitara correr o salir huyendo de allí, todo lo contrario.

La maestría, profesionalidad y saber hacer que regalaba el espectáculo me fueron dejando la excelente impresión de estar asistiendo a una representación que en algunos momentos se me antojaba única, un artístico y emotivo despliegue de sabiduría teatral a partir del certero conocimiento de las raíces y fundamentos artísticos de esta tierra, así como de sus gentes, toda una afirmación cultural que sólo pueden exponer de ese modo quienes también la han mamado, recibido y sentido como propia. Impresiones y sensaciones que acaban en la sangre, formando parte de nosotros mismos sin que ninguno sepamos conscientemente cómo o por qué, de las que nunca solemos hablar, comentar o presumir; que en muchos otros casos creemos detestar por encima de todas las cosas, que no sabríamos expresar con palabras e incluso puesto en duda que poseyéramos o sufriéramos. Flotaba en el ambiente un aroma compartido del que no podía menos que sentirme orgulloso, a fin de cuentas esta tierra solía ser una tierra de música y teatro, contento y emocionado por lo que estaba viendo y afortunado por sentirme paisano de la misma gente que daba cuerpo al espectáculo, uno más al otro lado del telón. Las sensaciones que afloraban y se intentaban transmitir desde el escenario también eran mías, como el texto, las guitarras, el sonido de las cajas de percusión, el cante, los metales, el movimiento, cada una de las pasiones y sentimientos alentados desde las tablas, el buen trabajo de los actores; como mías o nuestras eran Rosa María Sarda y la Compañía Nacional de Teatro Clásico, así como el Lliure, y veía y me perdía en los enormes campos de trigo de Castilla que Lluis Pasqual, el director de la obra, también vio cuando concibió la representación, tal y como él mismo intentaba explicar en el programa de mano.

Pero, de pronto, entre tanta emoción y sentido de pertenencia crujía un extraño malestar con forma de reproche que sofocaba mi entusiasmo al pensar que no tenía derecho a atribuirme tanto país porque precisamente la mayoría de los profesionales que tenía allí delante eran catalanes, así como la autoría y dirección del espectáculo que estaba disfrutando. Me enfadé conmigo mismo por mi estupidez, por mi tonta autocensura y por la mierda que una situación política impuesta puede crear en el inconsciente de la población, en mi caso. ¿Por qué no podía pensar y sentir que representación, intérpretes, dirección y público éramos parte de una misma alma colectiva puesta de manifiesto mediante una forma de concebir y hacer teatro que los que estábamos allí podíamos considerar nuestra? al menos mi impresión era esa. Perdón por el disparate que voy a decir, ¿era un nacionalista español por pensar así? ¡Uff! qué rato, al final deseché dudas y gilipolleces y aplaudí como el que más a una gente y un trabajo que desde el principio me hicieron sentir, dadas las enormes coincidencias, tanto personales, locales como artísticas entre lo que acababa de ver y yo mismo, como en mi propia casa, probablemente muchas más de las que tengo con una gran parte de la gente de mi propio pueblo.

 

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Banderas

Las siestas no suelen deparar muchas sorpresas, dependen del cuerpo, el sofá y, si hay menos gana, de lo que “pongan en la tele”. Y por este mes de Julio, cuando, mando en mano, uno empezaba a zanganear canal tras canal, solía tropezar con las bicicletas, revisión o repetición de una ceremonia de otros años, cuando era más joven, que todavía sigue dando de comer a ciclistas y televisiones, una relación inseparable e imprescindible para las bicicletas, probablemente sin televisión no habría bicicletas, o habría muchas menos ¿quién si no el tipo del sofá estaría en el punto de mira de la publicidad? A lo que iba, como entonces también hoy suelen acumularse una gran cantidad de aficionados en las etapas de montaña, y todavía hoy algunos majaderos ocupan el centro de la calzada vociferando y gesticulando simplezas, haciendo peligrar la estabilidad de los ciclistas, con tal de salir en la tele -imagino a mamá en casa con la grabadora a punto para tomar nota histórica de las sandeces del niño, ¡tan grande ya!-; pero los que me siguen llamando la atención son los de las banderas, no hay país más banderero que éste, excepto quizás los yanquis -pero allí la bandera es algo más solemne, más, digamos, trascendente-, además, nosotros tenemos más; hay españolas, con toro y sin toro, o con escudo, catalanas con y sin estrella, o con flores de lis, republicanas o copias vascas de la Union Jack británica, seguramente me perdí algunas. Siempre me han resultado curiosos los tipos de las banderas en las carreras ciclistas, probablemente gente sin ocupación o de gustos raros que a cambio de algunos euros busca los puntos cruciales en la ascensión al puerto del día para hostigar a las motocicletas con cámara de la organización y justificar sus emolumentos a cambio de los correspondientes segundos de pantalla-me descubro ante los oscuros y febriles cerebros de los paganos a la hora de intentar captar acólitos para la causa banderil. O tal vez se trate de enfervorecidos patriotas de verbo ignoto e imperiosa necesidad de protagonismo a costa de lo que sea, tipos que, a falta de mayor locuacidad, don de gentes, simpatía, educación o civismo a la hora de explicarse o hacerse valer, prefieren dar la nota y suplir sus lagunas con una enseña que supuestamente debe incidir de algún recóndito modo en el esforzado tipo de los pedales que se lo encuentra de frente, o tal vez en algún amodorrado televidente que, milagrosamente, descubra y entienda que, mediante tal lenguaje de signos y a falta de nada mejor, ¡hostias! ese es de los míos; de todos modos es de agradecer que todo quede ahí y no pretendan dar el paso siguiente de jurar y matar por ella, aunque nunca se sabe, siempre hay gente con necesidad de hacer públicas sus fidelidades si con ello enmudece o puede humillar a los demás. En fin, a falta de la cordura y capacidad para relacionarse y asistir a espectáculos públicos -qué tal el espontáneo ¡ánimo! o el saludable aplauso; es cierto, algo sosos- siempre vienen bien simples dispuestos a echarse a la calle y dejarse la piel aullando procedencias o pregonando consignas fabricadas por otros más espabilados -jefes, caudillos y salvapatrias- que suelen permanecer al acecho a buen recaudo. La simbología de las banderas, que la tienen y para mucha gente es algo honorable, debería limitarse a los mástiles.

PD. Lo que solo pretendía ser un pequeño apunte a raíz de una emisión televisiva ha ido dando paso a muchas más ocurrencias. Si en la actualidad comparamos cualquier retransmisión deportiva con las de hace años, lo primero que notamos es la completa ausencia de banderas y estandartes en el público de entonces, allí el deportista era el héroe, independientemente de su origen o filiación. Hoy, en cambio, lo primero que hace reconocible a un deportista no son sus éxitos, logros o méritos sino la filiación nacional a la que pertenece, para ello ya hay gente aleccionada y dispuesta, que siempre aparece de nadie sabe dónde, a punto con la divisa correspondiente y lista para endosársela al campeón que, obediente, la agitará sin saber muy bien por qué, tal vez sea porque sólo entonces el héroe desciende al mundo y las miserias de los mortales. Y lo que en principio únicamente era una hazaña de un tipo excepcionalmente dotado o concienzudamente preparado, acaba convertido en otra fanfarronada nacionalista más -¿recuerdan los despliegues banderiles de los nacionalsocialistas alemanes?- que no hace sino enfermar el ambiente. Siempre la misma historia, una historia que nos estamos comiendo sin apenas darnos cuenta.

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Estambul (y 4)

 

La niña, de unos diez años calculados a bote pronto, aguarda junto a la máquina expendedora de tiques para los barcos que cruzan el Bósforo -una especie de fichas metálicas del tamaño de una moneda de cinco céntimos-, su altura apenas alcanza la parte más baja de la máquina pero su atención, que sobrepasa por arriba cualquier medida, avista al extranjero dubitativo cuando se va aproximando, y antes de que éste se disponga a seleccionar o solucionar sus correspondientes dudas acerca del precio y número de fichas consultando la pequeña pantalla le pregunta e intenta orientarle mediante monosílabos ingleses aprendidos sobre la marcha, de tal modo que antes de que uno mismo cumpla diligentemente los pasos que van apareciendo en la pantalla ella ya ha ido pulsando sin ningún género de duda la tecla correspondiente; al final la máquina escupe las fichas y el cambio y ella, satisfecha por su trabajo, aguarda mirándote con ojos como platos, ¿qué se hace entonces?

Hay más niños y niñas así, también más pequeños, con pocos recursos o sin ninguno viviendo en y de la calle, haciéndose un hueco de una forma tan atropellada como correcta para el lugar, son las maneras de aquí, las que se aprenden desde la infancia porque no deja de ser lo que hace todo el mundo, buscarse la vida, chicos y grandes, en una ciudad donde los jóvenes, en general aseados y de buena presencia, ganan por goleada. En esta ciudad los jóvenes bullen en un número casi incontable, es cierto que se ven muchos más chicos que chicas, adolescentes de mirada clara y retraída modestos y contenidos, siempre amables y en apariencia incapaces del mal trato o la insolencia. No disponen de teléfonos móviles a los que dedicarse las veinticuatro horas del día, se mueven de un lado a otro prometedores y reservados, orgullosos y ávidos de novedades, sin perder detalle del extranjero que dispone con facilidad de lo que ellos probablemente carecen, gustosos y aparentemente felices, rebosantes de vida pero cruelmente atados a sus propias restricciones sociales, económicas y globales. Inevitablemente uno piensa que también hay otros jóvenes que se parecerán demasiado a los nuestros, armados de teléfonos de última generación, hay zonas de la ciudad que así lo revelan, tan fatuos y altaneros como económicamente sobrados, la riqueza y su ostentación no conoce limitaciones religiosas, sociales o económicas. Pero de los que hablo no lucen igual, tanto da si te los encuentras trabajando, silenciosos, amables sin llegar a resultar serviles, atentos, diligentes y de tímida sonrisa, con unas ganas de comerse el mundo que les desborda por los cuatro costados.

A partir de ellos no resulta muy difícil calcular la media de edad de una sociedad como esta, con un futuro muy largo y una vitalidad que sobrepasa los márgenes geográficos de la ciudad, vástagos de una cultura que, atravesada como todas por limitaciones e inconvenientes, ha de cargar a la vez con un número que parece excesivo de prejuicios, carencias y contradicciones. Una gigantesca urbe de almas a las que les gusta echarse en tropel a la calle cuando los vientos suaves del verano acarician los días más largos del año, entonces los jóvenes aumentan exponencialmente ocupando por completo parques, jardines y zonas verdes,  sólo es necesario un día festivo o un soleado domingo para que uno se vea sorprendido por una enorme exhibición de vida al aire libre que toma posesión  de cualquier superficie ajardinada de la ciudad en una recreativa exposición de objetos y utensilios de campo, barbacoas, mesas, sillas, familias numerosas, chicos y chicas y juegos de niños y grandes, toda una demostración de ganas de vivir, una generalizada manifestación pública de energía privada que, honestamente, obliga al foráneo curioso a suspender cualquier crítica, juicio o valoración, dejándolo boquiabierto y complacido con tan sencillo y familiar despliegue de alegría y esparcimiento.

Una notable muestra de nervio y convivencia, la constante de cada día en esta extraordinaria y antigua ciudad que en la actualidad se llama Estambul. Por cierto, hay muchísimas más cosas que ver y disfrutar aquí, consulten cualquier guía de turismo.

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Estambul (3)

Acomodados a la sombra en un banco de madera colaboramos a nuestro modo en la plácida actividad de esta placita que sosiega el acceso a la mezquita; algunos grupos de hombres charlan en voz muy baja sentados en bancos de piedra a pocos metros de una pequeña construcción de madera que hace las veces de tienda donde se ofrecen objetos religiosos y artesanía local, también hay un pequeño quiosco bajo los árboles junto a un banco corrido circular adornado con cojines para reposar cuerpo y espalda, además de gente que va y viene, de paso, y algunos turistas. El calor empieza a apretar cuando el almuédano inicia su llamada a la oración, los grupos de hombres, jóvenes y mayores, interrumpen o van dando término a sus conversaciones y con paso lento se dirigen hacia la entrada de la mezquita, otros grupos de gente joven y no tanto, o solitarios, aparecen en el patio desde la calle, saludan y enfilan también la puerta, ante la cual se descalzan y con los zapatos en la mano se introducen en el templo. Ni una sola mujer.

Es relativamente fácil dejar a un lado las zonas de la ciudad en las que la mayoría de las mujeres han asumido en su vestimenta pública un “rol occidental” que no tienen ningún problema en mostrar en la calle, visten como cualquier otra, contrarias o decididas a llevar la religión a un nivel más íntimo ajeno a las exhibiciones externas de ropajes y tocados. En otras partes las mujeres decidieron, es una forma de hablar, cubrirse más o menos cabellos y partes del cuerpo en las que la piel pudiera quedar a la vista de los hombres, de ahí la variopinta muestra de pañuelos floreados y multicolores, pantalones más o menos largos u ocultos, blusones y zamarras herméticamente cerradas hasta el cuello, semejantes a ropa militar, con las que probablemente ellas pueden convivir a gusto pero que al curioso, turista o extranjero, impresionan debido a un calor y humedad que ya incomodan lo suyo; la inmensa mayoría de los hombres visten como les apetece. En proporción, las mujeres completamente cubiertas de negro son minoría, sobre todo turistas procedentes de algunos países árabes menos permisivos.

No es difícil imaginar la inevitable pregunta, ¿por qué? También en la religión cristiana y sus numerosas variantes la mujer ocupa un papel secundario, pero en principio éste no llega a tales demostraciones externas que, a primera vista, parecen autoritarias y represivas, además de machistas. En la parte anglosajona del mundo, por denominarla de algún modo fácil de entender, la sociedad civil dejó a un lado hace tiempo las manifestaciones externas de la religión, aunque también es cierto que se han inventado otro tipo de religiones para las que tampoco importa el atuendo. Se requiere cierto tacto para enfocar un tema tan delicado en países de mayoría musulmana, lo que no impide que este tipo de demostraciones llamen la atención a cualquier persona que, a día de hoy, entienda y acepte que la religión es una cuestión íntima y personal que nada tiene que ver con antiguos y desfasados argumentos de opresión, discriminación y machismo. A estas alturas de la existencia del hombre sobre la faz de la tierra creo que intentar hacerse entender acerca de la impepinable igualdad de sexos está de más, a pesar de que todavía persistan intransigencias grotescas, se trata de una cuestión de voluntades. Los textos sagrados de cualquier religión se alimentan de sentencias y supuestas tradiciones de otras épocas que no son esta, de otras vidas que no son las nuestras, de otros mundos más o menos fructíferos que ya quedaron atrás, por lo que aferrarse a ellos y vivir de espaldas al tiempo propio creo que es mucho más que una contradicción. Y discriminar a las mujeres por cualquier motivo, sagrado o no, lo es; hoy día muy pocas personas decidirían voluntariamente vivir como en la Edad Media, ni mucho menos atribuirse el derecho de obligar al resto a hacerlo.

Además, he de reconocer que tales discriminaciones son una traición a la luz y la paz que inunda las mezquitas, grandes espacios abiertos exclusivamente privativos de hombres y niños -donde éstos corren, ríen y ruedan sobre el suelo alfombrado-; mientras las mujeres son recluidas tras unos barrotes de madera en el último rincón, o recriminadas por el encargado de turno por aventurarse y caminar por la zona de los hombres, que es toda la mezquita. Qué diferencia de templos respecto de las oscuras y tenebrosas iglesias católicas, donde desde la mirada del santo de turno hasta la severidad del sacristán obligan a los niños a guardar un punitivo y represivo silencio de adultos reprimidos.

Creo que la cuestión religiosa, la disputa o la duda existen en cada persona, por eso es interesante y curioso observar “familias divididas” por ese tipo de razones, donde las madres se cubren de arriba abajo mientras las hijas ya han decidido que opción tomar o todavía andan titubeando a la hora de cubrirse, qué partes o cómo, y experimentan con combinaciones -vaqueros incluidos- colores, diseños o longitudes. No creo que sea un proceso fácil. Sin embargo esta especie de variante, manifestaciones o contención de la condición femenina, generalizada en las clases más populares y con menores ingresos de la población, choca de frente con ese otro soberbio ocultamiento que muestran algunas mujeres completamente enlutadas -la luz sólo les llega a través de una estrecha franja donde lucen unos ojos lujosamente cuidados-, recargadas de sedas, velos y joyas, alzadas sobre zapatos de aguja destilando orgullo y vanidad, que puede resultar despreciativa, hacia el resto de la humanidad; ellas solo se dejan ver ante quienes desean, así lo pregonan con presunción, lo más probable es que entre tanto negro rigor incluso calcen bragas de mil dólares. Caminan y se muestran, es un decir, como dignísimas representantes de madres y mujeres principales de sultanes -que en su momento tenían más poder que algunos de los hombres más poderosos de la corte-, luciendo una actitud desafiante mientras atienden a su guía particular y el marido, ataviado con unos estrafalarios pantalones cortos, los sigue tan diligente como aparentemente despistado.

Es complicado no caer en el simplismo y las conclusiones precipitadas a la hora de valorar el mundo que uno mismo tiene delante, pueden acatarse sin ningún problema ciertos hábitos de recato y mesura a la hora del acceso a templos y lugares sagrados, lo que no quiere decir que haya que aceptar de buenas a primeras cualquier regla o costumbre que clausure a una persona en contra de su voluntad. Si estas mujeres han decidido voluntariamente aceptar ciertas modas o tradiciones, también podrían desprenderse de ellas cuándo y dónde quisieran, sobre todo en las vías públicas. Aunque sea evidente que una parte del mundo domina al resto, como siempre ha sido y como me temo que continuará sucediendo, existe una parte íntima en toda persona a la que no se debería ofender y oprimir en función de desfasadas e interesadas tradiciones, normas y costumbres que varían en función de los caprichos de intérpretes y lectores dedicados a adaptar textos y pergaminos de otra época a un presente que muy poco o nada tiene que ver, ni siquiera por cuestiones religiosas.

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Estambul (2)

Desde hace un buen rato al paseo se ha añadido la preocupación por sortear del mejor modo posible la caótica circulación, tanto de personas como de vehículos, que ocupa calzada y aceras, dos supuestos físicos por momento indistinguibles que el trajín de la calle no diferencia, vía asolada por una incesante actividad que obvia los impedimentos físicos del modo más práctico y efectivo, sin que las formas de hacerlo tengan mucho que ver con lo que pudiera llamarse correcto. De hecho, no parece haber una dirección o sentido específicos para el tráfico, los vehículos se mueven en todas direcciones a la caza del espacio libre según las recónditas e inesperadas necesidades de sus conductores; los puestos callejeros se sitúan ajenos o incluso desafiando el movimiento de cualquier ingenio sobre ruedas capaz de moverse por sí mismo, entre árboles, dominando las esquinas o junto a mesas de café con asiduos alrededor del inevitable té, a la puerta de bares con mesas repletas donde los parroquianos, jóvenes y viejos, juegan a las cartas y al okey -versión turca del rummikub-, o delante de accesos a tiendas que más bien parecen almacenes al por mayor. Hay que sortear taxis y furgonetas atestadas de trastos y objetos inverosímiles que maniobran contra corriente o contra las normas de tráfico, y todavía le queda tiempo al paseante para detenerse ante puertas abiertas de par en par mostrando locales atestados de mercancía ni mucho menos expuesta o mostrada en escaparates -resulta material y físicamente imposible-, por lo que sólo resta apilarla en apretadas columnas que sugieren tallas o modelos infinitos de todo tipo de prenda confeccionada susceptible de ser vendida. Es comercio, estúpido.

Por si uno no se había dado cuenta aquí se vende hasta el paraíso, para ello no hace falta acudir al Gran Bazar y perderse entre sus calles -disfrutarlo sólo pueden hacerlo quienes tengan la suerte de tropezar con un día a medio gas-, en una infinidad de zonas la ciudad parece un gigantesco bazar, cualquier rincón se convierte en un punto de venta donde ofrecer algún objeto vendible. El Estambul que a uno le da tiempo a ojear en primera instancia parece una potencial e inmensa transacción comercial, el comercio es el pegamento que apelotona el día a día de la ciudad; aquí todo es ofertable, en lugares caros, elegantes o de moda, muy del gusto occidental, o de un modo más tradicional, natural y paciente en el que el vendedor llega a ser un experto en tasar al posible cliente con solo mirarlo, sonreírle o soltarle un “Where are you from” que uno mismo ya es capaz de distinguir en cualquier tono o acento; a partir del primer contacto entre el vendedor y un potencial comprador queda una puerta abierta a un tiempo que puede eternizarse o resolverse rápidamente por matices o simples cuestiones de carácter, porque, y sobre todo, aquí no hay prisa y las posibilidades de que la probable venta no se lleve a cabo o de que finalmente sea un éxito gracias a un truco de última hora son las mismas. La clave es la insistencia, es el propio trabajo en sí, además de la paciencia y la perseverancia, el regateo viene a continuación, o no, a gusto del cliente, el dime cuanto, el sí y el no, el no puedo o la cómica persecución tras una última y falsamente desesperada oferta que cierre el trato, todo ello dentro de una profesionalidad tan vieja como la misma humanidad. Y comercio es que una vez cerrada la transacción, hasta la más pequeña, el comprador nunca sepa a ciencia cierta si le fue favorable, lo que incluye el consabido malestar que ello provoca en turistas vergonzosos e inexpertos obedientes al precio único, moderna imposición ante la que el cliente ha decidido de antemano deponer sus armas decidiendo no jugar, aceptando la primera y única oferta, gustoso de convencerse a sí mismo pensando que es justa. Aquí el negocio, como todo negocio que se precie, consiste en un tira y afloja que no todos quieren o pueden entender, sobre todo los mansamente habituados a que les tomen el pelo con una escueta y solitaria cifra de la que prefieren no saber más por pereza, por eso se sienten incómodos en lugares como este, o no los aceptan, no comprenden al hombre antiguo que vive y disfruta de la porfía que obliga al intercambio de más de una palabra, una inevitable plática en principio forzada pero que, si uno tiene paciencia y mano izquierda, bien puede acabar en una charla curiosa o interesante que concluirá en un trato entre dos en el que acaban interviniendo y mezclándose los humores personales que envuelven todo contacto humano, dándole aroma y sabor; porque probablemente y hasta alcanzar el acuerdo final uno acabará dejándose allí algo de sí mismo, de su alma, de su vergüenza o de su orgullo para salir jactancioso o estafado tras el esfuerzo desplegado ante un profesional de la palabra que sin ningún artilugio tecnológico sabe mirarte a los ojos y adelantarse a tus deseos y temores. ¡Aquí no engañamos! gritan algunos vendedores al público que se mueve entre los puestos.

Comercio es que a las puertas de los restaurantes el trabajador te asalte en la calle y te ofrezca la gloria hecha menú, soportando con sabio estoicismo el desdén y la molestia del turista altivo y desconfiado que todavía cree que él siempre elige lo que quiere y cuando quiere, además de no consentir que le asalten y le tiren de la manga con intromisiones que le asustan y violentan. Precisamente comercio es abordarte y ofrecerte y aquí estás en su terreno, y si uno ha decido venir a él ha de aceptar y tratar de entender que se trata de algo tan primitivo y natural que muy poco o nada tiene que ver con la hipócrita altanería anglosajona que todos hemos acabado adquiriendo a la hora de cualquier trato comercial, tan seca, tan dada a la indiferencia despreciativa hacia el otro. Hay un Estambul que pasa a través de la historia y es ante todo comercio, y si uno pretende vivir la ciudad ha de someterse a sus condiciones, entonces sí que puede disfrutar de veras dejándose llevar por un ritmo distinto en el que hasta lo que parece más absurdo tiene un sentido, embarcado en un estado de ánimo que sin saber cómo te conduce al negocio cuando, casi desnudos y chorreando ambos de pies a cabeza, el turco que te está frotando con denuedo dejándote el cuerpo en carne viva cesa un momento en su tarea y te mira muy serio a los ojos diciéndote: Problem? ninguno, pues quédate con mi número a la hora de la propina -todo ello en un primitivo diálogo de gestos que, como imaginarán, también es comercio.

Mientras, por las aguas del Bósforo se deslizan con solemne lentitud barcos gigantescos con destino al mar Negro, sujetos de otro comercio a mayor escala, que luego regresaran cargados hasta la borda en dirección al Mediterráneo, hacia lo que antes era todo el mundo.

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Estambul (1)

Si uno consigue situar sobre las aguas un hipotético centro físico que conformaran la entrada del Cuerno de Oro y el principio del estrecho del Bósforo, instalándose a continuación en él tratando de dejar igual distancia entre orillas, y gira sobre sí mismo intentando abarcar con la mirada el horizonte circular que le rodea no dejará de ver edificaciones hasta la cumbre de la colina más alejada, tanto en Europa como en Asia, una permanente ascensión de construcciones que comienza a nivel del agua y no deja espacio libre, ni siquiera para pensar, hasta asaltar la línea del horizonte. Y la primera impresión convertida en pregunta que viene a la cabeza es ¿cuántas personas viven aquí? Porque, y curiosamente, con ser una cantidad enorme no es lo más importante, la ciudad, más que edificada, parece una ciudad levantada por poderosas fuerzas naturales, una ciudad asaltada más que habitada, abandonada a sí misma, que no a sus habitantes, que es como decir en permanente, necesaria y vital expansión, que es como decir sin posibilidad material de regeneración o renovación, una ciudad sin tiempo porque está dejada al tiempo, que nunca se detiene ni da opciones para rectificar porque al segundo pasado, con mejor o peor fortuna, le obliga el siguiente exigiendo inapelable su cuota de presente. No es importante si la ciudad llega a parecer en ocasiones exhausta, si descansa, si alguna vez se detiene para tomar aliento, repito que tampoco es importante, ya se encargan los almuédanos de mantenerla despierta con sus permanentes llamadas a la oración. Por supuesto no es difícil imaginar que la ciudad, a pesar de parecer claramente delimitada, es físicamente inabarcable, un continuo perderse entre un tráfico infernal y callejas infinitas que nunca acaban de recorrerse. Piedra y madera, hierro y mármoles, y vegetación, incontrolada o no, barcos y gaviotas, gatos y peluquerías, y cuervos, y agua, más antigua, más experta, más pausada en su fluir que las corrientes humanas que pueblan sus orillas. Una ciudad que probablemente tenga un centro pero que también, probablemente, no sea único porque cada grupo humano que la ocupa se considera con derecho a elegir y exigir el suyo; y aunque el puente de Galata pueda servir como tal y haya días en los que parece a punto de venirse abajo debido al enorme tráfico que soporta, lo más probable es que siga viviendo muchos años más, agotando generaciones que lo verán como su casa o lo odiaran por todo lo que significa, esos otros que viven alejados de él y la atiborrada confusión humana que representa, cómodamente repantingados en sus elegantes casas a orillas del Bósforo. Ignoro voluntariamente los otros tiempos de la ciudad, que los tuvo, mejores y peores, su historia está por todas partes, lo que me importa es lo que hoy puede ver el viajero, turista o no, que sea capaz hacer un alto en su camino y echar un vistazo a la pequeña representación del mundo que la ciudad muestra, un mundo para el que, a primera vista, resulta difícil concebir un punto de entendimiento porque uno se ve incapaz de detener unos instantes a tanta gente y sentarla para ponerse de acuerdo en algo, una muestra de lo que es la humanidad en este planeta hoy día y de las enormes dificultades que entraña, ya no gobernarla o dirigirla, sino entender cómo o por qué se mueve.

Estambul es una muy buena imagen para intentar comprender por qué no somos capaces de entendernos entre nosotros y sin embargo hemos conseguido vivir unos junto a otros.

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Descanso

Descansaba de cualquier cosa, que es cuando uno se sienta sin saber por qué y luego le da por pensar qué hace ahí sentado, cuando me distrajo en la mesa de al lado un grupo de chavales hablando entre ellos, o gritando, tal es el permanente estado de excitación cuando se tienen quince o poco años más, de videos y de, por supuesto, internet, o sea del mundo, su mundo, un mundo donde la polvorienta tierra no existe, siempre limpio, siempre dispuesto y en movimiento, un segundo hogar al que acudir cuando los estudios aburren, los amigos no salen, aunque da igual que salgan o no, cuando el sueño no llega, cuando se enfadan o cuando no se tiene mucho que hacer, ya sentados, qué mejor que fisgar entre colgaduras varias. Hablaban de lugares en la red dónde ver videos supuestamente graciosos u originales, ellos, que ya lo saben todo, que dominan el mundo mediante un dedo, capaces de opinar y decidir acerca de cualquier cosa, aunque a veces con ayuda de alguna “web amiga”; decía que el tema iba de lugares más interesantes donde pasárselo bien visionando videos graciosos, entonces preferí no imaginármelo, cuando una de las chicas comentó muy excitada que, de viaje con sus padres en no sé dónde, consiguió hablar con uno de los famosos tipos que fabricaba y colgaba los videos, ya pueden suponer lo que eso supuso para ella y sus amigas, todo un éxito, se felicitaron mutuamente, ellas y él, y en un momento determinado de la supuesta conversación el fulano en cuestión les dijo que le enseñaran las tetas, eso sí, en inglés, para evitar oídos ajenos o entrometidos; ellas se partieron de risa por la ocurrencia pero casualmente dijeron que no, aunque luego se quedaron pensando que ¿por qué no? bien pensado, sus tetas podrían haber acabado en el cuerpo de cualquier hombre gracias a uno de sus ocurrentes montajes, o en el cuerpo de otra buenísima mujer… o cualquier otra cosa divertida (?). No sé si han llegado donde yo llegué en aquel momento, pero se me pusieron los pelos de punta, allí tenía a aquellos pequeños comemundos riéndose de las ocurrencias que les pedía el sinvergüenza guay de los montajes de vídeo. Ahora viene la pregunta, ¿Cuántos… -pongan el calificativo que ustedes prefieran, yo encuentro todos demasiado groseros, amén de prudentes- de esos hay en la red intentando algo similar con aquellos y otros niños y niñas? Si no puedes hacerles entender cuál es el objetivo final de ese tipo de preguntas “tan inocentes” ¿qué haces? ¿aún así los pones en guardia? ¿los dejas? al fin y al cabo no me importaba, no tenían que ver nada conmigo. Igual piensan que exagero, pero no pude ni puedo, no puedo olvidarlo, debía de estar muy cansado porque seguí sentado, aunque prefiero no contarles las cosas que pasaron por mi cabeza.

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Apunte

Ahora que se escuchan rumores de una gran coalición de los dos grandes grupos del Parlamento Europeo es hora de reírse de aquellos ignorantes de a pie que votaron el futuro. Ahora que un gris burócrata luxemburgués -lujoso paraíso fiscal-, aislado en su palacete porque no le dan lo que le prometieron, va a ser el nuevo dirigente de la Unión Europea es hora de reírse de aquellos ignorantes que votaron la alternativa colorada al futuro. Ahora que los que han dejado esto peor de lo que estaba van a unirse para salvarnos de nosotros mismos, la ignorante población -somos los extremismos-, es hora de reírnos y decirnos, qué gilipollas que somos, nunca vamos a aprender. Ni el guion más surrealista podría llegar a tal cinismo, mientras, los medios de comunicación nos informan con detalle de los pasos de esa gran coalición entre el habitual desinterés general y los zombis del fútbol.

Hablando de zombis, no sé si ya lo he dicho en otra ocasión, un tipo de California, a mi pregunta de por qué le gustaban tanto los zombis a los americanos, me dijo que era una forma de tener siempre presente lo que significa una vida manipulada -para evitarla a toda costa-, sin alma, dirigida por un poder que nunca se muestra ni está presente -aparece la causa original, no el porqué de los movimientos autómatas e irracionales de los zombis-; pues es la misma imagen que uno tiene cuando ve a tantos zombis gritando desencajados alrededor del fútbol -y que conste que me gusta el fútbol-, pero soportar la visión de tanto descerebrado ladrando eslóganes de tarugos y sandeces varias, además de haciendo espantosos gestos más propios de zombis -nunca mejor dicho- que de personas, me recuerda a una mala película de terror, sólo que estos zombis no muerden, son tan anormalmente imbéciles que ni siquiera tienen un motivo para vivir, sólo hacen el fantasma porque ahora toca. Además, apuesto a que la mayoría de ellos jamás ha jugado al fútbol.

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