Comodidades

En esto de las fiestas o los viajes no todo es relativo, aunque nos guste creer que sí o nos lo parezca, no nos importe o ni siquiera tengamos la buena costumbre de fijarnos en los detalles, innecesarios cuando lo que predomina es nuestra santa voluntad, el resto simplemente acompaña, está ahí porque tiene que haber algo que amenice nuestra presencia y las ansias de satisfacer las exigencias más banales. Solemos seguir la desafortunada moda, en más ocasiones de las apropiadas, de no ver ni pensar más allá de nuestros propios intereses cuando nos movemos fuera de los lugares en los que habitualmente se desarrolla nuestro día a día, actuamos como nos apetece independientemente del lugar en el que nos hallemos sin preocuparnos del ambiente o del contexto -excepto cuando lo consideramos ofensivo o peligroso, siempre según nuestro particular concepción de las cosas, que es como decir en función de la simple y pura ignorancia, el desconocimiento o la más fatua de las indiferencias-, llevando hasta las últimas consecuencias nuestra presencia sin caer en la cuenta de que tal vez no debiéramos, no deberíamos o lo estamos haciendo rematadamente mal.

Y si, por ejemplo, esta vez toca naturaleza, así, como suena, más que respetarla, sentirla, admirarla o compartirla solemos avasallarla en toda regla intentando alcanzar el último rincón por cualquier medio, si puede ser dedicándole el menor esfuerzo posible, no vayamos a cansarnos, porque si no podemos acceder cómodamente sentados no merece la pena, y si el lugar viene precedido por algo de fama o la recompensa es gratificante -siempre según el dicen, pero no quién- exigiremos si es preciso accesos como si el mundo y la tierra hubieran de postrarse a nuestros pies, amén de resúmenes, señalizaciones, servicios, información, zonas de descanso, de avituallamiento etc. De lo contrario protestaremos como energúmenos por sentirnos discriminados y no permitírsenos disfrutar de lo que se le antoje a nuestra santa voluntad. Afortunadamente, todavía existen lugares a los que sólo puede accederse con los pies y manos propios, y en muchos casos después de ímprobos esfuerzos, pero desgraciadamente no a lomos de esas cada vez más complicadas y sofisticadas máquinas de dos ruedas que montan tipos serios y demacrados a punto del sofoco disfrazados de marciano y adornados con mil rincones donde situar estratégicamente recipientes y adminículos supuestamente imprescindibles. Puede ser que si tienes la suerte de tropezar con alguno de estos y que te dirija la palabra no tengas que maravillarte y poner cara de asombro por lo que han visto o van a disfrutar, sino que te toque sufrir el martirio de su obsesión a la hora de describirte el enorme ardor -siempre según su particular y roma concepción de lo que es esforzarse- y las gigantescas dificultades que han tenido que sortear para llegar donde quizás nunca deberían haber llegado. Cuando al día siguiente los veas durante el desayuno, concienzudos y ensimismados en una alimentación básica de guardería y ya disfrazados con esas fachosas y superespecializadas indumentarias de astronauta en la zona de descanso, pensarás ¿también duermen así? ¿no saben vestir con normalidad?

Es evidente que ni yo mismo no puedo llegar a todos sitios, mi físico es limitado, como el de todo el mundo, y los años van penalizando las propias capacidades, con lo que uno ha de ir modificando el horizonte de futuros para adaptarse a tu presente, nada más y nada menos. Por eso no voy a reclamar un ascensor al Everest -ya bastante concurrido- ni una escalera mecánica a los fondos de Palau en el Pacífico, ni me dedico a atemorizar a mis vecinos de mesa con atavíos homologados y miradas reconcentradas y desafiantes, ni voy a exigir poner el pie donde otros, mucho más preparados y probablemente también con más respeto hacia la naturaleza que yo, llegan para disfrutar, también más que yo. El placer de disfrutar no siempre tiene que ver con la violencia del desafío, el deleite de la contemplación tampoco con la vanidad de haber llegado de cualquier modo, las cosas son más sencillas. Uno se levanta, desayuna, camina, escala, vuela o admira sin necesitar martirizar al mundo y sus habitantes con las superaciones de la propia torpeza.

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Primavera

Por fin parece que los cielos vuelven a abrirse, el sol ocupa su lugar a la vista más tiempo que de costumbre, hasta ahora, y los grises vuelan lejos sin que haya espacio para más, no preocupa su vuelta, de momento no, hoy ya es primavera y no hay por qué darle más vueltas. Es tiempo de celebraciones, de fiesta y regocijo que el hombre, desde que aprendió a leer las trayectorias del sol, viene conmemorando aliviado porque al fin el frío haya quedado definitivamente atrás, el siguiente está muy lejos y ahora nadie quiere pensar en él. Los días son más grandes, los pasos se hacen más cortos para poder disfrutar mucho más del paseo, hay más pájaros que solía porque también para ellos el tiempo les ha vuelto a abrir la puerta y lo celebran con menos rincones que nosotros. Sin saber por qué a más de uno le apetece sonreír algo más que de costumbre y con aquel con el que nunca nos hemos llevado mal del todo pero al que le cuelgan más peros de los que debieran apetece saludarlo aunque no nos dirija la palabra, allá él. Incluso los problemas lucen menos oscuros con tanto sol, aunque en el fondo sepamos que no por ello van a cambiar ni a desaparecer, pero en todo problema la mirada es parte del mismo y si la mirada cambia el problema no cambia pero se muestra menos impenetrable, algo menos opresivo y más humano, lo que también invita o permite meterle mano de otro modo, o quizás darle la vuelta, o volverlo a mirar por sí algún cabo suelto permite tirar del hilo hasta deshacer tan fea y áspera madeja.

Junto a las ganas de celebración parece que no hubiera tiempo ni lugar para las caras largas o las miradas torvas, ni para echarse a llorar por algo o alguien que no sea real, aunque, ahora que lo pienso, no todo es alegría por estos lares, la Iglesia ya se encarga de ensombrecer tan buen ánimo con sus celebraciones y amenazas, sentencias y advenimientos. Hace muchos siglos algunos de la casta de sus gerifaltes con muy mal carácter y permanentemente resentidos, además de con una desconfianza supina en el mundo y una envidia corrosiva hacia el hombre feliz, como no podía ser de otro modo, decidieron que había que matar la alegría que procuraba gratis la naturaleza acotando o impidiendo que tanta y franca celebración por el cambio de estación llevara a la gente a amarse un poquito más, tal vez por eso decidieron implantar entre verdes y flores una semana trágica que disuadiera a tanto ingenuo y espontáneo desaprensivo de salir a la calle y festejar con su vecino. Y no se les ocurrió nada mejor que marcar por los siglos de los siglos a sangre y fuego el equinoccio de primavera de forma que se hiciera inolvidable, no por el júbilo que conlleva su misma llegada, sino por haberlo convertido en el centro de una simbología nefasta y agorera encargada de sofocar el ardor y la alegría que el plácido tránsito de la tierra concede mágica y gratuitamente a todo bicho viviente. Eso es la por aquí llamada Semana Santa, aunque en la actualidad, con más sabiduría de la esperada, la mayoría de la gente haya decidido tomársela a la ligera convirtiéndola en un periodo para viajar y divertirse en contra de tanto agorero sentencioso y amenazador que ve con recelo y reconcomio cómo hasta los más píos, también los más hipócritas, tienen que vender las misas y procesiones no como actos de recogimiento y penitencia, sino como si fueran una fiesta -como cualquier otra fiesta pagana- que intenta atraer a todo aquel despistado con licencia, valor y cartera para disfrutar de las alegrías por llegar de otra nueva primavera. Por eso no deja de ser curioso que en tantos lugares de este siempre conflictivo, rural y primitivo país el españolito de a pie se niegue a responder con tristeza y pesadumbre a esta semana de pasión que sólo sirve para que cuatro amargados y resentidos se dediquen a darse golpes de pecho públicamente maldiciendo al mundo y su pagana sinceridad mientras con la otra mano venden el sacrificio y muerte de un mito que ya sólo es útil si deja dinero en caja, da igual que quien lo suelte sea ignorante, ateo o foráneo; corren tiempos en los que la única forma de llegar a los demás es por el bolsillo y si ellos no vienen voluntariamente habrá que seguir condenándolos por los siglos de los siglos pero venderles lo que, si fueran sinceros y creyeran lo que predican, saben que es pecado convertir en vendible.

Pero aunque la Iglesia sea incapaz de vivir sin condenar y envidiar a medio mundo por ignorar sus santas admoniciones no dejaremos de disfrutar obviando sus amenazas, todavía estamos aquí, intentemos vivir felices.

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Apunte

De la revista Investigación y Ciencia; número de Abril de 2014. De la revista Scientific American; número de Abril de 1864.

“Una de las señales más alarmantes de los tiempos que vivimos son las increíbles y viles especulaciones que ahora infestan Wall Street, en la forma de operaciones mineras auríferas y de otra índole. Cada día nacen empresas fantasmas, construidas con “la misma materia de los sueños”. Prevenimos al público que se cuide de esos estafadores -que deben esquivarse como a tahúres-, una plaga ciudadana. Esos planes ruines se incuban y urden en el entorno de la Bolsa de Valores y están concebidos para atrapar a inocentes e incautos. Todos ellos deberían ser procesados ante un Gran Jurado y los culpables enviados a Sing-Sing.”

Sin comentarios.

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Vender

 

Ignoro cuando fue la última vez que alguien les vendió algo, me refiero a vender como actividad profesional que ejerce la persona al otro lado del mostrador, es decir, una persona que se aplicó desplegando parte o todo su arsenal de experiencia y simpatía para hacer que usted acabara con la prenda o el objeto en la bolsa atravesando la puerta de la calle; independientemente de que luego, en casa y a solas, usted fuera al fin consciente de su reciente adquisición, quizás algo alarmado porque en principio no estaba muy atraído por la compra. Es cierto que le interesaba o la quería pero podía haber pasado perfectamente sin ella o con otra distinta o de menor precio y, sin embargo, fue expertamente seducido o adulado para llevarse precisamente esa que ahora tiene en las manos, la que por supuesto no se arrepiente de haber adquirido porque le gusta y espera darle un buen uso, al menos aprovechable o satisfactorio.

Como todos sabemos la realidad del comercio actual se mueve por otros parámetros, las personas que se dedican a la venta en establecimientos, los vendedores, quienes en más de una ocasión suelen ser tomados como taimados embaucadores dedicados a colocarte lo que no quieres -entonces ¿qué haces allí?-, parecen haber pasado a mejor vida ahuyentados por los recelos y demasiadas veces el desprecio de un público que desea mirar y cotillear sin que le molesten ni interfieran en su sagrada voluntad -esa gran desconocida-, sin que nadie les pregunte ni les agobie hacia decisiones forzadas fruto de la precipitación, o que nadie más merece saber, ni siquiera quien mejor la puede guiar. Hoy día el vendedor debe pasar desapercibido con el pretexto de que ha de ser discreto en lo que respecta a hacer bien su trabajo, casi como no existir, o permanecer al margen a discreción o petición urgente del cliente. Desgraciadamente se trata de un trabajo que muy a menudo el público olvida, puesto que su objetivo principal es intentar vender algo a todo aquel que penetra en su tienda, o en la que trabaja.

Quizás el público actual prefiera meterse en vena, vía internet, cualquier producto con tan sólo pensarlo mientras le gusta creer que han sido ellos, por propia voluntad, quienes han decidido que lo necesitaban y consiguientemente lo han adquirido sin la intromisión de ninguna otra persona conocida o desconocida, amable o grosera, o con dudosas intenciones comerciales.

Se pierde otra actividad profesional, además de la especial relación que se daba entre vendedor y cliente, entre quien conocía su oficio y atendía a ese otro que llegaba interesado y sin saber, cada cual ocupando el puesto que le corresponde en la transacción.

 

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Paraísos

 

Recuerdo una conversación hace años en la que un conocido me contaba que él sólo iba al cine para disfrutar, para admirar personajes y situaciones que no suelen darse en la vida real, demasiado triste y dura como para meterse en una sala oscura a soportar lo mismo que acabas de dejar fuera, lo que entonces me llevó a pensar que con lo propensos que somos a refugiarnos dispersándonos cuando no sabemos qué hacer o cómo enfrentarnos a una realidad que constantemente nos supera este hombre no fuera, ni sea, la única persona que practica semejante proceder. Tan curiosa declaración de principios me hizo sonreír en un primer momento, luego no tanto, puesto que siempre he pensado que el cine es otra forma de acercarse y mostrar el mundo en el que vivimos y hacerlo con arte, ahí es precisamente dónde, creo, reside su interés. Algo parecido debe sucederle a esos otros que gustan ojear revistas donde se cotillea en la vida y aburrimiento de aristócratas, famosos y arribistas de moda -supongo que con dinero aburrirse sabe distinto- a sabiendas de que casi todo de lo que se cuenta en ellas es falso, tal vez porque ver materializadas en papel satinado tan lujosas mentiras las hace un poco reales, y mientras va pasando páginas el admirador o admiradora fantasea imaginando que su vida no es tan agobiante e inútil si puede disponer de esos minutos para envidiar a otros de su mismo aspecto tan ufanos en el reluciente comedor de su casa. También le ocurriría algo semejante a la gente que frecuentaba aquellos programas de televisión -ignoro si todavía existen- en los que famosos y gente sin ocupación definida abrían sus residencias orgullosos no sé si por mostrarlas para fomentar esa memez de la envidia sana o por negocio, más bien parecía que el dinero ganado con ello era suficiente para soportar el trasiego del montaje; aún pueden verse programas o secciones similares en algunos diarios de tirada nacional en las que los mismos de entonces y otros nuevos o más recientes, modernos o con menos glamour, se encargan de descubrir al simple ciudadano que los sueños son posibles a pesar de todo, que su desgracia no viene sola y que si ellos pudieron conseguirlo, nada se menciona de los medios ¿por qué no va a poder hacerlo él? Ignoro cuál es el mensaje que queda después de tanto ejercicio masoquista, o sí, seguir soñando vía quinielas y loterías.

Esta especie de religión terrenal y sus numerosas variantes dedicadas a generar grandes tiradas de ilusiones mediante la pública difusión de infinidad de pequeños y particulares paraísos en la tierra, generadores de multitud de relajantes, efímeras y nada peligrosas satisfacciones de andar por casa que nada tienen que ver con las magníficas glorias que ofrecen las grandes religiones para mucho más tarde, cuando ya no haya deseo, permiten a mucha gente tener a mano algo tangible que llevarse a la boca, soportar sus días y alegrarse la vista sosegando sus espíritus y suspendiendo temporal y gratamente esas vidas propias tan incómodas y fatigosamente personales. Porque no deja de resultar curiosa esa afición a fijarse en las cosas de los otros con más pelusa que admiración, siempre los objetos, lo más fácilmente accesible y que no exige conocimiento o esfuerzo, tan solo calmar el excitante e inacabable placer de poseer -el deseo más íntimo y anhelado- lo que tienen otros pero sin ser aquellos, porque en el fondo cada persona tiende a considerarse a sí misma la mejor y con las mismas o superiores capacidades, lo que sucede es que no tiene suerte; también están los que ni siquiera se consideran, lo que no sé si es peor.

Ese interés o impaciencia por desembarazarse de la propia vida dice tanto como calla, habla de una maldita resignación que a duras penas puede soportarse con un mínimo de cordura y que obliga a sobrevivir, en muchos casos en contra de la propia e íntima voluntad, condenados a ir muriendo segundo a segundo con el secreto y doloroso convencimiento de que cualquier tiempo es tiempo perdido que compromete a la obligada servidumbre de tener que gastarlo sin un por qué o para qué creíble, o al menos decentemente asumible, en constante recelo o intimidados por tener que asistir como simples espectadores a un único y mismo espectáculo que nunca satisface por completo, con más sospecha que deseo, con más envida que salud, con más angustia que verdad.

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Precisamente ahora

Precisamente ahora, cuando ya creía estar de vuelta de todo, acosada por un cuerpo que cada vez le ponía más inconvenientes y obligada a bregar con él en su contra, sin odiarlo ni castigarlo, era cuando de más tiempo disponía para detenerse y mirar alrededor y disfrutar como, al contrario de lo que alguna vez pensó, había gente a la que le gustaba sentarse y hablar, que te miraba, si no con cariño, sí escuchándote hasta cuando permanecías callada, dudando en lo que decir o dándole vueltas a si lo decías y por qué habría de interesarles a aquellos que en los peores momentos sólo te lanzaban sospechas de que se movieran al compás de alguna broma de mal gusto con la intención de, cuando menos te lo esperaras, lanzarte una pulla, descubrir una cámara oculta, y reírse de tu ingenuidad de mujer estúpida y sin experiencia que tanto te había dolido desde siempre, desde que los primeros hombres se acercaran sin pudor y con la única intención de tocar allí donde a ti no te importaba pero dónde no podías dejarlos entrar porque cada cosa requería un tiempo y un modo, que nada podía cogerse de cualquier manera y que lo primero que había que hacer fueran cuales fuesen sus intenciones era dar a entender que sabían que sabías que antes de entrar a saco hay que llamar a la puerta. Eso era todo, y últimamente, cuando no tenía nada que perder ni ofrecer se encontraba con gente que no le exigía ni le pedía nada a cambio, sino que se sentaba delante de ti y simplemente te escuchaba, preguntaba cuando dabas opción y siempre cuando estaban seguros de que habías acabado hablaban ellos, si no para volverte a preguntar si al menos para dejar pasar el tiempo a tu lado -¡contigo!-, que siempre te habías avergonzado pensando que aburrías hasta a los árboles y preferías permanecer callada por temor a perder la pata y cuando más enfadada por un estúpido orgullo que se jactaba de ocultar a los demás lo que de hermoso o interesante había en ti, a saber, como suele suceder, en ocasiones nada, el resto un exceso de cariño que nunca nadie te enseñó a poner en juego para disfrute de los que estaban a tu lado. Por eso ahora era tarde, y sin embargo sentías que no tenías prisa, que estabas viva, el teléfono sonaba y hasta en los momentos más tristes te olvidabas de ellos porque tu mano se tendía inmediatamente hasta que al otro lado alguien la recogía sin preguntar, tal y como un chiquillo da la mano a su padre o un adolescente busca en los ojos de su amigo otra cosa que no sea su propia curiosidad.

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Dos películas

Hay comparaciones odiosas y algunas otras que procuran descubrimientos curiosos y hasta sorprendentes, aunque intentar establecer comparaciones o similitudes entre dos películas no deja de ser una cuestión de gustos, opinión o de rebuscadas casualidades o coincidencias que en principio poco o nada tendrían que ver con las mismas.

Amor y Nebraska son dos películas que probablemente no tengan ningún elemento en común, dos creaciones bien distintas realizadas por autores con una idea clara de lo que debería ser el resultado final de su trabajo, el resto, lo que viene a continuación, es inventado.

Amor es, sobre todo, una película francesa. Desde el mismo título hasta el último plano es un espléndido intento de materializar una imagen mayúscula de un sentimiento mayúsculo protagonizado por actores mayúsculos. Y qué mejor para hablar de ese sentimiento tan universal e inaprensible que localizar la acción en una ciudad también universal, París, obligado fondo contra el que situar el epílogo de una profunda y prolongada relación ante la que el espectador no puede menos que permanecer en silencio, amenazado por el previsible final de una convivencia y unas vidas bendecidas con un intenso aroma que en su recta definitiva van dejando lentamente un denso poso, condenadas a un desenlace que se sospecha desolador.

Y es una película francesa porque haciendo una aventurada lectura de la misma muestra en la pantalla los últimos coletazos de una grandeur intelectual burguesa de la que tan orgullosa se ha sentido el país galo, una grandeur relegada a un papel secundario por un voraz y frenético presente que tan sólo sabe o puede ofrecer agradecimientos e incomprensión. Son los restos de una alta cultura muy querida por el alma francesa, añorante de unos buenos y tal vez mejores tiempos pasados, que en la actualidad viene quedando confinada a profesionales jubilados propietarios de un piso de renta media en el mejor París de siempre, apenas sin voz y ya casi sin voto.

Nebraska también es una película dedicada el final de la vida realizada en un país muy distinto y con unos personajes en las antípodas del matrimonio burgués centro de la película francesa. Aquí el protagonista es un tipo del que sólo puede decirse que ha sido una buena persona a la que ahora tienen que soportar familiares y amigos; este importante y concluyente cambio de verbos -soportar en lugar de convivir- sucede en una etapa de la vida en la que la amorosa y fiel convivencia francesa se transforma casi en abandono y el subsiguiente deterioro, tanto físico como psíquico, al que añadir una grotesca incomprensión y falta de ternura que deja en mueca más de un intento de sonrisa por parte del espectador. El personaje principal carece de todo pedigrí y las relaciones familiares entre una gente más bien vulgar y de escasas aspiraciones andan peleándose con los sentimientos, que afloran con dificultad, si es que pueden verse y los personajes se atreven con ellos, rozando a veces la ordinariez y la simpleza más descarnada.

Aquí no se muestran vidas excelsas ni profesionales de renombre, tampoco alta cultura, sino ese vivir tan americano que lleva incorporado un enraizado sentimiento de libertad transmitido a través del inconsciente colectivo -sentimiento que muchos estadounidenses encontrarían difícil de hacer entender a cualquier foráneo-; un sentimiento que acredita por sí sólo ese exclusivo derecho a vivir de cualquier modo en cualquier lugar, en un país donde las formas y las clases, la opinión pública o el status social equivalen a dinero, y sin él únicamente queda la decadencia o extinción de pueblos y gentes unidos hasta la muerte y alejados de un presente que se cuece en otros lugares, comidos por una soledad y una indolencia que acaba traspasando la piel de las personas e instalándose en su particular idea de la vida y el mundo.

Dos grandes películas que muestran las dos caras de un amor en el que la actualidad no tiene tiempo para entretenerse, además del alma de dos países y la decadencia de dos modos de vida. Dos películas encargadas de remarcar, con solemnidad o mediante una escueta narración desprovista de todo adorno, las dificultades que implican la convivencia y dedicación común, valorando y ensalzando de distinto modo una esencia compartida que todavía posee la capacidad para humanizarnos como personas. Dejando al espectador en el inevitable silencio que sucede a todo final, incluso el de quien imaginando también su futuro y ante el inconveniente de tener que pensar acerca de él, o jugar a decantarse por una variación, prefiere dejarlo para otro momento, se trata de cine.

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Palabras

No tenía familia ni amigos en España. Nunca había empuñado un arma. Tenía un trabajo (de mecánico), una novia (Ivy) y toda la vida por delante, pero con 22 años Jack Edwards lo arriesgó todo por luchar en una guerra que no era la suya, en un país en el que no había puesto un pie, España. Con otros jóvenes como él, algunos casi niños, abandonó Liverpool para enrolarse en las Brigadas Internacionales, el ejército de voluntarios extranjeros — 35.000, de 55 países— que apoyaron a los republicanos en la Guerra Civil. “Mi padre siempre decía que lo más importante que había hecho en su vida había sido luchar en España contra el fascismo”, explica Pete, su hijo, de 72 años, en un autobús al valle del Jarama para cumplir el último deseo de Edwards: que sus cenizas fueran esparcidas en el campo de batalla.

Este párrafo es el comienzo de una noticia aparecida en el diario El País el pasado 24 de Febrero. Pueden decirse y opinar muchas cosas acerca de ello -palabras-, se pueden dejar de decir muchas más -palabras-, obviar otras o aguantar las quejas de los que, sin ver más allá de sus narices, probablemente gritarían aquello de “más de lo mismo” como respuesta a su particular celebración de un único presente que reniega y convierte en lastre toda memoria y recuerdos que no sean los suyos -también con palabras, incluso más sucias-; y no sería de extrañar que hubiera amenazas al respecto. Pero no, no me interesa entrar al mismo y rancio trapo, no se trata de remover nada sino de esbozar algunos comentarios a partir de dos palabras, memoria y verdad. Para ello no vendría mal recordar que la memoria es la única herramienta de la que el hombre dispone para conservar y transmitir sus propios hechos, gestos y experiencias, lo que inapelablemente la convierte, con más frecuencia de la necesaria o deseada, en el objetivo de viles palabras tratando de ensuciarla de mierda interesada; siempre las palabras, ese exclusivo invento humano capaz de elevar y ennoblecer al hombre en toda su plenitud. No deja de paradójico, o triste.

Pero sobre todo me interesa de la noticia cómo alguien es capaz, era capaz entonces, de dejarlo todo para luchar por la verdad, sí, porque no creo que haya que recordar o ponerse a discutir de qué lado estaba la verdad en los años que la precedieron y durante la Segunda Guerra Mundial; con todos los peros que el diablo quiera imponer. Porque, dónde está hoy la verdad, si es que hay alguna. Si la memoria ya no significa nada o más bien la hemos convertido entre todos en una pesada e inconveniente rémora estamos inevitablemente abocados a perder la capacidad de comprendernos como personas y de reconocernos en lugares o momentos de nuestra vida, a repetir errores pasados, además de haber asumido sin rechistar que ya no hay nada común y muy poco que pueda compartirse -tampoco una verdad- y compartirnos. Hoy, los que detestan y desprestigian la memoria porque impone una pausa, un punto a partir del cual uno puede encontrarse a sí mismo o decir que empezó y al que regresar cuando duda o trata de renovar fuerzas, son los mismos encargados de vender que la verdad no existe -cada cual dispone de su verdad, que es como afirmar que no existe ninguna, luego todo el monte es orégano-; para ello ya se encargan las veinticuatro horas del día de comprimir los segundos impidiendo que las personas puedan reencontrarse en su propia memoria o reunirse en pos de una verdad, no dejando espacio ni tiempo para mirarnos a la cara y reconocernos y evitando que sepamos en qué lado estamos, si es que disponemos de alguno, qué y quienes forman o han formado parte de nuestra propia vida o cuales y quienes son los que nos sostienen o pueden sostenernos en caso de necesidad, tanto en el presente como en el futuro, tanto frente a lo malo como frente a lo bueno. Hoy es moderno o actual y necesario un hombre vacío, cual tabula rasa, ofreciendo su memoria y su corazón a la marca que le suministra el alimento que cada día se lleva a la boca u ocupa su mente, ni siquiera se trata de renegar de sí mismo porque no hay nada de lo que renegar, incluido el significado de la palabra renegar; hoy vivir es mostrarse como un recipiente permanentemente vacío listo para ser llenado o completado con infinidad de noticias, informaciones, juegos, publicidad, adminículos, entretenimientos, sucesos, actividades o expectativas tal que continentes huecos que sólo ocupan espacio, no quedando lugar para uno mismo o su memoria. Hoy no sabemos o no nos importa por qué queremos lo que queremos, por qué hacemos lo que hacemos, por qué, llegado el caso, dejaríamos todo, por qué compartiríamos el tiempo con otros para saber dónde está la verdad o para llegar a alguna verdad, hoy no hay verdades -son estorbos que frenan el funcionamiento del mercado, porque hoy todo es mercado-, solo la imperiosa y permanente obligación de mostrar un alma deshabitada y vacía de palabras.

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Violencia

Cualquier persona que viera las crudas y dolorosas imágenes del pasado jueves negro en Ucrania y después hubiera salido a la calle en este pueblo en el que vivo se hubiera quedado sorprendida al verse rodeada por furgonetas antidisturbios de la Policía Nacional listas para reprimir a unos ciudadanos que piden lo que deben como ciudadanos a los que, no olvidemos, todo gobierno democrático se debe, y no hubiera podido evitar que un escalofrío le recorriera el cuerpo de arriba abajo ante tan desmedido despliegue de potencial violencia, preguntándose indignada a continuación ¿es esta la respuesta de los que gobiernan contra los que no opinan como ellos? ¿a quienes están representando entonces? De pronto la distancia entre la Ucrania en la calle pidiendo independencia a un gobierno sostenido por una Rusia con sueños imperiales y este Alcázar de San Juan en la calle pidiendo un referéndum democrático a un gobierno municipal sostenido por enfrentamientos personales y venganzas cainitas fue mínima, y el punto en común que sobresalía por encima del resto era el de ciudadanos enfrentados a la violencia de un poder supuestamente representativo, al parecer el único medio “democrático” que algunos entienden para “dialogar” con quienes no opinan como ellos o no aceptan, no lo que ellos disponen, infelices, sino lo que desde atrás otros les imponen, porque estos gobiernos democráticos sólo son títeres, y cómo en los teatros de marionetas infantiles sólo entienden la violencia del palo como único lenguaje para vencer -porque de eso se trata, de vencer en lugar de convencer-, y cómo en los teatros infantiles ejercen de orgulloso y victorioso personaje ignorante de que su papel es una representación y él mismo un objeto que las manos de otros mueven mediante unos simples hilos.

E inevitablemente uno sigue pensando que la distancia no es un inconveniente a la hora de las semejanzas cuando se trata de ciudadanos sojuzgados por un poder al que las razones se le están quedando pequeñas o simplemente no existen, un poder abonado a un pulso unilateralmente sostenido a costa de ignorar unos cauces racionales de diálogo sustituidos por una violencia -da igual si implícita o explícita, no deja de ser violencia- que sistemáticamente amenaza, aprieta y golpea hasta que el amenazado y apaleado diga basta o caiga derrotado. Si ese es el futuro que les espera a los que nos están del lado de los poderosos sólo existen dos soluciones, agachar la cabeza y soportar humillación tras humillación por haber nacido en el lugar equivocado o utilizar la violencia contra la violencia, pero esta vez no mediante vías razonables o humanas, a quien entiende la violencia como medio para imponer sus criterios o de relación con los demás sólo puede respondérsele con violencia, directa y de frente o por detrás, a traición, ellos fueron los que primero rompieron las reglas con el invento e imposición de un sinfín de demoras, trampas e impedimentos cada vez menos legales y más excluyentes, así que tarde o temprano les llegará el momento de atemorizarse y no fiarse ni de su sombra, y vivir encerrados por miedo a salir a la calle, que es como hoy viven tanto el gobierno de Ucrania como el de Alcázar de San Juan.

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Apunte

Ahora que a Suiza le ha dado por preocuparse por la inmigración y ha decidido generosamente cerrar un poco más sus fronteras a todo aquel que no vaya con dinero por delante sería bueno construir autopistas libres de peaje con transporte gratuito desde, por ejemplo, Lampedusa o Cádiz hasta Centroeuropa -Liechtenstein y Luxemburgo incluidos- para que cualquier persona que desee mejorar su vida pueda acceder a los mercados más boyantes, es decir, llegar hasta los lugares donde la pasta parece que existe y se mueve con relativa facilidad, el trabajo -ese castigo divino- no escasea -con dinero la vida es más fácil que te sonría- y las posibilidades de asegurarse un futuro más o menos decente son mayores que en países de opereta como Italia o España.

Lo más práctico y elegante siempre será facilitar a todo aquel que se halle en esa situación el derecho a elegir y acceder donde le apetezca para intentar hacerse un hueco como mejor sepa o pueda; es tanto un derecho como un deber universal para el que no son necesarios perros ni policías, y el dinero que se gasta en ellos podría utilizarse para otras cosas. Y al paso nos callamos y trabajamos en común o nos largamos todos a Suiza a disfrutar de las montañas, el queso y los relojes -los bancos los podríamos admirar desde la calle-, siempre será más interesante que permanecer aquí soltando babas, malgastando tinta y tirándonos piedras unos a otros acusándonos con el socorrido ¡y tú más! entretenimiento de moda que ocupa el tiempo y los cerebros de progresistas, fachas, la prensa, modernos, gobierno, oposición, policía, ecologistas, izquierdistas de pro, zánganos, propietarios, curas, imbéciles, alternativos, folclóricas, el Papa, etc. -todos saben y opinan con razón pero nadie mueve el culo de su sillón, y lo que es peor, tampoco nadie hace nada inteligente desde él.

Y aunque es cierto que la culpa la tenemos todos, también es cierto que algunos pueden hacer más que otros por solucionarlo.

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