Ignoro cuando fue la última vez que alguien les vendió algo, me refiero a vender como actividad profesional que ejerce la persona al otro lado del mostrador, es decir, una persona que se aplicó desplegando parte o todo su arsenal de experiencia y simpatía para hacer que usted acabara con la prenda o el objeto en la bolsa atravesando la puerta de la calle; independientemente de que luego, en casa y a solas, usted fuera al fin consciente de su reciente adquisición, quizás algo alarmado porque en principio no estaba muy atraído por la compra. Es cierto que le interesaba o la quería pero podía haber pasado perfectamente sin ella o con otra distinta o de menor precio y, sin embargo, fue expertamente seducido o adulado para llevarse precisamente esa que ahora tiene en las manos, la que por supuesto no se arrepiente de haber adquirido porque le gusta y espera darle un buen uso, al menos aprovechable o satisfactorio.
Como todos sabemos la realidad del comercio actual se mueve por otros parámetros, las personas que se dedican a la venta en establecimientos, los vendedores, quienes en más de una ocasión suelen ser tomados como taimados embaucadores dedicados a colocarte lo que no quieres -entonces ¿qué haces allí?-, parecen haber pasado a mejor vida ahuyentados por los recelos y demasiadas veces el desprecio de un público que desea mirar y cotillear sin que le molesten ni interfieran en su sagrada voluntad -esa gran desconocida-, sin que nadie les pregunte ni les agobie hacia decisiones forzadas fruto de la precipitación, o que nadie más merece saber, ni siquiera quien mejor la puede guiar. Hoy día el vendedor debe pasar desapercibido con el pretexto de que ha de ser discreto en lo que respecta a hacer bien su trabajo, casi como no existir, o permanecer al margen a discreción o petición urgente del cliente. Desgraciadamente se trata de un trabajo que muy a menudo el público olvida, puesto que su objetivo principal es intentar vender algo a todo aquel que penetra en su tienda, o en la que trabaja.
Quizás el público actual prefiera meterse en vena, vía internet, cualquier producto con tan sólo pensarlo mientras le gusta creer que han sido ellos, por propia voluntad, quienes han decidido que lo necesitaban y consiguientemente lo han adquirido sin la intromisión de ninguna otra persona conocida o desconocida, amable o grosera, o con dudosas intenciones comerciales.
Se pierde otra actividad profesional, además de la especial relación que se daba entre vendedor y cliente, entre quien conocía su oficio y atendía a ese otro que llegaba interesado y sin saber, cada cual ocupando el puesto que le corresponde en la transacción.