Estambul (2)

Desde hace un buen rato al paseo se ha añadido la preocupación por sortear del mejor modo posible la caótica circulación, tanto de personas como de vehículos, que ocupa calzada y aceras, dos supuestos físicos por momento indistinguibles que el trajín de la calle no diferencia, vía asolada por una incesante actividad que obvia los impedimentos físicos del modo más práctico y efectivo, sin que las formas de hacerlo tengan mucho que ver con lo que pudiera llamarse correcto. De hecho, no parece haber una dirección o sentido específicos para el tráfico, los vehículos se mueven en todas direcciones a la caza del espacio libre según las recónditas e inesperadas necesidades de sus conductores; los puestos callejeros se sitúan ajenos o incluso desafiando el movimiento de cualquier ingenio sobre ruedas capaz de moverse por sí mismo, entre árboles, dominando las esquinas o junto a mesas de café con asiduos alrededor del inevitable té, a la puerta de bares con mesas repletas donde los parroquianos, jóvenes y viejos, juegan a las cartas y al okey -versión turca del rummikub-, o delante de accesos a tiendas que más bien parecen almacenes al por mayor. Hay que sortear taxis y furgonetas atestadas de trastos y objetos inverosímiles que maniobran contra corriente o contra las normas de tráfico, y todavía le queda tiempo al paseante para detenerse ante puertas abiertas de par en par mostrando locales atestados de mercancía ni mucho menos expuesta o mostrada en escaparates -resulta material y físicamente imposible-, por lo que sólo resta apilarla en apretadas columnas que sugieren tallas o modelos infinitos de todo tipo de prenda confeccionada susceptible de ser vendida. Es comercio, estúpido.

Por si uno no se había dado cuenta aquí se vende hasta el paraíso, para ello no hace falta acudir al Gran Bazar y perderse entre sus calles -disfrutarlo sólo pueden hacerlo quienes tengan la suerte de tropezar con un día a medio gas-, en una infinidad de zonas la ciudad parece un gigantesco bazar, cualquier rincón se convierte en un punto de venta donde ofrecer algún objeto vendible. El Estambul que a uno le da tiempo a ojear en primera instancia parece una potencial e inmensa transacción comercial, el comercio es el pegamento que apelotona el día a día de la ciudad; aquí todo es ofertable, en lugares caros, elegantes o de moda, muy del gusto occidental, o de un modo más tradicional, natural y paciente en el que el vendedor llega a ser un experto en tasar al posible cliente con solo mirarlo, sonreírle o soltarle un “Where are you from” que uno mismo ya es capaz de distinguir en cualquier tono o acento; a partir del primer contacto entre el vendedor y un potencial comprador queda una puerta abierta a un tiempo que puede eternizarse o resolverse rápidamente por matices o simples cuestiones de carácter, porque, y sobre todo, aquí no hay prisa y las posibilidades de que la probable venta no se lleve a cabo o de que finalmente sea un éxito gracias a un truco de última hora son las mismas. La clave es la insistencia, es el propio trabajo en sí, además de la paciencia y la perseverancia, el regateo viene a continuación, o no, a gusto del cliente, el dime cuanto, el sí y el no, el no puedo o la cómica persecución tras una última y falsamente desesperada oferta que cierre el trato, todo ello dentro de una profesionalidad tan vieja como la misma humanidad. Y comercio es que una vez cerrada la transacción, hasta la más pequeña, el comprador nunca sepa a ciencia cierta si le fue favorable, lo que incluye el consabido malestar que ello provoca en turistas vergonzosos e inexpertos obedientes al precio único, moderna imposición ante la que el cliente ha decidido de antemano deponer sus armas decidiendo no jugar, aceptando la primera y única oferta, gustoso de convencerse a sí mismo pensando que es justa. Aquí el negocio, como todo negocio que se precie, consiste en un tira y afloja que no todos quieren o pueden entender, sobre todo los mansamente habituados a que les tomen el pelo con una escueta y solitaria cifra de la que prefieren no saber más por pereza, por eso se sienten incómodos en lugares como este, o no los aceptan, no comprenden al hombre antiguo que vive y disfruta de la porfía que obliga al intercambio de más de una palabra, una inevitable plática en principio forzada pero que, si uno tiene paciencia y mano izquierda, bien puede acabar en una charla curiosa o interesante que concluirá en un trato entre dos en el que acaban interviniendo y mezclándose los humores personales que envuelven todo contacto humano, dándole aroma y sabor; porque probablemente y hasta alcanzar el acuerdo final uno acabará dejándose allí algo de sí mismo, de su alma, de su vergüenza o de su orgullo para salir jactancioso o estafado tras el esfuerzo desplegado ante un profesional de la palabra que sin ningún artilugio tecnológico sabe mirarte a los ojos y adelantarse a tus deseos y temores. ¡Aquí no engañamos! gritan algunos vendedores al público que se mueve entre los puestos.

Comercio es que a las puertas de los restaurantes el trabajador te asalte en la calle y te ofrezca la gloria hecha menú, soportando con sabio estoicismo el desdén y la molestia del turista altivo y desconfiado que todavía cree que él siempre elige lo que quiere y cuando quiere, además de no consentir que le asalten y le tiren de la manga con intromisiones que le asustan y violentan. Precisamente comercio es abordarte y ofrecerte y aquí estás en su terreno, y si uno ha decido venir a él ha de aceptar y tratar de entender que se trata de algo tan primitivo y natural que muy poco o nada tiene que ver con la hipócrita altanería anglosajona que todos hemos acabado adquiriendo a la hora de cualquier trato comercial, tan seca, tan dada a la indiferencia despreciativa hacia el otro. Hay un Estambul que pasa a través de la historia y es ante todo comercio, y si uno pretende vivir la ciudad ha de someterse a sus condiciones, entonces sí que puede disfrutar de veras dejándose llevar por un ritmo distinto en el que hasta lo que parece más absurdo tiene un sentido, embarcado en un estado de ánimo que sin saber cómo te conduce al negocio cuando, casi desnudos y chorreando ambos de pies a cabeza, el turco que te está frotando con denuedo dejándote el cuerpo en carne viva cesa un momento en su tarea y te mira muy serio a los ojos diciéndote: Problem? ninguno, pues quédate con mi número a la hora de la propina -todo ello en un primitivo diálogo de gestos que, como imaginarán, también es comercio.

Mientras, por las aguas del Bósforo se deslizan con solemne lentitud barcos gigantescos con destino al mar Negro, sujetos de otro comercio a mayor escala, que luego regresaran cargados hasta la borda en dirección al Mediterráneo, hacia lo que antes era todo el mundo.

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Estambul (1)

Si uno consigue situar sobre las aguas un hipotético centro físico que conformaran la entrada del Cuerno de Oro y el principio del estrecho del Bósforo, instalándose a continuación en él tratando de dejar igual distancia entre orillas, y gira sobre sí mismo intentando abarcar con la mirada el horizonte circular que le rodea no dejará de ver edificaciones hasta la cumbre de la colina más alejada, tanto en Europa como en Asia, una permanente ascensión de construcciones que comienza a nivel del agua y no deja espacio libre, ni siquiera para pensar, hasta asaltar la línea del horizonte. Y la primera impresión convertida en pregunta que viene a la cabeza es ¿cuántas personas viven aquí? Porque, y curiosamente, con ser una cantidad enorme no es lo más importante, la ciudad, más que edificada, parece una ciudad levantada por poderosas fuerzas naturales, una ciudad asaltada más que habitada, abandonada a sí misma, que no a sus habitantes, que es como decir en permanente, necesaria y vital expansión, que es como decir sin posibilidad material de regeneración o renovación, una ciudad sin tiempo porque está dejada al tiempo, que nunca se detiene ni da opciones para rectificar porque al segundo pasado, con mejor o peor fortuna, le obliga el siguiente exigiendo inapelable su cuota de presente. No es importante si la ciudad llega a parecer en ocasiones exhausta, si descansa, si alguna vez se detiene para tomar aliento, repito que tampoco es importante, ya se encargan los almuédanos de mantenerla despierta con sus permanentes llamadas a la oración. Por supuesto no es difícil imaginar que la ciudad, a pesar de parecer claramente delimitada, es físicamente inabarcable, un continuo perderse entre un tráfico infernal y callejas infinitas que nunca acaban de recorrerse. Piedra y madera, hierro y mármoles, y vegetación, incontrolada o no, barcos y gaviotas, gatos y peluquerías, y cuervos, y agua, más antigua, más experta, más pausada en su fluir que las corrientes humanas que pueblan sus orillas. Una ciudad que probablemente tenga un centro pero que también, probablemente, no sea único porque cada grupo humano que la ocupa se considera con derecho a elegir y exigir el suyo; y aunque el puente de Galata pueda servir como tal y haya días en los que parece a punto de venirse abajo debido al enorme tráfico que soporta, lo más probable es que siga viviendo muchos años más, agotando generaciones que lo verán como su casa o lo odiaran por todo lo que significa, esos otros que viven alejados de él y la atiborrada confusión humana que representa, cómodamente repantingados en sus elegantes casas a orillas del Bósforo. Ignoro voluntariamente los otros tiempos de la ciudad, que los tuvo, mejores y peores, su historia está por todas partes, lo que me importa es lo que hoy puede ver el viajero, turista o no, que sea capaz hacer un alto en su camino y echar un vistazo a la pequeña representación del mundo que la ciudad muestra, un mundo para el que, a primera vista, resulta difícil concebir un punto de entendimiento porque uno se ve incapaz de detener unos instantes a tanta gente y sentarla para ponerse de acuerdo en algo, una muestra de lo que es la humanidad en este planeta hoy día y de las enormes dificultades que entraña, ya no gobernarla o dirigirla, sino entender cómo o por qué se mueve.

Estambul es una muy buena imagen para intentar comprender por qué no somos capaces de entendernos entre nosotros y sin embargo hemos conseguido vivir unos junto a otros.

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Descanso

Descansaba de cualquier cosa, que es cuando uno se sienta sin saber por qué y luego le da por pensar qué hace ahí sentado, cuando me distrajo en la mesa de al lado un grupo de chavales hablando entre ellos, o gritando, tal es el permanente estado de excitación cuando se tienen quince o poco años más, de videos y de, por supuesto, internet, o sea del mundo, su mundo, un mundo donde la polvorienta tierra no existe, siempre limpio, siempre dispuesto y en movimiento, un segundo hogar al que acudir cuando los estudios aburren, los amigos no salen, aunque da igual que salgan o no, cuando el sueño no llega, cuando se enfadan o cuando no se tiene mucho que hacer, ya sentados, qué mejor que fisgar entre colgaduras varias. Hablaban de lugares en la red dónde ver videos supuestamente graciosos u originales, ellos, que ya lo saben todo, que dominan el mundo mediante un dedo, capaces de opinar y decidir acerca de cualquier cosa, aunque a veces con ayuda de alguna “web amiga”; decía que el tema iba de lugares más interesantes donde pasárselo bien visionando videos graciosos, entonces preferí no imaginármelo, cuando una de las chicas comentó muy excitada que, de viaje con sus padres en no sé dónde, consiguió hablar con uno de los famosos tipos que fabricaba y colgaba los videos, ya pueden suponer lo que eso supuso para ella y sus amigas, todo un éxito, se felicitaron mutuamente, ellas y él, y en un momento determinado de la supuesta conversación el fulano en cuestión les dijo que le enseñaran las tetas, eso sí, en inglés, para evitar oídos ajenos o entrometidos; ellas se partieron de risa por la ocurrencia pero casualmente dijeron que no, aunque luego se quedaron pensando que ¿por qué no? bien pensado, sus tetas podrían haber acabado en el cuerpo de cualquier hombre gracias a uno de sus ocurrentes montajes, o en el cuerpo de otra buenísima mujer… o cualquier otra cosa divertida (?). No sé si han llegado donde yo llegué en aquel momento, pero se me pusieron los pelos de punta, allí tenía a aquellos pequeños comemundos riéndose de las ocurrencias que les pedía el sinvergüenza guay de los montajes de vídeo. Ahora viene la pregunta, ¿Cuántos… -pongan el calificativo que ustedes prefieran, yo encuentro todos demasiado groseros, amén de prudentes- de esos hay en la red intentando algo similar con aquellos y otros niños y niñas? Si no puedes hacerles entender cuál es el objetivo final de ese tipo de preguntas “tan inocentes” ¿qué haces? ¿aún así los pones en guardia? ¿los dejas? al fin y al cabo no me importaba, no tenían que ver nada conmigo. Igual piensan que exagero, pero no pude ni puedo, no puedo olvidarlo, debía de estar muy cansado porque seguí sentado, aunque prefiero no contarles las cosas que pasaron por mi cabeza.

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Apunte

Ahora que se escuchan rumores de una gran coalición de los dos grandes grupos del Parlamento Europeo es hora de reírse de aquellos ignorantes de a pie que votaron el futuro. Ahora que un gris burócrata luxemburgués -lujoso paraíso fiscal-, aislado en su palacete porque no le dan lo que le prometieron, va a ser el nuevo dirigente de la Unión Europea es hora de reírse de aquellos ignorantes que votaron la alternativa colorada al futuro. Ahora que los que han dejado esto peor de lo que estaba van a unirse para salvarnos de nosotros mismos, la ignorante población -somos los extremismos-, es hora de reírnos y decirnos, qué gilipollas que somos, nunca vamos a aprender. Ni el guion más surrealista podría llegar a tal cinismo, mientras, los medios de comunicación nos informan con detalle de los pasos de esa gran coalición entre el habitual desinterés general y los zombis del fútbol.

Hablando de zombis, no sé si ya lo he dicho en otra ocasión, un tipo de California, a mi pregunta de por qué le gustaban tanto los zombis a los americanos, me dijo que era una forma de tener siempre presente lo que significa una vida manipulada -para evitarla a toda costa-, sin alma, dirigida por un poder que nunca se muestra ni está presente -aparece la causa original, no el porqué de los movimientos autómatas e irracionales de los zombis-; pues es la misma imagen que uno tiene cuando ve a tantos zombis gritando desencajados alrededor del fútbol -y que conste que me gusta el fútbol-, pero soportar la visión de tanto descerebrado ladrando eslóganes de tarugos y sandeces varias, además de haciendo espantosos gestos más propios de zombis -nunca mejor dicho- que de personas, me recuerda a una mala película de terror, sólo que estos zombis no muerden, son tan anormalmente imbéciles que ni siquiera tienen un motivo para vivir, sólo hacen el fantasma porque ahora toca. Además, apuesto a que la mayoría de ellos jamás ha jugado al fútbol.

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Gente 2

A la hora de dar con las soluciones el analista más capaz dirige su trabajo hacia los principios más elementales, la simplicidad suele ser sumamente clarificadora. Tal premisa es válida en cualquier campo de estudio o investigación, independientemente de que la cantidad y superposición de elementos intervinientes acabe embrollando las cosas, sobre todo en lo referente a las cuestiones humanas, lo que no invalida lo anterior, todo lo contrario, sino que obliga al investigador a hilar mucho más fino para llegar a esas causas primeras, cómo se mezclan, se solapan, ocultan, imponen y suplantan unas a otras, consciente e inconscientemente.

Luego, como no podía ser de otro modo, las complicaciones están aseguradas, así como los obstáculos, la penumbra y las intrigas, ya que, miremos hacia arriba o hacia abajo, la partida se juega hasta en las plazas más pequeñas. El más ignorado de los hombres comienza el día cargando con un “estado de ánimo” -si puede decirse así- que tiene que ver tanto con sí mismo como con el exterior, el mundo que le rodea, su mundo, y en función de sus instintos y reacciones más básicas y obvias se siente capaz de llevar con mejor o peor fortuna las horas que tiene ante él. De tal estado de ánimo dependen tanto su realidad más inmediata como esa otra que gusta imaginar y con tanta facilidad se llena de sueños y esperanzas; qué porcentaje juegue cada una de ellas en su disposición delimitará un carácter que unir al resto, a millones de ellos, tanto para asentarlo como voluntad y deseo propio como para convertir la misma vida en el cautiverio de una huida hacia adelante.

Estado de ánimo, pareja, hijos, amistades, trabajo, aspiraciones, deseos, sueños, votaciones… y mucho más. Tal vez es demasiado pero es lo que hay, y pueden añadirle lo que deseen, ADSL infinito, vacaciones en las Maldivas, la independencia -de lo que nunca fue, es ni será de uno-, la república, la bandera, Call of Duty XXII, la corrupción, el Real Madrid, Beyoncé o redimirse de la pobreza a costa de la violencia; inventos, desafíos, proyectos e ilusiones impuestas desde fuera que pueden acabar maniatando y casi asesinando al inquilino, inútilmente embarcado en una frenética actividad para la que no todos están capacitados o saben llevar con buen tino, por eso muchos necesitan descansar y apalancarse en lo que consideran más cómodo, o más seguro, o más fácil, o menos complicado… o nada, cerrando incluso sus vidas a cal y canto, a veces contra sí mismos, de tal modo que llegan a asustarse con el vuelo de una mosca. Una batalla que mientras se permanece vivo jamás estará ganada. Precisamente para eso se inventó el demonio, para calmar la angustia que genera el no llegar, culpando así al maligno -que adquiere infinitas formas, según época y conveniencias- de lo que nunca debió ser, mágica acusación que exonera y finalmente obliga a conformarse con lo que no se tiene porque podría haber sido peor, y el mismo tipo se mira las manos vacías y no sabe si llorar o seguir pidiendo antes que caerse muerto, o dejarse morir sin rechistar, acojonado por los ladridos de buitres y dinosaurios pregonando a diestro y siniestro que este mundo que tenemos es el único posible, o ellos o el caos, sagrados salvadores de la nada. ¿Entonces?

Afortunadamente no hay un solo mundo, los hay infinitos, y cualquier cambio significa una puerta abierta que debería entusiasmar. Las cosas nunca tienen por qué ir a peor si somos nosotros quienes decidimos acerca de ellas, siempre podremos rectificar en función de nuestros deseos, los que más importan, los que nos hacen despertarnos cada mañana sin que nos avergüence levantarnos de la cama, confiados en tantos pequeños y grandes proyectos, individuales y colectivos, que nada tienen que ver con imperios ni delirios de grandeza, sino con realidades al alcance de la mano, porque también sabemos que a medida que ampliamos el radio de nuestra experiencia la mezcla de vidas, proyectos e ilusiones será mayor, y eso sí que es interesante, y a cuantos más podamos incluir en el mismo proyecto común mucho mejor, porque entonces aprenderemos a dejar y recibir, a aceptar, rectificar y entender, aunque no a comprender, a ayudar y a colaborar, a no dejarnos engañar y a llamar a las cosas por su nombre.

Tal es la titánica tarea, llevar adelante la propia vida además de luchar contra un paisaje de monstruos que sólo piensan en sus ombligos, llámense FMI, la patria, la extinta soberanía popular, la casta -tan de moda-, los marcianos, la tribu, los míos, etcétera. Y el campo de batalla es la política, que no los políticos, porque, en este país desde el que escribo, díganme qué elegir entre: nostálgicos de la dictadura que no merece la pena ni mencionar, una falsa derecha -“los fachas”- descendiente del franquismo que nunca fue democrática y que únicamente vela por el rey, la iglesia, sus privilegios y el Ibex35; una derecha llamada PSOE que hace tiempo olvido sus logros y orígenes y ve cómo se le hunde el suelo bajo sus pies por meterse en terrenos que no son los suyos -porque para defender a capa y espada el statu quo capitalista ya está la derecha tradicional, aunque no la española-; unos partidos nacionalistas inventados por oligarquías regionales ansiosas por heredar títulos y prebendas a costa de historias de otras épocas que sólo ofrecen el enfrentamiento con el vecino de al lado, al que ahora hay que odiar como enemigo porque no piensa igual, obligándote a seguir sus consignas o a irte de tu casa -curioso concepto de libertad el suyo. Una izquierda que se dice unida incapaz de respirar al margen del PC de toda la vida, un partido viejo que todavía no ha admitido que la gente, equivocada o no, prefiere la vía actual a la que ellos ofrecen, que en ciertas zonas del país ha perdido su perspectiva internacional y solidaria para aliarse con caciques locales y así acceder al poco dinero que necesita para vegetar, que no vivir; o partidos con nombres de última hora o nombres que han inventado un partido para hacer de jefe. O nuevos partidos que, apenas nacidos y ya olfateando el éxito, todavía han de dar los primeros pasos para autoconstituirse, para lo cual tienen que decidir qué es lo que quieren, supongo que algo más que seguir como bufones de plazas y mercados vendiendo una sospechosa y exclusiva pureza habituada a tildar de sucio burgués a todo aquel que no piense como ellos, aún perdidos en asambleas infinitas incapaces de acordar diez puntos comunes por los que empezar a trabajar y atraer a otros a su suerte, además de tener que aguantar toda la mierda que los viejos partidos van a soltar sobre ellos al ver peligrar sus sillones… lo siento, he perdido a la gente, pero ¿creen que tiene tiempo y capacidad para ilusionarse con esto?

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Gente 1

Hoy día resulta difícil estar al tanto de las novedades porque cualquier cosa puede ser novedad, según quién o qué, más difícil todavía es escarbar entre tanta supuesta novedad o información y obtener algo que merezca la pena, ya sea en lo concerniente a lo que expresamente uno desea como en lo que se refiere a la fiabilidad de lo que cada cual está dispuesto a llevarse a la boca. Y si a ello añadimos la insólita creencia de que todo quisqui tiene el derecho a decir lo que le venga en gana sin que nadie, mejor informado o con mayor conocimiento acerca, pueda ni siquiera afearle el gesto, la cosa se pierde en el horizonte. El desperdicio de tiempo puede ser inmenso. También es difícil no repetir o repetirse cuando se tiene intención de hablar o escribir acerca de algo o alguien porque ya otro habrá puesto en su punto de mira y consiguiente circulación lo que uno anda buscando, porque aquel es más rápido, en muchas ocasiones sin que le importe o simplemente le pille de paso. Pero, con todo, eso no es lo más importante, tanto en la forma como en el fondo los asuntos relacionado con las personas siempre se parecen, da igual el tiempo o el lugar, la materia prima no ha cambiado en centurias y aunque los tiempos pinten con más brillos o velocidad las cuestiones son básicamente las mismas, asuntos que tienen que ver con la sinceridad y la confianza, con el temor o la esperanza, con la pasividad, la inercia o la decisión.

Como en el resto de Europa por aquí han tenido lugar unas elecciones al Parlamento Europeo en las que se nos intentaba vender un futuro que parecía mágicamente depositado en nuestras manos, nada menos que el mañana de un continente y unas personas que cada vez se entienden menos a sí mismas y son menos protagonistas de sus propias vidas. Mentira y gorda, porque los que nos venden oportunidades semejantes son los que necesitan de nuestros votos para que las cosas permanezcan como hasta ahora. Ya lo sabíamos, lo increíble es que todavía haya gente que no mueva un dedo por evitarlo, o les crea. Y sin embargo sigue siendo cierto que mientras no desaparezca por completo el simulacro del voto cualquiera puede depositar la papeleta que al resto le gusta considerar equivocada por inconveniente, inapropiada, a destiempo o ¡vete a saber qué! ¡Ah! la sabiduría de los expertos…

Pero hete aquí que no en todos los países los ciudadanos han valorado, opinado, deseado y/o votado del mismo modo, aunque los problemas fueran los mismos, como ya dije antes, los miedos no suelen serlo, los sueños tampoco, ni las esperanzas, ni la solidaridad, sobre todo cuando se mezclan la desconfianza y el orgullo. Por eso han sido tan diferentes los resultados en países vecinos como Francia y España, doctores habrá argumentando las diferencias en cuestiones históricas, de raza o cultura, vestigios de otros tiempos que siguen de actualidad, etcétera; sin embargo y mal que les pese a algunos el presente es de los vivos, los que habitan actualmente el mundo, son, al margen de débitos pasados y responsabilidades futuras, los que deben llevar la voz cantante, son sus vidas y nadie tiene derecho a condicionarlas de ningún modo; las valoraciones, reprimendas y justificaciones siempre vienen a posteriori, sus autores juegan con ventaja pero, afortunadamente o no, juegan tarde. Así, mientras que el carácter francés se ha dejado guiar más por Asterix que por Camus, por aquí las cosas han vuelto porque nunca se fueron del todo, el Quijote sigue pesando en la condición de los nativos de esta parte del mundo, lo que, por otra parte, bien puede hacerle a uno enorgullecerse de ello.

De aquel 15-M viene este Podemos, esgrimiendo una serie de propuestas tan básicas, tan necesarias, tan universales que da vergüenza tener que reivindicarlas todavía hoy. Democracia para todos y derechos humanos, no me digan que no es para echarse a llorar. Cuestiones demasiado grandes y etéreas poco dadas a concretarse en decisiones inmediatas, que siempre son las que han de marcar el camino; creo que en primer lugar son necesarios objetivos más prosaicos, entre ellos hacer entender a muchos que deben desfilar hacia la puerta de salida, precisamente ese es uno de los mayores problemas, porque no quieren irse, no sabrían qué hacer, sólo se ven a sí mismos advirtiendo, amenazando, predicando y medrando, pobrecillos, siguen sin querer darse cuenta de que su tiempo ha pasado, resisten, podrían dedicarse a vivir y dejar vivir, ya han acumulado suficiente para hacerlo -más que muchos de nosotros-, pero no, ya están sermoneando y reprendiendo a los más asustadizos, la generalidad, haciéndoles creer que sin ellos entonces el mundo se vendría abajo. ¿Les suena?

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Toledo en tres brochazos

En la estación más que varios carísimos trenes de alta velocidad aguardan una sola dirección, Madrid-Toledo y viceversa, no sirven para otra cosa, los nuevos trenes convencionales, igual de cómodos y casi tan rápidos, no circulan hacia Toledo porque se han eliminado de un plumazo las estaciones intermedias, Aranjuez incluida; son las formas de unos gestores que, en contra del concepto de utilidad, han dilapidado irracionalmente un presupuesto hacia el que no les liga ninguna responsabilidad ni necesidad pública, obedecen la voz de su amo sin conocerlo, para lo cual y si es necesario inventan y publicitan la nada a cambio de calderilla. Esto sí que es matar mosquitos a cañonazos.

Incluso en un día normal las colas adornan las calles, algunas, no todas, y en las colas siempre hay orientales, grupos dóciles y bien pertrechados que siguen diligentemente a un guía que se hace ver por encima de sus cabezas; también hay grupos de otras nacionalidades, y grupos de españoles, antes no era tan fácil verlos. El sol comienza a apretar y la gente busca la sombra, los bares recién abiertos van llenando las terrazas y los camareros han de darse prisa para satisfacer a todos, bien, a medias o mal, según la diligencia y las ganas de apretar el paso a horas tan tempranas en un trabajo para el cual el noventa por ciento de ellos no están preparados. Es fácil ser camarero, dicen, aunque yo creo que no, el cliente no debería ser un memo al que se le exige con tal de que se calle y se le da boleto a las primeras de cambio para que deje la mesa libre, sin embargo me temo que les hacen creer que es así, la cuestión es que el tipo pague y se largue para que pase el siguiente. Una de las cosas más curiosas del trayecto hasta aquí –El Greco como motivo principal- es que hemos tenido que atravesar plazas y calles estrechas y desiertas, o callejones, algunos tan angostos que su anchura daba para poco más de una persona. Por el camino pregunté a nuestro guía a qué se debía tanto muro y ladrillo aparentemente bien conservado, tanta tapia bien alta, en la mayoría de los casos sin puertas ni ventanas al exterior. Son conventos. ¿Cómo? Todas estas tapias que venimos dejando atrás son conventos. ¿Tantos? Una gran parte de la zona antigua de Toledo está ocupada por conventos. ¿Vacíos? Casi. Son propiedades enormes habitadas en muchos casos por tres o cuatro monjas. Pero, ¿parecen muy bien conservadas? ¿quién paga el mantenimiento? ¿Debe ser caro? Imagino que el Ayuntamiento o la Comunidad -respondió el guía. No volví a preguntar, pero si han estado alguna vez en Toledo intenten hacer un recuento de la superficie que ocupan estas propiedades y luego hagan un cálculo de lo que cuesta su mantenimiento. Muchísimo. Y ni siquiera pueden utilizarse para algún fin público, son propiedad de la Iglesia y por supuesto no pagan impuestos…

De vuelta a la estación tropezamos en una plaza con una pequeña congregación de personas que parecen reclamar algo, nos pilla de paso y de paso nos enteramos de que son bibliotecarios de la Comunidad reivindicando que las bibliotecas públicas dispongan de los fondos suficientes para renovar y aumentar el número de libros de sus estanterías, además de ofrecer a los usuarios unas instalaciones decentes. Corren malos tiempos y no hay dinero, según para qué, para trenes parados sí que hay. Nos ofrecen alguna información, chapas y octavillas con sus peticiones y, antes de separarnos definitivamente, nos sorprendemos en común cuando, justo al lado, una pareja se vuelve malhumorada hacia ellos y les espeta sin mediar causa o motivo: “rojos de mierda”, nadie sabe por qué o a cuento de qué. Ellos lo encajan bien, nosotros nos quedamos pasmados y sin saber qué decir. Los perdemos de vista sin más comentarios. Nos vamos, nos espera nuestro cañón. ¡País!

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Una película española

El cine también es la solución a muchas tardes cuesta arriba, aunque moleste a algunos aficionados al mismo, por eso es el socorrido recurso a los domingos lluviosos, cuando hace frío o no hay nada mejor que hacer, independientemente de otras opciones o, peor aún, cuando llega el cansancio provocado por tanto y tan empalagoso te quiero o porque, definitivamente, no había mucho más que decir. Y el que una película española que no se revuelca en el cutrerío y la grosería más casposa, muestra sangre por los cuatro costados o trata de llamar la atención con una catástrofe apocalíptica -o en la que simplemente trabaja ese actor que sale en “la tele”, o esa actriz rubia que solo sabe hacer películas de terror-, esté llevando a tanta gente a las salas de cine costeándose de su bolsillo la entrada es algo importante, o al menos a tomar en consideración. Que Ocho apellidos vascos llene salas y siga engordando recaudaciones se debe principalmente a que no hace sino mostrarnos tal y como somos, eso sí, a pesar de la excepcionalidad del terruño de cada cual y su singularidad única en el mundo, porque ya lo sabemos y estamos hartos de oírlo, como la tierra que a uno le vio nacer ninguna -la misma historia de siempre-, y el que diga lo contrario es un capullo traicionero que intenta ofender con envidiosa malicia; por aquí seremos semejantes o parecidos, pero iguales jamás, faltaría más.

El sur, el sol, el anticiclón de las Azores, los Pirineos, los curas, los toros, las temperaturas extremas, los chistes, el gusto por la comida y la bebida, la devoción localista, la juerga y el estar mucho por la calle -llámese también el santo de turno, la virgen que toque, la romería de todos los años, la ofrenda al patrón, la sangrante conmemoración o el sentido homenaje a la patria- nos definen en todo el mundo más de lo que a algunos -no sé cuántos- nos gustaría. Tanta coincidencia nos ha hecho directos y curiosamente espontáneos, amables pero un poco secos, dados a las bravatas -en algunos casos algo fantasmas-, más incondicionales, auténticos y fieles que Dios y en general más provincianos de lo deseable; muy dados a poner los cojones encima de la mesa y aficionados a una chulería demasiado recurrente al “y tú más” y el “qué te has creído”, lo de mi pueblo sí que es de verdad, eso sí que son tradiciones, ese plato como en mi pueblo en ningún sitio, etcétera, etcétera, etcétera.

Afortunadamente el guion de la película está escrito con un lápiz y un pulso muy fino, tan fino que apenas sobresale el trazo sobre el papel -tampoco el más grueso-, incluso podría pasar desapercibida; a lo que sumar una dirección que pasea al espectador sin fatigarlo hacia un sonriente final despojado de toda pretensión superflua, no es una gran obra pero si un buen entretenimiento que permanece en una media sonrisa que lentamente se va deshaciendo en el olvido. Un guion y una dirección que sostienen la atención del espectador sorteando sin estridencias potenciales malos modos, controlando o evitando desviaciones demasiado fáciles y previsibles, eludiendo con prudencia y acierto salidas de tono innecesarias, discriminando con buen tino cualquier desproporción  en cuanto a bromas pesadas, ignorando una infinidad de posibles excesos y dejando en la estacada al chiste destemplado que aburre y empalaga cuanto toca cuando prolifera sin venir a cuento. En el fondo da igual que el tema sean los vascos o los andaluces -como si por aquí no hubiera chistes para todo el mundo-, porque cualquiera que hubiera sido el blanco elegido no habría gustado a los retratados; hay que dar por supuesto que habría faltado a la verdad, en el mundo real los protagonistas no actúan así, en la película se muestran unos estereotipos tendenciosos e insultantes etcétera, etcétera, etcétera. Tan dados como somos por aquí al rompe y rasga, más de uno habrá puesto el grito en el cielo tildando a la película de ofensiva, malintencionada, españolista y blablablá.

Por mucho que duela a algunos a este lado de los Pirineos son más las coincidencias que las diferencias entre sus pobladores, o tenemos eso claro o simplemente nos estamos equivocamos. Es necesario salir algo más del terruño, visitar otros pueblos y aprender que las diferencias son matices que en más ocasiones de las que creemos no merece la pena tener en consideración, importa más lo que nos une, lo que nos hace iguales, lo que posibilita el entendimiento antes que las siempre discutibles cuentas pendientes, muchas de ellas imaginadas o inventadas a conveniencia, fruto del miedo, la desconfianza, la vanidad o un resentimiento sin nombre ni origen conocido que suele crecer o cultivarse por intereses ajenos al presente de las cosas.

Como suelo equivocarme no me importa rectificar cuando viene a cuento, lo que no significa que pueda decir lo que me venga en gana sin tener en cuenta el lugar del que provengo y la gente que me rodea, pero al menos estoy tranquilo acerca de una cosa, no merece la pena enfrentarse al vecino de forma gratuita porque, afortunadamente, estamos obligados a vivir en común.

Algo más respecto a la película, habrá secuelas, con lo que nos podemos esperar cualquier cosa.

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Apunte

Parafraseando al inestimable DFW;

 

**¿Qué es “un español”? ¿Acaso tenemos algo importante en común, como españoles, o es solamente que resulta que vivimos todos dentro de las mismas fronteras de forma que tenemos que obedecer las mismas leyes? ¿En qué se diferencia exactamente España de otros países? ¿Acaso tiene algo extraordinario? ¿Y en qué consiste ese algo? Hablamos mucho de nuestros derechos y libertades especiales, pero ¿acaso también hay responsabilidades especiales que vengan con el hecho de ser español? Y de ser así, ¿responsabilidades para con quién?**

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Exilio

Creo que todos conocemos de oídas o tenemos algún amigo o familiar que, a la vista de las pocas oportunidades que se mueven por aquí, ha tenido que largarse de este país para intentar hacer algo profesional y laboralmente con su propia vida, cuestión esta más bien secundaria para un gobierno que, en una muestra más de cinismo, habla de las capacidades, el vigor y el empuje de nuestra ciudadanía mejor preparada, como si la cosa no tuviera que ver con la escabechina laboral y social que se traen entre manos y solamente se tratara de cuestiones personales, casi de gusto, que favorecen las relaciones con Europa y el aprendizaje de idiomas; se trata simplemente de estar a la cabeza de algo. Y se ha convertido en una autoextradición tan frecuente que ya a nadie le extraña que tanta gente tenga que hacer las maletas para intentar resolver su futuro de manera digna, cosa de los tiempos que corren, como si ello tuviera que ver con una mano divina encaprichada en zarandear a su antojo las cuestiones humanas.

Este auténtico exilio, consecuencia de una crisis ficticia pergeñada por unos intereses particulares de enriquecimiento muy reales, es bastante significativo en cuanto al futuro que se le está imponiendo a las clases menos pudientes de la sociedad, sobre todo porque está expulsando del país a una mayoría de personas con estudios universitarios y técnicos en una operación de desmantelamiento a pasos agigantados dictada por gurús de pacotilla que han decidido de antemano qué clase de ocupaciones y actividades laborales corresponden a esta parte del mapa. Y probablemente sea ir demasiado lejos -o no-, pero hace algo más de setenta y cinco años un golpe de estado perpetrado por las fuerzas más retrógradas contra un Gobierno legítimamente elegido envió lejos de nuestras fronteras a una generación de españoles educativa, cultural e intelectualmente muy bien preparada porque el nivel cultural de la población, a la hora de asumir y obedecer las reaccionarias consignas de los vencedores, debía retroceder a niveles de indigencia y analfabetismo de siglos pasados. Interesaba, tanto entonces como ahora -parece que no ha pasado el tiempo-, un vecindario obediente e ignorante, sumiso y casi amordazado, más preocupado por el acceso a las necesidades más básicas que por sus posibilidades de mejora social y cultural, excluido de lo que significa vivir con dignidad porque ha de dedicar todas sus capacidades a intentar subsistir en competencia con otros igual de necesitados, sin tiempo ni medios para exigir derechos y respeto como ciudadanos. En definitiva, el resultado final es un país de esclavos y siervos dedicados a las tareas más elementales para las que apenas es necesario un mínimo nivel educativo y/o cultural, una nueva versión -más moderna- del “que inventen ellos” que nos deja como excluidos, ni siquiera a la expectativa, sin memoria, castigados y en cruda competencia por unos sueldos cada vez más bajos y condenados a la más absoluta precariedad.

Aunque el origen de aquel exilio fuera un golpe de estado contra el poder legalmente constituido por parte de las derechas más simples y reaccionarias, que provocó una guerra civil y sumió al país en décadas de retroceso y subdesarrollo, no hace falta conocer mucha historia para advertir a simple vista que el gobierno actual, formado por las mismas facciones de entonces -en muchos casos por sus descendientes directos-, se mueve demasiado bien en este tipo de escenarios; con la excusa de lo inevitable -casi divino- se repiten las formas -no queda otro remedio-, los discursos -saldremos adelante por nuestros propios medios, a la fuerza, pero sin reconocer en qué condiciones y que lo perdido ya no se recuperará-, y se enaltece la raza patria y valía de los más capaces -frente a la opción de sentarse a rezar por si escampa, repartirse las migajas y dar las gracias a Dios por estar sanos-, dejando el solar limpio y aseado para mostrar al mundo que donde no hay no pueden crecer más desgracias.

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