En el aeropuerto

Hasta que paneles electrónicos y megafonía le indicaran la zona y puerta de embarque disponía de tiempo para deambular por la terminal, otra cosa era que se sintiera inquieto y descolocado porque, para variar, no llevaba nada en las manos. Podía comprar algo -se dijo. No recordaba la última vez, si es que hubo alguna, en la que viajó sin bolso ni bolsa grande o pequeña, al menos la del consabido regalo para su hija; pero ahora se iba, luego el regalo tendría que ser a la vuelta. Sin saber cómo se encontró rodeado de bebidas y dulces para regalar reluciendo bajo una iluminación más que excesiva que convertía una vulgar chocolatina en un pesado lingote de oro. No se había equivocado ni salido del camino que inconscientemente venía siguiendo, sucedía que la senda impresa en el suelo con diferente color que el resto de la terminal y recta al principio, de pronto, encauzada como un embudo por vallas móviles que impedían el paso, un atajo o la simple salida, serpenteaba de forma caprichosa entre expositores duty free. Giró la cabeza para cerciorarse de que no se había equivocado y no, no lo había hecho, había un único camino domesticado precisamente hacia la inmensa zona comercial. Maldijo a los diseñadores del marketing, o del mercado, o como se llamarán; ni cuando viajas son capaces de dejarte en paz. Como si no tuvieras ya bastante con irte. Decidió por su cuenta y riesgo apartarse de la senda amarilla y buscó al azar un rincón por donde pudiera adivinarse un hueco para escapar, cosa a primera vista difícil. Se atragantó de regalos para los niños y adultos de la familia, también de última hora o en los que tirar el dinero suelto que no se ha gastado, y finalmente se decidió por un extremo más apartado que parecía abierto hacia el vértice que formaban dos estanterías en ángulo recto. Allí había tabaco pero no salida, el diedro se cerraba de forma perfecta. Y para qué puñetas quería él tabaco, así que vuelta atrás. Al principio, distraído entre los precios, no se dio cuenta, no es que le interesaran, era su incorregible curiosidad que luego le entretendría comparándolos con los de la calle. De pronto lo vio tendido en el suelo de cara a un estante repleto de cartones de rubio americano -el del vaquero muerto-, envuelto en un traje que aún dejaba ver algunos de los lustres que en tiempos lo adornaron. Parecía dormido o sin conocimiento, inmediatamente se inclinó sobre él y comprobó con alivio que respiraba, aunque muy débilmente; lo zarandeo intentando que el hombre reaccionara y no obtuvo respuesta, volvió a hacerlo y el tipo pareció recobrar el juicio mirándolo sorprendido con barba de días. No parecía entender, tampoco él. ―¿Dónde estoy? -le preguntó el caído al mismo tiempo que él le enviaba un ¿le sucede algo? que tropezaron en el aire. Vuelta a empezar. ―Creo que me maree… hacía mucho calor… y luego debí caerme… creo. Pero no sé cuándo… ¿qué día es hoy? Le ayudó a levantarse mientras intentaba recomponerle el traje y adecentar su aspecto. El tipo miraba a un lado y a otro entre sorprendido y avergonzado, tal vez buscando una explicación que nadie le había pedido pero que él parecía necesitar. ―Debí extraviarme. ―¿Cómo dice? ―Que me salí del camino. Iba en dirección a la puerta de embarque, no llegaba a tiempo y de repente me vi rodeado de luces y tiendas… debí confundirme, o salirme sin darme cuenta. ―No, el camino es la zona de las tiendas -le aclaró. El otro parecía no comprender. ―Quise acortar, regresar a… ―La única forma de llegar a las puertas de embarque es pasando precisamente por aquí -volvió a repetir. ―Pero yo no quería comprar nada, tenía prisa… de pronto parecía enterarse. Siguió hablando y repitiendo que probablemente debió desmayarse a causa del calor cuando buscaba una salida y caer en lo que, por lo visto, parecía ser un rincón poco transitado ―¿Qué día es hoy? ―Miércoles, 12. ―Eso fue ayer, perdí el avión. La desafortunada evidencia de su descubrimiento no merecía ningún comentario más. ―¿Es que no hay otra forma de llegar al avión? Antes podías elegir entre ir directamente a tu puerta de embarque o perder el tiempo comiendo o comprando. –Parece que ahora no es posible. ―Pues vaya mierda. ―¿Tiene dónde ir? ¿Puedo hacer algo más por usted? Acaban de anunciar la de mi vuelo. ―Ah, sí, no se preocupe, vaya, vaya. Estoy bien. Disculpe por las molestias y muchísimas gracias… y perdóneme.

―Y ya lo sabe, siga el camino amarillo y no se perderá -lo dejaba casi recompuesto y visible mientras se despedía de él alzando la mano y acelerando el paso hacia lo que parecía la salida de la zona comercial, era fácil, no tenía más que seguir la senda amarilla culebreando entre expositores y más expositores, bien arropado e iluminado por las permanentes y salvadoras luces del comercio. ―¡Jo! -acababa de ver unos auriculares que le gustarían un montón a su hija… Volvían a anunciar la puerta en la que esperaba su avión. Vamos -se decía avivando la marcha-, pareces tonto, ¿para qué quiere Silvia otros auriculares?

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Comer

La continua ofensiva de diletantes, aspirantes y expertos en las artes culinarias que nos invade no parece que vaya a cesar, todo lo contrario, a los programas de relleno protagonizados por cazos y cacerolas se le han sumado los concursos televisivos en los que cualquiera que sepa coger una sartén con una mano sin que se le caiga al suelo se siente con serias aspiraciones a futuro chef, nada de cocinero, eso es una vulgaridad de la que no hacían gala nuestras madres, lo de hoy tiene más pedigrí, como también puede ocurrir que dentro de poco sea una vergonzosa ordinariez pronunciar en una laboratorio culinario palabras como comer, beber, alimentarse, alimento o alimentación ¡puaj! Mientras, la población asiste entre ajena y aburrida a esta invasión plagada de valerosos emprendedores que, con su correspondiente sartén en la mano, buscan -mejor con la ayuda de la bendita televisión- la fama que no saben apreciar en su justa medida amigos y allegados. En el fondo, tal descenso a fuegos tan básicos, siendo prudente, resulta patético, este retroceso al materialismo de fogón es bastante significativo de lo que viene ocupando las cabezas de unas personas a las que no les parece suficiente hacer felices a los demás con su trabajo y necesitan que alguien les diga, o celebre y aplauda, que su verdadera vocación está en otro lugar y de la mano de aptitudes más estilosas, luego lo que hasta ahora han venido haciendo con su vida ha sido perder el tiempo. Porque lo verdaderamente interesante y estimulante hoy es que una sandía sepa a entrecot de ternera, con estos mimbres no quiero pensar qué cimas tan espléndidas aguardan a la humanidad, eso sí, este no es un terreno apto para todo el mundo, los anticuados que todavía piensan que comer tiene que ver con ingerir una serie de elementos indispensables para que el cuerpo se desarrolle de forma óptima y con ello llevar una vida sana y feliz siguen sin enterarse de por dónde se mueve la actual restauración ni alcanzan a comprender los caminos tan especiales que transitan tales artistas para lograr tan hiperbólicos manjares y, por supuesto, tampoco entienden que tales empresas no se pueden pagar como si fueran una vulgar y corriente comida más. Hasta que la burbuja explote.

Hay historiadores que han intentado indagar en las peculiaridades de pueblos y sociedades antiguas o desaparecidas a través de su alimentación, pero ello formaba parte de un estudio exhaustivo general en el que cada parcela ofrecía su modesta contribución al devenir y la evolución de la población objeto del estudio; cada faceta de su cultura, como es la alimentación, colaboraba en su justa medida, pero, que yo sepa, sin intentar hacer de alguna de ellas la clave sobre la que se levantó o hundió el imperio en cuestión. La actual avalancha tardoculinaria de relumbrón que ocupa primeras páginas de periódicos y revistas, principales horarios en televisión y mejores destinos en ciudades y países, en cambio, pretende que la cocina deje de ser una cocina para convertirse en la Capilla Sixtina del espíritu, un recinto no apto para todo el mundo que lleva incorporados una serie de requisitos que, salvo contadas excepciones, dejan ver unas intenciones más que aviesas en forma de una huida hacia adelante en la que el bolsillo, para variar, es fundamental; en muchos casos esta “alta cocina” significa altos precios no muy asequibles para una gran parte de la población -lo que inevitablemente obliga a una selecta criba de paladares-, los que no lleguen han de reaprender a comer o quedarse con hambre si intentan adaptarla a su bolsillo; mejor no hablar del tiempo para acceder a tan variada y exótica despensa y las ganas para prepararla -¿se dice así?- después de un duro día de trabajo, si es que uno trabaja. No sería nada extraño que al final resultara que no todo el mundo dispone de un paladar genéticamente preparado para saborear semejantes néctares, hace falta educación, cultura, modales, reservar con antelación y admirar con arrobo a tan doctos malabaristas de la vitrocerámica -¿o la vitrocerámica ya es una antigualla?

Por eso nadie se extrañó hace unas semanas al leer en la prensa que unos supercocineros españoles, vascos para más señas, hoy no hay que menospreciar matices tan importantes, encandilaron a las superinteligencias del MIT (Massachusetts Institute of Technology) con un despliegue de sus artes en el que “los asistentes degustaban una ‘carne muy dulce’ que resultaba ser una sandía deshidratada…”

Ya puestos, podían desmolecularizar y desatomizar cualquier órgano u organismo bioquímico-celular susceptible de ser catalogado y administrado como posible ingesta deconstruyéndolo hasta reatomizarlo y resintetizarlo en esencias fotovolátiles que sólo los expertos hipersentidos de macroorganismos con apariencia humana serían capaces de disfrutar en toda su plenitud. El resto, en nuestra habitual ignorancia.

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Más de lo mismo

Hace unos días una señora rica -Mónica Oriol se llama la sujeta-, nieta de ricos que siguieron haciéndose ricos durante la dictadura franquista e hija de ricos que también progresaron con esta democracia que tenemos, tuvo un pronto y soltó en público lo que piensa, cosa de agradecer tal y como están las cosas, porque si todos lo hiciéramos sabríamos con quién nos jugamos los cuartos y no tendríamos que aguantar a tanto parásito ignorante e incompetente chupando de la teta del estado, largando a diestro y siniestro y dando lecciones de cualquier cosa sin que nadie se moleste en cerrarles la boca. Pero, con todo, no fue lo más importante que acusara a las mujeres de quedarse embarazadas a propósito para impedir el aumento de beneficios de los sacrificados, buenos y grandes empresarios, figura económicamente excelsa que se esfuerza y esfuerza en timar y explotar al prójimo para engordar su cartera; no hay que olvidar que una mayoría de la gran clase empresarial no existiría de no ser por el dinero público, que es quien les proporciona mediante subvenciones, rebajas de impuestos y contratos exclusivos el cien por cien de sus beneficios, la libre competencia entre ellos se limita a ponerse de acuerdo para no estorbarse y repartir ganancias. Lo más chistoso de las declaraciones es que la tal señora rebuznara en público que el salario mínimo obliga a pagar un sueldo a jóvenes que no valen nada, gente a la que hay que darles un dinero que no producen; y claro, lleva razón, despilfarrando el dinero de ese modo no puede progresar un país, no hay cosa más frustrante para un empresario que ver desfilar delante de sus narices un dinero que no va a parar a sus bolsillos.

Supongo que la señora en cuestión dispone por la gracia divina de una natural y prodigiosa inteligencia diseñada para los negocios productivos, y desde su nacimiento no ha sufrido ninguna carencia económica o de cualquier otro tipo que le impidiera el acceso a una alimentación equilibrada y un lugar cómodo y decente en el que vivir -cosas que sí les suceden a los tontos improductivos y pobres de este mundo-, lo que le ha permitido dedicarse con total entusiasmo y comodidad, conocedora de su productivo potencial intelectual, a estudiar y poner en práctica infinitas formas de seguir explotando a los estériles y con ello hacer de este planeta un lugar un poco mejor. Porque, y en aras de una mayor y mejor productividad, no están las cosas para matices, un poco de educación y buenas maneras, hoy no, es más efectivo y rentable poner cuanto antes las cartas boca arriba para que el estúpido ciudadano sepa cuál es su sitio y así evitar que trabajando se haga ilusiones o tenga aspiraciones. El mundo es así, no lo ha hecho ella y que cada cual apechugue con su cruz. Hoy hay que dejar claro desde el principio que el ciudadano/consumidor es el único objeto de la economía a escala global, el exclusivo combustible, cada vez más barato, que mueve el motor del progreso y la rentabilidad mundial -los desdentados, como cariñosamente les llama el actual presidente francés en la intimidad. Antes, al menos, la prudencia obligaba a gastar algo de tiempo y palabras en zalamerías con tal de hacer creer a la plebe que todo lo malo que sucede en esta vieja tierra es por su bien, crisis incluidas, que al final del túnel dispondríamos de acceso a más y mejores comodidades, descansaríamos en una bonita casa bien merecida cuando finalizara la jornada de trabajo, nuestros hijos podrían estudiar para labrarse un buen futuro y mejorar y, en definitiva, que el mundo era de todos y que aunque nacemos en circunstancias y escenarios distintos nos une nuestra misma condición de “personas humanas” y blablablá. Pero aquello ya se acabó, no hay dinero para gastar en semejantes memeces ni es momento para monerías, las cosas son así y punto y al que no le guste que se pegue un tiro, porque el muerto por lo menos es productivo y aunque genera gastos, destriparlo para extraerle los órganos y ofrecérselos a buen precio al mejor postor siempre merece la pena -mejor que el muerto sea joven y no esté muy machacado.

En cualquier caso las formas son las formas, y siempre es más elegante decirle tonta de capirote a una mujer tal y como se lo decían los de Opel a Claudia Schiffer en un spot publicitario de televisión que ignoro si todavía se emite. La antigua modelo presumía de no atreverse ni necesitar hacer bajar un coche por una rampa pronunciada, para eso estaba el fabricante, que asumía su productiva inutilidad regalándole un dispositivo electrónico ad hoc y el vehículo lo hacía por ella; además, a la señora debía parecerle divertida su incompetencia porque se jactaba de ello, su imbecilidad como mujer sí era productiva. Un hombre jamás asumiría en la pantalla que no sabe conducir un coche en cualquier circunstancia.

Los caminos de la productividad son insondables.

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Cine español

Si había cosas raras o difíciles en este país era ver dos películas decentes o de calidad de cine español en un corto espacio de tiempo, aclaro, ninguna de las dos se basa en el característico guión con exceso de grises y sobreentendidos a los que el espectador nunca llega acabando derrotado en manos del aburrimiento, tampoco hay entre ellas ninguna historia de esas tan normales y tan pobremente rodadas que uno ha de esforzarse en soltar lastre para no aburrirse; ni son dos comedias típicas españolas en las que constantemente se grita y se cuentan chistes malos a partir de unos supuestos guiones para niños de siete años. Tampoco se trata de algún refrito del famoso chef Almodóvar, cocinero de lo mismo año tras año pero con envoltorio renovado, ni, faltaría más, ahora que está de vuelta, de otro capítulo de Torrente, esa especie de anomalía concebida por un cerebro atascado en la etapa de crecimiento mental infantil caracterizada por pedo, teta, caca, culo, pis, aderezada con un buen chorreón de nacionalcatolicismo fascista para consumo de cretinos, reales y potenciales, cargados de frustraciones para los que un eructo es lo máximo a lo que puede llegar la inteligencia humana -todavía sigo sin comprender cómo el inventor de semejante bazofia no se avergüenza por hacerse rico a costa de tanto paleto; probablemente es el país.

No, no se trata de nada de eso, y quizás no sea acertado hablar de las dos películas a la vez y sí preferible separarlas en el tiempo para tapar o disimular las épocas bajas. Sin embargo, creo que tampoco está mal hacerlo así, felicitándonos por esa extraordinaria coincidencia que ofrece al público un cine español de altura hecho con brillantez, al que, puestos a poner pegas, sólo habría que achacarle -a una de ellas, la primera- algún desfallecimiento en la narración, la otra es una estupenda y redonda película que el buen espectador disfrutará enganchado a una historia y unas imágenes que no estamos habituados a saborear por estos pagos. La primera película es El Niño, la segunda La isla mínima. El Niño es muy buen cine y de excelente factura, sólo se le puede reprochar que en algún momento de la historia deje escapar la atención del espectador, con lo que ello implica a la hora de regresarlo a lo que sucede en la pantalla, que lo consigue, pero sin que llegue a desaparecer del todo el incómodo sabor de ese bajón narrativo; todo ello apoyado en un buen guión muy bien filmado, con un empaque y una consistencia que no tiene nada que envidiar a ningún otro cine internacional. La isla mínima es una magnífica película circunscrita a un mundo mucho más cerrado y particular, creíble y universal, que cuenta una historia incómoda y tensa apoyada en unas imágenes soberbias de unos paisajes encantados, con unas interpretaciones sin fisuras que sorprenderán a más de uno, además de una fotografía estupenda y unas escenas y escenarios excelentemente rodados -y si han tenido la suerte de ver la estupenda primera temporada de la serie True Detective, advertirán más de una coincidencia en cuanto al guión y lugares donde se desarrolla la historia; y si tuviera que elegir entre la serie o la película sólo dudaría al principio, después elegiría la película española porque en ella está todo magistralmente filmado y contado. No hay para otros peros ni es cuestión de buscarlos, tampoco más que contar, tan sólo verlas, saborearlas y aguantarse la satisfacción y las ganas de abalanzarse a la siguiente.

En definitiva, todo un placer ver cine español.

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Un cuento de fútbol

Un futbolero atrevido me sorprendió hace unos días cuando, sin venir a cuento, se puso a largar su particular versión del problema catalán. Pretendía desenmascarar, conmigo como testigo, los planes secretos de los dirigentes catalanes con todo el lío de la independencia.

Su personal teoría se explayaba más o menos de este modo. A partir del referéndum escocés y las diferencias, tanto políticas como sociales, en los programas y aspiraciones de los políticos escoceses, más preocupados por marcar distancias, sociales y económicas, frente al capitalismo salvaje de la City londinense, el aficionado al deporte del balón resaltaba que, al contrario que los británicos, los actuales dirigentes catalanes pretenderían con sus políticas mucho más liberales que las del mismo gobierno español, desregularizar y dar carta blanca a todo el dinero que pasase por Cataluña, dejando que se moviera libremente por el nuevo país sin tener que pagar impuestos, algo así como un nuevo paraíso fiscal en Europa -tal que Mónaco o Liechtenstein. El objetivo final, una vez desregularizada y liberalizada por completo la economía, además de minimizado hasta casi la obsolescencia el tejido productivo local, sería que el dinero llegara a mansalva al F. C. Barcelona, que así dispondría de grandes cantidades libres de impuestos para comprar y vender y con ello formar el mejor equipo del mundo -de ahí la relación tan estrecha entre la política catalana y su principal representante, el único club catalán del mundo, el FCB; bandera catalana en la camiseta, segunda equipación con los mismos colores, etc. El Barcelona, por supuesto, jugaría la liga española -si tuviera que jugar en una hipotética liga catalana el club probablemente desaparecería, cuestionado su prestigio y hundido en un torneo sin calidad ni competencia; sin el Real Madrid enfrente y sin rivales de altura a los que enfrentarse los árabes de Qatar, al disminuir significativamente la repercusión internacional para su negocio, se largarían con el dinero a otra parte, un partido de cierta enjundia cada quince días es demasiado tiempo sin nada que hacer para unos jugadores tan bien pagados. Pues bien, asentado el equipo en la liga española su economía, sin embargo, estaría regulada por la hacienda catalana, es decir, cero patatero en impuestos y ningún lío con la hacienda española, con la que anda permanentemente endeudada la Liga de Fútbol Profesional, de ese modo el club dispondría del dinero que quisiera con total libertad -algo así como le sucede al Mónaco en la liga francesa, por eso el Mónaco nunca gana nada, cobran tanto sus jugadores que es imposible organizar un equipo mínimamente competitivo, se dan con demasiada frecuencia a la molicie y a la buena vida. En la liga española el Barcelona, con la mejor plantilla del mundo, batiría constantemente al Real Madrid y a los gallitos españoles más punteros -un entrenamiento de calidad-, dejando al equipo catalán competitivamente a punto para embarcarse en las más importantes empresas europeas y mundiales. También se procuraría con la máxima celeridad la doble nacionalidad para cualquier chaval de talento que interesara a la escuela de fútbol del FCB, además de proporcionarle todas las facilidades, tanto de residencia como educativas, para que su dedicación fuera completa. Cataluña se convertiría de ese modo en un envoltorio de lujo para un caramelo tan goloso, además de tener que costear las embajadas-tienda que abrirían por todo el mundo, eso sí, los beneficios del merchandising irían a parar a las arcas del club. Es de esperar que, como el dinero rebosaría en el nuevo paraíso fiscal, los olvidados ciudadanos, carne de segunda habituada a posar escondida, tal y como suele suceder cuando, dóciles y obedientes, componen esos magníficos mosaicos en los graderíos del estadio que todo el mundo ve y disfruta en directo menos ellos, irían recibiendo con el paso de los años las migajas que los éxitos futbolísticos del club dejarían en los bancos catalanes mediante créditos muy favorables para los nativos, además del acceso a unos mercados negro y especulativo bastante atrayentes y lucrativos.

Y el tipo pagó las cervezas y se largó tan campante.

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Olas

La extensa playa recibía al visitante alegrándolo con unas olas atractivas para disfrutar, había espacio de sobra, cabían todos, sin agobios ni construcciones violentas e impertinentes alrededor, el aficionado al mar podía gozar de un día limpio sobre la arena acompañado únicamente por el océano y la montaña, lo que suele catalogarse como un lugar ideal. Sin embargo, a esas horas de la tarde la gente se dejaba llevar de la mano del sol en su camino hacia el ocaso sin que al parecer a nadie le apeteciera dejarse acariciar o revolcar por las olas. Una pequeña familia llegaba y saltaba inmediatamente al agua dispuesta a divertirse, lo que hacía que, animados por su ejemplo, algunos de los que se solazaban en la arena también se decidieran a atreverse con las olas. No pasó mucho tiempo para que los nuevos y alegres bañistas advirtieran, al intentar sortear una ola, los numerosos puntos negros que unos metros más adentro se mecían con el ir y venir del oleaje, aparentemente esperando; se lo pueden imaginar, eran surfistas, dato que además constataron con rapidez cuando uno de ellos se les vino encima intentando auparse sobre una pequeña ola. Esa era la cuestión, los surfistas, la gente aguardaba sin bañarse porque estaban los surfistas, y los surfistas necesitan mucha playa, hasta tal punto que en muchos casos se trata de una actividad que no concuerda muy bien con el baño común y corriente, su mar es distinto, incluso muy distinto. Había bastantes puntos negros de neopreno mar adentro, a unos cincuenta o sesenta metros de la orilla, aguardando, supongo, una ola o la ola, al parecer algo difícil de conseguir porque solo eran unos pocos los capaces de alzarse sobre alguna para lograr mantenerse sobre ella escasos segundos… y vuelta a empezar, y así sucesivamente. Había muchos más ocupando la mayor parte de la longitud de la playa, motivo por el cual los que no iban de negro debían contentarse con mirar o entretenerse con la arena; otros acudían y estiraban concentrados sobre la arena antes de enfundarse completamente de negro, agarrar la tabla y avanzar mar adentro. Esa era la película mientras la tarde se iba.

El porcentaje de puntos negros capaces de subirse a una ola era ínfimo y el tiempo que estaban arriba los que al fin lo conseguían mínimo, el resto consistía en esperar balanceándose al compás de la superficie del mar, y de no ser por el neopreno que recubría sus cuerpos imagino que la mayoría habría acabado con hipotermia, ya se, por eso lo del neopreno. No sé si soy capaz de imaginar la sensación de subirse a una ola, probablemente los expertos y menos me dirían que no tengo ni puñetera idea -callado estoy más guapo-, porque se trata de una sensación especial, indescriptible, increíble y única -hay ya tantas cosas y experiencias únicas e increíbles, o irrepetibles, que comienzan a ser multitud, debido a lo cual, creo, resultaría obligado redefinir los significados de ambas palabras o empezar a sospechar de toda cabecita que considere de exclusiva propiedad su derecho a lo único e increíble, o todos lo somos y, consiguientemente, hacemos cosas únicas e increíbles y entonces esto es jauja, faltan primeras páginas, además de un poco más de humildad. También pudiera ser que cabalgar sobre las olas fuera una actividad o afición sólo apta para los auténticos amantes del mar (?) -los exclusivismos de siempre-, lo que ustedes quieran, pero siempre es complicado exigir y atribuirse prioridades en un lugar abierto, donde los que no son o hacen lo que la mayoría han de largarse porque pueden correr peligro. Hay muchas formas de disfrutar, como hay modas y aburrimiento.

En el fondo esta situación no es nada extraña, he visto a gente salir pitando de otras playas en peores circunstancias para los simples aficionados al mar, en una de ellas los esforzados tipos portaban tablas, velas, neopreno, por supuesto, complicados arneses, cascos, algunos con cámara incluida y un sinfín de utensilios especializados e indescriptibles que probablemente en conjunto significaban una buena cantidad de dinero -allá cada cual-; pero lo que allí era completamente imposible para una persona corriente era meter un dedo en el agua, la playa era completamente suya, el resto miraba, obligatoriamente.

 

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Apunte

Había en Asturias una pequeña playa que le decían de los cristales. Tal nombre era debido a que una parte de las chinas y piedrecitas que la llenaban eran en realidad cristales, decenas de miles de pequeños cristales pulidos y redondeados por la acción del mar. Estos cristales eran los restos de botellas lanzadas desde los altos acantilados que daban forma a la playa, al menos esa es la versión que me contaron entonces; botellas que, una vez arrojadas y diseminados sus restos al estallar contra el suelo, quedaban a merced de las olas hasta acabar convertidas en pequeñísimos fragmentos que a la luz del sol ofrecían un brillo característico y especial al conjunto de su superficie. Hablo en pasado porque he querido volver a la misma playa y al final no lo hice, me lo desaconsejaron, ¿por qué? porque ya casi no quedan cristales. La gente se los ha ido llevando poco a poco, supongo que para contar a sus amigos que habían estado en una playa en la que la arena era en realidad cristales como los que ellos se habían traído de recuerdo y ahora les estaban mostrando. No supe que decir. Supongo que será otro de los inconvenientes del bendito turismo que, dicen, tanto necesita este país.

 

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Una de baloncesto

Finalizado el mundial de baloncesto, despejadas las dudas en cuanto a los mejores y finiquitados los balances, no solo deportivos, resta pasar página y sacar conclusiones, otra cosa es la siempre discutible opción de tomar medidas después del evidente fracaso deportivo español que ha significado el mundial de la canasta. Imagino que las responsabilidades deportivas estarán atribuidas y las medidas a tomar en marcha, las expectativas eran otra cosa y no fueron confirmadas, casi la totalidad del público y expertos situaba a España en la final porque, tal y como se decía, España tenía de todo y la preparación así lo había confirmado; al supuesto contrincante americano final, en cambio, le faltaba de todo, sin menoscabo de la lógica y nunca inútil incertidumbre a la hora de una valoración definitiva respecto de lo que traían para competir. Mención aparte para las expectativas económicas que había generado el evento, son otro cantar, para los medios de comunicación sólo existe el dinero y como tal cualquier oferta informativa o de entretenimiento pasa por el resultado de caja final. Mediaset manipuló el mundial como le dio la gana, pasando de afición y audiencia, jugando con horarios, partidos y cadenas a su antojo, en estos casos la cuestión deportiva es un mero pretexto, su fracaso no tiene nada de emotivo ni debe resultar doloroso para nadie. La indiferencia que muestran para lo que no es negocio se la merecen para con sus pésimos resultados. Ya estarán buscando nuevos chollos que exprimir.

Pero si intentamos llegar a alguna conclusión deportiva que intente explicar el fracaso español tal vez deberíamos hablar de trabajo y actitud, trabajo que tendría que haber dejado a un lado tantas y tan contagiosas babas a la hora de juzgar a los nuestros y sus posibilidades, amplificadas y difundidas hasta el hartazgo por los medios de comunicación, era su negocio -ha de suponerse que así se hizo-, y actitud a la hora de enfrentarse al contrario -dígase respeto-; así como, a la vista quedó, no caer en la imprudencia de olvidar que las bazas propias hay que jugarlas con acierto, no basta con tener una buena mano, en un enfrentamiento cara a cara no siempre gana el que va de sobrado sino el que sabe con qué armas juega y sabe jugarlas, dónde se esconden sus debilidades, que siempre existen, y que, tan importante o más, el rival también sabe jugar. También en deporte, aunque disguste y se prefiera pasar por encima, sobre todo por parte de los más directamente afectados, ha de haber culpables, no es ni mejor ni peor, sucede cuando alguien asume responsabilidades, sólo quienes lo hacen pueden acabar cargando con las culpas, afortunadamente, son los que se arriesgan afrontando retos jugando sus propias cartas, aunque desgraciadamente acaben fracasando -el deporte hoy es ganar-, a los aduladores y oportunistas les da completamente igual, ya buscarán otros a los que sobarles el lomo; con los culpables sólo resta abrirles cortésmente la puerta, no valen ahora los peros que entonces, en su momento, no se pusieron sobre la mesa, y dejar que otros ocupen su lugar. Si con el equipo que se le suponía España no fue capaz de pasar de cuartos es porque alguien se confió, pecó de soberbia o no supo ver de lo que era capaz quien tenía enfrente, o peor aún, subestimó a los contrarios.

Para finalizar, hay tres cosas, situaciones o personas concretas que me gustaría resaltar como colofón y que tienen que ver con la actitud en este mundo tan competitivo, mucho más cuando se habla de deporte, y que tal vez se echaran de menos en el equipo español: la pasión, la intensidad y la casi violencia que el seleccionador serbio ponía en todo lo que hacían sus jugadores, bueno o malo, siendo capaz de contagiar su estado de ánimo a cada uno de ellos, daba y exigía mucho más que concentración, era dejarse la piel en cada envite; la enorme y metódica sabiduría baloncestística del seleccionador francés a la hora de preparar cada partido y de convencer de sus posibilidades a sus propios jugadores -al margen de las sonoras ausencias-, lo que era llevado a la cancha al pie de la letra. Y por último, la enorme voracidad de unos jóvenes jugadores norteamericanos, sin el renombre y la fama de otros, para los que ganar nunca bastaba, para ellos un partido y el deporte en general es como la propia vida, un auténtico mercado libre plagado de tiburones donde no puedes dejar nada al azar ni permitir que el otro se levante; y además se divertían.

 

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Chicos y grandes

Llama la atención cuando uno sale al extranjero y lo hace con niños, y no en todos los países, no poder acceder a bares y establecimientos donde se vende alcohol, y si en algunos locales puede hacerlo ha de mantener a los peques apartados de la barra, así que si hay ganas de tomarse una cerveza tranquila o una copa, para variar, toca aguantarse; ningún otro problema, se aceptan las normas del lugar puesto que se está fuera de casa. Sin embargo aquí pasa todo lo contrario, puede suceder que en el rincón en el que uno habitualmente se toma la cerveza o aquella copa de pronto florezca un jardín de infancia donde los chavales van y vienen corriendo y gritando a su antojo, más o menos al cuidado del local, mientras los padres, descansando al fin, se entretienen ajenos a las molestias de sus vástagos. Si, por un lado, pueden considerarse excesivas las precauciones de aquellos allende nuestras fronteras, por esta parte, en cambio, la permisividad, pasividad o indiferencia hacia los niños me parece en muchos casos desatinada, dando a veces a entender que por aquí hubiera demasiada gente deseando desembarazarse por unas horas de sus propios hijos, dejar de soportarlos; no hay nada que objetar si lo hacen en lugares adecuados para ello, pero no es lo mismo si se hace en cualquier sitio y de cualquier modo -también es cierto que quien tiene la última palabra es el propietario, y probablemente muchos prefieran aguantar a los niños, aunque haya clientela que se vaya, si con ello los padres no dejan de consumir; la cuestión es llenar la caja, aunque para ello haya que montar un horroroso castillo hinchable que atraiga a toda la chiquillería de la zona. Lo malo de esto es que se acaban olvidando o perdiendo las formas, los lugares y las referencias, de matices o particularidades ni hablar, y todo acaba convertido en un “para toda la familia” más bien sospechoso -otro lugar de consumo indiscriminado a la baja-; porque cualquier local no tiene por qué convertirse sistemáticamente, por pura y simple codicia, en una sucursal de Ikea donde bobaliconamente nos venden que los niños son los reyes exclusivos de este mundo; los niños son niños, ni más ni menos, pero nunca pueden ser reyes de nada porque lo tienen todo por aprender.

Entre jóvenes que se sienten niños y tienen miedo a crecer por aquello de perder no sé qué pureza, que es más bien ignorancia -a lo que añadir una cruel sociedad que cada vez pone más trabas a su madurez porque entonces dejarían de ser salvajemente rentables-, gente mayor que intenta patéticamente parecer y comportarse como niños y adictos a la coletilla “familiar” para todo lo que hacen y viven, no quedan huecos para los adultos, esa especie cada vez más rara que tras esforzarse por crecer, madurar y comportarse como adultos, con gustos, deseos y aspiraciones de adultos, son tratados como potenciales enemigos de una sociedad cada vez más simple y pacata y sistemáticamente extraditados a lugares oscuros y alejados de aspecto sospechoso.

 

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Imagen

Para empezar, pienso que los reyes y los reinos son para los cuentos y las novelas, esta vida no necesita de sangre divina ni de celestiales baluartes, tampoco de símbolos regios, de momento y a la vista de cómo nos van las cosas, más mal que bien o tirando a regular, parece que nos bastamos solos.

Hecha la aclaración entro en faena. De todos es sabido que en la actual sociedad occidental una imagen es la principal tarjeta de presentación de cualquier persona o acontecimiento, no por aquello de que una imagen vale más que mil palabras sino porque, unos por otros y al final entre todos, hemos hecho de la imagen el principal referente para todo lo que, si puede decirse así, existe o es en este mundo. Pues bien, si alguien vio el último partido preparatorio para el mundial de la Selección Española de Baloncesto pudo advertir que en la primera fila, a pie de pista y no en el palco de autoridades, vestido y confundido con el público, se hallaba sentado disfrutando del encuentro el actual “Rey de España” -deténganse un momento y piensen en la Historia y cómo han tenido que estudiar y considerar a los reyes hasta ahora-, un tipo joven de aspecto normal que en muy poco o nada se diferenciaba del resto del personal que acudió al pabellón. Y por si fuera poco, ese mismo tipo acabó estrechando, una a una, las manos de los jugadores al final del partido, y a juzgar por las caras y los gestos con algunos de ellos, podía adivinarse algo más que protocolo, hasta el punto de que no hubiera extrañado que después se hubieran ido a tomar unas cervezas juntos. Esa es la historia y esa es la imagen, y a partir de ella, y que cada cual aguante su vela, es casi seguro que si ahora mismo se celebrara un referéndum en este país para que la población eligiera entre monarquía y república, la monarquía ganaría por goleada. Alguien ha acertado de lleno a la hora de acercar a la población una institución que, al margen de su simbolismo y significados, es capaz de transmitir a la gente una proximidad y naturalidad con la que cualquiera podría tropezarse en el rellano de su propia escalera.

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