On line

Si las cifras son ciertas y esos aproximadamente ciento cincuenta millones de compras en un solo portal on line y en un solo día, con sus correspondientes envíos, completamente gratuitos, a cualquier parte del planeta, son un adelanto de lo que puede llegar a ser el comercio mundial en el futuro, cualquier previsión pasada se queda irremediablemente corta.

Que el pasado día del soltero en China (11-11) pueda movilizar tal cantidad de compradores reales y potenciales -¿se la imaginan?-, que no jugadores, en función de una oferta tan variopinta de artículos de todo tipo -cuyos precios iban desde unos céntimos a miles de euros-, hace que a la hora de hablar del presente capitalismo y sus descomunales perspectivas sean necesarias nuevas referencias. También podemos intentar imaginar lo que materialmente supone formalizar, enviar y distribuir cada uno de esos paquetes -independientemente de tamaño y precio- desde el país de origen, en este caso China, hasta la puerta de un domicilio cualquiera en cualquier continente, a lo que sumar los gastos de todo tipo que hipotéticamente genera. O intentar calcular qué salarios reciben desde el primero al último trabajador relacionado con la fabricación, almacenamiento y distribución de cada producto, incluidos los más baratos e insignificantes. O lo que significa que China haya irrumpido de ese modo en el comercio mundial.

Qué paraíso tan estupendo para compradores y trabajadores. K. Marx no pudo soñarlo ni en la peor de sus pesadillas.

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Primera página

La apatía de un ‘nini’, así titulaba hace unos días en su primera página un diario nacional el retrato de un joven víctima de la despiadada dureza de estos tiempos que corren. El desafortunado protagonista era un muchacho de veintitrés años, muy mal estudiante desde la infancia que, tras conseguir el graduado escolar por obligación en una escuela de adultos, en la actualidad se dedicaba a gastar su tiempo entre la cama, el televisor y la PS4, además de acudir semanalmente al gimnasio. El chaval se confesaba desencantado y apático, suspirando en su nido por un trabajo limpio y aseado hasta que llegara el tan deseado ‘enchufe’ salvador. Poco más.

Las opiniones o valoraciones acerca de este despropósito por desgracia tan extendido, que no noticia, pueden dar pie a multitud de posicionamientos, y sobre o en referencia a él se puede hablar, discutir, criticar, acusar, exonerar, maldecir, señalar, justificar, llorar, tirarse de los pelos… en fin, lo que cada cual desee, probablemente nunca nos pondríamos de acuerdo. ¿Por qué? ¿Existe un culpable o causante de ello?

¿Es culpable esta sociedad nuestra que constantemente engendra infinidad de casos semejantes y sobre la cual ya se ha dicho más de lo que cabría, con la desagradable impresión de que siempre será poco? En parte sí. Una sociedad adormilada que ha aceptado sin rechistar la conversión por parte de una economía depredadora de cada ciudadano en carnaza, haciendo de cada individuo, desde que tiene uso de razón, un consumidor pasivo e inerme al que asediar y agobiar sin piedad a través de unos medios, que dicen de comunicación, sostenidos por una propaganda feroz -la misma que mantiene el cinismo de una información que por un lado te habla de aspiraciones, derechos, democracia y libertad y por otro te machaca y humilla con millones de falsos e interesados ejemplos de lo que podías ser y tener pero jamás podrás alcanzar. En ella los ciudadanos son víctimas, y no precisamente potenciales, de una incesante avalancha de consignas e imágenes encargadas de someter voluntades desde sus primeros años de vida, condicionando sin piedad sus presentes y maniatándolos a un futuro impuesto que nunca les sonreirá, reos de un castigo infinito del que nadie puede escapar, sobre todo porque ya no quedan en este mundo lugares donde refugiarse.

Pero ¿también es culpable el individuo o en estos casos se le puede o debe eximir de su posible culpa? Dos cuestiones más acerca de ello. ¿En qué porcentaje sería el muchacho del reportaje inocente o culpable de su situación? No se trata de un chaval sin medios ni recursos. ¿En qué porcentaje son sus padres inocentes o culpables por su situación? Tener un hijo es, aparte de la inconsciente y caprichosa voluntad de Dios, una elección voluntaria que obliga a los progenitores a responsabilizarse en cuanto a cuidar, educar, enseñar qué significa respetarse a sí mismo y hacer cuanto esté en su mano por dejar en el mundo a un adulto responsable y feliz.

Unos vienen a este mundo disponiendo de medios y otros no, lo que quiere decir que a unos les cae todo regalado y otros han de currárselo, si es que quieren abrirse camino en lugar de echarse a llorar hasta que alguien les rescate; unos han dispuesto de unos padres que no hicieron dejación de sus funciones y se esforzaron hasta lo indecible por sus vástagos y otros tuvieron que soportar a unos padres que no se aguantaban a sí mismos y siempre andaban con excusas de trabajo, tiempo o dinero, cualquier cosa con tal de eludir responsabilidades y evitarse problemas; unos piensan que la vida es una cuestión de azar y una persona un barco a la deriva desde que nace, en el peor de los casos un pelele azotado por un océano salvaje de contingencias que tarde o temprano te acabará tragando, y otros que eso de la apatía y la motivación necesarias para vivir son, en más casos de los deseables, engañifas para justificar voluntades débiles y prisioneras, luego todo se reduce a la fortaleza de la propia voluntad.

Para empezar a entendernos no podemos dejar las preguntas sin solución por miedo a herir sensibilidades y darnos la vuelta por que en el fondo cualquier asunto que no sea nuestro ni nos importa ni nos afecta, total, otro más. Si el primer paso para una curación o para salir de una dependencia es determinar y/o reconocer que existe un problema o uno sufre una enfermedad, en este caso sería exactamente igual; y sin convertirnos necesariamente por ello en dedos acusadores ni por temor a hacer de hermanitas de la caridad hay que delimitar sin rubor las preguntas, las responsabilidades y los porcentajes, si fuera preciso, pero en cualquier caso lo que no hay que olvidar es la obligación de cada cual a hacerse sujeto principal de su felicidad o desgracia y primer responsable de alumbrar su futuro.

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Perdón

Dada la supersticiosa peculiaridad de este país tan proclive a los extremos como a esconder la mano, por si las moscas, y lo reticentes a responsabilizarnos de nuestros propios actos -ni siquiera por decencia hacia nosotros mismos-, ya nadie se extraña de que cualquier político o tipo parasitario de la política esgrima sin que se le caiga la cara de vergüenza su presunción de inocencia -por otro lado, con todo derecho- por encima incluso de evidencias más que palmarias. Y como buenos católicos de boquilla y procesión, que no sinceros practicantes, esos presuntos acusados son capaces de llevar hasta el final un cinismo que, lejos de escandalizar a la gente, es asumido por una resignada población como la flagrante evidencia de la eterna imposibilidad de justicia aquí en la tierra; luego sólo queda rezar. Y por supuesto, no existe o no se le da importancia a la desvergüenza de negar conocimiento puesto que cualquier sospechoso, por ruin principio, asegurará sin pestañear que nadie más estaba allí, y si a éste mismo se le muestran pruebas de que en realidad sucedió todo lo contrario, que sí estaba, sabía y conocía, optará por el olímpico subterfugio de dar la callada por respuesta a la espera de la siguiente trapacería de su abogado, que probablemente consistirá en recurrir, recusar -qué verbos tan útiles para granujas y delincuentes- y demorar a toda costa la causa hasta que prescriba, releven al juez o un terremoto redentor se lleve por delante juzgado y archivos. Y como buen país católico en permanente estado de penitencias de conveniencia, dobles raseros y generalizado cachondeo rápidamente dispensado con la excusa de la tolerancia, la población escucha y aguanta con el convencimiento de que tanta corrupción jamás será erradicada, que los acusados de hoy seguirán siendo los políticos de mañana y que, como siempre ha sucedido por aquí, la ofensa fingida y la chulería se impondrán a la decencia; el honor se queda para el teatro y la honradez para las películas de juicios. No hay nada que hacer, por más casos de corrupción que salgan a la luz nadie pagará por ello, es más, los mismos tipos seguirán en la calle con la misma jeta, sus amigos no enrojecerán de vergüenza, más preocupadas por darles golpecitos en la espalda por si les cae algo de lo que guardan, y los envidiosos -mucha más gente de la que suponemos; lo da esta tierra- suspirarán por una oportunidad igual para por fin “pillar cacho”. Este es nuestro triste y barriobajero presente, pero con una novedad, ahora, como buen país cínico-católico, a los cabecillas y representantes de las bandas de saqueadores les ha dado por pedir perdón por los robos y tropelías cometidos por sus sicarios -lo que no quiere decir que estén arrepentidos o hayan hecho propósito de enmienda-, que siguen a su lado pero ahora sin salir en la foto; es un bonito y gratuito gesto que fortalece el rostro sin mantener la mirada, hasta que las cosas se calmen y la gente olvide, deben tomarnos por tontos de confesionario y tal vez lo seamos si creemos que les importa un pimiento lo que sucede a su alrededor, son sus correligionarios -las inevitables cabezas de turco- y a esos sí se les perdona todo. Pero nadie se va, se responsabiliza públicamente de sus delitos ni devuelve lo robado, ni nunca lo harán, tienen que pagar a los abogados y asegurarse un cómodo retiro, la justicia queda para el cielo, luego, en el último momento, un cura agradecido y bien alimentado les ofrecerá la opción gratuita de arrepentirse en el lecho de muerte ante el llanto general -qué buena carta y qué bien queda eso del arrepentimiento a última hora-, total, ya no podrán cometer más crímenes, abusos, excesos y fechorías, su vida de granuja habrá merecido mil veces la pena y sólo queda posar feliz en el cielo a la derecha de Dios Padre. Por los siglos de los siglos.

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Apunte

Todavía hay gente renuente a aceptar la verdad de ciertas, digamos, sentencias populares, pero aquella que dice que la realidad supera a la ficción, su verdad, vuelve a renovarse un día tras otro en este país tan diferente, sobre todo últimamente.

Comparadas con las razias salvajes y corruptelas recién descubiertas atribuidas a ínclitos representantes de la marca ESPAÑA el lobo de Wall Street pintaría como un auténtico pipiolo. Si el pobre DiCaprio tuviera la desgracia de caer en esta lobera saldría escaldado, bueno, no llegaría al suelo, despedazado por tan feroz jauría, ni que decir tiene lo que le sucedería a un hombre honrado, si es que todavía existen, el pedazo más pequeño encontrado sería milimétrico… y si, tal y como suele decirse con los alijos de droga decomisados, que ni siquiera se apresa un treinta por ciento del tráfico total, hubiera necesidad de limpiar esto, que la hay, lo del diluvio universal sería un charco en medio de la calle. ¿Se imaginan?

Y que les voy a contar de la banda de los Pujol, eso sí es codicia, han preferido tirar a la basura el prestigio del jefe del clan, ni siquiera ha pesado en la decisión aquello de la imagen, los libros y la historia, que al menos algo quede, con tal de intentar salvar de la quema a vástagos tan depredadoramente insaciables; dan escalofríos con tan solo pensarlo.

Dicen que El Pocero se fue a Sudamérica.

 

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En el aeropuerto

Hasta que paneles electrónicos y megafonía le indicaran la zona y puerta de embarque disponía de tiempo para deambular por la terminal, otra cosa era que se sintiera inquieto y descolocado porque, para variar, no llevaba nada en las manos. Podía comprar algo -se dijo. No recordaba la última vez, si es que hubo alguna, en la que viajó sin bolso ni bolsa grande o pequeña, al menos la del consabido regalo para su hija; pero ahora se iba, luego el regalo tendría que ser a la vuelta. Sin saber cómo se encontró rodeado de bebidas y dulces para regalar reluciendo bajo una iluminación más que excesiva que convertía una vulgar chocolatina en un pesado lingote de oro. No se había equivocado ni salido del camino que inconscientemente venía siguiendo, sucedía que la senda impresa en el suelo con diferente color que el resto de la terminal y recta al principio, de pronto, encauzada como un embudo por vallas móviles que impedían el paso, un atajo o la simple salida, serpenteaba de forma caprichosa entre expositores duty free. Giró la cabeza para cerciorarse de que no se había equivocado y no, no lo había hecho, había un único camino domesticado precisamente hacia la inmensa zona comercial. Maldijo a los diseñadores del marketing, o del mercado, o como se llamarán; ni cuando viajas son capaces de dejarte en paz. Como si no tuvieras ya bastante con irte. Decidió por su cuenta y riesgo apartarse de la senda amarilla y buscó al azar un rincón por donde pudiera adivinarse un hueco para escapar, cosa a primera vista difícil. Se atragantó de regalos para los niños y adultos de la familia, también de última hora o en los que tirar el dinero suelto que no se ha gastado, y finalmente se decidió por un extremo más apartado que parecía abierto hacia el vértice que formaban dos estanterías en ángulo recto. Allí había tabaco pero no salida, el diedro se cerraba de forma perfecta. Y para qué puñetas quería él tabaco, así que vuelta atrás. Al principio, distraído entre los precios, no se dio cuenta, no es que le interesaran, era su incorregible curiosidad que luego le entretendría comparándolos con los de la calle. De pronto lo vio tendido en el suelo de cara a un estante repleto de cartones de rubio americano -el del vaquero muerto-, envuelto en un traje que aún dejaba ver algunos de los lustres que en tiempos lo adornaron. Parecía dormido o sin conocimiento, inmediatamente se inclinó sobre él y comprobó con alivio que respiraba, aunque muy débilmente; lo zarandeo intentando que el hombre reaccionara y no obtuvo respuesta, volvió a hacerlo y el tipo pareció recobrar el juicio mirándolo sorprendido con barba de días. No parecía entender, tampoco él. ―¿Dónde estoy? -le preguntó el caído al mismo tiempo que él le enviaba un ¿le sucede algo? que tropezaron en el aire. Vuelta a empezar. ―Creo que me maree… hacía mucho calor… y luego debí caerme… creo. Pero no sé cuándo… ¿qué día es hoy? Le ayudó a levantarse mientras intentaba recomponerle el traje y adecentar su aspecto. El tipo miraba a un lado y a otro entre sorprendido y avergonzado, tal vez buscando una explicación que nadie le había pedido pero que él parecía necesitar. ―Debí extraviarme. ―¿Cómo dice? ―Que me salí del camino. Iba en dirección a la puerta de embarque, no llegaba a tiempo y de repente me vi rodeado de luces y tiendas… debí confundirme, o salirme sin darme cuenta. ―No, el camino es la zona de las tiendas -le aclaró. El otro parecía no comprender. ―Quise acortar, regresar a… ―La única forma de llegar a las puertas de embarque es pasando precisamente por aquí -volvió a repetir. ―Pero yo no quería comprar nada, tenía prisa… de pronto parecía enterarse. Siguió hablando y repitiendo que probablemente debió desmayarse a causa del calor cuando buscaba una salida y caer en lo que, por lo visto, parecía ser un rincón poco transitado ―¿Qué día es hoy? ―Miércoles, 12. ―Eso fue ayer, perdí el avión. La desafortunada evidencia de su descubrimiento no merecía ningún comentario más. ―¿Es que no hay otra forma de llegar al avión? Antes podías elegir entre ir directamente a tu puerta de embarque o perder el tiempo comiendo o comprando. –Parece que ahora no es posible. ―Pues vaya mierda. ―¿Tiene dónde ir? ¿Puedo hacer algo más por usted? Acaban de anunciar la de mi vuelo. ―Ah, sí, no se preocupe, vaya, vaya. Estoy bien. Disculpe por las molestias y muchísimas gracias… y perdóneme.

―Y ya lo sabe, siga el camino amarillo y no se perderá -lo dejaba casi recompuesto y visible mientras se despedía de él alzando la mano y acelerando el paso hacia lo que parecía la salida de la zona comercial, era fácil, no tenía más que seguir la senda amarilla culebreando entre expositores y más expositores, bien arropado e iluminado por las permanentes y salvadoras luces del comercio. ―¡Jo! -acababa de ver unos auriculares que le gustarían un montón a su hija… Volvían a anunciar la puerta en la que esperaba su avión. Vamos -se decía avivando la marcha-, pareces tonto, ¿para qué quiere Silvia otros auriculares?

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Comer

La continua ofensiva de diletantes, aspirantes y expertos en las artes culinarias que nos invade no parece que vaya a cesar, todo lo contrario, a los programas de relleno protagonizados por cazos y cacerolas se le han sumado los concursos televisivos en los que cualquiera que sepa coger una sartén con una mano sin que se le caiga al suelo se siente con serias aspiraciones a futuro chef, nada de cocinero, eso es una vulgaridad de la que no hacían gala nuestras madres, lo de hoy tiene más pedigrí, como también puede ocurrir que dentro de poco sea una vergonzosa ordinariez pronunciar en una laboratorio culinario palabras como comer, beber, alimentarse, alimento o alimentación ¡puaj! Mientras, la población asiste entre ajena y aburrida a esta invasión plagada de valerosos emprendedores que, con su correspondiente sartén en la mano, buscan -mejor con la ayuda de la bendita televisión- la fama que no saben apreciar en su justa medida amigos y allegados. En el fondo, tal descenso a fuegos tan básicos, siendo prudente, resulta patético, este retroceso al materialismo de fogón es bastante significativo de lo que viene ocupando las cabezas de unas personas a las que no les parece suficiente hacer felices a los demás con su trabajo y necesitan que alguien les diga, o celebre y aplauda, que su verdadera vocación está en otro lugar y de la mano de aptitudes más estilosas, luego lo que hasta ahora han venido haciendo con su vida ha sido perder el tiempo. Porque lo verdaderamente interesante y estimulante hoy es que una sandía sepa a entrecot de ternera, con estos mimbres no quiero pensar qué cimas tan espléndidas aguardan a la humanidad, eso sí, este no es un terreno apto para todo el mundo, los anticuados que todavía piensan que comer tiene que ver con ingerir una serie de elementos indispensables para que el cuerpo se desarrolle de forma óptima y con ello llevar una vida sana y feliz siguen sin enterarse de por dónde se mueve la actual restauración ni alcanzan a comprender los caminos tan especiales que transitan tales artistas para lograr tan hiperbólicos manjares y, por supuesto, tampoco entienden que tales empresas no se pueden pagar como si fueran una vulgar y corriente comida más. Hasta que la burbuja explote.

Hay historiadores que han intentado indagar en las peculiaridades de pueblos y sociedades antiguas o desaparecidas a través de su alimentación, pero ello formaba parte de un estudio exhaustivo general en el que cada parcela ofrecía su modesta contribución al devenir y la evolución de la población objeto del estudio; cada faceta de su cultura, como es la alimentación, colaboraba en su justa medida, pero, que yo sepa, sin intentar hacer de alguna de ellas la clave sobre la que se levantó o hundió el imperio en cuestión. La actual avalancha tardoculinaria de relumbrón que ocupa primeras páginas de periódicos y revistas, principales horarios en televisión y mejores destinos en ciudades y países, en cambio, pretende que la cocina deje de ser una cocina para convertirse en la Capilla Sixtina del espíritu, un recinto no apto para todo el mundo que lleva incorporados una serie de requisitos que, salvo contadas excepciones, dejan ver unas intenciones más que aviesas en forma de una huida hacia adelante en la que el bolsillo, para variar, es fundamental; en muchos casos esta “alta cocina” significa altos precios no muy asequibles para una gran parte de la población -lo que inevitablemente obliga a una selecta criba de paladares-, los que no lleguen han de reaprender a comer o quedarse con hambre si intentan adaptarla a su bolsillo; mejor no hablar del tiempo para acceder a tan variada y exótica despensa y las ganas para prepararla -¿se dice así?- después de un duro día de trabajo, si es que uno trabaja. No sería nada extraño que al final resultara que no todo el mundo dispone de un paladar genéticamente preparado para saborear semejantes néctares, hace falta educación, cultura, modales, reservar con antelación y admirar con arrobo a tan doctos malabaristas de la vitrocerámica -¿o la vitrocerámica ya es una antigualla?

Por eso nadie se extrañó hace unas semanas al leer en la prensa que unos supercocineros españoles, vascos para más señas, hoy no hay que menospreciar matices tan importantes, encandilaron a las superinteligencias del MIT (Massachusetts Institute of Technology) con un despliegue de sus artes en el que “los asistentes degustaban una ‘carne muy dulce’ que resultaba ser una sandía deshidratada…”

Ya puestos, podían desmolecularizar y desatomizar cualquier órgano u organismo bioquímico-celular susceptible de ser catalogado y administrado como posible ingesta deconstruyéndolo hasta reatomizarlo y resintetizarlo en esencias fotovolátiles que sólo los expertos hipersentidos de macroorganismos con apariencia humana serían capaces de disfrutar en toda su plenitud. El resto, en nuestra habitual ignorancia.

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Más de lo mismo

Hace unos días una señora rica -Mónica Oriol se llama la sujeta-, nieta de ricos que siguieron haciéndose ricos durante la dictadura franquista e hija de ricos que también progresaron con esta democracia que tenemos, tuvo un pronto y soltó en público lo que piensa, cosa de agradecer tal y como están las cosas, porque si todos lo hiciéramos sabríamos con quién nos jugamos los cuartos y no tendríamos que aguantar a tanto parásito ignorante e incompetente chupando de la teta del estado, largando a diestro y siniestro y dando lecciones de cualquier cosa sin que nadie se moleste en cerrarles la boca. Pero, con todo, no fue lo más importante que acusara a las mujeres de quedarse embarazadas a propósito para impedir el aumento de beneficios de los sacrificados, buenos y grandes empresarios, figura económicamente excelsa que se esfuerza y esfuerza en timar y explotar al prójimo para engordar su cartera; no hay que olvidar que una mayoría de la gran clase empresarial no existiría de no ser por el dinero público, que es quien les proporciona mediante subvenciones, rebajas de impuestos y contratos exclusivos el cien por cien de sus beneficios, la libre competencia entre ellos se limita a ponerse de acuerdo para no estorbarse y repartir ganancias. Lo más chistoso de las declaraciones es que la tal señora rebuznara en público que el salario mínimo obliga a pagar un sueldo a jóvenes que no valen nada, gente a la que hay que darles un dinero que no producen; y claro, lleva razón, despilfarrando el dinero de ese modo no puede progresar un país, no hay cosa más frustrante para un empresario que ver desfilar delante de sus narices un dinero que no va a parar a sus bolsillos.

Supongo que la señora en cuestión dispone por la gracia divina de una natural y prodigiosa inteligencia diseñada para los negocios productivos, y desde su nacimiento no ha sufrido ninguna carencia económica o de cualquier otro tipo que le impidiera el acceso a una alimentación equilibrada y un lugar cómodo y decente en el que vivir -cosas que sí les suceden a los tontos improductivos y pobres de este mundo-, lo que le ha permitido dedicarse con total entusiasmo y comodidad, conocedora de su productivo potencial intelectual, a estudiar y poner en práctica infinitas formas de seguir explotando a los estériles y con ello hacer de este planeta un lugar un poco mejor. Porque, y en aras de una mayor y mejor productividad, no están las cosas para matices, un poco de educación y buenas maneras, hoy no, es más efectivo y rentable poner cuanto antes las cartas boca arriba para que el estúpido ciudadano sepa cuál es su sitio y así evitar que trabajando se haga ilusiones o tenga aspiraciones. El mundo es así, no lo ha hecho ella y que cada cual apechugue con su cruz. Hoy hay que dejar claro desde el principio que el ciudadano/consumidor es el único objeto de la economía a escala global, el exclusivo combustible, cada vez más barato, que mueve el motor del progreso y la rentabilidad mundial -los desdentados, como cariñosamente les llama el actual presidente francés en la intimidad. Antes, al menos, la prudencia obligaba a gastar algo de tiempo y palabras en zalamerías con tal de hacer creer a la plebe que todo lo malo que sucede en esta vieja tierra es por su bien, crisis incluidas, que al final del túnel dispondríamos de acceso a más y mejores comodidades, descansaríamos en una bonita casa bien merecida cuando finalizara la jornada de trabajo, nuestros hijos podrían estudiar para labrarse un buen futuro y mejorar y, en definitiva, que el mundo era de todos y que aunque nacemos en circunstancias y escenarios distintos nos une nuestra misma condición de “personas humanas” y blablablá. Pero aquello ya se acabó, no hay dinero para gastar en semejantes memeces ni es momento para monerías, las cosas son así y punto y al que no le guste que se pegue un tiro, porque el muerto por lo menos es productivo y aunque genera gastos, destriparlo para extraerle los órganos y ofrecérselos a buen precio al mejor postor siempre merece la pena -mejor que el muerto sea joven y no esté muy machacado.

En cualquier caso las formas son las formas, y siempre es más elegante decirle tonta de capirote a una mujer tal y como se lo decían los de Opel a Claudia Schiffer en un spot publicitario de televisión que ignoro si todavía se emite. La antigua modelo presumía de no atreverse ni necesitar hacer bajar un coche por una rampa pronunciada, para eso estaba el fabricante, que asumía su productiva inutilidad regalándole un dispositivo electrónico ad hoc y el vehículo lo hacía por ella; además, a la señora debía parecerle divertida su incompetencia porque se jactaba de ello, su imbecilidad como mujer sí era productiva. Un hombre jamás asumiría en la pantalla que no sabe conducir un coche en cualquier circunstancia.

Los caminos de la productividad son insondables.

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Cine español

Si había cosas raras o difíciles en este país era ver dos películas decentes o de calidad de cine español en un corto espacio de tiempo, aclaro, ninguna de las dos se basa en el característico guión con exceso de grises y sobreentendidos a los que el espectador nunca llega acabando derrotado en manos del aburrimiento, tampoco hay entre ellas ninguna historia de esas tan normales y tan pobremente rodadas que uno ha de esforzarse en soltar lastre para no aburrirse; ni son dos comedias típicas españolas en las que constantemente se grita y se cuentan chistes malos a partir de unos supuestos guiones para niños de siete años. Tampoco se trata de algún refrito del famoso chef Almodóvar, cocinero de lo mismo año tras año pero con envoltorio renovado, ni, faltaría más, ahora que está de vuelta, de otro capítulo de Torrente, esa especie de anomalía concebida por un cerebro atascado en la etapa de crecimiento mental infantil caracterizada por pedo, teta, caca, culo, pis, aderezada con un buen chorreón de nacionalcatolicismo fascista para consumo de cretinos, reales y potenciales, cargados de frustraciones para los que un eructo es lo máximo a lo que puede llegar la inteligencia humana -todavía sigo sin comprender cómo el inventor de semejante bazofia no se avergüenza por hacerse rico a costa de tanto paleto; probablemente es el país.

No, no se trata de nada de eso, y quizás no sea acertado hablar de las dos películas a la vez y sí preferible separarlas en el tiempo para tapar o disimular las épocas bajas. Sin embargo, creo que tampoco está mal hacerlo así, felicitándonos por esa extraordinaria coincidencia que ofrece al público un cine español de altura hecho con brillantez, al que, puestos a poner pegas, sólo habría que achacarle -a una de ellas, la primera- algún desfallecimiento en la narración, la otra es una estupenda y redonda película que el buen espectador disfrutará enganchado a una historia y unas imágenes que no estamos habituados a saborear por estos pagos. La primera película es El Niño, la segunda La isla mínima. El Niño es muy buen cine y de excelente factura, sólo se le puede reprochar que en algún momento de la historia deje escapar la atención del espectador, con lo que ello implica a la hora de regresarlo a lo que sucede en la pantalla, que lo consigue, pero sin que llegue a desaparecer del todo el incómodo sabor de ese bajón narrativo; todo ello apoyado en un buen guión muy bien filmado, con un empaque y una consistencia que no tiene nada que envidiar a ningún otro cine internacional. La isla mínima es una magnífica película circunscrita a un mundo mucho más cerrado y particular, creíble y universal, que cuenta una historia incómoda y tensa apoyada en unas imágenes soberbias de unos paisajes encantados, con unas interpretaciones sin fisuras que sorprenderán a más de uno, además de una fotografía estupenda y unas escenas y escenarios excelentemente rodados -y si han tenido la suerte de ver la estupenda primera temporada de la serie True Detective, advertirán más de una coincidencia en cuanto al guión y lugares donde se desarrolla la historia; y si tuviera que elegir entre la serie o la película sólo dudaría al principio, después elegiría la película española porque en ella está todo magistralmente filmado y contado. No hay para otros peros ni es cuestión de buscarlos, tampoco más que contar, tan sólo verlas, saborearlas y aguantarse la satisfacción y las ganas de abalanzarse a la siguiente.

En definitiva, todo un placer ver cine español.

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Un cuento de fútbol

Un futbolero atrevido me sorprendió hace unos días cuando, sin venir a cuento, se puso a largar su particular versión del problema catalán. Pretendía desenmascarar, conmigo como testigo, los planes secretos de los dirigentes catalanes con todo el lío de la independencia.

Su personal teoría se explayaba más o menos de este modo. A partir del referéndum escocés y las diferencias, tanto políticas como sociales, en los programas y aspiraciones de los políticos escoceses, más preocupados por marcar distancias, sociales y económicas, frente al capitalismo salvaje de la City londinense, el aficionado al deporte del balón resaltaba que, al contrario que los británicos, los actuales dirigentes catalanes pretenderían con sus políticas mucho más liberales que las del mismo gobierno español, desregularizar y dar carta blanca a todo el dinero que pasase por Cataluña, dejando que se moviera libremente por el nuevo país sin tener que pagar impuestos, algo así como un nuevo paraíso fiscal en Europa -tal que Mónaco o Liechtenstein. El objetivo final, una vez desregularizada y liberalizada por completo la economía, además de minimizado hasta casi la obsolescencia el tejido productivo local, sería que el dinero llegara a mansalva al F. C. Barcelona, que así dispondría de grandes cantidades libres de impuestos para comprar y vender y con ello formar el mejor equipo del mundo -de ahí la relación tan estrecha entre la política catalana y su principal representante, el único club catalán del mundo, el FCB; bandera catalana en la camiseta, segunda equipación con los mismos colores, etc. El Barcelona, por supuesto, jugaría la liga española -si tuviera que jugar en una hipotética liga catalana el club probablemente desaparecería, cuestionado su prestigio y hundido en un torneo sin calidad ni competencia; sin el Real Madrid enfrente y sin rivales de altura a los que enfrentarse los árabes de Qatar, al disminuir significativamente la repercusión internacional para su negocio, se largarían con el dinero a otra parte, un partido de cierta enjundia cada quince días es demasiado tiempo sin nada que hacer para unos jugadores tan bien pagados. Pues bien, asentado el equipo en la liga española su economía, sin embargo, estaría regulada por la hacienda catalana, es decir, cero patatero en impuestos y ningún lío con la hacienda española, con la que anda permanentemente endeudada la Liga de Fútbol Profesional, de ese modo el club dispondría del dinero que quisiera con total libertad -algo así como le sucede al Mónaco en la liga francesa, por eso el Mónaco nunca gana nada, cobran tanto sus jugadores que es imposible organizar un equipo mínimamente competitivo, se dan con demasiada frecuencia a la molicie y a la buena vida. En la liga española el Barcelona, con la mejor plantilla del mundo, batiría constantemente al Real Madrid y a los gallitos españoles más punteros -un entrenamiento de calidad-, dejando al equipo catalán competitivamente a punto para embarcarse en las más importantes empresas europeas y mundiales. También se procuraría con la máxima celeridad la doble nacionalidad para cualquier chaval de talento que interesara a la escuela de fútbol del FCB, además de proporcionarle todas las facilidades, tanto de residencia como educativas, para que su dedicación fuera completa. Cataluña se convertiría de ese modo en un envoltorio de lujo para un caramelo tan goloso, además de tener que costear las embajadas-tienda que abrirían por todo el mundo, eso sí, los beneficios del merchandising irían a parar a las arcas del club. Es de esperar que, como el dinero rebosaría en el nuevo paraíso fiscal, los olvidados ciudadanos, carne de segunda habituada a posar escondida, tal y como suele suceder cuando, dóciles y obedientes, componen esos magníficos mosaicos en los graderíos del estadio que todo el mundo ve y disfruta en directo menos ellos, irían recibiendo con el paso de los años las migajas que los éxitos futbolísticos del club dejarían en los bancos catalanes mediante créditos muy favorables para los nativos, además del acceso a unos mercados negro y especulativo bastante atrayentes y lucrativos.

Y el tipo pagó las cervezas y se largó tan campante.

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Olas

La extensa playa recibía al visitante alegrándolo con unas olas atractivas para disfrutar, había espacio de sobra, cabían todos, sin agobios ni construcciones violentas e impertinentes alrededor, el aficionado al mar podía gozar de un día limpio sobre la arena acompañado únicamente por el océano y la montaña, lo que suele catalogarse como un lugar ideal. Sin embargo, a esas horas de la tarde la gente se dejaba llevar de la mano del sol en su camino hacia el ocaso sin que al parecer a nadie le apeteciera dejarse acariciar o revolcar por las olas. Una pequeña familia llegaba y saltaba inmediatamente al agua dispuesta a divertirse, lo que hacía que, animados por su ejemplo, algunos de los que se solazaban en la arena también se decidieran a atreverse con las olas. No pasó mucho tiempo para que los nuevos y alegres bañistas advirtieran, al intentar sortear una ola, los numerosos puntos negros que unos metros más adentro se mecían con el ir y venir del oleaje, aparentemente esperando; se lo pueden imaginar, eran surfistas, dato que además constataron con rapidez cuando uno de ellos se les vino encima intentando auparse sobre una pequeña ola. Esa era la cuestión, los surfistas, la gente aguardaba sin bañarse porque estaban los surfistas, y los surfistas necesitan mucha playa, hasta tal punto que en muchos casos se trata de una actividad que no concuerda muy bien con el baño común y corriente, su mar es distinto, incluso muy distinto. Había bastantes puntos negros de neopreno mar adentro, a unos cincuenta o sesenta metros de la orilla, aguardando, supongo, una ola o la ola, al parecer algo difícil de conseguir porque solo eran unos pocos los capaces de alzarse sobre alguna para lograr mantenerse sobre ella escasos segundos… y vuelta a empezar, y así sucesivamente. Había muchos más ocupando la mayor parte de la longitud de la playa, motivo por el cual los que no iban de negro debían contentarse con mirar o entretenerse con la arena; otros acudían y estiraban concentrados sobre la arena antes de enfundarse completamente de negro, agarrar la tabla y avanzar mar adentro. Esa era la película mientras la tarde se iba.

El porcentaje de puntos negros capaces de subirse a una ola era ínfimo y el tiempo que estaban arriba los que al fin lo conseguían mínimo, el resto consistía en esperar balanceándose al compás de la superficie del mar, y de no ser por el neopreno que recubría sus cuerpos imagino que la mayoría habría acabado con hipotermia, ya se, por eso lo del neopreno. No sé si soy capaz de imaginar la sensación de subirse a una ola, probablemente los expertos y menos me dirían que no tengo ni puñetera idea -callado estoy más guapo-, porque se trata de una sensación especial, indescriptible, increíble y única -hay ya tantas cosas y experiencias únicas e increíbles, o irrepetibles, que comienzan a ser multitud, debido a lo cual, creo, resultaría obligado redefinir los significados de ambas palabras o empezar a sospechar de toda cabecita que considere de exclusiva propiedad su derecho a lo único e increíble, o todos lo somos y, consiguientemente, hacemos cosas únicas e increíbles y entonces esto es jauja, faltan primeras páginas, además de un poco más de humildad. También pudiera ser que cabalgar sobre las olas fuera una actividad o afición sólo apta para los auténticos amantes del mar (?) -los exclusivismos de siempre-, lo que ustedes quieran, pero siempre es complicado exigir y atribuirse prioridades en un lugar abierto, donde los que no son o hacen lo que la mayoría han de largarse porque pueden correr peligro. Hay muchas formas de disfrutar, como hay modas y aburrimiento.

En el fondo esta situación no es nada extraña, he visto a gente salir pitando de otras playas en peores circunstancias para los simples aficionados al mar, en una de ellas los esforzados tipos portaban tablas, velas, neopreno, por supuesto, complicados arneses, cascos, algunos con cámara incluida y un sinfín de utensilios especializados e indescriptibles que probablemente en conjunto significaban una buena cantidad de dinero -allá cada cual-; pero lo que allí era completamente imposible para una persona corriente era meter un dedo en el agua, la playa era completamente suya, el resto miraba, obligatoriamente.

 

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