Apunte

Había en Asturias una pequeña playa que le decían de los cristales. Tal nombre era debido a que una parte de las chinas y piedrecitas que la llenaban eran en realidad cristales, decenas de miles de pequeños cristales pulidos y redondeados por la acción del mar. Estos cristales eran los restos de botellas lanzadas desde los altos acantilados que daban forma a la playa, al menos esa es la versión que me contaron entonces; botellas que, una vez arrojadas y diseminados sus restos al estallar contra el suelo, quedaban a merced de las olas hasta acabar convertidas en pequeñísimos fragmentos que a la luz del sol ofrecían un brillo característico y especial al conjunto de su superficie. Hablo en pasado porque he querido volver a la misma playa y al final no lo hice, me lo desaconsejaron, ¿por qué? porque ya casi no quedan cristales. La gente se los ha ido llevando poco a poco, supongo que para contar a sus amigos que habían estado en una playa en la que la arena era en realidad cristales como los que ellos se habían traído de recuerdo y ahora les estaban mostrando. No supe que decir. Supongo que será otro de los inconvenientes del bendito turismo que, dicen, tanto necesita este país.

 

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Una de baloncesto

Finalizado el mundial de baloncesto, despejadas las dudas en cuanto a los mejores y finiquitados los balances, no solo deportivos, resta pasar página y sacar conclusiones, otra cosa es la siempre discutible opción de tomar medidas después del evidente fracaso deportivo español que ha significado el mundial de la canasta. Imagino que las responsabilidades deportivas estarán atribuidas y las medidas a tomar en marcha, las expectativas eran otra cosa y no fueron confirmadas, casi la totalidad del público y expertos situaba a España en la final porque, tal y como se decía, España tenía de todo y la preparación así lo había confirmado; al supuesto contrincante americano final, en cambio, le faltaba de todo, sin menoscabo de la lógica y nunca inútil incertidumbre a la hora de una valoración definitiva respecto de lo que traían para competir. Mención aparte para las expectativas económicas que había generado el evento, son otro cantar, para los medios de comunicación sólo existe el dinero y como tal cualquier oferta informativa o de entretenimiento pasa por el resultado de caja final. Mediaset manipuló el mundial como le dio la gana, pasando de afición y audiencia, jugando con horarios, partidos y cadenas a su antojo, en estos casos la cuestión deportiva es un mero pretexto, su fracaso no tiene nada de emotivo ni debe resultar doloroso para nadie. La indiferencia que muestran para lo que no es negocio se la merecen para con sus pésimos resultados. Ya estarán buscando nuevos chollos que exprimir.

Pero si intentamos llegar a alguna conclusión deportiva que intente explicar el fracaso español tal vez deberíamos hablar de trabajo y actitud, trabajo que tendría que haber dejado a un lado tantas y tan contagiosas babas a la hora de juzgar a los nuestros y sus posibilidades, amplificadas y difundidas hasta el hartazgo por los medios de comunicación, era su negocio -ha de suponerse que así se hizo-, y actitud a la hora de enfrentarse al contrario -dígase respeto-; así como, a la vista quedó, no caer en la imprudencia de olvidar que las bazas propias hay que jugarlas con acierto, no basta con tener una buena mano, en un enfrentamiento cara a cara no siempre gana el que va de sobrado sino el que sabe con qué armas juega y sabe jugarlas, dónde se esconden sus debilidades, que siempre existen, y que, tan importante o más, el rival también sabe jugar. También en deporte, aunque disguste y se prefiera pasar por encima, sobre todo por parte de los más directamente afectados, ha de haber culpables, no es ni mejor ni peor, sucede cuando alguien asume responsabilidades, sólo quienes lo hacen pueden acabar cargando con las culpas, afortunadamente, son los que se arriesgan afrontando retos jugando sus propias cartas, aunque desgraciadamente acaben fracasando -el deporte hoy es ganar-, a los aduladores y oportunistas les da completamente igual, ya buscarán otros a los que sobarles el lomo; con los culpables sólo resta abrirles cortésmente la puerta, no valen ahora los peros que entonces, en su momento, no se pusieron sobre la mesa, y dejar que otros ocupen su lugar. Si con el equipo que se le suponía España no fue capaz de pasar de cuartos es porque alguien se confió, pecó de soberbia o no supo ver de lo que era capaz quien tenía enfrente, o peor aún, subestimó a los contrarios.

Para finalizar, hay tres cosas, situaciones o personas concretas que me gustaría resaltar como colofón y que tienen que ver con la actitud en este mundo tan competitivo, mucho más cuando se habla de deporte, y que tal vez se echaran de menos en el equipo español: la pasión, la intensidad y la casi violencia que el seleccionador serbio ponía en todo lo que hacían sus jugadores, bueno o malo, siendo capaz de contagiar su estado de ánimo a cada uno de ellos, daba y exigía mucho más que concentración, era dejarse la piel en cada envite; la enorme y metódica sabiduría baloncestística del seleccionador francés a la hora de preparar cada partido y de convencer de sus posibilidades a sus propios jugadores -al margen de las sonoras ausencias-, lo que era llevado a la cancha al pie de la letra. Y por último, la enorme voracidad de unos jóvenes jugadores norteamericanos, sin el renombre y la fama de otros, para los que ganar nunca bastaba, para ellos un partido y el deporte en general es como la propia vida, un auténtico mercado libre plagado de tiburones donde no puedes dejar nada al azar ni permitir que el otro se levante; y además se divertían.

 

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Chicos y grandes

Llama la atención cuando uno sale al extranjero y lo hace con niños, y no en todos los países, no poder acceder a bares y establecimientos donde se vende alcohol, y si en algunos locales puede hacerlo ha de mantener a los peques apartados de la barra, así que si hay ganas de tomarse una cerveza tranquila o una copa, para variar, toca aguantarse; ningún otro problema, se aceptan las normas del lugar puesto que se está fuera de casa. Sin embargo aquí pasa todo lo contrario, puede suceder que en el rincón en el que uno habitualmente se toma la cerveza o aquella copa de pronto florezca un jardín de infancia donde los chavales van y vienen corriendo y gritando a su antojo, más o menos al cuidado del local, mientras los padres, descansando al fin, se entretienen ajenos a las molestias de sus vástagos. Si, por un lado, pueden considerarse excesivas las precauciones de aquellos allende nuestras fronteras, por esta parte, en cambio, la permisividad, pasividad o indiferencia hacia los niños me parece en muchos casos desatinada, dando a veces a entender que por aquí hubiera demasiada gente deseando desembarazarse por unas horas de sus propios hijos, dejar de soportarlos; no hay nada que objetar si lo hacen en lugares adecuados para ello, pero no es lo mismo si se hace en cualquier sitio y de cualquier modo -también es cierto que quien tiene la última palabra es el propietario, y probablemente muchos prefieran aguantar a los niños, aunque haya clientela que se vaya, si con ello los padres no dejan de consumir; la cuestión es llenar la caja, aunque para ello haya que montar un horroroso castillo hinchable que atraiga a toda la chiquillería de la zona. Lo malo de esto es que se acaban olvidando o perdiendo las formas, los lugares y las referencias, de matices o particularidades ni hablar, y todo acaba convertido en un “para toda la familia” más bien sospechoso -otro lugar de consumo indiscriminado a la baja-; porque cualquier local no tiene por qué convertirse sistemáticamente, por pura y simple codicia, en una sucursal de Ikea donde bobaliconamente nos venden que los niños son los reyes exclusivos de este mundo; los niños son niños, ni más ni menos, pero nunca pueden ser reyes de nada porque lo tienen todo por aprender.

Entre jóvenes que se sienten niños y tienen miedo a crecer por aquello de perder no sé qué pureza, que es más bien ignorancia -a lo que añadir una cruel sociedad que cada vez pone más trabas a su madurez porque entonces dejarían de ser salvajemente rentables-, gente mayor que intenta patéticamente parecer y comportarse como niños y adictos a la coletilla “familiar” para todo lo que hacen y viven, no quedan huecos para los adultos, esa especie cada vez más rara que tras esforzarse por crecer, madurar y comportarse como adultos, con gustos, deseos y aspiraciones de adultos, son tratados como potenciales enemigos de una sociedad cada vez más simple y pacata y sistemáticamente extraditados a lugares oscuros y alejados de aspecto sospechoso.

 

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Imagen

Para empezar, pienso que los reyes y los reinos son para los cuentos y las novelas, esta vida no necesita de sangre divina ni de celestiales baluartes, tampoco de símbolos regios, de momento y a la vista de cómo nos van las cosas, más mal que bien o tirando a regular, parece que nos bastamos solos.

Hecha la aclaración entro en faena. De todos es sabido que en la actual sociedad occidental una imagen es la principal tarjeta de presentación de cualquier persona o acontecimiento, no por aquello de que una imagen vale más que mil palabras sino porque, unos por otros y al final entre todos, hemos hecho de la imagen el principal referente para todo lo que, si puede decirse así, existe o es en este mundo. Pues bien, si alguien vio el último partido preparatorio para el mundial de la Selección Española de Baloncesto pudo advertir que en la primera fila, a pie de pista y no en el palco de autoridades, vestido y confundido con el público, se hallaba sentado disfrutando del encuentro el actual “Rey de España” -deténganse un momento y piensen en la Historia y cómo han tenido que estudiar y considerar a los reyes hasta ahora-, un tipo joven de aspecto normal que en muy poco o nada se diferenciaba del resto del personal que acudió al pabellón. Y por si fuera poco, ese mismo tipo acabó estrechando, una a una, las manos de los jugadores al final del partido, y a juzgar por las caras y los gestos con algunos de ellos, podía adivinarse algo más que protocolo, hasta el punto de que no hubiera extrañado que después se hubieran ido a tomar unas cervezas juntos. Esa es la historia y esa es la imagen, y a partir de ella, y que cada cual aguante su vela, es casi seguro que si ahora mismo se celebrara un referéndum en este país para que la población eligiera entre monarquía y república, la monarquía ganaría por goleada. Alguien ha acertado de lleno a la hora de acercar a la población una institución que, al margen de su simbolismo y significados, es capaz de transmitir a la gente una proximidad y naturalidad con la que cualquiera podría tropezarse en el rellano de su propia escalera.

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Esa música

Sentada en el coche comenzaba a reaccionar entre quejas y maldiciones, recriminándose por estúpida y culpando a esa bazofia, que algunos llaman música, de la situación actual del mundo; sin embargo en su enfado faltaban culpables y, poco a poco, empezaba a reconocer que, en última instancia, la cosa, si puede decirse así, se limitaba exclusivamente a ella, un despiste, un cortocircuito neuronal, a saber, con el agravante de la huida a toda prisa del local, una solución que ahora se le antojaba excesiva, no porque hubiera tenido algún problema serio -bien visto, no era para tanto; tampoco sabía lo que estaba pasando ahora allí dentro-, sino por la vergüenza y la imperiosa necesidad de un punto de sosiego y el siguiente minuto de tranquilidad en el que reconsiderar lo sucedido; una situación que, repito, todavía no sabía cómo tomarse. No había ocurrido nada trágico, créanlo, tal vez curioso. Se hallaban junto a la barra al mando de sus correspondientes copas recién servidas, el ambiente no estaba mal, tampoco era estupendo, comenzaba a mejorar, no era tarde y quedaba mucha noche por delante; hasta ahí todo bien, pero hubo un momento, un desgraciado momento, en el que su cabeza debió cambiar inopinadamente de lugar y pasó lo que pasó. Y después de aquello no podía seguir allí, sobre todo por ella misma, aunque ahora no le quedaba más remedio que reconocer que su salida por pies había sido una reacción demasiado drástica, más bien irrespetuosa. ¿La culpa de lo sucedido? La música, estaba claro, ese amasijo de ritmos y monotonías sin fin despreciativo de todo lo que tenga que ver con la melodía. No es que le apasionara especialmente la música, sus salidas nocturnas poco o nada tenían que ver con ella, se trataba del acto social en sí, la cena con los amigos y luego alargar la noche hasta que el cuerpo aguantara, charlar, divertirse y hasta bailar si venía a cuento. Pero lo que no imaginaba es que el mundo de la música que en la actualidad se impone, como si le importara a alguien, ese fárrago infame sin alma, fuera tan limitado, y si al principio no cayó en el parecido o las coincidencias no fue por nada en especial, era la música que había en el local. Como también sonaba música en el gimnasio al que acudía cuatro veces por semana para ponerse en forma, nunca le interesó el deporte, pero todas sus amigas lo hacían y ya estaba cansada de que le insistieran, tenía que relacionarse más, y al fin y al cabo ganaba más que perdía. Y entre charlas y músicas  llegó un momento, así se lo imaginaba ella ahora, en el que su cabeza debió sentirse a toda pastilla perdiendo la noción de lugar, salto va salto viene, pierna arriba pierna abajo, corriendo o en cuclilllas, mancuerna arriba mancuerna abajo, a punto de echar el bofe con el maldito body pump pero dispuesta para el próximo meneo, no fuera a quedarse atrás y consiguientemente en ridículo delante del espejo y ante personal tan distinguido; y así vino que, todavía no sabía cómo o por qué, su cabeza se anticipó al siguiente movimiento, tocaba levantar con gran brío hacia el techo el brazo derecho con el inevitable quilo de mancuerna bien sujeto en la mano, claro, pero lo que sucedió fue que levantó el brazo derecho con la copa correspondiente al ritmo de exactamente la misma música que tan sólo unas horas antes revitalizaba su cuerpo en el gimnasio empapándolo de sudor. Con lo que la totalidad del gin-tonic -¡entero! solo había dado un pequeño sorbo- fue a parar contra la cara y pecho de una apretada y redonda señora de estreno que nunca llegaría a enterarse del porqué de lo que acababa de suceder. No puede decirse que se produjera mucho revuelo porque no dio tiempo, los acompañantes de la presunta agresora, tan sorprendidos como la gimnasta a deshora, reaccionaron a tiempo y corrieron a socorrer a la confundida sin poder agarrar por poco la indiscreta raja de limón que se introdujo en el profundo surco que dejaba el negro sujetador encargado de realzar el busto y la silueta de la dama bajo un elegante traje de noche, sin embargo nada pudieron hacer con los trozos de hielo que golpearon en el pecho y mejillas de la damnificada despareciendo nadie sabe dónde. Todo sucedió tan rápido que la víctima apenas tuvo tiempo de reaccionar, sus acompañantes tampoco, ante la avalancha de disculpas que se les vino encima, entretanto, la causante había echado a correr hacia la salida más bien avergonzada por el lapsus o curioso y extraordinario traslado en el tiempo -cual transportador del Enterprise-, que acababa de sufrir; aunque no sabría si llamarlo lapsus o permuta de papeles. El caso es que su primera e instintiva reacción, antes incluso de comprobar, por juiciosa educación, las consecuencias de sus actos y excusarse, fue hacerse hueco a codazos hasta la salida del local y correr hacia su vehículo aparcado antes de que nadie pudiera echarle el lazo, encerrándose a continuación a cal y canto en él presa de un angustioso nudo en el pecho. Probablemente dentro alguien con reflejos estaría inventando una discusión más o menos acalorada para conformar a la señora y su o sus acompañantes -¡buf! vaya marrón-… el caso es que, en esas, alguien hizo un movimiento intempestivo con tan mala suerte que golpeó la mano de mi amiga haciendo que levantara el brazo de forma violenta con el resultado que ustedes han visto y sufrido… más o menos de ese modo.

Tardaban en venir, ¿qué les iba a decir?

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Del Whatsapp

El mundo del whatsapp es hoy día lo más parecido a un mundo feliz, tan espontáneo como sospechosamente pueril, no hay normas, cada cual puede escribir y escribe lo que le apetece y como le apetece que nadie osará señalarlo por cometer una equivocación -primera norma de uso: no se puede andar reconviniendo por norma al personal-; como también se puede parir un texto plagado de errores o completamente ilegible, excepto para iniciados en los mismos y solidarios fallos mecánicos y de atención -se apremia a la baja-, o rellenar cada una de las líneas del mensaje de turno con multitud de dibujitos que, supuestamente, ejemplifican mucho mejor que las palabras el estado del autor o lo que en el fondo quiere decir (?). La intrascendente jovialidad del invento, dicen, está diseñada contra agoreros y exigentes que solo conciben el mundo en una sola dirección, cuando la gente, en cambio, suele ser de ese otro modo, más así…(?), divertida, guay…(?), no sé; no se puede andar todo el día instando con cara de palo o criticando por las malas, hay que ser más… (?). Pero la sencillez en la concepción y uso del whatsapp se confunde a veces con la simpleza, y algunos de los significados más preocupantes de simple no lo son de sencillo -dígase también de aquel manso, incauto, mentecato o bobo. Y su supuesta comodidad anda demasiado próxima a la pereza, y pereza es también negligencia, tedio y flojedad, comodidad no. En fin, demasiadas preguntas sin resolver.

Hay un periodo en la educación infantil en el que los niños suelen confundir los sonidos, tienen alguna dificultad a la hora de formar las palabras y pronuncian erróneamente cuando intentan hablar, también hay métodos de ayuda durante esa etapa de aprendizaje en la que se utilizan dibujos para relacionar e identificar los objetos con las palabras y los sonidos correspondientes. En conjunto se trata de que el mundo infantil se vaya ampliando y enriqueciendo con nuevas experiencias, nuevos campos de conocimiento y consiguientemente con más palabras, gracias a lo cual el cerebro irá desarrollando exponencialmente sus capacidades, luego y si todo ha transcurrido correctamente ese mismo cerebro estará listo para poner en juego toda su potencialidad atreviéndose y descifrando mundos cada vez más complejos; del trabajo que se invierta en los niños en el jardín de infancia saldrán personas más capaces y felices… pero ¿hablábamos de niños?

 

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Sólo teatro

Aconsejado por amigos que saben más que yo del tema acudí este Julio pasado a Almagro, nuevamente, para sentarme ante otra versión o adaptación de un clásico del que sólo conocía el título y nada de la representación a la que iba a asistir. La función, mejor, el espectáculo ofrecido a partir del texto de Lope de Vega tuvo desde un principio la estimable cualidad de llegar con relativa facilidad a un público que, salvadas las reticencias o dudas iniciales, acabó disfrutando con lo que la noche deparó y al final supo reconocer y agradeció con aplausos, puesto en pie, el excelente trabajo que acabábamos de disfrutar.

El espectáculo aunaba texto -una particular versión de El Caballero de Olmedo que en lo sustancial seguía el texto original-, música, cante y baile, si, como lo están leyendo, y lo mejor de todo ello es que en ningún momento me pareció que estuviera asistiendo a un engendro pergeñado por un loco visionario sin fundamentos teatrales o por un moderno de rompe y rasga sin conocimientos, experiencia y escaso de recursos, todo lo contrario, el trabajo de creación, dirección e interpretación no dejaba lugar a sueños o disparates. Y teniendo en cuenta que particularmente sufro una bien madurada fobia contra todo lo que significa o tiene que ver con el flamenco, resultado de una infancia sometida y humillada por las emisoras radiofónicas del franquismo que nos machacaban día sí y día también con el arte y el cante más racial y genuino de aquel país tercermundista, en ningún momento sentí que necesitara correr o salir huyendo de allí, todo lo contrario.

La maestría, profesionalidad y saber hacer que regalaba el espectáculo me fueron dejando la excelente impresión de estar asistiendo a una representación que en algunos momentos se me antojaba única, un artístico y emotivo despliegue de sabiduría teatral a partir del certero conocimiento de las raíces y fundamentos artísticos de esta tierra, así como de sus gentes, toda una afirmación cultural que sólo pueden exponer de ese modo quienes también la han mamado, recibido y sentido como propia. Impresiones y sensaciones que acaban en la sangre, formando parte de nosotros mismos sin que ninguno sepamos conscientemente cómo o por qué, de las que nunca solemos hablar, comentar o presumir; que en muchos otros casos creemos detestar por encima de todas las cosas, que no sabríamos expresar con palabras e incluso puesto en duda que poseyéramos o sufriéramos. Flotaba en el ambiente un aroma compartido del que no podía menos que sentirme orgulloso, a fin de cuentas esta tierra solía ser una tierra de música y teatro, contento y emocionado por lo que estaba viendo y afortunado por sentirme paisano de la misma gente que daba cuerpo al espectáculo, uno más al otro lado del telón. Las sensaciones que afloraban y se intentaban transmitir desde el escenario también eran mías, como el texto, las guitarras, el sonido de las cajas de percusión, el cante, los metales, el movimiento, cada una de las pasiones y sentimientos alentados desde las tablas, el buen trabajo de los actores; como mías o nuestras eran Rosa María Sarda y la Compañía Nacional de Teatro Clásico, así como el Lliure, y veía y me perdía en los enormes campos de trigo de Castilla que Lluis Pasqual, el director de la obra, también vio cuando concibió la representación, tal y como él mismo intentaba explicar en el programa de mano.

Pero, de pronto, entre tanta emoción y sentido de pertenencia crujía un extraño malestar con forma de reproche que sofocaba mi entusiasmo al pensar que no tenía derecho a atribuirme tanto país porque precisamente la mayoría de los profesionales que tenía allí delante eran catalanes, así como la autoría y dirección del espectáculo que estaba disfrutando. Me enfadé conmigo mismo por mi estupidez, por mi tonta autocensura y por la mierda que una situación política impuesta puede crear en el inconsciente de la población, en mi caso. ¿Por qué no podía pensar y sentir que representación, intérpretes, dirección y público éramos parte de una misma alma colectiva puesta de manifiesto mediante una forma de concebir y hacer teatro que los que estábamos allí podíamos considerar nuestra? al menos mi impresión era esa. Perdón por el disparate que voy a decir, ¿era un nacionalista español por pensar así? ¡Uff! qué rato, al final deseché dudas y gilipolleces y aplaudí como el que más a una gente y un trabajo que desde el principio me hicieron sentir, dadas las enormes coincidencias, tanto personales, locales como artísticas entre lo que acababa de ver y yo mismo, como en mi propia casa, probablemente muchas más de las que tengo con una gran parte de la gente de mi propio pueblo.

 

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Banderas

Las siestas no suelen deparar muchas sorpresas, dependen del cuerpo, el sofá y, si hay menos gana, de lo que “pongan en la tele”. Y por este mes de Julio, cuando, mando en mano, uno empezaba a zanganear canal tras canal, solía tropezar con las bicicletas, revisión o repetición de una ceremonia de otros años, cuando era más joven, que todavía sigue dando de comer a ciclistas y televisiones, una relación inseparable e imprescindible para las bicicletas, probablemente sin televisión no habría bicicletas, o habría muchas menos ¿quién si no el tipo del sofá estaría en el punto de mira de la publicidad? A lo que iba, como entonces también hoy suelen acumularse una gran cantidad de aficionados en las etapas de montaña, y todavía hoy algunos majaderos ocupan el centro de la calzada vociferando y gesticulando simplezas, haciendo peligrar la estabilidad de los ciclistas, con tal de salir en la tele -imagino a mamá en casa con la grabadora a punto para tomar nota histórica de las sandeces del niño, ¡tan grande ya!-; pero los que me siguen llamando la atención son los de las banderas, no hay país más banderero que éste, excepto quizás los yanquis -pero allí la bandera es algo más solemne, más, digamos, trascendente-, además, nosotros tenemos más; hay españolas, con toro y sin toro, o con escudo, catalanas con y sin estrella, o con flores de lis, republicanas o copias vascas de la Union Jack británica, seguramente me perdí algunas. Siempre me han resultado curiosos los tipos de las banderas en las carreras ciclistas, probablemente gente sin ocupación o de gustos raros que a cambio de algunos euros busca los puntos cruciales en la ascensión al puerto del día para hostigar a las motocicletas con cámara de la organización y justificar sus emolumentos a cambio de los correspondientes segundos de pantalla-me descubro ante los oscuros y febriles cerebros de los paganos a la hora de intentar captar acólitos para la causa banderil. O tal vez se trate de enfervorecidos patriotas de verbo ignoto e imperiosa necesidad de protagonismo a costa de lo que sea, tipos que, a falta de mayor locuacidad, don de gentes, simpatía, educación o civismo a la hora de explicarse o hacerse valer, prefieren dar la nota y suplir sus lagunas con una enseña que supuestamente debe incidir de algún recóndito modo en el esforzado tipo de los pedales que se lo encuentra de frente, o tal vez en algún amodorrado televidente que, milagrosamente, descubra y entienda que, mediante tal lenguaje de signos y a falta de nada mejor, ¡hostias! ese es de los míos; de todos modos es de agradecer que todo quede ahí y no pretendan dar el paso siguiente de jurar y matar por ella, aunque nunca se sabe, siempre hay gente con necesidad de hacer públicas sus fidelidades si con ello enmudece o puede humillar a los demás. En fin, a falta de la cordura y capacidad para relacionarse y asistir a espectáculos públicos -qué tal el espontáneo ¡ánimo! o el saludable aplauso; es cierto, algo sosos- siempre vienen bien simples dispuestos a echarse a la calle y dejarse la piel aullando procedencias o pregonando consignas fabricadas por otros más espabilados -jefes, caudillos y salvapatrias- que suelen permanecer al acecho a buen recaudo. La simbología de las banderas, que la tienen y para mucha gente es algo honorable, debería limitarse a los mástiles.

PD. Lo que solo pretendía ser un pequeño apunte a raíz de una emisión televisiva ha ido dando paso a muchas más ocurrencias. Si en la actualidad comparamos cualquier retransmisión deportiva con las de hace años, lo primero que notamos es la completa ausencia de banderas y estandartes en el público de entonces, allí el deportista era el héroe, independientemente de su origen o filiación. Hoy, en cambio, lo primero que hace reconocible a un deportista no son sus éxitos, logros o méritos sino la filiación nacional a la que pertenece, para ello ya hay gente aleccionada y dispuesta, que siempre aparece de nadie sabe dónde, a punto con la divisa correspondiente y lista para endosársela al campeón que, obediente, la agitará sin saber muy bien por qué, tal vez sea porque sólo entonces el héroe desciende al mundo y las miserias de los mortales. Y lo que en principio únicamente era una hazaña de un tipo excepcionalmente dotado o concienzudamente preparado, acaba convertido en otra fanfarronada nacionalista más -¿recuerdan los despliegues banderiles de los nacionalsocialistas alemanes?- que no hace sino enfermar el ambiente. Siempre la misma historia, una historia que nos estamos comiendo sin apenas darnos cuenta.

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Estambul (y 4)

 

La niña, de unos diez años calculados a bote pronto, aguarda junto a la máquina expendedora de tiques para los barcos que cruzan el Bósforo -una especie de fichas metálicas del tamaño de una moneda de cinco céntimos-, su altura apenas alcanza la parte más baja de la máquina pero su atención, que sobrepasa por arriba cualquier medida, avista al extranjero dubitativo cuando se va aproximando, y antes de que éste se disponga a seleccionar o solucionar sus correspondientes dudas acerca del precio y número de fichas consultando la pequeña pantalla le pregunta e intenta orientarle mediante monosílabos ingleses aprendidos sobre la marcha, de tal modo que antes de que uno mismo cumpla diligentemente los pasos que van apareciendo en la pantalla ella ya ha ido pulsando sin ningún género de duda la tecla correspondiente; al final la máquina escupe las fichas y el cambio y ella, satisfecha por su trabajo, aguarda mirándote con ojos como platos, ¿qué se hace entonces?

Hay más niños y niñas así, también más pequeños, con pocos recursos o sin ninguno viviendo en y de la calle, haciéndose un hueco de una forma tan atropellada como correcta para el lugar, son las maneras de aquí, las que se aprenden desde la infancia porque no deja de ser lo que hace todo el mundo, buscarse la vida, chicos y grandes, en una ciudad donde los jóvenes, en general aseados y de buena presencia, ganan por goleada. En esta ciudad los jóvenes bullen en un número casi incontable, es cierto que se ven muchos más chicos que chicas, adolescentes de mirada clara y retraída modestos y contenidos, siempre amables y en apariencia incapaces del mal trato o la insolencia. No disponen de teléfonos móviles a los que dedicarse las veinticuatro horas del día, se mueven de un lado a otro prometedores y reservados, orgullosos y ávidos de novedades, sin perder detalle del extranjero que dispone con facilidad de lo que ellos probablemente carecen, gustosos y aparentemente felices, rebosantes de vida pero cruelmente atados a sus propias restricciones sociales, económicas y globales. Inevitablemente uno piensa que también hay otros jóvenes que se parecerán demasiado a los nuestros, armados de teléfonos de última generación, hay zonas de la ciudad que así lo revelan, tan fatuos y altaneros como económicamente sobrados, la riqueza y su ostentación no conoce limitaciones religiosas, sociales o económicas. Pero de los que hablo no lucen igual, tanto da si te los encuentras trabajando, silenciosos, amables sin llegar a resultar serviles, atentos, diligentes y de tímida sonrisa, con unas ganas de comerse el mundo que les desborda por los cuatro costados.

A partir de ellos no resulta muy difícil calcular la media de edad de una sociedad como esta, con un futuro muy largo y una vitalidad que sobrepasa los márgenes geográficos de la ciudad, vástagos de una cultura que, atravesada como todas por limitaciones e inconvenientes, ha de cargar a la vez con un número que parece excesivo de prejuicios, carencias y contradicciones. Una gigantesca urbe de almas a las que les gusta echarse en tropel a la calle cuando los vientos suaves del verano acarician los días más largos del año, entonces los jóvenes aumentan exponencialmente ocupando por completo parques, jardines y zonas verdes,  sólo es necesario un día festivo o un soleado domingo para que uno se vea sorprendido por una enorme exhibición de vida al aire libre que toma posesión  de cualquier superficie ajardinada de la ciudad en una recreativa exposición de objetos y utensilios de campo, barbacoas, mesas, sillas, familias numerosas, chicos y chicas y juegos de niños y grandes, toda una demostración de ganas de vivir, una generalizada manifestación pública de energía privada que, honestamente, obliga al foráneo curioso a suspender cualquier crítica, juicio o valoración, dejándolo boquiabierto y complacido con tan sencillo y familiar despliegue de alegría y esparcimiento.

Una notable muestra de nervio y convivencia, la constante de cada día en esta extraordinaria y antigua ciudad que en la actualidad se llama Estambul. Por cierto, hay muchísimas más cosas que ver y disfrutar aquí, consulten cualquier guía de turismo.

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Estambul (3)

Acomodados a la sombra en un banco de madera colaboramos a nuestro modo en la plácida actividad de esta placita que sosiega el acceso a la mezquita; algunos grupos de hombres charlan en voz muy baja sentados en bancos de piedra a pocos metros de una pequeña construcción de madera que hace las veces de tienda donde se ofrecen objetos religiosos y artesanía local, también hay un pequeño quiosco bajo los árboles junto a un banco corrido circular adornado con cojines para reposar cuerpo y espalda, además de gente que va y viene, de paso, y algunos turistas. El calor empieza a apretar cuando el almuédano inicia su llamada a la oración, los grupos de hombres, jóvenes y mayores, interrumpen o van dando término a sus conversaciones y con paso lento se dirigen hacia la entrada de la mezquita, otros grupos de gente joven y no tanto, o solitarios, aparecen en el patio desde la calle, saludan y enfilan también la puerta, ante la cual se descalzan y con los zapatos en la mano se introducen en el templo. Ni una sola mujer.

Es relativamente fácil dejar a un lado las zonas de la ciudad en las que la mayoría de las mujeres han asumido en su vestimenta pública un “rol occidental” que no tienen ningún problema en mostrar en la calle, visten como cualquier otra, contrarias o decididas a llevar la religión a un nivel más íntimo ajeno a las exhibiciones externas de ropajes y tocados. En otras partes las mujeres decidieron, es una forma de hablar, cubrirse más o menos cabellos y partes del cuerpo en las que la piel pudiera quedar a la vista de los hombres, de ahí la variopinta muestra de pañuelos floreados y multicolores, pantalones más o menos largos u ocultos, blusones y zamarras herméticamente cerradas hasta el cuello, semejantes a ropa militar, con las que probablemente ellas pueden convivir a gusto pero que al curioso, turista o extranjero, impresionan debido a un calor y humedad que ya incomodan lo suyo; la inmensa mayoría de los hombres visten como les apetece. En proporción, las mujeres completamente cubiertas de negro son minoría, sobre todo turistas procedentes de algunos países árabes menos permisivos.

No es difícil imaginar la inevitable pregunta, ¿por qué? También en la religión cristiana y sus numerosas variantes la mujer ocupa un papel secundario, pero en principio éste no llega a tales demostraciones externas que, a primera vista, parecen autoritarias y represivas, además de machistas. En la parte anglosajona del mundo, por denominarla de algún modo fácil de entender, la sociedad civil dejó a un lado hace tiempo las manifestaciones externas de la religión, aunque también es cierto que se han inventado otro tipo de religiones para las que tampoco importa el atuendo. Se requiere cierto tacto para enfocar un tema tan delicado en países de mayoría musulmana, lo que no impide que este tipo de demostraciones llamen la atención a cualquier persona que, a día de hoy, entienda y acepte que la religión es una cuestión íntima y personal que nada tiene que ver con antiguos y desfasados argumentos de opresión, discriminación y machismo. A estas alturas de la existencia del hombre sobre la faz de la tierra creo que intentar hacerse entender acerca de la impepinable igualdad de sexos está de más, a pesar de que todavía persistan intransigencias grotescas, se trata de una cuestión de voluntades. Los textos sagrados de cualquier religión se alimentan de sentencias y supuestas tradiciones de otras épocas que no son esta, de otras vidas que no son las nuestras, de otros mundos más o menos fructíferos que ya quedaron atrás, por lo que aferrarse a ellos y vivir de espaldas al tiempo propio creo que es mucho más que una contradicción. Y discriminar a las mujeres por cualquier motivo, sagrado o no, lo es; hoy día muy pocas personas decidirían voluntariamente vivir como en la Edad Media, ni mucho menos atribuirse el derecho de obligar al resto a hacerlo.

Además, he de reconocer que tales discriminaciones son una traición a la luz y la paz que inunda las mezquitas, grandes espacios abiertos exclusivamente privativos de hombres y niños -donde éstos corren, ríen y ruedan sobre el suelo alfombrado-; mientras las mujeres son recluidas tras unos barrotes de madera en el último rincón, o recriminadas por el encargado de turno por aventurarse y caminar por la zona de los hombres, que es toda la mezquita. Qué diferencia de templos respecto de las oscuras y tenebrosas iglesias católicas, donde desde la mirada del santo de turno hasta la severidad del sacristán obligan a los niños a guardar un punitivo y represivo silencio de adultos reprimidos.

Creo que la cuestión religiosa, la disputa o la duda existen en cada persona, por eso es interesante y curioso observar “familias divididas” por ese tipo de razones, donde las madres se cubren de arriba abajo mientras las hijas ya han decidido que opción tomar o todavía andan titubeando a la hora de cubrirse, qué partes o cómo, y experimentan con combinaciones -vaqueros incluidos- colores, diseños o longitudes. No creo que sea un proceso fácil. Sin embargo esta especie de variante, manifestaciones o contención de la condición femenina, generalizada en las clases más populares y con menores ingresos de la población, choca de frente con ese otro soberbio ocultamiento que muestran algunas mujeres completamente enlutadas -la luz sólo les llega a través de una estrecha franja donde lucen unos ojos lujosamente cuidados-, recargadas de sedas, velos y joyas, alzadas sobre zapatos de aguja destilando orgullo y vanidad, que puede resultar despreciativa, hacia el resto de la humanidad; ellas solo se dejan ver ante quienes desean, así lo pregonan con presunción, lo más probable es que entre tanto negro rigor incluso calcen bragas de mil dólares. Caminan y se muestran, es un decir, como dignísimas representantes de madres y mujeres principales de sultanes -que en su momento tenían más poder que algunos de los hombres más poderosos de la corte-, luciendo una actitud desafiante mientras atienden a su guía particular y el marido, ataviado con unos estrafalarios pantalones cortos, los sigue tan diligente como aparentemente despistado.

Es complicado no caer en el simplismo y las conclusiones precipitadas a la hora de valorar el mundo que uno mismo tiene delante, pueden acatarse sin ningún problema ciertos hábitos de recato y mesura a la hora del acceso a templos y lugares sagrados, lo que no quiere decir que haya que aceptar de buenas a primeras cualquier regla o costumbre que clausure a una persona en contra de su voluntad. Si estas mujeres han decidido voluntariamente aceptar ciertas modas o tradiciones, también podrían desprenderse de ellas cuándo y dónde quisieran, sobre todo en las vías públicas. Aunque sea evidente que una parte del mundo domina al resto, como siempre ha sido y como me temo que continuará sucediendo, existe una parte íntima en toda persona a la que no se debería ofender y oprimir en función de desfasadas e interesadas tradiciones, normas y costumbres que varían en función de los caprichos de intérpretes y lectores dedicados a adaptar textos y pergaminos de otra época a un presente que muy poco o nada tiene que ver, ni siquiera por cuestiones religiosas.

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