Polvorones

En este país la señora Rosalía Iglesias -la parienta del entrullado por “presunto” ladrón Luis Bárcenas- se permite ladrarles en su propia cara a los empleados que vigilan a su santo: “A los funcionarios quiero verlos colgados del cuello”; y esto después de incordiar vía supuestos derechos de clase adquiridos, vociferar en plan chulesco eso -tan de fachas- de que no sabían con quién estaban hablando e intentar saltarse a la torera las normas establecidas para tocarle el culo, como Dios manda, a su ilustrísimo. El mismo tipo al que el señor Rajoy daba todo su apoyo -vía e-mail- en estos tiempos tan duros.

La honorable señora Pujol miraba la dentadura, tal y como se hace con las caballerías, a cualquier bicho viviente a su servicio -léase apellidos y genealogía que demostraran sus raíces cien por cien catalanas-, y si el incauto de turno no podía exhibir una ejemplar limpieza de sangre y aparecía culpablemente manchado por algún ancestro degenerado proveniente de otra tierra que no fueran la catalana, era puesto inmediatamente de patitas en la calle. Hubiera tenido un serio conflicto consigo misma si se hubiera mirado la suya.

Un tal Ibarretxe, antiguo presidente de cortijo autonómico, presumía hace unas semanas en prensa de la diligencia, laboriosidad y honradez de los vascos en comparación con el resto de los españoles; pero lo que callaba este paniaguado y astuto señor es que sus impolutos vascos disponen para sus propios servicios públicos del doble de dinero que los desastrosos y perezosos españoles -y contribuyen muchísimo menos que el resto- gracias a unos suculentos y cicateros acuerdos económicos obtenidos a punta de pistola del gobierno de Madrid -para eso servía ETA durante el tiempo que tuvo amenazado al país reivindicando unas falsas exigencias decimonónicas por las que se dedicó a asesinar salvajemente a cualquiera que le viniera en gana.

El señor Fabra -ahora también en el trullo- se jactaba públicamente de que todas las familias de Castellón estaban en deuda con él porque había colocado -a dedo- a uno o varios miembros de cada una de ellas.

Cuando uno visita La Mezquita de Córdoba, que es el principal motivo por el que acuden a ella el cien por cien de sus visitantes, se encuentra con un folleto que únicamente habla de catedral; tal fraude lo fomenta y distribuye una poderosa, reaccionaria y antigua secta constituida por clérigos que se dicen practicantes de la religión católica, culpables del atraso histórico que sufre esta tierra, y que parasita a costa de los contribuyentes apropiándose de todo lo que puede con el consentimiento del gobierno de la nación. Estos mismos tipos que hablan de dignidad, tolerancia o vergüenza callan y/o permiten entre sus integrantes algunas de las más viles violaciones infantiles que uno pueda imaginar, la mayoría de las cuales nunca verán la luz; somos muchos los que conocemos a alguien que estuvo interno en un colegio de curas y que no quiere volver a verlos ni en pintura.

El presidente del cortijo gallego, ante unas fotografías en las que se le veía acompañando en su lancha particular, de vacaciones, dicen, a unos de los más importantes traficantes gallegos, afirma desconocer tan lucrativa faceta de su adinerado acompañante.

Hay mucho más, pero esto es solo una variada y curiosa muestra navideña de la natural chulería y el enorme desprecio que, exclusivamente para consumo propio, cultiva esta especie de jactancioso, tonto y atrasado país. Vaya donde uno vaya el tipo nativo es, en general, el mismo, parecidos los enfrentamientos e idénticas las baladronadas, da igual que hablemos de rivalidades catetas o desplantes gratuitos, entre pueblos miserables o entre ranchos autonómicos, el caso es hacerse valer a costa de despreciar al de al lado, en eso somos, todos, españoles de pura cepa. Pero sigo sin entender tanta mezquina impertinencia y folclórico rasgarse de vestiduras, porque lo primero que debería suceder es que se nos cayera la cara de vergüenza por supurar tanta bilis, por odiarnos y despreciarnos entre nosotros con semejante inquina para regocijo y cachondeo del resto del mundo. 2015 aguarda a la vuelta de la esquina aterrado.

 

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Apunte

Que un tipo jarrón -los brazos permanentemente en los bolsillos, también- con cara de periódico deportivo -de fúmbol, como dicen los personajes del genial Forges- compre un ordenador portátil para su hija -la persona  completamente ensimismada en los arcanos del teléfono móvil pegada a su lado- en una tienda de cocinas, sin más cuestiones entre él y el vendedor que ¡a mí me lo vas a decir! y ¡que sea bueno! y siendo lo único que le dice al ser angelical del celular: hay que tapar inmediatamente esto -la cámara web incorporada- para que no te espíen ni te roben, es más que una cuestión de azar, es todo un poema en basto.

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Privado (y 2)

La ambición de la cuenta llena para ser alguien en este mundo no es nueva, cambian las formas, siempre en función de los tiempos y los modos de conseguirlo, tanto para exhibirse como para exhibirse a través de. Y una de las opciones más vulgares para ello, si uno no ha nacido con libre acceso a los puentes de plata hacia el futuro o si, en cambio, decide decantarse por la variante ilegal -también vale la corrupta, tan de moda-, es el trabajo, y es ahí donde los tiempos han vuelto a reinventarse, porque lo privado no acaba en lo exclusivamente personal o particular, ahora también ha llegado al mundo del trabajo. Me explico.

Van quedando atrás las grandes empresas con sus cientos o miles de trabajadores reunidos en inmensas instalaciones, mundos más o menos cerrados dónde se daban unas relaciones laborales, sociales y personales específicas, además de establecerse unos vínculos especiales que se prolongaban más allá de las puertas del centro, alimentando infinidad de situaciones particulares en las que solían desaparecer las líneas que separaban los ámbitos particular y laboral, se mezclaban ocio y trabajo o se difuminaba la alternancia público/privado. Qué decir de las constantes negociaciones y/o luchas internas entre dirección y empleados, tanto por la porción del pastel a la que éstos tenían derecho como por las condiciones de trabajo y su mejora, no en vano cada trabajador pasaba como mínimo un tercio de su vida entre aquellos encajes laborales, de los que obtenía la estabilidad necesaria tanto para su presente como para su futuro y el de su familia, además de unos bien ganados beneficios sociales, educativos y sanitarios, también políticos. Pero hoy las luchas laborales están en vías de extinción o pasando a ser privadas porque los trabajadores tienen ahora a su alcance una mayor autonomía, el futuro del trabajo pasa por convertirse en autónomos; algo así como la libertad definitiva, pero con trampa. En esta nueva vuelta de tuerca de este principio del siglo XXI se fomentan nuevas -pero falsas- ilusiones haciendo creer a los ahora respetables ciudadanos que no hay nada mejor que la libertad de decidir cuándo, cómo y cuánto trabajar, algo así como un trabajo a la carta en el que no es necesario deliberar o compartir, tampoco depender de otra u otras personas y, ni mucho menos, repartir beneficios. Sucede que en lugar de ir en compañía de tu vecino al trabajo -el antiguo compañero-, has de competir de tú a tú con él por cada centímetro del mercado. Yo soy mi negocio.

Así, mientras el capitalismo privado a gran escala sigue controlando el mercado de las rentas y los dividendos, además de multiplicando sus beneficios simplemente especulando, la producción básica se deja en manos de los mismos trabajadores ahora felizmente convertidos en autónomos dueños de su trabajo. Aunque para estos su felicidad no luzca tan completa como en principio parece, porque, como no es difícil imaginar, su libertad de autónomos significa muchas más horas de trabajo para conseguir bastante menos que antes. Es la bendita competencia -no sólo a la hora de exhibirse-, la prueba de fuego que en esta sociedad concede el valor a una persona haciéndola merecedora de una vida auténtica. Ya no hace falta levantar y mantener unas instalaciones para una plantilla de trabajadores, ni organizar o planificar secciones, departamentos, organigramas de trabajo o jornadas laborales, ni diseñar atuendos  y condiciones de trabajo, ni crear una sección de proveedores a costa de más negociaciones, ni preocuparse de nóminas e impuestos; el empleador -el capitalista privado de siempre- ha redescubierto la libertad para el empleado ofreciéndole el uso de su tiempo como le dé la gana, es decir, para que trabaje lo que desee, se procure sus instalaciones, la gestión de su negocio, su ropa de trabajo, su medio de transporte o regatee con sus propios proveedores; también pague sus correspondientes impuestos o disfrute de sus horas y días de asueto y vacaciones cuándo, cómo y dónde le apetezca. El colmo de los beneficios privados. Lo que ocurre es que ahora su directo competidor es su antiguo compañero, que juega con sus mismas cartas y tiene los mismos objetivos, a los que dedicará, si es menester, mucho más tiempo, esfuerzo y recursos, o zancadillas, con tal de conseguir más a costa de lo que fuera, porque, y ese es el mayor éxito de lo privado, las veinticuatro horas de su vida privada son su vida laboral.

Mientras, las antiguas empresas se van reduciendo a auténticos laboratorios de gestión y manipulación del mercado en contacto directo con los gobiernos y los principales organismos económicos internacionales, aguardando cómodamente a los vencedores de las luchas fratricidas de abajo para despojarles o arrebatarles legalmente los frutos de su privada libertad, disponiendo en su propio beneficio de los royalties que deriven del esfuerzo de aquellos. ¿Han pensado en la proliferación de pequeños negocios y servicios de veinticuatro horas dedicados a todo tipo de reparaciones y trabajos? ¿o en esos 24 horas con cuatro estantes, muchos de los cuales subsisten de procurar alcohol para el botellón de los más jóvenes?

Más, ¿para qué solicita una página o publicación on line de sus visitantes o lectores opiniones, noticias, narraciones de viajes, fotografías, etcétera, sino para quedarse con las mejores y disponer de ellas a su antojo? ¿cuánto se ahorra en redactores, enviados, fotógrafos y demás si tiene a millones de individuos compitiendo por hacer que el suyo sea el trabajo seleccionado? Qué orgullo para el elegido, que de inmediato perderá los derechos -la inevitable letra pequeña-, lanzándose con más pasión si cabe por el siguiente. ¿A quién reclamar por este mercadeo si el dueño del propio trabajo y sus problemas es uno mismo? Apenas hay tiempo disponible, aparte de desconocer los medios y lugares para hacerlo. Es tiempo privado que uno se ha de quitar para… o comprar a otros, pero entonces…

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Privado (1)

Los disturbios públicos y las guerras gustan en la televisión, los videojuegos y las películas, no suelen aparecer en ningún futuro real o posible, ni próximo o lejano, es más, para el día a día la gente de por aquí se ha habituado a un trajín en el que futuro significa sobre todo una cuenta en el banco -el B no figura-, y hasta que llegue ese feliz momento vivir es apañárselas como se vaya pudiendo; consciente o inconscientemente hemos decidido acomodar las situaciones violentas o de fuerza a gran escala lejos, en otros lugares y a otras personas, de tal modo que la excepcionalidad que significa una guerra o unos disturbios más o menos generalizados no alteren ni interrumpan un presente que se prefiere privado casi en su totalidad y que, mal que bien, conlleva una serie de expectativas personales más o menos previsibles y sin grandes sorpresas -eso quiere decir, por ejemplo, que los catalanes jamás se levantarán en armas para luchar por una independencia que prefieren de salón-, cualquier cosa antes que convivir con el riesgo personal descontrolado o la amenaza de la incertidumbre.

Aclarado el matiz por cuanto elimina de un plumazo la peor de las intromisiones en millones de mundos particulares, queda esta cómoda y anodina privacidad de conveniencia y espera, requerida por principio pero también difícil de sobrellevar. Hoy es común que cada hijo de vecino exija y anteponga con estricto celo una privacidad teledirigida que poco a poco se ha ido desprendiendo de sueños comunes y mundos abiertos, recortando estrechamente su campo a lo monetario; es otro de los logros de la estupenda y desarrollada sociedad actual, haber conseguido que mucha gente identifique lo privado con el éxito económico, -en la mayoría de los casos venga como venga, sin preguntas-, y todo lo que no tenga que ver con el dinero o no se pueda conseguir con él se difumina en una indeterminación que prácticamente a nadie preocupa. Pero mientras la cuenta se llena o, para algunos, no deja de llenarse ¿qué hacer con la privacidad? ¿qué hacer para demostrar al mundo que a pesar de nuestras carencias financieras seguimos vivos? Exhibirse, los que puedan mediante objetos y la falsedad de su “exclusiva pertenencia”, el resto… a sí mismos. Y para descargar las tensiones de éstos últimos a la hora de hacerse visibles y cómo existen “los medios”, desagües liberadores a través de los cuales la gente gusta “descargarse su vida privada” con total libertad y sin filtros previos, ya sea colgando infinidad de videos e imágenes repetidas hasta la saciedad, mediante opiniones o similares, comentarios o simplemente exclamaciones sobre cualquier cosa -un hotel en ninguna parte, sobre otra opinión especializada o acerca de un asunto político o social de última hora, se sepa o no de ello-; o dejando constancia de lo propio mediante la exportación de estados de ánimo que desgraciadamente no serán ni existirán mientras no los cliquee alguien al otro lado, da igual que esté en la habitación contigua o en la otra punta del globo, y también que se trate de un PC, un portátil, una tableta o un teléfono móvil. Esta permanente y lubricante autodescarga -en algunos casos de forma obsesiva- no busca tanto contar, intercambiar, escuchar, aprender, participar o colaborar como hacerse simple y desesperadamente visible mostrándose capaz de vivir como un vivo.

Tal vez lo privado haya perdido su antigua razón de ser y el significado de la palabra deba ser redefinido, añadiendo que a la privacidad de hoy no le gusta que la escruten o le devuelvan la mirada, es o se da, y punto; porque la cuestión es ser admitido, que no aprobado, en una nube sin forma ni rostro que no pide causas ni porqués, y si no queda más remedio se inventan. Y lo peor de todo es que tal comportamiento se ha trasladado automáticamente a la vida real, en ella el cara a cara es un incordio temible. Nos han vendido lo privado como la última panacea y resulta que no sabemos para qué sirve, qué hacer con ello, cómo se manipula o en qué puede invertirse, dejándonos casi asfixiados a manos de una exasperante indefinición que, con la cuenta en buen estado, sólo encuentra consuelo en rodearse de objetos y actividades que, con cargo a nuestro bolsillo, ya se encargan, si no de solucionarla, si de posponerla permanentemente. Es otra forma de sobrellevar el miedo a la soledad de lo privado.

 

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Podemos y la mierda

Si más o menos recuerdo bien, en un capítulo de una de las últimas temporadas de The Wire un aspirante a alcalde, hablando con otro hombre en un bar sobre las posibilidades de ser buen o mal alcalde y conseguir lo mejor para tu comunidad, escuchaba con relativa indiferencia de labios del otro que el mayor o menor éxito a la hora de lograr sus propósitos dependería de los tazones de mierda que estuviera dispuesto a comerse. Al margen de la grosera franqueza del ejemplo no cabe duda de que hoy día en política son necesarias más que nunca palabras claras y concisas, propuestas meridianamente entendibles y objetivos concretos que lleguen limpios a los oídos de oyentes y posibles votantes.

Hoy, como siempre debería haber sido, es preferible un discurso franco y sin ambigüedades con el que mostrar y explicar en pocas palabras lo que se quiere y persigue -nada de hipotéticas vueltas atrás en el tiempo o proyectos desfasados, anacrónicos o sencillamente imposibles por estos pagos-, sin ambages ni rodeos especializados que casi siempre intentan confundir y evitar cuestiones comprometidas; tampoco vale tratar de evitar preguntas inconvenientes simplemente porque no interesan mientras, por otro lado, se denuncia gratuitamente el presente con la excusa de que no funciona o no es lo que dice ser, lo que equivale a acusar a sus protagonistas, todos en general, de ser unos incompetentes. No están los tiempos para aguerridos visionarios y salvapatrias en pos de un futuro liberador advirtiendo al personal con la broma de que el país que, peor o mejor, hemos construido entre todos no es nuestro auténtico país; según eso al parecer somos unos fantasmas que hemos levantado sin saber un espejismo de corrupción que nada tiene que ver con nuestra auténtica identidad, tan puros. Después también nos pueden decir que somos gilipollas.

Estas cábalas vienen a partir de la lectura de una conversación que uno de los fundadores de Podemos tuvo con los lectores de un diario nacional hace unos días, en ella el entrevistado, tras advertir previamente que sus opiniones eran a título personal -me pregunto entonces en función de qué lo entrevistaban-, aseguraba, entre otras cosas, que la agrupación que representaba no puede catalogarse ni de izquierdas, derechas o de centro, que esos términos sólo son o eran metáforas (?). Parece ser que su visión política de la sociedad es mucho más palmaria, para él y su grupo, supongo, está compuesta básicamente de ricos y pobres ¿cómo es que no nos habíamos dado cuenta? Y una parte importante de su proyecto es hacerla desaparecer tal y como ahora la conocemos, desmantelar lo que existe y alumbrar un futuro al menos más esperanzador, sin embargo, no pueden denunciar o acusar a los ciudadanos por haberla votado y permitido porque son estos mismos quienes tienen que confiar en ellos; desgraciadamente hemos venido creyendo que teníamos una democracia y en realidad no sabíamos lo que era una democracia porque jamás habíamos vivido en una democracia, por eso, como ignorantes o imbéciles redomados que somos, nuestros propios políticos nos han engañado colocándonos a traición el régimen político que ahora sufrimos. ¿Dónde estaban ellos?

Pero, en cualquier caso, bienvenidos sean los dispuestos a limpiar este país de mierda, y en el fondo no nos importan los tazones que tengan que comerse si el resultado final es una sociedad y un país más presentable que el actual -objetivo no muy complicado, visto lo que hay. El caso es que la empresa no es que sea grande o imposible, sino gigantesca, a pesar de lo cual uno espera ilusionado que Podemos no sea una colección de declaraciones grandilocuentes pero vacías, ni otro nido de elegidos con potestad para reparar de manera definitiva injusticias históricas que comenzarán a perder aceite en cuanto estén delante del monstruo -léase el capitalismo puro y duro que nos gobierna y la mierda que les va a lanzar a la cara intentando confundir al personal*-; ni otro potencial órgano destructor de perversos contubernios capitalistas que ni siquiera sabe dónde tiene la mano derecha, ni un implacable y certero desenmascarador de manipulaciones especulativas que también será finalmente derrotado por el monstruo, acabando sus integrantes desperdigados por destinos ignotos pero bien pagados. Porque si al final nos van a conformar diciendo que la culpa fue nuestra, una vez más, que fracasaron porque no confiábamos en ellos o que no pudo ser porque se enfrentaban a un engendro demasiado poderoso y con más cabezas de las que pensaban, justificando de ese modo su estupidez o inoperancia a la hora de sostenerle el pulso a la bicha, algo que todos sabíamos o imaginábamos y con lo que ellos nos volvieron a engañar al hacérnoslo creer posible o, lo que es peor, intentando vendernos una moto que tenían escondida y no estaba en el catálogo ni nos interesa… entonces, apaga y vámonos. En fin, para eso mejor dedicarse a trabajar a partir de objetivos próximos y logros posibles acordes con los tiempos y la sociedad en la que vivimos, más reales, también estaremos dispuestos  a colaborar, además de agradecidos por no habernos tomado el pelo.

Pero bueno, son solo conjeturas, vamos a empezar a limpiar la mierda.

 

 

* Merece un comentario aparte la alarmista reacción de toda una jauría de expertos, periodistas, economistas, comentaristas políticos, tertulianos y caraduras semejantes ante lo que consideran una escandalosa indefinición o no definición por parte de Podemos. Esta grey se ha echado mano rápidamente al bolsillo -su puesto, su sinecura, su rutinaria matraca política y su correspondiente remuneración- y dedicado a asustar al personal con la cantinela de que detrás de Podemos se huelen los más oscuros presagios populistas, comunistas, bolivarianos o extraterrestres, tanto les da. Andan tan apegados a su ombligo y  posición que les importa un bledo que la gente esté harta o qué pueda querer o necesitar, por eso, pensando únicamente en sí mismos, no tienen ningún rubor en gritar ¡que viene el lobo! Es curioso que nunca hayan mostrado una ira semejante a la hora de exigirles a los sinvergüenzas que nos vienen gobernando más definición en sus propuestas, más honradez en su trabajo o un mínimo cumplimiento de sus programas. Unos y otros se alimentan a costa del resto.

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Interstellar

Interstellar es una película de ciencia-ficción muy bien realizada, con unas buenas y convincentes interpretaciones, larga pero no pesada y con múltiples puntos de fuga que cualquier espectador puede sondear a su gusto hasta perderse -incluso hasta alcanzar 2001-. Hay que admitir que la jerga científica llega a ser en ocasiones tan especializada que más de uno o una gran mayoría probablemente decidan pasar página sobre la marcha y centrarse en la acción, intentando compensar lo que no se sabe, se desconoce o no se entiende con el desarrollo de los acontecimientos que se van sucediendo en la pantalla. Pero, al margen o independientemente de ello, Interstellar es una película que muestra, de principio a fin, una variedad de estereotipos humanos gobernados por un natural, instintivo, visceral, delicioso, altivo, exclusivo y común egoísmo que, en sus múltiples manifestaciones, puede hacer que cualquier espectador llegue, de un modo u otro, a identificarse o reconocerse en alguna de ellas.

Contra un fondo cuasi apocalíptico en Interstellar se exhiben una diversidad de tipos humanos en los que el egoísmo más natural e instintivo gobierna deseos, aspiraciones, debilidades más íntimas y voluntades por encima o con preferencia sobre el bien común o el beneficio de la especie; algo que, por otra parte, no cuesta mucho imaginar. El humano deseo de aventura sustentado por el acicate de una curiosidad inagotable, deseo de salir del lugar, de conocer y aprender; los deseos egoístas del amante y el atrevimiento u osadía de intentar imponerlos por encima de objetivos, logros y beneficios comunes; la imperiosa y obsesiva necesidad de saber descarnadamente abocada, no obstante, a la decepción del fracaso, fracaso que todavía se pretende e invoca única y egoístamente como propio, usurpando a los demás su conocimiento con la falsa y altanera excusa de su protección ante la decepción y la derrota. El justo egoísmo de los niños en su demoledor aquí y ahora; el egoísmo mezquino y dramático del superviviente, que no es sino pánico a la muerte; o el postrero recurso a la familia, contra viento y marea. El natural egoísmo de pensar antes en uno que en los demás, aunque sólo sea para tranquilizarnos a nosotros mismos por no dejar de pensar primero en los demás. También, como no podía ser de otro modo, el feliz, general y terminales reconocimiento y aceptación por parte de cada uno de los protagonistas de las propias debilidades y la voluntaria claudicación ante una inapelable y al fin esperanzadora causa común.

Afortunadamente y contra las tendencias del cine actual, quedan las máquinas, las únicas que, obedientes a sus creadores pero sin sus egoístas y humanas debilidades, son capaces de llevar la voluntad, la razón y la responsabilidad colectiva de sus hacedores hasta las últimas consecuencias.

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On line

Si las cifras son ciertas y esos aproximadamente ciento cincuenta millones de compras en un solo portal on line y en un solo día, con sus correspondientes envíos, completamente gratuitos, a cualquier parte del planeta, son un adelanto de lo que puede llegar a ser el comercio mundial en el futuro, cualquier previsión pasada se queda irremediablemente corta.

Que el pasado día del soltero en China (11-11) pueda movilizar tal cantidad de compradores reales y potenciales -¿se la imaginan?-, que no jugadores, en función de una oferta tan variopinta de artículos de todo tipo -cuyos precios iban desde unos céntimos a miles de euros-, hace que a la hora de hablar del presente capitalismo y sus descomunales perspectivas sean necesarias nuevas referencias. También podemos intentar imaginar lo que materialmente supone formalizar, enviar y distribuir cada uno de esos paquetes -independientemente de tamaño y precio- desde el país de origen, en este caso China, hasta la puerta de un domicilio cualquiera en cualquier continente, a lo que sumar los gastos de todo tipo que hipotéticamente genera. O intentar calcular qué salarios reciben desde el primero al último trabajador relacionado con la fabricación, almacenamiento y distribución de cada producto, incluidos los más baratos e insignificantes. O lo que significa que China haya irrumpido de ese modo en el comercio mundial.

Qué paraíso tan estupendo para compradores y trabajadores. K. Marx no pudo soñarlo ni en la peor de sus pesadillas.

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Primera página

La apatía de un ‘nini’, así titulaba hace unos días en su primera página un diario nacional el retrato de un joven víctima de la despiadada dureza de estos tiempos que corren. El desafortunado protagonista era un muchacho de veintitrés años, muy mal estudiante desde la infancia que, tras conseguir el graduado escolar por obligación en una escuela de adultos, en la actualidad se dedicaba a gastar su tiempo entre la cama, el televisor y la PS4, además de acudir semanalmente al gimnasio. El chaval se confesaba desencantado y apático, suspirando en su nido por un trabajo limpio y aseado hasta que llegara el tan deseado ‘enchufe’ salvador. Poco más.

Las opiniones o valoraciones acerca de este despropósito por desgracia tan extendido, que no noticia, pueden dar pie a multitud de posicionamientos, y sobre o en referencia a él se puede hablar, discutir, criticar, acusar, exonerar, maldecir, señalar, justificar, llorar, tirarse de los pelos… en fin, lo que cada cual desee, probablemente nunca nos pondríamos de acuerdo. ¿Por qué? ¿Existe un culpable o causante de ello?

¿Es culpable esta sociedad nuestra que constantemente engendra infinidad de casos semejantes y sobre la cual ya se ha dicho más de lo que cabría, con la desagradable impresión de que siempre será poco? En parte sí. Una sociedad adormilada que ha aceptado sin rechistar la conversión por parte de una economía depredadora de cada ciudadano en carnaza, haciendo de cada individuo, desde que tiene uso de razón, un consumidor pasivo e inerme al que asediar y agobiar sin piedad a través de unos medios, que dicen de comunicación, sostenidos por una propaganda feroz -la misma que mantiene el cinismo de una información que por un lado te habla de aspiraciones, derechos, democracia y libertad y por otro te machaca y humilla con millones de falsos e interesados ejemplos de lo que podías ser y tener pero jamás podrás alcanzar. En ella los ciudadanos son víctimas, y no precisamente potenciales, de una incesante avalancha de consignas e imágenes encargadas de someter voluntades desde sus primeros años de vida, condicionando sin piedad sus presentes y maniatándolos a un futuro impuesto que nunca les sonreirá, reos de un castigo infinito del que nadie puede escapar, sobre todo porque ya no quedan en este mundo lugares donde refugiarse.

Pero ¿también es culpable el individuo o en estos casos se le puede o debe eximir de su posible culpa? Dos cuestiones más acerca de ello. ¿En qué porcentaje sería el muchacho del reportaje inocente o culpable de su situación? No se trata de un chaval sin medios ni recursos. ¿En qué porcentaje son sus padres inocentes o culpables por su situación? Tener un hijo es, aparte de la inconsciente y caprichosa voluntad de Dios, una elección voluntaria que obliga a los progenitores a responsabilizarse en cuanto a cuidar, educar, enseñar qué significa respetarse a sí mismo y hacer cuanto esté en su mano por dejar en el mundo a un adulto responsable y feliz.

Unos vienen a este mundo disponiendo de medios y otros no, lo que quiere decir que a unos les cae todo regalado y otros han de currárselo, si es que quieren abrirse camino en lugar de echarse a llorar hasta que alguien les rescate; unos han dispuesto de unos padres que no hicieron dejación de sus funciones y se esforzaron hasta lo indecible por sus vástagos y otros tuvieron que soportar a unos padres que no se aguantaban a sí mismos y siempre andaban con excusas de trabajo, tiempo o dinero, cualquier cosa con tal de eludir responsabilidades y evitarse problemas; unos piensan que la vida es una cuestión de azar y una persona un barco a la deriva desde que nace, en el peor de los casos un pelele azotado por un océano salvaje de contingencias que tarde o temprano te acabará tragando, y otros que eso de la apatía y la motivación necesarias para vivir son, en más casos de los deseables, engañifas para justificar voluntades débiles y prisioneras, luego todo se reduce a la fortaleza de la propia voluntad.

Para empezar a entendernos no podemos dejar las preguntas sin solución por miedo a herir sensibilidades y darnos la vuelta por que en el fondo cualquier asunto que no sea nuestro ni nos importa ni nos afecta, total, otro más. Si el primer paso para una curación o para salir de una dependencia es determinar y/o reconocer que existe un problema o uno sufre una enfermedad, en este caso sería exactamente igual; y sin convertirnos necesariamente por ello en dedos acusadores ni por temor a hacer de hermanitas de la caridad hay que delimitar sin rubor las preguntas, las responsabilidades y los porcentajes, si fuera preciso, pero en cualquier caso lo que no hay que olvidar es la obligación de cada cual a hacerse sujeto principal de su felicidad o desgracia y primer responsable de alumbrar su futuro.

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Perdón

Dada la supersticiosa peculiaridad de este país tan proclive a los extremos como a esconder la mano, por si las moscas, y lo reticentes a responsabilizarnos de nuestros propios actos -ni siquiera por decencia hacia nosotros mismos-, ya nadie se extraña de que cualquier político o tipo parasitario de la política esgrima sin que se le caiga la cara de vergüenza su presunción de inocencia -por otro lado, con todo derecho- por encima incluso de evidencias más que palmarias. Y como buenos católicos de boquilla y procesión, que no sinceros practicantes, esos presuntos acusados son capaces de llevar hasta el final un cinismo que, lejos de escandalizar a la gente, es asumido por una resignada población como la flagrante evidencia de la eterna imposibilidad de justicia aquí en la tierra; luego sólo queda rezar. Y por supuesto, no existe o no se le da importancia a la desvergüenza de negar conocimiento puesto que cualquier sospechoso, por ruin principio, asegurará sin pestañear que nadie más estaba allí, y si a éste mismo se le muestran pruebas de que en realidad sucedió todo lo contrario, que sí estaba, sabía y conocía, optará por el olímpico subterfugio de dar la callada por respuesta a la espera de la siguiente trapacería de su abogado, que probablemente consistirá en recurrir, recusar -qué verbos tan útiles para granujas y delincuentes- y demorar a toda costa la causa hasta que prescriba, releven al juez o un terremoto redentor se lleve por delante juzgado y archivos. Y como buen país católico en permanente estado de penitencias de conveniencia, dobles raseros y generalizado cachondeo rápidamente dispensado con la excusa de la tolerancia, la población escucha y aguanta con el convencimiento de que tanta corrupción jamás será erradicada, que los acusados de hoy seguirán siendo los políticos de mañana y que, como siempre ha sucedido por aquí, la ofensa fingida y la chulería se impondrán a la decencia; el honor se queda para el teatro y la honradez para las películas de juicios. No hay nada que hacer, por más casos de corrupción que salgan a la luz nadie pagará por ello, es más, los mismos tipos seguirán en la calle con la misma jeta, sus amigos no enrojecerán de vergüenza, más preocupadas por darles golpecitos en la espalda por si les cae algo de lo que guardan, y los envidiosos -mucha más gente de la que suponemos; lo da esta tierra- suspirarán por una oportunidad igual para por fin “pillar cacho”. Este es nuestro triste y barriobajero presente, pero con una novedad, ahora, como buen país cínico-católico, a los cabecillas y representantes de las bandas de saqueadores les ha dado por pedir perdón por los robos y tropelías cometidos por sus sicarios -lo que no quiere decir que estén arrepentidos o hayan hecho propósito de enmienda-, que siguen a su lado pero ahora sin salir en la foto; es un bonito y gratuito gesto que fortalece el rostro sin mantener la mirada, hasta que las cosas se calmen y la gente olvide, deben tomarnos por tontos de confesionario y tal vez lo seamos si creemos que les importa un pimiento lo que sucede a su alrededor, son sus correligionarios -las inevitables cabezas de turco- y a esos sí se les perdona todo. Pero nadie se va, se responsabiliza públicamente de sus delitos ni devuelve lo robado, ni nunca lo harán, tienen que pagar a los abogados y asegurarse un cómodo retiro, la justicia queda para el cielo, luego, en el último momento, un cura agradecido y bien alimentado les ofrecerá la opción gratuita de arrepentirse en el lecho de muerte ante el llanto general -qué buena carta y qué bien queda eso del arrepentimiento a última hora-, total, ya no podrán cometer más crímenes, abusos, excesos y fechorías, su vida de granuja habrá merecido mil veces la pena y sólo queda posar feliz en el cielo a la derecha de Dios Padre. Por los siglos de los siglos.

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Apunte

Todavía hay gente renuente a aceptar la verdad de ciertas, digamos, sentencias populares, pero aquella que dice que la realidad supera a la ficción, su verdad, vuelve a renovarse un día tras otro en este país tan diferente, sobre todo últimamente.

Comparadas con las razias salvajes y corruptelas recién descubiertas atribuidas a ínclitos representantes de la marca ESPAÑA el lobo de Wall Street pintaría como un auténtico pipiolo. Si el pobre DiCaprio tuviera la desgracia de caer en esta lobera saldría escaldado, bueno, no llegaría al suelo, despedazado por tan feroz jauría, ni que decir tiene lo que le sucedería a un hombre honrado, si es que todavía existen, el pedazo más pequeño encontrado sería milimétrico… y si, tal y como suele decirse con los alijos de droga decomisados, que ni siquiera se apresa un treinta por ciento del tráfico total, hubiera necesidad de limpiar esto, que la hay, lo del diluvio universal sería un charco en medio de la calle. ¿Se imaginan?

Y que les voy a contar de la banda de los Pujol, eso sí es codicia, han preferido tirar a la basura el prestigio del jefe del clan, ni siquiera ha pesado en la decisión aquello de la imagen, los libros y la historia, que al menos algo quede, con tal de intentar salvar de la quema a vástagos tan depredadoramente insaciables; dan escalofríos con tan solo pensarlo.

Dicen que El Pocero se fue a Sudamérica.

 

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