Hace unos días una señora rica -Mónica Oriol se llama la sujeta-, nieta de ricos que siguieron haciéndose ricos durante la dictadura franquista e hija de ricos que también progresaron con esta democracia que tenemos, tuvo un pronto y soltó en público lo que piensa, cosa de agradecer tal y como están las cosas, porque si todos lo hiciéramos sabríamos con quién nos jugamos los cuartos y no tendríamos que aguantar a tanto parásito ignorante e incompetente chupando de la teta del estado, largando a diestro y siniestro y dando lecciones de cualquier cosa sin que nadie se moleste en cerrarles la boca. Pero, con todo, no fue lo más importante que acusara a las mujeres de quedarse embarazadas a propósito para impedir el aumento de beneficios de los sacrificados, buenos y grandes empresarios, figura económicamente excelsa que se esfuerza y esfuerza en timar y explotar al prójimo para engordar su cartera; no hay que olvidar que una mayoría de la gran clase empresarial no existiría de no ser por el dinero público, que es quien les proporciona mediante subvenciones, rebajas de impuestos y contratos exclusivos el cien por cien de sus beneficios, la libre competencia entre ellos se limita a ponerse de acuerdo para no estorbarse y repartir ganancias. Lo más chistoso de las declaraciones es que la tal señora rebuznara en público que el salario mínimo obliga a pagar un sueldo a jóvenes que no valen nada, gente a la que hay que darles un dinero que no producen; y claro, lleva razón, despilfarrando el dinero de ese modo no puede progresar un país, no hay cosa más frustrante para un empresario que ver desfilar delante de sus narices un dinero que no va a parar a sus bolsillos.
Supongo que la señora en cuestión dispone por la gracia divina de una natural y prodigiosa inteligencia diseñada para los negocios productivos, y desde su nacimiento no ha sufrido ninguna carencia económica o de cualquier otro tipo que le impidiera el acceso a una alimentación equilibrada y un lugar cómodo y decente en el que vivir -cosas que sí les suceden a los tontos improductivos y pobres de este mundo-, lo que le ha permitido dedicarse con total entusiasmo y comodidad, conocedora de su productivo potencial intelectual, a estudiar y poner en práctica infinitas formas de seguir explotando a los estériles y con ello hacer de este planeta un lugar un poco mejor. Porque, y en aras de una mayor y mejor productividad, no están las cosas para matices, un poco de educación y buenas maneras, hoy no, es más efectivo y rentable poner cuanto antes las cartas boca arriba para que el estúpido ciudadano sepa cuál es su sitio y así evitar que trabajando se haga ilusiones o tenga aspiraciones. El mundo es así, no lo ha hecho ella y que cada cual apechugue con su cruz. Hoy hay que dejar claro desde el principio que el ciudadano/consumidor es el único objeto de la economía a escala global, el exclusivo combustible, cada vez más barato, que mueve el motor del progreso y la rentabilidad mundial -los desdentados, como cariñosamente les llama el actual presidente francés en la intimidad. Antes, al menos, la prudencia obligaba a gastar algo de tiempo y palabras en zalamerías con tal de hacer creer a la plebe que todo lo malo que sucede en esta vieja tierra es por su bien, crisis incluidas, que al final del túnel dispondríamos de acceso a más y mejores comodidades, descansaríamos en una bonita casa bien merecida cuando finalizara la jornada de trabajo, nuestros hijos podrían estudiar para labrarse un buen futuro y mejorar y, en definitiva, que el mundo era de todos y que aunque nacemos en circunstancias y escenarios distintos nos une nuestra misma condición de “personas humanas” y blablablá. Pero aquello ya se acabó, no hay dinero para gastar en semejantes memeces ni es momento para monerías, las cosas son así y punto y al que no le guste que se pegue un tiro, porque el muerto por lo menos es productivo y aunque genera gastos, destriparlo para extraerle los órganos y ofrecérselos a buen precio al mejor postor siempre merece la pena -mejor que el muerto sea joven y no esté muy machacado.
En cualquier caso las formas son las formas, y siempre es más elegante decirle tonta de capirote a una mujer tal y como se lo decían los de Opel a Claudia Schiffer en un spot publicitario de televisión que ignoro si todavía se emite. La antigua modelo presumía de no atreverse ni necesitar hacer bajar un coche por una rampa pronunciada, para eso estaba el fabricante, que asumía su productiva inutilidad regalándole un dispositivo electrónico ad hoc y el vehículo lo hacía por ella; además, a la señora debía parecerle divertida su incompetencia porque se jactaba de ello, su imbecilidad como mujer sí era productiva. Un hombre jamás asumiría en la pantalla que no sabe conducir un coche en cualquier circunstancia.
Los caminos de la productividad son insondables.