Los disturbios públicos y las guerras gustan en la televisión, los videojuegos y las películas, no suelen aparecer en ningún futuro real o posible, ni próximo o lejano, es más, para el día a día la gente de por aquí se ha habituado a un trajín en el que futuro significa sobre todo una cuenta en el banco -el B no figura-, y hasta que llegue ese feliz momento vivir es apañárselas como se vaya pudiendo; consciente o inconscientemente hemos decidido acomodar las situaciones violentas o de fuerza a gran escala lejos, en otros lugares y a otras personas, de tal modo que la excepcionalidad que significa una guerra o unos disturbios más o menos generalizados no alteren ni interrumpan un presente que se prefiere privado casi en su totalidad y que, mal que bien, conlleva una serie de expectativas personales más o menos previsibles y sin grandes sorpresas -eso quiere decir, por ejemplo, que los catalanes jamás se levantarán en armas para luchar por una independencia que prefieren de salón-, cualquier cosa antes que convivir con el riesgo personal descontrolado o la amenaza de la incertidumbre.
Aclarado el matiz por cuanto elimina de un plumazo la peor de las intromisiones en millones de mundos particulares, queda esta cómoda y anodina privacidad de conveniencia y espera, requerida por principio pero también difícil de sobrellevar. Hoy es común que cada hijo de vecino exija y anteponga con estricto celo una privacidad teledirigida que poco a poco se ha ido desprendiendo de sueños comunes y mundos abiertos, recortando estrechamente su campo a lo monetario; es otro de los logros de la estupenda y desarrollada sociedad actual, haber conseguido que mucha gente identifique lo privado con el éxito económico, -en la mayoría de los casos venga como venga, sin preguntas-, y todo lo que no tenga que ver con el dinero o no se pueda conseguir con él se difumina en una indeterminación que prácticamente a nadie preocupa. Pero mientras la cuenta se llena o, para algunos, no deja de llenarse ¿qué hacer con la privacidad? ¿qué hacer para demostrar al mundo que a pesar de nuestras carencias financieras seguimos vivos? Exhibirse, los que puedan mediante objetos y la falsedad de su “exclusiva pertenencia”, el resto… a sí mismos. Y para descargar las tensiones de éstos últimos a la hora de hacerse visibles y cómo existen “los medios”, desagües liberadores a través de los cuales la gente gusta “descargarse su vida privada” con total libertad y sin filtros previos, ya sea colgando infinidad de videos e imágenes repetidas hasta la saciedad, mediante opiniones o similares, comentarios o simplemente exclamaciones sobre cualquier cosa -un hotel en ninguna parte, sobre otra opinión especializada o acerca de un asunto político o social de última hora, se sepa o no de ello-; o dejando constancia de lo propio mediante la exportación de estados de ánimo que desgraciadamente no serán ni existirán mientras no los cliquee alguien al otro lado, da igual que esté en la habitación contigua o en la otra punta del globo, y también que se trate de un PC, un portátil, una tableta o un teléfono móvil. Esta permanente y lubricante autodescarga -en algunos casos de forma obsesiva- no busca tanto contar, intercambiar, escuchar, aprender, participar o colaborar como hacerse simple y desesperadamente visible mostrándose capaz de vivir como un vivo.
Tal vez lo privado haya perdido su antigua razón de ser y el significado de la palabra deba ser redefinido, añadiendo que a la privacidad de hoy no le gusta que la escruten o le devuelvan la mirada, es o se da, y punto; porque la cuestión es ser admitido, que no aprobado, en una nube sin forma ni rostro que no pide causas ni porqués, y si no queda más remedio se inventan. Y lo peor de todo es que tal comportamiento se ha trasladado automáticamente a la vida real, en ella el cara a cara es un incordio temible. Nos han vendido lo privado como la última panacea y resulta que no sabemos para qué sirve, qué hacer con ello, cómo se manipula o en qué puede invertirse, dejándonos casi asfixiados a manos de una exasperante indefinición que, con la cuenta en buen estado, sólo encuentra consuelo en rodearse de objetos y actividades que, con cargo a nuestro bolsillo, ya se encargan, si no de solucionarla, si de posponerla permanentemente. Es otra forma de sobrellevar el miedo a la soledad de lo privado.