Ambición y desprecio (Nota)

Tuve algunas dudas a la hora de elegir el título de la anterior entrada, sobre todo a la hora de no excederme en los calificativos, hasta que me decidí por el que finalmente apareció, pero ahora veo que las dudas no estaban justificadas, la realidad se ha vuelto a demostrar mucho más cruda.

Han pasado unos pocos días de aquella entrada y la ambición, el poder y el desprecio hacia sus propios feligreses han vuelto a romper con cualquier decencia, siempre supuesta, y la mínima honorabilidad de la mismísima Iglesia Católica, a la que si la verdad no le importa mucho, mejor dicho, nada, el respeto hacia los suyos se lo pasan por el mismo arco del triunfo, tal vez porque se trata de un exclusivo y rancio coto hombres.

Los antiguos gerifaltes de tan santa organización, a los que el Papa Francisco parece ser que dejó a un lado en su intento de acercar la institución a los fieles, no han podido soportar su paso a segundo plano y la consiguiente disminución de su cuota de poder -quizás también de prerrogativas-, y han movido ficha de la forma más barriobajera posible, traicionando y denunciando públicamente a quien les apartó de sus sillones. Y me pregunto ¿qué sentido tienen la denuncia pública e individual del mismo Papa cuando probablemente toda la jerarquía sabía de los abusos? Qué más da, el problema era general, algo que la envidia y el rencor de tales víboras es incapaz de reconocer. Si el actual mandatario va por el mundo pidiendo perdón sin esconder la cara, ¿dónde estaban aquellos cuando pudieron hacerlo y decidieron que no? Tanta mierda asusta.

Esta Iglesia se comporta como la peor banda de maleantes, ni siquiera les une la lealtad. Los mafiosos no se denuncian públicamente, es cierto que se liquidan en silencio y a otra cosa, pero todavía les queda el respeto hacia la “institución”; se trata de la mafia. La Iglesia no llega ni a eso, no hay escrúpulo a la hora de acuchillar por la espalda al que me quitó de la silla, incluso a costa de echarse tierra ellos mismos. Qué más puedo decir.

Acabo con uno de los párrafos de la anterior entrada:

“Un poder dedicado a fomentar y mantener los peores vicios, la arrogancia y altanería del cargo, una falsa humildad con respecto a los considerados inferiores que simplemente es cinismo, la soberbia de creerse y sentirse merecidamente bendecido en el propio orgullo y, lo que es peor, el en ocasiones descarado y la mayoría de las veces oculto desprecio hacia las flaquezas de los otros, de los sometidos, del rebaño, incluida su molesta e inconveniente existencia.”

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Ambición y desprecio

La reciente aparición en prensa del informe de un jurado de Pensilvania sobre los abusos de centenares de menores por parte de religiosos traía a mi memoria Spotlight, la oscarizada película, basada en hechos reales, de hace unos años que tenía como argumento una investigación similar llevada a cabo en Massachusetts, en este caso por el periódico local Boston Globe.

Prefiero no entrar a valorar los hechos en sí -no encuentro palabras-, tan graves como indignantes, sobre todo porque las víctimas fueron niños y niñas agredidos en la ingenuidad de su confianza, vejados por un mundo de adultos que todavía no terminaban de comprender y respecto del cual crecerían marcados y en guardia, cuando no odiándolo probablemente durante el resto de sus vidas. Pero creo que tan cruel y escalofriante como las mismas agresiones es el terrible silencio que hasta ahora las ha disimulado y ocultado; delitos que probablemente en algunos o bastantes casos fueron cometidos por individuos con serios problemas psíquicos y de madurez, tipos, sin embargo, amparados y protegidos por una cerrada jerarquía que se ha dedicado a guarecerlos evitando que menguara la imagen que encarnaban, una imagen que obligaba a los fieles a reverenciarlos como representantes sagrados sin tener en cuenta que simplemente eran personas como los demás.

Es irritante, escandaloso y claramente delictivo que un entramado de poder y su consiguiente ordenamiento jerárquico, que dice vivir de la verdad -una verdad que jamás ha sido ni revelada ni demostrada- se niegue a reconocer la misma verdad que dice defender, la evidencia del propio delito, e intente extender una niebla de exculpaciones, dudas y silencios por temor a perder influencia y prerrogativas sobre un rebaño al que prefieren en la más absoluta ignorancia a cambio de no dudar de su integridad como personas. Más o menos como si esos tipos se creyeran y vivieran por encima del bien y el mal de los hombres, derecho auto otorgado que les haría pasar de los demás en función de una displicente autoindulgencia que solo es puro egoísmo y ambición de poder.

Un poder dedicado a fomentar y mantener los peores vicios, la arrogancia y altanería del cargo, una falsa humildad con respecto a los considerados inferiores que simplemente es cinismo, la soberbia de creerse y sentirse merecidamente bendecido en el propio orgullo y, lo que es peor, el en ocasiones descarado y la mayoría de las veces oculto desprecio hacia las flaquezas de los otros, de los sometidos, del rebaño, incluida su molesta e inconveniente existencia. Un altivo menosprecio hacia los que consideran permanentes víctimas de una humana debilidad que repetidamente les hace tropezar y caer dificultando y poniendo en entredicho el éxito de los propios pastores, de quienes invierten su precioso tiempo fingiendo velar por aquellos con sus rezos y sacrificios en pos de su salvación. He conocido a religiosos que desgraciadamente viven su religión como un ejercicio de distinción personal que solo ambiciona poder, vendedores de una hipócrita dedicación que nada tiene que ver con una vocación sincera, todo lo contrario, sintiéndose obligados a la inevitable servidumbre de tener que descender al mundo de las dudas y errores de los fieles ignorantes de la verdad, el fastidioso cumplimiento de un expediente que al menos les sirve para despejar el camino del propio ascenso y asegurarse un futuro entre las alfombras y los oropeles de las más altas instancias.

Todos esos niños y niñas, así como nosotros mismos, somos víctimas, obstáculos para quienes se consideran a sí mismos pastores de almas, da igual el dios al que finjan servir; una antiquísima forma de dominio que pretende hacer de cualquier sacerdocio una intermediación parasitaria de los miedos y temores más humanos, una forma de vida inventada y exclusivamente validada por la volátil e indocta fe del creyente. Otra forma más de opresión.

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Consumo de guerra

Los procesos de preparación y conservación previa, así como el empaquetado de alimentos para consumo rápido y en condiciones adversas se aceleraron con los millones de raciones de guerra que los soldados incorporaban a su utillaje básico durante la última Guerra Mundial. Raciones individuales que la tropa podía consumir cuando tuviera ocasión y la propia contienda lo permitiera. De entonces a ahora han pasado muchos años, y aunque hoy las guerras sabemos que todavía existen por las noticias internacionales es cierto que a la sociedad occidental le pillan más bien lejos, excepto para los voluntarios de cualquier tipo.

Pero la incipiente industria que se estaba formando entonces sigue creciendo y trabajando en la actualidad, y a juzgar por lo que puede verse a buen ritmo y con excelentes resultados. El negocio de los productos empaquetados ha seguido prosperando gracias a esas otras guerras de segunda y gracias también a esta economía de la rapidez, del consumo urgente en condiciones precarias e incluso peligrosas. No hay más que ver la publicidad que emite cualquier cadena televisiva comercial para cerciorarse de ello. Cada uno de los productos y mejunjes enlatados o precocinados con los que nos sorprenden provienen del mismo concepto de alimentación, una alimentación compacta dirigida a personas con poco tiempo y una agenda apretada para las que comer es algo más bien inevitable o secundario que placentero; una actividad que ni siquiera tiene entidad para ser considerada como un indispensable y reposado alto en el camino, y ni mucho menos una agradable forma de relacionarse socialmente que hace de la ingesta de alimentos la excusa para fomentar y fortalecer los lazos personales.

Pero al hablar de ese obligado intermedio o interrupción en el que se han convertido los atropellados horarios de comida, necesarios porque al menos está medianamente claro que es preciso ingerir unos alimentos sin los cuales no podríamos vivir -calidades y sabores al margen-, también me refiero al lugar en el que ese tipo de rancho o exigencia no debería existir: el propio domicilio familiar. Hoy, ese reducto de la intimidad y el descanso, del tiempo relajado y las conversaciones con un plato como excusa parecen cosa de otro mundo; también el hogar ha pasado a ser una zona de guerra en la que los alimentos se consumen en soledad o con una celeridad condicionada por cualquier agente externo presionando como un enemigo atento al menor descuido para acabar con la vida del soldado. Cada vez se dan menos oportunidades a las relaciones familiares entre individuos a los que solo parece unirles la vivienda compartida, y los actuales trabajos arrinconan y acosan con saña cualquier tiempo invertido -tachado como perdido- en el mero acto de comer en común. Priman las familias agobiadas por la precariedad de tiempo y dinero que andan de aquí para allá entre trabajos mal pagados e hijos malamente atendidos.

Es por eso que la alimentación que se publicita hasta la saturación se asemeja a la de una economía de guerra, teniendo más que ver con precocinados y envasados que pueden consumirse en el mismo envase que achicharra el microondas. Esa supuesta rapidez y/o comodidad tiene que ver con el escaso y siempre peligroso tiempo del soldado, pero el actual soldado es un trabajador permanentemente dispuesto a saltar al campo de batalla, un peón asediado por turnos tan irracionales como interminablemente largos e inútiles y trabajos en los que la disponibilidad del soldado/trabajador es de veinticuatro horas al día, trescientos sesenta y cinco días al año, algo así como una guardia permanente.

La comida larga servida en platos en la que suele surgir una conversación que lleva al intercambio de opiniones y pareceres entre los comensales -también valen las discusiones- queda para familias con tiempo, cocina y conocimiento de qué significa comer en común además de ingerir alimentos.

Tampoco vale, por ser un mal sucedáneo, la proliferación de establecimientos de comida preparada o servida a domicilio, porque el mismo acto de comer sigue siendo un inconveniente que hay que solventar de la peor manera; así, los que durante la semana no tienen tiempo para sentarse y hablar con un plato delante ya pueden hacerlo porque otros se encargan de llevarle a la mesa ese alimento que tampoco se sabe ni se quiere preparar. Al menos se puede comer en plato, casi como esas familias en las que las comidas se alargan y las sobremesas se hacen interminables, una celebración de cine o de ricos.

PD. El futuro no pinta mejor, no hay más que ver la alimentación ofrecida por la publicidad a esos apuestos jóvenes permanentemente conectados que, casi inútiles a la hora de su propia manutención, presumen de preparados como de novias, sin advertir que se trata de otro adiestramiento para su futura vida familiar; momento feliz en el que se constituirán en diestros consumidores de elaborados y precalentados a cargo de niños embelesados en una pantalla en la que ya identificarán sus propios envasados listos para consumir a tan tierna edad.

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Verano

El calor será antológico, nos lo venían anunciando desde hacía días los meteorólogos televisivos, ese nuevo star siystem del aburrimiento colectivo empeñado en monopolizar las noticias como si el público fuera completamente imbécil. Hemos pasado del tiempo como conversación obligada e intrascendente en el ascensor a centro de cualquier noticiario que se precie, quizás porque las mentes pensantes, a falta de la necesaria profesionalidad informativa y sin imaginación para ofrecer un servicio medianamente digno, consideran de primera necesidad atar el televidente a cualquier precio, y qué mejor que asediarlo y atemorizarlo con obviedades de tres al cuarto; como si no estuviéramos en verano y, como adultos más o menos sensatos, no supiéramos que más vale ponernos a la sombra que sudar hasta deshidratarnos.

Estos nuevos sabios de pacotilla son expertos en amedrentar a cualquiera que tenga que salir a la calle, obligadamente o no, y temo que en el fondo desean que alguien cometa una torpeza y tenga la desgracia de convertirse en víctima de “la caló” para inmediatamente saltar ensoberbecidos, ¡ven! ¡ya se lo dijimos! ¿se dan cuenta de que somos imprescindibles?… y así sucesivamente.

Sin embargo, paseando hace unos días por el centro a primera hora de la tarde no era tanto el agobio, había sombra suficiente y el personal iba a lo suyo, para eso está de vacaciones, lo que me parece estupendo. Había numerosos mendigos aguardando la bondad del paisanaje, algunos rodeados de toda una logística sobre la que no tienes más remedio que aventurarte a la hora de pensar en recogerla u organizarla para un eventual u obligado traslado; imagino que su destreza superaría con creces mi incredulidad. También había músicos, parecía o creí más que de costumbre, la mayoría recreando, con resultados más bien desiguales, composiciones clásicas que en algunos casos sonaban bastante empalagosas, amén de algún otro armado con un amplificador pasado de decibelios, porque hay bastante diferencia entre acariciar el oído del paseante y conseguir que preste atención o herirlo con un estilete de punzantes agudos. Había turistas, pero sin avasallar, la mayoría todavía reposando en el restaurante de turno, cavilando o calculando sobre el siguiente destino antes de volver al sol de Agosto. En los centros comerciales muchos descansaban y se refrescaban husmeando entre expositores y anaqueles poblados de rebajas y no tanto; no cobran por ver y, llegado el caso, hasta puedes encontrar algo interesante, eso que llevabas buscando desde hace tanto o aquello otro que tampoco te vendría tan mal, compra fácil si previamente uno mismo se convence de que la presunta adquisición no es superflua o innecesaria; muy en el fondo lo necesitas y, en cualquier caso, por qué no darse un capricho en vacaciones.

Mujeres con las cosas mucho más claras, les gusta comprar y tienen la paciencia para ello, sin tener que explicar ni justificarse, y al que no le parezca bien solo tiene que quedarse en la calle, como esos padre e hijo en medio de la puerta de acceso de una conocida tienda de ropa, de blanco inmaculado, mirando hacia ningún sitio y recelosos del calor. Había franceses con pinta de expertos que examinaban concienzudamente vinos, licores y conservas sin llevarse nada, demasiado caro; o sudamericanos ataviados con esas frescas chaquetillas de manga larga y su correspondiente sombrero de igual color que pasaban de comprar y preferían entretener el tiempo con un café y un refresco.

De nuevo en la calle, y ante la enorme variedad de prendas que visten las mujeres intentando sobrellevar el estío sin llegar a caminar desnudas, me puse a cavilar en lo que pensaría y cómo reaccionaría un caballero, pongamos de principios del pasado siglo XX, que mágicamente fuera transportado a esta plaza; qué le haría sudar más, el sol de la tarde o el ir y venir de tanta mujer cubierta a partir de un criterio tan amplio a la hora de mostrar qué parte o partes y cuánto de su propio cuerpo.

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Estudiar

Tal vez sea casualidad que a quien le gusta estudiar puede permitírselo y, por el contrario, quien no puede permitírselo o lo haría a costa de un gran esfuerzo familiar resulta que no le gusta estudiar, lo que da lugar a la inevitable pregunta de qué es antes ¿el gusto por estudiar o el tema económico? además ¿hay quien pueda afirmar sin ruborizarse que el gusto por estudiar es siempre anterior al poder permitírselo?

Nos hemos habituado a creer que este tipo de decisiones son completamente libres, personales y razonadas, al margen de la posición social que ocupe el afectado -lo que antes desagradablemente se denominaba clase- y del acceso material y/o económico a los estudios; pero lo más justo sería decir que nunca ha sido así, sino que lo que creemos una cuestión de voluntad o carácter individual es consecuencia, en cambio, del sibilino funcionamiento de unas bien ancladas estructuras de clase que siguen manipulando -otra desafortunada palabra de sonido poco cristiano- todo lo que tiene que ver con las preferencias y las desigualdades sociales en cuestiones educativas. Bastaría con que nos observáramos desde fuera para advertir su presencia, entonces nos veríamos con la misma objetividad y alarma con la que, como occidentales, nos escandalizamos porque en India siga habiendo castas de parias condenados a vivir marginados en los últimos escalones de la sociedad, sin derechos ni beneficios, porque los dioses de turno así lo prescriben. Lo mismo sucede por aquí, con el agravante de que a nosotros nos gusta creer que somos dueños de nuestro destino, o así nos lo hacen entender. El propio sistema educativo nos viene adiestrando en esa creencia o convicción desde el jardín de infancia, sobre todo ofreciendo infinidad de salidas falsamente opcionales con el fin de que seamos nosotros mismos, ante el primer problema económico o de aprendizaje, los que libremente optemos por la puerta en lugar de preguntar por qué se repiten los problemas y no se solucionan de una vez. Así, decidimos en última instancia que al chaval simplemente no le gusta estudiar y su expulsión del sistema pinta voluntaria.

Luego ¿realmente es una elección propia dejar los estudios? ¿por qué ha de ser un fracaso si nunca se dieron las condiciones para el éxito, como son el acceso a las consiguientes mejoras o a la posibilidad de recuperar lo perdido? No hay que olvidar que la mediocridad no es privativa de una clase, lo que sucede es que quien no dispone de medios económicos la acaba haciendo suya y hasta creyéndola merecida y, en cambio, quien dispone de medios ni siquiera repara en ella, sencillamente porque no entra dentro de sus presupuestos, tampoco como traba o impedimento, porque al final y de un modo u otro el resultado siempre será el esperado, el que corresponde por clase, no importa la elección, la idoneidad o las capacidades personales.

Solo queda aceptar dócilmente que existen otras opciones a la hora de labrarse un porvenir al margen del estudio, aunque siempre inferiores; también podemos conformarnos autoconvenciéndonos sin ningún pudor de que los estudios están sobrevalorados o que tanto interés por estudiar es debido a esa moda de la “titulitis”. Además, ahí están las empresas, suspirando por una mano de obra barata, dócil y de baja cualificación, con pocos o sin ningún estudio; porque no hay que olvidar que la cuestión de fondo sigue siendo la necesaria existencia de un ejército de reserva poco capacitado que presione a la baja en contra de los que tienen la fortuna de tener un trabajo, cualquier trabajo, presión que obliga a servir por cada vez menos so pena de ser rápidamente sustituido por otro en peor situación.

Pero, y no debemos olvidarlo, quienes tienen hijos en edad de estudiar y pueden hacerlo estudian, y además les gusta.

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Sr. Rajoy

El anterior presidente del gobierno, el Sr. Rajoy, ha desaparecido de la escena política de forma definitiva, solo quedan las agradecidas lágrimas de rigor de todos los que han vivido y se han enriquecido bajo lo que en el futuro se denominará su mandato, un calculado ejercicio presencial sin palabras. El Sr. Rajoy debía estar muy cansado del puesto voluntario que ocupaba como para, al día siguiente de ser defenestrado contra su voluntad por los enemigos de España, dejar su escaño en el Parlamento y regresar a su cómodo y seguro trabajo y a la comprometida lectura de Marca; todo eso después de no hacer nada por este país, bueno, si, permanecer sentado en el sillón presidencial impidiendo que cualquier otro lo ocupara.

Fue elegido a dedo para el puesto por su buen comportamiento y su docilidad como afiliado, cualidades que, dentro de la mediocridad general, constituyen en este país un seguro pasaporte en la política; porque por aquí no hay mejor meritocracia que aguardar obedientemente turno, sin saltárselo por un exceso de ambición y ni mucho menos expresar opiniones propias que cuestionen los dogmas del cabecilla o cabecillas del momento, además de saber moverse con astucia. Es cierto que luego, una vez asegurada la posición y alcanzada la cima, no resulta complicado cambiar el digo por el diego, porque en el fondo cada hijo de vecino tiene aspiraciones propias. Pero en este caso no fue así, detrás no había nada de nada, una vez llegado su turno únicamente quedaba colocarse ante las cámaras como un pasmarote armado con los papeles que los fontaneros de Moncloa se encargaban de elaborar y resumirle y aguardar a que, de un modo u otro, la política nacional se fuera desenredando por sí sola o al compás que marcaran los acontecimientos exteriores. Lo suyo era la paternal imagen de clérigo prudente -por desconocimiento-, comprensivo -por incompetencia- y silencioso -por total carencia de argumentos y propuestas políticas- ante una población que prefería no enterarse con tal de que la dejaran en paz; una cómoda posición que al parecer nadie le dijo que tenía que ejercer, cualquier cosa antes que dar una siempre arriesgada idea de movimiento. Un acierto a la hora de mantener callado y tranquilo, y hasta contento, a un país en el que la democracia y sus naturales contingencias no acaban de cuadrar con el personal autóctono, porque por aquí somos más de lo de toda la vida, fieles devotos del terruño, del ritual, la bendición, la bandera y el estandarte, y apasionados apóstoles de unas tradiciones y costumbres recelosas de todo aquello que implique un compromiso público común.

En este país, probablemente como secuela de la larga dictadura o tal vez ya venga de antes, suelen gustar los políticos con aspecto de progenitor comprensivo y benevolente con la desidia e ineptitud de unos hijos revoltosos aficionados a la fiesta y a jactarse, con más frecuencia de la conveniente, de su orgullosa y original ignorancia, milagrosamente concedida por el único y exclusivo lugar de nacimiento -da igual cual. A esta población le gusta estar bendecida, tutelada y protegida, por si las moscas, ya sea por la correspondiente curia, los inevitables y necesarios caciques locales o los siempre ponderados cabecillas nacionales y sus más fieles émulos, cualquier cosa que recorte una figura paternal aficionada al casto pescozón como único escarmiento, misericordiosa con los errores y más amenazante que expeditiva. Están bien vistas las formas moderadas y las jerarquías, los líderes poco carismáticos -por aquello de no señalarse- fieles partidarios de un escurridizo sentido común que todo lo cura y devotos del así ha sido siempre. Cualquier otra cosa cae bajo la sospecha de radical, extremista, extranjero o enemigo de España.

Ahora tocan las obligadas loas a la sabia prudencia del dimitido, a su lealtad de clase y a la dignidad del retiro aireadas por los voceros del facherío más reaccionario y por los que, debido a su gracia, promocionaron hacia posiciones mejores. Mañana será otro día, y en las cavernas del conservadurismo tradicionalista más rancio ya suenan las cadenas que intentarán regresar al país a la santa doctrina del como Dios manda. Han de recuperar lo que por ley divina siempre les ha correspondido.

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Atenas

Aguardando en la cola del metro algunos turistas prolongan inevitablemente la espera general intentando aclarar el ámbito y el precio de su pretendido viaje, si se limita a la zona céntrica de la ciudad propiamente dicha o más allá, tal vez hasta el puerto o el aeropuerto. Los nativos, habituados a la circunstancia, colaboran amablemente con el foráneo sin que éste advierta si la atención es debida a la prisa de cada cual en un día laborable o por pura y desinteresada cortesía. La amabilidad se repetirá en toda la ciudad, da igual el lugar, a la hora de tomar un café o comprando especias en un puesto del mercado; ni un mal gesto, ni una mala cara, ni en la bulliciosa y abarrotada Monastiraki como tampoco en la insurrecta y reivindicativa Exarcheia.

Tal vez por ello llega un momento en el que a uno le gustaría quitarse el sambenito de turista que le identifica allá donde va y sumergirse en la vida local como otro más… echar algo a la cesta de la compra en el Mercado Central, rebuscar entre los libros apilados en columnas que llegan hasta el techo, en la misma acera, protegiendo la entrada de alguna librería de viejo, ver el fútbol en un bar de barrio o cenar en Oxo Nou sin la etiqueta de turista impresa en la frente. Pero esa sensación no puede evitarse, porque la propia curiosidad tampoco consigue que la atención se relaje y convierta nuestro deambular en otro paseo más alimentado con la misma indiferencia de los locales.

Probablemente nos faltarán lugares por visitar, sobre todo una vez comprobada, desde la altura de la Acrópolis, la imposibilidad material de pisotear el laberinto que conforman las regulares e interminables construcciones blancas que se extienden hasta el horizonte ocupando las laderas de las colinas que encierran el valle de la Atenas original. Y probablemente algunos de esos lugares todavía esconderán innumerables restos y construcciones que jamás verán la luz, una inacabable tarea histórica y arqueológica de la que la ciudad vive sin vivir, ajena y agradecida, consecuente en su día a día y sabedora de la obligación de intentar hacerse un hueco ante tal acumulación de historia oculta.

Historia que parece olvidada cuando el sol de Kolonaki te retrata en un siglo XXI que se parece demasiado al de otras ciudades, en el trazado, la asepsia y el comercio caro del que puedes desconectar en algunos cafés con tendencia al postureo y el dejarse ir. Todo lo contrario de lo que sucede cuando curioseas ante las rejas que aprisionan la Universidad Politécnica, una antigua construcción con aspecto de abandono amenazada por una vegetación casi salvaje, ante la cual uno no sabe si está a las puertas de un centro de enseñanza en funcionamiento o junto a una zona de exclusión fruto de alguna revuelta distópica que enclaustró a los estudiantes entre hierros y pintadas de hace ya demasiado tiempo, cicatrices de antiguas batallas que por todo el barrio parecen irresueltas . Entonces echas de menos conocer el idioma local y sentarte a charlar, preguntar qué fue de Syriza o quizás dónde queda el monumento dedicado a Byron.

Pero decides que no puedes llegar a todo, no dispones de tiempo material, así que caminas hasta el Liceo de Aristóteles y te sientas a descansar en un banco a la sombra, haciéndote una mala idea de aquellas piedras en su tiempo e intentando atrapar algo del espíritu y la sabiduría del maestro, por si es cierto eso que dicen algunos raros espiritistas que aseguran que el aliento de los antepasados permanece a lo largo de los siglos en el ambiente y el aire que respiraron, ese que tú respiras ahora. O, como último recurso, aún queda la posibilidad de madrugar y correr hasta la fachada este del Partenón, antes de que llegue la marabunta, y sentarse en silencio a disfrutar de las medidas reales echas carne.

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Grecia

Hay ciudades y países a los que uno siempre acude con la maleta repleta, y no me refiero a las maletas físicas, las que se facturan en el aeropuerto o se encajan encima de los asientos una vez en el avión, si encuentras un hueco. La maleta de la que hablo es la propia cabeza, o la propia historia de cada cual, lo que viene a ser lo mismo. A esos lugares uno siente que vuelve porque nunca los abandonó del todo, llegó hace tiempo en espíritu y el propio lugar fue arraigando y engrandeciéndose a medida que se iban acumulando viajes, lecturas y sueños; casi puede decirse que siempre estuvo allí. Grecia es uno de esos lugares, porque a Grecia siempre se vuelve, aunque uno no haya estado nunca antes.

Y mi caso, creo, es uno de tantos porque en primer lugar Grecia forma parte de mi propia vida desde que tengo uso de razón, colegio, estudios, aficiones, viajes y pensamientos; y en segundo lugar porque ir allí es como seguir en la propia tierra, el mismo paisaje, el mar y el mismo sol que viene presidiendo mis días desde mi nacimiento. Grecia siempre ha estado ahí, en el origen de nuestra propia cultura, ya sea local, comarcal o nacional, en forma de costumbres, ruinas o formas de pensar, en el comercio, la comida o la religión, como principio, motivo o excusa, en una aceituna o en un calamar.

También hay otra Grecia, la real, que sobrevive en el presente, contemporánea en el tiempo y que hasta hace poco solíamos ver con demasiada frecuencia en las noticias, y no para bien. Una Grecia que inevitablemente vive a la sombra de unas piedras que curiosamente apenas dan sombra, las pocas que quedan en pie, en parte debido a las lógicas consecuencias del paso del tiempo y en parte al latrocinio arqueológico que durante siglos han llevado a cabo en su suelo las mismas naciones que hoy exigen a los griegos actuales prontitud en el pago, incluso a costa de sus propias vidas. Porque resulta más bien escandaloso que quienes han utilizado la economía griega para enriquecerse a sabiendas de que estaban cometiendo una ilegalidad, casi criminal, hayan insistido en sus beneficios sin importarles las consecuencias que de ello derivaban para la población local. Aun así Grecia sigue viviendo a su ritmo, que tiene más que ver con su latitud geográfica y una forma propia de ver la vida que con el dinero que otros se llevan.

Pero como viajar es una actividad que está de moda o nos han impuesto de moda, debido a ella Grecia corre el peligro de desaparecer por sobre iluminación, mostrando una imagen deformada de la auténtica realidad helena que ocupa este siglo XXI. Sobre todo porque Grecia es lugar de agencia de viajes, lugar de ruinas, infinitas ruinas y mares azules, ambos inacabables hasta el aburrimiento, por repetidos, por mal emplatados y peor digeridos. El más pintado puede acabar harto de pisotear piedras si antes no planifica y elige cuidadosamente a partir del tiempo de que dispone y de lo que pretende ver; o hasta la cejas de pueblitos y rincones pintorescos al borde de un mar azul, junto a un expositor de postales y un bar con exclusiva cocina tradicional. Por eso tal vez no sea mala idea dejarse aconsejar por alguien que conozca el tema, o quizás delimitar previamente lo que uno desea antes que embarcarse en un viaje enlatado en el que la sensación de sardina en aceite -por el sudor- es algo más que una ligera impresión. Y ni hablar de la cuestión ganadera que venden los hoteles flotantes, no hay nada más deprimente que verse atrapado entre un rebaño de acelerados cruceristas aturdidos en permanente competición por archivar el mayor número de selfis con fondo pétreo.

Grecia necesita obligatoriamente un antes, de su acertada elección o selección el viajero disfrutará de un viaje único o, por contra, se verá envuelto en una acelerada peripecia de la que querrá salir con prisa, y el país no lo merece.

 

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Tatuajes

Hace años conocí a un recluso que se avergonzaba de llevar manga corta en verano porque tenía los brazos completamente tatuados y no le gustaba cómo la gente se fijaba en ellos. En la actualidad es bastante diferente, hoy aquel tipo podría mostrar orgullosamente sus brazos como hacen tantos a los que les ha llegado la moda de los tatuajes. No viene al caso remontarse en la historia o buscar en Wikipedia para indagar en el origen, antigüedad y significados del tatuaje, aunque probablemente una gran mayoría de quienes en la actualidad con tanto orgullo los exhiben no tengan ni idea de ello, tampoco es que les importe; como todo lo que sucede hoy basta con que cualquier famoso o criatura de las que habitualmente pueblan los deportes y las imágenes de televisión los muestre para que legiones se sientan uno más y tengan algo en lo que entretener su tiempo y amenizar la monótona piel de su cuerpo.

Ignoro las apuestas, promesas y significados ocultos de semejante agresión a la propia piel, en algunos casos similar a ese horror vacui de la estética islámica, rococó o victoriana en las que cualquier superficie sin pintar o decorar generaba una especie de inquietud que obligaba a ocuparla en toda su extensión sin dejar un centímetro libre; como esas casas horteras de ricos antiguos y nuevos vertiéndose repletas de cachivaches y objetos a cual más estrafalario, el recargado muestrario de una decoración que, sin ningún sentido del gusto, solo intenta mostrar el nivel y poder adquisitivo del propietario. Un exceso decorativo que, referido a los tatuajes, parece fruto de la desesperación o motivado por un odio o estrés ocupacional que en algunos casos persigue hasta la más insignificante superficie limpia de la piel, tan inexplicable como esas imágenes siniestras y animales horribles, o tan poco agraciados estéticamente, que en ocasiones se muestran mucho mayores de su tamaño real para misterioso orgullo de su propietario -¿qué puede significar un enorme alacrán de pinzas amenazantes tatuado en el brazo de la mamá de una blanquísima niñita rubia?

Piel que también se parece a esos muros y paredes de cualquier calle o lugar público en las que aburridos chavales sin oficio ni beneficio desahogan su disgusto o la desesperanza de su situación pintando hasta los rincones más increíbles en un feroz y desolador intento de demostrarle al mundo que están vivos. En este caso la propia piel viene a ser una pared en blanco que ocupar con la primera ocurrencia categórica o con pinta de definitiva, eso antes que llevarla dolorosa y sospechosamente limpia.

Frente a la actual profusión de formas y dibujos la piel tal cual, limpia, se asemejaría a una elegancia desfasada o antigua, ya clásica; y el cuerpo desnudo sería la punzante evidencia de nuestra humana simpleza, triste u horrible para algunos, o mudo, un vacío sin carnet ni afiliación visible; desnudez en la que se vino al mundo y como tal se muestra, y sin embargo duele más de lo que parece porque ante el espejo aparecemos sin significado, solo nosotros, o nuestro rostro, del que no podemos apartar la vista si no para echar en falta algo que combata nuestra indigencia o nuestras penurias, no sé.

Ese mismo cuerpo en el que el paso del tiempo solía ir dejando sus huellas, para bien y para mal, ha perdido su protagonismo a costa de convertirse en soporte material de infinidad de sueños y promesas de juventud con vitola de definitivas de las que, en principio, jamás podremos desembarazarnos. Sueños e ilusiones que nos condenamos a llevar hasta nuestra muerte, o pura resignación, convivencia que tampoco nos compensará por los errores cometidos y por los que probablemente cometeremos, lo que viene a ser lo mismo.

¿Para cuándo unos auriculares tatuados en las orejas y a ambos lados de la cara y en el cuello, sumaríamos dos modas en una? Iríamos tatuados y aparentaríamos llevar auriculares con los que decirles a los demás que no molesten, pero a la vez estaríamos al loro de cualquier comentario o suceso callejero que nos pudiera interesar.

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De noche

Música de los ochenta y noventa y copa en vaso, sin niñatos ni reguetón”, nos asalta uno de tantos que ofertan copas y locales a estas horas de la noche, lo que indudablemente viene a decirnos que, aunque pretendamos, nuestro aspecto nos delata, o nuestros rostros, esos que vemos cada mañana sin que a primera vista advirtamos los cambios, los mismos de hace unos años y por los que parece no pasar el tiempo -queremos creer-, pues nuestro pensamiento sigue igual de fresco y nuestros gustos y opiniones también, plenamente actuales, hasta el punto de que no nos diferencian del resto, como uno más; pues no, no es lo que creemos, sino que la realidad y los demás nos pondrán en nuestro sitio y tal vez tendremos que revisar nuestras creencias y educadamente retirarnos a un lado. Aunque viendo al tipo del taxi, hundido por la cogorza en lo más profundo del asiento trasero, nuestra situación es bastante mejor, sobre todo porque la experiencia nos ha enseñado que no hace falta llegar a esos extremos y porque con los años uno tarda bastante más en recuperarse; pero el vehículo sigue detenido en medio de la calle con la puerta abierta y los colegas gritándole para que salga de una vez ante la indiferencia o resignación del taxista; cosas que pasan. Seguimos caminando mientras la escena prosigue a nuestra espalda, sin fin próximo. ¿Quién inventó eso de las despedidas de soltero/a? Porque no hay nada más deprimente que ver a una manada de veinteañeros disfrazados como imbéciles -cualquier niño de cinco años podría ser su padre- deambulando de un sitio a otro entre gritos y supuestas gracias que no harían reír a un circo de chavales pagados para desgranar carcajadas a cualquier precio; una imagen penosa que se repetirá a lo largo de la noche, como probablemente penosos serán sus futuros matrimonios; personas que viven en función de gracias sin gracia y desvaríos sin pies ni cabeza hasta que alguien las borra sin misericordia y el mundo sigue más feliz, si cabe. En una zona de terrazas un viejo de barba y cabello blancos intenta ganar algún dinero echando las cartas a la gente sentada, va de mesa en mesa hasta que el dueño o encargado del siguiente local le pide por favor que no moleste a los clientes, lo que lleva al anciano a esgrimir sus derechos a circular por un lugar público y preguntar a quien quiera, él no obliga a nadie. Cuestión de derechos, los de cualquiera a moverse por donde le apetezca y los de los propietarios intentado evitar las presencias inconvenientes y/o molestas, para ellos más que para los mismos clientes. Pierdo de vista la discusión cuando caigo en la cuenta de un joven con mochila a la espalda, en la que puede verse rotulado el nombre de una de esas compañías de repartidores a cualquier hora y a cualquier precio, que parece buscar algo o a alguien en el barullo de las terrazas; hasta que de una de las mesas una joven pareja que beben cubatas le hacen una seña, sorteando mesas y sillas llega hasta ellos y les deja los bocadillos envueltos en bolsas de papel, pagan con el móvil y el repartidor desaparece. ¿De verdad es tan necesario movilizar a una persona entré el tráfico de la ciudad a las tantas de la noche porque te apetece un bocadillo y no quieres moverte del cubata? Cuando solo caminando unos pasos puedes acceder a infinidad de establecimientos que ofrecen comida de todo tipo. ¿Tan necesario es aprovecharnos de uno como nosotros, necesitado de un sueldo de mierda, porque no nos apetece dar tres pasos para pedir lo que se nos antoje en la barra de enfrente? ¿Hasta dónde pretendemos llegar? ¿Qué tipo de indolencia se transforma en derechos que más bien parecen humillaciones?

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