Mientras

Miran, aguardan a que el camión comience su tarea sin pronunciar palabra, envueltos por la niebla y el frio que a esta hora todavía no aprieta, hoy tampoco descenderán mucho más las temperaturas; y cuando las primeras lentejas caen al suelo el más alto no se detiene en ellas, no puede distinguirlas en parte porque no son los restos del transporte esperado en un vehículo de esa categoría, podría haber sido cualquier otra cosa, pero el más pequeño sí, por eso, curioso, se agacha y coge un pequeño puñado con su mano mostrándoselas al más alto… ─- ¡Lentejas!… ─ Es verdad… Las vuelve a tirar al suelo al tiempo que se dirigirse a su acompañante ocasional. ─ Cuando era pequeño esto no pasaba, nadie dejaba unas lentejas, eran necesarias para vivir… hoy no. Si mi madre me viera… ─ Es cierto, cómo han cambiado las cosas.

Es el pistoletazo de salida, el inicio de toda una declaración que ninguno de los dos hubiera previsto unos segundos antes si alguien lo hubiera preguntado. En su rudimentario y conciso castellano el más bajo se lanza a una especie de monólogo escoltado por los comentarios y gestos de aprobación, que afianzan aún más sus convicciones, de quien en aquel momento ya se ha convertido en oyente. ─…trabajo, y trabajo mucho, estas fiestas apenas descansaré porque si descanso no cobro; trabajo aquí desde hace tiempo pero mi empresa no es de las más generosas, tenemos el peor convenio de la zona y siguen faltando camioneros para tanto como hay. En el pueblo de mi empresa hay más camiones que habitantes, mi jefe gana miles mientras que nosotros llegamos justos a final de mes; y si pudiera ganaría más. Pero a pesar de todo yo estoy a gusto, me gusta España, España es bonita, ya llevo mucho tiempo aquí, mis hijos son españoles, el mayor tiene 12 años… lo que pasa es que no le gusta estudiar… yo le digo que estudie y él no hace caso… no sabe lo que cuesta lo que tiene; se creen que por el hecho de vivir tienen derecho a pedir y disponer sin preguntarse cómo o por qué. En mi país, en Rumanía, también se quiere vivir así pero aquello no es esto. A veces le digo a mi hijo que le voy a mandar una temporada con mis familiares, que viva con lo que tienen allí, para que aprenda lo que cuesta, aunque tenga que enviarle el dinero de la comida a mi familia… a ver si se da cuenta de que las cosas no vienen caídas del cielo. Porque aquí hay trabajo, aunque luego vienen emigrantes que no quieren trabajar y complican las cosas porque exigen de todo… no me gustan, me da igual que sean negros o de mi país, viene gente mala a aprovecharse de esto, y esa gente no cambia porque lo lleva en la sangre, y cuando lo llevas en la sangre no puedes evitarlo, llega un momento en el que, si no piensas y dejas que la sangre haga por ti, lo echas todo a perder, porque en el fondo tú eres ya así, la gente no cambia, es como es… Incluso los amigos, cuando te abrazan miran a tu mujer y, cuando tú no estás, le regalan una flor y ella se va con él; porque a las mujeres solo les gusta el dinero y las flores… y yo trabajo… a veces compro una flor… pero una flor no es de verdad… es para las mujeres, que se vuelven locas cuando les regalan… por eso es mejor vivir solo con la familia y trabajar para que podamos vivir bien. Como hizo mi abuela, que sacó adelante a siete hijos… ella sola… mi abuelo había muerto… pero los alemanes eran buenos, eran educados, les gustaban los niños, no les hacían daño, lo que pasaba es que ponían de jefes a los peores, los que mandaban, y el resto, que eran buenas personas, no tenían más remedio que obedecer porque si no también les mataban a ellos y a sus familias… se portaban bien. Es cierto que hicieron lo que hicieron con los judíos… y la guerra… pero muchos lo hacían obligados, de hecho hubo alemanes se quedaron a vivir en Rumanía porque la gente no los consideraba malos, los malos eran los jefes. Los que si eran malos eran los rusos, esos mataban por matar, son lo peor que hay, se emborrachaban y mataban, mataban todo lo que se movía; mi pueblo está muy cerca de la frontera rusa… y la gente les tenía mucho miedo, porque te torturaban; cuando te arrancan las uñas una a una les dices lo que quieran, porque los héroes solo salen en las películas, si tienes que proteger y cuidar de tu familia haces lo que sea. A mi abuela los rusos no la dejaron, llegaron cuando estaba sola con sus siete hijos y una vaca de la que vivían… y mi abuela les suplicó a los rusos que le dejaran la vaca, para no morirse de hambre, pero los rusos se reían, y uno de ellos sacó una pistola y mató a la vaca de un tiro en la cabeza… allí mismo, delante de mi madre y sus seis hermanos… y mi abuela tuvo que criar a sus siete hijos sola…

El pequeño hombre de ojos azules, apenas uno setenta, unos cuarenta años y de complexión fuerte -practicó el boxeo en su juventud-, habla y habla hasta que el tiempo del siguiente transporte le devuelve al presente, toca recoger y ponerse en marcha, sin apenas tiempo para decir adiós… hasta la siguiente interrupción o descanso…

 

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Pluralidad

Volviendo a leer hace unos días aquello de pluralidad, en este caso en un articulista nada sospechoso en cuanto a sus convicciones democráticas, no tuve más remedio que detener la lectura y preguntarme qué se pretende decir en este país con eso de plural. Y la conclusión no pudo ser más desoladora, por aquí se utiliza plural o pluralidad porque toca sin saber muy bien por qué toca, sobre todo por parte de gente autodenominada de izquierdas o progresista, otra coletilla que tampoco se sabe bien qué significa porque luego, esos mismos autodefinidos, esgrimen comportamientos más que contradictorios con respecto a su sonora etiqueta. También puede ser que a estas alturas de la película nos tengan que explicar a la gente de a pie qué significa cada cosa y según… o sea, el cuento de nunca acabar.

Me temo que con plural o pluralidad, por simple cautela o por cobardía, se calla más de lo que se dice y se pretende menos de lo que se debería si la cuestión fuera ser claros y directos; se tantea sin llegar a decir nada concreto por propia incompetencia política y la incapacidad de reconocer una realidad complicada ante la que no se es capaz de reaccionar como se debiera. O se procura no herir susceptibilidades que en el fondo se saben pero no se quieren aceptar por obediencia a otras fidelidades; o simplemente se satisface a quienes te mantienen no diciendo la verdad al resto.

Con plural o pluralidad se intenta vender todo sin decir nada, también es otra forma de decir primero lo mío, lo verdaderamente importante, eso que no se sabe ni explicar ni hacer entender de forma convincente, además de por carecer de argumentos concluyentes e inteligibles para la gente de la calle. Plural o pluralidad no deja de ser hoy una figura retórica que ambiciona condicionar y manipular el presente mediante el lenguaje y uso de categorías demasiado controvertidas o directamente desfasadas, entre ellas dejar claro que mis posesiones no son las del rey, que dispongo de una autoridad y unos siervos que me deben respeto y obediencia antes que al mismo rey. ¿Qué significa hoy pluralidad en algunos casos si no exclusivamente la imposición de unos intereses particulares?

Por qué no se deja a un lado la pluralidad y se intenta hacer de todos los siervos ciudadanos, se impone como proyecto común conseguir que ese tipo de a pie -repetido en cualquier rincón del país-, con unos derechos adquiridos que de ningún modo deberían disminuir o desaparecer, que seguirá necesitando de su trabajo para subsistir, pueda moverse libre y seguro sin atender a membrecías o servidumbres regionales. Por qué no nos olvidamos de la penúltima versión del antiguo y místico derecho a ejercer de pueblo elegido por la gracia de Dios, lo que traducido al momento presente se convierte en la suculenta y corrupta asunción del control económico -único privilegio real- como transcripción de unas caducas prerrogativas feudales. No hablo de sentimientos, sino de razón, no se trata de antiguas pendencias entre reyezuelos y condestables de menor alcurnia necesitados de un orgullo territorial que oponer al menosprecio y violencia real, se trata de un proyecto nunca creído ni perseguido por la endémica incompetencia de una clase política de vista limitada que desde hace siglos viene vegetando entre vírgenes, honores y sinecuras.

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Banda Sonora

Hay ocasiones en las que toca aguardar en el coche, sin nada a mano con lo que distraer la espera y, momentáneamente, ninguna preocupación en la cabeza en busca de esa solución que nunca acaba de llegar, entonces tampoco. Vuelto a recorrer con la mirada, una vez más, el habitáculo en el que aguardas sin saber cuánto y agotados los recursos de un posible entretenimiento, de pronto alzas la vista y la fijas en el exterior, en un transeúnte que en ese momento pasa delante del vehículo, y es entonces cuando, repentinamente, caes en la cuenta de la música que suena desde hace ya un rato, ese disco tantas veces oído -precisamente por eso lo llevas en el coche- que misteriosamente comienza a arropar y casi gobernar, como si de una única toma larga se tratara, la escena que se desarrolla delante de tus ojos, convirtiéndose mágicamente en la banda sonora de esa especie de película que sigue proyectándose ante tu sorprendida mirada, al otro lado del parabrisas, una película muda y en color en la que los personajes van y vienen, danzan y se mueven al compás de canciones y melodías que parecen hechas a propósito para la ocasión.

La banda sonora perfecta de una película protagonizada por los pasos, tipos, rostros y gestos de toda esa gente entre la que podrías perderte, como otro más, con solo abrir la puerta e incorporarte al trasiego urbano. Un ir y venir general que inesperadamente cobra una relevancia especial en la que no existen ni malos gestos ni malos modos, solo la viva muestra del encanto y la felicidad compartida que contiene la misma vida, el mero hecho de respirar llevando a cabo las faenas y tareas más triviales que ahora parecen vistas bajo una lente y un significado especial. Un tipo compacto que pasa rápido vestido de chándal sabiendo muy bien quién es y dónde está, su rostro muestra un gesto relajado en el que probablemente no deba faltar el consiguiente runrún que todos llevamos dentro sin que lo sepamos, porque lo que fuere tampoco le distrae de lo que sea que oye a través de unos auriculares incrustados en las orejas; o esa mamá con aspecto esforzado que arrastra sin perder la sonrisa ni dejar de hacer carantoñas el carrito en el que descansa el que debe ser su hijo, los cestos repletos de una compra que a todas luces parece excesiva, también por la otra bolsa que cuelga de una de sus manos apoyada en el asa de un cochecito eminentemente práctico, la mochila también aparentemente repleta de su espalda, el abrigo desabrochado que estorba al andar y un perro feliz sujeto al mismo carro trotando a su lado. O esa pareja de jubilados de pelo cano abrigados hasta la barbilla, ella gesticulando con ademanes secos y concienzudos, de esos que suelen coronarse con el dedo índice levantado en señal admonitoria, casi amenazante, bien prieta al brazo de un marido que ojea meticuloso un papelito abierto en la mano -probablemente la cuenta de la compra-, hasta que el hombre dice algo sin variar el gesto e interrumpe el sermón de la señora, lo que motiva que ambos se rían felices de vuelta a casa en esta acogedora mañana invernal

O esa, entre pizpireta y discreta, mamá a la moda, concienzuda y coquetamente vestida sermoneando a sus hijos con gesto más seco que severo, y que sin dejar su perorata o discurso se vuelve hacia un papá de aspecto bonachón que camina un poco más atrás embobado en su teléfono, pieza cobrada en el acto que alza unos ojos como platos sin saber qué contestar a la parte que probablemente le toca, aviso o advertencia, podría ser incluso amenaza; una familia discreta, conjuntada y correctamente vestida, porque pueden y les gusta, que desaparece al doblar la esquina, hasta que a los pocos segundos papá regresa cabeceando en dirección a algún coche aparcado en busca de aquello que, por despistado, ha vuelto a olvidar, obligando a mamá, que como de costumbre está pendiente de todo, a hacer notar la falta y poner las cosas en su sitio.

Otra mamá, joven y guapa, cargada con una bolsa en cada mano, riñe o grita a un pequeño que justo se detiene en la acera antes del paso de cebra volviendo muy serio la mirada hacia su madre, atento a lo que, sin parecer una regañina, vuelven a repetirle, que no corra o que lo haga siempre y cuando no olvide que ha de detenerse antes de cruzar la calle para hacerlo con ella. Otra mamá menos afortunada en cuanto a belleza exhibe idéntica preocupación por unos vástagos, dos niños iguales, que, más expectantes que atentos, escuchan obedientes la retahíla de prevenciones con forma de recomendación que la mujer les dice.

Y así, siguen desfilando ininterrumpidamente personajes en su bendita insignificancia, indultados por una música que no tiene fin, una banda sonora, mi banda sonora, que engalana una película real en la que todo lo que sucede transmite felicidad, no puede ser de otro modo; felicidad por estar vivos, por tantas y tantas pequeñas cosas que nos hacen únicos y vulgares a la vez, monótonamente repetitivos, incluso nos muestra serenos a pesar de los más negros y particulares nubarrones, esforzados y especiales al mismo tiempo, poseedores de esa maravillosa debilidad que desgraciadamente tantas veces se convierte en desnuda violencia; recipientes de todo lo bueno y todo lo malo, en este caso todo lo bueno, porque lo malo siempre es un error, una mala interpretación, un desafortunado descuido, como este que ahora viene a enturbiar mi particular visionado, ese personaje que vive en cada película, no el malo sino ese otro que se dedica a alimentar su rencor culpando al mundo de su propio fracaso, de su ignorancia o estupidez, sufrimiento que paradójicamente le hace sentirse por encima del bien y del mal, de aquellos quienes atentan contra una pureza equivocada que solo es amargura y resentimiento. Y ese personaje advierte inesperadamente que estoy dentro del coche y no tiene más remedio que saludarme a su pesar cuando pasa a mi lado, con un odio contenido que le deforma el gesto y en un instante destruye todo lo bueno que pudiera contener esa enajenada cabeza.

En fin, también en cualquier película hay momentos más y menos desagradables, tristes o desafortunados, pero olvido esta parte con rapidez y regreso a mí música y a mi maravilloso y colorido cine mudo.

 

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Hoy

Si ya andamos tal que zombis transitando entre meses y años al son de celebraciones de ignota procedencia y fiestas del consumo, no es nada raro que olvidemos cualquier otra celebración o fecha importante que no sea importada o conlleve una rebaja sobre cualquier producto que se nos ocurra comprar sin que lo necesitemos.

Poca gente se acuerda del veinte de Noviembre, no por el hecho físico e histórico que ocurrió hace años, que también, sino porque a partir de esa fecha fue posible por aquí que las cosas comenzaran a ser de otra manera, que a pesar del tiempo y las injustas y desfavorables costumbres locales alumbraba un periodo en el que íbamos a ser dueños del presente, casi un principio y, precisamente a partir de él, tendríamos la oportunidad de construir un futuro a nuestro gusto; a fin de cuentas éramos nosotros los que disponíamos de ese periodo de la historia y a nosotros nos tocaba inscribirlo en el mapa de un modo u otro.

Uno de los primeros pasos, al parecer todavía titubeante, fue la Constitución de la que ahora se celebran los cuarenta años, este Diciembre, ese documento a partir del cual convivimos sin que todavía nos hayamos tirado los trastos a la cabeza, aunque sigan existiendo tantos que, en función de prejuicios y fantasmas personales, históricos, insustituibles e intransferibles, propios e impuestos, continúan sermoneándonos que en lugar de vivir nuestras propias vidas hemos de recuperar las de épocas y personas que ya no existen, tipos que tuvieron su oportunidad y que desgraciadamente no supieron aprovecharla, o la aprovecharon, o no tuvieron ni una ni otra opción, o fueron directamente perjudicados, como suele decirse, sin comerlo ni beberlo; personas que en cualquier caso ya no están, y sin tener que olvidarlos por decreto porque siempre tendrán algo que decirnos, no por ello hemos de obligarnos a llevar a cabo lo que ellos no supieron o pudieron. Afortunadamente o por desgracia, según se mire, nuestras vidas son limitadas en espacio y tiempo y, aunque siempre existan cuentas pendientes con el pasado -convendría revisar qué significa eso de pendientes y a qué obligan, de qué sirve la propia voluntad a la hora de elegir qué vida se desea vivir, si se puede y con qué se decide cargar-, es prerrogativa de los presentes decidir si las toman o las dejan, si las hacen suyas o, en cambio, deciden vivir sus propias vidas en presente eligiendo y dejando según la voluntad, tanto de cada cual como común; están, estábamos en nuestro derecho, guste o no guste.

Que desgraciadamente para muchos el amor no exista, crean que es una mentira o una entelequia imposible de aceptar, explicar y mucho menos entender, no le quita a nadie el derecho a enamorarse locamente como si fuera la única vez, poniendo su alma y su vida en ello.

Celebremos y hagamos, mientras podamos.

 

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Era otra cosa

En principio estas letras iban a ser otras, me apetecía comentar los pasados incendios en la costa californiana, su repetición anual y por qué, desgraciadamente, los de hace unas semanas tuvieron tan trágicas consecuencias. Me sorprendía que la nación más poderosa del mundo, sobre el papel, viera cómo año tras año se suceden los incendios en circunstancias similares, cómo al parecer resultaba imposible organizar una previsión y protección permanentes que atajaran el fuego de raíz y minimizaran sus destrozos ¿a qué se debería la aparente inferioridad e inoperancia de los medios contra el fuego?

Luego leí una entrevista a alguien directamente relacionado con la extinción de los mismos, en ella se decía que pese a contar con unos medios suficientes, bien preparados y en permanente alerta, en los de este otoño coincidieron una serie de factores meteorológicos e imprevistos humanos que hicieron muy difícil o prácticamente imposible contener las llamas antes de que alcanzaran poblaciones que quedaron completamente devastadas, además de sumar más víctimas y desaparecidos que ningún otro año. Después silencio.

También quería hacer mención del tosco señor que dirige aquel país, ese ricachón interesado e ignorante a la hora de desechar e incluso negar tanto el cambio climático como sus consecuencias, y tan estúpido como para ser capaz de afirmar en público, en los primeros momentos del pasado incendio, que uno de los culpables del mismo y de sus trágicas consecuencias era el Estado que él mismo dirige, como si el mayor problema fuera el mínimo Estado del que disponen.

Y hace unos días leía que en el adalid del libre comercio salvar la propia vida es una cuestión negociable -probablemente alguien piense cómo he sido tan tonto que no haberme dado cuenta antes-; existen los bomberos privados, otro de los servicios que usted puede contratar a través del doméstico seguro del hogar. Servicios que, llegado el caso, se dedicarán en cuerpo y alma a salvaguardar y proteger su casa y posesiones antes que las del vecino -para eso paga. Bueno, si interesa proteger la casa del vecino para que el fuego no llegue a la suya pues se beneficia indirectamente al vecino y casi se gana un cliente.

Cuestión esta que, en parte o totalmente, podría explicar cómo todavía la ciudad de Nueva Orleans sigue sin recuperarse del ya casi olvidado huracán Katrina, no hay dinero ni seguros que intervengan si Vd. no paga por adelantado. Son los pobres de siempre.

También leí que los bomberos privados tienen la obligación de coordinarse y no sé si ponerse a las órdenes de la dirección de la lucha contra el fuego antes de pasar a la acción, pero me temo, tal y como imaginan, que finalmente todo vendrá a parar a lo mismo, quién paga exige prioridad en la atención, el resto importa menos. Si usted sufre un infarto y tiene un seguro médico privado probablemente se salve -por aquí afortunadamente y de momento no-, y si desgraciadamente le ha tocado por falta de cash la sanidad pública inevitablemente fenecerá. Y si tiene la desgracia de que un incendio se declare en las proximidades de su residencia, al menos sabrá con total seguridad que cuando el fuego llegue a su casa el resto ya estará hecho fosfatina; lo que para alguno quizás sea un consuelo.

No pretendo descubrir nada nuevo pero, trasladado a nuestro país, no deja de ser perverso que disponiendo -comparado con lo que existe fuera de nuestras fronteras- de unos servicios médicos y sociales de los más amplios y competentes nos dejemos la piel y el dinero contratando servicios privados que jamás serán más profesionales que los públicos. Además, dentro de poco probablemente también lleguen por aquí los bomberos privados con los que presumir ante el vecino.

Todo lo que hasta ahora nos salía gratis -evidentemente vía impuestos; no deja de ser una forma de hablar- acabaremos pagándolo a costa de nuestro esfuerzo y dinero. Es lo que tiene aquello de querer ser más que los demás.

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Málaga

La tarde se va deslizando plácidamente, desgranando con parsimonia las horas de un generoso día de otoño benévolo con las temperaturas, lo que permite que nos abandonemos ociosos en cualquier lugar propicio para ello, sin tiempo para dolernos por el verano que acaba de irse, voluntariamente inconscientes de la proximidad del invierno, arriba y abajo, deleitándonos en los últimos rayos de sol, sin prisas ni tropiezos.

Algunos más perezosos, apoyada la cabeza en alguna bolsa o mochila o directamente en las piernas de su pareja, intentan dormitar extendidos sobre las piedras de las últimas gradas del teatro romano, arrullados por un murmullo general que ni interrumpe ni distrae, todo lo contrario. Un tipo, más para allá que para acá, grita atropelladamente letras de canciones de hace años, muchos, intentando que el deambular negligente de los transeúntes caiga en la cuenta de su destrozo vocal y, más alma caritativa que nunca, alguno deje caer esa moneda en cualquiera de las bolsas que descansan a sus pies; hasta que, de pronto y sin saber en primera instancia por qué, el tipo cesa de cantar, recoge sus bolsas y desaparece entre los árboles. El motivo de su precipitada huida es la aparición de otro trovador urbano mejor provisto, guitarra y amplificador, que comienza a probar el instrumento sin todavía alzar la voz unos metros más abajo. Parece ser que la explanada es demasiado pequeña para los dos… y poco después una letra de Sabina regularmente interpretada comienza a amenizar el declinar del sol.

Justo enfrente el pequeño escenario aparece definitivamente montado, con los operarios danto los últimos retoques a las cuestiones técnicas mientras, en la parte de atrás, uno de los músicos que probablemente tocarán a continuación comienza a acariciar un suave y aseado saxo que discretamente desmenuza melodías y tonalidades con fondo de panorama vespertino. La impresión es como si en aquellos momentos todo pudiera sonar bien.

Las terrazas siguen llenas de clientes remolones sin ganas de ponerse en pie, viendo pasar a la gente o deteniéndose en la cola que aguarda a la puerta del cine entreteniendo la espera; mejor seguir holgazaneando tomando cualquier cosa antes que comparecer encerrando la propia sombra entre cuatro paredes. Una campana de alguna iglesia cercana llama a misa, un niño marca con piedrecitas un sendero entre las ruinas romanas hasta que su padre le regaña por “llenarlo todo de chinas”; un grupo de ciclistas, que por hoy parecen haber cumplido etapa y llegado a su destino, deciden hacerse una fotografía de recuerdo, para lo que solicitan el favor a uno de los paseantes que, gustoso, accede sonriente a la petición. En otro rincón una pareja baila un pasodoble ajena al ajetreo general y otros sonríen la festiva ocurrencia… un mendigo pide en inglés y agradece en alemán en el mismo cartel.

Podría seguir así, coreando esta tarde que dará paso a la noche, porque el delicioso poso que va dejando me permitiría estirarla a capricho. Comienza el concierto, un trio de jazz, aquello parece un auténtico fin de fiesta; el cantor respetuosamente descansa. Abducido por el ambiente general no sabría decir en qué país me encuentro, tal es la mezcla de lenguas a lo largo de la plaza y el paseo; probablemente sea el entorno, con La Alcazaba allí arriba, tan feliz, dejando, otro día más, que el sol se vaya recogiendo cada vez más alto sobre sus murallas, hasta que las primeras luces artificiales ahuyenten las sombras e iluminen la plaza sin que ninguno de los presentes nos hayamos percatado de ello.

La ciudad es Málaga, hogar y cobijo de esta especie de espontáneo cosmopolitismo en el que cabe tanto lo visto como lo supuesto, bueno y no tanto, importa la sensación de ciudad abierta dando cabida a todo tipo de gente; sólido argumento para una intensa actividad cultural capaz de mezclarse con la tradición más rancia, sin que ni la una ni la otra desmerezcan o se interrumpan en el espacio.

 

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Mujeres

La publicidad es un buen medio para curiosear, dice bastante de la gente, sus intereses y sus modos de vida, también del lugar, o del país, y no es común tropezarse con publicidad religiosa en lugares públicos, es más, creía que no existía o se limitaba a espacios muy específicos, ni mucho menos el vestíbulo de una estación. Pero sí, allí estaba, y por duplicado, dos grandes paneles iluminados intentando vender fe y esperanza a través de la imagen de dos sonrientes mujeres ofreciéndose mutuamente las manos, una de mediana edad situada en un nivel superior y en actitud de ayuda o colaboración dirigiéndose a otra dispuesta en una posición inferior y con más años, en ese periodo de la vida que, para entendernos, se suele denominar tercera edad.

Una publicidad en cierto modo simple y casi anodina, si la comparamos con lo que generalmente muestran vallas y paneles, enfocada a personas mayores en apariencia menos modernas y más cercanas a unos valores que se mueven entre el “como Dios manda”, la inercia y la resignación, porque, en definitiva, aquellos carteles no decían mucho más o… todo lo contrario, mostraban de forma bien explícita unas personas y modos de vida conservadores sujetos a una paciencia y conformismo que suele callar más de lo que ofrece; la plasmación gráfica de una sagrada indolencia habituada a dejarse guiar por quienes, sin aparecer en la imagen, vienen manteniendo por estos lares un dominio secular que, a falta de poder, siempre ha sabido recurrir con tal de perpetuarse a esa mitad en teoría más débil de la población. Un aproximadamente cincuenta por ciento del que esa misma iglesia se ha venido encargando de hacer y parecer inferior condenándolo a un papel subsidiario que en más de una ocasión ha rozado y roza la marginalidad, las mujeres.

Un tipo de publicidad en la que, curiosamente, jamás podrían aparecer hombres, primero, y nada anecdótico o desatinado, porque dos hombres en igual actitud darían pie a jocosos y sarcásticos comentarios e interpretaciones más que sospechosas de la virilidad de los mismos y, segundo, por un preocupante y reaccionario escrúpulo hacia esa más que evidente pública pérdida de poder y prestigio que ejemplifican la ayuda y la cooperación en este país; opción tan poco apropiada como la primera e igual de insultante para muchos hombres refractarios y temerosos a la hora de preguntarse por sí mismos, no sea que no tengan nada que decir ni ofrecer y se les venga abajo el edificio. Para eso todavía sirve la iglesia, para tratar de evitarlo.

En todo caso, no deja de ser curioso que una organización eclesiástica hecha por y para los hombres se vea en la necesidad de acudir a sus principales víctimas, las mujeres, como reclamo a la hora de vender sus valores, lo que más bien parece un desesperado intento por mantener una cuota de poder no tan disminuida como pudiera parecer, pero sí bastante devaluada. Esos dulces y bienintencionados rostros femeninos contrastan con la influencia y en algunos casos el férreo dominio que la iglesia, todavía asimilada a los restos de un antiguo y antidemocrático poder, aún tiene sobre los estratos más bajos de la población, un ascendente apuntalado en tradiciones y supersticiones convertidas en indispensables que predican una sumisión eterna a la hora de afrontar la propia existencia. Religión convertida en auxilio fundamental para tantas y tantas personas que, “cruelmente dejadas de la mano de Dios a su suerte y convencidas por sus representantes en la tierra de la inutilidad de cualquier intento de reivindicación moral en este mundo”, tienen, no obstante, en aquella y sus múltiples manifestaciones el único apoyo sólido a la hora de enfrentarse a un mundo tan feroz e inhumano como el presente.

NOTA. Un tema interesante para otro capítulo sería la cuestión de por qué solo pueden verse grupos de hombres en asuntos relacionados con el trabajo o enfangados en juergas de comida, alcohol y sexo… ¿Cuántos grupos de hombres adultos recuerdan -que no sean aficionados al fútbol, jóvenes, estudiantes o jubilados- viajando juntos, o paseando, o en el cine, o en el teatro, o simplemente tomando un café y conversando?

 

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Guiones

Después de pasar accidentalmente por otra película con asesino en serie me dije que aquello tenía cada vez menos sentido, si es que en algún momento lo tuvo; no pude acabar de verla porque además de absurda e imposible me parecía risible, la enésima paja mental de un tipo parco en ideas dedicado a retorcer su aburrimiento hasta vomitar unas pocas páginas repletas de sangre y truculencias varias, la mayoría inverosímiles, con las que atraer hasta hacerlo bostezar a un espectador que ve en la violencia gratuita el único motivo para acudir al cine.

Por eso no es de extrañar que ocurran sucesos como el de hace unas semanas, creo que en Rusia, donde una criatura, con la excusa odiar la escuela -como si no la hubiéramos odiado todos cuando críos-, además de admirar a los asesinos en serie, acudió a un centro escolar armada hasta los dientes y se lio a tiros con todo bicho viviente.

Admitiendo aquello de que en ocasiones la realidad supera a la ficción, tampoco es menos cierto que el cine de asesinos, da igual si en serie o a conciencia, se alimenta de guiones a cual más retorcido e incomprensible en la vida real. La cuestión es exprimir el mal -ese socorrido y bienhallado argumento que nunca parece tener límites- con tal de entretener a un hipotético espectador hastiado de su día a día y presuntamente aficionado a los anómalos y criminales descarríos de cualquier pobre solitario con cuentas pendientes contra una sociedad siempre culpable; como también supongo los habrá en la vida real. El caso es ensamblar personajes tan inhumanos como refractarios ante la cordura, tipos pasados de rosca en posesión de una fina y despiadada inteligencia capaces de llegar a unos extremos de cálculo y precisión para los que ni siquiera el siguiente muerto aparece con entidad suficiente como justificación. Individuos adeptos a una ingeniería criminal de precisión tan cara y exhaustiva como vacía. Es cierto que un guion cinematográfico puede moverse por donde al escritor le apetezca, pero en más casos de los deseables aquel se retuerce sin fin más preocupado por montar disparatados y cruentos asesinatos apoyados en complicadísimas coartadas, tanto psíquicas como materiales, que pretenden dar consistencia y credibilidad a unos personajes y sus correspondientes actos que nacieron irremediablemente perdidos en el interior de una barroca, interminable y sangrienta retórica completamente gratuita que hace tiempo perdió algún motivo humano como referencia plausible.

El previsible final, por supuesto, siempre gloriará a los buenos, sobre todo después de una rocambolesca investigación que deberá cargar con un par de fracasos y varios palos de ciego de un “prota” que al final consigue ponerse a la altura del reto y vencer a su desafiante enemigo recomponiendo una realidad tras la cual no había absolutamente nada. Fin de la juerga.

No sé hasta qué punto el cine tiene derecho, que lo tiene, ni en función de qué libertad creativa, que también hay que dar por sentada, a comercializar pesadillas tan crueles como inútiles protagonizadas por personajes e historias tan inadmisibles y podridas como nefastas con el único motivo de entretener a un público que probablemente admitiría y disfrutaría con otros guiones menos sangrientos y más inteligentes. Sin mencionar esos otros y desgraciados casos aislados en los que un pobre tipo encuentra en cualquier tour de force cinematográfico la ‘imaginativa’ fuente de inspiración para hacerse un hueco en las noticias del mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Librerías

Caminaba por la Gran Vía madrileña, dirección Plaza de España, cuando inconscientemente, más intrigado que curioso, me puse a buscar la fachada de la Casa del libro en la acera de enfrente. Recorría los edificios hacía arriba y hacia abajo buscando con la mirada y no daba con ella, y no, no me había confundido, debería estar más o menos frente al lugar en el que en aquel momento me detenía. Hasta que otra sorpresa castigó mi curiosidad: no estaba, en el lugar en el que debía estar la puerta de entrada y los escaparates a cada lado solo podían verse varios pilares metálicos desnudos como esqueleto de una planta baja ahora desparecida, un único y enorme hueco que mostraba más oscuridad que escombros. Era lo que quedaba de la no sé si antigua Casa del libro.

Sin pensar en obras temporales o de renovación me fue más fácil admitir que se trataba de otra librería que también desaparecía, una más, y con esta ya no quedaba ninguna de las que me fueron suministrando los libros durante mis estudios, o los que compraba por el placer de la lectura. Ni la efímera El tranvía, creo que en la Plaza de las Cortes, ni la especializada Miessner, junto al Centro Dramático Nacional, cuando las librerías se robaban empleados, cotizados profesionales del libro a los que preguntabas con la seguridad de que te informarían sin ningún género de dudas acerca de ese volumen que desgraciadamente estaba agotado, a punto de llegar o del que posiblemente aún quedaba algún ejemplar dentro, el cual te irían a buscar y traer de inmediato si así lo deseabas. O la constantemente renovada Fuentetaja, la que más juego daba a la hora de encontrar aquello que ya dabas por imposible, convencido de que si el libro que buscabas o necesitabas estaba disponible lo tendrían allí, o al menos te dirían dónde o cuando. Sin olvidar la pequeña Paradox, con aquel señor de aspecto despistado portando unas gafas con los cristales más gruesos que habías visto hasta entonces, quién te atendía de inmediato con más efectividad y rapidez, si cabe, que un terminal informático, y si coincidía que disponían de algún ejemplar rápidamente se encaramaba a una pequeña escalera para llegar al estante más alto, junto al techo, y alcanzarlo presto y sin dudas, para después acercárselo a tan solo un par de centímetros de los cristales de sus lentes y confirmar que, en efecto, estaba donde sabía que debía estar.

Ya no queda ninguna. Pensando en ello parecía como si estuviera llorando el final de una época, pero sobreponiéndome al tono melodramático de pronto advertí que probablemente el equivocado era yo, estaba mirando al pasado, los libros eran el pasado cuando el presente, y sobre todo el futuro, lo tenía a mi espalda. Así que me di la vuelta y me uní al numeroso grupo de manteros que con sus productos expuestos a sus pies ocupaban toda la acera de la fachada del edificio hacia el que ellos y yo levantábamos la vista, Primark, el futuro. Ese enorme espacio, tan antiguo, o más, como alguna de las librerías de las que he hablado, un renovado inmueble que todavía podía presumir de lucir en su estructura unos limpios remaches de un blanco inmaculado afianzando la enorme araña metálica encargada de resguardar a una multitud de personas, miles, que no paraban de subir y bajar portando o tirando de carritos repletos de telas de todo tipo, hipotéticas prendas de vestir arrojadas al cesto de cualquier modo, dando la impresión de arrastrar un revoltijo de trapos o retales que podían servir para cualquier cosa. Una multitud interminable que entraba y salía sin interrupción, resoplaba, se quejaba, se enfadaba en voz alta pero no por ello dejaba de revolver cajones y estantes poseída por un frenesí que no parecía humano.

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Libre apuesta

Quizás haya todavía simples o muy despistados que crean casualidad la apertura de un negocio donde el propietario puede o le apetece y que tal circunstancia no deje de ser una cuestión que a otros muchos probablemente les da exactamente igual porque no les afecta como tampoco lo hace a quienes nunca se fijan porque andan más dedicados a sus cosas -bienvenidas si son propias y no impuestas- tal y como lo están los verdaderamente preocupados por el rumbo que vienen tomando sus vidas incluidas sus posibilidades reales de decidir sobre ellas junto a la mayor o menor claridad de su futuro mientras van de un sitio a otro moviéndose por lugares de los que solo advierten lo que el resto de los humanos cuando desfilan ante un gigantesco universo de publicidad que fomenta un consumo al que nos hemos habituado sin advertir que previamente nos habían preparado para considerarlo bien visto desde nuestra perspectiva de consumidores dominando sobre la hipotética y más antigua condición de personas que simulan o prefieren no darse cuenta porque en principio no les afecta que tal y como leía hace unos días por cada cuatro institutos de enseñanza o centros de Formación Profesional haya un establecimiento de apuestas justo al lado junto al que se pasa sin querer saber ni opinar porque nos hemos habituado a mostrar un higiénico e hipócrita respeto que pretende ser ignorancia o indiferencia cuando no pura impotencia al estar tan embebidos en nuestras propias carencias convertidas en una forma de ser que mira directamente a un enorme vacío excepto cuando toca preocupamos por nosotros mismos según nos lo recomiende cualquier listo o propaganda que pretenda hacer negocio a nuestra costa en una sociedad que permite que tinglados tan agresivos y desafectos como los nidos de apuestas se instalen junto a sus centros de enseñanza demostrando con ello que se trata de una sociedad gravemente enferma que ni siquiera llega a comunidad al permitir que mercaderes sin escrúpulos intenten explotar las flaquezas de sus jóvenes ambicionando captar su voluntad de hoy y de mañana junto al mucho o poco dinero del que disponen bajo el pretexto de la libertad de empresa que gobierna despóticamente una especie de agrupamiento o colectividad no sé si atontada o completamente perdida incapaz de actuar contra tales sujetos expulsándolos lejos de las proximidades de los centros de enseñanza e impidiéndoles hacer negocios a costa de las debilidades de sus menores y su poco esperanzador futuro desgraciadamente endeudado que ni siquiera tiene aspecto de afortunado porvenir al estar adornado con más oscuridad que luces que desgraciadamente muy poco o nada pueden alumbrar contra los modos de una economía tan agresiva como absurda e irracional dedicada al ciento por ciento a manipular sin escrúpulos tanto a los presentes como a sus descendientes…

 

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