Mujeres

La publicidad es un buen medio para curiosear, dice bastante de la gente, sus intereses y sus modos de vida, también del lugar, o del país, y no es común tropezarse con publicidad religiosa en lugares públicos, es más, creía que no existía o se limitaba a espacios muy específicos, ni mucho menos el vestíbulo de una estación. Pero sí, allí estaba, y por duplicado, dos grandes paneles iluminados intentando vender fe y esperanza a través de la imagen de dos sonrientes mujeres ofreciéndose mutuamente las manos, una de mediana edad situada en un nivel superior y en actitud de ayuda o colaboración dirigiéndose a otra dispuesta en una posición inferior y con más años, en ese periodo de la vida que, para entendernos, se suele denominar tercera edad.

Una publicidad en cierto modo simple y casi anodina, si la comparamos con lo que generalmente muestran vallas y paneles, enfocada a personas mayores en apariencia menos modernas y más cercanas a unos valores que se mueven entre el “como Dios manda”, la inercia y la resignación, porque, en definitiva, aquellos carteles no decían mucho más o… todo lo contrario, mostraban de forma bien explícita unas personas y modos de vida conservadores sujetos a una paciencia y conformismo que suele callar más de lo que ofrece; la plasmación gráfica de una sagrada indolencia habituada a dejarse guiar por quienes, sin aparecer en la imagen, vienen manteniendo por estos lares un dominio secular que, a falta de poder, siempre ha sabido recurrir con tal de perpetuarse a esa mitad en teoría más débil de la población. Un aproximadamente cincuenta por ciento del que esa misma iglesia se ha venido encargando de hacer y parecer inferior condenándolo a un papel subsidiario que en más de una ocasión ha rozado y roza la marginalidad, las mujeres.

Un tipo de publicidad en la que, curiosamente, jamás podrían aparecer hombres, primero, y nada anecdótico o desatinado, porque dos hombres en igual actitud darían pie a jocosos y sarcásticos comentarios e interpretaciones más que sospechosas de la virilidad de los mismos y, segundo, por un preocupante y reaccionario escrúpulo hacia esa más que evidente pública pérdida de poder y prestigio que ejemplifican la ayuda y la cooperación en este país; opción tan poco apropiada como la primera e igual de insultante para muchos hombres refractarios y temerosos a la hora de preguntarse por sí mismos, no sea que no tengan nada que decir ni ofrecer y se les venga abajo el edificio. Para eso todavía sirve la iglesia, para tratar de evitarlo.

En todo caso, no deja de ser curioso que una organización eclesiástica hecha por y para los hombres se vea en la necesidad de acudir a sus principales víctimas, las mujeres, como reclamo a la hora de vender sus valores, lo que más bien parece un desesperado intento por mantener una cuota de poder no tan disminuida como pudiera parecer, pero sí bastante devaluada. Esos dulces y bienintencionados rostros femeninos contrastan con la influencia y en algunos casos el férreo dominio que la iglesia, todavía asimilada a los restos de un antiguo y antidemocrático poder, aún tiene sobre los estratos más bajos de la población, un ascendente apuntalado en tradiciones y supersticiones convertidas en indispensables que predican una sumisión eterna a la hora de afrontar la propia existencia. Religión convertida en auxilio fundamental para tantas y tantas personas que, “cruelmente dejadas de la mano de Dios a su suerte y convencidas por sus representantes en la tierra de la inutilidad de cualquier intento de reivindicación moral en este mundo”, tienen, no obstante, en aquella y sus múltiples manifestaciones el único apoyo sólido a la hora de enfrentarse a un mundo tan feroz e inhumano como el presente.

NOTA. Un tema interesante para otro capítulo sería la cuestión de por qué solo pueden verse grupos de hombres en asuntos relacionados con el trabajo o enfangados en juergas de comida, alcohol y sexo… ¿Cuántos grupos de hombres adultos recuerdan -que no sean aficionados al fútbol, jóvenes, estudiantes o jubilados- viajando juntos, o paseando, o en el cine, o en el teatro, o simplemente tomando un café y conversando?

 

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Guiones

Después de pasar accidentalmente por otra película con asesino en serie me dije que aquello tenía cada vez menos sentido, si es que en algún momento lo tuvo; no pude acabar de verla porque además de absurda e imposible me parecía risible, la enésima paja mental de un tipo parco en ideas dedicado a retorcer su aburrimiento hasta vomitar unas pocas páginas repletas de sangre y truculencias varias, la mayoría inverosímiles, con las que atraer hasta hacerlo bostezar a un espectador que ve en la violencia gratuita el único motivo para acudir al cine.

Por eso no es de extrañar que ocurran sucesos como el de hace unas semanas, creo que en Rusia, donde una criatura, con la excusa odiar la escuela -como si no la hubiéramos odiado todos cuando críos-, además de admirar a los asesinos en serie, acudió a un centro escolar armada hasta los dientes y se lio a tiros con todo bicho viviente.

Admitiendo aquello de que en ocasiones la realidad supera a la ficción, tampoco es menos cierto que el cine de asesinos, da igual si en serie o a conciencia, se alimenta de guiones a cual más retorcido e incomprensible en la vida real. La cuestión es exprimir el mal -ese socorrido y bienhallado argumento que nunca parece tener límites- con tal de entretener a un hipotético espectador hastiado de su día a día y presuntamente aficionado a los anómalos y criminales descarríos de cualquier pobre solitario con cuentas pendientes contra una sociedad siempre culpable; como también supongo los habrá en la vida real. El caso es ensamblar personajes tan inhumanos como refractarios ante la cordura, tipos pasados de rosca en posesión de una fina y despiadada inteligencia capaces de llegar a unos extremos de cálculo y precisión para los que ni siquiera el siguiente muerto aparece con entidad suficiente como justificación. Individuos adeptos a una ingeniería criminal de precisión tan cara y exhaustiva como vacía. Es cierto que un guion cinematográfico puede moverse por donde al escritor le apetezca, pero en más casos de los deseables aquel se retuerce sin fin más preocupado por montar disparatados y cruentos asesinatos apoyados en complicadísimas coartadas, tanto psíquicas como materiales, que pretenden dar consistencia y credibilidad a unos personajes y sus correspondientes actos que nacieron irremediablemente perdidos en el interior de una barroca, interminable y sangrienta retórica completamente gratuita que hace tiempo perdió algún motivo humano como referencia plausible.

El previsible final, por supuesto, siempre gloriará a los buenos, sobre todo después de una rocambolesca investigación que deberá cargar con un par de fracasos y varios palos de ciego de un “prota” que al final consigue ponerse a la altura del reto y vencer a su desafiante enemigo recomponiendo una realidad tras la cual no había absolutamente nada. Fin de la juerga.

No sé hasta qué punto el cine tiene derecho, que lo tiene, ni en función de qué libertad creativa, que también hay que dar por sentada, a comercializar pesadillas tan crueles como inútiles protagonizadas por personajes e historias tan inadmisibles y podridas como nefastas con el único motivo de entretener a un público que probablemente admitiría y disfrutaría con otros guiones menos sangrientos y más inteligentes. Sin mencionar esos otros y desgraciados casos aislados en los que un pobre tipo encuentra en cualquier tour de force cinematográfico la ‘imaginativa’ fuente de inspiración para hacerse un hueco en las noticias del mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Librerías

Caminaba por la Gran Vía madrileña, dirección Plaza de España, cuando inconscientemente, más intrigado que curioso, me puse a buscar la fachada de la Casa del libro en la acera de enfrente. Recorría los edificios hacía arriba y hacia abajo buscando con la mirada y no daba con ella, y no, no me había confundido, debería estar más o menos frente al lugar en el que en aquel momento me detenía. Hasta que otra sorpresa castigó mi curiosidad: no estaba, en el lugar en el que debía estar la puerta de entrada y los escaparates a cada lado solo podían verse varios pilares metálicos desnudos como esqueleto de una planta baja ahora desparecida, un único y enorme hueco que mostraba más oscuridad que escombros. Era lo que quedaba de la no sé si antigua Casa del libro.

Sin pensar en obras temporales o de renovación me fue más fácil admitir que se trataba de otra librería que también desaparecía, una más, y con esta ya no quedaba ninguna de las que me fueron suministrando los libros durante mis estudios, o los que compraba por el placer de la lectura. Ni la efímera El tranvía, creo que en la Plaza de las Cortes, ni la especializada Miessner, junto al Centro Dramático Nacional, cuando las librerías se robaban empleados, cotizados profesionales del libro a los que preguntabas con la seguridad de que te informarían sin ningún género de dudas acerca de ese volumen que desgraciadamente estaba agotado, a punto de llegar o del que posiblemente aún quedaba algún ejemplar dentro, el cual te irían a buscar y traer de inmediato si así lo deseabas. O la constantemente renovada Fuentetaja, la que más juego daba a la hora de encontrar aquello que ya dabas por imposible, convencido de que si el libro que buscabas o necesitabas estaba disponible lo tendrían allí, o al menos te dirían dónde o cuando. Sin olvidar la pequeña Paradox, con aquel señor de aspecto despistado portando unas gafas con los cristales más gruesos que habías visto hasta entonces, quién te atendía de inmediato con más efectividad y rapidez, si cabe, que un terminal informático, y si coincidía que disponían de algún ejemplar rápidamente se encaramaba a una pequeña escalera para llegar al estante más alto, junto al techo, y alcanzarlo presto y sin dudas, para después acercárselo a tan solo un par de centímetros de los cristales de sus lentes y confirmar que, en efecto, estaba donde sabía que debía estar.

Ya no queda ninguna. Pensando en ello parecía como si estuviera llorando el final de una época, pero sobreponiéndome al tono melodramático de pronto advertí que probablemente el equivocado era yo, estaba mirando al pasado, los libros eran el pasado cuando el presente, y sobre todo el futuro, lo tenía a mi espalda. Así que me di la vuelta y me uní al numeroso grupo de manteros que con sus productos expuestos a sus pies ocupaban toda la acera de la fachada del edificio hacia el que ellos y yo levantábamos la vista, Primark, el futuro. Ese enorme espacio, tan antiguo, o más, como alguna de las librerías de las que he hablado, un renovado inmueble que todavía podía presumir de lucir en su estructura unos limpios remaches de un blanco inmaculado afianzando la enorme araña metálica encargada de resguardar a una multitud de personas, miles, que no paraban de subir y bajar portando o tirando de carritos repletos de telas de todo tipo, hipotéticas prendas de vestir arrojadas al cesto de cualquier modo, dando la impresión de arrastrar un revoltijo de trapos o retales que podían servir para cualquier cosa. Una multitud interminable que entraba y salía sin interrupción, resoplaba, se quejaba, se enfadaba en voz alta pero no por ello dejaba de revolver cajones y estantes poseída por un frenesí que no parecía humano.

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Libre apuesta

Quizás haya todavía simples o muy despistados que crean casualidad la apertura de un negocio donde el propietario puede o le apetece y que tal circunstancia no deje de ser una cuestión que a otros muchos probablemente les da exactamente igual porque no les afecta como tampoco lo hace a quienes nunca se fijan porque andan más dedicados a sus cosas -bienvenidas si son propias y no impuestas- tal y como lo están los verdaderamente preocupados por el rumbo que vienen tomando sus vidas incluidas sus posibilidades reales de decidir sobre ellas junto a la mayor o menor claridad de su futuro mientras van de un sitio a otro moviéndose por lugares de los que solo advierten lo que el resto de los humanos cuando desfilan ante un gigantesco universo de publicidad que fomenta un consumo al que nos hemos habituado sin advertir que previamente nos habían preparado para considerarlo bien visto desde nuestra perspectiva de consumidores dominando sobre la hipotética y más antigua condición de personas que simulan o prefieren no darse cuenta porque en principio no les afecta que tal y como leía hace unos días por cada cuatro institutos de enseñanza o centros de Formación Profesional haya un establecimiento de apuestas justo al lado junto al que se pasa sin querer saber ni opinar porque nos hemos habituado a mostrar un higiénico e hipócrita respeto que pretende ser ignorancia o indiferencia cuando no pura impotencia al estar tan embebidos en nuestras propias carencias convertidas en una forma de ser que mira directamente a un enorme vacío excepto cuando toca preocupamos por nosotros mismos según nos lo recomiende cualquier listo o propaganda que pretenda hacer negocio a nuestra costa en una sociedad que permite que tinglados tan agresivos y desafectos como los nidos de apuestas se instalen junto a sus centros de enseñanza demostrando con ello que se trata de una sociedad gravemente enferma que ni siquiera llega a comunidad al permitir que mercaderes sin escrúpulos intenten explotar las flaquezas de sus jóvenes ambicionando captar su voluntad de hoy y de mañana junto al mucho o poco dinero del que disponen bajo el pretexto de la libertad de empresa que gobierna despóticamente una especie de agrupamiento o colectividad no sé si atontada o completamente perdida incapaz de actuar contra tales sujetos expulsándolos lejos de las proximidades de los centros de enseñanza e impidiéndoles hacer negocios a costa de las debilidades de sus menores y su poco esperanzador futuro desgraciadamente endeudado que ni siquiera tiene aspecto de afortunado porvenir al estar adornado con más oscuridad que luces que desgraciadamente muy poco o nada pueden alumbrar contra los modos de una economía tan agresiva como absurda e irracional dedicada al ciento por ciento a manipular sin escrúpulos tanto a los presentes como a sus descendientes…

 

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Viajar

No sé si en algún momento de la historia tantas personas viajaron tanto como ahora, pero lo que sí sé es que nunca se ha hecho de forma tan innecesaria y vacía como en la actualidad.

El viaje es el traslado, ir, el tiempo invertido en llegar, una aventura, cualquiera sea el lugar y motivo originario del propio viaje. Y una vez alcanzado el destino comenzaba otra etapa que nada tenía que ver con el viaje en sí, correspondía cumplir el objeto del mismo y dar solución, si era el caso, a una serie de necesidades y/o satisfacciones que motivaron el abandono del hogar. La estancia, más o menos temporal o incluso extensa hasta hacerse casi permanente, era otra cosa, podía tratarse de unas pocas horas, días o meses, incluso años; en cualquier caso el nuevo lugar obligaba a permanecer y observar, a curiosear, conocer, admirar, saber y aprender para luego formarse una idea y tener constancia del tiempo y modos de vida de aquellos semejantes a los que tal vez el azar instaló en aquella tierra que les modeló del modo del que ahora sabemos y en algunos casos jamás habríamos imaginado de no haber viajado hasta allí.

Hoy sin embargo el viaje se pretende motivo principal, incluso necesidad, pero paradójicamente ese viaje se parece más a una especie de teletransporte tipo Star Trek que a un proceso temporal más o menos dilatado, de tal modo que el propio viaje es lo menos importante, incluso un fastidio, porque viaje significa preparaciones, traslados, embarques, esperas, dificultades etc., un tiempo que a nadie interesa y a todos incomoda; con otras personas intentando lo mismo, incluso muchísimas, demasiadas igual de ofendidas renegando de forma similar sin que les preocupe que son excesivas para cualquier tipo de viaje. Así que el viaje, viajar, está dejando de existir, si no lo ha hecho ya, porque en la actualidad el tiempo que implica llegar es directamente considerado tiempo perdido.

Pero tampoco hay lugar de destino, o destinos, ni rutinarios ni especiales, ni deseados ni personalmente soñados, solo son imposturas, la obligación de rentabilizar el tiempo que sigue al viaje acumulando lugares con los que elaborar una lista cuanto más extensa mejor, aunque ello implique pasar a toda velocidad y sin ningún interés por el mayor número de referencias posible, da igual el modo, la obligación -nunca personal o propia- o la forma, el caso es regresar en un suspiro con una tabla de ítems lo más numerosa posible. El porqué de todo ello es lo de menos, ni siquiera sirve contarlo, no se puede ni se sabe contar lo que no se ha vivido.

No hay que olvidar el mayor inconveniente para este ridículo viajero, tropezar, después de haberse molestado en acudir, con unos modos de vida a los que no desea adaptarse, le llevaría un tiempo descubrir y comprender o simplemente no le interesan; una infinidad de incomodidades locales agazapadas en cualquier rincón que pueden convertir el viaje en un infierno que a estas alturas el hipotético viajero, respetado portador de sagrados derechos, no está dispuesto a soportar, aceptar y mucho menos entender. Por eso exige, ya de partida, además de un tiempo de transporte minimizado, que el obligado destino invente, cree o se adapte a sus modos y necesidades -caprichos. Porque lo que el necesitado y algo despistado habitante del lugar o lugares de destino no sabe, ni se imagina, es que el hipotético viajero le hacer un favor con su viaje y estancia, da igual el motivo y no viene a cuento el interés o la necesidad que el local tenga de ella. El nativo ha de entender que el supuesto viajero le está haciendo un favor, incluso facilitándole la existencia, casi afirmando con su presencia que sin él no podría subsistir, no tendría donde caerse muerto, no existiría.

Durante siglos muchos hombres han vivido y han sabido de la vida y el mundo sin necesitar salir de su pueblo o comarca, a poco que sus atribuciones intelectuales funcionaran con normalidad no tenía más remedio que reconocer que hombres como él había muchos -no le preocupaba cuantos- y lugares donde vivir tantos o más, luego asumía su papel como otro más sin pretender adueñarse ni hacer listas de ningún tipo. Y si la curiosidad le picaba en exceso se atrevía a dejarlo todo para viajar sin saber, atravesando lugares donde vivían otros como él, en los que se detenía y preguntaba, se admiraba y se despedía como un amigo.

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Comprar bebés

A la hora de abordar algunos temas, más o menos espinosos o pretendidamente conflictivos, como puede ser el de la gestación subrogada, cuesta entrar en ellos o enfocarlos de forma conveniente debido a que afectan a gente y sensibilidades fácilmente predispuestas a acusar al intruso en su particular problema de tendencioso o directamente interesado en salirse con la suya, o simplemente de no tener ni idea de qué va la cosa al no ser uno de ellos, como si fuera un imbécil, más cuando la opinión proferida no coincide con la de una hipotética mayoría perjudicada o sufriente (Aclaraciones: discusión que dependerá de los intervinientes y cuánto de los propios intereses y prejuicios se pongan en la conversación, ingredientes que harán difícil o imposible un acuerdo ni siquiera lo suficientemente genérico para que acoja a un mayor número de personas; en cuanto a las sensibilidades, más bien hablamos de un ridículo eufemismo encargado de tapar lo que solo son, como decía antes, intereses egoístas y prejuicios sin resolver).

Por eso suele resultar más inquietante y clarificador, sobre todo en este asunto de la gestación subrogada, ir directamente al grano a partir de las opiniones y comentarios de los mismos implicados, porque cuando se habla, y más si se hace sin pensar, sin reflexión previa, se dice sin reservas lo que en realidad se cree y piensa sobre el asunto del que se trate; por eso vienen bien las palabras de uno de los inesperadamente embrollados y aquejados por un supuesto problema diplomático que hace unos días dejó a la luz pública sus negocios de paternidad, problema diplomático misteriosamente desaparecido de las noticias sin previo aviso -luego los interesados han decidido moverse y actuar al margen…

El señor en cuestión decía que “…ahora tenemos en Ucrania a nuestro futuro hijo creciendo dentro de una barriga ajena y no sabemos nada de él ni de la madre que lo está gestando por nosotros”. “Mi mujer llora a todas horas, todos los días”. Esto después de haber pagado 49.000 euros por el paquete VIP, ¿cuánto pagan los desgraciados normales y qué tipo de bebé les ofrecen?

Se podría empezar por cualquier sitio y discutir hasta el hartazgo, incluso llegar a las manos, sobre todo a partir de esa indisimulada soberbia e insolente desprecio que concede el dinero a quienes consideran que uno de sus derechos naturales es estar por encima del resto en función de lo que poseen. Porque en muchas más ocasiones de las que nos gusta reconocer las cosas son más sencillas de lo que aparentan, y nunca más que cuando los directamente intervinientes, cualquiera que sea el asunto o motivo, son adultos libres que actúan por propia voluntad, sin estar condicionados por cuestiones económicas, de necesidad o de pura supervivencia.

Y no siendo esa la situación, la única que creo viable o legal, es fácil deducir que pronto aparecerá una mafia sin escrúpulos dispuesta a organizar en su beneficio suculentos negocios; en este caso a partir de unos más o menos desesperados e hipotéticos padres económicamente solventes y con derechos -¡ojo!- y unas mujeres en mala situación económica o directamente sin medios ni ingresos que intentan salir adelante en países menos desarrollados, mujeres apremiadas por el futuro de sus propias vidas dispuestas a alquilar sus vientres a desconocidos por intercesión de terceros, ¿a cambio de cuánto y en qué condiciones?

Silencio. Suele ser la solución o resultado final cuando la mezcla de los intereses y variables intervinientes, económicos, de derechos o morales, son de peso; circunstancias y presuntos conflictos que finalmente acaban materializándose en una forma de poder que posibilita una situación de fuerza impuesta, al margen de circunstancias personales que merecen todo el respeto, a quienes necesitan algo más que un hijo para poder seguir vivas en este mundo.

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Desnudos

Hace unos días un hombre y una mujer de triste aspecto posaban desnudos en el Museo del Prado delante de los cuadros Adán y Eva de Durero, probablemente para reivindicar algo que supongo no sería un desnudo triste.

Ignoro las intenciones de tales personajes y por otra parte me hace gracia la mojigatería del periódico donde vi la fotografía publicada, la zona genital de ambos aparecía discretamente difuminada, no me explico el motivo y me suena a chiste que todavía haya prensa tan hipócritamente recatada preocupada porque alguien pueda alarmarse o reclamar por un desnudo. Aunque probablemente me exceda en mi optimismo y todavía siga habiendo seres, no se me ocurre otro modo de llamarlos, que consideran ofensivo la visión de un desnudo… puedo entender que de mal gusto cuando el desnudo parezca obsceno, grosero o exceda o ridiculice cualquier patrón mínimamente moderado de carnes… ¡ah! pero ¿cuál es el patrón para considerar un desnudo como moderado, obsceno, grosero, ofensivo o excesivo en la actualidad?… ¡uf! menudo tema… pero no voy por ahí.

Dos tipos tristes delante de unos cuadros de Durero no dejan de ser dos tipos tristes desnudos con poco que ofrecer ni reivindicar, probablemente la mediocridad del cuerpo humano ante la belleza del arte como humano intento de superación de las propias miserias de ese mismo cuerpo. Lo que no deja de ser una patética actuación que ni siquiera llega a excentricidad, tal vez las carencias de dos tipos incapaces de hacer otra cosa consigo mismos. Desconozco los motivos de su cutre exhibición, pero cualesquiera que fueran no debían de ser muy importantes… ¿o se pretenderían artistas y aquello se trataría de una perfomance de aquellas tan de moda hace unas décadas?

La imagen mostraba una sórdida pareja de solitarios necesitados de público ante el que mostrar su desnuda incompetencia a la hora de crear otra cosa que la exhibición de sus propias miserias, y eso no da para mucho. El cuerpo muestra lo que somos, es una permanente nota a pie de página a consultar por todos aquellos que se pretenden más de lo que son, es nuestro carnet de identidad, y en algunos casos ya empieza a perder color y las renovaciones caducan cada vez más tarde. La naturaleza proveyó a la especie humana de dos sexos -como a la gran mayoría de las especies- para que pudiera reproducirse y, como todos sabemos, ambos sexos muestran diferencias apreciables; por ese lado no hay mucho más que contar. Pero la especie humana inventó la cultura, una creación específica y exclusiva, un elemento que ha devenido crucial en el desarrollo y evolución de la propia especie, hasta el punto de que a partir de ese factor cultural se fue consolidando y ampliando una, digamos, variación que como tal se ha ido separando de la naturaleza a partir de la cual se constituyó y dio sus primeros pasos. Por eso el hombre actual, exceptuando el inevitable soporte material y sus rudimentos sexuales, tiene cada vez menos que ver con sus antepasados homínidos, y con el paso del tiempo se irá alejando cada vez más, hasta que, tarde o temprano, llegue un futuro en el que apenas queden restos del sustrato físico original de lo que antiguamente se denominaba un cuerpo humano. No hay que darle más vueltas.

El mundo se mueve de otro modo y la mayoría sabemos cómo, solo tenemos que asomarnos, aunque desgraciadamente siga sin gustarnos; pero desnudarse no conduce a ningún lado, tal vez a mostrar un aburrido y triste ombligo que ya abulta demasiado en cada uno de nosotros, ya no digo en los desnudados. Hacen falta palabras y golpes si queremos llegar a los demás, sea cual sea el objetivo. Un desnudo como el de esa pareja solo puede producir indiferencia, risa o escarnio.

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Ciencia

Leyendo una revista científica llego a esta frase: “…emplea un pulso de unas decenas o cientos de femtosegundos (hay tantos femtosegundos en un segundo como segundos en 32 millones de años)…”

E inmediatamente después pienso que la primera impresión en cualquiera que lo lea, incluidos quienes gusten o se dediquen a la ciencia a niveles tan especializados, es quedarse como si tal cosa, por no decir incapaces de ir más allá de las palabras, como si hace tiempo se hubiera desistido del esfuerzo por comprender o imaginar; no digamos visto o sentido aquello que se describe, cuestión que junto a muchas otras sí puede afirmarse con toda seguridad que es imposible que alguien haya podido presenciar o asistir -por decirlo de algún modo-, dadas nuestras limitadas capacidades. Pura teoría para ejercicio de expertos en búsquedas que intentan el cielo, y creo que para muchos Dios es más fácil de aceptar y entender -dentro de lo que cabe- que este tipo de conceptos y medidas. La diferencia es que estas, digamos, invenciones o creaciones obedecen a estímulos e inquietudes exclusivamente humanas, lo que me lleva a darles un margen de confianza que puede no significar nada porque mi comprensión es mucho más limitada.

Tal vez a otros muchos estas cuestiones les parezcan irrelevantes o simplemente absurdas, y piensen que la ciencia y sus problemas son malabares de especialistas que sirven para bien poco en la vida que solemos denominar real; mal asunto, pero la próxima vez que suban en un avión piensen en por qué no se cae y cómo llegará a su destino sin ningún problema, y multiplique ese vuelo por los miles que cada día surcan el cielo del planeta y en los que no sucede nada digno de mención. O que a la hora de manipular su querido y esmeradamente elegido teléfono móvil intente imaginar las matemáticas y la física que hacen funcionar aquello para su deleite y la ingenua y placentera sensación de sentirse dueño del mundo, cómo ese minúsculo dispositivo que tiene pegado a su oreja convertirá su imagen o su parloteo en ceros y unos y los enviará codificados a la velocidad de la luz hasta otro dispositivo, da igual en qué parte del mundo se encuentre, que volverá a descodificarlos para convertirlos en el sonido de una voz que un oído amigo reconocerá como querida.

Más, que cada cual intente recordar quién le hizo odiar las matemáticas y la ciencia en general, porque eso de ser de letras es una falsedad como otra cualquiera, nadie nace con un odio o aversión genética a nada, todo lo contrario, sino que hubo un triste momento en su infancia que un ajeno o ajena incompetente para las tareas docentes le hizo ponerse en contra de lo que ahora cree odiar desde siempre, casi desde cuando nació, cuando se trata de una de tantas inaptitudes impuestas tomadas inconscientemente como partes indisolubles de uno mismo.

No intento que cada hijo de vecino muestre de pronto un inusitado interés por la ciencia o directamente se convierta en un apasionado aficionado abducido por ese mundo tan extraño e incomprensible para los humanos corrientes, aunque más nos valdría; siempre será más inteligente admitir, no sin cierta admiración, que nuestras vidas dependen hoy al ciento por ciento de ella, además de no olvidar que, al abrigo de nuestra indiferencia y en nuestra contra, existen desalmados que la utilizan para manipularnos desde el momento de nuestro nacimiento hasta nuestra muerte. Como cierto es que sin ella nos sentiríamos como deshechos, como ceros a la izquierda de la coma, si no lo somos ya, a la hora de valernos y explicarnos por nosotros mismos.

Así que, la próxima vez que por casualidad caiga en sus manos un texto parecido no lo deje pasar ni lo aparte con obviedades de catetos, tampoco se dé por vencido por no llegar a comprenderlo, cuestión probablemente imposible dadas las limitaciones intelectuales de la mayoría, todo lo contrario, siéntase curioso y hasta admire que semejantes nuestros hayan sido y sigan siendo capaces de utilizar y exprimir hasta ese punto el mismo instrumento con el que el resto de los humanos, con solvencia de simples, despachamos emoticones y trivialidades.

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Simplificando

Están quienes dicen pasar de política, razonada decisión que gustan airear a los cuatro vientos dándose un aire de suficiencia que tiene mucho de simpleza mental, hasta que algún desaprensivo, que también dice pasar de la política, les cobra el pan como si fuera oro; entonces aparecen los no hay derecho, esto no puede ser o no se debe permitir que cada cual haga lo que le venga en gana etc. Un final de la historia ya sabido que no por ello hará entrar en razón al sujeto en cuestión, seguirá en sus trece porque él está por encima de esas vulgaridades, hasta la siguiente ocasión en la que le toquen el bolsillo. Este tipo de imbéciles han existido siempre.

Están los que no quieren enterarse de lo que sucede a su alrededor, como si esa especie de realidad que todos conformamos no fuera con ellos, no se meten con nadie luego déjenlos en paz, hasta que un día se te cuelan en la cola del pan o dejan el coche delante de la puerta de un garaje como si lo suyo fuera un derecho y el garaje una anormalidad; se les recrimina y entonces aparecen los era solo un momento, ¡ya! ¡ya me voy! o aquello de tampoco es para tanto etc. Otro final ya sabido que no por ello les hará sacar la cabeza del agujero en el que viven, hasta la siguiente vez que tropiecen con un vehículo al cruzar una calle por donde no debían y, si quedan vivos, denuncien sin ningún rubor al conductor por no haberlo visto, pues era él quien estaba delante, y él no son los demás.

Están los que rebuznan aquello de que cada cual puede hacer lo que quiera mientras no me quite lo que es mío, posesivo que implica lo que me corresponde según mi voluntad, algo parecido, más o menos, a lo que me dé la gana; hasta que alguien les hace saber que no están solos, que los demás también tienen aspiraciones, incluidas las económicas, y que en la mayoría de las ocasiones las de unos se mezclan con las de los otros, luego es necesario sentarse y organizarse para que unos y otros puedan tener o acceder a lo que creen merecer sin que ello suponga dejar a otros sin lo que tal vez les hace más falta o se merecen mucho más. Tiempo perdido, su retraso cerebral les hará sentirse igual de violentos y ofendidos, porque su estrechez no da para más, aquello de vivir en común o cooperar queda para los que no saben mamar y las ONG.

Y se preguntarán, esto para qué, dónde quiero ir a parar… me explico. No queremos enterarnos, y hasta nos molesta, de la constante matraca del llamado problema catalán, runrún con el que prensa y noticiarios televisivos nos atormentan diariamente, y tres formas, entre otras, de no querer enterarse las ejemplifican los tres casos anteriores, la del que afirma que no le interesa la política, la de quien vive como los avestruces, como si la cosa no fuera con él, y la de quienes dicen hacer lo que les viene en gana y lo de los catalanes se la suda. Pero el problema catalán no es un simple enfrentamiento entre nacionalistas españoles y nacionalistas catalanes, ambos igual de retrógrados, xenófobos y reaccionarios, sino que se trata de un problema interno en un país en el que viven muchas más personas, y por ello toca una convivencia común que nos identifica, querámoslo o no, en todo el mundo. El problema catalán es tan español como catalán, y la violencia que destila entre personas que viven juntas pone los pelos de punta. Que los políticos de este país hayan sido incapaces durante décadas de forjar y hacer creíble un proyecto de Estado común -que lo había- a partir del fin de la dictadura habla de la incompetencia de unos y de la rastrera y miserable mala fe de otros, amén de la ignorancia y del analfabetismo democrático de sus habitantes. Pero tanto resentimiento y violencia contenida en gente que se dice normal no es buena, porque antes no la había. Se nos olvida que el presente es nuestro, y el mundo que nos movemos inevitablemente ha de ser común, lo que deja todo tipo de hipotéticas cuentas pendientes para otro momento, para cuando arreglemos nuestra convivencia con los materiales de que ahora disponemos, que los hay y en abundancia. De no hacerlo tarde o temprano nos acabará afectando allí donde más nos duele, a todos sin excepción, si no lo está haciendo ya.

Porque nuestra vida es ahora y mañana te pueden subir el pan y tendrás que aguantarte por no haber puesto los medios para que no sucediera, te recriminarán en la cola o te multarán por aparcar donde no debías y tendrás que pagar porque no podrás alegar desconocimiento de las normas, o te atropellará mortalmente un coche porque simplemente no te había visto y entonces, desgraciadamente, no tendrás opción de denunciarlo.

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Yeyé

Mis neuras:

Escucho yeyé y no sé qué decir, intento regresar a aquel momento de mi vida en el que lo yeyé supuestamente era y es peor aún, solo veo dictadura y subdesarrollo, jóvenes sin posibilidades en un país de medio pelo, en una región completamente pelada, habituados a apañarse con cualquier cosa y aleccionados por las radios y la televisión del régimen, modernos de entonces por sus pocos años, eso sí, con el vigilante y devoto beneplácito de la iglesia…

Oigo fiesta yeyé y me pierdo… cincuentones, sesentones y setentones hablando y bailando… además, quién quiere recordar una época de su vida en la que el régimen apenas dejaba respirar y el único tesoro que poseíamos era nuestra ignorancia… qué se añora de aquello… que fuimos jóvenes… como el resto de las personas… qué patética nostalgia pretende revivir aquella época… una música más bien cutre… ¿o los cutres éramos nosotros?… por qué alguien querría volver allí… ¿en busca de algún amor?… a presumir de qué… por qué no felicitarse por lo que somos ahora y porque aquella época permanezca definitivamente encerrada en los baúles de la historia…

Me cambio al mundo de la música y solo recuerdo flamenco y canción española, mucha canción española que imprimía carácter y renovaba tradiciones, del régimen… y las primeras versiones y traducciones al acerbo nacional de los ritmos anglosajones originales, todo bastante casposo y atropellado, como de cartón piedra…

Intento comparar, por ejemplo, Madrid con los pueblos de por aquí y las diferencias son abismales… me queda imaginar que en la capital sí habría mayor movimiento, gente que viajaría al extranjero y traería de vuelta en la maleta, con las consiguientes precauciones, algo de lo que movía a la gente de la misma edad más allá de los Pirineos… entre ello la música…

El resto eran ganas por ser jóvenes y más de lo mismo… trabajar y trabajar.

Busco libertad y futuro y no los encuentro…

Si preguntáramos a la chavalería actual qué entienden por yeyé probablemente no tendrían ni idea de qué les estábamos hablando… los más aventajados tal vez sacaran del teléfono a Conchita Velasco recatadamente vestida con minifalda permitida y un cardado de altura cantando bajo la católica supervisión del censor de turno…

En fin, una cosa son las fiestas y las ganas de pasárselo bien y otra muy distinta la memoria o su fidelidad… además ¿a quién le interesa la verdad o la vida de entonces cuando de lo que se trata es de divertirse a toda costa hoy?… otro agorero reprimido…

 

La solución:

Tras el tiempo perdido y tanto pensamiento inútil compruebo con mis propios ojos que una fiesta yeyé es un negocio público para jóvenes apesebrados vestidos de jipis -¡qué tendrá que ver la contracultura de la costa oeste norteamericana con la dócil, beata e ignorante juventud de una dictadura fascista!-; gente consumiendo garrafón y música discotequera de cualquier jaez hasta el amanecer.

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