Tribalismos

No siempre se está al tanto de lo que sucede, son muchas las cosas y nuestras evidentes limitaciones dan para lo que dan, en algunos casos para salir del paso a costa de un prontuario de necesidades básicas que nos mueve como zombis entre el resto. Dicen que hay tipos que son capaces de observar y/o captar mentalmente, como quien no quiere la cosa, si no todos los detalles sí una gran mayoría de lo que sucede alrededor sin apenas esfuerzo, el uso que de ello hagan es otra cuestión; hemos visto alguna que otra película en la que el “prota”, adiestrado por el servicio secreto de turno, es capaz de ver hasta debajo de las piedras y ponerse en guardia antes de que el enemigo vigilante se dé cuenta de lo que todavía no se ha dado cuenta.

Para la gente normal el entorno físico que nos rodea es lo que es y su mayor o menor percepción y/o influencia depende del estado de ánimo en el que se halle el sujeto; puede apabullarnos, hasta expulsarnos o, por el contrario, permitirnos movernos por él como Juan por su casa. En esta ocasión ni el estado de ánimo ni el lugar colaboraban, el cansancio y las obras nos conducían, directa e indirectamente, a la salida de allí, y mirar hacia arriba solo sirvió para detenerme en la fachada del Ministerio de Educación, edificio de aspecto bastante similar al estado en el que se encuentra lo representado por las letras de la fachada, un traje viejo que parece hoy más envejecido si cabe, una antigua estructura cubierta de polvo todavía en pie entre vallas y andamios de una obra pública que parece de nunca acabar.

Cada cual intentaba a su modo salir de aquel atolladero y dirigir sus pasos hacia lugares al menos más libres a la hora de caminar y desplazarse a gusto. Sonaban lo que parecían cohetes o petardos, y al no haber ningún festejo conocido a la vista algunos nos mirábamos o inclinábamos la cabeza hacia el lugar del que creíamos provenían los estampidos.

Así, sin saber cómo, nos fuimos aproximando donde, sin percatarnos directamente; aunque es cierto que comenzaban a aparecer, sin un orden o frecuencia precisa, algún que otro agente de la Policía Nacional. Como decía al principio, hay ocasiones en las que uno va en sus cosas y no da para más, el entorno no parece un lugar interesante, es eso por donde hay que pasar. Hasta que, llegando a la plaza, los petardos se convirtieron en voces, muchas y sin un orden aparente, que no eran de músicos callejeros. Más gente acudía, supongo que la mayoría porque aquella zona les pillaba de camino y otros por pura curiosidad, a ver qué pasa ahí. Una vez en la plaza y tras atar cuatro cabos, por aquello de observar o saber dónde y qué día no me fue difícil identificar.

El centro de la plaza estaba ocupado por una multitud de jóvenes que portaba banderas y coreaba consignas al unísono brazos en alto, de no estar presentes aquello muy bien se podría haberse confundido con un celebración ritual africana o, lo que es peor, con un mitin nacionalsocialista del Berlín de entreguerras. Pero la cosa no era para tanto, aunque el resultado final fuera similar, se trataba de una reunión, cabe entender que espontánea e inocente, de jóvenes aficionados de un equipo de fútbol coreando, supongo, consignas y arengas que todos parecían conocer y con las que, visiblemente enardecidos, convergían en una comunión que, bien orquestada por las perversas intenciones de cualquier mente aviesa, podría haber sido dirigida donde aquel quisiera. Curiosos y prensa gráfica se asomaban encaramándose donde tocara con tal de obtener imágenes o ver directamente los enfervorizados rostros de tan exultantes y fieles feligreses. El tumulto centraba la atención de las calles adyacentes y muchos se detenían y comentaban. Por una de esas calles ya descendían varias furgonetas de la Policía Nacional repletas de agentes equipados de la cabeza a los pies para esas hipotéticas situaciones hacia las que suelen derivar algunas aglomeraciones públicas. Nosotros nos fuimos.

Tal vez para muchos sea una obviedad que ni siquiera merece la pena resaltarse, pero, en números tan grandes, ese tribalismo del que todavía no nos hemos desprendido como especie sigue constituyendo un elemento de cohesión y pertenencia, y hasta de sacrificio, del que últimamente se viene alimentando tanto la política nacional como la internacional. Mientras, cada cual va de camino a sus cosas, hasta que un día nos cierren la plaza.

 

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

Perversión

No creo que fuera por la hora ni por el lugar, aunque a primera vista pudiera parecerlo, un sábado por la mañana en la inevitable cerveza antes de comer en un bar repleto de feligreses ejercitando esa costumbre tan local de darle al gaznate y a la lengua cuando la oportunidad y los amigos así lo requieren.

No era temprano ni tampoco tan tarde como para que el ambiente general ya hubiera sido alterado por los líquidos y el obligado calor de la reunión; sucede que en esos lugares uno sale y entra del grupo en función de los saludos y los conocidos a los que hace mucho que no veía o con los que antes de ayer dejó a medias una conversación, la que precisamente ahora acabas de recordar cuando, pasando a tu lado, has vuelto a saludar e inevitablemente tu cabeza ha regresado donde entonces. Y en este ir y venir uno de mis acompañantes, algo perdido desde el último tema de conversación antes de su momentánea salida, preguntaba de qué estábamos hablando… ¿De política…? Qué mejor en los tiempos que corren… -le respondía alguien.

Y tal como podrán suponer la respuesta fue el detonante del resto de la conversación que a partir de entonces monopolizó al grupo. Que si esto va francamente mal… que si los trabajadores han perdido las referencias… el poco dinero que se gana para las horas que se trabajan… los contratos precarios… la imposibilidad de comenzar una vida mínimamente digna sin un trabajo decente, con lo que significa en cuanto a futuros directamente imposibles o embargados hasta casi la muerte… o de la violencia, su vigencia o su desesperada necesidad, único modo de hacer recapacitar al sistema etc. -y que conste que yo no soy violento-, intentaban justificarse los más serios y responsables. Así, la conversación se fue enredando y enriqueciendo al mismo tiempo, no íbamos a llegar a las manos y había un interés general por entender y no rebajar aquello a otra charla de taberna. Luchas de otros siglos que hoy han perdido no la validez pero sí el nombre, algo que suena ha pasado; hoy los obreros, ni siquiera los de cuello blanco, existen, son de otro siglo, hoy la gente se siente trabajadora, no obrera; o empleado, o emprendedor, si dispones de un coche de segunda mano en el que pintas de forma precaria: Se hacen todo tipo de trabajos caseros.

Y elevando un poco el tono de la conversación llegábamos a la conclusión de que la violencia no solo está en la calle y se dedica a romper escaparates y volcar contenedores de basura, la violencia también está en el tipo del banco que te aconseja y recomienda, como si fueras un cliente de confianza, lo que sus jefes le han dicho que te recomiende y te venda -o no fue violencia que empleados modelos, con su propio interés en llenarse el bolsillo si obedecían bien las órdenes, vendieran preferentes de ese banco cuando todos sabían que aquello era un timo. ¿Cuánto se llevó o se lleva el diligente empleado, sí, ese en el que confiamos como niños cuando nos sentamos en la mesa de la oficina bancaria alardeando inconscientemente de que nosotros sí tenemos un gestor personal que se preocupa expresamente de nuestro dinero? Precisamente porque somos nosotros y no otros, especiales, así nos lo hace saber el del traje con su detallista atención. Como también es empleado el tipo que nos vende el coche que pretende, el que le deja más beneficios, que precisamente no era el que nosotros queríamos o al que llegábamos en función de nuestros intereses e ingresos. ¿Cuánto se lleva el diligente empleado a nuestra costa y cómo se relame cuando ve incrementada con las migajas correspondientes su paga mensual? Creyéndose ya empresa cuando solo es otro pobre tipo al que largarán cuando la cosa se ponga fea.

Tenemos la en ocasiones desafortunada y humana costumbre de ser demasiado crédulos, de necesitar confiar ante el primero que nos ponga cara de sinceridad adornada con palabras amables que entienden y comprenden nuestras necesidades casi como nosotros mismos, que no son necesidades como tales -nosotros no somos unos necesitados, ni unos indigentes-, sino gustos claros y precisos de ciudadanos que eligen por sí mismos y precisamente dan con ese buen tipo que nos interpreta a la primera, y como nos aprecia, nos hace comprar ese producto un poco más caro de lo que pensábamos para nuestro presupuesto, pero no porque pretenda sacarnos el dinero sino porque precisamente tiene eso que en el fondo deseábamos y no nos habíamos dado cuenta que queríamos, hasta el punto de que una vez atrapados justificaremos nuestra elección, excelente elección, ante cualquiera porque ahí donde nos ven sabemos qué compramos y por qué.

Esa confianza en la otra parte que a veces tan desesperadamente buscamos y en la que caemos a las primeras de cambio es el objetivo de esa auténtica perversión, agazapada tras la sonrisa del que tan amablemente nos atiende, de la que tan difícil resulta escapar. Esa violencia sumergida que se alimenta con premeditación y alevosía de nuestras incautas, confiadas y necesitadas miradas.

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

Elecciones

Toca votar, toca oír a los mismos de siempre quejándose del negocio de la democracia, de esos cuatro listos que viven de la política a costa del resto y sistemáticamente se dedican a robar mientras puedan; queda preguntar a tan insignes y clarividentes mentes si eso de robar lo consideran tan normal como para hacerlo ellos mismos en su vida diaria, que probablemente será así, lo que deja bien a la vista una astrosa envidia de pusilánimes por no haber sido capaces de lanzarse al ruedo político y dedicarse también a robar con el beneplácito general, cuestión que probablemente no impide que pongan sus cinco sentidos a la hora de timar, falsear y aprovecharse de tanto incauto que no tiene la precaución suficiente de evitar caer en sus manos cualquiera que sea el negocio al que se dediquen.

Toca votar y oír a los mismos que predican sobre el buen corazón de todas las personas, del amor que falta entre ellas y de la bondad que nos redimiría de tanta maldad como hay en esta vida, de la ausencia de ese sentido común que sabiamente orienta hacia al redil a tanto descarriado perdido en un mundo sin fe ni esperanza en el que únicamente prima un individualismo cruel que solo es egoísmo; queda preguntarles si entre tanto amor va incluido aceptar de buena voluntad y resignarnos con nuestra situación presente como un mal menor, conformarnos y asumir de buen grado que hemos tenido la poca fortuna, que no desgracia, de venir a este mundo no en el lado equivocado sino en el que la sabia naturaleza, en su pura inconsciencia, nos ha otorgado, un lugar que, bien visto, nos propone el saludable y reconfortante desafío de esforzarnos en salir adelante por nosotros mismos. Esa misma naturaleza que, sin embargo, bendijo a otros con una vida de comodidades y holgura que se dedican a disfrutar como almas obedientes de una sabiduría tan antigua como la explotación entre humanos.

Toca votar, toca oír a tanto espíritu puro que nos prometerá la revolución definitiva, la tanto tiempo esperada a cambio de nuestra papeleta, una revolución que dará la vuelta a la tortilla sin que tampoco sepamos con qué resultado y si es esa nuestra verdadera intención a la hora de depositar el voto, por lo que habremos de renegar de lo que hoy mismo somos a cambio de no saber qué lugar y quién seremos en esa esperanzadora revolución en la que habremos de aprender a estar porque será todo nuevo. Un volver a nacer con otro nombre, otro espíritu, más guapos, más ricos, felices y justos, algo tan distinto a nosotros mismos que da miedo pensar en tanto cambio contenido en solo una papeleta en la que simplemente se nos propone pasado mañana.

Toca votar, y aguantar durante semanas a tipos honrados y no tanto obligándose a mentir sistemáticamente con tal de mostrarnos una cara amable que ellos y nosotros sabemos que no es cierta, aceptar de buen grado un simulacro social del que a estas alturas nos sabemos cansados, participantes obligados que por unos días intervendremos en conversaciones y parodias de las que en el fondo no nos fiamos, escondiendo nuestra voluntad e intereses por una especie de prurito de autenticidad del que aún nos gusta presumir cuando nos viene en gana en función de ese torero y tan local… a nadie la importa a quien voy a votar.

Toca votar y quebrarnos la cabeza sin querer, a nuestro pesar, a no ser que seamos de esos tipos auténticos y viscerales que en todo momento tienen claro de qué color es este mundo y cuál es su papel en él, que hay una única certeza, la suya, mientras que el resto vive prisionero y engañado, desorientado en un desconfiado y solitario desconocimiento de la verdad que confunde y aísla, abandonando sus voluntades en manos de una panda de mafiosos y truhanes sin escrúpulos.

Toca votar.

Publicado en Política | Deja un comentario

En el bar

Tomábamos un vino antes de regresar a casa, las nueve y media de una fría tarde-noche de invierno, en una cafetería medio vacía; en un extremo de la barra un solitario cubalibre de naranja a la espera de su hipotético consumidor, probablemente fumando fuera, y a un par de metros de donde nos hallábamos otro tipo amagado sobre su teléfono móvil, igualmente fumador por el paquete de tabaco junto a una bebida a medio consumir de la que no me preocupé.

Ya servidos y charlando sobre la pertinencia, o no, de la cena y su cantidad, nos sorprendió una voz hablando bastante alto con, no era difícil de imaginar, alguien al otro lado de un teléfono; la voz iba desmenuzando de forma embarullada y con medias palabras un sermón entre autoritario y taxativo de corte comercial -cuestiones más de negocio que laborales- que no dejaba resquicios ni opciones de respuesta, una única, desordenada y larga parrafada aderezada con numerosas expresiones malsonantes y amenazas contra un tercero o terceros y sus mal intencionadas acciones que, era fácil intuir, contaban con la fiel aprobación de la parte que escuchaba al otro lado del aparato. La razón indudablemente estaba de su parte, no había nada más que oírlo, con ese irrespetuoso discurso de tono elevado y despreciativo, casi vocinglero, del que desgraciadamente demasiada gente hace uso con tal de vencer al enemigo por goleada ya incluso antes de empezar -calificativo con el que desde un principio es considerado el incauto interlocutor por el mero hecho de preguntar, cuestionar e incluso existir, nada que tenga que ver con el entendimiento o la prudencia. Se acumulaban los tacos y las amenazas cuando ya veíamos al gesticulante diosecillo paseando de un lado a otro del local, un tipo pequeño, cuarentón y con la cara picada, vestido intencionadamente de sport con ropa de marca elegida a conciencia; vaqueros y camisa azul, chaleco de punto bajo una chaqueta corta también azul, zapatos marrones de punta y calcetines a rayas horizontales, conjunto coronado por un pelo oscuro, largo y engominado, que proporcionaba valiosos datos sobre su origen -tenía acento andaluz- y posible pertenencia social a cualquiera que se hubiera fijado en él.

En sus idas y venidas y entre aspavientos sentenciosos aún alcanzaba a pedir otro ron con cola a un camarero que al momento se ponía manos a la obra. Pero aunque los tacos no cesaban el discurso parecía haber cambiado, lo seguiríamos oyendo aunque hubiéramos tenido tapados los oídos. Porque “la cabrona e hijaputa” a la que ahora se refería parecía más cercana, hasta el punto de que le había, literalmente, sacado los cuartos en estos últimos reyes; que si las amigas… que todas lo quieren llevar… tres, me hizo comprarle, tres… de Calvin Klein, no podían ser otra marca… ciento cincuenta euros, así que, imagínate, cincuenta euros cada uno… el top y las bragas; y luego me cuenta cómo la envidian las amigas cuando le ven el top y las braguitas… pero… ya le he dicho a “la hijaputa” que no quiero que salga a la calle solo con el top… además, me ha sacado también un iPod y un iPhone 7. Así que… menudos reyes la niña, y eso que solo tiene trece años… y la pequeña, que tiene diez, un iPhone 10…

No sé si dejó de llamarnos la atención la conversación o perdimos el hilo, no recuerdo bien, a medida que se alejaba hacia el otro extremo del local; volvimos a saber de su presencia, ya sin teléfono, cuando, apurando de un trago la copa todavía sobre la barra, pidió otra más para llevársela a la habitación, porque era tarde y el día había sido muy largo.

Publicado en Relatos | Deja un comentario

Taxis

En el supuesto conflicto de los taxis nadie tiene razón y nadie tiene razón, es el mismo “y tú más” de costumbre del que se aprovechan quienes nunca aparecen en la foto; yo tengo lo mío que, mejor o peor, funciona y tú vienes a hacer lo mismo por menos dinero, con lo cual me revientas el negocio, así que te vas por propia voluntad o hago lo imposible por echarte.

Es curioso que en ningún caso cuente la opinión del hipotético cliente de ambos servicios, por llamarlos de algún modo, su parecer y de qué lado estaría en el caso se ser preguntado; tampoco creo que ese cliente, a la hora de hablar, se mojará por uno u otro bando sin, primero, mirarse el bolsillo, caso en el que la decisión sería mucho más fácil y saldrían perdiendo, como supondrán, los taxistas. Viene a ser lo mismo que ha sucedido, por ejemplo, con las tiendas de barrio y las superficies comerciales, grandes y menos grandes.

Sin embargo, no se trata, como nos dirán los expertos, de un cambio de comercio, la modernidad, los nuevos tiempos y todas esas memeces con las que los ideólogos del negocio intentan convencer a una población a la que le da lo mismo quien gane o pierda porque a ella lo que le preocupa es su propio monedero. Población a la que le gusta quejarse de los supuestos y falsos perjuicios y opinar cuando toca si tropieza con algún micrófono callejero -que falseará, entiéndase seleccionará, según sus intereses las respuestas en una dirección u otra-, y seguirá con la mano en la cartera hasta que el cansancio general agote a unos y a otros que, ajenos a legalidades y pérdidas de beneficios por parte del resto, volverán a la carga mientras encuentren fuerzas. Hasta que el hartazgo general deje de ser una mayoría silenciosa y se convierta en el dedo acusador que obligará a unos y a otros a cerrar o compartir el negocio porque de algún modo hay que salir adelante.

Estos supuestos conflictos sociales no son tales porque hace ya tiempo que se perdió el sentido de comunidad, así como el de trabajo cooperativo y la importancia de los beneficios colectivos, hoy prima un sálvese quien pueda mientras no me toquen lo mío; mejor amagado y sin hacerse notar, no sea que a algún espabilado le apetezca mi parte del pastel y se ponga a pensar cómo joderme mi medio de vida con la excusa de los tiempos que corren. Conflictos que irán saltando mes a mes, o de año en año, hasta que no quede parcela de negocio, real o hipotético, canibalizada por tanta startup a la moda, moderno invento, con etiqueta de emprendedor, que tiene como objeto entronizar, vía internet, a cada tipo como un soberano competente dispuesto a partirse la cara, veinticuatro horas al día y trescientos sesenta y cinco días al año, con quien toque por el bien suyo, de su familia y, como no, del mismísimo mercado. Hasta que cada individuo se convierta en un envidiado autónomo, único dueño de su miseria compitiendo a brazo partido por cada vez menos migajas con miles o millones de colegas, o enemigos, que jamás saldrán en común a la calle a pedir sensatez, juicio y solidaridad. Solo les quedaría morirse en la soledad de su wasap o su página web, sin responso ni testigos.

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

Costes

A día de hoy el niño desaparecido en Málaga sigue sin aparecer, y los enormes gastos que está generando su búsqueda siempre serán pocos si ésta tiene resultados positivos; esperanza que el espíritu humano se impone aún en contra de una experiencia, también humana, que va gravando cruelmente los días con sus leyes. Otro suceso que se explica por un encadenamiento de errores de los que nunca parecemos desembarazarnos, testarudos a la hora de la memoria y con tendencia a la reincidencia, enésima sucesión de imprudencias y descuidos que, como en este caso, pueden acabar con la salud o la vida de otro menor.

Nunca es demasiado cuando alguien, preocupado por las posibles consecuencias de los propios actos, repite esas rutinas necesarias con las que evitar desgraciados accidentes con los peores resultados. Como también sabemos de tantos que a la hora de reconocer un error echan mano de los recursos de Homer Simpson, aquello de… yo no fui, fue ese o… yo no estaba allí; vergonzosas artimañas de quien por temor, cobardía o simple inmadurez es incapaz de asumir sus propias faltas. Actitud que, sin embargo, se acepta sin rubor y sin que nadie sea capaz de afear al implicado la miserable intención de escurrir el bulto como si la cosa no fuera con él.

Como también hemos de aceptar que quien en su momento no puso la atención que debía, en su dolorosa desesperación e incapaz de valorar y asumir tanto la terrible realidad de los hechos como las consiguientes dificultades a la hora de reparar las consecuencias de su tremendo descuido, despotrique contra el mundo porque éste no se detiene de inmediato y se pone manos a la obra para tratar enmendar el desafortunado resultado de su falta, como si el mundo no tuviera otra cosa que hacer que ocuparse de los imprevistos que provoca su distraída cabeza.

Luego llegará la hora de intentar escapar de la quema, justificar de cualquier modo, mintiendo, las malas acciones, las ilegales, las irresponsables o directamente peligrosas que, también como niños, se intentarán tapar con tal de no asumir obligaciones y cargas materiales y penales, si las hubiere. Comportamientos pueriles en adultos más irresponsables, si cabe, que los propios niños. Vendrán las acusaciones mutuas, la tergiversación de los hechos, los intentos de ocultación de las más que evidentes irregularidades tanto civiles como en cuanto a seguridad, la desprotección, el descuido en la atención, la falta de previsión etc.; todo con tal de no responder por lo que desde un principio se sabía que estaba mal. Como críos intentando escapar del consiguiente castigo.

A lo que sumar el negocio audiovisual que generan las desgracias ajenas, el despliegue de una cruel hipocresía que se pretende información sostenida por redacciones y corresponsables en permanente duda entre la solución del problema y la prolongación en el tiempo del mismo, mientras genere beneficios; deseando en el fondo evitar su excesiva duración, lo que daría lugar a un hastío culpable del que cada cual iría escurriendo el bulto como si nunca hubiera estado allí.

Y todo para recuperar, salvo improbable milagro, otro cadáver inocente procurado por la estúpida irresponsabilidad y el mezquino egoísmo de los mismos adultos de siempre.

¿Quién paga todo esto?

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

Tirando del hilo

Uno de los gerifaltes del fútbol en este país afirma públicamente que las convicciones de Vox le parecen bien, que de seguir así les votaría; no es de extrañar porque en el fútbol inteligencia hay más bien poca, es un deporte de testículos, esos atributos en los que basa su fuerza y posición el macho alfa que intentan vender los tipos de Vox, todo muy masculino.

Tirando del hilo resulta que quienes apoyan y mantienen al señor Puigdemont en Bélgica son los Vox de aquellas tierras, otro grupo xenófobo supremacista que opina que ya está bien de democracia, respeto y tolerancia, lo que es de uno es de uno y pare usted de contar; aquella tierra es suya y al que no le guste ya sabe lo que tiene que hacer; y si no fuera por la maldita democracia que reblandece y confunde los cerebros ya estarían solos. Está bien que la gente vaya clarificando sus posiciones, así el resto sabremos a qué atenernos; o no.

El mismo hilo que ahoga e impide ver más allá de sus narices a tanta calderilla catalanista que de pronto ha descubierto una supremacía de raza abalada por sacrosantas tradiciones y casi bendecida directamente por el Creador. Eso de aunar esfuerzos, tolerar y compartir es cosa de vagos, débiles y gente sin oficio ni beneficio -el resto del país-; instituciones comunes e individuos que les impiden el ascenso a las altas cumbres de los elegidos.

Hilo supremacista y xenófobo del que también vienen tirando grupos afines en el País Vasco hace ya tiempo, de momento a la expectativa de las agitaciones catalanas y a la fuerza contenidos -les interesa más el dinero-, ya que cualquiera puede echarles en cara el estropicio calculado que liaron con armas y bombas sus bien mirados cachorros, siempre alentados por un odio, más tradiciones y una pureza de sangre preocupada en verter la de cualquiera que pasara por allí, y también fuera de allí. Volviendo al fútbol, por esa zona presume de linaje un equipo de la primera división nacional henchido de autenticidad que exige sangre local a sus jugadores, siendo más lo que excluye -nunca dicho en voz alta- que lo que incluye, no se trata de lo que ofrezca sino de lo que subrepticiamente afirma e impone a cualquier chaval que juegue al fútbol y no sea originario de la tierra, ¡tú jamás podrás jugar con nosotros!

Hilo exclusivista y excluyente que, qué casualidad, ahora enlaza con los comentarios que hizo un dirigente de Vox cuando comparó su situación de acoso en España con la que está sufriendo el señor Trump en Estados Unidos, colega de ideología, programa e intereses; ese señor que tiene paralizada la administración pública porque pretende dinero para construir un muro contra los extranjeros, proyecto político que le impiden llevar a cabo esos meapilas demócratas que se han dedicado durante años a menoscabar el masculino orgullo y la sacrosanta supremacía del país americano.

¿De qué lado está usted?

 

Publicado en Política | Deja un comentario

Un año

El mismo mar, el mismo sol y la misma playa, pero si uno pretende creer que también es el mismo en el fondo sabe que no es así, un año no pasa en balde, como suele decirse, aunque en apariencia nos encontremos como si no hubiera transcurrido el tiempo, nos sintamos igual que hace trescientos sesenta y cinco días. A pesar de las inevitables divagaciones que suelen traer los lugares en los que uno vuelve a recalar, en un azaroso intento de recabar datos o atar cabos, no sé con qué fin, es cierto que las sensaciones, si no repetidas, algo imposible, sí son parecidas; los lugares en los que uno se halla a gusto no suelen repetirse porque quien no se repite es quien los vive, y si entonces le procuraron placer o un reconfortante cobijo el que ahora cueste más hallarlo no es culpa del lugar si no de nosotros.

Lo que no dejan de ofrecer los lugares son nuevos descubrimientos. Habíamos empezado, como de costumbre, por la playa, en dirección al sur, más golpeada que en otros años, irregular y de difícil caminar, y probablemente fue la casualidad, como sucede con los grandes descubrimientos, la que nos reveló, desde la altura de la primera elevación más cercana a la orilla, un estrecho bosque de pinos que se extendía entre dos cadenas de dunas, materialmente encajado entra las dos prolongaciones de cumbres de arena paralelas a la orilla. Así que, como no podía ser de otro modo, descendimos los cuatro o cinco metros de fina y resbaladiza arena y comenzamos a caminar entre los árboles, sin que apenas pudiéramos oír las olas de un mar en calma; de algunos pinos solo sobresalía medio árbol, cubiertos por la arena en una diagonal que llegaba a la base del tronco. No habría hecho falta fijarse mucho para advertir, en este caso no sería descubrir, la infinidad de huellas que atravesaban el bosquecillo en todas direcciones, muchas de ellas perdiéndose entre las dunas en dirección a la playa. Huellas de linces, corzos, mamíferos que desconocíamos y una gran variedad de aves grandes y pequeñas, a juzgar por el tamaño de sus improntas; tocaba entonces lamentarse de nuestra ignorancia en cuanto a rastros de fauna salvaje, preocupante al no poder disfrutar adivinando con exactitud el bicho de cada marca sobre la superficie de la arena. Afortunadamente siguen quedando muchísimas cosas por aprender.

Se agradecía la calidez del sol del mediodía que obligaba a caminar en manga corta, y el calor provocado por la caminata abría el apetito, ya era hora de regresar para comer. Decidimos al azar girar a la izquierda y pasar entre unas dunas que dejaban un pequeño claro sin pinos en dirección al mar cuando, sorprendentemente o no, tropezamos con la trasera de la casa de Antonio, nuestro protagonista del pasado año por estas fechas, ocupando la salida a la playa. Así que hasta allí nos encaminamos, sin perder detalle de la fila de tomateras cubiertas de plástico que se alineaban junto a las chapas de una de las paredes; alcanzamos la parte delantera de la variopinta construcción y nos encontramos con el mismo hombre de hace un año, bueno, con otra vida un año más larga. Antonio, de espaldas a nosotros, se concentraba en el arreglo de sus útiles de trabajo, una red de pesca que colgaba de lado a lado del porche. No percibió nuestra llegada hasta que le saludamos, nos respondió y al intento de conversación por nuestra parte correspondió de forma más bien parca; uno no puede estar todo el tiempo dando palique a los ociosos que curiosean por tu casa, mucho menos cuando tienes trabajo que hacer. Nos contó que las cosas seguían como siempre, unos días mejor y otros peor, que tenía el pozo tapado porque la marea había llegado hasta el mismo brocal, lo que hace que con el viento se mezclen las dos aguas… y nos despedimos, y antes de que nos alejáramos del todo nos deseó feliz año, a lo que respondimos agradecidos retomando nuestro camino por la playa.

De regreso al aparcamiento la conversación se interrumpió cuando vimos cómo un tipo estampaba contra una señal a un joven al que luego, ya en el suelo, pateó con violencia ante la mirada de su madre y sus hermanos, el de los golpes era el padre. Ya en el coche no hubo música que nos entretuviera, tampoco palabras, todavía impresionados por lo que acabábamos de ver… parecía que se nos hubiera olvidado todo.

 

Publicado en Viajes | Deja un comentario

Hacienda

A cierta hora de la noche, cuando las primeras cervezas de la tarde comienzan a pesar, la cena hace acto de presencia y la copa o copas ya rozan el borde del vaso, llega un momento en el que la conversación deriva hacia maximalismos que muy poco o nada tienen que ver con lo que podría denominarse una conversación amena; e inevitablemente aparece la política, y es entonces cuando el alcohol acumulado nos vuelve más atrevidos y hace la lengua más ligera para decir lo que tenemos que decir, algo que, como suele, nos sale de dentro, esas opiniones o creencias impepinables que de un plumazo nos convierten en nosotros mismos al desechar sin rubor prevenciones, prudencia y formalidades comunes que por educación solemos hacer nuestras, o por buenas composturas o el qué dirán.

Entonces, todo comedimiento y/o cordura pasan a un segundo plano, o desaparecen por completo, y es cuando, ya instalados en la seguridad de nuestros bemoles, o sea, resumiendo, porque ya está bien de marear la perdiz, afrontamos la política y los políticos por la calle de en medio, sin ninguna diplomacia, y el más lanzado o cabreado, porque está harto y en su negocio no gana lo que quisiera -luego pierde; siempre según él-, salta con aquello de que todos los políticos son iguales y, ya metido en faena, porque tú te has quedado mirando con cara de por dónde va salir éste ahora, apuntilla con eso otro de unos sinvergüenzas; todos, y los peores los que dicen que son de izquierdas, para entonces, a lomos de una vehemencia que te taladra con la mirada -sabe que tus preferencias políticas van por ahí- se siente ganador porque advierte que estas sufriendo en tus carnes el poder de su categórica verdad, la única buena. Y apostilla… porque eso de derechas o izquierdas es mentira, son todos iguales, unos parásitos sinvergüenzas que pretenden vivir de la política sin dar un palo al agua, en cuanto tienen oportunidad se colocan sin otra cosa que hacer que llenarse los bolsillos, solo ganar dinero robando. ¡Qué tontería de izquierdas o derechas! tenían que meter a todos en la cárcel.

Silencio tenso y reflexivo con fondo de reguetón. Quizás tendría que haber advertido más arriba que en aquellos momentos él único trabajador por cuenta ajena era yo. Después vino el repentino descubrimiento por mi parte, siempre según el acalorado disertador, de que los que disponemos de un sueldo fijo no tenemos ni idea de lo que es tener una empresa, siempre pendiente de unos empleados que en cuanto te descuidas o pueden hacen cada vez menos o directamente se echan a la bartola; además de que el gobierno de turno pone las cosas cada vez más difíciles con una burocracia interminable y hacienda te fríe a impuestos. Por lo que, si eres normal, apenas te da para salir adelante.

Asentimiento general mediante grandes gestos y reconocimiento de una solidaridad compartida a la hora de los sufrimientos comunes, pérdidas e injusticias mil; así nos va en este país. No quedaba mucho más que decir, tampoco ayudaba un reguetón más y más birrioso y no eran horas para polemizar o levantar defensas numantinas, así que, uniéndome a la aprobación general y cansado por tener que aguantar el enésimo sermón proveniente de un honrado pequeño empresario que trabaja y paga más impuestos que nadie, solté que llevaba razón, todos los políticos son iguales, ahí tienes lo que ha pasado en Andalucía, aquello es un cortijo socialista y, es más -me lancé-, porque a todos nos gusta que las cosas funcionen, que el país funcione -aprobación general-, que los trabajadores sean diligentes y cumplan como es debido, que no haraganeen ni se escuden en subvenciones ni en una legislación que les permite hacer lo que les da la gana. También queremos buenas carreteras, buenas escuelas para nuestros hijos, y hospitales, y una administración ágil que funcione y minimice la burocracia, y unas fuerzas de orden eficientes que nos ofrezcan seguridad y nos protejan de cualquiera que intente aprovecharse de la gente honrada. Y ya en lo mío, con su atención en el bolsillo, proseguí… si yo gobernara lo que haría en primer lugar sería convocar oposiciones a abogados del Estado y a inspectores de hacienda, con buenos sueldos para que la gente no se fuera luego a la empresa privada, y promulgaría unas leyes laborales que persiguieran a los tipos que se aprovechan con subvenciones, falsas bajas o incapacidades laborales con tal de seguir cobrando sin trabajar. Informatizaría los servicios públicos en una ventanilla única para todos los trámites legales y administrativos, rápida y eficiente. Con un buen equipo de abogados controlaría y perseguiría a tanta gentuza que se aprovecha de los demás en su propio beneficio con la excusa de que la Administración Pública no es de nadie y, además, pondría un inspector de hacienda con cada empresario, y a la primera irregularidad contable, movimiento especulativo sospechoso, intento de fraude fiscal, evasión de impuestos, tentativa de soborno a un empleado o institución pública, contratos de trabajo falsos o irregulares, pagos o cobros en negro y… no me acuerdo ahora mismo de más casos, le cerraría de inmediato el negocio prohibiéndole trabajar en este país durante diez años; y si volviera a reincidir lo extraditaría para siempre a la hora de montar una empresa por aquí. Si todos pagáramos impuestos tal y como los pago yo esto funcionaría muchísimo mejor…

Para entonces las caras de mis acompañantes buscaban en sus vasos casi vacíos y alguno probablemente andaba calculando mentalmente cuánto y cómo le afectaría e él, como honrado empresario, mi utopía fiscal; cambiaba la música y alguien dijo que fuéramos a bailar o a por otra copa…

 

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

Feliz

Tocan felicitaciones, también entre quienes habitualmente no suelen felicitarse, ya sea por carácter, timidez o por nada en especial, hay gente que es así, aunque hay sonrisas que dicen mucho más que una felicitación de temporada; pero si no felicitas corres el peligro de ser tachado de borde o desagradable, lo hace todo el mundo y toca unirse a la mayoría. Son fechas de buenos deseos, aunque al día siguiente, si es preciso, nos apuñalemos por la espalda, pero una cosa no quita la otra, la cortesía y los buenos modales son la grasa de las relaciones sociales, porque una carne completamente magra o es excelente, y ni así, o se hace una bola que cuesta masticar y digerir, incluso puede ahogarnos; y en el caso de ser casi todo sebo la carne puede llegar a asqueante y repulsiva, luego si todavía seguimos pasando años juntos es porque en el fondo todos entendemos que la grasa es necesaria para el día a día; lo siento por los vegetarianos.

Otra cosa es exigir sinceridad en la felicitación, o un algo más que salir del paso, quizás sea pedir demasiado porque, en el fondo, cada cual nos dedicamos a lo nuestro y no tenemos tiempo para preocuparnos por cómo le va a los demás, se trata de felicitar, no de desgranar confesiones cada dos pasos. Y si a usted le chirría alguna de las que reciba o de las que deje caer de cualquier manera no le dé importancia, mañana será otro día y las cosas volverán donde estaban; y si se le olvida corresponder o decir la primera palabra tampoco se preocupe, la gente no va por ahí mirando con lupa lo que hacen los demás, siéntase feliz y contento de estar todavía vivo, con eso ya tiene para quedarse satisfecho; la forma en que lo lleve es otra cuestión, no vamos a entrar en detalles que no vienen a cuento, ahora no toca, hablamos de una simple felicitación a la que obligan las fechas, pero, ya puestos…

 

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario