La publicidad es un buen medio para curiosear, dice bastante de la gente, sus intereses y sus modos de vida, también del lugar, o del país, y no es común tropezarse con publicidad religiosa en lugares públicos, es más, creía que no existía o se limitaba a espacios muy específicos, ni mucho menos el vestíbulo de una estación. Pero sí, allí estaba, y por duplicado, dos grandes paneles iluminados intentando vender fe y esperanza a través de la imagen de dos sonrientes mujeres ofreciéndose mutuamente las manos, una de mediana edad situada en un nivel superior y en actitud de ayuda o colaboración dirigiéndose a otra dispuesta en una posición inferior y con más años, en ese periodo de la vida que, para entendernos, se suele denominar tercera edad.
Una publicidad en cierto modo simple y casi anodina, si la comparamos con lo que generalmente muestran vallas y paneles, enfocada a personas mayores en apariencia menos modernas y más cercanas a unos valores que se mueven entre el “como Dios manda”, la inercia y la resignación, porque, en definitiva, aquellos carteles no decían mucho más o… todo lo contrario, mostraban de forma bien explícita unas personas y modos de vida conservadores sujetos a una paciencia y conformismo que suele callar más de lo que ofrece; la plasmación gráfica de una sagrada indolencia habituada a dejarse guiar por quienes, sin aparecer en la imagen, vienen manteniendo por estos lares un dominio secular que, a falta de poder, siempre ha sabido recurrir con tal de perpetuarse a esa mitad en teoría más débil de la población. Un aproximadamente cincuenta por ciento del que esa misma iglesia se ha venido encargando de hacer y parecer inferior condenándolo a un papel subsidiario que en más de una ocasión ha rozado y roza la marginalidad, las mujeres.
Un tipo de publicidad en la que, curiosamente, jamás podrían aparecer hombres, primero, y nada anecdótico o desatinado, porque dos hombres en igual actitud darían pie a jocosos y sarcásticos comentarios e interpretaciones más que sospechosas de la virilidad de los mismos y, segundo, por un preocupante y reaccionario escrúpulo hacia esa más que evidente pública pérdida de poder y prestigio que ejemplifican la ayuda y la cooperación en este país; opción tan poco apropiada como la primera e igual de insultante para muchos hombres refractarios y temerosos a la hora de preguntarse por sí mismos, no sea que no tengan nada que decir ni ofrecer y se les venga abajo el edificio. Para eso todavía sirve la iglesia, para tratar de evitarlo.
En todo caso, no deja de ser curioso que una organización eclesiástica hecha por y para los hombres se vea en la necesidad de acudir a sus principales víctimas, las mujeres, como reclamo a la hora de vender sus valores, lo que más bien parece un desesperado intento por mantener una cuota de poder no tan disminuida como pudiera parecer, pero sí bastante devaluada. Esos dulces y bienintencionados rostros femeninos contrastan con la influencia y en algunos casos el férreo dominio que la iglesia, todavía asimilada a los restos de un antiguo y antidemocrático poder, aún tiene sobre los estratos más bajos de la población, un ascendente apuntalado en tradiciones y supersticiones convertidas en indispensables que predican una sumisión eterna a la hora de afrontar la propia existencia. Religión convertida en auxilio fundamental para tantas y tantas personas que, “cruelmente dejadas de la mano de Dios a su suerte y convencidas por sus representantes en la tierra de la inutilidad de cualquier intento de reivindicación moral en este mundo”, tienen, no obstante, en aquella y sus múltiples manifestaciones el único apoyo sólido a la hora de enfrentarse a un mundo tan feroz e inhumano como el presente.
NOTA. Un tema interesante para otro capítulo sería la cuestión de por qué solo pueden verse grupos de hombres en asuntos relacionados con el trabajo o enfangados en juergas de comida, alcohol y sexo… ¿Cuántos grupos de hombres adultos recuerdan -que no sean aficionados al fútbol, jóvenes, estudiantes o jubilados- viajando juntos, o paseando, o en el cine, o en el teatro, o simplemente tomando un café y conversando?