Hace años conocí a un recluso que se avergonzaba de llevar manga corta en verano porque tenía los brazos completamente tatuados y no le gustaba cómo la gente se fijaba en ellos. En la actualidad es bastante diferente, hoy aquel tipo podría mostrar orgullosamente sus brazos como hacen tantos a los que les ha llegado la moda de los tatuajes. No viene al caso remontarse en la historia o buscar en Wikipedia para indagar en el origen, antigüedad y significados del tatuaje, aunque probablemente una gran mayoría de quienes en la actualidad con tanto orgullo los exhiben no tengan ni idea de ello, tampoco es que les importe; como todo lo que sucede hoy basta con que cualquier famoso o criatura de las que habitualmente pueblan los deportes y las imágenes de televisión los muestre para que legiones se sientan uno más y tengan algo en lo que entretener su tiempo y amenizar la monótona piel de su cuerpo.
Ignoro las apuestas, promesas y significados ocultos de semejante agresión a la propia piel, en algunos casos similar a ese horror vacui de la estética islámica, rococó o victoriana en las que cualquier superficie sin pintar o decorar generaba una especie de inquietud que obligaba a ocuparla en toda su extensión sin dejar un centímetro libre; como esas casas horteras de ricos antiguos y nuevos vertiéndose repletas de cachivaches y objetos a cual más estrafalario, el recargado muestrario de una decoración que, sin ningún sentido del gusto, solo intenta mostrar el nivel y poder adquisitivo del propietario. Un exceso decorativo que, referido a los tatuajes, parece fruto de la desesperación o motivado por un odio o estrés ocupacional que en algunos casos persigue hasta la más insignificante superficie limpia de la piel, tan inexplicable como esas imágenes siniestras y animales horribles, o tan poco agraciados estéticamente, que en ocasiones se muestran mucho mayores de su tamaño real para misterioso orgullo de su propietario -¿qué puede significar un enorme alacrán de pinzas amenazantes tatuado en el brazo de la mamá de una blanquísima niñita rubia?
Piel que también se parece a esos muros y paredes de cualquier calle o lugar público en las que aburridos chavales sin oficio ni beneficio desahogan su disgusto o la desesperanza de su situación pintando hasta los rincones más increíbles en un feroz y desolador intento de demostrarle al mundo que están vivos. En este caso la propia piel viene a ser una pared en blanco que ocupar con la primera ocurrencia categórica o con pinta de definitiva, eso antes que llevarla dolorosa y sospechosamente limpia.
Frente a la actual profusión de formas y dibujos la piel tal cual, limpia, se asemejaría a una elegancia desfasada o antigua, ya clásica; y el cuerpo desnudo sería la punzante evidencia de nuestra humana simpleza, triste u horrible para algunos, o mudo, un vacío sin carnet ni afiliación visible; desnudez en la que se vino al mundo y como tal se muestra, y sin embargo duele más de lo que parece porque ante el espejo aparecemos sin significado, solo nosotros, o nuestro rostro, del que no podemos apartar la vista si no para echar en falta algo que combata nuestra indigencia o nuestras penurias, no sé.
Ese mismo cuerpo en el que el paso del tiempo solía ir dejando sus huellas, para bien y para mal, ha perdido su protagonismo a costa de convertirse en soporte material de infinidad de sueños y promesas de juventud con vitola de definitivas de las que, en principio, jamás podremos desembarazarnos. Sueños e ilusiones que nos condenamos a llevar hasta nuestra muerte, o pura resignación, convivencia que tampoco nos compensará por los errores cometidos y por los que probablemente cometeremos, lo que viene a ser lo mismo.
¿Para cuándo unos auriculares tatuados en las orejas y a ambos lados de la cara y en el cuello, sumaríamos dos modas en una? Iríamos tatuados y aparentaríamos llevar auriculares con los que decirles a los demás que no molesten, pero a la vez estaríamos al loro de cualquier comentario o suceso callejero que nos pudiera interesar.