El calor será antológico, nos lo venían anunciando desde hacía días los meteorólogos televisivos, ese nuevo star siystem del aburrimiento colectivo empeñado en monopolizar las noticias como si el público fuera completamente imbécil. Hemos pasado del tiempo como conversación obligada e intrascendente en el ascensor a centro de cualquier noticiario que se precie, quizás porque las mentes pensantes, a falta de la necesaria profesionalidad informativa y sin imaginación para ofrecer un servicio medianamente digno, consideran de primera necesidad atar el televidente a cualquier precio, y qué mejor que asediarlo y atemorizarlo con obviedades de tres al cuarto; como si no estuviéramos en verano y, como adultos más o menos sensatos, no supiéramos que más vale ponernos a la sombra que sudar hasta deshidratarnos.
Estos nuevos sabios de pacotilla son expertos en amedrentar a cualquiera que tenga que salir a la calle, obligadamente o no, y temo que en el fondo desean que alguien cometa una torpeza y tenga la desgracia de convertirse en víctima de “la caló” para inmediatamente saltar ensoberbecidos, ¡ven! ¡ya se lo dijimos! ¿se dan cuenta de que somos imprescindibles?… y así sucesivamente.
Sin embargo, paseando hace unos días por el centro a primera hora de la tarde no era tanto el agobio, había sombra suficiente y el personal iba a lo suyo, para eso está de vacaciones, lo que me parece estupendo. Había numerosos mendigos aguardando la bondad del paisanaje, algunos rodeados de toda una logística sobre la que no tienes más remedio que aventurarte a la hora de pensar en recogerla u organizarla para un eventual u obligado traslado; imagino que su destreza superaría con creces mi incredulidad. También había músicos, parecía o creí más que de costumbre, la mayoría recreando, con resultados más bien desiguales, composiciones clásicas que en algunos casos sonaban bastante empalagosas, amén de algún otro armado con un amplificador pasado de decibelios, porque hay bastante diferencia entre acariciar el oído del paseante y conseguir que preste atención o herirlo con un estilete de punzantes agudos. Había turistas, pero sin avasallar, la mayoría todavía reposando en el restaurante de turno, cavilando o calculando sobre el siguiente destino antes de volver al sol de Agosto. En los centros comerciales muchos descansaban y se refrescaban husmeando entre expositores y anaqueles poblados de rebajas y no tanto; no cobran por ver y, llegado el caso, hasta puedes encontrar algo interesante, eso que llevabas buscando desde hace tanto o aquello otro que tampoco te vendría tan mal, compra fácil si previamente uno mismo se convence de que la presunta adquisición no es superflua o innecesaria; muy en el fondo lo necesitas y, en cualquier caso, por qué no darse un capricho en vacaciones.
Mujeres con las cosas mucho más claras, les gusta comprar y tienen la paciencia para ello, sin tener que explicar ni justificarse, y al que no le parezca bien solo tiene que quedarse en la calle, como esos padre e hijo en medio de la puerta de acceso de una conocida tienda de ropa, de blanco inmaculado, mirando hacia ningún sitio y recelosos del calor. Había franceses con pinta de expertos que examinaban concienzudamente vinos, licores y conservas sin llevarse nada, demasiado caro; o sudamericanos ataviados con esas frescas chaquetillas de manga larga y su correspondiente sombrero de igual color que pasaban de comprar y preferían entretener el tiempo con un café y un refresco.
De nuevo en la calle, y ante la enorme variedad de prendas que visten las mujeres intentando sobrellevar el estío sin llegar a caminar desnudas, me puse a cavilar en lo que pensaría y cómo reaccionaría un caballero, pongamos de principios del pasado siglo XX, que mágicamente fuera transportado a esta plaza; qué le haría sudar más, el sol de la tarde o el ir y venir de tanta mujer cubierta a partir de un criterio tan amplio a la hora de mostrar qué parte o partes y cuánto de su propio cuerpo.