Viajar

No sé si en algún momento de la historia tantas personas viajaron tanto como ahora, pero lo que sí sé es que nunca se ha hecho de forma tan innecesaria y vacía como en la actualidad.

El viaje es el traslado, ir, el tiempo invertido en llegar, una aventura, cualquiera sea el lugar y motivo originario del propio viaje. Y una vez alcanzado el destino comenzaba otra etapa que nada tenía que ver con el viaje en sí, correspondía cumplir el objeto del mismo y dar solución, si era el caso, a una serie de necesidades y/o satisfacciones que motivaron el abandono del hogar. La estancia, más o menos temporal o incluso extensa hasta hacerse casi permanente, era otra cosa, podía tratarse de unas pocas horas, días o meses, incluso años; en cualquier caso el nuevo lugar obligaba a permanecer y observar, a curiosear, conocer, admirar, saber y aprender para luego formarse una idea y tener constancia del tiempo y modos de vida de aquellos semejantes a los que tal vez el azar instaló en aquella tierra que les modeló del modo del que ahora sabemos y en algunos casos jamás habríamos imaginado de no haber viajado hasta allí.

Hoy sin embargo el viaje se pretende motivo principal, incluso necesidad, pero paradójicamente ese viaje se parece más a una especie de teletransporte tipo Star Trek que a un proceso temporal más o menos dilatado, de tal modo que el propio viaje es lo menos importante, incluso un fastidio, porque viaje significa preparaciones, traslados, embarques, esperas, dificultades etc., un tiempo que a nadie interesa y a todos incomoda; con otras personas intentando lo mismo, incluso muchísimas, demasiadas igual de ofendidas renegando de forma similar sin que les preocupe que son excesivas para cualquier tipo de viaje. Así que el viaje, viajar, está dejando de existir, si no lo ha hecho ya, porque en la actualidad el tiempo que implica llegar es directamente considerado tiempo perdido.

Pero tampoco hay lugar de destino, o destinos, ni rutinarios ni especiales, ni deseados ni personalmente soñados, solo son imposturas, la obligación de rentabilizar el tiempo que sigue al viaje acumulando lugares con los que elaborar una lista cuanto más extensa mejor, aunque ello implique pasar a toda velocidad y sin ningún interés por el mayor número de referencias posible, da igual el modo, la obligación -nunca personal o propia- o la forma, el caso es regresar en un suspiro con una tabla de ítems lo más numerosa posible. El porqué de todo ello es lo de menos, ni siquiera sirve contarlo, no se puede ni se sabe contar lo que no se ha vivido.

No hay que olvidar el mayor inconveniente para este ridículo viajero, tropezar, después de haberse molestado en acudir, con unos modos de vida a los que no desea adaptarse, le llevaría un tiempo descubrir y comprender o simplemente no le interesan; una infinidad de incomodidades locales agazapadas en cualquier rincón que pueden convertir el viaje en un infierno que a estas alturas el hipotético viajero, respetado portador de sagrados derechos, no está dispuesto a soportar, aceptar y mucho menos entender. Por eso exige, ya de partida, además de un tiempo de transporte minimizado, que el obligado destino invente, cree o se adapte a sus modos y necesidades -caprichos. Porque lo que el necesitado y algo despistado habitante del lugar o lugares de destino no sabe, ni se imagina, es que el hipotético viajero le hacer un favor con su viaje y estancia, da igual el motivo y no viene a cuento el interés o la necesidad que el local tenga de ella. El nativo ha de entender que el supuesto viajero le está haciendo un favor, incluso facilitándole la existencia, casi afirmando con su presencia que sin él no podría subsistir, no tendría donde caerse muerto, no existiría.

Durante siglos muchos hombres han vivido y han sabido de la vida y el mundo sin necesitar salir de su pueblo o comarca, a poco que sus atribuciones intelectuales funcionaran con normalidad no tenía más remedio que reconocer que hombres como él había muchos -no le preocupaba cuantos- y lugares donde vivir tantos o más, luego asumía su papel como otro más sin pretender adueñarse ni hacer listas de ningún tipo. Y si la curiosidad le picaba en exceso se atrevía a dejarlo todo para viajar sin saber, atravesando lugares donde vivían otros como él, en los que se detenía y preguntaba, se admiraba y se despedía como un amigo.

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Comprar bebés

A la hora de abordar algunos temas, más o menos espinosos o pretendidamente conflictivos, como puede ser el de la gestación subrogada, cuesta entrar en ellos o enfocarlos de forma conveniente debido a que afectan a gente y sensibilidades fácilmente predispuestas a acusar al intruso en su particular problema de tendencioso o directamente interesado en salirse con la suya, o simplemente de no tener ni idea de qué va la cosa al no ser uno de ellos, como si fuera un imbécil, más cuando la opinión proferida no coincide con la de una hipotética mayoría perjudicada o sufriente (Aclaraciones: discusión que dependerá de los intervinientes y cuánto de los propios intereses y prejuicios se pongan en la conversación, ingredientes que harán difícil o imposible un acuerdo ni siquiera lo suficientemente genérico para que acoja a un mayor número de personas; en cuanto a las sensibilidades, más bien hablamos de un ridículo eufemismo encargado de tapar lo que solo son, como decía antes, intereses egoístas y prejuicios sin resolver).

Por eso suele resultar más inquietante y clarificador, sobre todo en este asunto de la gestación subrogada, ir directamente al grano a partir de las opiniones y comentarios de los mismos implicados, porque cuando se habla, y más si se hace sin pensar, sin reflexión previa, se dice sin reservas lo que en realidad se cree y piensa sobre el asunto del que se trate; por eso vienen bien las palabras de uno de los inesperadamente embrollados y aquejados por un supuesto problema diplomático que hace unos días dejó a la luz pública sus negocios de paternidad, problema diplomático misteriosamente desaparecido de las noticias sin previo aviso -luego los interesados han decidido moverse y actuar al margen…

El señor en cuestión decía que “…ahora tenemos en Ucrania a nuestro futuro hijo creciendo dentro de una barriga ajena y no sabemos nada de él ni de la madre que lo está gestando por nosotros”. “Mi mujer llora a todas horas, todos los días”. Esto después de haber pagado 49.000 euros por el paquete VIP, ¿cuánto pagan los desgraciados normales y qué tipo de bebé les ofrecen?

Se podría empezar por cualquier sitio y discutir hasta el hartazgo, incluso llegar a las manos, sobre todo a partir de esa indisimulada soberbia e insolente desprecio que concede el dinero a quienes consideran que uno de sus derechos naturales es estar por encima del resto en función de lo que poseen. Porque en muchas más ocasiones de las que nos gusta reconocer las cosas son más sencillas de lo que aparentan, y nunca más que cuando los directamente intervinientes, cualquiera que sea el asunto o motivo, son adultos libres que actúan por propia voluntad, sin estar condicionados por cuestiones económicas, de necesidad o de pura supervivencia.

Y no siendo esa la situación, la única que creo viable o legal, es fácil deducir que pronto aparecerá una mafia sin escrúpulos dispuesta a organizar en su beneficio suculentos negocios; en este caso a partir de unos más o menos desesperados e hipotéticos padres económicamente solventes y con derechos -¡ojo!- y unas mujeres en mala situación económica o directamente sin medios ni ingresos que intentan salir adelante en países menos desarrollados, mujeres apremiadas por el futuro de sus propias vidas dispuestas a alquilar sus vientres a desconocidos por intercesión de terceros, ¿a cambio de cuánto y en qué condiciones?

Silencio. Suele ser la solución o resultado final cuando la mezcla de los intereses y variables intervinientes, económicos, de derechos o morales, son de peso; circunstancias y presuntos conflictos que finalmente acaban materializándose en una forma de poder que posibilita una situación de fuerza impuesta, al margen de circunstancias personales que merecen todo el respeto, a quienes necesitan algo más que un hijo para poder seguir vivas en este mundo.

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Desnudos

Hace unos días un hombre y una mujer de triste aspecto posaban desnudos en el Museo del Prado delante de los cuadros Adán y Eva de Durero, probablemente para reivindicar algo que supongo no sería un desnudo triste.

Ignoro las intenciones de tales personajes y por otra parte me hace gracia la mojigatería del periódico donde vi la fotografía publicada, la zona genital de ambos aparecía discretamente difuminada, no me explico el motivo y me suena a chiste que todavía haya prensa tan hipócritamente recatada preocupada porque alguien pueda alarmarse o reclamar por un desnudo. Aunque probablemente me exceda en mi optimismo y todavía siga habiendo seres, no se me ocurre otro modo de llamarlos, que consideran ofensivo la visión de un desnudo… puedo entender que de mal gusto cuando el desnudo parezca obsceno, grosero o exceda o ridiculice cualquier patrón mínimamente moderado de carnes… ¡ah! pero ¿cuál es el patrón para considerar un desnudo como moderado, obsceno, grosero, ofensivo o excesivo en la actualidad?… ¡uf! menudo tema… pero no voy por ahí.

Dos tipos tristes delante de unos cuadros de Durero no dejan de ser dos tipos tristes desnudos con poco que ofrecer ni reivindicar, probablemente la mediocridad del cuerpo humano ante la belleza del arte como humano intento de superación de las propias miserias de ese mismo cuerpo. Lo que no deja de ser una patética actuación que ni siquiera llega a excentricidad, tal vez las carencias de dos tipos incapaces de hacer otra cosa consigo mismos. Desconozco los motivos de su cutre exhibición, pero cualesquiera que fueran no debían de ser muy importantes… ¿o se pretenderían artistas y aquello se trataría de una perfomance de aquellas tan de moda hace unas décadas?

La imagen mostraba una sórdida pareja de solitarios necesitados de público ante el que mostrar su desnuda incompetencia a la hora de crear otra cosa que la exhibición de sus propias miserias, y eso no da para mucho. El cuerpo muestra lo que somos, es una permanente nota a pie de página a consultar por todos aquellos que se pretenden más de lo que son, es nuestro carnet de identidad, y en algunos casos ya empieza a perder color y las renovaciones caducan cada vez más tarde. La naturaleza proveyó a la especie humana de dos sexos -como a la gran mayoría de las especies- para que pudiera reproducirse y, como todos sabemos, ambos sexos muestran diferencias apreciables; por ese lado no hay mucho más que contar. Pero la especie humana inventó la cultura, una creación específica y exclusiva, un elemento que ha devenido crucial en el desarrollo y evolución de la propia especie, hasta el punto de que a partir de ese factor cultural se fue consolidando y ampliando una, digamos, variación que como tal se ha ido separando de la naturaleza a partir de la cual se constituyó y dio sus primeros pasos. Por eso el hombre actual, exceptuando el inevitable soporte material y sus rudimentos sexuales, tiene cada vez menos que ver con sus antepasados homínidos, y con el paso del tiempo se irá alejando cada vez más, hasta que, tarde o temprano, llegue un futuro en el que apenas queden restos del sustrato físico original de lo que antiguamente se denominaba un cuerpo humano. No hay que darle más vueltas.

El mundo se mueve de otro modo y la mayoría sabemos cómo, solo tenemos que asomarnos, aunque desgraciadamente siga sin gustarnos; pero desnudarse no conduce a ningún lado, tal vez a mostrar un aburrido y triste ombligo que ya abulta demasiado en cada uno de nosotros, ya no digo en los desnudados. Hacen falta palabras y golpes si queremos llegar a los demás, sea cual sea el objetivo. Un desnudo como el de esa pareja solo puede producir indiferencia, risa o escarnio.

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Ciencia

Leyendo una revista científica llego a esta frase: “…emplea un pulso de unas decenas o cientos de femtosegundos (hay tantos femtosegundos en un segundo como segundos en 32 millones de años)…”

E inmediatamente después pienso que la primera impresión en cualquiera que lo lea, incluidos quienes gusten o se dediquen a la ciencia a niveles tan especializados, es quedarse como si tal cosa, por no decir incapaces de ir más allá de las palabras, como si hace tiempo se hubiera desistido del esfuerzo por comprender o imaginar; no digamos visto o sentido aquello que se describe, cuestión que junto a muchas otras sí puede afirmarse con toda seguridad que es imposible que alguien haya podido presenciar o asistir -por decirlo de algún modo-, dadas nuestras limitadas capacidades. Pura teoría para ejercicio de expertos en búsquedas que intentan el cielo, y creo que para muchos Dios es más fácil de aceptar y entender -dentro de lo que cabe- que este tipo de conceptos y medidas. La diferencia es que estas, digamos, invenciones o creaciones obedecen a estímulos e inquietudes exclusivamente humanas, lo que me lleva a darles un margen de confianza que puede no significar nada porque mi comprensión es mucho más limitada.

Tal vez a otros muchos estas cuestiones les parezcan irrelevantes o simplemente absurdas, y piensen que la ciencia y sus problemas son malabares de especialistas que sirven para bien poco en la vida que solemos denominar real; mal asunto, pero la próxima vez que suban en un avión piensen en por qué no se cae y cómo llegará a su destino sin ningún problema, y multiplique ese vuelo por los miles que cada día surcan el cielo del planeta y en los que no sucede nada digno de mención. O que a la hora de manipular su querido y esmeradamente elegido teléfono móvil intente imaginar las matemáticas y la física que hacen funcionar aquello para su deleite y la ingenua y placentera sensación de sentirse dueño del mundo, cómo ese minúsculo dispositivo que tiene pegado a su oreja convertirá su imagen o su parloteo en ceros y unos y los enviará codificados a la velocidad de la luz hasta otro dispositivo, da igual en qué parte del mundo se encuentre, que volverá a descodificarlos para convertirlos en el sonido de una voz que un oído amigo reconocerá como querida.

Más, que cada cual intente recordar quién le hizo odiar las matemáticas y la ciencia en general, porque eso de ser de letras es una falsedad como otra cualquiera, nadie nace con un odio o aversión genética a nada, todo lo contrario, sino que hubo un triste momento en su infancia que un ajeno o ajena incompetente para las tareas docentes le hizo ponerse en contra de lo que ahora cree odiar desde siempre, casi desde cuando nació, cuando se trata de una de tantas inaptitudes impuestas tomadas inconscientemente como partes indisolubles de uno mismo.

No intento que cada hijo de vecino muestre de pronto un inusitado interés por la ciencia o directamente se convierta en un apasionado aficionado abducido por ese mundo tan extraño e incomprensible para los humanos corrientes, aunque más nos valdría; siempre será más inteligente admitir, no sin cierta admiración, que nuestras vidas dependen hoy al ciento por ciento de ella, además de no olvidar que, al abrigo de nuestra indiferencia y en nuestra contra, existen desalmados que la utilizan para manipularnos desde el momento de nuestro nacimiento hasta nuestra muerte. Como cierto es que sin ella nos sentiríamos como deshechos, como ceros a la izquierda de la coma, si no lo somos ya, a la hora de valernos y explicarnos por nosotros mismos.

Así que, la próxima vez que por casualidad caiga en sus manos un texto parecido no lo deje pasar ni lo aparte con obviedades de catetos, tampoco se dé por vencido por no llegar a comprenderlo, cuestión probablemente imposible dadas las limitaciones intelectuales de la mayoría, todo lo contrario, siéntase curioso y hasta admire que semejantes nuestros hayan sido y sigan siendo capaces de utilizar y exprimir hasta ese punto el mismo instrumento con el que el resto de los humanos, con solvencia de simples, despachamos emoticones y trivialidades.

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Simplificando

Están quienes dicen pasar de política, razonada decisión que gustan airear a los cuatro vientos dándose un aire de suficiencia que tiene mucho de simpleza mental, hasta que algún desaprensivo, que también dice pasar de la política, les cobra el pan como si fuera oro; entonces aparecen los no hay derecho, esto no puede ser o no se debe permitir que cada cual haga lo que le venga en gana etc. Un final de la historia ya sabido que no por ello hará entrar en razón al sujeto en cuestión, seguirá en sus trece porque él está por encima de esas vulgaridades, hasta la siguiente ocasión en la que le toquen el bolsillo. Este tipo de imbéciles han existido siempre.

Están los que no quieren enterarse de lo que sucede a su alrededor, como si esa especie de realidad que todos conformamos no fuera con ellos, no se meten con nadie luego déjenlos en paz, hasta que un día se te cuelan en la cola del pan o dejan el coche delante de la puerta de un garaje como si lo suyo fuera un derecho y el garaje una anormalidad; se les recrimina y entonces aparecen los era solo un momento, ¡ya! ¡ya me voy! o aquello de tampoco es para tanto etc. Otro final ya sabido que no por ello les hará sacar la cabeza del agujero en el que viven, hasta la siguiente vez que tropiecen con un vehículo al cruzar una calle por donde no debían y, si quedan vivos, denuncien sin ningún rubor al conductor por no haberlo visto, pues era él quien estaba delante, y él no son los demás.

Están los que rebuznan aquello de que cada cual puede hacer lo que quiera mientras no me quite lo que es mío, posesivo que implica lo que me corresponde según mi voluntad, algo parecido, más o menos, a lo que me dé la gana; hasta que alguien les hace saber que no están solos, que los demás también tienen aspiraciones, incluidas las económicas, y que en la mayoría de las ocasiones las de unos se mezclan con las de los otros, luego es necesario sentarse y organizarse para que unos y otros puedan tener o acceder a lo que creen merecer sin que ello suponga dejar a otros sin lo que tal vez les hace más falta o se merecen mucho más. Tiempo perdido, su retraso cerebral les hará sentirse igual de violentos y ofendidos, porque su estrechez no da para más, aquello de vivir en común o cooperar queda para los que no saben mamar y las ONG.

Y se preguntarán, esto para qué, dónde quiero ir a parar… me explico. No queremos enterarnos, y hasta nos molesta, de la constante matraca del llamado problema catalán, runrún con el que prensa y noticiarios televisivos nos atormentan diariamente, y tres formas, entre otras, de no querer enterarse las ejemplifican los tres casos anteriores, la del que afirma que no le interesa la política, la de quien vive como los avestruces, como si la cosa no fuera con él, y la de quienes dicen hacer lo que les viene en gana y lo de los catalanes se la suda. Pero el problema catalán no es un simple enfrentamiento entre nacionalistas españoles y nacionalistas catalanes, ambos igual de retrógrados, xenófobos y reaccionarios, sino que se trata de un problema interno en un país en el que viven muchas más personas, y por ello toca una convivencia común que nos identifica, querámoslo o no, en todo el mundo. El problema catalán es tan español como catalán, y la violencia que destila entre personas que viven juntas pone los pelos de punta. Que los políticos de este país hayan sido incapaces durante décadas de forjar y hacer creíble un proyecto de Estado común -que lo había- a partir del fin de la dictadura habla de la incompetencia de unos y de la rastrera y miserable mala fe de otros, amén de la ignorancia y del analfabetismo democrático de sus habitantes. Pero tanto resentimiento y violencia contenida en gente que se dice normal no es buena, porque antes no la había. Se nos olvida que el presente es nuestro, y el mundo que nos movemos inevitablemente ha de ser común, lo que deja todo tipo de hipotéticas cuentas pendientes para otro momento, para cuando arreglemos nuestra convivencia con los materiales de que ahora disponemos, que los hay y en abundancia. De no hacerlo tarde o temprano nos acabará afectando allí donde más nos duele, a todos sin excepción, si no lo está haciendo ya.

Porque nuestra vida es ahora y mañana te pueden subir el pan y tendrás que aguantarte por no haber puesto los medios para que no sucediera, te recriminarán en la cola o te multarán por aparcar donde no debías y tendrás que pagar porque no podrás alegar desconocimiento de las normas, o te atropellará mortalmente un coche porque simplemente no te había visto y entonces, desgraciadamente, no tendrás opción de denunciarlo.

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Yeyé

Mis neuras:

Escucho yeyé y no sé qué decir, intento regresar a aquel momento de mi vida en el que lo yeyé supuestamente era y es peor aún, solo veo dictadura y subdesarrollo, jóvenes sin posibilidades en un país de medio pelo, en una región completamente pelada, habituados a apañarse con cualquier cosa y aleccionados por las radios y la televisión del régimen, modernos de entonces por sus pocos años, eso sí, con el vigilante y devoto beneplácito de la iglesia…

Oigo fiesta yeyé y me pierdo… cincuentones, sesentones y setentones hablando y bailando… además, quién quiere recordar una época de su vida en la que el régimen apenas dejaba respirar y el único tesoro que poseíamos era nuestra ignorancia… qué se añora de aquello… que fuimos jóvenes… como el resto de las personas… qué patética nostalgia pretende revivir aquella época… una música más bien cutre… ¿o los cutres éramos nosotros?… por qué alguien querría volver allí… ¿en busca de algún amor?… a presumir de qué… por qué no felicitarse por lo que somos ahora y porque aquella época permanezca definitivamente encerrada en los baúles de la historia…

Me cambio al mundo de la música y solo recuerdo flamenco y canción española, mucha canción española que imprimía carácter y renovaba tradiciones, del régimen… y las primeras versiones y traducciones al acerbo nacional de los ritmos anglosajones originales, todo bastante casposo y atropellado, como de cartón piedra…

Intento comparar, por ejemplo, Madrid con los pueblos de por aquí y las diferencias son abismales… me queda imaginar que en la capital sí habría mayor movimiento, gente que viajaría al extranjero y traería de vuelta en la maleta, con las consiguientes precauciones, algo de lo que movía a la gente de la misma edad más allá de los Pirineos… entre ello la música…

El resto eran ganas por ser jóvenes y más de lo mismo… trabajar y trabajar.

Busco libertad y futuro y no los encuentro…

Si preguntáramos a la chavalería actual qué entienden por yeyé probablemente no tendrían ni idea de qué les estábamos hablando… los más aventajados tal vez sacaran del teléfono a Conchita Velasco recatadamente vestida con minifalda permitida y un cardado de altura cantando bajo la católica supervisión del censor de turno…

En fin, una cosa son las fiestas y las ganas de pasárselo bien y otra muy distinta la memoria o su fidelidad… además ¿a quién le interesa la verdad o la vida de entonces cuando de lo que se trata es de divertirse a toda costa hoy?… otro agorero reprimido…

 

La solución:

Tras el tiempo perdido y tanto pensamiento inútil compruebo con mis propios ojos que una fiesta yeyé es un negocio público para jóvenes apesebrados vestidos de jipis -¡qué tendrá que ver la contracultura de la costa oeste norteamericana con la dócil, beata e ignorante juventud de una dictadura fascista!-; gente consumiendo garrafón y música discotequera de cualquier jaez hasta el amanecer.

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Ambición y desprecio (Nota)

Tuve algunas dudas a la hora de elegir el título de la anterior entrada, sobre todo a la hora de no excederme en los calificativos, hasta que me decidí por el que finalmente apareció, pero ahora veo que las dudas no estaban justificadas, la realidad se ha vuelto a demostrar mucho más cruda.

Han pasado unos pocos días de aquella entrada y la ambición, el poder y el desprecio hacia sus propios feligreses han vuelto a romper con cualquier decencia, siempre supuesta, y la mínima honorabilidad de la mismísima Iglesia Católica, a la que si la verdad no le importa mucho, mejor dicho, nada, el respeto hacia los suyos se lo pasan por el mismo arco del triunfo, tal vez porque se trata de un exclusivo y rancio coto hombres.

Los antiguos gerifaltes de tan santa organización, a los que el Papa Francisco parece ser que dejó a un lado en su intento de acercar la institución a los fieles, no han podido soportar su paso a segundo plano y la consiguiente disminución de su cuota de poder -quizás también de prerrogativas-, y han movido ficha de la forma más barriobajera posible, traicionando y denunciando públicamente a quien les apartó de sus sillones. Y me pregunto ¿qué sentido tienen la denuncia pública e individual del mismo Papa cuando probablemente toda la jerarquía sabía de los abusos? Qué más da, el problema era general, algo que la envidia y el rencor de tales víboras es incapaz de reconocer. Si el actual mandatario va por el mundo pidiendo perdón sin esconder la cara, ¿dónde estaban aquellos cuando pudieron hacerlo y decidieron que no? Tanta mierda asusta.

Esta Iglesia se comporta como la peor banda de maleantes, ni siquiera les une la lealtad. Los mafiosos no se denuncian públicamente, es cierto que se liquidan en silencio y a otra cosa, pero todavía les queda el respeto hacia la “institución”; se trata de la mafia. La Iglesia no llega ni a eso, no hay escrúpulo a la hora de acuchillar por la espalda al que me quitó de la silla, incluso a costa de echarse tierra ellos mismos. Qué más puedo decir.

Acabo con uno de los párrafos de la anterior entrada:

“Un poder dedicado a fomentar y mantener los peores vicios, la arrogancia y altanería del cargo, una falsa humildad con respecto a los considerados inferiores que simplemente es cinismo, la soberbia de creerse y sentirse merecidamente bendecido en el propio orgullo y, lo que es peor, el en ocasiones descarado y la mayoría de las veces oculto desprecio hacia las flaquezas de los otros, de los sometidos, del rebaño, incluida su molesta e inconveniente existencia.”

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Ambición y desprecio

La reciente aparición en prensa del informe de un jurado de Pensilvania sobre los abusos de centenares de menores por parte de religiosos traía a mi memoria Spotlight, la oscarizada película, basada en hechos reales, de hace unos años que tenía como argumento una investigación similar llevada a cabo en Massachusetts, en este caso por el periódico local Boston Globe.

Prefiero no entrar a valorar los hechos en sí -no encuentro palabras-, tan graves como indignantes, sobre todo porque las víctimas fueron niños y niñas agredidos en la ingenuidad de su confianza, vejados por un mundo de adultos que todavía no terminaban de comprender y respecto del cual crecerían marcados y en guardia, cuando no odiándolo probablemente durante el resto de sus vidas. Pero creo que tan cruel y escalofriante como las mismas agresiones es el terrible silencio que hasta ahora las ha disimulado y ocultado; delitos que probablemente en algunos o bastantes casos fueron cometidos por individuos con serios problemas psíquicos y de madurez, tipos, sin embargo, amparados y protegidos por una cerrada jerarquía que se ha dedicado a guarecerlos evitando que menguara la imagen que encarnaban, una imagen que obligaba a los fieles a reverenciarlos como representantes sagrados sin tener en cuenta que simplemente eran personas como los demás.

Es irritante, escandaloso y claramente delictivo que un entramado de poder y su consiguiente ordenamiento jerárquico, que dice vivir de la verdad -una verdad que jamás ha sido ni revelada ni demostrada- se niegue a reconocer la misma verdad que dice defender, la evidencia del propio delito, e intente extender una niebla de exculpaciones, dudas y silencios por temor a perder influencia y prerrogativas sobre un rebaño al que prefieren en la más absoluta ignorancia a cambio de no dudar de su integridad como personas. Más o menos como si esos tipos se creyeran y vivieran por encima del bien y el mal de los hombres, derecho auto otorgado que les haría pasar de los demás en función de una displicente autoindulgencia que solo es puro egoísmo y ambición de poder.

Un poder dedicado a fomentar y mantener los peores vicios, la arrogancia y altanería del cargo, una falsa humildad con respecto a los considerados inferiores que simplemente es cinismo, la soberbia de creerse y sentirse merecidamente bendecido en el propio orgullo y, lo que es peor, el en ocasiones descarado y la mayoría de las veces oculto desprecio hacia las flaquezas de los otros, de los sometidos, del rebaño, incluida su molesta e inconveniente existencia. Un altivo menosprecio hacia los que consideran permanentes víctimas de una humana debilidad que repetidamente les hace tropezar y caer dificultando y poniendo en entredicho el éxito de los propios pastores, de quienes invierten su precioso tiempo fingiendo velar por aquellos con sus rezos y sacrificios en pos de su salvación. He conocido a religiosos que desgraciadamente viven su religión como un ejercicio de distinción personal que solo ambiciona poder, vendedores de una hipócrita dedicación que nada tiene que ver con una vocación sincera, todo lo contrario, sintiéndose obligados a la inevitable servidumbre de tener que descender al mundo de las dudas y errores de los fieles ignorantes de la verdad, el fastidioso cumplimiento de un expediente que al menos les sirve para despejar el camino del propio ascenso y asegurarse un futuro entre las alfombras y los oropeles de las más altas instancias.

Todos esos niños y niñas, así como nosotros mismos, somos víctimas, obstáculos para quienes se consideran a sí mismos pastores de almas, da igual el dios al que finjan servir; una antiquísima forma de dominio que pretende hacer de cualquier sacerdocio una intermediación parasitaria de los miedos y temores más humanos, una forma de vida inventada y exclusivamente validada por la volátil e indocta fe del creyente. Otra forma más de opresión.

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Consumo de guerra

Los procesos de preparación y conservación previa, así como el empaquetado de alimentos para consumo rápido y en condiciones adversas se aceleraron con los millones de raciones de guerra que los soldados incorporaban a su utillaje básico durante la última Guerra Mundial. Raciones individuales que la tropa podía consumir cuando tuviera ocasión y la propia contienda lo permitiera. De entonces a ahora han pasado muchos años, y aunque hoy las guerras sabemos que todavía existen por las noticias internacionales es cierto que a la sociedad occidental le pillan más bien lejos, excepto para los voluntarios de cualquier tipo.

Pero la incipiente industria que se estaba formando entonces sigue creciendo y trabajando en la actualidad, y a juzgar por lo que puede verse a buen ritmo y con excelentes resultados. El negocio de los productos empaquetados ha seguido prosperando gracias a esas otras guerras de segunda y gracias también a esta economía de la rapidez, del consumo urgente en condiciones precarias e incluso peligrosas. No hay más que ver la publicidad que emite cualquier cadena televisiva comercial para cerciorarse de ello. Cada uno de los productos y mejunjes enlatados o precocinados con los que nos sorprenden provienen del mismo concepto de alimentación, una alimentación compacta dirigida a personas con poco tiempo y una agenda apretada para las que comer es algo más bien inevitable o secundario que placentero; una actividad que ni siquiera tiene entidad para ser considerada como un indispensable y reposado alto en el camino, y ni mucho menos una agradable forma de relacionarse socialmente que hace de la ingesta de alimentos la excusa para fomentar y fortalecer los lazos personales.

Pero al hablar de ese obligado intermedio o interrupción en el que se han convertido los atropellados horarios de comida, necesarios porque al menos está medianamente claro que es preciso ingerir unos alimentos sin los cuales no podríamos vivir -calidades y sabores al margen-, también me refiero al lugar en el que ese tipo de rancho o exigencia no debería existir: el propio domicilio familiar. Hoy, ese reducto de la intimidad y el descanso, del tiempo relajado y las conversaciones con un plato como excusa parecen cosa de otro mundo; también el hogar ha pasado a ser una zona de guerra en la que los alimentos se consumen en soledad o con una celeridad condicionada por cualquier agente externo presionando como un enemigo atento al menor descuido para acabar con la vida del soldado. Cada vez se dan menos oportunidades a las relaciones familiares entre individuos a los que solo parece unirles la vivienda compartida, y los actuales trabajos arrinconan y acosan con saña cualquier tiempo invertido -tachado como perdido- en el mero acto de comer en común. Priman las familias agobiadas por la precariedad de tiempo y dinero que andan de aquí para allá entre trabajos mal pagados e hijos malamente atendidos.

Es por eso que la alimentación que se publicita hasta la saturación se asemeja a la de una economía de guerra, teniendo más que ver con precocinados y envasados que pueden consumirse en el mismo envase que achicharra el microondas. Esa supuesta rapidez y/o comodidad tiene que ver con el escaso y siempre peligroso tiempo del soldado, pero el actual soldado es un trabajador permanentemente dispuesto a saltar al campo de batalla, un peón asediado por turnos tan irracionales como interminablemente largos e inútiles y trabajos en los que la disponibilidad del soldado/trabajador es de veinticuatro horas al día, trescientos sesenta y cinco días al año, algo así como una guardia permanente.

La comida larga servida en platos en la que suele surgir una conversación que lleva al intercambio de opiniones y pareceres entre los comensales -también valen las discusiones- queda para familias con tiempo, cocina y conocimiento de qué significa comer en común además de ingerir alimentos.

Tampoco vale, por ser un mal sucedáneo, la proliferación de establecimientos de comida preparada o servida a domicilio, porque el mismo acto de comer sigue siendo un inconveniente que hay que solventar de la peor manera; así, los que durante la semana no tienen tiempo para sentarse y hablar con un plato delante ya pueden hacerlo porque otros se encargan de llevarle a la mesa ese alimento que tampoco se sabe ni se quiere preparar. Al menos se puede comer en plato, casi como esas familias en las que las comidas se alargan y las sobremesas se hacen interminables, una celebración de cine o de ricos.

PD. El futuro no pinta mejor, no hay más que ver la alimentación ofrecida por la publicidad a esos apuestos jóvenes permanentemente conectados que, casi inútiles a la hora de su propia manutención, presumen de preparados como de novias, sin advertir que se trata de otro adiestramiento para su futura vida familiar; momento feliz en el que se constituirán en diestros consumidores de elaborados y precalentados a cargo de niños embelesados en una pantalla en la que ya identificarán sus propios envasados listos para consumir a tan tierna edad.

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Verano

El calor será antológico, nos lo venían anunciando desde hacía días los meteorólogos televisivos, ese nuevo star siystem del aburrimiento colectivo empeñado en monopolizar las noticias como si el público fuera completamente imbécil. Hemos pasado del tiempo como conversación obligada e intrascendente en el ascensor a centro de cualquier noticiario que se precie, quizás porque las mentes pensantes, a falta de la necesaria profesionalidad informativa y sin imaginación para ofrecer un servicio medianamente digno, consideran de primera necesidad atar el televidente a cualquier precio, y qué mejor que asediarlo y atemorizarlo con obviedades de tres al cuarto; como si no estuviéramos en verano y, como adultos más o menos sensatos, no supiéramos que más vale ponernos a la sombra que sudar hasta deshidratarnos.

Estos nuevos sabios de pacotilla son expertos en amedrentar a cualquiera que tenga que salir a la calle, obligadamente o no, y temo que en el fondo desean que alguien cometa una torpeza y tenga la desgracia de convertirse en víctima de “la caló” para inmediatamente saltar ensoberbecidos, ¡ven! ¡ya se lo dijimos! ¿se dan cuenta de que somos imprescindibles?… y así sucesivamente.

Sin embargo, paseando hace unos días por el centro a primera hora de la tarde no era tanto el agobio, había sombra suficiente y el personal iba a lo suyo, para eso está de vacaciones, lo que me parece estupendo. Había numerosos mendigos aguardando la bondad del paisanaje, algunos rodeados de toda una logística sobre la que no tienes más remedio que aventurarte a la hora de pensar en recogerla u organizarla para un eventual u obligado traslado; imagino que su destreza superaría con creces mi incredulidad. También había músicos, parecía o creí más que de costumbre, la mayoría recreando, con resultados más bien desiguales, composiciones clásicas que en algunos casos sonaban bastante empalagosas, amén de algún otro armado con un amplificador pasado de decibelios, porque hay bastante diferencia entre acariciar el oído del paseante y conseguir que preste atención o herirlo con un estilete de punzantes agudos. Había turistas, pero sin avasallar, la mayoría todavía reposando en el restaurante de turno, cavilando o calculando sobre el siguiente destino antes de volver al sol de Agosto. En los centros comerciales muchos descansaban y se refrescaban husmeando entre expositores y anaqueles poblados de rebajas y no tanto; no cobran por ver y, llegado el caso, hasta puedes encontrar algo interesante, eso que llevabas buscando desde hace tanto o aquello otro que tampoco te vendría tan mal, compra fácil si previamente uno mismo se convence de que la presunta adquisición no es superflua o innecesaria; muy en el fondo lo necesitas y, en cualquier caso, por qué no darse un capricho en vacaciones.

Mujeres con las cosas mucho más claras, les gusta comprar y tienen la paciencia para ello, sin tener que explicar ni justificarse, y al que no le parezca bien solo tiene que quedarse en la calle, como esos padre e hijo en medio de la puerta de acceso de una conocida tienda de ropa, de blanco inmaculado, mirando hacia ningún sitio y recelosos del calor. Había franceses con pinta de expertos que examinaban concienzudamente vinos, licores y conservas sin llevarse nada, demasiado caro; o sudamericanos ataviados con esas frescas chaquetillas de manga larga y su correspondiente sombrero de igual color que pasaban de comprar y preferían entretener el tiempo con un café y un refresco.

De nuevo en la calle, y ante la enorme variedad de prendas que visten las mujeres intentando sobrellevar el estío sin llegar a caminar desnudas, me puse a cavilar en lo que pensaría y cómo reaccionaría un caballero, pongamos de principios del pasado siglo XX, que mágicamente fuera transportado a esta plaza; qué le haría sudar más, el sol de la tarde o el ir y venir de tanta mujer cubierta a partir de un criterio tan amplio a la hora de mostrar qué parte o partes y cuánto de su propio cuerpo.

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