Sexo

¿Qué hacía allí sentado? Menos mal que nadie lo estaba viendo. Precisamente ese era el problema, aunque él mismo no se lo terminara de creer. En realidad había salido huyendo, fingiendo una excusa que a cada minuto que pasaba allí encerrado le parecía más estúpida. No había sabido reaccionar, le pilló tan de sorpresa que se sintió obligado a pedir tiempo muerto. Mientras ella, en la cama, aguardaba sin todavía saber que no se saldría con la suya, aunque comenzara a barruntarlo… por mucho que hubiera razonado a la hora de intentar convencerlo de que aquello era algo normal… ¡Una mierda! Ni siquiera para ella era algo normal… con todo lo que dijera… Intentaba repasar lo que acababa de suceder y no veía motivo que explicara aquella salida de su chica. Habían quedado, igual que siempre, tomado unas cervezas, pasado unas horas con los amigos y, como de costumbre, cuando y como tocaba, desaparecido en dirección a la cama. Como cualquier otro viernes… pero, además… ¿por qué tenía que ver porno sin él? En el fondo no le parecía bien, no sabía por qué pero las cosas no eran así. Él siempre se lo decía y ella sabía que no le mentía, todo lo que veía se lo contaba y si le parecía bien lo practicaban, pero de eso a qué ella viera porno sola o con las amigas y luego tratara de que hicieran lo que le había gustado… y más eso… era demasiado. Si creía que se iba a salir con la suya estaba lista. Él no pasaría por ahí, él no era maricón. Después silencio y los minutos que no paraban de correr. Ella seguía en la cama mirando al techo, aguardaba y en parte creía entender los temores de él mientras se decía que no tenía por qué, era ella la que se lo pedía y tampoco iba a ir contándolo por ahí, además de que podía gustarle. Era lo mismo que él hacía cuando probaban lo último que acababa de ver y que tan bien le había parecido, sobre todo por cómo disfrutaban los actores en la pantalla. Porque presumía de saber cuándo era de verdad y cuándo fingimiento, había situaciones y posiciones en las que notaba que las actrices realmente lo pasaban bien, disfrutaban de lo lindo, e inmediatamente después pensaba en su chica y en cómo hacerlo con ella para que también disfrutara; seguro que le gustaría, siempre estaba bien informarse y aprender del porno cosas que a uno no se le ocurrirían y que muchas veces acababa siendo estupendo practicar. Ella miraba el artilugio que tenía en la mano sin perder de vista la puerta del baño, tras la cual no se oía ni un respiro ¿qué estaría haciendo? Volvía a repasar lo sucedido y no encontraba motivo para su repentina indisposición, qué tenía que pensar ¿acaso no confiaba en ella? No le había gustado y había salido huyendo, lo que, bien visto, llegaba a enfadarla porque le parecía injusto por su parte. Ella siempre había accedido a sus peticiones. Que si he visto esto, que si he visto aquello, que si nos ponemos en esta posición, te la chupo de tal modo, lo hacemos de este otro, por delante, por detrás… y yo accedo a todo. Y ahora que le digo que también veo porno y que me pareció interesante lo que vi en la última película y cómo disfrutaban se va como si le hubiera ofendido, porque en el fondo se siente ofendido. ¡Qué gilipollez! Y así permanecían, él cada vez más irritado y menospreciado, casi humillado, y ella comiéndose sus intenciones y con la impresión de haberse comportado como una imbécil al creer que su novio era tan abierto como alardeaba. Y todo porque le había intentado explicar que en la película que había visto, durante el trío, una de las chicas se ponía un pene de silicona sujeto a unos arneses y penetraba al chico por detrás… Bien que gritaba de placer cuando una empujaba mientras él se lo comía a la otra. Y después de gastarme el dinero en uno de estos y decirle que si se lo hago yo a él me sale con que se lo tiene que pensar. ¿No es el mismo agujero en los dos casos? ¿Por qué si yo disfruto cuando me la mete por el culo porque lo ha visto en una película no puedo hacer lo mismo con él? Eso no quiere decir que sea marica, se trata de probar cosas nuevas entre los dos, ahora va a resultar que tiene prejuicios, y además es machista…

 

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Familias

Sería curioso e interesante a la vez que las actuales condiciones laborales, en las que incluyo la dificultad para encontrar un trabajo medianamente decente del que poder vivir, facilitaran una vuelta de los antiguos núcleos familiares en los que convivían a la vez varias generaciones en una misma residencia. Mantenida la familia principalmente como modelo patriarcal sobre el que apoyar la sociedad y con ella asegurar la transmisión de la propiedad en una única dirección, y a la vez reducida a su mínima expresión por unas exigencias productivas que fomentan la multiplicación de los núcleos familiares con el único objetivo de aumentar los puntos de consumo, no estaría nada mal que como reacción a tanto sinsentido y codicia capitalista la propia familia actuara en contra de los intereses de los actuales valedores del cotarro, es decir, que regresáramos a la antigua familia multigeneracional con una única residencia familiar en la que habitarían al mismo tiempo abuelos, padres e hijos sin ningún problema, porque lo prioritario sería la ayuda mutua a la hora de vivir felices y hacerse un hueco en este mundo.

Menospreciada esa misma familia en función de una mendaz liberación que asimila la salida de los jóvenes del hogar paterno a una independencia que sobre todo tiene que ver con el consumo, no estaría nada mal que las circunstancias movieran a la gente a actuar en sentido contrario; podría postergarse esa huida del núcleo familiar sin perder autonomía ni obligatoriamente tener que montar una casa propia, con idénticas o superiores comodidades que la paterna, a costa de endeudarse indefinidamente y asumir unos dispendios inútiles a los que se queda atado por más años de los queridos.

En un giro entre obligado y feliz solo restaría que los actuales jóvenes, que ya viven junto a sus padres por imperativo económico, despreciaran esa libertad bastarda e interesada y permanecieran en la residencia paterna sine díe. Esta convivencia, siempre difícil, aumentaría y consolidaría el valor de unos y otros forzando un diálogo que hoy resulta imposible; en la actualidad padres e hijos se separan como desconocidos y en la mayoría de los casos nunca volverán a encontrarse como individuos.

No sé si lo que se necesita es valor o un nuevo y simple desinterés por ese consumo de inmuebles obligatorio, porque no estaría nada mal priorizar otras situaciones.

Y esta multiplicación de hogares inútiles tendría fin puesto que con su obligada adquisición no se consigue ni progresar ni mejorar, ni personal ni socialmente. La permanencia de los hijos en casa podría dar lugar a nuevas formas de vida que tendrían que luchar contra un capitalismo salvaje que impone el divide y vencerás con tal de crear miles de sujetos sin poder ni trascendencia obligados a una servidumbre laboral y física de por vida.

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Distopía

Cada vez más vivimos en un universo de pequeños mundos cerrados que no llegan, cada uno de ellos, a casa de vecinos, mucho menos a presencias individuales; funcionamos a partir de un sistema de estímulo/respuesta que se extiende a una gran mayoría de las actividades humanas de la llamada civilización occidental. Hasta tal punto estamos embebidos en este desordenado vertedero de cubículos que ya no vale acusar a los más jóvenes de estar poseídos las veinticuatro horas del día por el dispositivo electrónico de turno. El resto se escapa, o sea, todo se nos escapa, estando como estamos más pendientes de sucesos o casualidades particulares, a cual más aleatoria e intrascendente, que del conjunto, del funcionamiento y el absurdo progreso del propio sistema, al que ya por propia convicción nos sentimos incapaces de llegar o comprender. Habituados a deambular por un estrecho círculo de diámetro reducido que comienza y acaba en nosotros mismos, puesto como excusa para justificar nuestra inoperancia, marginal existencia o completa irrelevancia, nos movemos en función de estímulos como única respuesta a otros de similares características, dejando las respuestas más o menos largas y/o reflexivas para los fastidiosos estudios, los adultos inadaptados o el pasado, o simplemente ni existen. Todos, sobre todo y ya, ahora, los poseedores o con acceso de cualquier tipo a alguna conexión a la red, acabaremos desenvolviéndonos instintivamente en función de unas órdenes de respuesta binaria similares a comandos de videojuegos.

En muchos casos ya hoy se actúa como consumidor/interruptor respondiendo de forma inmediata a un identificador que hay que insertar, a la inevitable contraseña u obligados a aceptar una actualización inapelable, casi de vida o muerte; instados a pulsar un “me gusta” que en muchos casos ya es existencial. Manipulados cuando nos obligan a obviar un anuncio si pretendemos llegar donde íbamos, encadenados a obedecer el “volver” o a recuperar la página de inicio para continuar, o a confirmar para repetir lo que hace tan solo unos segundos ya habíamos dicho; en fin, un repertorio de respuestas concretas que no dejan espacio a una mínima reflexión, ni siquiera al más elemental de los porqués; porque ¿por qué he de pasar tantos trámites obligatorios si lo que persigo nada tiene que ver con ellos? El funcionamiento del sistema obliga a pulsar de forma rápida e inconsciente sin que podamos evitar la impresión de haber metido la pata porque no sabíamos si la prisa era porque deseábamos llegar al final cuanto antes o porque nos estábamos poniendo nerviosos con tanto permiso, publicidad y códigos de identificación. El tiempo y las pautas del medio pasan a ser las nuestras, nos es ajeno e impuesto mediante órdenes directas de obligado cumplimiento si pretendemos proseguir.

Reaccionamos a las órdenes como respiramos, hasta el punto de que llegará un momento en el que sin órdenes que nos estimulen probablemente no sabremos continuar, permaneceremos en tierra de nadie, sin saber qué o por qué hemos llegado hasta allí, porque, perdida la propia iniciativa, nos faltará la capacidad para dar el paso siguiente por nosotros mismos, constreñidos por un proceso interminable que se alimenta de clics que igual abren y cierran accesos electrónicos como activan procesos mentales. Y cuando eso suceda nos detendremos en un anónimo e indefinido stand by, y desgraciadamente esa será nuestra vida real. Entonces sí que la historia se habrá acabado.

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Dios

Hay cine religioso -tal y como suena-, cine en el que aparecen curiosos o misteriosos personajes con poderes y capacidades sobrehumanas que se antojan divinos, sin que sean nombrados explícitamente en la pantalla y que el espectador acomoda a su gusto y, por último, otros que expresamente son Dios, o una representación suya más o menos aventurada. La mayoría de estas películas no son directamente doctrinales, sino que los sagrados protagonistas se dedican al bien sin membrete ni proselitismo de ningún tipo; tal vez por eso me costó aceptar que en una película de hace un año, con actores conocidos y muy conocidos, apareciera Dios en toda su plenitud. Como lo leen, el omnipotente y omnisciente creador del universo en, eso sí, versión multirracial; e imagino que se trata de un contraataque de las fuerzas cristianas intentando sostener la moral de tanto individuo desorientado por la falta de fe. Se trataba de un sano, particular y exclusivo Dios protestante -personalizado a gusto de cada consumidor- que venía a recordar que el paraíso es una cuestión individual al que se accede por méritos propios, a saber, con trabajo remunerado, casa en propiedad y una cuenta bancaria más o menos saneada; todo lo contrario de esas otras religiones que predican una salvación general para multitudes en las que la ayuda mutua y el amor a los demás confunden más que aclarar las mentes. Un Dios de un buenismo pueril que vendía con grandes sonrisas un sórdido egotismo particular y una santa resignación lo más alejados posible de cualquier atisbo de solidaridad o de una comunidad o iglesia universal. Tal y como imaginan, un Dios made in America.

Un Dios alejado del clásico rostro ario que se suele disfrutar en las versiones locales, por aquello de la cercanía con el fiel; porque en este caso Dios era mujer, y negra; y en sus otras personalizaciones, todas simultáneas -¡qué magnífica demostración de versatilidad!- también aparecía como mujer asiática, joven moreno de aspecto y rasgos mediterráneos o indígena norteamericano; con la misma sonrisa e ubicuidad e idéntico poder y bondad, hasta el punto de llevar al “prota” de la peli a una envidiable y soleada carrera por la superficie de las aguas que ya quisieran soñar los predicadores más exigentes y puristas. Todo un descubrimiento del que no acababa de dar crédito a medida que la película avanzaba y el Creador desplegaba sus habilidades -las mismas de siempre- a la hora de no saber cómo justificar las tragedias humanas (porque para eso ya está la fe); esas tragedias que suelen golpearnos dejándonos para el arrastre y que nos empeñamos en ver y asumir como no corresponde. Porque frente a nuestra ira, impotencia y desesperación tan terrenales hay algo más que nos resistimos a creer, que Dios nos quiere, por eso aprieta pero no ahoga; es decir, que las desgracias tienen que pasar y nuestra obligación es asumirlas con alegría.

Tan penoso como el resto de la película y donde más se nota la precariedad, tanto formal como imaginativa, de las religiones a la hora de adaptarse al presente era la versión cutre del paraíso que mostraba, en eso parece que no ha pasado el tiempo, se trataba de la misma versión de andar por casa que hace dos mil años se ofrecía a los castigados habitantes del desierto -entonces más bien justificada-, un jardín de lo más kitsch, una beatífica y soleada proliferación de árboles, lagos y flores, una espléndida y fresca vegetación que al parecer alegraba la vista y purificaba el alma de los asolados creyentes de entonces. En eso los productores de la película, probablemente apremiados por un proselitismo infantil de lo más burdo e irrespetuoso para con la inteligencia, no supieron o no se atrevieron a arriesgar en presente, porque en los tiempos que corren quién se aventura con un paraíso para tantos; ¿toda la humanidad? ¿mezclados e iguales cuando nuestra religión es la mejor con diferencia? ¡Qué confusión tan repulsiva! Mejor echar mano de lo que siempre ha funcionado con los espíritus simples.

En fin, que si ya no tuviéramos suficiente con semanas, santos, romerías y patrones locales, ahora viene la derecha norteamericana más recalcitrante a intentar convencernos, de la mano Hollywood, de que el trabajo individual dentro de un orden capitalista de propiedad privada es lo que realmente santifica y gana el cielo. Qué cerca queda Max Weber.

¡Ah! la película por aquí se titula La Cabaña.

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Sr. Iglesias

El problema no es que el Sr. Iglesias haya adquirido una casa en propiedad por el importe que le haya dado la real gana pagar, total, vivimos en una sociedad capitalista en la que la propiedad es el único signo de estatus, el más visible y al que todos aspiran, muchos a costa de su salud y su vida. Por eso la hipoteca es el medio inventado por el propio sistema para que los ricos se perpetúen en su riqueza, en este caso en unos pocos años, y los pobres dilapiden sus mínimas posesiones, sangre y esfuerzo, para cumplir unos intereses tan crueles como eternos.

El problema no es que la derecha más cínica y cerril, y la otra, puesto que por aquí casi todo es derecha propietaria, haya utilizado la compra del Sr. Iglesias para crucificarlo por activa y por pasiva; como decimos por aquí, se lo han puesto a huevo, un enemigo menos. Porque una vez que dispones de dinero piensas con dinero, luego el paso siguiente viene dado, quieres tener más porque tienes, igual que la casta dominante. No hay excusas.

El problema no es que los padres del Sr. Iglesias, al igual que esa misma derecha rancia y vengativa que se ha encargado de sacarlo a la luz, utilizaran medios y recursos capitalistas para hacerse con un buen patrimonio que legar a su hijo, estaban en su derecho, puesto que vivían en una sociedad capitalista que fomenta tales adquisiciones a costa de dinero; la forma de conseguirlo es otra cuestión, pero el resultado final es el mismo. Y a medida que compraban empezaban a pensar, como capitalistas corrientes, en mantener, proteger y legar, incluida esa nueva seguridad y posición social que religiosamente concede la propiedad.

El problema no es que el Sr. Iglesias estudiara lo que quisiera sin problemas económicos, como buen hijo de papá, hasta puede que fuera contestatario, pero dentro de un orden y aplicado, e incluso viajara y descubriera por sí mismo que la tierra es redonda, además de cómo funcionaba el mundo y la sociedad en la que vivía; como también tenía derecho a que no le gustara lo que viera, como a mucha más gente. Y que poseído por el santo orgullo del conocimiento y una vanidad sin tacha fraguara en su cabecita la posibilidad de convertirse en redentor de fieles y con ello paliar tanta injusticia; porque, precisamente él, sí sabía cómo hacerlo, se lo decía el corazón. Para eso se llenó la cabeza de filósofos, mártires y libertadores frustrados que cayeron luchando contra los poderosos del mundo y de la historia. Además, podía hacer la revolución en la misma salita de su casa.

El problema es que el Sr. Iglesias, que ya era casta cuando se nos mostró, haya engañado a tantísima gente con su falsa melodía sin ningún asomo de vergüenza. Gente ahora desengañada y perdida definitivamente para la política.

 

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Viajar

Unos compañeros de trabajo en periodo de descanso hablando de viajes, con la jubilación no muy lejos para la mayoría; respetables padres de familia, algunos ya abuelos, con sus vidas voluntariamente puestas en cuidados paliativos y al parecer todo hecho. Hablan con esa suficiencia que suele dar lo vivido -aunque lo vivido no llegue para llenar la hoja de un calendario- y coinciden en sus miedos y desconfianzas de forma automática -seguridades, lo llaman. Hablan de los jóvenes y su manía de viajar a cualquier sitio, porque los jóvenes son eso, jóvenes, y no piensan en lo que puede suceder, en los accidentes, y se dedican a viajar sin ton ni son en lugar de preocuparse de ir a lugares donde haya una atención médica asegurada, por si acaso, un acaso que, oyéndolos, parece más bien una certeza. Por eso es mejor quedarse cerquita, o en el país, total, aquí tenemos de todo, playa y montaña, y además se come -cuestión más que importante- mejor que en ningún otro sitio; entonces ¿para qué más? Son jóvenes y solo piensan en divertirse -los justifican-, luego pasa lo que pasa y no tienen a nadie porque donde van solo hay calamidades. Asentimiento general cargado de un particular sentido común. No hay objeciones, hablan en un tiempo que no parece el suyo, inconscientemente amarrados a sus temores y carencias, muchas; dominados por unos recelos aliñados con una sobreabundancia de ignorancia y una educación corta que cercenó de raíz sus ilusiones, en la mayoría de los casos sin que llegaran a florecer, o simplemente desconocidas. Son el típico producto de una educación cerrada y represiva, santificada por una dictadura que se dedicó a capar futuros a costa de una seguridad que solo da para tirar hasta final de mes. Mañana Dios dirá.

Un grupo de mujeres más cerca de la adolescencia que de la jubilación hablando a gritos en el tren, en viaje de despedida de soltera y capaces de imponer los ridículos más inesperados a propios y ajenos porque les apetece. Sus pequeñas historias y comentarios, junto a la forma de expresarse, a veces rozan la inconsciencia, pero hablan a partir de una dedicación tan aparentemente sólida como en esos momentos desconocida -luego descubriré que aquella supuesta inconsciencia era un problema exclusivamente mío. Se dedican a la enseñanza -no hemos necesitado mucho para enterarnos-, disponen de nuestros hijos y nietos sin que aparentemente les tiemble el pulso, aunque oyéndolas en algunas cosas y situaciones sí temblaría el nuestro. También hablan de viajes… por todo el mundo, y cuando cuentan lo mismo se trata de una semana en Japón que de un resort en Bali. No hay fronteras, ni físicas ni idiomáticas, ni temores, ni accidentes, y para cualquier inconveniente ya está el guía cuidando del grupo, todos los guías. Para ellas el mundo es un parque temático -textual-, y una va donde en ese momento le apetece, que quiere decir cualquier parte de este pequeño planeta; los hijos aún son de otros.

Curioso país este… ¡cuánto hemos cambiado! La valoración de este cambio no me corresponde a mí, ni siquiera a ellas, aunque, viendo y oyéndolas, no parece que tampoco les importe, sobre todo teniendo como tienen un presente que consumen con fruición para envidia o rencor de pusilánimes y resentidos. Es lo que hay.

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En la barra

Mirando la televisión desde la barra el tiempo suele ser de espera, pasa sin que nos demos cuenta, tampoco preocupa, ya se encargan quienes organizan el entretenimiento para que los hipotéticos mirones pongan el aburrimiento de su parte con tal de no despegarse de la pantalla; aguantan, condición que no implica que presten atención o les interese lo que en aquella se cuenta, o simplemente aparece, uno de los condicionantes de la televisión es que la sucesión de imágenes y temas en forma de noticias sea lo suficientemente corta como para que el o los que están mirando no se cansen de mirar ni tampoco puedan ponerse a hablar de cualquier otra cosa que les interese, por ejemplo, ellos mismos. De pronto aparece una noticia sobre un tipo que en Canadá mató a varias personas a las que no conocía sin un motivo aparente, silencio, la perplejidad es común, en principio no hay comentarios, ni a favor ni en contra, tarda en asimilarse pero no hay más; en la pantalla siguen las elucubraciones de unas autoridades que tampoco entienden. No hay palabras, pero a pesar de la distancia cabe una especie de reflexión como comentario, algo que decir, no deja de ser uno de nuestra propia especie el que ha cometido tal barbaridad. Aunque la coincidencia es general nadie habla, nadie se atreve a lanzar una opinión o aventurar una hipótesis de por qué un tipo en apariencia normal decide montarse en un coche y atropellar, y matar, a cuantos se le pongan por delante.

La gente está loca -dice uno por fin-; esto está cada vez peor… va a explotar. Asentimiento general; sin palabras. No sabemos lo que queremos… Más balbuceos nada concluyentes. Sigue sin saberse.

Esta especie de comentarios que no llegan a afirmación, incluido el carácter dubitativo y falto de convicción con el que se dicen, nacen de una especie de temor general para el que no hay un fundamento claro; una duda permanente o aparente indefensión que se contagian sin que a nadie le interese cómo ni qué encuentran en común en cada uno de nosotros. Sin embargo, la sensación general es de pérdida, como si hace ya un tiempo que hubiéramos perdido el control sobre nuestras propias vidas; las poseemos como algo prestado y con ellas asistimos al transcurso del tiempo como invitados, sin fuerzas ni capacidad para sentirnos protagonistas ni propietarios de nuestro propio invento, el tiempo y su inalterable transcurrir según unas divisiones y regularidades que alguien implantó porque no había otras más a mano o porque éstas que tenemos le parecieron las apropiadas. El tiempo es el férreo metrónomo que rige cada vida particular, hasta tal punto obligada a él que cualquier protagonismo humano como singularidad independiente hace mucho que desapareció.

Ayer y hoy, tal y como regularmente hacen los tipos del bar cada mañana a la misma ahora, el tiempo cobija, hace enmudecer y, lo que es peor, justifica a la baja la rutina existencial de lo que antes eran almas con poder y capacidad para sobreponerse al mismo tiempo poseyéndolo como si fuera suyo, viviéndolo al ritmo del propio corazón. Hoy somos solo presencias, regularidades multiplicadas por miles a las que se les ha desposeído de todo protagonismo o capacidad de decisión, sobre todo mental; los movimientos que cualquiera ejecuta son solo eso, movimientos, desplazamientos obligados que tampoco son a sabiendas, sino simple y pura utilidad, o inutilidad. Apenas conscientes de nuestra propia intrascendencia ocupamos, nada más, rellenamos huecos y espacios para los que otros nos trajeron y, en cierto modo, nos obligaron a ocupar sin nuestro permiso y sin que nos advirtieran de que nuestra estancia en este mundo, lo que comúnmente se llama vida, sería de una irrelevancia absoluta. Nacimos capados y sin posibilidad de actuar de forma creíble o simplemente caprichosa.

Nos consumimos al mismo tiempo que consumimos con una formalidad espantosa y una falta de estímulos y apetitos que aterra, y lejos de revelarnos contra nuestra completa inutilidad de humanos sin proyecto ni por qué, nos contentamos con creernos presentes, que no vivos, por el mero hecho de estar, de ocupar, estorbar y aumentar un número sin ninguna calidad ni excelencia, ni constructiva ni creadora. Hemos llegado a una general carencia de sentido como especie, nos reproducimos con la misma inconsistencia que una mosca, con la diferencia de que las moscas no se hacen ilusiones respecto a su importancia en el conjunto de lo existente, se suceden naturalmente con total simplicidad, ni siquiera lo hacen rutinariamente, como nosotros. No lo sabemos ni lo queremos saber, rumiamos, tampoco nos importa cuándo lo decidimos o si fue por propia voluntad; nos han dejado tan faltos de ella que simplemente nos dejamos morir porque toca… ni que nos pregunten… tendríamos que pensar y alarmarnos por tan graves indolencia y dejación de funciones. Por eso cada vez entiendo menos por qué queremos vivir, si hemos perdido el estímulo de renovación, si nos hemos castrado a nosotros mismos como especie.

 

 

 

 

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Sorprendente

El revuelo que parece haberse armado con motivo de la sentencia contra los brutos descerebrados de Pamplona no deja de ser sorprendente, sorprendente porque tal vez mucha gente deseaba inconscientemente ver en ella algo que demostrara, al fin, que vivimos en una sociedad civilizada. Se equivocaban, solo eran deseos.

Y digo que me sorprende porque a veces nos cuesta entender y entendernos, además de aceptar el lugar y la sociedad en la que, para bien y, como en este caso, para mal, vivimos.

Que cinco bárbaros crueles no tengan ni vean objeción alguna en utilizar a otra persona como un objeto para su satisfacción más egoísta demuestra, una vez más, que habitamos en una sociedad enferma; que durante el juicio hubiera propios y extraños, de los llamados normales, que intentaran exonerarlos, justificarlos y defender una situación de violencia y poder entre desiguales basada en la fuerza y el número de los poderosos ya es para echar a correr lo más lejos posible de esa gente.

Que juzguen, por decirlo de algún modo, esos casos tipos que envejecen entre dictámenes y jurisprudencia que en más de una ocasión parece ajena a la realidad social, señores dedicados a asentar y crear más poder a partir de una situación de hecho injusta contra la mitad de la humanidad a la que se viene denigrando y humillando desde casi el principio de los tiempos es para echarse a llorar.

Que haya que leer cómo uno de esos abducidos por la toga humilla públicamente a una víctima ingenuamente creyente de la mano de un lenguaje legalmente capcioso y un meloso y desleal respeto por mor de una jurisprudencia puntillosa hasta el absurdo e insensible con las situaciones más descarnadas es para enrojecer hasta explotar:

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P. Buenos días.

R. Buenos días.

P. Solamente tres o cuatro precisiones y nada más. Reiteradamente, el comentario a las contestaciones que ha ido dando es que la situación le supuso un shock, se quedó bloqueada y se sometió. Que no sintió daño, que no hubo fuerza física y que tampoco hubo amenazas, sino que fue la situación de shock la que usted tenía y que sucedió lo que sucedió.

R. Sí.

P. Bien, esa es la percepción suya. La pregunta que le hago es: ante esa situación, desde el punto de vista de los acusados, ¿qué manifestación hizo usted, de cara a ellos, para que supiesen que usted estaba en situación de shock y que estaban teniendo esa situación de relaciones sexuales sin consentimiento por su parte, ¿cómo pudieron ellos… si usted hizo algo, manifestó algo, verbalizó algo…?

R. No, no. O sea, yo cerré los ojos… No hablaba, no estaba haciendo nada, estaba sometida y con los ojos cerrados. Si eso… Estaba con los ojos cerrados y sin hacer nada, ni decir nada ni nada. Entonces, si…

P. No estoy valorando, sólo pido una descripción de los hechos, porque somos, obviamente, quienes tenemos que resolver. No valoro nada, quiero simplemente puntualizar, desde mi punto de vista, extremos que pudieran ser relevantes en su caso. Desde ese punto de vista, su percepción ya la ha comentado, quería saber si, desde el punto de vista de los procesados, hizo usted en algún momento, algún gesto, alguna manifestación, alguna actuación suya..?

R. No hablé, no, no, no grité, no hice nada. Entonces, que yo cerrara los ojos y no hiciera nada, lo pueden interpretar como que estoy sometida o como que no.

P. En cualquier caso, daño, dolor durante ese episodio ha quedado claro que no sintió usted.

R. Es que no me acuerdo si en ese momento… Lo único que estaba con los ojos cerrados y pensando en que se acabara.

P. En que se acabase la situación. Gracias.

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(El Mundo, 26 de Abril de 2018)

 

Este es uno de esos casos en los que suele decirse que la violencia engendra más violencia.

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Educación

Lo peor no es que la presidenta de la comunidad madrileña muestre una catadura moral que más bien es caradura, ni que se agarre al sillón como si le fuera la vida en ello, no deja de ser el modo de vida de tanto parásito político que aguarda diligentemente turno en el partido que corresponda hasta que le llega el momento de satisfacer su vanidad y, si puede, llenarse el bolsillo a cuenta de su correspondiente parcela de poder; se trata de exprimir el cargo a costa de todo aquello que tenga que ver con la integridad, concepto este que los políticos actuales ni siquiera saben despreciar, simplemente porque lo suelen desconocer. Les llega el turno y han de aprovisionarse de sus correspondientes tazones de mierda antes de que les defenestren, porque siempre habrá otros, más torpes o más estúpidos, que no hayan sabido colocarse como es debido y acabarán siendo sacrificados por una prensa que se mueve entre la basura como forma de noticia y unos intereses económicos que maman directamente de cualquier tipo de publicidad, por aquello del mercado libre.

Lo peor de todo ello, como decía más arriba, es que a la mayor parte de la ciudadanía le dé exactamente igual, si es que no está ya cansada de culebrones tan burdos convertidos en noticia; bueno, no a toda, a los pobres pringados que nos dejamos el dinero en unos estudios inventados para exprimirnos el poco o mucho del que disponemos no nos parece del todo bien. Más cuando sabemos que esos cursos de pago son los últimos cursos de los antiguos estudios públicos y gratuitos, ahora masterizados para exigir el paso previo por caja, invento con el que el insaciable capital privado a la busca de beneficios acabará arrinconando por completo a la educación pública a costa de sobornar a políticos y enseñantes más preocupados por sus sinecuras que por ser honestos, si no consigo mismos, al menos con los demás. Total, la honradez no cotiza.

Hoy ya ni siquiera es estimulante la profesionalidad docente -tampoco se les supone-, o el respeto a sí mismo y a lo que supuestamente tanto trabajo costó -si es que no se utilizó para llegar donde ahora los medios de la señora aquella. No hay nada más deplorable que ver a la dirección de una universidad, al parecer formada por una mayoría de apesebrados, desdecirse de un día para otro sin sonrojarse; lo siento por sus alumnos, eso sí es tener caradura. Pero, en fin, supongo que también habrá alumnos que piensen que esta es su oportunidad y se dediquen a lamer culos para conseguir títulos sin estudios, que es lo que en este país parece que se vende.

Me contaba un estudiante de ingeniería de una universidad de provincias -otra guarida de mediocres perezosos anclados a su sillón- la chulería, por llamarla de algún modo, de un profesor que en una de las primeras clases del curso baboseó a los alumnos soltándoles que quien no tuviera un coche como el suyo -una marca cara, creo- sería un mierda toda su vida. Sobran los comentarios.

 

Se me ocurre una idea, deberían ser obligatorias las encuestas de calidad, me explico, que al final de cada curso los alumnos votaran al profesorado y a la dirección del centro, y según las calificaciones obtenidas los que pasaran con nota vieran mejorados sus emolumentos, los que rondaran el aprobado obligados a reciclarse y mejorar su labor docente y los suspensos enviados directamente a la puñetera calle, con la obligación de volver a oposicionar si quisieran regresar al redil. Esta opción, me temo, debería incluir la venenosa desconfianza del que justifica y no se fía de nadie porque en el fondo piensa que todos son tan sinvergüenzas como él. No deja ser política de hoy.

 

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Futuro

Su padre, evidentemente, fue antes, así como su desmedida afición a la serie Star Trek, un auténtico friqui que introdujo a su hijo, casi desde el biberón, en la sagrada parafernalia de la misma. Algo normal y más extendido de lo que pudiera parecer, en parte debido al supuesto derecho de todo padre a hacer de su hijo lo que le dé la gana y en parte por aquello de que todo niño comienza imitando a uno de sus progenitores en muchas o algunas de las cosas y aficiones que aquel cultiva y que el pequeño procura anotar en su cabecita y no perder de vista. Tampoco es que la serie Star Trek fuera de lo peor, hay gustos y aficiones que merecen palos y sus seguidores viven y se comportan como personas normales.

El problema, si puede decirse tal, surgió cuando el chaval decidió, con catorce añitos recién cumplidos y a falta de más de un lógico hervor, que quería convertirse en el señor Spock en versión terrenal, para lo cual era preciso operar algunos cambios en su fisionomía además de añadir un matiz que le daría al personaje un toque auténticamente personal, sería un señor Spock sin pelo -tal como la moda del momento obligaba-; es decir, vista la afición del papá, el niño no le iba a quedar a la zaga, ya estaba de bien de parecerse e imitar a, si quería ser alguien entre sus amigos y, sobre todo, frente a su progenitor, ya era hora de orientar su futuro y dar un paso adelante sorprendiendo a todos con un golpe de mano más impactante que un ataque klingon. Con la inconsciente aquiescencia de su madre, que no colaboración, porque la buena mujer escuchó de buen grado a su niño sin jamás imaginar que aquello iba de algo más que un disfraz, el chaval se puso manos a la obra con la inestimable colaboración de una tía desocupada que estaba, también hay que decirlo, un poco más para allá que para acá, cómplice amable que facilitó al muchachete todos los trámites e incluso aportó su consentimiento de adulto responsable directamente emparentado con la criatura cuando las obligatorias prácticas lo requirieron, o sea, que se hizo pasar por su madre cuando fue menester o la trascendencia de las decisiones lo demandaban.

Y así fue cómo el mozalbete, con la excusa del exigente curso escolar que recibía en un internado de cierto postín, abandonó temporalmente las obligaciones de su edad por la perentoria inmediatez de su aventura galáctica; es decir, se puso manos a la obra y en casi seis meses de aparentemente esforzadas aplicación y estudio cambió su imagen de arriba abajo, justo para presentarse por sorpresa con su nueva identidad en el cumpleaños de su papá galáctico. Y así fue como, el día señalado, un taxi aparcó delante de la residencia familiar y de él descendió un tipo -el muchacho era alto para su edad- vestido con pantalón negro ceñido, suéter oficial color azul y la cabeza completamente depilada, que no rapada, desde el mentón a la nuca, porque el propósito era que el cabello no creciera jamás; una gran nariz culminada con una porreta sin gusto, las cejas depiladas en ascenso hacia le enorme frente y un par de orejas puntiagudas que para sí las quisiera el originario señor Spock de la serie intergaláctica. De la hermosa melena que hasta entonces luciera el chaval y de la cara que se les quedó a los papás cuando abrieron la puerta a aquel vulcaniano de pro varían las versiones.

 

Posdata. Hubo alarma, más que sorpresa, un poco de escándalo, la obligada búsqueda de responsables, tras ser despojado el menor de toda autoridad, y la relativa preocupación por cuantos de aquellos cambios fueran irreversibles; esto último a espaldas del muchacho, entonces sí niño, un auténtico carácter que, todavía no se sabe si debido a la excelente educación recibida o porque como individuo respetuosamente alentado capaz de tomar sus propias decisiones ejerció de tal, en algún momento decidió encarar su futuro de forma tan drástica y sin que en ningún momento le pareciera una niñería. ¿No se trataba de su propia vida?

 

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