Fútbol y toros

Todavía en Londres, de vuelta en el aeropuerto, los cánticos por la recién conseguida Copa de Europa no cesaban para desgracia de los cansados viajeros que en espera del vuelo de regreso aguantaban de cualquier modo a las tantas de la madrugada. No se podía hacer mucho más, intentar dormir, entretenerte con el trajín de un aeropuerto abarrotado o pegar la hebra con algún paisano tan cansado como tú. Era lo que hacía un más calmado hincha con una mujer sentada a su lado, también esperando en la zona de embarque, lo que no le impedía saludar y gritar consignas al unísono cuando algunos colegas de afición pasaban junto a ellos. Todavía con la adrenalina de la victoria corriéndole por el cuerpo era capaz, sin embargo, de controlar su euforia y avenirse a una charla intrascendente con la mujer, quién le hacía saber sus temores a la hora de intentar descansar en el vuelo de vuelta. El hombre la tranquilizaba haciéndole ver que ellos también estaban cansados y no iban a alterar la necesidad de descanso del resto del pasaje. Por circunstancias normales que procuran ciertas interacciones casuales que ocupan tantos tiempos de espera la conversación se prolongaba animada y hasta cordial; y hubo un momento en el que el tipo preguntó, en voz más alta y como alarmado si ella era por casualidad del Atlético de Madrid. Ante la no respuesta de ella, o que no puede escuchar, él siguió con lo suyo haciéndole ver que si era así no ya no tenía remedio. También hay gente que vota al PSOE, ¡qué le vamos a hacer! Pero si eres del Real Madrid tienes que ser de derechas, no haya tutía; las cosas son como son.

Al oírlo, además de mi desconocimiento, o extrañeza por tal afirmación, recordé a tantos conocidos, amigos y familiares al parecer equivocados, ignorantes de esa pureza de pensamiento y afición; y si es incompatible ser del Real Madrid y votar al PSOE, ya no digamos a ecologistas u otros partidos de izquierda. También pensé que en la próxima ocasión en la que me encontrara con alguno de ellos les haría saber de su error.

Transcurrió el tiempo y volví a recordar la escena del aeropuerto londinense cuando vi el feo gesto que un jugador del Real Madrid tuvo con el actual Presidente del Gobierno a la hora de saludarlo con motivo de la recién conquistada Eurocopa. Aunque más que de situaciones de hecho o tendencias opuestas, el jugador madridista demostró su ignorancia y una completa falta de educación a la hora de afrontar ese tipo de situaciones; amén de una incultura descorazonadora al ser incapaz de separar cuestiones personales con cuestiones obligadas de diplomacia y protocolo. Probablemente a esos tipos los sacas del balón y se ahogan, limitaciones que espero no sean generales, aunque visto el perfil general del fútbol y los futboleros no me hago muchas ilusiones.

Viene todo esto a cuento porque en otra conversación, en otro ambiente completamente ajeno al fútbol, el taurino, escuchaba hace poco las quejas de un aficionado de toda la vida, de los de abono en Las Ventas, lamentando que va a tener que dejar de acudir a los toros porque un facherío vocinglero y exhibicionista ha convertido la plaza en su guarida, o en su feudo, y por encima y al margen de la corrida el aficionado corriente tiene que soportar un agresivo despliegue de simbología franquista que va más allá de pulseras, adornos o banderas, o conversaciones en voz alta en las que dejar bien claro la pureza de raza y pensamiento obligatoria a la hora de asistir y defender tradiciones tan auténticas como las suyas, y en religiosa exclusividad. El aficionado de más arriba sentía dejar el abono y la asistencia a las corridas, hastiado, e incluso ofendido, por semejante ostentación y zafiedad nacionalcatólica. Situación que, como en la futbolera, me volvía a traer a la memoria a familiares, amigos y conocidos que, independientemente de sus ideas de izquierdas, o de muy izquierdas, eran capaces de hacerlas congeniar con la todavía fiesta nacional, defendiéndola tanto como disfrutándola. No hay como recordar los años en los que una parte de la intelligentia comunista ocupaba los tendidos de Las Ventas atenta al desarrollo de la corrida.

Ante tal realidad ignoro qué harán los aficionados blancos de izquierdas, o simplemente demócratas, o los taurinos de tendencias similares. Supongo que aguantar como puedan, quizás reivindicarse o poco a poco ir retirándose de tales espectáculos ante la agresividad y sobreexposición de esta gente. Solo espero que todo este despliegue de facherío militante, acaparador y totalitario se vaya agotando o quede recluido en un anacrónico y reaccionario franquismo. O finalmente desaparezca sustituido por hábitos y costumbres más democráticas y tolerantes. De lo contrario…

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Cena

La cena derivaría de forma rutinaria hacia un final más que previsible sin que ninguno de los presentes hiciera nada por intervenir al margen de lo evidente, estar, comer y beber de lo ofrecido en la mesa de las viandas. Estaban todos, como de costumbre, pero poco más, es lo que tienen algunas celebraciones, que los participantes se sienten justificados por la obligación y con ello consideran que es suficiente. Por otra parte, ninguno de los presentes tenía que hacer en otro lugar, cuestiones pendientes o que se hubieran perdido porque uno no puede estar en dos lugares al mismo tiempo, como tampoco existían problemas personales, con el organizador o entre los presentes, nada de eso. Preguntados con anterioridad por su asistencia y el deseo de acudir ninguno habría puesto objeciones importantes, todo lo contrario, era un buen día -como otro cualquiera-, estaban libres y al día siguiente no había que madrugar; dato a tener en cuenta que en ocasiones suele usarse como motivo para justificar una ausencia.

Pero con estar no siempre es suficiente, aunque también es cierto que si ha de surgir algo inoportuno o interesante, o que dé lugar a un cambio de tercio finalmente salvador de la reunión, incluso extraordinario, o inolvidable, es primordial estar allí, participando de algún modo. Cuántas cenas y reuniones se repiten y acumulan de forma mecánica, convites que a los pocos días, u horas, desaparecen de la memoria, o directamente se pierden sin que los participantes, aún a costa de su tiempo, se hayan sentido en algún momento cómodos o interesados, dispuestos a hacer de la reunión algo distinto a la última vez. Contemporizamos habituados, o maniatados, por una serie de rutinas anuales que acaban acumulando tanto cansancio como hastío, impuestas por el calendario y asumidas como inevitables. Obligaciones, casi contractuales, cumplidas con fiel devoción.

El festín transcurría, como suele decirse, sin pena ni gloria, con las mismas y los mismos haciendo de ellos mismos, algunos medio ausentes o con aspecto distraído, o atados a rutinas de las que uno no puede desprenderse -ni sabe-, beber, comer como si no hubiera mañana, aburrirse, renegar o fumar, etc., móviles incluidos. También suele ser común que se den o repitan situaciones y circunstancias que en algún otro momento o reunión fueron comentadas en voz alta, entonces novedades, incluso cuestionadas o discutidas entre partes enfrentadas, y con cierta energía, pero ahora nadie quiere representar papeles incómodos o inconvenientes -a modo de respeto mutuo general-; y ni mucho menos hacerse molestos. En estas reuniones puede hablarse de todo excepto de lo que no puede hablarse, que en muchas ocasiones es de todo -¿entonces? Y nadie desea acabar discutiendo como consecuencia de una diferencia de pareceres u opinión, aunque no siempre tiene por qué ser malo o perjudicial. Aunque asistir a una cena para que al final acaben tocándote las narices, porque hay cosas que dices o haces sobre las que a algunos les gusta objetar o directamente no les parecen bien, siempre es un fastidio, mejor no acudir. Para un rato que vamos a estar juntos no es cuestión de estar metiéndonos unos con otros por tener algo de qué hablar.

Como resultas de todo lo dicho, aquello parecía, además de una cena, evidentemente, la repetición de un evento reproducido más bien por inacción que por participación, e incluso puede que más de uno aún confiara en una inesperada revitalización, una sorpresa agradable, ese gesto insospechado, esa conversación, un error gracioso o un accidente tonto que de pronto abre la espita de las ocurrencias, que están pero no siempre ocurren, y el muermo se transforma en una cena inolvidable finalizada con baile, cánticos y más de unas copas de más.

Pero no, esta no fue diferente porque nadie quiso, ni se preocupó, y digo quiso porque, en nuestro propio perjuicio, hemos aprendido demasiado bien a comportarnos, a guardar las distancias, a “respetarnos”, a no meter la pata, a pasar desapercibidos de tal modo que es como si no estuviéramos allí; dejando que el tiempo corra rápido para escapar cuanto antes. El año que viene volverá a repetirse, con el consiguiente aumento del cansancio y renovadas sospechas: por qué hay que acudir si aquello se ha convertido en un rollo insufrible. Sin embargo, para qué vamos a pensar que el muermo tal vez seamos nosotros, que ni siquiera nos atrevemos a hablar sin que permanentemente se nos dé la razón, o al menos que nadie diga no. ¿Qué vamos a hacer? No todos los días son domingo.

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Degustar

Este tema no es nuevo en estas páginas, pero, qué voy a decir, hay cosas que me llaman la atención, o que caen por su propio peso, como suele decirse.

Que un tipo llene cada día su negocio, a 200 pavos por barba -y sin líquidos-, es algo más que una curiosidad; también puede que sea normal y ni siquiera parezca o pueda decirse caro, depende de la vida que uno lleve, o a la que esté acostumbrado, o a la que le hayan adscrito por nacimiento. Intento imaginar a familias de tres o cuatro miembros -por no tirar muy alto- ocupando la mayoría de las mesas y dejándose la pasta satisfechos por la “experiencia”. Y en un alarde de “profesionalidad”, o de chulería, el orgulloso propietario ha decidido eliminar esa ordinariez del menú y exponer ante la clientela solo degustaciones. Porque no se trata de entrar, sentarse, ver y elegir, de eso nada. Evidentemente no debe tratarse de un local al uso, donde acuden familias, amigos y conocidos a charlar y pasar un buen rato con la excusa de una mesa y unos platos bien preparados; eso era antes, cuando la gente solía reunirse para comer, por aquello de alimentarse, así como por compartir, relacionarse, etc. Actos característicos de la especie en los que suele mostrarse lo mejor de la misma, esa parte común y participativa que, en última instancia, da sentido a cada vida particular.

También es cierto que a partir de semejantes exhibiciones de vanidad suelen aparecer malintencionados hablando estatus, castas, clases, esnobs o incluso fantasmas, probablemente despistados que todavía creen que estamos en una sociedad igualitaria y todos nos beneficiamos de los mismos derechos. Es cierto que vivimos en un país libre y cada cual hace y monta el negocio que le da la gana, y sirve a quién le apetece, y no deja pasar a quien no está dispuesto a dejarse las muelas sin rechistar a la hora de abonar lo que le prescriban por la experiencia. Y mucho menos a comer. Porque quizás no se trata de lugares en los que se come o ingieren alimentos, sino de otro nivel más allá de la vulgaridad de cocinas y cocineros; imposible equivocarse y sin posibilidad de comparación porque estamos ante algo excepcional. Estos lugares deben ser auténticos y exclusivos “espacios de inmersión culinaria creativa” donde el visitante, que no cliente, no accede así como así y, al igual que en las galerías de arte, ha de solicitar previamente hora para admirar la exposición, además de “llevarse algo a la boca” -perdón. En tales sitios no es menester hablar de gustos o “no gusta” porque con ello uno puede quedar como ignorante o directamente resultar ofensivo; si usted no está a la altura de lo que se le ofrece tiene un grave problema, o no llega o no es apto; como tampoco puede mezclar la obra de arte emplatada con cualquier brebaje, ¡cuidado! El cándido y generoso cliente está obligado a poner en juego todos sus sentidos para dar con -qué digo, descubrir, admirar- la infinidad de matices que ofrece cada creación que le presenten bajo sus narices, embriagadoramente inmerso en una auténtica experiencia creativa o, ya puestos, obra de arte. Como tampoco estaría bien visto charlar o conversar, en primer lugar porque puedes perderte la necesaria explicación previa que antecede cada puesta en escena -que generalmente una gran mayoría no entiende, o directamente le suena a chino, pero a la que asiente dócil y sonrientemente con su cabeza-; la única conversación permitida ha de limitarse a las inevitables loas y alabanzas que tal “experiencia inmersiva en tan excepcional laboratorio creativo” provoca en el visitante.

Porque productos, productos, los originales, solo están en potencia, divina trascendencia de la tierra y el mar primigenios. Tampoco sería extraño que con el tiempo ofrecieran tales maravillas culinarias elegantemente envueltas al vacío, de tal modo que la mera apertura, siempre única, personal e intransferible del delicado y protector envoltorio dejara libres una serie aromas y olores, perdón, sensaciones, que evidentemente complementarían el delicioso placer que a continuación el cliente introduciría entre sus muelas y mezclaría con su vulgar saliva. Como suele decirse, una experiencia única en la vida. Lo que antes se llamaba comer sublimado hasta al séptimo cielo y magníficamente sellado con una cuenta final de cuatro o cinco cifras -y sin decimales.

Claro que vivimos en un país libre, pero siempre es de agradecer que no intenten tomarte el pelo por principio, o directamente te desprecien. No estaría mal un poco de modestia a la hora de ensalzarse a sí mismo, menos petulancia y ya no digamos la jactanciosa arrogancia que algunos de estos cocinitas supuran cuando hablan. Por pura educación.

PD. Acabo de leer en la prensa, por parte de uno de esos “expertos en el arte de comer”, que los ricos no van a los restaurantes (¿?).

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Olimpiadas

Quizás lo mejor sea no pensar y dejarse llevar. Con la que está cayendo y si se dispone de ventilador o un aire acondicionado decente, qué mejor que lanzarse al sofá y distraerse veinticuatro horas al día con el espectáculo de los Juegos Olímpicos. Porque en el fondo siempre es entretenido disfrutar con las proezas de tal acumulación de hormonas y juventud compitiendo bajo la sabia y responsable supervisión de árbitros y jueces aportando la madurez con que sofocar, además de la correspondiente cordura, el despliegue de tanto vigor juvenil. Sobre todo ahora que, superadas, o desparecidas, las antiguas pugnas audiovisuales entre empresas de comunicación de medio mundo para quedarse con la emisión en exclusiva del evento, este puede verse en varias plataformas en todo su esplendor. En algunas prácticamente todo y a todas horas.

También existen, y están, los encargados de enfangar la fiesta, obsesión y entretenimiento de despistados, tocapelotas, amargados y renegados del deporte que consideran el invento un completo despilfarro de países ricos que no soluciona las guerras ni los grandes problemas que acosan a la humanidad; también los odiadores de todo lo relacionado con lo deportivo, su ociosa inutilidad -ofendiditos con causa y ninguna gana de maltratar, que no ejercitar, el propio cuerpo, un inevitable inconveniente que arrastran más que cuidan. Luego viene el enorme negocio que se esconde detrás de tan magna celebración, para empresas de material deportivo, medios de comunicación, planificadores urbanísticos y hasta algún hedge fund subterráneo a la caza de todo tipo de rentabilidad en forma de seguros imposibles, apuestas a la baja, déficits y posibles superávits rápidamente rentabilizados de forma canibalesca.

Así que, si usted es un ciudadano normal, refractario respecto al deporte, a lo sumo un ejercicio ligero y por obligación, que no suponga mucho esfuerzo y menos sacrificio, esta es la suya; apalice sin piedad el sofá porque no está la calle para paseos -estamos en verano. También puede disfrutar con el Grand Prix del verano que emite la cadena pública, que viene a ser lo mismo pero en plan cutre y juerguista -hasta de vergüenza ajena-, con un toque de competición localista entre pueblos que suelen aparecer en los mapas pero jamás en la pequeña pantalla. Y ya que viene a cuento lo de los localismos, los Juegos también contienen una buena dosis de localismo nacionalista -algo aberrante y en algunos momentos francamente sospechoso, y hasta peligroso-, no hay más que ver las caras de esos… dudo si aficionados, imbéciles o bestias desatadas. Un nacionalismo competitivo pleno de banderas, camisetas, pinturas, gritos, gestos y exclamaciones que más parece de descerebrados sin solución que de personas normales y corrientes asistiendo a un espectáculo.

Como tampoco hay que dudar del agudo sentido comercial de los jerarcas y mantenedores -o vividores- del invento. Astutos a la hora de renovar el interés del evento -valores, dicen-, uniendo en un misma línea de progreso lógico las primeras manifestaciones olímpicas de la Grecia Clásica con los juegos y destrezas acrobáticas, terrestres y acuáticas, de las nuevas hornadas juveniles, listas para incorporarse al movimiento olímpico. Un movimiento olímpico que llegará un momento en el que no se sepa muy bien de qué se trata en realidad, y qué significados puede aportar al presente.

En cualquier caso, ya se encargarán los medios de comunicación de fomentar el evento sin descanso ni medida, incluso incendiando las conciencias más despistadas, reticentes o dubitativas, obligando al personal a actitudes positivas a la hora de mostrar, y demostrar -bajo sospecha de poco patriota-, el fervor localista apoyando orgullosos a los nuestros; una natural identificación con los héroes a partir de la íntima convicción de que si ellos pueden hacerlo algo hay en nosotros  de su fuerza y valor, porque, en definitiva, procedemos de la misma tierra, y hasta hablamos el mismo idioma en el que celebran sus olímpicas victorias.

En fin, entretendremos el tiempo, reconoceremos algunos rostros -que en algunos casos nos mostrarán hasta la saciedad-; o pasaremos por completo del evento. También, por qué no, nos alegraremos de que haya gente que considera que puede hacerlo mejor, da igual el qué, que se divierte y es feliz en el esfuerzo, que no necesita medios ni aduladores para hacer lo que le gusta. Sólo espero que sepan dejar su competitivo individualismo a un lado, reconocer cuál es en realidad su importancia, la justa, y se muestren igual de entusiastas, respetuosos y comunicativos en el resto de sus actividades diarias, y por muchos años.

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Garantías

Dice el dueño de una de las redes sociales más extendidas a nivel mundial que no traerá a Europa nuevas versiones de su IA -que vistos por dónde van los tiros y nuestra completa ignorancia e indefensión ante el potencial oculto de ciertos medios tecnológicos no deja de ser un momentáneo beneficio- porque desconfía del marco regulativo europeo, lo que, traducido al román paladino, significa que tal señor no desea que ningún organismo público analice o juzgue, en defensa y posible perjuicio de millones de consumidores y clientes europeos, sus productos y estupendas innovaciones, y, ni mucho menos, pueda exigirle garantías respecto a futuros daños si su avanzado software causa algún problema u organiza un desaguisado, siempre inesperado y traicionero, entre sus clientes y consumidores.

Es lo que ha venido a suceder esta última semana con la caída del sistema operativo de las ventanas a nivel internacional; da igual el motivo, si debido a una imprecisión, un error o un desajuste causado por una innecesaria e irrelevante actualización, modo habitual de vigilar y atar corto a clientes y usuarios, evitando con ello que se salgan del redil o caigan en la tentación de cambiar o utilizar medios propios o de la competencia para mejorar o ampliar sus tareas.

No existe ningún causante de las millonarias pérdidas económicas producidas entonces, ni una cabeza responsable por los perjuicios causados a usuarios y clientes, tampoco un lugar donde reclamar, ninguna garantía de la que responder y cumplir, ni espacio, físico o virtual, en el que formalizar una queja haciéndole ver al creador, propietario y dueño permanente del invento que no puede controlar y fidelizar a los usuarios, además de manipular a su gusto, sin ofrecer garantía alguna a cambio; aunque solo sea como una mínima responsabilidad comercial.

Parece ser que en Europa están algo más preocupados por sus ciudadanos, también usuarios y clientes comerciales -aunque tampoco la cosa es para tirar cohetes-, por ello los políticos y técnicos responsables de supervisar y dar el visto bueno a tanta y maravillosa innovación tecnológica como nos regalan intentan que los creadores y dueños permanentes se comprometan de algún modo con los resultados de la comercialización y uso de sus productos. Porque da la casualidad que los productos de software son los únicos que se comercializan sin ningún tipo de garantía sobre lo adquirido, con el añadido de que lo adquirido, que no comprado, jamás es propiedad del cliente, sino que este se compromete a pagar una especie de alquiler por disponer de una versión del mismo que deberá usar según unas condiciones tan estrictas, y estrechas, que apenas le dejan espacio para buscar o alternar con nada que no encaje de forma tiránica en unos mínimos de uso draconianos sobre los que el propietario último se guarda las licencias y permisos. Teniendo que conformarse el cliente, en caso de incompatibilidades, problemas o mal funcionamiento del producto con un lo siento que nada soluciona, la enésima reiniciación o una nueva actualización; o volver a la compra de la siguiente versión del mismo producto, por supuesto sin ninguna garantía de que lo adquirido haga nuevamente de las suyas, causando más perjuicios, además de las consabidas pérdidas de tiempo y económicas.

Por qué se admiten situaciones tan desprotegidas para una de las partes comerciales; porque, dicen, con ello se fomenta la innovación, facilitando la creación y desarrollo de nuevas tecnologías que al parecer colman los deseos de millones de usuarios y clientes dispuestos a dejarse la piel y el dinero por mostrar lo último de unos programas, modelos y aplicaciones que en el fondo nada aportan a las vidas de aquellos, todo lo contrario, más control, manipulación y servidumbre para capricho de marcas y diseños que sólo persiguen engordar cuentas de beneficios. Que en Norteamérica gusten de una completa libertad comercial que favorece el monopolio y destruye toda competencia, nada que ver con el libre mercado que dicen adorar y defender, no significa que en Europa deba hacerse lo mismo -aunque de hecho en muchas otras áreas sí se hace-; parece que por aquí hay más interés en preguntar y cuestionar si tales innovaciones no son en realidad productos que hay que vigilar por respeto a la independencia y autonomía personal del ciudadano y consumidor, así como por salud, tanto económica como mental y vital.

La completa desregulación que pretenden los señores de la tecnología sería algo así como la ley de la selva -pero sólo con un pequeño y exclusivo grupo de machos dominantes en la cúspide-; similar a la total desregulación económica que siempre han pretendido los grandes y ricos propietarios. Una especie de coto de caza mundial en el que unos pocos elegidos se dedicarían a abatir sin límite consumidores de todo tipo, desde grandes empresas a minúsculos realquilados.

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Amor

Contando con las inevitables lagunas de la memoria, además del beneplácito del olvido, hacía mucho tiempo que no disfrutaba de tanta sinceridad, tanta dulzura y tanto amor como destilan las mil páginas del libro de Hanya Yanagihara Tan poca vida (A Little Life en su título original).

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De cirugías

Leyendo una noticia sobre el aumento de la cirugía estética vaginal, sus causas, prevenciones y perjuicios, he vuelto a quedarme en blanco, probablemente debido a mi desconocimiento de por dónde se mueve este irracional y desalmado mundo. Inmediatamente después de su lectura he recordado una conversación de hace unos meses que desgraciadamente acabó en discusión. Fue en una sobremesa, cuando alguien comenzó a hablar del depilado corporal, sus beneficios, idoneidad, comodidad o simple gusto -tema este último en el que todo acuerdo parece de antemano imposible. Entonces una mayoría coincidíamos en que el origen de la moda de suprimir todo vestigio de pelo en el cuerpo provenía de la pornografía, una coincidencia interesante puesto que los partidarios de esta opción proveníamos de grupos y actividades muy diferentes, por eso llamaba la atención que, en el fondo, todos estuviéramos de acuerdo a la hora de situar a la pornografía en el origen de la moda. Con el inconveniente, o la inapelable evidencia, de admitir la importancia de la pornografía en esta sociedad occidental, algo que no acababa de aceptar la parte en contra porque, según ellos, no había tanta gente que consumiera pornografía y, en todo caso, seguramente sería algo marginal, sin relevancia a la hora de influir en los hábitos sociales. Nada más lejos de lo que sucede en realidad. Por otro lado, que a uno no le apetezca salir, o salga poco, de su parcela de segura comodidad no le da derecho a afirmar que conoce el mundo en el que vive, y además manifestarlo y tratar de imponerlo en una conversación en la que probablemente solo hará el ridículo con su testaruda insistencia.

La noticia con la que he comenzado estas líneas sitúa el origen de esta, supongo que novedosa, estética vaginal nuevamente en la pornografía, con lo que vuelve a saltar a primer plano una actividad comercial que en público nadie practica, compra o visualiza, pero que es una de las que más dinero genera, si no la que más. Y que precisamente sean las mujeres las que al parecer más se dejan influir por sus prácticas y exigencias no deja de ser relevante porque, en definitiva, se trata de otro giro de tuerca en su contra, tan machista como paternalista, que aquellas hacen suyo sin reparo ni preguntas, con el solo argumento de que de ese modo se gustan más, se sienten mejor o tienen mejores relaciones sexuales.

Ante la envidia que causan las vaginas de las niñas impúberes, tan limpitas y depiladas, y lo que es peor, la no vagina de la muñeca Barbie, no sé si es preciso algún comentario que incida en la madurez de las personas influenciadas y manipuladas por semejante moda. Es cierto que, de un modo u otro, cada cual arrastra algún problema, pero despreciarnos a nosotros mismos, incluso odiarnos, por no mostrar ante el espejo el cuerpo que un consumo tan descerebrado como el presente pretende imponer, evidentemente siempre es culpa del espejo.

Sin embargo, se echa de menos en la noticia que no sean los hombres quienes en su necesidad, u obsesión, por gustar y estar atractivos -también por donde mean-, más demanden la intervención de la cirugía estética, en este caso y como es evidente, del pene, porque hay tantos o más penes que estéticamente dan pena, incluso grima: enanos, minúsculos, grandes, monstruosos, retacos, con las medidas invertidas, torcidos, muy torcidos, birriosos, esqueléticos, grotescos o simplemente asquerosos. Será porque en la pornografía la polla siempre es algo referencial sobre lo que el consumidor solo se detiene de soslayo, incluso metafórico, e indirectamente importante; interesa la mujer del otro lado, la que ves, te mira y disfruta, el miembro con el que disfruta es más bien cuestión de matices, algo muy personal; y ¡qué más da! Presuntamente ajenos a tales frivolidades los hombres evitarán sistemáticamente sentirse afectados, ya no digamos preocupados, por cuestiones y menudencias de mujeres, quizás porque si te fijas, comparas y te preocupas puedes parecer sospechoso ante el resto del género -por algo de tías. Por lo tanto, mejor obviarlo y mantener alta la cabeza porque por algo los ha puesto Dios en la cúspide de la evolución.

En fin, más de lo mismo, confieso que en el fondo desconozco qué piensan esas mujeres de sí mismas y por qué insisten en verse con mirada masculina, tal que un objeto de consumo, más que deseable. O quizás se trate de que no hay nada que ver.

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Padres

De tan inesperada, difícil -incluso borrascosa- y hermosa dedicación, no por todos bien asumida, entendida y practicada, caben destacar más dificultades -como sinónimo de problemas, responsabilidad y, también, alegrías- que beneficios directos, independientemente de ese orgullo que nos gusta mostrar sin que sepamos muy bien por qué o para qué, puesto que nuestros hijos, afortunadamente, no somos nosotros. Tras años de un aprendizaje conjunto y en muchos casos sin advertir las distancias que poco a poco se van estableciendo entre unos y otros, padres e hijos suelen pertrecharse inconscientemente, contra toda razón, de una serie de pautas y normas que en la siguiente ocasión sirvan para saber cómo actuar. Con el inconveniente añadido de que alguna de las partes acabe adquiriendo, por su propia cuenta y riesgo y a partir de una experiencia que jamás es definitiva, la mala costumbre de creerse por encima de la otra, o de tener la situación controlada, cuando precisamente es todo lo contrario. Sin embargo, ya se trate del celoso augurar, prever y planificar de unos, en la mayoría de los casos rayano en lo peor, como de la arrogante inexperiencia de los otros, siempre estará ahí la increíble sorpresa de descubrir que en el otro lado no deja de haber, en puridad, alguien como tú.

Como padres es habitual intentar prolongar los tentáculos de una supuesta y benefactora protección llevándolos hasta territorios tan desconocidos que, quizás entonces y una vez allí, su alcance y posible ayuda de lugar a consecuencias contraproducentes o totalmente contrarias. Pero eso ni se piensa ni, desgraciadamente, preocupa. Doy por hecho que habrá algunos de nosotros que entiendan que su labor es en el fondo poco útil, e incluso inútil, y hasta perjudicial; la responsabilidad y libertad que hemos pretendido mostrar e inculcar, si es que íbamos por ese camino, no necesita de arneses ni barandas. Si hemos sido justos tendremos que admitir que la mejor forma de que aprendan es haciendo sus vidas por sí mismos, con los consiguientes tropiezos y altibajos, también con los aciertos, en última instancia fruto de la educación adquirida, así como gracias a las destrezas propias o también descubiertas. No hay mucho más.

Cualquier otro intento de extender nuestra presencia y protección más allá de lo conveniente, y necesario, traerá más problemas y perjuicios que beneficios. Perjudicaremos su iniciativa y capacidad de crítica, así como la correcta y autónoma aplicación, errores incluidos, de lo paciente y amorosamente enseñado. Es más que probable que los proveamos de muletas económicas, dados los tiempos que corren las únicas que nos empeñamos en entender como realmente efectivas, porque en el fondo siempre hemos pensado que vivir, más allá de carácter, suerte, valor, educación y madurez, se trata de una cuestión de dinero; como si el dinero lo curara todo. Corriendo el peligro de abandonar en este mundo un alma tan inválida como inútil, débil y temerosa, que antes que salir a buscar y conocer, preferirá protegerse encerrándose con tal de conservar lo que nunca entendió como un regalo envenenado, todo lo contrario, sino como un cómodo y sólido baluarte con el que enfrentarse a la propia vida y sus fantasmas -que son solo eso, fantasmas.

Trasladamos en muchos casos a nuestros propios hijos más miedos que alegrías, más desconfianza que amor, más dinero que cariño. Puede que en última instancia todo se limite a tanto tienes tanto vales, y así vives, bien protegido, pero entonces estaremos hablando de otra cosa. Habremos dejado a la intemperie un alma incapaz de entender el mundo en el que vive, la parte más importante, diría que fundamental; un alma prematuramente endurecida y sin hacer, apilada junto a una multitud de cápsulas estancas como ella, con serias dificultades para asomarse y respirar.

Mejor confianza que protección económica. Mejor vivir con ellos que para ellos. Mejor responsabilidades que dependencia, tampoco material. Mejor el apoyo lejano, para cuando suceda lo que siempre sucede, hasta cuando los cálculos no habían dejado nada al azar, que una presencia constante y opresiva que conlleva más temor que respeto, más bien cariño mal entendido, tampoco felicidad. Porque la felicidad nacida del miedo no es felicidad, se trata de una felicidad alicorta que se conforma con permanecer en el sitio viendo cómo la vida pasa, pero sin ser vivida.

Mucho mejor hacerles saber que, estén donde estén y suceda lo que suceda, siempre habrá un lugar al que regresar y conversar entre adultos.

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Verano

Recién comenzado el verano según el calendario aparentemente todo sigue igual, en nada hemos cambiado, o si, porque ya no somos los mismos del año pasado aunque sigamos apegados a las mismas rutinas, como si el transcurso del tiempo de un modo u otro nos hubiera sorprendido, algo que en el fondo siempre sucede, porque llega un momento en el que ese trascurrir nos pilla con el pie cambiado, y más que decidir voluntaria o conscientemente nos vemos obligados a hacerlo porque sencillamente el tiempo pasa. Es como el impuesto de la renta, todavía estás pensando en por qué pagaste tanto o no te devolvieron más cuando tienes la siguiente campaña a días vista. Y lo que eran planes a partir de lo hecho se convierten en movimientos casi espasmódicos por cumplimentar la nueva papeleta que tienes delante. Y eso para quienes paguen impuestos.

No es que esperáramos el verano de este año de forma especial o por algo en particular, o tal vez sí, y me alegro de que todavía seamos capaces de ingeniar algo más que la tramitación de una periódica rutina sobre la que nos movemos más por inercia que por propia voluntad. En algunos casos se aparcaran problemas que ahora consideramos importantes pero sobre los que no nos atrevemos a una última palabra, luego bien venido sea este periodo en suspenso para reflexionar, o no, sobre lo que probablemente ya teníamos una decisión forjada. Quizás es mejor darse una segunda oportunidad antes que pensar que la decisión fue precipitada, no por nada sino porque quizás se necesitaba algo más de tiempo para corroborar lo que ya intuíamos. Pero eso nunca lo sabremos, como habitualmente sucede; no es que precisemos más tiempo sino que nos gusta creer que lo controlamos, que todavía tenemos potestad sobre nuestras días y nuestras decisiones.

Habrá vacaciones, y puede que este años sí sean especiales, por los lugares, la compañía, las experiencias y unos nuevos recuerdos que tal vez se instalen en ese lugar de la memoria donde se atesoran los momentos especiales, siempre a posteriori, porque ocurrió que entonces y sin saber muy bien cómo estábamos algo más sensibilizados o receptivos, o enamorados, o especialmente felices porque se cumplían sueños y anhelos por fin materializados en una realidad que casualmente pasará a ser parte de nosotros, mejor dicho, a ser nosotros. Aquello que mañana nos apetecerá contar porque fueron tiempos en los que las cosas fluían de una manera especial. Y puede contarse porque, aunque también se dieron momentos y situaciones corrientes e inconvenientes, y hasta desagradables, la cuestión es que en conjunto aún permanecen y el paso del tiempo ha ido adornándolas con una aureola que en el presente significa mucho para mí.

O puede que no haya vacaciones, por múltiples motivos y no siempre malos o desafortunados. Porque esto de vivir no son cartas marcadas y sí tiene que ver más con una incertidumbre y un azar que afortunadamente nunca controlamos, incluido que ese mismo azar a veces nos putee de mala manera, en alguna que otra ocasión hasta hacer mucho daño, sobre todo cuando carecemos de la experiencia necesaria para sufrirlo o sortearlo, experiencia que probablemente tiene más que ver con nuestro carácter y predisposición que con nuestras habilidades, a lo que añadir ese punto de paciencia indispensable para inventarse esos segundos esperanzadores, a favor o en contra.

Por eso siempre es mejor despojar los momentos de toda trascendencia o solemnidad, tomándolos tal cual, viviéndolos, también en verano y cuando precisamente no estábamos preparados, como jamás lo estaremos para lo que no esperamos porque en un principio ni siquiera sabíamos que pudiera suceder o existir. Sin embargo, puede que entonces, en el último momento y a partir de no sabemos qué, surja un destello que de contenido y cierre mágicamente ese círculo que tampoco sabíamos que aguardaba ahí, listo para cerrarse. O quizás lo más acertado sea poner en práctica la socorrida prudencia que, instantes antes de dar el paso, hará que aquello que en un principio pintaba borroso o incluso oscuro ahora resplandezca, mucho mejor después de haberlo solventado como protagonista, eso es lo principal, sin sorpresas, o las inevitables, también las que nos pillaron a trasmano. Supimos qué hacer y lo hicimos bien, lo que no quiere decir que en la siguiente ocasión actuemos y salga de la misma manera. Pero eso tal vez en otro verano.

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Europa

Tras las últimas elecciones europeas el panorama político internacional parece haber variado, aunque nadie sabe exactamente hacia dónde. Gracias a la sorprendente norma electoral de una persona un voto, sin porcentajes ni correcciones torticeras de ningún tipo, y el correspondiente automatismo de tantos votos tienes a tanto llegas han podido acceder al parlamento europeo gente que nada tenía que ver con la política, todo lo contrario, sino que renegaban de la política y los políticos. ¿Y ahora qué? Tipos que se inscribieron en estas elecciones imagino que apoyados en unas redes sociales que vienen dejando a toda la parafernalia decimonónica de arengas, actos electorales, mítines, concentraciones, proclamas, discursos públicos y actos multitudinarios más desfasados que el tamtam.

Ahora, los nuevos parlamentarios, aupados en muchos casos por personas a las que la democracia les importa más bien poco y se mueven en función de cabreos y emociones que tienen más que ver con un día a día mediatizado por la desmemoriada inmediatez las redes sociales, tendrán que adscribirse a unos planteamientos políticos que probablemente desconocen por completo, y no sé si les importan. Sentarse entre una aristocracia política habituada a unas formas rígidas en las que no cabe la innovación o los puntos de vistas alternativos. Entender, si pueden, el funcionamiento de un gigantesco entramado burocrático alimentado por una infinidad de funcionarios y expertos que en la mayoría de los casos han hecho de su trabajo su vida, poco dados a las novedades y los cambios a costa de unas rutinas que tramitan casi sin darse cuenta, una sucesión de gestos y firmas diarias que ejecutan con los ojos cerrados. Personal agarrado al puesto como si no hubiera mañana, tardos en entender que las instituciones han de cambiar a medida que la gente que las sufre cambia, nos guste o no; porque para instituciones y organismos permanentes ya está la iglesia y su vaporosa transcendencia. Las cosas terrenales deben, o deberían, moverse de un modo más sencillo, según las vidas y pensamientos de las personas que justifican su existencia y funcionamiento.

Puede darse el caso de quienes no sean capaz de adaptarse y aceptar encajar en semejante dinosaurio burocrático, con sus tiempos y lentitudes, con sus sobreentendidos y aquello de esto no puede ser porque no puede ser, y punto. Otros cargarán con la apuesta, o desafío, surgida de un malestar general que ellos tuvieron la ocurrencia de capitalizar más de forma destructiva que constructiva, entonces ¿qué van a hacer ahora? Otros desertaran no sin antes sacar un buen pellizco que les aclare, o solucione, el futuro. Otros, en cambio, no tendrán dificultad en adaptarse y hacer de esta nueva labor su propia vida -en el fondo lo estaban deseando-, e incluso convertirse en otro funcionario con tendencia al parasitismo y la comodidad, también económica, que el cargo proporciona. Entre esta “savia nueva” también se mueve un gentío reaccionario que nada pretende aportar, sino solo destruir por destruir porque, en definitiva, no se sienten beneficiados, que no partícipes o integrantes; sin nada que proponer a cambio, en todo caso la vieja cantinela de que antes vivíamos mejor, ¿cuándo? Las cosas lucían más claras, mandaban los de toda la vida y el resto asentía sin rechistar a todo lo que los elegidos e iluminados por una especie de clarividencia divina recetaban.

Pero hay una cuestión importante directamente relacionada con las escleróticas y envejecidas burocracia y estructuras que mueven la UE, también con los distinguidos funcionarios, funcionarias, parlamentarias y parlamentarios que la mantienen en pie, y se trata del enorme presupuesto que manejan y distribuyen y cómo afecta a una población que poco o nada puede hacer a la hora de asumir y sufrir los cambios en sus propias vidas que tal reparto económico monopoliza. Porque al margen de irritados, tocapelotas y reaccionarios acomodados, hay algo más que una mera cuestión entre lo viejo o lo nuevo, mucha gente que sin poder hacer nada, y queriéndolo o no, ven sus propias existencias beneficiadas o perjudicadas, zarandeadas, bendecidas, atropelladas o destrozadas por cuestiones tan lejanas que se antojan cuasi divinas, inalcanzables y sin embargo tan reales como el pan de cada día. Por otra parte los nuevos no dejan de ser eso, nuevos, otros que lo mejor que podrían hacer, en lugar de lanzar proclamas vacías, difundir denuncias falsas o intentar retomar estructuras medievales que jamás fueron mejores que lo que tenemos ahora -nos guste o no-, sería procurar que una gran mayoría de europeos puedan vivir mejor.

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