Cansancio

Qué voy a contar de los regresos, de la vuelta a casa después de un día agotador, a una casa a la que cada vez estás menos unido porque probablemente nunca te convenció, pero no tenías más remedio. Era la que estaba a tu alcance y tenías que decidirte porque el tiempo apremiaba; las ganas de salir, de hacerte un hueco que considerar tuyo, para divertirte, hacer lo que te viniera en gana, o no hacer nada, sin que nadie te dijera cómo o por qué. También descansar, rodeado de un mobiliario cómodo y acogedor en el que dejarte llevar hasta que el sueño te transportara dulcemente a otros mundos.

Ilusiones y esperanzas que, sin embargo, fueron postergándose porque cuando intentabas ponerte a la tarea y dejar aquello a tu gusto te requerían de forma imperativa en otro lugar, el lugar de donde provenía el dinero para la tarea permanentemente aplazada de adecuar y mejorar esa casa. Una tarea inacabada que fue espaciándose en el tiempo, alejándose como posibilidad, del mismo modo que tú lo ibas haciendo respecto de lo que en un principio querías, o quisiste, qué más da, porque ya no recuerdas qué fue primero, si las ganas o la casa. Hacer lo que había que hacer porque todos a tu alrededor así lo hacían.

Y hoy, un día más, regresas al nido en un tren atestado junto a otros como tú, de vuelta a vuestras respectivas y con la media noche a un tiro de piedra. Prácticamente derrotados, sin ganas, mucho menos de disfrutar, porque no son horas para llegar y desvestirte tranquilamente, darte una buena ducha y prepararte una cena tan deliciosa como reparadora. Nada de eso, tales placeres se dan, según has oído en alguna ocasión, en otros países donde las cenas se celebran tres o cuatro horas antes, por lo que después queda tiempo para charlar, pasear, leer y si apetece disfrutar de una película en televisión.

Por aquí no hay tiempo para tales deleites, o vida, que también lo es. Por estos lares el trabajo te consume en cuerpo y alma mientras la luz del día resplandece, culmina y se apaga sin que hayas tenido ocasión de disfrutarla, o al menos sentirla, algún rayo de sol en la cara suficiente para alegrarte el día. En este país el trabajo es sinónimo de derrota, una derrota amarga diariamente sufrida que devuelve a sus nichos, que no nidos, tampoco hogares, a una población incapaz de pensar en el día siguiente; la misma amenaza a la vuelta de la esquina cuando todavía no ha finalizado este. El resultado final de este despropósito con la etiqueta de vida es una enorme marea de almas exhaustas y vacías machacadas por tareas repetitivas y nada agradecidas, cuando no golpeadas y despreciadas por unos semejantes que solo te ven como un inconveniente obligado entre sus quehaceres diarios, que nada tienen que ver con los tuyos. Pero esa es otra historia.

Y mañana más, y si has tenido suerte tendrás a alguien que te reciba con una sonrisa y haya pensado, y quizás preparado, la comida del día siguiente, de todos los días, en mejores o peores condiciones; entonces miras al tipo que tienes al lado dando cabezadas, otro como tú, o peor, y la desolación es doble. Abrir el congelador, echar mano de lo primero que encuentres, meterlo en el microondas y engullirlo, más que comerlo, ni mucho menos saborearlo; y después adormilarte en el sofá dejándote picotear por ese runrún que vomita una pantalla enganchada a cualquier cadena generalista empeñada en machacarte el cerebro hasta dejarte completamente KO. Hasta que alguien te dice, si sigues acompañado, que ya vale, es tarde y hay que madrugar. Dejas el sueño y abandonas los cojines de un mueble que, visto lo visto, tal vez haya que cambiar, porque lleva un tute que ya vale.

Al final has vuelto a dormirte con el traqueteo del tren, al unísono con el ocupante del asiento junto al tuyo, un día más, tal y como sucedió ayer. Pero no hay problema, porque eres capaz de anticiparte a las paradas antes de que estas lleguen, incluso dormido, toda una proeza. Y sales de esa plácida ensoñación unos segundos antes de que el tren se detenga en la tuya, das los pasos necesarios hasta el andén y caminas ligero para coger asiento en el autobús que ya está esperando, el último viaje hasta el día siguiente. Y ¡ay! si se produce algún retraso, se descabalan llegadas y salidas y todo se va al garete, de pronto en la necesidad de improvisar y con el tiempo echándosete encima, llegando tarde a cada enlace y además enfadado -y sin poder hacer nada-; ese día ni siquiera la cena. Pero no hoy. Y así todos los días.

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Mundo y vida (y viceversa)

Cuando a tu alrededor la enfermedad hace estragos incubas, cultivas, asumes o directamente sientes una perturbación temerosa tan imprecisa como compleja, o ficticia; una incómoda sensación que, sin poder impedirlo, preside o sobrevuela tanto tus actos como tus pensamientos. Además de un punto de culpabilidad por tu, hasta el momento, aparente buena salud, o no tan mala como para considerarla peligrosa o nociva para tus intereses, en este caso tu propia vida.

Se cierne sobre tu cabeza una sombría tela que, sin agobiarte por completo, no desaparece así como así; una nube o semioscuridad que solo el paso del tiempo disipará.

Un comentario al respecto acerca de tal situación, o estado de ánimo, no sé si instintivo u obligado, o merecido, es aquel de que esta vida es una mierda, por ejemplo; o que no tiene sentido, o es absurda, a lo que añadir innumerables adjetivos, ninguno positivo o esperanzador, que intentan dar consistencia sin conseguirlo a nuestra pobre incompetencia, indefensos ante la falta de respuestas a preguntas que desgraciadamente nunca son las adecuadas. Poco más ante la inevitable e imperativa presencia de la enfermedad y sus devastadoras y fatales consecuencias.

Pero la vida como tal no es la culpable de nuestros problemas, fracasos, humillaciones, caídas o congénita debilidad. Es cierto que nadie nos pide opinión sobre si queremos vivir, con toda la incertidumbre y contingencia que ello conlleva. La vida es un regalo, es lo que es y no hay nada malo en ella, todo lo contrario, es más un motivo de alegría y felicitación que lo contrario. Estar vivos significa ser y estar precisamente aquí y ahora, y percibir, y sentir, y sufrir, y disfrutar, y pensar, y de vez en cuando ser felices; pero no esa felicidad soñada o impuesta, tan intemporal como falsa, que intentamos prolongar en el tiempo a sabiendas de que es completamente imposible, sino esa otra felicidad que solo puede disfrutarse a pequeños sorbos, descubiertos y apreciados justo en el momento en el que llegan invadiéndonos, sentidos antes que gustados; una placentera y dulce sensación que puede llegar a ser un estado de ánimo, tan breve como intenso, para poco a poco irse diluyendo y escapándosenos.

El mundo es otra cosa. Además de todo lo existente también puede decirse de la propia especie, o de la sociedad que hemos creado como tal; y ahí cuestiones como bueno y malo si son más pertinentes, y en muchos casos justa su mención o denuncia

Como también las maldiciones e imprecaciones que, como decía más arriba, solemos proferir como consecuencia de los malos momentos que vienen aparejados con las enfermedades. Entonces sí tiene sentido quejarse del mundo, ponerlo a parir por carecer de las mínimas prevenciones para no dejar solo a ningún miembro de la especie cuando la vida no le sonríe. Porque este mundo sí lo hemos construido nosotros, quienes seguimos haciéndolo y perpetuándolo con nuestras propias vidas, incluidas la falta de respuesta a tantas carencias e inconvenientes que provocan las enfermedades, cuestiones siempre pendientes que deberían ser prioritarias entre nuestros objetivos como especie. En cambio, hemos construido un mundo mezquino y egoísta que dice muy poco de nosotros -o mucho, según se mire-, y eso poco es más que degradante como especie.

Entonces sí podemos valernos de la queja, que nos ayude es otra cuestión. Puede decirse que este mundo es una mierda por, todavía, seguir permitiendo que desaparezcan otros como nosotros, en muchos casos en la flor de la vida, sin poder hacer nada por ellos; sobre todo debido a nuestra falta de responsabilidad hacia nosotros mismos, nuestra indiferencia, cuando no simple abandono o desprecio. Todo esto sin salir de nuestros pequeños universos, familiares o locales, porque si alzamos la vista para mirar más allá de nuestro círculo la cosa no tiene nombre, en ese caso no se trata de preguntas a la búsqueda de respuestas, ni falta que hacen, solo queda incomprensión porque aún nos sea permitido existir como especie parasitando la corteza del planeta.

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Kulunka

Llegaba el fundido en negro que daba fin a la obra y los aplausos prorrumpían de inmediato. Se encendían las luces de la sala y sin tiempo todavía para saborear, recapitular o pensar sobre lo visto un par de mujeres que ocupaban el mismo número de butaca en la fila anterior a la nuestra saltaban como impulsadas por un resorte para seguir aplaudiendo de pie, impidiéndome ver el escenario, justo en el momento en el que los actores regresaban para el primer saludo. Por lo que también fui de los primeros que se levantó para aplaudir la representación, es cierto que obligado, pero no peor o a disgusto, todo lo contrario. A la segunda o tercera salida para saludar ya era todo el teatro el que  estaba en pie y aplaudía a los tres protagonistas, quienes, sonrientes y empapados en sudor, agradecían una y otra vez a los presentes tanto su presencia como su enfervorizada felicitación. Entonces tuve la sensación de estar asistiendo a una especie de comunión en la que, tanto arriba como abajo del escenario, los presentes disfrutábamos al unísono de una celebración conjunta como pocas veces puede darse hoy en día, tantos unidos al mismo tiempo y en el mismo lugar por un mismo sentimiento. No me pareció ver teléfonos móviles buscando la imagen viral porque, supongo, la mayor parte de los asistentes entendíamos que lo mejor que uno puede hacer cuando acude a un espectáculo similar y lo disfruta en cuerpo y alma -nunca mejor dicho- es no perderse ni un instante de lo que sucede ante sus ojos. Juntos los de arriba con los de abajo, en primera persona, sin la intercesión de ningún dispositivo que siempre menoscaba, o directamente entorpece, la viva sensación de sentir en la propia piel el presente.

Los aplausos fueron apagándose poco a poco, aunque, sinceramente, por mí podrían haber continuado durante más tiempo. Haciendo un símil, como ocurre con las propinas en algunos países anglosajones, que han de ser como mínimo de un diez por ciento de la consumición; es decir, que si la obra hubiera durado una hora serían seis minutos seguidos los que deberíamos haber permanecido en nuestras butacas, o en pie, aplaudiendo. Porque en este caso se lo merecían de largo. Y aun así creo que seguiría siendo poco.

Que en los tiempos que corren un pequeño y entusiasta grupo de artistas consiga, con un teatro de máscaras y sin palabras, transmitir a un espectador desconocido y de forma tan intensa tal cantidad de realidad y emociones mediante la dramatización de situaciones vulgares y cotidianas en las que, de un modo u otro, todos nos sentimos representados, con tal carga de solemnidad y respeto, no deja de ser más que importante, además de hermoso. Y que el teatro Español de Madrid haya conseguido comprimir en menos de dos semanas este merecido homenaje a los quince años de la compañía que titula estas letras es más que un dato feliz. Ignoro si el resto de las representaciones, las anteriores o las que aún quedan, trascurrieron, y transcurrirán, con el cartel de agotadas las localidades colgado en la puerta, pero no sería para menos porque tanto el trabajo como el resultado final lo merecen.

Por ello el teatro sigue siendo, si es que en algún momento dejó de serlo, probablemente por incompetencia o incapacidad de sus representantes en circunstancias determinadas, el espejo vivo de una sociedad que siempre necesitará verse a sí misma representada sobre un escenario, como reconocimiento y terapia, como obligación y conciencia, como permanente recapitulación y esperanzador futuro, si todavía pretendemos ser una sociedad de seres humanos con algo que decirnos, o al menos dispuestos a seguir reconociendo lo bueno y lo malo de nuestro comportamiento, o lo que nos estamos haciendo a nosotros mismos.

El teatro de Kulunka no tiene pasado, presente ni futuro porque, como nosotros, siempre ha estado aquí, y nuestra sola presencia ya es en sí un milagro -qué cabe decir de la suya. Una presencia de la que deberíamos estar orgullosos, como lo deberían estar ellos por hacernos más vivos, sinceros y humanos de lo que somos capaces de pensar y sentir.

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Fátima

A medida que vamos aproximándonos a Fátima, la publicidad comienza a multiplicarse y los caminantes con el mismo destino, protegidos por sus correspondientes chalecos amarillos, aumentan; nos dirigimos al mismo lugar por motivos diferentes. Como, una vez allí, probablemente veremos parajes que no se parecerán en nada.

Fátima es un lugar tan tremendamente humano y terrenal que lo divino -si es que existe- pasa completamente desapercibido si uno no va previamente predispuesto, o aleccionado, para ello. Aunque es probable que de eso se trate. Si la intención del propio invento en algún momento tuvo que ver con lo espiritual como trascendencia o representación, aquel instante se evaporó hace muchísimo tiempo. Fátima es superstición pura y dura, un sustitutivo religioso personalista aderezado por monótonas y huecas salmodias comunes, que no compartidas, ingeridas tal que sucedáneos de sosiego o felicidad como analgésico contra los dolores del vivir. Además de un gigantesco negocio del que parasitan, algunos solo sobreviviendo, centenares, o miles, de sujetos; más y menos avispados o directamente arrojados allí como última oportunidad, dedicados a sacar provecho de las debilidades de la especie, o incluso a hacer fortuna con ello.

Cualquiera puede ir y venir por el recinto sin dejar de ver grupos y curiosos de una lado para otro, también almas atribuladas a la búsqueda del remedio para su incomprensible y dolorosa existencia. Remedio o parche sujeto con hilos tan livianos que suelen romperse a la primera y humana duda, lo que no obsta para que vuelva a ser recetado por una infinidad de diestros oficiantes ejerciendo de vates armados con la palabra -poderoso sedante- y una retórica dulce y melosa que reconforta, solo momentáneamente, a tantos a la búsqueda de una explicación para tanta desgracia.

Una de las excusas de semejante parque temático es un libro -La Biblia- leído e interpretado, si no torticeramente, sí según conveniencias y necesidades, puesto que lo dicho he invocado en este lugar a partir de lo escrito en la gran mayoría de los casos nada tiene que ver con lo que puede leerse en el texto. El Jesús del Libro, tal y como hizo en el templo, azotaría y expulsaría de allí a tanto desalmado egoísta e interesado comerciando provechosamente con las debilidades de sus semejantes. Y a la vista de su enorme extensión y múltiples variedades, el negocio funciona, sobre todo a costa de los peor situados en la permanente competición por salir adelante en este mundo, o entre quienes inesperadamente se ven golpeados por un azar que nada sabe de preferencias, devociones o destinos.

Este lugar no deja de ser un ejemplo del completo fracaso de la especie como grupo, comunidad o sociedad, incapaz de trabajar conjuntamente en beneficio propio, es decir, mutuo; quizás fraguando objetivos compartidos que facilitaran las vidas y existencia de cuantos más mejor. Aquí la religión, o lo que sea que se ofrezca o imparta, se oferta como terapia de consumo estrictamente individual; vivo ejemplo de la sociedad que acoge y fomenta estos artificios. No hay ni se ve amor ni bondad participada en sentida comunión, cada cual a lo suyo, tan solo rezos y plegarias individuales que dan forma a un murmullo dirigido de escasa permanencia; los anhelos particulares nacen y mueren en el mismo instante. Sobresale la pobre desgraciada que se arrastra de rodillas rumiando sus penas en busca de una solución que nunca llegará si no es por ella misma, y junto a esta, pero no mezclados, otros que acuden a bordo de caros vehículos y se alojan en lujosos hoteles adecuados a su estatus -imagino que también religioso-; y son numerosos quienes se apiñan y gastan su poco o mucho dinero en un inclasificable surtido de objetos tan absurdos como inútiles e insustanciales: ya sea un repelente exvoto de plástico representando algún órgano interno, un colgante vulgar y chabacano que se romperá al segundo día o un lujoso cáliz -y puede que los hubiera de oro- adquirido con el orgullo de poseer algo, si no único, sí especial con que adornar una personal devoción; y porque se puede.

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Identidad

En la revista editada por el Ayuntamiento con motivo de las recientes Fiestas locales, grupos y cargos políticos concretos manifestaban sus buenos deseos a la población, alegrándose por poder disfrutarlas juntos y con salud. Pero al margen de esos buenos deseos, siempre bienvenidos, e independientemente de la sinceridad y el trasfondo que en todos ellos se muestra y algunos subyace de forma importante, llamaba la atención la recurrente cantinela, en unos breve y en otros excesiva hasta el hartazgo, incluso con tendencia a los malos olores, respecto de la identidad, “lo nuestro” o las en muchos casos anacrónicas y reaccionarias tradiciones.

El rollo tradicional es una especie de sambenito repetido hasta la saciedad sin que nadie se moje el culo en lo referente a su significado, o sus intenciones. Tradiciones eran los gladiadores en Roma, que el sol giraba alrededor de la tierra haya por los siglos XV y XVI, posteriormente quemar a mujeres que se atrevían a llevar vidas independientes o juzgar un sistema patriarcal que permanentemente las humillaba y las sometía pegadas al barro, o que los niños trabajaran durante los salvajes inicios de la Revolución Industrial  -y para el alcalde de ese pueblo de Ávila, tan simpático, cantar lo que cantó en las fiestas locales no dejaba de ser una tradición. Tradiciones que se podían multiplicar hasta donde nos viniera en gana. Afortunadamente ha habido personas que no estaban de acuerdo y protestaron, en muchos casos jugándose sus propias vidas, porque aquello cambiara, y en muchas ocasiones lo consiguieron. Gracias a ello estamos aquí ahora, y somos como somos, no como debiéramos pero sí mejor que todos esos dinosaurios pretendiendo que nada cambie.

Afortunadamente siempre ha habido jóvenes generaciones hasta las cejas de las imposiciones de unos progenitores que, más que abrirles caminos y ofrecerles oportunidades, se dedicaban a asustarlos, sujetarlos corto o directamente cortarles las alas con la excusa de que las cosas nunca fueron como ellos pretendían -aquello de más vale lo malo conocido. Cualquier tradición que pretenda perpetuar alguna costumbre en la que un integrante de la comunidad se vea menospreciado o infravalorado debería ser directamente eliminada. Así como aquellas que intentan perpetuar un statu quo inmovilista, anacrónico, jerárquico, clasista o diferenciador.

Respecto a “lo nuestro”, ¿qué es lo nuestro? ¿lo que el rico y poderoso impone porque es lo suyo o le beneficia, o lo que el pobre y sin poder -también sus descendientes- ha de sufrir porque, de un modo y otro, también es lo suyo?

Y ¿qué es la identidad? ¿la persistencia a toda costa de un sistema político, económico y religioso -pura y dura ideología- impuesto por los mismos de más arriba? ¿Es eso lo que se vende en todas las fiestas locales? ¿Vírgenes, bailes, romerías y sumisión? Todavía puede escucharse a capullos y degenerados afirmando que las adicciones al teléfono móvil de los jóvenes desaparecerían de un plumazo con un pico y una pala. Será porque probablemente ellos siguen usando pico y pala y desprecian el teléfono; aunque muchos sí que saben difundir, vía teléfono, sus garruleces.

Por eso, cualquier discurso en el que tan sólo asomen una sola vez términos como tradición, nuestro e identidad como objetivos a conservar y seguir deberían ser sospechosos por reaccionarios, leídos con pinzas y sus autores arrojados al baúl de los trastos viejos. También podemos dedicarnos a bailar, beber, agachar la cabeza y divertirnos porque lo dicen nuestras tradiciones, lo nuestro, nuestra identidad. Y en última instancia, cuando queramos darnos cuenta nosotros también estaremos en la misma posición, aunque no dominante, sino probablemente agotados y vencidos, o directamente frustrados por haber sido incapaces de hacer nada provechoso con la propia vida.

Aunque, bien visto, esto es como la pescadilla que se muerde la cola, si te dedicas a rezar, beber y bailar puede que nunca te des cuenta de lo que sucede a tu alrededor, e incluso afirmes sin empacho que todo va bien, como siempre, con lo que tampoco esta nada mal.

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Dejándose ir

Ahora que el verano comienza a declinar otras actividades, temporalmente suspendidas, se reaniman, como si el verano fuera un tiempo vacío en el que estamos pero no ejercemos, y hemos de recuperar aquel carácter y tensión que dejamos a un lado al principio porque tocaba -siempre hablando del hemisferio norte, que afortunadamente no es el centro del mundo aunque lo pretenda. Vuelven las poco o nada gratas -algunas despreciables- actividades de siempre con las que ir desgastándonos un poco más, incluso nos dicen que con fuerzas renovadas por nuestra parte, pero eso no es cierto, ni las fuerzas ni la actividad por sí misma sirven si el sujeto se dedica a repetir como un autómata los mismos parámetros que manejaba cuando la dejó; también regresan aquellos proyectos que nunca fueron tales pero que dimos en llamar de ese modo porque nosotros también los teníamos, y hasta nos hacían ilusión. Hasta hoy y sin saber cómo, ni preguntárnoslo, hemos vuelto a pasar por este estío que tiene los días contados como sonámbulos a merced de ese pulso general, casi perentorio, que nos regula y que alguien fijó, no sabemos cuándo ni cómo, porque para aquél las cosas debían de ser y transcurrir de ese modo. Pero seguiremos sin hablar con quien hace  tiempo que no hablamos, volviéndonos a mirar a la cara casi como desconocidos, incluso con desconfianza, todo por no hablar, prefiriendo pasar sin decir antes que responder, no sea que la inconveniencia de la pregunta remueva más de lo debido; incapaces de reconocer que sin respuesta no es que no haya pregunta, sino que tampoco somos nosotros.

No obstante, nos gustará creer que nuestras cabezas no han parado durante este tiempo, y así lo aseguraremos si es preciso; pero viene a ser lo mismo que hablar del corazón, nadie se preocupa por él porque siempre está ahí, funcionando, como un desconocido del que solo nos acordaremos cuando su nota no sea la adecuada y entonces sintamos, hasta preocuparnos, ese órgano que llevamos sin peso ni reconocimiento.

Admitimos el verano como descanso porque preferimos no discutir, tampoco preguntar, no sea que con la pregunta quedemos en evidencia demostrando con ello que nuestro paso no coincide con el del resto de la tropa, y entonces sí que estaremos listos, bueno, igual que siempre, solo que entonces se nos verá plantados ahí en medio, como tontos, sin saber qué dirección tomar. Más fácil no decir nada, cero preguntas, porque no tocan, no nos apetece o por temor -que solemos disfrazar de orgullo-, reincorporarse a la corriente general diluyéndonos en una confortable irrelevancia que no nos exige abrir la boca, excepto para respirar.

Siguen quedando nombres a los que preguntar, antiguos y nuevos, pero lo difícil sería requerirlos, demasiado complicado, ¡uf! Por lo que seguiremos buscando resquicios entre los que escurrirnos como prevención a vernos las caras y no saber qué decir, como de costumbre; sonreírnos por educación, o por vergüenza, y hasta luego. Y ante cualquier pero intempestivo -siempre hipotético, no es necesario preocuparse- no faltarán argumentos y justificaciones listas para poner sobre la mesa con la excusa de que hay muchas cosas que hacer y nunca disponemos de tiempo para detenciones o respuestas, cada cual enredado en lo suyo -real o ficticio. Luego yo también he de hacer lo mismo si quiero parecer tan educado como respetuoso.

Desconozco cómo nos tratará el paso del tiempo, por dónde y en qué circunstancias, ojalá que felices y satisfechos con lo que llevamos entre manos, o arrastramos, también con nosotros mismos; y espero que sinceros, sin rencores ni resentimientos, ya no digo en mano de odios en permanente supuración. Que dispongamos de la paz suficiente para permitirnos dormir sin pesadillas, sin necesidad de autoconvencernos para ello o escondernos; ni alterarse o descomponerse con una sola presencia. Ni salir corriendo porque igual se nos caía la cara de vergüenza si nos pararan y preguntaran. Además, qué le importa a nadie; prima mi voluntad -esa gran desconocida- y la seguridad de que siempre tendré a los míos para refugiarme en caso de peligro -¿qué es peligro?-; con todo el derecho, porque me soportan y no preguntan, y hasta me quieren porque soy importante para ellos, incluso me necesitan y eso me hace feliz, útil, vivo, lejos de las preguntas, aunque en el fondo siga sin saber por qué o para qué.

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Fútbol y toros

Todavía en Londres, de vuelta en el aeropuerto, los cánticos por la recién conseguida Copa de Europa no cesaban para desgracia de los cansados viajeros que en espera del vuelo de regreso aguantaban de cualquier modo a las tantas de la madrugada. No se podía hacer mucho más, intentar dormir, entretenerte con el trajín de un aeropuerto abarrotado o pegar la hebra con algún paisano tan cansado como tú. Era lo que hacía un más calmado hincha con una mujer sentada a su lado, también esperando en la zona de embarque, lo que no le impedía saludar y gritar consignas al unísono cuando algunos colegas de afición pasaban junto a ellos. Todavía con la adrenalina de la victoria corriéndole por el cuerpo era capaz, sin embargo, de controlar su euforia y avenirse a una charla intrascendente con la mujer, quién le hacía saber sus temores a la hora de intentar descansar en el vuelo de vuelta. El hombre la tranquilizaba haciéndole ver que ellos también estaban cansados y no iban a alterar la necesidad de descanso del resto del pasaje. Por circunstancias normales que procuran ciertas interacciones casuales que ocupan tantos tiempos de espera la conversación se prolongaba animada y hasta cordial; y hubo un momento en el que el tipo preguntó, en voz más alta y como alarmado si ella era por casualidad del Atlético de Madrid. Ante la no respuesta de ella, o que no puede escuchar, él siguió con lo suyo haciéndole ver que si era así no ya no tenía remedio. También hay gente que vota al PSOE, ¡qué le vamos a hacer! Pero si eres del Real Madrid tienes que ser de derechas, no haya tutía; las cosas son como son.

Al oírlo, además de mi desconocimiento, o extrañeza por tal afirmación, recordé a tantos conocidos, amigos y familiares al parecer equivocados, ignorantes de esa pureza de pensamiento y afición; y si es incompatible ser del Real Madrid y votar al PSOE, ya no digamos a ecologistas u otros partidos de izquierda. También pensé que en la próxima ocasión en la que me encontrara con alguno de ellos les haría saber de su error.

Transcurrió el tiempo y volví a recordar la escena del aeropuerto londinense cuando vi el feo gesto que un jugador del Real Madrid tuvo con el actual Presidente del Gobierno a la hora de saludarlo con motivo de la recién conquistada Eurocopa. Aunque más que de situaciones de hecho o tendencias opuestas, el jugador madridista demostró su ignorancia y una completa falta de educación a la hora de afrontar ese tipo de situaciones; amén de una incultura descorazonadora al ser incapaz de separar cuestiones personales con cuestiones obligadas de diplomacia y protocolo. Probablemente a esos tipos los sacas del balón y se ahogan, limitaciones que espero no sean generales, aunque visto el perfil general del fútbol y los futboleros no me hago muchas ilusiones.

Viene todo esto a cuento porque en otra conversación, en otro ambiente completamente ajeno al fútbol, el taurino, escuchaba hace poco las quejas de un aficionado de toda la vida, de los de abono en Las Ventas, lamentando que va a tener que dejar de acudir a los toros porque un facherío vocinglero y exhibicionista ha convertido la plaza en su guarida, o en su feudo, y por encima y al margen de la corrida el aficionado corriente tiene que soportar un agresivo despliegue de simbología franquista que va más allá de pulseras, adornos o banderas, o conversaciones en voz alta en las que dejar bien claro la pureza de raza y pensamiento obligatoria a la hora de asistir y defender tradiciones tan auténticas como las suyas, y en religiosa exclusividad. El aficionado de más arriba sentía dejar el abono y la asistencia a las corridas, hastiado, e incluso ofendido, por semejante ostentación y zafiedad nacionalcatólica. Situación que, como en la futbolera, me volvía a traer a la memoria a familiares, amigos y conocidos que, independientemente de sus ideas de izquierdas, o de muy izquierdas, eran capaces de hacerlas congeniar con la todavía fiesta nacional, defendiéndola tanto como disfrutándola. No hay como recordar los años en los que una parte de la intelligentia comunista ocupaba los tendidos de Las Ventas atenta al desarrollo de la corrida.

Ante tal realidad ignoro qué harán los aficionados blancos de izquierdas, o simplemente demócratas, o los taurinos de tendencias similares. Supongo que aguantar como puedan, quizás reivindicarse o poco a poco ir retirándose de tales espectáculos ante la agresividad y sobreexposición de esta gente. Solo espero que todo este despliegue de facherío militante, acaparador y totalitario se vaya agotando o quede recluido en un anacrónico y reaccionario franquismo. O finalmente desaparezca sustituido por hábitos y costumbres más democráticas y tolerantes. De lo contrario…

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Cena

La cena derivaría de forma rutinaria hacia un final más que previsible sin que ninguno de los presentes hiciera nada por intervenir al margen de lo evidente, estar, comer y beber de lo ofrecido en la mesa de las viandas. Estaban todos, como de costumbre, pero poco más, es lo que tienen algunas celebraciones, que los participantes se sienten justificados por la obligación y con ello consideran que es suficiente. Por otra parte, ninguno de los presentes tenía que hacer en otro lugar, cuestiones pendientes o que se hubieran perdido porque uno no puede estar en dos lugares al mismo tiempo, como tampoco existían problemas personales, con el organizador o entre los presentes, nada de eso. Preguntados con anterioridad por su asistencia y el deseo de acudir ninguno habría puesto objeciones importantes, todo lo contrario, era un buen día -como otro cualquiera-, estaban libres y al día siguiente no había que madrugar; dato a tener en cuenta que en ocasiones suele usarse como motivo para justificar una ausencia.

Pero con estar no siempre es suficiente, aunque también es cierto que si ha de surgir algo inoportuno o interesante, o que dé lugar a un cambio de tercio finalmente salvador de la reunión, incluso extraordinario, o inolvidable, es primordial estar allí, participando de algún modo. Cuántas cenas y reuniones se repiten y acumulan de forma mecánica, convites que a los pocos días, u horas, desaparecen de la memoria, o directamente se pierden sin que los participantes, aún a costa de su tiempo, se hayan sentido en algún momento cómodos o interesados, dispuestos a hacer de la reunión algo distinto a la última vez. Contemporizamos habituados, o maniatados, por una serie de rutinas anuales que acaban acumulando tanto cansancio como hastío, impuestas por el calendario y asumidas como inevitables. Obligaciones, casi contractuales, cumplidas con fiel devoción.

El festín transcurría, como suele decirse, sin pena ni gloria, con las mismas y los mismos haciendo de ellos mismos, algunos medio ausentes o con aspecto distraído, o atados a rutinas de las que uno no puede desprenderse -ni sabe-, beber, comer como si no hubiera mañana, aburrirse, renegar o fumar, etc., móviles incluidos. También suele ser común que se den o repitan situaciones y circunstancias que en algún otro momento o reunión fueron comentadas en voz alta, entonces novedades, incluso cuestionadas o discutidas entre partes enfrentadas, y con cierta energía, pero ahora nadie quiere representar papeles incómodos o inconvenientes -a modo de respeto mutuo general-; y ni mucho menos hacerse molestos. En estas reuniones puede hablarse de todo excepto de lo que no puede hablarse, que en muchas ocasiones es de todo -¿entonces? Y nadie desea acabar discutiendo como consecuencia de una diferencia de pareceres u opinión, aunque no siempre tiene por qué ser malo o perjudicial. Aunque asistir a una cena para que al final acaben tocándote las narices, porque hay cosas que dices o haces sobre las que a algunos les gusta objetar o directamente no les parecen bien, siempre es un fastidio, mejor no acudir. Para un rato que vamos a estar juntos no es cuestión de estar metiéndonos unos con otros por tener algo de qué hablar.

Como resultas de todo lo dicho, aquello parecía, además de una cena, evidentemente, la repetición de un evento reproducido más bien por inacción que por participación, e incluso puede que más de uno aún confiara en una inesperada revitalización, una sorpresa agradable, ese gesto insospechado, esa conversación, un error gracioso o un accidente tonto que de pronto abre la espita de las ocurrencias, que están pero no siempre ocurren, y el muermo se transforma en una cena inolvidable finalizada con baile, cánticos y más de unas copas de más.

Pero no, esta no fue diferente porque nadie quiso, ni se preocupó, y digo quiso porque, en nuestro propio perjuicio, hemos aprendido demasiado bien a comportarnos, a guardar las distancias, a “respetarnos”, a no meter la pata, a pasar desapercibidos de tal modo que es como si no estuviéramos allí; dejando que el tiempo corra rápido para escapar cuanto antes. El año que viene volverá a repetirse, con el consiguiente aumento del cansancio y renovadas sospechas: por qué hay que acudir si aquello se ha convertido en un rollo insufrible. Sin embargo, para qué vamos a pensar que el muermo tal vez seamos nosotros, que ni siquiera nos atrevemos a hablar sin que permanentemente se nos dé la razón, o al menos que nadie diga no. ¿Qué vamos a hacer? No todos los días son domingo.

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Degustar

Este tema no es nuevo en estas páginas, pero, qué voy a decir, hay cosas que me llaman la atención, o que caen por su propio peso, como suele decirse.

Que un tipo llene cada día su negocio, a 200 pavos por barba -y sin líquidos-, es algo más que una curiosidad; también puede que sea normal y ni siquiera parezca o pueda decirse caro, depende de la vida que uno lleve, o a la que esté acostumbrado, o a la que le hayan adscrito por nacimiento. Intento imaginar a familias de tres o cuatro miembros -por no tirar muy alto- ocupando la mayoría de las mesas y dejándose la pasta satisfechos por la “experiencia”. Y en un alarde de “profesionalidad”, o de chulería, el orgulloso propietario ha decidido eliminar esa ordinariez del menú y exponer ante la clientela solo degustaciones. Porque no se trata de entrar, sentarse, ver y elegir, de eso nada. Evidentemente no debe tratarse de un local al uso, donde acuden familias, amigos y conocidos a charlar y pasar un buen rato con la excusa de una mesa y unos platos bien preparados; eso era antes, cuando la gente solía reunirse para comer, por aquello de alimentarse, así como por compartir, relacionarse, etc. Actos característicos de la especie en los que suele mostrarse lo mejor de la misma, esa parte común y participativa que, en última instancia, da sentido a cada vida particular.

También es cierto que a partir de semejantes exhibiciones de vanidad suelen aparecer malintencionados hablando estatus, castas, clases, esnobs o incluso fantasmas, probablemente despistados que todavía creen que estamos en una sociedad igualitaria y todos nos beneficiamos de los mismos derechos. Es cierto que vivimos en un país libre y cada cual hace y monta el negocio que le da la gana, y sirve a quién le apetece, y no deja pasar a quien no está dispuesto a dejarse las muelas sin rechistar a la hora de abonar lo que le prescriban por la experiencia. Y mucho menos a comer. Porque quizás no se trata de lugares en los que se come o ingieren alimentos, sino de otro nivel más allá de la vulgaridad de cocinas y cocineros; imposible equivocarse y sin posibilidad de comparación porque estamos ante algo excepcional. Estos lugares deben ser auténticos y exclusivos “espacios de inmersión culinaria creativa” donde el visitante, que no cliente, no accede así como así y, al igual que en las galerías de arte, ha de solicitar previamente hora para admirar la exposición, además de “llevarse algo a la boca” -perdón. En tales sitios no es menester hablar de gustos o “no gusta” porque con ello uno puede quedar como ignorante o directamente resultar ofensivo; si usted no está a la altura de lo que se le ofrece tiene un grave problema, o no llega o no es apto; como tampoco puede mezclar la obra de arte emplatada con cualquier brebaje, ¡cuidado! El cándido y generoso cliente está obligado a poner en juego todos sus sentidos para dar con -qué digo, descubrir, admirar- la infinidad de matices que ofrece cada creación que le presenten bajo sus narices, embriagadoramente inmerso en una auténtica experiencia creativa o, ya puestos, obra de arte. Como tampoco estaría bien visto charlar o conversar, en primer lugar porque puedes perderte la necesaria explicación previa que antecede cada puesta en escena -que generalmente una gran mayoría no entiende, o directamente le suena a chino, pero a la que asiente dócil y sonrientemente con su cabeza-; la única conversación permitida ha de limitarse a las inevitables loas y alabanzas que tal “experiencia inmersiva en tan excepcional laboratorio creativo” provoca en el visitante.

Porque productos, productos, los originales, solo están en potencia, divina trascendencia de la tierra y el mar primigenios. Tampoco sería extraño que con el tiempo ofrecieran tales maravillas culinarias elegantemente envueltas al vacío, de tal modo que la mera apertura, siempre única, personal e intransferible del delicado y protector envoltorio dejara libres una serie aromas y olores, perdón, sensaciones, que evidentemente complementarían el delicioso placer que a continuación el cliente introduciría entre sus muelas y mezclaría con su vulgar saliva. Como suele decirse, una experiencia única en la vida. Lo que antes se llamaba comer sublimado hasta al séptimo cielo y magníficamente sellado con una cuenta final de cuatro o cinco cifras -y sin decimales.

Claro que vivimos en un país libre, pero siempre es de agradecer que no intenten tomarte el pelo por principio, o directamente te desprecien. No estaría mal un poco de modestia a la hora de ensalzarse a sí mismo, menos petulancia y ya no digamos la jactanciosa arrogancia que algunos de estos cocinitas supuran cuando hablan. Por pura educación.

PD. Acabo de leer en la prensa, por parte de uno de esos “expertos en el arte de comer”, que los ricos no van a los restaurantes (¿?).

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Olimpiadas

Quizás lo mejor sea no pensar y dejarse llevar. Con la que está cayendo y si se dispone de ventilador o un aire acondicionado decente, qué mejor que lanzarse al sofá y distraerse veinticuatro horas al día con el espectáculo de los Juegos Olímpicos. Porque en el fondo siempre es entretenido disfrutar con las proezas de tal acumulación de hormonas y juventud compitiendo bajo la sabia y responsable supervisión de árbitros y jueces aportando la madurez con que sofocar, además de la correspondiente cordura, el despliegue de tanto vigor juvenil. Sobre todo ahora que, superadas, o desparecidas, las antiguas pugnas audiovisuales entre empresas de comunicación de medio mundo para quedarse con la emisión en exclusiva del evento, este puede verse en varias plataformas en todo su esplendor. En algunas prácticamente todo y a todas horas.

También existen, y están, los encargados de enfangar la fiesta, obsesión y entretenimiento de despistados, tocapelotas, amargados y renegados del deporte que consideran el invento un completo despilfarro de países ricos que no soluciona las guerras ni los grandes problemas que acosan a la humanidad; también los odiadores de todo lo relacionado con lo deportivo, su ociosa inutilidad -ofendiditos con causa y ninguna gana de maltratar, que no ejercitar, el propio cuerpo, un inevitable inconveniente que arrastran más que cuidan. Luego viene el enorme negocio que se esconde detrás de tan magna celebración, para empresas de material deportivo, medios de comunicación, planificadores urbanísticos y hasta algún hedge fund subterráneo a la caza de todo tipo de rentabilidad en forma de seguros imposibles, apuestas a la baja, déficits y posibles superávits rápidamente rentabilizados de forma canibalesca.

Así que, si usted es un ciudadano normal, refractario respecto al deporte, a lo sumo un ejercicio ligero y por obligación, que no suponga mucho esfuerzo y menos sacrificio, esta es la suya; apalice sin piedad el sofá porque no está la calle para paseos -estamos en verano. También puede disfrutar con el Grand Prix del verano que emite la cadena pública, que viene a ser lo mismo pero en plan cutre y juerguista -hasta de vergüenza ajena-, con un toque de competición localista entre pueblos que suelen aparecer en los mapas pero jamás en la pequeña pantalla. Y ya que viene a cuento lo de los localismos, los Juegos también contienen una buena dosis de localismo nacionalista -algo aberrante y en algunos momentos francamente sospechoso, y hasta peligroso-, no hay más que ver las caras de esos… dudo si aficionados, imbéciles o bestias desatadas. Un nacionalismo competitivo pleno de banderas, camisetas, pinturas, gritos, gestos y exclamaciones que más parece de descerebrados sin solución que de personas normales y corrientes asistiendo a un espectáculo.

Como tampoco hay que dudar del agudo sentido comercial de los jerarcas y mantenedores -o vividores- del invento. Astutos a la hora de renovar el interés del evento -valores, dicen-, uniendo en un misma línea de progreso lógico las primeras manifestaciones olímpicas de la Grecia Clásica con los juegos y destrezas acrobáticas, terrestres y acuáticas, de las nuevas hornadas juveniles, listas para incorporarse al movimiento olímpico. Un movimiento olímpico que llegará un momento en el que no se sepa muy bien de qué se trata en realidad, y qué significados puede aportar al presente.

En cualquier caso, ya se encargarán los medios de comunicación de fomentar el evento sin descanso ni medida, incluso incendiando las conciencias más despistadas, reticentes o dubitativas, obligando al personal a actitudes positivas a la hora de mostrar, y demostrar -bajo sospecha de poco patriota-, el fervor localista apoyando orgullosos a los nuestros; una natural identificación con los héroes a partir de la íntima convicción de que si ellos pueden hacerlo algo hay en nosotros  de su fuerza y valor, porque, en definitiva, procedemos de la misma tierra, y hasta hablamos el mismo idioma en el que celebran sus olímpicas victorias.

En fin, entretendremos el tiempo, reconoceremos algunos rostros -que en algunos casos nos mostrarán hasta la saciedad-; o pasaremos por completo del evento. También, por qué no, nos alegraremos de que haya gente que considera que puede hacerlo mejor, da igual el qué, que se divierte y es feliz en el esfuerzo, que no necesita medios ni aduladores para hacer lo que le gusta. Sólo espero que sepan dejar su competitivo individualismo a un lado, reconocer cuál es en realidad su importancia, la justa, y se muestren igual de entusiastas, respetuosos y comunicativos en el resto de sus actividades diarias, y por muchos años.

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