Venganza

No recuerdo cuantas veces he visto, sobre todo en el cine y probablemente en más ocasiones de las que creo, que en el momento de la venganza -¡al fin!- uno de los personajes, cercano al dispuesto a resarcirse por el agravio o daño recibido, afirma o pregunta si la misma venganza devolverá a la vida a la víctima o víctimas, si es que las hay, o eliminará el daño ya causado, a lo que el interesado generalmente no responde, se encoje de hombros, no sabe o solo duda mientras intenta llevar su dolor o frustración lo mejor que puede. Venganza que a la postre se cumple y con ella uno de los objetivos, si no el principal, de la historia que nos estaban contando, incluida esa pequeña satisfacción que el espectador -o también lector- sienten por su cumplimiento. Satisfacción al mismo tiempo cómplice y culpable porque, siendo generalmente uno de los motivos de la historia -o el principal-, suele dejar un regusto amargo que jamás compensa por completo el sufrimiento padecido, y que probablemente se seguirá padeciendo, como las pérdidas habidas. Otra cosa es que la venganza, como tema, sea suficiente para atraer y entretener a todos aquellos que se acercan a la historia, ya que generalmente suele ser la excusa de una gran mayoría de aquellas y uno de los motivos que justifica el interés del público.

Hablo de esas pequeñas e íntimas satisfacciones que procuran las miles de historias, cuentos, leyendas etc., da igual el formato o el medio mediante el que accedamos a ellas, que nos entretienen, interesan y en algún modo nos forman. También esas venganzas subsidiarias, hasta intrascendentes, que, repito, como lectores o espectadores disfrutamos cuando, por ejemplo, el protagonista da su merecido a quien se burla, avasalla, humilla o directamente agrede a otro sin razón, por chulería o simple demostración de poder.

La venganza es también una satisfacción que conlleva una especie de poso amargo, o culpa, que probablemente no todos -lectores o espectadores- han de sentir por igual, como imagino que habrá quienes realmente disfruten con ella e incluso la consideren el único motivo que justifica el estar vivos; entiendo esa culpa como sentimiento a costa de un influyente y siempre presente ascendente cristiano con el que no siempre ha cargado nuestra propia historia. Desde el primer ojo por ojo y diente por diente bíblico, o en el mismísimo Código de Hammurabi, los actos de venganza de cualquier tipo han sido vistos como indispensables, e incluso necesarios, para regular y en algún modo compensar de forma merecida, o justa, la convivencia humana y los inevitables roces que procura. Otra cosa es ese poso final de amargura o tristeza que impide que la supuesta satisfacción del vengado, o vengados, sea completa; porque después ¿qué? ¿realmente el vengado es más feliz o se siente mejor cuando en su regreso a la vida vuelve a encontrare con el dolor o la pérdida que justificó la venganza?

El Dios del Antiguo Testamento es intolerante, vengativo y cruel ¿entonces? Todos los que se dicen cristianos también han de serlo o, dándose un minuto de reflexión, también deben recordar esa segunda opción de los Evangelios que habla de poner la otra mejilla. ¿Por qué la venganza, sobre todo las más corrientes, nimias y estúpidas, nos procuran esa íntima y a veces culpable sensación de satisfacción cuando las sabemos, entendemos o incluso ponemos en práctica?

Es probable que muchas personas piensen que la venganza no tiene nada de injusta o culpable, ni siquiera excesiva, sino que se trata del “justo castigo” a pagar por parte de quien ha cometido de forma consciente un acto reprobable o ha causado pérdidas en mucho casos irrecuperables. Quizás estoy hablando de una cuestión tan instintivamente humana que tomarla de forma independiente al margen de su propietario no tiene mucho sentido, puesto que se trata de una manifestación cultural que la propia y obligada convivencia ha hecho indispensable en el funcionamiento de los grupos, organizaciones y sociedades humanas. Luego somos por defecto vengativos, hasta en las cuestiones más ínfimas e intrascendentes. O la razón, esa otra parte de nuestra constitución, ha de tener mayor peso e importancia a la hora de regir nuestras vidas. El presente de la especie no transcurre, ni mucho menos, por este último camino, y hemos llegado a un punto en el que todo con lo que no estamos de acuerdo nos parece una ofensa que vengar.

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Consumo bonito

Tras leer el enésimo comentario sobre la presunta vuelta de lo analógico, ejemplificado en el aumento de ventas de vinilos o carretes para cámaras fotográficas y lo conveniente y revitalizador que es, o sería, tal cambio para enfrentarse, o defendernos, al mundo digital que nos consume, me queda una duda que más parece sospecha, o directamente una sospecha que no da para duda porque resulta evidente que cuando se esgrimen ese tipo de argumentos es que faltan las ideas, y detrás no hay mucho más que el consiguiente reclamo, convertido en renovada excusa, con el que reclutar consumidores -dígase adeptos-; todo ello en lugar de, valga el símil taurino, coger al toro por los cuernos, es decir, por qué no somos capaces de hacernos con las riendas de nuestros propios gustos y aficiones y, ya puestos, de nuestras propias vidas, y seguimos necesitando consumir “otros objetos” -lo que significa reabrir otro mercado- con la excusa de una autenticidad que no conduce a ningún sitio, solo a otro consumo, eso sí, más caro y elitista.

¿Es esa la cuestión? Diferenciarnos del resto y con ello adquirir estatus, exactamente ¿de qué? ¿Qué pretende devolvernos ese nuevo y artesanal consumo que no podamos hacer hoy con los medios que disponemos?

¿Qué tiene que ver una playlist (lista de reproducción) con un vinilo si por parte del receptor último, y consumidor, no existe una noción clara de qué le gusta y por qué, cómo y cuántas veces quiere escucharlo, y disfrutarlo, y, llegado el caso, guardarlo con enorme cariño si ha logrado hacer un hueco en su corazón?

¿Dónde está la diferencia entre las fotografías con carrete y las digitales si quien ha de hacerlas conoce el tema y sabe qué es lo que quiere cuando las toma y dónde buscar, y sobre todo qué ver? ¿El problema es del formato o del fotógrafo?

Es cierto que si te gastas la pasta en un disco no vas a darlo por perdido a las primeras de cambio, sino que te esforzarás por alcanzar -dígase escuchar y disfrutar- aquello que no supiste advertir en las primeras escuchas antes de bajar los brazos y arrojarlo al cubo de la basura. Lo que también sucede con una edición digital, luego el problema tal vez no sea el disco, porque si es malo y te equivocaste no hay vuelta atrás -eso sí, dinerito que pierdes-, el problema es quién pretende escucharlo y por qué, qué le impide hacerlo las veces que quiera y dónde quiera. Admito la cuestión del espacio porque no todos lo tienen para acumular, además de, cuando toque, presumir de ello.

O que hartos de fotografiar con suma facilidad hasta lo más infotografiable, y del mismo modo arrojarlo a la papelera, algún falso e interesado nostálgico pretende ahora reivindicar una fotografía para la que, afortunada o desgraciadamente, no todos estamos predispuestos, quizás porque carecemos de talento o de un mínimo sentido artístico -que como para todo también hay que entender y aprender, es decir, esforzarse. Los carretes no van a hacernos mejores fotógrafos, como tampoco nos hará melómanos entendidos el disco de vinilo, ¿entonces?

¿Por qué los que auguraban el fin de los libros en papel ante el auge de las ediciones digitales han desaparecido del mapa? La batalla, si es que alguno vez existió, o nos la impusieron, la siguen ganando los libros en papel. Afortunadamente. Será que los lectores saben mejor lo que quieren que los aficionados a la música o a la fotografía. Será que nos hemos dejado enganchar por un “hilo musical” cada vez más cutre, repetitivo y anodino creado con el único objeto de que el potencial consumidor, que no aficionado a la música o a la fotografía, no se sienta solo y se pregunte qué puñetas está haciendo. Mejor que siga consumiendo.

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Algo más que incompetencia

Se supone que cuando votamos en unas elecciones, de cualquier tipo, intentamos elegir a individuos capacitados para dirigir una sociedad tan compleja como la nuestra, con cada vez más divisiones y diferenciación de ámbitos, secciones y personas a las que acoge. Una ardua tarea que deberíamos dejar en manos de gente competente capaz de rodearse de los mejores en cada uno de sus sectores, empezando por el conocimiento, experiencia y dedicación del primero de sus representantes y siguiendo con su solvente capacidad para elegir entre el funcionariado disponible y, en caso de ser necesario, asesorándose entre los más cualificados en su terreno. Todo ello con el objeto de, como desgraciadamente se requiere en la zona mediterránea, disponer del personal y los medios indispensables para actuar con prontitud y eficiencia ante situaciones como la presente.

Pero me temo que, también en esta ocasión, el fracaso ha sido y está siendo más que estrepitoso, o alarmante. No hay más que ver la cara de sonado incompetente, superado por todos lados e incapaz de reaccionar, del máximo representante autonómico. Y, por si fuera poco, teniendo que bregar con unas víctimas que, incapaces de reaccionar más allá del reconocimiento y asunción de unas pérdidas propias que se sufren y sienten casi insalvables, o en muchos casos definitivas, no ve ni dispone de ayuda, medios o cualquier despliegue logístico o de personal que sentir como próximo y competente, todo lo contrario.

Si ya es una desgracia sufrir tal percance en unas vidas que hasta entonces se intentaban llevar con normalidad, dentro de lo que normalidad significa según quién y qué, solo faltaba que quienes fueron elegidos por estos mismos para dirigir -y que cada cual asuma sus razones para hacerlo como lo hizo y si ahora le parecen pertinentes- no sepan ni se molesten en actuar con acierto y prontitud; ya no digo informar y dar una imagen de seguridad, confianza y saber hacer, sino pringándose desde el primer momento ofreciendo un sólido apoyo, tanto material como, y no menos importante, anímico.

Los hechos son los que son y de nada vale lamentarse o perder el tiempo con aquello de por qué a mí. Ya habrá tiempo de dilucidar si fue el azar, el abandono, las malas decisiones, las imprevisiones o la puta mala suerte. Tampoco tiene mucho sentido, aunque se pretenda comprensible y/o justificado -porque la violencia tiene poca o ninguna justificación-, cargar contra quienes, en su papel, deben hacer acto de presencia allí donde se les requiere, aunque solo sea para apoyar moralmente, algo que de no haber sucedido también habría sido denunciado. ¿Entonces?

Primero reconocernos en nuestra endémica debilidad no creyéndonos por encima de o al margen, tampoco habituarnos a mirar hacia otro lado cuando no somos los protagonistas o, lo que es peor, las víctimas. Saber que esta sociedad se vive y hace entre todos, y a la hora de elegir a quienes en su momento han de tener la última palabra decidirnos por los más capaces, dejar a un lado ese presente acaparador, mezquino y cortoplacista y a aquellos que, sin aportar nada de nada, gritan y denuncian con la sola intención de crear confusión y destruir lo poco que tenemos y en algunos casos funciona, pregonando mierda y falsedades con la sola intención de regresar a su único beneficio, dejando a los demás en el más completo abandono. Dicen que es la sociedad la que nos hace, que solo nos queda asumir lo que hemos hecho y tenemos delante, pero no dicen que, aún hoy, afortunadamente, seguimos siendo nosotros los que la formamos, y no únicamente como las sempiternas víctimas.

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Violencia

El pecado original católico no deja de ser un eufemismo que evita nombrar el concepto al que sustituye y de algún modo pretende justificar, el mal; una forma de conceder carta de presentación a una “natural” inclinación al mal y la violencia que, sin embargo, define de manera explícita a la especie humana. El pecado original y su correspondiente contramedida, el bautismo, intentan una especie de tabula rasa a partir de la cual el fiel ha de hacerse con el mando de su propia vida, sobre todo en lo referente al tan atractivo mal; una “segunda oportunidad” que predica un sujeto nuevo capaz  de enfrentarse a un mal que está y es más de lo que queremos creer.

Viene a cuento esta especie de introducción con motivo de actos, situaciones y comportamientos públicos que, en la mayoría de los casos y sin que nos preocupe especialmente -se trata de algo natural, como suele decirse-, aceptamos, asumimos y realizamos sin darle más importancia. Aquello del somos como somos. Y si nos fijamos en muchas de las actividades que nos gustan, practicamos o a las que somos aficionados, o en las que de un modo u otro nos vemos inmersos, da igual si de forma obligada o voluntariamente, no es difícil advertir comportamientos de una violencia implícita sobre la que no tenemos respuestas, no damos importancia o nos esforzamos por justificar en ocasiones de la forma más absurda.

La pose y la actitud chulesca del matador en la plaza conforma una escena plenamente asumida por la sociedad como natural y casi obligatoria. A pesar, o precisamente por eso, de que la básica y cruel realidad que los hechos muestran por sí mismos -el espectáculo- hacen difícil, ni siquiera controvertida, una justificación de esa altanera exhibición de orgullo y soberbia por parte de una especie inteligente ante un animal sin escapatoria, acorralado y listo para ser cruelmente acuchillado y muerto. Un animal previamente criado y adiestrado para ello, por puro goce colectivo, que da pábulo a una violenta estética de la muerte que hoy en día cada vez tiene menos sentido. Un ceremonial en el que arte y violencia subsisten de la mano, hasta el punto de que uno no es sin la otra.

Más. Tras el enésimo episodio racista en el fútbol nacional sigue funcionando, si te pilló allí cuando se produjo, la opción de callarse y que denuncien otros, los medios de comunicación, que para eso están. Mientras ocurría las justificaciones y argumentos, siempre falsos e interesados, ganaban la baza en la cabeza de los presentes a la violenta realidad de los hechos. Luego podrá decirse que se trata del fragor emocional de ciertas situaciones -no hay nada como vivirlo en propia piel-, de la tensión que el espectador va acumulando durante el espectáculo -que directamente cambia a la persona- o que las cosas no iban bien en aquellos momentos para los nuestros, lo que en definitiva valida una frustración, personal y colectiva, que acaba derivando en insultos y agresiones que luego, cuando el nervio afloje, habrá que asumir agachando las orejas -o no, si la propia chulería acaba imponiéndose con aquello de uno es así y punto, el calentón del momento ¿o no te pasa también a ti?-; porque lo de ”rebajarse” para pedir disculpas ni se contempla. Hasta la siguiente vez en la que reincidir para luego echar mano de las mismas y vacías justificaciones; y así sucesivamente.

No podía faltar la política, en este caso la estrambótica situación, así como su narcisista y docta justificación por parte del implicado, de un tipo que gustaba hacer lo que sexualmente le apetecía sin pedirlo -comportamiento que parece ser era conocido y nadie denunciaba, tal y como se toleran los insultos racistas del energúmeno de la butaca de al lado, pero muchísimo más grave.  Nimiedades, lo del pedir o preguntar, cuando a uno le tensan unos apremios libidinosos sobre los que no tiene ningún dominio, dicen. En este caso la justificación pertinente es que a uno lo han hecho así, luego la despreciable realidad de mis hechos no es del todo mía, no soy culpable. Entonces, ¿cómo hay que tomar, y en consecuencia actuar, ante hechos y situaciones que nos muestran tal como somos, qué hacer con la sangrante violencia de la muerte del toro, con el insulto racista a quien no es como tú o una agresión sexual?

Toleramos y asumimos situaciones y comportamientos violentos sin querer darnos cuenta de su dura realidad, ni intentarlo; mejor perdernos entre significaciones a cual más abstrusa o inverosímil; somos así, nos gusta sermonear hipócritamente. Y nos olvidamos de que, afortunadamente, ese nosotros ha ido cambiando, a mejor, con el paso de los siglos, luego ya va siendo hora de dejar de aceptar, permitir y callarse ante una violencia consustancial a la especie. Mejor esforzarnos por relegarla a un segundo y civilizado plano, lo de hacerla desaparecer se me antoja imposible.

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La Calórica

En una estupenda jornada de otoño la plaza lucía abarrotada de residentes y visitantes en tarde de domingo. Bares, establecimientos de alimentación y tabernas ofrecían ofertas de pinchos y botellines que congregaban a una multitud de jóvenes con ganas de pasárselo bien. En contraste con tan gratas expectativas una familia sudamericana ocupaba la totalidad de un banco público con una lata de refresco en la mano, miraban alrededor entre curiosos y resignados ante su presente, probablemente de descanso, un breve interludio en medio de ningún sitio antes del inicio de otra semana agotadora.

Otros accedíamos al teatro entre risueños y expectantes, a una decena de minutos del comienzo de la función. Aconsejados y animados por amigos y conocidos en la capital catalana, por fin íbamos a asistir a una representación de una de las compañías de referencia en Cataluña. Unos más entre un numeroso público en el que prevalecía una juventud moderna, guapa y satisfecha, y que como sorprendentemente comprobamos al final acudía al teatro ya previamente ganada para la causa. Una juventud que aplaudió, grito y se levantó al final de la obra, mientras nosotros nos mirábamos, repito, sorprendidos e intentando adivinar qué nos habíamos perdido en la hora y media que duró la representación.

Y así abandonamos la sala, intrigados y preguntándonos qué se nos había pasado o no entendido, por qué nuestra sorpresa cuando la sala al unísono se levantó, aplaudió y grito antes incluso de que la representación llegara a su término.

Después, mientras cenábamos, seguimos intentando dar con la clave que nos faltaba, repasando una obra típicamente burguesa, impecablemente dirigida e interpretada, que pretendía mostrar el mundo visto por una burguesía profesional, políglota, progresista y guapa con tendencias woke -tal vez por aquello de estar rabiosamente al día.

Con la excusa del Congreso de Viena, celebrado en 1814 -el tema principal de la obra-, habíamos asistido a una especie de farsa, repito, muy bien dirigida e interpretada, que, de no ser por una voz en off encargada de guiar al espectador acerca de lo que ocurría sobre el escenario, habría quedado en un esmerado, blando e ininteligible divertimento. Un espectáculo que desde la primera y aislada escena, en la que aparecen un par de personajes de una isla remota del Índico -como inevitable peaje identitario y reivindicativo del progresismo catalán-, pronto olvidada por el espectador, así como por el posterior desarrollo de los preámbulos y anécdotas del citado Congreso, deja al espectador intrigado en la butaca aguardando a que aquello vaya cobrando forma. No falta la irremediable sátira, tan grotesca como carente de sitio, del representante español cateto, chabacano e inculto -obligada denuncia de la cutrez y precariedad histórica del estado español opresor del pueblo catalán; reída por el público. Incluso hay tiempo para un largo discurso en inglés de Margaret Thatcher, difícil de encajar, que intenta trazar un hilo conductor y actuar como colofón de una historia que definitivamente carece de pulso argumental. Para acabar diciéndonos que la solución a la total ausencia de justicia social en este mundo que cruelmente dirige el actual neoliberalismo imperante consiste en que los pobres se pongan a bailar. Y fin.

Que la burguesía, en este caso la catalana, además de demostrar que sabe de lenguas, se encargue de proclamar las debilidades, derroche e ineptitud de su gran enemigo histórico, la aristocracia, quien se opuso durante años a su ascenso y gobierno de la sociedad, es una cosa, e intentar relacionar dichas  cuestiones con el neoliberalismo más salvaje que iniciaron al unísono los gobiernos de Thatcher y Reagan es otra. Hay por medio todo un siglo XIX con dos movimientos revolucionarios internacionales que ni aparecen, además de dos cruentas guerras mundiales -por resaltar lo más importante- que dieron forma al panorama que se encontró y destruyó la primera ministra británica. Hay que ser muy imaginativo, o tener poco aprecio por la historia, para pretender atar unos cabos a años de distancia unos de otros.

Ante tal precariedad argumental, la representación queda en un bonito y dócil espectáculo al que solo se le ocurre como colofón poner a bailar al patio de butacas como representante de la parte más maltratada de la población mundial, una servidumbre que salta y baila contenta y al parecer liberada, eso sí, mientras los burgueses son los que dirigen ahora la orquesta.

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Ideologías

Hubo un tiempo en el que se intentó impartir en los centros de enseñanza, por iniciativa del gobierno de la nación, una asignatura sustitutoria de la religión dedicada a la ciudadanía, lo que alarmó y escandalizó a la rústica derecha nacional porque, para ellos, eso significaba adoctrinar ideológicamente al alumnado. Si no recuerdo mal, la asignatura intentaba establecer los puntos para una base común de convivencia en la que, asumiendo las consiguientes diferencias y por encima de ellas, prevaleciera la capacidad de la población para aceptar unos presupuestos mínimos de cooperación y harmonía en una sociedad que no dejaba de ser común, así como el respeto mutuo entre sus ciudadanos.

Desde entonces la cantinela de la ideología por parte de la misma derecha, da igual si más o menos escindida o extrema, no ha dejado de supurar cuando, sin argumentos propios que mostrar y con los convencer -como de costumbre-, han visto peligrar su estatus y privilegios tradicionales. Un estatus y privilegios que, como ha sucedido recientemente en Murcia, se manifiestan sin ninguna vergüenza cuando, como en este caso, la justicia intenta poner orden en lo que va más allá del delito.  

Al mismo tiempo, cabe preguntarse qué clase de comunidad, o sociedad, o como quiera autodenominarse esa gente, es capaz de dejar en libertad a unos machos sinvergüenzas a los que les gustaba follarse indiscriminadamente a menores de edad simplemente porque podían. Imagino que a cambio de una miseria con la que lavar unas conciencias tan podridas como depravadas. Y luego salir a la calle para trabajar y relacionarse como personas de bien, respetadas y probablemente religiosas, exhibiéndose sin ningún escrúpulo.

Pues bien, esto sí que es ideología pura y dura, otra manifestación de un poder abalado por un rosario de reaccionarias tradiciones empeñado en que nada cambie para beneficio de sus detentadores; y en cuyo mantenimiento y perpetuación participan instituciones parasitarias, dependientes o directamente integrantes del mismo, como son la iglesia o la judicatura.

Solo espero que también allí, en la misma comunidad, haya gente decente que divulgue sus nombres y apellidos y les señale por la calle hasta conseguir que esos hijos de puta no la pisen. Y aun así, no olviden que si fueron capaces de cometer tal vileza de forma taimada, calculadora y repetidamente, probablemente se estén riendo de nosotros al mismo tiempo que dicen sentirlo (si, si, lo siento, pero nadie me va a quitar aquellos polvos y lo ricos que me estuvieron).

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Cansancio

Qué voy a contar de los regresos, de la vuelta a casa después de un día agotador, a una casa a la que cada vez estás menos unido porque probablemente nunca te convenció, pero no tenías más remedio. Era la que estaba a tu alcance y tenías que decidirte porque el tiempo apremiaba; las ganas de salir, de hacerte un hueco que considerar tuyo, para divertirte, hacer lo que te viniera en gana, o no hacer nada, sin que nadie te dijera cómo o por qué. También descansar, rodeado de un mobiliario cómodo y acogedor en el que dejarte llevar hasta que el sueño te transportara dulcemente a otros mundos.

Ilusiones y esperanzas que, sin embargo, fueron postergándose porque cuando intentabas ponerte a la tarea y dejar aquello a tu gusto te requerían de forma imperativa en otro lugar, el lugar de donde provenía el dinero para la tarea permanentemente aplazada de adecuar y mejorar esa casa. Una tarea inacabada que fue espaciándose en el tiempo, alejándose como posibilidad, del mismo modo que tú lo ibas haciendo respecto de lo que en un principio querías, o quisiste, qué más da, porque ya no recuerdas qué fue primero, si las ganas o la casa. Hacer lo que había que hacer porque todos a tu alrededor así lo hacían.

Y hoy, un día más, regresas al nido en un tren atestado junto a otros como tú, de vuelta a vuestras respectivas y con la media noche a un tiro de piedra. Prácticamente derrotados, sin ganas, mucho menos de disfrutar, porque no son horas para llegar y desvestirte tranquilamente, darte una buena ducha y prepararte una cena tan deliciosa como reparadora. Nada de eso, tales placeres se dan, según has oído en alguna ocasión, en otros países donde las cenas se celebran tres o cuatro horas antes, por lo que después queda tiempo para charlar, pasear, leer y si apetece disfrutar de una película en televisión.

Por aquí no hay tiempo para tales deleites, o vida, que también lo es. Por estos lares el trabajo te consume en cuerpo y alma mientras la luz del día resplandece, culmina y se apaga sin que hayas tenido ocasión de disfrutarla, o al menos sentirla, algún rayo de sol en la cara suficiente para alegrarte el día. En este país el trabajo es sinónimo de derrota, una derrota amarga diariamente sufrida que devuelve a sus nichos, que no nidos, tampoco hogares, a una población incapaz de pensar en el día siguiente; la misma amenaza a la vuelta de la esquina cuando todavía no ha finalizado este. El resultado final de este despropósito con la etiqueta de vida es una enorme marea de almas exhaustas y vacías machacadas por tareas repetitivas y nada agradecidas, cuando no golpeadas y despreciadas por unos semejantes que solo te ven como un inconveniente obligado entre sus quehaceres diarios, que nada tienen que ver con los tuyos. Pero esa es otra historia.

Y mañana más, y si has tenido suerte tendrás a alguien que te reciba con una sonrisa y haya pensado, y quizás preparado, la comida del día siguiente, de todos los días, en mejores o peores condiciones; entonces miras al tipo que tienes al lado dando cabezadas, otro como tú, o peor, y la desolación es doble. Abrir el congelador, echar mano de lo primero que encuentres, meterlo en el microondas y engullirlo, más que comerlo, ni mucho menos saborearlo; y después adormilarte en el sofá dejándote picotear por ese runrún que vomita una pantalla enganchada a cualquier cadena generalista empeñada en machacarte el cerebro hasta dejarte completamente KO. Hasta que alguien te dice, si sigues acompañado, que ya vale, es tarde y hay que madrugar. Dejas el sueño y abandonas los cojines de un mueble que, visto lo visto, tal vez haya que cambiar, porque lleva un tute que ya vale.

Al final has vuelto a dormirte con el traqueteo del tren, al unísono con el ocupante del asiento junto al tuyo, un día más, tal y como sucedió ayer. Pero no hay problema, porque eres capaz de anticiparte a las paradas antes de que estas lleguen, incluso dormido, toda una proeza. Y sales de esa plácida ensoñación unos segundos antes de que el tren se detenga en la tuya, das los pasos necesarios hasta el andén y caminas ligero para coger asiento en el autobús que ya está esperando, el último viaje hasta el día siguiente. Y ¡ay! si se produce algún retraso, se descabalan llegadas y salidas y todo se va al garete, de pronto en la necesidad de improvisar y con el tiempo echándosete encima, llegando tarde a cada enlace y además enfadado -y sin poder hacer nada-; ese día ni siquiera la cena. Pero no hoy. Y así todos los días.

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Mundo y vida (y viceversa)

Cuando a tu alrededor la enfermedad hace estragos incubas, cultivas, asumes o directamente sientes una perturbación temerosa tan imprecisa como compleja, o ficticia; una incómoda sensación que, sin poder impedirlo, preside o sobrevuela tanto tus actos como tus pensamientos. Además de un punto de culpabilidad por tu, hasta el momento, aparente buena salud, o no tan mala como para considerarla peligrosa o nociva para tus intereses, en este caso tu propia vida.

Se cierne sobre tu cabeza una sombría tela que, sin agobiarte por completo, no desaparece así como así; una nube o semioscuridad que solo el paso del tiempo disipará.

Un comentario al respecto acerca de tal situación, o estado de ánimo, no sé si instintivo u obligado, o merecido, es aquel de que esta vida es una mierda, por ejemplo; o que no tiene sentido, o es absurda, a lo que añadir innumerables adjetivos, ninguno positivo o esperanzador, que intentan dar consistencia sin conseguirlo a nuestra pobre incompetencia, indefensos ante la falta de respuestas a preguntas que desgraciadamente nunca son las adecuadas. Poco más ante la inevitable e imperativa presencia de la enfermedad y sus devastadoras y fatales consecuencias.

Pero la vida como tal no es la culpable de nuestros problemas, fracasos, humillaciones, caídas o congénita debilidad. Es cierto que nadie nos pide opinión sobre si queremos vivir, con toda la incertidumbre y contingencia que ello conlleva. La vida es un regalo, es lo que es y no hay nada malo en ella, todo lo contrario, es más un motivo de alegría y felicitación que lo contrario. Estar vivos significa ser y estar precisamente aquí y ahora, y percibir, y sentir, y sufrir, y disfrutar, y pensar, y de vez en cuando ser felices; pero no esa felicidad soñada o impuesta, tan intemporal como falsa, que intentamos prolongar en el tiempo a sabiendas de que es completamente imposible, sino esa otra felicidad que solo puede disfrutarse a pequeños sorbos, descubiertos y apreciados justo en el momento en el que llegan invadiéndonos, sentidos antes que gustados; una placentera y dulce sensación que puede llegar a ser un estado de ánimo, tan breve como intenso, para poco a poco irse diluyendo y escapándosenos.

El mundo es otra cosa. Además de todo lo existente también puede decirse de la propia especie, o de la sociedad que hemos creado como tal; y ahí cuestiones como bueno y malo si son más pertinentes, y en muchos casos justa su mención o denuncia

Como también las maldiciones e imprecaciones que, como decía más arriba, solemos proferir como consecuencia de los malos momentos que vienen aparejados con las enfermedades. Entonces sí tiene sentido quejarse del mundo, ponerlo a parir por carecer de las mínimas prevenciones para no dejar solo a ningún miembro de la especie cuando la vida no le sonríe. Porque este mundo sí lo hemos construido nosotros, quienes seguimos haciéndolo y perpetuándolo con nuestras propias vidas, incluidas la falta de respuesta a tantas carencias e inconvenientes que provocan las enfermedades, cuestiones siempre pendientes que deberían ser prioritarias entre nuestros objetivos como especie. En cambio, hemos construido un mundo mezquino y egoísta que dice muy poco de nosotros -o mucho, según se mire-, y eso poco es más que degradante como especie.

Entonces sí podemos valernos de la queja, que nos ayude es otra cuestión. Puede decirse que este mundo es una mierda por, todavía, seguir permitiendo que desaparezcan otros como nosotros, en muchos casos en la flor de la vida, sin poder hacer nada por ellos; sobre todo debido a nuestra falta de responsabilidad hacia nosotros mismos, nuestra indiferencia, cuando no simple abandono o desprecio. Todo esto sin salir de nuestros pequeños universos, familiares o locales, porque si alzamos la vista para mirar más allá de nuestro círculo la cosa no tiene nombre, en ese caso no se trata de preguntas a la búsqueda de respuestas, ni falta que hacen, solo queda incomprensión porque aún nos sea permitido existir como especie parasitando la corteza del planeta.

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Kulunka

Llegaba el fundido en negro que daba fin a la obra y los aplausos prorrumpían de inmediato. Se encendían las luces de la sala y sin tiempo todavía para saborear, recapitular o pensar sobre lo visto un par de mujeres que ocupaban el mismo número de butaca en la fila anterior a la nuestra saltaban como impulsadas por un resorte para seguir aplaudiendo de pie, impidiéndome ver el escenario, justo en el momento en el que los actores regresaban para el primer saludo. Por lo que también fui de los primeros que se levantó para aplaudir la representación, es cierto que obligado, pero no peor o a disgusto, todo lo contrario. A la segunda o tercera salida para saludar ya era todo el teatro el que  estaba en pie y aplaudía a los tres protagonistas, quienes, sonrientes y empapados en sudor, agradecían una y otra vez a los presentes tanto su presencia como su enfervorizada felicitación. Entonces tuve la sensación de estar asistiendo a una especie de comunión en la que, tanto arriba como abajo del escenario, los presentes disfrutábamos al unísono de una celebración conjunta como pocas veces puede darse hoy en día, tantos unidos al mismo tiempo y en el mismo lugar por un mismo sentimiento. No me pareció ver teléfonos móviles buscando la imagen viral porque, supongo, la mayor parte de los asistentes entendíamos que lo mejor que uno puede hacer cuando acude a un espectáculo similar y lo disfruta en cuerpo y alma -nunca mejor dicho- es no perderse ni un instante de lo que sucede ante sus ojos. Juntos los de arriba con los de abajo, en primera persona, sin la intercesión de ningún dispositivo que siempre menoscaba, o directamente entorpece, la viva sensación de sentir en la propia piel el presente.

Los aplausos fueron apagándose poco a poco, aunque, sinceramente, por mí podrían haber continuado durante más tiempo. Haciendo un símil, como ocurre con las propinas en algunos países anglosajones, que han de ser como mínimo de un diez por ciento de la consumición; es decir, que si la obra hubiera durado una hora serían seis minutos seguidos los que deberíamos haber permanecido en nuestras butacas, o en pie, aplaudiendo. Porque en este caso se lo merecían de largo. Y aun así creo que seguiría siendo poco.

Que en los tiempos que corren un pequeño y entusiasta grupo de artistas consiga, con un teatro de máscaras y sin palabras, transmitir a un espectador desconocido y de forma tan intensa tal cantidad de realidad y emociones mediante la dramatización de situaciones vulgares y cotidianas en las que, de un modo u otro, todos nos sentimos representados, con tal carga de solemnidad y respeto, no deja de ser más que importante, además de hermoso. Y que el teatro Español de Madrid haya conseguido comprimir en menos de dos semanas este merecido homenaje a los quince años de la compañía que titula estas letras es más que un dato feliz. Ignoro si el resto de las representaciones, las anteriores o las que aún quedan, trascurrieron, y transcurrirán, con el cartel de agotadas las localidades colgado en la puerta, pero no sería para menos porque tanto el trabajo como el resultado final lo merecen.

Por ello el teatro sigue siendo, si es que en algún momento dejó de serlo, probablemente por incompetencia o incapacidad de sus representantes en circunstancias determinadas, el espejo vivo de una sociedad que siempre necesitará verse a sí misma representada sobre un escenario, como reconocimiento y terapia, como obligación y conciencia, como permanente recapitulación y esperanzador futuro, si todavía pretendemos ser una sociedad de seres humanos con algo que decirnos, o al menos dispuestos a seguir reconociendo lo bueno y lo malo de nuestro comportamiento, o lo que nos estamos haciendo a nosotros mismos.

El teatro de Kulunka no tiene pasado, presente ni futuro porque, como nosotros, siempre ha estado aquí, y nuestra sola presencia ya es en sí un milagro -qué cabe decir de la suya. Una presencia de la que deberíamos estar orgullosos, como lo deberían estar ellos por hacernos más vivos, sinceros y humanos de lo que somos capaces de pensar y sentir.

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Fátima

A medida que vamos aproximándonos a Fátima, la publicidad comienza a multiplicarse y los caminantes con el mismo destino, protegidos por sus correspondientes chalecos amarillos, aumentan; nos dirigimos al mismo lugar por motivos diferentes. Como, una vez allí, probablemente veremos parajes que no se parecerán en nada.

Fátima es un lugar tan tremendamente humano y terrenal que lo divino -si es que existe- pasa completamente desapercibido si uno no va previamente predispuesto, o aleccionado, para ello. Aunque es probable que de eso se trate. Si la intención del propio invento en algún momento tuvo que ver con lo espiritual como trascendencia o representación, aquel instante se evaporó hace muchísimo tiempo. Fátima es superstición pura y dura, un sustitutivo religioso personalista aderezado por monótonas y huecas salmodias comunes, que no compartidas, ingeridas tal que sucedáneos de sosiego o felicidad como analgésico contra los dolores del vivir. Además de un gigantesco negocio del que parasitan, algunos solo sobreviviendo, centenares, o miles, de sujetos; más y menos avispados o directamente arrojados allí como última oportunidad, dedicados a sacar provecho de las debilidades de la especie, o incluso a hacer fortuna con ello.

Cualquiera puede ir y venir por el recinto sin dejar de ver grupos y curiosos de una lado para otro, también almas atribuladas a la búsqueda del remedio para su incomprensible y dolorosa existencia. Remedio o parche sujeto con hilos tan livianos que suelen romperse a la primera y humana duda, lo que no obsta para que vuelva a ser recetado por una infinidad de diestros oficiantes ejerciendo de vates armados con la palabra -poderoso sedante- y una retórica dulce y melosa que reconforta, solo momentáneamente, a tantos a la búsqueda de una explicación para tanta desgracia.

Una de las excusas de semejante parque temático es un libro -La Biblia- leído e interpretado, si no torticeramente, sí según conveniencias y necesidades, puesto que lo dicho he invocado en este lugar a partir de lo escrito en la gran mayoría de los casos nada tiene que ver con lo que puede leerse en el texto. El Jesús del Libro, tal y como hizo en el templo, azotaría y expulsaría de allí a tanto desalmado egoísta e interesado comerciando provechosamente con las debilidades de sus semejantes. Y a la vista de su enorme extensión y múltiples variedades, el negocio funciona, sobre todo a costa de los peor situados en la permanente competición por salir adelante en este mundo, o entre quienes inesperadamente se ven golpeados por un azar que nada sabe de preferencias, devociones o destinos.

Este lugar no deja de ser un ejemplo del completo fracaso de la especie como grupo, comunidad o sociedad, incapaz de trabajar conjuntamente en beneficio propio, es decir, mutuo; quizás fraguando objetivos compartidos que facilitaran las vidas y existencia de cuantos más mejor. Aquí la religión, o lo que sea que se ofrezca o imparta, se oferta como terapia de consumo estrictamente individual; vivo ejemplo de la sociedad que acoge y fomenta estos artificios. No hay ni se ve amor ni bondad participada en sentida comunión, cada cual a lo suyo, tan solo rezos y plegarias individuales que dan forma a un murmullo dirigido de escasa permanencia; los anhelos particulares nacen y mueren en el mismo instante. Sobresale la pobre desgraciada que se arrastra de rodillas rumiando sus penas en busca de una solución que nunca llegará si no es por ella misma, y junto a esta, pero no mezclados, otros que acuden a bordo de caros vehículos y se alojan en lujosos hoteles adecuados a su estatus -imagino que también religioso-; y son numerosos quienes se apiñan y gastan su poco o mucho dinero en un inclasificable surtido de objetos tan absurdos como inútiles e insustanciales: ya sea un repelente exvoto de plástico representando algún órgano interno, un colgante vulgar y chabacano que se romperá al segundo día o un lujoso cáliz -y puede que los hubiera de oro- adquirido con el orgullo de poseer algo, si no único, sí especial con que adornar una personal devoción; y porque se puede.

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