Deterioro

El médico fue preciso y claro, de permanecer las condiciones actuales no tenía sentido mantener el cuerpo con vida artificialmente, además, la enfermedad degenerativa no iba a remitir, todo lo contrario, iría poco a poco minando las pocas reservas que todavía le quedaban a aquel vestigio vivo de una persona que, sin embargo, ya no era; nada que ver con su propietario, su pensamiento y carácter que, de seguir aún activo y presente en aquella pequeña concreción humana, probablemente maldeciría lo que no está escrito contra quienes son capaces de permitir la prolongación de semejante crueldad. Era una cuestión de la familia decidir si mantenerlo anclado o dejarlo descansar en paz hasta que se agotaran sus últimas fuerzas.

La valoración médica fue ampliándose en referencia hacia el inevitable agotamiento físico y fisiológico propio de edades longevas, situaciones en las que el cuerpo ha consumido casi todos sus recursos y ya no dispone de medios ni reservas -por pura prescripción genética- para permanecer vivo. No se trata de cuestiones accidentales o secundarias, sino que el propio organismo siente que va llegando al límite. Ya no es cuestión de voluntad, puesto que la situación y el próximo desenlace nada tienen que ver con la voluntad o la razón y sí con el amor, pero con el amor capaz de entender que es hora de dejar partir.

Somos capaces de soñar, imaginar, idealizar, crear, construir e incluso hacer reales infinidad de sueños, ideas y proyectos fraguados a partir de esa parte de la “fisiología humana” que todavía no dispone de un nombre satisfactorio y definitivo, aunque sí lugar, el cerebro. Espíritu, alma, razón, aliento, maravilla de la evolución, don divino, etc. Cuestión que sigue y seguirá abierta motivo de controversias, disputas, reyertas, guerras y atrocidades sin fin a la hora de hacer prevalecer una versión que, en puridad, nadie puede esgrimir como verdadera, si es que el término verdad tiene algún sentido en este caso.

Pero no voy a derivar estas letras hacia cuestiones ideológicas, religiosas o políticas que generalmente suelen aportar más violencia, falsedad e intriga que cordura o humanidad, sino hacia el propio cuerpo, ese sustrato físico que, nos guste o no, nos soporta y nos hace, por quien somos y estamos y sin el que hasta a día de hoy es completamente imposible que seamos o hayamos sido. Un cuerpo que nos define e identifica desde nuestro nacimiento, que poco a poco aprendemos a reconocer a la hora de convivir, cuidar, respetar y llevar hacia adelante con prudencia y sabiduría; así como, en el caso contrario, nos sentimos incapaces de reconocer e incluso odiar, despreciar, maltratar, explotar, exprimir, deformar, mutilar y mil cosas más, exponiéndolo y humillándolo como víctima propiciatoria de muchos de nuestros complejos, carencias y limitaciones.

Como paradoja de este embrollo resulta que ese mismo cuerpo que mantiene viva y latente nuestra mente, nuestro espíritu y razón, es en muchos casos el mayor perjudicado de las limitaciones y errores de esta última, hasta el punto de que sin cuerpo no habría mente denunciante o acusadora de aquel que hace posible tanto la denuncia como la acusación. Y no deberíamos olvidar que es ese sustrato físico el que quizás un día ponga los límites en contra de una mente aún vigorosa y repleta de proyectos y esperanza. Quizás entonces nos acordemos del trato que le dimos, por qué y con qué sentido, si nos equivocamos o, en cambio, supimos vivir en paz y respetándonos mutuamente, porque, hasta hoy, esta simbiosis casi perfecta es lo que somos.

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Esperpento

Si Valle levantara la cabeza y viera lo que sucede cien años después en el mismo país que criticó, denunció y satirizó con su obra probablemente no se encogería de hombros, ni soltaría un ya lo dije o un no tenemos remedio. Lo que sí sentiría sería una profunda tristeza porque sus paisanos todavía sigan anclados en comportamientos y supersticiones que ya ni dan para contrareformistas. Que una parte del país siga detenida en Trento y su provinciana y violenta intransigencia da para algo más que unas letras, o no, puesto que hay cosas que, efectivamente, no tienen remedio.

Viene esto al caso de la, no se si noticia o auténtico sainete carnavalesco, decisión judicial de permitir el rezo ante la sede del PSOE madrileña. Porque esperpento ya lo es un juez capaz de dedicar su tiempo a semejantes menesteres, probablemente un “señoro” de escasas y santas luces, arrogado de una especial luz divina, que considera tan importante como crucial tan estrambótica decisión. Como si afortunadamente no viviéramos en un país libre en el que cada cual puede deambular por dónde la apetezca y hacer casi lo mismo, siempre dentro del consiguiente orden de no hacer a los demás algo que uno no quisiera que le hicieran a sí mismo.

El meollo de la cuestión, el rezo, viene a cuento -sinceramente, no encuentro la relación- de una amnistía que un presidente del gobierno astuto e interesado ha tenido a bien conceder con tal de seguir amarrado al poder. Una amnistía a favor de unos sediciosos fascistas catalanes cansados de no ser ellos quienes deciden dónde y qué hacer con el dinero que les corresponde a sus súbditos -porque los habitantes de la región son sus súbditos. Y para más inri, el caso es que quienes rezan son unos fascistas españoles que consideran que ellos sí son los auténticos elegidos, y su verdad es tan pura como su piedad, y desgraciadamente a día de hoy les ha sido imposible encontrar otro medio para influir en los asuntos terrenales que echar mano de divinidades omnipotentes que, si en realidad existen y fueran tales, se estarían partiendo el culo ante tales catetos de mesa camilla.

Semejante anacronismo viene amparado por una derecha nacionalcatólica que, incapaz de hacer política -porque la política es el medio del que disponen mujeres y hombres para entenderse y llegar a acuerdos aquí en la tierra-, ha de apelar a instancias divinas que remuevan el sustrato más carpetovetónico y emocional de una población que sigue sin enterarse de qué va esto -utilizar el verbo querer me parece un exceso de voluntad que, creo, brilla por su ausencia. Como corrobora que, en su flagrante incompetencia política, hallan elegido a la esposa del mismo presidente como objetivo de acusaciones sin pruebas. Disparate que ha encontrado otro esperpéntico juez, tan incompetente profesionalmente degenerado como el primero, capaz de rasgarse las vestiduras a costa de una causa que cualquier recién licenciado en derecho encontraría más que abstracta o simplemente absurda; o maledicentemente intencionada.

Así que allí andarán, zombis poseídos por la única verdad que existe en esta tierra armados con banderolas y una simbología religiosa que ni en Trento fueron capaces de imaginar. Rezaran -supongo que a Dios- en favor de tantas almas confundidas implorando que el Creador las devuelva al buen camino. Aunque, como fervientes católicos -que probablemente no han leído la Biblia o la han interpretado de forma más bien torticera- también podrían acercarse, intentar entender y atreverse a amar a quienes consideran sus equivocados y erráticos enemigos. Claro, eso tiene un inconveniente, todo intento de acercamiento significa comprensión, ayuda y la posibilidad de compartir, y eso quizás ya no interesaría, porque Dios les ha dado una posición en la creación que deben respetar, amén de una cuenta bancaría que les permite perder el tiempo en semejantes cruzadas. Y si todos nos amamos podríamos llegar a confundirnos y entonces lo mío ya no sería solo mío.

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IA

La sala estaba repleta de un público atento que no perdía detalle de la conversación entre los ocupantes de las sillas principales frente al auditorio. Cada autor daba su versión, u opinión, sobre su trabajo, sus comienzos y gustos, las dificultades, tanto técnicas como a la hora de encontrar una línea de trabajo satisfactoria y con futuro; las relaciones, tanto personales como sociales y profesionales. Las puertas que se abren o desgraciadamente se cierran, las oportunidades perdidas y cómo, en definitiva, tiene que apasionarte lo que haces y ser capaz de poner todo tu empeño en ello, a pesar de la siempre amenazante sombra del desánimo y su persistente presencia a punto de desarmarte en los momentos en los que peor estás, a un paso de decir basta y dejarlo definitivamente para dedicarte a no sabes qué.

El escenario son unas jornadas locales de dibujo y dibujantes que, para disfrute de propios y extraños, han contado con una numerosa asistencia que contribuía y participaba con tanto interés como entusiasmo. Un jarro de agua fresca en un mundo, el del tebeo, la historieta, el cómic o como quiera que cada cual lo llame, incómodamente situado en ese espacio intermedio entre lo joven y lo adulto. Conocemos de primera mano, si es que alguien aún lo ignoraba, el enorme trabajo detrás de cada imagen, historia, tira cómica o volumen, trabajo que en muchos casos el lector apenas es capaz de advertir tras el rápido visionado, lectura y disfrute de la obra que en esos momentos tiene entre sus manos. Lo que no impide que sea de agradecer que estos autores hayan decidido dedicarse a dibujar y con ello proporcionarnos un placer que, en primera instancia, conecta con la parte más básica, instintiva y emocional de las personas.

Horas de trabajo, borradores y proyectos fallidos que acaban en la papelera, dudas que no se concretan en un personaje o una historia creíble y consistente, palos de ciego y, al fin, un resultado que satisface y sobre el que trabajar, la recompensa a un esfuerzo y una dedicación con tan escasas recompensas, tampoco económicas. Solo unos pocos de los de autores que vienen desfilando por aquí pueden decir que disfrutan y viven de hacer algo que les apasiona.

A una pregunta del público respecto a cómo les afectaría a ellos y su trabajo la evolución de la inteligencia artificial (IA), la respuesta, o no respuesta, no puede ser más desazonadora. Algunos inciden en que la imaginación y la creatividad humanas no tienen fronteras, siempre habrá alguien deseando coger un lápiz y dibujar. Otros, en cambio, admiten con rostro severo que puede llegar a destruirnos por completo, hacernos desaparecer. Somos un raro vestigio de romanticismo provisto de lápiz, colores y papel -utensilios casi antediluvianos- esforzándonos por lo que una IA bien enseñada puede hacer en segundos casi gratis, o directamente gratis. Porque ya hoy cualquier empresa u organismo que pretenda confeccionar un cartel o una imagen publicitaria -en el caso de querer vender algún producto, e imagino que me quedo corto- puede hacerlo mediante una IA a la que previamente has venido adiestrando con una ingente cantidad de información obtenida sin esfuerzo vía internet, justo para que el resultado final sea lo que el peticionario pretende. Ninguna empresa, corporación u organismo público nos necesitaría para cartelería o proyectos de diseño, con acceder a lo que ya hay disponible o a cambio de una módica mensualidad si pretende proyectos más elaborados tendría completamente gratis lo que solicitara. El concepto de autor desaparecería, nosotros desapareceríamos, o nos convertiríamos directamente en outsiders, un grupúsculo marginal seguido y mantenido por frikis y raros; un divertimento del que no podríamos vivir porque estaríamos directamente fuera de cualquier tipo de comercio o intercambio.

Estas jornadas, esta convocatoria, las reuniones de profesionales, aficionados y curiosos; las conversaciones, las preguntas, los descubrimientos, el necesario, fructífero y en muchas ocasiones iluminado intercambio de opiniones y pareceres llegaría a desaparecer; es cierto que también los recelos y las envidias. No necesitaríamos vernos, hablar y compartir porque la IA lo haría todo sin nosotros a cambio de nada. Bueno, a cambio de la correspondiente suscripción al propietario de turno, señor omnipotente gracias a la tecnología y los gigantescos ingresos por publicidad que su propagación y uso generaría. Pero no solo en lo referente al cómic, cualquier acto de creación por parte de un individuo de carne y hueso perdería valor ante el desinterés y la desidia general. Las creaciones humanas prácticamente quedarían en manos de tres o cuatro megapropietarios de variantes de una IA omnipresente que controlaría todos los aspectos de la creación artística de la humanidad.

¿Realmente nos damos cuenta de lo que hay si no somos capaces de un control y regulación del monstruo?

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La manzana

No dejan de llamar la atención los supuestos escrúpulos que la empresa de la manzana ha sacado a relucir con motivo de su último video propagandístico, o cautelas que al parecer le han hecho retirarlo de algunos medios. Será que ya comienzan a chochear, porque si su desaparecido fundador se entera, uno de ellos, allá dónde pare, es capaz de regresar al mundo de los vivos y pleitear a muerte contra sus herederos por semejante signo de debilidad.

Por otra parte no tiene nada de extraño el parto, confección y edición del tan excelentemente cuidado video, a fin de cuentas es lo que siempre ha pensado la empresa, primero ellos y después el mundo en general, un paso por debajo de su excelsa y altanera existencia.

Apoyados desde el principio en una tecnología y diseños brillantes y de calidad -al Cesar lo que es del Cesar-, jamás tuvieron reparo en denunciar y perseguir a cualquiera que, por lo civil o lo criminal, intentara hacerles la competencia o directamente alcanzarles, y lo consiguieron hasta que los avances y la tecnología coreana y china les igualaron haciendo cada vez más difíciles y farragosas las permanentes demandas -nunca sabremos cuantas ciertas, falsas o directamente inventadas- que la compañía imponía en territorio norteamericano. No le quedó más remedio que aceptar que los demás también podían ser brillantes a la hora de los diseños y la tecnología. Es lo que hay detrás de la sospechosa certeza de que, probablemente, en China se esté llegando un paso más adelante. Con el añadido de que ahora es el gobierno norteamericano el que hace de obsesivo y vigilante demandante protegiendo sus productos -siempre más caros- con la excusa de espionaje e intento de monopolio internacional. Como siempre han dicho de los dictadores, son todos unos hijos de puta, pero algunos son nuestros hijos de puta.

Otra cosa digna de estudio es cómo la compañía ha logrado imponerse exigiendo a sus compradores convertirse en fieles clientes dependientes de forma voluntaria, impidiendo la compatibilidad de cualquier adminículo o aplicación con sus caros dispositivos, obligando al orgulloso y servil propietario a adquirir y utilizar las propias o en caso contrario quedarse sin lo que le apetece por provenir directamente de un enemigo comercial; que en este caso casi es como decir enemigo jurado.

Al mismo tiempo no es raro ver cine y comprobar, o admirar, cómo los guapos  protagonistas disponen del último y excelente diseño de la casi secta de la manzana. Y en el colmo de los colmos, vanidad o arrogancia, no recuerdo en qué película uno de los protagonistas hablaba de grandes genios de la humanidad que debían ser recordados y valorados por los siglos de los siglos, entre ellos Edison, Einstein y Jobs -un tipo que despreciaba a los trabajadores y los pobres, molestos fracasados, tanto o más que a sus rivales comerciales.

En definitiva y a partir del completo y más que explícito desprecio de la humanidad y su cultura que muestra el video en cuestión, solo nos queda arrodillarnos ante el último diseño de la marca y rendirle pleitesía poniendo nuestras vidas en sus manos, al fin y al cabo se trata de un dios todopoderoso que controlará, supervisará y condicionará -también educará- nuestro pensamiento, deseos, emociones y vida, hasta tal punto que sin la manzana de la discordia, perdón, sagrada, no seremos nadie en este mundo, si no lo somos ya.

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Los días que más nos gustan

Percibir el paso del tiempo pasa por detenerse con cierta frecuencia y observar cómo fechas y acontecimientos visten de manera distinta conforme el transcurso de los años va dejando su impronta en ellos, como también cambiamos nosotros, aunque de esto último, atareados como andamos en nuestro particular día a día, nos demos menos cuenta; y solo cuando algo o alguien de nuestro entorno celebra alguna fecha o acontecimiento propio como especial advertimos que ese mismo junto al que ahora nos reímos y celebramos ya no es aquel, sino este otro que venimos frecuentando en cada ocasión en la que nos vemos o reunimos. En cualquier caso nada de esto es mejor o peor, se trata de hechos, contingencias, episodios y circunstancias que a todos nos conciernen, ocurren y ocupan, también cuando no nos damos cuenta.

Algo parecido volvió a repetirse este pasado uno de mayo en la tradicional manifestación, o concentración, ignoro como funcionan hoy esas cosas, de trabajadores; celebración que calcó hora y asistentes sin que en apariencia nada hubiera cambiado, es decir, se reunieron los mismos de cada año y mirándose a la cara volvieron a preguntarse dónde estaba el resto, esas personas, también trabajadores, que dependen de otros para vivir manteniendo una puntual y prolongada dependencia, casi nunca justa, que solo mediante las correspondientes peticiones, solicitaciones o reivindicaciones por parte de los interesados puede cambiar mejorando. Una celebración sostenida por unos sindicatos cada vez menos atendidos y entendidos, lo que no les resta importancia a la hora de seguir siendo el único medio con presencia y relevancia pública mediante el que exigir todo aquello que uno solo no puede conseguir. La fecha, sin embargo, permanece en el anuario como otra fiesta más, en este caso laica, un día que aprovechar para descansar, puentear, salir o no madrugar, pobre beneficio para quien viene haciendo de madrugar su sino, hasta el punto de que cuando no ha de hacerlo no sabe hacerlo, porque su cuerpo, diariamente maltratado por rutinarias y costosas interrupciones del sueño, precisamente cuando más placentero, se activa por sí sólo antes de que el odiado despertador entone su desagradable cantinela.

Tan solo unos días antes se celebraba por estos pagos una feria comercial y gastronómica, también alcohólica, que, en cambio, rebosó de asistentes dispuestos a beber y comer casi como si no hubiera mañana, también comprar, pero menos. Familias al completo, pandillas de amigas y amigos de todas las edades, parejas y grupos de conocidos sin un día a día en común se apiñaron ante vasos, copas y platos repletos de pronto deseosos de beber, comer, divertirse y probablemente también hablar. Hábitos básicos que siguen siendo uno de los principales, si no el principal, motivo de reunión, el único capaz de movilizar hasta los espíritus más reticentes, incluidos quienes consideran el día del trabajo únicamente como un día festivo que aprovechar para cualquier otra cosa que no tenga que ver con el trabajo.

Siempre es mejor comer, beber y pasarlo bien que reivindicar, y más en un día festivo; para qué si no las fiestas, para divertirse; porque tampoco en este caso viene a cuento aquello de qué fue antes si el huevo o la gallina. Muy atrás quedan aquellos primeros de mayo en los que medios de comunicación disputaban y disentían respecto del número de participantes a nivel nacional. Y como decía al principio las cosas han ido cambiando al tiempo que lo hacíamos nosotros, con la inevitable inconveniencia, si puede decirse tal, de que también en este caso el olvido ha hecho bien su trabajo, como suele; prisioneros o embobados en nuestro día a día particular nos hemos olvidado de lo que tenemos, lo que hemos ganado, para bien y para mal, y los esfuerzos que ha costado. Y no me refiero a quienes dejaron su tiempo y su vida en ello -a buen recaudo del temible e inapelable olvido-, sino que por y de nuestra parte va quedando menos, tan solo una mera y desfalleciente presencia testimonial, un lento diluirse entre cuestiones existenciales y subsidiarias que nada aportan frente a las que vamos optando por dar la espalda ante el temor de una posible pregunta para la que no tendríamos respuesta. Mientras bebemos y comemos, cada vez menos porque los tiempos pintan con otros modos más edulcorados, o igual de despiadados, porque quienes hacen y deshacen el tiempo no descansan. Las cosas nunca son como son, sino como las vamos haciendo, pero no nosotros.

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Tebeos

Ignoro si en la actualidad el cine de superhéroes está de capa caída, nada extraño después de años de tabarra apocalíptica y salvaciones in extremis de este planeta. Tampoco sé si todavía queda alguno por reivindicar entre las telarañas de los catálogos de las editoriales norteamericanas del siglo pasado. También desconozco las intenciones de los productores cinematográficos, si consideran que el filón ya está lo suficientemente explotado, hasta la saciedad, o aún existe quien suspira por pasar una tarde ante la gran pantalla engullendo un considerable muestrario de mamporros intentando aniquilar a malos de película sin criterio de maldad alguno en su sesera; personajes capaces de cometer todo tipo de disparates y tropelías, a costa de los pringados de siempre, poseídos por unas ansias milenarias de grandeza y poder que sonarían a choteo si no fuera porque en la actualidad van surgiendo visionarios de carne y hueso henchidos de vanidad y dedicados a la política que se sienten elegidos para la gloria eterna, listos para dirigir ejércitos y naciones habitadas por sujetos más próximos a la ignorancia y la miseria que a ciudadanos sensatos.

Viene todo esto a cuento porque hace poco cayó entre mis manos un volumen norteamericano de superhéroes recién editado, e inmediatamente trasladado al castellano, que tuve la oportunidad de leer poco a poco más incómodo y extrañado y finalmente decepcionado. Con la particularidad de que uno de los dibujantes era español, de aquí mismo, con algún que otro premio a sus dibujos en tierras yanquis. Y… ¡uf! Porque independientemente del dibujo y su calidad artística, de línea clara y redundante en la organización y distribución de las viñetas y los estereotipos tan característicos de las ediciones norteamericanas, no pude obtener mucho más de su lectura; ni siquiera entretenimiento. Sorprendido, sobre todo, por la nula calidad del guion, un más de lo mismo simplista y desfasado y con un decepcionante tufo a rancio.

Nada de problemas actuales, tipos del presente o personajes de hoy, sino una casposa y redundante vuelta al pasado que ignoro si en la actualidad interesa a alguien. Malos tan repetitivos como absurdos y héroes tremendamente básicos e infantiles. Personajes reiterativos y sin atractivo e historias y circunstancias personales de secundaria. Cualquier personaje original de Watchmen se comería a uno de estos pipiolos sin necesidad de guarnición.

También puede ser que esté equivocado y no acabe de aceptar que el comic de superhéroes no deja de ser una vía muerta todavía vigente porque sigue generando beneficios a costa de simplificar cerebros entre los jóvenes de hoy. Un público fácilmente encasillable y listo para digerir malos de apariencia astuta, egotistas y megalómanos sin fuste, surgidos casi por generación espontánea y buenos de parvulario que lucen simples y honrados y sueñan con eliminar enemigos y construir un futuro socialista versión sueño americano. Anhelos y utopías que contienen todos los elementos de un estado fuerte preocupado en proporcionar a sus ciudadanos los beneficios de una socialdemocracia más que avanzada, pero, eso sí, sin el peligroso estado democrático y su sospechosa política de discusiones, debates y acuerdos. Mejor si el futuro está en manos de tipos con corazón que rezuman dinero de procedencia desconocida, o milagrosa, atractivos mecenas altruistas dispuestos a ofrecer desinteresadamente algo de “lo suyo” en beneficio de una atribulada población que nunca sabe por dónde van a venirles, o generosas fundaciones a cargo de respetables e inteligentes hombres de pro dispuestos a dedicar su tiempo, y dinero, a sus semejantes a cambio de nada, etc. Cualquier invento entre caritativo, bondadoso, con etiqueta de desinteresado y heroico que priorice al individuo y su santa y libre voluntad por encima del peligroso y aborrecible estado democrático del bienestar, regulador, justo y protector que tanto atemoriza a los americanos de bien temerosos de Dios.

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Del fútbol

Se han dicho tantas cosas sobre el deporte de la pelota, provenientes de tantos lugares y personas, da igual el origen y la dedicación, que cualquier cosa que pueda volver a decirse sobre el tema probablemente carezca de relevancia por principio, además de hacer levantar la ceja a quienes, ajenos a pulsiones y emociones tan íntimas, viscerales y desgarradoras, no van más allá de la escasa curiosidad o directamente indiferencia al respecto.

En unas semanas en las que se vienen repitiendo multitudinarias manifestaciones futboleras -y las que vendrán-, tampoco han faltado reivindicaciones, loas, panegíricos y sesudos comentarios sobre la directa e íntima relación del mismo juego, sus propios héroes incluidos, con cuestiones locales o patrimoniales, con lealtades, tradiciones y filiaciones irreflexivas bajo las que laten unos irracionalismos biológicos de nacimiento y/o pertenencia; tanta es la importancia y la felicidad cohesionadora que provoca, promueve y difunde tal juego. Y más de un seguidor, o cualquiera de los arrebolados firmantes, baluartes de una auténtica mística futbolera, contemplaría despectivamente y por encima del hombro las intenciones que motivan estas letras. Si no me gusta el fútbol -todo lo contrario-, no me interesa o me pilla lejos mejor que me calle y dedique mi tiempo a cuestiones más interesantes y sustanciosas para mi persona, porque sobre el tema en cuestión lo que yo pueda decir tiene una relevancia de cero coma cero.

Pero a lo que voy. Viendo las imágenes en las que miles de personas celebran y muestran su felicidad gritando, cantando, abrazándose o llorando, en una escena repetida dando igual el lugar al que se dirija la mirada, las coincidencias sobresalían por encima del resto. El fútbol es un juego esencialmente masculino, de hombres -que en más de un caso probablemente también conlleve cuestiones machistas-, al que últimamente las mujeres se van uniendo más por imitación que por vocación, opción esta última que, como sucede en todas partes, también las habrá entre ellas, y con todo derecho. En los distintos escenarios a los que me estoy refiriendo la mayoría masculina era abrumadora, hasta el punto de que en algunas imágenes sólo se distinguían cabezas de hombres, y eran muchas. Las pocas mujeres que aparecían en la pantalla ejercían de acompañantes de seguidores masculinos. Viéndose algunos grupos femeninos generalmente de mujeres y chicas muy jóvenes, tan febriles y vocingleras como ellos, como decía fruto de esa caprichosa corriente de igualdad que gusta agarrarse a lo más visible y característico en lugar de ofrecer y reivindicar otras opciones o juegos, por aquello de la variedad -aunque es cierto que, tal y como este mundo ha sido hecho y funciona, cualquier opción o alternativa femenina, incluso en posesión de inestimables valores conjuntos, contendría por defecto un peligroso componente de exclusividad o amenaza contra los valores establecidos, por lo que lo tendría muy difícil o directamente imposible.

Como interesante resulta ver tales celebraciones futboleras con una mujer, o mujeres, al lado comentando lo que aparece en la pantalla, su asombro ante el desaforado primitivismo y simpleza de aglomeraciones tan afines a las consignas, símbolos y banderas; una explosión belicosa y salvaje que deja ver en el fondo un incómodo e individual desamparo acuciado por una mística y excitante necesidad de integración y/o pertenencia de la parte masculina de la especie en un mundo más bien confuso y sin referentes claros, un mundo en el que una hipotética sororidad compartida más pacífica, paciente, reflexiva, solidaria y autosuficiente no sería bienvenida o, repito, se tomaría como ofensiva y peligrosa por provenir de esa otra mitad de la población. Una mitad de la población de la que en última instancia depende, o sobre la que descansa, tanta y desatada euforia, el indispensable regazo sobre el que reposar, resoplar, dormitar o soñar cuando los excesos hormonales se apagan y la vida de todos los días, esa que nos hace quienes somos, llama a la puerta obligándonos a comportarnos como personas entre personas.

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Un futuro

La última perla de la clase empresarial, tanto a nivel local como nacional, afirma que la mejor forma de demostrar cuánto cuesta un puesto de trabajo consistiría en pagar íntegramente el sueldo al trabajador, y que éste abonara por sí mismo sus impuestos, incluido lo correspondiente a la seguridad social. Proclamación que viniendo de una clase tan proclive a todo tipo de artimañas económicas y corruptelas no deja de tener su intríngulis. Vaya por delante que, como en todas partes, indudablemente existen empresarios honrados que cumplen tanto con sus deberes impositivos hacia el Estado como gratificando a sus trabajadores como merecen, pero, para su desgracia, son minoría y han de cargar con el San Benito de verse incluidos entre la podredumbre del cínico y terrorífico panorama general.

Semejante ofrecimiento, solución -ignoro para qué- o dislate contiene toda la mala leche que puede esperarse de semejantes especímenes. Y como muestra sólo hay que asomarse a cualquier estadística pública comparada confeccionada a partir de los beneficios e impuestos empresariales, en ellas llaman la atención los exiguos números, tanto en cuanto a beneficios como impositivos, comparados con las propiedades que acumulan -camufladas tras infinidad de trucos de propiedad; con propietarios reales y ficticios- y el tipo de vida que lucen. Aunque hay de todo, quienes acopian como hormiguitas y solo se dejan ver en lugares y ambientes exclusivistas -que no exclusivos-, cerrados y restringidos a los de su ralea, y los que no tienen ningún escrúpulo en mostrarlo y ostentarlo públicamente, confiados y amparados tras unos parapetos legales que les aíslan y protegen de cualquier intención indiscreta o directamente malévola.

E independientemente de sus tejemanejes económicos con el único regulador que les puede poner freno, el Estado, es habitual que expriman mediante subvenciones, recortes o directamente en negro en lo referente a pagos y salarios a la otra víctima que suele interponerse ante su codicia, el trabajador, siempre necesitado, señalado o amenazado con aquello de que esto es lo que hay, o lo tomas o lo dejas, porque no tienes más que asomarte a la puerta y comprobar la cola bien larga aguardando para venderse, o humillarse, por mucho menos de lo que nadie en su sano juicio consideraría decente. Visto lo visto no hace falta ser un lumbreras para imaginar qué harían y cómo presionarían a esos mismos trabajadores a costa de su “merecido sueldo íntegro”. Sin nadie que inspeccionara y regulara sus procedimientos, según ellos siempre justos y ejemplares, no las maledicentes, envidiosas y falsas acusaciones que tienen que aguantar, es más que probable que tensionaran los contratos hasta casi la asfixia del empleado, en este caso descaradamente a costa de sus necesidades más vitales, pues no hay que olvidar que, con una seguridad social de mínimos, el trabajador tendría que pagar al completo la atención y cura de un simple resfriado. ¿A quién? A una de las aseguradores tan estupendas que ofrecen atención directa -mejor on line, es más barata- las veinticuatro horas del día. Al no existir una sanidad pública mínimamente solvente, puesto que sin impuestos es más que probable que tarde o temprano desaparecería, el mismo trabajador tendría que extraer de esa “justa cantidad” que libremente recibe lo necesario para encontrar y pagar una asistencia sanitaria que le solucionara un simple sarpullido; no hace falta imaginar cómo y cuáles serían los precios a poco que la enfermedad fuera más importante o se prolongara en el tiempo, o un accidente irrumpiera en unas vidas ya precarias. Sin sanidad pública y asequible lo mejor sería echarse directamente a morir, porque esas mismas aseguradoras que hoy venden humo a cambio de cómodas cuotas no admitirían a tipos con ingresos limitados obligados a pólizas miserables, dependientes de una indigencia e indecisión congénitas en las que las necesidades más primarias, la codicia y el temor pugnarían a partes iguales.

Ni que decir tiene que los empresarios, felizmente liberados de los impuestos necesarios para un sostener un Estado medianamente fuerte y preocupado por sus ciudadanos, se proveerían de seguros completos y clínicas exclusivas donde pagar religiosamente y ser atendidos sin la molestia de la chusma trabajadora y sus eternos achaques de incompetentes fracasados; sin el feo de la carne de cañón laboral. Tampoco existirían esas largas e inconvenientes listas de espera de una cada vez más precaria sanidad pública que no da más de sí -sin dinero para pagarse una intervención privada esos pacientes ya habrían desaparecido de la faz de la tierra. Una mujer embarazada, por ejemplo, tendría que buscarse la vida y pagar por su embarazo, y ni mucho menos darse de baja por problemas derivados del mismo. Y lo de la baja por maternidad… ¡vamos! ¡no digan tonterías! Si quieres tener hijos necesitas dinero, de lo contrario… como los pobres de toda la vida; igual encuentras algo en la beneficencia o de la caridad religiosa. Además, una mujer jamás podría acceder a un puesto de trabajo si antes no se comprometiera por contrato a no cometer la laboralmente absurda torpeza de desear hijos.

Bien visto, la selección de la especie que tal medida conllevaría sería en el fondo muy beneficiosa para la misma; disminuiría la presión medioambiental sobre el planeta -otro grato beneficio- a costa de ejemplares que pasarían por este mundo con la presencia y brevedad del vuelo de una mosca, permitiendo que los más aptos -o lo que es lo mismo, los más ricos- se reprodujeran con salud, alegría y comodidad.

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Religiosidad

Pasado este largo periodo festivo, deslucidos o directamente suspendidos sus esperados esplendores y celebraciones -esa especie de paradoja, contradicción o disparate que ya a nadie preocupa-, queda un sabor que no por conocido me ha pasado desapercibido, como de costumbre. Debido a las malas condiciones meteorológicas numerosas exhibiciones de ese fervor o religiosidad tan aparatosa de la que nos gusta hacer gala han debido suspenderse para cabreo, dolor y llanto de los participantes e intervinientes, mujeres y hombres frustrados por no poder mostrar públicamente -también a pesar de ir ocultos- su particular devoción o concepción de lo religioso; en muchos casos algo tan personal que llega un momento en el que todo vale, porque ¿quién le va a decir a nadie que lo que siente, o dice que siente, es menos fervoroso o sincero? ¿La Iglesia? ¿Y qué saben los curas de como yo siento y vivo mi fe?

Discutir sobre ello probablemente no nos llevaría a ningún sitio y sí a enfadar, ofender y enfurecer a tantos que consideran la pasada semana festiva como algo tan suyo que nadie más que ellos sabe apreciarlo y entenderlo como corresponde. Y de ser preguntados quizás no sabrían explicar eso que llevan y sienten tan dentro. Unas pulsiones y emociones que, sin embargo, nada tienen que ver con la religión que pretende justificarlas, tampoco con la tradición, y si con una serie de prácticas alimentadas por un inconsciente universal bajo el que se mueven recuerdos, temores, represiones, circunstancias y situaciones, reales o no, de un pasado lejano del que ha desaparecido toda referencia consciente.

Que la Iglesia, en su persistente afán por extender su poder y dominio sobre pueblos e individuos, decidiera en su momento rediseñar, enmascarar e incorporar ritualizando a su medida las numerosas manifestaciones locales, mágicas o espirituales con las que fue tropezando en su metódica colonización del mundo conocido es otra cuestión bien distinta. Tan sistemático empeño ha dado como resultado un santoral infinito en el que no se adivinan cabos sueltos, hasta el punto de que la más ignota superstición o el más recóndito nacionalismo de terruño disponen automáticamente de  su correlato correspondiente a la derecha de Dios Padre. Y todos tan contentos. Unos rememorando periódicamente ritos y celebraciones sobre las que no cabe preguntarse -ni puñetera idea-, definitivamente olvidados y desaparecidos los motivos y función originales -a excepción, quizás, de esa necesaria renovación de los vínculos familiares, de clan o tribales que ya Durkheim ponía como origen de las manifestaciones religiosas-, y la Iglesia imponiendo su bendición y la última palabra junto con la correspondiente etiqueta de calidad religiosa allá donde sea necesario para engorde de su numerosa grey.

Pero en ningún caso hablamos de Dios -si es que existe-, libros sagrados, amor, pobreza, misericordia, bondad, justicia o respeto hacia el prójimo. Eso son otras cosas, siempre menos relevantes, que a ninguno de los fervorosos participantes, tanto en estas fiestas pasadas como en la infinidad de las que se suceden durante todo el año y el territorio nacional, les interesan o directamente importan. Pero nunca hemos hablado de religión.

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Incidente

Por problemas ajenos a nuestra voluntad tuvimos que cambiar de tren, llegando con una hora de retraso a nuestro destino. Entre el personal, tan cansado como fastidiado, algunos acumulaban retrasos e incidencias de otros traslados en un día nefasto para ellos, hablando de transporte; sus posibles enlaces se antojaban imposibles o directamente ya habían partido, luego tocaban ventanillas y reclamaciones, un añadido siempre molesto y trabajoso, aunque todavía quedaban fuerzas y ánimo imaginando que al ser tan flagrante el desaguisado habría algo de comprensión y celeridad a la hora de solucionar sus problemas por parte de la empresa ferroviaria. Eso se decían entre sonrisas resignadas los más optimistas, otras, con cara de palo y para pocos favores, no dejaban de refunfuñar respecto de situaciones y decisiones que, en definitiva, les parecían erróneas o disparatadas. En estos casos prioritariamente se suele pensar en sí mismo, nuestros problemas pintan únicos y sin comparación posible, forzosamente adaptados a las soluciones dadas, aunque siempre cabe otra opción más práctica e inteligente por parte de los organismos decisorios correspondientes, claro, si en todo momento hubiera en ellos gente capaz de no alterarse ante una incidencia y actuar resolutivamente en favor de las respuestas más efectivas o que al menos importunen a un menor número de viajeros.

Una de las parejas perjudicadas invertía el tiempo de diferente modo, él leía pacientemente, el mal estaba hecho y viajaban donde viajaban, no llegaban dónde y cuándo debían llegar por lo que solo quedaba aguardar hasta la ventanilla o el trabajador indicado y su predisposición a facilitar la tarea al viajero afectado por los retrasos. Ella, en cambio, iba y venía del teléfono y ningún sitio, de vez en cuando se quejaba en voz alta buscando la comprensión y correspondencia entre maletas de su compañero que, amable y condescendiente, levantaba lentamente la mirada del libro y acariciaba cariñoso la parte más cercana de su irritada compañera, generalmente la pierna, sonreía, decía unas palabras supuestamente consoladoras en voz muy bajita y regresaba a su lectura. Ella no alteraba su cara de póker, suspiraba e intentaba diluir su cabreo entre las numerosas intrascendencias de las que estaba rodeada. Hasta la próxima ocasión.

Despreocupados de problemas ajenos el resto de los viajeros se dedicaba a sus cosas, más importantes y según necesidades y situaciones, otros, yo mismo, entretenía el trayecto fisgoneando entre el numeroso pasaje. A unos metros de donde me hallaba un hombre entrado en años y vestido con una mínima y pobre dignidad se quejaba en voz alta de su desgraciada situación, disculpándose por lo que estaba haciendo mediante retóricos golpes de pecho, no tenía más remedio, la vida le había puesto en tal tesitura y aunque renegaba de hacer lo que de hecho hacía intentaba justificarlo buscando la comprensión y misericordia entre unos forzados compañeros de tren que en su mayoría no estaban por la labor, porque bastante tenían ellos con lo suyo. Frente a mí un tipo fuerte y tatuado de mediana edad hablaba alto por el teléfono móvil, haciéndolo saber a su interlocutor que ya no puede hacer otra cosa que esperar; realizadas las pruebas solo faltan los resultados y la última palabra de los médicos. Circunstancias que a continuación vuelve a enumerar en esta ocasión a su padre al otro lado del teléfono, cariñoso, directo y campechano con su progenitor, sin edulcorar, el caso es que el marcapasos parece que no funciona como debiera. Lo miro con atención tratando de ponerme en su lugar, andará por la cuarentena -imposible; qué putada. En las pruebas físicas dura lo que dura, y no hay más, en cuanto llegue a casa se va a comer un chuletón y si las palma a tomar por culo. No hay palabras para tal golpe de realidad, a su lado nuestra incidencia ferroviaria es una estúpida nimiedad. Se despide de su padre de forma franca y directa, deseándole un buen turno de trabajo y que ya lo sabe, que él siempre está para lo que haga falta, permaneciendo fijo en el pequeño dispositivo que ahora se dedica a entretener su espera.

Suena otro teléfono junto a mí y un señor mayor con un Parkinson tan alarmante como preocupante intenta contestar a la llamada entre temblores que ponen la piel de gallina, unos pocos toques indispensables en la superficie del teléfono que, viéndolo, se antojan imposibles. Agotado el tiempo de espera el hombre, tan habituado como paciente, vuelve a buscar al del otro lado consiguiendo finalmente pulsar para una devolución que es prontamente respondida. Finaliza la llamada y silencia el teléfono regresando a su espera, nuestra espera común, experto en su propio calvario y tan diestro como sobrio. Cuando no es posible elegir en temas de salud siempre existen dos opciones, apechugar con lo que hay o darte cocotazos contra la pared, opción esta última que te dejará la cabeza hecha una mierda y no solucionará la primera, el problema seguirá estando ahí. Problemas que no tienen un par de chavales de corta edad atendiendo, serios y concentrados, a los consejos y advertencias de su padre sobre cómo comportarse en tales lugares, estar siempre atentos, qué hacer, de qué tener cuidado y qué evitar. Y tras un mínimo silencio reparador, o reflexivo, el tiempo justo para intentar asimilar lo oído, el más pequeño alza los brazos hacia su padre que cariñosamente lo levanta y lo apoya sobre su pecho. Sonrío. No me acuerdo de nuestro incidente.

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