Degustar

Este tema no es nuevo en estas páginas, pero, qué voy a decir, hay cosas que me llaman la atención, o que caen por su propio peso, como suele decirse.

Que un tipo llene cada día su negocio, a 200 pavos por barba -y sin líquidos-, es algo más que una curiosidad; también puede que sea normal y ni siquiera parezca o pueda decirse caro, depende de la vida que uno lleve, o a la que esté acostumbrado, o a la que le hayan adscrito por nacimiento. Intento imaginar a familias de tres o cuatro miembros -por no tirar muy alto- ocupando la mayoría de las mesas y dejándose la pasta satisfechos por la “experiencia”. Y en un alarde de “profesionalidad”, o de chulería, el orgulloso propietario ha decidido eliminar esa ordinariez del menú y exponer ante la clientela solo degustaciones. Porque no se trata de entrar, sentarse, ver y elegir, de eso nada. Evidentemente no debe tratarse de un local al uso, donde acuden familias, amigos y conocidos a charlar y pasar un buen rato con la excusa de una mesa y unos platos bien preparados; eso era antes, cuando la gente solía reunirse para comer, por aquello de alimentarse, así como por compartir, relacionarse, etc. Actos característicos de la especie en los que suele mostrarse lo mejor de la misma, esa parte común y participativa que, en última instancia, da sentido a cada vida particular.

También es cierto que a partir de semejantes exhibiciones de vanidad suelen aparecer malintencionados hablando estatus, castas, clases, esnobs o incluso fantasmas, probablemente despistados que todavía creen que estamos en una sociedad igualitaria y todos nos beneficiamos de los mismos derechos. Es cierto que vivimos en un país libre y cada cual hace y monta el negocio que le da la gana, y sirve a quién le apetece, y no deja pasar a quien no está dispuesto a dejarse las muelas sin rechistar a la hora de abonar lo que le prescriban por la experiencia. Y mucho menos a comer. Porque quizás no se trata de lugares en los que se come o ingieren alimentos, sino de otro nivel más allá de la vulgaridad de cocinas y cocineros; imposible equivocarse y sin posibilidad de comparación porque estamos ante algo excepcional. Estos lugares deben ser auténticos y exclusivos “espacios de inmersión culinaria creativa” donde el visitante, que no cliente, no accede así como así y, al igual que en las galerías de arte, ha de solicitar previamente hora para admirar la exposición, además de “llevarse algo a la boca” -perdón. En tales sitios no es menester hablar de gustos o “no gusta” porque con ello uno puede quedar como ignorante o directamente resultar ofensivo; si usted no está a la altura de lo que se le ofrece tiene un grave problema, o no llega o no es apto; como tampoco puede mezclar la obra de arte emplatada con cualquier brebaje, ¡cuidado! El cándido y generoso cliente está obligado a poner en juego todos sus sentidos para dar con -qué digo, descubrir, admirar- la infinidad de matices que ofrece cada creación que le presenten bajo sus narices, embriagadoramente inmerso en una auténtica experiencia creativa o, ya puestos, obra de arte. Como tampoco estaría bien visto charlar o conversar, en primer lugar porque puedes perderte la necesaria explicación previa que antecede cada puesta en escena -que generalmente una gran mayoría no entiende, o directamente le suena a chino, pero a la que asiente dócil y sonrientemente con su cabeza-; la única conversación permitida ha de limitarse a las inevitables loas y alabanzas que tal “experiencia inmersiva en tan excepcional laboratorio creativo” provoca en el visitante.

Porque productos, productos, los originales, solo están en potencia, divina trascendencia de la tierra y el mar primigenios. Tampoco sería extraño que con el tiempo ofrecieran tales maravillas culinarias elegantemente envueltas al vacío, de tal modo que la mera apertura, siempre única, personal e intransferible del delicado y protector envoltorio dejara libres una serie aromas y olores, perdón, sensaciones, que evidentemente complementarían el delicioso placer que a continuación el cliente introduciría entre sus muelas y mezclaría con su vulgar saliva. Como suele decirse, una experiencia única en la vida. Lo que antes se llamaba comer sublimado hasta al séptimo cielo y magníficamente sellado con una cuenta final de cuatro o cinco cifras -y sin decimales.

Claro que vivimos en un país libre, pero siempre es de agradecer que no intenten tomarte el pelo por principio, o directamente te desprecien. No estaría mal un poco de modestia a la hora de ensalzarse a sí mismo, menos petulancia y ya no digamos la jactanciosa arrogancia que algunos de estos cocinitas supuran cuando hablan. Por pura educación.

PD. Acabo de leer en la prensa, por parte de uno de esos “expertos en el arte de comer”, que los ricos no van a los restaurantes (¿?).

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