IA

Desde el momento en el que abro la página en blanco de un nuevo archivo la IA del programa se deja ver mostrando su símbolo y la consiguiente propuesta de escrito, sin tener ni idea de lo que pienso escribir y por qué. Pero está. Siempre está, tan alerta y atenta como amenazante, más bien molesta. Y a medida que voy escribiendo la celosa IA persiste incansable al acecho, casi por delante de mis dedos, anticipándose a posibles temas o actuaciones, derivas y resúmenes, alternativas o correcciones a partir de su propia base de datos, que ignoro por completo; otra cosa es que le permita trabajar, independientemente de lo que ella pueda coger y utilizar por su cuenta. Es indudable que no soy yo quien domina la relación, aunque lo parezca, insignificante en mi papel de víctima vigilada y controlada por cualquiera de los numerosos dispositivos electrónicos que me rodean, da igual si propios o de amigos o desconocidos. Porque por mucho que creamos o nos pertrechemos a la hora de intentar desaparecer o pasar desapercibidos siempre hay una cámara, pública o privada, o un dispositivo ajeno que toma nota de nuestro paso. Sin ninguna duda todo esto es tan asombroso y excepcional como incómodo, peligroso y denunciable.

En realidad la IA es insaciable, necesita de forma imperativa aprender, y cualquier petición por nuestra parte solo es alimento que devora de inmediato, cuanto más le pidamos mejor la adiestraremos; es por ello que cuanto más persista y nos instigue más posibilidades de que le suministremos la información y datos necesarios en forma de peticiones para su propio aprendizaje, predicciones y éxito en sus resultados. Se trata de acumular millones de datos de forma estajanovista -aunque me temo que, sino directamente inapropiado, el término estajanovismo suena demasiado elemental y arcaico hablando de IA- a partir de los que perfilarse, autocorregirse y abrumar al supuesto “usuario” con sus logros y porcentaje de aciertos.

Jamás se indispone, altera, molesta o enfada, simplemente y en primer lugar porque no es ninguna inteligencia, ni siquiera artificial, sino que tan solo se trata de un exhaustivo y abrumador aprendizaje automático estadístico funcionando a la velocidad de la luz. El trabajo por y para el que “me acosa” no tiene nada que ver reglas, gramáticas o semánticas -repito, no es nada inteligente-, sino con una brutal comparativa de cuantos más datos -textos- mejor, sin importar procedencias, temas o sesgos, se trata de analizar, por ejemplo, qué palabras van juntas, dónde y cómo aparecen o en qué orden se suceden o repiten, y cuanto mayor el número de ejemplos a analizar mejores porcentajes y resultados, por eso es brutalmente insaciable. Su simpleza es tal que, en el caso de imágenes, si solo dispone de imágenes de manzanas rojas cuando tenga delante una manzana verde no sabrá qué decir. Lo realmente importante es quién hay detrás de una IA y con qué propósitos.

El por qué de su actualidad y rápida implantación tampoco debería confundirnos, porque no se trata de algo inevitable o evidente por innovador, sino que obedece a planes y proyectos privados basados en una exhaustiva minería de datos a escala global en la que todos trabajamos voluntaria e inconscientemente con solo estar junto a un dispositivo electrónico de cualquier tipo. Aunque también imagino que habrá gente que crea que la IA ha llegado para hacernos la vida mejor, allá ellos si piensan que facilitarnos cuatro tareas básicas es signo de provecho, progreso o como quiera que se pretenda llamar. La existencia de la IA obedece a prioridades militares y policiales, o puro lucro, no hay más.

Tecleo un punto y aparte y ahí está de nuevo, solicitándome un simple clic, ofreciéndose atenta a mis deseos.

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No

Hace unas semanas uno de los más visibles personajes de la corriente mafioso-fascista que viene asolando este mundo, concretamente el extravagante presidente argentino -pregúntense qué vieron los electores sudamericanos en semejante adefesio-, se quitó de encima lo que en principio parecía un espinoso y comprometedor problema de imagen y prestigio -si es que esto último entra dentro de sus parámetros morales o de referencia pública- de la forma más clara y directa posible, sin dar lugar a equívocos, presunciones o sobreentendidos respecto de lo que hoy significa y es el obscuro entramado económico global. Fue acusado de instigar o promover entre sus seguidores -curiosa grey- una página de criptomonedas que en cierto modo respaldaba, apoyo que favoreció unas inversiones que rápidamente subieron el valor del producto (¿?) para, al poco tiempo, permitir que los “inventores” de semejante timo rentabilizaran su creación embolsándose cifras millonarias y haciendo que los valores descendieran, convirtiendo en pérdidas el poco o mucho dinero invertido por los ingenuos fieles que creyeron que aquello era un negocio seguro. El presidente se quitó de encima las sospechas afirmando que cuando uno acude a un casino, juega y pierde, no acusa al local de sus pérdidas, porque precisamente de eso va el negocio. Fin.

Pasado el tiempo ya nadie se acuerda de aquello, tan solo unos desgraciados y engañados perdedores que han de tragar con su más que manifiesta irrelevancia, los medios y las páginas de noticas ya andan en otras cosas, que es casi como afirmar que nunca hubo nada de lo que preocuparse, tampoco delito, ni siquiera presunto.

Tampoco alarma social o denuncia por parte quienes viven y en algunos casos presumen de vigilar y denunciar a los malos allá donde vayan. Quizás porque con su permanente salmodia denunciante ya nadie les lee o escucha, y si no tienes a nadie al otro lado de qué sirve esforzarse en acusar o dirigir el dedo hacia un lugar u otro; y lo que es peor, con ello corres el peligro de ser visto, incluso convertirte, en un molesto tocapelotas que no calla viviendo de no dejar vivir a los demás. La cosa es más sencilla, como dice la película, vive y deja vivir.

Volviendo donde antes, ahora, tan estrambótico personaje ha desempolvado una terminología del siglo pasado, de cuando el peor peronismo, para calificar a las personas con discapacidad, y al igual que en el caso de la bolsa y el casino sin pelos en la lengua. Nada de esas tonterías de minusvalías y discapacidades, uno es idiota, imbécil o débil mental, más o menos y como se decía durante el franquismo para referirse a esas personas: ese es falto. De nuevo, fin.

Está bien que estos fascismos sin referencias morales, políticas o, de algún modo, comunes -solo importa la familia- no se anden con medias tintas, en “yanquilandia” ya comienzan a tomar como categorías preferentes a la hora de trabajar a los blancos heterosexuales, al parecer hasta hace nada injusta e insensiblemente discriminados en función de otros colectivos malévolos y tendenciosos. Más fin.

¿Y el resto? Estamos tan preocupados por nosotros mismos, no porque voluntariamente lo hayamos decidido así, sino porque esta sociedad nos redirige y obliga a nuestra propia irrelevancia con la excusa de que se trata del único mundo posible, que no aceptamos salir de nuestro entorno seguro y manifestarnos en público si no es a cambio de una recompensa o un beneficio seguro, si puede ser contante y sonante mejor. ¡Ah! Hoy mismo leía que la gente prefiere invertir a tener el poco o mucho dinero del que dispone en una cuenta bancaria. Claro, quiero imaginar que sabrán en qué casino ponen los pies, aunque tal vez sea mejor no transitar estos páramos porque cuando hablas con los potenciales inversores -qué bien suena- resulta que ellos sí saben dónde ponen su dinero, porque conocen o han oído de buena tinta que… Ahora imaginen.

No hace falta ser agorero o ponerse en lo peor, ni es mejor dejar de ser sistemáticamente crítico para permanecer acríticamente básico, tampoco es obligado hacer de nuestra insignificancia, que lo es, la consigna principal de nuestra vida. Lo realmente peligroso es interiorizar una irrelevancia que nos haga perder la capacidad de sentirnos, y creernos, además de obligados consumidores, protagonistas de nuestro tiempo. Con o sin cantinela si existimos para engordar ricos y jalear a mafiosos y fascistas descerebrados también lo estamos para decir no.

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Domingo

El día -el giro del planeta sobre sí mismo, uno más- siempre fue antes que el domingo, que no deja de ser, en nuestra impaciente necesidad de nombrar para después referirnos a todo lo que nos rodea, un nombre como otro cualquiera. Aunque en este caso el nombre ya lo dice casi todo, y desafortunadamente contiene más referencias negativas que positivas, lo que no impide que siga siendo un día más, y además festivo. Caminamos en otra tarde convertida en el inevitable preludio de una nueva semana, de días exactamente iguales, que suele venir cargada con las previstas condenas particulares, impuestas o elegidas, de cada cual.

Es tarde de domingo y el invierno hoy nos concede un tiempo amable que invita a salir y dejarse acariciar por alguna que otra brisa y un sol generoso que colorea todo lo que descubre. Lo que explica que las calles luzcan repletas de gente en un ir y venir que tiene más de asueto y disfrute que de tarea obligada, ni siquiera viaje. Da lo mismo la esquina o el lugar, si la calle es o no importante, si alberga más o menos establecimientos de ocio y comercio o se trata de una travesía de paso generalmente poco concurrida. Estamos en todos sitios.

Nos solazamos igual de solos que de costumbre y a la vez más acompañados que nunca, y si preguntáramos a cualquiera cómo influye ese gentío amable y la plácida animación que rezuma y nos envuelve incluyéndonos probablemente no sabría decir qué o cómo, pero lo que es seguro es que ese concurrido y compartido deambular común influye e importa, y creo que mucho, en nuestro risueño y placentero estado de ánimo, tanto particular como general. No se ven prisas, las indispensables y momentáneas en función de una decisión imprevista, un capricho, una ocurrencia de última hora u otro entretenimiento que en aquel momento nos parece tan interesante como apetecible.

No necesitamos referentes, ni aspiraciones, ni envidias, guías, motivos, planes u objetivos para estar donde estamos y hacer lo que hacemos, o no hacemos. Pasearnos en el interior de un nosotros sintiéndonos felices de estar aquí y ahora. Da igual la lentitud, las interrupciones o los tropiezos de camino a la contemplación desde la altura de la ciudad, con sus enormes espacios verdes y el sol de fondo, cuando todavía se escuchan los improvisado grupos de baile que dejamos más atrás, centro de un enorme círculo de curiosos sin prisas; poco después de ese otro baile de mujeres jóvenes sin nada de improvisado, todo lo contrario, calculadamente planeado para ser grabado y luego colgado donde corresponda, porque importa el aquí y ahora. Persisten las mil formas de ganarse amablemente la vida, con un disfraz, con una cámara que se pretende antigua, unas botellas de agua, un único selfi de trescientos sesenta grados indolentemente observadas por esos otros tumbados en el césped dejando que el sol acaricie la charla, o el grato y compartido silencio. Un músico improvisado toca un violín tan viejo como él al tiempo que es evitado por otro grupo discutiendo el próximo lugar al que dirigirse en función de la información que les ofrecen sus teléfonos móviles. Numerosas y sonrientes parejas cogidas de la mano mirando de reojo la paciente y concienzuda confección de un futuro book, foto a foto, de una joven maquillada y vestida a conciencia, una actividad que requiere toda su atención y belleza. Familias tan bien pertrechadas como cansadas arrastrando a unos niños que necesitan algo más tangible que llevarse a la boca, y no precisamente alimento, tanta bonanza vacía les aburre. Familias de emigrantes en su tarde de asueto, ahora juntos y sin tener claro dónde ir en la víspera de otra agotadora y extraña semana en la que también dejarán de reconocerse.

Ese sol a punto de ponerse no sería nada sin nosotros -es cierto que nosotros tampoco sin él- porque entonces nadie ensalzaría su necesaria existencia y le agradecería sus caricias, ni lo observaría concienzudamente, del derecho y del revés, dudando si alcanzarlo para luego reconocer que eso no sería posible. Pero en estos momentos no es necesario, porque a todos los que nos movemos en esta tarde de domingo nos basta con el amor y el dulzor de su luz para ser felices.

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Oído en la calle

En una soleada mañana de domingo la bonanza del tiempo invitaba a demorarse sin que la hora de la comida fuera un inconveniente, no teníamos prisa y en cualquier caso dependía de nosotros hacer más o menos breve aquel disfrute. Disfrute que parecía general pues la terraza aparecía casi llena de clientes en circunstancias similares. Hablábamos y se hablaba de forma distendida porque el tiempo lo pedía, en algunos casos de forma elevada, por lo que no era difícil seguir cualquier conversación de alguna de las mesas contiguas. No era la más próxima, pero sí la que más se hacía notar, en ella un grupo de seis o siete personas, en la treintena, más mujeres que hombres, conversaban a la espera antes de irse a comer. Es cierto que no poníamos atención porque estábamos a lo nuestro, además de no importarnos las conversaciones ajenas, pero hubo un momento en el que no pude dejarla pasar, y fue cuando uno de los hombres, con barba y pelo abundante y enmarañado, comentaba que viendo un programa de Broncano se enfadó, y mucho, porque comenzaron a hacer bromas sobre las drogas que a él no le parecieron tales; añadiendo que si ese programa lo llegara a ver un chaval de, por ejemplo, trece años, cabía la posibilidad de que, siguiendo las gracias del presentador e invitados, el muchacho se pusiera a curiosear con las drogas y acabar metido en ella. Aquello debería estar prohibido y él particularmente le daba cuatro tiros a aquella gente.

No pude evitar girar la cabeza para fijarme en el aspecto del tipo, como si por su aspecto pudiera deducirse algo más de lo que ya habían dejado claro sus propias palabras. Moderno, limpio y aseado, de domingo, daba la imagen de alguien joven y actual, de su tiempo, es decir, y creo que, visto lo visto, es mucho suponer, alguien de mente abierta y tolerante. Pero no, todo lo contrario, en la tónica de estos tiempos, que ya no sé si son buenos o malos; aunque lo que es indudable es que esta sociedad ha iniciado un retroceso en cuanto a temas como la tolerancia, la libertad o la comprensión hacia los que no son como nosotros, deriva que parece no tener fin. Se han retomado una serie de prejuicios y miedos que yo particularmente creía definitivamente arrinconados.

Menos mal que la mujer a la que parecía dirigirse, a su izquierda, no se mostraba nada de acuerdo con sus palabras, es más, le contestaba visiblemente alarmada por la violencia implícita de sus comentarios respecto a lo que no dejaba de ser un programa televisivo de entretenimiento en horario de adultos. E intentaba hacerle entender que ella también veía ese tipo de programas y no les daba importancia, la que merecían, puesto que sabía, o podía imaginarse, qué, quiénes y con qué intención se realizan, así como el tipo de espectadores al que van dirigidos, quienes comparten o se sienten identificados con ese tipo de bromas y opiniones. Lo que también le dio pie para hacerle notar a su interlocutor que el horario no era precisamente para niños o adolescentes, y que, en cualquier caso y de poder ver ese tipo de programas, deberían tener a su lado un adulto que les explicara aquello, satisficiera su curiosidad y respondiera a las preguntas que probablemente forjaría su cabeza; aunque me parece demasiado trabajo para un adulto que se precie de serlo. De lo contrario deberían estar en la cama.

El otro negaba con la cabeza porque, “super convencido” como estaba, persistía en que la única solución era prohibir cualquier programa o manifestación de ese tipo, dando igual si niños o adolescentes podían o no tener acceso.

 Llegaba más gente, probablemente quienes estaban esperando, y se levantaban para largarse a comer sin dar por terminada la discusión, pues el tipo seguía insistiendo en las prohibiciones y en el peligro de un exceso de libertad nada bueno que provoca la proliferación de ideas y comportamientos con los que él no estaba nada de acuerdo y, es más, había que erradicar de forma tajante.

No comenté con nadie lo que acababa de escuchar porque no merecía la pena, pero eso no me evitó la lógica preocupación por el modelo de mundo que hemos construido, al que no podemos hacer culpable por sistema, por pura e irresponsable comodidad, descargando sobre él nuestras culpas y prejuicios como si no tuviéramos nada que ver, como si no fuéramos sus responsables directos. No es, pues, extraño, que la derecha más recalcitrante, retrógrada y destructiva en años coseche tanto éxito a costa de denunciar y destruir lo construido sin ofrecer nada a cambio; porque detrás de tanto odio y violencia latente solo hay más violencia, además de un enorme y deplorable erial de ignorancia y resentimiento. Una vuelta al pasado más oscuro en el que un falso “orden natural” imponía el dominio implacable de la riqueza más obscena de unos pocos sobre una sociedad empobrecida de temerosos, crédulos e ignorantes.

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Proyecto de salud

Siguiendo con nuestro proyecto a largo plazo hoy hablaremos de salud, y con respecto a nuestro ciudadano/cliente objetivo no debemos olvidar lo que conocemos en cuanto a su voluntad cautiva y favorable predisposición, por ello no creo que sea necesario repetir lo que ya sabemos, las condiciones en las que se desenvuelve y cómo han asumido voluntariamente nuestros presupuestos con la ingenua idea de seguir creyendo que son exclusivamente suyos, así como de su completa seguridad respecto a lo que les gusta, les interesa o necesitan.

En cuanto a la salud y según la misma línea de eliminar definitivamente lo público y la intercesión del Estado en nuestras actividades, basta en principio con dirigir nuestro trabajo a ensalzar las cualidades únicas y personales de los clientes, haciéndoles creer que la prevención siempre es importante, mucho mejor si la ponen en práctica usando lo que nos apetezca ofrecerles. En primer lugar hay que hacerles creer que su cuerpo no puede valerse por sí mismo, aunque es cierto que es conveniente que se sientan a gusto con él, con su genética; y es obligado imbuirles el temor a que aquello de lo que tan orgullosos están corre el peligro de deteriorarse cada vez que salen a la calle, por lo que la seguridad que otorga nuestra protección siempre será lo más importante, y si siguen sanos no es por sus hábitos o condiciones de vida, que sí, o porque posean un cuerpo afortunado, también, sino porque nuestros productos son tan efectivos que la realidad de su salud es nuestra mejor tarjeta de presentación.

Esto no quiere decir que su salud sea de hierro, sino que es de hierro gracias a nosotros. Por ejemplo, no es que no puedan o sepan dormir o comer, sino que duermen y comen bien gracias a nosotros, porque les recomendamos lo que les conviene, lo mejor, y eliminamos el resto; el por qué nunca fue importante, ya que no se trata de lo que pierden o desconocen, que sencillamente no existe, sino de que lo que les aconsejamos y ofrecemos funciona, entonces ¿para qué preocuparse por el resto?

También quiero puntualizar en algo en lo que tal vez no incidimos como debiéramos en nuestro proyecto anterior, y se trata de disponer de una buena conexión, de calidad y rapidez, siempre con el objeto de solucionar los problemas cuanto antes, porque hablando de salud todos sabemos que los segundos son importantes. Disponer de una buena conexión y el correspondiente terminal con las garantías indispensables para un buen servicio con fiabilidad y accesibilidad las veinticuatro horas del día, tanto si se trata del principal asegurado o, mejor aún, de su compañero o compañera, o sus sagrados vástagos. Cómo no vas a disponer de lo mejor para los tuyos, con ello nos aseguramos una atención y obediencia garantizadas, además de completamente acríticas.

Necesitará, pues, la correspondiente aplicación que monitorice su actividad diaria, desde que se levanta, cómo y cuánto duerme y horas de sueño, hasta el correspondiente seguimiento, monitorización y registro de la totalidad de sus actividades, tanto habituales como extraordinarias. Esta información, previo y exhaustivo análisis del sujeto o sujetos, hasta el punto de conocer incluso la última célula de su organismo, siempre es importante porque, independientemente de la realidad personal del cliente, nos va a aporta una información vital para nuestro trabajo, permitiéndonos ir acumulando en nuestra base de datos la máxima información posible con vistas a la hora de trabajar con grandes cifras y obtener recursos y estadísticas que nos permitan en el futuro adelantarnos a los problemas, siempre para preverlos y evitarlos antes de que se presenten y conviertan en inevitables y onerosos para nuestros intereses. El objetivo final consistiría en, partiendo de un grupo de parámetros básicos comunes, testar a cada posible cliente con un mínimo de exploraciones, desechando lo no rentable y admitiendo con los brazos abiertos a los que no muestren problemas, no solo presentes sino y lo que es más importante, futuros.

Y al igual que en el apartado de la educación nuestra IA no tendrá problemas en confeccionar caras tan amigas como atentas y profesionales pendientes del cliente las veinticuatro horas del día, vigilando y cotejando sus movimientos mediante la información ya aportada y la constante comparativa con las estadísticas en nuestro poder, reteniéndoles y aconsejándoles periódicamente, además de poniendo a su alcance nuestros productos, siempre preventivos, a la hora de cualquier actividad, da igual si se trata de una comida más o menos copiosa, un partido de pádel o de subir al Everest. Tengan muy presente que nosotros nunca nos ocuparemos de enfermos porque ese no es nuestro negocio, sino de gente sana. Esa es nuestra clientela, alguien fuerte y seguro de sí mismo, que sea o no cierto tampoco es nuestro problema.

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Proyecto de enseñanza

A ver, en principio contamos con la creencia que cada individuo tiene de sí mismo, un trabajo ya hecho que nos facilita las cosas. La gente adolece de unos temores que la religión ha sabido canalizar de forma adecuada haciendo creer que cada uno es único a ojos de su dios, por lo tanto también son únicos en su existencia aquí en la tierra. Relevo recogido por la izquierda internacional para justificar cualquiera de sus paraísos en este mundo en los que cada hijo de vecino era alguien insustituible con derecho a ser feliz, y si finalmente no lo conseguía no debía deprimirse porque, en última instancia, la sociedad siempre era la culpable de impedírselo. Es por eso que cada paisano se cree especial y sus opiniones tan válidas como las de cualquiera, centro de atención respecto de todo lo que diga o piense -aunque se trate de un completo ignorante. Y en el mundo actual,  donde la manipulación, tanto publicitaria como informativa o a través de las redes sociales está a la orden del día, no hay nada más fácil que confundir y hacer dudar a nuestro objetivo de todo lo que existe -cada vez hay menos certezas a las que agarrarse, y la gente lo cree así. La desconfianza es el plato del día y las sospechas tienen vida propia, de hecho todo y todos son sospechosos, lo que significa que cualquiera que tenga algo que decir o sobre lo que opinar, sin que importe su relevancia o una mínima razón, desea ser tomado por principio como uno más a la hora de hacer valer su punto de vista. Como si todo en esta vida se tratara de una cuestión de gustos.

Ya imaginarán que alguien que se siente y cree especial necesita una atención especial, personalizada y exclusiva, adaptada a sus únicas y particulares características. Por otro lado y volviendo a la manipulación, mejor, influenciabilidad, la publicidad del propio sistema ya se ha ocupado de transformar a cada individuo en cliente, hasta el punto de que ya nadie se extraña, se piensa y exige como tal. Además, y como es de esperar, la tecnología está de nuestra parte, pues contamos con una IA maravillosa -y eso que solo estamos al principio- mediante la cual el cliente siempre recibe la atención y trato únicos y exclusivos que se merece. Atención que unida a la insustituible creencia de su relevancia encumbran a un ciudadano/cliente como alguien que no necesita justificar ni argumentar palabras y actos propios ante los demás.

Entenderán entonces que los vástagos de cada uno de estos diosecillos también son únicos y exclusivos, unos auténticos reyes -tal y como afirmaba una conocida marca hace unos años. Porque además de insustituibles y maravillosos son sus hijos, pues todos creen que han traído a este mundo a un portento de espécimen humano, puro, libre, creativo e imaginativo -no solo carne de interminable e insufrible reportaje fotográfico; de nuevo qué trabajo tan bueno ha venido haciendo la publicidad, impagable-, y precisamente por ello estos pequeños tiranos merece crecer y expresarse sin trabas ni impedimentos. Como ustedes también sabrán ninguno de estos papás tiene ni puñetera idea de qué significa mostrarse o vivir sin impedimentos, trabas u oposiciones. No hay nada como el que no sabe que no sabe. Y, como para él mismo, quiere lo mejor para sus descendientes, y eso es lo que pretendemos darle.

Primero haciéndole ver que todo lo común y compartido es sospechoso, si no directamente peligroso, tanto por imprevisible como por las influencias nada recomendables que pueden surgir -tan difíciles de prever y controlar-, las malas prácticas o los programas educativos demasiado generalistas -incluso tendenciosamente concebidos. También por la obligada inclusión en su personal contexto de especímenes originarios de otros lugares intentando hacer valer sus costumbres y malos hábitos; esa desconocida y peligrosa gente deseosa de imponerse y humillar a sus semejantes. Luego una vez convencidos y puestos en alerta respecto de la educación en común, da igual si privada o pública -esta última lo peor de lo peor debido a su endémica falta de medios y sus nada prácticos niveles de enseñanza, además de la masificación provocada por el abusivo número de razas y diferencias sociales-, solo queda ofrecer a estos desamparados padres un método de estudio personalizado y exclusivo, adaptado ciento por ciento a las especiales cualidades, características y necesidades de sus retoños. Porque nosotros, previa, concienzuda y profesional observación del niño, sabremos de primera mano de los talentos y las potencialidades innatas de la criatura, y en función de ellas le ofreceremos un método específico que le facilite un crecimiento feliz, talentoso y útil.

La educación, pues, mejor en el propio hogar -el lugar más seguro del mundo-, en un ambiente confortable y protegido al margen de aleatorias, conflictivas e indeseadas relaciones externas, o callejeras. Y para ello nada como un profesor exclusivo para cada alumno, alguien que gracias a nuestros modernos métodos y experiencia sabrá en todo momento qué y cómo, de qué modo y siempre lo mejor a la hora de incentivar y motivar al alumno; una cara amiga, pero severa y comprensiva, que inspirará tanta confianza, o más, que sus propios padres, conocedor de sus gustos y potencialidades y que incidirá en lo más provechoso para su progreso al tiempo que desecha de un plumazo lo inconveniente y peligroso. Nuestra IA no tendrá ningún problema en confeccionar rápidamente un rostro amigo en el que poner su voluntad, a su disposición las veinticuatro horas del día, preocupándose por la constancia de su avance y adelantándose a sus posibles despistes, caídas o faltas de atención, rápidamente subsanadas con los medios más potentes y adecuados a los problemas específicos que solo a ellos pueden presentárseles. El método, como es debido, se regirá por las particulares características del alumno, siempre especiales, así como su ritmo de trabajo y sus capacidades intelectuales, permitiéndole también sus momentos de ocio y entretenimiento, siempre posibles y necesarios, con juegos y diversiones también adaptadas a sus excepcionales habilidades, tanto físicas como intelectuales.

De tal modo que, año a año y gracias a nuestra meticulosa dedicación, estos felices padres verán cómo sus hijos progresan y superan etapas con suma facilidad -vivo espejo de sus progenitores-; alumnos a los que sonreirá un futuro que ni el mejor centro educativo del mundo habría sido capaz de ofrecerle. El chaval, habituado a moverse en su personal burbuja y con una reticencia enfermiza al exterior y la consiguiente contaminación por otros elementos de dudosa procedencia, no se verá en la necesidad de compartir o comparar lo que él ya ha interiorizado como una educación especializada en él mismo, adecuada a sus increíbles capacidades y conveniente para ganarse la vida una vez se introduzca en el mundo adulto. Pero esa es otra cuestión que ahora no nos afecta.

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Mediocridad

En una conversación a partir de unas lecturas sobre el nuevo presidente norteamericano nos sorprendíamos cuando reconocíamos aquí mismo, muy cerca de nosotros, a personas si no prácticamente iguales sí muy similares al yanqui, también ocupando cargos políticos de cierta relevancia; similares tanto en sus manifestaciones públicas como en los problemas y prejuicios que en el fondo intenta ocultar un comportamiento en general desconfiado y violento, más bien resentido, siempre a la defensiva debido a una serie de complejos disimulados, para mal, por su extremada codicia. A partir de la evidente mediocridad de aquel y estos de aquí, coincidíamos en el permanente resentimiento que gobierna su pensamiento predisponiéndolos hacia todo lo que es y existe sin ellos, lo que perpetua una serie de frustraciones que intentan compensar, más bien silenciar, como decía antes, con esa violencia implícita, casi instintiva, en todo lo que hacen. Circunstancias, más que cualidades, que condicionan también sus relaciones con los demás, soberbios y arrogantes en sus apariciones, tanto privadas como públicas, e incapaces de ver más allá de sus narices; interpretando el poder, al que se aferran como si no hubiera mañana, como la única forma de hacerse oír ocultando la dolorosa realidad que martiriza sus atribuladas almas.

Es cierto que una de las diferencias, más que sustancial, que caracteriza al nuevo presidente norteamericano es su extraordinaria riqueza, lo que desde un principio le ha facilitado hacer en todo momento casi lo que le ha dado la gana, servilmente adulado por un “selecto” séquito en el que se entremezclan astutos e interesados parásitos, generalmente más inteligentes que él y que lo utilizan para engordar sus negocios y riqueza, junto con una caterva de lameculos siempre atenta a las miserables migajas que pudieran desprenderse de un comportamiento tan impulsivo y contradictorio como caótico. Pero en este momento no viene a cuento detenerse en una riqueza que probablemente contenga más sombras que luces.

Indistintamente de aquel o de estos más próximos, con los que podemos hablar sin ningún problema, prevalece en ellos una persistente desconfianza ante todo aquel que tenga o manifieste criterio propio a la hora de actuar, algo que en primer lugar significa que ellos no son indispensables, como tampoco necesarios; en el fondo objeto de su envidia y en última instancia un peligro potencial por lo que significa que hagan y deshagan sin su beneplácito en las infinitas áreas que desgraciadamente desconocen, que vienen a ser casi todas. Esa dolorosa conciencia de sus límites, o de su ignorancia, que nunca se preocuparon de testar, superar o, mejor aún, asumir sin ningún tipo de frustrante resentimiento, condiciona de forma capital sus pasos y, como colofón, sostiene una potencial envidia ante todo aquel capaz de vivir y respirar sin ellos. Tan ansiosa desconfianza les obliga a rodearse de gente de su mismo o, mejor, inferior nivel intelectual, también con menores capacidades y ambición, a los que poder dirigir y manipular a su antojo manteniéndolos bajo su manto y pendientes de su mirada, dispuestos a pedir permiso, o su bendición, para cualquier actuación o palabras que decir; porque en estos casos no hay nada peor que dejar en evidencia al propio jefe, desnudo en sus delatoras carencias.

O, como ya he dicho más arriba y de no ser posible contar con estos últimos, servirse de otros más ricos o inteligentes atrayéndolos a su lado con favores y concesiones, sin hacer preguntas, puesto que les basta con reconocer como única referencia el brillo de sus posesiones, algo que justifica su codicia a la hora de situarlos a su lado. Si la riqueza propia jamás alcanzará el calibre de la de aquellos, al menos siempre será válida como horizonte.

No hay nada más, ni orden ni proyecto, ni causa común ni, mucho menos, referencia moral alguna. Se trata del sueño de todo conquistador embebido de una certeza divina que imagina, porque nunca piensa, el mundo a sus pies, listo para hoyarlo y hacer a su antojo; objeto de deseo independientemente de razones y argumentos. Y si tuvieran valor harían uso de las armas, pero afortunadamente su miedo es tan grande como su codicia, mejor que se partan la cara otros.

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Tardeo

Las dudas acerca de la causa probablemente sean tan justificadas como nada importantes, se trata de entender -pura curiosidad- cómo un término y una actividad lúdica, hace unos años inexistente, hoy se escucha en todos lados sin que nadie sepa explicar por qué, directamente le interese o le preocupe. Ya se sabe, las cosas pasan porque sí y donde antes no había ahora hay ¿qué más da? Ganas de complicarse la vida, si la gente dice y practica el tardeo pues se dice y hace tardeo y punto ¿A que tú lo entiendes? Da igual que el término no aparezca en el diccionario de la RAE, porque siempre van con retraso; ya se pondrán al día.

¿Significa eso que la noche ha dejado de ser atractiva? Parece ser que ya no es tan interesante reunirse hasta las tantas, sobre todo porque a esas horas una gran mayoría no trabaja y existe una especie de permisividad aceptada y asumida que, para mejor, no intercede ni interrumpe las actividades y labores del día a día general. Durante las horas de sol estamos todos y hacemos otras cosas, las que nos mantienen en nuestras vidas, por la noche existen menos obligaciones, solo dormir, o descansar y otras cuestiones más personales e íntimas; también están quienes pueden o les gusta.

Ahora las tardes congregan a multitudes en fiestas, locales y al aire libre como si no hubiera final, y todos saben que se trata de otra cosa que va de lo mismo y que tal vez no llegarán a la noche, al menos no como antes, pero no hace falta. También las sobremesas han adquirido un nuevo valor, pero no como parte final de la comida. Algunos afirman que esto viene sucediendo a partir de la pandemia, por la obligación de permanecer en casa y organizarte como mejor pudieras, o te apeteciera. Al no existir horarios externos cuanto antes se empezara mejor, y puesto que no había viaje de vuelta el aguante y el cuerpo duraban lo que duraban, no importando quedarse vencido o dormido cuando uno decía basta o no se admitía más. Así que allí te quedabas, da igual cómo te pillara la noche porque lo que tenías que hacer ya estaba hecho.

Que también hayan influido los controles y mayor severidad respecto de la alcoholemia puede ser otro motivo. Quizás que quienes antes habitualmente salían por la noche, al acumular años y achaques y a tenor de la mengua del fondo de reserva y las capacidades de disfrute, ahora prefieran hacerlo más corto, o de otro modo y recogerse pronto. O los mismos chavales, quienes obligados a las fiestas y reuniones sin alcohol en horarios que no intercedieran con la diversión de los adultos -siempre por la tarde-, al fin crecieron y decidieron no cambiar de registro manteniendo los horarios vespertinos por pura comodidad, aunque ahora con alcohol; para eso han esperado y ahora se lo merecen.

También pudiera ser que en nuestro intento de acercarnos a Europa hayamos importado alguna de sus tempranas costumbres, entre ellas comenzar a beber y divertirnos antes. O que los turistas, también animales de costumbres a pesar de estar fuera de su país, echaran de menos sus hábitos cotidianos locales llevándolos con ellos allá donde fueren. O porque ahora en televisión existen programas con ese nombre -igual en este caso tiene sentido lo del huevo o la gallina-; o no es por nada, sino por seguir la corriente.

En cualquier caso, todavía siguen sorprendiéndome tales aglomeraciones y exuberante despliegue de diversión, casi como si no hubiera un final, con el sol en todo su esplendor, algo que antes solo les sucedía a los más valientes y capaces de aguantar en pie toda la noche, hasta que el astro rey aparecía por el horizonte. O acceder a un local a las siete o las ocho de la tarde y encontrarlo repleto de gente tomando cervezas y copas, y bailando sin cesar, precisamente en esas difíciles horas que hasta no hace mucho formaban parte de ese tiempo indefinido entre la tarde y la noche en el que, si estabas fuera, siempre te preguntabas si café, otra copa o cambiar a cerveza.

Tal vez por eso estas pasadas fiestas hubo locales que abrieron la tarde del último día del año para permanecer cerrados la noche de fin de año. ¿Se trataba de hacer mejor negocio o de la propia comodidad?

Quien lo iba a decir, igual dentro de unos años nos vemos a las doce de la noche en nuestras camitas, calentitos y bien arropaditos, unos porque no les queda más remedio y otros porque toca, directamente derrotados ¿dónde van a ir a esas horas si está todo cerrado? Así que nada de andorrear entre las sombras de la noche, mejor preocuparse por nuestra salud y comenzar a divertirse antes, porque, bien pensado, así disponemos de más tiempo para alargar la juerga.

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Més que un club

Hablar de fútbol no siempre es bienvenido, sobre todo por quienes ven el juego básico y sobredimensionado, también alarmados por el tremendo impacto social que supone y el negocio millonario en el que se ha convertido, para algunos. Sin embargo, a la gente del fútbol no le gusta hablar de fútbol como tema genérico, se aburren, en su caso es más visceral, les gusta ver, seguir y discutir apelando a los sentimientos antes que a la razón. Y el título de estas líneas habla de fútbol, pero de otro modo.

Independientemente del contenido social y reivindicativo frente a la dictadura franquista de la frase que encabeza este texto, su desafortunado uso, y en cierto modo involución, la ha despojado de todo prestigio convirtiéndola en la fracasada arma arrojadiza de una burguesía localista que solo veía en el fútbol un medio, que en el fondo despreciaba, para imponer y exportar una marca que finalmente han dejado huera, tanto de significado y, como he dicho, prestigio como, y lo que es peor, de dinero. Algo que en el fondo nos afecta a todos, aunque solo sea por la flagrante omisión de responsabilidades por parte de las entidades y organismos correspondientes. Porque si el FC Barcelona fuera una empresa normal y corriente hace tiempo que habría sido declarada en bancarrota, incautada por el gobierno, desmontada, saneada -si fuera posible- y vendida, o directamente finiquitada. Y si todavía sigue funcionando y con cierto cartel, es debido a que la sola posibilidad de su cuestionamiento económico y presunta desaparición desataría una alteración del orden público, nacional y puede que internacional, de imprevisibles consecuencias. Además de tocarle las narices, vía magna ofensa hacia los valores más puros del identitario catalán, a una burguesía nacionalcatólica y reaccionaria que precisamente fue quien exprimió y vació las arcas de un club que hasta entonces se movía con cierta solvencia económica, siempre a partir del renombre internacional de la marca, sus jugadores y sus éxitos futboleros.

Como es increíble que el tipo que dirigía el cotarro durante el vaciamiento económico de la entidad siga todavía en libertad y campando a sus anchas, sin ninguna vergüenza, escrúpulo ni señalamiento acusatorio que soportar.

Un club deportivo al que también ha abandonado una gran parte de su masa social -dígase socios-, dejándolo morir porque ya no era necesario. Todo ello bajo la calculada e interesada supervisión de una aristocracia independentista venida a menos y que, por si acaso, ha sido lo suficientemente astuta para alejarse de la quema, como si la cosa no fuera con ella; como si no hubieran tenido nada que ver con la desastrosa y vergonzosa realidad de los hechos.

Evaporado de forma alarmante el número de socios, económicamente prácticos o hartos de un ocasional o interesado interés por el mundo de la pelota, desaparecida del palco una sectaria membresía nacionalista que gustaba mostrarse cuando el estadio lucía lleno y  los espectadores esgrimían toda la parafernalia simbólica independentista que el club ponía en sus manos sin  escatimar en medios ni dinero, solo quedan los aficionados de a pie, los fieles de toda la vida al fútbol, aquellos que tuvieron que aguantar como una política de rasero bajo, que en el fondo los despreciaba por vulgares, incultos e ignorantes, hacía de su fútbol una beligerante bandera política de sus propios intereses; apropiación que como es sabido al final les salió rana.

Lanzado el órdago independentista, gracias y a costa de vaciar las arcas del club, cuando tras el fracaso las aguas volvieron a la normalidad y la curia nacionalista regresó con las orejas gachas a sus seminarios, desentendiéndose y olvidándose de todo, solo quedó el fútbol, amén de cuatro gatos sin equipo ni dinero. Un club a punto del desguace que anda arrastrándose entre dependencias oficiales y grandes empresas con dinero de sobra y ganas de invertir casi a fondo perdido.

Pero esto nadie lo va a decir en voz alta porque entonces el patio volvería a alterarse con infinidad de acusaciones, a cual más absurda, mentiras inverosímiles y un cínico y estrepitoso rasgado de vestiduras nacionalista siempre de cara a la galería. Queda una marca deportiva que sobrevive, o malvive, gracias a unos críos que juegan al fútbol y sienten que ese equipo, al que jamás abandonarían, lo es todo en su vida. Más o menos como hasta ahora ha venido funcionando, y funciona, este tinglado, partiendo de la sentida e irracional ilusión compartida de millones de la que se aprovechan unos miserables, mucho más astutos, en su propio y exclusivo beneficio. Y después si te he visto no me acuerdo.

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Amigos

Con el nuevo año suelen venir los resúmenes y las valoraciones, también acuden a la memoria algunos recuerdos y situaciones que, ya ocurridas y por lo tanto sin vuelta atrás, pudieron haberse dado de otro modo y en algunos casos no terminar como terminaron, no muy bien. La reacción por ambos lados fue la de dejarlo pasar, no detenerse para hablar y explicarse -o explicarme-, si fuera el caso. En definitiva, no molestarse ni interrumpir a quien no desea ser interrumpido, ni aclarar lo que quizás no tiene una explicación compartida, ni solución -por parte de alguno de los lados. Frecuentemente por cuestiones personales como sinónimo de incomprensibles, de las que no hay que dar explicaciones porque quizás serían difíciles de entender, ya no digo aceptar; una situación que procuraría más incomprensión y malestar que soluciones.

Habrá un momento para aquellos amigos que desaparecieron de improviso, sin motivo ni discusión en principio importante como para tal desenlace, de pronto ausentes sin que supieras la causa, tan evidente que, al tropezarnos por la calle, tocaba por la otra parte un saludo más bien forzado que no dejaba para mucho más, hola y adiós. Quienes, pasado un tiempo, volvieron a aparecer algo más tranquilos, o relajados; siempre una suposición porque puede darse el caso de que nunca supiste qué sucedió. Sin embargo, algunos intentaron reanudarlo donde se quedó -pero menos-, o eso creíste, pero tampoco, porque en la siguiente conversación no hubo ni rastro de lo que al parecer nunca sucedió, y no tenía ningún sentido regresar a lo que nunca existió.

También están quienes se molestaron por algo que hiciste y en lugar de pararte, hacerte sentar y preguntarte, puesto que de amigos se trababa, comenzaron a vociferar y acusarte a tus espaldas de no actuar como es debido, de cometer o decir cosas que no deberían ser dichas y que, de hecho, suponían una grave alteración del normal transcurso de los acontecimientos. Es decir, dieron un portazo y se alejaron con unas razones propias, ofendidos incluso, pero incapaces de llamarte al orden cara a cara, puesto que, repito, de amigos se trataba. Hasta hoy, que vuelves a cruzarte con ellos y se comportan o fingen que todo sigue igual; al menos eso es lo que uno cree, aunque puede ser que la ofensa fuera de tal calibre que no existe acto o gesto humano que pueda, ya no explicarlo, si es que hay algo que explicar, sino subsanarlo.

O quienes, también amigos -sobre el papel-, se dejan calentar la oreja por lenguas no muy legales, hasta el punto de que acabas convertido en el malo de la película sin que te pregunten si sabías de la película, asististe o hiciste algo que molestó al público, hasta tal punto que tu propia imagen quedó por los suelos -siempre según ellos y su sorpresivo y crítico punto de vista. Pero parece ser que no fue motivo suficiente para, como debería, requerirte cara y cara y preguntarte, algo tan sencillo pero al parecer tan difícil.

Sin embargo, y afortunadamente, también están quienes cuando surge un problema personal, o con terceros comunes y cercanos, no tardan en llamarte, hacerte sentar, explicarte lo que sucede y requerir tu opinión, mejor aún, cómo ven ellos lo que está sucediendo y en qué modo les afecta y nos afecta, y si es mucho y grave, incluso oneroso. Una excelente actitud -entre amigos- que acaba prevaleciendo cuando hablamos de tales, sin rehuir el intercambio y ni mucho menos las preguntas, nunca inconvenientes.

No sé si estas reflexiones tocan ahora o siempre, justo en su momento. El caso es que, independientemente del lado en el que nos hallemos, pensar tanto en uno mismo tiene el inconveniente de que probablemente los demás, sobre todo si los consideramos amigos, siempre tienen algo que decir.

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