Més que un club

Hablar de fútbol no siempre es bienvenido, sobre todo por quienes ven el juego básico y sobredimensionado, también alarmados por el tremendo impacto social que supone y el negocio millonario en el que se ha convertido, para algunos. Sin embargo, a la gente del fútbol no le gusta hablar de fútbol como tema genérico, se aburren, en su caso es más visceral, les gusta ver, seguir y discutir apelando a los sentimientos antes que a la razón. Y el título de estas líneas habla de fútbol, pero de otro modo.

Independientemente del contenido social y reivindicativo frente a la dictadura franquista de la frase que encabeza este texto, su desafortunado uso, y en cierto modo involución, la ha despojado de todo prestigio convirtiéndola en la fracasada arma arrojadiza de una burguesía localista que solo veía en el fútbol un medio, que en el fondo despreciaba, para imponer y exportar una marca que finalmente han dejado huera, tanto de significado y, como he dicho, prestigio como, y lo que es peor, de dinero. Algo que en el fondo nos afecta a todos, aunque solo sea por la flagrante omisión de responsabilidades por parte de las entidades y organismos correspondientes. Porque si el FC Barcelona fuera una empresa normal y corriente hace tiempo que habría sido declarada en bancarrota, incautada por el gobierno, desmontada, saneada -si fuera posible- y vendida, o directamente finiquitada. Y si todavía sigue funcionando y con cierto cartel, es debido a que la sola posibilidad de su cuestionamiento económico y presunta desaparición desataría una alteración del orden público, nacional y puede que internacional, de imprevisibles consecuencias. Además de tocarle las narices, vía magna ofensa hacia los valores más puros del identitario catalán, a una burguesía nacionalcatólica y reaccionaria que precisamente fue quien exprimió y vació las arcas de un club que hasta entonces se movía con cierta solvencia económica, siempre a partir del renombre internacional de la marca, sus jugadores y sus éxitos futboleros.

Como es increíble que el tipo que dirigía el cotarro durante el vaciamiento económico de la entidad siga todavía en libertad y campando a sus anchas, sin ninguna vergüenza, escrúpulo ni señalamiento acusatorio que soportar.

Un club deportivo al que también ha abandonado una gran parte de su masa social -dígase socios-, dejándolo morir porque ya no era necesario. Todo ello bajo la calculada e interesada supervisión de una aristocracia independentista venida a menos y que, por si acaso, ha sido lo suficientemente astuta para alejarse de la quema, como si la cosa no fuera con ella; como si no hubieran tenido nada que ver con la desastrosa y vergonzosa realidad de los hechos.

Evaporado de forma alarmante el número de socios, económicamente prácticos o hartos de un ocasional o interesado interés por el mundo de la pelota, desaparecida del palco una sectaria membresía nacionalista que gustaba mostrarse cuando el estadio lucía lleno y  los espectadores esgrimían toda la parafernalia simbólica independentista que el club ponía en sus manos sin  escatimar en medios ni dinero, solo quedan los aficionados de a pie, los fieles de toda la vida al fútbol, aquellos que tuvieron que aguantar como una política de rasero bajo, que en el fondo los despreciaba por vulgares, incultos e ignorantes, hacía de su fútbol una beligerante bandera política de sus propios intereses; apropiación que como es sabido al final les salió rana.

Lanzado el órdago independentista, gracias y a costa de vaciar las arcas del club, cuando tras el fracaso las aguas volvieron a la normalidad y la curia nacionalista regresó con las orejas gachas a sus seminarios, desentendiéndose y olvidándose de todo, solo quedó el fútbol, amén de cuatro gatos sin equipo ni dinero. Un club a punto del desguace que anda arrastrándose entre dependencias oficiales y grandes empresas con dinero de sobra y ganas de invertir casi a fondo perdido.

Pero esto nadie lo va a decir en voz alta porque entonces el patio volvería a alterarse con infinidad de acusaciones, a cual más absurda, mentiras inverosímiles y un cínico y estrepitoso rasgado de vestiduras nacionalista siempre de cara a la galería. Queda una marca deportiva que sobrevive, o malvive, gracias a unos críos que juegan al fútbol y sienten que ese equipo, al que jamás abandonarían, lo es todo en su vida. Más o menos como hasta ahora ha venido funcionando, y funciona, este tinglado, partiendo de la sentida e irracional ilusión compartida de millones de la que se aprovechan unos miserables, mucho más astutos, en su propio y exclusivo beneficio. Y después si te he visto no me acuerdo.

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Amigos

Con el nuevo año suelen venir los resúmenes y las valoraciones, también acuden a la memoria algunos recuerdos y situaciones que, ya ocurridas y por lo tanto sin vuelta atrás, pudieron haberse dado de otro modo y en algunos casos no terminar como terminaron, no muy bien. La reacción por ambos lados fue la de dejarlo pasar, no detenerse para hablar y explicarse -o explicarme-, si fuera el caso. En definitiva, no molestarse ni interrumpir a quien no desea ser interrumpido, ni aclarar lo que quizás no tiene una explicación compartida, ni solución -por parte de alguno de los lados. Frecuentemente por cuestiones personales como sinónimo de incomprensibles, de las que no hay que dar explicaciones porque quizás serían difíciles de entender, ya no digo aceptar; una situación que procuraría más incomprensión y malestar que soluciones.

Habrá un momento para aquellos amigos que desaparecieron de improviso, sin motivo ni discusión en principio importante como para tal desenlace, de pronto ausentes sin que supieras la causa, tan evidente que, al tropezarnos por la calle, tocaba por la otra parte un saludo más bien forzado que no dejaba para mucho más, hola y adiós. Quienes, pasado un tiempo, volvieron a aparecer algo más tranquilos, o relajados; siempre una suposición porque puede darse el caso de que nunca supiste qué sucedió. Sin embargo, algunos intentaron reanudarlo donde se quedó -pero menos-, o eso creíste, pero tampoco, porque en la siguiente conversación no hubo ni rastro de lo que al parecer nunca sucedió, y no tenía ningún sentido regresar a lo que nunca existió.

También están quienes se molestaron por algo que hiciste y en lugar de pararte, hacerte sentar y preguntarte, puesto que de amigos se trababa, comenzaron a vociferar y acusarte a tus espaldas de no actuar como es debido, de cometer o decir cosas que no deberían ser dichas y que, de hecho, suponían una grave alteración del normal transcurso de los acontecimientos. Es decir, dieron un portazo y se alejaron con unas razones propias, ofendidos incluso, pero incapaces de llamarte al orden cara a cara, puesto que, repito, de amigos se trataba. Hasta hoy, que vuelves a cruzarte con ellos y se comportan o fingen que todo sigue igual; al menos eso es lo que uno cree, aunque puede ser que la ofensa fuera de tal calibre que no existe acto o gesto humano que pueda, ya no explicarlo, si es que hay algo que explicar, sino subsanarlo.

O quienes, también amigos -sobre el papel-, se dejan calentar la oreja por lenguas no muy legales, hasta el punto de que acabas convertido en el malo de la película sin que te pregunten si sabías de la película, asististe o hiciste algo que molestó al público, hasta tal punto que tu propia imagen quedó por los suelos -siempre según ellos y su sorpresivo y crítico punto de vista. Pero parece ser que no fue motivo suficiente para, como debería, requerirte cara y cara y preguntarte, algo tan sencillo pero al parecer tan difícil.

Sin embargo, y afortunadamente, también están quienes cuando surge un problema personal, o con terceros comunes y cercanos, no tardan en llamarte, hacerte sentar, explicarte lo que sucede y requerir tu opinión, mejor aún, cómo ven ellos lo que está sucediendo y en qué modo les afecta y nos afecta, y si es mucho y grave, incluso oneroso. Una excelente actitud -entre amigos- que acaba prevaleciendo cuando hablamos de tales, sin rehuir el intercambio y ni mucho menos las preguntas, nunca inconvenientes.

No sé si estas reflexiones tocan ahora o siempre, justo en su momento. El caso es que, independientemente del lado en el que nos hallemos, pensar tanto en uno mismo tiene el inconveniente de que probablemente los demás, sobre todo si los consideramos amigos, siempre tienen algo que decir.

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Abuelos

Hay abuelos que parece que nacieron para ello, activos, educados, solícitos, atentos, bondadosos, todavía con ganas y dispuestos a ayudar y colaborar tanto como se les exija.

También hay abuelos que son directamente carne de geriátrico, individuos que dejan de trabajar y se vienen abajo de inmediato, dedicándose a pasear sin rumbo, suspirar resignados y contar las mismas viejas historias; gastando los bancos de parques y plazas, porque nunca pueden, cualquiera que sea el tema. Se aburren o se dejan arrastrar por un perro raquítico ajeno al tipo de quien le toca tirar cada mañana. Esperan.

También hay abuelos que acaban literalmente destrozados tras una vida laboral que no ha tenido piedad con ellos, hundidos física y anímicamente, con más ganas que fuerzas y moralmente dolidos por haber quedado en tal estado, además de no entender de qué sirve permanecer vivo si no puedes hacer nada de forma decente.

Todo lo contrario de esos abuelos solícitamente convertidos en carne de relleno para viajes del INSERSO, señores que consideran un derecho adquirido que les muevan allá donde toque, ajenos e indiferentes al destino y su bellezas. Qué más da, les traen y les llevan porque no tienen nada mejor que hacer, y en algunos casos ni saben.

Hay abuelos que son unos bordes y consideran un derecho adquirido su no hacer nada, siendo importante, o muy importante, la cantidad de tiempo del que disponen para no dar un palo al agua, justa recompensa a una vida de trabajo que, visto el desenlace, tampoco tuvo que ser muy ajetreada porque quien ahora exige no hacer nada porque se lo merece (¿?) probablemente no fue un lince, ni muy trabajador, durante su periodo laboral. Mucho menos responsabilizarse de cualquier otra cosa que no sea uno mismo.

Hay abuelos que ven ese periodo de sus vidas como una recompensa, un final feliz, y no les importa aburrirse o colaborar según les requieran, pero sin ponerse nerviosos; no es que vayan a correr tras la tarea ni estarán los primeros en la lista de voluntarios, pero al menos cuando les pidan echar una mano no se negarán.

Como hay abuelos a los que una cruel enfermedad o “dolencia de abuelos” les deja sin opciones, ya sea física o psíquicamente, necesitados de atención permanente y en muchos casos abrumados por las obligaciones que requieren de los más jóvenes, quienes, con otras o muchas cosas que hacer, andan siempre apresurados, buscando huecos, encargando o directamente pagando a sustitutos y auxiliares que completen su atención llevando a cabo sus tareas.

Incluso hay abuelos a los que tanta atención no les incomoda, todo lo contrario, porque consideran que se trata del justo pago a su dedicación a unos hijos que, no se olvide, no pidieron venir a este mundo. Lo que obliga a éstos de forma prioritaria ante sus requerimientos, necesidades y caprichos -o exigencias. Fomentando una conflictiva mezcla entre deber y complejo de culpa nunca resuelta que, sin la necesaria conversación y aclaraciones, deja a unos en manos del arbitrio y manías de los otros.

Y hay abuelos literalmente machacados por unos hijos tan insolentes como egoístas que los toman como un mobiliario fácil y barato del que echar mano cuándo y cómo les apetezca, porque ¿para qué están los abuelos sino para arrimar el hombro? ¿qué otra cosa saben o pueden hacer?

Como, entre otras muchas variedades, hay abuelos que no se considera abuelos, sino personas que, sin dejar de sumar años, siguen sintiéndose iguales al resto, ni mejores ni peores, con sus obligaciones, gustos, caprichos, necesidades etc. Que respetan igual que les gusta ser respetados, por lo que piden, generalmente en silencio, no ser despreciados, relegados o directamente ignorados, sin voz ni voto; tal que muebles abandonados que ya cumplieron su función, sin derecho al tiempo y su vivencia en común.

Y desgraciadamente hay abuelos a los que la soledad les impide serlos, sometidos a un doloroso silencio rayano en la inexistencia -todo anhelos- que deja pocas ganas para respirar.

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Sanidad

El reciente asesinato del director de una de las mayores aseguradoras sanitarias norteamericanas conlleva aspectos y puntos de vista que van más allá del mero acto criminal. Incluyendo la detención del presunto asesino pocos días después, al parecer un hombre joven de familia acomodada y sin problemas económicos o mentales, todo lo contrario.

Inmediatamente después de cometido el crimen una parte de las redes sociales norteamericana se volcó a favor del asesino por “cuestiones de justicia”, tomando el suceso como advertencia contra las aseguradoras y sus implacables y selectivas condiciones y cuotas para con sus clientes, con unos mínimos que no dan para básicos -por ejemplo, un análisis de sangre puede costar 100 dólares y la vacuna anual de recuerdo de la COVID 200-, y la deprimente perspectiva de que cualquier otra prueba o complicación han de sufragarse directamente del bolsillo de los clientes.

También leí sentenciosas conclusiones, o advertencias, en este caso en la prensa española, por parte de responsables y concienciados articulistas al respecto de individuos sin problemas económicos y sus sueños de hacer de Robin Hood enfrentándose a las poderosas aseguradoras con las armas, gente que no tendría que quejarse porque aparentemente ellos sí disponen de condiciones sanitarias decentes, imagino que porque pueden desembolsar sin problemas sus correspondientes pagos. Luego eso de hacer de justiciero por los demás e ir cargándose a cabecillas y dirigentes cuando a ti no te afecta directamente el abuso no deja de ser mero postureo de niño bien, además de un acto criminal.

Admitiendo las premisas morales de aquellos y su pronta concienciación respecto de lo mal que está acabar con la vida de otra persona, se me ocurre una pregunta, ¿qué tipo de moral hay que aplicar a esos tipos que “solo trabajan con la salud de los demás”? Quizás sea como dicen los malos en el cine, “no es nada personal, solo se trata de negocios”. ¿Qué deben hacer las personas sin medios o con apenas recursos en una sociedad que directamente las expulsa porque no entran dentro de los umbrales que impone la codicia de los negocios? Tal vez considerarse directamente como lo que son, unos parias desarraigados, ni siquiera desposeídos, e intentar malvivir como mejor puedan; algo que tampoco da para marginados, más bien inexistentes, carne de relleno formando una gigantesca masa de sirvientes anónimos a la espera que desde el poder los requieran para llevar a cabo las tareas más duras o humillantes que todavía no pueden hacer las máquinas.

Si la ley -que no justicia- que imponen el gobierno y las aseguradoras -sostenedoras y/o corruptoras de aquel- no contempla a todos los ciudadanos y sus distintas necesidades, hay una gran mayoría que directamente no existe, luego ¿por qué han de permanecer voluntariamente excluidos? Si a los ciudadanos no se les permite un mínimo de dignidad, ni disponen de medios para acceder o, llegado el caso, litigar, puesto que la judicialización de la política es el único modo de exigir responsabilidades a quienes los usan, ningunean y desprecian como ciudadanos, ¿qué les queda? Si la propia sociedad no les ofrece medios para mejorar en sus vidas ¿han de permanecer callados y humillados, trayendo a este mundo a nuevas generaciones de excluidos de por vida? ¿Quién les va a impedir tomarse la justicia por su mano? ¿Con qué derecho? ¿Qué tienen que perder?

Qué moral ha de prevalecer entonces, ¿la de los dirigentes de una sociedad casi feudal que ignora y desprecia a quienes no disponen de medios económicos ni forma honesta de conseguirlos? ¿Pueden demostrar aquellos que su riqueza se obtuvo honradamente?

También por aquí comienzan a medrar las aseguradoras, con sus sonrisas lacadas, sus ofertas de temporada y sus cutres descuentos para sanos; y el silencio más absoluto sobre qué sucede cuando las cosas se complican y se necesita atención especializada a largo plazo. Sería de esperar que ese oxímoron que representa la tan cacareada “sabiduría popular” fuera real y no permitiéramos que desapareciera una sanidad que jamás podrán ofrecernos los negocios sanitarios.

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Reunirse

Probablemente todos sabemos, o directamente nos afecta, de familias no tan bien avenidas, o sea, que en todos sitios cuecen habas, que aquello de los sagrados vínculos de la sangre no siempre es bien venido, sobre todo cuando toca soportar, e incluso sufrir, familiares que, bien pensado, mejor estarían lejos, o directamente ajenos de nuestro entorno. También puede suceder que uno mismo sea el problema, cuestión esta que no siempre es fácil de advertir y asumir, en gran parte debido a la enorme dificultad que significa que el mayor interesado no puede verse a sí mismo en plena faena, es decir, haciéndole la vida un poco más difícil a los demás o, como gusta decir, a los suyos.

Sin embargo, como vienen fechas en las que se reproducen costumbres, convertidas en leyes, que obligan a unos y a otros a pasar por el aro de las reuniones familiares, no todos son, o somos, capaces de poner al mal tiempo buena cara. Toca pensar en quiénes y dónde, así como los días y en qué circunstancias, incluida la consiguiente, y conveniente, cura de salud, tanto a la hora de tener dispuesta para esos momentos nuestra mejor cara o, en el desafortunado caso alternativo, el de ser precisamente nosotros la mosca cojonera, realizar una cura de humildad por ver si, al fin, damos con la causa, el aspecto o el enemigo directo que nos suele sacar de quicio a las primeras de cambio, o con el que se nos hace insoportable pasar un solo minuto. Luego ya se verá.

Porque no todos disponemos de ese básico y útil saber estar que facilita toda convivencia, capacidad del todo admirable por la habilidad de sus poseedores para congeniar con unos y otros sin mostrar, ni que se note, gestos o posiciones claramente inconvenientes, e incluso contrarias, a la reunión que se celebra. Esa gente que llega con una sonrisa, saluda a todo el mundo, a cada cual según sus hábitos, charla de cualquier cosa sin temor, se sienta a la mesa con quien le asignan a su lado, e incluso es capaz de pasar una buena comida en su compañía, brinda sin rincones, juega, se divierte y cuando toca se despide, es decir, no hace humo a las primeras de cambio, sino que aguanta mientras aquello funciona y solo cuando el ambiente ha decaído, o directamente ya huele, se despide con idéntica amabilidad y educación hasta la próxima.

Creo que el problema, si puede decirse tal en este caso, es que se trata de nuestro problema, siempre el mismo, una diplomática cuestión de respeto y transigencia a la hora de la convivencia y saber estar, independientemente de dónde y con quién. También es cierto que hay personas inaguantables, en muchos casos sin que sobre ni una sola letra, pedantes, bordes, tan arrogantes como groseros, hipócritas y cínicos, presumidos, envidiosos, gafes, sarcásticos por desconocimiento, aburridos, egoístas, tímidos, asociales, enamorados en secreto, celosos, plastas, chistosos -que no graciosos-, cabreados, rencorosos, permanentemente resentidos, o enfadados, ignorantes o completamente imbéciles, y que cada cual elija la suya, él mismo incluido. Particularmente me hacen gracia aquellos que acuden o están por estricto compromiso y odian integrarse -por encima del resto-, almas desvalidas que se mueven al azar, como la mosca que no ha sido invitada, o permanecen inmóviles en un lugar, casi mudos, hasta que juzgan que el peaje ha sido suficiente y comienza su ansiedad por ausentarse, mejor desapercibidos, como hasta entonces, o forzados por la excusa más estúpida que se les ocurre, sin que en ningún momento hayan caído en la cuenta de que para eso mejor no acudir, porque nadie les va a echar de menos, e incluso a alguno le habrían facilitado la estancia.

Aunque son peores quienes, cargados de prejuicios, recelos, envidias y problemas personales nunca resueltos -probablemente se excusarían asegurando que a ellos no les sucede nada, son así- acuden de mala gana y en segundos no dejan títere con cabeza, analizando y anotando cada actitud o comportamiento con un inquina que va más allá del odio directo, listos para, a las primeras de cambio y cuando el ambiente pinta favorable, descargar toda la bilis posible contra quienes, siempre según su particular opinión, condicionan, dirigen, desprestigian o simplemente molestan con su sola presencia. O los que, rectos e implacables, censuran opiniones y gestos -sobre todo los “obscenamente cariñosos” en público- atenazados por una pobre autoestima y temerosa represión que les convierte en tristes pero violentas presencias.

Es lo que viene y lo que hay, como todos los años, que cada cual escoja su personaje y después, mejor antes, por lo que tiene a la hora de facilitar la convivencia, haga un valiente examen de conciencia y se juzgue con la mayor objetividad posible.

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Olvido

Pasado un mes de las devastadoras inundaciones en la costa mediterránea las víctimas suspiran por no caer en el olvido, siguen ahí, con la mayoría de sus problemas sin resolver, y lo que es peor, con desalentadoras perspectivas, además de tener que competir con la fiesta consumista que se nos viene encima. Muchos de ellos obligados a pensar en sobrevivir en lugar de consumir, realidad palmaria ante la que poco puede hacerse cuando, tras las primeras reacciones, el inapelable transcurso del tiempo comienza a nivelar peligrosamente lo acontecido, incluidas las excepciones, nuevamente vistas y tomadas como lo que son, excepcionalidades para las que no siempre se está preparado, ni material ni profesionalmente, por lo común optimistas o tenazmente indiferentes ante el porvenir. Porque, aunque sabemos que nunca llueve a gusto de todos, no siempre, o nunca, te cae un chaparrón que te deja tan desnudo como viniste al mundo. A eso también se le llama mala suerte, pensarán algunos, manifestación que corta de raíz cualquier otro comentario y elimina de un solo golpe la sola búsqueda de circunstancias o razones que pudieran ser utilizadas como atenuantes. Es lo que hay.

Y llevan razón las víctimas, porque temen lo peor, y lo peor es el olvido, esa tremenda receta que el tiempo, que lo cura todo, como suele decirse, pone en práctica cuando su solo transcurrir nos dice que ya estamos llegando tarde.

El escritor colombiano Héctor Abad escribió una especie de crónica íntima de la figura de su propio padre a partir de su cruel asesinato y la tituló El olvido que seremos, título que casi  te deja mudo a poco que uno se detenga en la desoladora realidad que muestran esas cuatro palabras, una evidencia palpable ante la que poco, o directamente nada, podemos hacer. El mismo olvido que poco a poco viene tragándose al ya no tan reciente conflicto judeo-palestino. Y qué decir de la guerra en Ucrania, más páginas que ya pasamos con algo de fastidio porque no dejan de repetirse dejando al aire nuestra impotencia; un nada que hacer que pone sobre la mesa una clamorosa irrelevancia individual que nos convierte en insignificantes espectadores, también de nuestras propias vidas.

Adiestrados en la práctica de la inapelable sentencia de que el tiempo lo cura todo, frase lapidaria que probablemente habremos asumido resignados en más de una ocasión, sobre todo porque ya no se podía hacer otra cosa ante la imperativa realidad de los hechos, también es cierto que sin ese olvido que impone el tiempo sería imposible vivir con un mínimo de cordura, ¿luego? Son esos primeros momentos los realmente importantes, donde más ha de notarse la presencia y el apoyo, el esfuerzo y la ayuda de quienes, más afortunados, son capaces de ponerse en nuestro lugar y actuar en consecuencia tras lo inevitable, ¿y después? Volverán a repetirse las obligadas preguntas de si se podría haber hecho mejor, disponiendo de medios y la prevención adecuados, también de personas capaces de actuar con celeridad y eficacia ante el inevitable transcurso del tiempo, cuando siempre es tarde porque lo que no debía suceder sucedió. Todo ello en competencia con un olvido que poco a poco irá limando las aristas del dolor y convirtiendo en resignación la voluntad de unas víctimas que, desgraciadamente, corren el peligro de eternizarse mientras alrededor los días soleados van cayendo uno detrás de otro.

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Venganza

No recuerdo cuantas veces he visto, sobre todo en el cine y probablemente en más ocasiones de las que creo, que en el momento de la venganza -¡al fin!- uno de los personajes, cercano al dispuesto a resarcirse por el agravio o daño recibido, afirma o pregunta si la misma venganza devolverá a la vida a la víctima o víctimas, si es que las hay, o eliminará el daño ya causado, a lo que el interesado generalmente no responde, se encoje de hombros, no sabe o solo duda mientras intenta llevar su dolor o frustración lo mejor que puede. Venganza que a la postre se cumple y con ella uno de los objetivos, si no el principal, de la historia que nos estaban contando, incluida esa pequeña satisfacción que el espectador -o también lector- sienten por su cumplimiento. Satisfacción al mismo tiempo cómplice y culpable porque, siendo generalmente uno de los motivos de la historia -o el principal-, suele dejar un regusto amargo que jamás compensa por completo el sufrimiento padecido, y que probablemente se seguirá padeciendo, como las pérdidas habidas. Otra cosa es que la venganza, como tema, sea suficiente para atraer y entretener a todos aquellos que se acercan a la historia, ya que generalmente suele ser la excusa de una gran mayoría de aquellas y uno de los motivos que justifica el interés del público.

Hablo de esas pequeñas e íntimas satisfacciones que procuran las miles de historias, cuentos, leyendas etc., da igual el formato o el medio mediante el que accedamos a ellas, que nos entretienen, interesan y en algún modo nos forman. También esas venganzas subsidiarias, hasta intrascendentes, que, repito, como lectores o espectadores disfrutamos cuando, por ejemplo, el protagonista da su merecido a quien se burla, avasalla, humilla o directamente agrede a otro sin razón, por chulería o simple demostración de poder.

La venganza es también una satisfacción que conlleva una especie de poso amargo, o culpa, que probablemente no todos -lectores o espectadores- han de sentir por igual, como imagino que habrá quienes realmente disfruten con ella e incluso la consideren el único motivo que justifica el estar vivos; entiendo esa culpa como sentimiento a costa de un influyente y siempre presente ascendente cristiano con el que no siempre ha cargado nuestra propia historia. Desde el primer ojo por ojo y diente por diente bíblico, o en el mismísimo Código de Hammurabi, los actos de venganza de cualquier tipo han sido vistos como indispensables, e incluso necesarios, para regular y en algún modo compensar de forma merecida, o justa, la convivencia humana y los inevitables roces que procura. Otra cosa es ese poso final de amargura o tristeza que impide que la supuesta satisfacción del vengado, o vengados, sea completa; porque después ¿qué? ¿realmente el vengado es más feliz o se siente mejor cuando en su regreso a la vida vuelve a encontrare con el dolor o la pérdida que justificó la venganza?

El Dios del Antiguo Testamento es intolerante, vengativo y cruel ¿entonces? Todos los que se dicen cristianos también han de serlo o, dándose un minuto de reflexión, también deben recordar esa segunda opción de los Evangelios que habla de poner la otra mejilla. ¿Por qué la venganza, sobre todo las más corrientes, nimias y estúpidas, nos procuran esa íntima y a veces culpable sensación de satisfacción cuando las sabemos, entendemos o incluso ponemos en práctica?

Es probable que muchas personas piensen que la venganza no tiene nada de injusta o culpable, ni siquiera excesiva, sino que se trata del “justo castigo” a pagar por parte de quien ha cometido de forma consciente un acto reprobable o ha causado pérdidas en mucho casos irrecuperables. Quizás estoy hablando de una cuestión tan instintivamente humana que tomarla de forma independiente al margen de su propietario no tiene mucho sentido, puesto que se trata de una manifestación cultural que la propia y obligada convivencia ha hecho indispensable en el funcionamiento de los grupos, organizaciones y sociedades humanas. Luego somos por defecto vengativos, hasta en las cuestiones más ínfimas e intrascendentes. O la razón, esa otra parte de nuestra constitución, ha de tener mayor peso e importancia a la hora de regir nuestras vidas. El presente de la especie no transcurre, ni mucho menos, por este último camino, y hemos llegado a un punto en el que todo con lo que no estamos de acuerdo nos parece una ofensa que vengar.

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Consumo bonito

Tras leer el enésimo comentario sobre la presunta vuelta de lo analógico, ejemplificado en el aumento de ventas de vinilos o carretes para cámaras fotográficas y lo conveniente y revitalizador que es, o sería, tal cambio para enfrentarse, o defendernos, al mundo digital que nos consume, me queda una duda que más parece sospecha, o directamente una sospecha que no da para duda porque resulta evidente que cuando se esgrimen ese tipo de argumentos es que faltan las ideas, y detrás no hay mucho más que el consiguiente reclamo, convertido en renovada excusa, con el que reclutar consumidores -dígase adeptos-; todo ello en lugar de, valga el símil taurino, coger al toro por los cuernos, es decir, por qué no somos capaces de hacernos con las riendas de nuestros propios gustos y aficiones y, ya puestos, de nuestras propias vidas, y seguimos necesitando consumir “otros objetos” -lo que significa reabrir otro mercado- con la excusa de una autenticidad que no conduce a ningún sitio, solo a otro consumo, eso sí, más caro y elitista.

¿Es esa la cuestión? Diferenciarnos del resto y con ello adquirir estatus, exactamente ¿de qué? ¿Qué pretende devolvernos ese nuevo y artesanal consumo que no podamos hacer hoy con los medios que disponemos?

¿Qué tiene que ver una playlist (lista de reproducción) con un vinilo si por parte del receptor último, y consumidor, no existe una noción clara de qué le gusta y por qué, cómo y cuántas veces quiere escucharlo, y disfrutarlo, y, llegado el caso, guardarlo con enorme cariño si ha logrado hacer un hueco en su corazón?

¿Dónde está la diferencia entre las fotografías con carrete y las digitales si quien ha de hacerlas conoce el tema y sabe qué es lo que quiere cuando las toma y dónde buscar, y sobre todo qué ver? ¿El problema es del formato o del fotógrafo?

Es cierto que si te gastas la pasta en un disco no vas a darlo por perdido a las primeras de cambio, sino que te esforzarás por alcanzar -dígase escuchar y disfrutar- aquello que no supiste advertir en las primeras escuchas antes de bajar los brazos y arrojarlo al cubo de la basura. Lo que también sucede con una edición digital, luego el problema tal vez no sea el disco, porque si es malo y te equivocaste no hay vuelta atrás -eso sí, dinerito que pierdes-, el problema es quién pretende escucharlo y por qué, qué le impide hacerlo las veces que quiera y dónde quiera. Admito la cuestión del espacio porque no todos lo tienen para acumular, además de, cuando toque, presumir de ello.

O que hartos de fotografiar con suma facilidad hasta lo más infotografiable, y del mismo modo arrojarlo a la papelera, algún falso e interesado nostálgico pretende ahora reivindicar una fotografía para la que, afortunada o desgraciadamente, no todos estamos predispuestos, quizás porque carecemos de talento o de un mínimo sentido artístico -que como para todo también hay que entender y aprender, es decir, esforzarse. Los carretes no van a hacernos mejores fotógrafos, como tampoco nos hará melómanos entendidos el disco de vinilo, ¿entonces?

¿Por qué los que auguraban el fin de los libros en papel ante el auge de las ediciones digitales han desaparecido del mapa? La batalla, si es que alguno vez existió, o nos la impusieron, la siguen ganando los libros en papel. Afortunadamente. Será que los lectores saben mejor lo que quieren que los aficionados a la música o a la fotografía. Será que nos hemos dejado enganchar por un “hilo musical” cada vez más cutre, repetitivo y anodino creado con el único objeto de que el potencial consumidor, que no aficionado a la música o a la fotografía, no se sienta solo y se pregunte qué puñetas está haciendo. Mejor que siga consumiendo.

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Algo más que incompetencia

Se supone que cuando votamos en unas elecciones, de cualquier tipo, intentamos elegir a individuos capacitados para dirigir una sociedad tan compleja como la nuestra, con cada vez más divisiones y diferenciación de ámbitos, secciones y personas a las que acoge. Una ardua tarea que deberíamos dejar en manos de gente competente capaz de rodearse de los mejores en cada uno de sus sectores, empezando por el conocimiento, experiencia y dedicación del primero de sus representantes y siguiendo con su solvente capacidad para elegir entre el funcionariado disponible y, en caso de ser necesario, asesorándose entre los más cualificados en su terreno. Todo ello con el objeto de, como desgraciadamente se requiere en la zona mediterránea, disponer del personal y los medios indispensables para actuar con prontitud y eficiencia ante situaciones como la presente.

Pero me temo que, también en esta ocasión, el fracaso ha sido y está siendo más que estrepitoso, o alarmante. No hay más que ver la cara de sonado incompetente, superado por todos lados e incapaz de reaccionar, del máximo representante autonómico. Y, por si fuera poco, teniendo que bregar con unas víctimas que, incapaces de reaccionar más allá del reconocimiento y asunción de unas pérdidas propias que se sufren y sienten casi insalvables, o en muchos casos definitivas, no ve ni dispone de ayuda, medios o cualquier despliegue logístico o de personal que sentir como próximo y competente, todo lo contrario.

Si ya es una desgracia sufrir tal percance en unas vidas que hasta entonces se intentaban llevar con normalidad, dentro de lo que normalidad significa según quién y qué, solo faltaba que quienes fueron elegidos por estos mismos para dirigir -y que cada cual asuma sus razones para hacerlo como lo hizo y si ahora le parecen pertinentes- no sepan ni se molesten en actuar con acierto y prontitud; ya no digo informar y dar una imagen de seguridad, confianza y saber hacer, sino pringándose desde el primer momento ofreciendo un sólido apoyo, tanto material como, y no menos importante, anímico.

Los hechos son los que son y de nada vale lamentarse o perder el tiempo con aquello de por qué a mí. Ya habrá tiempo de dilucidar si fue el azar, el abandono, las malas decisiones, las imprevisiones o la puta mala suerte. Tampoco tiene mucho sentido, aunque se pretenda comprensible y/o justificado -porque la violencia tiene poca o ninguna justificación-, cargar contra quienes, en su papel, deben hacer acto de presencia allí donde se les requiere, aunque solo sea para apoyar moralmente, algo que de no haber sucedido también habría sido denunciado. ¿Entonces?

Primero reconocernos en nuestra endémica debilidad no creyéndonos por encima de o al margen, tampoco habituarnos a mirar hacia otro lado cuando no somos los protagonistas o, lo que es peor, las víctimas. Saber que esta sociedad se vive y hace entre todos, y a la hora de elegir a quienes en su momento han de tener la última palabra decidirnos por los más capaces, dejar a un lado ese presente acaparador, mezquino y cortoplacista y a aquellos que, sin aportar nada de nada, gritan y denuncian con la sola intención de crear confusión y destruir lo poco que tenemos y en algunos casos funciona, pregonando mierda y falsedades con la sola intención de regresar a su único beneficio, dejando a los demás en el más completo abandono. Dicen que es la sociedad la que nos hace, que solo nos queda asumir lo que hemos hecho y tenemos delante, pero no dicen que, aún hoy, afortunadamente, seguimos siendo nosotros los que la formamos, y no únicamente como las sempiternas víctimas.

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Violencia

El pecado original católico no deja de ser un eufemismo que evita nombrar el concepto al que sustituye y de algún modo pretende justificar, el mal; una forma de conceder carta de presentación a una “natural” inclinación al mal y la violencia que, sin embargo, define de manera explícita a la especie humana. El pecado original y su correspondiente contramedida, el bautismo, intentan una especie de tabula rasa a partir de la cual el fiel ha de hacerse con el mando de su propia vida, sobre todo en lo referente al tan atractivo mal; una “segunda oportunidad” que predica un sujeto nuevo capaz  de enfrentarse a un mal que está y es más de lo que queremos creer.

Viene a cuento esta especie de introducción con motivo de actos, situaciones y comportamientos públicos que, en la mayoría de los casos y sin que nos preocupe especialmente -se trata de algo natural, como suele decirse-, aceptamos, asumimos y realizamos sin darle más importancia. Aquello del somos como somos. Y si nos fijamos en muchas de las actividades que nos gustan, practicamos o a las que somos aficionados, o en las que de un modo u otro nos vemos inmersos, da igual si de forma obligada o voluntariamente, no es difícil advertir comportamientos de una violencia implícita sobre la que no tenemos respuestas, no damos importancia o nos esforzamos por justificar en ocasiones de la forma más absurda.

La pose y la actitud chulesca del matador en la plaza conforma una escena plenamente asumida por la sociedad como natural y casi obligatoria. A pesar, o precisamente por eso, de que la básica y cruel realidad que los hechos muestran por sí mismos -el espectáculo- hacen difícil, ni siquiera controvertida, una justificación de esa altanera exhibición de orgullo y soberbia por parte de una especie inteligente ante un animal sin escapatoria, acorralado y listo para ser cruelmente acuchillado y muerto. Un animal previamente criado y adiestrado para ello, por puro goce colectivo, que da pábulo a una violenta estética de la muerte que hoy en día cada vez tiene menos sentido. Un ceremonial en el que arte y violencia subsisten de la mano, hasta el punto de que uno no es sin la otra.

Más. Tras el enésimo episodio racista en el fútbol nacional sigue funcionando, si te pilló allí cuando se produjo, la opción de callarse y que denuncien otros, los medios de comunicación, que para eso están. Mientras ocurría las justificaciones y argumentos, siempre falsos e interesados, ganaban la baza en la cabeza de los presentes a la violenta realidad de los hechos. Luego podrá decirse que se trata del fragor emocional de ciertas situaciones -no hay nada como vivirlo en propia piel-, de la tensión que el espectador va acumulando durante el espectáculo -que directamente cambia a la persona- o que las cosas no iban bien en aquellos momentos para los nuestros, lo que en definitiva valida una frustración, personal y colectiva, que acaba derivando en insultos y agresiones que luego, cuando el nervio afloje, habrá que asumir agachando las orejas -o no, si la propia chulería acaba imponiéndose con aquello de uno es así y punto, el calentón del momento ¿o no te pasa también a ti?-; porque lo de ”rebajarse” para pedir disculpas ni se contempla. Hasta la siguiente vez en la que reincidir para luego echar mano de las mismas y vacías justificaciones; y así sucesivamente.

No podía faltar la política, en este caso la estrambótica situación, así como su narcisista y docta justificación por parte del implicado, de un tipo que gustaba hacer lo que sexualmente le apetecía sin pedirlo -comportamiento que parece ser era conocido y nadie denunciaba, tal y como se toleran los insultos racistas del energúmeno de la butaca de al lado, pero muchísimo más grave.  Nimiedades, lo del pedir o preguntar, cuando a uno le tensan unos apremios libidinosos sobre los que no tiene ningún dominio, dicen. En este caso la justificación pertinente es que a uno lo han hecho así, luego la despreciable realidad de mis hechos no es del todo mía, no soy culpable. Entonces, ¿cómo hay que tomar, y en consecuencia actuar, ante hechos y situaciones que nos muestran tal como somos, qué hacer con la sangrante violencia de la muerte del toro, con el insulto racista a quien no es como tú o una agresión sexual?

Toleramos y asumimos situaciones y comportamientos violentos sin querer darnos cuenta de su dura realidad, ni intentarlo; mejor perdernos entre significaciones a cual más abstrusa o inverosímil; somos así, nos gusta sermonear hipócritamente. Y nos olvidamos de que, afortunadamente, ese nosotros ha ido cambiando, a mejor, con el paso de los siglos, luego ya va siendo hora de dejar de aceptar, permitir y callarse ante una violencia consustancial a la especie. Mejor esforzarnos por relegarla a un segundo y civilizado plano, lo de hacerla desaparecer se me antoja imposible.

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