El azar y la esperanza

De los casi ocho mil cien millones de almas que pululan por la corteza de este planeta con mejor o peor suerte -general y mayoritariamente peor-, y si quitamos del total un, más o menos, veinticinco por ciento de niñas y niños, queda un porcentaje de adultos de los cuales “solo un 1,5%” poseen más de un millón de dólares (los datos son actuales y fácilmente comprobables). Siendo un dieciséis y pico por ciento los terrícolas que poseen entre cien mil y un millón de dólares.

Luego viene un porcentaje de infelices, que tampoco es para tirar cohetes, que se apañan con entre diez mil y cien mil dólares, eso sí, a costa de dedicar su vida a una actividad denominada trabajo que jamás ha sido, es ni será lo que pretenden contarnos con la inevitable realidad de su existencia. El resto subsiste, que ya no es poco. Es decir, que la gran mayoría de la población mundial viene a este mundo condenada a sufrir a manos de unos pocos que han impuesto unas condiciones de vida en las que el trabajo es indispensable si uno pretende seguir respirando un buen número de años. Y no digo trabajo como una actividad gustosa y/o voluntaria en la que el sujeto en cuestión decide utilizar su tiempo curioseando, averiguando, creando, investigando, ayudando, colaborando y, en definitiva, intentando mejorar su propia vida, y ya de paso las de sus semejantes.

Porque desgraciadamente el trabajo, tal y como está establecido y conocemos, no deja de ser la manifestación de una violencia estructural impuesta, por vía sagrada o directamente porque sí, por una minoría -es fácil imaginar cual- con la intención de perpetuar una situación de dominio prácticamente invariable. Lo de la mejora e hipotética ascensión social gracias al esfuerzo del trabajo no deja de ser un cuento chino, muy parecido a la lotería, apoyado en los sueños inocentes de una gran mayoría que gusta ilusionarse con un “y si” profético que tiene a millones dejándose la piel e invirtiendo lo poco de que disponen en esperanza. Es cierto que de vez en cuando, tal y como sucede con la lotería, aparece algún afortunado que alcanza, por fin, ese objetivo -éxito, dicen- implantado en el cerebro durante los primeros años de vida, siendo prontamente pregonado a los cuatro vientos como ejemplo -cual zanahoria- para que el resto no desfallezca y abandone, también para que renueven sus benditas esperanzas. Porque ¿cómo podríamos vivir sin esperanza? Y que ese mismo trabajo acabe convirtiéndose en el único motivo por el que vivir, hasta tal punto que llegada la edad de dejar de trabajar el sujeto se siente tan abandonado y descolocado como perdido, deja a la famosa alienación marxiana en un juego de niños. Como también es probable que muchos consideren estas letras una completa gilipollez, ya que ¿qué vas a hacer si no trabajas? Igual solo tienes que abrir tu mente.

Y ya puestos a imaginar, cómo responderían los futuros neonatos si les preguntáramos a la hora de aventurarse a venir a este mundo, justo antes del feliz momento y con los datos estadísticos en la mano, aclarándoles también que el lugar y las circunstancias de su nacimiento son pasto del azar. ¿Cuál sería su respuesta? ¿Afirmativa o negativa? Qué porcentaje, con los números en la mano y la casualidad campando a sus anchas, se arriesgaría a nacer. ¿Queda todavía poesía en el hecho de acceder a este valle de lágrimas?

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La danza

Es sabido que todo aquel que aspire a escribir ha de leer, cuanto más mejor. Porque, independientemente de cursos y talento -que siempre se supone, hasta en los peores casos- la lectura te da esa experiencia que solo ofrecen las clases magistrales.

En la danza también sucede algo similar, además del obligatorio aprendizaje y la dedicación que conlleva, la asistencia y disfrute de espectáculos de danza ofrecen al aspirante información de primera mano sobre su afición y aspiraciones. Los espectáculos a los que acuda son las clases magistrales que le aportarán todo lo que la rutina diaria no hace; luego son igual de necesarios que la constancia del día a día.

Ignoro cuántas niñas y niños asisten en este pueblo a escuelas de danza, como también desconozco si lo hacen porque les gusta a ellos, por los vestidos, por tener padres con ínfulas -también los habrá qué realmente les guste la danza, supongo-, porque van las amigas o porque hay que quitarse de en medio a los chavales durante las largas tardes de invierno. Por eso no deja de ser extraño que en un espectáculo de danza para todos los públicos celebrado en el tan rimbombante como vacío Auditorio Municipal, el pasado jueves, 10 de abril, solo aparecieran ocupadas veinte miserables butacas. ¿Dónde estaban las alumnas y alumnos de las escuelas de danza del pueblo? ¿Por qué no acudieron a ver cómo uno de ellos se movía y disfrutaba en el escenario? ¿Ya lo saben todo? ¿Se preocupan quienes les enseñan, junto con las mamás y papás, de que acudan y aprendan viendo espectáculos en directo? Demasiadas preguntas que quizás no tengan respuesta, o sí, pero tal vez nada tienen que ver con la danza.

Va a resultar que las escuelas de danza son solo una manera de llenar las tardes sin colegio ni deberes; lugares de recogimiento de la chavalería para que los padres respiren tranquilos. Y no se trata de salones recreativos. Con el añadido de que al final de curso suelen llevar a cabo ostentosos festejos en los que el rimbombante, como entonces repleto, Auditorio Municipal se llena de mamás, papás, abuelas y abuelos babeando orgullosos por lo guapos y bien que lo hacen sus vástagos. Tomando miles de fotografías y grabando infinidad de videos que guardarán hasta que la propia acumulación urja deshacerse de ellos porque ni están bien hechos ni los niños bailaban; porque jamás aprendieron, en parte porque tampoco les gustaba, solo se trataba de gastar el tiempo. Además, acumularán fotografías y grabaciones, tantas y tan repetidas que más pronto que tarde acabarán en la papelera de reciclaje -y menos mal que no ocupan espacio físico, porque probablemente entonces lo harían antes.

Es lo que tienen los pueblos, que no dejan de ser pueblos y sus habitantes gente de pueblo, con más o menos ínfulas, porque ven la televisión, y una supina ignorancia de lo que es el mundo más allá de los propios andurriales. Para eso ya están la tele y las redes sociales, para informarse de lo que ocurre fuera. Y la danza es una cosa que sale en la tele en la que se salta y baila y a la niña parece que le gusta, como a sus amigas.

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Eutanasia

Un adulto es alguien a quién todos respetamos, o deberíamos hacerlo, puesto que se trata de uno más entre nosotros que ha de vivir, y ganarse la vida, como pueda, le guste, prefiera o considere necesario; y también habría que añadir, por descontado y principios, respetando las vidas de los demás. Y, como adulto, también estaría capacitado para decir basta.

Que últimamente se hayan conocido algunos casos en los que adultos deciden dejar de vivir por problemas físicos o de salud que ellos mismos consideran insufribles e intolerables por más tiempo nos dejan al resto, en primera instancia, en silencio, por puro respeto, después tan intrigados como asombrados y/o abatidos al no ser capaces de ponernos en su lugar por mucho que lo intentemos, circunstancia que, y esto es lo peor, no alcanzamos a imaginar porque no lo sufrimos ni lo hemos sufrido, dejándonos en una duda terrible de la que salimos respirando aliviados y pesarosos, regresando presto a nuestro día a día pero todavía con la mosca detrás de la oreja.

Y que otros adultos, independientemente de su parentesco o relación más o menos directa con los primeros, decidan por su cuenta y riesgo inmiscuirse en la decisión de aquellos, tratando de impedirla, en función de sus propias convicciones, deseos o intereses suena más que raro, por no decir algo peor. Y que unos jueces, que no justicia, decidan apoyar y pronunciarse en favor de estos últimos en detrimento de los primeros directamente atufa.

No deja de ser irónico, además de una grosera y cínica falta de respeto, que alguien sea capaz de atribuirse derechos sobre la voluntad de otro en función de sus propias ideas, convicciones o directamente prejuicios; prefiero obviar cuestiones de parentesco porque no dejan de ser cuestiones de poder -o algo peor-, y no entrar a valorar la existencia de otro tipo de intereses que nada tendrían que ver con la vida y voluntad de las personas.

Ni pensar en grupos o asociaciones conservadoras y reaccionarias intentando imponer sus certezas, que solo les sirven para tapar sus propias carencias, por encima de la voluntad de los demás o, más concretamente, de desconocidos ajenos a su limitada, estrecha y egoísta concepción de la vida. Detrás de ello no hay ningún interés ni respeto hacia la vida y voluntad de quien, por causas que él mismo considera más que suficientes, ha de tomar la difícil y dolorosa decisión de dejar de vivir.

Este intrusismo político, social y judicial son más bien los ofensivos, desesperados y crueles coletazos de un pensamiento primitivo repleto de cegueras -puro egoísmo- y obcecaciones -certezas y verdades- que aún se considera a sí mismo por encima de los demás por la sola atribución de una violenta y mil veces injusta tradición de poder, un arrogante y humillante insulto hacia otros, en quienes únicamente ve objetos de desprecio y explotación, a quienes jamás ha valorado, respetado y tenido en cuenta como ejemplo de la prolífica variedad de maneras de vivir que la misma especie puede llegar a concebir y llevar adelante.

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No solo odio

Sobre este tema creo que se ha escrito de todo. Mandarines, y menos, de la prensa y la cultura han ponderado sobre y a partir sin que, que yo sepa, ninguno haya puesto el dedo en la llaga, las dos criaturas cruelmente asesinadas con la malvada intención de herir a una mujer allí donde más duele y más cuesta olvidar. Para siempre. Se ha hablado del autor, intenciones, creación, libertad, censura, derechos, democracia, qué es o no puede ser según la ley, etc. 

Y al hilo de todo ello se me ocurre una pregunta: si una mujer hubiera sido capaz siquiera de concebir un proyecto, por llamarlo de algún modo, semejante, dejar hablar libremente a un asesino confeso juzgado y apartado de la sociedad por la propia justicia. Porque no hablamos de un guion cinematográfico en el que un escritor con pocas ideas se dedica a concebir psicópatas y crímenes capaces de llenar salas en un absurdo pulso por retorcer y mostrar el mal de la forma más racional y vendible posible. Poner delante de un perturbado machista -por educación y convicción- juzgado y condenado un micrófono con la excusa de que se trata de una investigación sobre el odio no tiene nada de interés y sí mucho de retorcimiento torticero y algo misógino, y hasta malévolo; también puede ser que el propio autor anduviera corto de ideas.

Para un asunto tal el autor debería haberse preguntado si en algún momento ha entendido lo que significa la violencia de género -o como él mismo prefiera llamarla-, qué hay detrás y de qué modo el problema y su violencia implícita permanece arraigado en el subconsciente, tanto individual como colectivo, de esta sociedad. Molestándose en informarse o directamente leer todo lo que hay publicado sobre ello y, ya puestos, intentar ponerse en el lugar de una mujer para tratar de ver mejor, a sabiendas de que pensar y sentir como una mujer es imposible, pero al menos esforzarse en averiguar qué hay detrás y persiguen teorías, hipótesis, escritos, manifestaciones, discursos y quejas por parte de mujeres intentando explicar a los hombres hasta dónde llega la raíz de la violencia contra ellas.

Sin tal interés, conocimiento, preocupación o mera información el asunto solo queda en otro proyecto parido con mal fario, producto, otro más, de una solitaria arrogancia masculina, algo autista, que se ve y siente al margen del resto, por no decir otra variante más de un machismo que no ha de ser necesariamente violento para darse por simple defecto.

Porque exactamente se persigue ir más allá de qué, qué supuesto descubrimiento científico o psicológico de interés, qué especie de revelación definitiva, si no simple escasez de ideas o puro aburrimiento. O se trata de mero provecho económico. Ninguna persona en sus cabales desentierra al asesino para que vuelva a acuchillar a la víctima, esta vez a la vista de todos. Dónde quedan cuestiones morales como humanidad, prudencia o mero respeto, o solo prevalece el propio ombligo hurgando en las miserias humanas para obtener un relato que nadie demanda o interesa.

Quizás, en lugar de silencio, hubiera sido más conveniente saltar a la palestra para pedir disculpas, primero a la víctima que queda en pie y luego a la sociedad, y retirar el libro. Un error lo puede tener cualquiera, y siempre honra reconocer los propios errores.

Estas letras no pretenden llegar a ningún sitio porque, de partida, yo no soy quien, sino más bien denunciar un grave defecto de fondo a tener en cuenta antes de dar un paso semejante, puesto que la importancia y gravedad del asunto lo ponen por encima de circunstancias que de ningún modo deben considerarse normales y de las que, como especie, no debemos estar orgullosos, mucho menos magrear de mala manera en provecho propio con la excusa de una idea original. Que al final haya sido la editorial la que ha decidido retirar temporalmente el libro no acaba de arreglar las cosas. El desconocimiento del significado en profundidad de tales sucesos permanece intacto.

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Amabilidad

Si he de ser sincero no recuerdo la última vez que me tropecé con un trabajador de la hostelería haciendo gala del carácter local, más bien seco y algo desabrido, parco en palabras y con esa falta de profesionalidad que hace a los empresarios emplear a cualquiera porque es barato y el trabajo en apariencia sencillo, y digo cualquiera sin ningún menosprecio hacia el trabajador porque, como en todos los trabajos, nadie nace enseñado y a la hora de atender a una clientela no basta con trabajar rápido sin que se te caiga la bandeja, además de comerte horarios infumables porque sí, también sin cobrarlos. Luego, en cierto modo, estarían justificadas la sequedad y la cara de sota. 

Y no es de extrañar que, puesto que los nacionales prefieren no trabajar en la hostelería a hacerlo a las órdenes del tirano de turno, sea este el motivo principal del numeroso porcentaje de extranjeros que ocupan esos puestos. También habría que ver en qué condiciones y por qué, probablemente las mismas o incluso peores. Circunstancias, todas ellas importantes, que de ningún modo justifican el mal trato y la falta de amabilidad hacia quienes no dejan de ser el objeto de su trabajo, una clientela que no debería figurar por defecto como culpable, también y a pesar de las malas formas y el arbitrario desprecio que algunos, o muchos, no lo sé, muestran hacía quienes consideran más que trabajadores mera servidumbre.

Tal vez por eso cuando aquella tarde entramos en el local, lleno a falta de una mesa desocupada en un rincón, no dejó de llamarme la atención el amable saludo del camarero faenando tras la barra. Era una tarde noche desapacible que invitaba a recogerse, o al menos resguardarse del viento y la lluvia; los parroquianos parecían a sus cosas, aunque una gran parte de ellos prestaba atención, directa o indirectamente, al partido que emitía la televisión. El camarero, un subsahariano alto y delgado vestido con vaqueros y camiseta y cero pelos en su cabeza, nos siguió de soslayo después del saludo hasta la única mesa vacía que ocupamos satisfechos. Fue acomodarnos cuando ya lo teníamos junto a nosotros preguntándonos con la misma y discreta amabilidad, lo que hizo que agradeciera aún más la respetuosa atención hacia unos desconocidos con ganas de pasar un rato agradable y descansar. Al fin y al cabo se trataba de su trabajo, pero también es cierto que han sido bastantes las ocasiones en las que me he visto en la obligación de poner buena cara a un hombre, o mujer, más preocupados por hacer breve nuestra estancia, ya fuera advirtiéndonos respecto a qué lugares podíamos, o no, ocupar, lo que de ningún modo nos servirían y la obligación de consumir sin excedernos en el tiempo y la molestia de usar una mesa que al parecer tampoco merecíamos.

Pedimos y sin dejar de sonreír nos respondió que enseguida. La gente distribuía los minutos entre sus conversaciones y la pantalla de la televisión. También los había solitarios pendientes del correr de la pelota, algunos con algo más que su tiempo puesto en juego. Se estaba bien.

En unos pocos minutos teníamos al camarero dejando sobre la mesa nuestra consumición, largándose y regresando al instante con una bandeja con aperitivos de los que nos ofreció. Declinamos su ofrecimiento porque, tras la cena, no nos apetecía más. Volvió a sus labores con la misma sonrisa, sin perder ni un detalle de la parroquia mientras hacía y deshacía las tareas correspondientes, atento a cualquier solicitud, una falta o una pregunta. También tenía tiempo para beber de una taza disponible en su lado de la barra, o comentar con un colega sentado en un taburete al otro lado, disconforme y visiblemente alterado por lo que sucedía en la pantalla.

Durante el tiempo que permanecimos allí sentados el único encargado del local no dejó de hacer y atender a los requerimientos de los clientes, siempre con una atención y una sonrisa impecables, sin mostrar incomodidad o inconveniencia, todo lo contrario, lo que me hizo predisponerme aún más a su favor. Qué fácil, o difícil, parece ser comportarse con amabilidad en un trabajo cara al público y cuántos malos modos y comportamientos desabridos y desagradables hay que aguantar de un empleado o profesional, sobre todo cuando ni lo es ni le interesa, por circunstancias ajenas a quien en última instancia acaba pagando los platos rotos.

Desconozco por qué la amabilidad es una cualidad tan poco fomentada, y puede que apreciada. En más de una ocasión y cuando ha salido el tema he tenido que escuchar de gente cercana un para qué que me dejaba intrigado, siempre preferible un cada cual a lo suyo en el que cualquier deferencia hacia el otro parece un inconveniente, una cuestión de inferioridad o directamente una molestia. 

Probablemente la totalidad de los presentes contábamos, por defecto, con la amabilidad del africano, e ignoro si la recordaríamos comparando cuando nos tocara un áspero con cara de pocos amigos mirándote y tratándote como si fueras el origen de todos sus males.

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De pronto

De pronto no tenía ganas de nada, ni deseos, como si todo se hubiera parado y permaneciera quieto, en medio, sin saber qué hacer o dónde dirigirse. Sabía que estaba ahí, solo, y poco más, poseído por un no sé gigante sin desperdicio, incapaz de moverse o pensar otra cosa que ese no sé. Sin pasado, proyectos, recuerdos o una mínima ilusión. ¡Joder! Exclamo para sí. Pero no pudo escucharse porque tampoco estaba para ello.

Dejó el papel sobre la mesa y se acomodó lo mejor que pudo en el sillón, sin mirar a ningún sitio, sin mirar, tratando de adivinar un camino, no sabía si corto o largo, que en ese momento comenzaba a dibujarse en su imaginación, no sabía para qué. Regresó a la carta, que volvió a repasar y de nuevo dejar sobre la mesa. No sabría decirlo, mejor, no sabía qué y si tocaba algo que decir, o ya estaba todo dicho. Otra vez de pronto, como si en algún momento no lo hubiera imaginado y en el fondo temido, ahora se daba cuenta, luego aquello que de pronto le atenazaba tenía un nombre, eso sí lo sabía, y era miedo. Lo que antes nunca había existido porque el tiempo y él seguían su curso ahora se mostraba tal cual, mediante una simple notificación que en última instancia no era tal.

Pero en el papel culpable no ponía nada del otro mundo, lo sabía, tanto como que siempre lo había sabido, aunque, también siempre, había preferido no darle importancia, dejarlo para después, no era el momento, cuando tocara, es decir, ahora. Porque el papel solo ponía que el trabajo se acababa, había cumplido lo estipulado y ahora le llegaba el tiempo para el descanso, otra forma de decir que prescindían de él, que ya no era necesario, ni siquiera hasta la próxima, sino, y lo que es peor, hasta nunca. Un nunca que se antojaba definitivo y así lo era, nada de en el fondo, cristalino, el comienzo del final de su historia, si es que podía decirse que hubiera tenido o construido alguna historia que contar y que mereciera la pena, mejor un simple e inevitable acontecer por culpa de otros que en ningún momento pensaron en él, sino en sí mismos, en sus propios deseos, que jamás fueron los suyos.

De pronto no había nombre ni identidad, ni principios, proyectos, ideas o planes, cualesquiera, presente y pasado desaparecían de un plumazo y solo permanecía ese camino delante de sus narices, tan vacío como extraño, desocupado y amenazador. Pero era suyo, ineludiblemente suyo, que tendría que recorrer a su pesar, sin posibilidad de vuelta o marchar atrás.

También de pronto no le gustaba aquella habitación en la que se encontraba, ni la casa, un interminable cúmulo de problemas del que ya estaba más que harto. No es que antes no lo sintiera de ese modo, o tal vez no, incluso puede que le gustara porque de un modo u otro la hizo y llenó él, bueno, ellos. ¿Para qué? Que nunca antes lo hubiera pensado no quería decir que no hubiera estado ahí, esto de ahora. De vuelta. Siempre había quedado lejos, y no merecía la pena pensar en ello porque se refería a otro momento, otro mundo, otras cosas que nunca fueron las suyas, hasta ahora. ¿Para qué la casa? De regreso. No tenía respuesta, como tampoco le interesaba, ahora no.

De pronto también la odiaba, con toda su alma, sí, a ella, que seguiría tal cual, con su trabajo y sus amiguitas, saliendo y entrando como si no hubiera final, pero ahora él iba estar presente en todo momento, testigo mudo de una vida que, también de pronto, no tenía nada que ver con la suya. Fue el primer pensamiento, o estorbo, ocupación o inconveniente que pasaba a ocupar el camino frente a él, ese que hasta ahora no veía ni comprendía y que no le gustaba, nada de nada, y con esas perspectivas mucho menos.

De pronto, de nuevo, una luz se encendió en su cabeza como un hálito de esperanza. Y si rechazaba la jubilación, si no recordaba mal sabía de gente que la pospuso porque se sentían bien y no querían acabar arrinconados como unos inútiles, andorreando por calles desiertas como imbéciles sin rumbo. Sin gastos importantes ni necesidades de ningún tipo el hecho de poder seguir ganando dinero le hizo rehacerse y mirar de otro modo; incluso hubo un intento de esbozar una pícara sonrisa. Aún se sentía útil y en forma, él también, y con su sueldo, además de seguir engordando la cuenta bancaria, planearía algún proyecto de inversión; también conocía quienes podían aconsejarle. Ahora sí, se sentía y estaba vivo y podía pensar y planear qué hace con el dinero que probablemente conseguiría, aunque solo fuera seguir acumulándolo.

Miró el papel de reojo, sonriendo con desprecio y se felicitó porque había ganado, había conseguido rehacerse y el angosto y oscuro camino que hacía unos instantes se abría ante él había desaparecido de pronto. Bien, se dijo. Y se levantó entusiasmado para volverse a sentar en otro sitio, pero mejor.

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IA

Desde el momento en el que abro la página en blanco de un nuevo archivo la IA del programa se deja ver mostrando su símbolo y la consiguiente propuesta de escrito, sin tener ni idea de lo que pienso escribir y por qué. Pero está. Siempre está, tan alerta y atenta como amenazante, más bien molesta. Y a medida que voy escribiendo la celosa IA persiste incansable al acecho, casi por delante de mis dedos, anticipándose a posibles temas o actuaciones, derivas y resúmenes, alternativas o correcciones a partir de su propia base de datos, que ignoro por completo; otra cosa es que le permita trabajar, independientemente de lo que ella pueda coger y utilizar por su cuenta. Es indudable que no soy yo quien domina la relación, aunque lo parezca, insignificante en mi papel de víctima vigilada y controlada por cualquiera de los numerosos dispositivos electrónicos que me rodean, da igual si propios o de amigos o desconocidos. Porque por mucho que creamos o nos pertrechemos a la hora de intentar desaparecer o pasar desapercibidos siempre hay una cámara, pública o privada, o un dispositivo ajeno que toma nota de nuestro paso. Sin ninguna duda todo esto es tan asombroso y excepcional como incómodo, peligroso y denunciable.

En realidad la IA es insaciable, necesita de forma imperativa aprender, y cualquier petición por nuestra parte solo es alimento que devora de inmediato, cuanto más le pidamos mejor la adiestraremos; es por ello que cuanto más persista y nos instigue más posibilidades de que le suministremos la información y datos necesarios en forma de peticiones para su propio aprendizaje, predicciones y éxito en sus resultados. Se trata de acumular millones de datos de forma estajanovista -aunque me temo que, sino directamente inapropiado, el término estajanovismo suena demasiado elemental y arcaico hablando de IA- a partir de los que perfilarse, autocorregirse y abrumar al supuesto “usuario” con sus logros y porcentaje de aciertos.

Jamás se indispone, altera, molesta o enfada, simplemente y en primer lugar porque no es ninguna inteligencia, ni siquiera artificial, sino que tan solo se trata de un exhaustivo y abrumador aprendizaje automático estadístico funcionando a la velocidad de la luz. El trabajo por y para el que “me acosa” no tiene nada que ver reglas, gramáticas o semánticas -repito, no es nada inteligente-, sino con una brutal comparativa de cuantos más datos -textos- mejor, sin importar procedencias, temas o sesgos, se trata de analizar, por ejemplo, qué palabras van juntas, dónde y cómo aparecen o en qué orden se suceden o repiten, y cuanto mayor el número de ejemplos a analizar mejores porcentajes y resultados, por eso es brutalmente insaciable. Su simpleza es tal que, en el caso de imágenes, si solo dispone de imágenes de manzanas rojas cuando tenga delante una manzana verde no sabrá qué decir. Lo realmente importante es quién hay detrás de una IA y con qué propósitos.

El por qué de su actualidad y rápida implantación tampoco debería confundirnos, porque no se trata de algo inevitable o evidente por innovador, sino que obedece a planes y proyectos privados basados en una exhaustiva minería de datos a escala global en la que todos trabajamos voluntaria e inconscientemente con solo estar junto a un dispositivo electrónico de cualquier tipo. Aunque también imagino que habrá gente que crea que la IA ha llegado para hacernos la vida mejor, allá ellos si piensan que facilitarnos cuatro tareas básicas es signo de provecho, progreso o como quiera que se pretenda llamar. La existencia de la IA obedece a prioridades militares y policiales, o puro lucro, no hay más.

Tecleo un punto y aparte y ahí está de nuevo, solicitándome un simple clic, ofreciéndose atenta a mis deseos.

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No

Hace unas semanas uno de los más visibles personajes de la corriente mafioso-fascista que viene asolando este mundo, concretamente el extravagante presidente argentino -pregúntense qué vieron los electores sudamericanos en semejante adefesio-, se quitó de encima lo que en principio parecía un espinoso y comprometedor problema de imagen y prestigio -si es que esto último entra dentro de sus parámetros morales o de referencia pública- de la forma más clara y directa posible, sin dar lugar a equívocos, presunciones o sobreentendidos respecto de lo que hoy significa y es el obscuro entramado económico global. Fue acusado de instigar o promover entre sus seguidores -curiosa grey- una página de criptomonedas que en cierto modo respaldaba, apoyo que favoreció unas inversiones que rápidamente subieron el valor del producto (¿?) para, al poco tiempo, permitir que los “inventores” de semejante timo rentabilizaran su creación embolsándose cifras millonarias y haciendo que los valores descendieran, convirtiendo en pérdidas el poco o mucho dinero invertido por los ingenuos fieles que creyeron que aquello era un negocio seguro. El presidente se quitó de encima las sospechas afirmando que cuando uno acude a un casino, juega y pierde, no acusa al local de sus pérdidas, porque precisamente de eso va el negocio. Fin.

Pasado el tiempo ya nadie se acuerda de aquello, tan solo unos desgraciados y engañados perdedores que han de tragar con su más que manifiesta irrelevancia, los medios y las páginas de noticas ya andan en otras cosas, que es casi como afirmar que nunca hubo nada de lo que preocuparse, tampoco delito, ni siquiera presunto.

Tampoco alarma social o denuncia por parte quienes viven y en algunos casos presumen de vigilar y denunciar a los malos allá donde vayan. Quizás porque con su permanente salmodia denunciante ya nadie les lee o escucha, y si no tienes a nadie al otro lado de qué sirve esforzarse en acusar o dirigir el dedo hacia un lugar u otro; y lo que es peor, con ello corres el peligro de ser visto, incluso convertirte, en un molesto tocapelotas que no calla viviendo de no dejar vivir a los demás. La cosa es más sencilla, como dice la película, vive y deja vivir.

Volviendo donde antes, ahora, tan estrambótico personaje ha desempolvado una terminología del siglo pasado, de cuando el peor peronismo, para calificar a las personas con discapacidad, y al igual que en el caso de la bolsa y el casino sin pelos en la lengua. Nada de esas tonterías de minusvalías y discapacidades, uno es idiota, imbécil o débil mental, más o menos y como se decía durante el franquismo para referirse a esas personas: ese es falto. De nuevo, fin.

Está bien que estos fascismos sin referencias morales, políticas o, de algún modo, comunes -solo importa la familia- no se anden con medias tintas, en “yanquilandia” ya comienzan a tomar como categorías preferentes a la hora de trabajar a los blancos heterosexuales, al parecer hasta hace nada injusta e insensiblemente discriminados en función de otros colectivos malévolos y tendenciosos. Más fin.

¿Y el resto? Estamos tan preocupados por nosotros mismos, no porque voluntariamente lo hayamos decidido así, sino porque esta sociedad nos redirige y obliga a nuestra propia irrelevancia con la excusa de que se trata del único mundo posible, que no aceptamos salir de nuestro entorno seguro y manifestarnos en público si no es a cambio de una recompensa o un beneficio seguro, si puede ser contante y sonante mejor. ¡Ah! Hoy mismo leía que la gente prefiere invertir a tener el poco o mucho dinero del que dispone en una cuenta bancaria. Claro, quiero imaginar que sabrán en qué casino ponen los pies, aunque tal vez sea mejor no transitar estos páramos porque cuando hablas con los potenciales inversores -qué bien suena- resulta que ellos sí saben dónde ponen su dinero, porque conocen o han oído de buena tinta que… Ahora imaginen.

No hace falta ser agorero o ponerse en lo peor, ni es mejor dejar de ser sistemáticamente crítico para permanecer acríticamente básico, tampoco es obligado hacer de nuestra insignificancia, que lo es, la consigna principal de nuestra vida. Lo realmente peligroso es interiorizar una irrelevancia que nos haga perder la capacidad de sentirnos, y creernos, además de obligados consumidores, protagonistas de nuestro tiempo. Con o sin cantinela si existimos para engordar ricos y jalear a mafiosos y fascistas descerebrados también lo estamos para decir no.

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Domingo

El día -el giro del planeta sobre sí mismo, uno más- siempre fue antes que el domingo, que no deja de ser, en nuestra impaciente necesidad de nombrar para después referirnos a todo lo que nos rodea, un nombre como otro cualquiera. Aunque en este caso el nombre ya lo dice casi todo, y desafortunadamente contiene más referencias negativas que positivas, lo que no impide que siga siendo un día más, y además festivo. Caminamos en otra tarde convertida en el inevitable preludio de una nueva semana, de días exactamente iguales, que suele venir cargada con las previstas condenas particulares, impuestas o elegidas, de cada cual.

Es tarde de domingo y el invierno hoy nos concede un tiempo amable que invita a salir y dejarse acariciar por alguna que otra brisa y un sol generoso que colorea todo lo que descubre. Lo que explica que las calles luzcan repletas de gente en un ir y venir que tiene más de asueto y disfrute que de tarea obligada, ni siquiera viaje. Da lo mismo la esquina o el lugar, si la calle es o no importante, si alberga más o menos establecimientos de ocio y comercio o se trata de una travesía de paso generalmente poco concurrida. Estamos en todos sitios.

Nos solazamos igual de solos que de costumbre y a la vez más acompañados que nunca, y si preguntáramos a cualquiera cómo influye ese gentío amable y la plácida animación que rezuma y nos envuelve incluyéndonos probablemente no sabría decir qué o cómo, pero lo que es seguro es que ese concurrido y compartido deambular común influye e importa, y creo que mucho, en nuestro risueño y placentero estado de ánimo, tanto particular como general. No se ven prisas, las indispensables y momentáneas en función de una decisión imprevista, un capricho, una ocurrencia de última hora u otro entretenimiento que en aquel momento nos parece tan interesante como apetecible.

No necesitamos referentes, ni aspiraciones, ni envidias, guías, motivos, planes u objetivos para estar donde estamos y hacer lo que hacemos, o no hacemos. Pasearnos en el interior de un nosotros sintiéndonos felices de estar aquí y ahora. Da igual la lentitud, las interrupciones o los tropiezos de camino a la contemplación desde la altura de la ciudad, con sus enormes espacios verdes y el sol de fondo, cuando todavía se escuchan los improvisado grupos de baile que dejamos más atrás, centro de un enorme círculo de curiosos sin prisas; poco después de ese otro baile de mujeres jóvenes sin nada de improvisado, todo lo contrario, calculadamente planeado para ser grabado y luego colgado donde corresponda, porque importa el aquí y ahora. Persisten las mil formas de ganarse amablemente la vida, con un disfraz, con una cámara que se pretende antigua, unas botellas de agua, un único selfi de trescientos sesenta grados indolentemente observadas por esos otros tumbados en el césped dejando que el sol acaricie la charla, o el grato y compartido silencio. Un músico improvisado toca un violín tan viejo como él al tiempo que es evitado por otro grupo discutiendo el próximo lugar al que dirigirse en función de la información que les ofrecen sus teléfonos móviles. Numerosas y sonrientes parejas cogidas de la mano mirando de reojo la paciente y concienzuda confección de un futuro book, foto a foto, de una joven maquillada y vestida a conciencia, una actividad que requiere toda su atención y belleza. Familias tan bien pertrechadas como cansadas arrastrando a unos niños que necesitan algo más tangible que llevarse a la boca, y no precisamente alimento, tanta bonanza vacía les aburre. Familias de emigrantes en su tarde de asueto, ahora juntos y sin tener claro dónde ir en la víspera de otra agotadora y extraña semana en la que también dejarán de reconocerse.

Ese sol a punto de ponerse no sería nada sin nosotros -es cierto que nosotros tampoco sin él- porque entonces nadie ensalzaría su necesaria existencia y le agradecería sus caricias, ni lo observaría concienzudamente, del derecho y del revés, dudando si alcanzarlo para luego reconocer que eso no sería posible. Pero en estos momentos no es necesario, porque a todos los que nos movemos en esta tarde de domingo nos basta con el amor y el dulzor de su luz para ser felices.

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Oído en la calle

En una soleada mañana de domingo la bonanza del tiempo invitaba a demorarse sin que la hora de la comida fuera un inconveniente, no teníamos prisa y en cualquier caso dependía de nosotros hacer más o menos breve aquel disfrute. Disfrute que parecía general pues la terraza aparecía casi llena de clientes en circunstancias similares. Hablábamos y se hablaba de forma distendida porque el tiempo lo pedía, en algunos casos de forma elevada, por lo que no era difícil seguir cualquier conversación de alguna de las mesas contiguas. No era la más próxima, pero sí la que más se hacía notar, en ella un grupo de seis o siete personas, en la treintena, más mujeres que hombres, conversaban a la espera antes de irse a comer. Es cierto que no poníamos atención porque estábamos a lo nuestro, además de no importarnos las conversaciones ajenas, pero hubo un momento en el que no pude dejarla pasar, y fue cuando uno de los hombres, con barba y pelo abundante y enmarañado, comentaba que viendo un programa de Broncano se enfadó, y mucho, porque comenzaron a hacer bromas sobre las drogas que a él no le parecieron tales; añadiendo que si ese programa lo llegara a ver un chaval de, por ejemplo, trece años, cabía la posibilidad de que, siguiendo las gracias del presentador e invitados, el muchacho se pusiera a curiosear con las drogas y acabar metido en ella. Aquello debería estar prohibido y él particularmente le daba cuatro tiros a aquella gente.

No pude evitar girar la cabeza para fijarme en el aspecto del tipo, como si por su aspecto pudiera deducirse algo más de lo que ya habían dejado claro sus propias palabras. Moderno, limpio y aseado, de domingo, daba la imagen de alguien joven y actual, de su tiempo, es decir, y creo que, visto lo visto, es mucho suponer, alguien de mente abierta y tolerante. Pero no, todo lo contrario, en la tónica de estos tiempos, que ya no sé si son buenos o malos; aunque lo que es indudable es que esta sociedad ha iniciado un retroceso en cuanto a temas como la tolerancia, la libertad o la comprensión hacia los que no son como nosotros, deriva que parece no tener fin. Se han retomado una serie de prejuicios y miedos que yo particularmente creía definitivamente arrinconados.

Menos mal que la mujer a la que parecía dirigirse, a su izquierda, no se mostraba nada de acuerdo con sus palabras, es más, le contestaba visiblemente alarmada por la violencia implícita de sus comentarios respecto a lo que no dejaba de ser un programa televisivo de entretenimiento en horario de adultos. E intentaba hacerle entender que ella también veía ese tipo de programas y no les daba importancia, la que merecían, puesto que sabía, o podía imaginarse, qué, quiénes y con qué intención se realizan, así como el tipo de espectadores al que van dirigidos, quienes comparten o se sienten identificados con ese tipo de bromas y opiniones. Lo que también le dio pie para hacerle notar a su interlocutor que el horario no era precisamente para niños o adolescentes, y que, en cualquier caso y de poder ver ese tipo de programas, deberían tener a su lado un adulto que les explicara aquello, satisficiera su curiosidad y respondiera a las preguntas que probablemente forjaría su cabeza; aunque me parece demasiado trabajo para un adulto que se precie de serlo. De lo contrario deberían estar en la cama.

El otro negaba con la cabeza porque, “super convencido” como estaba, persistía en que la única solución era prohibir cualquier programa o manifestación de ese tipo, dando igual si niños o adolescentes podían o no tener acceso.

 Llegaba más gente, probablemente quienes estaban esperando, y se levantaban para largarse a comer sin dar por terminada la discusión, pues el tipo seguía insistiendo en las prohibiciones y en el peligro de un exceso de libertad nada bueno que provoca la proliferación de ideas y comportamientos con los que él no estaba nada de acuerdo y, es más, había que erradicar de forma tajante.

No comenté con nadie lo que acababa de escuchar porque no merecía la pena, pero eso no me evitó la lógica preocupación por el modelo de mundo que hemos construido, al que no podemos hacer culpable por sistema, por pura e irresponsable comodidad, descargando sobre él nuestras culpas y prejuicios como si no tuviéramos nada que ver, como si no fuéramos sus responsables directos. No es, pues, extraño, que la derecha más recalcitrante, retrógrada y destructiva en años coseche tanto éxito a costa de denunciar y destruir lo construido sin ofrecer nada a cambio; porque detrás de tanto odio y violencia latente solo hay más violencia, además de un enorme y deplorable erial de ignorancia y resentimiento. Una vuelta al pasado más oscuro en el que un falso “orden natural” imponía el dominio implacable de la riqueza más obscena de unos pocos sobre una sociedad empobrecida de temerosos, crédulos e ignorantes.

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