Nápoles (2)

Estamos más que cansados de acudir a lugares minúsculos o recónditos, inexistentes en mapa alguno, atraídos por rincones, espacios o construcciones que se venden como excepcionales, únicas y encantadoras que, vistas, no dejan poso alguno, y si algo de frustración porque ya es la enésima a la que acudimos y en el fondo son el reclamo publicitario de una excepción únicamente para los locales, un desesperado intento por aparecer en algún sitio y con ello tener un hueco en este mundo. Pues bien, Nápoles dispone de rincones y edificaciones para dar a todo el que necesite, a curiosos con imperiosa necesidad de lugares únicos y peculiares, a desesperados buscadores de selfis, fotógrafos de momentos y situaciones y, sobre todo, para aficionados a los lugares históricos, con profusión de zonas, recintos y edificaciones diseminadas por toda su superficie. Todo ello aderezado con una curiosa y paradójica población que se mueve y circula de forma permanente, a tan solo un paso de caótica, por sus calles.

Porque moverse por la ciudad es otra historia que merece el apartado de tal. Teniendo en cuenta que el visitante, cualquiera con alguna experiencia adquirida fuera de su lugar habitual de residencia, sabe y entiende qué significa e implica desplazarse por una ciudad, una vez en Nápoles habrá de repasar y repensar su experiencia desde el principio porque lo aprendido aquí no sirve de mucho, y menos como referente. En Nápoles la relación en temas de circulación viaria, si es que puede decirse tal, entre personas y vehículos a motor -tanto de cuatro como de dos ruedas- es una cuestión de tú a tú, es decir, no existe preferencia alguna -aunque a tenor por algunas situaciones, digamos, clásicas, algo debe quedar en el subconsciente colectivo respecto a quién es quién y qué predomina según dónde. Pero si exceptuamos tales casos, aislados, los lugares de cruce entre vehículos y personas son una cuestión de poder más que de preferencia. Se trata de quien llega antes, aunque también pueden acercarse pidiéndote disculpas desde cincuenta metros atrás porque cuando coincidáis en el mismo punto, el paso de cebra, el vehículo no frenará y tendrás que detenerte, sí o sí, o ser atropellado. La mezcla entre vehículos y personas es completa, algo más ordenada, sin excesos, en las avenidas y calles más anchas e indistinguible en las más pequeñas o estrechas; aquí las motocicletas van y vienen en todas direcciones, surgiendo en cualquier esquina sin que importe la dirección o el sentido, eso sí, avisando contantemente con la bocina, ya sea un anciano con prisas, un repartidor, una familia de tres ejerciendo de sándwich con la criatura apretada entre sus progenitores o unos chavales de apenas doce años surfeando entre los peatones con profesional destreza. Circunstancias que, al contrario de lo que pudiera pensarse, no dejan como consecuencias inevitables discusiones, conflictos, encontronazos o directamente atropellos, sino que aquello fluye en una rara armonía de sometimiento y condescendencia sin interrupciones ni altercados, al menos durante los días en los que nos movimos por la ciudad.

 Y es fácil imaginar que como consecuencia, no sé decir si directa o indirecta, de semejante frenesí el mantenimiento y conservación de tanto patrimonio se antoja harto complicado o, simplificando, muy difícil entre una población más habituada a vivir que ha conservar lo construido y vivido por otros. Palacios, templos e iglesias se multiplican por calles y callejones, a la mayoría de las cuales puedes acceder y visitar sin ningún problema porque, por supuesto, son usadas diariamente, tanto en funciones, celebraciones y rituales que tienen que ver con el propósito de la construcción como reconvertidas en espacios de muestra o reunión de cualquier proyecto u objeto que el encargado de turno tenga a bien mostrar públicamente. Sin contar con que debe existir alguna determinación o decreto municipal que prohíba o haga desistir al más ufano de hurgar en el subsuelo, ya que ello conllevaría que el mismísimo Imperio Romano aflorara a la superficie ocupándolo todo.

Tal acumulación de edificios históricos, tal cual aguanten, remozados o reconvertidos no hace a la población, repito, gratamente cercana y amable, presumir por ello, sino que lo ha asumido e integrado en un presente propio que tan solo la presencia de turistas, curiosos o despistados aporta ese aire de lugar visitable que en otras poblaciones dispondría de alfombra roja y un precio por acceder que detendría al interesado pensando si merece la pena pagar lo que le piden por lo que va a ver.

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Nápoles (1)

Nos sorprendió e indudablemente nos tuvo pendientes de sus palabras, que aclaraba y ampliaba con gusto cada vez que se acercaba a la mesa para alguna labor de su trabajo, intentando no ser pesado ni inmiscuirse en nuestra charla, con tacto y sin olvidar en ningún momento cuál era su papel en aquella curiosa escena, él el camarero que nos atendía y nosotros sus clientes. El motivo de aquella simpática exposición fue que precisamente nosotros éramos españoles, y a nuestra respuesta a su pregunta de dónde, La Mancha, de inmediato nos identificó con Cervantes y el Quijote -y no es normal que quien te pregunta fuera del país los conozca, o sepa de ambos. En este caso sí, lo que dio pie a aquella especie de salpicada disertación en la que nos remarcó, casi al principio, que Nápoles fue quinientos años española frente a los ciento cincuenta que lleva como italiana -algo más o menos cierto-, y que mientras con España Nápoles era una entidad política del mismo nivel que la península -nada de colonia-, desde que es italiana ha sido despreciada y arrojada a la cola del país, tanto política como socialmente -y esto último sí es una realidad completamente cierta. Es decir, que con Italia los napolitanos han perdido más que ganar frente a los estirados del norte, lo que no deja de ser un punto de vista particular que no anda muy descaminado.

Todavía andábamos intentando cogerle el ritmo a la ciudad y aquel tipo, de algún modo, nos obligaba a reconsiderar nuestras opiniones, no de una forma directa pero sí a la hora de valorar y entender lo que veíamos en la calle, que era mucho, o todo. No hay que olvidar que, desde el principio, la ciudad había podido con nosotros, atrapándonos nada más abandonar la estación, aún sin saber hacia dónde dirigir la mirada y nuestros pasos, preocupados en primera instancia por encontrar una sombra que nos permitiera organizarnos. Estaba más que claro que aquella no era la Italia que conocíamos, y algunos de nosotros conocían mucha Italia, pero de más arriba.

Nápoles es puro sur, algo que tan bien conocemos por aquí, la calle, la gente, el saludo indispensable, vital, la intercambio más que obligado, la charla impenitente, detenidos si es necesario en medio de todo porque hay algo más que decirse; un incesante trajín de lo más variopinto en el que no existe criterio, mucho menos certeza, de quién o qué te puedes encontrar al doblar una esquina. Un inacabable mercado de puestos callejeros y establecimientos de todo tipo y puertas abiertas del que todos salimos y entramos con una familiaridad y confianza que de inmediato hace del extraño uno más, como si estuviéramos en nuestra propia casa. Da igual la calle, si ancha y recta o retorcida, estrecha y oscura, además de millones de rincones en los que se acumula de todo lo imaginable, y aun así creo que me quedo corto. Y si uno alza la vista el panorama se complica porque en miles de balcones ondean al viento coladas y coladas al sol, también en los callejones más oscuros y sombríos, que más que una obviedad parecen una tradicional decoración conmemorativa que dura todo el año. Costumbre que llega hasta la decoración de tiendas y establecimientos de hostelería en los que pueden verse colgadas del techo todo tipo de prendas, también íntimas.

Indudablemente debe existir un Nápoles rico, más normal e incluso anodino, y hasta pijo; altanero y desconfiado, con calles pulcras y desiertas bajo el mismo e implacable sol. Gente guapa, occidental, al uso en Europa, que detesta el incesante jaleo de esa otra ciudad tan bulliciosa, paradójica, inverosímil y gozosamente amable.

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En el bar

Hablaban con una mujer, de pie junto a su mesa, y a juzgar por sus rostros la conversación parecía grata y distendida, sucediéndose las sonrisas y gestos de complicidad y aprobación desprovistos de rigidez o motas de indiferencia, ni una mueca sospechosa. Un encuentro grato y amistoso.

Se despidieron y ellos prosiguieron con la cena, alternando bocados y una conversación retomada en la que guiños y miradas quizás denotaban para cualquier extraño más respeto que cariño, arropados sin embargo por un velo de confianza que mostraba más de lo que sus cautas posiciones ponían en juego. Jugaban con la cincuentena, probablemente más por arriba que por abajo, formando una pareja en la que el tiempo, sin dejar de hacer de las suyas, ha decidido dar una tregua respetando tempos y aspecto, sin visos de un evidente maltrato, ofreciéndoles una serena placidez que deja cualquier juicio en suspenso; es lo que hay porque precisamente eso es lo que hay, ni más ni menos. Una cena en el interior de un bar cuando todas las mesas de la terraza están ocupadas

Observándolos no era preciso usar o mantener listón de ningún tipo, ni baremo, estatus o clase en función, por ejemplo, de las ropas que vestían, prendas que independientemente de formas, modelos y colores cumplían el papel que les corresponde, sin añadir nada a lo que los propietarios deciden llevar a cabo con sus propias vidas. Se trataba de una cena, deslizarte por unos largos minutos junto a la persona con la que mejor te sientes como si se tratara del mismo paraíso en la tierra, lugar que, por cierto, no tiene por qué ser distinto a éste en el que vives y te encuentras a gusto, porque de eso se trata vivir.

La escena que protagonizaba sin saberlo aquella pareja era una pequeña muestra  de lo que en cualquier lugar denominaríamos feliz, porque si hubiera un estándar de plácida felicidad por encima de personas, pueblos y lugares sin duda lo que ellos mostraban sería el mejor ejemplo, sin necesidad de grandes gestos, atuendos elegantes o especiales, porque lo especial era la comunión revelada por los dos protagonistas, la liviana y emotiva cotidianidad de una cena fuera de casa que en cada bocado degusta la felicidad de saberte dueño de ese tiempo siempre disponible pero del que no siempre eres consciente de disponer.

Con los platos terminados y mientras aguardaban, ignoro si más bebidas o algún postre con el que cerrar la noche, ella se levantó y, despacio, se situó al otro lado de la mesa, a su derecha, junto a una silla en la que descansaban unas bolsas blancas en apariencia repletas. Y sin dejar de hablar y sonreír, ni desviar la atención hacia otro centro que no fuera él, fue extrayendo, uno por uno, los objetos que llenaban las bolsas, mostrándoselos y explicándole, supongo, el porqué de su compra, su pertinencia, su uso, o posible uso, la oportunidad de su adquisición o el mismo capricho que nos hace detenernos ante un estante cualquiera y fijar la vista en algo que no necesitamos pero que en ese preciso momento nos apetece y podemos comprar.

Lentamente, sin prisas ni precipitaciones, envoltorios, cajas sin desprecintar o recipientes que parecían de cocina eran pacientemente desenvueltos y exhibidos, además de explicado el correspondiente motivo de su presencia, todo ante la atenta y aquiescente mirada de él, más respetuosa que dulce por su parte. Y así uno tras otro, intercambiando sonrisas, acuerdos sobre la marcha o de última hora, aciertos; un sobre que él abrió y leyó detenidamente para después volverlo a introducir en su bolsa correspondiente, sin que en ningún momento se alterara la muestra ni la calma de los protagonistas. Ni un mal gesto, una imprecación, un pero, una duda, todo lo contrario, algo así como si lo has comprado porque te gustaba o te apetecía bien hecho está. Cuando hubo terminado de mostrar cada uno de los objetos que contenían las bolsas regresó a su lado de la mesa, justo cuando llegaban los cafés con leche pedidos, que tomaron con igual calma y sin que la conversación se desviara de la paz que ellos mismos ponían en juego.

La escena rozaba lo memorable por su íntima sencillez, por la sinceridad que desprendían cada uno de los participantes. Hubo más risas, no, sonrisas, y en un momento determinado, cuando ella le daba algo por encima de las tazas, él extendía su mano para cogerlo y al tiempo acariciaba la piel de su brazo con la punta de sus dedos. Como en un soplo, casi imperceptible, pero no tanto como para dejar a la luz un pequeño guiño cómplice que compilaba mucho más de lo visto hasta entonces, inapreciable para nadie que, como en mi caso, no estuviera distraído con una mesa sin otro particular que una pareja desconocida cenando.

No tenían por qué ni querían hacer gala de aquello que fuera que los unía, tan solo cenaban como cenan dos personas que se alegran juntas, disfrutan de su mutua compañía y puede que incluso se quieran, cariño que prefieren dejar públicamente en un discreto segundo plano. Suficiente para mantener viva esa relación que tan difícil parece para otros menos dados a ceder una parte de sí, su cariño, a otra persona que no sean ellos mismos.

Finalizaron los cafés, pidieron la cuenta, pagaron con tarjeta e igual de sonrientes desaparecieron ellos y las bolsas, no sin antes despedirse con la correspondiente sonrisa de los ocupantes de otra mesa recién ocupada situada junto a la suya.

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La decisión

A estas alturas creo de sobra conocido el enorme partido de tenis jugado el pasado domingo, día 8, en París, basta con haber hojeado la prensa, también vale solo por encima, durante estos últimos días; y si el lector es aficionado habrá podido explayarse a gusto entre crónicas, comentarios y firmas, más o menos ajenas o reconocidas, ensalzando el exuberante derroche físico y mental que pusieron en juego ambos jugadores durante las cinco horas y media que duró el enfrentamiento. En la totalidad de las referencias de prensa sobre el encuentro, da igual si vistas o leídas, prima la celebración de haber tenido la suerte de asistir, o compartir en directo, un acontecimiento único, tanto deportivo como humano.

Hito histórico -coletilla obligada- en mano y boca de muchos periodistas que poco o nada más tienen que decir, o saben, frecuentemente con inclinación a una prosapia engolada y ampulosa, siempre excesiva, con tal de dar relevancia a su trabajo, la repetida, manida, implacable y efervescente competencia entre jóvenes recién venidos al mundo, da igual el deporte o la actividad a la que dediquen su tiempo, que saben poco de vivir y ya comienzan a ser utilizados por el sistema para generar infinitos beneficios económicos, de los que ellos reciben las correspondientes migajas.

Fueron, por tanto, innumerables, tal vez miles, las loas y felicitaciones ante tal demostración de las capacidades del cuerpo humano; suceso irrepetible, extraordinario, casi divino, extraterrestre, etc. Algo que solo el deporte, y precisamente ese deporte, el tenis -como sucede con todos-, puede concitar. Y qué decir del público asistente, qué oportunidad única de disfrutar en directo, es cierto que junto a millones de televidentes, de esas cinco horas y media sublimes, del extraordinario despliegue físico y mental que durante ese periodo de tiempo se exigieron los dos jugadores en función de la increíble exhibición que estaban llevando a cabo.

Pero tras este inmarcesible y empalagoso despliegue de zalamerías y alabanzas, que, ojo, en ningún momento soy yo quien para minusvalorar o despreciar porque creo que fue tal y justo merecedor de todas y cada una de las felicitaciones, se me ocurre una idea: que hubiera sucedido si Sinner y Alcaraz, tras el empate a seis del último set y antes del juego decisivo, hubieran decidido, de mutuo acuerdo, dar por terminado el partido, retirarse como merecido gesto de aprecio, recíproca admiración y recompensa por el esfuerzo y el gigantesco derroche físico y mental puesto en juego. Qué mayor respeto y tributo hacia el contrincante que pactar tablas sin que obligatoriamente tenga que haber un derrotado, un vencido. A fin de cuentas el partido, como cualquier experto afirmaría sin ningún género de duda, se resolvió por pequeños detalles que ninguno de los dos jugadores pudo controlar al ciento por ciento -el que una pelota bote un centímetro antes o después de la línea es algo impredecible, no voy a decir completamente azaroso, pero la fuerza y precisión del golpe que pone en juego el jugador es imposible que sea calculada o medida con completa exactitud.

Ellos dos, en todo su derecho como humanos reconocedores del esfuerzo y el desgaste exhibido, deciden que en lo que a ellos respecta no tienen nada más que decir y demostrar, y lo de derrotar -en muchos casos hundir al otro, dejemos a un lado lo de en buena lid- precisamente en ese día no va a ocurrir. Trasladan a otros la responsabilidad de decidir en consecuencia.

Hubieran sido obligados a finalizar el partido -manteniéndose ellos en su posición a toda costa-, descalificados -alguien, después de lo visto, se hubiera atrevido-, expulsados del torneo (¿?), de la ATP, sancionados; pero el torneo francés este año no habría tenido ganador, eso sí que hubiera sido todo un acontecimiento para el que no se me ocurren comentarios. Cómo habrían actuado los seguidores, aduladores y admiradores de toda procedencia, seguirían siendo sus héroes, ejemplos vivos del talento y las capacidades humanas, o los despreciarían por romper las reglas del juego -porque no lo olvidemos, solo se trata de un juego. Qué mayor muestra de estatura moral, de magnanidad, de nobleza, probablemente irrepetible y tan humana, o más, que cualquier competición; cerrar su pequeña y reciente historia haciendo historia que mostrar al mundo, ambos jugadores, eso sí que sería digno ejemplo de merecida y futura admiración.

Y el público, hubiera aceptado esas tablas, si tan emocionados estaban por lo visto, qué mejor recompensa que compartir el premio, qué magnífica celebración, irrepetible, y encontrarse precisamente allí. O habría quienes protestarían, e incluso exigirían la devolución de su dinero, porque ellos quieren ver un ganador y un perdedor, para eso han pagado. ¿Qué gusta más, el deporte o la competición? ¿la satisfacción de un vencedor y un obligado derrotado? ¿Por qué no cambiar las reglas por un día y hacer algo excepcional si la ocasión lo merece? Ya se encargarán quienes controlan el negocio deportivo a nivel mundial de crear unas nuevas reglas que en el futuro impidan decisiones semejantes, pero siempre sería después de, de aquel momento histórico.

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De ricos

Ayer domingo los ricos volvieron a manifestarse en Madrid, bueno, los ricos exactamente no, no estaba, por ejemplo, Florentino Pérez, el antiguo presidente de Inditex o alguno de los presidentes o directores generales de las empresas que lideran el famoso Ibex 35 que monopoliza el mercado de valores nacional; estos no lo necesitan, ya tienen y pagan a políticos, ricos de menor estatus y un interminable ejército de siervos y criados dispuestos a partirse la cara con quien sea por sus amados líderes, o ídolos, que también vale.

Abandonaron su zona de confort, es decir, de la plaza de Colón hacia arriba, para descender un poco, la plaza de España, lugar no muy peligroso y a una hora en la que los millares de emigrantes que la pueblan un domingo por la tarde aún no se han reunido para pasar un tiempo juntos antes de la obligatoria y fatigosa servidumbre de la semana que entra. Porque tampoco es cuestión de irse a manifestar a Madrid Río, o similares, mal lugar porque en el fondo eso no es Madrid, se trata del sur, y de aparecer por allí probablemente tendrían que recoger de inmediato los bártulos, si es que les daba tiempo a sacarlos, porque igual la gente acababa apedreándolos; y eso que ya no se pueden encontrar piedras por las calles.

No deja de ser curioso que tanto rico, aspirante eterno a tal o mero criado por las migajas salgan a la calle pidiendo a grito pelado lo que no son capaces de conseguir en las urnas, es decir, democráticamente. Debe de ser doloroso, amén de cabreante, incluso humillante, no ocupar en la sociedad el “lugar natural” que te corresponde “por derecho”, también natural. Los ricos no están hechos para ocupar el segundo lugar en un sistema político, porque, a ver, para qué ser rico si no puedes tener bajo tu férula al político de turno, a los eternos segundones demandantes de guía o un “ser superior” al que seguir y admirar, o a tantos y tantos que sobreviven imaginando que tienen porque siempre habrá alguien en peor situación que ellos. Porque, como suelen afirmar sin ningún empacho, todo lo que no sea el rico mandando y el pobre sirviendo es ir contra natura, pura ideología, y toda ideología es peligrosa porque hace a la gente pensar e igual no está de acuerdo con la situación en la que vive y se propone cambiarla.

Cuesta imaginarse a tanto aspirante a rico agitando banderolas, profiriendo insultos vulgares para sus delicadas gargantas o arengando, megáfono en boca, a los acólitos más serviciales e ignorantes contra, según ellos, unos usurpadores en el poder que, para colmo, también tienen la desvergüenza de equivocarse, corromperse -¡habrase visto!-, o hacer toda clase de marranadas como si el poder fuera suyo. Algo que solo les corresponde a ellos por derecho, porque lo han venido haciendo toda la vida pero mucho mejor, con más arte y discreción, total, el hábito hace al monje. Y para mayor inri estos advenedizos en el poder cuentan con el apoyo de los nacionalistas -¡sus propios colegas! esto sí que no tiene perdón-; unos desalmados sin honor aprovechándose de los progresistas sin alma con tal de aumentar sus beneficios económicos, dejándoles a ellos sin bolsa y con un palmo de narices.

El caso es ensuciar el ambiente del modo que sea, porque ya que no consiguen sus objetivos por lo civil y democrático mejor intentarlo por lo criminal, denunciando lo que simplemente no existe como denunciable y olvidando lo denunciado de ellos, una apestosa rémora que todavía se remueve en los juzgados de todo el país. Y tan felices.

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Otra cosa

El motivo que iba a justificar estas letras era el nuevo fracaso, con el correspondiente y gigantesco desperdicio de dinero que ello ha supuesto, del dueño de Tesla en su megalómana intención de llegar a Marte, que en estos momentos y al saber de la explosión del amenazador cohete volverá a respirar tranquilo por dejarle temporalmente en paz. Aunque realmente no sé si se trata de una noticia. Pero antes he tenido que lidiar con la IA de turno que, en el colmo de la impertinencia, ahora se atreve a sugerirme posibles temas para el nuevo documento que acababa de abrir. Hace tiempo que deje de enfadarme por estas intromisiones depredadoras, ahora estoy intentando controlarlo con las decenas de llamadas telefónicas de números de todo el país a la caza de cualquier consumidor/víctima que responda creyendo que acaba de dar con la oferta de su vida. Porque, pensándolo bien, es más divertido cerrarle constantemente puertas a esta IA tan desvergonzada, aunque también es cierto que podría desactivarla de forma definitiva, cuestión que desconozco y que probablemente me llevaría un tiempo que no estoy dispuesto a invertir en tales menesteres; ya me lo advirtieron cuando intenté hacerlo con la IA del wasap, imposible. Es más reconfortante y satisfactorio comprobar cómo acumula información por su cuenta que yo descarto una y otra vez de forma inapelable; porque lo que tengo claro, y creo que en el fondo nadie lo sabe, únicamente los propietarios del engendro, es que nunca sabremos hasta qué punto supervisa nuestra actividad. Mejor no olvidar que, aunque no la vea, siempre estará ahí. Pero esto último he de reconocer que tampoco es posible, basta con hacer dos o tres búsquedas similares en el buscador, en la siguiente te aparecerá como primera opción el consiguiente enlace que la IA ha organizado par “facilitarte” la búsqueda. Viene a ser como el constante archivo y mapeo de nuestra actividad que el propio teléfono móvil lleva a cabo sea cual sea su estado, porque lo creeremos y aparecerá apagado, pero jamás inactivo.

Y volviendo a las llamadas, me gusta imaginar que habrá quién haya conseguido librarse de las persistentes y acosadoras molestias telefónicas que hemos de sortear diariamente, negociantes y mafiosos intentando atraparnos con sus redes siempre falsas, da igual el ámbito de ese comercio depredador; porque también hemos perdido la benévola etiqueta de consumidor, la algo más respetable de cliente la perdimos ya hace mucho, ahora somos simplemente víctimas, cualquiera que sea la esfera comercial en la que finalmente nos cacen. Como también me gustaría saber qué cantidad de su tiempo ha invertido en librarse de semejante acosos, y probablemente el dinero que le ha llevado lograrlo. Sin la completa seguridad de haberlo conseguido de forma permanente, porque siempre dejamos un rastro y existen infinidad de IA anotándolo prácticamente todo, para luego filtrarlo, empaquetarlo y venderlo.

Solo queda la resignación como sinónimo de derrota. Porque deberíamos haber comenzado denunciando a cualquiera que nos llamara a nuestro teléfono particular sin nosotros haberle dado el número. Algo que siempre olvidamos y en lo que nunca caímos, porque, de cumplirse la ley, solo deberían tener nuestro número de teléfono aquellos a quienes voluntariamente se lo hallamos dado, luego todo aquel que lo guarda y después vende podría ser el sujeto de un buen pleito. Denunciar y reclamar, en primer lugar al operador u operadora que nos molesta, también si se trata de un bot, y después a la compañía a quien representa, lo abala y le paga. Pero nadie se molesta en hacerlo, sino que asumimos como inevitable la molestia, como hemos hecho con otras tantas. Hemos dejado de hacer lo que nos apetece para hacer lo que nos apetece previo aprendizaje y adaptación al medio en el que a partir de entonces haremos lo que nos apetece. Aceptando e interiorizando aplicaciones, métodos y registros que nos obligan a una especie de membresía que en realidad no es tal, sino simple y dura abducción. Porque la IA no olvida, de eso podemos estar seguros.

Al final me he liado y me he olvidado del fantasma de Tesla. Lo dejo para otra ocasión.

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Reencuentros

Hay circunstancias desgraciadas que convocan a quienes desde no saben cuánto dejaron de verse y tratarse, familiares y amigos entre los que el tiempo suele hacer de las suyas, como por otra parte es normal y sin que necesariamente haya por medio ninguna situación problemática o directamente conflictiva. Y en esos reencuentros toca bregar con una extraña distancia entre quienes en otros momentos, siempre pasados, convivieron y compartieron edades, situaciones y emociones que en muchos casos acaban alojadas allí donde la memoria suele encontrarlas cuando menos se espera, provocando una sonrisa, cierta añoranza o tristeza -también indiferencia, desprecio e incluso alivio- por lo que en apariencia se ha perdido con el paso del tiempo y tal vez no hubiera debido ocurrir. Pero ahora es tarde, siempre es tarde y esas personas que hoy se miran a la cara probablemente no sean las mismas, o tal vez nada tienen nada que ver con aquellas que tanto compartían o se lo prometían tan felices.

Tampoco se trata de mejor o peor, ocurre habitualmente, y quizás haya que añadir que afortunadamente, puesto que la vida pone a cada cual ante situaciones en las que la decisión personal es la primera, y puede que única, opción. Toca decidir y decidimos, y como en toda decisión sobrevienen unas consecuencias que en algunos casos no eran deseadas, aunque sí inevitables. Los caminos comienzan a separarse, intentando mantenerse más o menos unidos o en contacto durante los primeros momentos, días, meses, años; hasta que otras ocupaciones, otras coyunturas igual o más decisivas si cabe, además de la aparición de nuevas personas, van complicando lo que en primera instancia parecía, si no fácil, si aparentemente no muy complicado de llevar. Siempre se trató de caminos distintos, aunque en el fondo nadie quisiera mencionarlo o tenerlo en cuenta, y en esos casos los proyectos y planes a largo plazo no siempre son convenientes -además de que casi nunca importan-; se vive en presente.

Entonces, ¿qué se dicen estos que ahora se miran a la cara cuando, frente a frente, inconscientemente buscan en el rostro que tienen delante rasgos, gestos y lugares de entonces en los que acomodarse mientras la conversación balbucea sin saber muy bien hacia dónde encaminarse? ¿o prefieren no mirarse? En estos casos siempre se juega con cierta incomodidad, o inexperiencia –por otra parte bienvenida por lo que extrae de nosotros sin premeditación ni alevosía-; la charla sale adelante no sin cierto embarazo, con silencios más bien inexplicables, o salvadores, errores de bulto y las novedades apoyadas por gestos reconocibles, algún recuerdo común y la buena marcha de lo que fue o parece importante. Y la conversación logra mantenerse en pie aunque inconscientemente sigue prevaleciendo un pasado que por momentos parece enturbiarla, quizás demasiado, o en exceso.

¿Quiénes son estos que ahora se miran? ¿de qué pueden hablar que no sea pasado? ¿les sigue interesando? ¿Se siguen interesando si es que queda algo aprovechable entre los recuerdos? Creo que no hay respuesta posible. Ni hace falta. Estos nuevos desconocidos, cara a cara, son y no son, que es de lo que se trata; se sostendrán mutuamente el tiempo indispensable y volverán a cerrar nuevamente la puerta.

Obligados por estos tropiezos tan embarazosos como inevitables generalmente se intenta hacerlos pasar rápido y sin heridos para regresar a la senda propia, por pura comodidad, también por apatía, desinterés, caminos y vidas opuestas o por cobardía; maniatados por una serie de rigideces que quizás tengan que ver con la edad pero que no deberían hacer presa en el cerebro, sin embargo lo más difícil. Se trata de oportunidades perdidas para las que no es necesario introducción, siempre y cuando se salve el primer obstáculo, que suele ser uno mismo. Porque siempre es mejor tener a alguien a quien pedir o ayudar que regresar a las lagunas de la memoria.

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Cosas de adultos

En el cuento del traje nuevo del emperador es un niño el que hace la pregunta correcta poniendo el dedo en la llaga al afirmar lo que es obvio, que el emperador va desnudo, realidad que pone en evidencia la flagrante ignorancia colectiva o el temor a quedar como un estúpido que los adultos inventan admitiendo como verdad lo que no deja de ser una situación absurda o una simple mentira.

Y que sea un niño quien hace la pregunta tiene su importancia porque son precisamente los niños quienes ven el mundo tal y como es, sin subterfugios, falsedades, miedos y cinismos que los adultos levantan como forma de convivencia con la intención de ocultar las preguntas siempre pertinentes que ellos ya no se atreven a responder sin quedar como estúpidos. Como también es curioso que la propia sociedad exija una sobreprotección de la infancia frente a presuntos dogmatismos e influencias consideraras como “no adecuadas”, sin tener en cuenta otras, tal vez muchos peores, que inculcarán y obligarán a admitir a los chavales lo que en muchos casos no tiene admisión posible, sin explicaciones ni razonamientos, porque sí, sin que importe quedar como otro estúpido más.

Entonces, qué afirmaría o preguntaría un niño ante la exposición pública de los presuntos restos del cadáver de Teresa de Ávila, situación extraña y casi inverosímil en los tiempos que corren -un escenario que admitiría muchos más adjetivos. Qué diría o preguntaría un niño ante la procesión de adultos junto a unos restos apergaminados que probablemente le provocarían un extraño pavor. ¿De qué van los adultos? Aunque también es probable que no fuéramos capaces de ponerlo en tal brete porque, afirmaríamos con total seriedad, es demasiado pequeño e incapaz de entenderlo, pero ¿lo entienden los adultos que procesionan ante la supuesta reliquia o simplemente lo admiten sin rechistas por no quedar como estúpidos?

No deja de ser paradójico, o directamente chocante, que quienes tienen La Biblia como libro de referencia actúen de tal modo, exponiendo públicamente los restos de un cuerpo que fue hace ya cientos de años, deudor en cambio de un más que merecido descanso. Con qué intención. ¿La persona de entonces hubiera permitido tal espectáculo con su cadáver? Con el añadido de que hoy seguimos teniendo datos suficientes para saber cómo actuaba y qué pensaba la propietaria del cuerpo, y es más que probable que no le gustara nada de nada lo que se está haciendo con él. Qué tipo o especie de adoración se le dedica a los residuos troceados y separados de un cadáver, qué clase de respeto se pretende mostrar que no tenga que ver con dejarlo descansar en paz, sin necesidad de semejantes celebraciones o exhibiciones cuasi circenses.

Así mismo, desconozco cómo interpretan esas personas cuestiones tan importantes para su fe como el cuerpo y el alma, sobre todo quienes más fieles y religiosos se consideran; si alguna vez han entendido, y al parecer no comprendido por completo, volviendo al libro de referencia, las sustanciales diferencias entre cuerpo y alma, aquel corrupto y despreciable y la otra única realidad concedida por Dios, con la que después de la muerte pretenden ascender a los cielos o acabar en las ardientes calderas de Pedro Botero. En el fondo todo este montaje resulta de mal gusto, o incluso grotesco. Un enorme absurdo sobre el que probablemente sería mejor no hacer preguntas, so pena de recoger, además de un más que expresivo encogimiento de hombros, más silencios que palabras.

Qué piensan esas personas y qué especie de devociones o dudas arrastran, qué desasosiego les mueve para llegar a tales extremos. Han leído, entendido y comprendido a la mujer a la que dicen adorar. Si, por simple respeto, están desapareciendo de los museos momias y restos de cadáveres con siglos de antigüedad, qué sentido tiene mostrar públicamente unos restos que estarían infinitamente mejor descansando en la tumba. ¿Qué se pretende con ello? Entre todo ello intento dar con la pregunta o las palabras que un niño, similar al “emperador va desnudo”, pondría sobre la mesa ante semejante espectáculo.

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TLOU

Parece inevitable que, ya sea por haber visto bastante cine o por una elemental cuestión de años, los guiones cinematográficos, o de las numerosas series que en la actualidad pueblan los canales televisivos, acaben pareciéndose. Los mismos argumentos y las mismas aventuras, situaciones y emociones en busca de un espectador que quizás puede ser nuevo porque siempre hay alguien que se incorpora al medio; al fin y al cabo no hay mucho más de lo que echar mano a la hora de organizar un argumento con humanos como protagonistas. Luego, el resultado final podrá tener el carácter y la intención que los creadores pretendan, ámbito este en el que cabe todo, desde una obra directa y explícita, fuertemente realista, hasta un producto más o menos ambiguo, metafórico o incomprensible, también discutible o con objetivos que van más allá del visionado de la obra en sí, siendo el medio lo realmente importante. Y aunque la esfera de la creación sea enorme y los autores innumerables todavía existen tan sospechosos como peligrosos dogmatismos y formas de manipular que acaban con el ingenuo espectador postrado a los pies de unos intereses que nada tienen de cinematográficos o simple entretenimiento.

Lo que comenzó como una serie a partir de un videojuego (The Last of Us) se ha convertido, sobre todo en esta segunda temporada, en otra adaptación del cine del oeste de toda la vida, con una salvedad importante, más violento, mucho más cruel y tremendamente básico. En el fondo la serie viene a ser como una copia en papel cuché cinematográfico de los motivos y las intenciones que mueven la política imperante actualmente en el país del salvaje oeste. Atrás quedan las discusiones entre amigos y conocidos sobre si la serie pretendía criticar el modo de vida norteamericano, con unos actores protagonistas y unos roles más bien atípicos respecto a los modelos clásicos; una intensa historia de amor en el, si no recuerdo mal, tercer capítulo de la primera temporada, enterrada rápidamente por la tónica general de la serie, o la aparición de la palabra comunismo a la hora de describir la administración de uno de los poblados de la resistencia, también diluida con rapidez en un discurso “más democrático”. El caso es que lo que uno puede ver en la pantalla es más de lo mismo, pero supurando un sadismo, un odio y una sed de venganza que van más allá de los temas del viejo oeste, quedando cualquier otro tipo de soluciones, alternativas, o sensibilidades, menos agresivas y virulentas, o hasta colaborativas, como las opciones de los débiles y pusilánimes, la despreciada y despreciable carne de cañón de la historia.

Están los buenos, siempre solitarios o en busca de la permanente redención, los malos -incluso peores-, los simples e incautos religiosos, los forajidos sin escrúpulos y los indios (los zombis), todos ellos deambulando por un enorme y salvaje territorio mezcla de distopía y escenarios de postal. Conjunto aderezado con un exacerbado y simplista individualismo adorador de las armas como única herramienta con la que relacionarse con los demás -si solo conoces el martillo como herramienta todo lo que te rodean son clavos. Un monólogo feroz y vengativo, escasamente imaginativo, movido por una brutalidad y una saña guiando a unos personajes en los que no caben la dulzura ni la humanidad, y que, como novedad, ha dejado subir -¡al fin!- a las mujeres al mismo carro que los hombres, pero no como mujeres y su forma diferente de ver el mundo, sino como protagonistas comportándose como hombretones, más poderosas y crueles, sin piedad ni conmiseración. Al fin iguales. Es curioso comprobar cómo la cámara se empeña en obtener del rostro más débil, sereno, dulce o anodino toda la maldad y fiereza posibles, desfigurándolo hasta convertirlo en una cruel máscara sedienta de venganza. Y me atrevo a aventurar que lo que resta de la segunda temporada sólo será el detallado desarrollo de una persistente sed de venganza adobada con más violencia por parte de las futuras víctimas, ingrediente necesario para atar emocionalmente a un espectador que demandará la obligada satisfacción finalmente pagada con más sangre y crueldad. Y ojalá me equivoque.

Ya sé, se trata de otra serie más y es fácil pasar de sus paranoias, pero también es cierto que cabe la posibilidad de que algún que otro despistado acabe entendiendo su propio mundo únicamente por sus emociones -algo que sucede ya en las redes sociales-, siendo lo único que le llena. Su propio martillo, con el que sin duda se habituará a vivir y juzgar a sus semejantes.

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Apagón

Cuando ocurrió me encontraba en el hospital acompañando a mi madre. Fueron unos segundos de desconexión que se oyeron más que verse o sentirse -levanté la cabeza y miré alrededor, parece que ”se ha ido la luz”-; el sol del medio día entraba por la ventana iluminando la habitación. Inmediatamente después se pusieron en funcionamiento los generadores auxiliares y, a los pocos segundos, los testigos luminosos del sistema electrónico de la cama y el caudal de oxígeno volvieron a la normalidad. Todo igual. Seguí leyendo.

También podía haberse tratado de un apagón momentáneo, suceden muy de vez en cuando y estamos habituados a no darle mucha importancia. Un pensamiento que no me ocupó más. Regresé a la lectura.

Un poco más tarde oía comentar en el pasillo que no había luz en todo el pueblo, los teléfonos no tenían cobertura y así seguíamos, sin saber ni poder preguntar. Yo tampoco tenía cobertura. Luego la sensación de normalidad en el centro hospitalario justamente no era lo normal. Pacientes y acompañantes comenzaban a hablar sobre un apagón general en todo el país… también en Portugal, Francia, Alemania y, según el corrillo, aquello más bien comenzaba a parecerse a una serie distópica televisiva.

Para afianzar las peores sospechas los móviles habían dejado de funcionar, algo que sí parecía realmente importante, porque de pronto todo el mundo tenía necesidad de comunicarse con todo el mundo. Bueno, los dispositivos móviles funcionaban pero sin cobertura, luego exactamente servían para poco, que es para lo que sirve un teléfono móvil cuando no tienes una red a la que conectarte que te permita saber y respirar, o vivir, que en este caso viene a ser lo mismo.

Alguien conectó un aparato de televisión y al fin supimos que el apagón era general, es decir, en términos técnicos un “cero energético”, al parecer algo que jamás había ocurrido en un país desarrollado. Algunos expertos que, solícitos, se prestaban a una entrevista -el directo del canal nacional echaba mano de todo lo que podía con tal de mantener al personal pendiente y más o menos informado- no sabían ni entendían cómo, pero preocupados por la magnitud e intentando ser cautos evitando alarmas injustificadas, dejaban en el aire sus dudas y alguno incluso se atrevía, dada la sorprendente extensión del suceso, a hablar de sabotaje. ¿Y el gobierno? Se le espera.

¿El gobierno del país? Imagino que cada cual a lo suyo y, de pronto, tan sorprendido y pillado a contramano como el resto. Las mismas preguntas. Qué ha pasado… se ha ido la luz… por qué no vuelve… tampoco hay cobertura… miradas de no saber -ni idea-… dónde… en todo el país… ¡no jodas…! cómo puede ser eso… llama a tal a ver qué te dice… ha pasado alguna otra vez… pregunta a las eléctricas… también hay que informar a la población… pero exactamente de qué… no podemos salir en directo de cualquier modo… que alguien comience a recopilar información para intentar saber qué tenemos entre manos… no habrá sido un ataque terrorista… Y así indefinidamente (que cada cual lo extienda como le parezca), hasta que alguien con responsabilidad pidiera calma y ordenara un primer esbozo de un plan de actuación y los correspondientes límites a partir de los que dar la cara ante la población.

Es decir, aparecían reunidos todos los ingredientes para que las mentes más calenturientas, tanto a favor como en contra, aunque sin saber exactamente de qué, comenzaran a barruntar, imaginar, ordenar, a asustar y asustarse, además de asustarnos al resto con las peores distopías imaginables.

Casi de inmediato comencé a pensar en el alcance de la situación, comunicaciones, tráfico, transportes, comercio, finanzas, dinero en metálico etc. En las más que probables situaciones de miedo y ansiedad, sin luz ni modo de cocinar, o sin comida, sin saber de los míos -aunque los de uno habitualmente solo figuren sin llegar a estar, pero dadas las circunstancias…

Para ocupar el tiempo estaba metido en una obra de Manuel Chaves Nogales sobre “los diez días que conmovieron al mundo”, la revolución del 17 en Rusia, y a medida que leía los sucesos callejeros que tan bien relata el autor miraba de reojo hacia la ventana como si, dadas las circunstancias en las que al parecer nos hallábamos, aquello pudiera estar sucediendo aquí mismo ahora, en el exterior del hospital. No tuve más remedio que dejar de leer porque mi cabeza no paraba, necesitaba saber antes que enredarme en paranoias sin pies de cabeza; más o menos lo que a todos nos ocurre cuando desconocemos la realidad detrás de lo que está sucediendo.

Alguien comentaba haber oído que hasta dentro de seis o diez horas no comenzaría a restablecerse el fluido eléctrico, luego sí era algo importante, pero cómo, por qué, se trataba de una cadena de errores, un fallo humano, un sabotaje… Luego tocaba esperar, y a poco que uno pensara en el tiempo que requiere cualquier dispositivo electrónico para reiniciarse, toda una red eléctrica nacional e internacional…

De vuelta a casa para la comida el ambiente en la calle aparentaba normalidad, comentarios en los grupos por el más que evidente silencio informativo, algún que otro cabreo por ignorancia más que desconocimiento y la consiguiente paciencia colectiva a la expectativa del desarrollo de los acontecimientos.

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