Qué voy a contar de los regresos, de la vuelta a casa después de un día agotador, a una casa a la que cada vez estás menos unido porque probablemente nunca te convenció, pero no tenías más remedio. Era la que estaba a tu alcance y tenías que decidirte porque el tiempo apremiaba; las ganas de salir, de hacerte un hueco que considerar tuyo, para divertirte, hacer lo que te viniera en gana, o no hacer nada, sin que nadie te dijera cómo o por qué. También descansar, rodeado de un mobiliario cómodo y acogedor en el que dejarte llevar hasta que el sueño te transportara dulcemente a otros mundos.
Ilusiones y esperanzas que, sin embargo, fueron postergándose porque cuando intentabas ponerte a la tarea y dejar aquello a tu gusto te requerían de forma imperativa en otro lugar, el lugar de donde provenía el dinero para la tarea permanentemente aplazada de adecuar y mejorar esa casa. Una tarea inacabada que fue espaciándose en el tiempo, alejándose como posibilidad, del mismo modo que tú lo ibas haciendo respecto de lo que en un principio querías, o quisiste, qué más da, porque ya no recuerdas qué fue primero, si las ganas o la casa. Hacer lo que había que hacer porque todos a tu alrededor así lo hacían.
Y hoy, un día más, regresas al nido en un tren atestado junto a otros como tú, de vuelta a vuestras respectivas y con la media noche a un tiro de piedra. Prácticamente derrotados, sin ganas, mucho menos de disfrutar, porque no son horas para llegar y desvestirte tranquilamente, darte una buena ducha y prepararte una cena tan deliciosa como reparadora. Nada de eso, tales placeres se dan, según has oído en alguna ocasión, en otros países donde las cenas se celebran tres o cuatro horas antes, por lo que después queda tiempo para charlar, pasear, leer y si apetece disfrutar de una película en televisión.
Por aquí no hay tiempo para tales deleites, o vida, que también lo es. Por estos lares el trabajo te consume en cuerpo y alma mientras la luz del día resplandece, culmina y se apaga sin que hayas tenido ocasión de disfrutarla, o al menos sentirla, algún rayo de sol en la cara suficiente para alegrarte el día. En este país el trabajo es sinónimo de derrota, una derrota amarga diariamente sufrida que devuelve a sus nichos, que no nidos, tampoco hogares, a una población incapaz de pensar en el día siguiente; la misma amenaza a la vuelta de la esquina cuando todavía no ha finalizado este. El resultado final de este despropósito con la etiqueta de vida es una enorme marea de almas exhaustas y vacías machacadas por tareas repetitivas y nada agradecidas, cuando no golpeadas y despreciadas por unos semejantes que solo te ven como un inconveniente obligado entre sus quehaceres diarios, que nada tienen que ver con los tuyos. Pero esa es otra historia.
Y mañana más, y si has tenido suerte tendrás a alguien que te reciba con una sonrisa y haya pensado, y quizás preparado, la comida del día siguiente, de todos los días, en mejores o peores condiciones; entonces miras al tipo que tienes al lado dando cabezadas, otro como tú, o peor, y la desolación es doble. Abrir el congelador, echar mano de lo primero que encuentres, meterlo en el microondas y engullirlo, más que comerlo, ni mucho menos saborearlo; y después adormilarte en el sofá dejándote picotear por ese runrún que vomita una pantalla enganchada a cualquier cadena generalista empeñada en machacarte el cerebro hasta dejarte completamente KO. Hasta que alguien te dice, si sigues acompañado, que ya vale, es tarde y hay que madrugar. Dejas el sueño y abandonas los cojines de un mueble que, visto lo visto, tal vez haya que cambiar, porque lleva un tute que ya vale.
Al final has vuelto a dormirte con el traqueteo del tren, al unísono con el ocupante del asiento junto al tuyo, un día más, tal y como sucedió ayer. Pero no hay problema, porque eres capaz de anticiparte a las paradas antes de que estas lleguen, incluso dormido, toda una proeza. Y sales de esa plácida ensoñación unos segundos antes de que el tren se detenga en la tuya, das los pasos necesarios hasta el andén y caminas ligero para coger asiento en el autobús que ya está esperando, el último viaje hasta el día siguiente. Y ¡ay! si se produce algún retraso, se descabalan llegadas y salidas y todo se va al garete, de pronto en la necesidad de improvisar y con el tiempo echándosete encima, llegando tarde a cada enlace y además enfadado -y sin poder hacer nada-; ese día ni siquiera la cena. Pero no hoy. Y así todos los días.