Futuro

Que no es ni tiene nada que ver con lo que hasta hace poco era el presente europeo u occidental -tome lo que más desee-, en el que nos habíamos habituado a vivir sin valorar en su justa medida, a tolerar o conservar sin ningún aprecio y, últimamente, a dilapidar con prisas como necios ignorantes para perjuicio de nuestros hijos y generaciones posteriores.

Definitivamente dejada a su permanente fracaso o, lo que viene a ser lo mismo, llevada diligentemente hacia él de la mano de las potencias occidentales, África debería echar primero a sus propios dictadores para intentar hacerse con su presente; si la tan alabada “Primavera Árabe” todavía no ha podido largarlos cuéntenme cómo van hacerlo sin que Occidente se ponga claramente del lado de las poblaciones, porque hasta hoy “ayuda occidental” significaba y significa permitir que los dictadores siguieran en su sillón. Aunque los últimos rumores no son muy esperanzadores, ahora prefieren a los chinos -más de lo mismo-.

Los países de la parte de América que no son Canadá ni Estados Unidos han de bregar con una clase política amarrada al poder durante generaciones; descendientes de las aristocracias coloniales, se han perpetuado en el gobierno a través de una serie de familias de reyezuelos sin corona -véase Argentina- tolerados por una ciudadanía que nunca ha sabido lo que es una democracia con bienestar social generalizado; países que todavía tienen cuentas pendientes con los pobladores originarios y en los que la población en general confía mucho más en su propio esfuerzo para salir adelante que en los utópicos beneficios provenientes de una administración elitista y cerrada a cal y canto a los que no sean de su estirpe.

Europa está siendo abandonada a su propio derrumbe por incomparecencia, de los políticos para hacerse el haraquiri por incompetentes, y de la población para echarlos a la calle. Y si alguien pensaba que todavía quedaban los países asiáticos para revitalizar -es un decir- la tan malparada democracia y sus supuestamente inherentes beneficios, grandes poblaciones con un futuro que podía ser esperanzador si conseguían afianzar el “un hombre un voto”, y con ello elegir gobiernos que fueran capaces de llevar adelante una política distributiva que mejorara las condiciones de vida de la mayoría, también estaba equivocado.

Hete aquí que las sociedades asiáticas no están interesadas en la democracia, surgidas de unas culturas muy jerarquizadas y tremendamente clasistas, las escasas esperanzas que la democracia a nivel mundial tenía depositadas en ellas están prácticamente muertas, porque, de hecho, ningún asiático con trabajo y vehículo propio estará dispuesto a dejar un céntimo para que sus paisanos más pobres puedan tener acceso a su estatus. Este sálvese quien pueda o, no estoy dispuesto a dejar nada de lo mío para ayudar a mejorar la vida de nadie a quien la vida -o Dios- no le haya dado una mejor posición, es el globalizado futuro que nos espera a todos en general -si usted es de los elegidos por Dios, enhorabuena-. Así pues, el futuro ya está aquí, en la vieja Europa, en la cual dentro de poco todos seremos felizmente autónomos, feroces e individualistas competidores incapaces de asociarse para reivindicar nada que pueda beneficiarnos en común, ganado pastoreado por las grandes corporaciones a quienes interesan individuos solitarios luchando por un miserable trozo de pan que ellas dispensaran a su capricho -siempre a la baja-, como en una gran piñata. Es mucho mejor que tener a multitudes exigiendo igualdad de derechos, justicia distributiva o desaparición de privilegios de clase.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Imagínense un soleado e iluminado restaurante “guay” en el que se puede comer bastante bien por menos de lo que piensan, en un ambiente también “guay”, con unos camareros que van y vienen con una sonrisa permanente atendiendo sin descanso ni cansancio. La clientela tira para joven, no sé si con trabajo, fijo o temporal, da igual. La cuestión es que el ambiente es de los que invitan a quedarse y prolongar la comida con una cháchara entretenida más o menos interesante, nadie parece tener mucha prisa, todos sonríen, al menos los que puedo ver desde mi mesa, no hay broncas, ni discusiones familiares, ni bebés berreando, ni fiestas de cumpleaños con mucho cumpleaños feliz y tal y tal. De pronto me fijo en la mesa que tengo delante, donde dos mujeres, no puedo verles las caras, y un joven a la moda (?) piden la comanda al sonriente camarero; una vez que éste se ha ido el tipo echa mano con un tic de desesperación de lo que parece ser un teléfono móvil “última generación”, un cacharrito blanco con una manzanita grabada en el dorso, lo manipula con gesto preocupado y permanece atento a él un buen rato, el suficiente para darme cuenta de que las dos jóvenes hacen exactamente lo mismo con sus respectivos cacharritos, también con la manzanita grabada, esa marca tan cara que capta adeptos «guay» con buena cartera y los ata a un sistema exclusivo fuera del cual nada saben ni pueden hacer o pensar -estos no entienden de software libre, ¡que vulgaridad!-, para ellos si no tienes marca no existes, ni puedes fanfarronear en cualquier cafetería viendo los mismos vídeos aburridos y las malas fotografías de siempre con la manzanita gritándole al personal, ¡eh! ¡soy uno de ellos! ¿a que te mola?-. Bueno, que la cosa no va con la manzanita, simplemente los tenía ahí delante. Cada cual puede tirar el dinero donde la apetezca.

Han pasado cuarenta minutos, más o menos, he terminado mi postre y hojeo una revista que compre antes de entrar en el restaurante, los de la mesa de enfrente han ingerido una serie de alimentos desconocidos junto a sus cacharritos sin decirse una sola palabra, los han manipulado y levantado de la mesa más que los tenedores o sus ojos para mirarse entre sí, de vez en cuando para mostrarse alguna tecno-habilidad que posteriormente los otros han recomprobado en sus respectivos, siempre limpiando las delicadas pantallitas con cara de alelados y mirada de imbécil funcional; al margen de eso nada de nada, igual podían haber comido paja. No sonríen, no intercambian más de dos palabras seguidas sin volver a mirar a las pantallitas -¡que felicidad!-, los imagino durmiendo, cagando o follando con el cacharrito adherido a la parte de su cuerpo que ustedes quieran.

Entre curioso e impertinente, con ganas de molestar y la muy alta probabilidad de salir escaldado decido dar por terminada mi comida, me levanto después de dejar el importe de la misma sobre la mesa y me acerco a mis vecinos -no me ven llegar, es completamente imposible-. Con diligencia y educación dejo sobre su mesa un euro, una de las jóvenes me mira con cara de nada. – Es para que os compréis unos cerebros nuevos que puedan funcionar por sí mismos, ya sé que es poco dinero, pero creo que no dais para más. Adiós. Encantado.

Y me dirijo hacia la puerta de salida. Antes de llegar a ella, demasiado tarde, tal y como suponía, oigo una voz masculina: ¡Eh! ¡tu! ¡gilipollas! ¿quién te has creído que eres?

Para entonces ya estoy fuera, ahora sé que no va a suceder nada más, esos infelices no son violentos, no pueden serlo, se les podría estropear el cacharrito de la manzanita.

Posdata. Yo también tengo un cacharrito con la manzanita.

Publicado el por desdecuandoque | Deja un comentario

No es una película

En la película Apocalipto (Mel Gibson) una pequeña población de indígenas en medio de la selva americana es asaltada y destruida por comerciantes de esclavos y sus pobladores apresados y llevados a una gran ciudad para ser sacrificados al dios de turno. Afortunadamente no todos mueren y quien escapa regresa tras numerosas peripecias a lo que queda de su antiguo hogar.

El último sobreviviente se salva gracias a -¡cómo no!- un fenómeno de lo más natural incomprensible para todos, de pronto el sacerdote de guardia deja de desgarrar torsos y extraer corazones sin ton ni son, no sabe cómo continuar y detiene el festín -¡gracias a dios!-. El protagonista respira, vive y se mueve en función de un impulso ancestral que le obliga a escapar y correr contra viento y marea hacia su tierra y los suyos, y sólo cuando localiza a los pocos que quedan se siente esperanzado y feliz al reencontrarse con el sentido de su existencia. En el horizonte amenazan más peligros, pero el futuro es eso, futuro, y lo que a él le guía es su presente, sus semejantes, su mundo, que es su tierra, una tierra que conoce casi como la palma de su mano, y en ella cada árbol, cada arbusto, cada animal, siendo muy poco lo que escapa a su respeto y admiración. ¿Es un ignorante?

Si damos un salto en el tiempo, precisamente hasta nuestros días, encontramos a los mismos protagonistas pero multiplicados por miles, más modernos pero más ignorantes, sin tierra a la que regresar -vendida y esquilmada-, sólo desarraigo; rodeados de tecnología de la que desconocen absolutamente todo, siempre impacientes, inseguros, desconfiados y desorientados, con infinidad de ropas que ponerse pero sin saber por qué han de vestirlas o cambiarlas, en perpetuo estado de consumo -verbo nuevo del que también desconocen su significado-, viviendo deprisa para morir antes cargados de años pero vacíos de días. Siguen sin saber por qué sale el sol cada mañana, por qué se suceden los cuartos lunares, qué es una estrella fugaz, cómo se produce un eclipse, por qué graniza o, simplemente, por qué llueve. Y que nadie les pregunte por qué vuela un avión, mediante qué mágico conjuro se comunican los teléfonos móviles, qué es un laser o cómo funciona un código de barras… Han perdido la cualidad de asombrarse, su curiosidad, la capacidad de ayudarse sin sonrojarse por ello, se soportan unos a otros mirándose por encima del hombro, aguardando el menor descuido para sustituir, suplantar, eliminar, echar, engañar, apartar o robar al vecino, qué decir del temible desconocido, todos peligrosos competidores. Pero ninguno de ellos sabe por qué compiten, por qué tienen que competir… Podría seguir, pero sería aburrido.

Una de las diferencias más apreciable con los sucesos de la película es que los sacerdotes actuales no llevan taparrabos, ni utilizan cuchillos de ónice, ni se pintarrajean la cara, ni alzan los brazos al sol dando grandes gritos, ni permanecen en trance ante la atónita mirada general. Los sacerdotes de hoy van vestidos con traje y corbata -curiosamente también llevan el cuello blanco-, gesticulan, pero menos, mientras usan palabras extrañas con significados abstrusos que sólo ellos conocen, un lenguaje que se autoencripta cada vez que el resto de los mortales cree tener acceso a sus ocultos significados. Ellos, los elegidos para predicar y mentir en nombre de … (ponga usted la religión o la ciencia que más le guste), los únicos que saben y entienden, dirigen a millones de personas sin necesidad de armas ni coacciones -¡bendito progreso!-, cuentan con su completo asentimiento, que nace de una ignorancia supina general y una sensación de inferioridad nunca antes conocida en la historia, sentimiento hasta tal punto determinante que hoy no es necesario sacrificar a nadie a ningún dios, somos nosotros los que cada día nos autosacrificamos sin saber por qué y, llegado el caso, hasta nos autoinmolaremos para dar de comer al orgullo del vecino que al sentirse todavía vivo se creerá afortunado porque él todavía respira y tiene una oportunidad más, aunque nunca sabrá para qué, tampoco le preocupa, simplemente no sabe, ese sí es un ignorante.

Publicado en Cine | 1 comentario

Un pueblo

Digo un pueblo porque en ellos los habitantes se hallan mucho más próximos entre sí que en las grandes ciudades, y en este del que les voy a contar gobierna desde hace unos meses -¡por fin!- lo que antes era la oposición, una oposición que después de cambios y más cambios a lo largo de los años no es que haya dado con la fórmula para ganar las elecciones, sino que más bien ha recogido la frustración de unos habitantes a los que eso de la política siempre les pareció una forma práctica y cómoda de ganarse la vida a costa del erario público, o sea, que da igual lo que pienses o valgas, la cuestión es colocarte y colocar al mayor número de los tuyos. Así que esta casposa y siempre antigua oposición, tirando de caras nuevas e ideas viejas, ha dado con un “nuevo” equipo de gobierno hecho con dos vestidos y cuatro trapos, un batiburrillo de gente “de su padre y de su madre” que en algunos casos no hay por donde coger. Les sigo contando.

El nuevo alcalde es un tipo joven siempre sonriente y con cara de no enterarse mucho de qué va la cosa que acude presto a cualquier “acontecimiento” con la televisión local pisándole los talones. Aparte de sonreír y asistir circunspecto a procesiones, romerías, reuniones decorativas y espectáculos taurinos no se le conocen otras cualidades más o menos significativas, a lo que hay que añadir su pobre cultura -perdón-, escasos conocimientos y nulas habilidades en cuanto a comunicación, gestión, relaciones sociales o trabajo con personas. Ante tal pavorosa circunstancia el Ayuntamiento se ha visto en la obligación de buscar y pagar un secretario muy personal que lleve sus asuntos, una minucia con despacho y buen sueldo. A su lado suelen desfilar, según la importancia del acto y su catalogación por parte de la oficina de prensa del Ayuntamiento, tres o cuatro concejales de distinto sexo que, apremiados por «las necesidades de su cargo», se han visto en el apuro de tener que renovar completamente sus vestidores para asistir prestos y lindos a cualquier evento que requiera o demande su presencia, sobre todo si hay que abrir la boca y decir lo primero que se les ocurra a sus siempre bien peinadas cabecitas o a sus bien puestos atributos -rijosas habilidades que se enorgullecen en mostrar y publicitar a la mínima ocasión-, lo que ha traído como consecuencia numerosos problemas con ciudadanos anónimos obligados a soportar falsedades, exageraciones, odios nada disimulados y situaciones de “aquí mando yo” que ya se pueden imaginar el ambiente que han creado entre los afectados y sus familiares y amigos. Porque para ellas y ellos la población simplemente no existe, bueno si, está representada por el cortejo de aduladores, “expertos” y posibles aspirantes que les siguen e intentan orientarles sin mucho éxito, porque ¿no son ellos los que mandan?

Pero la joya de la corona es el concejal de, no sé si hacienda, economía o presupuestos, da igual, pero en el pueblo es “quien parte el bacalao”, un tipo que recuerda al mejor James Cagney -en la cima del mundo- y como tal ejerce. Cómo no se debe fiar de su sombra ni, por supuesto, de absolutamente nadie que trabaje o haya trabajado en el Ayuntamiento, ha decidido cerrarlo económicamente a cal y canto. Inmediatamente después de tomar posesión de su cargo se descolgó anunciando que no había dinero para nada de nada -en un Ayuntamiento que, para variar, estaba bastante saneado-, y como primera medida bajó los sueldos de todos los empleados, excepto los del gobierno municipal y los de las personas que urgentemente contrató porque eran muy necesarias; a continuación paralizó todos los proyectos y obras en marcha, nadie sabe si para revisar las cuentas o porque tocaba. Se han recortado puestos de trabajo y nuevas contrataciones por estricta y austera economía, dejando de proporcionar servicios que sin ser onerosos en sí mismos proporcionaban bastantes alegrías a los ciudadanos; se han suspendido sine die grandes y pequeñas celebraciones, excepto las religiosas, también se vigilan con microscopio las compras -si usted necesita una goma de borrar pues no puede ser, borre con el dedo o, mejor, no se equivoque-. Todo ello ha provocado un ambiente general lleno de tensiones y recelos en el que todos desconfían de todos porque detrás de cada palabra o movimiento es probable que exista un motivo oculto y traidor -en los que ya estaban por vendidos y en los nuevos por posible transfuguismo-; nadie se salva de la lupa inquisitorial que busca con fruición un minuto vacío en la jornada diaria de cada puesto de trabajo para, a continuación, justificar con él la desaparición del puesto y el despido del empleado correspondiente.

Pero, y eso sí que es curioso, el tipo en cuestión se jacta en reuniones o en la intimidad de haber ahorrado miles de euros que descansan plácidamente en algún banco amigo mientras la población se deja abandonar sin rechistar, víctima de una inercia que ve cómo día a día el polvo y la apatía van sepultando carpetas y lugares vacíos -ni los jardines tienen flores, dentro de poco se secaran-. A todo ello el representante del tercer partido en discordia -pues hay un tercer partido en el gobierno municipal-, la llave de la legislatura, como bien se apresuraron en ladrar, se aburre en un despacho de muebles viejos sin responsabilidades ni sueldo, ni para él -o ella, es lo mismo- ni para la lista de parientes y amigos, futuros empleados, que probablemente dormirá oculta en algún cajón del escritorio de saldo sobre el que vegeta su estúpida inutilidad.

Ahora ustedes se preguntarán qué voy a contarles a continuación. Muy sencillo, ante tal panorama los habitantes, aparte de asentir dócilmente, han optado -cosa rara, eso de tomar una iniciativa y llevarla a cabo- por una solución muy del lugar: un buen número de ellos se ha dedicado a abrir bares, restaurantes, cafeterías y establecimientos de comida rápida. Si, como lo oyen, por aquí, como por la mayoría de pueblos de este país, los lugares de vino, cervezas, tapas y copas son bastante populares -miles de personas pasan más tiempo en ellos que con sus familias o en sus propias casas-, muchos dirigidos y administrados por los propios dueños, lo que facilita los horarios y minimiza los gastos. Pues bien, estos decididos ciudadanos han conseguido por sí solos -lo que es grata y sorprendentemente loable- una serie de acuerdos a la hora de estrenar locales, establecer condiciones comunes, horarios y precios que serían la envidia de cualquier gestor titulado; abren y cierran casi a las mismas horas -se permiten excepciones según el tipo de local-, mantienen precios similares, con ligeras variaciones según la oferta, y se intercambian ideas y nuevas formas de tener a los clientes sentados en las mesas o charlando en las barras -hasta hay un proyecto de vacaciones y cierres regulados, en función de intereses, claro-. Se suministran en común, dentro o fuera, con los mismos proveedores y según las necesidades de cada cual, tanto de productos básicos como mobiliario, contratan compañías de limpieza o servicios y funcionan de tal modo que puede decirse que prácticamente no existen para el Ayuntamiento -no quiero decirles la placidez y felicidad que fomentan entre la procelosa concejalía-. Pero es que hay más, con su forma de hacer, sus horarios y precios asequibles han logrado que la gente del pueblo esté de forma permanente en la calle, comiendo, de tapas o de copas, lo que ha hecho surgir entre la  alegre ciudadanía una especie de general y satisfactoria colaboración -prácticamente puede decirse que cada vecino tiene un familiar propietario de un café, restaurante, bar o casa de comidas- que, de hecho, se entrelaza y ramifica en una vivificante red que facilita y promueve la cohesión social y vincula muy estrechamente a cada uno de los habitantes con el resto. Es cierto que no se hacen grandes fortunas pero, esperanzadoramente, la gente ha decidido por sí misma que la única forma de que todos disfruten y ganen algo es moviendo el dinero. Y además vienen de otros lugares.

Así el Ayuntamiento puede descansar en paz.

Publicado en Relatos | Deja un comentario

10 (de Alejandro para Macarena)

Alfonso era un niño moreno, revoltoso, de grandes ojos negros y pelo rizado, más bien reservado y siempre sonriente, deportista regular y buen estudiante; con trece años un poco crecidos para su edad, algo perezoso y buen amigo de sus amigos. Vivía con sus padres en un edificio muy alto del que siempre se quejaba, el ascensor tardaba mucho en llegar hasta la última planta, precisamente en la que vivía, con lo que cualquier apretura, hambre o sed inesperadas, o incluso cansancio necesitado de una buena cama, se convertía en un auténtico problema, mucho mayor que en el caso de cualquier otro niño que viviera en una casa unifamiliar o en un edificio más pequeño, o el primer piso del suyo, inconveniente para él muy importante que tan pronto como venía a cuento echaba en cara a sus pacientes y sonrientes padres.

La vida de Alfonso se desarrollaba sin problemas, bueno, con los problemas de un niño de su edad, prisas, poca paciencia, exceso o no de juegos y televisión, discusiones constantes,  bastante aburrimiento y los inevitables estudios, la cantinela diaria, el monstruo de cada mañana y el castigo de cada tarde, una actividad de difícil comprensión sin un futuro próximo o atractivo, promesas y más promesas para un mañana siempre lejano; estudia, estudia, estudia, así cuando seas mayor podrás elegir el trabajo que quieras y vivir de lo que te de la gana; tantas advertencias eran solamente eso, «luegos», ¿y ahora qué? ¿Qué era su vida ahora? Un continuo esfuerzo salpicado de sacrificios y más sacrificios a cambio de nada consistente. Un rollo injustificable. Pero al margen de estas «rutinas» Alfonso soportaba una sombra que le traía de cabeza más de lo que deseaba. Ya dije que era buen estudiante, buen estudiante con un único inconveniente, jamás había obtenido un 10 en un examen. En sus muchos años de colegio o instituto había estado a punto en infinidad de ocasiones, pero en todas ellas siempre había aparecido una menudencia de última hora que echaba por tierra sus ilusiones, alguna que otra tilde de menos, una operación mál resuelta, el olvido de un pronombre, un verbo inglés que se le atravesaba, un trabajo no tan bien presentado como debiera o el eterno y socorrido recurso, una maestra o profesor al que no le caía bien, por lo que, hiciera lo que hiciese, nunca se sentiría satisfecho con su trabajo y le premiaría con lo que se merecía. Para complicar más las cosas últimamente los exámenes, es cierto que algo más difíciles, le producían dolor de estómago, mareos y pérdida de apetito, llegándose a repetir de tal modo estos síntomas que hubo que recurrir a un especialista que no encontró nada anormal, ni siquera preocupante, en su fisiología, luego el origen de aquellas molestias no era físico.

Sin que nadie lo supusiera o llegara a advertir él, en cambio, si lo sabía muy bien, un examen era la posibilidad de un 10 y el cada vez más fuerte convencimiento de que nunca lo conseguiría era suficiente para alterar su estado de salud, tal y como últimamente estaba sucediendo, de forma algo alarmante. Nunca se había planteado decirle a otra persona, ni padres ni amigos, a nadie, tampoco les importaba, que para él era imposible obtener la máxima calificación en un examen, estaba completamente convencido de ello, sus padres tampoco lo imaginaban, es cierto que a veces se habían divertido desafiándolo o barajando de forma relajada porqués, o simplemente comentando en común lo que para ellos debería ser el justo colofón a los esfuerzos de su hijo; para él sin embargo se trataba del horizonte perdido que jamás podría alcanzar. Había estado en tantas ocasiones tan cerca que su propio convencimiento se había convertido en una auténtica pesadilla que las vísperas no le dejaba dormir ni descansar. Hasta que la proximidad de unos exámenes finales se transformó en una anemia sin fundamento, una debilidad con muy mala cara y una hospitalización urgente que dejó sin habla a todos a su alrededor. Como testarudo que era tampoco dijo nada en el hospital, ni siquiera después de muchas pruebas inútiles, preguntas y más preguntas, ruegos de sus padres, arcada va arcada viene… nada.

Pasó el tiempo de los exámenes, acabó el curso y Alfonso mejoró, aunque después vinieron los problemas del paso al curso siguiente o la repetición del pasado, a Alfonso eso ya le daba completamente igual, porque a partir de entonces su sonrisa no fue la misma, es cierto que, como suele decirse, dió el estirón, siguió igual de revoltoso y sin cambios apreciables en su forma de ser, pero ahora su mirada era distinta, su corazón y su cabeza habían llegado a un acuerdo y una solución en cuanto al problema del 10.

Pero para conocerla tendremos que esperar al siguiente examen.

Publicado en Uncategorized | 1 comentario

Asturias y Grecia

Asturias y Grecia pueden ser los ejemplos de todo y de nada, de lo mejor y de lo peor, dos situaciones similares en las que las virtudes y los defectos del sistema democrático dan lugar, o están a punto de hacerlo, a parálisis administrativas que no se si atribuir a la desidia de la ciudadanía o al fracaso general que nos invade, tanto a políticos -como ya viene siendo habitual- como a ciudadanos.

Cualquier grupo, comunidad, asociación o empresa obliga por principio a sus integrantes a sentarse, valorar y discutir unas normas generales de organización y trabajo que teniendo como objetivo el beneficio de la sociedad permitan el buen funcionamiento y el futuro éxito de la misma, regulando tanto su presente como su porvenir y permitiendo, llegado el caso, modificarlas, mejorarlas o sustituirlas si la voluntad general de sus integrantes así lo desea. En los sistemas democráticos occidentales afortunadamente existen una serie de normas que permiten al mismo seguir funcionando mientras se renuevan sus principales óganos administrativos o de dirección. Entonces, ¿como puede permitir el ciudadano que después de dos elecciones con cargo al erario público Asturias siga parada desde hace un año y en Grecia se amenace a sus ciudadanos con unas nuevas elecciones, también pagadas con dinero público, porque los elegidos en las últimas son incapaces de ponerse de acuerdo? Si los elegidos no son capaces de llegar a acuerdos de gobierno sencillamente se les hace dimitir a todos en conjunto y desaparecer de la arena política, su egoísmo y palpable incompetencia no necesita de más oportunidades. El sistema seguirá funcionando mientras se renuevan completamente los aspirantes con la, no se si vana, esperanza de que los nuevos elegidos sean capaces de ponerse de acuerdo, si tampoco son capaces, de nuevo todos a la calle. La política es una actividad voluntaria, no una obligación, aunque desgraciadamente es de conocimiento general que de la política acaba viviendo quien no vale para otra cosa.

Pero, ya que en la actualidad no existen diferencias entre las antiguamente llamadas izquierdas y derechas a la hora de gobernar para los mercados ¿por que los elegidos no son capaces de ponerse de acuerdo si supuestamente todos deberían preocuparse y trabajar por lo que es mejor para la ciudadanía en su conjunto? ¿tan difícil es trazar líneas generales de trabajo en beneficio público general? o ¿es que a los elegidos les importan un pepino los ciudadanos y sólo piensan, como buenos perros de sus amos, en su propio estómago, en seguir viviendo a costa del dinero público, malversando, dejándose sobornar, enriqueciéndose… -piensen lo que deseen-? Probablemente estos mismos en una empresa privada no tendrían tantos escrúpulos a la hora de tener que ponerse de acuerdo, no les quedaría más remedio que atenerse a la norma del beneficio general, de lo contrario estarían de patitas en la calle. ¿Por qué no puede suceder de ese modo en política? ¿por qué hay que aguantar a codiciosos, ineptos e incompetentes que fuera de un puesto público no tendrían dónde caerse muertos?

Pero desgraciadamente eso no es lo peor de todo, lo peor es ¿en qué piensa la ciudadanía que sigue votándolos una y otra vez sin largarlos definitivamente? A los ciudadanos sólo nos queda el voto, y mientras no desaparezca o nos lo arrebaten definitivamente exigiremos votar y votar hasta que los aspirantes nos satisfagan o por lo menos sean capaces de dejar su codicia a un lado y se obliguen a gobernar en común para la mayoría de los ciudadanos. ¿O es que los ciudadanos somos masoquistas? ¿Estúpidos? ¿Vamos a permitir que se pierda lo poco que nos queda?

Publicado en Política | Deja un comentario

AF

Para la mayoría de las personas que andan por el día a día entre dudas tan prosaicas y nada elegantes que casi siempre tienen que ver con la precariedad del trabajo y su duración, con la disponibilidad de dinero para seguir pagando las deudas o con las dificultades para adquirir aquello que tanta falta hace, no hay otro mundo que el continuo esfuerzo de intentar seguir adelante con un mínimo de dignidad -para muchos otros la dignidad ni siquiera existe-. Sin embargo ese mundo suyo felizmente no es todo el mundo, por encima de él funcionan otros universos paralelos habitados por tipos etéreos que sólo en apariencia tienen el aspecto de personas vulgares y corrientes. Son esos mundos en los que gravitan parientes de reyes con aureola divina y facilidad para moverse entre cifras de cuatro, cinco y más ceros, o esos otros personajes con los que me he permitido comenzar estas palabras: los asesores financieros.

Estos señores gesticulan y hablan con gran circunspección de su trabajo, una actividad seria y muy importante que tiene que ver con el dinero que a algunos afortunados les quema en las manos y la urgente necesidad de darle una ocupación para rentabilizar su inevitable valor -del que ellos no son culpables-. Para estos tipos la vida se mueve por otros derroteros, es más, su realidad es casi trascendente, exigente y necesitada de un tacto exquisito, pues sus clientes estan habituados a lo más selecto y no tolerarían un mínimo descenso en la excelencia o una pérdida de calidad en la contratación de productos y atenciones. Organizadores de eventos, caterings y demás saraos y asesores financieros se mueven un un limbo inmaterial, convincentemente preocupados de su importancia, suministrando atenciones urgentes -prohibido hacer esperar- a ricos y aspirantes a serlo deseosos de dar sentido y ostentación a sus vidas, con el añadido de que, gracias a su munificencia, otros muchos con menos fortuna o simplemente vagos, que probablemente sin ellos ya estarían muertos, tienen algo que llevarse a la boca y vivir. Estos asépticos personajes son el lubricante que hace funcionar la parte más alta de esta sociedad, e indirectamente el resto, y son indispensables por su equidad y discrección, porque ellos no son ni causantes ni culpables de nada, simplemente se dedican, eso sí, a trabajar duro para hacerle la vida más fácil, que casualidad, a aquellos que más tienen, y ni mucho menos serían capaces de dudar de la legitimidad de sus propiedades, de la legalidad de sus adquisiciones o cuestionar la flagrante injusticia de un mundo en el que tan duro bregan para ganarse la vida.

Bueno, que ya lo saben, la próxima vez que quieran desplazarse en avión privado a Pekín o Los Ángeles -por unos módicos sesenta mil euros-, o alquilar un palacete por cincuenta mil para invitar a sus amigos a una comida de celebración, o para una reunión informal, o de trabajo -a tres mil el cubierto y con alimentos de primerísima calidad, o sea, lo mejor de lo mejor-, o reservar la suite más cara del hotel más caro para reunirse con su joyero, relojero, zapatero, sastre o similares -porque usted no tiene tiempo para ir de tiendas- y gastarse cien mil euros en compras de temporada, no pierdan el tiempo moviéndose al azar, contraten, contraten a estos amables tipos -siento no poder decirles sus honorarios, aún no he llegado tan alto-, y obtendrán un resultado exquisito con la máxima discrección. Aunque para ello haya que tener muchísimo dinero, ¿para que es el dinero si no?

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

El perro perfecto

Podríamos comenzar imaginando algún secreto y atípico habitáculo particular -un garaje, para no perder el romanticismo- o, por otro lado, algún soleado, limpio y excelentemente equipado departamento de proyectos de alguna multinacional informática de prestigio, en cada uno de los cuales el portento de turno en ciernes o el principal equipo de diseño trabajan exhaustivamente en el prototipo definitivo del perro perfecto. Una especie de perro-robot prácticamente imposible de diferenciar respecto de otro «natural». Un perfecto animal de compañía sin los inconvenientes del común animal de andar por casa: no suelta pelo, no mancha, no necesita alimentación, no es ruidoso, no deja ningún tipo de excrementos, no necesita atención ni revisiones médicas, vacunas, prohibiciones, mutilaciones, cortes de pelo… poseedor además de la gran virtud de estar permanentemente pendiente del estado anímico y psicológico de su propietario y sintonizar inmediatamente con él, ya sea alegría, ganas de juego, descanso, paseo, tiempo de tristeza, melancolía, ira, cansancio, tal que un álter ego inseparable e indistinguible de su dueño.

Tal invento sería el compañero ideal para tantas y tantas personas acuciadas por la imperiosa necesidad de tener compañía (aunque probablemente entonces aparecerían algunos «problemas morales» en cuanto a calidad y cualidad de difícil explicación).

Ese es el verdadero motivo de estas palabras, y no me refiero a esos alelados que se extasían  viendo cagar a su perro, le hablan y tratan como si fuera una persona -hasta extremos sonrojantemente inimaginables- o les gusta gastarse en el animal mil euros al més para presumir de ignoro qué; intento ir más allá, porque ¿qué tememos que nos resulta tan difícil acercarnos unos a otros y preguntarnos, ayudarnos, conversar, pasar el tiempo o simplemente estar juntos en silencio? ¿por qué ponemos en un animal la responsabilidad de tener que aguantar nuestras carencias -afectivas o no- y soportar nuestro carácter? ¿por qué nos empeñamos en confinar a un animal, que debería correr al aire libre y llevar una feliz vida de animal, en una casa de humanos obligándole a llevar una vida de humano? ¿a qué no nos atrevemos?

Esto no es un manifiesto en contra de nada ni nadie, ni una acusación -no me considero con la suficiente entidad- contra el uso que pueda hacerse de una animal de compañía como animal de compañía, es simplemente un intento de materializar tantas y tantas observaciones esporádicas de comportamientos de personas con animales necesitadas de alguien que les escuche o les haga algo más que compañía. Creo que no es una simple cuestión de soledad, sino tan solo temor, desconfianza o desgraciado aburrimiento, lo que a estas alturas no deja de significar un sonoro fracaso de nuestra capacidad para la común convivencia como humanos adultos.

Cada uno hace lo que le da la real gana. ¡Ah! pero ¿es eso?

Publicado en Uncategorized | 1 comentario

Un disparate

Y como tal lo más interesante o preocupante que puede suceder con este disparate es: ¿en que porcentaje cabe la posibilidad de que pudiera darse en la realidad y cuantos de los preguntados se atreverían a no mentir a la hora de responder?

El disparate sería ofrecer a los habitantes de este país o, ya puestos, de cualquier otro de nuestra «triunfante cultura occidental», que con sinceridad y valentía elijieran entre,

1. Vivir en una carcel con todas las comodidas que en la actualidad estos centros ofrecen «gratis» a delincuentes y terroristas: no hacer nada en todo el día como primera opción, disponer de un lugar aseado más o menos amplio, habitación con cama propia, ropa limpia, patio y lugares de ocio y recreo, calor en invierno, fresquito en verano, comida, televisión, cine, un lugar para trabajar, aprender un oficio o ¡estudiar!, ver a tu familia con cierta regularidad, derechos reconocidos etc.? o

2. Trabajar la mayor parte de tu vida diez, doce, catorce o más horas diarias a costa de tu salud y familia -también descansar de ella- sabiendo que lo máximo a lo que podrás aspirar y sentirte orgulloso es un A4 que recompensará todos tus sufrimientos y privaciones -aunque luego no puedas pagar las revisiones o los cambios de neumáticos-.

¿Disparate? Seamos realistas y admitamos que para la mayoría de las personas este mundo no deja de ser un auténtico valle de lágrimas al que uno llega por azar, predestinado en cuanto a sus orígenes, futuro y aspiraciones, y en el que ha de ganarse la vida a base de tortas parar intentar sobresalir entre sus semejantes. Tengan en cuenta que «cuestiones similares» como la libertad o, por ejemplo el lujo, son excesos provienentes de otros mundos que nada tienen que ver con el mundo real, porque ¿para qué quieres libertad si no sabrías dónde ir por tí mismo? o ¿para qué quieres más dinero si no sabrías en que gastarlo -más coches, más casas, más comida…? Es mejor y más satisfactorio envidiar u odiar a los demás que pensar qué hacer con uno mismo, ellos siempre te proporcionarán los mil motivos que darán sentido a tu vida.

Dislates semejantes y otros parecidos explicarían por qué todavía la gente sigue votando a los mismos políticos que han hundido la política.

Publicado en Sociedad, Uncategorized | 3 comentarios

Acuerdos

El pasado 24 de Abril aparecieron en prensa algunas noticias acerca de los primeros desacuerdos entre las plataformas -por llamarlas de algún modo- del «15-M» y «Democracia real ya», y sin estar directamente relacionado con ellas pero si cercano a muchas de sus propuestas no deja de entristecerme que, diligentemente, sus integrantes comiencen a tropezar en «diferencias insalvables»de propuestas e intereses que ya fueron jactanciosamente auguradas por los «acomodados linces» y comentaristas de todo tipo que, como de costumbre, gustan derribar de antemano cualquier alternativa social que no pase directamente por el beneplácito de su parecer, critique su modo de vida o cuestione su bien remunerado papel de «experto conocedor del sistema y sus habitantes».

¿Por qué mientras la derecha -la más reaccionaria y la que menos- siempre es capaz de aunar sus fuerzas en pos de un interés común primordial -ganar cada vez más poder y dinero-, dejando para después los «matices» relacionados con cuestiones sociales y similares, los grupos que se dicen «alternativos», «progresistas» o «de izquierdas» son incapaces de llegar a acuerdos-guía u organizar un programa conjunto a largo plazo, y en cambio se dedican a lanzarse unos a otros conceptos imposibles o trasnochados, a insultarse entre sí o a presumir de ser «los más puros»? ¿Pretenden influir en la sociedad que los acoge o simplemente les apatece hacer de payasos de calle para mofa y escarnio de sus conciudadanos? ¿Tanta parafernalia para luego «y yo más»?

Debe ser divertido para los organismos, multinacionales, especuladores y políticos que dirigen este absurdo mundo ver y comprobar día a día cómo los más numerosos y que menos posesiones tienen son incapaces de llegar a acuerdos elementales, puntos de partida comunes o actuaciones, al margen de la simple e impotente violencia, capaces al menos de intranquilizarlos en sus confortables sillones de mando, y cómo, sin embargo, esos mismos se dedican a despellejarse entre sí a las primeras de cambio, cuando las decisiones importantes están a punto, prefiriendo, cobardemente, echarse atrás y autodestruirse escudándose en cuestiones de pureza inconsistentes y desfasadas. Creo que si uno quiere influir de algún modo en la sociedad en la que vive ha de echar mano inevitablemente de los medios que dispone, porque los medios no son el problema, el problema es el uso que pueda hacerse de ellos (un político, un abogado o un economista pueden ser los mayores enemigos o los tipos adecuados para introducirse en la legislación existente y hallar los métodos -que siempre los hay- para conseguir aquello que sus representados o clientes se propongan). Porque ¿cual es el problema? ¿Hablamos de grados de pureza o de intentar conseguir que el mundo, nuestras vidas y las de nuestros descendientes puedan mejorar sustancialmente? Siempre existe la posibilidad de cambiar el paso o darlo hacia otro lado, y no hablo de héroes o mártires, héroes y mártires hay en cualquier calle de cualquier pueblo o ciudad intentando salir adelante, se trata de detenernos un instante y preguntarnos qué es lo que queremos, de qué medios disponemos y por qué no intentamos hacernos con ellos para conseguir nuestros propósitos. Paso a paso.

Publicado en Uncategorized | 1 comentario