Han pasado días desde la final del mundial de fútbol y la resaca tras la victoria estará más o menos superada, hemos vuelto a la normalidad veraniega -es un decir- y voy a retomar el fútbol, aunque solo sea como excusa.
No hace falta indagar mucho en prensa y las redes sociales para dar con los hermanos Williams y su ejemplo de integración, esfuerzo, educación y agradecimiento para llegar donde lo han hecho, un recorrido en el que sus padres son parte fundamental, ejemplo de migrantes que, para variar, sí encontraron el paraíso en el país que los acogió; es igual si por las buenas o por las malas. Como es curioso que ambos hermanos jueguen en un club de fútbol vasco orgulloso de exhibir un segregacionismo admitido sin rechistar por todo el mundo, puesto que solo permite en su equipo a chavales con DNI vasco, puros y sin mezclas, lo que deja una interesante sospecha respecto a posibles sarpullidos en trastiendas recelosas o directamente contrarias a la admisión en la plantilla de tipos como los Williams. En última instancia puede decirse que son de los nuestros porque han nacido aquí; se omite y deja a un lado lo que no interesa para la causa.
Qué pocos prejuicios en los gestos y las palabras de los Williams y cuánta sensatez a la hora de posicionarse y defender un mundo abierto en el que cabemos todos, por encima de discriminaciones y podredumbres segregacionistas. Y qué mejor ejemplo y agradecimiento por parte del mayor de los hermanos que jugar con la selección nacional de fútbol del país de sus padres -eso jamás podría hacerse en el lugar dónde viven-, derribando unas fronteras que solo interesan a quienes pretenden convertir este mundo en un caos de guaridas en las que, tan atemorizados como violentos, refugiarse contra todos lo que no sean de la misma sangre, en contra de una de las principales virtudes de la especie -la sabiduría de mezclarse y confundirse. Envilecidos miedosos y racistas.
Choca más su ejemplo porque viven en una zona del país en la que ese germen podrido del nacionalismo más absurdo e intransigente todavía sigue presente. Una zona, el País Vasco, en la que al igual que en Cataluña todavía existen energúmenos reducidos a cualquier tipo de pureza que los aleje y distinga de los demás. Y es tal la ignorancia de estos descerebrados, o el miedo y la mala leche, que en un lado se etiquetan de izquierdas y en el otro de derechas -también extremas-, cuando no dejan de ser los mismos perros con diferentes collares. Vienen a cuento estas dos zonas del país porque en ambas encapuchados o donnadies se han dedicado a golpear y pintar paredes en contra de los jugadores locales que, al igual que traidores, han decidido jugar con la selección española de fútbol. Pero con matices, mientras en Cataluña se omitían los nombres y la culpable era España, luego los jugadores son imbéciles funcionales dejándose engañar o han caído como peras maduras abducidos por el malvado nacionalismo español, en el País Vasco, en cambio, aparecían los nombres de los jugadores como traidores, pero curiosamente no el de los Williams, porque, a ver, en qué cabeza cabe que un vasco sea negro. Luego da igual si juega con Ghana, como ha hecho el mayor de ellos, allí sí porque aquellos no son vecinos a los que odiamos y en el fondo nos importan una mierda. Siempre que se queden en su tierra, claro.
Estos anónimos que se han dedicado a pintarrajear y golpear probablemente no lo han hecho por sí mismos, ni tienen edad y ni les da el seso, sino que obedecen las arengas y consignas de unos resentidos que se dicen nacionalistas, cuando no fracasados tan desvalidos como desarraigados. Retales humanos incapaces de razonar y sentir con normalidad -qué pensará esta gente del altruismo-, permanentemente agazapados entre sus envidias y miserias más sórdidas pero, y esto si es importante, con todavía ascendiente sobre ciertos estamentos sociales y políticos a los que probablemente amenazan con el fin de los tiempos si no les dejan espacio y dinero para sofocar sus frustraciones.
Que un emigrante excelentemente acogido tenga que dar lecciones de solidaridad, integración y humanidad a cuatro trastornados dedicados a catequizar a jóvenes desorientados que no tienen quien les quiera es un buen ejemplo de hasta dónde puede llegar la mierda en según qué lugares de este país. Por supuesto que no es oro todo lo que reluce, pero regresar al fango, constatar que todavía existe y ensucia todo lo que toca no es buena señal; tampoco el autoconvencimiento de que son pocos y están solos.
Quizás la única solución es que sigan viniendo más Williams, hasta el punto de permanecer y confundir toda pureza y expulsar a la prehistoria a tanto amargado incapaz de entender qué significa vivir en este mundo.