Apunte

Sólo hay un debate económico posible -¡ojo! no confundirse ni entrar al trapo a las primeras de cambio- y no es el que trata del dinero de la sanidad, la educación o los servicios sociales, ni de las pensiones, el salario mínimo, los contratos de trabajo o el despido libre, esto es la calderilla. El auténtico debate económico debería tratar de las subvenciones públicas a los ricos y a empresas con beneficios, de las exenciones de impuestos a los mismos y a las mismas, de las especulaciones sin regulación, de las inversiones ocultas, de los paraísos fiscales, del fraude político, empresarial y profesional, de la ocultación de beneficios o de su declaración en otros lugares con menores impuestos, ¡eso sí es dinero!

Es la diferencia entre ser ciudadano de un país o de una mierda de país.

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A partir del «caballero oscuro»

La última secuela de Batman no deja de ser eso, una secuela, tal vez demasiado larga para mantenerte quieto en la butaca, con un guión con demasiados agujeros, unos malvados vocingleros a veces algo ridículos, alguna que otra pelea repetida e insustancial, antiguos personajes que ahora llegan a resultar cargantes, otros nuevos mal dibujados y una insistente y repetitiva banda sonora de Hans Zimmer que no aporta mucho más a la acción, como si también ella se contagiara de la excesiva duración de la cinta y hubiera momentos en los que únicamente parece encargada de evitar que nos adormezcamos para cuando llegue la mejor parte, probablemente demasiado tarde para volvernos a meter en la película.

Al margen de la película en sí, de sus peleas, explosiones y otras rutinas cinematográficas, hay un par de cuestiones de las que me gustaría hablar y que quizás para muchos por obvias no sean de lo más interesante, pero precisamente por eso lo son: la violencia y el miedo. De la violencia que se muestra en la película pueden obtenerse algunas observaciones que me parecen interesantes. Me refiero a la violencia que paraliza el orden establecido sin destruirlo, una violencia que tiene como feliz consecuencia detener la “inevitable progresión de los acontecimientos” sin que suceda absolutamente nada, sin que afecte a la vida de las personas y a sus quehaceres diarios. El todopoderoso, imparable y autosuficiente mercado -siempre, recuerden, siempre dirigido o manipulado (escojan el verbo que deseen) por personas- es atacado con violencia y su actividad interrumpida -al parecer la única forma de hacerlo-; los especuladores suspenden su fanfarria, dejan de ganar más dinero, se “cagan de miedo” y el mundo, sorprendentemente, no se hunde. La soberbia del poderoso de turno parece que sólo puede detenerse ante la violencia física y su ambición, que no conoce límites y se permite hacer y deshacer sin dar detalles ni entender, sin escuchar ni respetar, sin ayudar o contribuir tiene que contenerse porque la violencia implícita en la que se basa su dominio ha de enfrentarse a lo único que puede detenerla, la violencia real, la violencia de carne y hueso, la de sangre y fuego. Para cuando las cosas vuelven a funcionar la cautela aconseja un “miedo sabio” que recomienda a los tiburones permanecer quietos para seguir ganando antes que interponerse entre los nuevos dueños. Se trata de recoger los infortunados y necesarios cadáveres y volverse a repartir lo que hay con alguno más.

¿Significa eso que la violencia es el único recurso para detener el saqueo general que está causando una economía de estafadores a nivel mundial?

La otra cuestión, el miedo, se manifiesta en forma de parálisis colectiva que inmoviliza a la gente en sus casas porque nadie quiere ser el primero, exige algunas víctimas que pronto serán olvidadas y mantiene al resto a buen recaudo; miedo que también es ignorancia y desconocimiento, miedo que siempre deja el campo libre “a los malos”, a los antiguos y a los nuevos, a quienes apoyados en sus privilegiadas posiciones sin origen dirigían a su antojo y a quienes ahora quieren dirigir “por cojones”; un miedo limpio, dócil y pacífico que aclara el terreno para que los que antes controlaban el poder -o el mercado- sigan teniéndolo con mayores beneficios. Cuando la pausa se evapora todo vuelve a continuar igual. Un miedo que además es cobardía y mezquindad, envidia mal disimulada, fracaso y autocompasión y sirve para derogar la voluntad de las personas -un miedo también útil que tiene la facultad de inventar algunos breves héroes que pronto son eliminados para mayor gloria de la nada-. Ese miedo no es una causa activa, ese miedo provoca demora y omisión por abandono, porque la única amenaza importante es la que se basa en el temor a actuar, en el me escondo por si a mí me toca o qué otros se muevan o hagan mientras yo permanezco quieto aguardando los acontecimientos, si fracasan ya lo sabía, si tienen éxito, bueno, yo en el fondo estaba con ellos, pero tenía otras cosas también importantes que requerían mi atención…

¿Significa eso que nuevamente el miedo es la única piedra en la que se apoya el saqueo general que está produciendo una economía de estafadores a nivel mundial?

Y otra pregunta a partir de lo dicho ¿después de siglos de historia, todavía es la violencia la única forma de detener un desastroso y absurdo desarrollo económico que no tiene en cuenta a las personas? ¿Siempre la violencia? ¿Creemos en algo más?

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Apunte

¿Qué clase de personas son –que odio o necedad les mueve- las que, formando el gobierno de un país, se dedican a quitar lo que tienen, empobrecer y dejar morir por desatención a sus propios ciudadanos y compatriotas para que ricos extranjeros se enriquezcan aún más con ello?

Piénsenlo unos segundos en silencio… (sin asustarse).

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Juegos 2. (Obviedades)

Ahora viene lo más feo y fastidioso, o desagradable, o inconveniente, eso de lo que nadie quiere saber o hablar. ¿Después qué? ¿Después de los alabados éxitos de esos esforzados gladiadores qué? ¿Después de los incalculables, únicos y cargantes momentos históricos de pacotilla, de las tensiones y nerviosismo extremo -siempre de otros-, de los millones de gilipolleces gritadas sin vergüenza por comentaristas y expertos, de las horas perdidas frente a la pantalla del televisor, qué? Creo que si uno se pone a ello –aunque dudo que quien nunca se ha esforzado por nada pueda llegar a sentirlo-, puede imaginarse la satisfacción que a nivel personal siente el ganador por el esfuerzo finalmente recompensado, la alegría por la gratificación conseguida después de los días y el tiempo invertido, la dura necesidad de las privaciones sufridas al fin justificadas cuando el laurel corona su frente. Pero, repito, eso sólo queda para el ganador que, después, si no sabe hacer otra cosa, tendrá que rentabilizar su cuerpo buscando más éxitos que le proporcionen más, digamos… ¿dinero?

Quitando a las pocas personas que pueden y quieren asistir en directo a acontecimientos de este tipo, de las motivaciones personales para hacerlo y de su capacidad para lograr una comunión in situ con los participantes -si uno es capaz de sentir lo que supuestamente y en origen pretendía significar la palabra deporte, al margen del espectáculo que hoy nos venden-, el resto consume en la lejanía una ficción impuesta de la que nunca sabrá si puede apropiarse haciendo suya o sencillamente no le interesa, sólo es tiempo consumido que le ayuda a olvidarse de sí mismo. En un primer momento ideal puede entenderse una empatía inicial tal que un tipo en cuestión delante de la pantalla saltaría del sillón y se pondría de inmediato a hacer ejercicio, intentaría practicar alguna actividad física o acabaría jugando con un grupo de amigos o conocidos a aquello que sus cualidades mejor se lo permitieran para, poco a poco, comenzar a creer y disfrutar con lo que su cuerpo seguramente mejor agradece; pero ese no es el caso en la inmensa mayoría de las personas y situaciones. Desgraciadamente, lo normal después de lo visto es la más absoluta nada, y lo que es peor, la incómoda y ávida penuria de tener que encontrar un nuevo objeto de consumo que satisfaga una artificialmente enraizada impaciencia para dar con “otro espectáculo” que calme un desesperante, permanente e irascible estado de sitio necesitado de llenar tantas horas vacías.

O ¿qué creen que sintieron la mayoría -sí, tantos- de los que hace poco celebraron y se echaron a la calle para gritar por las victorias futboleras de “la roja”? Incluso los que en su interior se sentían al fin satisfechos y secretamente recompensados por tantos años de humillaciones y derrotas, de infancias consumidas admirando a otros siempre mejores, infinitamente mejores, ya que “los nuestros” sólo podían mostrar la mejor mediocridad e impotencia casposa de la que generaciones de compatriotas han hecho gala maniatados por interminables reyertas nacionalistas plagadas de raza e ignorancia. Nada. Un vacío insondable e insoportable que en el mejor de los casos puede que a alguno le haya hecho preguntarse por lo que estaba haciendo con su vida, qué significaban para él los éxitos de esos chicos, por qué se dejaba engañar por una selecta secta de mafiosos pregonada por una panda de facinerosos vociferantes e hipócritas que se dedican a dar consistencia y engordar lo que sólo es un enorme e insaciable espectáculo vacío que aniquila y frustra vidas enteras dejándolas atrapadas en sus miedos y carencias, insuficiencias reales inventadas e impuestas por una sociedad que antes que ciudadanos necesita consumidores desesperados que no dispongan de tiempo para pensar en sí mismos y actuar en consecuencia. Una sociedad de ciudadanos siempre nerviosos y violentos incapaces de permanecer quietos, presos a perpetuidad en las celdas de una pereza existencial que va minando y acabando poco a poco con sus almas y sus vidas. O sea, todos nosotros, y después de la reprimenda ¿con qué cara nos levantamos mañana? Pues con la misma de hoy, la única que tenemos, pero con la alegría de sabernos vivos y en posesión de nuestra voluntad.

De todo ello me gustaría excluir a los niños, los únicos que creen y viven como sienten, además de decir lo que piensan. Me gusta imaginar que todavía tienen la posibilidad de hacerse con sus vidas y destruir este engendro de “rica sociedad” que los adultos hemos creado. Además de perdonarnos.

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Elefante Blanco

“Monito”, uno de los personajes de la película, aprende, ni demasiado pronto ni demasiado tarde, que crecer significa ir abandonando cada una de las certezas que dan consistencia y seguridad a la infancia para, poco a poco, adentrarse en la inquietante jungla de las contradicciones.

Si uno puede presumir de algo sin que se la caiga la cara de vergüenza es de sus propias contradicciones, precisamente a través de ellas cualquier hombre muestra su poder, tanto para imponerse a los demás como para soportarse a sí mismo, y a la larga enderezar unas vidas más que traídas a este mundo arrojadas por unos padres inconscientes que nos obligaron a existir en parte porque nos deseaban, nunca sabremos con seguridad para qué, y en parte porque tocaba, sin, afortunadamente y en la mayoría de las ocasiones, sabernos dar lo que más necesitábamos, de cualquier modo inservible para una vida propia que sólo a nosotros nos toca sacar adelante. Son precisamente esas contradicciones, ese andar entre lo que se puede o se debe y a nuestro pesar es, entre lo que se desea, no se debe y se acaba haciendo, entre lo que amamos, no debemos permitirnos pero no dejamos marchar, o entre lo que nos dijeron que sería de otro modo y sin embargo y para nuestra desgracia nos tiene agarrados y no sabemos o queremos soltar, las que nos van ordenando para que no nos descarriemos demasiado. Respiramos detrás de miradas que nunca sabemos a ciencia cierta si son nuestras o responden por otra persona, puesto que casi nunca tenemos que enfrentarnos a ellas y solamente cuando las vemos por primera vez, quizás en una fotografía siempre indiscreta, participamos desconcertados de otra realidad, la auténtica, de la que seguimos pensando que no nos pertenece, aunque el tipo que la mantiene se parezca a nosotros y se deje identificar con el mismo nombre; pero afortunadamente siempre es tarde para rectificar y nuestra pobre mirada sigue diciendo más de lo que nosotros quisiéramos y menos de lo que nos gustaría. Contradicciones que cada mañana, cuando nuevamente nos levantamos y nos enfrentamos al espejo para preguntarnos sin querer ¿qué puñetas hacemos aquí? siguen sin resolverse, esclavos de una inercia que nos obliga a erguirnos y caminar hacia delante conscientes de que preferimos mil veces más la cama que odiamos abandonar para dejar que la luz del sol nos inunde con una realidad hecha por otros que inevitablemente será la nuestra cuando acabe el día, soportada, mantenida y defendida a nuestro pesar mañana, convertida en nuestra propia vida, un recorrido plagado de encuentros inevitables a los que tuvimos que responder sin experiencia o con malas experiencias para terminar como al principio, sin saber realmente qué hicimos, por qué lo hicimos o qué queríamos hacer. Para entonces siempre será demasiado tarde y nuestra existencia sobrevivirá representada o amarrada a una pequeña fábula con consistencia propia y temporalmente un lugar en el mundo, desgraciadamente también en el de “los malos”, los dueños de las llaves del gran almacén donde se guardan todos los retratos, que ellos voluntariamente nunca verán y nosotros nunca sabremos que teníamos. Y todo sucede sin que nos dé tiempo a darnos cuenta.

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Juegos 1

Uno ha estudiado que en la antigua Grecia existían unos “juegos” en honor de Zeus, llamados Olímpicos porque se celebraban en la ciudad de Olimpia, en los que básicamente se corría, se lanzaba, se saltaba y se luchaba, amén de recitar poesía, bailar o hacer música, todo bajo un fuerte contenido religioso y festivo. Los participantes practicaban durante todo el año en los gimnasios y eran ensalzados y admirados, pública y personalmente, por sus compatriotas en el conjunto de una celebración comunitaria motivo de alegría y comunión entre los griegos; ignoramos cuánto por encima de guerras o rencores tribales, y también dónde y cómo quedaban los inexistentes extranjeros y esclavos. Mi interés, en este caso, se centra en aspectos lúdicos colectivos.

Ahora imagínense una enorme jaula en una gran ciudad, falsamente elegida gracias a enormes cantidades de dinero dilapidadas en regalías y sobornos, en la que son encerrados cada cuatro años los mejores ejemplares de una especie -digamos la especie humana- para que coman, beban, forniquen y compitan para mayor gloria de sus satisfechos propietarios, quienes les pagan y envían. Los especímenes son lo mejor de lo mejor que existe en cada momento en la tierra rica, jóvenes especialistas adiestrados para ganar a toda costa, con riesgo incluso de sus vidas, y dar necesaria pero falsa satisfacción -mejor imaginarlo de ese modo- a otros correligionarios y compatriotas que por múltiples causas, que no viene ahora al caso analizar, decidieron en su momento maltratar y desperdiciar sus propios cuerpos con la excusa de que eran necesarios para otros menesteres no tan brillantes o esforzados -sobrevivir, aprender, trabajar, ayudar, enseñar etc.-.

Todo este montaje está organizado por un grupo de ancianos que en su momento también optaron por dejar su cuerpo a un lado y dedicarse a cultivar la codicia, que es práctica que exige menos esfuerzo físico, puede alargarse durante toda la vida y proporciona mejores dividendos -sobre todo económicos-, muchísimo mejores. Mediante una serie de negocios y o elecciones con aspecto de legalidad el grupo de ancianos pugna, apuesta, soborna, engaña o se trampean entre sí para decidir el lugar de quién tendrá la siguiente oportunidad de enriquecerse. Las enormes cantidades de dinero que se mueven en arreglos y sobornos, mantenimiento de parásitos sin oficio ni beneficio y negocios sucios es incalculable. Además, para hacer su propio provecho serio y respetable, tan solo necesitan una pequeña concesión a los millones que dejan pudrirse sus cuerpos en sus lugares de origen «para levantar de un modo más práctico el país» -es un decir-. Y es mostrarles a todos ellos mediante directísimas, cruciales y exclusivas retransmisiones televisivas -ese sí que es un gran negocio- que, en efecto, los juegos tienen lugar y los ejemplares seleccionados se muestran listos, concentrados y dispuestos a dejarse la piel por su bandera. Si la bandera que se encarga de mostrar obediente un ganador coincide con la bandera del país en el que se encuentra el aburrido televidente de turno, cualquiera -bingo-, surge milagrosamente un fuerte y maravilloso motivo de unión y satisfacción, tal que el tipo en cuestión arrellanado en su sillón siente como suyo el éxito de aquel otro del que desconoce absolutamente todo y al que le une absolutamente nada.

Pero esta feria pública de músculos y sudores, como cualquier feria de ganado, o peor, corre el peligro de ser alterada, agredida o destruida por otros envidiosos que ansían ser organizadores y enriquecerse, pero a quienes les falta la paciencia, la inteligencia y el dinero para saber y poder llevarlo a cabo y han de conformarse con hacerse notar intentando montar alborotos o incluso hipotéticos crímenes. Para proteger el negocio, que no a los participantes en el ferial, se despliega un enorme dispositivo de seguridad que en el año actual que celebramos acumula más de cuarenta mil policías y vigilantes, despliegue de misiles tierra-aire, barcos y aviones de guerra, gastos todos ellos que, ahora sí, tienen un pagano, los impuestos de los ciudadanos del país de turno. ¿Qué tipo de sociedad soporta esta esquizofrenia? No se escatima en gastos, pero, repito, no para proteger a los cobayas humanos, sino para facilitar que el negocio se cierre en redondo y los beneficios puedan sumarse a la cuenta contable de las “empresas colaboradoras”.

Posdata. ¿Por qué cada vez que hablo de este mundo ha de aparecer el dinero por medio? ¿Es un problema exclusivamente mío?

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Incendios

Son la consecuencia, el resultado, el mal… mayor de una serie de actitudes, enfermedades y anacronismos, más o menos personales, todavía difíciles de erradicar. Muchas de ellas tienen que ver con la educación, sí, esa labor tan menospreciada venida a menos a manos de una supuesta libertad individual que en la mayoría de los casos tiene más que ver con la ignorancia y la propia necedad que con la libertad correctamente entendida.

¿Quién abre la ventanilla del coche y tira afuera… cualquier cosa, un pañuelo usado, el envoltorio de un chicle, una bolsa vacía, un preservativo o una colilla? ¿Qué tipo de persona es quien considera un derecho personal enmierdar lo que ni siquiera es suyo, supongo que es de todos? ¿Por qué no se lo traga, o lo deja en su cama, o se lo tira a su madre, o directamente se lo come y perece? ¿Qué tipo de ciudadano, de cualquier país, del mundo, como a algunos les gusta calificarse, puede hacer ese tipo de cosas? ¿Qué clase de educación tuvo, qué padres irresponsables decidieron darle la vida para dejarlo deambular como un salvaje incapaz de respetar lo que no es suyo? ¿Qué derechos le asisten para ofender a los demás con su comportamiento? Dejo al gusto de cada cual lo que debería hacerse o decirle a un tipo así, aunque personalmente pienso que en muchos casos desgraciadamente es ya irrecuperable, es más, al sentirse increpado aventuro que saldría con lo que suele ser habitual en estos personajes, aquello de que lo hago porque con lo que yo pienso es con los cojones.

He dejado para la segunda parte la otra posible causa de los actuales incendios, la que en principio parece, no sé por qué, más peliaguda. ¿Quién fuma hoy día? Aquí se nos echarían encima cientos gritando no sé qué de libertades, derechos, opresiones etc. Puedo entender perfectamente que alguien disfrute fumando y se procure a cualquier precio el tabaco adecuado, libre de aditivos y compuestos químicos que buscan más la adicción que el placer; quiero creer que todavía hay tabaco natural sabroso y aromático, una auténtica delicia para el buen fumador, pero desgraciadamente no es lo que se mete entre pecho y espalda la mayoría de los fumadores –¿enfermos?- que hoy día exigen libertad para envenenarse y llevarse con ellos a los que están a su alrededor. Si todavía hay gente que duda de que el tabaco que en la actualidad mayoritariamente se consume lo que menos contiene es tabaco y que se trata de un invento que una serie de señores pone en circulación para ganar dinero a costa de la estupidez humana, lo siento por ellos, su inteligencia es bastante roma, y como tal su voz y voto bastante discutibles; pretenden debatir acerca de una libertad que nadie daría a un leproso que exigiera su derecho a vivir entre los demás a pesar de su enfermedad. El tabaco hoy día se fabrica para jóvenes recién estrenados a los que igual les venden un coche pequeño y malo, una bebida refrescante hecha de desechos químicos, un teléfono inútil, un juego para tarados o un futuro muerto, y además se lo creen; o para adultos aquejados de un grave problema de adicción al que, siendo benévolos, todavía no saben cómo enfrentarse y se violentan por ello. O para auténticos enfermos afectados de problemas de autoestima, con dificultades a la hora de relacionarse con los demás o abrumados por una soledad que les hace incapaces tanto de enfrentarse a sí mismos como de pedir ayuda para intentar solucionar su problema. Sólo saben hablar de una libertad de fumar a la que ellos, por encima de los demás, tiene derecho, acusando al resto de ser unos inquisidores y prohibicionistas fascistoides que nada quieren entender. Dinosaurios que añoran un pasado que ya no existe y se niegan a reconocer un presente demasiado duro al que su adicción les impide hacer frente. Solución, la culpa siempre es de los demás.

Con esto empezaba todo, un tipo arroja una colilla mal apagada por la ventanilla del coche e inventa un terrible incendio que se lleva por delante mucho más que unas vidas… Luego nos tocará ser dialogantes y aceptar sus disculpas, si es capaz de reconocerlo… ¿ustedes que harían con él?

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Sensaciones

¿Se han parado a pensar en qué proporción somos dueños de nuestras propias vidas?

Si eliminamos las acuciantes necesidades primarias más elementales y las desgraciadas obligaciones derivadas del mundo laboral -para quién todavía tenga trabajo-, el resto es un páramo enorme en el que nos hemos habituado a movernos como auténticas veletas, completamente desorientados o bailando al son de unos estímulos inventados por otros más avispados que nos obligamos a seguir sin preguntarnos por qué o para qué.

Seguimos los dictados de unos parásitos políticos que no saben hacer otra cosa con sus vidas que vegetar y enriquecerse a costa de los demás, creemos que los elegimos y aguardamos cándidos y estúpidos a que agiten las nuestras con sus desmanes y tropelías, después respondemos con gritos de aprobación o insultos, nada importante, hasta la siguiente ocasión; gritamos y jaleamos a unos “deportistas” que nunca nos han representado ni lo harán -ese deporte que practican a costa de tanto esfuerzo es una exclusiva apuesta personal- y a los que únicamente les interesa su propio beneficio, hacemos sus éxitos nuestros como si fuéramos auténticos monos idiotas, detrás de todo ello sólo queda nuestro propio vacío y la cada vez más acuciante necesidad de esperar el siguiente. Vemos y asistimos a “espectáculos” que antes que aportarnos alguna mínima cualidad o hacernos mejorar un ápice son el negocio de otros más espabilados que equiparan espectáculo a ganar dinero a nuestra costa. Nos movemos de un lugar a otro porque nuestra propia inactividad nos avergüenza, para ello seguimos como corderos los negocios que también otros más listos improvisan para llevarnos y traernos sin que jamás desaparezca la incómoda sensación de no habernos movido del mismo sitio. Necesitamos hablar o gritar, ya sea en la calle o a través de Internet, para intentar salir de nuestro permanente aburrimiento, a sabiendas de que en la vida diremos o haremos nada importante. Asentimos petulantes o damos la razón como cotorras a otros cuando los vemos o leemos, con la poca vergüenza de llegar a afirmar a continuación que eso ya lo sabíamos o incluso pensábamos, sabedores en el fondo de que eso nunca fue cierto, jamás habríamos sido capaces de decir o hacer algo parecido por nosotros mismos, necesitamos que nos marquen el camino, que nos lleven de la mano, pero nuestra memoria es tan corta que la vanidad nos ha habituado a creer que fuimos nosotros los causantes o creadores de aquello.

Ya sé, ya sé que no digo nada nuevo, que ustedes ya lo sabían, que soy otro listo más que cree hablar por boca de todo el mundo. Pues nada, mándenme a la mierda y hagan algo por sí mismos, pero, por favor, no protesten por lo que otros han hecho como hace hoy día todo el mundo, es lo más fácil, no hay más que seguir la corriente; hagan algo que nunca haya hecho nadie -¿han llegado a imaginar en alguna ocasión cuantas melodías hay todavía por crear?-, y no se sientan en la estúpida obligación de publicarlo o darlo a conocer inmediatamente, háganlo primero para sí mismos o deposítenlo en alguien cercano que lo necesite o pueda apreciarlo sin necesidad de agradecimiento.

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Roma no

En el centro del mundo católico unos operarios provistos de modernos medios de elevación y aerosoles limpian y dejan brillantísimo el impresionante baldaquino de Bernini, tal que ni el propio autor lo pudo en su día imaginar. Los enormes mármoles del suelo son limpiados y pulidos con máquinas manipuladas por los más jóvenes empleados de la casa -jersey con anagrama-, los siguientes en edad vigilan impíos los accesos a capillas y a la, según libros y fotografías, impresionante Piedad de Miguel Angel, alejadísima y protegidísima tras muchos metros y un enorme cristal que dicen antibalas; los empleados que vienen a continuación son de mayor edad y controlan otros accesos de más trascendencia -a los sótanos de la basílica y capillas más importantes-; y los mayores de todos, casi ancianos, cuidadosamente peinados y chaqueteados, van y vienen con paso lento supervisando a todos -que son muchos-, aupados por una experiencia y prestigio de sagrado servicio que imagino costará años y otros menesteres conseguir. Los visitantes andan de un sitio a otro sin saber qué fotografiar, porque visitar es difícil y rezar no viene al caso, se trata de admirar el poder de Dios en la tierra.

Afuera la muchedumbre se agrupa en la plaza entre expectante y aburrida bajo un sol de justicia, ante un momento que supongo muchos consideraran fundamental en sus vidas, insignificante y fatigoso en lo material, en lo espiritual no alcanzo a qué o cuánto.

Por una de las calles laterales de acceso a la plaza, organizando un follón de tráfico de mucho cuidado, avanza una especie de procesión de hombres y mujeres pequeños vestidos con trajes regionales -que luego nos enteramos bolivianos- siguiendo a dos pequeñas imágenes y un sacerdote blanco que ruega y ruega megáfono en mano no sé si por nosotros o por las vírgenes. Estos indígenas, prácticamente todos menos el sacerdote, con aspecto cansado y despistados caminan como aburridos autómatas imaginando y persiguiendo un cielo que nada tiene que ver con el de sus antepasados. Si recuerdan el final de la película Apocalipto, el protagonista, una vez en su tierra y con los suyos, ve acercarse a la playa unos botes, procedentes de unos barcos enormes, que trasportan a unos tipos altos y barbudos armados con cruces y espadas. Los rostros de estos peregrinos en el Vaticano son los mismos que los de la película, pero los actuales aparecen más inextricables y sin alegría, máscaras confundidas que caminan tras un hermano blanco y sus ídolos sin todavía entender a qué deben ser fieles primero, si a su tierra y sus antepasados o a este minúsculo enclave armado de lujos y privilegios.

Los de aquí, los gobernantes y habitantes de este mínimo lugar denominado país sí saben cuál es su tierra y su lugar en el mundo. Los otros, los indígenas americanos que cargan con vírgenes, coches, maletas, explotación y sufrimiento caminan bajo un sol desconocido en un lugar más desconocido aún, siguen al representante de Dios sin todavía saber cuál es su lugar en el mundo, si la tierra ultrajada y humillada de donde provienen o este centro de un poder milenario e inalcanzable de unos blancos que saquearon sus tesoros y les robaron sus joyas más importantes, sus almas.

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Música

La mujer mira y admira a “sus niños” con verdadero amor y una permanente sonrisa, les acuna y mima con sus ojos, les anima, les regaña, guía sus manos, los arcos se mueven al ritmo que les marca su propio corazón persiguiendo una pasión que va más allá de las notas, de sus cabezas, de sus todavía nuevas habilidades, adelantándose a una partitura que ya no es indispensable, intuida esa comunicación que no necesita medio, sólo almas, perfumando el aire, revoloteando entre los muros de la iglesia convertida en sagrado receptáculo de unos sonidos sin destinatario, un delicado vuelo sin propósito que nace eterno en la misma interpretación, ajeno a cualquier fin u oyentes, es sólo música, música que en su propia existencia contiene la máxima expresión de la humanidad del hombre.

Y esos niños con rostros de todo el mundo, con algunas caritas que todavía no han llegado a la decena tocan –es mucho más acertado el verbo inglés play para describir lo que precisamente hacen aquellos niños- casi como autómatas que han interiorizado el camino al paraíso, siguen las indicaciones de su directora de reojo o miran directamente al frente ajenos a sus propias manos moviéndose guiadas por el dios de la música, una excelsa majestad que no precisa ordenar ni perseguir, ni matar, ni convertir, sino que se dedica a transformar en hermoso y dulce hálito todo cuanto su sagrada influencia puede crear.

Y vuelvo a preguntarme por qué una mujer, por qué son siempre las mujeres las principales poseedoras de ese poderoso ímpetu y esa paciencia imprescindibles para la enseñanza y, cómo gracias a su pertinaz dedicación, esos niños y todos nosotros entendemos en el fondo que sin ellas nunca aprenderíamos a creernos algo distintos de lo que este mundo nos pretende. Todos acabamos disipándonos en la música, la iglesia está hecha de música, somos música, no necesitamos tecnicismos, ni virtuosos, ni genios -aunque probablemente allí los halla-, sólo nos tenemos a nosotros mismos, a nuestra propia paz que nos invita a escuchar sin exigir, a ascender y extraviarnos de la mano de lo que otros antes que nosotros decidieron llamar notas, muros y mármoles de otra iglesia menos terrenal, menos opresora, menos cerrada, exclusivamente más humana, hermana gemela de la armonía que nos contiene.

Mientras, afuera el duro sol de Roma cuece pies y corazones de otros menos afortunados que andan buscándose entre calles y sudores para probablemente no lograr nada o, tal vez y felizmente, a ellos mismos.

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