Abuelos

Se suelen ver empujando carritos de niños con más desgana que motivación, con más pereza que indolencia, los nietos -se supone-, sin mucho convencimiento, como si la cosa no fuera con ellos, actitud del que no tiene nada mejor que hacer y no le queda más remedio que ocupar el tiempo con una actividad más bien obligada, también de ayuda, no todo van a ser imposiciones, sobre todo porque no hay muchas más alternativas con tanto tiempo libre a lo largo del día, todos los días de la semana; y al fin y al cabo la criatura que ocupa el carrito es su descendiente. Nada que ver con madres o abuelas, siempre sonrientes, atentas y hasta cantarinas, o inquietas, sin dejar de hablar a la criatura, dirigiéndole constantemente admiraciones y frases cariñosas sin preocuparles que el ocupante del carrito las entienda o sepa qué le están diciendo, que van dirigidas a ella, o él, más interesada en otear el nuevo e intrigante mundo a su alrededor. Pero lo que no olvidará será esa voz, un tono y la música a él asociada, que almacenará a buen recaudo sabiéndose protegido y a salvo en ella cuando en el futuro le apetezca o sea necesario.

Por qué empujan carritos los abuelos, asunto más bien escabroso para quienes no contemplan las demostraciones de cariño entre sus manifestaciones predilectas, tan poco dados, o aptos -mera falta de interés-, quizás para algunos tareas nada masculinas, más de mujeres, que saben del tema; además en público. Sólo por que se trata del correspondiente e inadvertido peaje automáticamente asignado por defecto, también puede que previsto y advertido con la suficiente antelación por parte de unos hijos que están más en otras cosas que en los propios; un aviso para navegantes a pagar por los mayores para que aquellos puedan salir adelante con más comodidad y, lo que es más importante, sin tantos gastos. O simplemente consiste en aprovecharse de quienes, según los mismos, no tienen nada mejor que hacer aparte de perder el tiempo. Una afirmación demasiado categórica pero que en una gran mayoría de casos no deja de ser cierta. Horas y horas desperdiciadas antes ocupadas por un trabajo a tiempo completo que en más de una ocasión se convertía en la tabla de salvación, además de una honrosa, necesaria y esforzada ocupación, mediante la que librarse del permanente jaleo y el persistente agobio en el que se transformaba el dulce hogar.

Pero ahí están, deambulando por calles y parques haciendo lo que jamás antes hicieron, ni probablemente pensaron, literalmente volcados sobre las livianas empuñaduras de los carritos, entre aburridos y asombrados, no, ni siquiera da para eso, la cuestión es que no tienen muchas excusas porque como en el fondo se aburren y tienen tanto tiempo libre. Además, se trata del nieto, es verdad que no le gusta el nombre que le han puesto -de esos tan raros- pero qué se la va a hacer, tampoco es su hijo.

De ese modo se va fraguando una forzosa compañía que levantará y consolidará un vínculo de cariño y afecto invisibles e imposibles que ninguna de las partes habrá fomentado conscientemente de forma activa, la fuerza de la costumbre. Un valor de uso sumamente efectivo que genera lazos y amor por simple contacto, aunque uno de los protagonistas tal vez no lo sienta así y solamente cumpla con lo que se supone que debe de hacer porque es quién es y está dónde y como está. Como tantas de las cosas que nos atan a los humanos, relaciones que con el tiempo se contarán como maravillosas, únicas e increíbles, dando lugar a discursos, emociones y sentimientos no siempre sabidos expresar como corresponden. Pero qué más da, tampoco hay por qué saber cómo expresar o decirlo todo, aunque se debería; tanto quien lo merece como quien lo necesita. En definitiva, los humanos somos animales de costumbres y un abuelo empujando distraído y aburrido el carrillo de su nieto o descansando en el banco de un parque mientras la criatura juega y se entretiene con otros mocosos de su edad no deja de ser un sólido valor, sobre todo para el nuevo en este mundo, sabedor de que el tipo del banco es alguien en el que puede confiar y que haría todo lo necesario por él, aunque no lo entienda; con el que siempre se sentirá contento y a salvo. Mucho más que suficiente.

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