Caraduras

Como estamos en verano nos atrevemos con todo a la hora de pasar el tiempo. De ese modo tropiezo con una especie de entrevista a uno de esos rancios especímenes que se mueven entre lo patético, lo repulsivo y una chulería que no da para soberbia, palabra demasiado compleja para cerebros tan básicos.

Gente que larga sin medida -con castizo y supuestamente gracioso recochineo- cuando se lo permiten y un medio afín, con escaso material y sin mucha imaginación a la hora de rellenar páginas, les ofrece la oportunidad, como en este caso ha hecho el órgano oficial de la derecha más “progresista”, antes El país. Machotes jactándose sin recato de sus logros -siempre económicos, porque no hay más- mediante la consabida y recurrente coletilla de que ellos empezaron con una mano delante y otra detrás, haciéndose a sí mismos, como si el personal que en algún momento pueda leer sus palabras fuera completamente gilipollas, cayéndosele la baba de admiración ante sujetos tan listos y atrevidos.

El caso es que, como con este tipo, ellos mismos se creen su propia historia, lo que viene a ser más o menos normal, de lo contrario de qué ibas a hablar si en tu vida no has hecho otra cosa que aprovecharte de los demás, por lo civil o por lo criminal, en tu propio beneficio. También dando trabajo, presume, porque eso sí es solidario, otra cosa es que el trabajo que ofrece sea una mierda y pague lo mismo o menos -tal y como el fulano reconoce con total desvergüenza-; porque, claro, si pagas más ganas menos, y de ese modo nadie puede hacerse rico ni comprarse una finca con piscinas, que es de lo que se trata. Cada uno es cada uno. Y como a todo macho alfa con alzas también le gusta follar, un hombre, hombre, que se ha casado las veces que ha hecho falta con -¡ojo!- material siempre más joven que el anterior, porque hay que mejorar lo ya gastado, y qué mejor que la carne fresca. Hasta tiene hijos, y nietos, toda una proeza. También cuenta alguna desgracia importante, de las que marcan y siempre viene bien sacar a relucir para mostrarle al posible lector que él también es humano y sufre.

Tiene amigos famosos e importantes -qué curioso- porque uno se relaciona con quién haya que relacionarse para ser algo en este mundo; un mundo que, según el tipo, es puro trabajo, como él (¿?) Pero lo que no dice y pretende que el lector crea, o ni siquiera lo  pretende porque le da exactamente igual, es la parte sucia, u oscura, de su repetido y repetido trabajo; sin embargo se olvida de que todo el mundo sabe que nadie se hace rico trabajando. Aunque, repito, como el tipo cree que la gente es gilipollas ¿para qué va a cambiar de discurso? A nadie le interesa a cuántos se ha arrimado “accidentalmente”, engañado, estafado, sobornado, se ha aprovechado o directamente eliminado -siempre hablando económicamente- para lograr sus propósitos.

Que cierta prensa todavía dé cabida a energúmenos de este jaez, otro Jesús Gil sin pelos en la lengua -es cierto que algo más discreto-, mintiendo en todo lo que dice y envaneciéndose de sus posesiones no deja de ser descarada propaganda capitalista pregonada por un medio más que afín. Tipos repetidos a la hora de jactarse de que ellos no tienen nada que agradecer a nadie, directamente obviando, o despreciando, a la sociedad que le permite enriquecerse ofreciéndole los marcos y posibilidades para sus negocios, incluida, por ejemplo, una educación y sanidad mínima para sus trabajadores esclavos, porque con lo que les paga, como él mismo afirma, no tienen ni para comprarse un piso. Y cuando muera todo lo suyo quedará para sus nietos -lo que debe joderle bastante, porque después de “tanto trabajo” esos estómagos agradecidos son capaces de abandonar o vender por pura incompetencia.

En fin, un sinvergüenza que no tiene ningún empacho en soltar que lleva cotizando la tira de años y la pensión que le queda es mucho menos que una mierda. O sea, que con lo que supuestamente ha pagado en impuestos las escuelas estarían bajo los puentes y la temperatura te la tomarías poniendo la mano en el fuego; de aspirinas ni hablar -¡qué despilfarro!-, y al trabajo caminando por un camino de cabras. Así, sin ruborizarse. Y en el fondo lleva razón, porque los gilipollas somos los que pagamos impuestos para que los esclavos de este tiparraco puedan tener unos medios básicos medianamente decentes. En lo que a él respecta se trata de que cada cual mee con la suya, y él ya ha sujetado las que más le han convenido a la hora de “hacerse a sí mismo”. Es la gota que para quien no haya vomitado leyéndo y viendo su fotografía lo haga en ese momento o, en cambio, lo mire con arrobo y de inmediato vaya a comerse unos churros a sus famosas churrerías madrileñas atendidas por esclavos.

Qué verano más fresquito.

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